Si tradicionalmente fueron los sectores bajos de la población rural latinoamericana los que migraron hacia las zonas urbanas en busca de trabajo y mejores condiciones de vida, hoy existe un nomadismo urbano específicamente protagonizado por sectores de alta renta, cuyos movimientos responden a la necesidad de clase de crear nuevos códigos simbólicos de pertenencia. ¿Hasta qué punto el tópico de la inseguridad incidió en este nomadismo? Si la desigualdad originó, en gran parte, la violencia y la criminalidad, sobre todo en los espacios urbanos latinoamericanos a partir de los años ’90, y obligó a las clases más pudientes a refugiarse en barrios cerrados del centro y la periferia, existen otros tantos factores -inscritos acaso en la genética de los privilegiados de clase- que contribuyeron al corrimiento urbano de esos sectores, aun en tiempos anteriores a la exposición exponencial de la criminalidad urbana. En la Buenos Aires de los primeros años del siglo XX, una ciudad que crecía bajo el influjo dominante de la inmigración, esa clase acomodada huía del Sur de la gran urbe hacia el Norte, donde asentaba su prosapia. El laborioso sur se infectaba de trabajadores nativos y extranjeros, que habitaron las casas de inquilinatos, muchas de ellas convertidas en conventillos, y que habían pertenecido a sus antiguos dueños de clase alta. A finales de siglo, la misma ciudad produjo -al igual que las grandes urbes del mundo- cambios en la configuración de las identidades colectivas y de los espacios públicos y privados, nuevos usos de los escenarios urbanos y modificaciones en la constitución de los sectores sociales, económicos y culturales, todo producto de la imposición de las leyes del mercado y de la glorificación del consumo. La ciudad asiste hoy a un doble juego idénticamente excluyente: comunidades expulsadas del centro a los barrios -y de los barrios a la marginación de las villas miseria- contrastan con otros sectores que practican un nomadismo voluntario: el de las clases altas, que provocan un corrimiento y se instalan en nuevos espacios jerarquizados. El barrio de Puerto Madero, en las puertas de Buenos Aires, es el espejo de esta colosal transformación: un laberinto artificial, en su doble sentido de refugio y cárcel (Freire 2007), un espacio estrictamente planificado por la especulación de las leyes del mercado, un microcosmos esterilizado ideal para el consumo simbólico de clase, una suerte de ciudad-paralela-símil-shopping, porque de alguna manera niega a la ciudad que la rodea, o le es indiferente (Sarlo 1994). La transformación de Puerto Madero partió de la iniciativa pública, para reconvertir el área y rescatarla del abandono y el deterioro. El proyecto transformó 170 hectáreas de dársenas, edificios abandonados, antiguos depósitos de mercaderías, espacios ociosos y vialidad en desuso, en un conjunto de edificios corporativos, de viviendas, oficinas, museos, galerías de arte, multicines, bancos, instalaciones gastronómicas, comerciales y un club náutico. Con el aporte casi excluyente de la inversión privada, el nuevo barrio porteño aparece como un proyecto de alto impacto metropolitano, por su irradiación hacia otras zonas de la ciudad, aunque haya sido gestionado sin esa pretensión (Iglesias 2004). Paralelamente a la pérdida de carga simbólica del centro de las grandes ciudades como itinerario obligado en el uso del tiempo libre, a la revalorización de los espacios locales y a las nuevas formas de violencia urbana, la conformación de Puerto Madero como un fragmento de ciudad dentro de otra ciudad -¿o fuera de ella?- responde a un imperativo de elite: distinguirse de la masa, homogeneizada en los últimos años por las transformaciones de las industrias culturales y el consumo, salirse del estándar y demarcar un territorio de exclusividad, de pertenencia. Un espacio geográfico como Puerto Madero simboliza la fractura y fragmentación del modelo ideal de ciudad moderna, democrática, cuyo fundamento es la libertad e igualdad de los individuos y, cuyo espacio, las calles y los lugares públicos de encuentro. “Los barrios ricos -afirma Beatriz Sarlo- han configurado sus propios centros, más limpios, más ordenados, mejor vigilados, con más luz y mayores ofertas materiales y simbólicas”. Sin embargo, otros suelen ver el proyecto de Puerto Madero como una operación urbana de producción masiva de espacio público calificado del que los habitantes del común se apropiarán cuando las condiciones sociales y políticas se lo permitan (Ibid). En los años ’90 la figura del barrio se revaloriza, “renace como signo social, como espacio de sentido, y se relaciona estrechamente con tipos emergentes que los medios legitiman como nichos del nuevo buen vivir” (Arizaga 2005). De este modo, se invierte la hipótesis jauretcheana de que “vivir en el barrio desmonetiza al burgués entre los burgueses”. En efecto, hacia mediados del siglo XX, los profesionales exitosos, empresarios y burgueses triunfadores del comercio y la industria -según Arturo Jauretche (1966), que los denominó el medio pelo en la sociedad argentina de esa época- se mudaban al centro de la ciudad porque el barrio les quedaba chico: “a nivel de esta promoción de triunfadores, el barrio es disminuyente; un médico o un abogado de barrio no es más que eso, lo cual resulta peyorativo”. En la actualidad, el barrio de Puerto Madero simboliza todo lo que el burgués que describe Jauretche percibía y hallaba en el antiguo centro de la gran ciudad. A medida que se ensanchó el proceso de pauperización social, y que incluyó a vastos segmentos de la llamada clase media, los nuevos integrantes de los sectores de alta renta fueron escogiendo renovados espacios, revalorizados a partir de diversas estrategias y tendencias económicas, financieras y simbólicas: aquellos en los que priman los grandes equipamientos de consumo, como shoppings y centros temáticos de entretenimiento, los nuevos tipos de espacio residencial de clases medias-altas, y aquellos a los que asiste una pertenencia a un nosotros reducido, aire libre y seguridad (Arizaga 2005). En el imaginario de la clase alta, el deseo como motor de escenarios urbanos ha hecho posible la planificación de un espacio de ensueño que se sobrepone a la ciudad real. Así, la marca Puerto Madero aparece como el ideal de una ciudad glamorosa (Tercco 2006). Su estética representa la impronta residencial del “nuevo usuario de ciudades” aludido por Saskia Sassen, y asociado a la imagen de la nueva ciudad global y de alta tecnología; sus torres trasuntan un aire de edificios high-tech en combinación con aportes de una estética mundializada centrada en un espacio recuperado, con valor patrimonial y alto componente estético. Dos elementos -la incorporación del diseño en la vida cotidiana y el estilo de vida globalizado- que reafirman un cosmopolitismo de marca. Asimismo, las torres del barrio apuntan a un perfil de alto poder adquisitivo que no pone énfasis en la personalización, sino que prioriza un pragmático sentido del buen vivir, un perfil que no es familiar sino de mente abierta, que gusta de las novedades, sin lazos que lo aten, independiente (Arizaga 2005). Esta búsqueda de los sectores ricos y medios acomodados de un espacio social en permanente cambio es producto de una cultura del consumo, en la que ese segmento social construye su estilo de vida “a partir de determinados bienes y servicios que suponen gustos dominantes o gustos de posición, y con ello buscan la distinción y pertenencia” (Ibid). Conjuro de la rapacidad y, al mismo tiempo, ubicuidad de los mercados inmobiliarios con el imaginario deseante de un estrato social que consume valores simbólicos y tendencias mundializadas de urbanización. Estos sectores de alta renta sí pueden, a diferencia de otros nómades contemporáneos, realizar el deseo de elegir a dónde ir, con quién estar, qué valores compartir y durante cuánto tiempo. En Puerto Madero, la cultura de la apariencia está unida a un proceso de reafirmación de la identidad de clase, que la hace distinguida y auténtica sin ser diferente. En un mundo sin distancias -afirma Guillermo Oliveto- el nomadismo vuelve a tener valor. A las ya clásicas migraciones espasmódicas desde la periferia a las naciones centrales, al flujo de migrantes temporales inter e intranacionales y a los recientes desplazamientos de nuevos migrantes ambientales -una categoría que estableció la ONU para aquellos que dejaron su lugar de origen corridos por la contaminación y los cataclismos, y que apuntan a zonas más estables y limpias de la periferia- se suma otro nomadismo más selecto y exclusivo, motorizado por un sector social que hace de la tiranía del deseo y de la cultura del consumo una marca de selección de sus propios códigos de pertenencia. http://www.letra.org/spip/article.php?id_article=2430
Puerto Madero: una marca del consumo cosmopolita
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