Siempre supimos con mi amigo que más tarde o más temprano, él terminaría por ilustrar un cuento de mi autoría. Y éste fue el primero. Se llama Panza arriba. Mi amigo, Cristian Llamosas, dibuja más profesionalmente que lo que yo escribo. O al menos tiene página web, que ya es mucho. A los interesados, ésta es la dirección:
www.cristianllamosas.com
. Y gracias por leer.
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Panza Arriba
Mi mujer prepara un tuco que te deja panza arriba. Me encarga, temprano, que a la vuelta del trabajo le traiga cebollas grandes y ajos chiquitos. Siempre hay orégano en casa, y pan, y cosas.
- ¿Prefiere comer en un plato hondo? -le pregunto a Mendoza, con respeto. Éste duda un momento como si le propusiese algo que no esperaba, pero al cabo de unos segundos me dice que sí.
- Cuénteme -me dice, ya sentados en la mesa, a solas -, ¿por qué cree usted que corremos un riesgo innecesario si despedimos a Pérez?
Entonces yo salgo del trabajo, tarde, y paso por el mercado y compro las cebollas y los ajos. Nunca tuve buen criterio para elegir en las góndolas, y prefiero por eso mismo, que me encarguen una compra. Que me especifiquen tamaños y colores, formas precisas.
- Porque Pérez no es ningún zonzo -le explico, y hago una pausa breve.
- Eso ya lo sé -me dice Mendoza, ya con un trozo de pan en la mano -. Casi le diría que por eso mismo lo despedimos.
- Quiero decir que Pérez no se va a quedar de brazos cruzados, ¿me entiende?
Mi mujer me pregunta por el día de trabajo, mientras le acerco una bolsa con las cebollas y los ajos. Le digo que nada del otro mundo, que todo normal, que Pérez dijo que no hay vuelta atrás y que Mendoza, que llegará en cualquier momento, confía en que yo lo aconseje acerca de las medidas a tomar.
- ¿Y, puntualmente, qué cree que podría llegar a hacer Pérez?
- Uno nunca sabe con tipos como él -le digo, algo misterioso -. Son tipos que ya están jugados. En el fondo, Pérez sólo tiene cosas que ganar, ¿me explico?
- Sí, pero explíquese mejor, si no le molesta.
Pobre tipo, me dice mi mujer, que siempre encuentra la manera de resolver las conversaciones usando un adjetivo y un sustantivo o viceversa: “Mala suerte”, “Lindo quilombo” o “Día jodido”, y da media vuelta rumbo a la cocina.
- El asunto es que Pérez, así como usted lo ve, ya está enterado de todo. Sabe que usted se jubila más pronto que tarde, sabe que no puede seguir estafándolo. Me refiero él a usted, claro.
- Un pobre diablo -me dice, tomando su copa de vino, y esperando a que yo me sirva para comenzar a comer su propio plato de ñoquis con tuco. Un tipo educado, Mendoza -. No tiene herramientas para tomar ninguna medida: en el sindicato ya no lo aguantan, eso lo sé, y en la fábrica lo respetan por pura antigüedad, lo mismo que a mí.
Y en eso está mi mujer: termina de preparar el tuco, con los ñoquis en la mano esperando los primeros hervores del agua, cuando toca el timbre Mendoza. Yo lo recibo con amabilidad y lo invito a pasar.
- Qué tiempo de mierda -me dice sacándose el piloto.
- Lindo día para comer ñoquis, entonces. Mi mujer prepara un tuco que lo va a dejar panza arriba -le digo.
- Pero la antigüedad es un bien preciado -le digo -, entienda que Pérez a su manera, se ganó la confianza de su padre cuando este necesitaba a alguien que le hiciera la segunda.
Yo invito a Mendoza a pasar al comedor. En la cocina, mi mujer ultima los detalles de la cena. Me acerco entonces a ella, para cerciorarme de todo. Veneno infalible, me dice ella, y me indica con el brazo que vuelva al comedor.
- ¿Prefiere comer en un plato hondo? -le pregunto a Mendoza, con respeto. Duda un momento como si le propusiese algo que no esperaba, pero al cabo de unos segundos me dice que sí.
- Cuénteme -me dice, ya sentados en la mesa, a solas -, ¿por qué cree usted que corremos un riesgo innecesario si despedimos a Pérez?
Mi mujer llega con una bandeja repleta de ñoquis con tuco y la coloca en el centro de la mesa. Yo le indico a Mendoza que me alcance su plato y pongo en él una generosa porción.
- Porque Pérez no es ningún zonzo -le explico, y hago una pausa breve.
- Eso ya lo sé -me dice Mendoza, ya con un trozo de pan en la mano -. Casi le diría que por eso mismo lo despedimos.
- Quiero decir que Pérez no se va a quedar de brazos cruzados, ¿me entiende?
Mendoza busca sobre la mesa con los ojos y yo le hago llegar con elegancia una tacita de porcelana con el queso. Lo observo con ansiedad justificada.
- ¿Y, puntualmente, qué cree que podría llegar a hacer él?
- Uno nunca sabe con tipos como él -le digo, algo misterioso -. Son tipos que ya están jugados. En el fondo, Pérez sólo tiene cosas que ganar, ¿me explico?
- Sí, pero explíquese mejor, si no le molesta.
No tengo más alternativa que servirme también una porción de ñoquis con el tuco que prepara mi mujer. Mendoza parece ansioso por empezar a comer, pero tal vez por respeto no se anima. Interrumpo la acción para decirle, simplemente:
- El asunto es que Pérez, así como usted lo ve, ya está enterado de todo. Sabe que usted se jubila más pronto que tarde, sabe que no puede seguir estafándolo. Me refiero él a usted, claro.
- Un pobre diablo -me dice, tomando su copa de vino, y esperando la comida con justificada ansiedad -, no tiene herramientas para tomar ninguna medida: en el sindicato ya no lo aguantan, eso lo sé, y en la fábrica lo respetan por pura antigüedad, lo mismo que a mí.
Y en eso está mi mujer, termina de preparar el tuco, con los ñoquis en la mano esperando los primeros hervores del agua, cuando toca el timbre Mendoza. Yo lo recibo con amabilidad y lo invito a pasar.
- Qué tiempo de mierda -me dice, sacándose el piloto.
- Lindo día para comer ñoquis, entonces. Mi mujer prepara un tuco que lo va a dejar panza arriba -le digo, sonriente.
Mendoza da un primer bocado que parece disfrutar con descaro. Luego me observa detenidamente mientras traga. Ya lo sabe, pienso. Sin embargo, vuelve a tragar un generoso bocado. Al cabo de unos minutos, veneno infalible, y luego de cerrársele la garganta y revolcarse en el piso, Mendoza me mira con los ojos muertos tendido panza arriba.
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Panza Arriba
Mi mujer prepara un tuco que te deja panza arriba. Me encarga, temprano, que a la vuelta del trabajo le traiga cebollas grandes y ajos chiquitos. Siempre hay orégano en casa, y pan, y cosas.
- ¿Prefiere comer en un plato hondo? -le pregunto a Mendoza, con respeto. Éste duda un momento como si le propusiese algo que no esperaba, pero al cabo de unos segundos me dice que sí.
- Cuénteme -me dice, ya sentados en la mesa, a solas -, ¿por qué cree usted que corremos un riesgo innecesario si despedimos a Pérez?
Entonces yo salgo del trabajo, tarde, y paso por el mercado y compro las cebollas y los ajos. Nunca tuve buen criterio para elegir en las góndolas, y prefiero por eso mismo, que me encarguen una compra. Que me especifiquen tamaños y colores, formas precisas.
- Porque Pérez no es ningún zonzo -le explico, y hago una pausa breve.
- Eso ya lo sé -me dice Mendoza, ya con un trozo de pan en la mano -. Casi le diría que por eso mismo lo despedimos.
- Quiero decir que Pérez no se va a quedar de brazos cruzados, ¿me entiende?
Mi mujer me pregunta por el día de trabajo, mientras le acerco una bolsa con las cebollas y los ajos. Le digo que nada del otro mundo, que todo normal, que Pérez dijo que no hay vuelta atrás y que Mendoza, que llegará en cualquier momento, confía en que yo lo aconseje acerca de las medidas a tomar.
- ¿Y, puntualmente, qué cree que podría llegar a hacer Pérez?
- Uno nunca sabe con tipos como él -le digo, algo misterioso -. Son tipos que ya están jugados. En el fondo, Pérez sólo tiene cosas que ganar, ¿me explico?
- Sí, pero explíquese mejor, si no le molesta.
Pobre tipo, me dice mi mujer, que siempre encuentra la manera de resolver las conversaciones usando un adjetivo y un sustantivo o viceversa: “Mala suerte”, “Lindo quilombo” o “Día jodido”, y da media vuelta rumbo a la cocina.
- El asunto es que Pérez, así como usted lo ve, ya está enterado de todo. Sabe que usted se jubila más pronto que tarde, sabe que no puede seguir estafándolo. Me refiero él a usted, claro.
- Un pobre diablo -me dice, tomando su copa de vino, y esperando a que yo me sirva para comenzar a comer su propio plato de ñoquis con tuco. Un tipo educado, Mendoza -. No tiene herramientas para tomar ninguna medida: en el sindicato ya no lo aguantan, eso lo sé, y en la fábrica lo respetan por pura antigüedad, lo mismo que a mí.
Y en eso está mi mujer: termina de preparar el tuco, con los ñoquis en la mano esperando los primeros hervores del agua, cuando toca el timbre Mendoza. Yo lo recibo con amabilidad y lo invito a pasar.
- Qué tiempo de mierda -me dice sacándose el piloto.
- Lindo día para comer ñoquis, entonces. Mi mujer prepara un tuco que lo va a dejar panza arriba -le digo.
- Pero la antigüedad es un bien preciado -le digo -, entienda que Pérez a su manera, se ganó la confianza de su padre cuando este necesitaba a alguien que le hiciera la segunda.
Yo invito a Mendoza a pasar al comedor. En la cocina, mi mujer ultima los detalles de la cena. Me acerco entonces a ella, para cerciorarme de todo. Veneno infalible, me dice ella, y me indica con el brazo que vuelva al comedor.
- ¿Prefiere comer en un plato hondo? -le pregunto a Mendoza, con respeto. Duda un momento como si le propusiese algo que no esperaba, pero al cabo de unos segundos me dice que sí.
- Cuénteme -me dice, ya sentados en la mesa, a solas -, ¿por qué cree usted que corremos un riesgo innecesario si despedimos a Pérez?
Mi mujer llega con una bandeja repleta de ñoquis con tuco y la coloca en el centro de la mesa. Yo le indico a Mendoza que me alcance su plato y pongo en él una generosa porción.
- Porque Pérez no es ningún zonzo -le explico, y hago una pausa breve.
- Eso ya lo sé -me dice Mendoza, ya con un trozo de pan en la mano -. Casi le diría que por eso mismo lo despedimos.
- Quiero decir que Pérez no se va a quedar de brazos cruzados, ¿me entiende?
Mendoza busca sobre la mesa con los ojos y yo le hago llegar con elegancia una tacita de porcelana con el queso. Lo observo con ansiedad justificada.
- ¿Y, puntualmente, qué cree que podría llegar a hacer él?
- Uno nunca sabe con tipos como él -le digo, algo misterioso -. Son tipos que ya están jugados. En el fondo, Pérez sólo tiene cosas que ganar, ¿me explico?
- Sí, pero explíquese mejor, si no le molesta.
No tengo más alternativa que servirme también una porción de ñoquis con el tuco que prepara mi mujer. Mendoza parece ansioso por empezar a comer, pero tal vez por respeto no se anima. Interrumpo la acción para decirle, simplemente:
- El asunto es que Pérez, así como usted lo ve, ya está enterado de todo. Sabe que usted se jubila más pronto que tarde, sabe que no puede seguir estafándolo. Me refiero él a usted, claro.
- Un pobre diablo -me dice, tomando su copa de vino, y esperando la comida con justificada ansiedad -, no tiene herramientas para tomar ninguna medida: en el sindicato ya no lo aguantan, eso lo sé, y en la fábrica lo respetan por pura antigüedad, lo mismo que a mí.
Y en eso está mi mujer, termina de preparar el tuco, con los ñoquis en la mano esperando los primeros hervores del agua, cuando toca el timbre Mendoza. Yo lo recibo con amabilidad y lo invito a pasar.
- Qué tiempo de mierda -me dice, sacándose el piloto.
- Lindo día para comer ñoquis, entonces. Mi mujer prepara un tuco que lo va a dejar panza arriba -le digo, sonriente.
Mendoza da un primer bocado que parece disfrutar con descaro. Luego me observa detenidamente mientras traga. Ya lo sabe, pienso. Sin embargo, vuelve a tragar un generoso bocado. Al cabo de unos minutos, veneno infalible, y luego de cerrársele la garganta y revolcarse en el piso, Mendoza me mira con los ojos muertos tendido panza arriba.