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Por ser él [Escrito propio]

Arte9/10/2015
Buenas tardes a todos.

Paso a dejar por acá un escrito que hice hace poco. Trata sobre una de las injusticias más grandes de este mundo.

Por ser él [Escrito propio]

Por ser él


“Hola y bienvenidos al futuro” Así decía el cartel a la entrada de aquella gran ciudad llena de gente que andaban de acá para allá como hormigas en un hormiguero, cada una con su ruta definida y así no se perdían entre el montón que andaban para todas partes. Habían acabado aquellos tiempos donde todos eran animales y por fin la inteligencia gobernaba como debía ser. Era esta una enorme ciudad y a comparación con las edificaciones antiguas los edificios modernos eran majestuosos, altísimos, se podría decir que lucían hasta imposibles de derribar. La incalculable población continuaba creciendo a un ritmo acelerado y constante. Cada vez más gente, y a mayor cantidad de gente más ciudades, y más ciudades más espacio para expandirse, y a más espacio para expandirse más gente, y así el círculo seguía indefinidamente. La ciencia y la tecnología crecían de mano de la nueva inteligencia y parecía no haber límite más que la imaginación.

A pesar de la nueva inteligencia y el avance científico aún permanecía natural la maldad en el mundo y para vergüenza de los que creían haber cambiado todo aún se conservaban las prisiones. Como olvidadas en el tiempo las cárceles incluso en este tiempo eran sitios descuidados, sucios, sobre poblados y mirados sin importancia y hasta con desprecio por los de afuera. Y es en una de estas cárceles que se encuentra él; y digo él porque es un ser tan sin valor que ni siquiera merece un nombre, sólo lleva marcada en la piel un número que lo diferencia del resto para funciones del experimento únicamente, porque en el resto era igual al resto de prisioneros. De todas formas sería un desperdicio de tiempo en buscarle un nombre.

Él sólo obtenía simpatía de los inocentes niños que son capaces de amar a todos, y aún así desde muy pequeños se les enseña que los presos no son importantes y que tienen un único fin. De adultos muy pocos aprecian a los presos y les desean un mejor destino, algunos hasta se esfuerzan por cambiarles la realidad. Supongo que de la inocencia de los niños no queda más que indiferencia por la vida con el paso de los años.


Cuando él nació no fue por deseo de su padre o de su madre, de hecho, tales términos le resultan desconocidos. Su concepción de natural no tuvo nada, fue planeada y ejecutada con el uso de tubos y jeringas, y una hembra portadora que ni por error se le podría llamar “madre”, por un especialista en el tema que ni por error se le podría llamar “doctor” porque hasta el más inútil, grosero, inepto y sin voluntad de los médicos, tiene por misión curar o mejorar el estado de salud de a quien atiende, aunque sea sólo por necesidad y sin pasión.

Al dar a luz al pequeño este permaneció unos pocos días nada más con su hembra portadora mientras crecía lo suficiente como para que una vez más la ciencia viniera a arrebatarle el papel a la naturaleza. Así que él creció sin un ejemplo a seguir, por normas de comportamiento tenía tan sólo lo que el instinto natural le dictaba pero de igual manera inútil porque en su prisión (porque desde esa época de su vida estaba encarcelado por un grave delito) no podía seguir lo que este le decía. Entonces, ¿Para qué el instinto? Por el único motivo de que la ciencia aún no lograba suprimirlo, y además ¿Para qué molestarse en eliminarlo? Si de todas formas la miseria diaria era, aunque no así dictada en su sentencia, parte de el castigo por su crimen. No hay que olvidar que este ser no tenía valor alguno más que el costo del experimento que en el se llevaba a cabo.

Cuando él dejó de depender de otros y creció lo suficiente llegó a su infancia temprana. Siempre y cuando entendiéramos a esta como un periodo de tiempo y no la etapa de la vida en que hacemos toda clase de tonterías sin vergüenza alguna, nos entretenemos con cosas tan simples, vemos al mundo con asombro y de nada desconfiamos. No, en la prisión no había tiempo de juegos, ni de boberías, ni de oler las flores, ni siquiera había flores, ni de llorar, ni de reír, ni de sentir. Sólo había tiempo para que el experimento continúe y para que la tristeza crezca junto con la culpa.

De manera similar, sin nada que hacer pasó el resto de su infancia y adolescencia, encerrado en un espacio reducido y manteniendo una impecable salud física y una rota y casi inexistente salud mental, ya se había resignado a su condena. La rebeldía le era algo inconcebible, un esfuerzo inútil por conseguir algo imposible. La libertad algo desconocido que tocaba sólo en sueños. La paz algo que el recuerdo de su crimen apagaba. La felicidad… ¿Qué es eso?

Llegó él a convertirse en un adulto fuerte, sano y con un físico envidiable. Todo normal, ya había aceptado su crimen su condena y el precio a pagar. Corría libre tan sólo en su mente, o en sueños, o en breves momentos de desconexión de la realidad hasta que algo en su entorno lo devolvía a su sitio. Llevaba una vida vacía sin función alguna salvo comer, mantenerse vivo y recibir las revisiones periódicas de sus cuidadores.

¿Qué se puede decir de su vida como adulto? A decir verdad no mucho. Lo mismo que del resto de su vida. Espera ¿Qué vida? No, vida no. Lo mismo que todo el tiempo que su cuerpo había resistido su prolongada muerte. Porque los muertos viviente no son cosa sólo de la ficción, claro que no. Los tenemos por montones en las cárceles, respiran, se mueven, comen, pero sin oportunidad, sin voz, sin nada, sin vida. Pasaban más días y él se hacía más corpulento y fuerte, el experimento continuaba con un éxito admirable, sin embargo, como todo lo artificial que se usa en reemplazo de lo natural, llega a tener consecuencias negativas que llegan a opacar o hasta desaparecer al beneficio mismo.

El experimento a pesar de marchar bien estaba a punto de cometer daños irreparables al sistema de él, y no es que importe si él sufre a causa de esto, sino que si esto llegaba a ocurrir sería en vano todo el esfuerzo. Se informó de este asunto al director de la cárcel y este feliz de que por fin obtendría los resultado que tanto había esperado y sin dudarlo dio la orden de por fin quitar la funcionalidad al sistema del preso y terminar de una vez con su muerte. Pero en un final acto de humanidad y para no sonar tan culpable ordenó también que la muerte se diera sin sufrimiento y digna. ¡Ja! ¡Que estupidez tan grande! ¿”Muerte digna”? ¿De donde demonios sacaron una idiotez tan grande? ¿Desde cuando una muerte no deseada, planeada por el mero interés de otros y sólo para terminar con una miserable vida, tiene algo de digna? ¿”Sin sufrimiento”? ¿Cómo llegaron a esa conclusión? ¿Se los dijo su tan adorada “ciencia”? ¿Acaso ya murieron bajo esos procedimientos que mencionan y luego resucitaron para dar fe de que no se sufre? Tales términos suenan repugnantes a los oídos de quien piensa un poco en lo que oye, pero suenan tan nobles y puras para las masas. Tampoco son usados para calmar la conciencia de quienes los usan porque tales criaturas sin humanidad no tienen conciencia alguna, y si la tienen es sólo como un cadáver humano que parece humano pero sin vida y lo único que hace es heder.

Él fue llevado a la sala de ejecución, un largo pasillo blanco cual camino al cielo con fin en el infierno. Por ese último instante olvidó su resignación y dio unos inútiles pataleos, un final y sin sentido momento de rebeldía porque hasta él que era culpable no quería morir, podría pasar el resto de su vida encerrado pagando su culpa, pero a pesar de lo que había hecho se creía aún merecedor de mantenerse con vida. Con poco esfuerzo y acostumbrados a tales escenas, los verdugos le sometieron y sin mayores complicaciones le colocaron en el último sitio que pisaría en su vida. Tras una vida sin expresar sentimiento alguno y hasta dudando de tenerlos él lloró, lloró como niño perdido, lloró como quien pierde algo muy amado, lloró como quien no tuvo nada y llega a su fin a conocer que nada fue todo lo que le tocó en su destino. Todos actuaban naturalmente a su al rededor, ya estaban acostumbrados a tal espectáculo y no les provocaba la menor impresión. Unos segundos más y las luces se apagaron. En un segundo él pasó de ser uno de los más fuertes del lugar a ser un montón de carne, huesos y piel que desde ese mismo momento empezaba el proceso de descomposición. Inerte, sin vida, más muerto que antes. ¿Por fin descansó? Bueno, al menos ya es libre de culpa. Se procedió a recoger el cuerpo y nadie le dedicó ni media palabra, salvo un “¡Por fin! Todo salió mejor que lo planeado”.

Bien, por fin un tan despreciable ser había pagado por su delito. La condena se había cumplido en su totalidad. Murió por el único y grave delito de ser él.
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d@daniartavia9/10/2015+1-0
Ando deprimido, lo único que se me ocurre son cosas tristes
m@mabas0119/10/2015+1-0
Muy bueno
<…

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daniartavia🇦🇷
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