José Gervasio Artigas
Antes que nada una canción idónea para que escuches mientras ves el post
Alfredo Zitarrosa - Vidalita a José Artigas
Letra
(Huella y vidalita)
Vidalita acordate de José Artigas,
y endulzate la boca, cuando lo digas.
A la huella de un siglo que otros borraron,
mintiendo los martirios del traicionado.
A la huella vieja, vidalitay,
que te estoy buscando,
junto a Lavalleja, vidalitay,
yo quiero oírte andando.
A la huella, primero, de José Artigas,
y sacate el sombrero, cuando lo digas.
Lararailaira, lararairá,
y sacate el sombrero, cuando lo digas.
Vidalita orientala, lejana y pura,
a la patria cantala sin amargura.
No hay más huella, canejo, que la de Artigas,
y jugate el pellejo, cuando la sigas.
Patria sola y patria, vidalitay,
patria sola y muda,
rompé tu silencio, vidalitay,
vamos en tu ayuda.
En tu ayuda, ¡ay paisanos!, monten caballos;
vamos mano con mano, los uruguayos.
Lararairara, lailararará;
vamos mano con mano, los uruguayos.*
* En una decisión inicialmente no compartida por el coautor, Alfredo Zitarrosa cambia estos versos, en las ediciones posteriores, por "En tu ayuda, ¡ay paisanos!, monten baguales; / vamos mano con mano, los orientales".
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Introducción a su vida y Obra
Desde 1764 hasta 1810
Figura prócer, por excelencia, de la Historia Nacional, Primer Jefe de los Orientales y primer estadista de la Revolución del Río de la Plata, según acertadamente se le ha llamado.
Nacido el 19 de junio de 1764, hijo de Martín José Artigas y Francisca Antonia Arnal, según la partida que luce al folio 209 del Libro Primero de Bautismos de la Catedral de Montevideo, su abuelo, Juan Antonio Artigas, había sido uno de los primeros pobladores de la Ciudad.
No dice el asiento parroquial que haya visto luz en Montevideo, lo cual plantea discusión sobre el sitio de su cuna, pero nada permite, creer que haya nacido en la Villa del Sauce, localidad del departamento de Canelones.
La considerable distancia de esta población, los pésimos caminos y la estación invernal, parecen excluir la posibilidad de un viaje, sin objeto, con una criatura de tres días, puesto que se le impuso "Oleo y Chrisma" el 21 de junio.
Concurrente cuando niño al Colegio Franciscano, recibió la mediocre enseñanza de la época, y hecho mocito, pasó durante su juventud a ocuparse en faenas rurales en la campaña despoblada, donde las autoridades, poco más de nominales, eran incapaces de tener a raya al gauchaje levantisco, y de contener los avances y tropelías de los grupos de indios charrúas y minuanos, más numerosos, pero no peores, que los contrabandistas portugueses que infectaban la zona.
La que podría llamarse carrera de armas de José Artigas, principia el día 10 de marzo de 1797, cuando ingresó en el Cuerpo de Blandengues, unidad militar cuyas funciones eran, en lo principal, funciones de policía y vigilancia.
De entrada tuvo a su cargo una partida recorredora de los campos, y ascendió sucesivamente a ayudante mayor de milicias de caballería y luego a capitán, hasta que el 3 de setiembre de 1810 recibió el mando de una compañía veterana de Blandengues de la Frontera.
Su actividad continua en el servicio era prenda de orden para los estancieros y pobladores de la campana, y garantía cierta de vidas y haciendas.
En esa carrera, donde comprendió la esencia de la realidad popular que debía imponer las directivas a su obra de hombre público, tuvo ocasión de convivir, casi un año, en íntimo contacto con Félix de Azara, sabio naturalista español y hombre de profundos y variados conocimientos, cuyas ideas en materia económico - social Artigas asimiló indudablemente, pues aparecen más tarde en varias de sus concepciones de hombre de gobierno.
Azara, en los años 1801 - 1802, desempeñaba funciones oficiales como encargado de límites en la frontera con Portugal.
Las autoridades superiores de la colonia, por su lado, compartían el buen concepto general sobre Artigas y existen múltiples e inequívocas pruebas de la confianza y consideración que, de Gobernador abajo, mereció de los funcionarios españoles.
Querido y respetado por la gente de campo, su valor y sus condiciones de soldado se hacían presentes, de modo natural, sobre el elemento criollo, que penetraba bien el sentido de justicia equitativa y tolerante, característica, del Capitán de Blandengues.
A la hora de las invasiones inglesas marchó a combatir contra los extranjeros "herejes", y el día en que Montevideo fue tomada por ellos (3 de febrero de 1807) dirigiose al campo con el propósito de organizar fuerzas que resistieran en el interior.
Sobre un primer plantel de trescientos hombres, reclutado con la cooperación del saladerista Secco, agrupando los peones de las estancias y los paisanos que acudían a ponerse a sus órdenes, prestamente tuvo Artigas elementos de fuerza y, sobre todo, posibilidad de movilizarlos y ponerlos en acción por la buena calidad y abundancia de los montados.
Pero no fue preciso llegar a la lucha, pues los ingleses evacuaron el Río de la Plata, en derrota, y el señorío colonial de España pudo reanudar su marcha con la misma lamentable torpeza y cortas miras de un régimen anquilosado, en disolución espontánea.
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Desde 1812 hasta 1815
El convenio de 20 de octubre entre españoles y porteños, no podía, razonablemente, tener andamiento, pues en la mala fe de las partes contratantes estaba el secreto de su debilidad, y los portugueses invasores de la Provincia Oriental tomaron a poco de andar tal empuje, que la autoridad de Buenos Aires vio el peligro real que ello significaba en el mapa político. Entonces se propuso reforzar a Artigas acampado en el Ayuí, y hacer frente, en la provincia, a los invasores.
Gaspar Vigodet, sustituto de Elío en el gobierno de Montevideo alegó el convenio de octubre y amenazó con oponerse a aquél propósito con las armas en la mano. Un gobierno triunviral, que había sustituido en Buenos Aires a la Junta, procediendo con más energías que ésta, denunció el armisticio el 6 de enero de 1812.
La presencia de los portugueses significaba en esos momentos una grave complicación y el gobierno del Triunvirato, contando con los buenos oficios del representante de Inglaterra en la corte de Río Janeiro, pudo negociar el tratado que ajustaron los respectivos plenipotenciarios, Juan Rademaker y Nicolás Herrera, firmándolo en Buenos Aires el 4 de mayo de 1812. La evacuación de la provincia por las tropas del General Souza, aunque demorada por éste cuanto le fue posible, era un hecho al finalizar agosto.
El campo quedaba libre para dilucidarse la cuestión de vida o muerte entre españoles y patriotas, y en esas circunstancias, el General Sarratea con un cuerpo de ejército pasó al Ayuí a entrevistarse con Artigas, para convenir la manera de traer la guerra inmediatamente a la Banda Oriental, reanudándose la lucha.
Las intrigas en el Ayuí, iniciadas con la designación de Sarratea, en cuanto significaba posponer al jefe natural y reconocido de la Banda, agravaron la situación provocando la defección de algunos jefes que habían seguido a Artigas en el Ayuí, como Ventura Vázquez, Valdenegro, su jefe de Estado Mayor, a la par que fomentaban las deserciones entre la tropa.
No obstante esa inconducta y las desinteligencias que fatalmente provocó, Artigas se puso a órdenes de Sarratea y repasando el Uruguay vino de nuevo a su tierra, con sus soldados y su pueblo, Rondeau, jefe de la vanguardia del ejército de las Provincias, fue el primero en llegar frente a Montevideo, fijando reales en el Cerrito el 20 de octubre, y dando vigor al Segundo Sitio que las partidas patriotas de José E. Culta tenían principiado en cierto modo y las cuales se le unieron de inmediato para remontar el ejército independiente hasta el número de dos mil hombres.
El 31 de diciembre del año 12, rechazando una salida de Vigodet, José Rondeau logró la victoria del Cerrito.
El 20 de enero del año 1813, Artigas llegó al Paso de la Arena del Santa Lucía, con sus tropas calculadas en unas cinco mil plazas.
Sarratea arribó al campo sitiador con poca diferencia, acentuando con ello la prevención con que se le miraba en el ejército. Artigas, por su lado, declaró que se mantendría al margen de las operaciones si aquel continuaba en su cargo, y como uno de sus jefes, el comandante Fructuoso Rivera, materializando la hostilidad, se apoderó de las caballadas del ejército. Rondeau, con plena visión de lo que acontecía, se dispuso a cortar por lo sano, y provocando en el mes de febrero una reunión de los jefes subalternos -extra ordenanza y sediciosa si se quiere- significó a Sarratea la necesidad de resignar el mando y alejarse del sitio.
Rondeau asumió entonces funciones de General en Jefe y Artigas, de inmediato, el 26 de febrero de 1813, vino al campamento del Cerrito a ponerse a sus órdenes para el sitio.
En este instante el español Vigodet, encerrado en Montevideo, considerando posible sustraer a Artigas de la causa de la patria, efectuó en tal sentido un hábil sondeo con promesas de confiarle un alto puesto de mando, pero el caudillo lo rechazó según correspondía.
La posesión de la Provincia Oriental por sus nativos era un hecho, y estando, a la fecha, en funciones la Asamblea General Constituyente reunida en Buenos Aires, consideró Artigas que había llegado el momento de hacerse representar en el cónclave que legislaba para todos. En esa inteligencia, los pueblos de la Banda, previamente invitados a hacerlo, enviaron sus diputados al Congreso de Peñarol, cuyas sesiones Artigas abrió personalmente, el 4 de abril de 1813.
Entonces dirigió a los diputados el célebre discurso en que abdicaba de los poderes omnímodos que había investido hasta ese día, principiando con estos párrafos: "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos, y ved ahí también todo el premio de mi afán".
Después de exigir a Buenos Aires satisfacciones por agravios anteriores y garantías de futuro, el Congrego resolvió la designación de cinco diputados a la Asamblea Constituyente de Buenos Aires, correspondiendo uno a cada uno de los cinco cabildos existentes en la Provincia, de los cuales cuatro eran sacerdotes, y el quinto un antiguo oficial de Blandengues. Los diputados orientales marcharon a su destino provistos de un programa concreto, al que debían ajustar su conducta, el cual ha pasado a la historia con la denominación de Instrucciones del Año XIII.
Se trataba de una pieza político-jurídica de alcance y significación incomparables, por los fundamentos democrático - republicanos que contenía, verdadero canon de una "Carta Magna" para las Provincias Unidas. Las cláusulas fundamentales de las Instrucciones de Artigas eran las siguientes:
independencia absoluta de las colonias;
sistema de confederación de las provincias conforme a un pacto de reciprocidad;
libertad civil y religiosa en toda su extensión;
la libertad, la igualdad y la seguridad de los individuos de cada provincia, que debían constituir la base de los gobiernos locales y del gobierno central;
independencia de los tres poderes del Estado;
autonomía provincial en su manejo interno; soberanía, libertad e independencia de la Provincia Oriental: aniquilación del despotismo militar merced a trabas constitucionales;
exclusión de Buenos Aires como capital federal;
garantías de comercio para ciertos puertos orientales.
Los congresales de Buenos Aires, de tendencias manifiestamente centralistas y oligárquicas, se espantaron ante la posibilidad de que se pudieran traer al debate postulados de semejante audacia, llenos de inmensa importancia histórica y doctrinal, y que planteaban problemas que a ellos no les interesaba resolver.
Ante una perspectiva semejante y pretextando defectos de forma en la elección, el Congreso no aceptó los diputados de la provincia Oriental: rechazando los hombres esperaba rechazar las ideas.
"En el ambiente agreste, donde el sentir común de los hombres de la ciudad sólo veía barbarie, disolución social, energía rebelde a cualquier propósito constructivo, -dice Rodó- vio el gran caudillo, y sólo él, la virtualidad de una democracia en formación, cuyos instintos y propensiones nativas, podían encauzarse como fuerzas orgánicas, dentro de la obra de fundación social y política que había de cumplirse para el porvenir de estos pueblos".
Frustradas todas las tentativas de avenimiento en lo relativo a la no admisión de los diputados. Artigas contemporizó todavía, manteniéndose en posición razonable, pronto a entrar en el terreno conciliatorio, el que se le llamara.
De aquí nació la idea de convocar a un nuevo congreso provincial. Este se reunió en la Capilla de la chacra de Maciel, en la margen del Arroyo Miguelete, el 8 de octubre de 1813.
La obra de estos asambleístas, dirigidos por políticos hábiles que actuaban detrás del General Rondeau, vino a dar por tierra con todo lo resuelto en el Congreso de Abril, llegando hasta deponer a Artigas del gobierno. Pero tan lejos fueron en la maniobra, que la Asamblea Constituyente de Buenos Aires no se atrevía a admitir en su seno a los diputados de Capilla de Maciel.
Ante semejante actitud de los políticos de Buenos Aires, Artigas, por segunda vez -el 20 de enero de 1814, se retiró del Sitio de Montevideo llevando consigo más de tres mil hombres. Iba a extender el radio de su influencia cada día mayor sobre las provincias litorales, donde lo reconocían como jefe, y sus pasos se encaminaron al Norte, deteniéndose en el pueblo de Belén.
Gervasio Antonio Posadas, Director de Buenos Aires, respondió con el decreto de 11 de febrero, declarándolo traidor y enemigo de la patria ofreciendo un premio de 6.000 pesos al que lo entregara vivo o muerto. Artigas, por su parte, declaró la guerra al Directorio, aprestándose a combatirlo.
En esos días, el Virrey de Lima, General Pezuela, le enviaba por un propio una carta sugiriéndole la posibilidad de un convenio que lo favoreciera, impuesto de que Artigas -fiel a su monarca-, sostenía sus derechos. Pero Artigas lo respondió: "Han engañado a V.S. y ofendido mi carácter, cuando le han informado que yo defiendo a su ley... Esta cuestión la decidirán las armas... Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mí empeño que ver libre mi nación del poderío español..."
La caída de Montevideo en manos de los porteños el 20 de junio de 1814 pareció en un momento que iba a solucionar el conflicto. Torgués, al frente de sus milicias, reclamaba la plaza en nombre de Artigas, y la respuesta de Alvear fue el envío de fuerzas que lo sorprendieron en las proximidades de Las Piedras.
Organizaron los vencedores nuevas autoridades en la ciudad, y el 16 de junio vino de Buenos Aires Nicolás Rodríguez Peña, nombrado delegado del Directorio Supremo y Gobernador Intendente.
Posadas y sus amigos políticos, si bien no estaban dispuestos a entregar Montevideo al Jefe de los Orientales, tampoco excluían la posibilidad de hallar cuando menos un modus-vivendi. En ese orden de ideas, tras la "Misión Amaro - Candiotti", el decreto que ponía a Artigas fuera de la ley quedó revocado el 17 de agosto.
Pero la situación de guerra existía de hecho, y el regreso a Montevideo del General Alvear, momentáneamente alejado de la plaza, exacerbó los ánimos del elemento provincial.
Artigas tenía su Cuartel General en los potreros de Arerunguá, en el actual departamento del Salto, mientras Torgués y Rivera operaban en el sur con excelentes medios de movilidad, y al cabo de varios encuentros parciales donde la suerte no favoreció del todo a los directoriales, Alvear se avino a entrar en arreglos, dispuesto a tratar con los emisarios que mandara Artigas a Canelones.
Pero no se procedía de buena fé, y el propósito era ganar tiempo, simulando que se retiraban las tropas. Estas fuerzas, mandadas por Soler, se hicieron sentir prestamente en la zona de Colonia y luego en San José.
El Coronel Manuel Dorrego, al frente de una fuerte columna, recibió orden de marchar hacia el interior y en el curso de sus operaciones logró sorprender a Torgués en Marmarajá el 6 de octubre, obteniendo un triunfo fácil pero engañoso. Sacó de él una idea plenamente falsa respecto al poderío y la fuerza de resistencia de las huestes artiguístas.
En esa convicción decidióse a batir a Fructuoso Rivera y después de varias alternativas, reforzados ambos ejércitos, aquel joven Capitán de Artigas le infligió tan tremenda derrota en Guayabos -el 10 de enero de 1815-, que Dorrego apenas pudo escapar con una cincuentena de hombres, vadeando enseguida el Río Uruguay.
El Directorio, comprendiendo que la partida estaba perdida, se propuso transar sobre la base del reconocimiento de los derechos de la Provincia Oriental a gobernarse a sí misma. El delegado Nicolás Herrera abarcó pronto la realidad de las cosas, y se convino que la plaza sería evacuada por las tropas porteñas, conforme se efectuó el 25 de febrero de 1815. Al día siguiente Torgués entraba en Montevideo con título de Gobernador Militar.
En este primer gobierno patrio, el poder fue ejercido sucesivamente por Torgués y por Miguel Barreiro, conforme a delegación de Artigas, y en su periodo se instituyeron la primera bandera y el primer escudo de armas de la Provincia Oriental.
Al mismo corto período corresponden también varias generosas iniciativas de progreso y de orden, como la creación de la Biblioteca Nacional y los servicios de rentas y policía reorganizados.
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Artigas en su juventud
Consagración a las faenas rurales
No queriendo abrazar la carrera eclesiástica, puesto que su ardiente espíritu no se avenía con la vida contemplativa ni con la inacción física, abandonó los estudios que cursaba en el colegio regenteado en Montevideo por los conventuales de San Francisco, único establecimiento particular de enseñanza de primeras letras que funcionaba entonces en la metrópoli uruguaya.
El cerebro juvenil de Artigas no se había contaminado con las ideas suicidas de los que únicamente piensan en la holgazanería, en las diversiones, en el juego o en cosas fútiles, cuando no perjudiciales a la salud física y moral del ser humano. Quería hacerse hombre, moldeado en el yunque del trabajo, para poder abrirse paso por sus solos esfuerzos en el árido sendero de la vida, a pesar de que le hubiera sido cosa fácil llevar una existencia regalada, sin el menor sacrificio ni sinsabores, al calor del lar doméstico.
La vida de portones adentro, era sencilla y monótona: funciones religiosas, corridas de toros, revistas militar; saraos, de vez en cuando, honrados por la presencia del gobernador, don Joaquín del Pino, futuro virrey del Plata; paseos por las murallas o las costas. Las puertas de la ciudad se cerraban al anochecer, y nadie entraba ni salía. Sabemos de él en esa época, de sus aficiones y costumbres. Era afable y atencioso; muy dado a la sociedad; vestía con esmero, a lo cabildante, como entonces se decía, con su coleta y su casaca bordada, o su chaquetilla de alamares o trencilla fina en el pecho, y su pino en la espalda.
Criado, pues, en la más refinada cultura y relacionado con lo mejor entre los de su edad, pudo haber permanecido en la ciudad nativa, buscando en ella alguna ocupación digna de los de su estirpe, pero amaba la libertad y sentía ansias de respirar a pulmones llenos el aire puro del campo, del que ya había disfrutado, aunque por corto tiempo, en distintas oportunidades, familiarizándose con el caballo, y en 1784 optó por consagrarse a las faenas rurales, tomando como base de ese género de actividades las estancias que su señor padre tenía en Casupá, en Chamizo y en el Sauce, pues éste defirió gustoso a sus deseos.
Desde un principio demostró gran destreza y plausible celo en el desempeño de tan arduas tareas, captándose a la vez las simpatías generales y la confianza ilimitada de su venerable progenitor, persona bien vista y expectable, puesto que fue uno de los más distinguidos miembros del Cabildo, habiendo ejercido en él las funciones de Alguacil Mayor, en 1758; las de Alcalde de Hermandad, en 1761; las de Alcalde Provincial, en 1765, en 1774, en 1781 y en 1792; las de Alférez Real, en 1768 y en 1796; y las de Depositario, en 1788, además de llenar cumplidamente varios empleos militares de difícil ejecución.
Inteligente, perspicaz y activo, se adaptó bien pronto a las nuevas costumbres, y nada tuvo que envidiar a los más diestros jinetes y manejadores del lazo y las boleadoras, causando gran admiración entre el paisanaje que un mozalbete de la ciudad,-un pueblero, como ellos decían, - no ha mucho maturrango, pudiera hacerles competencia, sin desmedro para él, en todas las manifestaciones de usanza campestre.
Nadie le sobrepujaba tampoco como madrugador, ni a soportar pacientemente las rudezas de todas las estaciones, pues no se quejó jamás de los efectos del frío, aunque atravesara sobre escarchas y lo empapasen las heladas, ni de los rayos ardientes del sol.
Años después, habituado ya, como decimos, a aquel ambiente, y maestro en el arte de las lidias en que hizo sin aprendizaje en el último tercio de su vigorosa adolescencia, emprendió por su sola cuenta la compra y matanza de haciendas, con distintos objetos, principalmente para negociar en gran escala el corambre, además de las astas y la crin, por cuya adquisición se interesaban los acaparadores europeos, aprovechando su excesiva baratura, pero que él enviaba a la barraca de su señor padre, don Martín José Artigas, instalada en una de las esquinas de las calles San Luis y San Antonio, en calidad de depósito y para que este realizase su venta en la debida oportunidad.
Los ganaderos tuvieron en él, desde entonces, un poderoso apoyo, pues utilizando la peonada de que disponía para las frecuentes recorridas que efectuaba, a veces hasta las Misiones, en procura de los animales necesarios para el mayor fomento y éxito de su empresa, y auxiliado por elementos voluntarios o proporcionados por los criadores más diligentes, perseguía con temerario arrojo y sin darles tregua, a los contrabandistas portugueses, que campaban por sus respetos en las dilatadas zonas de la campaña.
Batió, igualmente, sin descanso al vandalaje, que cometía depredaciones escapadas a toda previsión de los damnificados, y puso freno, en lo posible, a las irrupciones maléficas de los indígenas, que sembraban también el terror y que a cada instante ponían en peligro los bienes y la vida de aquellos honestos impulsores del progreso pecuario nacional, entonces en verdadero embrión.
Contaba, sin embargo, con el asentimiento y el aplauso de los Cabildos respectivos, que le consideraban en tales circunstancias como un colaborador inapreciable en pro del orden público y de las garantías individuales.
No era nada anormal en aquellos tiempos que los ganaderos salieran de vez en cuando, con permiso de los gobernadores, al frente de partidas reclutadas entre sus hijos, vecinos, peones y esclavos, a ahuyentar a los ladrones que merodeaban por los aledaños de la estancia, o a escarmentar en sus guaridas a los bandoleros más temibles, bien así como lo hacían con los indios de la frontera los arrogantes plantadores de Maryland, Virginia y las Carolinas, en la gran República del Norte.
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Incorporación a la Revolución Libertadora
Los sucesos de mayo de 1810
Los sucesos de mayo de 1810 habían encontrado al Ayudante Mayor de Blandengues don José Artigas en las inmediaciones de Santa Ana (actual Ciudad de Rivera). Se le ubica en Tacuarembó por junio y por Colonia en agosto.
Su Comandante, don Cayetano Ramírez de Arellano lo propone para el grado de Capitán de la Tercera Compañía de su Regimiento de Blandengues, grado que obtiene en el mes de setiembre. Es el premio de más de diez años de sacrificios en la campaña.
Como él decía a su suegra, doña Francisca Artigas de Villagrán, en 1809 cuando él le escribe desde el Paso de Polanco:
"Mi más venerada Señora:"
"Aquí estamos pasando trabajos, siempre a caballo, para garantir a los vecinos de los malevos. Siento en el alma el estado de mi querida Rafaela. Venda usted cuanto tenga para asistirla, que es lo primero y atender a mi querido José María, que para eso he trabajado."
Su persona no había sido ajena a los ojos de la Junta de Mayo, la que en su "Plan de operaciones para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia" (agosto de 1810), previendo su próxima incorporación, expresa:
"Sería muy del caso atraerse a dos sujetos por cualquier interés y promesas, así por sus conocimientos, que nos consta son muy extensos en la campana, como por sus talentos, opiniones, concepto y respeto; como son los del Capitán de Dragones don José Rondeau y los del Capitán de Blandengues don José Artigas; quienes, puesta la campaña en este tono y concediéndoles facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogativas, harán en poco tiempo progresos tan rápidos, que antes de seis meses podría tratarse de formalizar el sitio de la plaza, pues al presente para emprender estas ideas, no deben hacerse con una fuerza armada, por lo que puede argüir la maldad de algunos genios, cuando esta empresa no ofrece ningún riesgo y nos consta muy bien que las fuerzas de Montevideo no pasan de ochocientos hombres y que todavía allí no se han tomado providencias para armar a sus habitantes y que su gobernador es tan inepto que ni aun es para gobernarse a sí mismo."
"Las cosas presentan ya ocasiones que no deben desperdiciarse, mandando inmediatamente a los pueblos del Uruguay y demás principales de la campaña, una fuerza de quinientos a seiscientos hombres con oficiales, sargentos, cabos y demás, para que sirviendo de apoyo, se vayan organizando en los mismos pueblos algunos escuadrones de caballería y cuerpos de infantería, teniéndose presente el haberse atraído ya a nuestro partido y honrándolos con los primeros cargos, a Baldenegro, a Baltasar Vargas, o a los hermanos y primos de Artigas, a Benavides, a Vázquez, de San José y a Baltasar Ojeda, etc."
"Ya en este caso, ninguno podrá ser más útil, para los adelantamientos de esta empresa, que don José Rondeau, por sus conocimientos militares adquiridos en Europa, como por las demás circunstancias expresadas para general en jefe de toda la infantería. Para la caballería, don José Artigas, por las mismas circunstancias que obtiene con relación a la campaña. Verificándose estas ideas, luego inmediatamente debe mandarse de esta capital (Buenos Aires) el número de tres a cuatro mil hombres de tropa arreglada, con la correspondiente plana mayor de oficiales, para el ejército, de más conocimientos, talentos y adhesión a la Patria, con el plan de combinaciones y operaciones militares que deben observar, con las amplias facultades de obrar en todo lo demás, según les pareciese más adecuado a sus conocimientos y circunstancias."
Estos dos jefes habían servido en el Cuerpo de Blandengues de la Frontera de Montevideo desde su creación en 1797. Rondeau nació en Buenos Aires pero vivió desde sus primeros años en la Banda Oriental.
A fines de 1810, el Capitán Artigas al servicio de Montevideo, marcha hacia el Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay) donde la Historia lo ubica por la campaña de Entre Ríos siempre en protección de los desamparados.
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El Éxodo del Pueblo Oriental
Los inicios
El 14 de octubre fue levantado el sitio a Montevideo y el ejército fue puesto en marcha para embarcarse en el Puerto de la Colonia o sus inmediaciones y pasar a la capital Buenos Aires.
El ejército marchaba a cortas y pausadas jornadas, como esperando una contraorden para volver a ocupar el sitio, o para dar tiempo de pensar a los habitantes comprometidos a decidir su suerte entre seguir o quedarse.
En iguales incertidumbres, sin duda, marchaba separadamente el segundo jefe don José Artigas con sus divisiones. Se aceleraron luego las marchas, hasta un punto, por las alturas de la Colonia, en que el Coronel Artigas que miraba más de cerca los compromisos de su tierra y sus paisanos, se pronunció abiertamente con el General en Jefe, para no continuar ni él ni sus Divisiones al otro lado del Plata, con el firme propósito de no abandonar su Patria, estando a todas sus consecuencias.
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Las Instrucciones del año XIII
Antecedentes
Los meses de marzo y abril de 1813 fueron de intensa actividad para el General Artigas.
La revolución del 8 de octubre de 1812 convocó a la formación de una Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la que se instaló en Buenos Aires el último día de enero de 1813. Por el decreto del 24 de octubre anterior, se invitó a las provincias que enviaran sus diputados para integrarla, disponiendo su reconocimiento. A los efectos de llevar adelante esta última medida, se envió ante Artigas al Dr. Pedro Pablo Vidal, quien debía liquidar, además, el conflicto con Sarratea.
Dentro de los planes del Segundo Triunvirato estaba el de designar al General Artigas Gobernador y Comandante General de la Campaña de la Banda Oriental, si se avenía a sus planes. Mas éste, hijo de este suelo, no podía olvidar cul era el sentir de los pobladores del mismo, así como tampoco dejar de consultar la voluntad de los orientales, de los que lo habían hecho su general y a los que devolvía a sus hogares.
Lo tratado con Vidal no salió del agrado del centralismo porteño. A pesar de su nueva vestidura, entonces, el título de Gobernador quedó en poder del diputado, sin que Artigas tuviera conocimiento de ello.
Reiterada a través de Rondeau la orden de reconocimiento, contestó Artigas, que previamente tenía que consultar la voluntad del Pueblo Oriental. Pasa circulares a los pueblos de la campaña para que los vecinos elijan sus diputados. Estos se reunirán en el Congreso de las Tres Cruces. La primera sesión estaba prevista para el sábado 3 de abril, pero por la lluvia de ese día y el siguiente, se aplazó para el 5.
Vayamos al pasado, a través de otra comunicación de Artigas al Paraguay, de fecha 17 de abril, que nos irá dando la evolución de los sucesos, a partir del 8 de febrero de 1813.
"Al fin, se empezó a cantar el triunfo de la justicia. La moderación que marcó todas mis medidas fue bastante comprometida, pero por fortuna, yo pude hallar siempre la manera de ostentarla, y la sangre no entró en la ejecución de mis últimos proyectos. Yo esperaba tranquilo la resolución del gobierno de Buenos Aires, fiado el negocio a nuestro diputado ciudadano Tomás García de Zúñiga. Pero la intriga era preciso que pusiese el ultimátum a sus maquinaciones."
"Sarratea constante en su prostitución abominable y temiendo por otra parte la preponderancia de mis recursos, concibió el proyecto de fraguar una sedición, en mi campo del Paso de la Arena. Puso al efecto los medios consiguientes halagando al interés personal de algunos de mis conciudadanos, con empleos, honores, etc. y cuando creyó que todo estaba, bien combinado, dio la última mano a su plan firmando un decreto en que me declaraba traidor a la patria. Yo me sorprendí delante de aquel sacrilegio, sin embargo, contuve mis transportes y me halló al momento en aptitud de no afligir la humanidad con mi justicia irritada. Mis providencias fueron limitadas a la reclamación que hice a los señores coroneles French y Rondeau, como garantes de la última suspensión. Seguidamente pasé a Sarratea un oficio y me dispuse a obrar, siempre con la delicadeza bastante a conciliarlo todo ante la presencia de Montevideo. Sarratea tuvo la desvergüenza de pasarme la contestación y en la necesidad de proveer contra las demoras de aquel hombre malvado, hice marchar mi vanguardia que se presentó sobre el Cerrito de Montevideo la mañana del 21 a retaguardia de la derecha del asedio. Entonces todo fue concluido. Los déspotas buscaron infructuosamente asilo en los jefes de la línea, ellos se vieron obligados a dejar el campo y emprender su retorno a Buenos Aires, depositando el mando en el muy digno coronel don José Rondeau y yo al frente de los bravos orientales, rodeado de un numeroso vecindario y en medio de las salvas y aclamaciones del Ejército Auxiliador acampé delante de Montevideo la mañana del 26."
"El gobierno de Buenos Aires deseoso de activar la conclusión de las desavenencias que nos agitaban propuso a la Soberana Asamblea la misión de uno de sus miembros con las instrucciones competentes."
"En diferentes sesiones particulares que sucedieron hice ver al diputado que esto era de necesidad respetar la grandeza de este pueblo admirable y por último que podía retirarse si sus facultades no eran extensivas al allanamiento de las pretensiones del Yi."
"Él instaba sobre el reconocimiento de la asamblea: quería suscitar mis temores hablándome de la retirada del sitio, si yo insistía en el caso opuesto. Yo me sostuve, exponiéndole que había convocado al pueblo para resolver en el particular; que en todo caso, se me había anunciado muy otro el objeto de su misión, que él empezaba por donde debía concluir y que si se llevaba a efecto la retirada del sitio, desistiesen para siempre del proyecto de pasar un solo hombre a la costa oriental del Uruguay, ni aun del Paraná... Este era nuestro estado cuando él recibió órdenes de retornar y vino al general Rondeau la orden para el reconocimiento en cuestión. Convocado el pueblo, abrí la Asamblea con la oración."
"He tomado las providencias más propias y muy pronto contará esta Provincia con los recursos de ella misma y sus planes de prosperidad serán consolidados. En estos momentos, anteayer, recibí comunicación del Supremo Gobierno Ejecutivo en que me avisaba se pasaban al General Rondeau las instrucciones y facultades competentes para concluir conmigo el allanamiento de las pretensiones de mi ejército y la Provincia."
"He dividido las pretensiones del ejército, las de la Provincia que se mencionan en el acta y las de la misma que deben mirarse como convención de ella y son las concernientes a su libertad, sistema de confederación y mayor número para el rol de sus diputados. El ciudadano Tomás García de Zúñiga no había concluido cosa alguna, porque sus representaciones se eludían con la espera del gobierno sobre el resultado de la misión del diputado de la Soberana Asamblea. De todos modos, aquí es lo mismo. Yo tendré cuidado de avisar a usted de la conclusión en el mismo día que sea firmada y mientras, orientado usted de las miras de esta provincia, podrá concluir también su plan, decidiéndose a sus resoluciones consiguientes si le parece bien equilibrado el juego de los sufragios en la asamblea con seis diputados nuestros, siete de esa provincia grande y dos del Tucumán decididos al sistema de confederación que manifiesta usted tan constantemente. El papel Nº 0 dará a usted una noticia de las instrucciones que se pasan a nuestros diputados; ellos aún no han pasado a incorporarse en la asamblea."
"Yo continuaré siempre en mis fatigas por la libertad y grandeza de este pueblo. La energía nivelará sus pasos ulteriores hasta su consolidación y en medio de los mayores apuros no me prostituiré jamás."
"Libertad, igualdad, seguridad son nuestros votos. Libertad, igualdad, seguridad serán nuestros dignos frutos. Ellos coronarán nuestro afán y gran inmortal provincia nos retornará sus felicitaciones, dirigiéndoselas nosotros con igual motivo."
"Dios guarde a usted muchos años."
"Delante de Montevideo, 17 de abril de 1813.
José Artigas"
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Antes que nada una canción idónea para que escuches mientras ves el post
Alfredo Zitarrosa - Vidalita a José Artigas
Letra
(Huella y vidalita)
Vidalita acordate de José Artigas,
y endulzate la boca, cuando lo digas.
A la huella de un siglo que otros borraron,
mintiendo los martirios del traicionado.
A la huella vieja, vidalitay,
que te estoy buscando,
junto a Lavalleja, vidalitay,
yo quiero oírte andando.
A la huella, primero, de José Artigas,
y sacate el sombrero, cuando lo digas.
Lararailaira, lararairá,
y sacate el sombrero, cuando lo digas.
Vidalita orientala, lejana y pura,
a la patria cantala sin amargura.
No hay más huella, canejo, que la de Artigas,
y jugate el pellejo, cuando la sigas.
Patria sola y patria, vidalitay,
patria sola y muda,
rompé tu silencio, vidalitay,
vamos en tu ayuda.
En tu ayuda, ¡ay paisanos!, monten caballos;
vamos mano con mano, los uruguayos.
Lararairara, lailararará;
vamos mano con mano, los uruguayos.*
* En una decisión inicialmente no compartida por el coautor, Alfredo Zitarrosa cambia estos versos, en las ediciones posteriores, por "En tu ayuda, ¡ay paisanos!, monten baguales; / vamos mano con mano, los orientales".
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Introducción a su vida y Obra
Desde 1764 hasta 1810
Figura prócer, por excelencia, de la Historia Nacional, Primer Jefe de los Orientales y primer estadista de la Revolución del Río de la Plata, según acertadamente se le ha llamado.
Nacido el 19 de junio de 1764, hijo de Martín José Artigas y Francisca Antonia Arnal, según la partida que luce al folio 209 del Libro Primero de Bautismos de la Catedral de Montevideo, su abuelo, Juan Antonio Artigas, había sido uno de los primeros pobladores de la Ciudad.
No dice el asiento parroquial que haya visto luz en Montevideo, lo cual plantea discusión sobre el sitio de su cuna, pero nada permite, creer que haya nacido en la Villa del Sauce, localidad del departamento de Canelones.
La considerable distancia de esta población, los pésimos caminos y la estación invernal, parecen excluir la posibilidad de un viaje, sin objeto, con una criatura de tres días, puesto que se le impuso "Oleo y Chrisma" el 21 de junio.
Concurrente cuando niño al Colegio Franciscano, recibió la mediocre enseñanza de la época, y hecho mocito, pasó durante su juventud a ocuparse en faenas rurales en la campaña despoblada, donde las autoridades, poco más de nominales, eran incapaces de tener a raya al gauchaje levantisco, y de contener los avances y tropelías de los grupos de indios charrúas y minuanos, más numerosos, pero no peores, que los contrabandistas portugueses que infectaban la zona.
La que podría llamarse carrera de armas de José Artigas, principia el día 10 de marzo de 1797, cuando ingresó en el Cuerpo de Blandengues, unidad militar cuyas funciones eran, en lo principal, funciones de policía y vigilancia.
De entrada tuvo a su cargo una partida recorredora de los campos, y ascendió sucesivamente a ayudante mayor de milicias de caballería y luego a capitán, hasta que el 3 de setiembre de 1810 recibió el mando de una compañía veterana de Blandengues de la Frontera.
Su actividad continua en el servicio era prenda de orden para los estancieros y pobladores de la campana, y garantía cierta de vidas y haciendas.
En esa carrera, donde comprendió la esencia de la realidad popular que debía imponer las directivas a su obra de hombre público, tuvo ocasión de convivir, casi un año, en íntimo contacto con Félix de Azara, sabio naturalista español y hombre de profundos y variados conocimientos, cuyas ideas en materia económico - social Artigas asimiló indudablemente, pues aparecen más tarde en varias de sus concepciones de hombre de gobierno.
Azara, en los años 1801 - 1802, desempeñaba funciones oficiales como encargado de límites en la frontera con Portugal.
Las autoridades superiores de la colonia, por su lado, compartían el buen concepto general sobre Artigas y existen múltiples e inequívocas pruebas de la confianza y consideración que, de Gobernador abajo, mereció de los funcionarios españoles.
Querido y respetado por la gente de campo, su valor y sus condiciones de soldado se hacían presentes, de modo natural, sobre el elemento criollo, que penetraba bien el sentido de justicia equitativa y tolerante, característica, del Capitán de Blandengues.
A la hora de las invasiones inglesas marchó a combatir contra los extranjeros "herejes", y el día en que Montevideo fue tomada por ellos (3 de febrero de 1807) dirigiose al campo con el propósito de organizar fuerzas que resistieran en el interior.
Sobre un primer plantel de trescientos hombres, reclutado con la cooperación del saladerista Secco, agrupando los peones de las estancias y los paisanos que acudían a ponerse a sus órdenes, prestamente tuvo Artigas elementos de fuerza y, sobre todo, posibilidad de movilizarlos y ponerlos en acción por la buena calidad y abundancia de los montados.
Pero no fue preciso llegar a la lucha, pues los ingleses evacuaron el Río de la Plata, en derrota, y el señorío colonial de España pudo reanudar su marcha con la misma lamentable torpeza y cortas miras de un régimen anquilosado, en disolución espontánea.
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Desde 1812 hasta 1815
El convenio de 20 de octubre entre españoles y porteños, no podía, razonablemente, tener andamiento, pues en la mala fe de las partes contratantes estaba el secreto de su debilidad, y los portugueses invasores de la Provincia Oriental tomaron a poco de andar tal empuje, que la autoridad de Buenos Aires vio el peligro real que ello significaba en el mapa político. Entonces se propuso reforzar a Artigas acampado en el Ayuí, y hacer frente, en la provincia, a los invasores.
Gaspar Vigodet, sustituto de Elío en el gobierno de Montevideo alegó el convenio de octubre y amenazó con oponerse a aquél propósito con las armas en la mano. Un gobierno triunviral, que había sustituido en Buenos Aires a la Junta, procediendo con más energías que ésta, denunció el armisticio el 6 de enero de 1812.
La presencia de los portugueses significaba en esos momentos una grave complicación y el gobierno del Triunvirato, contando con los buenos oficios del representante de Inglaterra en la corte de Río Janeiro, pudo negociar el tratado que ajustaron los respectivos plenipotenciarios, Juan Rademaker y Nicolás Herrera, firmándolo en Buenos Aires el 4 de mayo de 1812. La evacuación de la provincia por las tropas del General Souza, aunque demorada por éste cuanto le fue posible, era un hecho al finalizar agosto.
El campo quedaba libre para dilucidarse la cuestión de vida o muerte entre españoles y patriotas, y en esas circunstancias, el General Sarratea con un cuerpo de ejército pasó al Ayuí a entrevistarse con Artigas, para convenir la manera de traer la guerra inmediatamente a la Banda Oriental, reanudándose la lucha.
Las intrigas en el Ayuí, iniciadas con la designación de Sarratea, en cuanto significaba posponer al jefe natural y reconocido de la Banda, agravaron la situación provocando la defección de algunos jefes que habían seguido a Artigas en el Ayuí, como Ventura Vázquez, Valdenegro, su jefe de Estado Mayor, a la par que fomentaban las deserciones entre la tropa.
No obstante esa inconducta y las desinteligencias que fatalmente provocó, Artigas se puso a órdenes de Sarratea y repasando el Uruguay vino de nuevo a su tierra, con sus soldados y su pueblo, Rondeau, jefe de la vanguardia del ejército de las Provincias, fue el primero en llegar frente a Montevideo, fijando reales en el Cerrito el 20 de octubre, y dando vigor al Segundo Sitio que las partidas patriotas de José E. Culta tenían principiado en cierto modo y las cuales se le unieron de inmediato para remontar el ejército independiente hasta el número de dos mil hombres.
El 31 de diciembre del año 12, rechazando una salida de Vigodet, José Rondeau logró la victoria del Cerrito.
El 20 de enero del año 1813, Artigas llegó al Paso de la Arena del Santa Lucía, con sus tropas calculadas en unas cinco mil plazas.
Sarratea arribó al campo sitiador con poca diferencia, acentuando con ello la prevención con que se le miraba en el ejército. Artigas, por su lado, declaró que se mantendría al margen de las operaciones si aquel continuaba en su cargo, y como uno de sus jefes, el comandante Fructuoso Rivera, materializando la hostilidad, se apoderó de las caballadas del ejército. Rondeau, con plena visión de lo que acontecía, se dispuso a cortar por lo sano, y provocando en el mes de febrero una reunión de los jefes subalternos -extra ordenanza y sediciosa si se quiere- significó a Sarratea la necesidad de resignar el mando y alejarse del sitio.
Rondeau asumió entonces funciones de General en Jefe y Artigas, de inmediato, el 26 de febrero de 1813, vino al campamento del Cerrito a ponerse a sus órdenes para el sitio.
En este instante el español Vigodet, encerrado en Montevideo, considerando posible sustraer a Artigas de la causa de la patria, efectuó en tal sentido un hábil sondeo con promesas de confiarle un alto puesto de mando, pero el caudillo lo rechazó según correspondía.
La posesión de la Provincia Oriental por sus nativos era un hecho, y estando, a la fecha, en funciones la Asamblea General Constituyente reunida en Buenos Aires, consideró Artigas que había llegado el momento de hacerse representar en el cónclave que legislaba para todos. En esa inteligencia, los pueblos de la Banda, previamente invitados a hacerlo, enviaron sus diputados al Congreso de Peñarol, cuyas sesiones Artigas abrió personalmente, el 4 de abril de 1813.
Entonces dirigió a los diputados el célebre discurso en que abdicaba de los poderes omnímodos que había investido hasta ese día, principiando con estos párrafos: "Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos, y ved ahí también todo el premio de mi afán".
Después de exigir a Buenos Aires satisfacciones por agravios anteriores y garantías de futuro, el Congrego resolvió la designación de cinco diputados a la Asamblea Constituyente de Buenos Aires, correspondiendo uno a cada uno de los cinco cabildos existentes en la Provincia, de los cuales cuatro eran sacerdotes, y el quinto un antiguo oficial de Blandengues. Los diputados orientales marcharon a su destino provistos de un programa concreto, al que debían ajustar su conducta, el cual ha pasado a la historia con la denominación de Instrucciones del Año XIII.
Se trataba de una pieza político-jurídica de alcance y significación incomparables, por los fundamentos democrático - republicanos que contenía, verdadero canon de una "Carta Magna" para las Provincias Unidas. Las cláusulas fundamentales de las Instrucciones de Artigas eran las siguientes:
independencia absoluta de las colonias;
sistema de confederación de las provincias conforme a un pacto de reciprocidad;
libertad civil y religiosa en toda su extensión;
la libertad, la igualdad y la seguridad de los individuos de cada provincia, que debían constituir la base de los gobiernos locales y del gobierno central;
independencia de los tres poderes del Estado;
autonomía provincial en su manejo interno; soberanía, libertad e independencia de la Provincia Oriental: aniquilación del despotismo militar merced a trabas constitucionales;
exclusión de Buenos Aires como capital federal;
garantías de comercio para ciertos puertos orientales.
Los congresales de Buenos Aires, de tendencias manifiestamente centralistas y oligárquicas, se espantaron ante la posibilidad de que se pudieran traer al debate postulados de semejante audacia, llenos de inmensa importancia histórica y doctrinal, y que planteaban problemas que a ellos no les interesaba resolver.
Ante una perspectiva semejante y pretextando defectos de forma en la elección, el Congreso no aceptó los diputados de la provincia Oriental: rechazando los hombres esperaba rechazar las ideas.
"En el ambiente agreste, donde el sentir común de los hombres de la ciudad sólo veía barbarie, disolución social, energía rebelde a cualquier propósito constructivo, -dice Rodó- vio el gran caudillo, y sólo él, la virtualidad de una democracia en formación, cuyos instintos y propensiones nativas, podían encauzarse como fuerzas orgánicas, dentro de la obra de fundación social y política que había de cumplirse para el porvenir de estos pueblos".
Frustradas todas las tentativas de avenimiento en lo relativo a la no admisión de los diputados. Artigas contemporizó todavía, manteniéndose en posición razonable, pronto a entrar en el terreno conciliatorio, el que se le llamara.
De aquí nació la idea de convocar a un nuevo congreso provincial. Este se reunió en la Capilla de la chacra de Maciel, en la margen del Arroyo Miguelete, el 8 de octubre de 1813.
La obra de estos asambleístas, dirigidos por políticos hábiles que actuaban detrás del General Rondeau, vino a dar por tierra con todo lo resuelto en el Congreso de Abril, llegando hasta deponer a Artigas del gobierno. Pero tan lejos fueron en la maniobra, que la Asamblea Constituyente de Buenos Aires no se atrevía a admitir en su seno a los diputados de Capilla de Maciel.
Ante semejante actitud de los políticos de Buenos Aires, Artigas, por segunda vez -el 20 de enero de 1814, se retiró del Sitio de Montevideo llevando consigo más de tres mil hombres. Iba a extender el radio de su influencia cada día mayor sobre las provincias litorales, donde lo reconocían como jefe, y sus pasos se encaminaron al Norte, deteniéndose en el pueblo de Belén.
Gervasio Antonio Posadas, Director de Buenos Aires, respondió con el decreto de 11 de febrero, declarándolo traidor y enemigo de la patria ofreciendo un premio de 6.000 pesos al que lo entregara vivo o muerto. Artigas, por su parte, declaró la guerra al Directorio, aprestándose a combatirlo.
En esos días, el Virrey de Lima, General Pezuela, le enviaba por un propio una carta sugiriéndole la posibilidad de un convenio que lo favoreciera, impuesto de que Artigas -fiel a su monarca-, sostenía sus derechos. Pero Artigas lo respondió: "Han engañado a V.S. y ofendido mi carácter, cuando le han informado que yo defiendo a su ley... Esta cuestión la decidirán las armas... Yo no soy vendible, ni quiero más premio por mí empeño que ver libre mi nación del poderío español..."
La caída de Montevideo en manos de los porteños el 20 de junio de 1814 pareció en un momento que iba a solucionar el conflicto. Torgués, al frente de sus milicias, reclamaba la plaza en nombre de Artigas, y la respuesta de Alvear fue el envío de fuerzas que lo sorprendieron en las proximidades de Las Piedras.
Organizaron los vencedores nuevas autoridades en la ciudad, y el 16 de junio vino de Buenos Aires Nicolás Rodríguez Peña, nombrado delegado del Directorio Supremo y Gobernador Intendente.
Posadas y sus amigos políticos, si bien no estaban dispuestos a entregar Montevideo al Jefe de los Orientales, tampoco excluían la posibilidad de hallar cuando menos un modus-vivendi. En ese orden de ideas, tras la "Misión Amaro - Candiotti", el decreto que ponía a Artigas fuera de la ley quedó revocado el 17 de agosto.
Pero la situación de guerra existía de hecho, y el regreso a Montevideo del General Alvear, momentáneamente alejado de la plaza, exacerbó los ánimos del elemento provincial.
Artigas tenía su Cuartel General en los potreros de Arerunguá, en el actual departamento del Salto, mientras Torgués y Rivera operaban en el sur con excelentes medios de movilidad, y al cabo de varios encuentros parciales donde la suerte no favoreció del todo a los directoriales, Alvear se avino a entrar en arreglos, dispuesto a tratar con los emisarios que mandara Artigas a Canelones.
Pero no se procedía de buena fé, y el propósito era ganar tiempo, simulando que se retiraban las tropas. Estas fuerzas, mandadas por Soler, se hicieron sentir prestamente en la zona de Colonia y luego en San José.
El Coronel Manuel Dorrego, al frente de una fuerte columna, recibió orden de marchar hacia el interior y en el curso de sus operaciones logró sorprender a Torgués en Marmarajá el 6 de octubre, obteniendo un triunfo fácil pero engañoso. Sacó de él una idea plenamente falsa respecto al poderío y la fuerza de resistencia de las huestes artiguístas.
En esa convicción decidióse a batir a Fructuoso Rivera y después de varias alternativas, reforzados ambos ejércitos, aquel joven Capitán de Artigas le infligió tan tremenda derrota en Guayabos -el 10 de enero de 1815-, que Dorrego apenas pudo escapar con una cincuentena de hombres, vadeando enseguida el Río Uruguay.
El Directorio, comprendiendo que la partida estaba perdida, se propuso transar sobre la base del reconocimiento de los derechos de la Provincia Oriental a gobernarse a sí misma. El delegado Nicolás Herrera abarcó pronto la realidad de las cosas, y se convino que la plaza sería evacuada por las tropas porteñas, conforme se efectuó el 25 de febrero de 1815. Al día siguiente Torgués entraba en Montevideo con título de Gobernador Militar.
En este primer gobierno patrio, el poder fue ejercido sucesivamente por Torgués y por Miguel Barreiro, conforme a delegación de Artigas, y en su periodo se instituyeron la primera bandera y el primer escudo de armas de la Provincia Oriental.
Al mismo corto período corresponden también varias generosas iniciativas de progreso y de orden, como la creación de la Biblioteca Nacional y los servicios de rentas y policía reorganizados.
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Artigas en su juventud
Consagración a las faenas rurales
No queriendo abrazar la carrera eclesiástica, puesto que su ardiente espíritu no se avenía con la vida contemplativa ni con la inacción física, abandonó los estudios que cursaba en el colegio regenteado en Montevideo por los conventuales de San Francisco, único establecimiento particular de enseñanza de primeras letras que funcionaba entonces en la metrópoli uruguaya.
El cerebro juvenil de Artigas no se había contaminado con las ideas suicidas de los que únicamente piensan en la holgazanería, en las diversiones, en el juego o en cosas fútiles, cuando no perjudiciales a la salud física y moral del ser humano. Quería hacerse hombre, moldeado en el yunque del trabajo, para poder abrirse paso por sus solos esfuerzos en el árido sendero de la vida, a pesar de que le hubiera sido cosa fácil llevar una existencia regalada, sin el menor sacrificio ni sinsabores, al calor del lar doméstico.
La vida de portones adentro, era sencilla y monótona: funciones religiosas, corridas de toros, revistas militar; saraos, de vez en cuando, honrados por la presencia del gobernador, don Joaquín del Pino, futuro virrey del Plata; paseos por las murallas o las costas. Las puertas de la ciudad se cerraban al anochecer, y nadie entraba ni salía. Sabemos de él en esa época, de sus aficiones y costumbres. Era afable y atencioso; muy dado a la sociedad; vestía con esmero, a lo cabildante, como entonces se decía, con su coleta y su casaca bordada, o su chaquetilla de alamares o trencilla fina en el pecho, y su pino en la espalda.
Criado, pues, en la más refinada cultura y relacionado con lo mejor entre los de su edad, pudo haber permanecido en la ciudad nativa, buscando en ella alguna ocupación digna de los de su estirpe, pero amaba la libertad y sentía ansias de respirar a pulmones llenos el aire puro del campo, del que ya había disfrutado, aunque por corto tiempo, en distintas oportunidades, familiarizándose con el caballo, y en 1784 optó por consagrarse a las faenas rurales, tomando como base de ese género de actividades las estancias que su señor padre tenía en Casupá, en Chamizo y en el Sauce, pues éste defirió gustoso a sus deseos.
Desde un principio demostró gran destreza y plausible celo en el desempeño de tan arduas tareas, captándose a la vez las simpatías generales y la confianza ilimitada de su venerable progenitor, persona bien vista y expectable, puesto que fue uno de los más distinguidos miembros del Cabildo, habiendo ejercido en él las funciones de Alguacil Mayor, en 1758; las de Alcalde de Hermandad, en 1761; las de Alcalde Provincial, en 1765, en 1774, en 1781 y en 1792; las de Alférez Real, en 1768 y en 1796; y las de Depositario, en 1788, además de llenar cumplidamente varios empleos militares de difícil ejecución.
Inteligente, perspicaz y activo, se adaptó bien pronto a las nuevas costumbres, y nada tuvo que envidiar a los más diestros jinetes y manejadores del lazo y las boleadoras, causando gran admiración entre el paisanaje que un mozalbete de la ciudad,-un pueblero, como ellos decían, - no ha mucho maturrango, pudiera hacerles competencia, sin desmedro para él, en todas las manifestaciones de usanza campestre.
Nadie le sobrepujaba tampoco como madrugador, ni a soportar pacientemente las rudezas de todas las estaciones, pues no se quejó jamás de los efectos del frío, aunque atravesara sobre escarchas y lo empapasen las heladas, ni de los rayos ardientes del sol.
Años después, habituado ya, como decimos, a aquel ambiente, y maestro en el arte de las lidias en que hizo sin aprendizaje en el último tercio de su vigorosa adolescencia, emprendió por su sola cuenta la compra y matanza de haciendas, con distintos objetos, principalmente para negociar en gran escala el corambre, además de las astas y la crin, por cuya adquisición se interesaban los acaparadores europeos, aprovechando su excesiva baratura, pero que él enviaba a la barraca de su señor padre, don Martín José Artigas, instalada en una de las esquinas de las calles San Luis y San Antonio, en calidad de depósito y para que este realizase su venta en la debida oportunidad.
Los ganaderos tuvieron en él, desde entonces, un poderoso apoyo, pues utilizando la peonada de que disponía para las frecuentes recorridas que efectuaba, a veces hasta las Misiones, en procura de los animales necesarios para el mayor fomento y éxito de su empresa, y auxiliado por elementos voluntarios o proporcionados por los criadores más diligentes, perseguía con temerario arrojo y sin darles tregua, a los contrabandistas portugueses, que campaban por sus respetos en las dilatadas zonas de la campaña.
Batió, igualmente, sin descanso al vandalaje, que cometía depredaciones escapadas a toda previsión de los damnificados, y puso freno, en lo posible, a las irrupciones maléficas de los indígenas, que sembraban también el terror y que a cada instante ponían en peligro los bienes y la vida de aquellos honestos impulsores del progreso pecuario nacional, entonces en verdadero embrión.
Contaba, sin embargo, con el asentimiento y el aplauso de los Cabildos respectivos, que le consideraban en tales circunstancias como un colaborador inapreciable en pro del orden público y de las garantías individuales.
No era nada anormal en aquellos tiempos que los ganaderos salieran de vez en cuando, con permiso de los gobernadores, al frente de partidas reclutadas entre sus hijos, vecinos, peones y esclavos, a ahuyentar a los ladrones que merodeaban por los aledaños de la estancia, o a escarmentar en sus guaridas a los bandoleros más temibles, bien así como lo hacían con los indios de la frontera los arrogantes plantadores de Maryland, Virginia y las Carolinas, en la gran República del Norte.
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Incorporación a la Revolución Libertadora
Los sucesos de mayo de 1810
Los sucesos de mayo de 1810 habían encontrado al Ayudante Mayor de Blandengues don José Artigas en las inmediaciones de Santa Ana (actual Ciudad de Rivera). Se le ubica en Tacuarembó por junio y por Colonia en agosto.
Su Comandante, don Cayetano Ramírez de Arellano lo propone para el grado de Capitán de la Tercera Compañía de su Regimiento de Blandengues, grado que obtiene en el mes de setiembre. Es el premio de más de diez años de sacrificios en la campaña.
Como él decía a su suegra, doña Francisca Artigas de Villagrán, en 1809 cuando él le escribe desde el Paso de Polanco:
"Mi más venerada Señora:"
"Aquí estamos pasando trabajos, siempre a caballo, para garantir a los vecinos de los malevos. Siento en el alma el estado de mi querida Rafaela. Venda usted cuanto tenga para asistirla, que es lo primero y atender a mi querido José María, que para eso he trabajado."
Su persona no había sido ajena a los ojos de la Junta de Mayo, la que en su "Plan de operaciones para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia" (agosto de 1810), previendo su próxima incorporación, expresa:
"Sería muy del caso atraerse a dos sujetos por cualquier interés y promesas, así por sus conocimientos, que nos consta son muy extensos en la campana, como por sus talentos, opiniones, concepto y respeto; como son los del Capitán de Dragones don José Rondeau y los del Capitán de Blandengues don José Artigas; quienes, puesta la campaña en este tono y concediéndoles facultades amplias, concesiones, gracias y prerrogativas, harán en poco tiempo progresos tan rápidos, que antes de seis meses podría tratarse de formalizar el sitio de la plaza, pues al presente para emprender estas ideas, no deben hacerse con una fuerza armada, por lo que puede argüir la maldad de algunos genios, cuando esta empresa no ofrece ningún riesgo y nos consta muy bien que las fuerzas de Montevideo no pasan de ochocientos hombres y que todavía allí no se han tomado providencias para armar a sus habitantes y que su gobernador es tan inepto que ni aun es para gobernarse a sí mismo."
"Las cosas presentan ya ocasiones que no deben desperdiciarse, mandando inmediatamente a los pueblos del Uruguay y demás principales de la campaña, una fuerza de quinientos a seiscientos hombres con oficiales, sargentos, cabos y demás, para que sirviendo de apoyo, se vayan organizando en los mismos pueblos algunos escuadrones de caballería y cuerpos de infantería, teniéndose presente el haberse atraído ya a nuestro partido y honrándolos con los primeros cargos, a Baldenegro, a Baltasar Vargas, o a los hermanos y primos de Artigas, a Benavides, a Vázquez, de San José y a Baltasar Ojeda, etc."
"Ya en este caso, ninguno podrá ser más útil, para los adelantamientos de esta empresa, que don José Rondeau, por sus conocimientos militares adquiridos en Europa, como por las demás circunstancias expresadas para general en jefe de toda la infantería. Para la caballería, don José Artigas, por las mismas circunstancias que obtiene con relación a la campaña. Verificándose estas ideas, luego inmediatamente debe mandarse de esta capital (Buenos Aires) el número de tres a cuatro mil hombres de tropa arreglada, con la correspondiente plana mayor de oficiales, para el ejército, de más conocimientos, talentos y adhesión a la Patria, con el plan de combinaciones y operaciones militares que deben observar, con las amplias facultades de obrar en todo lo demás, según les pareciese más adecuado a sus conocimientos y circunstancias."
Estos dos jefes habían servido en el Cuerpo de Blandengues de la Frontera de Montevideo desde su creación en 1797. Rondeau nació en Buenos Aires pero vivió desde sus primeros años en la Banda Oriental.
A fines de 1810, el Capitán Artigas al servicio de Montevideo, marcha hacia el Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay) donde la Historia lo ubica por la campaña de Entre Ríos siempre en protección de los desamparados.
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El Éxodo del Pueblo Oriental
Los inicios
El 14 de octubre fue levantado el sitio a Montevideo y el ejército fue puesto en marcha para embarcarse en el Puerto de la Colonia o sus inmediaciones y pasar a la capital Buenos Aires.
El ejército marchaba a cortas y pausadas jornadas, como esperando una contraorden para volver a ocupar el sitio, o para dar tiempo de pensar a los habitantes comprometidos a decidir su suerte entre seguir o quedarse.
En iguales incertidumbres, sin duda, marchaba separadamente el segundo jefe don José Artigas con sus divisiones. Se aceleraron luego las marchas, hasta un punto, por las alturas de la Colonia, en que el Coronel Artigas que miraba más de cerca los compromisos de su tierra y sus paisanos, se pronunció abiertamente con el General en Jefe, para no continuar ni él ni sus Divisiones al otro lado del Plata, con el firme propósito de no abandonar su Patria, estando a todas sus consecuencias.
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Las Instrucciones del año XIII
Antecedentes
Los meses de marzo y abril de 1813 fueron de intensa actividad para el General Artigas.
La revolución del 8 de octubre de 1812 convocó a la formación de una Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la que se instaló en Buenos Aires el último día de enero de 1813. Por el decreto del 24 de octubre anterior, se invitó a las provincias que enviaran sus diputados para integrarla, disponiendo su reconocimiento. A los efectos de llevar adelante esta última medida, se envió ante Artigas al Dr. Pedro Pablo Vidal, quien debía liquidar, además, el conflicto con Sarratea.
Dentro de los planes del Segundo Triunvirato estaba el de designar al General Artigas Gobernador y Comandante General de la Campaña de la Banda Oriental, si se avenía a sus planes. Mas éste, hijo de este suelo, no podía olvidar cul era el sentir de los pobladores del mismo, así como tampoco dejar de consultar la voluntad de los orientales, de los que lo habían hecho su general y a los que devolvía a sus hogares.
Lo tratado con Vidal no salió del agrado del centralismo porteño. A pesar de su nueva vestidura, entonces, el título de Gobernador quedó en poder del diputado, sin que Artigas tuviera conocimiento de ello.
Reiterada a través de Rondeau la orden de reconocimiento, contestó Artigas, que previamente tenía que consultar la voluntad del Pueblo Oriental. Pasa circulares a los pueblos de la campaña para que los vecinos elijan sus diputados. Estos se reunirán en el Congreso de las Tres Cruces. La primera sesión estaba prevista para el sábado 3 de abril, pero por la lluvia de ese día y el siguiente, se aplazó para el 5.
Vayamos al pasado, a través de otra comunicación de Artigas al Paraguay, de fecha 17 de abril, que nos irá dando la evolución de los sucesos, a partir del 8 de febrero de 1813.
"Al fin, se empezó a cantar el triunfo de la justicia. La moderación que marcó todas mis medidas fue bastante comprometida, pero por fortuna, yo pude hallar siempre la manera de ostentarla, y la sangre no entró en la ejecución de mis últimos proyectos. Yo esperaba tranquilo la resolución del gobierno de Buenos Aires, fiado el negocio a nuestro diputado ciudadano Tomás García de Zúñiga. Pero la intriga era preciso que pusiese el ultimátum a sus maquinaciones."
"Sarratea constante en su prostitución abominable y temiendo por otra parte la preponderancia de mis recursos, concibió el proyecto de fraguar una sedición, en mi campo del Paso de la Arena. Puso al efecto los medios consiguientes halagando al interés personal de algunos de mis conciudadanos, con empleos, honores, etc. y cuando creyó que todo estaba, bien combinado, dio la última mano a su plan firmando un decreto en que me declaraba traidor a la patria. Yo me sorprendí delante de aquel sacrilegio, sin embargo, contuve mis transportes y me halló al momento en aptitud de no afligir la humanidad con mi justicia irritada. Mis providencias fueron limitadas a la reclamación que hice a los señores coroneles French y Rondeau, como garantes de la última suspensión. Seguidamente pasé a Sarratea un oficio y me dispuse a obrar, siempre con la delicadeza bastante a conciliarlo todo ante la presencia de Montevideo. Sarratea tuvo la desvergüenza de pasarme la contestación y en la necesidad de proveer contra las demoras de aquel hombre malvado, hice marchar mi vanguardia que se presentó sobre el Cerrito de Montevideo la mañana del 21 a retaguardia de la derecha del asedio. Entonces todo fue concluido. Los déspotas buscaron infructuosamente asilo en los jefes de la línea, ellos se vieron obligados a dejar el campo y emprender su retorno a Buenos Aires, depositando el mando en el muy digno coronel don José Rondeau y yo al frente de los bravos orientales, rodeado de un numeroso vecindario y en medio de las salvas y aclamaciones del Ejército Auxiliador acampé delante de Montevideo la mañana del 26."
"El gobierno de Buenos Aires deseoso de activar la conclusión de las desavenencias que nos agitaban propuso a la Soberana Asamblea la misión de uno de sus miembros con las instrucciones competentes."
"En diferentes sesiones particulares que sucedieron hice ver al diputado que esto era de necesidad respetar la grandeza de este pueblo admirable y por último que podía retirarse si sus facultades no eran extensivas al allanamiento de las pretensiones del Yi."
"Él instaba sobre el reconocimiento de la asamblea: quería suscitar mis temores hablándome de la retirada del sitio, si yo insistía en el caso opuesto. Yo me sostuve, exponiéndole que había convocado al pueblo para resolver en el particular; que en todo caso, se me había anunciado muy otro el objeto de su misión, que él empezaba por donde debía concluir y que si se llevaba a efecto la retirada del sitio, desistiesen para siempre del proyecto de pasar un solo hombre a la costa oriental del Uruguay, ni aun del Paraná... Este era nuestro estado cuando él recibió órdenes de retornar y vino al general Rondeau la orden para el reconocimiento en cuestión. Convocado el pueblo, abrí la Asamblea con la oración."
"He tomado las providencias más propias y muy pronto contará esta Provincia con los recursos de ella misma y sus planes de prosperidad serán consolidados. En estos momentos, anteayer, recibí comunicación del Supremo Gobierno Ejecutivo en que me avisaba se pasaban al General Rondeau las instrucciones y facultades competentes para concluir conmigo el allanamiento de las pretensiones de mi ejército y la Provincia."
"He dividido las pretensiones del ejército, las de la Provincia que se mencionan en el acta y las de la misma que deben mirarse como convención de ella y son las concernientes a su libertad, sistema de confederación y mayor número para el rol de sus diputados. El ciudadano Tomás García de Zúñiga no había concluido cosa alguna, porque sus representaciones se eludían con la espera del gobierno sobre el resultado de la misión del diputado de la Soberana Asamblea. De todos modos, aquí es lo mismo. Yo tendré cuidado de avisar a usted de la conclusión en el mismo día que sea firmada y mientras, orientado usted de las miras de esta provincia, podrá concluir también su plan, decidiéndose a sus resoluciones consiguientes si le parece bien equilibrado el juego de los sufragios en la asamblea con seis diputados nuestros, siete de esa provincia grande y dos del Tucumán decididos al sistema de confederación que manifiesta usted tan constantemente. El papel Nº 0 dará a usted una noticia de las instrucciones que se pasan a nuestros diputados; ellos aún no han pasado a incorporarse en la asamblea."
"Yo continuaré siempre en mis fatigas por la libertad y grandeza de este pueblo. La energía nivelará sus pasos ulteriores hasta su consolidación y en medio de los mayores apuros no me prostituiré jamás."
"Libertad, igualdad, seguridad son nuestros votos. Libertad, igualdad, seguridad serán nuestros dignos frutos. Ellos coronarán nuestro afán y gran inmortal provincia nos retornará sus felicitaciones, dirigiéndoselas nosotros con igual motivo."
"Dios guarde a usted muchos años."
"Delante de Montevideo, 17 de abril de 1813.
José Artigas"
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