InicioArteUn cuento mio: El grito
El grito Es así como te digo. El tipo cruzó Libertador apurado. Se detuvo en un local. Miró al otro lado del vidrio de letras romanas. Estaba vació. El peluquero, un hombre entrado en años, le recortó el bigote. Tenía el delantal gastado. Al pelo le rebajó las puntas crecidas y en la cabeza calva le colocó una peluca que más o menos le quedó como natural. En la tienda de al lado nomás compró un saco, un pantalón de vestir, unos zapatos, todo en color negro. Caminó nervioso por la vereda desierta. En los puestos del rancho compró unas begonias, unos habanos “de los buenos” y uno que otro bombón de licor. En uno de los cestos de plaza Alzariaga arrojó los viejos anteojos plateados. Los cestos de Alsina todavía son verdes, pensó. Tomó el cuarenta y cuatro hasta churrinche. Arriba tuvo el impulso de ceder el asiento a una vieja, pero pronto se arrepintió, haciéndose el duro y hundiéndose en el fondo de la butaca. Subió los setenta y siete escalones del edificio del once. Su memoria reprodujo las casi infinitas veces que había transitado ese pasadizo; pensaba que era como perderse en un hormiguero, y no ser hormiga. Tomó la llave del felpudo y no alcanzó a colocarla en la cerradura, cuando una rubia teñida, fumando en un filtro negro, le sonreía en bata desde el otro lado. -Soy Arturo Rafael Villàn, y vos debès ser mi Ángela- le dijo firmemente. La Rubia lo miró unos segundos y luego estalló en una sonora carcajada. Se abrazaron y fueron directamente al dormitorio. Ahí estuvieron toda la tarde y toda la noche. El miércoles temprano tomaron unos tragos en silencio. Villàn prendió un habano que tenía el rostro de Fidel en la etiqueta. Tosió. La rubia Ángela jugaba con un pequinés y lo miraba divertida. -Andà pidiendo comida. Hoy me quedo. No sé hasta cuando- La Rubia fue hasta el teléfono tarareando y pidió hamburguesas de soja, y algunas de pollo para Villàn y el perro. -Tengo trabajo- continuó Villàn- Hay un muertito. Todavía no lo maté. Ni lo voy a buscar. Va a venir solito. Va a caer un día de estos. Mirà el miedo que me tendrá el infeliz. Colocó el habano en el cenicero de bronce que estaba sobre un escritorio lleno de papeles desparramados. Se asomó a la ventana, desde donde el patio de tierra era un polvadero allá abajo. Algún que otro pibe bisicleteaba y casi no se lo veía. Miró su reloj y algunos pájaros que se repetían en el empapelado. Acaso quería que el humo y las paredes y el olor a perro lo trabajaran íntimamente. Tomó la treinta y ocho y comenzó a limpiar el tambor lentamente. Ese trabajo lo repetirá a diario, y a veces también lo soñará. Villàn esperó al muerto los siguientes ocho, nueve meses, con la Rubia entre sus piernas, y el arma debajo de la almohada. Todas sus noches podrían resumirse en una sola noche; miró la botella blanca, en la cual se reproducía una casita verde. Se imaginó sentado en su zaguán. ( A Villàn le molestaba la ausencia de una firma y de una fecha en la obra: como si la botella no tuviera identidad y naufragara en un mar de tiempos y de rostros). Miró los tres mates enchapados en aluminio y las bombillas de piedras incrustadas junto a otra de caña. Miró la roca de vidrio verde en cuyo interior descansaba una hoja seca. Miró la colección de diccionarios y enciclopedias que de algún modo desentonaba. Miró la herradura. Pensó que había una cantidad exacta de pisadas en esa herradura. Pero una cantidad exacta y desconocida. Esta ignorancia abrumó sus horas, y sintió el peso del insomnio. Alucinó con una cacería bestial donde una especie de centauros con arcos y flechas perseguían a otras bestias no menos diversas que ellos mismos; donde, de alguna manera, el caballo mataba al hombre. Miró la herradura, como si tuviera en sí al caballo, al trote del caballo, a la llanura; montes, pastos, ríos, lluvias, piedras, pozos, otras huellas, montañas, caminos, vizcacheras, barro, polvo, hojas, alambrados, todo también de hierro. Gravitaba como el indio y la tienda en la roja caldera tova. Esa noche era todas las noches. Ángela en la oscuridad era como si estuviera acompañada por el otro, por el muerto. Era como si lo engañara con Fermín. Le dio la espalda. Medio dormido vio formarse entre los objetos un rostro de facciones indefinidas. Lo llamó “Fermín”, para empezar a buscarle la vuelta, y trató de modelar esa cara lejana. Después de algunos tanteos pudo mirarlo con asco al cobarde. También pudo dormir un poco apenas amanecía. Temprano ya andaba puliendo el arma, o afilando la navaja automática. En la hoja lustrada pensaba (o veía) el rostro del muerto. Una madrugada de esas oyó ruidos en la sala. Tomó el arma, que le costó tantear, y caminó esquivando las aberturas. De súbito alcanzó a ver una rata, que hurgaba la basura del piso. Sintió que era Fermín el que hurgaba entre sus cosas. Mañana te voy a arreglar- pensó. Se tirò boca abajo, sobre la cama. Durmió con el arma en su mano. Ángela escuchó la persecución ya desde temprano. En un rincón pudieron ver a la rata casi infinitamente asustada. En su desesperación había subido al armario para abalanzarse sobre ellos, emitiendo un gritito y mostrando los dientes de su cara muerta. Villàn pudo abarajarla en el aire, con un tomo de las enciclopedias, antes que le llegara a la cara. Más tarde le dirá a su mujer que era como si la rata dispusiera morir dañando, o ser en el aire (un milagro) el otro. Como si en ese grito buscara el Grito, la voz del Hombre, y asi un Cuerpo, y un Pie y una Mano, y en la mano una Daga, y pararse frente al otro y decir, “Ahora yo soy vos. Ahora vamos a aclarar los tantos.” Esa noche fue como todas las noches; salvo que en la madrugada escuchó como unos ruiditos afuera. En su mente de pronto se le apareciò Fermin; tenìa la cara desfigurada de la rata, y revisaba los cajones del armario de pino. Estaba en ese sueño cuando justo justo sùbitamente pateamos la puerta de la habitación caliente. El jefe se acercò a la cama, tranquilo, tirando el habano en la alfombra. -Què hacès, Arturo Vanidad Villàn”- dijo el jefe. Sus palabras quisieron ser una burla, pero el acento le sonò rencoroso. A Villàn le dejamos seguir tanteando debajo de la almohada; hasta empuñar el arma le dejamos al cobarde. Apuntò al jefe agarràndola con las dos manos, pero del temblor que tenìa se le escapò el fierro al piso. - Ni para eso servìs, le dijo el jefe y le escupiò la cara. Se acercò al cognac y ya le diò un trago, como para demostrar que era màs hombre. Ni lo mirò al otro; se acercò al tocadiscos y puso fuerte la canciòn “El malevo”, y asi lo redujo a un objeto. (Pero no era la primera vez que el jefe lo abordaba y se le metìa bajo la forma de una mùsica). No le importò que tuviera al alcance el arma. Sabìa que el otro era un inútil. -Te das cuenta, yo, Arturo Rafael Villàn, principe de los criminales, convertido en mi viejo amigo, el bibliotecario, don Rubén Con Su Permiso Fermìn… Y vos -le dijo a su mujer- Sabè que a este lo ando buscando hace rato… Pero, si te querès quedar con èl, andà con èl. -Voy a morir, pero voy a morir con tu nombre- Tartamudeò el muerto desde la cama, medio tapándose con una colcha, y con una làstima que daba asco. En ese momento lo llenamos de plomo al muerto. El jefe me dejò que haga lo que quiera con su antigua mujer, aunque luego debìa matarla. Yo pensè que si Fermín la habìa poseido yo tambièn podìa poseerla, pero para evitar futuros rencores del jefe preferí matarla ahí mismo. Ahora yo no entiendo que se le diò a Fermìn, el escritor que matamos, hacerse pasar por el jefe, ocupar su casa y su nombre. Las posibles razones, son, digo yo, màs bien dispares, aunque de diferencias tenues; sintió que ya estaba muerto, y que de ahì hasta que lo encontremos podia ser todos los hombres que quisiera. Era inmortal hasta ese dìa. Vos y yo tenemos obligaciones, una identidad que mantener. Un error y nos vamos. Somos unos pobres muertitos. Pero èl, que se iba, èl, que era nada, pensò que podìa ser todos los rostros. Era todos los hombres ciertamente. Era el recurso del desesperado. Dos: era la pobre venganza a la que podìa llegar un bibliotecario, alguien que no està fogueado en esos juegos; querìa liberarse de su feroz perseguidor, y por eso usó su nombre, y por eso dijo “voy a morir, y voy a morir con tu nombre”, como una insulto. (Que le interesaba al jefe perder su nombre? Yo en ese momento sentì màs bien ternura y un poco de làstima por ese pobre muchacho.) Le faltò decir “Voy a morir, y voy a morir con tu cara y tu pelo y tu bigote y con tu ropa y con tu mujer y tus habanos, y tus humos y tus casi infinitos pàjaros y tu patio de tierra y tu niño de la bicicleta, y tu polvo y tu casa, y con los sueños que me dieron todas tus noches. Morir con su nombre deseaba ser una burla, una forma de matarlo un poco. Tres: poseer el nombre Villàn era un escudo que lo protegía de Villàn. Era una forma de defenderse; para evadir al asesino debìa ser èl el asesino. Acaso para creer que así el otro era un sueño, o para reducirlo a un mito o a una pesadilla. La màs extraña es la ùltima: èl fuè arrastrado a ser el otro. Y al fìn prefirió ser el aborrecido perseguidor que humilla, a ser el perseguido humillado. Prefirió ser el asesino, para no ser la vìctima. Era sensible y apocado. Era nada: como la rata, quiso saltar en el aire, cerrar los ojos y gritar, y en ese milagro sacar un pasado ilusorio, una mente maquiavélica y una risa y una potente voz de mando, y pronunciar “Ahora los tantos se han igualado. Ahora otro gallo va a cantar, y pararse enfrente del asesino y ser èl el asesino, y el otro el muerto… Por eso murió feliz: porque ya no era Fermín, porque ya no le importaba Fermín. Qué le importaba Fermín si él era Villàn. No le dolía Fermín, y murió siendo lo que era. Feliz Navidad
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