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Poemas y cuentos: autores famosos y personales

Arte3/31/2010




Todavía no subí muchas cosas, poco a poco iré haciendo más grande el post, subiendo más poemas y eventualmente algunos cuentos, parábolas, etc. Todo relacionado a la literatura

CUENTOS:

La trama macabra

El hombre se encontraba solo en su habitación, como era costumbre en los últimos 12 años, desde que su esposa falleció. "Su caso es terminal; sólo es cuestión de días, tal vez unas pocas semanas" –le informó el oncólogo– Su resignación tardó en llegar, pero llegó y se convirtió en rutina, al igual que su trabajo como encargado de la estafeta postal número 21 de Barracas. Los dolores articulares siempre, musculares a veces y óseos esporádicamente, le recordaban a diario que su retiro estaba próximo.
Se acomodó en su sillón favorito, apoyó los pies sobre el viejo taburete y, con el control remoto bajo su mando, comenzó a barrer la pantalla televisiva buscando alguna película que lo distrajese, al menos por un breve lapso, de la tortura diaria de soportar su asfixiante soledad.
Se detuvo en el canal 39, no porque la escena lo atrapara, pues la película estaba empezada, pero sí por su música. Era orquestada, con acordes que denotaban suspenso. En la pantalla, la sombra se recortaba contra los muros gastados del edificio. Su andar era pausado pero firme, aquella figura siniestra era el condimento ideal para esa música que crecía en intensidad; sus acordes inspiraban miedo y desazón. De pronto, al cruzar un callejón iluminado, esa diabólica efigie dejó ver su rostro. Fue un instante que bastó para que el hombre se sobresaltara de terror. Sin duda, la escena lo había atrapado.
Se sintió inquieto, con un cosquilleo interno que le provocó un escalofrío breve y molesto. Aplastó con fuerza su espalda en el sillón, como si quisiera introducirse dentro de él buscando protección, bajó los pies del taburete lamentando no haber visto la película desde el inicio y observó inquieto como aquella criatura del espanto se introducía por un oscuro pasillo hasta llegar al pie de una escalera en forma de caracol.
Nada hacía prever el desenlace. ¿Que oscuro propósito perseguía aquél ser abominable?
Su ascenso era acompañado por estruendosos golpes de tambor. Un peldaño, dos... quince, primer descanso; Un peldaño, dos... —el sonido del tambor lastima los oídos—, quince, segundo descanso. La música hace un giro violento. Es, sin duda, aterradora. La figura se interna por el corredor en busca del último cuarto. En su trayecto extrae un cordel de un bolsillo interno y lo sostiene de uno de sus extremos. En la pared débilmente iluminada, se ve claramente como vivorea aquél elemento al compás de su andar. De pronto, música y figura se detienen. El silencio invade la escena y la habitación; su pulso se acelera, ansía el final, no soporta un minuto más de suspenso. ¿Y ahora qué? — Se preguntó —. En un acto inesperado, aquél malévolo ser arremetió contra la puerta con una estruendosa, certera y destructiva patada. La madera cedió. La música acrecentó su intensidad hasta lo intolerable. El hombre estaba absorto, lleno de pánico, observando, a través de la hipnotizadora pantalla, cómo la figura entraba en la habitación. Ahora son las dos manos las que sostienen tensamente el cordel asesino. La trama se aclara y el desenlace es obvio y quizá, hasta previsto. La cámara que todo lo capta se ubica por detrás del asesino, permitiendo observar que en el otro extremo, ajeno a cuanto acontece, de espaldas al intruso, se encuentra un hombre sentado en un sillón ejercitando la sana, familiar e inofensiva costumbre de mirar televisión.


Por Raimondo Gustavo



El libro de arena

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como yo ahora.
-Vendo biblias -me dijo.
No sin pedantería le contesté:
-En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif. Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me falta.
Al cabo de un silencio me contestó:
-No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo adquirí en los confines de Bikanir.
Abrió la valija y lo dejó sobre la mesa. Era un volumen en octavo, encuadernado en tela. Sin duda había pasado por muchas manos. Lo examiné; su inusitado peso me sorprendió. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay.
-Será del siglo diecinueve -observé.
-No sé. No lo he sabido nunca -fue la respuesta.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
Fue entonces que el desconocido me dijo:
-Mírela bien. Ya no la verá nunca más.
Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz.
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí.
En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Para ocultar mi desconcierto, le dije:
-Se trata de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica, ¿no es verdad?
-No -me replicó.
Luego bajó la voz como para confiarme un secreto:
-Lo adquirí en un pueblo de la llanura, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja; la gente no podía pisar su sombra, sin contaminación. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano. Era como si brotaran del libro.
-Ahora busque el final.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
-Esto no puede ser.
Siempre en voz baja el vendedor de biblias me dijo:
-No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. No sé por qué están numeradas de ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita aceptan cualquier número.
Después, como si pensara en voz alta:
-Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo.
Sus consideraciones me irritaron. Le pregunté:
-¿Usted es religioso, sin duda?
-Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
-Y de Robbie Burns -corrigió.
Mientras hablábamos, yo seguía explorando el libro infinito. Con falsa indiferencia le pregunté:
-¿Usted se propone ofrecer este curioso espécimen al Museo Británico?
-No. Se le ofrezco a usted -me replicó, y fijó una suma elevada.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
-Le propongo un canje -le dije-. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
-A black letter Wiclif! -murmuró.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula con fervor de bibliófilo.
-Trato hecho -me dijo.
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descalabrados de Las mil y una noches.
Me acosté y no dormí. A las tres o cuatro de la mañana prendí la luz. Busqué el libro imposible, y volví las hojas. En una de ellas vi grabada una máscara. En ángulo llevaba una cifra, ya no sé cuál, elevada a la novena potencia.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. Esas dos inquietudes agravaron mi ya vieja misantropía.
Me quedaban unos amigos; dejé de verlos. Prisionero del Libro, casi no me asomaba a la calle. Examiné con una lupa el gastado lomo y las tapas, y rechacé la posibilidad de algún artificio. Comprobé que las pequeñas ilustraciones distaban dos mil páginas una de otra. Las fui anotando en una libreta alfabética, que no tardé en llenar. Nunca se repitieron. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro.
Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo palpaba con diez dedos con uñas. Sentí que era un objeto de pesadilla, una cosa obscena que infamaba y corrompía la realidad.
Pensé en el fuego, pero temí que la combustión de un libro infinito fuera parejamente infinita y sofocara de humo al planeta.
Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué altura ni a qué distancia de la puerta.
Siento un poco de alivio, pero no quiero ni pasar por la calle México.


Por Jorge Luis Borges


POEMAS:

Soneto XVII - Te amo sin saber cómo

No te amo como si fueras rosa de sal, topacio

o flecha de claveles que propagan el fuego:

te amo como se aman ciertas cosas oscuras,

secretamente, entre la sombra y el alma.


Te amo como la planta que no florece y lleva

dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,

y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo

el apretado aroma que ascendió de la tierra.


Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,

te amo directamente sin problemas ni orgullo:

así te amo porque no sé amar de otra manera,


sino así de este modo en que no soy ni eres,

tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,

tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueñ.


Pablo Neruda




La promesa

¡Todo el oro del mundo parecía

diluído en la tarde luminosa!

Apenas un crepúsculo de rosa,

la copa de los árboles teñía.


Un imprevisto amor, mi mano unía

a tu mano, morena y temblorosa.

¡Eramos Booz y Ruth ante la hermosa

era que circundaba la alquería!


"¿Me amarás?", murmuraste. Lenta y grave

vibró en mis labios la promesa suave

de la dulce, la amante moabita.


Y fué como un ¡Amén! en ese instante

el toque de oración que alzó vibrante

la rítmica campana de la ermita.


Juana de Ibarbourou



POEMAS PERSONALES:

Paso de la amistad al amor


Recuerdo aquel dia,

la primera vez que te vi

estabas sola y trizte,

sin encontrar consuelo de nadie

entonces, nuestras miradas se

cruzaron desde aquel momento,

tu dolor se convitrió en mi dolor

tu felicidad, era mi felicidad,

nos volvimos inseparables



Tú y yo, nos volvimos uno solo,

y sin darnos cuenta,

nos vimos que el uno

no era nada sin el otro.

Hasta en las mañanas,

en el momento que me

miraba al espejo

sentía tu dulce y hermosa

presencia junto a mi


Y así, como de un momento

al otro nos vimos en

una amistad inseparable.

Pero luego algo ocurrió...

El amor había llegado a mí

Sentía culpa, sentía miedo,

sentia desilución...


En el momento que tome

el valor para decirte

me tomaste de la mano,

nos miramos como

aquella primera vez, y tu

calor recorrió todo mi cuerpo


De una manera distinta

y aún mas especial,

nuestros lazos se

convirtieron de un

momento al otro...

En tan solo un paso...

de la amistad al amor








Crónica de un ángel en desamor


Cada día al despertarme, vienen a mi todos nuestros recuerdos,

Recuerdos que ya no son más que una parte del olvido,

Y hacen brotar de mis ojos lágrimas de sangre que expresan

la agonía de un corazón apasionado que se encuentra en desgracia



Del todo a la nada, en un segundo, la sensación de algo que pudo ser

mucho y nada fue, marcando en mi órgano vital, una herida más

de mil llantos que gritan en las sombras piedad



Pero ahora, no queda más que cerrar este baúl llenos de momentos infelices.

Cada quien seguirá con su vida, tu con la tuya y yo con la mía.

Aunque ambos dos sabemos que para mí será imposible volver a como era antes

Porque mis alas cortaste, y por más que lo quiera superar, ya no puedo volar



Así es como seguiré mi vida, con el sufrimiento de un amor que no pudo ser

Emprenderé mi viaje por este sendero gris, obscuro y lleno de espinas,

Sabiendo que en vez de eso, podría volar, pero sabemos que ya no va a ser así...










Definición de un verdadero genio


Dícese aquel que tiene mayor facilidad de aprendizaje

Aquel que puede descifrar lo más complejo y volverlo fácil

Aquel que puede dese enmarañar los misterios más grandes

Aquel que resuelve cálculos matemáticos en la porción de tiempo

De lo que lo lográ alguien del promedio

Aquel que tiene más facilidad para memorizar datos importantes

Aquel que tiene más talento para todo aquello que sea referente a la cultura



Pero lo que muchos no saben, es que el verdadero genio

Puede encontrarse incluso en el más obtuso de los seres

Y lo más irónico es que muchos de ellos mismos lo ignoran

Ya que la genialidad, no se basa en el que tiene más conocimientos

Sino que se encuentran simplemente, en su capacidad de nunca rendirse

Ante los desafíos más grandes de la vida

Es aquel que tiene las agallas de perseguir sus sueños por inalcanzables que sean

Y aún si fallan, y caen, vuelven a levantarse



Son valientes, son testarudos, en muchas ocasiones suelen ser

Lo suficientemente impulsivos como para aceptar un desafío que no podrían ganar

Y ni el mismo fracaso los hace perder, porque su diccionario de la vida

No contiene tal término… Fracasar no es opción, pero sí lo es esforzarse hasta lo último

Y sin mirar hacia atrás, la frente en alto y gesticulando orgullo

Con paso lleno de firmeza y decisión, como realmente lo es, un verdadero genio

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