El nuevo Stephen King
A King le molestó que la película de Kubrick de “The shining” fuese tratada con más respeto que la novela. ¿Por qué no logra el respeto de los críticos? Por una razón muy parecida al hecho que McDonald’s no es galardonado con premios de Cordon Bleu.
Encuentro profundamente escalofriante las creaciones de Stephen King. Me ponen la piel de gallina. No sus historias, sino que su forma de escribir. Habrá escrito más de 40 libros a estas alturas, pero su última novela, “Lisey’s Story” (“La historia de Lisey”) da la impresión de ser una clase magistral al revés. No hay nada en el cuento acerca de un escritor traumado en su infancia, compensado con acceso a un mundo paralelo ambiguo, con la mitad de la capacidad de horrorizar que la prosa de zombi en la cual se enmarca.
La protagonista es Lisey (rima con “misi”), viuda del novelista Scott Landon. Ella no es letrada; no sabe la diferencia entre epigrama y epigrafía, a los acrónimos les dice “agrónimos”. Cuando los estudiosos insisten en saber acerca de los restos literarios de su difunto marido, ella escucha que le preguntan sobre algo que suena como “incuncabillia”.
Se supone que habrían dicho incunables, aunque ningún académico usaría esa palabra para referirse a los escritos de juventud de un autor o sus obras inconclusas. Aún así, éste uso equívoco de las palabras un tanto forzoso le proporciona a ella un apodo para esta tribu de personas: los Incunks.
Si usted sufre de alergia a lo artesanal, lo tierno y lo derechamente craso, deje de leer ahora mismo. Las páginas están repletas de fórmulas capitalizadas y desabridas frases de familia. La hermana de Lisey, Amanda (también conocida como “big sissa Manda-Bunny”, algo así como “hermana grande Conejito Manda”) clasifica los archivos de Scott en lo que inmediatamente bautiza como el “Cuadernito de compulsiones de Amanda”.
Sólo basta con que la heroína sonría levemente para que este gesto se transforme en la “mirada de tornado de Lisey”. El incidente más insignificante suele generar una avalancha de banalidades. La tribu entera es adicta a la jerga regresiva.
El lector podría pensar que Scott, en su calidad de hombre literario que apareció en la portada de “Newsweek” en 1992 (“El realismo mágico y el culto de Landon”), preferiría evitar la tendencia a infantilizar las cosas, pero al contrario, es exactamente como le gustan las cosas.
A su escritorio le dice “El gran Jumbo de Dumbo” y “era su costumbre” referirse al baño en suite como “Il Grande Cagatorio”. Aunque fue él quien le enseñó a Lisey el elegante improperio “smuck”, él mismo aprendió a decir “cagadera” en lugar de “mierda” en la familia de Lisey, los Debusher. “Bueno, dar un vuelco completo era juego limpio, o al menos así lo afirmaba La Buena de Ma, y cagadera había sido la palabra de papá, así como había sido Dandy Dave Debusher quien a veces le diría a la gente que algo no servía para nada, y yo por lo tanto la usé a diestras y siniestras”. Cómo le encantaba aquello a Scott...
El matrimonio de los Landon era un tejido de códigos y palabras cariñosas. En “Misery”, el lenguaje de bebé tóxico era una señal de represión demencial. En esta novela, es una mera señal de Stephen King.
En una sección titulada “Declaración del autor” a finales del libro, King enfatiza el poderoso aporte de su editora, Nan Graham. Le da las gracias por “enviarlo a enfrentar a mi público bien peinado y con la camisa ordenada”. La próxima vez podría hacer algo respecto del nudo en su corbata. De todos modos, debió haber insistido que King eliminara las citas de D.H. Lawrence usadas a modo de introducción a las secciones. King hace que su héroe sea un ganador del Premio Pulitzer y el Premio Nacional de Literatura. Pero luego lo tiene escribiendo una novela de horror que se transforma en un best seller. Esta capacidad de traspasarse de un ámbito a otro con tanta facilidad parece más un autoengaño que ficción.
Evidentemente, a King le molestó que la película de Kubrick de “The shining” (“El Resplandor”) fuese tratada con más respeto que la novela original. ¿Por qué no logra el respeto de los críticos? Por una razón muy parecida al hecho que McDonald’s no es galardonado con premios de Cordon Bleu.
A “La historia de Lisey” le falta tensión y el ritmo es demasiado irregular. Hay mucha preparación previa antes de llegar al elemento supernatural y para esas alturas, el esquema temporal se ha tornado complicado. Tras una breve escena de acción, la heroína experimenta una serie consecutiva de recuerdos retrospectivas que duran 60 páginas. Resulta que ha estado reprimiendo la memoria de “Boo’ya Moon”, el nombre con el cual Scott bautizó una realidad alternativa que él le mostró a Lisey, una especie de Mundo Disney gótico que ofrece aguas sanadoras pero también lo máximo en terror.
Otro error es evocar a M.R. James, cuyos efectos requieren mucho más control, y concisión, de lo que Stephen King es capaz de producir. Él es más un discípulo de H.P. Lovecraft. Los lectores de “La historia de Lisey” gozarán de mucho tiempo para reflexionar sobre lo absurdo que resulta ser “Boo’ya Moon”, cuyo lago sanador también representa la creatividad inconsciente de la raza humana. Es así como Scott fue capaz de dirigirse de forma tan profunda a sus lectores, aquellas “personas inmovilizadas en aviones entre Los Angeles y Sydney... personas que alternaban la novela de la semana con el rompecabezas en el antejardín”.
Estos días, es exactamente eso lo que premian los galardones nacionales y Pulitzer: el inusual don de los escritores de ofrecer a las personas una alternativa al rompecabezas. Scott le cuenta a Lisey lo del lago. “A veces, los pescadores realmente valientes, es decir, los Austen, los Dostoievsky, los Faulkner, salen en lanchas hacia donde nadan los peces grandes, pero el lago es engañoso”. Ahí está por fin lo que al libro le ha faltado tan dolorosamente, una imagen inolvidable. Jane Austen, luciendo su mejor impermeable, pescando un mero con la cara del señor Darcy.
A King le molestó que la película de Kubrick de “The shining” fuese tratada con más respeto que la novela. ¿Por qué no logra el respeto de los críticos? Por una razón muy parecida al hecho que McDonald’s no es galardonado con premios de Cordon Bleu.
Encuentro profundamente escalofriante las creaciones de Stephen King. Me ponen la piel de gallina. No sus historias, sino que su forma de escribir. Habrá escrito más de 40 libros a estas alturas, pero su última novela, “Lisey’s Story” (“La historia de Lisey”) da la impresión de ser una clase magistral al revés. No hay nada en el cuento acerca de un escritor traumado en su infancia, compensado con acceso a un mundo paralelo ambiguo, con la mitad de la capacidad de horrorizar que la prosa de zombi en la cual se enmarca.
La protagonista es Lisey (rima con “misi”), viuda del novelista Scott Landon. Ella no es letrada; no sabe la diferencia entre epigrama y epigrafía, a los acrónimos les dice “agrónimos”. Cuando los estudiosos insisten en saber acerca de los restos literarios de su difunto marido, ella escucha que le preguntan sobre algo que suena como “incuncabillia”.
Se supone que habrían dicho incunables, aunque ningún académico usaría esa palabra para referirse a los escritos de juventud de un autor o sus obras inconclusas. Aún así, éste uso equívoco de las palabras un tanto forzoso le proporciona a ella un apodo para esta tribu de personas: los Incunks.
Si usted sufre de alergia a lo artesanal, lo tierno y lo derechamente craso, deje de leer ahora mismo. Las páginas están repletas de fórmulas capitalizadas y desabridas frases de familia. La hermana de Lisey, Amanda (también conocida como “big sissa Manda-Bunny”, algo así como “hermana grande Conejito Manda”) clasifica los archivos de Scott en lo que inmediatamente bautiza como el “Cuadernito de compulsiones de Amanda”.
Sólo basta con que la heroína sonría levemente para que este gesto se transforme en la “mirada de tornado de Lisey”. El incidente más insignificante suele generar una avalancha de banalidades. La tribu entera es adicta a la jerga regresiva.
El lector podría pensar que Scott, en su calidad de hombre literario que apareció en la portada de “Newsweek” en 1992 (“El realismo mágico y el culto de Landon”), preferiría evitar la tendencia a infantilizar las cosas, pero al contrario, es exactamente como le gustan las cosas.
A su escritorio le dice “El gran Jumbo de Dumbo” y “era su costumbre” referirse al baño en suite como “Il Grande Cagatorio”. Aunque fue él quien le enseñó a Lisey el elegante improperio “smuck”, él mismo aprendió a decir “cagadera” en lugar de “mierda” en la familia de Lisey, los Debusher. “Bueno, dar un vuelco completo era juego limpio, o al menos así lo afirmaba La Buena de Ma, y cagadera había sido la palabra de papá, así como había sido Dandy Dave Debusher quien a veces le diría a la gente que algo no servía para nada, y yo por lo tanto la usé a diestras y siniestras”. Cómo le encantaba aquello a Scott...
El matrimonio de los Landon era un tejido de códigos y palabras cariñosas. En “Misery”, el lenguaje de bebé tóxico era una señal de represión demencial. En esta novela, es una mera señal de Stephen King.
En una sección titulada “Declaración del autor” a finales del libro, King enfatiza el poderoso aporte de su editora, Nan Graham. Le da las gracias por “enviarlo a enfrentar a mi público bien peinado y con la camisa ordenada”. La próxima vez podría hacer algo respecto del nudo en su corbata. De todos modos, debió haber insistido que King eliminara las citas de D.H. Lawrence usadas a modo de introducción a las secciones. King hace que su héroe sea un ganador del Premio Pulitzer y el Premio Nacional de Literatura. Pero luego lo tiene escribiendo una novela de horror que se transforma en un best seller. Esta capacidad de traspasarse de un ámbito a otro con tanta facilidad parece más un autoengaño que ficción.
Evidentemente, a King le molestó que la película de Kubrick de “The shining” (“El Resplandor”) fuese tratada con más respeto que la novela original. ¿Por qué no logra el respeto de los críticos? Por una razón muy parecida al hecho que McDonald’s no es galardonado con premios de Cordon Bleu.
A “La historia de Lisey” le falta tensión y el ritmo es demasiado irregular. Hay mucha preparación previa antes de llegar al elemento supernatural y para esas alturas, el esquema temporal se ha tornado complicado. Tras una breve escena de acción, la heroína experimenta una serie consecutiva de recuerdos retrospectivas que duran 60 páginas. Resulta que ha estado reprimiendo la memoria de “Boo’ya Moon”, el nombre con el cual Scott bautizó una realidad alternativa que él le mostró a Lisey, una especie de Mundo Disney gótico que ofrece aguas sanadoras pero también lo máximo en terror.
Otro error es evocar a M.R. James, cuyos efectos requieren mucho más control, y concisión, de lo que Stephen King es capaz de producir. Él es más un discípulo de H.P. Lovecraft. Los lectores de “La historia de Lisey” gozarán de mucho tiempo para reflexionar sobre lo absurdo que resulta ser “Boo’ya Moon”, cuyo lago sanador también representa la creatividad inconsciente de la raza humana. Es así como Scott fue capaz de dirigirse de forma tan profunda a sus lectores, aquellas “personas inmovilizadas en aviones entre Los Angeles y Sydney... personas que alternaban la novela de la semana con el rompecabezas en el antejardín”.
Estos días, es exactamente eso lo que premian los galardones nacionales y Pulitzer: el inusual don de los escritores de ofrecer a las personas una alternativa al rompecabezas. Scott le cuenta a Lisey lo del lago. “A veces, los pescadores realmente valientes, es decir, los Austen, los Dostoievsky, los Faulkner, salen en lanchas hacia donde nadan los peces grandes, pero el lago es engañoso”. Ahí está por fin lo que al libro le ha faltado tan dolorosamente, una imagen inolvidable. Jane Austen, luciendo su mejor impermeable, pescando un mero con la cara del señor Darcy.