LA CAMINANTE ESPECTRAL
Una noche fría y ventosa, cerca del cementerio del Buceo (algunas versiones mencionan otros lugares) un hombre vio mientras conducía en su auto a una muchacha joven y bonita al costado del camino.
La chica hacía dedo, y aunque el hombre no tenía por costumbre levantar gente en la ciudad, parecía tan agradable y desamparada que decidió subirla al auto. Iniciaron una charla amena y descubrieron al instante una sintonía inmediata.
Pasaron buena parte de la noche juntos y al terminar la velada el hombre la llevó a la casa donde la muchacha indicó que vivía. Al día siguiente, el protagonista de nuestra historia descubrió que la joven había olvidado su bufanda en el auto. Se dirigió hacia allí y golpeó la puerta de la casa que la joven había señalado.
Una pareja mayor abrió la puerta, y cuando el hombre intentó explicar el motivo de su visita, preguntando por la chica, el matrimonio reaccionó violentamente. ¿Cómo se atrevía un desconocido a burlarse de la desgracia ajena? ¿Cómo podía hacerles afrontar el dolor de la pérdida?
El hombre, que no entendía nada, intentó explicarse mejor y les mostró como prueba de su historia la bufanda. La pareja quedó helada, resolvió entonces hacerlo entrar a la casa y lo condujo a un cuarto. Allí, sobre una mesa, estaba el retrato de la joven que había levantado la velada anterior, abrigada por la misma bufanda que el hombre aferraba en sus manos. Sus padres le explicaron que la chica estaba muerta desde hace años y yacía enterrada en el cementerio cercano.
EL CONTAGIO SINIESTRO
Un hombre sale a bailar una noche y descubre que en la barra hay una mujer hermosa, que lo mira fijamente. El protagonista de la historia no puede creer su suerte y se lanza a la conquista.
Lo hace con tal éxito que ambos se van juntos del lugar y deciden pasar la noche en un motel. Bastante borrachos y obnubilados por la pasión, tienen sexo en forma repetida, sin protegerse.
A la mañana siguiente, ya tarde, el hombre se despierta exhausto. No hay nadie en la cama y descubre que la mujer del pub se fue, vaya uno a saber hace cuanto. Al dirigirse hacia el baño, nota que su acompañante le dejó un mensaje escrito con lápiz de labios en el espejo: "Bienvenido al club más grande del mundo, el club de los que tienen SIDA".
EL MOTEL INDISCRETO – historia 1
Una pareja, ya se trate de novios jóvenes o esposos, decide reservar la habitación de un motel para pasar la noche. Todo sucede de acuerdo a lo previsto y la pareja se permite disfrutar de la cantidad de espejos que posee la habitación.Se retiran luego, pasan varios meses y ambos olvidan el tema. Una noche, deciden alquilar una película para adultos en un sitio especializado, que cuenta con una oferta de videos de “aficionados”. Su sorpresa es mayúscula cuando al poner el film elegido en el videograbador descubren que los espléndidos actores de esta cinta -digna de una producción triple XXX- son ellos mismos, pescados in fraganti por dos cámaras colocadas en espejos de doble cara, en su incursión hotelera de meses atrás.
EL MOTEL INDISCRETO – historia 2
Otra historia relacionada con moteles. Un hombre va con su pareja a una casa de citas y al salir ve estacionado en el parking el auto de un gran amigo, coche para el que había comprado días atrás un estéreo muy costoso. Divertido por pescar a su amigo in fraganti, decide hacerle una broma. Como el auto estaba sin llave, entra, saca la radio y se la lleva, con intenciones de devolvérsela a las pocas horas o al día siguiente y confesarle en qué lugar lo vio.
Cuando va a la casa de su amigo a burlarse de él, lo encuentra muy preocupado. Antes de poder explicarle la situación para tranquilizarlo, su amigo le relata cómo su mujer fue a cuidar a una amiga internada y le robaron su querida y reluciente radio. El hombre, según las diferentes versiones, entrega la radio a su mujer o decide no devolverla con tal de no tener que apenar a su compañero.
UN SUSTO DE MUERTE
Cuenta la historia, ambientada a principios de siglo, que varios paisanos se hallaban tomando unas copas en un bar frente al Cementerio del Cerro. Bien entrada la noche, el alcohol ya había calentado los cuerpos y soltado las lenguas de unos cuantos, que envalentonados por la bebida espirituosa comenzaron a comparar su coraje y bravura. A uno de ellos, un poco más sobrio que los demás, se le ocurre lanzar a viva voz un desafío espeluznante, asegurando que ninguno se atreverá a realizarlo. La prueba consiste en pasar el resto de la noche sentado encima de una de las lápidas de cementerio, dejando como prueba su facón clavado allí.
Uno de los paisanos, más valiente o más borracho que los demás, acepta el desafío y trepa –ayudado por los demás- las rejas del cementerio. Sus compinches acuerdan ir a esperarlo a la madrugada a las puertas del lugar.
Llega la mañana y el hombre jamás aparece, por lo que los intrigados paisanos entran al cementerio a buscarlo. Lo encuentran muerto sobre una lápida, con el facón clavado sobre la misma junto a una esquina de su poncho. El hombre, al sentarse, había enterrado con su cuchillo sin darse cuenta un trozo de la tela. Cuando se quiso marchar sintió que alguien lo tironeaba de la ropa, y creyendo que un espectro reclamaba su cuerpo cayó al suelo fulminado por un ataque cardíaco, sin percatarse de que se trataba simplemente de su poncho enganchado por el cuchillo.
LOS FANTASMAS DE MAROÑAS
La historia se desarrolla muchos años atrás en la zona de Maroñas, cuando aún no se soñaba con reformar el lugar y el siglo abandonaba impertérrito sus primeras décadas.
Cuatro amigos vuelven a pie de un cumpleaños, muy tarde en una noche fría, cuando se topan con la parte posterior del complejo de Maroñas. Cansados, deciden acortar camino saltando el muro y atravesando las instalaciones del hipódromo.
Al avanzar en el camino, la noche comenzó a cerrarse lentamente sobre ellos. Aunque la luna brillaba, las sombras de las añejas instalaciones se alargaban y creaban conos de sombra y figuras fantasmales, entremezclándose con una niebla espesa que hacía difícil cualquier tipo de orientación.
Detrás de esa inmensa nada generada por las sombras y la niebla, oyen un ruido amortiguado y lejano. Intermitentemente, el sonido crecía de intensidad, asemejando unos cascos de caballos. Después de cada silencio súbito, reaparecía lo que ahora era un inequívoco galope, cada vez más fuerte.
Los cuatro amigos, asustados, advirtieron en voz alta al presunto jinete, pero cada vez que alzaban la voz el ruido callaba y surgía en otro lado. De improviso, un espantoso relinchar les heló la sangre, proveniente de un lugar indeterminado y cercano entre los jirones de niebla. El susto fue tan grande que treparon el muro más cercano con la facilidad de medallistas olímpicos, huyendo del hipódromo.
En la calma de sus hogares, dos de los amigos, avergonzados por su pánico irracional y atribuyéndolo a la borrachera de la fiesta, deciden investigar a fondo lo sucedido. Tres noches más tarde juntan el valor para volver a cruzar el muro a la misma hora y comprobar con sus sentidos lo que realmente sucede allí.
Al principio, la calma que reina en Maroñas en aquella noche invernal y neblinosa parece darles la razón, pero un tiempo después vuelve a surgir aquel sordo golpeteo de las herraduras. Esta vez, sin embargo, el ruido creció en violencia e intensidad a un ritmo casi demoníaco. Los cascos de caballos se multiplicaban por todas partes y relinchos salvajes lastimaban los oídos, tan cerca que uno creía posible tocar los caballos y sentir el viento provocado por sus cuerpos. Enloquecidos de miedo, los dos compañeros no atinan a otra cosa que correr desesperadamente sin rumbo alguno, perdiéndose en su camino.
En el colmo de su horror, ciegos por el terror y la noche hermética se topan en el camino con una figura enjuta, que resulta ser el anciano vigilante del lugar. Amablemente, el sereno los tranquiliza y les pregunta qué sucede. Al escuchar la historia poca es la sorpresa del viejo, quien confiesa que ha escuchado los sonidos de los animales innumerables veces a lo largo de los años. Ante su estupor, el anciano narra que se trata de las almas de los caballos que eran gravemente lesionados en las carreras y posteriormente sacrificados por los peones, que los ahogaban en una piscina que ya no existe.
En la noches oscuras, las almas de los equinos reiniciaban la interminable carrera en la que sus cuerpos habían hallado finalmente la muerte.