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Permanencia de la religiosidad en el mundo contemporáneo Además de las tres grandes religiones monoteístas y de sus variantes, sobreviven infinidad de cultos que siguen practicándose en la actualidad en todos los países del mundo. Muchos han desaparecido a lo largo de la historia o han sido desplazados o asimilados sincréticamente por otros. Sin embargo, sabemos que desde los albores de la civilización la religión ha desempeñado un papel importante tanto en la trayectoria individual de cada persona como en su vida social. Esto ha sido y es así, pero la constante evolución ideológica y filosófica de los últimos siglos ha visto declinar diversas religiones o por lo menos ha demostrado que los mensajes homogeneizadores y las doctrinas rígidas pueden funcionar en determinados sectores de población pero no en todos. En Occidente es donde antes se ha notado este cierto declinar de la infalibilidad y poderío de los grandes credos. Hay sectores que los han abandonado por completo (ateísmo, agnosticismo) o parcialmente: muchos esconden su incapacidad para dejar de creer radicalmente; muchos otros se escudan en un vago deísmo no dogmático al estilo de la Ilustración. Y otros muchos enarbolan el tópico cuando afirman que "algo debe de haber". En cualquier caso, desde que Friedrich Nietzsche escribe su famosa frase "Dios ha muerto" hay un punto de inflexión. Durante todo el siglo XX ello condiciona modos de pensar y actitudes ante la vida. Otros, como el sociólogo Émile Durkheim, demuestran que la noción de Dios no es tan fácil de superar por la misma sociedad que la ha creado. Por ello han surgido durante todo el siglo XX todo tipo de opciones que conviven -a menudo pacíficamente- con el pragmatismo o el agnosticismo: nuevas religiones, reelaboraciones de antiguos ritos o dogmas, acercamiento a culturas exóticas... El siglo XX registró en uno de los mosaicos religiosos más complejos de la historia de las civilizaciones. No sólo hay que tener en cuenta la pervivencia de muchas de las religiones mayoritarias y minoritarias, sino que se ha de añadir un sinfín de nuevas creencias, apoyadas en movimientos reformistas o, en ocasiones, sectarios. Entre esta inmensa variedad de cultos resulta complicado hacer una clasificación sistemática. Algunos miran claramente al pasado (gnósticos) o reinterpretan los libros sagrados -el Corán, la Biblia- a su manera (pseudosufismo, milenaristas). Otros son una búsqueda de soluciones prácticas adaptadas al presente: por ejemplo, la teología de la liberación o las comunidades cristianas de base, que ponen en contacto la religión y el marxismo. Por último, hay algunas religiones -generalmente sectarias- que buscan la religiosidad en lo futurista o incluso se inspiran en la ciencia ficción. Muchos cultos, siguiendo ciertas modas creadas a menudo por grandes intereses comerciales, buscan el sentimiento religioso de antiguas culturas no europeas: el orientalismo, las culturas precolombinas, las religiones de Oceanía. Todo es válido para escapar por la vía mística de una sociedad occidental cada vez más vacía de espiritualidad. Las sectas en la era tecnológica Entre la fe y el fanatismo Cuando bajo la edulcorada apariencia de un predicador muy elocuente es posible vislumbrar la mirada de un fanático menos adiestrado para convencer que para vencer. En un momento en el que la ciencia y la tecnología han alcanzado cotas nunca ni siquiera sospechadas, la ebullición del sentimiento y la práctica religiosa prosigue su evolución como si lo hiciera en un territorio propio e independiente; como si la especie humana pudiera desarrollarse a la vez en un doble estrato a veces contradictorio: por un lado, una fe ciega que promueve acciones sobre todo emocionales que terminan condicionando la vida del creyente; por otro, la necesidad de verificar, racionalizar y evaluar todos los conocimientos, cada uno de los progresos, todos los instrumentos, sin que nada quede al azar ni a merced de ninguna voluntad ajena, mucho menos sobrenatural. Esta doble condición, a veces enfermiza, del ser humano ha sido capaz de provocar, por ejemplo, los fenómenos simultáneos de las devastadoras cruzadas cristianas contra los musulmanes y el movimiento monástico de regneración de los campesinos iniciado en Cluny, en la Edad Media de una Europa asolada a su vez por las invasiones de los bárbaros. Sectas y religiones A caballo, pues, entre la ceguera de la fe y su fuerza creativa, la religiosidad de la especie humana se ha ido polarizando a lo largo de la historia alrededor de núcleos de creencias casi siempre dependientes de núcleos de creencias anteriores a los que superaban en coherencia y fuerza, y casi siempre también excluyentes y enfrentados a sangre y fuego contra cualquier otra confesión o profesión de fe, incluso, en cada caso, aquella que había dado origen a la que se encontraba en auge. De este modo, de una religión establecida se desgajaba una rama herética o sectaria que, en caso de afinazarse y expandirse, daba pie a una nueva religión, y en caso contrario sobrevivía vegetativamente o pasaba a la historia como un fenómeno más o menos anecdótico. El cristianismo nació como una secta dentro del judaísmo; el islam lo hizo en un entorno de sectas cristianas aisladas en los desiertos de Arabia; en el seno de la Reforma europea se afianzaron como auténticas religiones el catolicismo, el luteranismo, el anglicanismo, el calvinismo y otras pocas, mientras muchos otros movimientos procedentes del protestantismo se han ido atomizando en Iglesias más o menos pequeñas y más o menos carismáticas. Nuestro tiempo, pues, no es ajeno a este proceso de la historia de un pensamiento religioso que a pesar de todo aún es lo bastante vital como para que sigan surgiendo, dentro de las grandes confesiones, nuevas ramas cuya incidencia real queda condicinada al paso del tiempo. Estas ramas son por su propia naturaleza casi innumerables aunque algunas de ellas, como la de los Cuáqueros, los Pentecostales, los Anabaptistas, los Testigos de Jehová o los Mormones cuentan con significativas cifras de adeptos..., y no es ajeno a ello el hecho sociológico de su nacimiento y mayor implantación en la joven, puritana y rica -aunque desigual- Norteamérica. Llenando los huecos del tiempo presente En su mayor parte, sin embargo, el éxito de los movimientos sectarios contemporáneos se debe a que llenan el vacío religioso dejado por la progresiva laicización de las sociedades. Quizá también influya el modo en que las Iglesias consolidadas se ha distanciado de sus feligreses o, al menos, de su cotidianidad. Los "gurús" de las sectas suelen ser personas muy capaces de conocer el modo de seducir a sus adeptos. Se podrían definir cuatro características fundamentales que concurren en las sectas iniciáticas contemporáneas: alienación de los adeptos por presión moral; cerrazón del grupo sobre sí mismo excluyendo incluso a los familiares no afines de los adeptos; manipulación de los textos sagrados preexistentes según los intereses de la nueva doctrina; utilización de la estructura sectaria para el lucro de los líderes. Es un lugar común que el ser humano necesita "algo en que creer" y se podría añadir que compartir una creencia con un grupo satisface las necesidades de vida social del individuo, aunque, a veces, en el seno de las sectas clasificadas como destructivas, el precio es una anulación de la personalidad del adepto. Espiritismo, astrología y magia en la sociedad postindustrial La comercialización de lo espiritual En una sociedad mercantilizada en la que "todo vale", lo mismo podrá usted comprar almohadas especiales para la meditación trascendental que pastillas para adelgazar, o un suntuoso ejemplar de la Biblia. También, la adivinación de su futuro. El folclore y la religión oficial no siempre han ido de la mano. Esta es la razón de que muchas costumbres paganas hayan sobrevivido a la imposición de los credos de las religiones predominantes. Asimismo, la creciente tecnificación y laicización general no impide que parte de la sociedad vuelva su mirada hacia creencias y modus vivendi basados en antiguos conceptos místicos o antirracionalistas. Más bien al contrario, es la sociedad postindustrial la que, al darse cuenta de que estos credos pueden generar dinero, espolea su práctica mediante la venta de libros, vídeos, consultas, etc. Las seudorreligiones ya no son perseguidas, sino aceptadas como un elemento más con el que comerciar en una sociedad de consumo. Sin embargo, no sólo es una moda impuesta por motivos económicos. La desorientación ideológica y religiosa de muchos actúa como caldo de cultivo para la proliferación de tantos y tan distintos cultos, algunos realmente disparatados en su base doctrinal y peligrosos en su vertiente organizativa y anuladora del yo. Sobre estos fenómenos sociológicos también puede influir la preocupación por la salud y la secular desconfianza del ciudadano medio para con la profesión médica. Muchas personas han optado por recurrir a métodos que se encuentran a medio camino entre la medicina natural y los ritos de origen oriental para solventar sus pequeños (o grandes) problemas físicos y psíquicos. En esto podría radicar, en parte al menos, el gran interés que han suscitado terapias como el ayurveda, la medicina tibetana o los chakras, así como -en el aspecto del equilibrio psicológico y la armonía con el entorno- el fengshui japonés. Las ventas de libros sobre estos temas alcanzan cifras millonarias, y cada vez más gurús iluminados pretenden dirigir a sus seguidores hacia prácticas que por esotéricas y procedentes de lejanos países parecen más capaces de seducir a personas modestas.. El espiritismo desde Madame Blavatsky Nacida en Ucrania en 1831 y muerta en Londres sesenta años más tarde, Helena Petrovna Blavatsky viajó durante varios años por Asia, Europa y Estados Unidos, y estudió bajo la dirección de diversos gurús en la India y Tíbet. En 1875 fundó, con otros colaboradores, la Sociedad Teosófica. Un nuevo viaje a la India contribuyó a difundir sus ideas sobre la experiencia mística, a medio camino entre lo esotérico y lo oriental. Blavatsky se atribuía poderes psíquicos extrordinarios, aunque no todo el mundo pensaba lo mismo: la prensa india y británica la acusó de farsante, pero ella continuó escribiendo y publicó, en 1888, La doctrina secreta, libro que ejerció una gran influencia en los movimientos espiritistas y ocultistas del siglo XX, a través de la actividad de teósofos y místicos de gran fama, como Henry Olcott, Alice Bailey y Annie Besant. El caso de esta última es curioso. Brillante oradora, teósofa y feminista, jugó un papel destacado en el proceso de independencia política de la India y enseñó a dos alumnos aventajados, aunque ninguno de los dos acabó siguiendo la doctrina teosófica, sino que fundaron dos nuevos movimientos que también han ejercido gran influencia durante el siglo XX: Gandhi con el espíritu de la no violencia, de gran influencia político-social, y Krishnamurti con su doctrina de resonancias budistas sobre la inadecuación de los conceptos humanos para ser aplicados al mundo real. La astrología en la era científica La astrología fue un elemento importante en muchas civilizaciones antiguas: mayas, griegos, aztecas, sumerios y persas. Todos recordamos el eminente papel que desempeñaban los astrólogos y adivinadores en las cortes medievales -tanto cristianas como árabes-, especialmente cuando se trataba de pronosticar sucesiones a la corona, períodos de riqueza o privaciones o el resultado de vitales batallas. Con el paso de los siglos, la importancia de oráculos, pitonisas y adivinos parecía haber perdido fuerza frente al creceinte progreso científico. Sin embargo, en el ámbito popular estas prácticas nunca han dejado de tener sus fieles. En el África Negra y otras culturas no industrializadas, la adivinación sigue siendo el pilar fundamental del prestigio de los sacerdotes y hechiceros. Pero en muchas sociedades más desarrolladas económica y socialmente las técnicas de magia -blanca y negra-, tarot, lectura de manos y horóscopos han vivido en las últimas décadas del siglo XX un sorprendente renacimiento. Muy relacionados con la New Age, varios elementos esotéricos y ocultistas, cuyo origen es a menudo secular, vuelven por sus fueros y cobran importancia en las creencias populares. Es un error creer que la mayor parte de aficionados o devotos de estas prácticas son personas de cultura media o baja. Esto puede ser cierto en el caso de los ritos de magia, filtros de amor (¡sí, aún existen!) o diversos rituales sincréticos. Pero hay otro perfil de "cliente de la espiritualidad" que no coincide con la persona ignorante y supersticiosa que recurre a métodos oscuros. Muchos estudiantes universitarios visitan a los expertos en el tarot o la lectura de manos antes de los exámenes. Muchos ejecutivos de altos vuelos son instados por su jefes a practicar el zen, las artes marciales, el chamanismo o el vudú para que recarguen sus "energías" y rindan más en sus trabajos. Supersticiones ideológicas "Viernes y trece": parece que no pudiera encontrarse nada más nefasto en nuestra sociedad... Y sin embargo, no se trata de una "superstición inocente". Viernes es el día dedicado a la diosa Venus (Veneris, en latín), y 13 es el número de meses lunares o, lo que es lo mismo, de ciclos femeninos en un año (28 x 13 = 364); además es también el número anual de veces que el sol da vueltas sobre sí mismo. Se diría que en una sociedad de género exclusivamente masculino no sólo se hubiese alterado el recuento del ciclo cósmico para no que pareciera "femenino", sino que a todo lo que pudiera parecerlo hubiera que achacársele mala suerte y augurios nefandos. He aquí como una superstición aparentemente anodina revela un fondo ideológico anti-igualitario. Nuevas Iglesias en formación Testigos de Jehová Año y lugar de fundación:1874, Pensilvania (EE.UU.) Fundador y/o líder espiritual: Charles Taze Russell Área de influencia y repercusión actual: 4 millones de miembros en todo el planeta Mormones Año y lugar de fundación: 1830,Vermont (EE.UU.) Fundador y/o líder espiritual: Joseph Smith Área de influencia y repercusión actual: 5 millones en Utah (EE.UU.) y otros países desarrollados Santería Año y lugar de fundación: Cuba, a partir de la llegada de esclavos negros Área de influencia y repercusión actual: Cuba, Miami, España (cubanos emigrados) Vudú Año y lugar de fundación: Haití, a partir de la llegada de esclavos negros Área de influencia y repercusión actual: Haití y algunas zonas de EE.UU. (migración) Zionismo Año y lugar de fundación: 1896, Chicago Fundador y/o líder espiritual: Isaiah Shembe Área de influencia y repercusión actual: Grupos dispersos en el sur y oeste de África Rastafarismo Año y lugar de fundación: Jamaica, principios del siglo XX Fundador y/o líder espiritual: Haile Selassie Área de influencia y repercusión actual: Jamaica y comunidades simpatizantes en los países industrializados New Age Año y lugar de fundación: Década de 1960, EE.UU. Área de influencia y repercusión actual: EE.UU. y los países industrializados Iglesia de la Cienciología Año y lugar de fundación: Nueva Jersey, 1950 Fundador y/o líder espiritual: L. Ron Hubbard Área de influencia y repercusión actual: Grupos reducidos en EE.UU. y Gran Bretaña. El concepto de la muerte en la actualidad La fascinación juvenil por la muerte El hecho de desaparecer para desintegrarse por completo o bien aparecer en otra dimensión o estado no ha dejado de preocupar al ser humano, por laico que sea. La muerte -en abstracto o en concreto- está siempre presente en innumerables aspectos de la cultura popular de nuestros días, sobre todo en los jóvenes, que parecen sentir una fascinación malsana por la Parca. Con la postergación de lo religioso en gran parte de las sociedades actuales podría parecer que conceptos como la muerte también quedan relegados. Cuando el siempre ingenioso Woody Allen parodia la partida de ajedrez que juega la Muerte con Max Von Sydow en El Séptimo sello (película metafísica de Ingmar Bergman) en uno de sus relatos en que presenta a la muerte jugando al bridge y perdiendo, nos da la impresión de que la Parca ha dejado de ser esa figura tenebrosa e implacable del folclore. Incluso resulta un personaje simpático, o cuando menos atractivo, para muchos. En la llamada sociedad del bienestar, los jóvenes parecen sentirse fascinados por la muerte. Tal vez por carecer de excesivos problemas reales (hambre, guerra, miseria) pagan mucho dinero por practicar deportes de aventura, algunos de gran riesgo, como el rafting o el puenting, que les provocan la emoción de estar a dos pasos de la muerte. Esto se asemeja a lo que hacían algunos intelectuales románticos, que en el siglo XIX viajaban a escarpados parajes alpinos para asomarse a escalofriantes simas -bien sujetados con una cuerda o agarrados a una baranda de hierro-, donde su imaginación podía mirar a la Parca a los ojos. En los últimos años han proliferado entre los jóvenes los llamados juegos de rol, traducción del original role game, ya que nacieron en Estados Unidos. Se trata de un híbrido entre el club iniciático, el juego y la representación teatral. En ellos, los temas recurrentes hacen referencia a tradiciones esotéricas y místicas, como el satanismo medieval (juego Akelarre) o el literario Juego de Rol de la Tierra Media, inspirado en la mitología creada por J.R.R. Tolkien. También hay role games inspirados en la mitología del vampiro. Los juegos de rol y lo macabro En el transcurso de las partidas, cuando el personaje que interpreta a un jugador muere, dicho jugador debe abandonar el juego, lo cual puede provocar reacciones airadas. El papel de los denominados masters (directores de la partida, creadores de la historia representada y en última instancia, gurús del resto de jugadores) es de tal autoridad que el juego se asemeja a un rito de iniciación para formar parte de una sociedad secreta. Se han documentado casos, aunque evidentemente son los menos, en que la pasión o el grado de identificación que provocan estos juegos en algunas mentes frágiles han llevado a algunos jugadores a confundir la realidad con la ficción y cometer asesinatos rituales. Música y muerte Tradicionalmente, la muerte siempre ha sido un tema recurrente en lo musical. Recordemos las danzas de la muerte de origen medieval que aún se practican en diversos enclaves rurales de Europa. La música popular del siglo XX, el rock, ha recuperado esta temática, en algunos casos con una implicación casi ritual por parte del músico o el oyente. En la década de 1980 proliferó el llamado pop-rock siniestro, cuyo mayor exponente es la exitosa banda The Cure. Su cantante, Robert Smith, tiene una apariencia escénica similar a una macabra marioneta que recuerda las que se venden en los mercados artesanales de Praga. Los seguidores de The Cure presentan un aspecto muy curioso y susceptible de estudio. Vestidos de luto -lo cual no les diferencia de otras tribus urbanas, ya que el negro es también el color de rockers, punkies o heavies-, se maquillan el rostro de una manera harto clarificadora: la piel blanqueada hasta conseguir una palidez mortuoria y los labios pintados de negro u otros colores oscuros, lo cual les da el aspecto de vampiros (al estilo del juego de rol que hemos mencionado, Mascarada), cuando no de muertos recién salidos de la tumba. Así pues, la muerte es considerada por estos jóvenes como un elemento positivo y un signo de identidad que los diferencia del resto, lo cual les hace pertenecer a un clan. Esto no es tan distinto de los subgrupos sociales que suelen formar los sacerdotes, hechiceros y chamanes en las religiones de muchas culturas. La leyenda dice que Kurt Kobain, cantante del grupo Nirvana, se suicidó en la década de 1990, antes de cumplir la treintena, para seguir los pasos de sus jóvenes ídolos caídos, Hendrix, Joplin y Morrison. La muerte es un fenómeno recurrente en la mitología musical. Todavía hay quien afirma que Paul McCartney murió en la década de 1960 y fue sustituido por un doble que hoy en día es quien suplanta la personalidad del bajista y cantante británico. En conclusión, la desaparición prematura de estos músicos es la que los entroniza en la mitología popular y hace que los jóvenes sueñen con seguir los pasos de sus ídolos antes que llevar una vida larga y gris. De ahí el famoso graffiti del movimiento punk Vive deprisa, muere joven y serás un bonito cadáver. Seguimos adorando al Sol Las fiestas de la vida La importancia del Sol en gran parte de las culturas es indiscutible: el sánscrito Dyaus, el griego Zeus, el latín Jovis, el hindú Igni, el altoalemán Zio, el Ugnis lituano o el Ogny eslavo, el quechua Inti o el egipcio Ra son denominaciones de una misma "divinidad" que nos sigue dando vida. Probablemente, los cultos al Sol son tan antiguos como el ser humano y caracterizan toda creencia relacionada con la naturaleza. El astro que calienta la biosfera y posibilita la vida es una de las primeras percepciones que el hombre tiene de la influencia del universo en su vida cotidiana. La imagen de poderío que representa el Sol, a menudo le ha convertido en centro de los mitos primigenios de muchas culturas. Origen romano del calendario solar El calendario romano era fundamentalmente solar, como el judío lo es lunar, y ello ha marcado las costumbres festivas de los pueblos de Europa que recibieron la influencia de la civilización de la antigua Roma (de todos modos, A. Kuhn defendió el origen solar de toda la mitología europea), pero también las de los países que fueron colonizados posteriormente por los europeos, lo cual da a este legado dimensiones aún mayores. El cristianismo ha dado una apariencia litúrgica a muchos de los cultos paganos: así como el sustrato de la celebración de la Pascua es una festividad hebrea -regida por la Luna-, la Navidad coincide en fechas con la festividad romana del Sol Naciente, en la que se celebraba el solsticio de invierno, momento en que el Sol se sitúa a su altura mínima y período, además, en que calienta menos. Como en el caso de la fiesta "contraria", la del solsticio de verano (San Juan), se trata de acontecimientos de gran trascendencia ritual en cualquier cultura, especialmente en las de origen ganadero y agrícola. El calor como fuente de vida es un lugar común en cualquier momento de la historia del ser humano, y no sólo el que produce el Sol, sino también el del fuego. La primitiva hoguera y la posterior chimenea siempre han sido vínculos de sociabilización y núcleo de actividad familiar y, en ocasiones, ritual. Los romanos relacionaban el fuego del hogar con los antepasados y la pervivencia de las familias. Las cenizas de la chimenea eran esparcidas por los cultivos para protegerlos de las fuerzas de la naturaleza, ya que se creía que estos restos de la combustión tenían propiedades mágicas. El fuego es un representante del Sol, tan necesario como la lluvia para el crecimiento de los cultivos y, por tanto, un símbolo de fecundidad, aspecto éste que, como sabemos, es muy importante en todas las religiones antiguas. También se puede interpretar el fuego como símbolo de purificación. En la noche de San Juan las grandes hogueras sirven tanto para quemar las malas hierbas como para alejar a los espíritus malignos que pueblan la noche más corta del año, fecha en que se celebra esta festividad. La Navidad representa el momento en que el año empieza, ya que el Sol renace. También el ganado se reproducía en esta época y la vida, en general, iniciaba un nuevo ciclo. El cristianismo añadió el componente simbólico del nacimiento del Mesías. Pero el sentimiento de inicio está también inherente en la conciencia individual y colectiva: todos formulamos deseos para el nuevo año al comer las uvas y todos hacemos promesas (dejar de fumar, hacer un viaje, perder peso, ganar más dinero, encontrar un amor, etc.) justo en ese instante. El nacimiento del Sol siempre ha sido el momento escogido para todos estos deseos y esperanzas. Si nos fijamos en muchas de las fiestas del calendario litúrgico, vemos que entre Navidad (inicio de las Saturnalia romanas) y el dos de febrero, fiesta de la Purificación de la Virgen, que coincide con la fiesta de Imbolc celta y las Lupercalia romanas, hay cuarenta días. Las cuarenta jornadas de la Cuaresma llevaban a la Pascua. De ésta a la fecha del primero de mayo (aproximadamente, fiesta cristiana de la Ascensión, y día de la celebración celta de Beltaine e incluso del homenaje marxista a los trabajadores) también hay cuarenta días. Un período de tiempo similar lleva a San Juan (solsticio de verano, como hemos visto) y, de nuevo, cuarenta días más tarde, llega el día de la Asunción de la Virgen, fecha en que los celtas celebraban el culto a Lugnasad, dios de los oficios. Si se nos apura, este período también tiene una significación especial en la sociedad moderna, pues coincide con las casi sagradas vacaciones de verano. Cuarenta días más y llega la festividad de Todos los Santos (el antiguo Samhain céltico), la gran fiesta de los muertos e inicio del año agrícola. Las razones de esta repetición (40) están probablemente en un intento de combinar los calendadarios solar y lunar. Pervivencia del culto al Sol Cualquier baile que se haga con los brazos hacia arriba suele tener un origen solar. La danza del sol de los sioux, arapahoes y cheyenes fue prohibida en 1904, pero la han seguido practicando camuflada en los festejos del 4 de julio. Globalmente considerada, la sociedad actual está perdiendo (por lo menos en el mundo industrializado) a marchas forzadas el elemento rural, que en principio era el reducto donde las creencias paganas, y el culto solar es una de ellas, mantenían su vigencia. Sin embargo, también en la ciudad, tal vez más camufladas, perviven estas costumbres. El Sol sigue teniendo su importancia: observemos los cambios de humor que provoca un domingo lluvioso. Se supone que tras seis días trabajando, la fiesta dominical, hoy día más sagrada por lo que significa de descanso y asueto que de celebración religiosa, tiene que estar presidida por un sol refulgente. Si no es así, la decepción hace su aparición. Hemos hablado antes de la noche de San Juan. En ella cambian las costumbres externas pero no el espíritu, ya que la noche del 23 de junio, aun vivida en modernas discotecas y consumiendo sofisticadas drogas de diseño, sigue teniendo el mismo objetivo que antaño: facilitar el intercambio sexual entre los jóvenes, lo cual asegura de algún modo la fecundidad y la continuidad del grupo. El Sol se ha convertido en un paraíso natural para los turistas procedentes de países desarrollados pero con un clima desagradable. El Sol de España, México o el Caribe se convierte para ellos en una meta casi mítica a la que acudir en el sacro período de vacaciones. Como se ve, las celebraciones de los solsticios (Navidad, San Juan) y las de los equinoccios (primavera, otoño) se relacionan con fiestas familiares y comunitarias, lo cual hace ver su origen precristiano y también común a muchas culturas. Ello las ha hecho pervivir aun habiendo sido camufladas por las religiones posteriores y han llegado hasta nuestros días si no como culto, sí como tradición respetada. Las celabraciones adquieren hoy otras formas, pero parten de un culto común, en el que el Sol tenía una significación especial. El turismo como rito La religión siempre se ha relacionado con el movimiento, tanto en cortos desplazamientos (romerías) como largos y penosos (peregrinaciones). En el mundo occidental laico cobra un nuevo valor mítico el rito anual de viajar en vacaciones. Pero a veces el turista busca algo más que diversión o tranquilidad. Viajar era una actividad obligada y habitual hace decenas de miles de años, cuando el ser humano era nómada. En los siglos posteriores, la mayoría de culturas se han convertido en sedentarias (salvo algunas excepciones) y en ellas el viaje obedece a otras necesidades. Casi todas las religiones incluyen en su doctrina el concepto del viaje. La mayor parte de mitos y leyendas incluyen en su argumento un largo viaje del protagonista o de un pueblo buscando su destino (por ejemplo, los cuarenta años en el desierto de los judíos en busca de Canaán). También es habitual en cualquier creencia el concepto de peregrinación. Existen lugares sagrados a los que los fieles acuden para dar gracias, mostrar devoción o pedir favores a su dios -o dioses, o simplemente santos- y están presentes en los diversos credos: enclaves como Santiago de Compostela o Roma para los católicos, La Meca para los mahometanos o Benarés (el lugar donde Buda predicó su primer sermón) para los budistas indios. Los budistas japoneses llegan a recorrer más de mil kilómetros para llegar al Shikoku. A menudo el recorrido, es decir, el viaje en sí, tiene tanta importancia como llegar al lugar, porque el ser humano frecuentemente ha sentido la experiencia de viajar como una prueba vital, como un proceso extraordinario que, por breve que sea, le cambiará. La hégira laica del viajero contemporáneo En muchos lugares del planeta siguen realizándose peregrinaciones religiosas, pero en el mundo laico se dan otro tipo de viajes rituales, relacionados con el aparentemente prosaico fenómeno del turismo. Aclaremos el porqué del título de este subapartado. Como sabemos, la palabra árabe hegira conmemora la huida de Mahoma de La Meca a Medina en el año 622. Y como huida cabe calificar a menudo el tipo de turismo que practica un gran sector de la población. Muchas personas tratan de escapar de la mecanización y el estrés urbano viajando hacia realidades más próximas al sentimiento religioso o pararreligioso. A veces es un viaje interior, buscando lo que queda en el inconsciente colectivo -si seguimos la terminología de Jung- de ritualidad antigua: el culto a la tierra, a la sencillez de la vida relajada. Esto explica el auge de ciertas literaturas inspiradas en culturas y creencias orientales o procedentes de países no industrializados. Pero también se dan cada vez más casos de viajeros que buscan en las tierras y ritos ajenos una luz que les ilumine. De ahí que los occidentales viajen cada vez más a la India o a Extremo Oriente, buscando en ideas como la reencarnación o prácticas como la meditación una salvación para su atribulado espíritu. En estos casos no podemos hablar de viaje religioso propiamente dicho, pero sí de viaje místico o ritual, pues en principio el viajero busca respuestas a problemas metafísicos, respuestas que en su sociedad es incapaz de rastrear. Entonces el viaje ya no es propiamente una huida, sino una búsqueda. De todos modos, la mayor parte de la gente no tiene en la cabeza estos conceptos cuando se traslada de un lado a otro por vacaciones. Estos períodos son aprovechados -por este orden de preferencia- para descansar, hacer unas cuantas fotos (que justifiquen cierto interés cultural de cara a los amigos) y tratar de conocer la cultura del país visitado. Este último objetivo es el menos perseguido y, por supuesto, el menos conseguido por los viajeros, lo cual es bastante lógico si observamos que el período de tiempo pasado en el lugar rara vez supera los treinta días. Se dice que este interés por conocer las características de lo que se visita es la diferencia entre el turista y el viajero. Pero muchas veces el que afirma ir "de viajero" a un país acaba convirtiéndose, sin darse cuenta, en turista. El único rito claro que encontramos en el caso del turista es la sacralización que él mismo hace del viaje en sí, por lo que representa para él (descanso, desconexión, premio a largos meses de trabajo). Santos sepulcros de políticos, escritores y músicos Los sepulcros de personas santas han sido a menudo el punto geográfico al que se dirigían las peregrinaciones. El apóstol Santiago o santo Tomás Beckett (cuyos restos reposan en Canterbury) son ejemplos de esta costumbre en el cristianismo. En la laica sociedad occidental, como hemos visto en otros apartados de esta última parte del libro, muchos cultos a santos y dioses son sustituidos por personas que adquieren el rol que habían tenido los anteriormente mencionados. Empecemos por los políticos. Quien haya visitado el bonito cementerio victoriano de Highgate, en el norte de Londres, habrá podido ver el enorme panteón presidido por la cabeza gigantesca de Karl Marx con esta inscripción: Los filósofos sólo han interpretado el mundo desde varios puntos de vista. De lo que se trata, sin embargo, es de cambiarlo. Proletarios del mundo, uníos. Socialistas y comunistas de todo el mundo peregrinan habitualmente a visitar esta tumba, que siempre está cubierta de rosas. En España fue tal el carácter religioso que se dio a la figura del dirigente anarquista Buenaventura Durruti, que en algunos ateneos libertarios su imagen está puesta en un altar. Muchos escritores, en especial los que fueron perseguidos y murieron lejos de su tierra tienen en común estar enterrados en lugares que se han convertido en enclaves de peregrinación. Éste es el caso del poeta Antonio Machado en Colliure (sur de Francia) o del filósofo alemán Walter Benjamin en Portbou (norte de España), curiosamente sepultados en países distintos, aunque tan sólo a unos veinte kilómetros de distancia entre sí. Machado huía del franquismo y Benjamin del nazismo, lo cual les ha convertido en símbolos políticos. Y por último, otra de las grandes mitologías del siglo XX, la música popular tiene en las tumbas de dos héroes juveniles (Elvis Presley en Graceland, EE.UU., y Jim Morrison en París) famosos santuarios a los que los jóvenes -y no tan jóvenes- acuden en un diáfano caso de peregrinación. Como hemos podido ver, el fenómeno de la peregrinación aparentemente ha cambiado de motivaciones, pero pervive porque es connatural al inconsciente colectivo del ser humano. Los cultos grupales en la actualidad Divinización del pan y circo Sin grupo no hay religión, ni tampoco habría ética. Un ser humano aislado no necesita la religión ni la ética, ya que no debe relacionarse con sus semejantes. En un período que muchos consideran laico, observamos que las grandes masas siguen congregándose alrededor de nuevos sumos sacerdotes y dioses: la televisión, el dinero, el fútbol o la música. Dado que el fenómeno religioso es eminentemente colectivo, no es de extrañar que las nuevas formas de religión, o las nuevas caras que adopta el sentimiento ritual de siempre, se relacionen especialmente con el fenómeno del grupo. Las reuniones de empresa o los congresos de los partidos políticos no son tan distintos de los antiguos cónclaves sacerdotales o los consejos de ancianos que regían tradicionalmente algunas comunidades. Entre las numerosas congregaciones de masas que podemos observar y que tienen un sustrato claramente ritual, destacaremos tres: los mítines políticos, los acontecimientos deportivos y los macroconciertos. En cuanto a los mítines, basta con observar el claro paralelismo entre el político y el sumo sacerdote. Los mítines de partido cuentan con un público completamente entregado y convencido de antemano, es decir, meros feligreses que comulgan por completo con las ideas que el sacerdote va a expresar. Es por ello por lo que un simple aumento en el tono de su voz hace que le aplaudan y vitoreen enfervorizados. Aplauden porque aplaudir forma parte del rito: estos acontecimientos políticos retrotraen a lo más oscuro e irracional de ciertos actos religiosos multitudinarios. El deporte de masas o la vuelta de los semidioses Podemos partir de las partir de las Olimpiadas -un acontecimiento antiguamente consagrado a los dioses griegos-, que en la actualidad se han convertido en un fenómeno ampliamente divulgado por los medios de comunicación de todo el mundo. En ellas, los atletas, que equivalen a los semidioses, compiten entre sí. Cada país respalda a sus representantes con una identificación rayana en el fanatismo, puesto que estos atletas desempeñan un papel similar al de cualquier ídolo mítico. Pero el deporte en el que este fenómeno adquiere unas dimensiones espectaculares es el fútbol: los estadios se transforman en inmensos templos donde miles de fieles vociferan juntos, lloran, entran en trance (con los goles), se indignan y se llenan de un júbilo colectivo que durante siglos sólo proporcionó el rito religioso. Los jugadores de fútbol, en especial las grandes estrellas, son más venerados que los santos y, aunque se trata de personas normales (incluso con un carisma y nivel cultural sensiblemente inferior a la media), se convierten en nuevos dioses o ídolos cuya sola presencia provoca histerismo y admiración entre los millones de seguidores de este deporte. "Somos más populares que Jesucristo" Esta frase, que escandalizó a unos, divirtió a otros y sorprendió a la mayoría, fue pronunciada en una entrevista por John Lennon, en uno de los momentos de mayor fama y éxito de su banda, The Beatles. Si recordamos que en algunas religiones de Oceanía los sacerdotes se disfrazan en los dramas culturales para tener la apariencia de los dioses, no es difícil buscar un símil en el mundo del showbusiness, especialmente el musical y el cinematográfico: los cientos de imitadores de Elvis Presley -no sólo cantando, sino también tratando de reproducir su físico- que hay por todo el mundo responden a esta necesidad del ser humano de parecerse a alguien a quien consideran superior. A los occidentales nos extraña que aún existan culturas en las que algunos de sus miembros entran a menudo en trances místicos. El fenómeno de los fans (apócope del inglés fanatic, con lo que se obvian más comentarios) es tan real como los trances de otros lugares del mundo. Los gritos, lloros y ataques de histeria de las jovencitas cuando se hallan ante una celebridad que admiran con fervor ciego, convierten a estos actores y músicos en auténticos ídolos. No en vano se ha ampliado el campo semántico de esta palabra (ídolo), que originalmente se aplicaba al ámbito religioso y que hoy en día sirve para explicar la veneración que siente un sector de la población hacia ciertos personajes públicos que han ocupado claramente el lugar de los dioses en la mente de sus fieles. Siguiendo la estela de las religiones no iconoclastas, estos ídolos están representados en pósters, camisetas y adhesivos. Incluso se les construyen verdaderos relicarios o altares a la manera de los santos cristianos o los tótems de otras religiones. Esto puede parecer exagerado, pero sólo hay que ver el lugar preferente donde los adolescentes colocan una foto dedicada de alguno de sus ídolos, para comprobar que se trata de un culto, al menos en su forma externa. A veces ciertos estilos musicales incluyen referencias, a menudo clarísimas, a cultos sectarios, especialmente el satanismo. A menudo el Diablo no es realmente receptor de culto, sino una excusa temática, como en la excelente canción de The Rolling Stones Simpathy for the Devil (casi siempre mal traducida como "simpatía por el Diablo", cuando la traducción correcta es "compasión por el Diablo". Pero también hay grupos que han hecho del culto a Satán un concepto indisoluble de su música: el caso más conocido es el de la longeva banda britática Black Sabbath, cuya discografía está poblada de títulos tan sugerentes como Seventh Star, Heaven and Hell o Born again (referencia esta última, al nacimiento del Anticristo) que siempre están relacionados con el ocultismo y lo satánico. Una prueba más de cómo los conceptos rituales y el fenómeno de la música popular pueden ir ligados. Entre ayer y lo futuro El nuevo interés por el folclore parte de un compromiso cultural para salvaguardar las tradiciones, pero también sirve para recuperar el equilibrio que los hábitos de una sociedad mecanizada han desestabilizado. Tras muchos siglos de cambio económico-social, las sociedades rurales han quedado a menudo como un pequeño reducto, pero eso no significa que el folclore desaparezca en su esencia. Simplemente cambia muchas de sus caras. Los aspectos cíclicos de carácter ecológico del campo fueron sincretizados por la religión, pero la superposición de una sociedad urbana con sus ritmos de consumo, las vacaciones preestablecidas o el ritmo frenético de trabajo han creado unas condiciones sociales proclives a añadir un nuevo sincretismo sobre el que ya existía: un cambio continuo de la forma sin alterar el contenido. Las festividades que se pierden en la noche de los tiempos se siguen celebrando de una u otra manera, y ni el cristianismo ni la laicización han conseguido impedirlo. Una idealización del folclore Se ha detectado un retorno a algunos elementos del folclore en una sociedad que se caracteriza por todo lo contrario. Parece la respuesta de un sector de la población que, harto de la mecanización y del exceso de control a que se someten sus mentes, decide tomarse un respiro. Mitificando el mundo de sus abuelos, tratan de volver a él en lo que pueden, con medicamentos naturales, productos ecológicos, retorno al medio rural y, en definitiva, una búsqueda de la sabiduría casi extinta que el progreso desbocado ha enterrado casi por completo. La búsqueda de la fecundidad es uno de los parámetros que relacionan la religiosidad con el folclore. Casi todas las creencias basan parte de sus ritos más importantes en este concepto. Las opulentas Venus prerromanas son un ejemplo claro. Los romanos celebraban las Lupercalia (antepasadas de nuestro Carnaval), en las que los luparcos recorrían la ciudad medio desnudos, azotando con unos látigos hechos de tiras de piel de cabra a los hombres y mujeres que deseaban descendencia, con la intención de hacerlos fecundos. Aún hoy en día el Carnaval es una fiesta muy proclive al juego sexual, facilitado por los disfraces y la sensación de libertad que rezuma la noche, lo cual tiene su origen en un deseo de fecundidad. A este respecto, es curioso el origen pagano de la costumbre de los huevos de Pascua. Antes de la habitual cristianización de su contenido, era la fiesta por excelencia de la primavera y en ella las familias ingerían una gran cantidad de huevos para almorzar: un solo miembro podía comer entre media y una docena. Esta costumbre se ha mantenido, aunque hoy los huevos son de chocolate y se adornan con mil adaptaciones a personajes popularizados por los medios de comunicación para atraer a los niños. Esta tradición obedecía a razones de cohesión familiar -en algunos países es el padrino quien regala los huevos a sus ahijados o el tío a sus sobrinos- y, en una mirada aún más lejana, a cuestiones relacionadas con la fecundidad: el huevo siempre ha sido símbolo de fertilidad. El componente alegórico adquirió mayor fuerza con la llegada del cristianismo, ya que la Cuaresma era un período especialmente caracterizado por la abstinencia y la represión sexual, por lo que la Pascua abría un ciclo liberador y dedicado al intercambio sexual y, por tanto, a los ritos de fertilidad. El folclore como foco de resistencia a lo oficial El folclore siempre ha tenido un componente subversivo, de resistencia al culto oficial. En el caso del catolicismo, recordemos la llamada Fiesta de los locos que se celebraba en toda Europa hasta el siglo XVI (tras muchos intentos de persecución por parte de las autoridades), y en la que actores improvisados parodiaban los rituales cristianos para gran regocijo de los viandantes. También es reseñable la antipatía que el pueblo ha profesado a la Cuaresma (fiesta oficial cristiana y paradigma de recogimiento y culpabilidad) y las simpatías que ha despertado siempre el Carnaval, fiesta de origen pagano y folclórico, que en las diversas formas con que se ha revestido en la tradición popular muestra de modo inequívoco las tensiones generadas por esta ambigüedad; tensiones que son referencia permanente de otra tensión mucho más profunda, aquella en la que se debate desde lo más remoto de los tiempos la condición humana, a menudo incluso escindida entre lo profano y lo religioso, entre lo inmediato y lo trascendente, como queda reflejado en estos versos de la tradición catalana: Carnestoltes quinze voltes I Nadal de mes en mes Cada dia fossin festes I Cuaresma mai vingués (Carnaval quince veces y Navidad cada mes Hubiese fiesta diaria y la Cuaresma nunca viniese.) Por más que se esfuerce el dogma católico, es evidente que el pueblo siempre preferirá el Carnaval a la Cuaresma. La abstinencia y la austeridad no son lógicas en ningún folclore, a menos que sean inevitables por razones circunstanciales. El folclore siempre tiene un elemento vitalista y epicúreo, cosa que no puede decirse de las religiones. En ocasiones, lo popular se acaba imponiendo a la norma religiosa imperante, incluso sin que haya sustrato cultural; es decir, en una fiesta impuesta por la religión el folclore introduce sus modificaciones y la adapta al sentir popular. Es el caso del Corpus. Esta festividad fue establecida por el papa Urbano IV en el año 1264 para conmemorar el misterio del cuerpo de Cristo sacramentado. Al cabo de poco tiempo, la fiesta enraizó fuertemente en las clases populares que acudían a las procesiones de este rito e iban añadiendo elementos como pequeñas representaciones teatrales o comparsas, para modelar la fiesta a su antojo: el resultado es una celebración con muchos elementos de origen profano, que Urbano IV nunca hubiera podido imaginar. Y es que cada folclore reinterpreta el dogma de la manera más adecuada a las características de la zona y del pueblo que la habita. Esta maleabilidad ya la detectó Xenófanes de Colofón en el siglo VI a.C: "Los etíopes dicen que sus dioses son chatos y negros; los tracios, que los suyos tienen el pelo rojo y ojos claros. Si el ganado o los caballos tuvieran manos y pudiesen dibujar, representarían a sus dioses como ganado o caballos...". Muchos siglos más tarde podemos constatar que todas las sociedades adaptan los modelos religiosos y que el caso de las festividades de origen mixto (folclórico-religioso) no es una excepción. El signo de los tiempos prevalece y, en el capitalismo más agresivo, el dios común (el dinero) pone un sello en todas las actividades. Navidad, Pascua, Carnaval, Corpus y el resto de celebraciones funcionan gracias al esfuerzo conjunto de las empresas y los medios de comunicación en buscar una excusa para conseguir el fin último que parece marcar el pensamiento del ser humano industrializado medio: comprar, vender, comprar, vender. Los ritos de paso en la sociedad actual Las fiestas de la vida Dentro de las formas de religión natural, siempre se presta una especial atención al ciclo de la vida, y a los momentos cruciales en que se pasa de una etapa a otra: el nacimiento, el paso de la niñez a la adolescencia, la vida adulta y la muerte. La existencia de ritos de paso es una de las constantes antropológicas que caracterizan al ser humano de manera más universal y que, por tanto, no se resiente de la evolución económica y social. Los ritos cambian de cara y con ellos las costumbres correspondientes, pero su esencia sigue muy viva, en parte porque las diversas edades y ciclos del ser humano no están regidos por lo social, sino por lo natural. Según el estudioso francés Arnold van Gennep, este tipo de ritos se estructuran en tres fases: separación, transición y reincorporación. Es complejo aplicar esta división a la mayoría de ritos tal y como los concebimos hoy. Lo que está claro es que el aparato ritual que comportan tiene como objetivo reforzar la cohesión, primero familiar y luego comunitaria, del individuo que los pasa. Los bautizos, las bodas, los entierros, etc., marcan las fases y también los derechos y deberes del individuo. Además, poseen un marcado carácter socializador: los regalos que se hacen en ellas, así como las felicitaciones -o los pésames en los funerales- implican solidaridad e integración en el grupo. Todo ello refuerza los límites simbólicos de la comunidad familiar. El primer rito de paso, aunque evidentemente su protagonista no lo siente como tal, es el nacimiento. Al cabo de poco tiempo la comunidad le da la bienvenida a su estructura socio-religiosa, haciéndole uno más. Muchos de los ritos en este caso están preñados de simbolismo y suelen aludir a la muerte (fase de separación) del niño o incluso a su vuelta al útero materno para renacer al mundo en otro estatus: por ejemplo, en el bautismo, el infante pasa de pagano a cristiano. El nacimiento es un acontecimiento en sí, pero además de asegurar la descendencia del grupo familiar, tiene connotaciones de buena suerte. Observemos el tratamiento que cada primer día de enero dan los medios de comunicación al primer bebé nacido en el nuevo año. Del nacimiento a la muerte consumiendo ciclos El segundo rito de paso es también común a todas las sociedades, pero la franja de tiempo en que se da es un poco más flexible: se celebra el paso de la niñez a la adolescencia. Suele tratarse de un rito más traumático y en algunas culturas están perfectamente documentadas tradiciones bastante crueles físicamente con el protagonista del ritual. Evidentemente en el mundo rural o precapitalista tiene una lógica: el niño debe endurecerse y curtirse al máximo antes de afrontar la vida. En la sobreprotectora sociedad industrializada este rito ha perdido consistencia y es difícil de definir en detalles del comportamiento de los padres con su hijo, aunque los hay: ese primer viaje que se permite hacer al adolescente, el primer vasito de vino que se le permite beber en la mesa familiar o la primera paga para que se la gaste en lo que quiera. El rito de la madurez suele ir ligado a los desposorios. Ambos tienen la finalidad de perpetuar el futuro de la tribu mediante la posibilidad de tener descendencia. En algunas sociedades primitivas se valora más el matrimonio exógeno (con personas de otra tribu y familia) tal vez para garantizar, inconscientemente, que la mezcla genética contribuya a mejorar la raza. El incesto está explícitamente prohibido en cualquier cultura. Las bodas de hoy en día, dejando aparte las connotaciones religiosas, que se van perdiendo progresivamente, no dejan de ser una celebración en que se construye un nuevo núcleo familiar y los progenitores de ambos cónyuges respiran tranquilos ("¡Por fin lo/la he colocado/a!" al ver su continuidad asegurada. Las muy en boga despedidas de soltero/a con espectáculo pornográfico y prostitución no son más que un modo bastante chabacano -pero esto no viene al caso- de concienciar al cónyuge de que deberá renunciar a su libertad sexual a partir de ese momento. La jubilación es un rito de paso no habitual en las sociedades anteriores. El progreso económico ha permitido que las personas que llegan a una cierta edad puedan descansar sin más, ya que lo que han cotizado durante toda su vida laboral debería bastar para mantenerse el resto de su vida. Por eso, muchos la celebran con ganas. En ocasiones, sin embargo, el jubilado padece el síndrome de "Y ahora qué": el embrutecimiento de la vida de mucha gente que ha vivido para trabajar, y no al contrario, hace que teman la jubilación porque no han desarrollado inquietudes que puedan llenar su recién adquirido tiempo libre. La festividad dedicada a los muertos, que es común a la mayoría de culturas, se suele celebrar en otoño (el Samhain celta o el Todos los Santos cristiano). El hecho de visitar las tumbas de los antepasados contribuye a fortalecer el recuerdo, y la costumbre de depositar flores tiene las connotaciones simbólicas de la eterna paradoja: la vida que se va y la que florece a partir de ella. El ciclo de los ritos de paso acaba con esta última ceremonia. Otros aspectos del rito iniciático La mitología, y en especial la literatura legendaria, ha recogido los diversos tratamientos que las culturas han dado a los ritos de paso. El folclorista P. Saintyves estudió en cuatro cuentos populares la referencia a cuatro de estos ritos: en Le Petit Poucet(Pulgarcito) se está hablando del paso de la infancia a la juventud. En Barba azul se hace referencia al casamiento de las doncellas y a las costumbres que deben observar tras celebrarlo, lo mismo que le ocurre al protagonista de Riquet el del tupé. En el caso del famoso cuento El gato con botas, el protagonista muestra a un futuro caudillo las exigencias de su nuevo estatus. No sólo en los cambios de edad hay rito iniciático. Son conocidos los que se hacen para ingresar en sociedades secretas (masonería, sectas, hermandades) y que guardan paralelismos con los que rige la edad. Llevado al terreno de la sociedad actual, observemos que las entrevistas de personal de las empresas y las pruebas de aptitud -y a menudo de adhesión ideológica- que plantean a los recién llegados no dejan de ser ritos de iniciación algo prosaicos. Pervivencia de formas religiosas en la cultura actual Con la sociedad del bienestar, un sector del planeta ha pasado en poco tiempo de los dogmas religiosos al agnosticismo y al ateísmo más tarde, y ha llegado al siglo XXI con una gran multiplicidad de tendencias filosófico-religiosas y sociales. Triunfan en especial ciertos préstamos tomados de otras formas de religiosidad, sobre todo orientales, que dan al panorama de las creencias un aspecto más ecléctico que nunca. Derivaciones, mezclas, sectas, milenarismo, Nueva Era y muchos ritos camuflados en costumbres nuevas, aparentemente laicas: todo ello convive con el aparente pragmatismo que parece adueñarse del planeta siguiendo las directrices de la globalización económica y política. Algunos estudiosos de los años 1960 pronosticaron el fin del cristianismo hacia el año 2000 y se equivocaron; lo que está claro es que el mundo contemporáneo sigue necesitando de la religión, bajo sus diversas formas. Algunas son nuevas, pero otras son vestidos nuevos para maniquíes muy añejos. SHALOM

El mito de los orígenes para los aborígenes de Australia Los antepasados de los actuales aborígenes australianos llegaron del Sudeste Asiático hace aproximadamente cincuenta mil años. Los hábitos de aquellos pueblos, recolectores y cazadores nómadas, sufrieron una importante transformación con la colonización europea de finales del siglo XVIII, pero su estructura social se ha mantenido inalterable a lo largo del tiempo. Para los aborígenes no existen jerarquías: organizados en tribus, se dividen en numerosos clanes, compuesto cada uno de ellos por entre cincuenta y quinientos individuos. Aunque todos los clanes comparten el mismo universo mítico, cada uno hace suyas las aventuras que los héroes ancestrales vivieron en su territorio. Durante el recorrido que llevaron a cabo estos héroes creando el mundo, se cobijaron en cuevas, pescaron en riachuelos, dejaron sus huellas en rocas... Estas trazas conforman una señal indeleble de su paso por la zona y estos lugares se consideran sagrados, pues están impregnados de la energía creadora que desprenden los antepasados míticos. Los rituales llamados de "incremento" se celebran en estos espacios sagrados y los participantes se transforman en los antepasados y recrean sus viajes. En Australia existe un lugar especial tanto por su condición sacra como por los innumerables mitos vinculados a él. Se trata de la montaña sagrada Ayers Rock (en lengua aborigen, Uluru). Con un perímetro de 9 kilómetros cuadrados es un macizo rojizo situado en el inmenso desierto de Simpson, en pleno corazón del continente. Una de las leyendas más famosas vinculadas a esta gran masa rocosa es la de las Siete Hermanas. El mito, que es conocido por clanes que habitan a miles de kilómetros, cuenta la accidentada huida de siete mujeres al sur del país (escapaban del lascivo Nyiru, que quería violar a la mayor). Las escalas de su agitado periplo marcan un itinerario sagrado: acamparon en Witapula, bebieron en la fuente Tjuntalitja, unas líneas en una cueva de Walinya atestiguan que se sentaron allí... Al llegar a la costa, cerca de la actual Port Augusta, se lanzaron al mar y de ahí saltaron al cielo, convirtiéndose en estrellas (en la constelación de Kurialya). Pero ni aun así consiguieron librarse del lujurioso Nyiru, que continuó persiguiéndolas en el firmamento (se le identifica con la constelación de Orión). La creación Para los aborígenes, la tierra era un disco plano y flotante debajo del cual habitaban unas formas indefinidas. Tras una gran inundación que barrió el paisaje y el orden social anteriores, las misteriosas figuras tomaron apariencia humana y emergieron a la superficie. Estos seres ancestrales vagaron por la tierra y crearon las montañas, los ríos y las rocas, además de dar nombre a los animales y las plantas. Esta etapa (conocida como el Tiempo del Ensueño) corresponde al período de creación. Existe un fuerte vínculo entre este mítico Tiempo del Ensueño y los ritos religiosos, ya que se considera que aquella época posee una doble dimensión: la temporal (origen del mundo) y la espacial (conforma una realidad espiritual paralela a la realidad tangible e inmediata). Mediante la actividad onírica, y a través de ceremonias celebradas en lugares sagrados, los hombres tienen acceso al mundo "ensoñado", habitado por los espíritus de los muertos y por los dioses ancestrales. La gran inundación, que tiene un correlato real en la última glaciación, se atribuye, según los clanes, a seres humanos y distintos animales. Para los kimberleys, los espíritus ancestrales del Tiempo del Enueño provocaron la inundación, mientras que los tiwi (de las islas de Melville y Bathurst) consideran que fue una anciana llamada Mudungkala la que separó estas islas del resto del territorio y las pobló con tres niños. Los yolngu (en el noreste de la isla) poseen un mito más elaborado: las hermanas Wawilak enfurecieron a Yulunggul (una enorme pitón), la cual, tras engullirlas, desencadenó una tormenta que lo inundó todo. Cuando se retiraron las aguas, la serpiente regurgitó a las dos mujeres y a sus hijos; éstos se convirtieron en los primeros yolngu iniciados. El episodio sirve como base a la ceremonia de iniciación: los jóvenes son recluidos en un recinto sagrado, de donde salen convertidos en adultos. Se cree, además, que los cánticos del ritual fueron inventados por las hermanas Wawilak. Pinturas rupestres sagradas y héroes primitivos australianos Como los aborígenes desconocían la escritura, el arte constituye la única vía no oral de transmisión de mitos. Las manifestaciones artísticas más importantes corresponden a grabados y pinturas rupestres que datan de cuarenta siglos atrás. Algunas de las representaciones que se conservan son muy esquemáticas: personas, animales y plantas aparecen como figuras apenas perfiladas. El esquematismo a veces es llevado al extremo, pues una simple línea de puntos debe ser interpretada en ocasiones como las huellas de un determinado animal. En Arnhem Land, al norte de la isla, se encuentran las pinturas rupestres más famosas del continente australiano. En ellas se observan dos estilos pictóricos bien diferenciados: uno más antiguo (sus figuras, que tienen mucho movimiento y son de color rojizo, forman parte de escenas de caza, lucha o danza) y otro posterior (que representa el exterior de los elementos de manera estilizada, pero también retrata su anatomía interna). En una de las cuevas de Arnhem aparece una alusión al mito de la creación: junto a representaciones de animales y diversos dibujos, se distingue la gran serpiente de la inundación (llamada también del arco iris). En zonas alejadas de la isla se han encontrado manifestaciones artísticas muy enigmáticas. Los habitantes de la región de los montes Kimberley, por ejemplo, plasmaron unas misteriosas figuras blancas de cabeza redondeada y sin boca; al sur del cabo York se han descubierto representaciones de los quinkan (delgadísimas criaturas nocturnas de aspecto demoníaco que poseen ojos enormes y están relacionadas con las ceremonias de iniciación). Los postes funerarios de los tiwi son muy interesantes: construidos con madera y pintados de colores muy vivos, se erigen para señalar las tumbas; su número depende de la edad e importancia del difunto. Otros soportes utilizados por los antiguos australianos para plasmar su concepción del mundo fueron las rocas, las cortezas de los árboles, algunos utensilios cotidianos, el suelo e incluso el propio cuerpo. En los churinga pueden encontrarse grabadas imágenes que representan al tótem del clan El ensueño y la creación El ensueño es el origen de los pueblos aborígenes, cuando los antepasados espirituales conspiraron para poner orden y dar forma al universo. El ensueño dio origen a las leyes tribales y comunitarias. Fue una presencia espritual constantemente manifestada en el entorno físico: en las rocas, los ríos, el mar, el desierto, los animales y las plantas. Todas las leyes morales y costumbres del mundo aborigen se remontan a este emparejamiento del universo físico y espiritual. Los vivos son guiados hacia el buen camino por el mundo de los espíritus, que son contemporáneos suyos. Los muertos están presentes en todas partes y los vivos y los muertos son, en último término, indivisibles. Cuando se refleja el tiempo de la creación en un ritual, los participantes penetran en el espíritu del ensueño; es decir, entran y se convierten en las figuras espirituales reales de la creación. El ensueño no es, por tanto, un estado fantástico o ilusorio, sino un estado que, aunque espiritual en su origen, es plenamente consciente del universo físico. Todos los aborígenes leen el pasaje como una serie de complejos sistemas de signos de los cuales derivan el significado y las verdades espirituales. El Tiempo del Ensueño La religión de los aborígenes australianos se basa en la creencia de que en los orígenes de los tiempos, la Tierra era un disco plano y vacío que flotaba en el universo; debajo de su superficie existían unas fuerzas indefinidas que, en un momento dado, emergieron para tomar el aspecto de seres humanos y se formó el mundo. Aquellos seres míticos, en su vagar continuo sobre la Tierra, crearon las montañas, los ríos, dieron nombre a las plantas y a los animales, proporcionaron las distintas lenguas a los hombres, les enseñaron a recolectar, cazar, pescar y preservar la naturaleza. Aquella época de creación se llamó "Tiempo del Ensueño". Estilos de pintura rupestre Las manifestaciones artísticas más importantes de los aborígenes australianos corresponden a sus grabados y a las pinturas rupestres. Las más antiguas de estas obras se remontan a dos mil años antes de nuestra era. En la Tierra de Arnhem, al norte del continente autraliano, existen dos tipos de pintura rupestre: uno muy antiguo, conocido como "estilo mimi", que consta de figuras con mucho movimiento y de color rojizo; y el otro, llamado "estilo de rayos X", con el que se representa no sólo el exterior de la figura, sino también su anatomía interna. El "estilo mimi" es muy naturalista, formado por escenas de caza, lucha o danza. Con el paso del tiempo fueron estilizándose y simplificándose hasta transformarse en un estilo simbólico, a base de figuras compuestas por elementos humanos y vegetales. El "estilo de rayos X" también sufrió una evolución en el tiempo, desde unas representaciones muy simples hasta otras mucho más complejas, pasando por las más equilibradas, que pueden considerarse clásicas. En la región de los montes Kimberley, al noroeste, se han descubierto pinturas que representan figuras blancas de gran tamaño y cabeza reondeada, con rostros en los que no aparece la boca. Se las ha relacionado con los Wandjina, seres que llegaron del mar para habitar estas tierras. En la zona situada al sur del cabo de York son características las figuras Quinkan, de aspecto demoníaco, que están relacionadas con ceremonias de iniciación. Se trata de figuras muy delgadas, entre las cuales pueden distinguirse mujeres y hombres. Sus rostros presentan grandes ojos, como si se tratara de seres nocturnos, pero carecen de boca y nariz. Pinturas sobre corteza de árbol La pintura sobre corteza de árbol, al igual que la rupestre, formaba parte de los rituales sagrados entre los aborígenes australianos. La decoración consistía -consiste todavía- en una serie de diseños místicos que se transmitieron de generación en generación hasta nuestros días y que servían para invocar a las fuerzas ancestrales. Se trata de una tradición muy antigua pero, debido a la gran fragilidad del soporte, ninguna muestra ha llegado hasta nuestros días. Estas pinturas se realizan sobre la corteza interior de ciertas especies de eucaliptos con pigmentos minerales de color rojo, ocre, amarillo, blanco y negro. Las cortezas pintadas se utilizaban en determinadas ceremonias y tenían un claro contenido ritual y didáctico. Con ellas se explicaba a los miembros del clan todo lo que debían saber sobre los mitos y el territorio de caza. En la actualidad, este tipo de pintura ha perdido su carácter ritual y se destina a la venta turística. Sin embargo, las piezas con clara simbología sagrada se reservan para los iniciados y se excluyen del circuito comercial. La danza del canguro La danza tribal no sólo era representativa, sino que copiaba el universo físico. Cuando se representaba un canguro en una ceremonia, los actores, más que imitar al canguro, invocaban al espíritu del canguro. La relación entre la tribu y el canguro era aún más fuerte. La sociedad aborigen aprendió técnicas de supervivencia mediante la observación de la conducta de las manadas de canguros, que no es muy distinta de la organización social de muchas tribus, e incluía hábitos de migración que definían claramente los límites territoriales. Los canguros se protegen de sus enemigos corriendo en pequeños grupos. En la vida cotidiana, cada miembro de la tribu era investido con una responsabilidad personal hacia el bienestar de la tribu como conjunto, y aunque existían divisiones tribales, todo el mundo contribuía directamente a la totalidad. Las leyes y reglas de comportamiento no eran aplicables a toda la sociedad aborigen en general, no eran intercambiables entre pueblos y territorios, sino que estaban arraigadas en cada estado y grupo particular. El totemismo Un símbolo de la identidad comunicativa Aunque el totemismo tenga un espacio en la vida religiosa de numerosas tribus indias de América del Norte y africanas, es en Australia donde resulta más interesante, porque las creencias totémicas se encuentran aquí en un estado más cercano al origen y porque estas creencias constituyen la base de un sistema religioso completo. En la antigua Australia, los clanes se agrupan en una unidad superior llamada tribu. Cada clan rinde culto a un determinado animal, planta u objeto inanimado que recibe el nombre de tótem, con el cual sus miembros establecen unos vínculos muy especiales. Para comprender la importancia de las creencias totémicas es fundamental entender qué es un clan y qué tipo de relaciones se establecen entre los individuos que lo integran. Los miembros de un mismo clan están unidos por un vínculo de parentesco, lo cual no significa que exista consanguinidad entre ellos, sino que participan de los mismos derechos y obligaciones que los miembros de una familia: no deben casarse entre sí, tienen que guardar luto cuando muere uno de ellos, etc. Pero lo que en realidad los identifica como miembros de una comunidad es el nombre que todos comparten (y que coincide con el de un animal, planta u objeto): su tótem. La mayoría de objetos utilizados como tótem pertenecen al reino vegetal o animal, y sobre todo a este último. Otros tótems, mucho menos habituales, se refieren a elementos de la naturaleza o a fenómenos atmosféricos: el fuego, la lluvia, el viento, las nubes, el sol, la luna, el humo, el verano, el agua, el mar, las estrellas... A veces el tótem no es un animal, sino una parte de su cuerpo (la cola, el estómago, el hígado, etc.). Esto ocurre cuando un antiguo clan que compartía el mismo tótem se ha subdividido en varios clanes: cada uno de ellos adopta como suya una parte del animal. También son susceptibles de convertirse en tótems los lugares en que un antepasado mítico realizó una gesta importante e incluso el propio antepasado. Por lo general, los tótems se transmiten por vía hereditaria: según los clanes, el hijo adquiere el tótem de la madre o del padre (o el de la región donde fue concebido). Tótem y emblema Los aborígenes australianos consideran que el tótem es algo más que un nombre: es el emblema identificativo que señala su pertenencia a una determinada familia y les distingue de los miembros de otros clanes. Para que esta enseña sea recordada y para que la fuerza que emana de ella esté siempre presente, el tótem se imprime en distintos objetos relacionados con las personas: escudos, rocas, trozos de madera situados cerca de las tumbas, y en diferentes utensilios de uso cotidiano. Además, aparte de su función como aglutinante social (pues cohesiona individuos dispares a los que otorga una identidad común), la figura totémica está inextricablemente unida a la religión y es, ante todo, un objeto sagrado. Durante las ceremonias religiosas, el tótem se integra en el cuerpo de los participantes. Su figura se reproduce mediante tatuajes e incisiones cutáneas, se representa en las máscaras y se evoca utilizando algunas partes de su organismo (si es un ave, sus plumas; si es un mamífero, su piel y, en ocasiones, su sangre). Pero es en los ritos iniciáticos donde la presencia del tótem desempeña un papel determinante. La iniciación (que incluye la circuncisión y, en la mayoría de los casos, la extracción de dientes) permite al neófito adentrarse en el significado del ritual totémico, a la vez que le familiariza con los nombres y lugares de sus antepasados. Un instrumento imprescindible en la vida religiosa es el churinga (voz aborigen que significa "sagrado", que desempeña un papel fundamental en este rito. Construidos de madera o de piedra pulimentada, los churinga tienen una forma ovalada y suelen llevar grabado el tótem del clan con representaciones muy esquemáticas. Entre las milagrosas propiedades atribuidas a esta herramienta mágica destacan las de sanar las heridas provocadas por la circuncisión, curar enfermedades de todo tipo, otorgar fuerza antes de entrar en combate, debilitar a los enemigos... El churinga es el tesoro religioso del clan y debe guardarse de manera disimulada en un recinto apartado (normalmente en una cavidad), fuera del alcance de los extranjeros, las mujeres y los no iniciados. Este espacio sagrado (llamado ertnatulunga) constituye un santuario para todo el grupo totémico y emana una poderosa energía que transmite a todo su entorno. Como lugar de paz, quien se acerca a él goza de derecho de asilo: sirve de refugio a los hombres perseguidos y no está permitido cazar ningún animal que habite en los alrededores. El tótem individual Pero además del tótem común a todos los miembros del clan, existe otro que es propio de cada persona y al que ésta dedica un culto particular, exclusivo. A través del tótem individual cada uno expresa su personalidad: entre él y el individuo, plenamente identificados, se establece un vínculo vital. El animal (porque suele ser un animal) se convierte en el alter ego del sujeto, quien, al participar de la dimensión divina de su tótem, empieza a considerarse a sí mismo como un ser sagrado. Así pues, cada persona posee una doble naturaleza: la humana y la totémica. Esta identificación entre el individuo y su animal patrón implica una serie de derechos y obligaciones hacia ambas partes. Por ejemplo, si un hombre tiene como tótem al emú, no podrá cazar ni comer ningún ejemplar de esta especie, y si lo hace estará sujeto a una serie de obligaciones (como purificarse después de llevar a cabo su acción). A cambio de este tributo que se le rinde, el animal patrón ayuda al hombre: le infunde coraje, le advierte de situaciones peligrosas y le protege de los males que le acechan. En definitiva, se comporta como su mejor amigo. El totemismo individual es una práctica facultativa, ya que no está impuesta por el clan. Algunos individuos no tienen un tótem propio, mientras que otros tienen varios; además, está permitido renunciar a él y cambiarlo. A diferencia de lo que ocurría con el tótem colectivo, la elección del tótem particular no está determinada ni por los progenitores ni por el lugar de concepción, sino que se lleva a cabo en sueños o, tras el rito de iniciación, es un tercero (pariente, mago o anciano) quien lo sugiere. Creencias y ritos en Polinesia, Melanesia y Micronesia La Polinesia comprende Nueva Zelanda, Hawai, Tahití y la isla de Pascua, entre otros archipiélagos. Las creencias de sus habitantes incluían toda una serie de divinidades similares a las del Olimpo griego; es decir, no son deidades identificadas únicamente con las fuerzas de la naturaleza, como es habitual en este tipo de zonas no civilizadas, sino seres humanizados con relaciones de amor, sexo, odio y rivalidades. En Melanesia (compuesta por Nueva Guinea y otras islas menores como las Hébridas o Nueva Bretaña) la acción de los misioneros hizo que muchos de los cultos religiosos se perdieran en pocos años. No obstante, nos han quedado algunos restos muy interesantes, como los coloristas y complejos dramas cultuales -a medio camino entre el teatro y la celebración ritual- que celebran algunas de estas tribus. Muy pocos de los ritos de Micronesia (infinidad de pequeñas islas más al norte de la Polinesia y la Melanesia) han llegado hasta nosotros, debido a la despoblación de las islas y la facilidad con que muchas tribus abandonaron sus creencias para pasarse al cristianismo. Pero se conocen algunos detalles de cultos bastante curiosos y con un componente sexual muy claro. Elementos religiosos de los Mares del Sur Concepto de los espíritus Melanesia: Culto a los antepasados y existencia de espíritus maléficos en los dramas cultuales Polinesia: Espíritus de los antepasados (tiki) Micronesia: Existencia de espíritus (anite) en las islas Marianas Fascinación por lo foráneo Melanesia: Cultos. Cargo Polinesia: Identificación de James Cook con la deidad Lono Micronesia: Pronta conversión en masa al cristianismo Gran lugar sagrado Polinesia: Isla de Pascua Micronesia: Nan Matol (islas Carolinas) Héroe cultural Polinesia: Maui Micronesia: Olifat (islas Carolinas) Cultos a la fertilidad Melanesia: Culto al ñame (Nueva Guinea) Polinesia: Diosa Hina Micronesia: Estatuas Dilukai (islas Palaos) Ser supremo Melanesia: Balum/Geb Polinesia: Makemake/Tane/Tangaroa Micronesia: Latmikaik (Diosa Madre de los dioses y seres humanos) Lugar de culto Melanesia: La aldea Polinesia: Altares. Ej.: Heiau (Hawai) Micronesia: Chozas; altares (islas Marquesas) Fuerza sobrenatural Melanesia: Mana/dema Polinesia: Mana/dioses Micronesia: Mana/dioses Manifestaciones cultuales Melanesia: Dramas cultuales, ritos de pasaje Polinesia: Danzas músico-teatrales Micronesia: Ritos de pasaje Los dema melanesios Sacrificios humanos, canibalismo y teatralidad El legado de los aborígenes melanesios, hoy casi extinto a causa del descenso demográfico, la imposición o asimilación cultural y los cuatrocientos años de evangelización misionera, es variado y sorprendente: de la crueldad de los sacrificios humanos a una ingenuidad rayana en lo infantil, pasando por el impresionante espectáculo de los coloristas dramas religiosos dedicados a los dema o dioses. La afición de algunas tribus de Nueva Guinea y otras islas de la Melanesia a coleccionar cabezas de enemigos e incluso a comerse a los prisioneros ha llevado a muchos a considerar bárbaras estas culturas. Pero otras civilizaciones que se han considerado muy avanzadas, por ejemplo, la de los aztecas, también practicaron la antropofagia ritual y no fueron tildadas de primitivas. Por otro lado, el sacrificio humano y el canibalismo fueron sucesos aislados e infrecuentes entre aquellos nativos y, además, cuando sucedieron tuvieron una razón claramente religiosa. En algunos grupos melanesios de la isla de Nueva Guinea se veneraba a los dos dema gemelos que, según la leyenda, habían conseguido acabar con un jabalí gigantesco que asolaba a los ancestros de las tribus, atravesando los testículos del monstruo con una lanza. Los gemelos y su madre se comieron más tarde la carne del malvado jabalí. Este es el mito que reproducían los melanesios cazadores de cabezas. Y al devorar a sus prisioneros más realizaban un acto de comunión con los sagrados dema, que daban satisfacción una bárabara afición al sabor de la carne humana o a la crueldad. Para los melanesios, el cuerpo del dema-jabalí se proyectaba simbólicamente durante el rito en la carne del prisionero. De hecho, muchos de estos rituales se celebraban, y se siguen celebrando, sustituyendo la carne humana por carne de cerdo, animal que además tiene gran importancia en las sociedades melanesias. La riqueza y el rango social de un Big Man (hombre preeminente) se calculan por el número de cerdos que posee. Un tipo de ceremonias que ha suscitado la curiosidad de los etnólogos, antropólogos y estudiosos de la religión en Melanesia son los llamados dramas cultuales. En ellos, los participantes se pintan con colores muy vivos, se disfrazan con estrafalarios atuendos y se ponen unas máscaras rituales que han hecho famosa la cultura de la zona. Algunos de los grupos étnicos melanesios, especialmente los marind-anims del sur de Nueva Guinea, tenían estas representaciones como la fiesta principal del calendario. Se les llamaba mayo y mientras duraban se suspendía cualquier otra actividad, como pudiera ser la caza de cabezas u otros actos de culto. Los suntuosos dramas cultuales Los ritos del mayo no podían ser presenciados por personas ajenas a la tribu. En ellos, los actores personificaban a cada uno de los dema. Para las vestimentas se usaban varas de bambú, pieles, plumas de casuarios, aves del paraíso y patos e incluso semillas. Las máscaras eran de madera e incorporaban figuras simbólicas. La que representaba al dema del Sol era especialmente impresionante: casi tres metros de abanico amarillo a modo de corona solar. Las máscaras de los elemas, también de Nueva Guinea, de forma oval y acabadas en punta, recordaban a las africanas y formaban parte de una representación siniestra, al estilo de las danzas de la muerte medievales, en las que los espíritus del mal, procedentes de las profundidades marinas, atemorizaban al espectador. Dignas de mención son también las máscaras de los bainings (Nueva Bretaña), llamadas haraiga, que solían medir entre diez y quince metros. Se ha conservado incluso una de casi treinta metros. Para poderlas llevar sin dañarse, los actores debían ayudarse de fuertes varas de bambú. Muchos de los mensajes que se daban durante las representaciones eran un misterio incluso para la gran mayoría de los espectadores, ya que sólo los iniciados (los sacerdotes) podían comprender el significado de los ritos y su relación con la vida y milagros de los dema. Ritos melanesios de iniciación juvenil Como en otras culturas con un fuerte apego a la naturaleza y poca tendencia a la abstracción individual, los indígenas de la Melanesia valoran sobremanera los cambios de edad y de manera especial el paso a la edad adulta. En varias de la tribus de Nueva Guinea, por ejemplo, bukauas, yabims o tamis, la fiesta de iniciación es la más importante del calendario. El dema que regía esta fiesta se llamaba Balum y se representaba en los dramas cultuales como un ser monstruoso que devoraba a los jóvenes aspirantes a adulto para luego escupirlos. Mientras se sacrificaba un cerdo a Balum, los jovencitos eran circuncidados, lo cual significaba su "muerte temporal" durante el rito y, por tanto, su paso a otra vida, en este caso la vida adulta. Muchos de los dema importantes entre los pueblos aborígenes melanesios tienen un origen mítico común, pero las diversas tribus no se ponen de acuerdo en sus nombres. No obstante, mencionemos al cocodrilo que extrajo del agua las primeras extensiones de tierra, para crear el lugar donde habitan los hombres. O a la madre común, personificada en distintos animales, que era objeto de una veneración principal. También nos ha llegado el nombre de Geb, un dema que suele ser identificado con el ser supremo y de cuyo cuerpo salió el primer plátano. Como los sioux con el bisonte, los melanesios identifican a su deidad principal con su sustento alimentario. Nombremos también a Yawi, que se identifica a su vez con un cocotero. También se rinde culto a los antepasados familiares; este culto se conserva en la actualidad y es similar al de muchas tribus de África occidental. Los ancestros se cuidaban de proteger a los nativos de cada clan de la influencia de los espíritus malignos que habitaban la selva, y además velaban por su prosperidad y salud. Asimismo, podían castigar a sus descendientes si se portaban mal, pero en general los ayudaban. Por otro lado, según la visión de los aborígenes, esta ayuda tiene algo de interesada, ya que si los descendientes desaparecieran por una guerra o epidemia, los antepasados se quedarían sin familia, con lo cual se desarraigarían y se convertirían en espíritus malignos. Muchas de las costumbres mencionadas hace ya tiempo que dejaron de practicarse. Las enfermedades que los blancos llevaron a los Mares del Sur diezmaron muchas poblaciones, y la acción de los misioneros también ayudó a enterrar viejas creencias. Por otro lado, el indígena melanesio ha tenido una cierta tendencia a dejarse deslumbrar por todo lo foráneo. Por tanto, sepamos que de todo lo explicado sobreviven restos entre las tribus que menos se han dejado influir. Pero muchas de las máscaras de los dramas cultuales -por poner un ejemplo representativo- sólo pueden verse hoy día en los museos. El culto a la ferocidad Agiba: Altar para cráneos que se usaba en las culturas del pueblo kerewa (Nueva Guinea). Se hacían de madera troquelada y representaban inquietantes figuras antropomorfas. Amenta: Según la tradición de los indígenas de Nueva Guinea, dema primigenio que plantó una semilla de coco y la regó con su propia sangre; de allí salió Hainuwele (ver definición), que estaba destinada a convertirse en el sustento de los seres humanos. Balum: Dema (véase) que rige los ritos de iniciación en los pueblos melanesios del golfo de Huon (Nueva Guinea). Los ritos de pasaje son tal vez el rasgo o característica de mayor peso y más gereralizado entre los pueblos de esta zona. Big Man: En la sociedad melanesia, persona que posee riquezas y el máximo rango social. Su riqueza se cuenta por el número de cerdos que posee, lo cual es normal en una estructura económica prácticamente neolítica. Cargo cult: Curioso fenómeno que se dio durante la segunda guerra mundial entre los indígenas melanesios, que quedaron tan asombrados por las riquezas y adelantos que mostraban los barcos norteamericanos que los veían como un objeto de culto. Otra hipótesis afirma que los nativos esperaban la llegada de una nueva era (al estilo del milenarismo) y que la señal de que llegaba era la aparición de barcos extranjeros. Dema: Ente divino al que los indígenas melanesios dan culto y al que festejan en las famosas representaciones teatrales en que cada persona se disfraza de un dema concreto. Como los dioses de cualquier tradición politeísta, se los imaginan como seres humanos con sus sentimientos amorosos y sus disputas bélicas. Geb: Dema que en algunas tribus melanesias es el ser supremo y benéfico y en otras un ser repulsivo y atormentado. En todo caso, la dualidad entre la adoración y el sacrificio violento es uno de los pilares de las leyendas de las tribus de la Melanesia. Hainuwele: Criatura primigenia que surgió del coco plantado por Amenta. Tras madurar en nueve días, fue sacrificada por otros dema. Amenta la desenterró, la desmembró y de sus pedazos nacieron las plantas de tubérculos que alimentan a los marind-anims; de ahí que el mito hable del enterramiento del cadáver de Hainuwele (los tubérculos crecen bajo tierra). Haraiga: Máscaras que usan los bainings de Nueva Bretaña, en Melanesia. Son similares a las que usan para sus dramas religiosos otros pueblos de la zona, pero se diferencian en su enormidad dado que puden contar más de quince metros de altura. Jensen, Adolf E: Antropólogo danés que estudió en profundidad el culto a los dema en el sur de Nueva Guinea, especialmente la leyenda de Amenta y Hainuwele. Locura de Vailala: Fenómeno que se dio en Papúa-Nueva Guinea a partir de 1919 y proliferó en algunas zonas marginales hasta los años 30: era un movimiento que mezclaba la ingenuidad de los cultos Cargo y la pasión del milenarismo y estaba regido por profetas melanesios. Malaggan: Festividades que celebraban los indígenas de Nueva Irlanda (Melanesia). Durante las celebraciones, los nativos mezclaban el culto a los muertos con el de la fertilidad y en los ritos se usaban máscaras de un aspecto cuando menos inquietante. Mana: En las culturas de los Mares de Sur en general, fuerza sobrenatural, pero también en términos genéricos, carisma o "ángel". Se aplica a culturas tanto melanesias como polinesias o de la Micronesia. Mayo: Fiesta principal de los nativos marind-anims (Melanesia) en la que se practicaba un rito secreto -estaba prohibido llevarlo a cabo en presencia de extranjeros- relacionado con los dema y la iniciación de los jóvenes. Moaro: En las culturas de la isla de Nueva Caledonia (Melanesia), choza reservada exclusivamente a los hombres que se preparan para la pilou o fiesta del culto al ñame. Ñame: Tubérculo gigante alrededor del cual los melanesios del nordeste de Nueva Guinea y también de otras islas como Nueva Caledonia, celebran un extraño culto fálico y místico en que los hombres, tras cultivarlos con artes mágicas para que se hagan más grandes, presumen exhibiéndolos ante sus vecinos. Papua: Antiguo nombre de los indígenas que poblaban la isla de Nueva Guinea. Por extensión, el sinfín de diversas lenguas que hablan en esta isla y en el resto de enclaves de la Melanesia. Sepik: Río de la isla de Nueva Guinea alrededor del cual todavía existen culturas arcaicas que dan culto a los viejos dioses melanesios y representan dramas cultuales con máscaras, escudos y otros ornamentos. Yawi: Dema que algunas tribus melanesias identifican con el cocotero y otras con la muerte. Las religiones de los Mares del Sur El "buen salvaje" religioso Los aventureros del siglo XVIII que como James Cook exploraron los Mares del Sur se encontraron con sociedades muy diferentes y con costumbres cuando menos curiosas a los ojos de un europeo: desde los rígidos tabúes (de este vocablo austronesio procede la palabra que han adoptado posteriormente muchas lenguas) introducidos por los sacerdotes polinesios, hasta los cultos de fuerte componente sexual de algunas tribus de la Micronesia. La cultura polinesia fue idealizada desde su descubrimiento por los intelectuales europeos. Además, algunos aspectos de la sociedad polinesia recordaban a civilizaciones muy mitificadas, como el imperio inca: por ejemplo, el hecho de que dentro de la jerarquizada estirpe gobernante, el jefe supremo sólo pudiera casarse con una de sus hermanas, ya que sólo ésta tenía pureza de sangre y era descendiente directa, como él, de los dioses. Pero ya sabemos que un gran partidario de las libertades teóricas como Voltaire era, a su vez, defensor de la esclavitud. No abundaremos en el tema (no es el que nos ocupa) y nos centraremos en las particularidades religiosas de estos indígenas, cuyas islas siguen constituyendo, ahora por motivos turísticos, una atracción de los occidentales. Es curioso que uno de los detalles que se conocen popularmente sobre la cultura que nos ocupa sean los zumos y bebidas exóticas que la gente consume en muchos países, en oscuros bares de ambiente polinesio. Todo ello, aunque parezca mentira, tiene un origen socio-religioso: la kawa, bebida euforizante que procede de las raíces del pimentero. En todas las islas polinesias, salvo Nueva Zelanda, los indígenas bebían kawa respetando ciertos ritos y en pequeños grupos. Sólo los varones podían hacerlo y ello reforzaba la colectividad. La dualidad sagrada polinesia: mana y tabú Dos conceptos marcaban la vida en común (recordemos el componente de marcado carácter social de las religiones de los Mares del Sur) de los polinesios: el mana y el tabú. El primer concepto es difícil de traducir, pero equivale a una especie de fuerza de origen sobrenatural que, al concentrarse en el ser humano, refuerza sus virtudes, le da carisma. Es algo próximo a lo que en castellamo llamamos "ángel" o don. En principio, el mana se opone al concepto de tabú. El primer europeo en escuchar esta palabra fue el capitán Cook. Su significado original entre los polinesios era lo prohibido, especialmente lo que es sagrado y, por tanto, está vedado al no iniciado. En la práctica, los tabúes eran impuestos por los sacerdotes y dirigentes de las tribus (los que tenían más mana) al resto de pobladores, y ello acabó sacando de su contexto la primigenia oposición entre ambos conceptos. Al final, las clases dirigentes consideraban tabú toda actitud que pudiera minar su poder. Tal vez por ello muchos polinesios fueron abandonando tales creencias y hoy en día las religiones nativas casi no se practican en estas islas. Entre los dioses de que tenemos noticia, destaca Tangaroa, que para los maoríes (Nueva Zelanda) era el dios del mar y para las tribus de la Polinesia occidental, el creador. En cambio, para muchos otros pueblos, el creador llevaba por nombre Tane, quien surgió de Papa (Madre Tierra) y Rangi (Padre Cielo). Tane dio vida a Hina, la primera mujer, y con ella a toda la humanidad. También algunos hombres eran recordados por el mito polinesio: el héroe Maui (que recuerda a Hércules y aún es objeto de culto en muchas islas del sudeste) y el primer hombre, Tiki, salido del falo de Tane. Los hawaianos celebraban el culto en los llamados heiau y veneraban especialmente a Laka, diosa de las plantas, y a Tu, dios de la guerra. Por el contrario, los habitantes de Tahití consideraban a Tu un mero ayudante de Tangaroa y tenían a su propio dios de la guerra, Oro. Longo es el dios de la agricultura y se contrapone a Tu, ya que representa la paz. Los hawaianos lo llaman Lono. Lono es responsable de la anécdota más divertida de los nativos de Hawai: como era representado por una lámina blanca ensartada en un palo, los indígenas creyeron que James Cook era el mismísimo Lono, ya que había llegado a sus tierras en un barco de vela que se parecía mucho al símbolo de este dios. Micronesia: ritos perdidos Poco nos ha quedado de las costumbres religiosas de los pueblos de Micronesia, un puñado de islas casi despobladas que además sufrieron la intervención de los misioneros desde fecha muy temprana. Por si esto fuera poco, las enfermedades introducidas por los europeos minaron la salud de los ancianos, que eran precisamente los que conservaban en la memoria estas tradiciones, con lo que muy poco se ha salvado. Aparte de las impresionantes ruinas de la ciudad lacustre de Nan Mataol (que muchos han comparado con el enigma de la isla de Pascua) y algunas nociones sobre los espíritus marinos malignos de los chamorros (islas Marianas), tenemos información sobre dos culturas indígenas de esta zona: las islas Yap y las islas Palaos, donde los ritos religiosos son bastante curiosos. Los habitantes de las islas Yap rinden culto a las llamadas fae o monedas sagradas. Se trata de unas gigantescas monedas perforadas como rosquillas y hechas de aragonito, con las que se saldan deudas importantes: por ejemplo, indemnizaciones o compras de mucho valor. Poseer un fae proporciona a las familias no sólo rango social y prestigio, sino que les garantiza un lugar de privilegio en el más allá, un poco al estilo de lo que significaban las indulgencias que los ricos compraban a la Iglesia católica en la Edad Media para obtener la salvación del alma. Además del dinero, otro aspecto muy valorado por los indígenas de las islas Yap es la fertilidad: tienen hasta siete dioses relacionados con ella. En las islas Palaos, en el siglo pasado, existían unos clubes llamados bai, en los que los jóvenes se encontraban. En estas chozas no se permitía la entrada de mujeres, pero estaban decoradas con motivos sexuales. El ornamento más impresionante era la Dilukai, una mujer con las piernas completamente separadas, en una postura que podría interpretarse como pornográfica. Pero la razón es ritual: lo que significaba este motivo es que los jóvenes estaban en el interior de la mujer, como si hubieran vuelto al útero materno, tal vez con el fin de "volver a nacer", en este caso a la vida adulta. También hay quien relaciona a la Dilukai con Latmikaik, la madre primigenia de la cultura Yap, que creó el cielo y el infierno, a los dioses y, finalmente a los seres humanos, en un mito que recuerda algunas de las religiones de Indonesia. Las islas de la felicidad Ahu: Cada uno de los altares de más de cien metros de largo en que se colocaban las gigantescas estatuas de la isla de Pascua. Airoi: Orden mixta (hombres y mujeres, plebeyos y nobles) religioso-teatral que habitaba la isla de Tahití. Recorrían la región representando espectáculos de música, danza y teatro, y practicaban el amor libre. Anite: Espíritus de los muertos que atemorizaban a los indígenas que profesaban la hoy extinta religión de los chamorros, en las islas Marianas (Micronesia). Dilukai: Escultura que preside las chozas de los jóvenes de las islas Palaos (Micronesia). Aparece con las piernas abiertas y suele representar a la diosa Latmikaik (véase definición). Fae: Gigantesca moneda de piedra sagrada que tiene un gran valor socio-religioso en las islas Yap (Micronesia). Galid: Nombre genérico que los nativos de las islas Palaos (Micronesia) dan a espíritus, dioses y demonios. Hawaiki: Tierra mítica en la que sitúan sus orígenes los maoríes de Nueva Zelanda y otros pueblos polinesios. Heiau: Nombre que daban los indígenas hawaianos a los lugares (templos, torres, altares) donde se celebraba el culto. Hina: En las culturas polinesias, hija de Tane; por un lado es la Primera Madre, pero por otro es también soberana del reino de los muertos, lo cual demuestra la ligazón esencial que las culturas de los Mares del Sur establecen entre la fertilidad y la muerte. Hula: Grupos de danzarines y actores que mantienen el culto a la diosa Laka en Hawai (Polinesia), aunque hoy sólo sea para disfrute de los turistas. Kahuna: Nombre hawaiano que se da a los sacerdotes y que coincide con la definición de Tohunga (ver más adelante). Laka: Diosa hawaiana de las plantas, la poesía y la danza. Lapita: Tipo de cerámica que ha dado nombre a una cultura anterior al 1400 a.C. cuyos pioneros, de piel clara, poblaron desde el sudeste asiático gran cantidad de islas de los Mares del Sur. Latmikaik: Madre Primigenia de los nativos de las Palaos que engendró primero a los dioses y después a los seres humanos. Lono: Véase Rongo. Makemake: Hombre-pájaro de los indígenas de la isla de Pascua. Es el dios principal y creador de esta cultura. Marae: Nombre que dan al culto los indígenas de Tahití (Polinesia). Maui: Héroe muy venerado por las sociedades polinesias: la leyenda dice que proporcionó el fuego a los hombres. Nan Matol: Centro de culto -en ruinas desde hace muchos siglos- de los indígenas de las Carolinas (Micronesia). Sus grandes y numerosas plataformas (estaba construido sobre un lago) y su monumentalidad han creado un misterio sobre la civilización que lo construyó. Olifat: Héroe venerado en varias de las islas Carolinas, especialmente en la cultura de Nukuor (Micronesia). Oro: Versión tahitiana de Tu, el dios de la guerra de los pueblos polinesios. Rongo: Dios maorí de la agricultura, representado por una caracola (rongo es en maorí "sonido", que en Hawai es conocido como Lono. Tabú: En la cultura polinesia, acción o concepto prohibido y peligroso y, por tanto, fuera del alcance del no iniciado. Tane: Dios creador de los maoríes de Nueva Zelanda, también conocido por ser señor de la selva y de los animales. Surgió del abrazo entre Papa (la Tierra) y Rangi (el Cielo). En otras islas polinesias sus funciones son atribuidas a la deidad Makemake. Tangaroa: Para los maoríes, dios del mar. Para otros pueblos polinesios, dios de la creación. Para todos, deidad cuya fecundidad ha sido un motivo importante para muchas obras artísticas. Taputapuatea: Gran centro de culto de los indígenas de Tahití. En él se veneraba especialmente al dios de la guerra, Oro. Tiki: Nombre que se da en las islas Marquesas (Polinesia) a los antepasados. En muchas culturas polinesias, miembro viril del dios Tane. Tohua: Grandes altares de más de tres metros de altura donde se celebraba el culto de los nativos de las islas Marquesas. También eran usados por el jefe de la tribu para construir su casa. Tohunga: En lengua austronesia "experto"; sumo sacerdote de las culturas polinesias. Por extensión, algunos pueblos llaman también así a los magos y curanderos. Tu: Para los polinesios de Tahití, lugarteniente de Tane: para los maoríes y los hawaianos, dios de la guerra. Tuaha: Recinto cuadrangular prohibido a los profanos en que el sacerdote de la cultura maorí de Nueva Zelanda se encerraba para buscar inspiración y consejo de los dioses. La religión en la isla de Pascua Megalitos esculpidos. ¿Para qué? Las famosas estatuas de piedra de la aislada isla de Pascua fueron descubiertas por Roggeveen en 1722, en una isla escasamente poblada por habitantes de origen polinesio. La cultura y las tradiciones que se ocultan tras estos enormes megalitos constituyen un misterio. No lo es tanto el culto que estos indígenas rendían a Makemake, el dios pájaro. A 3 760 km de la costa occidental de Sudamérica se encuentra una isla de origen volcánico que ha cautivado la atención y la curiosidad de todo el mundo desde que los europeos llegaron a ella en pleno siglo XVIII. Es muy sorprendente que en un lugar donde nunca vivieron más de 6 000 nativos (aun hoy, la población no supera los dos millares) se encuentren restos de más de cien lugares dedicados al culto. Si tenemos en cuenta la proporción de templos por miles de feligreses que en la actualidad se aplica en cualquier parte del mundo, aún es más sorprendente este dato. Los ahu y las enigmáticas cabezas Los polinesios (y los habitantes de la isla de Pascua pertenecen a esta cultura) llaman ahu a una especie de altar de piedra que, a modo de pedestal, sostiene diversos motivos ceremoniales, por lo general de grandes dimensiones. En el caso que nos ocupa, los ahu eran tan grandes que a veces cabían en ellos hasta quince estatuas. La isla estaba plagada de estos megalitos, ya que se han contabilizado unos seiscientos, pero hay restos de muchos más. Como hemos visto en fotografías y reportajes, se trata de unos enormes torsos, rematados con cabezas de extraña forma cuadrangular. Las estatuas están construidas con toba y pesan varias toneladas. Las extrañas cabezas están coronadas por una especie de moño hecho de otro material. Qué representan estas estatuas continúa siendo un enigma, pero lo que está claro es el gran valor que tenían para los indígenas, que hacían tremendos esfuerzos para transportarlas a los ahu, tratando de que no se cayeran y rompiesen por el camino, lo cual, sin embargo, ocurría a menudo. Parece ser que las diversas tribus habían empezado a competir respecto a quién veneraba a la estatua mayor, de modo parecido a lo que hacen los abelames melanesios de Nueva Guinea con el culto al ñame -recordemos cómo estos últimos competían entre sí por ver quién tenía el tubérculo de mayor tamaño-, aunque la situación debió de llegar a tales extremos de obsesiva competitividad que provocó varias disputas bélicas. Estas guerras internas acabaron, casi con toda probabilidad, con el culto a las estatuas gigantes, por lo cual, cuando Roggeveen llegó a la isla, la mayor parte habían sido destruidas o abandonadas. Por ello, nadie puede asegurar si se trataba de dioses, héroes u otro motivo artístico-religioso. Esto nos recuerda a las quince cabezas gigantes pertenecientes a la cultura olmeca encontradas en La Venta (México). El culto al dios pájaro Los habitantes de la isla de Pascua compartían dioses con otras culturas polinesias: veneraban a Tangaroa (señor del mar) y a Rongo (dios de la agricultura), pero, al contrario que los maoríes, tahitianos o hawaianos, no reconocían a Tane como deidad principal. Este papel lo desempeña un dios bastante interesante: Makemake, también conocido como el hombre-pájaro. Makemake era un dios primordial: se le consideraba el creador del universo, el fecundador por excelencia y paradigma de la masculinidad; recordemos lo habitual que es entre las culturas de Oceanía el culto al falo, como podemos comprobar si observamos cualquier estatuilla polinesia o melanesia de las que se hallan en los museos etnológicos de todo el mundo. Los nativos imaginaban a Makemake como un hombre-pájaro y las representaciones artísticas que nos han llegado de su figura lo retratan como un híbrido con cabeza de ave y cuerpo de hombre, al estilo de las divinidades egipcias. La fiesta anual en honor de esta deidad se celebra en la isla de Moto Nui, muy cercana a la isla principal. El rito era poco menos que curioso y consistía en lo siguiente: los jóvenes nadaban por el estrecho entre las dos islas -que además estaba plagado de peligrosas rocas y escollos- hasta llegar a los nidos de las golondrinas que había en el desfiladero, para robar los huevos de estas aves. Cada nadador representaba a una de las tribus. El primero que conseguía llevar el huevo a su jefe, adquiría gran prestigio, pero además convertía, por efecto de esta extraña competición deportivo-ritual, a su caudillo en la reencarnación de Makemake durante todo el año siguiente. El culto al dios pájaro ha llegado hasta nosotros a través de la información de los observadores extranjeros y también por el testimonio de los propios nativos, pero hay más: los indígenas polinesios conocían la escritura y se han descubierto textos nativos que se sabe que hablan de este dios y de otros que se veneraban en la zona, aunque todavía no se han podido descifrar por completo. Tal vez las próximas generaciones puedan acceder, gracias a la labor de los paleógrafos, lingüistas y antropólogos, a los secretos de la isla de Pascua. Entonces, los enormes megalitos que tan bien representan el enigma de este enclave oceánico cobrarán nuevo sentido. SHALOM

Las formas de religión en la América precolombina Cuando los conquistadores europeos llegaron a una América en la que habían predominado tres imperios principales (mayas, aztecas, incas), se encontraron con un panteón indígena que tenía ya mil años y una tradición que combinaba la literatura oral con los códices y estelas, y una singular mitología con bastantes puntos en común. Los dioses mayas, olmecas, chimúes, toltecas, teotihuacanos, aztecas e incas se parecían bastante entre sí y en ocasiones eran intercambiables. Los chamanes de estas culturas, desde sus dotes sagradas y su papel de intermediarios entre el mundo de arriba (cielo) y el de abajo (reino de los muertos), por un lado, y el mundo de aquí -conceptos también comunes a las culturas precolombinas-, por otro, habían recurrido a una mitología cosmogónica y etiológica para explicar los orígenes del universo, de los héroes culturales y civilizadores (el más famoso, la serpiente emplumada) y de la vida material y espiritual. El legado de estas civilizaciones pasó de la memoria de los indígenas a códices escritos ya en época de dominación europea, y muchos elementos de las creencias precolombinas, a veces mezclados sicréticamente con la doctrina cristiana, han perdurado hasta hoy. El hecho de que muchos de los países herederos de los mayas, aztecas e incas mantengan un porcentaje muy elevado de población indígena y rural (Guatemala, Bolivia, zonas de México y Perú, etc.) ha permitido la pervivencia de los rasgos distintivos de estas religiones. Nombres clave de las religiones precolombinas Dios supremo Civilización azteca: Tezcatlipoca Civilización maya: Itzam Na Civilización inca: Viracocha Madre Tierra Civilización azteca: Cihuacóatl Civilización inca: Pachamama Planeta Venus Civilización azteca: Citlálpul Civilización maya: Xux Ek (dios avispa) Dios padre Civilización maya: Qaholom Civilización inca: Viracocha Rey (humano) Civilización azteca: Huey Tlatoani Civilización inca: Sapa Inca Dios de la guerra Civilización azteca: Huitzilopochtli Civilización maya: Ek Chuah Dios de los muertos Civilización azteca: Miccailhuitontli Civilización maya: Ah Puch/Kizin Dios del infierno Civilización azteca: Mixcóatl Civilización maya: Bolon Ti Ku (nueve dioses) Pájaro hierofánico Civilización azteca: Quetzal Civilización maya: Kuk Civilización inca: Qorequenque Dios del viento Civilización azteca: Quetzalcóatl Civilización maya: Kukulcán/Gucumatz Civilización inca: Virakocha Dios de la vida Civilización azteca: Quetzalcóatl Civilización maya: Tlachiitonatiuh Civilización inca: Virakocha Madre de los dioses Civilización azteca: Teteo Innan Dios de las lluvias Civilización azteca: Tlaloc Civilización maya: Chaacs (varios dioses) Civilización inca: Illapu Dios de la fertilidad Civilización azteca: Xipe Tótec (la diosa se llama Tzazolteotl) Civilización maya: Hunahpú-Utiú Civilización inca: Mama Quilla (femenina) Diosa del amor Civilización azteca: Xochiquetzal Dios rebelde Civilización azteca: Xolotl Dios de las cosechas Civilización maya: Chahal Civilización inca: Illapu Diosa de las joyas Civilización azteca: Chicunai Itzlicunti Dios del amanecer Civilización azteca: Quetzalcóatl Civilización maya: Hunahpú-Vuch Dios de la noche Civilización azteca: Tezclatipoca Civilización maya: Akbal (jaguar) Diosa Luna Civilización azteca: Coyolxauhqui Civilización inca: Mama Quilla Dios Sol Civilización azteca: Cuauhtli (el águila blanca) Civilización maya: Itzam Na/Kinich Ahau Civilización inca: Inti Primer hombre Civilización maya: Zaqui-Nin-Ac (Gran Jabalí Blanco) Civilización inca: Manco Cápac Primera mujer Civilización maya: Zaqui-Nima-Tziis (Gran Pisote Blanca) Civilización inca: Mama Ocllo Dios del fuego Civilización azteca: Xiutehcutli Civilización maya: Tohil Civilización inca: Viracocha Dios del rayo Civilización azteca: Tlaloc Civilización inca: Illapa Héroe cultural Civilización azteca: Quetzacóatl Civilización maya: Kukulcán Civilización inca: Viracocha Dios de las aguas Civilización azteca: Huixtocihuatl Civilización inca: Mamacocha (femenina) Diosa del amor carnal Civilización azteca: Tlazoteotl Dios del maíz Civilización azteca: Centeotl Civilización maya: Ah mun La religión del imperio inca La saga de los hijos del Sol De entre todas las culturas sudamericanas, sólo la inca puede compararse por su grado de desarrollo con la azteca y la maya. Tauantisuyu fue el imperio más extenso y avanzado socioeconómicamente de la América precolombina, unificado en lo lingüístico por el quechua, que aún hoy es hablado en muchas zonas andinas y del Altiplano por los descendientes de los que se autodenominaron hijos del Sol. Por supuesto, hubo algunas civilizaciones menos famosas que precedieron a los incas en el territorio que más tarde ocuparían. Los habitantes -probablemente fruto de migraciones desde la Polinesia y el sur de México- de esta extensión que ocupaba los actuales estados de Perú, Bolivia, Ecuador, sur de Colombia y norte de Argentina y Chile pertenecían básicamente a dos culturas: la chimú (en el norte), de lengua quechua, y la chincha (en el sur), de lengua mochica. Sus dioses, que no exigían sacrificios humanos, estaban muy ligados a la naturaleza: el dios chincha de la tierra y el dios chimú del mar eran las divinidades primordiales. Posteriormente tenemos noticias de Chavín de Huántar, denominado dios de los báculos: fue una deidad unificadora que durante siglos (400-1400 a.C.) fue adorada en el Altiplano peruano. De Tiahuanaco al nacimiento del imperio inca Tras un largo período poco conocido en el que las variedades en cuanto a los enterramientos sugieren una estructura religioso-social más compleja, llegamos a la civilización de Tiahuanaco (600-900 d.C.), cuya deidad principal era el "dios-puerta", llamado así porque su representación más famosa está en una puerta de piedra en las ruinas de la orilla boliviana del lago Titicaca. En el lado peruano floreció un pequeño imperio en torno a la región de Huari, cuya deidad principal era probablemente el mismo dios-puerta, lo cual sugiere con firmeza que la religión contribuía al impulso de las conquistas militares. Durante un tiempo, el peso de la civilización preínca se trasladó a la costa, y cerca de la actual Lima se hallaba Pachacamac, centro de un famoso oráculo y de peregrinaciones rituales. Tras esto, una última etapa de predominio chimú fue truncada por la conquista inca. Los incas llegaron al valle de Cuzco en el siglo XV y sometieron a los demás pueblos. Se consideraban hijos del Sol y, por tanto, de origen divino; su organización político-religiosa era perfecta, superior, pese a que desconocían la escritura, en muchos aspectos a las demás culturas mesoamericanas. Los 4 200 km de longitud del vastísimo imperio que conservaron tan sólo una centuria (1438-1532) eran llamados Tauantisuyu, que significa "país de las cuatro zonas". Alrededor de la capital imperial, Cuzco, se estructuraban estas cuatro áreas (Collasuyu, Chinchasuyu, Antisuyu y Cuntisuyu), que adoptaban el sistema de archipiélago vertical por el cual el Estado imperialista controlaba y distribuía la riqueza. Sapa-Inca o el emperador-dios La unidad básica de organización social era el ayllu, grupo de parentesco endógamo que descendía por línea paterna de un antepasado común. El ayllu real era el del Sapa-inca ("inca único", en quechua), que era el emperador y descendía de Inti (dios del Sol): éste podía tener varias esposas, pero su consorte principal debía ser su hermana y su sucesor el hijo más competente que tuviera con ella, por lo cual el linaje divino se perpetuaba. Según Geoffrey W. Conrad, el ansia de conquista inca era espoleada por el propio emperador, que al no heredar las propiedades de su padre (le seguían perteneciendo tras su muerte), tenía que amasar su propia fortuna. El expansionismo militar era el único modo de hacerlo. La expansión religiosa era realizada, a su vez, al estilo de los romanos: se permitía a los indígenas de las zonas conquistadas que siguieran con sus propias religiones siempre que aceptaran la superioridad del culto a Inti. En esencia, la religión inca era un culto a los antepasados, cuyos cuerpos y tumbas eran objetos sagrados a los que los diversos ayllus se encomendaban. Es decir, cada familia tenía sus propios muertos protectores. Las momias de los emperadores ocupaban un lugar de honor en los ritos y eran consultadas por los sacerdotes. Este culto a las generaciones precedentes se demuestra cuando observamos que Inti, el dios primordial, no es más que un antepasado de los emperadores. Otros dioses destacados del panteón inca son Killa (la Luna, esposa de Inti), Viracocha (dios creador, al estilo del maya Itzam Na) y sobre todo, la Pachamama, que los actuales pobladores del Altiplano aún tienen muy presente en sus plegarias o cuando derraman la chicha (aguardiente) en el suelo para que les sea benigna. Los rituales se regían por un calendario lunar. En ellos se sacrificaban llamas, se consumían chicha y coca (aún hoy, como sabemos, se trata de alimentos vitales para soportar el frío y el mal de altura en el Altiplano). Las Huacas eran lugares, personas u objetos sagrados que también recibían culto ceremonial. Los incas dividían su cosmogonía en tres espacios: en primer lugar, el Janan Pacha (mundo de arriba), que era el lugar donde moraban los dioses, pero no era el cielo, sino que podía accederse a él por los sentidos. Luego estaba el Kay Pacha (mundo de aquí), claramente identificado con la Pachamama y las Huacas. Por último, el Uku Pacha (mundo de adentro) era la residencia donde moraban los muertos y donde se preparaban las semillas de nueva vida. Los himnos que han legado los incas -traspasados a la lengua escrita por sus descendientes y algunos intelectuales hispanos- son una especie de poemas dedicados a dioses como la Pachamama, el Sol, la Luna o Viracocha. También existen textos teatrales (el más conocido es Ollantay, redactado un siglo después del fin de Tauantisuyu y transcrito por el sacerdote Antonio Valdés), en el que el protagonista es casi siempre el Inca o jefe supremo (en esta obra en concreto, Túpac Yupanki), quien, pese a su condición divina, tiene problemas que resolver y debe pedir ayuda a dioses más poderosos. Los textos en prosa también incluyen numerosas invocaciones a los antiguos dioses de Tauantisuyu. Mención aparte merece el famoso Templo del Sol, que tiene este nombre pese a que se ha comprobado que no estaba dedicado exclusivamente a Inti, sino también a otros dioses. Conocido como Coricancha, este templo -el principal del imperio- estaba situado en Cuzco y lo regía un numeroso grupo de sacerdotes, entre los cuales el más poderoso era pariente cercano del emperador. Los sacerdotes eran ayudados por las mamaconas, bellas mujeres que ayudaban en los ritos y elaboraban la chicha, bebida sagrada que se utilizaba en ellos. También se encargaban de confeccionar los ricos trajes del emperador. Para hacernos una idea de la magnificencia del ritual, pensemos que el Inca único jamás se ponía dos veces el mismo vestido. El mundo religioso inca El sistema de creencias de los incas nos es conocido a través de sus tradiciones, recogidas por los cronistas hispánicos o indígenas en los años inmediatamente siguientes al descubrimiento y conquista de América. La religión de la casta imperial de los incas -una mezcla de creencias animistas, fetichismo, culto a la naturaleza y ceremonias quizá mágicas- manifiesta un complejo y refinado pensamiento metafísico. La religión se basaba en el culto al Sol (Inti); a él estaban dedicados los mayores y más ricos templos y se le dedicaban grandes ceremonias y sacrificios de llamas; eran innumerables los sacerdotes dedicados a su culto, así como las acllas, o "vírgenes del Sol". Sin embargo, lejos de las complicaciones teológicas de los aledaños del emperador, la piedad del pueblo se dirigía únicamente a la veneración de un considerable número de fetiches llamados huacas: objetos que por cualquier motivo eran considerados sagrados; este carácter le provenía, al objeto, de haber estado en contacto con la divinidad o por tener alguna relación con los antepasados o con sus cadáveres momificados. Acllawasi: Casa de las elegidas. Las acllas eran jóvenes buscadas por todo el imperio para ser recluidas de por vida en Cuzco como esposas de Inti. Amaru: Dios serpiente que servía de vehículo de ascensión desde del Mundo de aquí al Mundo de arriba. Arawiku: Poeta y declamador que recorría todo el imperio declamando, al estilo de los juglares y trovadores europeos. Ayawaska: Potente alucinógeno procedente de la Amazonia, que se usaba con fines mágicos y medicinales. Ayllu: Indio inca de la clase popular. Capac inti raymi: Primer mes del año, en que se veneraba a Inti y señalaba el momento de iniciación de los incas jóvenes. Chakra yapuy: Noveno mes del año, que se dedicaba a la primera siembra en tierra sagrada. Hatun pukuy: Tercer mes del año, tiempo de grandes lluvias y ofrendas al Sol por el éxito de las cosechas. Huaca: Fetiche de la clase humilde entre los incas. Illapa: Rayo, dios celeste. Inti: Dios del Sol, máxima deidad inca. Kero: Vaso ceremonial de madera. Kipu: Sistema mnemotécnico inca, consistente en cordeles con nudos de colores con significado numérico. Se ha descartado que fuera una forma de escritura. Kuraka: Jefe o gobernante de un grupo familiar. Desde el Hunu Kuraka, que gobernaba diez mil familias, al Pachaka Kuraka, que dirigía cien, había diversos grados. Los que gobernaban menos de cincuenta se llamaban Kamayok. Layqa: Hechicero, brujo. Mamacocha: Madre de las aguas; su importancia era vital en una sociedad agraria como la incaica. Mamapacha o pachamama: Madre Tierra. Se la tenía presente en todos los actos, pues regía la agricultura, la ganadería, el amor y la fecundidad, además de ser madre tutelar de todos los hombres. Mama quilla: Madre Luna, esposa de Inti. Importante y venerada deidad que favorecía los matrimonios y las faenas agrícolas, por lo que se le solían sacrificar animales. Ñusta: Princesa. Pachacuti: Emperador inca al que se dirigieron los más hermosos poemas, himnos y oraciones incas que han llegado hasta la actualidad. Pachapukuy: Cuarto mes del año, etapa en la que se produce la gran maduración de la tierra. Paqarina: Lugar sagrado del que salió algún personaje mítico o el fundador de un ayllu. Paqaritampu: Montaña tutelar de la que salieron Ayar Manco y sus tres hermanos y esposas para fundar el imperio inca. Pukullo: Bóveda donde se depositaban las momias de los Sapa-Incas u otros personajes importantes. Qorequenque: Ave sagrada de los incas. Qoya raimy: Décimo mes del año, literalmente "Fiesta de la Reina", que estaba dedicado a Killa, la Luna, en cuyo honor se ofrecían purificaciones. Runasimi: "Habla de la gente". Éste era el nombre que los incas daban a su lengua, aunque incorrectamente se ha conocido después como quechua. Tauantisuyu: Literalmente, "Cuatro regiones", nombre del territorio inca. Se dividía en Antisuyu (Noroeste), Collasuyu (Sureste), Contisuyu (Suroeste) y Chinchasuyu (que comprendía la costa y la Sierra Norte). Virakocha: Dios supremo, hacedor del mundo. Es además el dios civilizador que enseñó a los hombres el cultivo de la tierra, la alfarería, el tejido y las artes. Titicaca: Lago del que, según la leyenda, salieron Manco Cápac y Mama Ocllo para fundar el Tauantisuyu. Waka: En general, todo resto arqueológico relacionado con el pasado inca y preínca. Fueron perseguidas primero por los extirpadores de herejías y luego por los cazadores de fortunas. Wanka: Nación andina ubicada en la sierra central de Perú, famosa por su espíritu independiente y guerrero. Su capital era Tunanmarka. La religión en Sudamérica, la tierra de los chamanes Un pensamiento mítico común y diverso La tierra de los chamanes engloba etnias, culturas, naciones y parajes muy distintos en Sudamérica. El gran número de creencias las diferencia de las del imperio religioso inca. Por ello, muchas perviven en lugares donde el hombre blanco aún tiene problemas para acceder, especialmente en la Amazonia. Cuando estudiamos las creencias de los numerosos grupos de indígenas que pueblan Sudamérica desde las selvas venezolanas a las gélidas costas de la Tierra del Fuego, hay que tener en cuenta dos paradigmas: el de la diversidad y el de ciertas bases de pensamiento mítico común. Un aspecto que hermana todas estas visiones religiosas es la división cosmogónica del universo en tres partes: el mundo superior, el mundo "de aquí" y el mundo inferior o inframundo. La diferencia con otras culturas (sin ir más lejos, la cristiana, que concibe, como sabemos, cielo, tierra e infierno) es que los tres mundos están conectados por el rito, las visiones, los sueños y, especialmente, la actividad de los chamanes. Éstos están presentes en casi todas las formas de religión indígena y son un puente entre los hombres y los dioses, además de ejercer de curanderos, guías espirituales y transmisores de la cultura oral. Muchos de ellos, al entrar en trance, se identifican con animales salvajes, especialmente el jaguar, que es un animal sagrado en todas la culturas de Latinoamérica. Otro rasgo común es la idea de que el universo no ha sido creado de la nada, sino transformado a partir de algo (agua, fuego, tierra). A veces, a partir del verbo, como afirman los indios piaroas, según los cuales Buoka dio forma al mundo con una "brisa de palabras". Muchas veces los indígenas piensan que un elemento material une su mundo con el mundo superior, por lo general una columna o un árbol. Es el concepto de axis mundi. El Ser Supremo La visión del Ser Supremo en estas tribus suele ser la de un ente eterno, omnipotente, invisible y ocioso que hace ya tiempo que se ha alejado de los hombres, por lo que no se le suelen hacer ofrendas ni ceremonias. Muchos, sin embargo, creen en dioses menores, casi siempre relacionados con la naturaleza y cuestiones más cotidianas (sexo, guerra, iniciación, familia, viajes). Pero, tal vez si ofrecemos ejemplos de las distintas culturas, veamos con más claridad el sustrato común; echemos una ojeada a distintas tribus, siguiendo un orden más o menos geográfico, de norte a sur. En Venezuela encontramos varias tribus muy interesantes: por ejemplo, los yanomamas, cuya idea de la creación del mundo es muy original: no fue un ser supremo quien lo hizo, sino dos hermanos. También piensan que el reino de los muertos está en el mundo superior (lo habitual en estos pueblos es situarlo en el inframundo). También venezolanos son los makiritare, que tienen un concepto muy original del axis mundi: la parte baja de la columna que une el mundo con el cielo puede verse desde cierto monte, por lo que los lazos que atan lo terrestre con lo divino no son sólo abstractos, sino también materiales. La idea de cómo el creador formó a los hombres (similar al Adán bíblico) está también presente en muchas tribus de esta zona: los guahibos y los yupas piensan que el hombre fue creado a partir de figuras de madera, ya que el barro no ofrecía la suficiente resistencia al agua. En Colombia hallamos a los uiotos, con una concepción religiosa muy típica de la Sudamérica no andina: aceptan que hay un dios creador (en este caso, Moma), pero no celebran ceremonias en su honor, porque después de crear el mundo, Moma se ha separado de él y no se le debe molestar. Por ello, los uiotos practican rituales relacionados con actividades más terrenales que el origen del hombre. En Santa Marta nos encontramos con un caso de asimilación cultural: los indios koguis y aruhacos, ambos de la familia teyrona, han adoptado -por contacto- el ancestral concepto inca de la Pachamama. Veneran a la madre común (tierra) como una diosa dormida que cuida de ellos. Por otro lado, presentan detalles propios: su tradición religiosa viene de antes de la llegada de los europeos y consideran a los blancos "hermanitos menores". Además, no se dejan tomar fotos, porque consideran que ello podría robarles el alma, por lo que vemos que creen en la dualidad cuerpo/espíritu. En Brasil, tribus amazónicas como los sherentes, cayapós y shipayas tienen la creencia de que el mundo empezó cuando sus antepasados llegaron a sus dominios: venían de otra región del universo y al encontrar un lugar tan acogedor, se quedaron e iniciaron la historia del mundo. No obstante, algo tuvieron que ver los dioses creadores en todo ello. En concreto, los shipayas atribuyen el origen del hombre a Kumakari y los tucunas, a Dyai, quien los creó transformando peces que había pescado en el río. Otros grupos brasileños tienen otras teorías al respecto: según los mundurucúes, los pioneros subieron a la superficie de la tierra desde el inframundo, usando una soga. Los baikaris, por el contrario, piensan que sus primeros antepasados vinieron directamente del mundo superior. Perú y Ecuador están bastante dominados por la cultura inca andina, pero también tienen zonas de selva donde los indígenas profesan creencias similares a las que estamos describiendo: en relación a lo dicho anteriormente sobre el material del que está hecho el hombre, los indios campas (Perú) piensan que el hombre está destinado a morir precisamente por estar fabricado con una sustancia tan frágil como el barro. Los secoyas de Ecuador tienen teorías religiosas muy interesantes: por ejemplo, que el creador dio lugar al mundo a partir de una gran masa cenagosa de la que hizo salir a un tatú (armadillo) que transportó un pequeño trozo de barro hasta sus manos. De él consiguió Ñane (la divinidad) extraer todo el material necesario para construir el mundo terrestre. Muchas religiones convienen en que dios crea a partir de la nada. Los secoyas lo suavizan diciendo que crea a partir de poca cosa: es decir, trasformando. La transformación es un concepto muy arraigado entre casi todos los indígenas americanos. Es una visión mítica de una inocencia casi infantil: recordemos cómo en los cómics Supermán conseguía un valioso diamante a base de estrujar con su superfuerza un pobre trozo de carbón. El eje del mundo En el sur, los matacos argentinos aportan a la teoría del axis mundi que el árbol que llevaba al cielo fue derribado por un anciano al que los cazadores habían ofendido ofreciéndole una ración de carne demasiado pequeña, mientras que los makás (Paraguay) opinan que fue la Luna quien derribó el árbol. Pero tal vez el pueblo más interesante de la zona sea el de los guaraníes, con sus migraciones, que han llevado a cabo en los últimos 200 años, guiados por sus chamanes. En ellas buscan un paraíso, la tierra sin mal, al que hay que llegar recorriendo miles de kilómetros y practicando danzas y ayunos que aligeren el peqo-achy (véase glosario) y les permitan llegar a ese lugar ideal donde no existen las enfermedades ni la muerte. Casi todos los pueblos de Sudamérica tienen la idea de que el mundo envejece y camina hacia su extinción, pero sólo los guaraníes creen que pueden huir de ello mediante las migraciones. Como vemos, elementos comunes y particularidades que hacen de las culturas precolombinas y poscolombinas un mosaico religioso digno de estudio y rico en matices e imaginación mítica. Una constelación de creencias en Sudamérica Ademi: Canciones sagradas de los indios makiritare (Venezuela). Son cantadas por los chamanes para implorar la ayuda de los dioses, quienes se las enseñaron en sus viajes al mundo superior. Amaru: Según los indios baniwas (Brasil), serpiente acuática que se apareó con un armadillo dentro de una cesta para dar origen a las diversas especies animales y también al hombre. Por ello, en los ritos iniciáticos de esta cultura las jóvenes aspirantes a mujer adulta son encerradas en canastas. Axis mundi: En latín, "el eje del mundo". Se aplica a una creencia muy extendida entre los indígenas sudamericanos y según la cual un árbol, columna o escalera une el mundo terrenal con el cielo. Buoka: Héroe fundador del mundo según los indios piaroas (Venezuela), que creó el mundo visible a partir de una "brisa de palabras". Chamán: Especialista del trance, cuya alma puede abandonar el cuerpo para viajar al cielo o al inframundo. Son comunes en casi todas las religiones nativas precolombinas y poscolombinas. Dyai: Dios de los indios tucunas (Brasil) que creó a la humanidad de una manera harto curiosa; fue a pescar, arrojó los peces en la orilla y éstos se conviertieron en los primeros hombres. Kuwai: Dios creador de los indios guahibos (Venezuela), que trató por dos veces de hacer al hombre. Primero con barro y luego con cera. Al no tener éxito, probó con la madera y por fin lo consiguió. Kwarup: Figuras antropomórficas talladas en madera por el dios Mavutsine (véase) para hacer inmortal al hombre. Por culpa de una intrusión inoportuna, no lo consiguió, pero los kamayurás aún los usan en los ritos de iniciación a la vida adulta. Mavutsine: Dios creador de los kamayurás (Brasil). Moma: Dios creador de los indios uitotos (Colombia), que lo identifican con la Luna. También se le llama nainuema ("el Inaccesible" y se dice que dio origen a todo a partir del vacío absoluto. Ñanderuvusu: Dios de los indios guaraníes (Paraguay, Argentina, Brasil) que se encaramó en una cruz de madera para crear el mundo. Según la cultura guaraní, si este soporte se rompiera alguna vez, el mundo se desmoronaría. Ñane: Dios creador de los indios secoyas (Ecuador). Hizo salir de un inmenso cenagal a un armadillo con un diminuto trozo de barro adherido al lomo. Ñane transformó este barro en el mundo. También se identifica con la Luna. Peqo-achy: Según los guaraníes, el peso que las imperfecciones humanas pueden ejercer sobre los peregrinos, impidiéndoles llegar a su destino: la Tierra sin maldad. Wlaha: Deidad de los indios marikitare (Venezuela) que regía las estrellas. Sobrevivió a las pirañas, caimanes y anacondas del Amazonas, y ascendió al firmamento junto con otras estrellas. SHALOM

La tradición y las sectas del Islam La sunna y el hadiz Cuanto más crecía la comunidad y con mayor frecuencia surgían nuevos problemas, tanto más apremiante era la necesidad de fijar por escrito las sentencias y modos de obrar del Profeta transmitidos hasta entonces por tradición. Sólo así podía garantizarse que la comunidad se mantuviese fiel al camino de Dios. La forma en que vivió el Profeta, su conducta, sus manifestaciones y hasta sus silencios, todo ello constituía una aclaración del camino de su vida (la sunna). Los detalles particulares del camino de Mahoma se conservaron en la tradición (el hadiz), que comprende la conducta del Profeta, sus sentencias, amonestaciones y ordenanzas, y la conducta de sus primeros compañeros. Sólo así podía garantizarse que la comunidad se mantuviese fiel al camino de Dios. Así, la valoración de la sunna, el camino del Profeta, fue haciendo de la tradición la segunda fuente de la religión islámica. Sin embargo, la tarea de recoger las tradiciones existentes acabó por hacerse apremiante porque las sentencias y actuaciones que se atribuían al Profeta eran cada vez más numerosas. La arbitrariedad y la novelería hicieron acto de presencia y llegaron tan lejos que fue necesario poner un dique que estableciera principios y desarrollara métodos para distinguir las tradiciones auténticas de las falsas. Los requisitos que se establecieron para llenar las tradiciones auténticas hacían referencia a dos vertientes de cada tradición: por un lado su contenido y, por otro, la cadena de fiadores tradicionalistas de quienes se exigía una calidad moral capaz de respaldar la autenticidad de las afirmaciones. De este modo, las compilaciones tradicionales que la ortodoxia islámica ha reconocido como genuinas fueron reunidas sobre todo en el siglo IX por al-Bujarí, Muslim, Abu-Dawud, al-Tirmidhi, Ibn Madia y al-Nasia, éste ya en el siglo X. A partir de estas colecciones, en el siglo XII se elaboraron epítomes como la Mishkat ("Nicho" de al-Baghawi. Las sectas La primera escisión de la comunidad islámica fue muy temprana (año 660) y se debió a motivos políticos tanto o más que estrictamente religiosos. El gobernador omeya de Damasco, Muawiya, se alzó contra el cuarto sucesor de Mahoma, el legítimo califa Alí, y éste se dejó persuadir para llegar a un acuerdo. Se escindió entonces el Islam y se formaron tres grupos que defendieron opiniones distintas acerca de la legitimidad del acuerdo y las condiciones para asumir el califato. Estas tres tendencias -y en algunos casos sucesivamente divididas en nuevas ramas- han llegado hasta nuestros días. Los sunníes defendieron a los omeyas. Para ellos bastaba con que el califa fuera miembro de la tribu de Mahoma, sin necesidad de que estuviera emparentado con el Profeta y sin que importaran las cualidades piadosas ni morales del califa. Los jarichitas, o separados, abandonaron a Alí porque para ellos lo que contaba era el principio de que debía elegirse para califa al mejor, más piadoso y digno, sin que importara la consanguinidad con el Profeta, la pertenencia a su tribu o el derecho hereditario. Los chiíes, o partisanos, defendieron el acuerdo del califa Alí y más tarde le rindieron pleitesía a él y a sus descendientes. Para ellos, para acceder al califato, era condición indispensable llevar sangre del Profeta. Fueron a menudo objeto de persecuciones y formaron una minoría asociada con otras escuelas religiosas y de tendencias místicas. Con el tiempo, los chiíes se escindieron a su vez en numerosas sectas, como los imamitas, los zayditas, los drusos, los ismailitas, los nusayríes, el babismo y el bahaísmo. Escuelas teológicas y jurídica La reflexión teológica islámica expone los fundamentos de la religión, la defiende frente a las otras creencias y proporciona bases a la vida religiosa de la comunidad islámica. Según las diversas escuelas, la argumentación pone el acento en la tradición, en la razón o en una tradición razonable. Los tradicionalistas, o hanbalitas, se apoyan exclusivamente en el Corán y la tradición como únicas fuentes fiables de la fe y la práctica religiosa. Los mutazilíes parten del principio de que el hombre es un ser al que Dios ha dotado de razón y tiene el deber de emplearla también en el campo religioso. Recomiendan adoptar la duda y no una falsa seguridad como principio en la búsqueda de la verdad: "Cinco dudas son mejores que una certeza". La tradición y la fe, según ellos, han de someterse al control de la razón para eliminar las contradicciones. Los asharíes, por su parte, se oponen al empleo desmesurado de la razón, que aboca a una fe racionalista, así como a la fe ciega tradicionalista. Este tradicionalismo racional de los asharíes fue durante siglos la posición de la ortodoxia islámica. Pero el Corán y la tradicion no sólo definen los principios de la fe, sino que sobre todo establecen las normas de actuación práctica y las prescripciones de la ley. La fijación de las disposiciones legales ha dado origen, en el Islam, a diversas escuelas, todas ellas consideradas ortodoxas y, por tanto, legítimas. Hay cuatro principales escuelas jurídicas que, fundamentalmente, sólo se diferencian por el distinto valor que otorgan a la tradición o al consenso de la comunidad. Los malikitas son conservadores y otorgan el valor máximo a la tradición. Los hanafitas se pueden considerar liberales y apoyados en la sana razón humana. Los shafiítas ocupan una posición intermedia entre los liberales hanafitas y los conservadores malikitas. Los hanbalitas, por su parte, siguen un tradicionalismo rígido y sin compromisos. El Islam contemporáneo El siglo XX, con sus múltiples transformaciones históricas, culturales, políticas y sociales ha proporcionado un marco de cambio constante que ha influido en las religiones de todo el mundo. El Islam no se ha visto libre de estos cambios, lo cual es lógico si tenemos en cuenta procesos como la descolonización o aspectos como la increíble expansión secular de esta religión por zonas alejadas miles de kilómetros de Medina y La Meca: desde el África subsahariana hasta Malasia: desde ciertas zonas de Europa Oriental hasta la India. Unos mil millones de seguidores del Islam comparten hoy un credo con muchas variantes debidas al sustrato geográfico, la evolución sociopolítica y la tradición cultural, factores que hacen de la práctica del Islam un culto mucho más multiforme de lo que los medios de comunicación dan dan a entender. Además, han proliferado fenómenos colectivos como el Movimiento Musulmán Negro, en Estados Unidos, que aun rechazando la vida más allá de la muerte, adopta otros muchos dogmas coránicos. O el neosufismo, cuyo máximo exponente sería Idries Sha, cuya doctrina se basa en gran parte en el Corán, pero introduce la idea de una religión universal por encima de todos los credos y en la que Dios es uno para todos. El fundamentalismo y la Ley Coránica Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos pusieron de manifiesto una vez más que nunca en la historia hubo, en realidad, guerras religiosas, sino que bajo el nombre de Dios se ocultaron siempre objetivos meramente políticos y económicos. A partir de los movimientos antiimperalistas del siglo XIX y de la descolonización que siguió a ellos, territorios tan distintos geográfica y culturalmente como Arabia, Indonesia, el Magreb, Afganistán, Pakistán, Turquía o Egipto dejaron atrás la pertenencia a diversos imperios (el otomano, el británico, el francés) y su signo fundamental de identidad a partir de entonces fue el Islam. En el entorno occidental se tiende a identificar el fundamentalismo con el Islam, lo cual se debe más a presiones mediáticas sobre la opinión pública que a la realidad, puesto que actualmente se encuentran fundamentalismos en todas las religiones monoteístas. Muchos de los gobiernos de los países recién independizados trataron de crear sistemas políticos occidentalizados, pero la mayoría fracasaron. El estilo de vida "occidental" fue visto por muchos sectores como una concesión al neocolonialismo y como un rechazo intolerable de las tradiciones religiosas. El resultado fue la ascensión de movimientos fundamentalistas islámicos, que propugnaban una transformación sustancial de la teoría y la práctica política, adaptándolas a las costumbres sociales tradicionales del mundo antiguo. También subyacía el panarabismo, un movimiento excluyente que pretendía unificar a los musulmanes de Oriente Medio por encima de las nacionalidades. Formación de los estados islámicos modernos Esta amalgama de circunstancias y opciones fue adoptando muy diversas vertientes a lo largo de los años, hasta abocar en el momento presente en opciones regionales muy diversas que probablemente son todavía provisionales: Irán y Libia fueron en un tiempo países muy radicales en su actitud antioccidental y fundamentalista. Por el contrario, Túnez y Turquía habían separado claramente la religión de la política y, a pesar de mantenerse fieles al Islam, adoptaron en gran medida el estilo social de la cultura europea. Los países del golfo Pérsico mantuvieron las tradiciones, pero al mismo tiempo formalizaban cómodos pactos económicos con Occidente. Occidente, por su parte, capitaneado por Estados Unidos de Norteamérica, poco se interesaba por tendencias religiosas sino que se preocupaba exclusivamente en el control de la producción de petróleo. El Islam y el fundamentalismo En otros casos, el Islam se identificó con tendencias de liberación política de territorios ocupados por otros países y religiones: por ejemplo, Líbano y Palestina contra Israel, o Afganistán contra la Unión Soviética. En todos los casos, todos los intentos de pacificación fueron paradójicamente boicoteados por grupos obcecados y contrarios a la cesión de cualquier pretensión. Así, líderes islámicos y hebreos moderados como Anuar el Sadat y Yitzak Rabin fueron asesinados por ultraconservadores de sus propias filas: Sadat por la Yihad egipcia y Rabin por un judío ultraortodoxo. Pero incluso entre el Islam existen diversos grados de celo en el cumplimiento del Corán. En el fundamentalismo islámico (como por otra parte, en cualquier fundamentalismo de toda religión) debe distinguirse entre ámbitos y países, puesto que su aparición depende de factores políticos, pero también del sustrato cultural y social y del desarrollo económico. Si tenemos en cuenta que cualquier religión no es sólo un sistema de creencias sino también un modo de vida, está claro que el fundamentalismo religioso arraigará con mayor facilidad en cualquier lugar donde la supervivencia esté en peligro. El Islam en nuestros días La historia del Islam ha sido tan larga y su expansión tan intensa que muchos países (algunos situados a miles de kilómetros de La Meca en puntos tan alejados entre sí como Indonesia y Mauritania) siguen hoy día fieles a la fe islámica. Fieles, pero con las particularidades evidentes que el sustrato socio-religioso y las características políticas e históricas imponen a cada enclave geográfico; sobre estas particularidades, y poniendo algunos ejemplos. Asia Central: El Islam se implantó en Asia Central en unas fechas difíciles de determinar, pero en todo caso, anteriores a la llegada de Tamerlán (el príncipe musulmán de Samarkanda) y los mongoles (siglo XIV). Su fe ha conseguido sobrevivir a través de los siglos, incluso a la antirreligiosa y comunista Unión Soviética: a principios de 1990 la mayoría de estados independientes (Uzbekistán, Kazakistán, Tadzhikistán, Kirguizistán, Turkmenistán, Azerbaiján) de esa zona tiene el Islam como religión oficial, es decir, son repúblicas islámicas. Turquía: Durante muchos siglos el otomano fue un enorme imperio (en el siglo XVI, bajo Solimán el Magnífico, controlaban Oriente Medio, Hungría, el Oeste de Asia, el Norte de África y los Balcanes) y su capital, conquistada a Bizancio, fue la bella Estambul: las potencias europeas consideraban a Turquía "El Enfermo" y desmantelaron su imperio tras la segunda guerra mundial. En la actualidad el país vive en buena parte del turismo y, como consecuencia de ello, guarda un cierto equilibrio entre una versión moderada del Islam y el laicismo político. De hecho, desde el gobierno de Mustafá Kemal (1881-1938), la constitución turca es laica. La huella musulmana del Imperio otomano, ha quedado, sin embargo en zonas europeas como Bulgaria, Bosnia o Hungría. Los duodecimanos de Oriente Medio: La rama más extensa del chiísmo es llamada la de los imami o duodecimanos; reconocen a doce imanes o cabezas religiosas como descendientes de Alí, primo y yerno de Mahoma, y reniegan de los cuatro primeros califas que usurparon la legitimidad de Alí. Una de sus creencias es que el duodécimo imán, llamado Al Madhi, que desapareció en el año 874, reaparecerá tarde o temprano. Estas creencias son propias de los regímenes islámicos de Irán (donde la mayor parte de los habitantes son duodecimanos) y el sur de Irak. También hay población imami en Líbano, Arabia Saudí, los estados del Golfo Pérsico y Siria. Y pequeñas comunidades en India, Estados Unidos, Pakistán, Azerbaiyán y Europa Occidental. Indonesia: Los comerciantes procedentes de la India llevaron el Islam a Indonesia durante el siglo XI. Pero cuando Marco Polo llegó a la isla de Sumatra en 1292, sólo una de sus ciudades (Perlak) era musulmana, lo cual sugiere que el Islam se ha ido imponiendo gradualmente a través de los siglos. En la actualidad el noventa por ciento de los 130 millones de habitantes de las islas indonesias son musulmanes, lo cual la convierte en la mayor nación musulmana del mundo. Sin embargo, las caras del Islam son bastante heterogéneas en las diversas islas que forman Indonesia: desde el centro de Java, cuyo islamismo es muy leve, como un barniz sobre el dibujo que han hecho el hinduismo y el budismo, hasta el sur de Borneo, donde la fuerza del Islam ha borrado incluso cualquier huella de cultura preislámica. Senegal y otros países subsaharianos: El Islam llegó a Senegal, como a otros países subsaharianos, en el siglo XI. Estableció califatos importantes, como el de Sokoto en Nigeria. En Senegal, ha tenido tanta fuerza que prácticamente se ha impuesto por completo a las religiones previas: hoy en día más del 90 por ciento de los habitantes de este país son musulmanes. Otros países en que el Islam es religión mayoritaria son Djibuti y Somalia. Por su parte, su fuerza es importante en las ex colonias francesas, como Mauritania, Malí, Níger, e inglesas, como Sudán, Nigeria y Tanzania. La ex colonia italiana de Etiopía también es básicamente musulmana. El Magreb: nacionalismo, turismo e Islam: En la zona del norte de África, los países que a lo largo de los siglos han formado parte de grandes califatos, imperios como el turco o potencias coloniales europeas, obtuvieron su independencia en diversos momentos del siglo XX. Todos han adoptado el Islam como religión oficial, pero su nivel de radicalismo político antioccidental ha condicionado las características de la religión y su relación con los gobiernos: en el Magreb encontramos países claramente fundamentalistas y antioccidentales como Libia y otros prácticamente laicos como Túnez. Entre estos dos extremos y según ciertos ciclos políticos se encuentran los casos de Marruecos, Argelia o Egipto: sus gobernantes y sus movimientos sociales hacen evolucionar el Islam a gran velocidad. El polvorín de Oriente Medio: La zona en la que nació la fe musulmana es evidentemente el enclave históricamente más propicio al Islam, pero también ha ofrecido variaciones doctrinales y socio-religiosas en función de cada país y las influencias externas: por ejemplo, la revolución islámica ha hecho de Irán el país más beligerante con Occidente; la ocupación israelí ha radicalizado el integrismo en Líbano y Palestina. Siria y Jordania se mantienen en un islamismo ortodoxo y una cierta ambigüedad con respecto a Occidente. Irak ha radicalizado su discurso contra Estados Unidos usando la fe islámica y, por último, hay países en que la religión islámica y la política no tienen nada que ver porque están controlados por jeques aliados económicamente a Occidente, en virtud de sus posesiones petrolíferas: es el caso de los Emiratos Árabes Unidos, Omán o Arabia Saudí. El volcán del Oriente Próximo: La zona en la que nació la fe musulmana es evidentemente el enclave históricamente más propicio al Islam, pero también ha ofrecido variaciones doctrinales y socio-religiosas en función de cada país y las influencias externas: por ejemplo, la revolución islámica ha hecho de Irán el país más beligerante con Occidente; la ocupación israelí ha radicalizado el integrismo en Líbano y Palestina. Siria y Jordania se mantienen en un islamismo ortodoxo y una cierta ambigüidad con respecto a Occidente. Irak ha radicalizado su discurso contra Estados Unidos usando la fe islámica y, por último, hay países en que la religión islámica y la política no tienen nada que ver porque están controlados por jeques aliados económicamente a Occidente, en virtud de sus posesiones petrolíferas: es el caso de los Emiratos Árabes Unidos, Omán o Arabia Saudí. Osama Bin Laden y Afganistán: El fundamentalismo islámico ha presentado las masacres del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, como la respuesta desesperada del mundo islámico contra un Occidente enemigo en Palestina, Irak y otros países. Osama Bin Laden y su protector, el mulá talibán Omar, de Afganistán, se han asignado el papel vengador de los oprimidos, como Robin Hood en el siglo XXI. A pesar de contar con un considerable apoyo popular, especialmente en el vecino Pakistán, la autoproclamada "guerra santa", acaudillada por Bin Laden ha sido condenada de modo explícito por la práctica totalidad de las naciones de la órbita islámica (con la notable excepción de Irak), hasta el punto de prestar ayuda logística a la contundente respuesta miltar y diplomática instigada por Estados Unidos. Pakistán y Bangla desh: Pese a estar dominada durante los primeros mil años de nuestra era por dos religiones principales como el hinduismo y el budismo, la India tuvo gran influencia del Islam, especialmente durante el sultanato de Delhi y las invasiones de gaznavíes y mogolas: en la India actual ha quedado un pequeño rincón para los musulmanes, pero la independencia del imperio británico dio lugar a la escisión de una parte del subcontinente que ha quedado completamente dominada por el Islam: Pakistán. A su vez, en 1971 y apoyada por la India, otra nación de mayoría musulmana (80 % frente al 18 % de hinduistas) se escindió del Pakistán: se trata de Bangla desh. Distribución actual del Islam. Porcentaje de población islámica Entre el 95 y el 100 % África: Marruecos, Mauritania, Libia, Argelia, Somalia, Túnez, Comores Asia: Turquía, Kuwait, Irak, Irán, Arabia Saudita, Yemen, Jordania, Pakistán, Afganistán, Maldivas Entre el 75 y el 94 % África: Egipto, Mali, Níger, Senegal, Gambia Asia: Bangla desh, Uzbekistán, Turkmenistán, Kirguizistán,Singapur, Indonesia Entre el 50 y el 74 % África: Sudán, Chad, Burkina Faso Asia: Malaysia, Brunei Entre el 25 y el 49 % África: Tanzania, Malawi, Etiopía, Nigeria, Ghana Asia: Kazakistán, Tadjikistán, Azerbaiján Menos del 25 %, pero con presencia importante África: Uganda, Madagascar, Mozambique, Camerún Asia: China, Thailandia, Filipinas, Myanmar, Sri Lanka Resto del mundo: Francia, EE.UU., Reino Unido, Rusia, Brasil, Alemania, Bosnia-Herzegovina, Bulgaria, Rumania, Grecia. SHALOM

Las religiones de Oriente Si en Occidente la relación con la divinidad siempre se ha entendido como una relación del hombre con algo superior y externo -llámese Dios, dioses o con cualquier otro nombre-, la religiosidad oriental se percibe mejor como una relación del individuo con lo más profundo de sí mismo. En las cosmogonías asiáticas existen, claro está, los dioses, los genios, los seres sobrenaturales, los conceptos trascendentes, la búsqueda de la inmortalidad, lo eterno, la lucha del Bien contra el Mal, lo infinito... Pero el matiz distintivo quizás no se encuentre tanto en el sometimiento del hombre a un Creador incomprensible y exterior a él, como en la búsqueda incesante del equilibrio en el interior de la persona, como señal y medio de comprender y alcanzar ese mismo equilibrio entre la propia persona y su entorno natural, entendiendo como tal el universo, el cosmos, el Todo, incluidos los dioses creadores y eternos y la pirámide de los seres sobrenaturales. En definitiva, la paz interior establecida como camino necesario para el encuentro con la divinidad. Esta percepción puso en camino a numerosos occidentales rebeldes hacia los monasterios del Himalaya, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX. Es probable que la cultura occidental no pueda ya dar mucho más de sí a quienes advierten que la felicidad íntima está más allá de la posesión de bienes, del liderazgo social, del crecimiento económico sin límites o de la cultura de la prisa. Pero el hecho de maldecir la propia cultura y peregrinar a Oriente en busca de la paz interior volvería a indicar, paradójicamente, esa dependencia que experimenta el occidental con respecto a lo exterior a sí mismo. A lo largo de su historia religiosa, Asia enseña, sobre todo, el camino del peregrinaje interior hacia lo más profundo de la paz con uno mismo y con el entorno. El Tao Dioses, iluminados y místicos en la religiosidad asiática Situada entre la India con el budismo y el hinduismo, y el ecléctico Japón, China ha desarrollado una tradición religiosa propia que adapta las distintas influencias a sus características sociopolíticas, que son únicas. La religión popular ha coexistido con las oficiales desde los primeros tiempos imperiales. Estos cultos locales (de los que el más conocido fue el de la Nube Blanca) se basaban en el culto a dioses concretos -a menudo espíritus de personas carismáticas del lugar- y han sobrevivido a las formas oficiales impuestas por el Estado. Estas han sido cambiantes a lo largo de los siglos: el taoísmo, el confucianismo y hasta un período budista, pero siempre han respondido a las necesidades del régimen imperial. Buda, Lao-tsé y Confucio han sido utilizados indirectamente por los emperadores para legitimar su poder y ejercer un férreo control ideológico sobre sus millones de súbditos. La llegada del comunismo suprimió la religión de los actos oficiales, pero no consiguió erradicar sus costumbres entre el pueblo. Una religión de antihéroes El secreto de la felicidad reside en vivir con naturalidad, sin intentar distinguirse de los demás y renunciando a cambiar radicalmente los destinos del mundo. Tao significa "camino". El Tao es el camino a través del cual los individuos recorren una vida de moderación y evitan cualquier exceso. El inspirador del taoísmo fue el filósofo chino Lao-tsé, que vivió hacia el 600 a.C. Dejó una obra compuesta por sentencias breves y crípticas, abiertas, por tanto, a diversas interpretaciones. Para él la noción del Tao es esencial; no puede ser nombrado, pero es la fuente de todo lo que existe y el principio inmutable que subyace al universo. El secreto de la vida es vivir de acuerdo con el Tao. Es el camino llano y espontáneo que deben seguir los gobernantes y los gobernados, de modo que unos y otros puedan regirse a sí mismos y a los demás y vivir en armonía con la naturaleza. Contemporáneo de Confucio, le separaron de él profundas divergencias doctrinales. El Tao gira alrededor de dos ejes primordiales: Tao-chia, que desarrolla la idea política según la cual un gobernante sabio dirige a su pueblo a través de la sabiduría y no de la fuerza, y Tao-chiao, que promueve una visión mística del mundo según la cual los individuos pueden liberarse de las pasiones y las ambiciones, y descubrir la liberación en un estrato espiritual que culmina en la inmortalidad. Los dos textos clásicos del taoísmo son el Tao-te-Ching y el Chuang-tzu. Enseñan que a través de la armonía de las fuerzas del yin y el yang (interior-exterior, femenino-masculino, mente-cuerpo), una persona puede alcanzar un estado mental que le aleje de la buena o la mala fortuna sin necesidad de que sea consciente de ello. La recompensa del Tao es una larga vida y la inmortalidad, entendida ésta de dos maneras: la vida eterna en un cuerpo transformado, y, en un sentido más simbólico -y a la vez más literal-, la liberación espiritual que existe más allá del tiempo. El Tao enseña que para progresar en la virtud es necesario practicar el procedimiento de la "inactividad activa" (wu-wei), es decir, la incansable búsqueda de la perfección con la superación pacífica, constante y serena de la imperfección. Se trata de no luchar contra el flujo de las energías universales, sino de moverse con ellas y aprovecharlas para progresar en una existencia equilibrada, como el marinero que, en provecho de su ruta, recoge hábilmente el viento en las velas de su barca. Las creencias del taoísmo Los taoístas creen que una energía pone en marcha el universo. Dicha energía está presente en todos los elementos de la naturaleza y en los seres humanos. El crecimiento armonioso de esta energía vital (con el equilibrio entre el yin y el yang) es la clave para una vida larga y feliz. La falta de equilibrio entre el yin y el yang puede causar numerosas enfermedades, que sólo podrán curarse cuando se haya restablecido el equilibrio perdido. Para comprender la doctrina taoísta de la armonía personal, es necesario tener en cuenta el permanente antagonismo entre el confucianismo y el taoísmo. El confucianismo parte de la educación individual y presta una atención especial a las virtudes del hombre: la justicia, el amor al prójimo, la relación interpersonal y las formas de cortesía; en cambio, el taoísmo trata de educar a la sociedad desde sus cimientos y de un modo global, de modo que a los ojos del taoísmo aquellas virtudes del confucianismo no pasan de ser actitudes más o menos superficiales, e incluso hipócritas, destinadas al engaño mutuo en el seno de una sociedad íntimamente egoísta. El taoísmo es un sistema filosófico surgido de la contemplación de la evolución ordenada del cosmos, y no tiene nada que ver con la cultura y la filosofía chinas, basadas siempre en las tradiciones. El confucianismo, al poner el énfasis en la organización del estado ideal, se enfrenta al taoísmo, más preocupado por el desarrollo personal e individual. Algunos taoístas interpretan el concepto de inmortalidad como literalmente pretenden alcanzarla, para lo cual incorporan elementos de la alquimia, la adivinación y la magia junto con los poderes equilibrantes del yin y el yang. El Tao y la medicina natural El taoísmo afirma que nada es inamovible. La vida es un flujo constante y la humanidad se añade a este flujo. En el taoísmo se advierte una gran influencia de los principios en los que se basa la medicina natural china. El cuerpo es un escenario natural, atravesado por invisibles canales de energía vital que controlan las funciones corporales. En determinados puntos a lo largo de estos canales, existen una especie de diques o compuertas que permiten interrumpir o controlar la energía para poder restablecer la correcta combinación del yin y del yang. Es en estos puntos donde los maestros de la acupuntura, por ejemplo, insertan finas agujas para tratar las diversas dolencias. Existen "mapas" con la ubicación exacta de estos puntos y canales de energía para facilitar la práctica de terapias naturales. El taoísmo, con sus estudios sobre los misterios biológicos del cuerpo, los ejercicios que ha puesto en práctica y los conocimientos que ha desarrollado sobre cuestiones psicosomáticas y fisiológicas, ha realizado importantes contribuciones a la ciencia tradicional y moderna. El confucianismo Confucio, maestro y sabio El confucianismo se caracteriza por utilizar la cultura como un medio para promover los sentimientos humanos y mantener la integridad y el bienestar de los individuos. Confucio, que vivió aproximadamente entre el 550 y el 479 a.C., es una de las grandes figuras de la historia del pensamiento humano, un pionero de la pedagogía, crítico social e investigador de la política. Se consagró al estudio de las antiguas tradiciones y de los ritos y tratados religiosos contenidos en los Cánones o King, y se propuso recuperar las antiguas normas de buenas costumbres morales, sociales y de convivencia. La recopilación de sus Conversaciones, que supone la existencia de una fuente escrita básica, es un amplio abanico de consejos referidos a los asuntos humanos, desde el gobierno de las naciones y la dirección de empresas, hasta el trato social, las relaciones entre amigos y de familia, y el autoconocimiento. La doctrina de Confucio Confucio atisbó un orden social conducido por sensibilidades razonables, humanas y justas, no por las acciones arbitrarias de gobernantes entronizados de forma hereditaria, y advirtió las consecuencias sociales si los hombres que ostentan el poder obran sólo en beneficio propio, pasando por encima de la piedad y de la justicia. Creía en la regeneración de las conciencias pública y privada mediante la educación y la influencia de ideales culturales unificados. La educación en su conjunto constituía el valor general del individuo y de los grupos en los cuales éste se integra de forma activa: la familia, la comunidad y la nación. Su objetivo era la restauración de un gobierno justo y la revivificación de la sociedad a través del cultivo de las virtudes de la persona. Pensaba el maestro que la eficacia de un planteamiento como el que él proponía residía en el ejemplo personal; por ello, la clase gobernante debía cultivar las virtudes de la persona ejemplar. Para ello, elaboró las herramientas necesarias para que el desarrollo humano fuera más asequible mediante la transmisión de la historia y de la cultura a todos los individuos, incluso a los más desheredados, y no sólo a aquellos que tuvieran acceso a las mismas por su pertenencia a una clase social privilegiada. Confucio no fue un preceptor dogmático, sino que por lo general sus enseñanzas básicas fueron bastante diáfanas para poder generar nuevas interpretaciones a través del tiempo, por lo que diferentes culturas y sociedades pudieron, a lo largo de la historia, aplicar su mensaje a las realidades de los tiempos cambiantes y en los lugares más distantes. A ello se debe tanto la presencia durante siglos de sus ideas en las variantes del neoconfucianismo, como su influencia posterior en culturas ajenas a China: el I-King se ha convertido en un best-seller en el mundo occidental. Principios básicos del confucianismo Confucio afirmaba que las virtudes fundamentales del noble son tres: la bondad, que produce alegría y paz interior; la ciencia, que disipa todas las dudas; y la valentía, que ahuyenta todo temor. El pecado original es inconcebible para Confucio, para quien el hombre se encuentra inmerso en un orden meramente natural. La verdad (es decir, el principio verdadero y racional que se halla en el interior de todos los hombres y en todos por igual) es el camino del cielo, y el principal deber del hombre consiste en meditar sobre ella y descubrirla en todo su contenido y significado. Existe un solo medio para ser sinceros y veraces en todo: alcanzar la virtud, porque sin virtud no existe veracidad ni sinceridad verdadera. Es decir, la virtud en el ser humano es natural y fruto de la propia y precisa voluntad de ser virtuoso. Esto puede conseguirse por medio de la corrección en el trato fraterno, entre otras actitudes y cualidades que son connaturales al hombre. El confucianismo afirma que no basta con cumplir con los deberes personales y familiares, porque cuando alguien puede ser útil en el desempeño de un cargo público, falta a su deber si se aleja de la política. Respecto a su vertiente religiosa, debe advertirse que el confucianismo sólo se desarrolló y expuso como una doctrina religiosa mucho tiempo después de la muerte de Confucio y, al parecer, por intereses creados y prescindiendo de la auténtica obra del maestro. Confucio no fundó en realidad una nueva religión, sino que fue un estudioso, crítico y reformador político, aunque, claro está, no se dedicó a predicar una moral atea. En resumen, podría decirse que el confucianismo es una doctrina en la que se reconoce a un Supremo Señor (al que se da el nombre de Schng-li), pero como religión carece de ideales y de espiritualidad, en el sentido en que entienden ambos conceptos las demás religiones. Además, esta impropiamente llamada "religión" rechaza explícitamente la petición de favores y milagros al filósofo divinizado, lo cual resulta sorprendente, hablando de religiones, ya que la gran mayoría con el tiempo proceden a divinizar a sus fundadores y, en sus plegarias, se incluyen sistemáticamente diversas fórmulas impetratorias. Pese a su influencia en muchas actitudes religiosas, el confucianismo debe considerarse más bien una doctrina ética; y pese a que en ella se tenga en cuenta la existencia de un principio regulador del universo y de un ser supremo, los conceptos básicos de la doctrina son esencialmente referentes al ser humano y a cómo debe relacionarse con sus semejantes. Confucio fue mucho más un humanista que un místico. Confucio y los seguidores de la virtud Para Confucio, la virtud esencial es una fuerza interior innata en el hombre, a la que llamó ren. El ren presenta un aspecto negativo, representado por la máxima "No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti", y un aspecto positivo, representado por la máxima inversa: "Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti". "No hacer" significa pasividad, y en términos chinos, una actitud negativa. "Hacer" significa actividad, una actitud positiva. El ren no tiene un contenido definible al modo occidental, sino que forma parte de la persona, es una fuerza propia y natural de cada uno que le impulsa en la dirección adecuada para el correcto desarrollo y aprovechamiento de la propia vida. Siempre se entiende de un modo positivo y loable, es decir, el ren o es bueno o no se tiene; el ren malo no existe. Una persona que tiene ren significa que está capacitada para actuar del mejor modo posible según sus propias potencias morales e intelectuales, siempre y cuando escuche su propia conciencia. La influencia religiosa de Confucio La armonía entre los pueblos La influencia de Confucio en la religiosidad posterior sorprende si se tiene en cuenta que él no era un profeta ni un místico. Se consideraba más bien un caballero civilizado y su búsqueda de una sociedad armoniosa y ordenada se basó más en criterios sociales y éticos que en principios religiosos. Aunque no restaba importancia al culto de los antepasados y creía en el cielo, Confucio evitó siempre la especulación religiosa. Sus enseñanzas eran muy pedagógicas y en ellas estaba excluido el sentido del humor. Por tanto, era más un sabio amable que un gurú o un santón. Durante su vida, no lo siguieron muchos discípulos, pero los tres siglos posteriores a su muerte vieron el desarrollo del confucianismo como un sistema de valores filosóficos, éticos, sociales y -aunque no fuera su intención- religiosos. De Mencio a los jesuitas El seguidor más importante de la doctrina de Confucio fue Mencio, que vivió dos siglos más tarde que el maestro. Mencio se centró en la parte más moral de la doctrina confuciana y elaboró una teoría basada en la metáfora de que las semillas del bien existen en todo ser humano, pero deben ser regadas para que crezcan. Otro confucianista, Xun Zi, basándose en la doctrina de Confucio, llegó a conclusiones opuestas a las de Mencio: puesto que la gente no es innatamente buena, se han de prevenir -siguiendo los libros confucianistas- las conductas malvadas para evitarlas. La tradición humanista inaugurada por Confucio en China sufrió períodos de silencio coincidiendo con las dinastías autoritarias y las grandes guerras. Pero la paz que siguió al siglo II a.C. estableció las condiciones idóneas para que el confucianismo se convirtiera poco a poco en la doctrina oficial del estado. Esta doctrina perduró tantos siglos que sólo la llegada del comunismo consiguió acabar con ella. Casi mil años más tarde de la muerte de Confucio, los jesuitas establecieron misiones en China. Estos cultos clérigos se plantearon, antes de empezar a cristianizar a los chinos, la posible compatibilidad de la doctrina confuciana con los dogmas católicos. La conclusión positiva fue rápida: no sólo lo era, sino que Confucio fue llamado el "Aristóteles chino" y como había hecho santo Tomás con el filósofo griego, procedieron a la cristianización de las ideas del sabio chino. A partir del trabajo del padre Matteo Ricci (1552-1610), Confucio fue estudiado en Occidente y ello explica que nos haya llegado la versión occidentalizada de su nombre: tanto Confucio como Mencio son latinizaciones de los nombres Kong Fuzi y Mengzi y son las denominaciones que se han popularizado. El neoconfucianismo Sin embargo, quinientos años antes de que llegasen los cristianos, las ideas de Confucio ya habían dado lugar en el imperio chino a varias reelaboraciones que los historiadores han llamado neoconfucianismo. Fue durante la dinastía Song (siglos X-XIII) cuando los estudiosos empezaron a establecer una tradición confuciana que se caracterizaba por contrastarla con pensamientos de mayor raigambre religiosa, como el taoísmo o el budismo. No obstante, la distinción no siempre fue precisa; el pensador del siglo IV Mouzi ofrece una clara visión al respecto: "Los sutras dicen que todos los seres sintientes pertenecen a Buda, así que le honro: pero ¿por qué debería rechazar el camino de los sabios confucianistas? El oro y el jade no se dañan el uno al otro". El confucianismo rara vez ha sido excluyente. Las dos escuelas confucianas que surgieron de esta perspectiva en los siglos siguientes fueron la del Principio y la de la Mente. La escuela del Principio, liderada por Chu XI en el siglo XII, aboga por la importancia del estudio intelectual. Por el contrario, la escuela de la Mente, fundada por Wang Yangming en el siglo XV, se basa en el valor de la intuición. Pero detengámonos un poco más en ellas. Chu XI basa su sistema en que todo el universo se fundamenta en un elemento material adornado por un principio subyacente llamado Li. Asimismo, pensaba que era necesario estudiar los antiguos textos (especialmente los de Confucio) para alcanzar la sabiduría, cuya posesión otorga al ser humano un estado de plenitud. Chu XI superó las ideas algo retrógadas de los fundadores -cien años antes- de la escuela del Principio, Cheng Hao y Cheng Yi. Wang Yangming, con su escuela de la Mente, ofreció un camino menos académico y elitista a quien quisiera acceder a la sabiduría. Sus dos vías principales eran la meditación y la reflexión moral. Sus ideas triunfaron en un primer momento, pero tras la invasión manchú del siglo XVII la reacción típica de los tiempos de guerra acabó con la visión idealista de Wang y fue sustituida por otra más conservadora y basada estrictamente en los textos clásicos. Sin entrar en consideraciones doctrinales profundas, es fácil comparar, por un lado, la divergencia confucianista entre la escuela de la Mente y la del Principio, por un lado, y el budismo Mahayana y Theravada, por otro. La escuela de la Mente y el Mahayana son abiertos y reformistas, mientras que la escuela del Principio y el Theravada se caracterizan por su concepción elitista y cerrada. Hasta el fin del imperio, ya entrado el siglo XX, el confucianismo y el neoconfucianismo tuvieron tal importancia en la estructura ideológica, política y social de China que su tradición era cumplida en ritos palaciegos y de estado, cuyo más famoso exponente son los complicados exámenes de temática confuciana que los aspirantes a cargos públicos debían superar. Cuando en 1949 el partido comunista de Mao Zedong declaró al gobierno chino ateo, el budismo y el taoísmo perdieron su importancia, aunque algunas asociaciones internas del propio partido consiguieron integrar algunas de sus costumbres en el sistema revolucionario. Bajo Mao, también el confucianismo cayó en desgracia (pese a que se reconoció la importancia de Confucio como educador histórico de la nación), pero a su muerte Deng Xiaoping recuperó cuando menos al personaje: a mediados de la década de 1980 se empezaron a celebrar tímidamente ceremonias en honor de Confucio. Curiosamente, tras la revolución comunista en China, las tradiciones confucianas han tenido una clara continuación en la sociedad y el gobierno del país vecino, Corea. Ideas, textos y autores del confucianismo y del neoconfucianismo Canon confuciano: Extensa colección formada por cinco textos (llamados los Cinco Clásicos) de índole diversa. Confucio los compiló, pero también incluyó ideas propias. Pretendía que los interesados pudieran hallar en ellos un reflejo de la edad de oro de China, para utilizarlos como modelo social, político, ideológico y religioso. Chong Yong: Literalmente, "doctrina del significado". Es un libro cuya autoría se atribuye al nieto de Confucio. Versa sobre las relaciones entre la naturaleza humana y el orden moral del universo. Chu XI: Máximo exponente de la neoconfuciana escuela del Principio. Vivió en el siglo XII y su pensamiento se basa en la existencia del Li como principio del universo y en la capacidad de alcanzar la sabiduría. Chun Qiu: El último de los Cinco Clásicos. Es una crónica de Lu, lugar de origen de Confucio. También se denomina Anales de primavera y verano, y es considerado por su compilador como un paradigma del desarrollo histórico. Daxue: Atribuido a Zeng Chen, discípulo de Confucio. Su título significa "gran aprendizaje" y forma parte de la colección Li-Ki de rituales. Su tema es la relación entre el desarrollo espiritual y la mejora social. Edicto sagrado: Texto de inspiración confuciana redactado en 1670, que pretende extender las normas de conducta del emperador a todos los súbditos. Han: Período de la historia de China comprendido entre los siglos II a.C. y II d.C., en el que se empezó a aplicar por primera vez el canon confuciano en la administración pública. Un funcionario no era aceptado si no cumplía estrictamente determinados principios de la doctrina de Confucio. Las siguientes dinastías, Tang y Song, también lo aplicaron. I-King: También conocido como I Ying, I-Ching o Libro de las mutaciones. Es el más conocido de los Cinco Clásicos. Planteado como un libro de adivinación, sus partes más importantes son las filosóficas, y su autoría se atribuye a Confucio. Podrían haber sido completadas algunos siglos más tarde. Ju-chia: Literalmente, "escuela de los literatos". Es uno de los nombres dados al confucianismo. Kowtow: Reverencia que practican los confucianos y que es un gesto de respeto hacia un semejante. La más practicada es la que se hace delante de la autoridad paterna. El respeto filial estaba claramente recogido como norma en el Edicto sagrado. Li-Ki: Uno de los Cinco Clásicos. Reúne una serie de escritos sobre los rituales y sus distintas características, por lo que es conocido también como Registro de ritos. Lunyu: También llamado Analectas, es el libro que contiene los dichos de Confucio y fue el más consultado desde la muerte del maestro. Memorias históricas de Suma-chien: Documento histórico del siglo I a.C. del que se han extraído la mayor parte de los datos para elaborar la biografía de Confucio. Mengzi: También llamado Mencio. Aunque vivió doscientos años después de la muerte del maestro, es el discípulo más aventajado de Confucio. Mengzi es también el título de un libro que contiene los dichos de este autor y que ha ejercido gran influencia en el confucianismo posterior. Movimiento de vida nueva: Organización de filiación confuciana con que el régimen del Kuomintang intentó hacer frente en la década de 1930 a la creciente influencia de las teorías marxistas sobre la política y la sociedad china. Relaciones sociales: Según Confucio, hay cinco tipos de relaciones entre los miembros de la sociedad, que sirven de paradigma para todas las demás: soberano-súbdito, padre-hijo, hermano mayor-hermano menor, marido-mujer y amigo-amigo. Ninguna de estas relaciones es paritaria (incluso la última contempla que el amigo mayor está por encima del más joven), lo cual da una imagen jerárquica del pensamiento social confuciano. No obstante, Confucio reconoce que no todo es inmutable y la persona que hace méritos para estar por encima de los demás lo estará sin que importe su estatus previo. Ricci, Matteo: Sacerdote jesuita italiano del siglo XVI. Ejerció con éxito su ministerio en la China imperial y sus escritos dieron a conocer a Confucio y Mencio en Europa. Shi Ying: También llamado Libro de las Odas, es una recopilación de poemas de origen popular y cortesano. Confucio los ponía como ejemplo de la sociedad ideal en la que se suponía habían sido escritos trescientos años atrás. Shu Ying: Uno de los Cinco Clásicos. Está dedicado a la historia y contiene documentos sobre los legendarios gobernantes antiguos que Confucio tomaba como ejemplo de época esplendorosa. Song: Dinastía del imperio chino durante la cual las ideas de Confucio empezaron a cobrar vigencia y dieron lugar a las dos tendencias contrapuestas que sintetizan el movimiento neoconfuciano: la escuela de la Mente y la escuela del Principio. Tres enseñanzas: Doctrina expuesta por Lin Chaoen en el siglo XVI para conciliar las ideas del confucianismo, el budismo y el taoísmo. Wang Bi: Filósofo chino del siglo II d.C. Pese a haberse formado en parte bajo el taoísmo, consideraba que Confucio era más sabio que Lao-tsé, y se aproximaba más a su doctrina del no-ser, llamada Estudio Oscuro. Wang Yangming: Máximo exponente de la neoconfuciana escuela de la Mente, cuyos presupuestos constituían el camino hacia la sabiduría menos elitista y compleja y concedían gran importancia a la intuición por encima de lo analítico. Xing: Según Confucio, término identificable con la naturaleza humana. El budismo chino también adoptó el término. Xunzi: Uno de los más conocidos seguidores de Confucio. Vivió en el siglo III a.C. y su pesimista conclusión sobre la moralidad humana se opone a la de Mencio. Mientras que para Mencio el hombre es bueno por naturaleza, para Xunzi es innatamente malo, por lo que la única solución es aplicar los principios confucianos para controlar las previsibles conductas malvadas de los hombres. Yuan: Dinastía mongola que gobernó China en los siglos XIII y XIV. Instauró la costumbre de los rígidos exámenes de ingreso para acceder a determinados cargos, cuyo contenido era la doctrina de Confucio, a través de los textos de Chu XI. Este sistema, con algunas modificaciones, se mantuvo vigente en China hasta el siglo XX. El mito de la creación del universo en el Asia Central Cosmogonías del frío Buriatos, tártaros, calmucos, beltires, yakutos, teleutes... son pueblos que tienen unas concepciones cosmogónicas prácticamente idénticas. Se distinguen unas de otras tan sólo por unas pequeñas diferencias que atañen a los nombres de las divinidades y a sus atributos. A lo largo de la cordillera de Altai, que se encuentra en el centro de Asia, se establecieron diversas comunidades que sufrieron las sucesivas invasiones de las tribus guerreras de turcos, hunos y mongoles. Estos pueblos, unidos por una lengua propia (la altaica), se extendieron hacia el norte hasta llegar a la taiga siberiana. Esta expansión les permitió asimilar ideas religiosas de otras zonas, principalmente de China y la India, pero también aparecen influencias iranias, cristianas, tibetanas e islámicas. Aunque los habitantes de esta región abrazaron el cristianismo ortodoxo, en la actualidad todavía persisten algunas de sus ideas religiosas más arcaicas y ciertos mitos ancestrales, como la creencia en el dios celeste y la pervivencia del chamanismo. La deidad creadora El dios Tangri (que, según las variantes, recibe los nombres de Tengri, Tengeri, Tingir y Tangere) es la divinidad suprema. La palabra tangri (que tanto en turco como en mongol significa a la vez dios y cielo) da una pista sobre las principales características del dios, entre las que destacan su cualidades de eterno, fuerte, elevado, así como blanco y celeste. Se trata de una deidad creadora que separó el cielo de la tierra, y a quien en algunos casos se atribuye el origen del hombre; sin embargo, no se le considera responsable ni de las enfermedades ni de la muerte, ambas debidas a los malos espíritus (Kormos es uno de ellos). Tangri es omnisciente y no sólo decide el orden cósmico y la organización del mundo, sino que rige el destino individual y colectivo de los hombres. Sus designios tienen un peso específico en la estructura social, por ello todos los soberanos reciben la investidura del cielo: los gobernantes son los representantes en la tierra del cielo divino. Cuando no existe ningún dirigente, esta divinidad se fragmenta en numerosas deidades celestes (Tengri): dios de la tormenta, de la fecundidad cósmica, etc. Aunque no se sabe a ciencia cierta si tuvo templos dedicados a su persona ni se conserva ninguna representación en forma de estatua, Tangri era invocado, se le dirigían plegarias y se le ofrecían sacrificios (caballos, toros y carneros), especialmente antes de emprender una campaña bélica. Los cometas, las carestías y las inundaciones eran considerados manifestaciones de su enojo con los hombres. Cosmogonía altaica Por lo que respecta a la concepción del mundo, a pesar de que los pueblos altaicos conservaron varios elementos autóctonos antiguos, asimilaron y reinterpretaron muchas ideas foráneas. Su noción del universo se basa en la unión de tres niveles: el cielo (ámbito de las divinidades y donde tiene su palacio Bai Olgan, "el de arriba", la tierra (ocupada por los hombres) y el infierno (regido por Erlik Khan, el soberano del averno, es el lugar donde van a parar los muertos). La estructura del mundo se concibe como la superposición de estos tres planos, cuyo peso sostiene un animal (una tortuga o un pez, según las tradiciones) para impedir que se hundan en el océano. Existen dos representaciones muy gráficas del cielo: como si se tratara de una tapadera de la tierra (que da origen a los diversos vientos cuando no está bien cerrada) o como si fuera la carpa de una tienda. Las costuras de esta carpa conformarían la Vía Láctea, y el poste principal de la tienda, la estrella Polar. Por este eje (que, según las variantes, recibe los nombres de "columna de oro", "columna de hierro" o "columna solar" los dioses bajan a la tierra y los muertos descienden a los infiernos. Los hombres representan este vínculo con las deidades a través de unas estacas llamadas "columnas del mundo", que colocan en el exterior de sus yurtas (viviendas). En el interior de los hogares, un poste principal o la abertura por la que sale el humo se encargan de simbolizar la unión entre el cielo y la tierra. El centro del mundo se representa mediante el árbol cósmico, elemento fundamental en las ceremonias chamánicas. El árbol une las tres regiones que conforman el universo: se erige en el centro de la tierra, las ramas superiores llegan al cielo y sus raíces se hunden en el subsuelo. Según algunas versiones, los Tengri se alimentan de sus frutos, mientras que otras variantes cosmogónicas sugieren que las almas de los niños que todavía no han nacido reposan como pájaros entre el follaje. Para los altaicos, el origen del universo se desencadena a partir del acto de creación de un dios que recibe los nombres de Sombol-Burkan, Ocirvani u Ocurman, según la tradición. Esta divinidad ordena a un animal (que en ocasiones es un anfibio, un ave acuática o un cisne blanco) que se sumerja en las vastas aguas primigenias: del fondo de ellas debe extraer un poco de lodo con el que posteriormente el dios moldea al hombre (al que insufla un alma) y todas las cosas del mundo. En algunas versiones de este mito tan universalmente difundido (es conocido incluso en la India y América del Norte), el protagonista de la inmersión se convierte en un perverso rival de la divinidad que ha creado el mundo. Esta variante posibilita una interpretación dualista de la realidad: la figura maligna es muy útil para explicar las imperfecciones de la creación, la condición mortal de los seres humanos y la existencia del mal. Sin embargo, otras veces no es el buceador cosmogónico quien se convierte en antagonista, sino las fuerzas del mal, personificadas en Erlik Khan o en Cholm ("el adversario". A ellos se deben tanto las impurezas de la tierra como las del hombre. El chamán, individuo capaz de descender a los infiernos y tratar con los espíritus, es el encargado de reparar algunas de estas anomalías. SHALOM
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El hinduismo La religión hindú pretende que los creyentes se liberen de las ataduras terrenales a fin de que les sea posible apreciar los valores supremos: la Bondad, la Verdad y lo Eterno. La palabra "hindú", que hace referencia al río Indo, es un término de origen moderno que sólo empezó a utilizarse hacia 1800 como referencia a una tradición religiosa desarrollada durante varios miles de años y entrelazada con la historia y el sistema social de la India. La religión hindú no remonta sus orígenes a un determinado fundador, no tiene profetas ni un sistema de doctrinas establecido canónicamente, ni siquiera una estructura institucional determinada, sino que, abarcando creencias y prácticas religiosas diversas, se limita a poner el énfasis en el recto modo de vivir de la persona. Las diversas tradiciones de la religión hindú están unidas por rasgos comunes, basados en la creencia fundamental en la reencarnación (o nueva identidad) marcada por las acciones, buenas o malas, de una vida anterior. Una mística milenaria El hinduismo, una de las grandes religiones de la historia de la humanidad y una de las que han pervivido, procede de una tradición antiquísima, milenaria. Su misticismo constituye todavía hoy una llamada al espíritu. En un momento difícil de precisar, pero con toda seguridad anterior a 1200 a.C., unas tribus indoeuropeas se asentaron en el Punjab. Su modo de vida era nómada, pero conocían la escritura y nos legaron un documento religioso arcaico: el Rig-Veda, una colección de himnos que probablemente se cantaban en los antiguos rituales. Muchos de los himnos del Rig-Veda están dirigidos al dios del fuego, Agni, fuego que se refiere tanto al físico como al sagrado -el del hogar-, e incluso al fuego de la combustión digestiva, lo cual anticipa la idea común a varias religiones de un dios personal en el interior de cada ser humano. En los rituales védicos también era importante Soma, divinización de la bebida sagrada que probablemente se destilaba a partir de setas alucinógenas. Completa la trilogía de dioses védicos principales Indra, dios fálico de la lluvia y la fertilidad, campeón y rey de los dioses. En el hinduismo posterior, estos tres dioses cederán el protagonismo a Visnú y Siva. El "Rig-Veda" y los "Upanishad": primeros textos indoeuropeos El contenido del Rig-Veda es esencialmente litúrgico, aunque también presenta referencias al destino del ser humano y a aspectos cosmogónicos y mitológicos. En el siglo X, estos dos últimos temas se concentraron en las Brahmanas, texto en el que cada paso de los ritos védicos está justificado con algún argumento mitológico que narra las aventuras de los dioses y los demonios de la mitología hindú. El elemento místico reaparece entre el 800 y el 600 a.C. en los Upanishad que, surgiendo de la tradición védica, se centran en conceptos filosóficos: la unidad del alma y la divinidad, la transmigración y la estructura del cosmos explicado como las partes de un animal desmembrado durante una ceremonia. Dos aspectos importantes en el contenido de los Upanishad y, por tanto, de las prácticas religiosas de aquella época fueron el yoga y el ayuno. Ambas técnicas eran probablemente un intento de alcanzar el éxtasis por métodos distintos de los que usaba la religión védica arcaica. Como sabemos, el éxtasis védico se lograba ingiriendo el soma o bebida sagrada; el yoga, el control de la respiración y el ayuno eran técnicas equivalentes. El período védico finalizó aproximadamente en el 600 a.C. El período épico de la cultura hindú (300 a.C.-300 d.C.) En la religión hindú existen tradiciones grandes y pequeñas aportadas tanto por la población indoaria como por los pueblos del sustrato precedente. Así mismo, se ha de distinguir entre la labor religiosa de los sacerdotes védicos e hindúes y la influencia del folclore de la zona. La primera, como hemos visto en la cultura védica, proporciona los textos más claramente místicos y la segunda, una visión más popular del mito, que será recogida en las dos grandes epopeyas de la India: el Ramayana y el Mahabharata. El Ramayana fue redactado y completado en una época en la que la cultura hindú sufrió grandes cambios: su carácter palaciego puede provenir de la época en que se produjo el crecimiento de las grandes y complejas urbes indias. Su autor fue Valmiki y lo escribió en sánscrito, pero la epopeya que narra (el secuestro de la princesa Sita por el demonio Ravana y su posterior rescate por el rey Rama y el mono Hanuman) ha visto muchas traducciones posteriores, desde la tamil hasta la hindi, y otras muchas en las lenguas del Sudeste Asiático. Su contenido religioso es evidente, pues Rama pasa de ser un hombre a convertirse en encarnación del dios Visnú. El mono Hanuman no deja de ser una especie de dios menor, muy popular entre las clases humildes de la India. El Mahabharata es un texto mucho más largo y variado y difícil de fechar. Se fue completando en varias reelaboraciones entre el 200 a.C y el 200 d.C. Además de la historia de la rivalidad entre las familias Kaurava y Pandava, incluye muchos temas: míticos, cuentos populares, discursos filosóficos, discursos de pensamiento social y versos de albanza a los dioses Visnú y Siva. Todo ello perfectamente integrado en la trama. Más adelante hablaremos extensamente de ellos. Ahora, nombremos otros frutos de este texto, el más rico de la cultura hindú antigua, entre ellos: pasajes claramente filosóficos, como el célebre Bhagavad Gita o los Vedanta; tratados de pensamiento social, como los Dharmash Astras, cuyo contenido es esencialmente de ética social; y por último, himnos de alabanza, los bhakti, de origen tamil, que consisten básicamente en la cita de los mil nombres y epítetos de Dios. En ellos es claramente perceptible la influencia popular en la intelectualidad remota de lengua sánscrita. Otro libro esencial para entender la cultura hindú son los Puranas, un conjunto de mitos y cuentos populares escritos en sánscrito que incluyen a los dioses de la tradición védica y la posterior, y en los que se reivindican los rasgos de lo femenino en la cultura hindú. Todos estos libros constituyen el paradigma y la culminación del hinduismo: una síntesis entre la tradición sánscrita de los sacerdotes arios y las costumbres populares indias con su mundo de brahmanes, tigres, mitos e historias maravillosas. Las creencias hindúes Samsara: Proceso de nacimiento y renacimiento que se repite vida tras vida en las sucesivas reencarnaciones. Supone un ciclo de vida ininterrumpido: nacimiento-muerte-renacimiento. Brahma: El objetivo principal de las reencarnaciones es conseguir la purificación a lo largo de las sucesivas vidas. La purificación permite al hombre liberarse del ciclo y formar parte de la realidad última eterna: el Brahma, que a su vez es el origen de toda la creación. Karma: Cuando muere una persona, su alma renace en otro cuerpo, sea éste humano o animal. La forma y condición particular, placentera o no, de renacimiento es el resultado del karma, ley por la cual las consecuencias de las acciones dentro de una vida se tienen en cuenta para la siguiente, e influyen en el carácter de quien ha sido reencarnado. Moksha: El proceso de reencarnación finaliza cuando el hindú alcanza la meta espiritual última, el moksha, que es la liberación definitiva del ciclo samsara, la liberación de todas las ataduras terrenales y el retorno al descanso eterno de la divinidad. Los cuatro objetivos de la vida El hinduismo tradicional afirma que deben alcanzarse cuatro objetivos en la vida: 1. Dharma: el cumplimiento de los deberes impuestos a cada uno en función de su situación en la vida; se consigue a través de la amabilidad, la verdad, la ayuda a los vecinos, el amor a la humanidad y el sacrificio por el pueblo. 2. Artha: la consecución de la prosperidad material y la búsqueda de la legitimación del éxito. 3. Kama: el disfrute del placer legítimo. 4. Moksha: liberación definitiva de las ataduras de este mundo. La religión védica En el período védico, hacia el año 1500 antes de nuestra era, el valle del Indo fue invadido por tribus arias procedentes de Asia central. La invasión, con el tiempo, produjo la fusión de elementos culturales foráneos con los autóctonos. Seiscientos años más tarde, la tradición oral, compuesta ya por todos aquellos elementos, dio paso a la tradición escrita, y las creencias religiosas se recogieron en textos sagrados que hoy conocemos como los Cuatro Vedas. La religión védica está basada en sacrificios rituales de animales a distintos dioses, y en particular a Indra y Agni, que tienen mucho en común con los antiguos dioses griegos, que también representan elementos de la naturaleza. Los sacrificios son realizados por los brahmanes, funcionarios del culto especialmente entrenados para este menester. Los cantos sagrados que acompañan a los sacrificios fijan las bases de los mantras, como un camino que comunica el cielo con la Tierra. La cosmogonía hindú En el sur de Asia, el primitivo panteón védico de 33 devas dio paso al trimurti (trío sagrado), compuesto por Brahma, Visnú y Siva, al que posteriormente se incorporaron otras divinidades. Brahma, cuya figura a veces se asocia a la de Prajapati, es considerado el creador. De su cuerpo surgió una joven de la cual se enamoró y con quien tuvo un hijo, Manu, el primer hombre. Esta divinidad suele ser representada con mil caras, recordando cómo, prendado de su hija amante, la seguía con su mirada. La duración del universo se cuenta según la duración de la vida de Brahma, cada día de su existencia equivale a un año de la de los hombres; en este período, el dios crea el universo durante el día y lo desintegra por la noche. Con el tiempo, su prestigio cedió ante el de Visnú y Siva. Uno de los calificativos de Visnú es "el de los grandes pasos", pues su tres célebres zancadas convirtieron el universo en un lugar habitable para los dioses y los hombres. Amigo y aliado de Indra, ayuda a este dios en su lucha contra la serpiente Vritra. Está casado con Shri, una bellísima deidad asociada a la fertilidad y considerada paradigma de la lealtad de la esposa hindú (complaciente, fiel y sumisa a su marido). Siva está revestido de características contradictorias. Por un lado, se le considera un dios malévolo, vengador y causante de todo tipo de desastres, mientras que por otro aparece vinculado al ascetismo (suele representarse meditando en el monte Kailasa). Así, entre sus atributos, además de un terrorífico collar de calaveras, cuenta con el tercer ojo de la iluminación. Seductor empedernido, se le relaciona con lo erótico, por eso se le rinde culto en forma de linga o falo sagrado. En ocasiones se le venera como "el señor de la danza", y entonces tiene cuatro brazos y su figura aparece rodeada por un círculo en llamas. La deidad más popular entre los poetas del Rigveda es Indra. Dios guerrero, domina la región intermedia (la atmósfera) y es el señor de todo lo húmedo. Aunque sus calificativos hacen referencia a la fuerza que posee ("el que empuña el rayo", "el señor poderoso", "el de los mil ojos", su gran afición al soma contribuye, sin duda, a su imbatibilidad. Tras reemplazar a su antecesor Varuna, se erigió en jefe de los dioses, a los que capitanea en su lucha contra las divinidades maléficas (asuras). Su combate más famoso es el que mantuvo con la serpiente Vritra ("la que no tiene hombros": el maléfico reptil tenía encerradas las aguas hasta que la poderosa deidad, tras derrotarlo, las liberó abriendo canales en las montañas y formando los ríos. El triunfo de Indra representa la victoria de la vida contra la esterilidad (estancamiento) y la muerte. Durante el período clásico se convirtió en dios de la lluvia. En los Puranas aparece como pecador. Su carácter belicista y el hecho de haber seducido a la esposa de un sabio hacen que pierda brillo. Menos popular que Indra, Varuna fue considerado durante un tiempo el dios supremo por excelencia, creador del mundo y regidor de los dioses y los hombres. Tiene el poder de atar a los seres humanos, por eso suele representársele con una cuerda en la mano. El Rigveda dice de él que "estiró la tierra para que sirviese de alfombra al sol" y puso "leche en las vacas, inteligencia en los corazones, el sol en el cielo...". Es omnipresente e infalible: quien se resiste a la ley es responsable ante Varuna y el culpable sólo es absuelto tras llevar a cabo los sacrificios que el propio dios ha establecido. Como muchas otras divinidades, está relacionado con un animal: la serpiente Ahi, que se identifica con el Sol. El astro rey, al alba, se libera de la noche de la misma manera que Ahi se libera de su piel. El dios Agni representa el fuego y se encuentra en la madera, el agua y las plantas. Nace en el cielo y desciende a la tierra en forma de relámpago; esta conexión le convierte en mensajero entre los dos mundos (a él se le dirigen las ofrendas para que lleguen a los dioses). Eternamente joven, pues renace con cada fuego que se enciende, en el Rigveda se afirma que "jamás envejece". Es dios del sacrificio y a la vez sacerdote, por eso se le invoca constantemente (ahuyenta los demonios y protege de las enfermedades y hechicerías). El panteón védico está dominado por los dioses. Las pocas diosas de que se tienen noticia desarrollan un papel oscuro. Por ejemplo, bajo el nombre de Devi (la diosa) o de Mahadevi (la Gran Diosa) se agrupan diversas divinidades femeninas del panteón hindú clásico. Una de las más diferenciadas es Aditi ("la no ligada", o sea, la libre). Se la identifica con la tierra y representa la anchura, la libertad, lo que hace pensar que tal vez se trate de una antigua Diosa Madre. Pavarti (también llamada Uma) es la paciente esposa de Siva. No se deja desanimar por la conducta y costumbres groseras del dios. Con una encomiable tenacidad, logra domesticar a su misantrópico cónyuge. Durga, en cambio, es una diosa guerrera (inalcanzable para sus pretendientes e invencible en combate). Armada con arcos, espadas y tridentes, lucha contra los demonios que amenazan con desestabilizar el universo. Se la representa con ocho brazos. Kali, que brota de la frente de Durga cuando ésta se enoja, es aún más peligrosa. Calificada como "la oscura", contribuye a la aniquilación de los demonios, pero en ocasiones, cegada por la sangre, destruye la tierra y siembra el pánico entre los hombres. Tiene la apariencia de una bruja demacrada y suele representarse adornada con un collar de calaveras o cabezas cortadas. Los sacrificios de animales forman parte de su culto y son espectaculares: en su templo se sacrifican cabras a diario y, en épocas pasadas, se le ofrecían víctimas humanas. La diosa Mariyamman también es terrible. Perteneciente a la casta de los brahmanes (sacerdotes), se casó con un intocable que se vistió como uno de su clase; encolerizada por el engaño, tiene por costumbre castigar a los intocables y reducirlos a cenizas. Otras diosas menos conocidas son Usas (diosa de la aurora), Ratri (de la noche), Sitala (de la viruela y afecciones de la piel) y Shashti (del parto). A muchas se les ofrecen en sacrificio búfalos en memoria de Mahisha, un demonio búfalo que mató Durga. Cosmología hindú En el hinduismo, el culto a las imágenes es un elemento esencial tanto en el hogar como en los templos. El templo es erigido como el hogar de la imagen del dios y "guarda" su presencia. De acuerdo con la estructura del universo, la imagen se sitúa en el punto más alto, en el eje del mundo. El poder sagrado del universo es plasmado de distintas formas mediante diagramas cósmicos, llamados yantras o mandalas, y también es recopilado en los cantos sagrados -cuyo sonido evoca la energía y el orden- llamados mantras. La cosmología hindú contempla el universo como un círculo (mandala) dividido en zonas. Se trata de una ordenación concéntrica con un cuadrado, divido a su vez en cuadrados más pequeños alrededor de la divinidad suprema. El mandala une el mundo de los dioses con el templo, que se basa en la misma estructura geométrica. Los diagramas, llamados yantras, están a su vez basados en el mandala y se refieren a las diversas deidades y prácticas religiosas. El yantra más complejo en imágenes, color y diseño es conocido como Shri Yantra, y expresa los poderes e influencias de Shakti, la Diosa Madre. Algunos datos sobre las religiones de la India Hinduismo Origen: A partir del brahmanismo, en el siglo IX Distribución geográfica: India, Pakistán, Bangladesh, Bután, Malasia y Reino Unido (migración) Situación actual: Religión oficial de la India Jainismo Origen: Fundada por Nataputta en el siglo VI a.C. Distribución geográfica: Maharashtra y Rajastán (oeste de la India) Situación actual: 3 millones de seguidores en la India Sijismo Origen: Fundada por Nanak en el siglo XVI Distribución geográfica: 12 millones de seguidores en el Punjab; 4 millones en otras zonas Situación actual: Activo en el Punjab, donde reivindica independencia político-religiosa Islam Origen: Fundado por Mahoma I en el siglo VI Distribución geográfica: 800 millones de fieles en Oriente Medio, Pakistán, Indonesia, Singapur, India, Afganistán, etc. Situación actual: Se mantiene en las zonas citadas, tanto en la opción sunita como la shiíta Zoroastrismo Origen: A partir del mazdeísmo de Zoroastro, en 1400 a.C Distribución geográfica: De Persia pasó a la India en un flujo migratorio de los parsis Situación actual: Practicado por cien mil parsis al oeste de la India. La trinidad hindú Una constelación de símbolos La idea de Dios está contenida en la palabra "brahman", que significa el origen y la causa de toda existencia. Dios se muestra de distintas formas y es adorado representado en diferentes dioses. Por encima de todas las deidades se encuentran tres dioses masculinos, que constituyen el máximo exponente del ciclo continuo de la vida formado por la creación, la preservación y la destrucción. Brahma, el creador Es el señor de toda la creación. Está por encima de la adoración humana y tiene dedicados muy pocos templos. Se le representa con cuatro caras orientadas hacia las cuatro direcciones del espacio, porque es el creador del universo. Originariamente tenía cinco rostros, pero Siva destruyó el quinto porque Brahma le ofendió. En sus ocho manos sujeta los Cuatro Vedas, que representan el conocimiento; un collar con forma de rosario, que significa el tiempo; un recipiente con agua, que simboliza la fertilidad, y un instrumento para los sacrificios, ya que el mundo fue creado mediante el sacrificio. Brahma aparece sentado sobre una flor de loto que simboliza la creación y un cisne o un ganso, que son su vehículo y representan la sabiduría. Visnú, el preservador Es el dios encargado de preservar la vida y a todos los seres vivos. Es el responsable del destino de los hombres. Se le representa bajo diez encarnaciones distintas -llamadas avatara-, de las cuales las dos más representativas son las de Krishna y Rama, y se le asocia con el amor altruista (lo cual induce a pensar que su culto podría derivar de otro destinado a un antiguo héroe erótico). Con una mano sujeta un disco solar o una maza dorada, que representa los elementos de la fuerza de la naturaleza, de los que se derivan los poderes físicos y mentales. En la otra mano sostiene un caracol marino, que simboliza el sonido "om", que es el que emerge de la creación. Su ojo izquierdo es oscuro y simboliza la noche, mientras que el derecho es claro y representa al día. El Sol emerge de su boca, su vestido está compuesto de llamas, en su cinturón aparece el arco iris y las nubes son el cabello de su cabeza. En su representación avatar como Krishna es de color azul, el color del infinito. Visnú se apoya sobre mil cabezas de serpiente, y su esposa, Lakshmi, es la diosa de la fortuna y aparece en cada una de sus diez encarnacaciones bajo una forma simbólica. Siva, el destructor Siva, el dios de la destrucción, también es conocido como dios del tiempo. En él convergen -y en él se resuelven- todos los extremos. Se le considera responsable tanto de la destrucción como de la creación, así como de la no creación: el comienzo es el fin y el fin es un nuevo comienzo. Aparece representado danzando dentro de un círculo de fuego que significa el eterno movimiento del universo, y reconciliando las fuerzas opuestas de la oscuridad y la luz. La danza representa la destrucción de Maya, el mundo ideal. Siva se representa despeinado, como símbolo de desprecio a la sociedad: sus cabellos representan los siete ríos sagrados de la India; por ello es el protector de las aguas del río Ganges que, para los hindúes, significan la vida eterna. En el rostro de Siva se observan otros símbolos, como un tercer ojo que significa el grado más alto de percepción, porque con él puede descubrir y destruir con fuego a los enemigos. Este tercer ojo apareció cuando su esposa, Parvati, le cubrió los otros dos durante un juego. Sobre el tercer ojo se encuentra la representación de la Luna creciente, que a su vez es el símbolo del toro Nandi, que representa la fertilidad. El cuerpo de Siva aparece rodeado por tres serpientes que actúan como armas defensivas ante cualquier enemigo. De las manos del dios, una simboliza la destrucción y el renacimiento porque guarda la llama de la destrucción; a través de la otra, el redoble del tambor ("om" supone la nueva creación; el gesto intrépido de mostrar la palma de la mano ofrece al fiel protección y favor, así como refugio seguro. El pie izquierdo levantado indica liberación, mientras que bajo el pie derecho aparece un demonio asesino sobre el que está danzando el dios. El culto a Siva es uno de los más populares entre los hindúes. En su honor se realizan prácticas y penitencias ascéticas, entre las que destacan el yoga y la renuncia. Siva tiene tres esposas: Durga, Kali y Parvati. Cada una expresa aspectos del carácter y facetas de la naturaleza del dios, así como su propia feminidad. Diosas, dioses y castas Aunque una de las características de la cultura védico-hindú es una cierta misoginia, de hecho ésta se contraponía a la tendencia natural de las tradiciones tribales de la región antes de las invasiones arias. Ni el Rig-Veda ni los Brahmanas ni los Upanishad tuvieron muy en cuenta a la mujer en su panteón divino. Hubo que esperar a que aparecieran los Puranas (textos sagrados con relatos sobre la vida de los dioses) para que se reivindicara lo femenino. Mahadevi, la Gran Diosa Madre, se presenta como la consorte de las principales deidades masculinas hindúes, aunque también engloba a miles de diosas locales, las llamas devi. Mahadevi, en sus distintas representaciones, puede ser benigna y fructífera, como Lakshmi o Parvati, o poderosa y destructora, como Kali o Durga. En toda la India hay muchos templos destinados a diosas. Algunos tienen orígenes tribales y están basados en la idea primitiva de que la tierra, o una Diosa Madre asociada a la fertilidad y a la agricultura, puede necesitar ofrendas de sacrificios sangrientos para calmarse. El culto de las diosas como energía femenina (Shakti) reviste una gran importancia en los antiguos textos conocidos como Tantras. En algunas tradiciones tántricas, la energía femenina es contemplada como un poder abstracto y creativo del dios Siva; sin embargo, en otras tradiciones está personificada en diversas formas, pacíficas o agresivas. Shakti, esposa de Siva, representa, frente a la conciencia pasiva de él, la energía o el poder del dios, aquél mediante el cual realiza los cinco actos de la creación, mantenimiento y destrucción del universo, concediendo la gracia a los devotos y, a la vez, ocultándose de ellos. La posesión espiritual chamanística es un componente del ritual de la Diosa Madre, sobre todo en las tribus y ciudades indias. El chamán entra en trance para asumir la personalidad de la diosa. Por último, no debe olvidarse la tradición del sati en el hinduismo ortodoxo. El sati es una forma de suicidio que se realiza cuando la viuda (que por serlo ha quedado al instante marginada de la sociedad) asciende a la pira funeraria del marido. Este acto de autoinmolación se considera como un sacrificio de purificación válido tanto para el marido difunto como para la propia esposa. El sistema de castas Durante la primera etapa de su desarrollo, la sociedad hindú fue dividida en cuatro clases o castas, llamadas varna. Cada una de ellas corresponde a un estilo de vida. Brahmanes: son los sacerdotes y representan la cúspide de la escala social. Kshatriyas: son los guerreros. Vaishyas: son los comerciantes y granjeros. Shudra: son los siervos y los trabajadores. En la actualidad, los gobiernos intentan mejorar la situación de un grupo todavía inferior, los dalit, también conocidos como "intocables", que realizan los peores trabajos en la sociedad tradicional hindú. Para la mentalidad occidental, la organización en castas puede parecer una forma brutalmente anticuada de relación social. Como contrapartida, la mentalidad hindú (compartida en este caso con el budismo y el jainismo) respeta siempre la ahimsa, un principio universal de respeto hacia todo lo vivo para no herirlo. Libros y sitios sagrados del hinduismo La permanencia de los dioses entre los hombres "El conocimiento de que este espíritu, que es esencialmente uno, está en el propio cuerpo y en todos los demás, es la gran finalidad, o la auténtica sabiduría, de aquel que conoce la unidad y los verdaderos principios de las cosas" (Visnú Purana). La religión y la mística hindúes se basan, desde la aparición de la escritura en la región central del sur de Asia, en los grandes textos sagrados. Destacan en primer lugar los Vedas, que se empezaron a escribir hace más de mil años antes de nuestra era. Los Cuatro Vedas constan del Rig-Veda, que recoge las canciones o himnos sagrados de alabanza a los dioses elementales de la tierra, el fuego, el aire y el agua; el Sama Veda, que reúne las melodías y los cantos entonados por los sacerdotes durante los rituales de sacrificio; los Yahur Veda o fórmulas sacrificiales y, por último, el Athava Veda (añadido con posterioridad) que contiene encantos, hechizos y cantos de exorcismo. Aparecieron más tarde las obras filosóficas hoy conocidas como Upanishad o Vedanta. Se trata de escritos que consolidan la filosofía hindú y muestran un cambio significativo de la religión hacia la interiorización y espiritualización de los conceptos, desmitificando a la vez gran parte de la tradición védica. En su doctrina, el moksha no se puede alcanzar solamente a través de la acción ciega, sino que, en su lugar, el devoto debe vencer la ignorancia (avidya) y adquirir el conocimiento (jnana) de la verdadera naturaleza del universo, esa que el engaño (maya) oculta al individuo. Por último, y después de los Puranas con sus historias sobre la vida de los dioses, surgieron los dos textos cruciales de la literatura hindú: el Mahabharata y el Ramayana. Mahabharata y Ramayana El Mahabharata fue escrito entre el 300 y el 100 a.C. Es el poema épico más largo de la historia de la literatura universal. Fue transmitido por tradición oral de generación en generación y no se imprimió por primera vez hasta el siglo XIX. El argumento central refiere el conflicto entre Kurus (los espíritus del Mal) y Pandus (los espíritus del Bien). En forma de relato histórico basado en discusiones, el poema desarrolla aspectos de la vida hindú, incluyendo las leyes, la política, la geografía, la astronomía y las ciencias. Como consecuencia, lo que surge, junto con una emocionante historia de guerra, es una obra de gran calidad sobre el pensamiento hindú. La parte central es conocida como Bhagavad Gita ("La canción del Señor" y reproduce el diálogo entre Krishna (un avatar o representación de Visnú) y su cochero, Arjuna. Analiza cuestiones esenciales de la vinda hindú y constituye una meditación sobre las vías a través de las cuales se puede conseguir la liberación, la devoción y el conocimiento. El Mahabharata está considerado como una enciclopedia del hinduismo, y el Bhagavad Gita es como su biblia. El Ramayana fue escrito alrededor del año 200 a.C. y narra las aventuras del príncipe Rama de Ayodhya, quien, mientras estaba con sus hermanos y compañeros, rescató a su esposa Sita de las garras de Ravana, el rey de los demonios de Lanka. Esta obra concentra en Ravana el símbolo de la ambición y la codicia, vencidas por el orden cósmico y la bondad de la mujer y la familia. Los lugares sagrados Los destinos de las numerosas peregrinaciones promovidas por la religiosidad hindú puntean los lugares sagrados, siempre asociados al lugar de nacimiento de un dios, a orillas de los ríos o en la cordillera del Himalaya. La peregrinación, para la religión hindú, simboliza el paso de una vida a otra, y la transición del samsara al moksha que cada fiel espera realizar en sí mismo. El río sagrado por excelencia en la India es el Ganges y su lugar de culto preferente es la ciudad de Benarés. Otras ciudades sagradas están asociadas a diversas leyendas de culto; algunas fueron el lugar donde los dioses, como Kurukshetra, Ayodhya o Matua, se manifestaron a los hombres. Ritos del hinduismo El hindú puede realizar sus ritos de adoración en el hogar o en los templos. En el hogar, la puja es una oración diaria que se realiza frente a un altar ricamente decorado con imágenes o esculturas de los dioses preferidos. Las familias acomodadas destinan una habitación de la vivienda a este fin. La adoración se inicia con el mantra, plegaria principal que incluye la palabra sagrada "om" con la que es posible entrar en contacto con la divinidad. A éste le siguen otros mantras. Puede realizarse cualquier día, pero el jueves se considera especialmente favorable. Cuando el escenario de la adoración es el templo, ésta se realiza en el espacio exterior y bajo la supervisión de los brahmanes, que conducen las plegarias leyendo los textos sagrados y recitando mantras. Se considera que la divinidad vive en todas partes, pero el templo es su morada especial, por lo que sólo los sacerdotes pueden acercarse a la divinidad residente en el santuario ubicado en el interior. Antes de las plegarias, los miembros de la congregación llevan a cabo rituales elaborados para la purificación: lavado de los pies, enjuague de la boca, preparación de una comida especial y presentación de ofrendas. Conceptos básicos del hinduismo Arjuna: Personaje del Bhagavad Gita, al que se considera reencarnación del dios guerrero Indra. Ante la disyuntiva de cumplir con su deber o de incumplirlo para salvar la vida de sus primos, mantiene un diálogo ético, filosófico y religioso con Krishna. Asana: Postura del yoga. En descubrimientos arqueológicos de la civilización del valle del Indo (antes de 2000 a.C.) se han hallado sellos con figuras de asanas. Atman: Alma. En el hinduismo se presupone que el atman vive varias veces en distintos cuerpos, hasta que se completa el ciclo de la moksha. Avatara: Manifestación visible de una deidad, en forma de animal o humana. Bhakti: Originalmente, "sendero de la devoción" dentro de la religión hinduista. Posteriormente (a partir de la Edad Media), movimiento de religiosidad más ascética y personal, probablemente influido por el sufismo y el islam. Brahma kumaris: Nuevo movimiento religioso de carácter dualista, integrado principalmente por mujeres. Casta: Sistema de división sociorreligiosa característica del hinduismo. Es una palabra portuguesa que adapta el concepto hindi original: varna (color). Cada varna se divide en varios grupos, llamados jatis. Civilización del Indo: Cultura muy anterior (2400-1800 a.C.) al desarrollo del hinduismo, pero que incluye numerosos aspectos de sus prácticas religiosas, entre ellos el yoga. Las dos ciudades principales de esta poco conocida civilización fueron Mohenjodaro y Harappa. Darshan: Audiencia con un gurú, especialmente en el movimiento Sathya Sai Baba. Dharma: Ley social. Se puede identificar también con el concepto de ética y centra gran parte del diálogo del Bhagavad Gita. Es a la vez un dios del panteón hindú. Intocable: En el sistema de castas establecido por el hinduismo, la más baja. Sin embargo, el propio Shiva apareció en la Tierra como un hombre sucio y desnudo, perteneciente a esta casta. ISKON: Siglas de Nuevo Movimiento Religioso, más conocido como Hare Krishna. Practican el yoga bhakti y la estructura de su congregación es sectaria. Kalki: Encarnación semihumana del dios Visnú como un héroe que, montando a lomos de un caballo blanco, derrotó a los bárbaros. Kama: Dios del amor; su esposa es Rati, diosa de la voluptuosidad. Krishna: Deidad variopinta de la mitología que ha ido adquiriendo importancia con el paso del tiempo. En los Puranas aparece como un niño, en las epopeyas como un hombre adulto y en los textos antiguos -como el Rig-Veda- ni siquiera se le menciona. Se le supone una encarnación de Visnú y parece el vínculo más claro entre los dioses y los hombres. Linga: Culto fálico que se tributa al dios Siva, cuyo falo fue cercenado por los sabios a cuyas esposas había ultrajado. Maha mantra: Verso o estrofa principal que se suele repetir en un cántico hindú. Maya: Generalmente traducido como "ilusión", su significado se relaciona con el poder creador y transformador de un dios védico. El hinduismo considera que el mundo es maya, emanación de una energía divina, atractiva y misteriosa a la vez. Narasimbha: Encarnación del dios Visnú, llamado también Hombre-león. Narasimbha derrota a los demonios y rescata de sus entrañas al hijo del diablo, devorado por adorar a Visnú. Puja: Culto que rinden los hindúes a determinadas deidades. Puede celebrarse en el templo, pero también en casa, especialmente en la cocina. Prahapati: Nombre con que en ocasiones se designa al dios creador Brahma. Sai Baba: Fundador del Sathya Sai Baba, movimiento derivado del hinduismo cuyo objetivo fundamental es apartar a sus fieles del materialismo. Sankirtana: Servicio religioso multidisciplinar (culto, cocina, pedagogía, jardinería) que ofrecen los Hare Krishna. Sannyasins: Hombres santos y vagabundos que han renunciado al mundo. A diferencia de las demás castas no son quemados al morir, sino inhumados. Shiv baba: Según Brahma kumaris, alma suprema que contiene todos los atributos de amor, pureza, beatitud, poder y paz. Soma: Deidad de la mitología. Tiene su origen en la cultura védica, de la que, junto a Indra y Agni, es uno de los tres puntales. Recibe el nombre de la bebida de efectos alucinógenos que usaban los sacerdotes védicos para alcanzar el éxtasis en las ceremonias. Tamil: Etnia melanohindú cuyos cultos en el sur de la India y en Sri Lanka presentan un hinduismo influido por el sustrato cultural de aquellos lugares y se transforma en una forma de religiosidad muy apasionada y personal. Trimurti: Trinidad hindú compuesta por Brahma, Visnú y Siva. Veda: Conocimiento sagrado. Vitra: Gran Sacerdote de los demonios que aparace como rival de los dioses en los Brahmanas. Yogui Bajan: Antiguo oficial de aduanas y agente de la Interpol, fundador del Nuevo Movimiento Religioso Fundación 3HO, de tendencia sij. Yudhistira: Personaje que aparece en el Mahabharata. Se trata de un rey que es la reencarnación natural del dios Dharma y, por tanto, simboliza la ley social. El hinduismo en el siglo XX Un misticismo exportable La religiosidad de la India y su zona de influencia (Pakistán, Bangladesh) tiene raíces milenarias, pero jamás había sido exportada a Occidente. Sin embargo, desde las primeras aproximaciones de Madame Blavatsky y Henry Olcott, el siglo XX ha mostrado un creciente interés por la espiritualidad de estas zonas. El concepto de gurú se ha exportado con facilidad, probablemente por la ausencia de líderes religiosos en un Occidente cada vez más laico, donde la figura de los sacerdotes cristianos ha ido perdiendo fuerza. La migración de paquistaníes, indios, etc., a países como el Reino Unido o Estados Unidos ha facilitado aún más su adaptación. Sin embargo, algunas de estas corrientes han quedado reducidas a cultos prácticamente sectarios. Brahma kumaris y TM: meditación exportable Probablemente, el aspecto de las religiones del subcontinente indio que mayor interés ha despertado en la agobiada sociedad occidental es el de la meditación: dedicar un tiempo al día a reflexionar se ha convertido en un verdadero bálsamo psicológico para un gran número de occidentales que se acercan a las derivaciones del hinduismo. Los dos movimientos que más hincapié hacen en este concepto son Brahma kumaris y TM (Meditación Trascendental). Meditación Trascendental es considerado por algunos un nuevo movimiento religioso, mientras que para otros se reduce a una simple técnica. Fue fundado en 1958 en la India por Maharishi Mahesh Yogui, quien poco después exportó su método a Occidente. El gurú Maharishi se hizo mundialmente famoso como instructor a finales de la década de 1960 con los Beatles (la influencia de la cultura hindú se proyectó posteriormente en la obra musical de uno de ellos, George Harrison). TM es considerada en la actualidad una comunidad de iniciados que imparte cursillos místico-científicos para que sus adeptos mejoren su vida y su actividad laboral. La iniciación es sencilla y consiste en memorizar un mantra en sánscrito y meditar a diario. La relajación es un concepto importante en TM y sus adeptos han crecido tanto en Gran Bretaña como para formar un partido, el Natural Law Party, que ya se ha presentado a varias elecciones. Brahma kumaris, también llamado Universidad Mundial Espiritual, es un movimiento formado casi exclusivamente por mujeres (kumari significa "doncella", aunque fue fundado en 1937, en la India, por un hombre llamado Dada Lejraj. Brahma kumaris es una doctrina dualista sobre la distinción entre cuerpo y espíritu: una de sus oraciones diarias es un mantra que significa "mi cuerpo es sólo el vestido de mi alma". Sus miembros están obligados a practicar la castidad (incluso los casados) y la mayoría son mujeres porque esta religión las considera más espirituales, sensibles y pacientes que los hombres. Brahma kumaris se ha extendido en las últimas décadas por Europa y Estados Unidos. Esos locos de naranja: el movimiento Hare Krishna En la mayoría de países del mundo los transeúntes se han acostumbrado a ver a esos cantores y danzantes vestidos de forma estrafalaria, que hacen proselitismo constante por las calles y ofrecen sus pastelitos a los curiosos. Los famosos Hare Krishna pertenecen a un nuevo movimiento religioso llamado oficialmente Sociedad Internacional de la Conciencia Krishna y practican un tipo de yoga bhakti en el que el dios principal no es Visnú (como en el hinduismo tradicional) sino Krishna. Tampoco se trata del Krisnha de la mitología hindú, sino una especie de dios personal, adaptable a cada adepto por medio del amor. El movimiento fue refundado en pleno siglo XX por el gurú Swami Prabhupada, pero se basa en las enseñanzas de Caitanya, un maestro bengalí del siglo XV, experto en el Bhagavad Ghita. Sus conocidos cánticos obedecen al hecho de que su principal actividad devota es el canto congregacional de los nombres de Dios, en este caso Krishna, de quien el ser humano no es más que una chispa, aunque participa de su naturaleza divina, y con quien se unirá definitivamente cuando haya completado su karma a través de sucesivas reencarnaciones. Oran 16 veces al día. En lo social, la dependencia del devoto Hare Krishna de su gurú es casi total; practican una estricta dieta vegetariana, así como la abstinencia lúdica (tienen prohibido jugar) y sexual (sólo realizan el coito con fines reproductivos). El hecho de que los miembros masculinos de la congregación se rapen el cabello dejándose tan sólo una larga trenza obedece a su creencia de que de ella tirará Krishna para arrastrarlos hacia el cielo cuando llegue el momento. Con los flujos migratorios que van emplazando comunidades de origen hindú en todo el mundo, es de esperar que, por sincretismo e influencia recíproca, sigan proliferando nuevas derivaciones del hinduismo, mezcladas con conceptos occidentales. Distribución actual del hinduismo. Número de fieles Más de 600 millones Asia: India De uno a 20 millones Asia: Pakistán, Nepal, Bangladesh, Malasia, Sri Lanka De 100 000 a un millón Asia: Indonesia, Singapur, Birmania, Bután Europa y América: Estados Unidos,Reino Unido, Guayana África y Oceanía: Sudáfrica De 5 000 a 100 000 Europa y América: Holanda, Surinam, Trinidad, Canadá,Jamaica África y Oceanía: Zambia, Zimbabwe, Kenia, Tanzania, Malawi, Australia Sistemas filosóficos del hinduismo Nombre del sistema: Nyaya Fundador: Gautama Características: Se ocupa de la lógica y el análisis del razonamiento Nombre del sistema: Vaisheshika Fundador: Kanada Características: Atea y dualista; defiende que la realidad está hecha de alma y materia Nombre del sistema: Samkhya Fundador: Kapila Características: Dualista: distingue entre la materia y las incontables almas Nombre del sistema: Yoga Fundador: Patañjali Características: Busca llegar al moksha a través de disciplina mental Nombre del sistema: Purva mimamsa Fundador: Jaimini Características: Precedente de la filosofía vedanta Nombre del sistema: Vedanta Fundador: Badarayana Características: Es el sistema más importante; basado en los Upanishad, postula las reencarnaciones hasta conseguir la liberación y unión con la única realidad o Brahma. El jainismo Una religión sin dios creador El término jainismo procede de la palabra "jina", que describe a la persona que ha superado el apego a este mundo y ha ganado la victoria del conocimiento y la iluminación. El jainismo es una religión y filosofía autóctona de la India (concretamente de la cuenca del río Ganges, al nordeste del país). Su fundador fue Vardhamana Mahavira (599-527 a.C.), aunque su primer mentor fue posiblemente Parsva, personaje que vivió hacia el siglo IX y del que apenas se tienen datos. Surge como reacción contra el elitismo del sistema de castas hindú y la práctica de sacrificar animales. El jainismo guarda cierta similitud con el pensamiento budista. Los jainíes consideran que la salvación consiste en conquistar la existencia material a través de la adhesión a una disciplina ascética estricta, liberando así al alma de la obra del karma para una bendición eterna que lo conoce todo. La liberación exige la separación de la existencia mundana, de la que una parte esencial es la ahimsa, no herir a los seres vivos. Como uno de los dogmas centrales del jainismo, esta política se desarrolló a partir de la creencia de que, puesto que en la reencarnación una persona podía volver a la vida en forma de animal o insecto, ninguna criatura viviente debe ser herida. Para evitar el daño accidental a las criaturas, los jainíes deben llevar mascarillas en la nariz para evitar la inhalación de insectos y barrer bien el suelo que van a pisar. Su dieta es estrictamente vegetariana. El ideal ascético es fundamental tanto para el jainismo monástico como para el laico, aunque la renuncia definitiva sólo es factible en el primero. En el camino hacia la iluminación, los monjes y las monjas jainíes pronuncian cinco votos: ahimsa, no hacer daño a ninguna forma de vida; satya, decir siempre la verdad; asteya, no robar; brahmacharya, abstinencia sexual; aparigraha, renuncia a todas las ataduras y bienes terrenales. Los votos de la "no violencia" y "no causar daño" son fundamentales en el jainismo. En 1975, los jainíes decidieron adoptar el símbolo de la palma de la mano extendida como signo de paz. Existen seis profesiones que son tradicionalmente aceptadas por los jainíes: trabajos en la administración pública, escritores, trabajos relacionados con las artes en general, granjeros, comerciantes y artesanos. Esta religión se dividió en dos sectas: digambaras, que renuncian a todo lo terrenal, lo que lleva a creer que los hombres (las mujeres quedan excluidas) deben renunciar a vestirse, y shvetambaras, que creen que los monjes y las monjas deben vestir siempre ropas blancas. Creencias y ritos Los jainíes no creen en un único dios ni rezan a los dioses para que les ayuden. En su lugar, confían en guías espirituales o jinas, que les entrenan en los principios básicos de la doctrina: ascetismo, meditación y autodisciplina. Un concepto esencial en esta religión es el de karma (es distinto del de los hindúes y budistas). Para los jainíes se compone de finas partículas que se adhieren al alma, modelándola de forma gradual y aportándole un peso que la ata a la tierra. Todas las acciones, sean buenas o no, producen cierta materia kármica que se adhiere al alma, pero las malas acciones producen un karma más pesado, del que es más difícil liberarse. La liberación de la rueda de renacimientos tiene lugar en dos planos. Al abandonar la acción, es posible prevenir la aparición de un nuevo karma, y mediante la penitencia, centrada en la vida de austeridad, es posible alejar el karma ya adquirido. Por eso, la no violencia absoluta y la muerte voluntaria de hambre eran rasgos de la vida del fundador Mahavira y de otros santos jainíes. Cosmología La tradición jainí es atea, no existe el concepto de la creación del universo por Dios. Se considera que el cosmos es eterno e indestructible, y en él existen componentes "vivientes" y "materiales" en flujo continuo. Mahavira y otros tirthankaras descubrieron la naturaleza del universo, que en sánscrito recibe el nombre de loka. En el universo (loka) existen varios cielos y varios infiernos. En lo más alto del universo viven los tirthankaras y otras almas liberadas, y son superiores a los dioses que viven en los cielos debajo de ellos. En la parte central del universo, bajo los cielos, viven los hombres (sujetos a procesos de progreso y declive similares a los de otras religiones indias), los animales y otros seres vivientes, sujetos a la ley del renacimiento y el karma. Cuando las almas son liberadas, ascienden del centro a la cumbre del universo, donde moran eternamente en bienaventuranza. Debajo de la parte central del universo hay varios infiernos. A partir de la Edad Media, el loka se representa con una figura humana, en cuyo interior aparecen todas las zonas. Estas imágenes sirven como objetos de culto y recuerdan a los jainíes la importancia de realizar acciones que faciliten el renacimiento humano. Templos e imágenes de culto Los primitivos textos jainíes no cuentan nada sobre templos ni imágenes. Existen evidencias de devoción y culto que debieron desarrollarse a partir del siglo II a.C., cuyo centro de culto serían las imágenes de los tirthankaras o maestros, halladas en unas excavaciones en Mathura, al noroeste de la India. Los templos son similares a los hindúes, pero tienen un santuario interior donde se encuentra una imagen de cualquiera de los 24 tirthankaras que preside la estancia desde un plano superior. El zoroastrismo La lucha del bien contra el mal El zoroastrismo pone el acento en el libre albedrío del hombre para elegir entre el bien y el mal. El hombre tendrá que rendir cuenta de sus actos en el momento de pasar de la vida a la muerte. El zoroastrismo es una religión fundada por Zoroastro (o Zaratustra), entre los años 700 y 600 antes de nuestra era y desarrollada a partir de sus enseñanzas en lo que ahora es Irán. Zoroastro era un sacerdote muy bien formado, instruido en la tradición religiosa de su pueblo. En una primera fase, la religión antigua indoirania adoraba a las divinidades que guardaban y mantenían el "recto orden", y la estabilidad del universo y de la sociedad. Probablemente, durante el período de sus migraciones hacia el sur desde las estepas de Asia central, alguna de estas tribus se convirtió en ardiente devota de divinidades cuyas cualidades reflejaban mejor su propia edad heroica y aventurera, especialmente el belicoso y amoral Indra. Zoroastro rechazó el culto a tales "dioses", a los que consideraba perversos, y restringía el culto a los morales Ahuras, como Ahura Mazda, Mitra y los Amesha Spentas. Elementos religiosos El zoroastrismo entiende el mundo como un escenario de guerra, limitado en el espacio y en el tiempo, en el que los poderes del bien y del mal pueden luchar hasta el fin. El destino de una persona depende de su elección entre el bien y el mal. La recompensa, según la elección, es el cielo o el infierno, "la casa de la vergüenza", un lugar de tormento. El zoroastrismo es una religión optimista. Todas las criaturas y fenómenos del mundo, con excepción de los humanos, fueron creados por Ahura Mazda o por su maligno oponente, Angra Mainyu, y, por tanto, no se les puede ayudar a ser buenos o malos. Los elementos de la creación buena (como el fuego, el agua, la tierra, las plantas útiles, los animales benéficos y las personas justas) merecen reverencia. Los hombres son las únicas criaturas capaces de elección moral, y a cada individuo se le exige elegir en favor de Ahura Mazda, colaborando con ello a la derrota definitiva de Angra Mainyu. Después de la muerte, el alma será juzgada en el puente Chinvat y enviada al cielo (temporalmente), al infierno o al purgatorio, en función del equilibrio entre sus buenos y malos pensamientos, sus palabras y las obras que haya realizado en la tierra. Evolución El zoroastrismo se desarrolló primero en Irán oriental, llegando a imponerse en las regiones occidentales gracias a la subida al poder de la dinastía aqueménida (559-323 a.C.). En este período se convirtió en la religión de un gran imperio, desarrollada como respuesta a las demandas de una fe imperial. La victoria de Alejandro Magno (conocido por la tradición zoroástrica como "el Maldito" provocó el fin de la era aqueménida, y propició el contacto de Irán con el pensamiento y la cultura helenística. Sin embargo, esta influencia fue superficial a causa de las hondas raíces en la cultura irania. Más tarde, la dinastía sasánida (226-mediados del siglo VII d.C.), que se consideraba a sí misma como la defensora de la ortodoxia zoroástrica, intentó borrar de la fe todo rastro de influencia griega. Cuando los sasánidas fueron derrotados a su vez por los ejércitos musulmanes, el zoroastrismo empezó a quedar reducido a una religión marginal. Las comunidades, en creciente disminución, no podían sostener la formación sacerdotal en interés propio, y el saber zoroástrico lo acusó. Enfrentados a esta amenaza, los sacerdotes pusieron por escrito todo lo que pudieron de sus tradiciones durante los siglos IX y X. En el siglo X, un grupo de zoroastras se trasladó desde el noreste de Irán hacia la India, donde se les conocía con el nombre de parsis (persas). Bajo el gobierno británico los parsis se convirtieron en una comunidad muy próspera, mantuvieron un estrecho contacto con la cultura occidental y tuvieron que responder a sus desafíos. Ejerció una notable influencia en el judaísmo y el cristianismo. Bajo la dinastía Pahlevi (1926-1979), la posición social de los zoroastras iraníes experimentó una sensible mejoría. En la actualidad, el número de miembros de la comunidad parsi está disminuyendo de manera considerable, debido en gran parte a las emigraciones y a los matrimonios mixtos, mientras que el de zoroastras iraníes ha crecido de forma espectacular desde la revolución islámica, hasta el punto de haber tenido representantes en la asamblea (parlamento) de Irán. El sijismo La religión de los gurús El objetivo de la tradición sij es propagar la armonía religiosa, trabajar por la paz, y ofrecer liberación espiritual a todo el mundo. El sijismo es una religión fundada por el gurú Nanak (1469-1539) en el Punjab, al norte de la India, y combina elementos del hinduismo y el islam. Nanak presentaba que en estas dos religiones la verdad sobre Dios estaba oscurecida por el ritual, y propugnó que era más fácil acercarse a Dios mediante la meditación y la devoción individual que a través de ceremonias y rituales religiosos. Se denomina religión de los gurús. Dios es el verdadero gurú, y su palabra divina ha llegado a la humanidad a través de los diez gurús históricos. Los sijs creen en un Dios o "verdadero maestro" llamado Satguru, creador del mundo y de todas las cosas que hay en él, aunque ese Dios no sea visible en la creación. Por tanto, la voluntad de Dios ha de darse a conocer a través de hombres santos y sabios o "gurús". El concepto de gurú ha sido importante para los sijs en dos sentidos: representa la voz interior que guía y, a la vez, es la presencia de Dios. El espíritu y el título de gurú fueron heredados por nueve gurús consecutivos, que fueron sucedidos por el Adi Granth o libro sagrado de la religión sij. Representa a la autoridad suprema en la tradición sij. Recoge las obras de los gurús y, aunque no es humano, se le venera como tal. Comúnmente es conocido como Gurú Granth Sahib, y revela la verdad sobre Dios, el Ser primigenio, que ha sido verdadero desde toda la eternidad. Los principales motivos que impulsaron su fundación son el deseo de estar más cerca de Dios y de la voluntad divina y el convencimiento de que el amor a Dios es imposible sin amar a todos los hombres (de ahí la necesidad de ser amable con los vecinos y compartir los frutos de las cosechas). Los individuos se rigen por el karma o karam, la ley moral sobre la causa y el efecto, y para obtener el renacimiento o la purificación deben pasar por cinco niveles. En la doctrina sij existen dos emblemas especialmente populares y significativos. El primero es un símbolo de Dios, Ik Oankar, que combina el número "I" con la letra "O" de la palabra "Oankar". Se encuentra en la estrella del Mul Mantra, uno de los más importantes poemas sij, y significa la unidad de Dios. El segundo es la khalsa, que es un símbolo del sijismo. En el centro de este emblema hay una espada de doble filo, que está colocada en medio de un círculo en forma de aro de acero, a cada uno de cuyos lados hay una daga ceremonial sij (kirpan). La espada de doble filo simboliza el ideal sij del santo guerrero; el círculo representa la unidad de Dios y la humanidad, y las dos dagas ceremoniales aluden al equilibrio de los poderes temporal y espiritual. Este emblema, llamado khanda, se lleva en los vestidos, en las banderas de los templos sij y en el palanquín en el que se guarda el Gurú Granth Sahib. La vida como sij Por lo que respecta a la apariencia física, se aprecian los siguientes rasgos distintivos: el uso del turbante y los símbolos de las cinco K (como rasgos de observación en la disciplina de todo sij). El sij iniciado en la khalsa o comunidad debe llevar dichos símbolos en su atuendo; los no iniciados también pueden llevarlos como señales externas de pertenencia al grupo. A continuación, se describe el significado de las cinco K. Kesh. Se debe mantener el cabello sin cortar (no sólo se refiere al pelo de la cabeza, sino al de todo el cuerpo). Kirpan. Espada corta o daga que simboliza la resistencia al diablo. Kara. Ajorca o brazalete de acero que se lleva en la muñeca derecha; no es ornamental sino funcional y plana. Simboliza la fe en Dios. Kangha. Peine que se lleva en el pelo para sujetar el moño y simboliza la higiene personal. El turbante que cubre el peine y el moño no es una de las cinco K, pero se ha convertido en un emblema de santidad sij. Kachh. Pantalón corto que se lleva como prenda exterior o interior (como parte de la vestimenta occidental) y simboliza la pureza. Simbólicamente, las cinco K representan motivaciones para la disponibilidad inmediata en un tiempo de incertidumbre y peligro; funcionalmente, son distintivos de la identidad sij. Otras normas de vida son, por ejemplo, no consumir carne de vaca y, si se consume, el animal debe ser sacrificado de acuerdo con la tradición islámica. Asimismo, se prohíbe tomar bebidas alcohólicas, fumar, robar y realizar apuestas. La tradición sij señala cinco vicios particularmente nocivos: la lujuria o el deseo sexual indebido (infidelidad a la pareja); la ira, o cólera incontrolada; la avaricia, o persecución de los bienes mundanos por sí mismos; apego o adhesión a una persona o cosa de tal modo que impide la unión con Dios; y el egoísmo, la dependencia del yo en lugar de la fe en Dios. Estos cinco vicios conducen a una falta de control y a una espiritualidad imperfecta, mientras que lo que debe perseguirse es la capacidad de vivir en el mundo como un individuo puro, sin que le afecte la "suciedad" o las imperfecciones del entorno. La meta de la vida es vencer el vicio y conocer a Dios. Respecto a la norma que debe regir en los templos, destaca la colocación del libro sagrado (Gurú Granth Sahib) en el centro del templo, a cuyo alrededor se arrodillan los miembros de la congregación, que deben ir descalzos y con la cabeza cubierta. Este libro también desempeña un papel muy importante en las ceremonias familiares (nacimientos, matrimonios, etc.). Por lo que respecta al culto a los muertos, destaca el hecho de que el cuerpo es preparado por miembros de la familia, y debe llevar las cinco K. De acuerdo con la costumbre india, la incineración se realiza el mismo día de la muerte, o al día siguiente cuando el fallecimiento ocurre al final del día. Las cenizas se esparcen en un río cercano. Después se lee a intervalos el Gurú Granth Sahib entero. Al final de la lectura (nueve días más tarde) se celebra una ceremonia con toda la familia, que termina con el reparto de comida especial. Fuera de la India las ceremonias pueden adaptarse a las costumbres locales. Lugares sagrados: Amritsar y el Templo Dorado La forma sij de entender la vida está íntimamente relacionada con la identidad del Punjab. En esta región se encuentra la ciudad de Amritsar y su Templo Dorado que, a pesar de la actitud un tanto ambivalente de los sij hacia la peregrinación, se han convertido en lugares de peregrinación para los sij de todo el mundo. El Templo Dorado, erigido en el centro del estanque sagrado (denominado Estanque de la Inmortalidad), es especialmente sagrado para los sij; bajo su cúpula de oro y cobre se guarda el libro sagrado de los sij, el Adi Granth. La ciudad de Amritsar fue el centro del imperio sij en el siglo XIX, y hoy lo es del moderno nacionalismo sij. El asalto al Templo Dorado por soldados indios durante su ocupación por radicales sij fue una de las causas del asesinato, en 1984, de Indira Gandhi por sus guardaespaldas sij. SHALOM

La Inquisición y la revolución científica A remolque de las evidencias El Tribunal de la Inquisición es el severo defensor del universo de las ideas trascendentes, metafísicas e inmutables. La revolución científica introduce un universo físico y conceptual fluctuante, relativo, inasible en sus realidades últimas. Durante la Baja Edad Media, surgieron numerosos movimientos espirituales para hacer frente a la decadencia moral generalizada de la alta jerarquía, el clero llano y el monacato. Algunos de ellos, encarnados en las órdenes mendicantes de los franciscanos y los dominicos, se esforzaban por reimplantar el modelo de la pobreza evangélica de las primeras comunidades cristianas. Otros, en cambio, como los de los albigenses y valdenses, aunque nacidos de este mismo anhelo de purificación, desbordaron ampliamente las fronteras de la ortodoxia, rechazaron la jerarquía y los sacramentos, reavivaron las antiguas herejías gnósticas, dualistas y maniqueas, exigieron la supresión de los diezmos, condenaron la guerra bajo todas sus manifestaciones y negaron la autoridad civil. En los siglos XII y XIII, aquellas sectas, ampliamente difundidas sobre todo en el sur de Francia y en el norte de Italia, no sólo implicaban un ataque a la Iglesia oficial, sino que constituían también, en razón del contenido anárquico de sus doctrinas, una grave amenaza para el orden social de la cristiandad europea. Para erradicar el peligro se tomaron diversas medidas, entre otras la cruzada contra los albigenses, promovida por Inocencio III y dirigida militarmente por Simón de Montfort (1208), o la labor misional desarrollada por santo Domingo de Guzmán y sus compañeros en el sur francés. Ante su inutilidad, el papa Gregorio IX decidió crear, en 1231, un tribunal permanente, conocido con el nombre de Inquisición, para descubrir (inquirir) a los herejes, juzgarlos y, si eran hallados culpables, condenarlos y entregarlos a la autoridad civil para la ejecución del castigo. Este tribunal medieval, sustituido más tarde por la Sagrada Congregación de la Suprema y Universal Inquisición o Santo Oficio, creada por Paulo III en 1542, fue ampliando poco a poco el campo de sus competencias y vigilaba celosamente cualquier mínima desviación doctrinal. En su variante española fue a menudo un instrumento eficaz con el que los monarcas (en especial los Reyes Católicos y Felipe II) eliminaron los elementos que constituían una amenaza para la unidad (religiosa y/o política) de sus reinos. Con independencia de las intenciones de los inquisidores, varios elementos hacían moralmente discutible -si no ya claramente reprobable desde el primer momento- el tribunal de la Inquisición: admitía denuncias anónimas, sin revelar al acusado el nombre del acusador, por lo que se le privaba de la posibilidad de recusar al denunciante. Fuera cual fuese el nivel intelectual y la capacidad de autodefensa de los acusados, no se les concedía la asistencia y el consejo de abogados entendidos. Se admitía, además, la práctica de la tortura para arrancar confesiones, lo que llevó a la comisión de numerosos abusos y atrocidades. Se ignora el número de los condenados a morir en la hoguera. Algunos autores afirman que los procesos de brujas llevados a cabo en Alemania desde el siglo XV dejaron desiertas regiones enteras. Los fundamentos de las sentencias de la Inquisición Para emitir su veredicto, los inquisidores, la mayoría teólogos dominicos, se atenían a la más estricta interpretación de las decisiones conciliares y de las enseñanzas de los Padres y doctores de la Iglesia. Bastaba la más mínima sospecha para despertar su recelo. No se libraron de sus suspicacias teólogos de la talla de fray Luis de León ni místicos como Juan de la Cruz o Teresa de Jesús. La mentalidad dogmática de los inquisidores respondía a las pautas de la teología medieval. Entendían las afirmaciones de la Biblia al pie de la letra y como verdades absolutas e infalibles de validez universal en todos los campos. Los fundamentos de la revolución científica Esta mentalidad estaba llamada a chocar frontalmente con las categorías conceptuales que sirvieron de base a la revolución científica. Para la ciencia, el punto de arranque del conocimiento no es la argumentación silogística deductiva que parte de unas premisas establecidas, sino el razonamiento inductivo, basado en la observación empírica. Sólo el análisis de las realidades concretas permite formular hipótesis explicativas, que luego son de nuevo contrastadas con los hechos para comprobar su verdad o su falsedad. Esta nueva forma de entender el mundo culmina, en el campo de la exploración del universo físico, en la mecánica cuántica de Max Planck, la teoría de la relatividad de Einstein o el principio de incertidumbre de Heisenberg. En el campo de la epistemología, la teoría del conocimiento de Kant somete a severo examen y a estrictas limitaciones la aprehensión de la realidad. No hay verdades objetivas absolutas. O, en todo caso, la mente humana no es capaz de descubrirlas. Surgía, pues, un entramado conceptual radicalmente contrario al universo categórico de la teología medieval. Las enormes conquistas científicas y técnicas conseguidas por esta modalidad del conocimiento empírico inclinaban decididamente el platillo de la balanza en favor de la nueva forma de entender el cosmos. La mente humana había cruzado el umbral de una nueva era en la que no había lugar para tribunales inquisidores apoyados en verdades inmutables. El pensamiento oficial católico se veía en la imperiosa necesidad de revisar sus postulados a la luz de los nuevos avances. De hecho, el choque entre la mentalidad dogmática y las ciencias experimentales ha aportado un nuevo enriquecimiento a la teología y la religión católicas. Ha servido para poner de relieve que el conocimiento derivado de la fe no se identifica con el extraído de la física o las matemáticas. La fe ni se opone a la razón ni se basa en ella. Dios sigue siendo un misterio al que se accede por la adhesión libre creyente. Ciencia y fe avanzan no por caminos enfrentados, sino diferentes. Sobre la razón creyente recae la noble tarea de explicitar los contenidos de la revelación, hacerlos accesibles a las diferentes culturas de las distintas razas y generaciones y demostrar que no son incompatibles con las verdades descubiertas por la natural capacidad de la mente humana. Los conflictos entre ciencia y fe en la Edad Moderna El lenguaje y las categorías conceptuales de la teología católica en las primeras etapas de la Edad Moderna prolongaban los esquemas de las Sumas teológicas medievales. Los exegetas entendían las afirmaciones de la Biblia al pie de la letra. No admitían que pudieran existir contradicciones entre las verdades de la fe y las descubiertas por la razón, ya que ambas tienen su origen en el mismo y único Dios. En caso de conflicto, debería prevalecer la verdad de la fe revelada en la Escritura, en la que se expresa la palabra infalible de Dios. Esta rígida postura doctrinal se vio desbordada repetidas veces por los avances de las ciencias experimentales, que estaban llegando a conclusiones inconciliables con las afirmaciones literales de la Escritura. Las autoridades eclesiásticas no reaccionaron con la deseable prontitud y flexibilidad, por lo que se produjeron enfrentamientos, incomprensiones y condenas de opiniones científicas en diversos campos, sobre todo de la física, la astronomía y la exégesis bíblica. Entre las controversias más significativas pueden citarse las siguientes: El caso Galileo El pisano Galileo Galilei (1564-1642), hombre de gran capacidad matemática y grandes dotes de observación, difundió en sus escritos la teoría heliocéntrica de Copérnico según la cual es la Tierra la que gira alrededor del Sol, y no al contrario. La Inquisición condenó estas ideas en 1616 y luego de nuevo en 1632 por oponerse abiertamente a las enseñanzas de la Escritura. En efecto, un pasaje bíblico narra cómo el caudillo hebreo Josué ordenó al Sol detenerse: "Y el Sol se detuvo y la Luna se paró... El Sol se paró en medio del cielo" (Josué 10,13). Galileo fue confinado, bajo custodia, en su villa de Arcetri hasta 1633. De allí pasó a Florencia, donde, ya ciego, siguió trabajando hasta su muerte en sus Discorsi e dimostrazione matematiche intorno a due nuove scienze. Cuatro siglos más tarde, la Iglesia ha reconocido y deplorado oficialmente sus erróneas decisiones. El darwinismo o evolución de las especies A los 22 años, el británico Charles Darwin (1809-1882) emprendió un viaje, en el navío Beagle, para topografiar las costas de la Patagonia. Durante una escala en el archipiélago de las Galápagos hizo una serie de observaciones sobre las variaciones morfológicas de los animales que poblaban las islas, que le llevaron a la conclusión de que las especies cambian bajo la influencia de las condiciones del medio (el clima y la alimentación, entre otras). Los organismos que al evolucionar van adquiriendo cualidades que se adaptan a la situación, sobreviven. Los que no logran hacerlo, desaparecen. Por lo tanto, no hay una barrera infranqueable entre las especies, sino evolución de unas a otras. En aquella época, la teoría darwinista implicaba una doble herejía, científica y religiosa. Científica, porque se admitía como incuestionable la doctrina de Linneo, que concebía las especies a modo de esencias metafísicas inmutables. Podían existir variedades dentro de una misma especie, pero no el paso de una especie a otra diferente. Y religiosa, porque el evolucionismo (en el que, en su libro La raza humana, de 1871, Darwin parecía incluir también al hombre) chocaba frontalmente con el relato bíblico según el cual es Dios quien crea las especies (fixismo creacionista). Lo más que podría concederse es que la evolución afecte al cuerpo humano, pero no al alma, creada directamente por Dios. En consecuencia, la doctrina católica condenó la teoría darwinista, sobre todo la que incluía la evolución ininterrumpida desde el simio al hombre. Monogenismo frente a poligenismo A medida que las excavaciones de yacimientos antropológicos realizadas en los siglos XIX y XX iban sacando a la luz huellas y vestigios de la existencia de grupos humanos o humanoides de edades cada vez más remotas, de varios millones de años, y en lugares de la tierra muy distantes entre sí, se fue abriendo paso entre los científicos la hipótesis de que la evolución humana, desde el nivel puramente animal al racional, ha acontecido en diversos lugares, en diferentes épocas y en distintos grupos, independientes entre sí. La teoría topó con la oposición de la Iglesia oficial. Todavía en 1950, en la encíclica Humanae vitae, el papa Pío XII declaraba que no era posible conciliar esta doctrina con el dogma -fundamental para la teología católica- del pecado original, según el cual por la transgresión de un solo hombre (Adán) entraron el pecado y la muerte en todo el género humano. De donde se deduce que de este hombre descienden todos los demás. El problema sigue abierto tanto en su vertiente antropológica como dogmática. Los modernos avances genéticos parecen decantarse a favor del monogenismo: todas las razas actuales proceden de una sola pareja. Pero no se dice nada acerca de las numerosas razas humanas anteriores hoy desaparecidas. La infalibilidad de la Biblia y los pasajes bíblicos contradictorios entre sí El argumento fundamental esgrimido por el magisterio de la Iglesia para rechazar las teorías científicas antes mencionadas y varias más es que estaban en abierta contradicción con las enseñanzas de la Biblia, que contienen la verdad infalible de Dios. Fue precisamente en este campo de la interpretación de las afirmaciones bíblicas donde se abrió paso un nuevo frente de conflictos. Se deben al sacerdote francés Richard Simon (1638-1712) los primeros pasos en la dirección correcta. Su sagacidad le permitió descubrir que el Pentateuco -universalmente considerado en aquel tiempo como escrito por Moisés- se compone en realidad de varias fuentes o documentos cuyas informaciones no siempre son coincidentes. En un siguiente paso, más perturbador para el magisterio, se detectó la existencia de pasajes bíblicos no sólo diferentes, sino contradictorios. Por citar algunos ejemplos muy simples, en el Evangelio de Marcos (2,26) se dice que el sacerdote Abiatar dio a David los panes de la presencia, pero según el Libro primero de Samuel (21,2-7) no fue él, sino Ajimélec. Este mismo libro narra en el capítulo 17, con gran lujo de detalles, la victoria de David sobre el gigante Goliat de Gat, pero en el Libro segundo de Samuel (21,19) se atribuye esta hazaña a Eljanán, hijo de Yaír. La solución, trabajosamente lograda superando censuras y condenas del magisterio, no se abrió paso en la esfera oficial hasta 1943, gracias a la encíclica Divino afflante spiritu de Pío XII, confirmada por la constitución dogmática sobre la divina revelación del concilio Vaticano II. En esencia, estos documentos reconocen que las afirmaciones bíblicas, para ser correctamente entendidas, deben tener en cuenta el género literario en el que se inscriben y la intención de los autores sagrados. Los libros de la Escritura no son tratados históricos, filosóficos o científicos, sino que contienen un mensaje revelado que explica la relación del hombre con Dios. Por tanto, la ciencia y la fe hablan lenguajes diferentes. Los dos interpelan al mismo ser humano, pero con distintas claves de interpretación. Se abre así una puerta de acceso hacia el mutuo respeto y comprensión de la ciencia y la fe. El catolicismo, entre Trento y la Nueva Era El concilio de Trento y la Contrarreforma católica El concilio de Trento coronó con éxito, en muy difíciles circunstancias, la doble tarea de trazar con firmeza las líneas de la recta doctrina católica y poner los cimientos de una renovación sólida, profunda y duradera de las instituciones de la Iglesia. La difusión de las ideas reformistas y los esfuerzos de los católicos por frenar su expansión crearon un gran caos no sólo doctrinal, sino también social y político en toda la cristiandad europea. El imperio alemán, escindido en numerosos principados, ducados y obispados, amenazaba con quedar reducido a ruinas. En Francia, el calvinismo parecía arrastrar a toda la nación, y estallaron sangrientas guerras religiosas. Inglaterra se había perdido para Roma. En Escocia triunfó el partido calvinista. Habían abrazado el luteranismo el norte alemán y los países escandinavos. Polonia, Hungría y Bohemia estaban desgarradas por movimientos protestantes. Los cantones suizos se habían escindido en bandos irreconciliables. Incluso en los dos baluartes del catolicismo, las penínsulas Itálica e Ibérica, había círculos que simpatizaban con la Reforma. Y todo ello en un momento en que el imperio turco alcanzaba la cima de su poder y sus ejércitos avanzaban incontenibles por la cuenca del Mediterráneo oriental y Europa Central. Para evitar el colapso de la cristiandad era imprescindible recomponer la unidad, y el único medio eficaz era la celebración de un concilio. Pero el concilio se demoró demasiado. No se convocó hasta 1545, es decir, casi treinta años después de los primeros grandes estallidos de la rebelión. Si, por un lado, todos eran conscientes de su necesidad, por otro, la idea del concilio suscitaba suspicacias. Los papas temían que su convocatoria acentuara las tendencias conciliaristas y mermara la autoridad papal. Los príncipes protestantes alemanes y el rey de Francia recelaban que acrecentara el poder y la influencia del emperador. Por fin, con la paz de Crespy (1544) firmada entre el emperador Carlos V y el rey de Francia, Francisco I, se consiguió crear el clima mínimo de colaboración necesario para convocar la gran asamblea. La inauguración tuvo lugar en la ciudad italiana de Trento el 13 de diciembre de 1545. Las sesiones se desarrollaron en tres etapas. La celebración del concilio Primera etapa (1545-1548), bajo el pontificado de Paulo III. A la sesión inaugural apenas asistieron treinta obispos. Hubo tan sólo dos obispos alemanes y tres franceses. La mayoría eran italianos. Los españoles presentaban un grupo compacto y bien preparado. En febrero de 1547, una peste declarada en Trento aconsejó trasladar las reuniones a Bolonia, pero los obispos "imperiales" se negaron. Para evitar una peligrosa escisión, Paulo III suspendió el concilio (febrero de 1548). Segunda etapa (1551-1552), bajo el pontificado de Julio III. Asistió una nutrida representación alemana, rompiendo el predominio italiano de la etapa anterior. Destacó la presencia de brillantes teólogos españoles (Soto, Cano, Castro). A instancias del emperador, asistieron algunos delegados reformistas, pero sus exigencias de participar en las deliberaciones, entre ellas el reconocimiento de la superioridad del concilio sobre el papa, no fueron aceptadas. En 1552 la situación política alemana experimentó un súbito agravamiento. Mauricio de Sajonia, en quien Carlos V había depositado su confianza, se unió a los príncipes protestantes. Sus tropas cruzaron el desfiladero de Klause y avanzaron sobre Innsbruck, donde se encontraba, desprevenido, el emperador. Sólo pudo salvarse huyendo a uña de caballo. Ante la gravedad de los acontecimientos, los obispos alemanes abandonaron Trento y el pontífice suspendió el concilio. Tercera etapa (1562-1563), bajo el pontificado de Pío IV. No hubo representantes de los obispos alemanes ni delegados de los reformistas. Al final, se leyeron y aprobaron, una por una, las resoluciones de las tres etapas conciliares. El Papa dio su aprobación verbal a los pocos días, y solemnemente, en la bula Benedictus Deus de 30 de julio del año siguiente, aunque con fecha retrotraída al 26 de enero del mismo año. La importancia del concilio de Trento La importancia del concilio de Trento radica en que con sus decisiones dogmáticas los padres conciliares fijaron de forma clara el contenido de la ortodoxia católica y con sus decretos disciplinares eliminaron las gravísimas lacras que durante siglos habían aquejado a la alta jerarquía de la Iglesia. Se ponía, por fin, en marcha la verdadera reforma, tan urgentemente reclamada por muchos sectores de la cristiandad. En el plano de la disciplina destaca, por sus profundas repercusiones, el deber de los obispos de residir en sus diócesis. Se les impuso, además, la obligación de celebrar sínodos diocesanos anuales y de visitar sus parroquias para prevenir y erradicar los abusos. Se establecieron los principios a que debían atenerse las órdenes religiosas para adaptarse al espíritu conciliar. La creación de seminarios fue un poderoso instrumento de formación espiritual y cultural de los aspirantes al sacerdocio: dignificó notablemente el estamento clerical, elevó su prestigio y confirió mayor eficacia a sus tareas pastorales. Por falta de tiempo, los padres conciliares tuvieron que dejar pendiente y confiar a los futuros pontífices una de las peticiones más solicitadas por los obispos: la reforma de la Curia Romana. La doctrina oficial de la Iglesia católica La principal preocupación de los padres conciliares fue delimitar claramente la verdadera fe de la Iglesia católica frente a las desviaciones de la Reforma. Los reformadores ponían el acento sobre dos temas y a ellos consagró el concilio la mayor parte de sus sesiones dogmáticas: la sola Escritura como única autoridad doctrinal y la sola fe como fuente de justificación. Las definiciones conciliares sobre estos puntos han sido, durante cuatrocientos años, la piedra angular de la enseñanza oficial de la Iglesia católica. De hecho, una gran parte del esfuerzo de los teólogos postridentinos se consagró a fundamentar y consolidar, con argumentos extraídos tanto de la Escritura como de la tradición, la patrística y la teología especulativa, las enseñanzas del concilio. Del rigor intelectual con que procedieron para determinar la recta doctrina da buena idea el orden seguido para llegar a las conclusiones. Se fijaron tres tipos de "congregaciones": particulares, generales y solemnes. En las congregaciones particulares, teólogos expertos en el tema debatido exponían sus puntos de vista en presencia de los padres conciliares, que podían así tener información rápida, sólida y de primera mano. A continuación, en las congregaciones generales, los padres conciliares analizaban de nuevo la materia y formulaban sus conclusiones. Por último, en las congregaciones solemnes se sometía el tema a votación. Sólo tenían derecho a voto los obispos, en cuanto garantes de la tradición apostólica. Excepcionalmente se concedió este derecho a algunos superiores generales de órdenes religiosas adornados de singular prestigio. La función de los teólogos era meramente consultiva. Las grandes definiciones dogmáticas del concilio Frente al postulado protestante de la sola Escritura, los padres conciliares establecieron que las enseñanzas de la Iglesia se fundamentan en la Escritura, debidamente interpretada, y en la tradición. En este contexto, tuvieron que llevar a cabo la laboriosa pero indispensable tarea de fijar el canon de la Escritura, es decir, determinar, con sus nombres concretos, los libros de la Biblia inspirados por Dios que deben ser tenidos como fuente de la revelación. Esta labor se hizo urgentemente necesaria porque los reformadores negaban el carácter de sagrados a los escritos que estaban en abierta contradicción con sus enseñanzas, como la Carta de Santiago (la "carta de paja" según Lutero), que habla de la necesidad de las obras para la salvación. En las medidas disciplinares tomadas sobre este punto se decretó la obligación de crear en las iglesias principales cátedras para la exposición de la Escritura. Se echaban así los cimientos del posterior florecimiento de la exégesis católica. Otro de los grandes principios de la teología protestante afirma que el hombre se justifica -y, por consiguiente, se salva- por la sola fe, sin las obras. Es más, según algunos teólogos de la Reforma, las obras del hombre son siempre y en cualquier circunstancia malas, porque proceden de una naturaleza radicalmente corrompida por el pecado original. El concilio enunció una doctrina mucho más matizada. Admitía, de acuerdo con la Escritura, que la justificación es un puro don de Dios al hombre. Ahora bien, esta justificación no consiste en que Dios declara, como juez que emite una sentencia, que el hombre queda justificado. Así podría entenderlo tal vez la teología nominalista estudiada por Lutero. Según el concilio, el hombre se justifica mediante una gracia que Dios le concede, que le renueva interiormente y le convierte en una nueva criatura, capacitada para llevar a cabo obras buenas, agradables a Dios. Estas obras son, pues, don de Dios, pero también, a la vez, mérito del hombre que las lleva a cabo con la ayuda de la gracia de Dios. Tras el decreto sobre la justificación, los padres conciliares desarrollaron -como prolongación lógica de la misma- la doctrina sobre los sacramentos, ya que a través de ellos Dios comunica al hombre la justicia, o se la aumenta cuando ya la tiene, o la repara si la ha perdido. Los sacramentos son actos o ritos simbólicos, por los que Dios comunica al hombre la salvación. Son símbolos necesarios para hacer posible el encuentro personal con Dios, porque el hombre, ser espiritual y trascendente, tiene también, al mismo tiempo, una estructura corpórea, social e interpersonal. Son signos eficaces por sí mismos, es decir, transmiten, a quienes lo reciben con la debida disposición, lo que las palabras que acompañan al rito o símbolo significan. Nada importa la santidad o la maldad personal de quien los administra. Confirmando la doctrina del concilio de Florencia, el de Trento fija su número en siete y afirma que todos ellos han sido instituidos por Cristo. La jerarquía eclesiástica En la exposición de la doctrina sobre los sacramentos ocupó un lugar destacado en la labor de los padres conciliares tridentinos el del orden, porque contra él habían dirigido los reformistas sus más apasionados ataques. No sólo se negaban a reconocer en la Iglesia jerárquica una institución querida y creada por Cristo, sino que afirmaban que era la nueva ramera babilónica y veían en el Papa la encarnación del Anticristo. Según el concilio, el sacramento del orden confiere a quienes lo reciben -y sólo a ellos, no al resto del pueblo fiel- la potestad de consagrar la eucaristía y de perdonar los pecados. Los obispos son sucesores de los apóstoles y han sido instituidos por el Espíritu Santo. Por consiguiente, las autoridades civiles no son competentes para instituir obispos ni para rechazarlos cuando han sido válidamente ordenados. Se afirma asimismo que existe una diferencia esencial entre los obispos y los simples sacerdotes. Los obispos son superiores a los presbíteros porque tienen potestades superiores. La principal de ellas radica en que sólo los obispos, y no los presbíteros, pueden ordenar nuevos sacerdotes. Contra toda forma de progreso Una vez trazadas en el concilio de Trento las grandes líneas maestras del dogma católico y definida en el concilio Vaticano I (1870) la infalibilidad del Papa, parecía desaparecer del horizonte de las ideas la necesidad de nuevos concilios. Con el concilio de Trento, la Iglesia contaba con los medios y la autoridad doctrinal suficiente para garantizar la ortodoxia y esclarecer cuantas dudas pudieran ir surgiendo en las materias relacionadas con la fe y las costumbres, con las creencias teóricas y las conductas prácticas. De ahí la gran sorpresa que provocó el anuncio del papa Juan XXIII, el 25 de enero de 1959, de su propósito de convocar un nuevo concilio. Pero, más allá de la sorpresa inicial, lo cierto es que se trataba de una decisión plenamente justificada, adoptada por un hombre dotado de un gran realismo, una penetrante perspicacia y una notable fuerza de carácter. En efecto, bajo la aparente quietud de las aguas en la superficie del universo católico, se agitaban en el fondo corrientes encontradas, tensiones latentes, que estaban reclamando un profundo análisis y una urgente solución. El dogma de la infalibilidad del obispo de Roma era una de las cuestiones más espinosas. Si el Papa es infalible por sí mismo, y si, además, en virtud de su suprema autoridad de jurisdicción sobre toda la Iglesia puede nombrar, trasladar o deponer libremente a los obispos, parecía que éstos quedaban reducidos a la condición de meros ejecutores de las órdenes del sumo pontífice. No parecía tener ninguna significación práctica la afirmación del concilio de Trento de que los obispos son puestos al frente de sus diócesis por el Espíritu Santo, lo que en la terminología eclesiástica equivale a decir que les asiste un derecho divino, que debe ser respetado por el Papa. Era urgente armonizar estos principios y delimitar las fronteras y las competencias de ambas instituciones, entre otras razones porque, en el sentir de no pocos obispos, la curia romana no los trataba y respetaba de acuerdo con la dignidad y autoridad que les confería el hecho de ser sucesores directos de los apóstoles. También en la comunidad de los teólogos existía una amplia sensación de malestar. Muchos entendían que no gozaban del clima de libertad intelectual necesario para llevar adelante, sin trabas, sus investigaciones y publicar sus resultados. Se habían vivido, en el pasado reciente, episodios muy dolorosos a propósito, sobre todo, del modernismo. Las autoridades doctrinales romanas mostraban una innegable desconfianza hacia muchos pensadores, tachados de ideas afines a aquella doctrina considerada como "la suma y la síntesis de todas las herejías". Fueron frecuentes las delaciones. Muchos profesores se vieron obligados a retractarse, fueron privados de sus cátedras y reducidos al silencio. Los métodos empleados por el Santo Oficio para la toma de decisiones distaban mucho de ser transparentes. A los acusados se les concedían escasas oportunidades de defensa. Era un secreto a voces el descontento de los exegetas. La Pontificia Comisión Bíblica, creada por León XIII en 1903 para impulsar los estudios de la Sagrada Escritura, emitía, bajo la autoridad del Papa, dictámenes que no se correspondían con los resultados de las investigaciones de la crítica bíblica más solvente. Hasta 1943, con la encíclica Divino afflante Spiritu, no comenzaron a abrirse puertas y ventanas por las que pudo penetrar en el espacio católico la corriente de los modernos estudios. También estaba a la espera de una respuesta satisfactoria el problema de la relación de la jerarquía, es decir, el Papa y los obispos, con los seglares. Parecían reducidos a la condición de grey que sigue ciegamente, y sin presentar objeciones, la senda que le señalan sus pastores. No se tenían en cuenta las opiniones autorizadas de seglares expertos en algunos de los temas abordados por el magisterio, por ejemplo, en el campo de la moral matrimonial. Carecía de repercusiones prácticas la doctrina del sacerdocio universal de todos los fieles. Las instrucciones de los dicasterios relacionadas con el comportamiento ético no respetaban lo suficiente el principio de que todos los cristianos tienen el deber ineludible de atenerse, ante todo, a los dictados de su propia conciencia. Se diría que el pueblo de Dios estaba aún en la etapa de minoría de edad. La emergente y cada vez más impetuosa corriente de los movimientos feministas había abierto un nuevo frente en el capítulo de las cuestiones pendientes de solución, a saber, el relativo al papel de la mujer en la Iglesia. Durante siglos, habían estado excluidas no sólo de funciones ministeriales, sino también de cualquier actividad que implicara el ejercicio de la autoridad eclesial. Su labor en la comunidad se había reducido a tareas asistenciales y obras de caridad. Pero ahora numerosas voces reclamaban un mayor protagonismo para ellas. Existía, asimismo, una creciente presión en la opinión pública para abordar con seriedad, objetividad y claridad el problema, en sí mismo escandoloso, de la división de las Iglesias. Deberían buscarse las verdaderas causas de la desunión, individualizar los puntos de desacuerdo para intentar superarlos y, sobre todo, eliminar el clima de hostilidad y enfrentamiento que había prevalecido durante un milenio con las Iglesias de Oriente y durante cerca de quinientos años con el mundo protestante. Y había una creciente descristianización de la sociedad occidental que obligaba a plantearse una pregunta fundamental: ¿Qué es, qué significa, qué sentido tiene la Iglesia para el hombre actual? No eran preguntas que pudieran solucionarse con definiciones dogmáticas, anatemas al viejo estilo e instrucciones de obligado cumplimiento de los dicasterios romanos. Era indispensable crear un ambiente nuevo, introducir un nuevo espíritu. Y para ello era necesario un concilio. El concilio Vaticano II Punto de llegada o de partida El concilio Vaticano II significó un punto de referencia para los creyentes católicos inmersos en un mundo que evolucionaba vertiginosamente hacia un modo de vivir ajeno a la religión. El papa Juan XXIII inauguró el concilio Vaticano II el 11 de octubre de 1962, con asistencia de 2 860 padres conciliares procedentes de 141 países. Estuvieron también presentes 101 representantes de otras Iglesias no católicas en calidad de observadores. En la etapa preparatoria se habían enviado consultas al episcopado solicitando su opinión sobre los temas que se deberían estudiar. Se recibieron cerca de 2 000 sugerencias, que varias comisiones romanas se encargaron de agrupar por materias y de organizar en esquemas que luego serían sometidos al examen de los padres conciliares. Ya desde el primer momento se percibieron entre los asistentes dos corrientes enfrentadas: la de los adictos a las doctrinas y actitudes tradicionales, dispuestos a secundar las posiciones de la curia romana, y la de los renovadores, deseosos de buscar soluciones nuevas para los nuevos problemas. El primer asalto concluyó con la victoria de estos últimos, que rechazaron un esquema presentado desde el punto de vista de la curia. El episodio revelaba claramente que los padres conciliares no se limitarían a otorgar su asentimiento a los documentos que les fueran presentando. Se anunciaban vivas discusiones. Por lo demás, no hacía sino repetirse la situación vivida ya en todos los concilios anteriores. Desarrollo del concilio Las deliberaciones se desarrollaron a lo largo de cuatro etapas. La primera discurrió desde el 11 de octubre al 8 de diciembre de 1962. El 3 de junio de 1963 fallecía Juan XXIII, lo que implicaba la suspensión del concilio. Fue convocado nuevamente por su sucesor, Pablo VI. La segunda etapa se desarrolló desde el 29 de septiembre al 4 de diciembre de 1963. La tercera, del 14 de septiembre al 21 de noviembre de 1964. La cuarta y última, desde el 14 de septiembre al 8 de diciembre de 1965. Doctrina conciliar Los padres conciliares -todos los obispos de la Iglesia católica de todo el mundo- aprobaron tres constituciones dogmáticas, es decir, documentos en los que el elemento predominante es el doctrinal: sobre la sagrada liturgia (5 de diciembre de 1963), sobre la Iglesia (21 de noviembre de 1964), sobre la divina revelación (18 de noviembre de 1965) y una constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (7 de diciembre de 1965). Se aprobaron también nueve decretos, más orientados a cuestiones y soluciones prácticas, sobre el ministerio pastoral de los obispos, el ministerio y vida de los presbíteros, la formación sacerdotal, la adecuada renovación de la vida religiosa, el apostolado de los seglares, las Iglesias orientales católicas, la actividad misionera de la Iglesia, el ecumenismo y los medios de comunicación social. Hubo, finalmente, tres declaraciones que enunciaban los puntos de vista y la actitud de la Iglesia sobre la libertad religiosa, la educación cristiana de la juventud y las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. A pesar de la expectación que los temas del celibato sacerdotal y del acceso de las mujeres al sacerdocio suscitaban en amplios sectores de la opinión pública, no se abordaron en el concilio por indicación expresa de los dos papas que lo presidieron. Al convocar el concilio, Juan XXIII se había propuesto como meta poner al día (aggiornare) la Iglesia. Finalizada la gran asamblea, el papa Pablo VI declaraba que se había impuesto una "nueva psicología en la Iglesia". Se había alcanzado el objetivo. La nueva teología del concilio Vaticano II El concilio Vaticano II no se limitó a repetir las antiguas enseñanzas. Tampoco demolió el viejo edificio doctrinal para alzar sobre sus ruinas otro nuevo. Una vez más, como había acontecido ya muchas veces en la historia de la Iglesia, se intentó dar respuesta, desde los postulados irrenunciables de la fe, a los nuevos problemas, adecuar las verdades inmutables del cristianismo a la sensibilidad y las necesidades de los nuevos tiempos. Hubo un aspecto en que estuvieron de acuerdo, ya de entrada, todos los asistentes: se renunciaba al antiguo esquema de formular verdades dogmáticas y, a continuación, lanzar el anatema contra quienes no las aceptaran. No habría condenas ni excomuniones. Se buscaría una exposición de los temas en clave positiva. Emergía ya aquí una señal de los nuevos tiempos. De las innumerables enseñanzas aportadas en los 16 documentos conciliares pueden reseñarse como más novedosas (por ser también las más conflictivas) las siguientes: Naturaleza y misión de la Iglesia De la Iglesia se han dado en la Escritura, el magisterio y la teología numerosas definiciones. De acuerdo con su significación hebrea (qahal) y griega (ekklesía), la Iglesia es, en el sentido activo de los términos, una convocatoria, una llamada dirigida a todos los hombres para que acepten el Evangelio. En sentido pasivo, indica la reunión de cuantos aceptan esta llamada. Es también el cuerpo (místico) y la esposa de Cristo, el templo del Espíritu Santo, el pueblo de Dios de la nueva alianza, la comunidad de todos los bautizados, el conjunto de cuantos confiesan a Jesucristo, el reino (imperfecto) de Dios en la Tierra, la madre y maestra de los fieles. El concilio hizo suyas todas estas definiciones y amplió algunas de ellas. Pero añadió también una nueva, de gran calado teológico y sociológico: la Iglesia es "como un sacramento, una señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano" (Constitución sobre la Iglesia, n.º 1). En cuanto sacramento, la Iglesia es, a través de todas sus actividades, el instrumento visible de la salvación invisible. Es la manifestación concreta y la realización histórica del designio salvífico de Dios llevado a cabo en Jesucristo. Esta cualidad de sacramento la convierte, según la teología católica, en medio o instrumento a través del cual Dios comunica su gracia a los hombres, es decir, los salva. Quedaban así superadas las fórmulas excesivamente jerárquicas y jurídicas. De este mismo concepto de sacramento se deduce que la Iglesia tiene una función esencialmente misionera, está abierta a todos los hombres de todas las razas y culturas, a los que ha de hacer llegar la llamada y la invitación del Evangelio. Su mensaje tiene como destinatarios -y, por consiguiente, como interlocutores- no sólo a los católicos, sino a todos los cristianos, los no cristianos y los ateos. Pero a la vez el concilio se cuida también de precisar el alcance del antiguo axioma: "Fuera de la Iglesia no hay salvación", surgido en otro tiempo y en otro contexto. También quienes desconocen el evangelio de Cristo y no admiten a la Iglesia pueden conseguir la salvación eterna, si buscan con sinceridad a Dios y se esfuerzan por cumplir los deberes que les dicta su conciencia. Dios no está sujeto a la Iglesia. La Iglesia es simplemente un instrumento en el plan salvífico de Dios. El Colegio Episcopal Uno de los temas que mayor tensión suscitaron se centraba en torno a la aclaración de las relaciones del episcopado con el Papa. Todos los obispos reconocían la supremacía del pontífice romano. Pero también se sabían pastores puestos por el Espíritu Santo, sucesores legítimos de los apóstoles y garantes, por consiguiente, de la sucesión apostólica y de la verdadera doctrina. Las deliberaciones alcanzaron su formulación definitiva en el Decreto sobre el ministerio pastoral de los obispos y en las secciones de la Constitución dogmática sobre la Iglesia que abordan su estructura jerárquica. En estos documentos se declara que el Colegio Episcopal, es decir, los obispos de todo el mundo, con el obispo de Roma como cabeza, es el sucesor del Colegio Apostólico. Los obispos rigen sus diócesis con potestad propia, no delegada por el Papa. "No deben ser tenidos como vicarios del Papa." En el espinoso tema de la infalibilidad se llegó a esta conclusión: "La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el cuerpo de los obispos cuando ejercen el supremo magisterio juntamente con el sucesor de Pedro" (Constitución sobre la Iglesia, n.º 25). En este mismo pasaje se señala que "cuando el Romano Pontífice, o con él el cuerpo episcopal, definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la revelación, a la cual deben sujetarse y conformarse todos". Es decir, una doctrina no es verdadera porque el Papa (y los obipos) la defina, sino que la define porque es verdadera (ya antes de la definición). La función de la definición es conferir seguridad y claridad, y excluir de toda controversia posterior la verdad así revelada y definida. La libertad religiosa Fue en este punto donde el choque de las opiniones alcanzó la máxima tensión. Para algunos (en general, los obispos y teólogos procedentes de países tradicionalmente católicos) el principio de la libertad religiosa era radicalmente inaceptable. El hombre no goza de libertad en esta materia. Tiene el inexcusable deber moral de elegir la religión (objetivamente) verdadera. Concederle libertad de elección significaría poner en el mismo nivel a todas las religiones. La proposición sería incluso herética, puesto que había sido explícitamente condenada por Gregorio XVI (en 1832 y 1834) y por Pío IX en el Syllabus (1864). Para otros, residentes en lugares de población mayoritaria no católica y, sobre todo, en los países expuestos en aquellos mismos momentos a una implacable persecución -los países sometidos al marxismo ateo-, el principio de la libertad religiosa era radicalmente irrenunciable. El hombre goza de libertad para elegir la religión (subjetivamente) verdadera o incluso para no optar por ninguna. No aceptarlo así significaría que el ofrecimiento de diálogo dirigido por el concilio a otras confesiones y a los no creyentes era hipócrita. Además, situaría a la Iglesia en la incómoda posición de institución retrógrada e intolerante a los ojos de la comunidad internacional. En la Declaración de la ONU de 1948 sobre los derechos humanos se incluía entre ellos la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. A la hora de formular su doctrina, los padres conciliares tenían plena conciencia de que se estaban dirigiendo a un nuevo tipo de hombre, en el contexto de una cultura y una sociedad nuevas. "Los hombres de nuestro tiempo tienen más clara conciencia de la dignidad de la persona humana y exigen que el hombre, en sus actuaciones, goce y use de su propio criterio y libertad responsable, no bajo coacción" (Declaración sobre la libertad religiosa, n.º 1). Esta postura contaba con un sólido argumento dogmático a su favor. La Iglesia ha proclamado siempre que la aceptación de la fe es un acto libre que a nadie le puede ser impuesto. Sin libertad, la aceptación es nula. Pero se trata siempre de una libertad responsable. Al reconocerle al hombre la libertad de religión, el concilio no le exonera de su responsabilidad. Le incumbe el deber de indagar antes de elegir. No puede éticamente elegir lo que le plazca, sino lo que juzgue verdadero. Así lo entiende ya con toda claridad el subtítulo de la "Declaración": "El derecho de la persona y de las comunidades a la libertad social y civil en materia religiosa". Lo que el concilio se propone es situar la libertad humana, también en el ámbito de la religión, fuera del alcance de las imposiciones y las coacciones de los poderes políticos, económicos o ideológicos de cualquier signo. El ecumenismo Hacia la reunificación de las Iglesias cristianas "Que todos sean uno... La gloria que me has dado, yo se la he dado a ellos, para que sean uno como nosotros somos uno... y así el mundo conozca que tú me enviaste" (Evangelio de Juan 17,21-23). Ya en el siglo V se registró la presencia de numerosas Iglesias (monofisita, apostólica armenia, ortodoxa etíope, siria de Oriente, siria de Malabar -cristianos de Santo Tomás-, patriarcado sirio de Alejandría). Pero fueron sobre todo el cisma de Oriente (1054) y la separación de las Iglesias de la Reforma (a partir del año 1520) las que introdujeron una enorme fractura en la cristiandad, escindida, hasta el día de hoy, en tres grandes bloques. A pesar de la enorme gravedad del problema y de su evidente contradicción con los designios de Jesús, hasta fechas relativamente recientes las autoridades jerárquicas de los diferentes grupos no contemplaban entre sus prioridades el restablecimiento de la unidad. Por supuesto, en el plano teórico nunca se renunció a ella. Pero cada Iglesia entendía la reunificación en términos poco menos que de rendición del adversario, de conversión y renuncia a las ideas "erróneas" de los otros, sin ceder ni un palmo en las posiciones propias, consideradas irrenunciables. Tampoco los teólogos consideraban que su labor consistiera en explorar posibles vías de armonización entre las opiniones contrapuestas. Tendían, más bien, a subrayar los errores y las desviaciones de los contrarios, deformándolas a veces, en el ardor de la polémica, hasta límites caricaturescos, y presentando como obstáculos insalvables para el restablecimiento de la unidad diferencias sin importancia en el campo de la liturgia o del calendario eclesiástico. Fue la época de los desencuentros, las controversias, las persecuciones y las guerras de religión. Fue en el espacio protestante, en el que la fragmentación había alcanzado mayores cotas, donde surgieron las primeras tentativas de reunificación. En 1846 se fundaba la Alianza Evangélica Universal y, en 1855, la Alianza Universal de Uniones Cristianas de Jóvenes. El movimiento recibió un fuerte impulso en 1910, cuando, con ocasión de la celebración de una Conferencia Universal de las Misiones, en Edimburgo, las jóvenes Iglesias de África y Asia, ajenas a los conflictos que habían enfrentado en el pasado a las Iglesias europeas y americanas, solicitaron que se pusiera fin al triste espectáculo de las luchas entre los misioneros de las distintas confesiones. Reclamaron que, por encima de las divisiones, se anunciara en los países de misión un mensaje con un denominador común. El Consejo Ecuménico de las Iglesias Tras varias tentativas y reuniones, entre las que destacan la Constitución del Consejo Internacional de Misiones (1921), la primera Conferencia del Cristianismo Práctico ("Vida y Acción", Estocolmo, 1925) y la primera Conferencia sobre Cuestiones Doctrinales ("Fe y Constitución", Lausana, 1927), y superado el paréntesis de la segunda guerra mundial, en 1948 se creó en Amsterdam el Consejo Ecumémico de las Iglesias (CEI), del que formaban parte las grandes Iglesias de la Reforma y de la Ortodoxia. Entre los grandes pioneros de la iniciativa figuran el arzobispo luterano sueco N. Söderblom, el arzobispo de la Iglesia ortodoxa griega Germanos y el teólogo reformista francés W. Monod. El CEI no tiene autoridad sobre las Iglesias que lo componen. Es más bien un lugar de encuentro y de intercambio de opiniones. Sus decisiones no son obligatorias, aunque en la práctica ejercen una profunda influencia sobre sus miembros. El Consejo se autodefine como una "unión fraterna de Iglesias que confiesan a Jesucristo como Dios y salvador según las Escrituras e intentan dar una respuesta conjunta a su común vocación, para la gloria del único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo". El ecumenismo católico En un primer momento, la actitud de la jerarquía católica fue displicente. El gran cambio oficial se produjo con ocasión del concilio Vaticano II. Entre sus objetivos, Juan XXIII mencionaba una "invitación a la búsqueda de la unidad dirigida a las comunidades separadas". En el curso de las deliberaciones conciliares, la Iglesia católica y la ortodoxa levantaron los lamentables anatemas de 1054 que habían originado la grande y milenaria separación. El Decreto sobre el ecumenismo de 21 de noviembre de 1964 declara en sus primeras palabras que "promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los fines principales que se ha propuesto el sacrosanto concilio Vaticano II" (n.º 1), y exhorta a los católicos a "adquirir mejor conocimiento de la doctrina y de la historia de la vida espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura peculiares de los hermanos (separados)" (n.º 9). Se creó un grupo mixto de representantes del CEI y del Vaticano para analizar las posibilidades de entendimiento. Pablo VI entendía que el ecumenismo era "la empresa más importante de su ministerio pontificio", y en 1969 hizo una visita a la sede del CEI. Se han multiplicado los encuentros, conferencias y publicaciones. Se han conseguido importantes aproximaciones en la interpretación de los textos sagrados. Han sido también notables los progresos en los temas capitales de la salvación por la sola gracia. En el concilio parecen haberse abierto importantes vías de entendimiento para la intelección de la infalibilidad del Papa (sujeta a la Revelación) y de la naturaleza del Colegio Episcopal (véase el tema anterior). No se ha avanzado tanto como las esperanzas iniciales prometían, pero tal vez se haya conseguido algo importante: también aquí se ha instalado un nuevo clima de mutua comprensión y respeto. Los desconocimientos y enfrentamientos de antaño han cedido el puesto a los encuentros fraternos de los papas con las máximas jerarquías ortodoxas y reformistas en ambientes de cordialidad. Las actitudes de rechazo y condena se transforman ahora en peticiones de perdón por los errores propios. SHALOM

importancia religiosa y social del Templo de Jerusalén El Templo de Salomón La excepcional importancia del Templo de Jerusalén se deriva del hecho de que era concebido como la morada donde residía físicamente Yahvé, el Dios de Israel. Cuando David decidió trasladar el arca de la alianza a Jerusalén, lo hizo con el propósito de construir un magnífico edificio para albergarla. Pero no fue él, sino su hijo Salomón, quien convirtió el proyecto en realidad. La construcción fue ejecutada bajo las órdenes de un arquitecto de Tiro, con la colaboración de obreros especializados de esta misma ciudad. Por tanto, sus planos y disposición respondían a los cánones usuales de los templos fenicios. Las descripciones bíblicas son confusas. Aunque ensalzan la magnificencia del Templo, su esplendor parecía radicar más en la decoración que en la estructura arquitectónica. Se estima que el edificio tenía unos 27 metros de longitud, articulados en tres espacios: un atrio (ulam), seguido de una sala rectangular (hecal), denominada "lugar santo" o "morada", y, a continuación, el debir o "santo de los santos". El hecal estaba iluminado por una hilera de ventanas; en él se celebraban los actos culturales y se encontraban la mesa de los panes presentados o "panes de la proposición", el altar de los perfumes y el candelabro de diez brazos. El debir se hallaba en un nivel ligeramente más elevado y estaba separado por una cortina del hecal. Aquí reposaba el arca. Aquí habitaba Yahvé. La construcción tenía una orientación este-oeste con la puerta de acceso en el este. Esta entrada estaba flanqueda por dos grandes columnas de bronce meramente decorativas, sin función arquitectónica. A escasa distancia del atrio se hallaba el altar de bronce o altar de los holocautos. El emplazamiento ocupaba, con toda probabilidad, el lugar de la actual mezquita de Omar o Cúpula de la Roca. Junto al Templo se hallaba el palacio real. En 587 a.C. el Templo fue arrasado hasta sus cimientos por las tropas babilónicas de Nabucodonosor. No queda de él ningún vestigio en la actualidad. Una de las preocupaciones fundamentales del grupo de judíos que, en virtud del edicto de Ciro, retornaron del destierro babilónico a Jerusalén fue la restauración del altar de los holocaustos (538 a.C.), seguida, a los pocos meses, de los primeros trabajos de reconstrucción del templo (537 a.C.). Muy probablemente la construcción imitaba la traza del templo salomónico aunque, dada la precaria situación económica de la comunidad, fue de proporciones y ornamentación mucho más modestas. Ya no se menciona la presencia del arca de la alianza, tal vez perdida para siempre durante el saqueo babilónico. El candelabro tenía ahora siete brazos. En 167 a.C. el Templo fue profanado por el monarca seléucida Antíoco IV Epífanes, que ofreció sacrificios a Zeus Olímpico en el altar de los holocaustos de Yahvé. En 164 a.C., Judas Macabeo acorraló a la guarnición siria en la ciudadela de Jerusalén y purificó el templo (fiesta de la Dedicación). Con la intención de ganarse la voluntad de los judíos, el monarca idumeo Herodes el Grande acometió, en el invierno del 20-19 a.C., grandiosas obras de ampliación y embellecimiento del templo, aún no concluidas en tiempos de Jesús. Los trabajos, llevados a cabo en una explanada de 1 500 metros de perímetro, incluían varios edificios rodeados de pórticos. En el curso de los trabajos se alzó, al suroeste del recinto, el "Muro de las Lamentaciones". Este tercer templo corrió la misma suerte que los dos anteriores. El 6 de agosto del año 70 d.C., en el curso del asedio y conquista de Jerusalén por las legiones romanas de Tito, fue pasto de las llamas. Sacrificios El sacrificio, en su sentido esencial, es la entrega a Dios de un bien que nos es querido, como reconocimiento de que todo cuanto poseemos viene de Él y, al entregarle una parte, expresamos nuestra gratitud. La entrega puede revestir también el carácter de expiación, nacida del arrepentimiento y el deseo de obtener el perdón y la reconciliación con Dios. En Israel, los sacrificios son tan antiguos como los primeros patriarcas. Abraham, Isaac y Jacob erigieron altares en lugares elevados o en aquellos en los que se había producido alguna manifestación especial de la divinidad. En ellos ofrecían como sacrificio productos del campo o cabezas de ganado. Al contrario que en los países de su entorno, en Israel parecen haberse excluido totalmente los sacrificios humanos. Según las diversas motivaciones o finalidades, los israelitas practicaron diferentes tipos de sacrificios: de comunión, de acción de gracias, de expiación por los pecados... El más importante de todos ellos era el holocausto. Aquí la víctima era quemada en su totalidad, es decir, estaba enteramente dedicada a la divinidad, sin reservarse nada para el disfrute humano. Con el curso del tiempo, y gracias a un proceso de profundización del significado del ritual, los conceptos de templo y sacrificio fueron adquiriendo creciente contenido espiritual. Los profetas anunciaron que el verdadero culto radica en el cumplimiento del derecho y la justicia. Este proceso de espiritualización alcanza su cumbre en el cristianismo con la idea de que la morada de Dios se encuentra en la comunidad de los fieles. Así, cada creyente es templo del Espíritu Santo. Las festividades hebreas Las solemnes festividades contribuyen a acentuar el sentimiento de pertenencia a un grupo en el que cada individuo se identifica con una comunidad en la que halla cobijo y sentimiento de seguridad. En el calendario festivo hebreo se distinguen, en razón de su origen, dos componentes básicos: el derivado del pastoreo, que hunde sus raíces en el remoto pasado nómada de Israel, y el surgido del ciclo agrícola, predominante a partir de la conquista y el asentamiento en Palestina. A veces, ambos orígenes acaban fundiéndose en una misma festividad. Dado que la religión judía está sólidamente anclada en la creencia de la intervención de Dios en la historia, es obvio que, con independencia de los orígenes reales de cada festividad, en su reinterpretación cultual posterior se las haya asociado con acontecimientos concretos tras los que se percibe una actuación singular de Yahvé en favor de su pueblo elegido. Se abre, por tanto, la posibilidad de que una misma fiesta haya tenido diferentes atribuciones e interpretaciones en las diversas épocas de la historia de Israel. En su sentido originario, estas fiestas eran días de alegría, como se desprende del término con que se las designa: jag, "corro de danza", aunque la evolución posterior ha convertido algunas de ellas en conmemoraciones de penitencia y duelo. El calendario religioso se rige por el año lunisolar, de 29 o 30 días. A diferencia del año civil, el año litúrgico se iniciaba en primavera, en el mes de nisan, llamado "el comienzo de los meses". El calendario arrancaba de la observación del novilunio de nisan. Puesto que la Luna aparece al oscurecer, los días se contaban desde una puesta del sol hasta la puesta siguiente. Israel y la visión espiritual de Dios Según la concepción imperante bajo la dinastía davídica, a los ojos del pueblo judío el Templo de Jerusalén era indestructible por ser la morada de Dios. Su aniquilación significaría que los dioses de los pueblos idólatras eran más poderosos que Yahvé. Esta idea era blasfema. Los dramáticos acontecimientos que desembocaron en la destrucción de la ciudad y del Templo, la desaparición del reino de Judá como nación independiente y el destierro del pueblo (589 a.C.) suponían, por tanto, una cesura sin precedentes, una gravísima amenaza para la fe. Parecían implicar, en efecto, que Yahvé había sido vencido. En aquella trágica situación se registró uno de los fenómenos más sorprendentes de la historia de las religiones. De aquella, a primera vista, aniquiladora catástrofe nacional surgió una fe yahvista firme, absolutamente purificada, ya para siempre, de las desviaciones idolátricas que habían sido una constante en el pasado de Israel. El prodigio se produjo a través del mensaje de los profetas. El Templo no había sido destruido porque los ídolos babilónicos hubieran derrotado a Yahvé, sino porque Israel habia sido infiel a su alianza y Dios le había castigado, sirviéndose, como instrumento para ejecutar el castigo, de los imperios paganos. Es Dios quien dirige los acontecimientos de la historia. No hay historia profana. Todo es historia sagrada. Los profetas y las religiones El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios. Es el mensajero que anuncia a los hombres la voluntad divina. El profetismo no es un fenómeno exclusivo de Israel. Son numerosas las culturas que conocen la figura de profetas extáticos, con sus multiformes y a menudo extrañas manifestaciones a través de cantos, danzas rítmicas y redoble de instrumentos músicos. Alcanzado el estado de trance, estos hombres tienen visiones que describen con lenguaje muchas veces indescifrable y entrecortado. En la época de la monarquía israelita fueron tan numerosos que formaban comunidades que la Biblia denomina "hijos de los profetas". En las antiguas culturas de Mesopotamia, Egipto y Canaán era bien conocido otro tipo de profeta, el hombre dotado de poderes y técnicas especiales que le permiten descubrir los designios de Dios. Algunos de ellos estaban al servicio de la corte para hacer saber a los monarcas la voluntad divina. Su consulta era obligada en todos los asuntos importantes del Estado, sobre todo en lo relacionado con el culto y las campañas militares. Dada la condición de la naturaleza humana, entre los profetas cortesanos no faltaron, tampoco en Israel, quienes para asegurarse los favores de los monarcas, sólo les transmitían como palabra divina lo que respondía a los deseos de los gobernantes. Son los "falsos profetas". La religión yahvista conoce, además, otra clase de profetas, a saber, los hombres llamados personalmente por Dios para comuniciar el auténtico mensaje divino, con frecuencia conminativo y exigente. Son los "verdaderos" profetas. Saben bien que Yahvé es el Señor de la historia, que la dirige a un fin e interviene activamente en los acontecimientos humanos. Por tanto, leen e interpretan los acontecimientos como expresión de la voluntad divina. No llevaron a cabo esta labor de interpretación porque tuvieran una singular capacidad de análisis que les permitiera comprender mejor que sus contemporáneos el auténtico alcance de los hechos, sino en virtud de las revelaciones de Dios. De donde se deduce que uno de los criterios para distinguir a los "profetas verdaderos" de los falsos era el cumplimiento real de sus vaticinios. Los profetas de la cautividad Los profetas preexílicos habían anunciado repetidas veces, con apremiantes expresiones, la gran catástrofe que se abatiría sobre el pueblo si persistía en la idolatría y el incumplimiento de la Ley. El castigo anunciado se había cumplido, y habían acreditado que eran profetas verdaderos. Hablaban en nombre de Dios. Su palabra era palabra de Dios. Ahora, en las calamitosas circunstancias del destierro, aquellos mismos profetas que habían anunciado el castigo proclamaban un mensaje nuevo. Declaraban que en los planes de Dios el castigo no es nunca la última palabra. El castigo tiene siempre, como objetivo final, promover el arrepentimiento y obtener la reconciliación. El destino de los sufrimientos es mantener viva la esperanza del perdón, pero no entendido como olvido del pasado y restablecimiento de la situación anterior, sino como su radical superación, como la creación de nuevos cielos y tierra nueva, como la aparición de un nuevo estilo de hombres, en los que Dios deposita un corazón nuevo y con los que pacta una alianza nueva en la que la Ley no está escrita en tablas de piedra, sino que se enraíza en el mismo ser humano. Por tanto, no será ya una ley quebrantada, sino cumplida "de corazón". El destierro fue, pues, el oscuro túnel del castigo a través del cual Israel expió sus pecados y accedió al perdón. Desde la dramática experiencia del cautiverio, la idea de los sufrimientos entendidos como expiación se configura como uno de los elementos permanentes de la conciencia religiosa judía individual y comunitaria. Este pueblo vive y percibe los sufrimientos y las persecuciones -a menudo trágicas- que ha sufrido a lo largo de la historia por su concidión específica de judíos desde el prisma y con la conciencia de expiación. Pero no sólo como expiación por sus propios pecados. El hecho de ser el pueblo elegido le convierte en cierto modo en interlocutor privilegiado de la humanidad ante Dios. En los bellísimos poemas del "Siervo doliente de Yahvé" se describe a este varón (representante del pueblo judío) como víctima expiatoria ante Dios por las transgresiones de todo el género humano. Así, todas las vivencias de este pueblo son dolor y consuelo al mismo tiempo. En la visión cristiana, esta misión expiatoria alcanza su plenitud y consumación última en la figura de Jesús, el hijo de Dios, cuya pasión y muerte han sido expiación, para siempre, de los pecados de la humanidad. La desaparición del profetismo Aquellas figuras de profetas que tan decisivo papel desempeñaron en la preservación de la fe monoteísta y tan firmemente contribuyeron a mantener viva la llama de la esperanza desaparecieron de la escena religiosa judía tras el retorno del exilio. Varias razones pueden aducirse para explicar su extinción. En primer lugar, el acendrado y ya para siempre inconmovible monoteísmo que Israel alcanzó en el exilio hacía superflua la función ejercida en el pasado por los profetas, a saber, la defensa a ultranza de la fe en el Dios único. La misión estaba cumplida. Por otra parte, con la edificación del nuevo templo y el restablecimiento del culto fue adquiriendo creciente importancia la función de los sacerdotes, inactivos durante el cautiverio, y pasaron a segundo término los profetas. La eclosión de la literatura sapiencial, que escudriñaba la Ley y descubría su sentido auténtico, asumía la tarea docente desarrollada en el pasado por el profetismo. Y, por último, y tal vez lo más importante, no se habían cumplido las grandes expectativas que el mensaje profético había despertado en el pueblo judío. Ciertamente, habían retornado a la tierra prometida según lo anunciado, pero la comunidad retornada era pobre, sufría numerosas privaciones y estaba rodeada de vecinos hostiles y sujeta a monarcas extranjeros. No parecía que pudiera convertirse en realidad, en un futuro próximo o remoto, aquella grandiosa visión de Isaías que contemplaba a Jerusalén como centro de peregrinación al que acudían, desde todos los puntos cardinales, multitudes humanas cantando himnos de alegría y cargadas de regalos. Su desaparición dejó un poso de melancolía en el pueblo judío. Todavía en los últimos escritos revelados flota una esperanza nostálgica: "Hasta que aparezca un profeta..." (I Macabeos, 14,41). Los escritos proféticos Los mensajes de los profetas fueron, ante todo, discursos orales vivos, y sólo secundariamente comunicación escrita. En la historia de Israel ha habido profetas que han influido decisivamente en los acontecimientos de su pueblo, pero de los que no se ha conservado ningún escrito (Natán, Elías, Eliseo). En algunos casos aislados, el profeta dictó el texto de sus mensajes (así Jeremías a su secretario Baruc). De ordinario, los círculos de los seguidores retenían en la memoria sus sentencias que luego, en un momento posterior, eran puestas por escrito y agrupadas por temas, retocándolas para acomodarlas a las situaciones concretas y completándolas con datos relativos a las circunstancias personales del profeta. Los mensajes escritos se estructuran según un esquema básico muy simple. En la primera parte se denuncia la conducta errónea del pueblo o de sus dirigentes y a continuación se enuncia, poniéndola en labios de Dios ("oráculo de Yahvé", o "así habla Yahvé" la aplicación del castigo, seguida con frecuencia de la promesa de perdón en caso de arrepentimiento. La doctrina de los profetas Dentro de la gran diversidad de los mensajes proféticos, derivada de la personalidad de cada profeta y de las diferentes situaciones históricas y sociológicas en que pronuncian su sentencia, hay en todos ellos varias enseñanzas comunes. El monoteísmo de los profetas incluye siempre un componente ético que no se contenta con el simple cumplimiento de los ritos. Sus palabras son una firme denuncia de las injusticias sociales. En las etapas de prosperidad económica vividas por el reino de Israel en la primera mitad del siglo IX a.C. y por ambos reinos, Israel y Judá, en el siglo VIII, se registró la desintegración del tejido socioeconómico israelita basado en la presencia de numerosos pequeños propietarios de la tierra. Las clases dominantes, en concreto la casta militar y los funcionarios de la corte, amasaron grandes riquezas a costa del campesinado. Para poder superar los períodos duros, por ejemplo en tiempos de grandes sequías, los minifundistas se veían forzados a contraer deudas, hipotecando para ello sus fincas e incluso sus propias personas. Este sistema generó un pequeño número de grandes latifundistas y una gran masa de campesinos empobrecidos o vendidos como esclavos. Contra esta situación alzaron su voz enérgica los profetas, denunciándola como pecado contra Dios, puesto que había sido Yahvé quien, después de la conquista de Palestina, había establecido aquel sistema de propiedad ahora arruinado. El mensaje profético está siempre abierto al futuro, sustentado por la esperanza de una salvación última, de la implantación definitiva del reino de Dios universal. Será un reino regido por medio de un representante de Dios, un Ungido o Mesías, un descendiente de David que restablecerá su antiguo imperio terrenal. Pero con el correr del tiempo, y ante la cruda realidad de que muchos de los monarcas del linaje davídico eran claramente indignos, aquella esperanza de restauración se fue desplazando hacia horizontes cada vez más lejanos, situados al final de los tiempos, en dimensiones inequívocamente escatológicas. Hay incluso pasajes proféticos que describen a este Mesías no como soberano glorioso y dotado de poder, sino como príncipe humilde y benigno e incluso como siervo que expía los pecados de Israel. El cristianismo ha identificado a este Mesías anunciado por los profetas con la persona de Jesús. Los libros sagrados De la tradición oral a la fijación canónica El judaísmo, el cristianismo y el islam reciben el nombre de "religiones del Libro" porque creen que sus textos sagrados han sido escritos por inspiración o revelación divina, y contienen la palabra y la verdad de Dios. Antes de alcanzar su forma escrita final, los libros sagrados del judaísmo recorrieron un camino preliterario de varios siglos, a menudo accidentado. Sus más remotos orígenes se remontan a tradiciones orales de las diversas tribus hebreas que, desde principios del II milenio antes de nuestra era, nomadeaban por las amplias estepas débilmente pobladas de Irak, Siria y la península Arábiga. Eran tradiciones dispersas, que giraban en torno a las vicisitudes de los patriarcas considerados fundadores de los diversos clanes. Sólo en una etapa posterior, sobre todo después del asentamiento en Palestina, comenzaron a cohesionarse y armonizarse para formar la primera urdimbre de un relato unitario. A este primer avance unificador contribuyeron, sin duda, las peregrinaciones de diversas tribus a unos mismos santuarios, como los de Betel, Siquem o Silo. Puede admitirse sin dificultad que algunas de estas tradiciones orales, varios textos éticos y jurídicos y normas rituales de no muy amplia extensión fueron consignados por escrito en épocas muy tempranas, ya en vida de Moisés. El conocimiento de la escritura estaba muy difundido en Oriente Próximo desde fechas muy remotas. Es indudable que Moisés, educado en la corte de los faraones, dominaba la escritura. Se le atribuyen varios pasajes del libro del Éxodo, entre ellos la victoria sobre los amalecitas de 17,14, el "libro de la alianza" de 24,4, el "decálogo cultual" de 34,27 y el itinerario de la marcha por el desierto de Números 33,2. Probablemente también es suyo el "canto de Moisés" del Deuteronomio (31,22). Puede situarse en la primera época de la monarquía, bajo los reinados de David y Salomón, la creación de escuelas para la formación de los escribas indispensables para el funcionamiento de la administración del estado. En estos centros se fueron recopilando y consignando por escrito las pequeñas unidades orales dispersas, agrupadas en torno a los grandes temas de la liberación de la esclavitud de Egipto, la marcha por el desierto, la alianza en el Sinaí y la conquista de la tierra prometida. Surgía así el embrión de una especie de "historia sagrada" de Israel. Por otra parte, es evidente que, en esta época, también los sacerdotes recopilaron y escribieron las normas rituales, las festividades y los salmos necesarios para el culto en el templo. Asimismo, en estas fechas de florecimiento cultural israelita pueden situarse los primeros pasos de la literatura sapiencial, expresada sobre todo en proverbios. Los libros de la Biblia Esta actividad literaria desembocó en un cuerpo que abarca fundamentalmente lo que la Biblia hebrea denomina Torah o Ley (libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números, amplias secciones del Deuteronomio) y la colección de "profetas anteriores" (Josué, Jueces, Samuel [1 y 2] y Reyes [1 y 2]). No era todavía un texto cerrado e intocable. En las copias posteriores se fueron añadiendo nuevos datos y reflexiones hechas desde las perspectivas de los diversos redactores. Probablemente, estos textos adquirieron una forma muy parecida a la actual bajo el sacerdote Esdras, funcionario de la corte persa especializado en los asuntos de Judea, enviado a Jerusalén hacia el 398 a.C., o tal vez incluso antes (a mediados del siglo V), con poderes plenipotenciarios en todo lo relacionado con "la Ley de Dios". La consignación escrita de los oráculos de los "profetas posteriores" (los nebî'îm, libros de Isaías, Jeremías y Ezequiel más "los Doce", es decir, los libros de Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías) se remontan, en parte, a los mismos profetas, pero con mayor frecuencia a los círculos de sus seguidores, que agruparon sus sentencias por grupos temáticos, en vida misma de los mensajeros divinos o poco después de su muerte. También en este caso, las copias sucesivas de los amanuenses registraron reagrupaciones, añadidos y dislocaciones. Puede situarse el punto final de esta labor de redacción hacia el año 200 antes de nuestra era. El tercer gran bloque (los ketubîm o "Escritos" fue consignado básicamente después del exilio, aunque aprovechando con frecuencia recopilaciones de documentos anteriores. La Biblia hebrea enumera aquí Salmos, Job, Proverbios, los llamados "cinco rollos" (Rut, Cantar de los Cantares, Qohélet, Lamentaciones y Ester), Daniel, Esdras-Nehemías y Crónicas. La formación del canon judío De la gran masa de producción literaria generada por Israel durante más de un milenio, sólo la pequeña parte antes reseñada ha entrado en el "canon hebreo", es decir, ha sido considerada por la comunidad judía como inspirada por Dios. Este reconocimiento se produjo a lo largo de varias etapas y no sin controversias. Únicamente el grupo de la Torah gozó desde el principio de general aceptación. Es el único libro que fue aceptado también por los judíos samaritanos, hacia el año 300 a.C. El canon de los libros proféticos parece haber quedado cerrado hacia el 200 a.C. Fue más accidentada la inclusión de los "Escritos". De hecho, algunos de ellos suscitaron cierta resistencia a causa de su contenido (Qohélet, Ester) o de su erótica expresión literaria (Cantar de los Cantares). Existe la opinión generalizada de que este proceso de fijación del canon alcanzó su punto final en el llamado sínodo de Yabné/Yamnia, celebrado por doctores judíos de orientación farisea hacia el año 90-110 d.C. El criterio para discernir que un libro ha sido inspirado por Dios no reside en que su autor lo afirme. La comunidad creyente reconoce que un escrito está inspirado porque así se desprende del texto mismo, es decir, porque su lectura genera fe. Es un texto inspirado porque inspira. De la "Torah" a la cábala La destrucción del Templo en el año 70 d.C. supuso el fin del culto y de los sacrificios, y la desaparición de Jerusalén como centro político y cultural de Israel. A partir de entonces, la vida religiosa se centró en la sinagoga, en la enseñanza y en el cumplimiento estricto de la Ley. El sanedrín se trasladó a la ciudad costera de Yabné/Yamnia, próxima a la actual Tel Aviv, donde un grupo de doctores de orientación farisea fundó una academia, pronto convertida en la máxima autoridad doctrinal judía. En las escuelas, la enseñanza se impartía de viva voz y consistía en la repetición constante, hasta grabarla en la memoria, de la Torah y de los restantes preceptos transmitidos oralmente de generación en generación. Ambas formas, la oral y la escrita, se remontaban, en opinión de los doctores, al mismo Moisés. Una de las funciones esenciales de los maestros se centraba en explicar el sentido profundo de la Ley y reinterpretarla para adecuarla a las diferentes situaciones históricas y culturales de las comunidades. A esta tarea se le dio el nombre de midrash (explicación), y podía revestir un doble carácter: normativo, de aplicación a la conducta práctica (haláquico) o simplemente edificante (hagádico). El aplastamiento a sangre y fuego de la rebelión de Bar Kokeba (135 d.C.) introdujo en el sistema educativo un novedad que habría de tener hondas repercusiones para la posterior vida cultural y religiosa de Israel. En la contienda pereció un gran número de los maestros de las escuelas, y ello supuso una grave amenaza para la conservación de la enseñanza basada en la transmisión oral. Para garantizar su supervivencia se inició la tarea de consignar por escrito las sentencias de las principales escuelas. Surgieron así, en el siglo II, colecciones escritas de midrashim, redactadas en hebreo y conocidas con el nombre de mishna (enseñanza). Con el paso del tiempo comenzaron a producirse notables divergencias en las aplicaciones prácticas, según las diferentes soluciones que los doctores de las diversas comunidades daban a un mismo problema. Para evitar la desintegración y el caos de la normativa que regulaba el cumpliento de la Ley, hacia el año 200, el rabí Yehudá Han-Nasi (153-217 d.C.) acometió la tarea de coleccionar y unificar los materiales jurídicos existentes para darles un carácter oficial y vinculante. Esta recopilación, la Mishna por antonomasia, configura la parte fundamental del Talmud. El Talmud En su raíz histórica, el Talmud (conocimiento) es la exégesis y el comentario de los textos jurídicos consuetudinarios nacidos de las interpretaciones que los rabinos daban a la Torah y consignados por escrito en la Mishna. Esta labor exegética se desarrolló en los centros de enseñanza judíos de Palestina (Cesarea, Sóforis y Tiberíades) y de la comunidad babilónica que había permanecido en el exilio (Sura, Pumbedita). Los comentarios, consignados por escrito en lengua aramea, reciben el nombre de Guemara. La suma de la Mishna y la Guemara es el Talmud. Surgieron, por tanto, dos "talmudes", el de Jerusalén, concluido hacia el 400 d.C., y el de Babilonia, mucho más extenso (cerca de 10 000 páginas en su traducción española), cuya etapa final se sitúa en los últimos años del siglo V d.C. Ambos fueron la norma jurídica vinculante de sus respectivas comunidades. Pero también ahora, como ya había sucedido con las mishnayot, se daban soluciones divergentes a los mismos problemas, a veces en cuestiones muy importantes, por ejemplo de derecho matrimonial, ya que eran muy distintas las circunstancias y las necesidades de las comunidades de Palestina y las de la diáspora. En razón de la evolución histórica (represión de las comunidades palestinas bajo el dominio bizantino y mayor margen de libertad en Babilonia bajo el califato de Bagdad), acabó imponiéndose el Talmud babilónico. La cábala Junto a esta vida religiosa orientada al cumplimiento de la Ley según la interpretación jurídica oficial, ha fluido, desde fechas muy antiguas, otra corriente de espiritualidad, de perfil místico, en la que, con el correr del tiempo, han ido desembocando otras muchas creencias, tan heterogéneas y de tan diverso origen que resulta difícil establecer un orden unitario y clarificador. Esta dimensión mística parte de la idea básica de que, más allá de su texto literal, la Torah encierra otro sentido esotérico, oculto, que es preciso indagar. A todo este movimiento espiritual se le ha dado, desde la alta Edad Media, el nombre de "cábala". Tuvo importantes manifestaciones escritas en Alemania y Provenza, donde a las enseñanzas genuinamente judías se añadieron numerosos elementos gnósticos y neoplátonicos y, sobre todo, en España, donde alcanza su forma definitiva en el Sefer Hazoar ("Libro del Esplendor" "descubierto" por Moisés bar Sem Tob, muerto en Guadalajara en 1305, en realidad escrito por él mismo, aunque lo atribuía a Shimon ben Yohay, del siglo II. Los teorizadores de la cábala admiten el principio -irrenunciable para la fe judía- de la trascendencia y la inmanencia de Dios, pero no creen que sea Dios el creador inmediato del universo. Lo ha creado por intermedio de diez emanaciones escalonadas (sefirot), dotadas de poderes que ejercen una influencia benéfica en la creación. La religiosidad última de la cábala perseguía liberarse de las cadenas de este mundo mediante la ascética y la mística. Las buenas acciones de los judíos piadosos pueden acelerar la llegada de la era mesiánica, cuya esperanza sobrevuela por encima de todas las especulaciones cabalísticas. Tras la expulsión de los judíos de España, surgieron en Europa y en los países islámicos varios centros de difusión de las concepciones cabalistas. El más importante fue el Safed de Galilea y, bajo la dirección de Isaac Lauria (1534-1572), experimentó una profunda remodelación. En la época algunos renancentistas europeos, como Pico della Mirandola, se sintieron interesados por el universo de la cábala. En la búsqueda del sentido esotérico de la Torah, hubo cabalistas que recurrieron a técnicas interpretativas exotéricas, como la sustitución de las letras de un texto por su correspondiente valor numérico o la transformación de las letras de una palabra en siglas de otras palabras para formar un texto completo. Se llegó así a una especie de magia de las letras expuesta a innumerables arbitrariedades. Estas prácticas no pasan de ser desviaciones de la intencionalidad profunda de los grandes teorizadores de la cábala. Salmo 110 (109 en algunas versiones) "Oráculo del Señor a mi señor" Oráculo dedicado al rey, ungido del Señor y con funciones sacerdotales propias. Se trata de un himno precioso para comprender e imaginar las ceremonias de entronización de los reyes de Israel y de Judá. Con el tiempo, se aplicó al Mesías y fue muy citado en el Nuevo Testamento. Referido a David. Salmo Oráculo del Señor a mi señor: "Siéntate a mi derecha, hasta que ponga por peana de tus pies a tus contrarios". "Desde Sión extienda el Señor tu cetro poderoso: Impera en medio de tus enemigos. Contigo la realeza desde el día en que naciste entre poderes santos: Antes ya del lucero de la aurora Él te engendró, como rocío". Juró el Señor y no le penará su juramento: "Tú eres eternamente sacerdote según el orden de Melquisedec". El Señor a tu diestra aplasta los reyes el día de su ira. Juzga a las naciones, alza hacinas de cadáveres y aplasta cabezas por la vasta tierra. En plena campaña bebes en el torrente y después levantas la cabeza". Los galut de Israel Además de los movimientos migratorios normales, que comúnmente obedecen a razones económicas, la literatura tradicional de Israel conoce cuatro grandes desplazamientos masivos forzados, es decir, expulsiones de la patria por métodos violentos, a los que se da el nombre de galut. La primera de ellas tuvo lugar en los años 722-721 a.C., cuando Sargón II conquistó el reino de Israel. Siguiendo la política practicada en el imperio asirio desde la época de Tiglat Piléser de desterrar a los pueblos vencidos para prevenir futuras revueltas, los israelitas fueron deportados a Media y Mesopotamia, donde se fusionaron con la población autóctona y acabaron por desaparecer como pueblo diferenciado. Su territorio fue ocupado por colonos politeístas que, al entrar en contacto con los habitantes pobres e incultos no desterrados, crearon un sistema religioso sincretista en el territorio de Samaria. Siglo y medio más tarde (596 y 587 a.C.) corrió la misma suerte el reino de Judá. Los judíos, derrotados por Nabucodonosor, tuvieron que emprender el camino del destierro a Babilonia. En el exilio, las comunidades judías cambiaron el hebreo por el arameo, pero conservaron tenazmente su identidad religiosa yahvista. La tercera gran dispersión violenta se registró en la época helenística. En el curso de las guerras entre los diadocos griegos por el control de Palestina (entre el 300 y el 200 a.C.), numerosos contingentes de prisioneros de guerra fueron trasladados a Egipto y Cirenaica. Las comunidades deportadas adoptaron el griego como lengua propia y muchos de sus dirigentes entraron en contacto directo con la cultura y la filosofía helenísticas. En esta época se registra, además, la presencia de comunidades judías en Frigia, Bitinia, Galacia, Cilicia, Macedonia y Grecia. La cuarta y última expulsión de Palestina tuvo lugar bajo el imperio romano. Tras la represión de las revueltas de los años 70 y 135 d.C., cientos de miles de judíos fueron vendidos como esclavos y dispersados por toda la ecumene. La interpretación teológica "El que vive fuera de Israel se asemeja al que no tiene Dios". Las deportaciones, con su secuela última de desaparición del pueblo judío como nación independiente, han sido los episodios más dramáticos de la historia política de Israel y, a primera vista, el colapso final de todas sus esperanzas. Es, pues, natural que sus capas dirigentes se hayan esforzado por analizarlas y descubrir su sentido. La explicación más obvia ha visto en ellas un castigo. Las penalidades sin cuento, el camino hacia el destierro de grandes muchedumbres encadenadas, desnudas, hambrientas y sedientas, la pérdida de los bienes, el alejamiento de la patria para tener que vivir en tierras desconocidas, entre pueblos de costumbres, lenguas y religiones extrañas, todo esto era consecuencia de la infidelidad de Israel. La reflexión profética descubrió un segundo sentido, esta vez esperanzador. La diáspora es, ciertamente, un castigo, pero también una expiación, un proceso de purificación de las culpas pasadas como antesala del perdón de Dios y del restablecimiento de la antigua alianza. Expiada la culpa y alcanzada la purificación, surgirá una comunidad renovada. La diáspora es, pues, la etapa intermedia -necesaria tras la caída- hacia un futuro que los profetas describen con espléndidas pinceladas. Los escritos sagrados posteriores ponen de relieve una finalidad aún más honda, más universal, en la diáspora. Las comunidades diseminadas entre las naciones son el instrumento de que Dios se sirve para manifestarse y dar a conocer su gloria a todos los pueblos de la tierra. De aquí se derivaba para los desterrados una responsabilidad acrecentada, porque su mala conducta desacreditaba a Yahvé. El contacto diario con los idólatras enfrentaba a las comunidades judías con un problema que apenas se había planteado antes del exilio, a saber, la posibilidad de ganarse a estas personas para la fe y la religión yahvista o, dicho en otros términos, de admitir en el seno de la comunidad judía a individuos procedentes de otras etnias. Según la legislación talmúdica, quienes abrazaban en su totalidad la fe y las prácticas judías (incluida la circuncisión) gozaban, a todos los efectos, de la consideración de judíos. También ellos podían dirigirse a Dios, en las plegarias litúrgicas, y con el mismo título que los judíos de nacimiento, como "nuestro Padre". Había además quienes, atraídos por la superioridad del monoteísmo y la mayor pureza de costumbres de los judíos en el disoluto clima moral del paganismo, aceptaban las creencias y, en parte, la legislación judías. A éstos se les aplicaba el nombre de "prosélitos en el umbral" o "temerosos de Dios". En la concepción de la cábala, la diáspora es una de las emanaciones (sefirot) de la divinidad. Por su medio acompaña Dios a su pueblo por toda la ecumene también en los momentos de adversidad. La misión última de la diáspora no es tan sólo difundir por el universo el conocimiento de la Ley, sino que implica un proceso cósmico suprahistórico y es símbolo de cuanto acontece en el universo superior de las emanaciones divinas. Un análisis objetivo del devenir de las comunidades de la diáspora debe constatar el hecho, verdaderamente excepcional en las páginas de la historia, de que estos pequeños grupos humanos, minúsculas gotas de agua en océanos de naciones muy a menudo de superior cultura, de mayores progresos técnicos y de más amplia prosperidad económica, han sabido, por una parte, asimilar la lengua y numerosos elementos científicos y culturales de las comunidades de su entorno, pero conservando al mismo tiempo, durante milenios, la conciencia inalterada de su singularidad como pueblo diferenciado del resto. Las cuatro grandes dispersiones históricas Fiel a su palabra, el Dios de Abraham había dado a su pueblo la tierra que manaba leche y miel. La pérdida de la tierra fue proclamada por los profetas por una parte como fruto de la infidelidad de los judíos: el cisma entre los reinos de Judá e Israel, la idolatría y el incumplimiento de la Ley; y, por otra, como instrumento de inducción a una nueva visión de Dios -espiritual- y de la posesión de la tierra -simbólica. El mapa de las dispersiones puede contemplarse, por tanto, como el cierre de un ciclo que había empezado con el periplo de Abraham desde Ur hasta Egipto atravesando las tierras fértiles (de pastoreo) en los límites septentrionales del gran desierto de Arabia, y que, siguiendo con el retorno de los judíos tras el liderazgo de Moisés, alcanzaba con la ocupación de Palestina la plenitud de un estado nacional. La división y la decadencia dieron pie a las invasiones extranjeras y, tras derrotas sucesivas, a otros tantos exilios: el definitivo de Israel, en los años 722-721, a Asiria, donde desaparece bajo Sargón II; el de Judá en 596 y 587, a Babilonia después de la derrota frente a Nabucodonosor y del que Judá se recuperará tras la intervención de Ciro; el de 300 y 200 a Egipto, Cirenaica, Frigia, Bitinia, Galacia, Cilicia, Macedonia y Grecia (estos judíos serán llamados más tarde helenistas); y el último y definitivo, bajo el Imperio romano, tras la represión de las revueltas de los años 70 y 135 de nuestra era. La tercera dispersión hacia la cuenca oriental del Mediterráneo, por otra parte, explicará siglos más tarde -cuando la secta cristiana empiece a tomar los visos de una nueva religión derivada pero no dependiente del judaísmo- los numerosos viajes de Pablo y los destinatarios de sus epístolas; porque Pablo, en primer lugar, dirigirá el nuevo mensaje a los judíos dispersos por el mundo helénico, y sólo después a los demás que quieran escucharle (los "gentiles". Los profetas en su entorno histórico Años 900 Entorno: Edad del Hierro Reina Acab en Israel (874-853) Reina Josafat en Judá (871-846) Profetas: Actividad del profeta Elías en Israel 850 Entorno: Reina Jehoram en Israel (852-841) Reina Joram en Judá (848-841) Profetas: Actividad del profeta Eliseo en Isarel; muere aproximadamente en 800 750 Entorno: En Isarel, rápida sucesión de reyes hasta la ocupación de Samaria por Sargón II de Mesopotamia y deportación de los israelitas. Fin del Reino del Norte Profetas: Entre 750 y 730, inicio de la actividad de los profetas Miqueas e Isaías en Judá 650 Entorno: Reina Josías en Judá (640-609). Reforma religiosa. Muere en campaña contra los egipcios Bajo Sedecías (595-587), sitio y toma de Jerusalén, captura del rey, destrucción del templo y deportación a Babilonia: Profetas: Actividad de los profetas Sofonías, Nahum y Abacuc. Inicio de la actividad de Jeremías. Actividad de Ezequiel en Babilonia Lamentaciones de Jeremías Capítulos 40 a 55 del libro de Isaías (llamado Segundo Isaías) 550 Entorno: Ciro el Grande (550-530) se apodera de Babilonia y autoriza a los judíos para que vuelvan a Jerusalén. Construcción del segundo templo sobre el primero Profetas: Capítulos 56 a 66 de Isaías (Tercer Isaías) Actividad de los profetas Ageo y Zacarías 450 Entorno: Reconstrucción de la ciudad de Jerusalén Profetas: Libro de Jonás El monoteismo de Israel frente a los pueblos paganos Una espera mesiánica de milenios de duración ha cambiado el signo de la fe del pueblo de Abraham y de Moisés. La alianza divina, cuyo cumplimiento por parte del pueblo elegido suponía la posesión de la tierra prometida, ha tenido que ser reinterpretada desde una óptica profética estrictamente espiritual. La mística ha ocupado el espacio de la conquista bélica; el éxodo, la persecución, la exclusión y finalmente el Holocausto han puesto a prueba el mesianismo. La teología judaica más radical ha comprendido que la literalidad de la "posesión de la tierra" no sólo está fuera de los términos de la alianza, sino que su mantenimiento a costa de más sufrimiento supone realmente el final de la religión judaica. Israel hoy se enfrenta a vida o muerte -como punto final- con el objeto del segundo Isaías en el tiempo de la deportación del reino de Judá a Babilonia: la comprensión espiritual de Dios y de su relación con el ser humano. Judaísmo, mazdeísmo y helenismo A lo largo de la historia, el esfuerzo intelectual y la mística judaica fueron perfilando la doctrina en los libros sagrados a fin de que fuera posible discernir netamente los aspectos espirituales y monoteístas de Israel frente a los pueblos paganos. A través de las comunidades de la diáspora llegaba hasta las naciones politeístas el conocimiento del monoteísmo y de la moral del pueblo judío. Pero se trataba de un proceso de doble dirección, porque al entrar en contacto con la cultura pagana la fe yahvista, monolingüe, encerrada en sí durante los siglos de la época nómada y bajo las monarquías independientes de Judá e Israel, aprendía lenguas de comunicación universal y conectaba con mentalidades y sistemas conceptuales que aportaban nuevas ideas y planteaban problemas hasta entonces inexplorados. La interrelación con culturas, filosofías y religiones distintas ha conocido en la historia del pueblo judío dos epicentros de singular trascendencia por sus repercusiones sobre las concepciones religiosas del judaísmo. El primero se dio en el ámbito mesopotámico de lengua aramea, en los siglos VII-II antes de nuestra era; el segundo coincidió con el espacio cultural del helenismo. El mazdeísmo La conquista de Babilonia por el persa Ciro (539 a.C.) aportó mayores niveles de libertad religiosa para el conjunto heterogéneo de pueblos del imperio aqueménida. A partir de Darío I (521-486 a.C.), la religión oficial persa fue el mazdeísmo, cuyos remotos orígenes parecen situarse en Irán oriental, en una fecha en torno al siglo XVII a.C. El rico y con frecuencia confuso universo conceptual de esta orientación religiosa gira en torno a la creencia en una serie de dioses, dotados de poderes y cualidades benéficas, frente a la que se alinea otra serie simétrica y opuesta de dioses con cualidades y poderes malévolos. Existen dos principios creadores: Ormuz, de quien procede cuanto es bueno, y Ahrimán, origen de todo cuanto es malo. El universo creado es el escenario en el que ambos principios se enfrentan. El hombre está dotado de libertad y puede elegir entre estos dos principios. Los ángeles siguen a Ormuz y procuran el bien de los hombres, mientras que los demonios se inclinan por Ahrimán y se esfuerzan por sembrar y difundir el mal. Los buenos serán premiados y los malos castigados en una existencia ultraterrena. El combate cósmico entre el bien y el mal finalizará con la llegada de un Salvador y con la renovación del universo, ampliamente descrita en la rica literatura apocalíptica iraní. Difícilmente pudieron las capas cultas de las numerosas y a menudo florecientes comunidades judías del espacio mesopotámico mantenerse totalmente impermeabilizadas en este mar de ideas, sobre todo porque parecían aportar nuevos elementos para la solución del problema -inextricable desde las categorías antropológicas del judaísmo preexílico- de la justicia divina, que permite que los malvados prosperen y los justos sean humillados en la tierra. Existen indicios de la presencia de algunas de estas nociones mazdeístas en los escritos judíos de aquella época (Job, Proverbios, algunos salmos, la visión apocalíptica de Daniel). El profeta Jonás aporta una concepción del gobierno y la providencia de Dios de perfiles netamente universalistas. Parece asimismo de origen iraní la figura de Satán como autor del mal, mientras que en las concepciones preexílicas era simplemente un servidor de Yahvé. En el libro de Tobías, ángeles y demonios son personajes protagonistas. De todas formas, el estricto monoteísmo judío cerró herméticamente la puerta a la penetración de las concepciones gnósticas de dos principios -uno bueno y otro malo- como creadores del universo. El contacto con el helenismo La segunda gran zona de contacto entre las concepciones de los pueblos paganos y la visión del mundo del judaísmo se sitúa en el espacio del helenismo, y de una manera muy concreta y destacada entre la numerosa y floreciente comunidad judía de Alejandría y el vigoroso movimiento literario, filosófico y científico desplegado en aquel gran centro cosmopolita. Tal vez el hombre que mejor encarna la problemática surgida como consecuencia del encuentro y el enfrentamiento entre las categorías racionales del pensamiento griego y las creencias religiosas judías sea Filón de Alejandría (hacia 13 a.C.-45/50 d.C.). Profundamente creyente, gran conocedor y sincero admirador de la literatura y la filosofía griegas, se impuso la tarea de conciliar las afirmaciones del Pentateuco y los enunciados filosóficos, las sentencias de Moisés y las tesis platónicas y aristotélicas, es decir, las verdades de la fe y las de la razón, a partir de la convicción básica de que no puede haber contradicción entre ellas, puesto que todas tienen su origen en Dios. Para alcanzar este objetivo recurrió a la interpretación alegórica de las páginas bíblicas. En el marco de las concepciones platónicas, Filón entiende que Dios no llevó a cabo la creación directamente y por sí mismo, sino mediante su Logos (Palabra). Aunque es controvertido el origen de este concepto en los escritos sagrados, está fuera de duda la influencia que, a través de la idea del Logos, ejerció Filón en los grandes pensadores cristianos -también alejandrinos- Clemente y Orígenes. El Libro segundo de los Macabeos, surgido en el seno de la diáspora grecorromana, ofrece palpables pruebas de la profunda penetración de las ideas y las costumbres (a menudo paganas) helenísticas en la comunidad de Palestina, y es una excelente demostración de la aceptación de los cánones literarios griegos en las comunidades grecoparlantes judías. La traducción griega de la Biblia La aportación más trascendente nacida del encuentro entre las comunidades de la diáspora y el entorno helenístico es la traducción griega de la Biblia, llamada de los Setenta. Según la tradición, el rey Tolomeo (Tolomeo Filadelfo, 283-246 a.C.) hizo llevar de Palestina a 72 sabios hebreos (seis por cada una de las 12 tribus), cada uno de los cuales realizó, por separado, en 72 días, la traducción de los Libros de la Ley" (el Pentateuco). Dejando aparte los datos legendarios, el hecho cierto es que hacia el siglo III a.C. se vertían por primera vez las ideas bíblicas a un idioma y un universo conceptual no semita. La cultura hebrea en la Europa medieval Uno de los aspectos más reseñables de las comunidades hebreas en la Europa medieval radica en el hecho de que, con independencia de la hostilidad latente contra los judíos en las capas incultas de la población (véase "El Holocausto", los grupos dirigentes de ambas confesiones, es decir, los judíos y los cristianos, a los que se añadían, en el caso de España y Portugal, los musulmanes, supieron mantener con frecuencia relaciones de amistad, diálogo y cooperación en numerosísimos campos de las artes y las ciencias. El florecimiento europeo En Italia destaca la figura del médico, poeta y exegeta Immanuel ben Salomo (1263-h. 1330), amigo personal de Dante. Judas León Abravanel (1460-1520), llamado León Hebreo, de origen portugués, ejerció una notable influencia en la poesía amorosa y la mentalidad platónica renacentista a través de sus Dialoghi d'amore. En Alemania, los judíos consiguieron, ya desde el siglo X, organizarse en comunidades autónomas. Crearon importantes centros culturales en Maguncia, Worms, Tréveris y Espira. Entre sus aportaciones más destacadas figura el libro Luces del exilio, de Gerschom ben Yehudá (960-h. 1028 o 1040), rector de la Academia de Maguncia. La obra contiene una serie de disposiciones morales, que se convirtieron en obligatorias para todas las comunidades judías occidentales, entre ellas la prohibición de la poligamia y del divorcio sin el consentimiento de la esposa. Sorprende, por su modernidad, la garantía del secreto de la correspondencia epistolar. En Francia se crearon, a partir del siglo XI, numerosas escuelas rabínicas de orientación básicamente babilónica. Las exégesis bíblicas de Salomo ben Isaac de Troyes (1040-1105), conocido como "Rashi", ejercieron una notable influencia en las interpretaciones de Nicolás de Lyra e incluso de Lutero. Sus comentarios al Talmud (Tossafot, "Añadidos" figuran en todas las ediciones talmúdicas posteriores. El pensamiento hebreo alcanzó un vigoroso desarrollo en el espacio meridional francés de la Langue d'oc. La confluencia en tierras provenzales de ideas talmúdicas, platónicas y gnósticas y de nuevas sensibilidades artísticas permitió un despliegue científico y literario de amplios vuelos. Entre sus logros más destacados pueden mencionarse los tratados cabalísticos. El caso específico español En España la floración de escuelas hebreas potenció los estudios de gramática, lexicografía, exégesis bíblica y talmúdica, tratados de filosofía y medicina y el cultivo de la poesía. La nómina de pensadores judíos de esta época es abundante. Ocupan en ella un lugar destacado el malagueño Salomón Ibn Gabirol (m. 1050), llamado Avicebrón por los latinos, exponente del aristotelismo contemplado con ojos neoplátonicos; el toledano Yehudá Ha Levi (m. 1141), más interesado por la poesía y la mística que por la filosofía; Ibn Saddiq, muerto en Córdoba hacia 1149, seguidor de la línea platónica de Ibn Gabirol aunque con mayor insistencia en la antropología, y el toledano Abraham ibn Ezra (m. 1167), cuyos comentarios bíblicos incluyen numerosos elementos conceptuales neoplatónicos. Las ideas aristotélicas se abren paso a través del también toledano Abraham ibn David (m. 1180), filósofo firmemente convencido de la armonía, e incluso de la coincidencia, entre la fe y la ética bíblica y las ideas aristotélicas. Maimónides y su influencia Este clima de efervescencia cultural tuvo su culminación en el cordobés Moisés Maimónides (m. 1204, en El Cairo). Su obra principal lleva el significativo título de Guía de indecisos, porque es precisamente a los pensadores que vacilan entre las verdades de la fe y las de la razón a quienes presenta sus reflexiones. Maimónides basa su argumentación en la filosofía aristotélica. Afirma que la revelación y la filosofía constituyen un todo, un continuum, en el sentido de que la segunda es el instrumento más idóneo para llegar a captar el auténtico contenido de las verdades reveladas. El universo conceptual de Maimónides ofrece abundantes puntos de contacto, aunque también profundas divergencias, con su contemporáneo Averroes y con Tomás de Aquino, y ha ejercido una persistente influencia en numerosos filósofos, entre ellos Spinoza. Su obra tuvo como consecuencia la división en dos campos enfrentados, en partidarios y adversarios de sus ideas, de los estudiosos y los dirigentes de las comunidades judías. Entre los adversarios más radicales debe mencionarse a los cabalistas. Abraham Abufalia (1240-1292) intentó crear vías de entendimiento entre el racionalismo de Maimónides y el misticismo de la cábala. SHALOM

La sinagoga y el culto Para satisfacer las necesidades de la comunidad La sinagoga ha sido, durante siglos, la asamblea de los creyentes, el hogar, punto de encuentro, centro de reunión y de oración, tanto como la patria del pueblo judío en el destierro. El término griego "sinagoga" (compuesto de la partícula syn, con, y el verbo ago, actuar) traduce el concepto hebreo de beit ha knesset o "casa de la reunión" e incluye las acepciones de asamblea religiosa y edificio donde ésta se celebra. Las sinagogas, además de lugares de oración y culto, sirven también, según la tradición rabínica, "para satisfacer todas las necesidades de la comunidad". Aunque no se conocen con exactitud sus orígenes históricos, es opinión unánime entre los estudiosos que pueden situarse, en términos generales, al menos como lugar de culto organizado, en la época del exilio de Babilonia, donde ejercieron el papel de templo sin el ritual de los sacrificios. Hay testimonios escritos de la existencia de sinagogas ya desde la época de Esdras (siglo IV antes de nuestra era) y puede asumirse que se consolidaron como institución firme de uso consagrado bajo los gobernantes asmoneos (siglos II-I antes de nuestra era), con la decidida colaboración de los fariseos. En tiempos de Jesús existían sinagogas en numerosas poblaciones de Palestina, a las que acudían regularmente los fieles los sábados. La arquitectura sinagogal En el aspecto arquitectónico, es probable que en sus inicios las sinagogas apenas se diferenciaran de los edificios comunes. Con el paso del tiempo, fueron adquiriendo características que facilitaban el cumplimiento de sus objetivos como centros religiosos. En términos generales, el estilo arquitectónico de las sinagogas se adaptaba al predominante en sus respectivas regiones. La decoración podía consistir en relieves en piedra con motivos geométricos (pentagramas, hexagramas) y vegetales (granadas), aunque no faltan los motivos zoomorfos y antropoformos. Así lo testifica el descubrimiento de las espléndidas pinturas murales del siglo III a.C. en la sinagoga de Dura-Europos, en la orilla occidental del curso medio del Éufrates, con treinta frescos divididos en tres hileras sobre temas bíblicos. Las sinagogas de Toledo y Córdoba muestran la influencia del arte árabe español. La disposición del espacio interior se subordina a su función de centro de oración y enseñanza. La construcción se orienta hacia Jerusalén, es decir, para las comunidades judías de Europa, hacia el este. En la pared oriental se abre un nicho en el que se instala el "arca" o armario donde se depositan los rollos de la Ley. Este espacio, llamado "santo", está separado por un velo del resto del edificio. En un lugar algo elevado, junto al "santo", se coloca el pupitre (bema) para el lector y un sitial honorífico ("cátedra de Moisés" para el presidente de la asamblea. A lo largo de las paredes laterales se colocan bancos para los fieles. En los servicios sinagogales actuales ha desaparecido la asignación de dos espacios distintos para hombres y mujeres. La liturgia sinagogal La liturgia sinagogal se inicia con la recitación de la semá ("escucha..." y de algunas oraciones, seguida de la lectura de algunos pasajes de la Ley y los Profetas. Este servicio de lectura tiene un cierto sello democrático. Puede ejercerlo cualquier persona capacitada para hacerlo según las reglas establecidas. Acabada la lectura, sigue su exposición, generalmente bajo la forma de exhortación piadosa. La asamblea finaliza con la fórmula de bendición: "Que Yahvé te bendiga y te guarde; que ilumine Yahvé su rostro sobre ti y te sea propicio; que Yahvé te muestre su rostro y te conceda la paz", tomada del capítulo sexto del Libro de los Números. Como consecuencia de la destrucción del primer Templo de Jerusalén (587 a.C.), con la consiguiente desaparición de los sacrificios y de las funciones sacerdotales, la liturgia judía se concentró en la lectura e interpretación de los libros sagrados. De aquí se siguió, necesariamente, una revalorización de la Palabra, la doctrina y los "doctores", en detrimento del sacrificio y el sacerdocio. La situación se afianzó aún más durante los largos siglos de diáspora tras la destrucción del segundo Templo (70 d.C.). El culto se desarrolló en las sinagogas. Una de las preocupaciones básicas de las comunidades judías de la diáspora era construir en sus lugares de residencia una sinagoga donde poder congregarse para los servicios del culto. Puede afirmarse que sin sinagogas estas comunidades no hubieran podido conservar su identidad -religiosa y nacional- en el mar de los pueblos circundantes. De ellas puede decirse, en sentido estricto, que fueron, durante milenios, la patria de los judíos errantes. Contribuyó poderosamente a la eficacia de esta función de preservación de su conciencia de pueblo singular el hecho de que la administración de las sinagogas estuvo siempre, incluso bajo los gobernantes cristianos o musulmanes, en manos de las autoridades judías. Ser expulsado de la sinagoga equivalía en la práctica a un edicto de destierro del judaísmo. Además de esta función de hogar cálido de la cultura y la espiritualidad judías, las sinagogas fueron el centro de irradiación del monoteísmo hacia el exterior mediante una labor de captación de prosélitos. La homilía que seguía a la lectura de los textos sagrados puso en manos de los apóstoles de Jesús una oportunidad y un instrumento de valor incalculable para difundir, a través de las sinagogas, el mensaje del cristianismo. En la actualidad, las sinagogas están por lo general orientadas en dirección a Jerusalén. Al fondo del local se encuentra el tabernáculo, el arca santa que contiene los rollos de la Ley. Delante del tabernáculo pende una lamparilla constantemente encendida, en recuerdo de la luz perpetua que brillaba en el templo de Jerusalén. Un candelabro de lámparas en línea recuerda el candelabro de siete brazos que con frecuencia constituye el símbolo del judaísmo. El ministro oficiante se coloca frente a una mesa elevada sobre una plataforma que equivale al altar en otras confesiones religiosas. El culto es presidido por un rabino y cantado por un ministro oficiante. Un comité de notables de la comunidad se hace cargo de la administración de la sinagoga. El Holocausto de la Alemania nazi El mayor crimen de la historia conocida El Holocausto o "solución final", es decir, la fría, deliberada y despiadada determinación de los dirigentes de la Alemania nazi de exterminar a la raza judía ha sido la más dantesca implantación del horror que la mente humana ha podido concebir y una de las páginas más sombrías de la historia de la humanidad. Las comunidades judías de la diáspora han oscilado, a lo largo del tiempo, entre la tendencia a la asimilación con las lenguas y culturas de su entorno y el deseo de mantenerse fieles a los usos y las creencias de los antepasados. Gracias a esta voluntad, han logrado preservar su identidad y singularidad. Pero justamente esta singularidad, esta fidelidad a prácticas y cultos distintos de los de las poblaciones circundantes, les hacía aparecer a los ojos de los restantes ciudadanos como un grupo extraño, cerrado, incomprensible. De aquí se derivaban fácilmente sentimientos de rechazo y hostilidad, acentuados, en el cristianismo, por la acusación de "pueblo deicida", porque sus antepasados condenaron a muerte a Jesús, el Hijo de Dios. Esta animadversión, acentuada en Europa a partir de la época de las Cruzadas, se tradujo en leyes y disposiciones discriminatorias contra los judíos. Se les obligó a vivir en barrios separados (ghettos) y a llevar sobre los vestidos señales que les identificaban como hebreos. Al prohibírseles los oficios laborales normales, se vieron forzados a concentrarse en actividades prestamistas, añadiendo así nuevo combustible a la hoguera de la envidia y del resentimiento de los cristianos. Un inevitable mecanismo psicológico desplazaba sobre las comunidades judías la responsabilidad de las catástrofes naturales, las epidemias y las crisis económicas, y las convertía en fácil blanco de la ira y la frustración populares. Durante la Edad Media fueron frecuentes en toda Europa los estallidos de violencia y las matanzas de judíos. Con el advenimiento de los Estados modernos se avivó el sentimiento antisemita, porque constituían un cuerpo extraño dentro de las sociedades en busca de homogeneidad nacional. Fueron expulsados de Inglaterra en 1290, de Francia en 1394, de España en 1492 y de Portugal en 1496. En el siglo XIX, esta hostilidad difusa subió un nuevo y peligrosísimo escalón al teñirse de xenofobia y racismo. El antisemitismo nazi Los sentimientos antisemitas tuvieron un excelente caldo de cultivo en la Alemania derrotada en la primera guerra mundial y encontraron en el partido nacionalsocialista liderado por Hitler uno de sus más duros núcleos de cristalización. Para el racismo patológico de la Alemania nazi el judaísmo era un bacilo incrustado en el tejido de la raza aria, que debía ser eliminado a toda costa. Esta voluntad de aniquilación fue una de las causas principales del ataque alemán contra Rusia. Se estima que en los seis meses transcurridos desde el estallido de la guerra, en junio de 1941, hasta finales de aquel mismo año, fueron pasados por las armas 500 000 judíos rusos. El 31 de julio de 1941, el dirigente nazi Hermann Goering mencionó por primera vez a Reinhard Heydrich las palabras fatídicas: Gesamtlösung (solución global) y Endlösung (solución final) para resolver el problema judío. La "solución" consistía en "la eliminación biológica planificada de la raza judía en los territorios del Este". Las cifras derivadas de esta demencial decisión son aterradoras. De los casi nueve millones de judíos que vivían en los territorios europeos ocupados por las tropas nazis en 1941, en los primeros meses de 1945 habían sido asesinados casi seis millones. Su distribución por naciones ofrece las siguientes cifras: Polacos 2 600 000 Rusos 750 000 Rumanos 750 000 Húngaros 402 000 Checoslovacos 277 000 Alemanes 180 000 Holandeses 106 000 Lituanos 104 000 Franceses 83 000 Letones 70 000 Griegos 65 000 Austríacos 65 000 Yugoslavos 60 000 Búlgaros 40 000 Belgas 28 000 Italianos 9 500 En el caso francés consta el dato de que al menos 6 000 de los asesinados eran niños menores de seis años. Curiosamente, los lugares más seguros para los judíos del continente europeo fueron España y Portugal. Pero más espeluznante incluso que el número de las víctimas fue el método elegido para su eliminación. Tras varios ensayos con prisioneros de guerra, se optó por la eliminación en cámaras de gas mediante zyklon-B. A los condenados se les conducía a estas cámaras -situadas bajo prados de césped esmeradamente cuidados-, asegurándoles que se trataba de instalaciones de baño. Una vez dentro, y herméticamente cerrado el recinto, los vigilantes arrojaban los cristales de zyklon por las chimeneas. Las escenas siguientes eran el horror en su estado más espeluznante. Los desdichados se precipitaban contra la enorme puerta de hierro, gritaban y se aplastaban unos a otros. Al cabo de 25 minutos, bombas aspirantes eliminaban los gases. Luego, grupos especiales limpiaban con mangueras las heces y la sangre y, mediante garfios, separaban el amasijo de cadáveres para iniciar la repulsiva tarea de "recuperación de elementos útiles": se arrancaban las piezas de oro de las dentaduras y se ponían aparte los cabellos para colchones y la grasa para fabricar jabón. A continuación, los cadáveres eran trasladados a hornos crematorios y los restos calcinados eran reducidos a cenizas, que se arrojaban a la corriente de los ríos. Ocurría a veces que, por las necesidades de ahorro de la maquinaria militar germana, las cantidades de zyklon eran insuficientes para matar a todo el grupo, y los supervivientes eran incinerados vivos. De Auschwitz dijo Rudolf Hess que era "la mayor instalación de aniquilamiento humano jamás inventada". ¿Tuvo el pueblo alemán conocimiento de esta siniestra actividad de sus dirigentes? Y si lo tuvo, ¿tenía la posibilidad de evitarla, de modo que su pasividad le convertía en cómplice o responsable de este sobrecogedor genocidio? Probablemente, la respuesta a estas preguntas es negativa. Consta que en una reunión con los Gauleiters (gobernadores militares) de los territorios ocupados, el 29 de mayo de 1944, Himmler les advirtió: "Ahora ustedes lo saben todo [sobre el genocidio judío], pero es mejor que se lleven a la tumba este secreto". Datos y obras sobre el Holocausto Antisemitismo: Desde tiempos inmemoriales, doctrina hostil a los judíos. La Alemania nazi fue la que llevó más lejos el antisemitismo, pero en todos los países de Europa se produjeron brotes de violencia por esta causa. Son hitos históricos en este sentido la expulsión de los judíos de España por los Reyes Católicos en el siglo XV, el "caso Dreyfus" en Francia en el XIX, y el fascismo internacional de la primera mitad del siglo XX. Auschwitz: (en polaco, Oswiecim). Campo de exterminio nazi, tal vez el más tristemente famoso de la historia del Holocausto. Situado cerca de Cracovia, se han conservado parte de sus instalaciones (cámaras de gas, hornos crematorios, etc.) para que sirvan de ejemplo de los horrores que la humanidad debe evitar. Baeck, Leo: Rabino, filósofo y teólogo, en 1905 publicó su obra fundamental, Esencia del judaísmo. Años más tarde, fue líder de los judíos alemanes durante la persecución nazi. Sobrevivió a las penalidades del campo de concentración de Theresiendstadt, donde escribió varias obras, como Este pueblo: Israel, el significado de la existencia judía, que recupera la tradición teológico-filosófica de Hermann Cohen, de quien fue discípulo. Belzec: Campo de exterminio nazi situado cerca de la frontera entre Polonia y Ucrania. En él, como en casi todos los campos de exterminio, fueron eliminados tanto judíos como eslavos, gitanos, homosexuales, comunistas y enfermos mentales. Bergen-Belsen: Campo de exterminio nazi situado en el norte de Alemania. Buchenwald: Campo de concentración nazi situado cerca de Leipzig. Dachau: Campo de concentración nazi situado en el sur de Alemania. Diáspora: Dispersión del pueblo judío por todo el mundo, a lo largo de los siglos. Su última manifestación, provocada de modo abrupto y trágico por el Holocausto en Alemania y Europa Oriental, llevó a muchos al Estado de Israel, creado en 1948. Frank, Anna: Judía holandesa que murió durante la ocupación nazi, a los 16 años y tras haber escrito un conmovedor diario que expresa, desde el inocente punto de vista de una adolescente, la barbarie nazi. El Diario de Anna Frank han tenido millones de lectores. Ghetto de Varsovia: En 1943, Hitler envió a sus tropas para ocupar la capital polaca, esperando no encontrar resistencia. Sin embargo, con métodos improvisados y apenas armados, los hombres y mujeres del ghetto judío de Varsovia resistieron heroicamente a los ejércitos alemanes durante un mes, lo cual se convirtió en un símbolo de lucha para la futura Israel. Judaísmo del Holocausto y la Redención: Según Jacob Neusner, tendencia unificadora de los judíos del siglo XX. Por encima de ideologías o variantes doctrinales, están unidos por la experiencia (en carne propia o en la de familiares) del Holocausto nazi y por la Redención, que sería la creación del Estado de Israel. Kaddish: Oración hebrea en homenaje a los muertos. Kristalnacht: En alemán, "noche de los cristales", momento en que se llevó a cabo (noviembre de 1938) la quema de sinagogas, tiendas y casas de judíos alemanes. Levi, Primo: Escritor judeo-italiano interesado en los campos nazis y autor de la conocida novela La tregua. Madjanek: Campo de exterminio nazi situado cerca de la frontera entre Polonia y Ucrania. La mayoría de sus víctimas reposan en el cementerio judío de Lublin, junto al cual se erigió la Izba Pamieci (en polaco, Cámara de la memoria), un complejo arquitectónico diseñado por Stanislaw Machnik que recuerda a las víctimas del Holocausto. Mauthausen: Campo de concentración nazi situado entre Austria y la República Checa. Psicoanálisis: Escuela de psicología y psiquiatría fundada por Sigmund Freud. Muchos de sus continuadores han sido hebreos y algunos de ellos, como Eugene Heimler, Viktor Frankl o Bruno Bettelheim, fueron supervivientes de los campos nazis, lo cual les hizo desarrollar sus estudios teniendo en cuenta su experiencia en situaciones límite. El psicoanálisis ha sido también una vía de escape para muchos pacientes que conocieron el horror. Schindler, Oskar: Nombrado por Israel "persona justa" en la década de 1950, Schindler fue un empresario alemán que trasladó sus fábricas a Cracovia y consiguió salvar a cientos de trabajadores judíos de los campos de exterminio. Su figura se hizo célebre a raíz de una excelente película del director de origen judío Steven Spielberg. Singer, Isaac Bashevis: Escritor polaco que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1978 escribiendo en yiddish, cuando esta lengua estaba prácticamente muerta. Emigrado a Estados Unidos en 1935, conoció en los años siguientes a muchos judíos que huían del Holocausto. Muchas de sus obras hablan del tema con gran lucidez. Su novela póstuma, Sombras sobre el Hudson, es básica para comprender las distintas posturas (sionismo, ortodoxia, comunismo, ultracapitalismo, agnosticismo y ateísmo) que los judíos han adoptado tras el Holocausto: uno de los personajes de la novela, Anna Makaver, afirma: "-¡Oh, no soporto que me hablen de Dios! Después de lo ocurrido en Europa, me indigna que se pronuncie esa palabra, porque si Dios realmente existe y permitió todo aquello, es aún peor que si no existiera." Las obras de Singer son importantes para entender la cultura judaica, tanto la anterior al Holocausto (sus cuentos y leyendas de inspiración jasídica) como la posterior. Treblinka: Campo de exterminio nazi situado cerca de la frontera entre Polonia y Bielorrusia. En él la resistencia moral judía fue tan enconada que se ha convertido en uno de los símbolos de la lucha por la dignidad del pueblo hebreo. Sobibor: Campo de exterminio nazi situado cerca de la frontera entre Polonia y Ucrania. Wiesel, Elie: Escritor que popularizó el concepto de Holocausto (que significaba "sacrificio u ofrenda con fuego" referido a la muerte de seis millones de judíos durante la persecución nazi. Él mismo fue superviviente de un campo de exterminio. Yad Va-Shem: Instituto de estudios del Holocausto, fundado en 1957 en Jerusalén, con el objeto de recopilar todo lo concerniente a tan trágico hecho de la historia del pueblo judío. El judaísmo en la actualidad Entre la identidad nacional y la espera mesiánica En el Estado hebreo, objetivo último del sionismo, se diluye el fenómeno religioso del judaísmo abrahámico como componente esencial de la nacionalidad judía. La nostalgia por la patria, el deseo de retorno a la tierra prometida, ha ardido como una llama inextinguible en el alma de los judíos diseminados por la tierra. La espeluznante experiencia vivida bajo el terror nazi convirtió aquel anhelo en una necesidad existencial, apremiante e irrefrenable. Era indispensable disponer de un territorio propio, gobernado por autoridades judías, con leyes judías, donde guarecerse de las atrocidades, saqueos, humillaciones y matanzas del pasado. Estas aspiraciones, durante muchos siglos más bien nostálgicas por inalcanzables, comenzaron a adquirir cuerpo y expresión concreta en el movimiento sionista organizado y encauzado por el periodista vienés Theodor Herzl. En 1896 publicó su libro programático Der Judenstaat (El Estado judío). En 1898 se celebró en Basilea el primer congreso sionista y se pusieron los cimientos de un hogar nacional judío, aunque por razones tácticas no se mencionaba aún la creación de un Estado judío soberano e independiente. El movimiento sionista partía del principio de que la "cuestión judía" es una cuestión nacional que no puede solucionarse en el destierro, sino que requiere, ineludiblemente, el asentamiento del pueblo judío en un territorio concreto y propio que, por razones históricas, no puede ser otro que Palestina. Para el sionismo, los judíos son un pueblo que, por los avatares de la historia, ha sido privado de algunos de los elementos esenciales definidores de una nación (una tierra, una lengua, unas estructuras políticas y jurídicas propias), y es preciso reconquistarlos. El manifiesto sionista declaraba en términos expresos que se trataba de un movimiento netamente político. El sueño se hizo realidad con la proclamación del Estado hebreo, el 14 de mayo de 1948. El Estado hebreo El nuevo Estado se convirtió rápidamente en polo de atracción de numerosos judíos de todas las regiones del mundo. Al asentarse en Israel, los componentes de esta masa de emigrantes aportaban su propia cultura, sus usos y costumbres, sus convicciones. Así, junto a personas profundamente creyentes, había otras indiferentes en cuestiones religiosas, agnósticas e incluso declaramente ateas. Las estructuras políticas del moderno Estado de Israel son homologables con las de cualquier democracia occidental. El país es gobernado por un parlamento elegido por votación popular. No es una teocracia. Esta situación plantea inexorablemente la pregunta de en qué consiste ser judío hoy o, en otros términos, qué cualidades han de confluir en un individuo para ser judío. Según el Talmud, es judío quien nace de madre judía o abraza la religión yahvista. Esta doble condición era de índole estrictamente religiosa en los días en que fue redactada esta ley, porque era impensable que el nacido de madre judía no siguiera su misma religión. La situación es distinta en la actualidad. Un nacido de madre judía puede ser religioso, pero también puede no serlo. Además, una persona convertida al judaísmo puede proceder de otras etnias. Desaparece, por tanto, el gran elemento de identificación de la nación judía del pasado. Incluso dentro de los grupos religiosos y genuinos descendientes de padres hebreos las divergencias son profundas y, no pocas veces, radicales. A muy grandes rasgos, pueden señalarse dos corrientes religiosas: los asquenazes (judíos alemanes, polacos y rusos), que conservan en parte el yiddish como lengua propia, y los sefardíes, descendientes de judíos españoles, que han hablado, durante siglos, en los países de su dispersión tras la expulsion de la península Ibérica, el ladino (castellano antiguo con fuerte presencia de hebraísmos y vocablos hebreos). Ortodoxos reformistas y radicales Dentro de estos grupos religiosos tienen distinta intensidad el peso de la religión y el carácter vinculante de las tradiciones, con repercusiones directas sobre la concepción del moderno Estado de Israel y su legislación. Para los ortodoxos reformistas, la Biblia es un libro en el que hombres impregnados del espíritu divino han expresado la vivencia de su encuentro con la divinidad. Adoptan, por tanto, una actitud independiente respecto del sentido literal de estas doctrinas y reclaman el derecho a modificarlas y darles expresiones nuevas según las cambiantes circunstancias. Rechazan el carácter obligatorio de las leyes ceremoniales o las aceptan sólo en la medida en que responden a las situaciones concretas de las comunidades. Los judíos ortodoxos radicales, por el contrario, afirman que la Torah es la revelación escrita de Dios, mientras que el Talmud es la consignación de la otra gran fuente de la revelación, también divina, transmitida durante generaciones por vía oral. Ambas son obligatorias y sus preceptos son inalterables. Mantienen el carácter vinculante de la legislación mosaica como base insustituible de la estructura del Estado, consideran irrenunciable la circuncisión, el descanso sabático riguroso, las normas sobre pureza ritual, las reglas sobre los alimentos permitidos y prohibidos y las prescripciones ceremoniales. Esta visión radical de la ultraortodoxia no considera que el Estado judío, en su forma actual, sea el cumplimiento de las esperanzas bíblicas. Para ellos, el reino prometido llegará al final de los tiempos y será implantado, de acuerdo con las profecías, no por el poder de los hombres, sino por la poderosa intervención de Dios. El judaísmo puro aguarda, pues, expectante, con la mirada y la esperanza abierta al futuro, la llegada de los días escatológicos del Mesías prometido. Datos del judaísmo contemporáneo Asquenaze: En la Edad Media, decíase de los judíos que habitaban Europa Central y Oriental. Su lengua era el yiddish y su legado se ha mantenido en algunas zonas de Europa (aunque mucho menos tras el Holocausto), América (EE.UU. y también el Cono Sur) y el moderno Estado de Israel. Hoy en día son un 70 % de los judíos del mundo y el yiddish se ha ido recuperando como lengua escrita, sobre todo desde la entrega del premio Nobel de Literatura en 1978 al escritor polaco-estadounidense Isaac Bashevis Singer, gran divulgador de la tradición jasídica. Balfour: Declaración promovida en 1917 por el científico Chaim Weizmann, en la que el gobierno británico apoyaba oficialmente la pretensión sionista de establecer una patria judía en Palestina, que en aquel entonces formaba parte del tambaleante imperio turco. Dos años después se adhirió a ella el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson. Buber, Martin: Filósofo y teólogo judío de origen austriaco. Gran estudioso de la Biblia y exponente del sionismo, aunque lo invistió de un cariz marcadamente filantrópico: sus nociones de cooperación y fraternidad provienen de la tradición jasídica. Cohen, Hermann: Filósofo y teólogo alemán del siglo XIX. Eminentemente neokantiano, consideraba el judaísmo una religión afín a la razón y era contrario al sionismo. Su pensamiento ha ejercido una gran influencia en el mundo hebreo contemporáneo. Eliezer, Israel ben: (véase Jasídico). Gurion, David Ben: Líder político que en 1948 proclamó el Estado de Israel, con el beneplácito de la ONU, en la ciudad de Tel Aviv. Herzl, Theodor: (véase Sionismo). Intifada: Movimiento de liberación islámico surgido en las zonas ocupadas por Israel desde la guerra de los Seis Días (1967). Jasídico: Movimiento fundado en Polonia, en el siglo XVII, por Israel ben Eliezer, llamado por sus seguidores Baal Shem Tov ("Buen Maestro de Renombre". Sus tesis contrarias a la rigidez intelectual de la tradición rabínica atrajeron a gran cantidad de fieles, especialmente entre los hebreos de clase humilde. La sencilla piedad y la alegría de vivir defendidas por los jasidim (jasídicos) se extendieron por toda Europa Oriental y aunque su influencia decreció en el siglo XX, ha llegado hasta nuestros días, especialmente entre los judíos de origen ruso, bielorruso, polaco, húngaro y ucraniano que emigraron a Estados Unidos. Judaísmo liberal: Tendencia nacida en el siglo XIX y desarrollada especialmente en el XX. Se contrapone al judaísmo unitario y al conservador. Se trata de una discreta observancia de las leyes de la Torah por parte de muchos individuos, que la adaptan a un pensamiento no categórico y personal. Probablemente procede del carácter ecléctico del siglo que ha dado conocidos intelectuales hebreos de muy distinta orientación ideológica: agnósticos, socialistas y, en algunos casos, hasta ateos. Judaísmo ortodoxo: Tendencia surgida en el siglo XIX que pretende conjugar el respeto sagrado a la Torah con un modo de vida justo, pero adaptado a la vida moderna. Por ejemplo, los judíos pueden llevar las mismas ropas que los no judíos, pues son sus creencias las que los diferencian, no su aspecto físico, y también pueden llevar una vida secular mientras no se aparten de las normas, que son inmutables. En el siglo XX, paradójicamente, se llama ortodoxos a los judíos que visten de forma explícitamente hebraica (de negro, con filacterias y sombrero, el pelo de las sienes crecido) y acuden al Muro de las Lamentaciones a leer y comentar fragmentos de la Torah; es decir, se identifica con el judaísmo ultraconservador. Judaísmo reformado: Nacido al mismo tiempo que el judaísmo ortodoxo (siglo XIX), abandona la concepción mística de que los judíos son el pueblo elegido. De modo pragmático, los reformistas son conscientes de que el pueblo de Israel ya no tiene Estado y de que son tan sólo una opción religiosa minoritaria en muchos países, por lo que hay que adaptarse: el judaísmo es un producto de la historia y puede -y debe- cambiar con los tiempos. Ejerce una clara influencia en el judaísmo no dogmático y liberal del siglo XX. Kibbutz: (plural, kibbutzim). Pequeñas explotaciones agrícolas en régimen de cooperativa, de clara inspiración socialista, que se fundaron en el nuevo Estado de Israel y que aún hoy están vigentes. Muro de las Lamentaciones: Originalmente, parte del muro de Jerusalén en época romana. Hoy se ha convertido en un símbolo de la nueva Sión y a él acuden los hebreos a conmemorar desde fiestas sacras hasta acciones militares, como ocurrió al acabar la guerra de los Seis Días. Rebbe: (a veces, abreviado Reb). Título de respeto que se da al rabino que lidera un grupo jasídico. También se aplicaba a los maestros de escuela primaria en Europa Oriental antes del Holocausto. Rosenzweig, Franz: Filósofo y teólogo alemán, discípulo de Hermann Cohen y traductor de la Biblia. Escribió su obra máxima, La estrella de la redención, en las trincheras durante la primera guerra mundial. Sefardíes o sefarditas: Originalmente, tras la diáspora medieval, nombre que se dio a los judíos que habitaban España, Portugal y algunas áreas del Mediterráneo. Hablaban ladino y hoy en día apenas quedan unos pocos descendientes (especialmente en Bulgaria y Turquía). De hecho, la última gran comunidad sefardí fue aniquilada en Tesalónica durante la segunda guerra mundial. Sionismo: (del antiguo nombre de Israel, Sión). Originalmente, movimiento ideológico y político fundado por el periodista austriaco Theodor Herzl. El sionismo es un movimiento de emancipación que nació como respuesta al antisemitismo y las falsas promesas de las naciones; su principal objetivo era crear un estado judío en Palestina. Herzl murió en 1904, siete años después del Primer Congreso Sionista en Basilea y casi medio siglo antes de que fuera cumplido su sueño. Universidad hebrea de Israel: Institución fundada en la década de 1950 por judíos procedentes de la diáspora. A su cargo ha estado, y sigue estándolo, gran parte del renacer de la cultura hebraica, del retorno del hebreo como lengua hablada y de la conservación de la historia y tradiciones sefardíes y askenazíes. Del judaísmo al sionismo Judaísmo 970-931 a.C.: Reinado de Salomón. Construcción del primer templo. A su muerte, cisma y establecimiento de los reinos de Israel al norte y de Judá al sur. 900-150 a.C.: Actividad de los profetas Hacia 40: Aparición de la secta cristiana y escisión 70: Destrucción de Jerusalén por los romanos y diásporade los judíos por el imperio 1135-1204: Maimónides, principal teólogo judío, resume la fe judaica en trece artículos. Su credo reproduce las palabras de Moisés en el Sinaí 1492: Los judíos son expulsados de España. El antisemitismo, alentado por las religiones cristianas, es común en toda Europa Sionismo 1800: Yehuda ben Salomón al-Kalai (1788-1878), Moises Hess (1812-1875) y Hirsch Kalischer (1795-1874) exponen por primera vez que el regreso por medios humanos a la tierrra de los antepasados no se opone a la voluntad de Dios En 1882, el grupo "Bilú", compuesto por jóvenes judíos rusos, funda colonias de pioneros judíos en Palestina 1895 Theodor Herzl (1860-1904) publica El Estado judío 1897 se celebra el I Congreso Sionista en Basilea 1917, "Declaración de Balfour", piedra angular del Estado de Israel 1939-1945: el fascismo internacional se propone eliminar para siempre a la raza judía. Holocausto 1948, el mandato británico sobre Palestina, después de la segunda guerra mundial, facilita la creación del nuevo Estado de Israel contra los intereses de los palestinos que habitan en esta región. Se asegura de este modo una interminable sucesión de guerras. SHALOM