InicioApuntes Y MonografiasCitas de libros que me gustaron.
Hay muchos otros que me gustaron, pero sólo seleccioné cinco citas (todas al azar) para, de alguna manera, incitar a leerlos.



Mujeres que corren con los lobos, por Clarissa Pinkola Estes:


La diferencia entre vivir desde el alma y vivir sólo desde el ego radica en tres cosas: la habilidad de percibir y aprender nuevas maneras, la tenacidad de atravesar senderos turbulentos y la paciencia de aprender el amor profundo con el tiempo.
Sería un error pensar que se necesita ser un héroe endurecido para lograrlo. No es así. Se necesita un corazón que esté dispuesto a morir y nacer y morir y nacer una y otra vez.







Kafka en la orilla, por Haruki Murakami:


A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, es definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior.
Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerzas los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo.
Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo.







Rayuela, por Julio Cortázar (uno de los tantos de mis favoritos):



Amor mío, no te quiero por vos ni por mi, ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitas a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mi, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo, y eso que me queres como yo no te quiero.







La tregua, por Mario Benedetti:



Ayer de tarde estábamos sentados junto a la mesa.
No hacíamos nada, ni siquiera hablábamos.
Yo tenía apoyada mi mano sobre un cenicero sin ceniza. Estábamos tristes: eso era lo que estábamos, tristes. Pero era una tristeza dulce, casi una paz.
Ella me estaba mirando y de pronto movió los labios para decir dos palabras: "Te quiero". Entonces me di cuenta de que era la primera vez que me decía, más aún, que era la primera vez que lo decía a alguien.
Isabel me lo hubiera repetido veinte veces por noche. Para Isabel, repetirlo era como otro beso, era un simple resorte del juego amoroso. Avellaneda, en cambio, lo había dicho una vez, la necesaria.
Quizá ya no precise decirlo más, porque no es juego: es una esencia.
Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable.
Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.
"Hasta ahora no te lo había dicho", murmuró, "no porque no te quisiera, sino porque ignoraba por qué te quería. Ahora lo sé."
Pude respirar, me pareció que la bocanada de aire llegaba desde mi estómago. Siempre puedo respirar cuando alguien explica las cosas.
El deleite frente al misterio, el goce frente a lo inesperado, son sensaciones que a veces mis mórdicas fuerzas no soportan.
Menos mal que alguien explica siempre las cosas. "Ahora lo sé: no te quiero por tu cara, ni por tus años, ni por tus palabras, ni por tus intenciones. Te quiero porque estás hecho de buena madera."
Nadie me había dedicado jamás un juicio tan conmovedor, tan sencillo, tan vivificante.
Quiero creer que es cierto, quiero creer que estoy hecho de buena madera.
Quizá ese momento haya sido excepcional, pero de todos modos me sentí vivir. Esa opresión en el pecho significa vivir.








Así habló Zaratustra, por Friedrich Nietzsche:



El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el súperhombre;
una cuerda sobre el abismo;
peligroso trayecto en el que es peligroso caminar, peligroso mira atrás, peligroso temblar y detenerse.
El hombre es un puente, y no una meta; lo que se puede amar en el hombre es que es un tránsito y no un acabamiento.
A los que no saben vivir sino como extinguiéndose, son a quienes yo amo, porque esos son los que pasan a otro lado.










Espero les haya gustado.
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