Si, por favor, lean el post, las cifras son aterradoras y lo mas grave es que no solo pasa en Argentina, sino en todo el continente, que futuro nos espera ???
Esta largo, pero vale la pena leerlo, es una dosis de realidad entre tanta mierda politica y lindos discursos de los ricos !
Si no queres enterarte, no pasa nada, pero despues no te quejes !
Hipocresia nacional... los muertos del hambre en Argentina
Muchos se preguntan cómo es que en un país como Argentina, productor de alimentos por excelencia, existe pobreza extrema y desnutrición. En principio suena inconcebible que, en un país que produce alimentos para aproximadamente tres veces la cantidad de personas que viven en él, aún hoy muchos mueren de hambre. Aunque si se piensa sólo un poco sobre el tema, la respuesta sale a la luz; el gran problema argentino y latinoamericano por excelencia es la “mala distribución de la riqueza”.
Latinoamérica es la zona más desigual del mundo y Argentina no está exenta para nada de esta realidad. Si hay alimentos para todos y no todos tienen la suerte de estar bien alimentados la ecuación es fácil, hay pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco o que no tienen nada. Y esta es una lógica devastadora que en Argentina comenzó a profundizarse con la última dictadura militar y mantuvo su apogeo con las políticas neoliberales de la década del los 90 y recién en la post crisis del 2001 se intentó hacer algo para revertir esta situación. Evidentemente, sólo se intentó, pero no se hizo. Lamentablemente la pobreza en Argentina es estructural, existió siempre y se agravó a partir de 1990.
Las políticas de desregularización de la economía sólo incrementaron la diferencia social. Los sectores industriales y de servicios públicos, principales generadores de empleo en el país, fueron los que más sufrieron con esta ola privatizadora. La flexibilización laboral y la hiper desocupación hicieron que muchas personas quedaran marginadas del sistema o trabajen por salarios de hambre en jornadas inhumanas. Empresas extranjeras y algunos sectores de la burguesía nacional se beneficiaron con la mano de obra barata y la renta extraordinaria que proponía un sector político orientado a favorecer el capitalismo trasnacional y despreocupado por las consecuencias sociales.
Argentina, además de ser un productor de alimentos en forma de materias primas, también es un exportador de estos productos. El problema es que al exportar este tipo de materias, que no producen valor agregado, en el país es no se genera empleo y son solamente las clases productoras las que se benefician. En estos conceptos estaría el principio de la respuesta a la pregunta de por qué existe muerte por hambre y desnutrición en un país donde se produce mucho más alimento de lo que necesitan sus habitantes.
Crónicas del hambre en un país hecho de pan
Mauro Federico
Salta, junio de 2009. Una pequeña mujer, enfundada en un guardapolvo blanco y sentada en su minúsculo escritorio del viejo Hospital de Niños de Salta –hoy privatizado luego del violento desalojo de sus pequeños pacientes y de todo su personal–, le muestra a un cronista la imagen de dos criaturas apoyadas contra una pared blanca. “Ves, estos dos chiquitos tienen seis años, son hermanos mellizos y fueron separados al nacer, uno creció en una familia de clase media y está bien alimentado; el otro vive en los barrios más pobres de la ciudad y come salteado”. La diferencia de tamaño es notable. El más robusto mide unos 20 centímetros más que su hermano, que parece dos o tres años menor.
“Son cada vez más los salteñitos a los que les falta olla”, explica la doctora Gladys Pernas, quien fuera responsable de un desmantelado servicio de recuperación nutricional que funcionaba dentro del ex hospital Niño Jesús de Praga. Además de la belleza indiscutible de sus paisajes, Salta tiene el privilegio natural de contar con uno de los yacimientos petrolíferos y gasíferos más importantes de la región, lo que debería haberla convertido en una de las provincias más ricas de la Argentina. Sin embargo, es uno de los distritos donde la mortalidad infantil por causas evitables y la pobreza han calado más hondo en los últimos veinte años. No se puede entender que con tanta riqueza haya tantos chicos mal alimentados; nuestros gobernantes deberían tomar conciencia de que el hambre de hoy representa el mayor embargo para el futuro de una nación.
Entre los médicos salteños se acuñó la expresión “enanos nutricionales” para definir a los niños que no desarrollan una estatura normal por no haberse alimentado adecuadamente. Resistencia, julio de 2009. “Me gustaría tener un telescopio para poder mirar las estrellas”. Iván se ilusiona. Postrado en su catre, víctima de una enfermedad congénita que debilita su columna vertebral y le impide desarrollar la musculatura que lo sostenga erguido, el chico de 16 años tiene otra desgracia invalidante: está desnutrido. La imagen impresiona al cronista. También el gobernador de la provincia del Chaco Jorge Capitanich, que se sorprende al ver la imagen del chico. “¿Dónde vive este chico?”, pregunta, con desesperación. “Acá nomás, a veinte cuadras de la Casa de Gobierno”. Y al hombre se le llena la cara de vergüenza. La avenida Soberanía divide las dos realidades que coexisten en la capital chaqueña. De un lado, la trama urbana donde viven unas 250 mil personas. Del otro, unas 25 mil familias que se desparraman a lo largo de un corredor de 24 kilómetros de asentamientos que rodea la ciudad de Resistencia.
Los nacidos en Chaco tienen una expectativa de vida de 69 años, seis menos que el promedio del resto del país. Los últimos indicadores oficiales a nivel nacional colocan la mortalidad infantil chaqueña por encima de los 21,2 cada mil nacidos vivos. “Recibimos muchos pacientes con desnutrición de primer grado, que es la que está originada por la mala alimentación. Estos chicos están más expuestos a parasitosis, insuficiencias renales o enfermedades respiratorias como la bronquiolitis o la neumonía”, cuenta la doctora Griselda Spezzati, pediatra que dirige el Centro de Salud de la Villa Don Alberto, el barrio donde Iván, de 16 años, sobrevive con apenas 18 kilogramos de peso. Gridelda Spezzati detalla que “la dieta diaria que consumen los niños es insuficiente y se compone fundamentalmente de hidratos de carbono, lo que genera problemas de malnutrición por tratarse de un exceso de hidratos de carbono y una falta de vitaminas y proteínas”. Corrientes, agosto de 2009.
“En los últimos seis meses, se duplicó la gente que viene a comer, ya no damos abasto”, relata Carlos, encargado de uno de los 60 comedores comunitarios que rodean la capital correntina. Este trabajador estatal entendió que la solidaridad era la única forma de calmar su conciencia, esa que le impide disfrutar de sus magros 1.800 pesos mensuales de jubilación y de su humilde casita de material mientras a su alrededor centenares de comprovincianos se mueren de hambre. “El gobierno no nos manda materia prima como para alimentar a tantas personas, estamos pidiendo a las empresas que nos donen carne y verduras porque no nos alcanza”, se queja el hombre, mientras revuelve la enorme olla curtida por las llamaradas que brotan de los troncos de encina encendidos con los que cocina un guiso carrero. “Ni siquiera nos mandan garrafas, tenemos que hacer fuego nosotros con lo que encontramos en el monte”, replica. Chicos, madres embarazadas, ancianos, con cacharros y recipientes plásticos en mano, esperan que el cucharón de madera de la cocinera les vuelque esa mezcla de verduras, caldo y fideos, con vestigios cárnicos que humea en el fuego. Son las 11 de la mañana, está fresco. Contrariando los consejos del doctor Cormillot –“hay que comer al menos seis veces por día”–, ninguno de los desesperados comensales desayunó. “Gracias a Dios que está don Carlos, porque si no mi familia se muere de hambre”, dice con vergüenza Julia que viene a buscar la comida para sus seis hijos. “Esto es lo único que nos metemos en la panza en el día, a la noche, mate cocido y a la cama”, se lamenta la mujer. Ushuaia, septiembre de 2009. La capital más austral del mundo es una ciudad de postal. La fórmula paisajística cordillera nevada-canal de Beagle, combinada con una arquitectura típica y la mística propia de los pueblos de leyenda, la convierte en un lugar de sueños. “Tierra de oportunidades” la llaman algunos que llegaron hasta sus costas para hacer la Ushuaia. Sin embargo, la simple recorrida por las laderas de los cerros que la rodean, a pocas cuadras del centro, permite descubrir una realidad cruenta.
Centenares de familias sobreviven en asentamientos donde la miseria compite palmo a palmo con el frío por transformarse en la peor de las pesadillas. “El hambre se siente más cuando el termómetro marca diez grados bajo cero”, reflexiona Milton, un joven migrante llegado desde la altura de La Paz hace dos años. Junto a su familia, habita una precaria vivienda construida en medio de la turba helada con cartones, nailon y maderas. Eso sí: la vista al canal, con la isla Navarino de fondo, es una panorámica digna de un cantón suizo. Ajenos a la belleza del paisaje, los dos pequeños hijos de Milton lloran –¿será el frío que cala hondo en los huesos o las pancitas vacías? Milton se permite observar el paisaje más bello que sus ojos hayan podido ver en toda su vida. Y se consuela pensando que su suerte podía ser peor. Villa 31, Buenos Aires, octubre de 2009. “Mamá tengo hambre”, reclama el pequeño Andrés mientras mira con sus ojos pardos a la señora que remueve la enorme olla donde se cocina una boloñesa magra de carne picada. Tres palabras que se clavan como dagas en la conciencia de Marisa, ex empleada de un call center, recientemente separada, quien hasta hace seis meses vivía en un departamento de tres ambientes del barrio de Almagro.
Su marido se quedó sin trabajo, se separaron y ahora vive en la villa y casi no tiene qué darle de comer a su hijo, se siente muy humillada, Marisa tiene lágrimas en los ojos, no está acostumbrada a esta vida pero parece que sólo le queda la resignación. Los comedores comunitarios de la ciudad de Buenos Aires volvieron a estar atestados de personas con hambre que no tienen para comer. “Desde 2002 que no teníamos tanta concurrencia, estamos hablando del doble de gente que venía el año pasado”, detalla Gerardo, encargado de uno de los lugares de la Villa 31 donde diariamente asisten unas 500 personas a buscar la única ración de comida con la que se alimentarán durante la jornada. Uno de cada diez argentinos se levanta cada mañana sin saber si podrá conseguir o no algo para comer y compartir con su familia.
El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo viene denunciando desde hace rato que unos veinticinco niños se mueren de hambre todos los días en un país hecho de pan. Son cuatro veces más asesinatos que los que produce la ola de inseguridad. Sí, escuchó bien, asesinatos. Porque el hambre es un crimen y tenemos que detener este genocidio, antes de que sea demasiado tarde.
¿En la Argentina?
Dr. José Carlos Escudero
¿Hambre? ¿En la Argentina, donde se producen nueve veces más calorías alimentarias que las que necesita su población? Ante esta abundancia de alimentos la existencia masiva de hambre en Argentina, que aparentemente ha aumentado en las últimas décadas, genera una pregunta fundamental: ¿por qué se permite que esto suceda? Como comentario que acompaña a esta pregunta, y ante lo que piensan sobre el hambre tantos Mediáticos Opinantes, digamos que mencionar el hambre que sufrimos y decir que uno se opone a eso es una frivolidad o una hipocresía salvo que también el Mediático Opinante analice, aunque sea brevemente, lo que entiende son las causas de esta monstruosidad; y que este análisis –imprescindible para corregir la situación– tenga tanta presencia en los medios como la bien pensante pero descomprometida declaración inicial. También deberían aparecer en los medios todas las consecuencias del hambre y no sólo algunas pocas muertes impactantes; debería aparecer el empobrecimiento vital de millones de argentinos: las bajas estaturas, las anemias, la reducción del cociente intelectual, la lentitud de los aprendizajes y la muerte prematura de miles de niños.
Las propuestas de los Opinantes sobre causas y políticas para combatir el hambre –si llegan a hacerlas- deberían también discutirse junto con otras propuestas que los medios silencian; para que todas ayuden a movilizar a la clase política, tan afecta ella a repetir abstracciones vacías o imprecisas sobre el hambre, y tan reacia a enfrentar a poderes concretos en nuestra sociedad si se trata de combatirla. Los gobiernos argentinos oligárquicos y positivistas de finales del siglo XIX, tras desalojar con una limpieza étnica a los habitantes originarios de la Pampa Húmeda , aprovecharon esta parte del territorio, privilegiada por la naturaleza como pocas en el mundo para producir alimentos, para cultivar granos y criar ganado domesticado para el consumo interno y para la exportación. Esto mejoró el nivel alimentario del promedio del país y también el de los países, casi todos europeos, hacia los que se dirigían las exportaciones. Esa época configuró la era dorada en que Argentina festejó su primer centenario, que despierta hoy recuerdos nostálgicos entre algunos de los actuales herederos políticos de los oligarcas de esa época. Sin embargo ese modelo no era sustentable a largo plazo.
Era para pocos: “el campo” absorbe poca mano de obra y el conjunto de la población dedicada a otra cosa no recibía los beneficios indirectos de esa riqueza concentrada en manos que carecían de deseos de redistribuirla. La solución para la Argentina de esta incapacidad del modelo agroexportador de generar trabajo masivamente fueron la industrialización y luego los servicios. Ambos dependen de una capacidad de consumo más o menos masiva por parte de la sociedad. Ambos son generadores de mano de obra, complejizadores del imaginario de la sociedad y generadores de saberes diversificados. El primer peronismo, entre los años 1946 y 1955, derrocado en parte por el sector agropecuario, completó con éxito esta transición del “campo” a “la industria”, fundando de paso un “estado benefactor” en las improbables latitudes del cono sur, tan lejos de la “seria”, central y civilizada Europa a la que la gente admiraba y que estaba haciendo lo mismo. Para realizar esto –cosa impensable en estos tiempos– Perón tuvo éxito en expropiar una parte muy importante de la renta del “campo” y transferirla a la industria y a los servicios. En la actualidad todo indica que la Pampa Húmeda comenzó a recibir hace unos pocos años la revolución productiva de granos transgénicos y el paquete tecnológico –siembra directa, fertilizantes, plaguicidas– que los acompaña.
Los rendimientos de las cosechas y los beneficios aumentaron de manera espectacular, pero aquí aparece una primera respuesta a la aparente paradoja inicial que indica que en la Argentina, mucha producción agrícola acompaña a mucha hambre. Con los transgénicos, no se prioriza la producción de alimento para consumo humano sino de forrajes que luego son consumidos como “alimentos balanceados” por vacas, cerdos y pollos. No hay razones científicas para esto: criar y luego consumir animales alimentados así produce dietas demasiado proteicas, con bajos residuos, con gran pérdida de calorías alimentarias y –como lo demuestra la gripe porcina– en condiciones sanitarias peligrosas. De hecho el “modelo sojero”, siendo todo lo demás igual, tiende a aumentar la desnutrición humana en la Argentina, independientemente de su daño ecológico a largo plazo: aumenta el desempleo y por ende la pobreza, y se expulsa “del campo” a productores de alimentos para consumo humano directo.
En el mundo, hoy, se produce el doble de calorías alimentarias que las que necesita la población, con lo que se podría producir a escala mundial bastante menos si el objetivo es bajar el hambre en el planeta, hoy en aumento, debido a la crisis mundial si lo producido se destinara a consumo humano y no a forrajes. El oxígeno, esencial para la vida, es gratis, no se lo puede comercializar, no puede de este modo configurar una mercancía. El alimento es una mercancía apropiable, vendible. Si los pobres no ganan lo suficiente no lo pueden comprar en la cantidad y con la calidad que las ciencias de la nutrición establecen. De esto se trata la pobreza en la Argentina. La destrucción del estado de bienestar argentino a partir de 1976 convirtió al país en un Estado más pobre y más desigual e injusto, con mucha más diferencia entre pobres y ricos. Son los primeros quienes padecen hambre, quienes son más vulnerables a las enfermedades, les quita peso al nacer, estatura y dientes en la boca y les dificulta la absorción de contenidos culturales. Entre 1975 y 2001 la pobreza en la Argentina aumentó siete veces, la indigencia, es decir, la pobreza extrema, aumentó doce veces.
Las dos causas más importantes de esto fueron la destrucción de la industria y la especulación financiera en la época de los militares y Martínez de Hoz y las privatizaciones, la precarización laboral y el aumento del desempleo bajo la gestión de Carlos Menem y Domingo Cavallo. Cabe recordar que la Iglesia Católica argentina, cuya actual preocupación por el hambre es siempre conmovedora, defendió el golpe de 1976 mucho más abiertamente que sus pares de Brasil, Chile y Uruguay los golpes en sus respectivos países; y que tuvo mejores relaciones con Carlos Menem que con ningún otro presidente constitucional. El punto máximo de pobreza y hambre en Argentina se dio en 2001, cuando explotó la burbuja de la convertibilidad. ¿Cómo pueden alimentarse los pobres, si no pueden comprar los alimentos que necesitan? Algún darwinista social puede pensar que si no pueden ni siquiera hacer esto es porque son perdedores que no merecen sobrevivir, pero esto ha dejado de decirse en público. Una solución sería que no hubiera más pobres, lo que nos lleva inmediatamente a plantear políticas de redistribución del ingreso nacional que los beneficie. Aquí se configura un problema: ¿de dónde saca poder político un gobierno argentino que desee esto y quiera implementarlo? Sirve para reflexionar el escaso éxito que ha tenido Barack Obama en EE.UU. para disminuir la brecha entre pobres y ricos que ha alcanzado en ese país dimensiones latinoamericanas pese a que EE.UU. es un país central, mucho más rico que la Argentina, con una sociedad civil presuntamente más estable.
¿Cuáles son las perspectivas para la Argentina, país periférico, desestabilizable, con frescos recuerdos de groseras violaciones a derechos humanos? El sistema impositivo argentino es una vergüenza: después de pagar impuestos un pobre se empobrece más, un rico se enriquece más. A los Opinantes que recitan discursos vacíos sobre el hambre se les debería preguntar: ¿desea usted aumentar las cargas impositivas generales de la Argentina, que son ahora inferiores a las de Brasil, no digamos a las de Europa? Si la respuesta es afirmativa: para esto, ¿desea aumentar el IVA o cobrar más impuestos a los ricos? A éstos no les gusta pagar impuestos. Los Opinantes sobre el hambre saben muy bien que los ricos controlan mucho poder, que manejan todos los medios donde ellos opinan y que pagan muchas campañas políticas.
Empachados de hambre
Reynaldo Sietecase
¿Alguna vez revolviste una bolsa de basura buscando comida?
¿Comiste una fruta o un pedazo de pollo frío recién rescatado de un tacho de residuos?
¿Te desmayaste de hambre alguna vez?
¿Se puede hablar del hambre sin haberla sufrido? Se puede, pero no es lo mismo.
¿Tiene sentido volver a escribir sobre el hambre? Sí, pero no alcanza.
Para comer de la basura sin que el asco te espante hay que tener hambre de verdad.
Sentir en el cuerpo ese malestar profundo que rompe todas las inhibiciones y las barreras. Para comer de la basura hay que estar empachado de hambre.
4 millones de argentinos tienen problemas para alimentarse.
10 por ciento de la población se levanta cada mañana sin saber si podrá conseguir comida para su familia. (Estos datos surgen de estimaciones privadas ya que los últimos datos oficiales son de 2004).
1.861.831 menores no tienen los recursos suficientes para satisfacer sus necesidades básicas. 2.300.000 indigentes no tienen garantizada la comida diaria. 8 niños mueren por día por causas vinculadas con la desnutrición (información brindada por la Red Solidaria).
1.000 millones de personas pasan hambre en todo el mundo de acuerdo con una medición de Naciones Unidas. Los números no sorprenden, no dicen nada. Todas estas cifras sobre el hambre se publicaron últimamente en distintos medios gráficos de la Argentina y todo sigue su curso, como si nada.
Los lectores los pasaron rápido entre tostada y tostada. Dieron vuelta la hoja del diario y listo, allí se toparon con otras noticias más importantes como los barrabravas que se matan entre sí o las desventuras de la Selección nacional. Las cifras del hambre sólo duran unos segundos de indignación. Los números por sí solos no dicen nada. El hambre tiene nombre y apellido. El hambre tiene cara. Barbarita Flores tenía 9 años en 2002.
Los argentinos no conocían su existencia hasta que se desmayó de hambre en su escuela del barrio ATE de San Miguel de Tucumán. María Julia Oliván fue la cronista que mostró por primera vez la carita desconsolada de Bárbara y la cruel realidad en la que vivía junto a sus siete hermanos. Hacinados y sin cloacas. Cuando se desvaneció la nena llevaba 24 horas sin comer. Apenas había tomado un mate cocido. Aquella nota conmovió al país. Hizo que llegara ayuda para su familia y motivó la preocupación de las autoridades. También le permitió a su papá obtener un trabajo. La nota desnudó una historia de la Argentina profunda, una historia de tantas. Reveló también la inacción oficial ante esa tragedia cotidiana.
Marcas invisibles
En la última campaña electoral todos los candidatos propusieron algún tipo de plan para mitigar el hambre entre los niños argentinos. Con distinto grado de indignación, desde la izquierda a la derecha, desde los más liberales hasta los más conservadores, rechazaron la idea de que en un país que produce comida para millones existan niños con problemas de alimentación. Siempre hubo proyectos en el Parlamento nacional para frenar la pobreza y el hambre. En el Gobierno dicen que el dinero no alcanza y que el esfuerzo económico es superior a las posibilidades.
¿El hambre vino con Colón?
En la Argentina hay treinta pueblos indígenas y más de 600 mil personas se reconocen como tales. Un cuarto de esos hogares tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Muchos niños mbyá-guaraní, wichís y de otras etnias pasan hambre. La situación sanitaria en los hogares indígenas hace que las diarreas, las infecciones respiratorias y la parasitosis, todas enfermedades curables, se conviertan en fatales para los recién nacidos. Unicef lanzó la Campaña por los Derechos de la Niñez y la Adolescencia Indígena para crear conciencia sobre estos niños que viven lejos de los centros urbanos, sin documentos, sin asistencia sanitaria, sin escuelas bilingües, discriminados y sin respeto a sus costumbres y tradiciones. El hambre de los antiguos dueños de la tierra tiene relación directa con la llegada del hombre blanco al continente americano. “Ya no hay montes, no hay animales para cazar, ni frutos del río, ni tierras para sembrar”, se quejan. Samuel Ruiz, obispo de Chiapas, en pleno furor mediático por el levantamiento zapatista en México declaró: “Los indígenas están un escalón más abajo que los más pobres de los pobres. Y parece que a nadie le importa eso”.
En Argentina ocurre lo mismo. La mayoría de las personas reconoce que haría cualquier cosa por sus hijos. Pero les cuesta aceptar que el hambre pueda ser un motor del delito. En Argentina los pobres y hambrientos no delinquen. ¿Con qué fuerzas? Sólo les queda esperar tendidos mientras la comida les pasa por delante de sus ojos. Aún así, todavía suelen escucharse algunas voces que dicen “En la Argentina no come el que no quiere”. ¿Cómo puede ser posible tanta hipocresía? En Argentina, donde se producen alimentos para dar de comer a cientos de millones de personas, 25 niños menores de un año mueren por día. Sólo en la Ciudad de Buenos Aires, ocho niños mueren por día antes de su primer cumpleaños. Bajo las doradas galerías de la Avenida Alem, en pleno centro porteño, una veintena de chicos se acomoda sobre cartones para pasar la noche. Recostados en hilera, aspiran pegamento con las miradas perdidas en el cielo. A metros de la Casa de Gobierno y de la Plaza de Mayo, un bebé recién nacido llora buscando el pecho de su madre adolescente que revuelve la basura en busca de comida.
¿Quién me robó mi niñez?
En la madrugada del 11 de diciembre de 2008, un cartonero encontró el cadáver de un niño de unos tres años mientras hurgaba en un contenedor del barrio porteño de Constitución, a menos de dos mil metros de la Casa de Gobierno. El cuerpo estaba envuelto en una frazada y presentaba fuertes signos de desnutrición. Según informaron las fuentes de la investigación, en los días posteriores al hallazgo no se registraron denuncias sobre la pérdida del niño lo que hacía suponer que había sido depositado en el basurero por algún familiar o conocido. Un día después de que apareciera el cuerpo sin vida de este niño sin nombre, al que seguramente nunca hamacaron en una plaza, la noticia desapareció de los medios de prensa. Dos semanas después, una organización no gubernamental del Partido de La Matanza en el Gran Buenos Aires denunció que en el Mercado Central, más de 200 chicos de entre 8 y 13 años se prostituyen para poder comer.
Según la denuncia, entre los que obligan a los niños a vender su cuerpo por comida, hay changarines, efectivos de seguridad privada, comerciantes, camioneros, policías y hasta directivos del Mercado de La Matanza, principal centro comercializador de frutas y verduras del país que abastece a más de 11 millones de personas. Pasan los días, los meses y los años y nada cambia. Mientras tanto, cada niño que muere es irremplazable y los que sobreviven mal alimentados sufren daños irreparables. El hambre tiene consecuencias devastadoras en la infancia: las conexiones interneuronales no terminan de conformarse y eso provoca retrasos graves e irreversibles. No sólo se trata de chicos más bajitos y panzones. El hambre deja marcas invisibles pero terribles.
Cartografía de la desnutrición
Cientos de cruces de madera adornadas con guirnaldas de flores de todos colores brillan con la luz del sol en un cementerio de la quebrada de Humahuaca. "Se ha ido un angelito" dicen en el Norte cuando se muere un bebé y toda la gente va al velatorio vestida de blanco. En la provincia de Formosa, las familias de 24 bebés por mil nacidos vivos los entierran antes de poder festejarles su primer año de vida. En Chaco mueren 18 bebés cada mil y en Misiones y Jujuy la tasa se eleva a 17 por mil. La falta de alimentación está sumada a las condiciones de vida: la carencia de agua potable y de desagües cloacales favorecen la aparición de enfermedades infecciosas como la diarrea o la parasitosis que, en edades tempranas, provocan la muerte. En los departamentos de Cochinoca, Santa Catalina, Susques, Rinconada y Yavi de la Puna jujeña, casi la mitad de los niños tiene bajo peso.
A esta región le sigue la Quebrada -departamentos de Tumbaya, Tilcara y Humahuaca- con el 19,4% y la región de los Valles -departamentos de San Antonio y El Carmen- con el 9,8%. Los grandes medios nacionales se ocuparán del tema sólo cuando les llegue una fotografía conmovedora. Jujuy, en tanto, es la provincia argentina que más planes asistenciales reparte. La acción social dirigida sirve sólo a pequeños grupos, a algunas organizaciones y a los dirigentes de esas organizaciones que se convierten en millonarios teniendo a los pobres como mercancía. A fines de 2008, el Gobierno nacional anunció una disminución en el índice de pobreza del 23,4% al 20,7%. Los ocho millones de pobres de los datos oficiales contrastaron mucho con los 20 millones de argentinos que según diferentes estudios privados viven bajo la línea de pobreza.
Riquezas naturales en la cuenca del Plata
El territorio de la República Argentina es el segundo más grande de América del Sur y el octavo en extensión de la Tierra. Tiene 3.694 kilómetros de largo de Norte a Sur y 1.423 kilómetros de Este a Oeste. Además posee 4.665 kilómetros de costa. La zona del océano Atlántico sobre la plataforma continental es inusualmente ancha y se la denomina Mar Argentino; bajo su superficie hay importantes recursos pesqueros y petrolíferos. En la actualidad, Argentina es la tercera potencia en materia económica de América Latina, superada por Brasil y México. La producción de alimentos provenientes de la agricultura y la ganadería es uno de los ejes de la economía argentina. Por otra parte, el país posee una considerable riqueza petrolífera, minera y gasífera. Los principales yacimientos de petróleo se encuentran en la Provincia de Neuquén y los recursos mineros se concentran en las provincias cordilleranas a lo largo de 4.500 Kilómetros.
Sin embargo, mediante reformas constitucionales, leyes y decretos, los sucesivos gobiernos nacionales desde 1880 hasta la actualidad, han permitido que las compañías transnacionales saqueen los recursos naturales. La renta que se llevan es superior a los 20 mil millones de dólares anuales, cifra que supera ampliamente lo que se necesitaría para acabar con el hambre en Argentina. Las estadísticas arrojan datos sobre los niños que sufren pobreza y hambre en Argentina, pero rara vez consideran a los sobrenutridos con obesidad o sobrepeso que también padecen la pobreza. Los últimos datos disponibles señalan un sobrepeso de 10,8% en menores de un año y de 10,3% en el grupo de 1 a 6 años. Entre los acortados nutricionales por pobreza crónica hay dos tipos de carencias: la falta de alimentos, que los hace bajitos, y la dieta a base de harinas, que los hace gordos. Estar sobrenutrido no es un indicador de bienestar sino que por el contrario, se traduce en graves enfermedades en adolescentes y adultos: hipertensión, hipercolesterolemia, diabetes y accidentes cerebrovasculares. Argentina es uno de los primeros países del mundo en índices de muertes por estas enfermedades.
Democracia de la exclusión
En este país, donde para tantos niños vivir o morir depende del lugar de nacimiento, marcados casi como un designio divino desde la cuna, son pocos los adolescentes que creen en la democracia. Sólo el 35% de los niños y adolescentes confían en la democracia. Así lo informó un estudio realizado por el Ministerio de Educación de la Nación a fines de 2008. El análisis, llevado a cabo por el Programa Escuela y Medios, se hizo entre mil alumnos de 11 a 15 años de escuelas públicas de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe y Chubut. Argentina produce alimentos suficientes como para dar de comer a varios cientos de millones de personas, posee un alto índice de Producto Bruto Interno per capita y un elevado desarrollo científico y tecnológico. En las entrañas de su tierra hay petróleo, gas, oro y plata. El acuífero Guaraní, compartido con Brasil, Paraguay y Uruguay, es una de las reservas de agua potable más importantes del mundo. Sus campos se extienden hasta donde la vista no alcanza, rebozantes de cultivos y hacienda de todo tipo. ¿Qué es lo que se está haciendo tan mal para que Argentina, con tanta riqueza para donde se mire, no encuentre la manera de dejar de ser un país de “muertos de hambre”.
Esta largo, pero vale la pena leerlo, es una dosis de realidad entre tanta mierda politica y lindos discursos de los ricos !
Si no queres enterarte, no pasa nada, pero despues no te quejes !
Hipocresia nacional... los muertos del hambre en Argentina
Muchos se preguntan cómo es que en un país como Argentina, productor de alimentos por excelencia, existe pobreza extrema y desnutrición. En principio suena inconcebible que, en un país que produce alimentos para aproximadamente tres veces la cantidad de personas que viven en él, aún hoy muchos mueren de hambre. Aunque si se piensa sólo un poco sobre el tema, la respuesta sale a la luz; el gran problema argentino y latinoamericano por excelencia es la “mala distribución de la riqueza”.
Latinoamérica es la zona más desigual del mundo y Argentina no está exenta para nada de esta realidad. Si hay alimentos para todos y no todos tienen la suerte de estar bien alimentados la ecuación es fácil, hay pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco o que no tienen nada. Y esta es una lógica devastadora que en Argentina comenzó a profundizarse con la última dictadura militar y mantuvo su apogeo con las políticas neoliberales de la década del los 90 y recién en la post crisis del 2001 se intentó hacer algo para revertir esta situación. Evidentemente, sólo se intentó, pero no se hizo. Lamentablemente la pobreza en Argentina es estructural, existió siempre y se agravó a partir de 1990.
Las políticas de desregularización de la economía sólo incrementaron la diferencia social. Los sectores industriales y de servicios públicos, principales generadores de empleo en el país, fueron los que más sufrieron con esta ola privatizadora. La flexibilización laboral y la hiper desocupación hicieron que muchas personas quedaran marginadas del sistema o trabajen por salarios de hambre en jornadas inhumanas. Empresas extranjeras y algunos sectores de la burguesía nacional se beneficiaron con la mano de obra barata y la renta extraordinaria que proponía un sector político orientado a favorecer el capitalismo trasnacional y despreocupado por las consecuencias sociales.
Argentina, además de ser un productor de alimentos en forma de materias primas, también es un exportador de estos productos. El problema es que al exportar este tipo de materias, que no producen valor agregado, en el país es no se genera empleo y son solamente las clases productoras las que se benefician. En estos conceptos estaría el principio de la respuesta a la pregunta de por qué existe muerte por hambre y desnutrición en un país donde se produce mucho más alimento de lo que necesitan sus habitantes.
Crónicas del hambre en un país hecho de pan
Mauro Federico
Salta, junio de 2009. Una pequeña mujer, enfundada en un guardapolvo blanco y sentada en su minúsculo escritorio del viejo Hospital de Niños de Salta –hoy privatizado luego del violento desalojo de sus pequeños pacientes y de todo su personal–, le muestra a un cronista la imagen de dos criaturas apoyadas contra una pared blanca. “Ves, estos dos chiquitos tienen seis años, son hermanos mellizos y fueron separados al nacer, uno creció en una familia de clase media y está bien alimentado; el otro vive en los barrios más pobres de la ciudad y come salteado”. La diferencia de tamaño es notable. El más robusto mide unos 20 centímetros más que su hermano, que parece dos o tres años menor.
“Son cada vez más los salteñitos a los que les falta olla”, explica la doctora Gladys Pernas, quien fuera responsable de un desmantelado servicio de recuperación nutricional que funcionaba dentro del ex hospital Niño Jesús de Praga. Además de la belleza indiscutible de sus paisajes, Salta tiene el privilegio natural de contar con uno de los yacimientos petrolíferos y gasíferos más importantes de la región, lo que debería haberla convertido en una de las provincias más ricas de la Argentina. Sin embargo, es uno de los distritos donde la mortalidad infantil por causas evitables y la pobreza han calado más hondo en los últimos veinte años. No se puede entender que con tanta riqueza haya tantos chicos mal alimentados; nuestros gobernantes deberían tomar conciencia de que el hambre de hoy representa el mayor embargo para el futuro de una nación.
Entre los médicos salteños se acuñó la expresión “enanos nutricionales” para definir a los niños que no desarrollan una estatura normal por no haberse alimentado adecuadamente. Resistencia, julio de 2009. “Me gustaría tener un telescopio para poder mirar las estrellas”. Iván se ilusiona. Postrado en su catre, víctima de una enfermedad congénita que debilita su columna vertebral y le impide desarrollar la musculatura que lo sostenga erguido, el chico de 16 años tiene otra desgracia invalidante: está desnutrido. La imagen impresiona al cronista. También el gobernador de la provincia del Chaco Jorge Capitanich, que se sorprende al ver la imagen del chico. “¿Dónde vive este chico?”, pregunta, con desesperación. “Acá nomás, a veinte cuadras de la Casa de Gobierno”. Y al hombre se le llena la cara de vergüenza. La avenida Soberanía divide las dos realidades que coexisten en la capital chaqueña. De un lado, la trama urbana donde viven unas 250 mil personas. Del otro, unas 25 mil familias que se desparraman a lo largo de un corredor de 24 kilómetros de asentamientos que rodea la ciudad de Resistencia.
Los nacidos en Chaco tienen una expectativa de vida de 69 años, seis menos que el promedio del resto del país. Los últimos indicadores oficiales a nivel nacional colocan la mortalidad infantil chaqueña por encima de los 21,2 cada mil nacidos vivos. “Recibimos muchos pacientes con desnutrición de primer grado, que es la que está originada por la mala alimentación. Estos chicos están más expuestos a parasitosis, insuficiencias renales o enfermedades respiratorias como la bronquiolitis o la neumonía”, cuenta la doctora Griselda Spezzati, pediatra que dirige el Centro de Salud de la Villa Don Alberto, el barrio donde Iván, de 16 años, sobrevive con apenas 18 kilogramos de peso. Gridelda Spezzati detalla que “la dieta diaria que consumen los niños es insuficiente y se compone fundamentalmente de hidratos de carbono, lo que genera problemas de malnutrición por tratarse de un exceso de hidratos de carbono y una falta de vitaminas y proteínas”. Corrientes, agosto de 2009.
“En los últimos seis meses, se duplicó la gente que viene a comer, ya no damos abasto”, relata Carlos, encargado de uno de los 60 comedores comunitarios que rodean la capital correntina. Este trabajador estatal entendió que la solidaridad era la única forma de calmar su conciencia, esa que le impide disfrutar de sus magros 1.800 pesos mensuales de jubilación y de su humilde casita de material mientras a su alrededor centenares de comprovincianos se mueren de hambre. “El gobierno no nos manda materia prima como para alimentar a tantas personas, estamos pidiendo a las empresas que nos donen carne y verduras porque no nos alcanza”, se queja el hombre, mientras revuelve la enorme olla curtida por las llamaradas que brotan de los troncos de encina encendidos con los que cocina un guiso carrero. “Ni siquiera nos mandan garrafas, tenemos que hacer fuego nosotros con lo que encontramos en el monte”, replica. Chicos, madres embarazadas, ancianos, con cacharros y recipientes plásticos en mano, esperan que el cucharón de madera de la cocinera les vuelque esa mezcla de verduras, caldo y fideos, con vestigios cárnicos que humea en el fuego. Son las 11 de la mañana, está fresco. Contrariando los consejos del doctor Cormillot –“hay que comer al menos seis veces por día”–, ninguno de los desesperados comensales desayunó. “Gracias a Dios que está don Carlos, porque si no mi familia se muere de hambre”, dice con vergüenza Julia que viene a buscar la comida para sus seis hijos. “Esto es lo único que nos metemos en la panza en el día, a la noche, mate cocido y a la cama”, se lamenta la mujer. Ushuaia, septiembre de 2009. La capital más austral del mundo es una ciudad de postal. La fórmula paisajística cordillera nevada-canal de Beagle, combinada con una arquitectura típica y la mística propia de los pueblos de leyenda, la convierte en un lugar de sueños. “Tierra de oportunidades” la llaman algunos que llegaron hasta sus costas para hacer la Ushuaia. Sin embargo, la simple recorrida por las laderas de los cerros que la rodean, a pocas cuadras del centro, permite descubrir una realidad cruenta.
Centenares de familias sobreviven en asentamientos donde la miseria compite palmo a palmo con el frío por transformarse en la peor de las pesadillas. “El hambre se siente más cuando el termómetro marca diez grados bajo cero”, reflexiona Milton, un joven migrante llegado desde la altura de La Paz hace dos años. Junto a su familia, habita una precaria vivienda construida en medio de la turba helada con cartones, nailon y maderas. Eso sí: la vista al canal, con la isla Navarino de fondo, es una panorámica digna de un cantón suizo. Ajenos a la belleza del paisaje, los dos pequeños hijos de Milton lloran –¿será el frío que cala hondo en los huesos o las pancitas vacías? Milton se permite observar el paisaje más bello que sus ojos hayan podido ver en toda su vida. Y se consuela pensando que su suerte podía ser peor. Villa 31, Buenos Aires, octubre de 2009. “Mamá tengo hambre”, reclama el pequeño Andrés mientras mira con sus ojos pardos a la señora que remueve la enorme olla donde se cocina una boloñesa magra de carne picada. Tres palabras que se clavan como dagas en la conciencia de Marisa, ex empleada de un call center, recientemente separada, quien hasta hace seis meses vivía en un departamento de tres ambientes del barrio de Almagro.
Su marido se quedó sin trabajo, se separaron y ahora vive en la villa y casi no tiene qué darle de comer a su hijo, se siente muy humillada, Marisa tiene lágrimas en los ojos, no está acostumbrada a esta vida pero parece que sólo le queda la resignación. Los comedores comunitarios de la ciudad de Buenos Aires volvieron a estar atestados de personas con hambre que no tienen para comer. “Desde 2002 que no teníamos tanta concurrencia, estamos hablando del doble de gente que venía el año pasado”, detalla Gerardo, encargado de uno de los lugares de la Villa 31 donde diariamente asisten unas 500 personas a buscar la única ración de comida con la que se alimentarán durante la jornada. Uno de cada diez argentinos se levanta cada mañana sin saber si podrá conseguir o no algo para comer y compartir con su familia.
El Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo viene denunciando desde hace rato que unos veinticinco niños se mueren de hambre todos los días en un país hecho de pan. Son cuatro veces más asesinatos que los que produce la ola de inseguridad. Sí, escuchó bien, asesinatos. Porque el hambre es un crimen y tenemos que detener este genocidio, antes de que sea demasiado tarde.
¿En la Argentina?
Dr. José Carlos Escudero
¿Hambre? ¿En la Argentina, donde se producen nueve veces más calorías alimentarias que las que necesita su población? Ante esta abundancia de alimentos la existencia masiva de hambre en Argentina, que aparentemente ha aumentado en las últimas décadas, genera una pregunta fundamental: ¿por qué se permite que esto suceda? Como comentario que acompaña a esta pregunta, y ante lo que piensan sobre el hambre tantos Mediáticos Opinantes, digamos que mencionar el hambre que sufrimos y decir que uno se opone a eso es una frivolidad o una hipocresía salvo que también el Mediático Opinante analice, aunque sea brevemente, lo que entiende son las causas de esta monstruosidad; y que este análisis –imprescindible para corregir la situación– tenga tanta presencia en los medios como la bien pensante pero descomprometida declaración inicial. También deberían aparecer en los medios todas las consecuencias del hambre y no sólo algunas pocas muertes impactantes; debería aparecer el empobrecimiento vital de millones de argentinos: las bajas estaturas, las anemias, la reducción del cociente intelectual, la lentitud de los aprendizajes y la muerte prematura de miles de niños.
Las propuestas de los Opinantes sobre causas y políticas para combatir el hambre –si llegan a hacerlas- deberían también discutirse junto con otras propuestas que los medios silencian; para que todas ayuden a movilizar a la clase política, tan afecta ella a repetir abstracciones vacías o imprecisas sobre el hambre, y tan reacia a enfrentar a poderes concretos en nuestra sociedad si se trata de combatirla. Los gobiernos argentinos oligárquicos y positivistas de finales del siglo XIX, tras desalojar con una limpieza étnica a los habitantes originarios de la Pampa Húmeda , aprovecharon esta parte del territorio, privilegiada por la naturaleza como pocas en el mundo para producir alimentos, para cultivar granos y criar ganado domesticado para el consumo interno y para la exportación. Esto mejoró el nivel alimentario del promedio del país y también el de los países, casi todos europeos, hacia los que se dirigían las exportaciones. Esa época configuró la era dorada en que Argentina festejó su primer centenario, que despierta hoy recuerdos nostálgicos entre algunos de los actuales herederos políticos de los oligarcas de esa época. Sin embargo ese modelo no era sustentable a largo plazo.
Era para pocos: “el campo” absorbe poca mano de obra y el conjunto de la población dedicada a otra cosa no recibía los beneficios indirectos de esa riqueza concentrada en manos que carecían de deseos de redistribuirla. La solución para la Argentina de esta incapacidad del modelo agroexportador de generar trabajo masivamente fueron la industrialización y luego los servicios. Ambos dependen de una capacidad de consumo más o menos masiva por parte de la sociedad. Ambos son generadores de mano de obra, complejizadores del imaginario de la sociedad y generadores de saberes diversificados. El primer peronismo, entre los años 1946 y 1955, derrocado en parte por el sector agropecuario, completó con éxito esta transición del “campo” a “la industria”, fundando de paso un “estado benefactor” en las improbables latitudes del cono sur, tan lejos de la “seria”, central y civilizada Europa a la que la gente admiraba y que estaba haciendo lo mismo. Para realizar esto –cosa impensable en estos tiempos– Perón tuvo éxito en expropiar una parte muy importante de la renta del “campo” y transferirla a la industria y a los servicios. En la actualidad todo indica que la Pampa Húmeda comenzó a recibir hace unos pocos años la revolución productiva de granos transgénicos y el paquete tecnológico –siembra directa, fertilizantes, plaguicidas– que los acompaña.
Los rendimientos de las cosechas y los beneficios aumentaron de manera espectacular, pero aquí aparece una primera respuesta a la aparente paradoja inicial que indica que en la Argentina, mucha producción agrícola acompaña a mucha hambre. Con los transgénicos, no se prioriza la producción de alimento para consumo humano sino de forrajes que luego son consumidos como “alimentos balanceados” por vacas, cerdos y pollos. No hay razones científicas para esto: criar y luego consumir animales alimentados así produce dietas demasiado proteicas, con bajos residuos, con gran pérdida de calorías alimentarias y –como lo demuestra la gripe porcina– en condiciones sanitarias peligrosas. De hecho el “modelo sojero”, siendo todo lo demás igual, tiende a aumentar la desnutrición humana en la Argentina, independientemente de su daño ecológico a largo plazo: aumenta el desempleo y por ende la pobreza, y se expulsa “del campo” a productores de alimentos para consumo humano directo.
En el mundo, hoy, se produce el doble de calorías alimentarias que las que necesita la población, con lo que se podría producir a escala mundial bastante menos si el objetivo es bajar el hambre en el planeta, hoy en aumento, debido a la crisis mundial si lo producido se destinara a consumo humano y no a forrajes. El oxígeno, esencial para la vida, es gratis, no se lo puede comercializar, no puede de este modo configurar una mercancía. El alimento es una mercancía apropiable, vendible. Si los pobres no ganan lo suficiente no lo pueden comprar en la cantidad y con la calidad que las ciencias de la nutrición establecen. De esto se trata la pobreza en la Argentina. La destrucción del estado de bienestar argentino a partir de 1976 convirtió al país en un Estado más pobre y más desigual e injusto, con mucha más diferencia entre pobres y ricos. Son los primeros quienes padecen hambre, quienes son más vulnerables a las enfermedades, les quita peso al nacer, estatura y dientes en la boca y les dificulta la absorción de contenidos culturales. Entre 1975 y 2001 la pobreza en la Argentina aumentó siete veces, la indigencia, es decir, la pobreza extrema, aumentó doce veces.
Las dos causas más importantes de esto fueron la destrucción de la industria y la especulación financiera en la época de los militares y Martínez de Hoz y las privatizaciones, la precarización laboral y el aumento del desempleo bajo la gestión de Carlos Menem y Domingo Cavallo. Cabe recordar que la Iglesia Católica argentina, cuya actual preocupación por el hambre es siempre conmovedora, defendió el golpe de 1976 mucho más abiertamente que sus pares de Brasil, Chile y Uruguay los golpes en sus respectivos países; y que tuvo mejores relaciones con Carlos Menem que con ningún otro presidente constitucional. El punto máximo de pobreza y hambre en Argentina se dio en 2001, cuando explotó la burbuja de la convertibilidad. ¿Cómo pueden alimentarse los pobres, si no pueden comprar los alimentos que necesitan? Algún darwinista social puede pensar que si no pueden ni siquiera hacer esto es porque son perdedores que no merecen sobrevivir, pero esto ha dejado de decirse en público. Una solución sería que no hubiera más pobres, lo que nos lleva inmediatamente a plantear políticas de redistribución del ingreso nacional que los beneficie. Aquí se configura un problema: ¿de dónde saca poder político un gobierno argentino que desee esto y quiera implementarlo? Sirve para reflexionar el escaso éxito que ha tenido Barack Obama en EE.UU. para disminuir la brecha entre pobres y ricos que ha alcanzado en ese país dimensiones latinoamericanas pese a que EE.UU. es un país central, mucho más rico que la Argentina, con una sociedad civil presuntamente más estable.
¿Cuáles son las perspectivas para la Argentina, país periférico, desestabilizable, con frescos recuerdos de groseras violaciones a derechos humanos? El sistema impositivo argentino es una vergüenza: después de pagar impuestos un pobre se empobrece más, un rico se enriquece más. A los Opinantes que recitan discursos vacíos sobre el hambre se les debería preguntar: ¿desea usted aumentar las cargas impositivas generales de la Argentina, que son ahora inferiores a las de Brasil, no digamos a las de Europa? Si la respuesta es afirmativa: para esto, ¿desea aumentar el IVA o cobrar más impuestos a los ricos? A éstos no les gusta pagar impuestos. Los Opinantes sobre el hambre saben muy bien que los ricos controlan mucho poder, que manejan todos los medios donde ellos opinan y que pagan muchas campañas políticas.
Empachados de hambre
Reynaldo Sietecase
¿Alguna vez revolviste una bolsa de basura buscando comida?
¿Comiste una fruta o un pedazo de pollo frío recién rescatado de un tacho de residuos?
¿Te desmayaste de hambre alguna vez?
¿Se puede hablar del hambre sin haberla sufrido? Se puede, pero no es lo mismo.
¿Tiene sentido volver a escribir sobre el hambre? Sí, pero no alcanza.
Para comer de la basura sin que el asco te espante hay que tener hambre de verdad.
Sentir en el cuerpo ese malestar profundo que rompe todas las inhibiciones y las barreras. Para comer de la basura hay que estar empachado de hambre.
4 millones de argentinos tienen problemas para alimentarse.
10 por ciento de la población se levanta cada mañana sin saber si podrá conseguir comida para su familia. (Estos datos surgen de estimaciones privadas ya que los últimos datos oficiales son de 2004).
1.861.831 menores no tienen los recursos suficientes para satisfacer sus necesidades básicas. 2.300.000 indigentes no tienen garantizada la comida diaria. 8 niños mueren por día por causas vinculadas con la desnutrición (información brindada por la Red Solidaria).
1.000 millones de personas pasan hambre en todo el mundo de acuerdo con una medición de Naciones Unidas. Los números no sorprenden, no dicen nada. Todas estas cifras sobre el hambre se publicaron últimamente en distintos medios gráficos de la Argentina y todo sigue su curso, como si nada.
Los lectores los pasaron rápido entre tostada y tostada. Dieron vuelta la hoja del diario y listo, allí se toparon con otras noticias más importantes como los barrabravas que se matan entre sí o las desventuras de la Selección nacional. Las cifras del hambre sólo duran unos segundos de indignación. Los números por sí solos no dicen nada. El hambre tiene nombre y apellido. El hambre tiene cara. Barbarita Flores tenía 9 años en 2002.
Los argentinos no conocían su existencia hasta que se desmayó de hambre en su escuela del barrio ATE de San Miguel de Tucumán. María Julia Oliván fue la cronista que mostró por primera vez la carita desconsolada de Bárbara y la cruel realidad en la que vivía junto a sus siete hermanos. Hacinados y sin cloacas. Cuando se desvaneció la nena llevaba 24 horas sin comer. Apenas había tomado un mate cocido. Aquella nota conmovió al país. Hizo que llegara ayuda para su familia y motivó la preocupación de las autoridades. También le permitió a su papá obtener un trabajo. La nota desnudó una historia de la Argentina profunda, una historia de tantas. Reveló también la inacción oficial ante esa tragedia cotidiana.
Marcas invisibles
En la última campaña electoral todos los candidatos propusieron algún tipo de plan para mitigar el hambre entre los niños argentinos. Con distinto grado de indignación, desde la izquierda a la derecha, desde los más liberales hasta los más conservadores, rechazaron la idea de que en un país que produce comida para millones existan niños con problemas de alimentación. Siempre hubo proyectos en el Parlamento nacional para frenar la pobreza y el hambre. En el Gobierno dicen que el dinero no alcanza y que el esfuerzo económico es superior a las posibilidades.
¿El hambre vino con Colón?
En la Argentina hay treinta pueblos indígenas y más de 600 mil personas se reconocen como tales. Un cuarto de esos hogares tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Muchos niños mbyá-guaraní, wichís y de otras etnias pasan hambre. La situación sanitaria en los hogares indígenas hace que las diarreas, las infecciones respiratorias y la parasitosis, todas enfermedades curables, se conviertan en fatales para los recién nacidos. Unicef lanzó la Campaña por los Derechos de la Niñez y la Adolescencia Indígena para crear conciencia sobre estos niños que viven lejos de los centros urbanos, sin documentos, sin asistencia sanitaria, sin escuelas bilingües, discriminados y sin respeto a sus costumbres y tradiciones. El hambre de los antiguos dueños de la tierra tiene relación directa con la llegada del hombre blanco al continente americano. “Ya no hay montes, no hay animales para cazar, ni frutos del río, ni tierras para sembrar”, se quejan. Samuel Ruiz, obispo de Chiapas, en pleno furor mediático por el levantamiento zapatista en México declaró: “Los indígenas están un escalón más abajo que los más pobres de los pobres. Y parece que a nadie le importa eso”.
En Argentina ocurre lo mismo. La mayoría de las personas reconoce que haría cualquier cosa por sus hijos. Pero les cuesta aceptar que el hambre pueda ser un motor del delito. En Argentina los pobres y hambrientos no delinquen. ¿Con qué fuerzas? Sólo les queda esperar tendidos mientras la comida les pasa por delante de sus ojos. Aún así, todavía suelen escucharse algunas voces que dicen “En la Argentina no come el que no quiere”. ¿Cómo puede ser posible tanta hipocresía? En Argentina, donde se producen alimentos para dar de comer a cientos de millones de personas, 25 niños menores de un año mueren por día. Sólo en la Ciudad de Buenos Aires, ocho niños mueren por día antes de su primer cumpleaños. Bajo las doradas galerías de la Avenida Alem, en pleno centro porteño, una veintena de chicos se acomoda sobre cartones para pasar la noche. Recostados en hilera, aspiran pegamento con las miradas perdidas en el cielo. A metros de la Casa de Gobierno y de la Plaza de Mayo, un bebé recién nacido llora buscando el pecho de su madre adolescente que revuelve la basura en busca de comida.
¿Quién me robó mi niñez?
En la madrugada del 11 de diciembre de 2008, un cartonero encontró el cadáver de un niño de unos tres años mientras hurgaba en un contenedor del barrio porteño de Constitución, a menos de dos mil metros de la Casa de Gobierno. El cuerpo estaba envuelto en una frazada y presentaba fuertes signos de desnutrición. Según informaron las fuentes de la investigación, en los días posteriores al hallazgo no se registraron denuncias sobre la pérdida del niño lo que hacía suponer que había sido depositado en el basurero por algún familiar o conocido. Un día después de que apareciera el cuerpo sin vida de este niño sin nombre, al que seguramente nunca hamacaron en una plaza, la noticia desapareció de los medios de prensa. Dos semanas después, una organización no gubernamental del Partido de La Matanza en el Gran Buenos Aires denunció que en el Mercado Central, más de 200 chicos de entre 8 y 13 años se prostituyen para poder comer.
Según la denuncia, entre los que obligan a los niños a vender su cuerpo por comida, hay changarines, efectivos de seguridad privada, comerciantes, camioneros, policías y hasta directivos del Mercado de La Matanza, principal centro comercializador de frutas y verduras del país que abastece a más de 11 millones de personas. Pasan los días, los meses y los años y nada cambia. Mientras tanto, cada niño que muere es irremplazable y los que sobreviven mal alimentados sufren daños irreparables. El hambre tiene consecuencias devastadoras en la infancia: las conexiones interneuronales no terminan de conformarse y eso provoca retrasos graves e irreversibles. No sólo se trata de chicos más bajitos y panzones. El hambre deja marcas invisibles pero terribles.
Cartografía de la desnutrición
Cientos de cruces de madera adornadas con guirnaldas de flores de todos colores brillan con la luz del sol en un cementerio de la quebrada de Humahuaca. "Se ha ido un angelito" dicen en el Norte cuando se muere un bebé y toda la gente va al velatorio vestida de blanco. En la provincia de Formosa, las familias de 24 bebés por mil nacidos vivos los entierran antes de poder festejarles su primer año de vida. En Chaco mueren 18 bebés cada mil y en Misiones y Jujuy la tasa se eleva a 17 por mil. La falta de alimentación está sumada a las condiciones de vida: la carencia de agua potable y de desagües cloacales favorecen la aparición de enfermedades infecciosas como la diarrea o la parasitosis que, en edades tempranas, provocan la muerte. En los departamentos de Cochinoca, Santa Catalina, Susques, Rinconada y Yavi de la Puna jujeña, casi la mitad de los niños tiene bajo peso.
A esta región le sigue la Quebrada -departamentos de Tumbaya, Tilcara y Humahuaca- con el 19,4% y la región de los Valles -departamentos de San Antonio y El Carmen- con el 9,8%. Los grandes medios nacionales se ocuparán del tema sólo cuando les llegue una fotografía conmovedora. Jujuy, en tanto, es la provincia argentina que más planes asistenciales reparte. La acción social dirigida sirve sólo a pequeños grupos, a algunas organizaciones y a los dirigentes de esas organizaciones que se convierten en millonarios teniendo a los pobres como mercancía. A fines de 2008, el Gobierno nacional anunció una disminución en el índice de pobreza del 23,4% al 20,7%. Los ocho millones de pobres de los datos oficiales contrastaron mucho con los 20 millones de argentinos que según diferentes estudios privados viven bajo la línea de pobreza.
Riquezas naturales en la cuenca del Plata
El territorio de la República Argentina es el segundo más grande de América del Sur y el octavo en extensión de la Tierra. Tiene 3.694 kilómetros de largo de Norte a Sur y 1.423 kilómetros de Este a Oeste. Además posee 4.665 kilómetros de costa. La zona del océano Atlántico sobre la plataforma continental es inusualmente ancha y se la denomina Mar Argentino; bajo su superficie hay importantes recursos pesqueros y petrolíferos. En la actualidad, Argentina es la tercera potencia en materia económica de América Latina, superada por Brasil y México. La producción de alimentos provenientes de la agricultura y la ganadería es uno de los ejes de la economía argentina. Por otra parte, el país posee una considerable riqueza petrolífera, minera y gasífera. Los principales yacimientos de petróleo se encuentran en la Provincia de Neuquén y los recursos mineros se concentran en las provincias cordilleranas a lo largo de 4.500 Kilómetros.
Sin embargo, mediante reformas constitucionales, leyes y decretos, los sucesivos gobiernos nacionales desde 1880 hasta la actualidad, han permitido que las compañías transnacionales saqueen los recursos naturales. La renta que se llevan es superior a los 20 mil millones de dólares anuales, cifra que supera ampliamente lo que se necesitaría para acabar con el hambre en Argentina. Las estadísticas arrojan datos sobre los niños que sufren pobreza y hambre en Argentina, pero rara vez consideran a los sobrenutridos con obesidad o sobrepeso que también padecen la pobreza. Los últimos datos disponibles señalan un sobrepeso de 10,8% en menores de un año y de 10,3% en el grupo de 1 a 6 años. Entre los acortados nutricionales por pobreza crónica hay dos tipos de carencias: la falta de alimentos, que los hace bajitos, y la dieta a base de harinas, que los hace gordos. Estar sobrenutrido no es un indicador de bienestar sino que por el contrario, se traduce en graves enfermedades en adolescentes y adultos: hipertensión, hipercolesterolemia, diabetes y accidentes cerebrovasculares. Argentina es uno de los primeros países del mundo en índices de muertes por estas enfermedades.
Democracia de la exclusión
En este país, donde para tantos niños vivir o morir depende del lugar de nacimiento, marcados casi como un designio divino desde la cuna, son pocos los adolescentes que creen en la democracia. Sólo el 35% de los niños y adolescentes confían en la democracia. Así lo informó un estudio realizado por el Ministerio de Educación de la Nación a fines de 2008. El análisis, llevado a cabo por el Programa Escuela y Medios, se hizo entre mil alumnos de 11 a 15 años de escuelas públicas de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Santa Fe y Chubut. Argentina produce alimentos suficientes como para dar de comer a varios cientos de millones de personas, posee un alto índice de Producto Bruto Interno per capita y un elevado desarrollo científico y tecnológico. En las entrañas de su tierra hay petróleo, gas, oro y plata. El acuífero Guaraní, compartido con Brasil, Paraguay y Uruguay, es una de las reservas de agua potable más importantes del mundo. Sus campos se extienden hasta donde la vista no alcanza, rebozantes de cultivos y hacienda de todo tipo. ¿Qué es lo que se está haciendo tan mal para que Argentina, con tanta riqueza para donde se mire, no encuentre la manera de dejar de ser un país de “muertos de hambre”.