Se conocieron en un circo. Miguel era el transformista estrella del Broadway y Romina, una lesbiana que venía saliendo de una adicción a la pasta base. Se enamoraron y tuvieron una hija. Una historia de carencias, abandono, soledad y reencuentro que seguimos durante más de un año. Esto sí que es un Acuerdo de Vida en Pareja.
Fotos: Alejandro Olivares
Cuando Miguel llamó a su familia para informarle que iba a ser papá, su abuelo Humberto masculló: “no creo en milagros”. Nadie en verdad creía que Miguel, después de tantos años, llegaría con un domingo siete. Cualquiera menos él, que trabajaba en un circo vestido de mujer, pensaban sus familiares. Pero Miguel les contó que había abandonado la carpa. Adiós pelucas y carteras. Nunca más vestidos y maquillaje. Había enterrado, dijo, a Paola, el transformista más popular del circo Broadway. “Ver para creer”, dijo su abuelo.
Dos semanas después, a mediados del 2011, Miguel llegó a Rodelillo con Romina. Ella tenía cinco meses de embarazo. Estaba su hermano gemelo, dos de sus hermanas, su abuelo y su padre, el mismo que lo había echado a la calle cuando tenía doce años, por “maricón”.
-Me alegro que hayas cambiado de vida -le dijo en aquella ocasión, por primera vez en años.
En el barrio todos se enteraron de la buena nueva. “Ya no te podemos decir Paola”, le enrostraban sus antiguas amigas cuando se lo encontraron en la panadería. “No veí que ahora le gustan las mujeres, así que hay que tener cuidado”, bromeaban.
Miguel sólo atinaba a sonreír. Era evidente que no podía borrar el pasado de un paraguazo. Tampoco ser el mismo de siempre. En unos meses nacería Martina y se transformaría en padre por primera vez. El destino, dice, le dio otra oportunidad: vivir dos vidas a los 30 años. Al igual que Romina, pero al revés.
Romina es la hija mayor del matrimonio de Francisco Fuentes y Paola Vilches. Tiene 20 años y vivió hasta los 19 en la población San Gregorio. De chica le gustaba andar encaramada en los árboles y jugar de “mediocampo pa arriba” en el club “Arca de Noé”. “Era al lote y desordenada”, recuerda. Usaba pantalones y se embadurnaba las axilas todas las mañanas con Nívea Cool for Men. Detalles que no impidieron que a los 15 pololeara con Julio, su mejor amigo en el barrio y compañero de curso en kínder. La relación se acabó cuando Julio llegó del servicio militar y la sorprendió “con una mina en la cama”.
Eran inclinaciones que Romina venía tanteando desde los 13 años, cuando trabajaba con su abuela y una prima en un carrito de completos: En las noches las niñas dormían juntas. Así empezó el romance. Al poco tiempo comenzaron a pololear hasta que un tío las descubrió besándose. La abuela puso el grito en el cielo y partió con Romina de las mechas a la casa de su hija. La mamá de Romina, Paola, escuchó y luego le aclaró a su enfurecida madre: “¿Sabí qué mamá? Lo único que puedo hacer es hablar con la Romina, si no querí hablarme más por lo que hizo, lo podí hacer, pero te olvidaí que soy tu hija”.
A Romina, confundida, su madre sólo le dijo: “Te apoyo, pero no te acepto”.
Bueno amigos, eso fue todo por hoy, espero que les haya gustado.
Los invito a pasar por mi reciente post.
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Atentamente
@BohemianDirewolf
Fotos: Alejandro Olivares
Cuando Miguel llamó a su familia para informarle que iba a ser papá, su abuelo Humberto masculló: “no creo en milagros”. Nadie en verdad creía que Miguel, después de tantos años, llegaría con un domingo siete. Cualquiera menos él, que trabajaba en un circo vestido de mujer, pensaban sus familiares. Pero Miguel les contó que había abandonado la carpa. Adiós pelucas y carteras. Nunca más vestidos y maquillaje. Había enterrado, dijo, a Paola, el transformista más popular del circo Broadway. “Ver para creer”, dijo su abuelo.
Dos semanas después, a mediados del 2011, Miguel llegó a Rodelillo con Romina. Ella tenía cinco meses de embarazo. Estaba su hermano gemelo, dos de sus hermanas, su abuelo y su padre, el mismo que lo había echado a la calle cuando tenía doce años, por “maricón”.
-Me alegro que hayas cambiado de vida -le dijo en aquella ocasión, por primera vez en años.
En el barrio todos se enteraron de la buena nueva. “Ya no te podemos decir Paola”, le enrostraban sus antiguas amigas cuando se lo encontraron en la panadería. “No veí que ahora le gustan las mujeres, así que hay que tener cuidado”, bromeaban.
Miguel sólo atinaba a sonreír. Era evidente que no podía borrar el pasado de un paraguazo. Tampoco ser el mismo de siempre. En unos meses nacería Martina y se transformaría en padre por primera vez. El destino, dice, le dio otra oportunidad: vivir dos vidas a los 30 años. Al igual que Romina, pero al revés.
Romina es la hija mayor del matrimonio de Francisco Fuentes y Paola Vilches. Tiene 20 años y vivió hasta los 19 en la población San Gregorio. De chica le gustaba andar encaramada en los árboles y jugar de “mediocampo pa arriba” en el club “Arca de Noé”. “Era al lote y desordenada”, recuerda. Usaba pantalones y se embadurnaba las axilas todas las mañanas con Nívea Cool for Men. Detalles que no impidieron que a los 15 pololeara con Julio, su mejor amigo en el barrio y compañero de curso en kínder. La relación se acabó cuando Julio llegó del servicio militar y la sorprendió “con una mina en la cama”.
Eran inclinaciones que Romina venía tanteando desde los 13 años, cuando trabajaba con su abuela y una prima en un carrito de completos: En las noches las niñas dormían juntas. Así empezó el romance. Al poco tiempo comenzaron a pololear hasta que un tío las descubrió besándose. La abuela puso el grito en el cielo y partió con Romina de las mechas a la casa de su hija. La mamá de Romina, Paola, escuchó y luego le aclaró a su enfurecida madre: “¿Sabí qué mamá? Lo único que puedo hacer es hablar con la Romina, si no querí hablarme más por lo que hizo, lo podí hacer, pero te olvidaí que soy tu hija”.
A Romina, confundida, su madre sólo le dijo: “Te apoyo, pero no te acepto”.
Bueno amigos, eso fue todo por hoy, espero que les haya gustado.
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