Era una calle de pueblo, de ciudad chica. El almacén tenía las persianas bajadas y el sol de las dos de la tarde rebotaba en las ondulaciones de la chapa. Adelante, sentada sobre el cordón con los pies sobre la calle adoquinada, había una joven. Tenía la cabeza, envuelta en pelos castaños, apoyada sobre las palmas de las manos, lo que le abultaba los cachetes hacia los ojos. Un joven que debía tener la misma edad se le acercó por atrás y la abrazó de incognito. Se dio vuelta con cara de sorpresa, pero cuando lo reconoció lo besó en la boca. Fue un beso distante. Más por parte de él, que rápidamente se sentó al lado de ella mirando al frente, preocupado o pensando en otra cosa.
- Tengo algo que decirte… que consultarte – dijo mordiéndose los labios, sin apartar los ojos de la calle, de sus piernas. Tenía los pies descalzos y los levantó de golpe – Pucha, quema.
- Decime – contestó ella todavía con una sonrisa.
- Tengo una duda, quiero saber cómo reaccionarías vos ante una situación.
- Dale tarado, no te hagas más el misterioso y contame.
- Bueno, es sobre un cuento que voy a escribir – seguía sin levantar la mirada – o un guión. Es acerca de un tipo que acaba de empezar una relación con una mujer. Es la mujer más hermosa, inteligente e interesante que conoció en su vida y sabe que la ama y que ella lo ama a él. Hasta ahí todo joya, pero un día el hombre va al médico porque sufría vómitos e indigestión después de comer.
- ¡Como vos! – interrumpió fuerte, con tono ocurrente. Se dio cuenta que él no le festejaba la acotación – Digo, ¿a vos no te pasa algo parecido?
- Si… no, dejame terminar – En un arranque de ternura desclavó los ojos del suelo refulgente y mirándola fijo le acarició la cara con el dedo pulgar.
- Dale, ¿entonces?
- El médico le hace algunos estudios y lo cita para una semana después, cuando los resultados ya estarían listos. En esa semana él se da cuenta que quería a esa mujer más que a nada, y lo único que se reprochaba era haber desperdiciado tantos años sin conocerla. En sus sueños más profundos deseaba haber compartido el útero materno con ella, mirarla desde el principio de todo, descubrirla a ella al mismo tiempo que se descubría a sí mismo, que se fueran criando mutuamente el uno al otro.
- Dejame la poesía para después, que es la hora de la siesta y me estás dando sueño – se desperezó y cerró con un pequeño bostezo.
- Está bien, a la semana vuelve al doctor y este le da tantas vueltas que se da cuenta que hay algo mal, grave. Cáncer. Tumor en la vesícula biliar. Dos meses de vida. Tal vez tres. Se niega a la quimioterapia porque decide vivir esos tres meses como siempre, como si nada hubiera pasado. No quiere pena ni caridad de nadie. Se sentía orgulloso de su decisión y un aura de soberbia lo empezó a envolver. Hasta que se acordó de su amada, y se sintió en una encrucijada.
- ¿Por qué? ¿No le va a contar? – ella levantó una ceja más alto que la otra, formando con sus ojos un signo de pregunta.
- Ahí va. Si le cuenta, ella tendría pena y se vería obligada a estar con él hasta el final, corriendo el riesgo de deprimirse por siempre después de su muerte. Acordate que su relación recién empieza, él podría dejarla y salvarla de ese calvario, ¿entendés? Esos meses para ella serían una tortura, estar con alguien, dormir con alguien que en poco tiempo va a estar en un cajón.
- Tenés razón, ¿y dónde entro yo?
- Quiero saber que querrías vos que pasara si fueras la enamorada, que preferirías que hiciera tu pareja.
Se quedaron en silencio un rato largo, examinándose los rasgos de la cara. Un aire de tristeza flotaba a su alrededor.
- Creo – dijo de repente la joven – que lo mejor sería que la dejara, porque si se quedara con ella sin decirle nada sería demasiado fuerte el dolor cuando él muiriera.
- ¿Qué la deje así, sin más?
- No, tendría que escribirle una carta para que se la entregasen cuando él muera. De esta manera ella lo va a querer siempre por su gesto, pero no va a sufrir tanto como para no seguir con su vida.
Hubo otro silencio.
- Tenés razón, me gusta, tiene lógica – dijo levantándose de un salto.
Antes de irse le dio un último beso, ahora sí, apasionado. Mientras se alejaba ella lo miraba con ojos tiernos. De repente su expresión cambio, y un gesto de dolor opacó toda la belleza de su rostro.
- Tengo algo que decirte… que consultarte – dijo mordiéndose los labios, sin apartar los ojos de la calle, de sus piernas. Tenía los pies descalzos y los levantó de golpe – Pucha, quema.
- Decime – contestó ella todavía con una sonrisa.
- Tengo una duda, quiero saber cómo reaccionarías vos ante una situación.
- Dale tarado, no te hagas más el misterioso y contame.
- Bueno, es sobre un cuento que voy a escribir – seguía sin levantar la mirada – o un guión. Es acerca de un tipo que acaba de empezar una relación con una mujer. Es la mujer más hermosa, inteligente e interesante que conoció en su vida y sabe que la ama y que ella lo ama a él. Hasta ahí todo joya, pero un día el hombre va al médico porque sufría vómitos e indigestión después de comer.
- ¡Como vos! – interrumpió fuerte, con tono ocurrente. Se dio cuenta que él no le festejaba la acotación – Digo, ¿a vos no te pasa algo parecido?
- Si… no, dejame terminar – En un arranque de ternura desclavó los ojos del suelo refulgente y mirándola fijo le acarició la cara con el dedo pulgar.
- Dale, ¿entonces?
- El médico le hace algunos estudios y lo cita para una semana después, cuando los resultados ya estarían listos. En esa semana él se da cuenta que quería a esa mujer más que a nada, y lo único que se reprochaba era haber desperdiciado tantos años sin conocerla. En sus sueños más profundos deseaba haber compartido el útero materno con ella, mirarla desde el principio de todo, descubrirla a ella al mismo tiempo que se descubría a sí mismo, que se fueran criando mutuamente el uno al otro.
- Dejame la poesía para después, que es la hora de la siesta y me estás dando sueño – se desperezó y cerró con un pequeño bostezo.
- Está bien, a la semana vuelve al doctor y este le da tantas vueltas que se da cuenta que hay algo mal, grave. Cáncer. Tumor en la vesícula biliar. Dos meses de vida. Tal vez tres. Se niega a la quimioterapia porque decide vivir esos tres meses como siempre, como si nada hubiera pasado. No quiere pena ni caridad de nadie. Se sentía orgulloso de su decisión y un aura de soberbia lo empezó a envolver. Hasta que se acordó de su amada, y se sintió en una encrucijada.
- ¿Por qué? ¿No le va a contar? – ella levantó una ceja más alto que la otra, formando con sus ojos un signo de pregunta.
- Ahí va. Si le cuenta, ella tendría pena y se vería obligada a estar con él hasta el final, corriendo el riesgo de deprimirse por siempre después de su muerte. Acordate que su relación recién empieza, él podría dejarla y salvarla de ese calvario, ¿entendés? Esos meses para ella serían una tortura, estar con alguien, dormir con alguien que en poco tiempo va a estar en un cajón.
- Tenés razón, ¿y dónde entro yo?
- Quiero saber que querrías vos que pasara si fueras la enamorada, que preferirías que hiciera tu pareja.
Se quedaron en silencio un rato largo, examinándose los rasgos de la cara. Un aire de tristeza flotaba a su alrededor.
- Creo – dijo de repente la joven – que lo mejor sería que la dejara, porque si se quedara con ella sin decirle nada sería demasiado fuerte el dolor cuando él muiriera.
- ¿Qué la deje así, sin más?
- No, tendría que escribirle una carta para que se la entregasen cuando él muera. De esta manera ella lo va a querer siempre por su gesto, pero no va a sufrir tanto como para no seguir con su vida.
Hubo otro silencio.
- Tenés razón, me gusta, tiene lógica – dijo levantándose de un salto.
Antes de irse le dio un último beso, ahora sí, apasionado. Mientras se alejaba ella lo miraba con ojos tiernos. De repente su expresión cambio, y un gesto de dolor opacó toda la belleza de su rostro.
