Norma Jeane (Marilyn Monroe)
Parte Cuarenta y dos
Historia, familia, amigos, hechos, imágenes etc. de la más famosa actriz de todos los tiempos.
Marilyn Monroe (Los Ángeles, California, Estados Unidos, 1 de junio de 1926 – íbidem, 5 de agosto de 1962), nacida como Norma Jeane Mortenson y bautizada como Norma Jeane Baker, fue una actriz de cine, cantante y modelo estadounidense
El baño – Parte II
El actor nato emerge en los primeros años de la infancia, pues es entonces cuando el mundo se percibe por primera vez como Misterio. El origen de toda interpretación reside en improvisar ante el Misterio.
La paradoja de la interpretación.- T. Navarro
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En esos momentos, la nerviosa y crispada risa de Gladys sonaba como un punzón rompiendo cubos de hielo. Norma Jeane recordaría este día de revelaciones durante toda su vida de treinta y seis años y sesenta y tres días —una vida a la que sobreviviría Gladys— como un bebé de muñeca que puede encajarse a la perfección en una muñeca más grande, ingeniosamente vaciada con ese propósito.
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¿Quería yo otra clase de felicidad? No; sólo estar con ella. Quizá acurrucarme y dormir en su cama, si ella me dejaba. La quería tanto.
De hecho, había pruebas de que Norma Jeane había pasado otros cumpleaños con su madre, al menos el primero, pero únicamente los recordaba por las fotos (¡Feliz primer cumpleaños, Norma Jeane!).
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Una pancarta escrita a mano que, al igual que la banda de la ganadora de un concurso de belleza, cubría a la bonita niña de ojos húmedos y deslumbrados, regordeta cara de luna, mejillas con hoyuelos, cabello rizado de color rubio oscuro y caídos lazos de seda; como sueños antiguos, estas fotografías (evidentemente tomadas por un amigo de la madre) estaban desenfocadas y arrugadas.
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En ellas aparecía una Gladys muy joven y bonita aunque con semblante febril, una melena recta, tirabuzones y labios acorazonados, parecida a Clara Bow, sujetando con rigidez sobre su regazo a su hija de doce meses «Norma Jeane» como uno sujetaría un objeto frágil y precioso: con veneración, si no con ostensible placer; con frío orgullo, si no con amor.
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La fecha de estas fotografías estaba garabateada en el dorso: 1 de junio de 1927. Pero la Norma Jeane de seis años no recordaba mejor esa ocasión que su propio nacimiento —deseaba preguntar a Gladys o a la abuela: ¿cómo se nace?, ¿es algo que una hace sola?—
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Cuando su madre la había traído al mundo en un pabellón de beneficencia del Hospital General del Condado de Los Ángeles después de veintidós horas de «incesante infierno» (como Gladys calificaba el trance), o el tiempo que su madre la había llevado en su «bolsa especial», debajo del corazón, durante ocho meses y once días. ¡No lo recordaba!
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Sin embargo, emocionada ante la oportunidad de contemplar esas fotografías cuando Gladys estaba de humor para extenderlas sobre cualquier colcha de cualquier cama de cualquier «residencia» de alquiler, no dudaba de que la niña de las imágenes era ella, pues durante toda mi vida sabría de mí a través de los testimonios y las palabras de otros.
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Igual que en los Evangelios son otros los que ven a Jesús, hablan de él y dejan constancia de ello. Conocí mi existencia y el valor de esa existencia a través de los ojos de otros, porque creía que éstos eran más dignos de confianza que los míos.
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Gladys miraba a su hija, a quien no había visto en..., bueno, en varios meses.
—No estés tan nerviosa —dijo con brusquedad—. No me mires como si fuera a estrellarme en cualquier momento; si cierras así los ojos, acabarás llevando gafas.
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Y procura no encogerte como una serpiente con ganas de hacer pis. Yo no te he inculcado esos malos hábitos. No tengo intención de estrellarme, si es eso lo que te preocupa, como a tu ridícula abuela.
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Te lo prometo —Gladys le dirigió una larga mirada de soslayo, regañona pero seductora (porque así era ella: te espantaba, te atraía) y añadió en voz baja y grave—: Tu madre tiene una sorpresa de cumpleaños para ti. Nos espera más adelante.
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—¿Una so-sorpresa? —Gladys hundió las mejillas, sonriendo mientras conducía—. ¿Ado-adónde vamos, ma-madre?
La felicidad era tan punzante como cristales rotos en la boca de Norma Jeane.
A pesar del tiempo caluroso y húmedo, Gladys llevaba elegantes guantes de malla negros para proteger su sensible piel.
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Golpeó alegremente el volante con las dos manos enguantadas.
—¿Que adónde vamos? Qué cosas dices. Como si nunca hubieras estado en la residencia de Hollywood de tu madre.
Norma Jeane sonrió, confundida, esforzándose por recordar.
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¿Había estado allí? Su madre parecía insinuar que había olvidado algo esencial, que aquello era una especie de traición o desengaño. Sin embargo, Gladys se mudaba con frecuencia.
A veces informaba a Della, y otras no.
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Su vida era complicada y misteriosa. Tenía problemas con los propietarios y con otros inquilinos; problemas de «dinero» y de «mantenimiento». El invierno anterior, un breve y violento terremoto en la zona de Hollywood donde vivía Gladys la había dejado sin techo durante dos semanas, obligándola a vivir con amigos y a perder el contacto con Della.
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Pero Gladys siempre vivía en Hollywood. En el oeste de Hollywood. Su trabajo en La Productora se lo exigía, porque era una «empleada contratada» (La Productora era la productora cinematográfica más grande de Hollywood y, en consecuencia, del mundo, con más estrellas en plantilla que «las de todas las constelaciones»), su vida no le pertenecía, «igual que las monjas católicas, que están “casadas con Dios”».
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Gladys se había visto obligada a dejar a su hija de doce días al cuidado de la abuela, a cambio de cinco dólares más gastos a la semana; era una vida dura, penosa, triste, pero qué alternativa tenía cuando trabajaba tantas horas en La Productora, a veces doble turno, y siempre debía estar disponible por si la llamaba su jefe. ¿Cómo iba a llevar la carga de una niña?
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—¡Que nadie se atreva a juzgarme, a no ser que haya vivido lo mismo que yo! Y mucho menos una mujer. Sí; mucho menos una mujer.
Gladys hablaba con misteriosa vehemencia. Tanta que habría podido pasar por su madre, Della, con quien discutía a menudo.
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Cuando se peleaban, Della la acusaba de «exaltada» —¿o de «intoxicada»?— y Gladys replicaba que era una mentira podrida, una calumnia: vamos, ella nunca había olido siquiera la marihuana y mucho menos fumado.
—Y lo mismo digo del opio. ¡Nunca!
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Della había oído demasiadas historias absurdas e infundadas sobre la gente del cine. Era verdad que Gladys a veces se exaltaba.
¡Siento arder un fuego en mi interior! Es maravilloso.
Y tenía cierta tendencia a «hundirse en la depresión», «la melancolía», «el pozo».
Fuente:
http://www.alfaguara.com/uploads/ficheros/libro/primeras-paginas/201205/primeras-paginas-blonde.pdf
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