El humo del cigarrillo danzaba de manera macabra frente a mis ojos, podía ver su calor, mas no sentirlo, el fuego hacía rato no me quemaba. El sonido del mar y el viento juntos, era como una fúnebre orquesta maquiavélica, sonaba apagado y algo cálido, mas bien sabíamos nosotros que nuestro barco tenía como destino la muerte.
Alejandro provenía de Marsella, su acento me fastidiaba, ¿han oído alguna vez a un francés rezar? No querrán oírlo. Entre sollozos y gruñidos, rogaba por un perdón a un dios lejano como el eco de los murciélagos en mi mente al salir del puerto. No se tiene miedo a la muerte, simplemente se desea vivir, pues la vida es lo único que se conoce y el ser humano es frágil como una taza de porcelana china frente a los cambios.
Mario era italiano, específicamente Florencia, en su voz encontraba paz, él era el único que callaba las demás voces que sonaban como gritos espeluznantes en mi cabeza. Cada veinte minutos solíamos oír “Per favore Dio! Per favore!”, y yo, desde la ventana, observaba como las olas del mar se asemejaban cada vez más y más a sus lágrimas.
Después estaba yo, el tercer condenado. Mi escepticismo me mantenía alejado de todo resentimiento para la vida y quiénes me aseguraron un final pronto, mas aun en el fondo, mi corazón lloraba. Pues bien sabía yo, que tuve días mejores, donde la brisa del mar me besaba cálidamente la piel, ahora, sentía ahogarme con cada segundo que pasaba.
Los tres estábamos condenados, literalmente condenados, al infierno y a la muerte, si es que aun no nos encontrábamos ya allí. Éramos diferentes, en demasía, pero nos unía un asesinato. ¿Qué he de decir? Vi en sus ojos brillar una sinfonía de imágenes danzantes, y no sentí remordimiento, ni lo siento, nada me siento vacío, ni siquiera la vida ajena ha podido llenarme. Aquel barco iba lento, pero hacia un destino seguro: una isla; dónde nos dejarían solos y despojados de todo, con sólo un arma.
La cólera transitaba por cada arteria de mi cuerpo, como diminutos glóbulos blancos, producto de los lamentos de mis acompañantes. Salí a la cubierta, deseaba ver la luna una última vez, puesto que me suicidaría ni bien llegáramos.
─ ¿Y tú no rezas, mugroso refinado? ─inquirió con un tono burlón quién manejaba el barco. Él recibía un mísero sueldo por llevar almas hacia su fin, y esto no parecía ser obstáculo para hacer imbéciles comentarios.
─En un mundo utópico, no hay lugar para groseros que merodean por lugares que no les incumben, mejor reza tú, por seguir viviendo en éste.
No me agradaba su manera de hablar, no me agradaban sus ojos ni las miradas inquietantes que éstos lanzaban. Era repugnante. Mas a decir verdad, he de confesar que él era sólo un reflejo de lo que veía en los demás quiénes, a su vez, eran un reflejo de lo que veía en mí. Cada vez que miro una cara, recuerdo por qué corro, éste lugar no es mi lugar, y nunca lo será.
El amargo sonido que formaba el oleaje junto al viento, fue de pronto apagado por el llanto de un señor mayor proveniente en un bote. Lloraba agonizando por ayuda, mas sus ojos eran vacíos, vacíos como el cuenco que formaban las rocas en el horizonte. Y en el momento en que subió al barco, supe que ya no había marcha atrás. Que ya no había futuro, ni siquiera hubo un pasado, y el presente era sólo una ilusión. Ya no importaban los lamentos de mis dos compañeros, ya ni siquiera importaban las plegarias en cualquier idioma que fuesen hechas. La vida nos había dicho adiós hace un largo tiempo, mas no lo habíamos notado hasta éste día. El cielo se había apagado tan pausadamente pero de manera progresiva, que casi no notamos que estábamos a oscuras, y fue cuando comprendí, que quizá el infierno era real, pero no había Hades, no habían lamentos ni habían mandingas de colas rojas despampanantes y cuernos afilados, estuvimos quemándonos bajo las llamas todo el tiempo. Ya estábamos muertos.
Alejandro provenía de Marsella, su acento me fastidiaba, ¿han oído alguna vez a un francés rezar? No querrán oírlo. Entre sollozos y gruñidos, rogaba por un perdón a un dios lejano como el eco de los murciélagos en mi mente al salir del puerto. No se tiene miedo a la muerte, simplemente se desea vivir, pues la vida es lo único que se conoce y el ser humano es frágil como una taza de porcelana china frente a los cambios.
Mario era italiano, específicamente Florencia, en su voz encontraba paz, él era el único que callaba las demás voces que sonaban como gritos espeluznantes en mi cabeza. Cada veinte minutos solíamos oír “Per favore Dio! Per favore!”, y yo, desde la ventana, observaba como las olas del mar se asemejaban cada vez más y más a sus lágrimas.
Después estaba yo, el tercer condenado. Mi escepticismo me mantenía alejado de todo resentimiento para la vida y quiénes me aseguraron un final pronto, mas aun en el fondo, mi corazón lloraba. Pues bien sabía yo, que tuve días mejores, donde la brisa del mar me besaba cálidamente la piel, ahora, sentía ahogarme con cada segundo que pasaba.
Los tres estábamos condenados, literalmente condenados, al infierno y a la muerte, si es que aun no nos encontrábamos ya allí. Éramos diferentes, en demasía, pero nos unía un asesinato. ¿Qué he de decir? Vi en sus ojos brillar una sinfonía de imágenes danzantes, y no sentí remordimiento, ni lo siento, nada me siento vacío, ni siquiera la vida ajena ha podido llenarme. Aquel barco iba lento, pero hacia un destino seguro: una isla; dónde nos dejarían solos y despojados de todo, con sólo un arma.
La cólera transitaba por cada arteria de mi cuerpo, como diminutos glóbulos blancos, producto de los lamentos de mis acompañantes. Salí a la cubierta, deseaba ver la luna una última vez, puesto que me suicidaría ni bien llegáramos.
─ ¿Y tú no rezas, mugroso refinado? ─inquirió con un tono burlón quién manejaba el barco. Él recibía un mísero sueldo por llevar almas hacia su fin, y esto no parecía ser obstáculo para hacer imbéciles comentarios.
─En un mundo utópico, no hay lugar para groseros que merodean por lugares que no les incumben, mejor reza tú, por seguir viviendo en éste.
No me agradaba su manera de hablar, no me agradaban sus ojos ni las miradas inquietantes que éstos lanzaban. Era repugnante. Mas a decir verdad, he de confesar que él era sólo un reflejo de lo que veía en los demás quiénes, a su vez, eran un reflejo de lo que veía en mí. Cada vez que miro una cara, recuerdo por qué corro, éste lugar no es mi lugar, y nunca lo será.
El amargo sonido que formaba el oleaje junto al viento, fue de pronto apagado por el llanto de un señor mayor proveniente en un bote. Lloraba agonizando por ayuda, mas sus ojos eran vacíos, vacíos como el cuenco que formaban las rocas en el horizonte. Y en el momento en que subió al barco, supe que ya no había marcha atrás. Que ya no había futuro, ni siquiera hubo un pasado, y el presente era sólo una ilusión. Ya no importaban los lamentos de mis dos compañeros, ya ni siquiera importaban las plegarias en cualquier idioma que fuesen hechas. La vida nos había dicho adiós hace un largo tiempo, mas no lo habíamos notado hasta éste día. El cielo se había apagado tan pausadamente pero de manera progresiva, que casi no notamos que estábamos a oscuras, y fue cuando comprendí, que quizá el infierno era real, pero no había Hades, no habían lamentos ni habían mandingas de colas rojas despampanantes y cuernos afilados, estuvimos quemándonos bajo las llamas todo el tiempo. Ya estábamos muertos.