AMPARO MEDINA
La ecuatoriana Amparo Medina (43) nos visitó en el marco del arduo debate entre los pros y los contras de la aprobación de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva en nuestro país. Mujer de una vida para narrar: fue atea y guerrillera, luego miembro de las NN.UU., hasta que su vida dio un giro total.
“Nací en Ambato (Ecuador). A los 13 años, rebelde como era, decidí ser atea. Me convencí de que Dios era un mito, un invento para acallar a la gente”, así arranca la entrevista la representante de Acción Provida, filial de Vida Humana Internacional. Amparo Medina fue invitada por el grupo paraguayo Laicos por el Cambio.
– ¿Cuándo empezaste a militar en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)?
– Fui basquetbolista profesional. El espíritu deportivo me había cautivado y tenía ganas de triunfar en la vida. Era disciplinada, fuerte y estratégica; así conocí la revolución, por medio de compañeros deportistas. Solo tenía 16 años. Estando en la universidad (me recibí de maestra parvularia) hacíamos tomas de tierras, acompañamientos a sindicatos, alfabetizábamos en los barrios pobres de la ciudad, íbamos con las mujeres para evitar la violencia intrafamiliar y enseñarles sus derechos. Estuve totalmente sumergida en esto hasta el año 92, cuando caigo presa –con mi hija de 2 años–.
– ¿Te habías casado?
– Sí, muy joven, con un intelectual de izquierda que me decía: “El camino está en el cambio de ideas”, pero yo era de armas tomar, de que si gente debía morir para crear un nuevo proceso social, pues así tenía que ser. No entendía que esta ideología sólo llevaba al odio, a la lucha de clases: pobres contra ricos, mujeres contra hombres, adultos contra jóvenes y niños.
– ¿Cuál era tu trabajo en las NN.UU.?
– Entré en el 89, bajo el gobierno de Rodrigo Borja. Eramos un grupo de izquierdistas soñadores, pero organizados y operativos. En las NN.UU. trabajé en el tema de la educación preescolar no formal, luego derechos del niño, después con jóvenes y posteriormente en salud sexual reproductiva. Empecé trabajando por los derechos de las mujeres y de pronto me vi trabajando por las lesbianas, el aborto y la anticoncepción.
– ¿Por qué lo hacías?
– Pues porque me pagaban muy bien, además estaba convencida de que si la mujer abortaba podría ser una universitaria exitosa, que si te ponías un DIU serías más feliz.
– ¿Qué te hizo cambiar?
– En el año 2004 pasaron varias cosas. Una fue la evaluación del programa de salud sexual y reproductiva que habíamos hecho en Latinoamérica. Ahí saltaron los datos de que en 4 años de aplicar el programa habíamos cuatriplicado los embarazos adolescentes, triplicado las enfermedades de trasmisión sexual, bajado la edad de iniciación sexual de 16 a 12 años y que, a pesar de regalar millones de condones, el sida estaba a punto de ser pandemia en ciertas zonas. Entonces algunos técnicos cuestionamos. Las NN.UU. nos dijeron: “Se están clarificando los datos”. Un grupo de técnicos dijo: “Mira, si a mí me pagan, poco me importan los datos”, otros optaron por “esperar las cifras”.
– ¿Seguiste trabajando?
– Sí. Ese año también me tocó acompañar a una hermana de lucha a hacerse un aborto, algo que para nosotras era un derecho. Sabes, yo a ella la había visto arriesgar su vida, habíamos sido torturadas hasta sangrar, pero antes de entrar a la sala de aborto fue la primera vez que la vi temblando de miedo. Me tomó de la mano y me pidió que la acompañase. Y vi todo. Recuerdo la cama, la cara del médico, tantos hierros entrando y saliendo de su cuerpo, la succionadora llenando un frasco con restos de piel y sangre. Mi amiga no era la misma que entró; me llevé un cadáver andante. Cuando eso yo no conocía lo que era el síndrome postaborto, así que probamos de todo lo que te imagines: baños celestiales, tai chi, meditaciones trascendentales, maestros ascendidos. Nada resultó. Mi amiga tiene 3 varones y un día me confesó: “Sé que era una niña”. Yo la bauticé “Soledad”, y es por ella por quien trabajo ahora con mujeres que abortaron. Hoy digo sí a los derechos de las mujeres, pero antes y después de nacer, ¿o es que tus derechos, porque vives en un vientre femenino, quedan reducidos a la decisión de esa mujer que ya tuvo el derecho de nacer?
– ¿Cuándo dejaste las NN. UU.?
– Después trabajé en equidad de género hasta que me di cuenta de que era una estupidez. No puedes decirle a un chico que cuando crezca puede decidir su sexualidad. Desde el momento de su concepción los niños tienen conciencia de si son varones o mujeres.
– ¿Cómo se da tu conversión al catolicismo?
– Tuve una experiencia mística. Una vez en una toma de tierras estábamos con los indígenas y llegaron los militares para sacarnos a balazos. Los indígenas se pusieron a rezar y yo me puse furiosa y grité: “¡Si Dios existe, ¿por qué no está aquí?!”. Tomé la imagen que veneraban y la rompí. En ese instante me atravesó una bala el costado del pecho izquierdo y caí. Fue como un rayo, no me podía levantar. Mi marido y los indígenas me llevaron selva adentro hasta una cabaña. Ahí reposé días en una hamaca mientras me ponían emplastes de manteca de culebra. Me sumergí en una inconsciencia. Fue ahí cuando vi a una mujer con un manto blanquísimo cantando el Ave María con la voz más bella que te puedas imaginar. Ella se dio vuelta y me dijo: “Mi pequeña, yo te amo. Pide perdón”. Me desperté llorando y lo primero que le dije a mi esposo fue: “Mi amor, ¡Dios existe!”. El no me creyó, cuando eso andábamos en la onda New Age. Pero yo recé mucho tiempo y pude ver todos mis errores, uno por uno. Y pedí perdón.
– Muchos no creen esas apariciones...
– A todos nos llega nuestro momento. La vida cobra las facturas de lo bueno y lo malo que hemos hecho. La imagen que vi era la misma que rompí: la Virgen de la Medalla Milagrosa, justo un 7 de noviembre. Para muchos lo mío fue un estado de locura, de necesidad psicológica.
– ¿En qué trabajás hoy?
– Proyectos independientes, consultorías. Tengo una prohibición internacional de trabajar en cualquier proyecto que dependa de la ONU, porque denuncié públicamente que la pastilla de emergencia que había salido era abortiva. Lógicamente me echaron por no compartir los principios de la institución. Hoy no tengo derecho ni a una línea telefónica en mi país, ni a un crédito, pero estoy en paz. Aprendí que mientras mi familia esté unida (mi marido, mis 3 hijos) nada podrá derrumbarnos.
Dicho y escrito
“La salud sexual y reproductiva está basada en el informe Rockefeller, en la IFFP (Paternidad Planificada) cuya inspiradora es Margaret Sanger, pronazi, quien dijo que las negras eran la escoria social. La ONU dice que la única solución a los recursos naturales del mundo es que en América Latina seamos menos. El documento La Carta de la Tierra destaca claramente que las políticas para Africa y América solucionarán el problema de agua y oxígeno para el mundo a través de la distribución masiva de anticonceptivos, esterilización de las mujeres (sobre todo con 2 ó 3 hijos) y legalización del aborto. No es un secreto, lo dicen a voces”
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