Cuando los intelectuales se burlaron de la Armada Británica
Últimamente he estado muy enganchado con la obra de Virginia Woolf, y aunque todos sabemos que era una mujer melancólica y depresiva que terminó su vida lanzándose en un río, muy poca gente conoció la otra cara de Virginia, de esa mujer alegre y vivaz, que hasta fue capaz de participar en una broma con su grupo de amigos, que dejó mal parada a la Marina Imperial inglesa.
Ella y sus hermanos pertenecían al Círculo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales que adoptó ese nombre porque todos vivían cerca, en el barrio del mismo nombre. La mayoría eran escritores, aunque también hubía artistas y académicos. Este grupo de amigos ante todo, fue responsable de una broma bastante pesada para los estándares de la época en Inglaterra. Recuerden, era 1910 y quedaban rezagos de la Época Victoriana.
Virginia Woolf
La broma fue llevada a cabo por seis miembros del Círculo de Bloomsbury: el poeta Horace Cole, la escritora Virginia Stephen (que luego sería Virginia Woolf ), su hermano Adrian Stephen, Ridley Guy, Anthony Buxton y el artista Duncan Grant. El plan consistía en oscurecerse la piel, disfrazarse y hacerse pasar por una "familia real". Los detalles se ultimaron el 7 de febrero de 1910, y el fraude se puso en marcha más o menos con esta cronología:
- El 10 de febrero de 1910, llega un telegrama al Ministerio de Asuntos Exteriores del Reino Unido firmado por el señor Tudor Castle:
“Príncipe Malaken de Abisinia y corte llegan 16:20 hs. Weymouth. STOP. Quiere ver Dreadnought. STOP. Lamento último momento. STOP. Olvidé telegrafiar antes. STOP. Llevan intérprete. STOP.”
El secretario del ministerio despachó, a su vez, el telegrama al vicealmirante May, a cargo del acorazado “Dreadnought”, anclado en el puerto de Weymouth. La noticia corrió por la cubierta del famoso barco.
Bueno, en esa época el acorazado “Dreadnought” era el orgullo de la marina inglesa. Su entrada en servicio en 1906 representó un notable avance en la tecnología naval, tan grande que su nombre llegó a ser asociado a toda una generación de barcos acorazados. Era el primer navío de guerra propulsado por turbinas de vapor, lo que lo hacía el acorazado más rápido del mundo. En una sola palabra, era el “Papá” de los buques de Guerra ingleses. Su sola presencia imponía respeto y miedo a las demás armadas europeas.
Acorazado HMS Dreadnought
Todo se puso en marcha para recibir al sultán con una ceremonia acorde a su rango, pero a último momento se dieron cuenta de que no tenía las partituras musicales del himno de Abisinia (ahora Etiopía). El vicealmirante no se hizo problema, ordenó ensayar el himno de Zanzíbar; al final era la colonia que más cerca estaba de Abisinia. En el buque todos trabajaban como hormigas, sacaban brillo a los cañones y enceraban los pasillos, se mandó a preparar un banquete, arreglaron el salón principal y se puso la larga, muy larga alfombra roja que se utilizaba para recibir a la realeza. En menos de dos horas, todo estaba listo y a punto. El vicealmirante May envió una comitiva a la estación de tren para recibir al sultán, que llegaría de un momento a otro desde la estación de Paddington, Londres.
En Londres era un día típico de febrero, nublado. En el número 14 de la calle Fitzroy Square del barrio de Bloomsbury, la señorita Virginia Stephen se pegaba unos bigotes postizos con barba sobre la cara pintada de negro con pomada. Anthony Buxton y Guy Ridley –también disfrazados- le acomodaban el turbante y se reían nerviosos imaginando las consecuencias. Adrian, el hermano de Virginia, elegía un sombrero para disfrazarse, él iba a oficiar de intérprete. Como no encontró diccionarios en abisinio formó un idioma que era una mezcla de swajili con citas en griego y latín de Homero y Virgilio. En la sala de la casa Duncan Grant se quejaba del tamaño de su túnica, mientras Horace Cole, el autor intelectual, ensayaba su papel de canciller de Abisinia con mucha soltura. Finalmente Vanessa, la hermana de Virginia les tomó una fotografía y salieron a la calle. Tomaron un taxi hasta la estación de Paddington, y luego subieron a un tren que los llevó la bahía de Weymouth.
De izquierda a derecha: Virginia Woolf (travestida y con barba), Duncan Grant, Adrian Stephen, Antony Buxton, Guy Ridley y Horace de Vere Cole.
Una pequeña embarcación los transportó al gran buque de guerra. Saludaron al vicealmirante May mientras la banda del acorazado tocaba el himno nacional de Zanzíbar, que ellos agradecieron en su lenguaje mezclado de latín y de griego. Virginia también dijo bunga-bunga un par de ocasiones, lo que casi daña el plan ya que sus amigos apenas podían contener la risa.
El vicealmirante May anunció que cumpliendo con el protocolo se lanzarían las veintiún salvas de rigor para honrarlos, pero ellos se negaron aduciendo razones religiosas. Mientras pasaban revista a las tropas empezó a llover levemente. Adrian Stephen se dio cuenta de que el bigote postizo de Duncan Grant empezaba a desprenderse y le explicó al vicealmirante que preferirían entrar al barco porque el frío y la lluvia no eran habituales en Abisinia y el sultán y su corte podían enfermarse. También pidieron alfombras de oración y ofrecieron unas falsas condecoraciones militares a algunos de los oficiales.
Aquí podemos ver a Virginia sentada al extremo izquierdo junto a sus amigos, dentro del barco
Fueron prudentes y no aceptaron pasar al comedor para el banquete que ya estaba listo, por el miedo a ser descubiertos. Bastante suerte habían tenido ya hasta ese momento. Se despidieron muy cortésmente y bajo las solemnes notas el "God save the queen", el grupo de amigos fue descendiendo a la pequeña embarcación, desde donde fueron escoltados a la estación del tren que los llevó de regreso a Londres.
La inocentada había salido a la perfección, pero algo tan sublime carecía de gloria si nadie más lo sabía. El mundo tenía que enterarse de lo ocurrido, y Horace Cole fue el encargado de eso. Fue al Daily Mirror y lo contó todo.
Primera plana del Daily Mirror
La noticia en los diarios publicaba la foto que el grupo de amigos se había sacado antes de tomar el taxi. El famoso “Bunga-Bunga” de la entonces desconocida Virginia Woolf se hizo tan popular en Inglaterra, que el vicealmirante May no podía pisar tierra firme porque los chicos de las calles de Weymouth lo seguían al grito de Bunga-Bunga. El Bunga-Bunga se llegó a cantar en los music-halls. Las caricaturas del Times y el Mirror decían Bunga-Bunga.
El barco insigne de la Marina del Imperio Británico hacía vejado, y la cuestión se debatió por supuesto en el Parlamento, mientras que el Almirantazgo se negaba a creer que los bromistas hubiesen puesto en jaque a una institución tan importante. Por otro lado, la prensa llamaba la atención sobre la fragilidad de la inteligencia del Imperio. Había que castigar a los culpables sin que el castigo le diera trascendencia a la broma de un grupo de necios, pero por suerte, este era ya un nuevo siglo, algo tolerante.
Hasta el siglo XIX en el Imperio británico no se aceptaban bromas pesadas. En tiempos de la reina Victoria, se declaraba locos a los bromistas inoportunos o se los enviaba a Australia. Recuerden lo que le pasó a un joven llamado Jones por robarse los calzones de la reina (ver) . Pero la reina Victoria ya había muerto, ahora todo era diferente. Cuando el Parlamento se enteró de la inocentada, nadie habló de locura, era obvio que sólo se trataba de una juventud corrupta y aburrida.
Dos años después, Virginia se casó con Leonard Woolf.
Virginia y Leonard Woolf el día de si matrimonio. El 23 de julio de 1912
Mucho después y poco antes de suicidarse, Virginia Woolf dijo en una conferencia: “Supimos que una consecuencia de la broma, fue la revisión del reglamento para hacer más estrictas las normas de seguridad”; y agregó con esa ironía que la caracterizaba: “Me alegra pensar que he sido útil a mi patria”.
SALUDOS!!!

