Hargeisa, Somalilandia— La gente suele torturar a quienes temen o aborrecen. Pero una de las formas más comunes de tortura en el mundo moderno, mucho más extendida que el ahogamiento simulado o los choques eléctricos, es infligida por las madres a sus amadas hijas.
Es la mutilación genital femenina —a veces conocida como la circuncisión (o ablación) femenina— y prevalece a lo largo de un amplio tramo de África y también porciones de Asia. Las madres llevan a sus hijas, aproximadamente a los 10 años de edad, con cortadoras como Maryan Hirsi Ibrahim, mujer somalí de edad madura que dice que cada día aplica el filo de su navaja hasta en una docena de niñas.
“Esta tradición es para mantener castas a nuestras niñas, para reducir el impulso sexual de nuestras hijas”, me explicó Ibrahim. “Esta es nuestra cultura”. Ibrahim prefiere la forma más extrema de mutilación femenina, conocida como infibulación o circuncisión faraónica. Y no seamos delicados o eufemísticos.
Este es un grotesco abuso a los derechos humanos que no capta mucha atención porque involucra partes íntimas y resulta incómodo hablar al respecto. Así que perdonen mi franqueza en cuanto a lo que implica la infibulación. Los genitales de las niñas son cortados, incluido el clítoris y los labios vaginales, a menudo sin anestesia. Lo que queda de la carne es cosido para unirlo con tres a seis puntadas. Con espinas silvestres en áreas rurales o con una aguja e hilo en las ciudades. El cortador deja una diminuta abertura para permitir que la niña orine y menstrúe.
Después, las piernas de las niñas son atadas juntas, y la inmovilizan durante 10 días hasta que la carne viva se funde en una sola masa. Cuando la niña está casada y lista para el sexo, su marido o una respetada mujer de su comunidad la deben abrir cortando el área.
Todo lo anterior, por supuesto, es agonizante. Además, conduce a infecciones y dificultades urinarias, en tanto el tejido cicatrizado puede volver más peligroso el parto, incrementando la mortandad materna y lesiones como la fístula. Este es uno de los abusos a los derechos humanos más generalizados en todo el mundo, con tres millones de niñas mutiladas cada año tan solo en África, con base en estimados de Naciones Unidas.
Un hospital aquí en Somalilandia descubrió que 96% de las mujeres a las que encuestó habían sido sometidas a la infibulación. El desafío radica en que esto es una forma de opresión que las mujeres mismas aceptan de buena gana y perpetúan. “La misma niña querrá que la corten”, me dijo Ibrahim, defendiendo vigorosamente la práctica. “Si una niña no es mutilada, le sería difícil vivir en la comunidad. Sería estigmatizada”. Jaltún Hassan, joven madre en una aldea etíope cerca de Somalilandia, me dijo que ella insistiría en que sus hijas fueran objeto de la ablación y que sus hijos contraigan matrimonio solo con jóvenes que hubieran pasado por la misma práctica. Después, agregó: “Es la voluntad de Dios que las niñas sean circuncidadas”. A lo largo de cuatro décadas, Occidente ha hecho campaña en contra de la ablación genital, sin mucho efecto. De hecho, la expresión occidental “mutilación genital femenina” se ha ganado el antagonismo de algunas mujeres porque asume que ellas fueron “mutiladas”.
Grupos de ayuda ahora están aplicando medidas para cambiarla a un término más neutral, “corte genital femenino” para su léxico. ¿Es imperialismo cultural que los occidentales se opongan a la mutilación genital? Sí, quizá, pero también se justifica. Algunas prácticas culturales como la mutilación genital —o atarlas de pies o quemar a las novias— son demasiada barbáricas para mostrar deferencia a ellas. Sin embargo, es claro que los esfuerzos más efectivos en contra de la mutilación genital son iniciativas de las bases populares por parte de mujeres locales que trabajan por el cambio desde adentro de una cultura.
En Senegal, Ghana, Egipto y otros países, este tipo de esfuerzos han logrado progreso. Aquí entre somalíes, los reformistas están probando una nueva táctica: En vez de decirles a las mujeres que dejen de cortar a sus hijas por completo, las exhortan a recurrir a una forma más tenue de la mutilación genital (que, con frecuencia, involucra la escisión de sólo una parte o todo el clítoris). Dicen que ese sería un paso adelante y que es mucho más fácil lograrlo. Si bien algunos cristianos cortan a sus hijas, es más común entre musulmanes, quienes asumen con frecuencia que la tradición es islámica. Así que un paso crucial ha sido convencer a cada vez más líderes musulmanes de que denuncien la práctica porque es contraria al islam, ya que sus voces, en particular, tienen peso.
En una mezquita en el distante poblado de Baligubadle, conocí a un imán de nombre Abdelahi Adán, quien denuncia audazmente la infibulación: “Desde un punto de vista religioso, está prohibido. Va en contra del islam”. Quizá la marea está empezando a regresar, aunque muy lentamente, en contra de la ablación, y estamos viendo cuando menos cierta vergüenza con respecto a la práctica.
En Baligubadle, una cortadora tradicional, Mariam Ahmed, me dijo que había dejado de cortar a las niñas. al parecer porque sabe que los extranjeros no lo aprueban. Después, una enfermera en la clínica local de salud me dijo que había atendido a la propia hija de Ahmed hacía poco, debido a una horrenda infección pélvica y obstrucción urinaria luego que su madre la hubiera infibulado. Enfrenté a Ahmed. Ella reconoció de mala gana que había cortado a su hija, añadiendo rápidamente que solamente había intentando practicar una forma más tenue de la circuncisión. Después, se apresuró a decir: “Fue un accidente”.
Fuente: http://www.diario.com.mx/notas.php?f=2011/05/13&id=556cf04ddc44703b0d931e3b810f633c
Opinion: quede impactada con esta noticia..en que siglo estamos para que hagan este tipo de cosas..pobres niñas
ojala la ley termine prohibiendo esto de una forma definitiva en esos paises o poblaciones rurales..
Es la mutilación genital femenina —a veces conocida como la circuncisión (o ablación) femenina— y prevalece a lo largo de un amplio tramo de África y también porciones de Asia. Las madres llevan a sus hijas, aproximadamente a los 10 años de edad, con cortadoras como Maryan Hirsi Ibrahim, mujer somalí de edad madura que dice que cada día aplica el filo de su navaja hasta en una docena de niñas.
“Esta tradición es para mantener castas a nuestras niñas, para reducir el impulso sexual de nuestras hijas”, me explicó Ibrahim. “Esta es nuestra cultura”. Ibrahim prefiere la forma más extrema de mutilación femenina, conocida como infibulación o circuncisión faraónica. Y no seamos delicados o eufemísticos.
Este es un grotesco abuso a los derechos humanos que no capta mucha atención porque involucra partes íntimas y resulta incómodo hablar al respecto. Así que perdonen mi franqueza en cuanto a lo que implica la infibulación. Los genitales de las niñas son cortados, incluido el clítoris y los labios vaginales, a menudo sin anestesia. Lo que queda de la carne es cosido para unirlo con tres a seis puntadas. Con espinas silvestres en áreas rurales o con una aguja e hilo en las ciudades. El cortador deja una diminuta abertura para permitir que la niña orine y menstrúe.
Después, las piernas de las niñas son atadas juntas, y la inmovilizan durante 10 días hasta que la carne viva se funde en una sola masa. Cuando la niña está casada y lista para el sexo, su marido o una respetada mujer de su comunidad la deben abrir cortando el área.
Todo lo anterior, por supuesto, es agonizante. Además, conduce a infecciones y dificultades urinarias, en tanto el tejido cicatrizado puede volver más peligroso el parto, incrementando la mortandad materna y lesiones como la fístula. Este es uno de los abusos a los derechos humanos más generalizados en todo el mundo, con tres millones de niñas mutiladas cada año tan solo en África, con base en estimados de Naciones Unidas.
Un hospital aquí en Somalilandia descubrió que 96% de las mujeres a las que encuestó habían sido sometidas a la infibulación. El desafío radica en que esto es una forma de opresión que las mujeres mismas aceptan de buena gana y perpetúan. “La misma niña querrá que la corten”, me dijo Ibrahim, defendiendo vigorosamente la práctica. “Si una niña no es mutilada, le sería difícil vivir en la comunidad. Sería estigmatizada”. Jaltún Hassan, joven madre en una aldea etíope cerca de Somalilandia, me dijo que ella insistiría en que sus hijas fueran objeto de la ablación y que sus hijos contraigan matrimonio solo con jóvenes que hubieran pasado por la misma práctica. Después, agregó: “Es la voluntad de Dios que las niñas sean circuncidadas”. A lo largo de cuatro décadas, Occidente ha hecho campaña en contra de la ablación genital, sin mucho efecto. De hecho, la expresión occidental “mutilación genital femenina” se ha ganado el antagonismo de algunas mujeres porque asume que ellas fueron “mutiladas”.
Grupos de ayuda ahora están aplicando medidas para cambiarla a un término más neutral, “corte genital femenino” para su léxico. ¿Es imperialismo cultural que los occidentales se opongan a la mutilación genital? Sí, quizá, pero también se justifica. Algunas prácticas culturales como la mutilación genital —o atarlas de pies o quemar a las novias— son demasiada barbáricas para mostrar deferencia a ellas. Sin embargo, es claro que los esfuerzos más efectivos en contra de la mutilación genital son iniciativas de las bases populares por parte de mujeres locales que trabajan por el cambio desde adentro de una cultura.
En Senegal, Ghana, Egipto y otros países, este tipo de esfuerzos han logrado progreso. Aquí entre somalíes, los reformistas están probando una nueva táctica: En vez de decirles a las mujeres que dejen de cortar a sus hijas por completo, las exhortan a recurrir a una forma más tenue de la mutilación genital (que, con frecuencia, involucra la escisión de sólo una parte o todo el clítoris). Dicen que ese sería un paso adelante y que es mucho más fácil lograrlo. Si bien algunos cristianos cortan a sus hijas, es más común entre musulmanes, quienes asumen con frecuencia que la tradición es islámica. Así que un paso crucial ha sido convencer a cada vez más líderes musulmanes de que denuncien la práctica porque es contraria al islam, ya que sus voces, en particular, tienen peso.
En una mezquita en el distante poblado de Baligubadle, conocí a un imán de nombre Abdelahi Adán, quien denuncia audazmente la infibulación: “Desde un punto de vista religioso, está prohibido. Va en contra del islam”. Quizá la marea está empezando a regresar, aunque muy lentamente, en contra de la ablación, y estamos viendo cuando menos cierta vergüenza con respecto a la práctica.
En Baligubadle, una cortadora tradicional, Mariam Ahmed, me dijo que había dejado de cortar a las niñas. al parecer porque sabe que los extranjeros no lo aprueban. Después, una enfermera en la clínica local de salud me dijo que había atendido a la propia hija de Ahmed hacía poco, debido a una horrenda infección pélvica y obstrucción urinaria luego que su madre la hubiera infibulado. Enfrenté a Ahmed. Ella reconoció de mala gana que había cortado a su hija, añadiendo rápidamente que solamente había intentando practicar una forma más tenue de la circuncisión. Después, se apresuró a decir: “Fue un accidente”.
Fuente: http://www.diario.com.mx/notas.php?f=2011/05/13&id=556cf04ddc44703b0d931e3b810f633c
Opinion: quede impactada con esta noticia..en que siglo estamos para que hagan este tipo de cosas..pobres niñas

ojala la ley termine prohibiendo esto de una forma definitiva en esos paises o poblaciones rurales..