Una cara. Una cara reflejada en el espejo. ¿Mi cara?. La miro. La piel caída. Los ojos cansados. Las pupilas sucias. La analizo. Me doy cuenta que no se que hacer. Camino hasta una silla. Me siento. Me paro. Me vuelvo a sentar. Inevitablemente siento deseos de pararme. Los reprimo. No puedo. Me paro y voy a la cocina. Me sirvo café. Vitalidad artificial. ¿Para qué?. Agarro el libro y lo abro. Lo cierro sin leer una palabra. Agarro el cuaderno y trazo el esbozo de una cara. Doy vuelta la hoja. ¿Qué voy a dibujar?. Nada. Y en esta mi locura me pongo a escribir. ¿Por qué?. No lo se. Podría llenar una hoja. Dos. Y aun así no decir nada. Una ofuscación me aplasta la cabeza. Una neblina espumosa. Como el café. Las ideas no se alinean. La sonrisa no se anima a salir, a cortar este manto de melancolía, De aburrimiento. Porque estamos todos aburridos. Constantemente. Por eso buscamos pasiones. Y creemos que nos entretenemos. En realidad cuando queremos hacer algo es porque no sabemos que no sabemos que hacer. Nos olvidamos. Nos olvidamos que somos un ser aburrido. Observo la nada. Abro el libro por inercia. Leo la primera frase. La segunda. Toda la hoja. Quiero saber que pasa. Sigo leyendo. Qué ganas de tomar un café. Miro la taza. Examino el fluido negro. Lo huelo. Tomo un sorbo. Manantial de sabores. Abro una ventana. El cielo esta despejado, aunque este lloviendo. Puedo ver el sol, aunque ya es de noche. Vuelvo a abrir el libro y sigo leyendo.
