
Cuando tu madre haya ya envejecido,
Cuando sus amorosos y esperanzados ojos
ya no vean la vida como alguna vez lo hicieron,
Cuando sus pies, ya cansados,
No puedan ya sostenerla mientras camina.
Entonces, entregale tu brazo en apoyo,
Acompáñala con alegría,
Vendrá la hora en que, sollozando,
deberás acompañarla en sus últimos pasos.
Y si algo te pregunta,
entonces dale una respuesta.
Y si te pregunta denuevo, ¡háblale!
Y si te pregunta aún otra vez, respóndele,
No impaciéntemente, sinó con gentil calma.
Y si no puede ella entenderte con claridad,
explicale todo con gentil alegría.
Vendrá la hora, la amarga hora,
en que sus labios no preguntarán nada mas.
Adolf Hitler, 1923.
Klara Pölzl, madre de Adolf Hitler.
Existen muchos testimonios que documentan el profundo afecto que Adolf Hitler sintió por su madre, quizá la única relación humana de este tipo en su vida. Llevó consigo sus fotografías y retratos hasta el final en el búnker y, por ejemplo, el doctor Bloch dijo de él que "el amor que sentía por su madre parecía ser su rasgo más destacado". Al morir Klara añadió que, en esas circunstancias, "nunca había visto a nadie tan postrado por el dolor como Adolf Hitler".
La tumba de Alois y Klara Hitler en Leonding.

