MOBURU
Por favor señor, máteme a mí pero deje que mi familia viva, se lo suplico. Somos seres humildes, señor; hay días en los que ni si quiera puedo alimentar a mis hijos, si quiero agua tengo que recorrer más de quinientos metros, y el agua que consigo no es potable, estoy matando poco a poco a mi familia al darle ese líquido amarillento y al no poder alimentarlos. Estamos desnutridos y enfermos, seguramente no lleguemos ni si quiera a esta noche. Así que por eso le pido, le ruego, que nos ayude. He sido obediente, nunca he pecado, nunca he incumplido los mandamientos; y nunca le he pedido nada hasta ahora. Señor, usted que todo lo puede, por favor salve a mi familia, lléveme a mí si hace falta pero déjelos a ellos con vida, se lo ruego, se lo imploro.
Al día siguiente antes del amanecer, Moburu y su familia descansaban juntos al lado de una hoguera apagada, rodeados de moscas y gusanos; inertes, frágiles. Moburu sujetaba entre sus brazos a Madeleine, su hija de tres meses.
SARA
Dios, por favor, necesito tu ayuda. Tengo un problema muy grande, estoy gorda. En todo el día apenas como y no consigo adelgazar nada. Yo mido 1,65 cm y peso 45 Kg y me gustaría bajar unos cinco quilos más. Mi madre me obliga a sentarme con ella en la mesa y me obliga a comer, como la odio... Nadie me entiende, ni mi madre, ni mis amigos; nadie. Yo solo quiero ser feliz, sentirme bien conmigo misma y poder ir a la playa en bikini. Me da mucha vergüenza que me vean la barriga, así que no voy a la playa. Dios por favor, has que adelgace, te lo pido por favor; si haces que baje 5 Kg te prometo que te rezaré todos los días, te lo juro.
Sara, al cabo de tres días, indignada, decidió meterse los dedos por la garganta para vomitar lo poco que comía. Estuvo muy contenta con los resultados, pero al cabo de catorce días, vomitando mínimo cuatro veces al día, su peso se mantenía ya que no le quedaba nada dentro que expulsar. No se rendiría. El 23 de noviembre, cogió el cuchillo más grande de la cocina y se metió en el baño. Sentada en la taza del váter, contemplaba la afilada punta. Estaba llorando, pero no le salían lágrimas. Empuñó el arma blanca y se abrió tajos por el abdomen, los muslos y los brazos. El dolor que sentía era atroz y los gritos que emanaban de su garganta eran perturbadores. Su madre corrió al baño pero no pudo abrir la puerta. Los gritos de la madre se unían a los de Sara y formaban una música grotesca, pero al cabo de doce segundos que fueron eternos para la desdichada madre, el baño se quedó en silencio.