“Un hombre murió en la villa 31”, dice Joaquín Morales Solá. Un hombre sin nombre. Es evidente que para el columnista de La Nación, no merecía entidad consignar que Humberto Ruiz fue la persona que no recibió atención médica y que murió por convulsiones.
“Un hombre joven murió en la villa 31 en la noche del martes por la noche último entre convulsiones. Ambulancias con médicos y enfermeros se negaron a entrar a ese asentamiento porque temieron por su seguridad. La ciudad ardió al día siguiente. (…) Faltó la única solución posible: los médicos debieron entrar a la villa acompañados por policías decididos. El escándalo policial entre los gobiernos nacional y capitalinos, que ya existía, y el temor de la propia policía destruyeron el único recurso que había. Unas 40 personas cortaron durante horas después la autopista Illia y transformaron a la Capital en tierra arrasada, perdida ya por sus habitantes cualquier opción de la calidad de vida. La policía miró y no hizo nada más”, dijo Joaquín Morales Solá en su columna de La Nación, el domingo 10 de abril de 2011.
Vamos a desgranar este párrafo, una de las piezas más sobresalientes que se pueden encontrar para comprobar el desastre moral en el que están sumidos la mayoría de los columnistas políticos de la Argentina.
“Un hombre murió en la villa 31”, dice Joaquín. Un hombre sin nombre. Es evidente que para el columnista de La Nación, no merecía entidad consignar que Humberto Ruiz fue la persona que no recibió atención médica y que murió por convulsiones. Ruiz sufría de epilepsia desde hace varios años. Y de haber recibido la atención necesaria hoy estaría con vida.
Para La Nación evidentemente hay muertos de primera y muertos de segunda. Citemos simplemente a Axel Blumberg. Un joven con futuro, alto, rubio, deportista, estudiante. Llamado a ser de lo mejor de nuestra sociedad. De Axel no sólo conocemos su nombre sino también su cara y lo que fue y lo que no pudo ser. De Sapito Ruiz no sabemos nada. Era un tipo sin pasado ni tampoco podía soñar con un futuro. Ni siquiera merecía ser mencionado por su nombre.
“Faltó la única solución posible: los médicos debieron entrar a la villa acompañados por policías decididos. El escándalo policial entre los gobiernos nacional y capitalinos, que ya existía, y el temor de la propia policía destruyeron el único recurso que había”, agrega Morales Solá. Hay que decir y repetir cuantas veces sea necesario que los médicos no entraron a la villa porque tuvieron miedo y porque no quisieron hacerlo, ya que el patrullero que los debía acompañar estaba en su puesto a la hora convenida. Nada tenía que ver el conflicto policial entre los gobiernos nacional y capitalino con este asunto. Mencionar el conflicto policial es una operación de mala fe, una chicana política de la peor calaña. Una llaga moral, diría Víctor Hugo.
“Unas 40 personas cortaron durante horas después la autopista Illia y transformaron a la Capital en tierra arrasada, perdida ya por sus habitantes cualquier opción de la calidad de vida”, continúa Joaquín. La calidad de vida que defiende Morales Solá y La Nación es la de desplazarse por la ciudad. ¿Qué calidad de vida tienen los habitantes de la villa 31? En el lugar hay dos salitas de primeros auxilios, pero ambas cierran sus puertas a las 14, con lo que los habitantes del lugar se ven abandonados a su destino a partir de esa hora. Y para colmo está la actitud de los profesionales del SAME, que ya no quieren ingresar a la villa ni con custodia.
Al día siguiente de la protesta, La Nación on line publicó una encuesta que decía: “Lo perjudicó el corte de la Autopista Illia? Mucho, poco o nada”. Ni una línea sobre la falta de atención de los seres que pueblan las villas. Ninguna profundización sobre la desesperación de esa gente que salió a cortar la autopista para tener un poco de visibilidad. El problema, para La Nación, era que la gente llegaba tarde al trabajo, a su casa o algún partido de tenis. Para La Nación no era decisivo ni preocupante que miles y miles de ciudadanos no recibieran atención médica. Además, los que cortaban las rutas eran 40 personas, y para colmo negros y villeros.
Para Joaquín Morales Solá y para La Nación, Humberto Ruiz no tenía nombre ni apellido. Decir entonces que tenía derechos, suena a una excentricidad. Humberto Sapito Ruiz tenía menos derecho a ser atendido por los médicos de los que poseían los automovilistas que querían transitar la Autopista Illia. Porque en la Argentina, queridos amigos, hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Por más que nos pese y lo lamentemos profundamente.
“Un hombre joven murió en la villa 31 en la noche del martes por la noche último entre convulsiones. Ambulancias con médicos y enfermeros se negaron a entrar a ese asentamiento porque temieron por su seguridad. La ciudad ardió al día siguiente. (…) Faltó la única solución posible: los médicos debieron entrar a la villa acompañados por policías decididos. El escándalo policial entre los gobiernos nacional y capitalinos, que ya existía, y el temor de la propia policía destruyeron el único recurso que había. Unas 40 personas cortaron durante horas después la autopista Illia y transformaron a la Capital en tierra arrasada, perdida ya por sus habitantes cualquier opción de la calidad de vida. La policía miró y no hizo nada más”, dijo Joaquín Morales Solá en su columna de La Nación, el domingo 10 de abril de 2011.
Vamos a desgranar este párrafo, una de las piezas más sobresalientes que se pueden encontrar para comprobar el desastre moral en el que están sumidos la mayoría de los columnistas políticos de la Argentina.
“Un hombre murió en la villa 31”, dice Joaquín. Un hombre sin nombre. Es evidente que para el columnista de La Nación, no merecía entidad consignar que Humberto Ruiz fue la persona que no recibió atención médica y que murió por convulsiones. Ruiz sufría de epilepsia desde hace varios años. Y de haber recibido la atención necesaria hoy estaría con vida.
Para La Nación evidentemente hay muertos de primera y muertos de segunda. Citemos simplemente a Axel Blumberg. Un joven con futuro, alto, rubio, deportista, estudiante. Llamado a ser de lo mejor de nuestra sociedad. De Axel no sólo conocemos su nombre sino también su cara y lo que fue y lo que no pudo ser. De Sapito Ruiz no sabemos nada. Era un tipo sin pasado ni tampoco podía soñar con un futuro. Ni siquiera merecía ser mencionado por su nombre.
“Faltó la única solución posible: los médicos debieron entrar a la villa acompañados por policías decididos. El escándalo policial entre los gobiernos nacional y capitalinos, que ya existía, y el temor de la propia policía destruyeron el único recurso que había”, agrega Morales Solá. Hay que decir y repetir cuantas veces sea necesario que los médicos no entraron a la villa porque tuvieron miedo y porque no quisieron hacerlo, ya que el patrullero que los debía acompañar estaba en su puesto a la hora convenida. Nada tenía que ver el conflicto policial entre los gobiernos nacional y capitalino con este asunto. Mencionar el conflicto policial es una operación de mala fe, una chicana política de la peor calaña. Una llaga moral, diría Víctor Hugo.
“Unas 40 personas cortaron durante horas después la autopista Illia y transformaron a la Capital en tierra arrasada, perdida ya por sus habitantes cualquier opción de la calidad de vida”, continúa Joaquín. La calidad de vida que defiende Morales Solá y La Nación es la de desplazarse por la ciudad. ¿Qué calidad de vida tienen los habitantes de la villa 31? En el lugar hay dos salitas de primeros auxilios, pero ambas cierran sus puertas a las 14, con lo que los habitantes del lugar se ven abandonados a su destino a partir de esa hora. Y para colmo está la actitud de los profesionales del SAME, que ya no quieren ingresar a la villa ni con custodia.
Al día siguiente de la protesta, La Nación on line publicó una encuesta que decía: “Lo perjudicó el corte de la Autopista Illia? Mucho, poco o nada”. Ni una línea sobre la falta de atención de los seres que pueblan las villas. Ninguna profundización sobre la desesperación de esa gente que salió a cortar la autopista para tener un poco de visibilidad. El problema, para La Nación, era que la gente llegaba tarde al trabajo, a su casa o algún partido de tenis. Para La Nación no era decisivo ni preocupante que miles y miles de ciudadanos no recibieran atención médica. Además, los que cortaban las rutas eran 40 personas, y para colmo negros y villeros.
Para Joaquín Morales Solá y para La Nación, Humberto Ruiz no tenía nombre ni apellido. Decir entonces que tenía derechos, suena a una excentricidad. Humberto Sapito Ruiz tenía menos derecho a ser atendido por los médicos de los que poseían los automovilistas que querían transitar la Autopista Illia. Porque en la Argentina, queridos amigos, hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Por más que nos pese y lo lamentemos profundamente.