Luego de leer la novela del alcohólico de Carlos les comparto las citas que me parecieron posteables.
Me aticé otro trago. Luego canté mi canción favorita: Mi corazón es un vagabundo.
Desde mi habitación podía ver, a través de las puertas abiertas del bar, todo el interior del mismo. Había algunos rostros de lo más rudo, rostros interesantes. Me quedaba por las noches en mi habitación bebiendo vino y observando desde mi ventana las caras de la gente en el bar, mientras mi dinero se iba esfumando.
—Oye —dije—, no vale la pena que por estos librejos os pongáis a discutir.
—Muy bien —dijo una de ellas—, ya sabemos que te crees demasiado bueno para
este trabajo.
—¿Demasiado bueno?
—Sí, esa actitud tuya. ¿Te crees que no nos hemos dado cuenta?
Fue entonces cuando aprendí que no es suficiente con hacer tu trabajo, sino que
además tienes que mostrar un interés por él, una pasión incluso.
—¿Señor Heathercliff?
—¿Sí?
—Soy Chinaski.
—¿Sí, Chinaski?
—Quiero un aumento de sueldo de dos dólares.
—¿Qué?
—Ya lo ha oído. Al conductor del camión se lo han aumentado.
—Pero él lleva dos años con nosotros.
—Necesito un aumento.
—¿Le estamos dando diecisiete dólares por semana y ya quiere pedir diecinueve?
—En efecto. ¿Me los da o no?
—No podemos hacer eso.
—Entonces dejo el trabajo —colgué el teléfono
—Oye, vamos a parar a echar un trago.
—¿Qué? ¿Quieres decir que vas a tener el valor de beber luego de salir de la
cárcel culpado de intoxicación?
—Es cuando más necesitas un trago
Encontré una pensión cerca de mi trabajo. La mudanza no fue muy dificultosa. Todas mis pertenencias no alcanzaban a llenar una maleta…
Era la primera vez que me había quedado solo en cinco días. Yo era un hombre que me alimentaba de soledad; sin ella era como cualquier otro hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me
debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuridad de la habitación era fortificante para mí como lo era la luz del sol para otros hombres. Tomé un trago de vino.
Un día leí en la columna de Walter Winchell que O'Henry solía escribir todas sus cosas en la mesa de un famoso bar de escritores. Encontré el bar y entré en él. ¿Buscando el qué? Era mediodía. Yo era la única persona en el bar, a pesar de la columna de Winchell. Me quedé allí parado, solo, con un gran espejo, la barra y el camarero. —Lo siento, señor, no podemos servirle. Me quedé atónito, no pude contestar. Esperé alguna explicación. —Está usted borracho. Estaba probablemente de resaca, pero no había probado un trago en doce horas. Murmuré algo sobre O'Henry y me fui.
Los que llevaban el control siempre preferían explotar continuamente a unos pocos en vez de contratar a más gente para que todo el mundo trabajase menos. Le dabas al patrón ocho horas de sudor y siempre te pedía más. Jamás en la vida te dejaba irte a casa pasadas seis horas de trabajo, por ejemplo. Tenías largo rato para pensar.
—¿Has estado alguna vez enamorado?
—El amor es para la gente real.
—Tú pareces real.
—No me gusta la gente real.
—¿No te gusta?
—La odio.
Eso era todo lo que un hombre necesitaba: esperanza. Era la falta de esperanza lo que hundía a un hombre.
—Nena —le dije—, soy un genio, pero nadie más que yo lo sabe.
Realmente no teníamos nada más que hacer, sólo beber y hacer el amor
¿Cómo coño podía un hombre disfrutar si su sueño era interrumpido a las 6:30 de la mañana por el estrépito de un despertador, tenía que saltar fuera de la cama, vestirse, desayunar sin ganas, cagar, mear, cepillarse los dientes y el pelo y pelear con el tráfico hasta llegar a un lugar donde sencillamente ganaba cantidad de dinero para algún otro y aún así se le exigía mostrarse agradecido por tener la oportunidad de hacerlo?
En América siempre había gente buscando trabajo. Siempre había un montón de cuerpos utilizables para reemplazar a otros. Y yo quería ser escritor. Casi todo el mundo era escritor. No todo el mundo pensaba en que podía ser dentista o mecánico de automóviles, pero todo el mundo sabía que podía ser escritor. De aquellos cincuenta tíos de la clase, probablemente quince o más pensaban que eran escritores. Casi todo el mundo usaba palabras y podía también escribirlas, en consecuencia casi todo el mundo podía ser escritor. Pero la mayoría de los hombres, por fortuna, no son escritores, ni siquiera conductores de taxi, y algunos —bastantes— desgraciadamente no son nada.
Yo no soy un predicador, pero puedo deciros esto: con la vida que lleva la gente se está volviendo
loca y su locura se manifiesta en la forma como conduce.
Me sentí de nuevo como un alumno aventajado. Era igual que en los días en el City College de L.A. —malas calificaciones, pero bueno para enrollarme en clase con los profesores.
Gracias por visitar.
Me aticé otro trago. Luego canté mi canción favorita: Mi corazón es un vagabundo.
Desde mi habitación podía ver, a través de las puertas abiertas del bar, todo el interior del mismo. Había algunos rostros de lo más rudo, rostros interesantes. Me quedaba por las noches en mi habitación bebiendo vino y observando desde mi ventana las caras de la gente en el bar, mientras mi dinero se iba esfumando.
—Oye —dije—, no vale la pena que por estos librejos os pongáis a discutir.
—Muy bien —dijo una de ellas—, ya sabemos que te crees demasiado bueno para
este trabajo.
—¿Demasiado bueno?
—Sí, esa actitud tuya. ¿Te crees que no nos hemos dado cuenta?
Fue entonces cuando aprendí que no es suficiente con hacer tu trabajo, sino que
además tienes que mostrar un interés por él, una pasión incluso.
—¿Señor Heathercliff?
—¿Sí?
—Soy Chinaski.
—¿Sí, Chinaski?
—Quiero un aumento de sueldo de dos dólares.
—¿Qué?
—Ya lo ha oído. Al conductor del camión se lo han aumentado.
—Pero él lleva dos años con nosotros.
—Necesito un aumento.
—¿Le estamos dando diecisiete dólares por semana y ya quiere pedir diecinueve?
—En efecto. ¿Me los da o no?
—No podemos hacer eso.
—Entonces dejo el trabajo —colgué el teléfono
—Oye, vamos a parar a echar un trago.
—¿Qué? ¿Quieres decir que vas a tener el valor de beber luego de salir de la
cárcel culpado de intoxicación?
—Es cuando más necesitas un trago
Encontré una pensión cerca de mi trabajo. La mudanza no fue muy dificultosa. Todas mis pertenencias no alcanzaban a llenar una maleta…
Era la primera vez que me había quedado solo en cinco días. Yo era un hombre que me alimentaba de soledad; sin ella era como cualquier otro hombre privado de agua y comida. Cada día sin soledad me
debilitaba. No me enorgullecía de mi soledad, pero dependía de ella. La oscuridad de la habitación era fortificante para mí como lo era la luz del sol para otros hombres. Tomé un trago de vino.
Un día leí en la columna de Walter Winchell que O'Henry solía escribir todas sus cosas en la mesa de un famoso bar de escritores. Encontré el bar y entré en él. ¿Buscando el qué? Era mediodía. Yo era la única persona en el bar, a pesar de la columna de Winchell. Me quedé allí parado, solo, con un gran espejo, la barra y el camarero. —Lo siento, señor, no podemos servirle. Me quedé atónito, no pude contestar. Esperé alguna explicación. —Está usted borracho. Estaba probablemente de resaca, pero no había probado un trago en doce horas. Murmuré algo sobre O'Henry y me fui.
Los que llevaban el control siempre preferían explotar continuamente a unos pocos en vez de contratar a más gente para que todo el mundo trabajase menos. Le dabas al patrón ocho horas de sudor y siempre te pedía más. Jamás en la vida te dejaba irte a casa pasadas seis horas de trabajo, por ejemplo. Tenías largo rato para pensar.
—¿Has estado alguna vez enamorado?
—El amor es para la gente real.
—Tú pareces real.
—No me gusta la gente real.
—¿No te gusta?
—La odio.
Eso era todo lo que un hombre necesitaba: esperanza. Era la falta de esperanza lo que hundía a un hombre.
—Nena —le dije—, soy un genio, pero nadie más que yo lo sabe.
Realmente no teníamos nada más que hacer, sólo beber y hacer el amor
¿Cómo coño podía un hombre disfrutar si su sueño era interrumpido a las 6:30 de la mañana por el estrépito de un despertador, tenía que saltar fuera de la cama, vestirse, desayunar sin ganas, cagar, mear, cepillarse los dientes y el pelo y pelear con el tráfico hasta llegar a un lugar donde sencillamente ganaba cantidad de dinero para algún otro y aún así se le exigía mostrarse agradecido por tener la oportunidad de hacerlo?
En América siempre había gente buscando trabajo. Siempre había un montón de cuerpos utilizables para reemplazar a otros. Y yo quería ser escritor. Casi todo el mundo era escritor. No todo el mundo pensaba en que podía ser dentista o mecánico de automóviles, pero todo el mundo sabía que podía ser escritor. De aquellos cincuenta tíos de la clase, probablemente quince o más pensaban que eran escritores. Casi todo el mundo usaba palabras y podía también escribirlas, en consecuencia casi todo el mundo podía ser escritor. Pero la mayoría de los hombres, por fortuna, no son escritores, ni siquiera conductores de taxi, y algunos —bastantes— desgraciadamente no son nada.
Yo no soy un predicador, pero puedo deciros esto: con la vida que lleva la gente se está volviendo
loca y su locura se manifiesta en la forma como conduce.
Me sentí de nuevo como un alumno aventajado. Era igual que en los días en el City College de L.A. —malas calificaciones, pero bueno para enrollarme en clase con los profesores.
Gracias por visitar.