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Personalidades segun asados con los pibes

Info3/9/2012
Un equipo interdisciplinario al que se le encomendó un profundo estudio sobre los asados organizados "por lo' pibe", es decir aquellos que se salen del ámbito familiar o de las reuniones formales, y son básicamente encuentros de amigos, emitió un primer informe en el que se hace una detallada descripción de los personajes más habituales en esas citas.




A partir de quirúrgicas observaciones efectuadas por los especialistas, los expertos identificaron la siguiente tipología de asistentes en esos encuentros:



El padre espiritual:


Un verdadero cristo de los asados de amigos. Es el que llama a todos avisando, el que se encarga de comprar las cosas, el que después cobra y se da cuenta que entre los garcas y cagadores (los que después de morfar dicen descubrir que no llevaron la guita) salió perdiendo -otra vez- como 300 mangos con la movida, pero igual no dice nada.

Para colmo, el asado se hace en su casa, por lo que es él quien luego se queda con decenas de platos sucios, pedazos de pan tirados por todo el suelo y otras chanchadas. Un prócer que, encima, tiene que soportar que en algún momento alguien diga "che, a ver si se organizan mejor y la próxima vez compran repollo, porque para eso uno paga".


El Garca:


pibes

El Garca es aquel que cuando se encuentran con un viejo amigo dicen "che, tenemos que hacer un asado para juntarnos". Cuando se proponen como organizadores, nunca hacen una mierda. Y si son invitados, son tan hijos de puta que en lugar de decir de frente que no van a ir, responden con seguridad metálica: "¡Seee, mavale que voy a ir, boludo, anotame nomás!". Obvio, no aparecen ni vía SMS, y el pelotudo que organizó la comilona puso plata por ellos.



El dominado:




También falla, pero a diferencia del garca, ganas de ir tiene. Lo que no tiene son bolas como para decirle a la rompebolas de su mujer que se va al asado y punto. Este especimen, a último momento, manda mensajes de texto inverosímiles, del tipo "Che, no voy a ir, me llamaron urgente del laburo" (un sábado por la noche), o "Se me complicó, el auto no arranca, no me contestan de la agencia de remises y los colectivos pasan de largo llenos de gente" (un domingo al mediodía).



El dominado asistente:


Son los que no cagan a los amigos, pero concurrren al asado con su mujer, a sabiendas de que es una reunión de vagos. Ella, para colmo, tiene menos onda que Aldo Rico el Día del Estudiante. A partir de allí, para la reunión se abren dos destinos posibles:

a) Todos se adaptan a la presencia extraña, y se omiten chistes verdes, referencias a amores pasados del dominado y el lanzamiento deliberado de pedos en la mesa.

b) Se comienza respetando a la boluda, pero con el correr del reloj y del vino los resguardos van cayendo y se termina contando, entre furiosas carcajadas, la vez que "El Gordo" (el dominado) por fin se levantó algo en Bariloche y terminó siendo un trava con el que pasó de todo. Y ante la cara de espanto de ella (y de él, que sabe que tiene para dos años de buena letra a fin de compensar el episodio) todos empiezan a reírse de "la señora", con bromas densas de todo tipo, referidas especialmente a suponer si ella misma no es "una mujer con manija".

c) No hay período de gracia, y se termina gastando a la boluda de entrada, con preguntas capciosas sobre con qué frecuencia coge El Gordo y otras lindezas.


El dominado Cenicienta:


A diferencia de los casos mencionados antes, éste va, y va solo, pero antes de las 12, cuando recién los vagos están empezando a divertirse de verdad con historias escatológicas, sacadas de cuero a los ausentes y recuerdos de cogidas, él avisa que "se tiene que ir". Lo hace a pesar de que siempre, siempre, su retirada estará marcada por los más humillantes comentarios e improperios, todos dirigidos a demoler su autoestima, su condición de hombre con todas las letras y su fe en la fidelidad de su cónyuge (mediante el clásico "No te vayas todavía, que ella a esta hora sigue abotonada con el otro jojo! - y demas boludeces por el estilo).



El agarrado con excusa:


personalidad


Los 25 mangos por cabeza le parecen demasiados, entonces él dice que "se está cuidando" y que va a llevar su propia comida y bebida. Cae con un tupper con un bife de mierda y papas hervidas, y una botella de Ser naranja-durazno de un litro. Pero el turro, aprovechando la distracción que genera la guitarreada, le entra a sacudir a la parilla y al totin como si fuera un preso. Por supuesto, luego, cero alusión a pagar algo.


El agarrado clásico:


No se preocupa por inventar nada, va con toda la intención de morfar y chupar de arriba. Cuando llega el turno de cobrar, con total naturalidad (y a veces casi molesto con el proceso de cobranza) dice "no traje porque vine directo del trabajo" (¿y no llevas 20 mangos encima, forro de mierda??) o "anotame (?) que mañana paso y te doy" (y olvidate de tu guita, organizador).


La que nunca sale:




A veces, el dominado asistente tiene una mujer a la que nunca saca ni para colgar las bolsas de basura en el árbol de la vereda. Entonces, ella, con una conmovedora candidez, toma esa salida al asado de lo vagos como un plan al que reviste de cualidades que no tiene. Y así, cae vestida como si el pelotudo la estuviera llevando a una recepción en la Embajada de Francia.

Vestido negro, ceñido al cuerpo, lleno de brillos; osado escote; bijouterie ultra llamativa; cosméticos chillones en la cara; arreglo capilar que le habrá llevado no menos de cuatro horas de espera en la peluquería, etcétera.

A veces, los guasos, al verla entrar, tienen la gentileza de no cagársele de risa descaradamente, pero esa generosidad casi nunca se ejerce. Por suerte, ella nunca se da cuenta de que es el objeto de las burlas (que seguirán en voz baja durante toda la noche), pero él sí, y sufre como un árabe mandado a lapidación.



El cantor perro:


grupo


En todo grupo hay un cantor y guitarrero que anima la noche, proponiendo canciones que el resto acompaña y tiene aprendidas tras años de compartir encuentros. Pero a veces ese personaje clave falta, y entonces toma su lugar otro vago que, sí, tocar la guitarra, lo que se dice tocar, toca, pero, ay, canta como un perro y no es para nada consciente de ello.

Para colmo, el aliento inicial que le dan los demás (por ser compañeros nomás, y porque en esos primeros minutos todavía se cree que peor es nada) lo anima a extender su show por unas dos horas y media, al cabo de las cuales ya todos lo miran como tratando de saber si convendría asesinarlo cortándole el cuello con el chucillo parrillero o clavándole tenedores en los ojos.
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