Un ser solo, un solo ser
Por fin se había ido, por fin estaba solo. No soportaba compartir más tiempo con alguien. Mucho menos compartir la cama, esa tierradenadie inmunda. La despidió a Mari... Mariana, eso Mariana. No María Julia como le había dicho cuando le ofreció café como excusa para levantarse rápido esa mañana. La despidió rápido con una promesa de llamada en los próximos días. Promesa que pensaba no cumplir, que la decía solo por cortesía, aunque ninguna cortesía le debía él a Mariana.
Caminó desde el palier a la cocina, unos pocos pasos y tres puertas que atravesar. Un error de logística y construcción, pensaba. Había café hecho y se sirvió. Una cucharada de azúcar y nada de leche, que seguramente ni había en la heladera vacía. Le dio un sorbo, puso cara de asco y empezó a caminar con la taza en la mano. Se acordó de un artículo que vio en el diario del día anterior. Era sobre Cortázar, estaba en la tapa y le interesó mucho. Le había llamado la atención de la foto, la cara del escritor, lo desorbitados que estaban los ojos y el aspecto que estos le daban, un brillo de locura. Le habían hecho acordar a Igor, del joven Frankenstein, una película que le había causado mucha risa y siempre la quería compartir con alguien, aunque últimamente no encontraba con quién.
Siguió caminando, con la taza todavía en la mano, y se topo con la vieja cómoda del tío Julio, el dentista. Estaba llena de cachivaches y recuerdos. Una estampa de las cataratas del Iguazú, su primer registro de conducir, un dibujo de Mafalda firmado por Quino y un Clemente negro con la frase "Burumbumbum, burumbumbum, yo soy el hincha de Camerún". Atrás, tapado por botellitas de perfume y suciedad había un cuadro del vaticano. "Su santidad Juan Pablo II bendice a Ricardo Viggio y a su esposa María Julia Fontanini y les desea lo mejor para su futuro, que queda también bendecido". Bendecido... bendecido las pelotas, pensó Ricardo.
Entró en un bañito de azulejos azules. La mitad estaban rajados o rotos. Miró como sospechoso a los dos costados y chequeó que no hubiera nadie atrás de la cortina. Después se desvistió y prendió el agua de la ducha, giró solo la manija izquierda y se metió abajo de la lluvia de agua hirviendo. Mientras se bañaba, con la cabeza apoyada en la pared como si le pesara insoportablemente, examinaba el patrón que dibujaban los azulejos. Eran unos garabatos arabescos que formaban círculos de diferentes tamaños intercalados con ovalos, cuadrados y todo tipo de formas. La continuidad del trazo se interrumpía con alguno roto o puesto al revés. Ricardo pensó en ese momento que eran nefastos y que habría que cambiarlos, pero ya cambiarlos era un trabajo aún más nefasto. Se lavó los pelos blancos con un jabón escuálido y ablandado por la humedad y apagó el flujo de agua. Cuando salió de la ducha se paró arriba de la rejilla del desagüe, así las gotas que caían no molestaban. Agarró la toalla y se secó, primero los ojos y después los pelos. Con la mano izquierda envuelta desempañó el espejo frotándolo en pequeños círculos cada vez más grandes, como en espiral, y vio su imagen reflejada. Tenía el toallón puesto en sus hombros como una capa y al observar su cara se acordó otra vez de Cortázar. De alguna manera su expresión le rememoraba a la del autor, y se sintió parecido.
Pensó que la toalla era una mierda porque no absorbía nada y eso era culpa de María Julia, que seguramente la había comprado en alguna oferta. Lo anotó en su mente en la lista de "Cosas que recriminarle a María Julia cuando la vuelva a ver". Mientras tanto, saliendo del diminuto baño decidió ir a ver televisión. Después de secarse y ponerse ropa cómoda prendió el televisor y sintonizó el canal cultural. Estaban hablando del fenómeno literario argentino del siglo XX. Una mujer decía muy convencida que gracias a la imposición de una escuela primaria laica, pública y obligatoria a principios de siglo, la cultura del lenguaje había podido expandirse en límites extraordinarios, y que esa era la causa de que la literatura se hubiera desarrollado como un movimiento de búsqueda de identidades, de manifestación de ideales y expresión de opiniones. Todo lo anterior en un marco de ficción muy bien lograda. En el fondo pasaban imágenes, primero aparecieron distintas fotos de Roberto Arlt y después se vio a Bioy Casares. En ese momento Ricardo cambió de canal. Como de costumbre. Primero veía el canal cultural por no más de cinco minutos y después sintonizaba uno que había descubierto, que pasaba de vez en cuando Los Picapiedras o Popeye el marino. Esas sí que eran ficciones.
Por ahí porque en el canal de caricaturas no era la hora de Pedro Picapiedras ni tampoco de que Popeye salvase a la hermosa Olivia. Por ahí porque al volver al canal cultural la señora hablaba ahora de como las maestras de principios de siglo le hacían leer Don Quijote de la Mancha a los chicos, y de fondo pasaban imágenes de Cortázar desde todo tipo de perspectivas y él se creía cada vez más parecido. Sea cual fuera la razón, a Ricardo le agarró la sensación de ser el único ser humano vivo en la tierra, que un virus o algo fantástico había matado a todos, o los había hecho desaparecer, o estaba en un mundo paralelo en el que sólo él existía, o nuca existió nadie más que él, que todo era invento de su imaginación. No es que le importase demasiado esta nueva condición, pero igual se desesperó. Corrió lo más rápido que pudo, que no era mucho, hasta el balcón. Tardó un buen rato en abrir la puerta porque a la manija le faltaba aceite, otra cosa que María Julia no había comprado porque seguramente era muy caro. Apenas cedió la puerta se abalanzó sobre el borde y divisó un auto andando a una velocidad moderada por la avenida y a un joven caminando a su lado con una mochila marrón colgando de la espalda. Y se tranquilizó.
No podía asomarse porque una reja enjaulaba completamente el balcón hasta el techo, maldijo porque esto no lo dejaba respirar. Por supuesto, María Julia había tenido la maravillosa idea de colocarla, por precaución para los chicos. Maldijo entonces haber tenido hijos, sino los hubiera tenido a lo mejor ahora estaría asomándose y respirando. Respirar. Aire que entra, aire que sale. Normalizó su ritmo cardíaco y en vez de entrar se puso a pensar en su hijo, único hijo. Martín había tenido todos los malcríos posibles, y ahora no podía ni prestarle atención a su padre. Hace un tiempo inimaginable le había pedido que le reserve una parcela de cementerio para tener donde caer muerto. Pero el señor seguramente estaba demasiado ocupado, ya nunca ni lo llamaba para hablar. Desde el cumpleaños de Martincito que no lo veía. Que grande estaba el nene, había heredado el carisma de su abuelo. Él lo había visto coqueteando con esa chica que le fue a dar un regalo, y con solo 8 añitos, ¡Qué animal!
Entró a la casa de nuevo, hacía frío afuera y era difícil conseguir aire. Se acordó de su café y agarró la taza para calentarlo. Caminó hasta la cocina y lo metió en el microondas, pero no definió el tiempo ni apretó el botón que activaba al aparato. De la cocina fue al estar y prendió la radio. Siempre el mismo tipo que contaba chistes desubicados, dónde había quedado la dignidad. Decidió probar suerte con la televisión y escucho la voz electrónica de Robotina. Mejor los Supersónicos que nada.
A la noche siguiente Mariana volvió a lo de Ricardo. Lo primero que había hecho fue agradecerle enormemente de parte suya y de su madre la plata que había mandado para la operación. Él le había respondido que no era nada, que después de tres años de relación él la consideraba su propia madre. Después ella lo había besado en los labios con amor y ternura. Habían comido fideos "a la Ricardo" y ahora estaban mirando la televisión. Sonó el teléfono y atendió Mariana. Escuchó un rato largo seria y después sonrió como riéndose de alguna broma.
-Es Martín que quiere hablarte
-¿Sobre qué? - preguntó Ricardo extrañado
-Sobre una parcela de cementerio, dice que consiguió una al lado de donde está enterrada tu esposa. También está con Martincito que quiere contarte un chiste y aclara que esta vez no va a ser guarango.
En la televisión Igor hizo una cara, una mueca, y le volvió a parecer igual a Cortázar, pero no a él mismo. A Mariana le había causado mucha gracia la película. Ricardo anotó mentalmente esta experiencia en la lista "Cosas para contarle a María Julia cuando la vea". A ella le encantaba esa película. Se levantó y agarró el teléfono que le alcanzaba Mariana. <<Hola Martín>> dijo sonriendo.
