La calidez solar era agradable. Las personas se movían por las calles tal cual tintas derramadas en un olvido iridiscente, y en un hambre de sueños de querer ser... La monotonía desgastante de siempre, no más que eso... Él caminaba por las calles tratando de entender y de buscar algún nuevo detalle como para romper con la rutina de siempre, consistente en las mismas caras de siempre, las mismas veredas, negocios, restaurantes, y cuanta gilada se le cruzaba en el trayecto. Bajó la vista para pensar en nada y escuchó ese sonido tan particular que es sutil pero mágicamente impactante. Elevó sus ojos y vió lo que jamás hubiese imaginado: un hombre (tal vez un ente), decapitaba a todas las personas una a una y caminaba enérgico por la vereda vestido de negro con una gorra de visera larga. Algunos se espantaban y corrían. Otros, pasmados, esperaban el hachazo en un instante fugaz y eterno. Otros proferían proféticas letanías como confirmando teorías que jamás oído alguno escuchó... Otros tosían, otros vomitaban, otros jugaban a ser Dios, otros de rodillas se daban la cabeza contra los troncos de los árboles... Intuí que sus vidas se resumían y se plasmaban ante sus ojos como un sumario, y después, la oscuridad final con el último látido... Estaba de pie atónito, escrutando aquella escena tan terroríficamente artística. Quedaban dos personas más a unos metros de mí; los decapitó manchando una vidriera con sangre. Algunos despedían sangre negra, otros, magenta... Siempre lo supe... No entendía, mi razonamiento era un mecanismo atascado. El hombre (el ente), salta en el aire y evadiendo todo principio de gravedad, cae ante mí, eleva su hacha negra de filo rojo metalizado, y yo, con la rigidez de una roca, el corazón inmóvil y mis ojos aferrados a la mortal imagen no atino siquiera a escapar con el pensamiento. Nada pasó por mi cabeza: ningún sumario de vida, ningún recuerdo, ninguna imagen feliz o patética. La visera de su gorra comienza a elevarse: era un rostro cadavérico con las cavidades orbitarias vacías. Me mira (con esos ojos que no tenía), abre su boca en señal de sorpresa, baja su hacha, inclina lo que intentaba ser su mirada, y se difumina en el aire... Llegaron unas ambulancias y algunas personas confundidas, trastornadas, me señalaron con sus dedos temblorosos. Los médicos se acercaron y me revisaron... Uno de ellos me mira y me dice: “Su corazón no está latiendo...”
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