Norma Jeane (Marilyn Monroe)
Parte Cuarenta y tres
Historia, familia, amigos, hechos, imágenes etc. de la más famosa actriz de todos los tiempos.
Marilyn Monroe (Los Ángeles, California, Estados Unidos, 1 de junio de 1926 – íbidem, 5 de agosto de 1962), nacida como Norma Jeane Mortenson y bautizada como Norma Jeane Baker, fue una actriz de cine, cantante y modelo estadounidense
El baño – Parte III
El actor nato emerge en los primeros años de la infancia, pues es entonces cuando el mundo se percibe por primera vez como Misterio. El origen de toda interpretación reside en improvisar ante el Misterio.
La paradoja de la interpretación.- T. Navarro
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Como si mi alma fuera de plomo fundido que se ha filtrado y endurecido.
Sin embargo, Gladys era una joven atractiva y tenía muchas amistades. Amistades masculinas que complicaban su vida emocional.
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—Si los hombres me dejaran en paz, «Gladys» estaría bien.
Pero no la dejaban en paz, de modo que Gladys tenía que medicarse con regularidad. Medicamentos de verdad, o acaso drogas proporcionadas por sus amigos.
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Admitía que estaba enganchada a la aspirina Bayer y que había desarrollado una alta tolerancia al fármaco, pues disolvía las tabletas en café negro como si fueran minúsculos terrones de azúcar. («¡No siento sabor a nada!»)
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Esta mañana, Norma Jeane supo de inmediato que Gladys estaba de buen humor: exaltada, contenta, graciosa, imprevisible como la llama de una vela en el aire inquieto. Su piel pálida como la cera despedía oleadas de calor como el asfalto bajo el sol estival y ¡qué ojos tenía!: coquetos, esquivos, dilatados.
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Aquellos ojos que yo amaba, que no me atrevía a mirar.
Gladys conducía distraídamente y con rapidez. Ir en coche con ella era como subir a los autos de choque de una feria de atracciones; había que sujetarse fuerte. Se dirigían hacia el interior, alejándose de Venice Beach y del océano.
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Subieron por el bulevar hasta La Ciénaga y finalmente llegaron a Sunset Boulevard, que Norma Jeane reconoció de otros viajes con su madre.
Cómo se sacudía el Nash mientras avanzaba, impulsado por el impaciente pie de Gladys en el acelerador. Traqueteaban sobre los raíles del tranvía, frenaban en el último momento ante los semáforos en rojo, de modo que los dientes de Norma Jeane castañeteaban incluso mientras reía con nerviosismo.
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A veces, el coche de Gladys patinaba en medio de un cruce, y los demás conductores tocaban el claxon, gritaban y sacudían los puños como en una típica escena de película; a menos que los conductores fueran hombres solitarios, en cuyo caso sus ademanes eran más amables.
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En más de una ocasión, Gladys hizo caso omiso del silbato de un guardia de tráfico y escapó.
—¿Lo ves? ¡No había hecho nada malo! Me niego a dejarme intimidar por esos matones.
A Della le gustaba recordar, con tono entre mordaz y furioso, que Gladys había «perdido» su carné de conducir, y ¿qué significaba eso?
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¿Que lo había extraviado como le ocurre a la gente con algunos objetos? ¿Que lo había olvidado en algún sitio? ¿O que un policía se lo había quitado con el fin de castigarla un día en que Norma Jeane no estaba presente?
Norma Jeane sólo sabía una cosa: que no se atrevía a preguntárselo a Gladys.
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Dejaron Sunset Boulevard torciendo por una callejuela lateral y luego por otra, hasta llegar a La Mesa, una estrecha y decepcionante calle flanqueada por pequeños comercios, restaurantes, «coctelerías» y edificios de apartamentos; Gladys dijo que era su nuevo barrio.
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—Todavía lo estoy explorando, aunque ya me siento muy cómoda en él —Gladys le explicó que La Productora estaba a «sólo seis minutos en coche». Vivía allí por «razones personales» difíciles de explicar, pero Norma Jeane ya vería—.
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Es parte de la sorpresa.
Gladys aparcó enfrente de un vulgar edificio colonial estucado, con cochambrosos toldos verdes y antiestéticas escaleras de incendios.
La Hacienda. Habitaciones y apartamentos. Alquiler semanal y mensual, información en el Interior.
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El número de la casa era el 387. Norma Jeane lo miró fijamente, memorizando lo que veía; era como una cámara que tomaba fotos; quizá algún día se perdiera y debiera encontrar el camino a ese sitio que no había visto hasta entonces, pero con Gladys esos momentos eran apremiantes, tan emocionantes y misteriosos que hacían que el pulso latiera desbocado, como si una estuviera bajo los efectos de una droga.
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Era como si hubieras tomado anfetaminas. La misma sensación que buscaría durante toda mi vida, regresando como una sonámbula hasta La Mesa, hasta La Hacienda, hasta el lugar de Highland Avenue donde volvía a ser una niña, otra vez a su cargo, bajo su embrujo, antes de que la pesadilla hubiera comenzado.
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Gladys reparó en el gesto de Norma Jeane, que la propia Norma Jeane no podía ver, y rió.
—¡Eh, hoy es tu cumpleaños! Sólo se tienen seis años una vez en la vida. Tonta; es probable que ni siquiera llegues a los siete. Vamos.
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La mano de Norma Jeane estaba sudorosa, de modo que Gladys se negó a cogerla y empujó a la niña con el puño enguantado, con suavidad, desde luego, guiándola alegremente por los desportillados peldaños de la entrada de La Hacienda y, en el interior, por una escalera cubierta de rugoso linóleo.
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—Nos espera alguien y me temo que empiece a impacientarse. Venga.
Se dieron prisa. Corrieron, trotaron escaleras arriba. Gladys, calzada con sus elegantes tacones de aguja, súbitamente pareció asustarse. ¿O sería una representación, una de sus escenas?
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Al llegar arriba, madre e hija jadeaban. Gladys abrió la puerta de su «residencia», que no se diferenciaba mucho de la que Norma Jeane recordaba apenas.
Se componía de tres pequeños cuartos con el papel de las paredes y los techos manchado, ventanas angostas, jirones de linóleo despegados del suelo de madera, un par de alfombras mexicanas, una nevera hedionda y agujereada, un hornillo de dos fuegos, un fregadero lleno de platos sucios y brillantes cucarachas negras como semillas de sandía, que escaparon aparatosamente cuando ellas se acercaron.
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En las paredes de la cocina había carteles de películas con las que Gladys había tenido alguna relación y de las que estaba orgullosa: Kiki, con Mary Pickford; Sin novedad en el frente, con Lew Ayres; Luces de la ciudad, con Charlie Chaplin, cuyos estremecedores ojos Norma Jeane no se cansaba de mirar, convencida de que Chaplin la veía.
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La relación de Gladys con esas películas célebres no estaba clara, pero las caras de los actores producían un efecto hipnótico sobre Norma Jeane.
¡Éste es mi hogar! Recuerdo este sitio.
También le resultaron familiares el calor sofocante del apartamento, pues Gladys nunca dejaba las ventanas abiertas cuando salía; el penetrante olor a comida, posos de café, ceniza de cigarrillo, chamusquina, perfume y ese misterioso y acre aroma químico que Gladys nunca conseguía eliminar por mucho que restregara sus manos con un jabón medicinal hasta dejarlas despellejadas y sangrantes.
Fuente:
http://www.alfaguara.com/uploads/ficheros/libro/primeras-paginas/201205/primeras-paginas-blonde.pdf
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