A pesar de que Jesús trabajó con sus manos durante casi toda su vida, bien poco habla del trabajo.
Sin embargo, las primeras páginas de la Biblia ya establecieron la vocación del hombre en la tierra: <<Dios lo puso en el huerto para que lo trabajara.>> Se trata del trabajo creador por el que el hombre, imitando a su Padre, continúa y completa la Obra de Dios en el universo. Solamente a consecuencia del pecado se oscurece la nobleza del trabajo y se nos aparece como un castigo.
Después, pareciera que la Biblia haya olvidado al hombre trabajador para celebrar solamente las liberaciones y las conquistas. Enfatiza las luchas del pueblo de Dios más que la labor diaria.
Una razón de este silencio es que los israelitas no habían llegado a la edad de la técnica. La cosecha dependía más que todo de la lluvia, la cual era don de Dios; bien poco araban o cuidaban sus campos, y no tenían las herramientas que valorizan el esfuerzo del campesino. Por eso sentían la necesidad de implorar a Dios por la lluvia, pero no tanto la de trabajar.
El libro de los Proverbios, sin embargo, y el Eclesiástico, dedican algunos versos al trabajo: el flojo nunca será un hombre responsable.
Así que la Biblia no se fija tanto en la nobleza del trabajo como en la explotación del trabajador. De ahí vienen tantas denuncias de los profetas contra quien oprime al esclavo y explota al pobre.
También se advierte el peligro de trabajar tanto, que el hombre ya no tiene tiempo para recuperar sus energías, para vivir como hombre libre y para escuchar las palabras de su Dios. De ahí que se da tanta importancia al sábado, es decir, día de descanso semanal.
Por eso Jesús, sin hablar expresamente del trabajo, lo valoriza cuando opone los sacrificios del culto y la vida real que llevamos. Lo que debemos devolver a Dios no son tanto los actos de culto exteriores como nuestra vida recta, sacrificada y fecunda. Es sacrificios del culto y la vida real que llevamos. Lo que debemos devolver a Dios no son tanto los actos de culto exteriores como nuestra vida recta, sacrificada y fecunda. Es sacrificio grato a Dios el trabajo aceptado como ley divina, como lo hizo Cristo:
- el trabajo en que cada uno desarrolla sus propios talentos para bien de todos;
- el trabajo que cumplimos con amor porque al servir a nuestros hermanos, a Cristo mismo servimos.
Además, cuando Cristo resucitó, los apóstoles comprendieron no solamente que debían esperar su segunda venida, <<el día del Señor, sino que en adelante los acontecimientos eran como atraídos por este término de la historia en que nos encontraremos con él.
Era reservado a nuestro tiempo desarrollar esta intuición, pues sabemos ahora que nuestro trabajo cambia la faz del mundo y transforma el destino de los hombres: de tal modo que este trabajo nuestro, por muy modesto que sea, hace progresar a toda la humanidad hacia Cristo.
Ya dijimos que la Biblia se había fijado en la explotación del trabajo. Los profetas consideraban, por una parte, que en el mundo futuro el trabajador comería los frutos de su trabajo, pero también que si el pueblo de Dios observaba sus leyes, él no permitiría que opresores vengan a comerse sus labores. En un mundo justo se produce lo que realmente necesitan los hombres, y la distribución de los bienes llega a todos. Y, por eso, cuando Jesús hizo el milagro de pan, demostró ser el Salvador al repartido de manera que nadie le falte.
Con esto entendemos que las luchas de los trabajadores por la justa distribución de las riquezas producidas anuncian y preparan la venida del Reino de Dios.
El hombre ha llegado a ser un engranaje insignificante de la economía mundial. Dios, sin embargo, llama a cada uno de nosotros por su nombre: <<Antes que nacieras, Yo te conocí.>>