Continua la historia de nuestro personaje, dandonos una pequeña presentacion del el y lo que a sido su vida desde que empeso el fin.
Capitulo anterior:
Desperté.
¿Donde demonios estaba? Recordaba poco de lo que me había ocurrido. Me senté sobre la camilla en la que estaba recostado y sentí un fuerte dolor en la parte posterior de mi cabeza.
-¡Hijo de..!- Exclame sobresaltado.
Puse mi mano en la nuca y me acaricie como si pudiera curar mi dolor, inmediatamente trate de reconocer el lugar donde estaba encerrado. Cuatro paredes me rodeaban. Pude notar diminutas manchas de sangre en el piso, que venían desde una puerta de acero.
- ¡Ey, creo que se despertó! - Una voz ronca exclamo desde afuera de mi celda.
Unos ojos negros se asomaron por la rejilla. Seguidamente sentí el ruido de la parte inferior de la puerta rasguñando el suelo.
Entro un hombre alto, media alrededor de un metro noventa. Me miro fijo y dijo.
- ¿Como llegaste aquí? -
Hace semanas que no veía otro ser humano, en mi cara se dibujo inconcientemente una pequeña mueca parecida a una sonrisa. Tarde en contestar unos segundos, pero cuando comencé a hablar, no titubeé.
- Vine desde lejos, buscando un refugio. -
- No te pregunte a que viniste, te pregunte; ¿Como llegaste aquí? - Su voz grave intimidaba hasta a el mas valiente
- ¿Te refieres a este lugar o a la ciudad? -
- A esta celda. - Contesto con una mirada de desconfianza.
- Yo.. - Pensé un momento - No lo se. No tengo idea. -
El barbudo sonrío.
- Bien. - y prosiguió su interrogatorio - ¿Viniste con algún grupo a la ciudad? -
Esa pregunta me dolió. Aun no tenía asumido mi gran perdida. Había estado preocupado por tanto tiempo en sobrevivir que no me había detenido a pensar en ella. Creía que apartando el dolor de mi mente podría razonar de forma mas objetiva, y mantenerse vivo seria mas fácil. Por ese hecho, me sentí como un cobarde egoísta.
- Vine con una persona... mi novia Ángela. - Mientras hablaba recordaba la suavidad de su piel, y el intenso aroma que desprendían sus rubios cabellos - Pero ella... - Agache la cabeza, quede mirando mis gastadas manos y asumí que el tipo podía completar esa oración solo.
Sin decir una palabra, salio por donde había entrado y cerro la puerta. Yo continúe sentado allí por un par de horas, meditando en lo que había ocurrido durante los últimos meses. La esparcion del virus. La caída militar en el mundo entero. La gente que se había ido. La muerte de Ángela. Las cosas ya no eran las mismas, y estaba siendo testigo de como nacía un mundo nuevo, anarquista, sin orden, sin leyes, sin moral, y donde la única regla que los vivos debían seguir era "mantente vivo por todos los medios necesarios", dejando a quien sea atrás para continuar.
Entonces me di cuenta del enorme error que tuve. Abandonar mi humanidad para sobrevivir me estaba matando. Esa misma noche jure por todos mis seres amados que jamás pondría mi vida por encima de la de otra persona.
Esa noche dormí placidamente como no lo había hecho hace meses. El frío al que estaba acostumbrado no existía, mis desconocidos "salvadores" me habían llevado una manta gruesa con la que me tape durante el descanso. El olor a mierda podrida que desprendían los cadáveres no se notaba, en su lugar, podía oler una vela aromatizante cerca de donde yo estaba. En las condiciones que habían afuera, era imposible dormir de esa manera. Fue un sueño irrepetible.
Desperté con el sonido de la puerta abriéndose con su respectivo chillido. El grandulón entro allí.
Yo trate de de ponerme en pie cuando lo vi, pero tan rápido como me levante, caí, había olvidado la torcedura. Apenas caí, gemí como un niño pequeño, entonces, casi de forma espontánea apareció ella.
Tenía una figura increíble. Ojos color canela, labios sensuales, cabellos negros y largos. Senos de buen tamaño y firmes. Piernas largas y bien formadas, y manos delicadas. Estas fueron solo algunos rasgos que pude notar de aquella hermosa muchacha en el milisegundo que la vi.
- ¿Estas lastimado? - Me pregunto mirándome con dulzura.
- No, tranquila, es un esguince chiquito - El dolor que sentía era insoportable, sentía mis cartílagos retorciéndose del dolor. Odiaba que mi masculinidad no me dejara admitir el dolor que tenia.
- ¿Seguro? A ver, déjame ver - Con sus manos aparto las mías y puso una cara de sorpresa tan preciosa como pocas veces había visto.
- ¡No es para nada un esguince chiquito!- dijo riéndose entre dientes - Vas a tener que reposar algunos días.-levanto su mirada hacia mi, y su rostro quedo frente al mío- Tranquilo, yo te voy a hacer una buena venda para que te pongas si la necesitas.-
El grandote le refunfuño que entrara de esa manera, y le dijo que se fuera con el grupo. Ella se fue de buena manera y saludándome. El grandote me miro de reojo, y me dijo.
- Ejhem... Hable con los otros de mi grupo y terminamos por determinar que eres inofensivo. Todos estamos de acuerdo en que te dejemos ser parte de nuestra pequeña familia. -
Mi mente seguía pensando en esa muchacha. Pero cuando razone lo que me había dicho el carcelero, me puse contento.
SALUDOS!
Capitulo anterior:
Desperté.
¿Donde demonios estaba? Recordaba poco de lo que me había ocurrido. Me senté sobre la camilla en la que estaba recostado y sentí un fuerte dolor en la parte posterior de mi cabeza.
-¡Hijo de..!- Exclame sobresaltado.
Puse mi mano en la nuca y me acaricie como si pudiera curar mi dolor, inmediatamente trate de reconocer el lugar donde estaba encerrado. Cuatro paredes me rodeaban. Pude notar diminutas manchas de sangre en el piso, que venían desde una puerta de acero.
- ¡Ey, creo que se despertó! - Una voz ronca exclamo desde afuera de mi celda.
Unos ojos negros se asomaron por la rejilla. Seguidamente sentí el ruido de la parte inferior de la puerta rasguñando el suelo.
Entro un hombre alto, media alrededor de un metro noventa. Me miro fijo y dijo.
- ¿Como llegaste aquí? -
Hace semanas que no veía otro ser humano, en mi cara se dibujo inconcientemente una pequeña mueca parecida a una sonrisa. Tarde en contestar unos segundos, pero cuando comencé a hablar, no titubeé.
- Vine desde lejos, buscando un refugio. -
- No te pregunte a que viniste, te pregunte; ¿Como llegaste aquí? - Su voz grave intimidaba hasta a el mas valiente
- ¿Te refieres a este lugar o a la ciudad? -
- A esta celda. - Contesto con una mirada de desconfianza.
- Yo.. - Pensé un momento - No lo se. No tengo idea. -
El barbudo sonrío.
- Bien. - y prosiguió su interrogatorio - ¿Viniste con algún grupo a la ciudad? -
Esa pregunta me dolió. Aun no tenía asumido mi gran perdida. Había estado preocupado por tanto tiempo en sobrevivir que no me había detenido a pensar en ella. Creía que apartando el dolor de mi mente podría razonar de forma mas objetiva, y mantenerse vivo seria mas fácil. Por ese hecho, me sentí como un cobarde egoísta.
- Vine con una persona... mi novia Ángela. - Mientras hablaba recordaba la suavidad de su piel, y el intenso aroma que desprendían sus rubios cabellos - Pero ella... - Agache la cabeza, quede mirando mis gastadas manos y asumí que el tipo podía completar esa oración solo.
Sin decir una palabra, salio por donde había entrado y cerro la puerta. Yo continúe sentado allí por un par de horas, meditando en lo que había ocurrido durante los últimos meses. La esparcion del virus. La caída militar en el mundo entero. La gente que se había ido. La muerte de Ángela. Las cosas ya no eran las mismas, y estaba siendo testigo de como nacía un mundo nuevo, anarquista, sin orden, sin leyes, sin moral, y donde la única regla que los vivos debían seguir era "mantente vivo por todos los medios necesarios", dejando a quien sea atrás para continuar.
Entonces me di cuenta del enorme error que tuve. Abandonar mi humanidad para sobrevivir me estaba matando. Esa misma noche jure por todos mis seres amados que jamás pondría mi vida por encima de la de otra persona.
Esa noche dormí placidamente como no lo había hecho hace meses. El frío al que estaba acostumbrado no existía, mis desconocidos "salvadores" me habían llevado una manta gruesa con la que me tape durante el descanso. El olor a mierda podrida que desprendían los cadáveres no se notaba, en su lugar, podía oler una vela aromatizante cerca de donde yo estaba. En las condiciones que habían afuera, era imposible dormir de esa manera. Fue un sueño irrepetible.
Desperté con el sonido de la puerta abriéndose con su respectivo chillido. El grandulón entro allí.
Yo trate de de ponerme en pie cuando lo vi, pero tan rápido como me levante, caí, había olvidado la torcedura. Apenas caí, gemí como un niño pequeño, entonces, casi de forma espontánea apareció ella.
Tenía una figura increíble. Ojos color canela, labios sensuales, cabellos negros y largos. Senos de buen tamaño y firmes. Piernas largas y bien formadas, y manos delicadas. Estas fueron solo algunos rasgos que pude notar de aquella hermosa muchacha en el milisegundo que la vi.
- ¿Estas lastimado? - Me pregunto mirándome con dulzura.
- No, tranquila, es un esguince chiquito - El dolor que sentía era insoportable, sentía mis cartílagos retorciéndose del dolor. Odiaba que mi masculinidad no me dejara admitir el dolor que tenia.
- ¿Seguro? A ver, déjame ver - Con sus manos aparto las mías y puso una cara de sorpresa tan preciosa como pocas veces había visto.
- ¡No es para nada un esguince chiquito!- dijo riéndose entre dientes - Vas a tener que reposar algunos días.-levanto su mirada hacia mi, y su rostro quedo frente al mío- Tranquilo, yo te voy a hacer una buena venda para que te pongas si la necesitas.-
El grandote le refunfuño que entrara de esa manera, y le dijo que se fuera con el grupo. Ella se fue de buena manera y saludándome. El grandote me miro de reojo, y me dijo.
- Ejhem... Hable con los otros de mi grupo y terminamos por determinar que eres inofensivo. Todos estamos de acuerdo en que te dejemos ser parte de nuestra pequeña familia. -
Mi mente seguía pensando en esa muchacha. Pero cuando razone lo que me había dicho el carcelero, me puse contento.
SALUDOS!