Desde que lo vio por primera vez, lo amó.
Lo amó con ese amor perruno y entregado que no pedía nada y lo daba todo, por una mirada, por una sonrisa, por el roce leve de su mano.
Y es que el, era bello, irradiaba luz, se movía como un gato, de cara y cuerpo perfectos, era para ella, quien nunca estuvo muy convencida de su propia belleza, como un dios menor bajado del Olimpo especialmente para ella.
Y se enamoró. Así. De plano. Sin límites ni precauciones.
Él recibió su adoración con displicencia. Como el rey que recibe una ofrenda.
Por un tiempo la felicidad fue intensa y angustiosa para ella. Lo amaba. Lo amaba y su mundo se cerró para todo lo que no fuera su hermoso amado. Lo colocó en su interior, en un altar, lo adornó con todas las virtudes y cualidades humanas y algunas cuantas divinas.
Ella, que siempre había sido fuerte, altiva, se puso de rodillas en su corazón para adorarlo sin medida. Y mientras en él duró el interés, la novedad de la conquista, ella fue feliz con las ocasionales caricias y las estudiadas sonrisas.
Pobre. No sabía que casi siempre bellezas tan radiantes por dentro están vacías.
Y él se cansó de la ternura, le salió sobrando un día la ofrenda de amor incondicional, estaba acostumbrado a recibirlas, ahí, ya no había aventura ni excitación, ni novedad…
Ella se quedó perdida en el desierto de su dolor, sin querer creer que había llegado todo a su fin. Lo llamó, lo buscó, justificó hasta lo inverosímil sus silencios, y sus ausencias.
Queriendo sacar su imagen de su corazón y su cabeza, dibujó por horas su retrato a lápiz, lo mandó enmarcar y aun se lo envió, como regalo póstumo. El tomó el cuadro aquel que tantas tardes de silencio en soledad había costado, y lo arrumbó junto con el amor despreciado en el cuarto de los cachivaches…
Ella se perdió aun mas en un submundo de silencios y tristezas, de llantos y de insomnios, Se vistió de depresión y justificó su dolor con doce enfermedades diferentes. Se preparo a morir, porque un amor tan grande merecía ese final, pero la Muerte no llegó. Bien dicen que ni Dios ni la Muerte enderezan jorobados ni cumplen caprichos. Y a ella no le quedó más remedio que hacer bolas su amor desairado y comérselo bocado a bocado, como si fuera un fruto amargo y eterno.
El amor en sus entrañas se transformó en fuego, que por las noches quemaba, y ella se mordía los labios y apretaba los ojos para no dejar salir los gritos ni derramar más lágrimas: te lloré lo suficiente –decía- por ti, ni una lágrima más.
Poco a poco, como el tiempo nunca para, aquel fuego de su amor acabó por apagarse. Un día ella miro en su interior y al verlo ahí, una figura pequeñita y agazapada, le dijo: Tú no existes, y la figurita como un ratón se refugió en su inconsciente. El mismo día alguien le preguntó por él y ella respondió: No lo conozco.
Días después se encontraron por la calle, él hermoso como siempre pero ella pensó: Ya no resplandece tanto. Y abrió apenas los labios para musitar un buenas tardes que sonó desganado. El la miró y pensó que después de todo, ella no había cambiado tanto, y probó con ella la sonrisa número veintitrés que tanto antes le había funcionado.
Pero ella era ya inmune a sus encantos.
Se fue por la calle caminando, bajo el sol del ocaso, siendo libre, siendo pura, siendo virgen… y conforme sus pasos avanzaban, iban desprendiéndose de ella, lenguas de fuego apagadas que tapizaron la calle como secas hojas de árbol