Seguramente muchos habrán leído o escuchado algo acerca de la compra de Monsanto por Bayer en el pasado mes de Septiembre.
El tema es que, lamentablemente, el potencial impacto de esta fusión de compañías químicas es mucho mayor del que podemos imaginar. Para entenderlo debemos hacer un poco de historia.
Monsanto fue fundada a principios del siglo pasado en Saint Louis (Estados Unidos). La compañía creció desde su fundación a paso firme, y durante una buena parte del siglo XX fue una empresa considerada ejemplar en lo que a innovación tecnológica en el campo químico se refiere. El problema es que la misma compañía también ha sido pródiga, durante el mismo período de tiempo, en denuncias en contra y polémicas creadas por muchos de los innovadores productos que desarrolló.
Sin ir más lejos, citamos el caso del tristemente célebre agente naranja. Este agente naranja es un herbicida que fue producido en Estados Unidos en la década de los años ‘60 y ‘70 para ser usado como arma biológica durante la Guerra de Vietnam. Con él se rociaban los campos vietnamitas durante la guerra, dejando al suelo estéril y haciendo que los cultivos no pudieran crecer. Si bien este concepto es de por sí espeluznante, el problema mayor reside en que el citado agente naranja permanece en el suelo durante décadas, y ha sido el responsable de forma directa e indirecta de la muerte de medio millón de vietnamitas, y de las malformaciones de un número similar de personas. El agente naranja fue desarrollado e ideado por un conglomerado de empresas químicas entre las cuales se encontraba Monsanto.
La misma compañía fue mutando con el tiempo y bajo un modelo único de negocios con el fin de lograr una suerte de dominación global en el campo de los químicos para la industria agropecuaria. Si bien se trata de un proceso largo y complejo, intentaremos resumirlo y simplificarlo de la siguiente forma:
Los cultivos sufren la influencia de varios agentes externos como plagas de insectos, malas hierbas, etc. Por eso es que para evitar las pérdidas en los cultivos y aumentar la eficiencia en el rendimiento del suelo, con el tiempo se han ido desarrollando productos químicos que hacen más resistentes a estos cultivos contra el ataque de los mencionados agentes externos, como plaguicidas y herbicidas.
Empresas como Monsanto (y también Bayer, y otras pocas más del rubro) han desarrollado potentes herbicidas que impiden que los cultivos se llenen de hierbas no deseadas que atentan contra la salud de los mismos. El problema es que, obviamente, los propios cultivos suelen ser vulnerables a estos herbicidas también. Por eso es que, por el otro lado, estas mismas compañías, mediante ingeniería genética, diseñan también semillas modificadas (denominadas transgénicas) que son resistentes a los herbicidas que se utilizan en los cultivos.
Es decir, que son las mismas compañías las encargadas de producir el mal (un “mal necesario”, dirán) y el antídoto.
En nuestro país este es un problema que está muy a la orden del día por varios motivos. Por una parte, Argentina es EL TERCER PAÍS CON MAYOR superficie de cultivos transgénicos de todo el mundo (únicamente por detrás de Estados Unidos y Brasil). Casi la totalidad de la soja, el algodón y el maíz sembrados en nuestro país provienen de semillas genéticamente modificadas.
Por esto es que, evidentemente, la Argentina con su gigantesco modelo agroexportador será siempre un mercado muy interesante para estas compañías, cuyas ganancias anuales son de cientos de millones de dólares solamente en nuestro país.
Por otra parte, la Argentina, como buen país sudamericano y subdesarrollado, tiende a tener regulaciones más laxas y flexibles en materia ambiental, y sus instituciones son más propensas a sufrir el lobby de las grandes multinacionales que inciden de forma aberrante e inescrupulosa sobre las decisiones a nivel político que podrían eventualmente endurecer estas regulaciones.
Por estos dos motivos es que Argentina (así como nuestro vecino Brasil) son dos de los países más propensos a sufrir los caprichos de compañías como Monsanto y Bayer. Se trata de países con poca regulación ambiental, la cual de todos modos no suele ser respetada en muchos casos, con multas poco severas, y con enormes superficies de cultivos tratados con ingeniería genética de semillas y agrotóxicos (provenientes, una vez más, de compañías como Monsanto).
Por eso es que seguramente nos suene el nombre de Monsanto. Ya que así como nuestro país se encuentra en una delicada situación al respecto, existen también numerosas organizaciones ambientalistas y estudios que hacen que la gente se concientice y empiece de a poco a levantar la voz en contra de estas compañías. No en vano Monsanto es una de las empresas consideradas más polémicas del mundo por sus prácticas, y cuenta con un enorme prontuario de causas judiciales en muchos de los países donde opera, por delitos de índole ambiental.
En muchos casos se ha comprobado que Monsanto ha sobornado a funcionarios o adulterado los resultados de estudios que analizaban el impacto ecológico de los productos comercializados por la compañía (entre los cuales la vedette es, sin dudas, el “Roundup”, nombre con el que se conoce al glifosato, el herbicida más utilizado del mundo). Todo con el objeto de evitar que todas estas prácticas inescrupulosas salgan a la luz.
Por todo esto es que el impacto a nivel global de Monsanto es realmente muy grande. Incide de forma directa en la calidad de los alimentos que se producen y consumen en una buena parte del mundo. Las semillas genéticamente modificadas de Monsanto (para hacerlas resistentes al glifosato) están patentadas, por lo cual de hecho los agricultores deben firmar convenios con la compañía para sembrar sus propios cultivos y pagar cánones al respecto. De otro modo, la compañía enjuicia a estos agricultores, los cuales obviamente no cuentan con los medios para defenderse como corresponde (hablamos sobre todo de pequeños y medianos agricultores del campo tradicional, y particularmente en países en vías de desarrollo). Estos agricultores, de este modo, no son los dueños de las semillas que ellos mismos siembran.
Por otro lado, existen otros países, entre los cuales se destaca la Unión Europea, en los cuales Monsanto comienza a ser cada vez más “mala palabra”, y en los cuales se ha comenzado a realizar estudios cada vez más rigurosos sobre el impacto a futuro de la utilización de semillas genéticamente modificadas a gran escala, y por consiguiente, a los herbicidas fumigados sobre los cultivos de estas semillas.
Países como Francia e Italia han hecho grandes avances en materia regulatoria para restringir o directamente prohibir la utilización de semillas transgénicas de Monsanto (conocidas con la sigla de GMO, o bien organismo genéticamente modificado) en sus suelos.
Por todo esto es que la adquisición de Monsanto por parte de Bayer asusta. Se trata de dos compañías con una larga historia de abusos y denuncias en contra, con muchos casos de impacto ambiental negativo y falta de responsabilidad al respecto, y lamentablemente este multimillonario negocio (el de las semillas y agroquímicos) está cada vez en menos manos a nivel mundial.
A principios de este año, Dow Chemical compró a DuPONT, otras dos de las mayores compañías del rubro. Por lo cual, básicamente, la calidad de todo lo que ingerimos, aunque no lo sepamos, pasa de forma directa o indirecta por decisiones tomadas en la mesa del directorio de Bayer-Monsanto, Dow-DuPONT y unas pocas más.
Entonces, la manera más firme para defendernos de esto es, por supuesto, tomando conciencia, e intentando mantenernos lo más posible al margen de todas estas prácticas. Es decir, consumiendo productos provenientes de la agricultura orgánica, lejos de los herbicidas, los pesticidas y las semillas modificadas.