Estaba sentada una niña al lado de un lago,
contemplaba el vacío y como sin querer, un dios quiso bajar.
Notó en la niña con moribunda mirada, que a ella no le quedaba nada,
y por pena con ella se puso a platicar.
“¿Cómo está su madre?” Dijo después de presentarse,
la niña ensimismada hacía un bosque señaló sin vacilar.
El dedo apuntaba al cadáver de una mujer,
una joven embarazada que hace poco dejó de respirar.
En sus últimos suspiros se había marchitado la tierra,
y sobre pasto quemado por la eternidad va a descansar.
Apenado el dios miró a la niña, que solo miraba el lago
“¿Y tus hermanos dónde están?”
La niña señaló al otro lado del lago y con horror el dios miró,
una madre con sus recién nacidos que sin razón los ahogó.
El dios consternado en el lago la vista fijó, y para sus dudas encontró,
ningún reflejo de la niña y preguntó.
“¿Dónde está tu alma?” Y la niña al fin palabras emitió,
no tenemos alma, aquello nunca existió.
Y allí fue cuando el dios lloró, cuando el hombre de su alma se liberó,
cuando de su divinidad se separó, allí el dios lloró.
“Libres somos las personas del engaño y tu horrenda tiranía”,
con mirada fría le dijo la niña.
Y ese fue el día en que el hombre se liberó de la opresión de los dioses,
del peso del alma y responsabilidad del más allá.
Del espíritu del cielo y de la tierra, de todo lo demás,
de las cadenas de la decencia se pudo liberar.
En la bondad y el sacrificio, ya no tenía que pensar
la recreación de los sentidos representaba su libertad.
De la voluntad el yugo rompió y el estandarte del deseo se levantó,
su alma a la vileza empeñó.
El hombre de su humanidad se liberó,
y en su inmundicia bestial se regocijó.
El dios con tristeza lloró, pues del hombre nada allí quedó,
solo carcasas de carne y hueso, vestigios de lo que fue en siglos.
De todo lo que no se quiso un testigo permaneció,
ese fue el dios, que eternamente por el hombres lloró.
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