El campeón veló las armas toda la noche, con la bendición del sacerdote de la comarca la lanza quedó consagrada.
Era un arma muy especial, una vara de haya, cortada durante la noche de San Juan de 12 codos de largo con una fina alma de hierro curada al calor del rescoldo, dura y con cierta flexibilidad a la vez, más un codo de la hoja forjada con el más fino acero por un herrero sarraceno.
Le encomendaron matar al gigante que merodeaba por la región sembrando el terror, produciendo un verdadero desastre en la economía regional.
El bruto estaba desvastando las granjas de la zona ante la impotencia de los capesinos para enfrentarlo, amén de las matanzas que cometía por mera diversión.
El caballero fué contratado por las gentes del pueblo para matar al coloso, a su vez el suevo con sus siete pies de altura era a su manera un gigante entre los aldeanos de Occitania, que como mucho el de los más altos apenas le llegaba a los hombros.
Dos bolsas de oro y siete de plata, validadas con el sello real, en la mitad de sus treinta ya maduro le sobraba para vivir tranquilo el resto de sus días.
Más la insinuación del Barón de casarlo con una de sus hijas, sumando así más poder y propiedades.
A la hora tercia se dirigió en su titánico percherón (que le sumaba su descomunal altura a la suya propia) hacia la guarida del gigante, al fin del camino este lo miró con sarcasmo, confíado en su descomunales fuerza y tamaño, de la altura de un establo según las estimaciones de los lugareños.
El caballero con su impecable armadura bruñida (pulida con esmero por un paje entre tantas atenciones que le propinaron en esos días) con el aguila de un furioso rojo, que asemejaba al fuego, parecía una aparición sobrenatural, espoleó su caballo a toda velocidad, con la lanza bien afustaba en la cuja de la montura.
La potencia de la bestia levantó nubes de humo, los aldeanos expectante obsevaron como a media carrera el paladín empezo a medir al blanco, apuntándo diracto al corazón del herculeo pecho, el acero de la funta brillo con un fulgor imbatible .
El gigante aplastó al caballero y al caballo de un arbolazo.
Era un arma muy especial, una vara de haya, cortada durante la noche de San Juan de 12 codos de largo con una fina alma de hierro curada al calor del rescoldo, dura y con cierta flexibilidad a la vez, más un codo de la hoja forjada con el más fino acero por un herrero sarraceno.
Le encomendaron matar al gigante que merodeaba por la región sembrando el terror, produciendo un verdadero desastre en la economía regional.
El bruto estaba desvastando las granjas de la zona ante la impotencia de los capesinos para enfrentarlo, amén de las matanzas que cometía por mera diversión.
El caballero fué contratado por las gentes del pueblo para matar al coloso, a su vez el suevo con sus siete pies de altura era a su manera un gigante entre los aldeanos de Occitania, que como mucho el de los más altos apenas le llegaba a los hombros.
Dos bolsas de oro y siete de plata, validadas con el sello real, en la mitad de sus treinta ya maduro le sobraba para vivir tranquilo el resto de sus días.
Más la insinuación del Barón de casarlo con una de sus hijas, sumando así más poder y propiedades.
A la hora tercia se dirigió en su titánico percherón (que le sumaba su descomunal altura a la suya propia) hacia la guarida del gigante, al fin del camino este lo miró con sarcasmo, confíado en su descomunales fuerza y tamaño, de la altura de un establo según las estimaciones de los lugareños.
El caballero con su impecable armadura bruñida (pulida con esmero por un paje entre tantas atenciones que le propinaron en esos días) con el aguila de un furioso rojo, que asemejaba al fuego, parecía una aparición sobrenatural, espoleó su caballo a toda velocidad, con la lanza bien afustaba en la cuja de la montura.
La potencia de la bestia levantó nubes de humo, los aldeanos expectante obsevaron como a media carrera el paladín empezo a medir al blanco, apuntándo diracto al corazón del herculeo pecho, el acero de la funta brillo con un fulgor imbatible .
El gigante aplastó al caballero y al caballo de un arbolazo.