Ilustración y fotos: Neptune Memorial Reef
El último grito de la moda funeraria podría causar un cambio en el lenguaje. Llegará el momento en que la gente ya no use la palabra enterrar para referirse al rito universal de despedir a los muertos. Se utilizará sumergir, anclar, quien sabe hasta fondear, si su actual connotación siniestra llegara a ser barnizada de nuevos sentidos. Semejante revolución léxica es un tema de fondo. De fondo marino. Ha empezado en un antiguo banco de arena frente a las costas de Miami, convertido ahora en un camposanto de la nueva era: los creadores lo diseñaron con la idea de que tuviera cierto parecido a la Atlántida, la legendaria ciudad perdida en las aguas de la mitología occidental. Al final se ha convertido en el único parque temático del mundo donde la membresía es póstuma y supone que tus restos se conviertan en parte de un decorado mortuorio a ciento cincuenta metros bajo la superficie del mar: El Arrecife Conmemorativo Neptuno.
Es quizá el producto más vanguardista de la industria de las exequias. “Una maravilla del diseño y la ingeniería”, según sus promotores. Está sumergido en el Atlántico, a unos 5 kilómetros al este de la exclusiva isla de Key Biscayne. Si uno bucea en esas aguas se topará con una aparente ruina arqueológica. La escenografía empieza en dos puertas metálicas de más de tres metros de alto con la forma de gigantescas alas de mariposa. Desde allí, puestos a cada lado de la entrada, dos leones de piedra parecen olfatear el silencio de las corrientes marinas para prevenir intrusos. El interior es un complejo de columnas que simulan haber soportado antiguas bóvedas, a la manera de los palacios desmoronados de la Grecia clásica. Hay arcos completos, bancas, pasajes, glorietas y calles de concreto que provoca imaginar transitadas por peatones de hace siglos. Todo dispuesto como el gran anfiteatro de una ciudad de mentes lúcidas. Pero la verdad es que en ese paraíso extraviado nunca hubo un alma viva. Y de hecho, tampoco un largo pasado. Desde que fue inaugurado hasta ahora no han transcurrido ni dos años.
Esta es una Atlántida para los muertos. En Neptuno solo hay lápidas en forma de conchas marinas y sepulcros con apariencia de columnas dóricas. Antes de este lugar, el mayor homenaje que se podía hacer a quien en vida manifestó alguna clase de amor especial al mar era esparcir sus cenizas sobre las olas. Ahora es posible hacerlo parte del arrecife artificial más grande del mundo: dos mil toneladas de estructuras de concreto en un área de casi 65 mil metros cuadrados, según el proyecto original.
La idea es fruto de una combinación de ingenios. Hacia julio del 2003, el empresario Gary Levine se propuso construir un arrecife artificial en una zona de arenas estériles frente a Miami. A diferencia de otros proyectos parecidos, este serviría a la vez como monumento para difuntos, parque temático para buzos, refugio ecológico para peces y corales y una obra maestra del arte en sí misma. El cerebro indicado para darle forma pertenecía a un amigo suyo de la infancia, el escultor Bert Kilbride. Ambos eran hombres de mar: habían practicado el buceo durante tres décadas y conocían a la perfección las aguas cristalinas de ese sector del Atlántico. Tras una entusiasta reunión para intercambiar ideas, Kilbride quedó encargado de realizar un bosquejo. Días después, el escultor se presentó en la oficina de su socio con una columna de dos metros y medio maquillada a la manera de un arrecife de coral y una carpeta de dibujo. Eran los diseños de una ciudadela acuática ventilada por corrientes de mar turquesa. El artista se había tomado el trabajo de crear un estilo que no era griego, romano ni de cultura conocida. Un hibrido que, visto con cuidado, hasta podía pasar por futurista. “Quería diseñarla como si alguna vez hubiera estado en tierra firme”, ha dicho el artista sobre la escenografía de rasgos míticos que trazó. Era perfecta. Ambos se embarcaron en esa nueva aventura submarina. La llamaron Proyecto Arrecife Atlantis.
El entusiasmo tuvo que superar las barreras burocráticas de unas doce agencias estadounidenses que tienen alguna jurisdicción sobre temas marítimos. Hubo inspecciones, periodos de evaluación que tomaron más de tres años. Kilbride sometió sus técnicas y materiales a toda clase de pruebas, porque la zona escogida, para mayores señas, es un sector bajo protección ambiental. La construcción solo pudo comenzar en enero del 2007. Las enormes piezas modeladas en concreto fueron trasladadas en barco, bajo la estricta dirección del artista. “Yo no quería que pareciera un parque de diversiones debajo del agua”, ha dicho el creador. “Por eso, aunque algunas estructuras tienen que ver con el mar, la mayoría son propias de una ciudad en un terreno sólido”. Fue en ese trance que el proyecto recibió el espaldazaro mayor: el interés de la Sociedad Neptuno, la compañía de servicios de cremación funeraria más grande de Estados Unidos. Los billetes impusieron su peso incluso bajo el agua: cuando la ciudadela fue inaugurada, en noviembre del año pasado, el proyecto había pasado a llamarse Arrecife Conmemorativo Neptuno.
Una frase atribuida al poeta alemán Rainer María Rilke dice: “Señor, concede a cada cual su propia muerte”. Kilbride tiene su versión: “La idea es que una vez que mueras te conviertas en un arrecife”. Los residentes de este santuario no solo están depositados al interior de sus estructuras. Ellos son las estructuras. El Neptuno ofrece a los deudos la posibilidad de mezclar las cenizas de sus difuntos con los materiales que se usa para levantar el atolón. Resulta curioso ver los videos de familiares mientras hacen la mezcla de las cenizas con el concreto que servirá para moldear algunas piezas. Algunos lo hacen para asegurarse de que no los engañen y terminen tirando esos polvos familiares por cualquier lado. Otros porque sienten que ese hubiera sido el mayor deseo del muerto: formar parte de un recinto de vida natural como es un arrecife. Semejante variante de la reencarnación puede costar entre 1.500 y 6.000 dólares, lo cual ya es bastante decir, porque un funeral en tierra firme puede costar diez veces más. Pero el precio es lo último que cuenta. Un difunto merece siempre el mayor de los respetos, porque en el fondo todos somos buenos. Sobre todo en este lugar.
link: http://blip.tv/play/AZyYE4bkdg
Cito el mismo video de mi anterior post xD!!