Sr. Dios:
El diez de agosto iba caminando tranquilamente por la calle, hasta que un trágico suceso hizo que me detuviese: un gato intentó cruzar la carretera, pero antes de cumplir con su objetivo fue arrollado por un vehículo. El conductor, lejos de parar para comprobar el estado del pobre animal, continuó con su marcha sin aminorar la velocidad. Dos transeúntes y yo corrimos a intentar socorrerlo. Al llegar al sitio del “accidente”, lo recogí y lo llevé a la calzada. Sujetaba entre mis brazos al indefenso y ensangrentado gato. Agonizó durante cinco minutos eternos, hasta que su cuerpo quedó inerte. Casi en estado de shock abandoné el lugar, con las manos llenas de sangre.
Este acontecimiento solo es una pequeña desgracia en comparación con las miles de muertes que se están produciendo mientras yo, un humilde humano, le escribo esta carta. Peco de soberbia si creo que hay alguna posibilidad de que usted, que ignora el sufrimiento diario de humanos y animales, pueda contestarme o al menos leer esto, pero al igual que los millones de feligreses que le siguen adorando, tendré esperanza. Le sugiero que se de prisa porque pronto nadie hablará de usted, nadie rezará por usted y nadie le escribirá cartas; pronto, será olvidado. Pronto la gente dejará de autoengañarse y buscarán la esperanza por otra parte; así que usted, ser omnipotente, megalómano y el mayor genocida de la historia de este mundo y probablemente de otros, le pido que despierte, que se levante de su letargo que parece eterno y haga algo que nunca ha hecho, existir.
Atentamente,
Alex Malai
Atentamente,
Alex Malai