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Les voy a contar una gran historia

Arte5/10/2013
Les voy a contar una gran historia, una historia asombrosa, tal vez habrían escuchado de muchas historias asombrosas y no les parecerá tan increíble, pero amigos lo era.

Para empezar mi nombre es Grégö’io, un aventurero, algunos me decían “sin rumbo”. No tendría a donde ir, ni algún lugar a donde podría volver, ¿quién sabría de cuando llegase el día, que dejara esta vida sin rumbo?.

En ese momento me encuentro en esta taberna, con ustedes, rodeado de este fuego que nos da calor, bebiendo vino de miel, que se encuentra en un valle, junto a un lago al pie de la montaña de los tres picos, donde se encontraba el lugar del reino de las montañas, destruido. El glorioso castillo yacía en ruinas, en el pico más alto. Cayó ante el Amo y Señor de las Sombras en su época de conquista. Fueron épocas de grandes batallas épicas por la libertad, pero ese heroico pueblo a pesar de todas sus grandes batallas fue destruido. Pero ahora estamos en una época de reconstrucción.

Todos sabemos, que el poder del Amo y Señor de las Sombras cayó gracias a una “Antigua Orden”, los rumores decían que utilizaban magias prohibidas por grandes eruditos. Se dicen que vagan por el mundo, había visto algunos de esos miembros de la “Antigua Orden” pero me habían recomendaron no hacerles frente, sus poderes son inimaginables. La historia cuenta que habían logrado juntar un ejército para derrocar al Amos y Señor de las Sombras.

Pero no les iba a contar "la historia" de nuestro pasado, si no mi historia. Era una historia que debería ser guardada en silencio, pero a su ves debería ser contada, por ser única. Dejaré de dar muchas habladurías y debería empezar mi historia.

Iba sin rumbo alguno, por la zona conocida como "Las montañas sin fin", largas cadenas de extensos kilómetros a lo largo y ancho, había rumores de muchas criaturas, y de grandes tesoros, que atraían a muchos aventureros, pero nadie se atrevía a explorarla, por miedo o de que nunca volvían.

A mi me intrigaba los grandes secretos ocultos de esos lugares, y deseaba conocerlos. Dicen que fue el lugar de un gran reino de la era de los dioses, pero solo era un mito viejo. El lugar era una mezcla entre rocosa y de vegetales, algunas zonas pantanosas. Observé plantas hermosas con flores que podrías contemplarlas por días, a tal punto que no podrías sacarle la vista ni por un instante. No existía ningún tipo de camino seguro, viajé por risco con precipicios que no podía visualizar el fondo.

En algún momento me había perdido, por varias lunas que estaba bajo densa neblina, el cielo se encontraba nublado día y noche, no me podía guiar muy bien con el sol, ni por las estrellas. No me importó, había marcado lugares, así evitaba dar círculos en los interminables laberintos de "Las montañas sin fin"

Estaba fascinado, el lugar era más de lo especulaba, había encontrado espadas y armadura rotas, no las distinguí bien, pero estaba seguro que pertenecían a la última guerra contra el Amo y Señor de las Sombras. Gracias a mis marcas, me di cuenta que en algunas ocasiones daba al mismo lugar, pero corregía el rumbo y me encaminaba.

Las nubes se pusieron más densas, eran signo de lluvia, me preocupaba, sabía que en "Las montañas sin fin" llovía varios días, y hasta meses. Mi preocupación era que venga agua de los picos y me arrastraran hacia el abismo, el terreno se pondría resbaloso, no podía seguir mi viaje, peor de todo era que me uniría a miles que habían intentado buscar los tesoros de "Las Montaña sin fin".

Ví una cueva a la distancia y me preocupé por llegar rápidamente. Por suerte llegué a la cueva justo con las primeras gotas de la tormenta, desvaine mi espada por precaución.

- ¿Quién anda ahí? – escuché una voz potente, mis piernas se aflojaron, mi corazón se había detenido por unos instantes para después latir rápidamente - ¿Quién osa irrumpir en mi morada? - un viento salió de la cueva. Un olor fuerte a muerte salió del fondo de la cueva, su voz era grave pero serena – ¿Mmh?... ¿Humano? Hace mucho que no veo a un humano, ¿¡Quién sabe cuanto!? ¿Por qué sacas esa espada? ¿Acaso quieres pelear? - una risa de alegría inundaba la cueva, le pareció un casi un chiste que yo le haga frente – ¿Cómo piensas matar algo que no puedes? –

No sabía que era, pero sus advertencias no me asustaban, apreté mas fuerte el mango de la espada esperando que saliera de la oscuridad. Pero mi sorpresa fue muy grande, sentí como fuertes golpes por el suelo se acercaba a mi. Lentamente su figura se reveló, la poca luz hizo brillar sus enormes ojos, parecieran de cristal, la figura sombreada en la oscuridad de su rostro enorme me hizo sentir miedo. Lentamente observé unas extensiones en sus costados, eran sus alas, veía como su cola iba moviéndose mientras se acercaba hacia mí. No había duda era un dragón. Mis ojos se abrieron enormemente, estaba muerto, me consideré un muerto, podía enfrentar lobos gigantes de los bosques nevados, pero dragones, era la muerte.

- ¡Oh! Te as dado cuenta – dijo el dragón sonriendo - ¿Qué are ahora? ¿Matarte? As revelado mi secreto y no puedo dejarte ir - levanta una ceja mirándome de reojo, estudiándome, no cedí, apreté con más fuerza el mango de la espada y lo miré desafiándolo. Nuestras miradas se cruzaron por un largo tiempo.

El dragón se hecho a reír – Eres muy valiente – me decía entre rizas – me agradas – dijo alegremente – no tengas miedo no te haré nada – no entendía el porque, pero el miedo se fue, como si fuera que me hechizara, dándome
una sensación de tranquilidad.

- ¿Cómo te llamas? – me pregunto.
- Grégö’io – respondí envainado mi espada, a pesar de trasmitía esa tranquilidad aun sentía los efectos del miedo, mi manos me temblaban un poco.
- Yo soy Akunn, mucho gusto – dijo cortésmente
- Para ser un dragón que habla, eres muy educado – el comentario le habría causado gracia, sus risas retumbaron entre los ecos de la cueva - ¿Cuál es la gracia? – pregunté inocentemente
- Digamos, que soy un dragón especial – dijo riéndose – los dragones de ahora no hablan, ni podrán. Son bestias salvajes dominadas – el dragón se reposó sobre si mismo, me miraba todo el tiempo.
- ¿Y cómo puedes hablar entonces? – preguntaba sorprendido
-¡Oh! – su rostro gesticuló cierta alegría a la pregunta – vivo desde tiempos que no conoce tu mundo, los dragones de mi época hablábamos, asta que el gran creador conocido por ustedes Isel, por los elfos como Kash, por los Orcos como Gan Tata, tiene muchos nombres, él nos castigó a la eternidad encerrados en cuevas asta que se apiade de nosotros –.
- ¿Isel hizo eso? – me senté, me encontraba cansado, el venir rápido a la cueva y luego el susto, se hizo sentir en mis piernas. Escuchaba caer la lluvia mientras veía al Akunn mirar melancólicamente las afueras de la cueva, se le notaba en el fondo de los ojos el deseo de salir y contemplar el mundo de afuera. Largó un suspiro lento.
- Te contaré guerrero, nuestra historia. Pocos lo saben y muchos lo ignoran, te contaré la historia borrada con el tiempo. Cuando Isel creo al mundo y dio vida a todo, separó en dos grandes fuerzas, la oscuridad y la luz, creo a seres que los gobierne, seres que no están vivos ni muertos, así les dejaba la tarea de cuidar el mundo que creo y les dio el titulo de Amos y Señores. Cuando creo a las razas, nosotros éramos sus favoritos. Nuestras escamas eran joyas brillantes de nuestra magnífica gloria. Algunos de nosotros tenían asta plumas en las alas, de piel sedosa y lisa, éramos de muchos tipos pero de atractivo aporte. Éramos los privilegiados, Isel nos enseño un don muy poderoso, la magia. Apenas las otras razas podían con su vida, eran toscos, tontos, y sin conocimiento alguno, nosotros volábamos por los cielos contemplándolos y viéndolos progresar. Vimos sus primeros reinos, sus primeras guerras.

Con el correr de los tiempos descubrimos que nuestras vidas se alargaban gracias al don que nos dio Isel, esto nos hacia cada vez mas hermosos, algunos se volvieron más coloridos, otros más brillantes, otros un poco más fuertes.

También nos dividíamos en grupos, reinos o más bien en tres grandes clanes. Los montañosos, éramos los que vivíamos engrandes cuevas en las montañas. Luego los terrestres, no poseían alas pero eran fuertes, duros y resistentes. Sus llamas eran muy poderosas, les gustaba vivir en desiertos o volcanes. Por último, los de las nubes, nómadas, vagaban por los cielos de un lugar a otro, sin sentido, eran libres y sin ataduras. Eran ajenos a los demás, eran hermosos, bellas criaturas, poseían plumas en sus alas, su piel liza y suave. Cada tanto teníamos disputas pero nunca a gran escala, las mayores disputas eran entre nosotros mismos, los de las montañas, y cada tanto contra los terrestres.
Si, grandes épocas. Ustedes habían lograron formar grandes reinos y lograron dominar muchas artes, habíamos visto el principio de grandes disputas. Crueles guerras entre los grandes reinos, nuestros ojos se habían volcado en ustedes. Veíamos como se volvían muy fuertes, fue ahí donde los de las montañas pecamos.

Empezábamos a copiarles su forma de vida, nos habíamos enamorado como eran, y nos acercamos. Los terrestres se alejaron, solo unos pocos se interesaron por ustedes. Empezábamos a hacer magia con ustedes, para volverlos perfectos, más lindos y hermosos. Utilizábamos magia para parecernos a ustedes en distintas formas y razas, algunos nos enamoramos y tuvimos hijos. Mezclábamos nuestras creaciones con nuestros hijos, frutos de nuestros amores, y habíamos logrado crear una nueva raza, fuerte, poderosa raza Drakonic. Algunos de clan Terrestres nos habían imitado pero la mayoría nos condenaron. Isel contempló nuestras creaciones y nos había dejado que existieran, pero nos advirtió, nos había dicho que no participemos en las disputas. No habíamos querido escucharlo, creíamos que nuestras creaciones eran mejores, que las de Isel fueron perfeccionadas.
Con el tiempo habíamos creado un reino para ellos, les enseñamos nuestro poder, les creamos armas y armaduras con nuestros cuerpos, les dimos ferocidad para las batallas. Y veíamos que Isel no había hecho nada. Nuestro orgullo creció y creíamos que nos tenía miedo.

En poco tiempo habían creado un imperio bajo nuestra tutela, pero a pesar de su perfección, ciegos de grandeza, veíamos desconcertados como sus enemigos les daban grandes batallas. No pensábamos que los reinos poderosos darían tales batallas, nos sorprendimos como los elfos y los orcos eran formidables luchadores, y los despreciados y débiles humanos terminaron siendo siniestros, lo más extraño que a la vez iluminados guerreros.

Pero una aldea, una simple aldea fue el comienzo del declive, había hecho que cambiaran las cosas. Una aldea de formidables luchadores, conocedores de artes de las magias inigualables, temibles, no poseía ejército, pero el pueblo entero lo era. Su aldea se encontraba rodeada de arboledas y usaban como escudo a los intentos de entrar de nuestros hijos. Una mezcla de humanos/elfos, eran los A’akano, o conocidos como el pueblo de los vientos, su arte del viento era temido por todos, algunos rumores dicen que tenían alguno la capacidad de ocultarse, simplemente desvanecían. Eran sirvientes de Kaan señor de los vientos.

Ellos fueron los culpables de una masacre a nuestros hijos, protegidos por Kaan. Estábamos furiosos, rabiosos, veíamos como eran apabullados y vencidos, nos negábamos a creerlo y les ayudamos, habíamos olvidamos la advertencia de Isel.

En una noche de luna llena habíamos masacrados a los A’akano, fue la marca de la condena. No solo fue esa aldea, habíamos ayudado a conquistar los reinos poderosos. El mundo se había arrodillado ante nuestros hijos, nos habíamos sentimos satisfechos, orgullosos. Nos hicieron alabanzas, esculturas, cantaron canciones de alegría en nuestros nombres.

Pero Isel no mostró su castigo, nada, no nos volvió hablar, pesamos que fue derrotado, que nosotros somos mejores. Creíamos ser dioses y destronamos a Isel.
Obligábamos a las demás razas a dejar de creer en Isel, empezábamos a tratar de destruir la influencia de los Amos y Señores de la Oscuridad y la Luz, los obligábamos a que nos adoren a nosotros como sus dioses, pero muchos se negaron a pesar de nuestras amenazas, terminaban torturados, ultrajados, muertos… - El dragón hizo una pausa, cerró los ojos adolorido por los recuerdos – nuestros hijo terminaron creyendo ser la raza fuerte y digna de gobernar.

Llenos de victorias y gozo de glorias volvíamos a nuestras moradas en las montañas, habíamos dejado que nuestros hijos gobiernen el mundo que les dimos, cuando desde lejos veíamos caer algo desde el cielo y quedarse clavado en la punta mas alta de las montañas una flecha de fuego. Primero habíamos tenido mucho miedo, pero nuestro orgullo nos ganó, gritábamos al cielo glorias hacia nosotros, vociferábamos maldiciones y le amenazábamos con que seria destronado. Nada pasó, pensábamos que nos tenía miedo, pero Isel tenia otros planes.

Movió las piezas de demostrarnos nuestro error, no lo veíamos. Isel hizo que un orco jefe se enamorara de una humana y se casó con ella, tenía un hijo, pero el jefe orco lo aceptó como suyo, lo crió como a un orco más, hizo que fuera el humano mas aguerridos de todos, junto a su hermano juntaron un ejercito de orcos para poder liberarse, se enamoró de una elfa del desierto y logró formar una alianza, que hizo frente a nuestros hijos, poco a poco fueron ganando poder y glorias.
Nuestros hijos estaban defendiendo su último castillo, nos lloraron y salimos de las montañas, volvimos ayudarlos y defenderlos, volvimos a desobedecer.

Llegábamos y contemplábamos un formidable ejercito, pueblos de las dos fuerzas estaban unidos, los Amos y Señores de la Oscuridad y la Luz se aliaron y dieron poder a sus protegidos.
Cuando nos disponíamos a atacar, una flecha de fuego cayó del cielo enfrente del ejercito de nuestros enemigos, quedábamos perplejos, no entendíamos. A lo lejos notamos como una nube gris extraña, que se acercaba, eran nuestros hermanos del clan de las nubes, nos sentíamos traicionados, y llenos de odio, habíamos decidido darles frente, éramos más y no le teníamos miedo a la batalla.

Nuestros hijos en medio de la batalla, contemplaban como nuestros hermanos nos atacaban, pero nuestras impresiones nos engañaron, confiados en nuestro poder, fuimos muy ciegos. Sus llamas azules quemaban nuestras gruesas escamas, eran más fuertes y poderosos, más sabios y hábiles, pero nuestro número era mayor, podíamos con los dos frentes, sentíamos que la victoria estaba cerca. Pero otra flecha de fuego cayó del cielo y mato a un hermano mío y varios más empezaron a caer. A lo lejos vimos a siete con armas de fuego, los siete inmortales, los hijos de Isel, con sus armas de fuego nos destruían. Poco a poco perdíamos la batalla, poco a poco fuimos cayendo, nuestros hijo empezaron a tener miedo y corrían de un lado para otro tratando de salvar sus vidas. Fuimos derrotados, nos habíamos rendido.

Dorgan el más fuerte de los siete inmortales, nos dicto la sentencia de Isel.

“Ustedes dragones causaron caos en el orden y trataron de destronar a nuestro padre Isel, el creador, no olviden este momento porque serán condenados, el les dio su amor en cambio ustedes su odio, serán bestias dominadas por aquellos que trataron de dominar, serán bestias tontas pero con la misma fuerza, obedecerán ordenes y morirán por sus ordenes. Solo los más viejos dragones que empezaron su proeza serán castigados sufriendo la eternidad en sus cuevas para que recuerden siempre el error cometido asta que Isel los perdone.”

Y acá estoy, condenado a esta cueva, ya me duelen los huesos y mi cuerpo está cansado. No puedo salir aunque quisiera, no saboreo un buen bocado, ya no sé cuanto tiempo que estoy acá, sin poder morirme, solo veo la lluvia y los días pasan. Nunca pensé que este fuera el peor castigo que existe, abecés deseo haber sido condenado como una bestia más. Estoy con la tristeza sin saber que pasa con nuestros hijos o que fue de ellos.
Terminó su larga historia el dragón, su cálida sonrisa se borró con su melancolía.
- ahora que sé tu verdad, ¿me matarás? – el dragón larga una riza y me mira negándolo con su gran cabeza.
- No es un gran secreto, te dejaré ir, pero no reveles dónde se encuentra mi cueva, puedes contarla pero no especifiques dónde vivo o los que vendrán morirán –
Así cuando termino de llover, el dragón me dejo ir, prometí visitarlo cada tanto, contarles las novedades y darle noticias de sus hijos y se alegró mucho. Descendí al valle, después de un día de caminar había llegado a este pueblo y te conté esta historia.

FIN


Por Ariel Ernesto Duarte Les voy a contar una gran historia
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