No es mi mal olor lo que les molesta.
Tampoco mi ropa rota. Sucia.
No es mi expresión vencida ni mis ojos tristes.
No es que a veces me toque en la calle.
No es que a veces hable solo. Y llore. No.
No es que ensucie las veredas o le dé mal aspecto al barrio.
No es por eso que no pueden mirarme.
Ni odiarme, o despreciarme.
Es la culpa.
Sienten culpa de sus hogares calientes,
de sus cocinas humeantes,
de sus almohadones de plumas.
Sienten culpa de ser infelices en sus castillos de mármol,
de oler a champú y tener la ropa planchada.
Sienten culpa de no poder mirarme a los ojos sin culpa,
de sentirse incómodos con mi presencia,
de desear con el alma que me vaya rápido.
Y yo los observo masticando, tragándose las culpas.
Los observo.
Entonces los compadezco y salgo del camino.