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Conociendo a Franz Liszt! [Músicos de Stevanovna]

Arte6/12/2013
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Capítulo 5






No es como que todos los días te encuentres un compositor clásico por ahí. Recuerdo cuando leí sobre él. Franz Liszt. Niño prodigio, aportó en sobremanera a la música puesto que amplió los recursos para la interpretación del piano, además de que impulsó la música de programa, o sea, la música que se compone para evocar imágenes extra-musicales, por ejemplo, Las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Franz Liszt, padre del poema sinfónico y mucho más que eso, músico revolucionario.

Frente a mí. Sonriente. Mientras movía sus dedos con tanta gracia al interpretar La Campanella, sentí que se movía algo dentro mí. Cuando terminó la pieza, noté que Charles me miraba con cierta curiosidad. Avergonzada, bajé mi mirada.

- Disculpa si te molesté – me dijo Charles - pero te veías realmente encantada.

-No hay problema.-contesté apenada.

Franz Liszt se levantó y se dirigió hacia mí con la misma gracia con la que había hecho sonar La Campanella.

-Perdone, no sabía que era…disculpe, yo… - no podía articular la emoción que sentía en ese momento.

-No no, nada de eso Adalira, nada de formalismos, este es mi café y eres bienvenida, llámame Franz solamente, muchos antes me llamaron maestro pero hace tiempo que me he retirado de enseñar.

- Gracias…no sé qué decir, me ha sorprendido mucho darme cuenta que era el gran Franz Liszt.

-Gracias Adalira, al parecer eres de las pocas personas que solían amar la música clásica en el mundo anterior, te lo agradezco. Las personas muchas veces se pierden en tantos sonidos estridentes, que al final resultan ser solo ruido. No me malinterpretes; desde que tengo el café me he dedicado a aprender algunas piezas de jazz y otros géneros para mantener vivo el ambiente y ha sido verdaderamente divertido, no lo puedo negar.

Me quedé unas horas más charlando con Charles, Adelina y Franz animadamente, me contaron de muchas actividades de la ciudad en las que podría participar cuando así yo lo deseara, agradecí sus invitaciones y prometí tocar con ellos alguna vez. Con la emoción que tenía de estar tomando un café mezzo forte con Franz, no me percaté de que se hacía tarde. Pero de todos modos, no es algo que hagas todos los días. Cuando ya estaba oscureciendo me despedí de ellos, Adelina se ofreció a acompañarme de vuelta al edificio, pero necesitaba pasar un rato conmigo misma.

Salí del café y comencé a caminar por la plaza, desde ahí noté unos árboles. Me acerqué y noté que era una arboleda de un parquecito. Me senté en una banca sola para observar el atardecer, escuchaba juguetonas cadencias de jazz en mi cabeza mientras observaba el color naranja-violeta del ocaso. Estaba particularmente feliz, me levanté y me dirigí a un kiosco hacia el centro de la ciudad, del que provenía alguna música.





Justo en el centro había una chica tocando el clarinete espectacularmente. Su melodía era sumamente melancólica, pero de alguna forma me reconfortaba en aquella gran ciudad. Mientras tocaba el clarinete se movía lentamente, sintiendo la hermosura de la música en cada compás.

¿Quién lo diría? Después de tanto tiempo, o al menos parecía que hubiesen pasado ya unos cuantos meses, mientras la realidad era otra. Por un momento la tristeza llegó a mí, silenciosa y lenta, hasta clavárseme en la médula. Intenté que las imágenes se fueran de mi cabeza, no era el momento para pensar en muerte. Su muerte. Menos en aquel lugar mágico con esa melodía tan preciosa. La chica vestía una chaqueta de cuero negro, tenía el pelo corto, azabache. Ojos color miel. Cuando notó que la observaba ni se inmutó y siguió tocando, aparentemente satisfecha de poder compartir su música con alguien más que con la arboleda cercana.

Una vez que terminó, se acercó a mí y me miró con curiosidad.

-Nunca te he visto por aquí. Mucho gusto, mi nombre es Marianne. – cuando extendió su mano para estrechar la mía, noté un tatuaje de un dragón en su muñeca. Nos sentamos en las gradas del kiosco.

-Soy Adalira, encantada. Llegué hace unos días, pero hasta hoy he tenido la oportunidad de recorrer la ciudad por mi cuenta.

-Ya veo, ¿qué instrumento tocas?

-El piano.

-Maravilloso, hace rato que no conocía ningún pianista por aquí.

-Eso me han dicho.

-Oye, hay un lugar que tal vez que guste, se llama Pianissimo y su dueño…

-No hace falta que lo digas, ya estuve por ahí – añadí sonriente.

-¡Genial! Entonces seguro ya conociste a Franz, hace tiempo que no visito el café, he estado ocupada con las actividades de fin de mes.

-¿Qué actividades de fin de mes?

-Seguro ya te han contado que en Stevanovna se hacen muchas actividades. Resulta que este fin de mes me corresponde brindar un pequeño recital, ya sabes, la forma de los músicos de contribuir a alimentar el alma de esta ciudad. Estuve en los MMD hasta hace unos meses y desde que salí he estado bastante atareada.

-Oye, ¿qué libro es ese? – la interrumpí, notando un libro en su pequeño bolso de tela.

-El Principito.

-Han pasado años desde que leí ese libro.

-Me encanta, no lo había leído nunca, me lo regaló un niño un día que iba caminando por la plaza.

Recordé la iniciativa de la que había participado una vez en el mundo anterior, de los libros perdidos. Yo “perdí” La Odisea, la dejé en una fuente cerca de una biblioteca en el centro de la ciudad, para que así encontrara un nuevo hogar. Me perdí en mis pensamientos sobre libros perdidos y encontrados. Marianne rompió el silencio.

-Por cierto, justamente estaba buscando alguien que tal vez quisiera acompañarme en un dueto para la actividad de fin de mes. Quiero decir…lo siento, creo que fui muy rápido, apenas te conozco.

-No te preocupes por eso, me agrada como tocas, pero me parece que tengo que tomarme las cosas con calma.

-Claro claro, lo entiendo. Disculpa.

-No, al contrario, disculpa que no pueda acompañarte Marianne. Tal vez en otra ocasión.

-Claro Adalira, no te preocupes.- respondió, incómoda.

-Bueno, creo que es hora de que vuelva al edificio de los MMD, ya tengo un poco de frío.

Me dirigió una sonrisa tímida y se despidió de mí diciendo adiós con su mano. Comencé a alejarme. Ya había pasado la arboleda cuando estuve a punto de caerme producto de un empujón. Para mi sorpresa, era Marianne de nuevo.

-¡Dios mío! No era mi intención Adalira, solo intentaba alcanzarte-me dijo completamente roja tanto por su vergüenza como por la carrera para llegar hasta allí - solo quería invitarte a mi recital, ya que no vas a tocar conmigo.

Qué chica tan extraña, con su apariencia tan dura y en realidad parecía ser bastante dócil.

- Puedes traer amigos si quieres – me indicó.

-Déjame pensarlo… ¿Sabes qué? Pronto te visitaré de nuevo en ese kiosco y así me explicarás exactamente dónde es.

Marianne no cabía en sí de su felicidad. Tuve la impresión de que seguramente no tendría muchos amigos en Stevanovna, pero ya que se estaba esforzando tanto por agradarme, me hizo sentir algo de pesar. Recordé cuando después de los ensayos algunos de mis compañeros me trataban con indiferencia. Solamente él no, siempre estuvo conmigo.

-¡Muchas gracias!

-No te preocupes, bueno, creo que será mejor que me ponga en marcha.

-¡Hasta luego y gracias de nuevo!

Llegué finalmente al edificio de los MMD, esta vez nadie me interceptó en el vestíbulo, en el ascensor, ni siquiera en el pasillo. Metí la llave, habitación 177. Hola de nuevo. Ahí estaba él, sin pensarlo dos veces me senté y con un poco de temor acerqué mis dedos a las teclas, una vez que se posaron…no pasó nada. Toqué Comptine d'un autre été de Yann Tiersen.





Stevanovna, el lugar que me había estado esperando tanto tiempo. Irónico. Ya no importaba que alguien notara mi talento. Yo era feliz, en ese momento. Sentí como si fuera una eternidad, me perdí entre las teclas, seguí tocando por horas y horas. ¿Cuánto tiempo había pasado sintiéndome miserable por su ausencia? Nunca noté cuán necesario era para mí. Se fue con el frío de octubre, no había pasado los mejores meses de su vida, yo lo visitaba todos los días con la esperanza de que sucediera un milagro.

Un milagro que nunca llegó. Se trataba de una enfermedad rara, de esas que tienen la posibilidad de presentarse de uno en…no sé en cuánto, pero ni siquiera había un porcentaje significativo de personas que la padecieran como para que a alguien le importara. A veces hablábamos de los viejos tiempos, cuando me asustaba que se subiera a los árboles y que resbalara, cuando creábamos nuestras propias aventuras, mejores que las que nadie había escrito jamás, cuando cantábamos y componíamos juntos, él escribía y yo musicalizaba sus palabras. Cuando uno sabía todos los secretos del otro y viceversa, cuando él se reía de mis intentos de baile, realmente era muy mala y él demasiado condescendiente. Cuando…

Se fue con el frío de octubre.

No podía ver nada, las lágrimas bajaban por mi rostro. Una vez más, la música me hacía abrir esas partes de mi alma que no quería mostrar a nadie, las dejaba allí, al descubierto. Hace años que no pensaba en él, no porque no lo recordara, no porque le guardara rencor por dejarme sola, ni por irse cuando más lo necesitaba. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que pasar? Había sido un buen chico, no lo merecía y yo tampoco merecía que le pasara eso. Ambos nos merecíamos más. Es verdad, soy egoísta. Era mi amigo. No iba a volver a escuchar su risa en esos días soleados, no iba a haber nadie que me esperara a la salida de los ensayos para acompañarme a casa en los días lluviosos, nadie con quién llorar cuando sintiera que no podía seguir más, nadie a quién contarle mis secretos, mis chistes de los que nadie se reía, solo él. No volvería a sentirlo cerca.

El dolor en mi pecho conforme seguía tocando se hacía más agudo, pero de alguna forma tocar me hacía sentir mejor, como si todo el pesar que sentía al recordarlo se filtrara por mis poros y se fuera con la música. Me percaté de que hacía un rato que ya no estaba tocando una melodía de memoria, simplemente tocaba lo que nacía de mí. No era justo. Quería recuperarlo, aún después de tantos años, no había podido aceptarlo, superarlo y dejarlo ir.

Mis dedos avanzaban rápidos entre las teclas. Aún no lo dejaría ir. Pero había llegado a un lugar donde podía empezar de nuevo, con personas como Adelina, Charles, el señor Franz, incluso Marianne. Casi lo podía escuchar decirme “Quita esa cara preciosa, la música que sale de tus dedos suena mejor cuando tus ojos brillan y no dejas que la sonrisa se apague de tu rostro”.
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