Oximoron
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El origen del mundo Por Eduardo Galeano (El libro de los abrazos) Hacía pocos años que había terminado la guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa Beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo. Mucho tiempo después, Joseph Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo conto: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna, y el muy ateo, muy tozudo, no entendía razones. - Pero papá -le dijo Joseph, llorando-. Si dios no existe ¿quién hizo el mundo? - Tonto -dijo el obrero cabizbajo, casi en secreto- Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles. Pueden leer Online, el libro completo http://www.sololiteratura.com/gal/indlibrodelosabrazos.htm Fuente Ósculos!
La izquierda: Marx en la Argentina Las cartas El joven belga, de origen noble, Raymond Wilmart, era militante de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Producida la escisión entre marxistas y bakuninistas (anarquistas) en la Primera Internacional, Marx envía desde Londres a Wilmart para fortalecer la sección que aquí se había formado sobre la base de exiliados franceses de la Comuna de París y para impedir que la controlen los anarquistas. Estas son dos de las cartas, hasta ahora inéditas en castellano, en las que Wilmart le escribe a Marx desde Buenos Aires explicando por qué no ve ninguna posibilidad para el marxismo en este país. Buenos Aires, 14 junio 1873 296 Calle Chacabuco Querido Por mi última le remití la segunda de las letras de cambio de £8 a vuestra ciudad, y espero que Ud. no tendrá dificultad en enviar a Lisboa o a Madrid las pequeñas sumas que yo ahí debía. No sé dónde he guardado la carta que escribí ayer para Ud., y no tengo sino el tiempo justo para enviarle una dirección de Londres, donde no tendrá más que remitirme lo que tenga para enviarme de fascículos, libros o folletos. No olvide atar el paquete con un buen cordel antes de envolverlo. La Aduana abre los paquetes, pero no los vuelve a cerrar y el contenido podría desparramarse o extraviarse. He visto en la Gazette des Tribunaux el proceso de París: ¡qué comedia! No sé hasta ahora nada del de Toulouse (se refiere a los procesos judiciales a los comuneros de 1871). Van mal las cosas por aquí: sesiones vacías, falta de buena voluntad. Otros tres acaban de partir, el diario no ha aparecido a lo largo del mes último. El número que debía salir mañana no aparecerá antes del 20. Los fondos faltan y hemos debido pagar entre 8 la impresión del último. No debemos desanimarnos nunca, pero hace falta mucha paciencia para soplar siempre sobre las cenizas que no quieren volver a encenderse. Si estoy bien informado, España va muy mal (se refiere a la crisis que atraviesa entonces la Federación Española) y tengo la impresión de que es así en todas partes. Pensar que los españoles hubieran podido hacer tanto en su momento, y que ni siquiera alertaron al movimiento internacional. Le estrecho afectuosamente la mano así como a su buena familia y a los amigos, R. Wilmart Buenos Aires, 27 mayo 1873 Querido ciudadano Por el último paquete inglés he remitido una letra de cambio de £8 a la vista sobre C. de Murrieta OC a fin de hacer llegar £6 a Monteiro, £1 a Fontaine (los dos de Lisboa), £10 a José Mesa, reservándose usted los 10 restantes para cubrir el envío de 18 fascículos: hoy he dirigido la segunda, por si acaso la primera se hubiese extraviado. Estaba en un error cuando decía que faltaba un fascículo Nº 2. Marchamos siempre muy lentamente. Ayer se trataba del crédito mutual, hoy de la educación mutual. Venimos de cursos de dibujo, de aritmética y de lenguas, lo que no es para nada posible en las condiciones en que nos encontramos. Hay algunos días en que yo mismo me sorprendí de encontrar una reunión de propietarios de tierras en nuestra sala. Hace poco más o menos un año y medio, una parte de los miembros había imaginado especular corporativamente sobre las tierras y a tal efecto hemos comprado en las afueras de 2 cuadras (la cuadra tiene 150 varas de lado). Esto podría servirnos de campamento, me han asegurado, en caso de fiebre amarilla o de cólera. Esto es sin duda por lo que ellos me habían rechazado un artículo sobre la especulación de tierras y la carestía de los alquileres que de ella resulte. Salvo la mitad de la sección francesa y de dos o tres españoles, no hay nada que pueda servir entre nosotros, y como decía un viejo de Junio, no se habría perseguido a los internacionales franceses si hubieran sido tan tímidos como nosotros. Comienzo a creer como Picard que no hay nada que hacer con los elementos de aquí. Hay demasiadas posibilidades de hacerse pequeño patrón y de explotar a los obreros recién desembarcados como para que se piense en actuar de alguna manera. No obstante, fue votada una proposición, encargando al Consejo Federal preparar los medios para crear la Federación de Oficios. No conozco más que dos sociedades (la de los carpinteros y la de los sastres) y hemos tenido el talento de indisponernos con ellos a propósito de la sala que se les había prestado anteriormente gratis y de la cual casi los hemos puesto en la puerta. El diario tiene 250 abonados, con 500 puede andar. Mientras tanto, buscamos los 250$ m/c que nos faltan cada vez. Es enojoso que no recibamos ninguna correspondencia de NY, ni de otra parte. Esto nos ayudaría a ponernos al paso con los trabajadores de otros países. Mientras tanto, le repito que no hay motivos para creer en la existencia de ninguna correspondencia con los 140 del Jura. Además, el día en que se pruebe que tales intrigas han tenido lugar, pronta justicia será hecha, puesto que sobre este capítulo la inmensa mayoría estaría contra los intrigantes. Después del número conteniendo la decisión del C G, en lugar de esos que se negaron a reconocer las decisiones de los Congresos, soy yo el que no ha recibido más La Emancipación, de suerte que estoy plenamente a ciegas. Como le decía en mi última, me abonaría con gusto al Volkstaat. Hasta ahora no se me ha dicho nada de El Capital y yo creo que ninguno terminó la lectura, pues nadie se toma el trabajo de pensar en este país. Para remediarlo, yo trataría de dar a las ideas y las teorías que allá están expresadas, una forma compatible con el aprendizaje oral, lo que no es muy fácil. En cuanto a mí, estoy deseando retornar a Europa y espero con impaciencia el mes de febrero del año que viene. Si tuviera todo pago, sin duda me largo el 30 de ese mes. Hay en Montevideo un español expulsado, el doctor Guisasola, médico. Estoy en correspondencia con él y veo que quisiera poder retornar a Europa; él tiene una excelente clientela y, si él parte, sería quizá bueno que Lafargue lo suceda si sigue deseando volver a América. Hay en la provincia de E. Ríos una revuelta federalista que resiste hasta el presente, pero que no puede traer ningún cambio, porque la Constitución es federal y la única diferencia es que unos son partidarios de Buenos Aires y los otros, de las provincias. Es un resto de viejas luchas que se perpetúan por la magia de los nombres propios. Toda la política en este país es asunto de personalidades y apenas podrán creer en Europa que no solamente hay rivalidades entre los Estados sino también entre las provincias. Poco falta para que los europeos sean tratados como los bárbaros en Roma y es lo más natural darnos el sobrenombre de “gringos”. Mucho de prejuicio de campo y de odio contra la Península Madre. Una desigualdad espantosa, desprecio por los negros; no se va con un obrero, se les pega a los criados y se es de una crueldad indignante. Se encuentra totalmente natural matar a los prisioneros. En el campo hay una desbandada desenfrenada. Sin la afluencia de extranjeros no habría ningún progreso posible, no se sabría otra cosa que montar a caballo. No habiendo podido ocuparme de los despachos, le escribiré por el paquete francés. Todo suyo y de vuestra familia R. Wilmart La izquierda argentina Horacio Tarcus, director del Centro de Investigación y Documentación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina, publico dos trabajos capitales para la historia de la izquierda en el país. Por un lado, un diccionario biográfico que se remonta a 1870 y que dio que hablar tanto por sus exclusiones como por sus hallazgos. Por otro, una investigación sobre la recepción de Marx en la Argentina desde un temprano 1871. El punto de contacto entre ambos libros es el belga Raymond Wilmart, enviado por Marx a Buenos Aires para controlar la presencia anarquista en la sección local de la Internacional, y en cuyas cartas, inéditas hasta ahora en castellano, Wilmart expone los motivos por los que cree imposible un destino marxista para este país. Bajo una simbólica nevisca, Tarcus habla de estos monumentales trabajos que recorren casi 150 años de historia argentina. [María Moreno entrevista a Horacio Tarcus Detrás de los cristales, los copos de nieve caían sobre la calle Sarandí. No eran consistentes, pero bastaban para que Horacio Tarcus se riera de los grandes libretos de la historia menuda. El estaba hablando de la publicación de su Diccionario Biográfico de la Izquierda Argentina, de los anarquistas a la “nueva izquierda”, 1870-1976, que publicará Emecé en los próximos días, y su barrio hacía una copia tímida de San Petersburgo. En la cercana avenida Rivadavia más de uno intentaba recordar la letra de Ferradás Campos, ésa donde los lobos aúllan de hambre y Olga no vuelve. Y Tarcus traducía en voz alta una carta a Carlos Marx escrita por su enviado en la Argentina, el belga Raymond Wilmart, y que es la estrella de otro de sus libros que saldrá próximamente editado por Siglo XXI (Marx en la Argentina), porque él, director del Centro de Investigación y Documentación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina (Cedinci), es hombre de revistas, de archivos y de diccionarios para registrar lo que según se mire es tiempo pasado o herencia a interrogar. Tarcus dice que su trabajo de recopilación comenzó con unas cuantas biografías de izquierdistas argentinos destinadas a integrar un diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas del francés Robert Paris. –El quería hacer un diccionario a la manera de los grandes diccionarios del Movimiento Obrero Europeo, que son diccionarios totales en el sentido fuerte del término: cualquier personaje que aparezca referido en un libro de historia o en una entrevista oral existió y tenés que rastrear algún dato biográfico, algo que requiere de financiación y de un equipo muy grande. El gran referente para todos nosotros que es el Dictionnaire biographique du mouvement ouvrier français de Jean Maitron, de 100 mil entradas, se pudo hacer en el contexto de la posguerra y en parte por la gran voluntad prometeica de Maitron, que se encontró con cientos de investigadores dispuestos a trabajar gratis, ya que no tenían que desviarse de su propio tema. Gente que podía producir treinta, cuarenta, cincuenta biografías de militantes de su provincia. Cuando Maitron estaba armando su proyecto, existía un movimiento obrero potente con una agenda política, con peso social, político y cultural. El proyecto de París se frustró porque, como en Europa hay modas científicas e intelectuales, el movimiento obrero entró en un reflujo y dejó de tener interés académico y editorial. Además, muchos de los exiliados con los que trabajaba se volvieron a sus países de origen. Pero eso parece mucho menos azaroso que un síntoma. Hay un contexto de derrota de las izquierdas en Latinoamérica. Tu diccionario puede ser un epitafio o una apuesta. –Mi posición es que, aceptando que hay un cierre histórico –para mí, el comunismo, el anarquismo, el trotskismo, el maoísmo, son un ciclo cerrado, porque las condiciones que permitieron que fueran grupos activos, militantes y con fuertes mitos colectivos capaces de alimentar los diferentes pensamientos, desaparecieron y hoy estamos en los albores de un nuevo pensamiento de izquierda y de nuevos movimientos que todavía no constituyen un paradigma como podría haber sido el marxismo a fines del siglo XIX–, me preocupa encontrar el modo en que la crítica y los relatos históricos acerca del pasado se mantengan como una memoria viva de aquel momento histórico en el presente. ¿Y cómo te ubicás vos en ese espacio? –Yo me veo en un lugar de bisagra, lo que significa que para algunos ortodoxos puedo aparecer como demasiado posmoderno o demasiado antiguo como posmoderno, el historiador de las clases subalternas del siglo XX. Es decir, entiendo las razones de la militancia presente y la necesidad de establecer un corte, pero al mismo tiempo pienso en la necesidad de hacer un balance con beneficio de inventario. No creo que de las experiencias del comunismo, del socialismo, del anarquismo, sea necesario hacer borrón y cuenta nueva. Hay vidas que nos conmueven, nos ayudan a pensar y que permiten alumbrar pensamientos del presente, al mismo tiempo que son callejones sin salida, aporías que se corre el riesgo de repetir. José Peter, Silvio Gesell y Eusebio Mañasco. El líder comunista de los obreros de la carne José Peter. El teórico cuasi-anarquista de la economía Silvio Gesell (padre del fundador de Villa Gesell). El líder anarquistade los mensús de los yerbales Eusebio Mañasco.Quién es quién y quién no El departamento de Tarcus es muy socialismo siglo XIX, con sus empapelados discretos, sus máscaras indígenas –Trotski debía tener unas parecidas– y el lujo concentrado en libros de pared a pared. El mismo parece una cita, con sus anteojos de aro fino y su barba moderada. Si se sospecha que su diccionario puede ser parcial, hay que reconocer que hizo cálculos que apuntaban a un cierto equilibrio, dando cuenta de “una treintena de biografías de precursores del siglo XIX, ciento veinte anarquistas, ciento veinte socialistas, una decena de sindicalistas revolucionarios, más un centenar de comunistas, cuarenta trotskistas, diez maoístas, treinta guevaristas y cincuenta peronistas de izquierda”. Y antes de que salten las feministas: “Cuarenta y dos biografías de mujeres, siete anarquistas, una de la corriente sindicalista, once socialistas, siete comunistas, tres trotskistas, cinco guevaristas, cinco peronistas, una psicoanalista independiente vinculada con la nueva izquierda, una feminista librepensadora y una sufragista simpatizante del socialismo”. En la introducción, Tarcus describe la satisfacción de haber reconstruido vidas militantes a partir de los folletos y documentos que denuncian a los “agentes del desorden público”, de volver los archivos policiales a favor de sus perseguidos. –La memoria de la izquierda es demasiado angosta, demasiado acotada, fuera de media docena de figuras canónicas. Están los 30 mil desaparecidos y personajes como Rodolfo Walsh o John William Cooke, que utilizan los estudiantes universitarios para nombrar a sus agrupaciones. ¿Por qué fracasó el proyecto revolucionario de las izquierdas, pero también el civilizatorio –en los movimientos armados de los ’70 estaba muy desdibujada–, el de la cultura anarquista, la socialista, el comunismo como cultura alternativa y de la que se nutrieron los combatientes armados a través de revistas, editoriales, todo un espacio cultural? ¿Es posible refundarlo? ¿Es en vano? ¿O se pueden recuperar conceptos, momentos de aquella cultura, esfuerzos militantes? ¿Es un ciclo completamente cerrado? Yo no lo puedo saber. Si bien hay un cierre y no va a haber ya estos mismos ismos, va a haber otros que se van a nutrir de los del siglo XX. Quería además recuperar la idea del itinerario, más allá del enunciado de que alguien participó en tal huelga o estuvo en tal congreso, si fue anarquista y después se hizo socialista. Es decir, no quería hacer una recopilación de datos sino –en el armado discursivo de las biografías, en la medida en que el género lo permite– recuperar un cierto dramatismo de la vida militante. Para incluir a ciertos personajes de Montoneros, por ejemplo, era complejo decidir un criterio de inclusión o no de los que se definieron en conflicto explícito con la izquierda o con origen nacionalista católico, pero que fueron hacia la izquierda. Pero, ¿y un Galimberti? –Nuestra historia tiene este tipo de tensiones y el peronismo, como anomalía entre comillas, nos coloca fuera de los parámetros tradicionales. Mi idea fue incluir en el diccionario todo el espectro político que iba del anarquismo a la nueva izquierda y dentro de la nueva izquierda, al nacionalismo revolucionario, el peronismo revolucionario o el populismo revolucionario. Dentro de esto hay muchas figuras que fueron socialistas o comunistas en su juventud y después se transformaron en liberales o desarrollistas. Hay también socialistas que se hicieron tan moderados o conservadores que terminaron apoyando el golpe militar del ’76, pero durante mucho tiempo cantaron la Internacional. Es decir, el criterio fue más inclusivo que exclusivo. ¿Tu diccionario discute con el de Galasso? –El sacó hace un par de años uno que se llama Los malditos: ahí están desde Juan Manuel de Rosas a Evita Perón, pasando por Abelardo Ramos. Son las figuras que él construye como no reconocidos por la historia oficial, que es una construcción como cualquier otra. A su vez se construye él mismo como maldito. Yo creo que ni esas figuras son hoy malditas en la historia, ni en la política, como tampoco lo es hoy Galasso, un best-seller que vende muchísimo y es más leído que Tulio Halperín Donghi. En la Feria del Libro había un puesto dedicado a Norberto Galasso, que escribe más de lo que yo puedo leer. Roberto Baschetti acaba de publicar dos tomos de los militantes peronistas. En un tono mucho menos historiográfico, con muchas menos pretensiones de rigor, de cientificidad y de completud que el que yo me propongo –pero él aclara ya en el prólogo sus intenciones que tienen más que ver con el afecto y el interés por determinados militantes que con hacer algo exhaustivo–, reconstruye de algún modo el mundo de la militancia peronista y, dentro de éste, el de la militancia peronista de izquierda. Yo me propuse incluir todo el conjunto del espectro de la izquierda, más allá de si me simpatizan o no me simpatizan los personajes. Virginia Bolten, Juan José Hernández e Hipólito Etchebehere La feminista y anarquista Virginia Bolten. El nacionalista y marxista Juan José Hernández Arregui. El trotskista Hipólito Etchebehere, que muere peleando en la Guerra Civil Española. ¿Estás seguro? ¿Nunca dijiste: “Este no entra y listo”? Más allá de los olvidos inconscientes... –Al revés. Por ejemplo: “¿Quién me podría escribir hoy una biografía de Victorio Codovilla?”. Pero ahí reaccioné a la inversa. Dije: “Claro, hoy es fácil cuestionar a Victorio Codovilla”. Y te puede resultar paradójico que yo, que he sido parte de mi vida un trotskista y a mi modo lo sigo siendo, te diga esto. Pero una cosa era combatir a Victorio Codovilla cuando era poder y el stalinismo era poder. Hoy es muy fácil cargárselo, mostrarse pluralista, especialista democrático, comunista posmoderno, autonomista, todas las cosas que ahora pueden estar de moda para darlo por antediluviano, pero fue una figura prototípica de la izquierda del siglo XX. Entonces no lo podía dejar afuera. Con esto no es que lo esté valorizando. No digo “Codovilla es de izquierda y lo legitimo”. Como no digo “Galimberti es de izquierda y lo legitimo”. Los dos son personajes que, desde el punto de vista de lo que podría llamar casi mi sensibilidad de izquierdista, me repugnan. Dentro del nacionalismo ponés a Eduardo Astesano y no a Fermín Chávez... –Porque hay algo de la autodefinición que yo respeto. Hay una distinción entre un Fermín Chávez nacionalista que publica sus libros en la editorial Teoría, nacional-fascista, un Jauretche que es un peronista orgánico antiizquierdista y un Hernández Arregui que sí incorpora el marxismo y quiere correr a los comunistas por izquierda pretendiéndose más marxista que los marxistas comunistas. Fermín Chávez es un tipo al que le fascina la figura de Germán Ave-Lallemant, autor de un libro, Memoria descriptiva de la provincia de San Luis, de 1882, que puede considerarse el primer esbozo de una interpretación marxista de la estructura social argentina a partir de la lectura del primer volumen de El Capital, un marxista argentino. Pero Chávez lo recupera desde el nacionalismo. Porque Fermín Chávez es un nacionalista cabal, como Arturo Jauretche es un populista antiizquierdista. Juan José Hernández Arregui, en cambio, es un nacionalista discípulo de Rodolfo Mondolfo, un lector de Marx que está permanentemente disputando el marxismo con la izquierda. Y Jorge Abelardo Ramos, si bien terminó siendo un funcionario de Menem, lo hizo desde un origen de izquierda. Es discutible con relación a lo que yo sostengo –si me apurás hasta digo que es una claudicación de las ideas de izquierda frente al populismo–, pero la suya era una de las formas posibles de ser de izquierda en el siglo XX sin convertirse en un marginal como Milcíades Peña o Silvio Frondizi. Hay peronistas que re-radicalizan por izquierda y que vienen de la resistencia y se convierten en figuras de la JP, la JTP y de Montoneros. ¿Y Felipe Vallese? ¿Por qué quedó afuera? –Fue un clásico de la resistencia, una figura del peronismo combativo que por una cuestión epocal uno puede presuponer que se hubiera convertido en una figura del peronismo revolucionario de los años ’60 y ’70, pero se murió sin recorrer ese espectro. Es más una construcción de la memoria que un itinerario militante. En las lecturas que se hace de cada una de las corrientes, para los socialistas los anarquistas son provocadores policiales, para los anarquistas los socialistas son politiqueros que transan con el Estado burgués, para los comunistas los socialistas son reformistas que claudicaron a la lógica del orden mercantil y del orden estatal, para los socialistas los comunistas son totalitarios que no responden a los verdaderos ideales del socialismo, y así hasta el infinito. Entonces yo tenía que descentrar cada una de las corrientes para tratar de pensar como historiador que la izquierda del siglo XX estalló en una multitud de líneas en disputa entre sí, una de las cuales es el peronismo revolucionario. Hay una tradición de no incluir a los vivos, pero eso también permite eludir a los adversarios presentes. –Es una tradición que responde a una lógica atendible; ¿viste que Hegel decía que era posible conocer la historia cuando se cerraba un ciclo histórico y partía diciendo que el búho de Minerva emprende el vuelo de noche? De algún modo, el cierre de una vida te permite un balance de esa vida y de los distintos sectores que, a través del obituario de La Nación o el de la prensa partidaria, te permiten cerrar. La biografía de un Firmenich, en cambio, es una biografía relativamente abierta. Contame concretamente la historia de un perfil en donde hayas utilizado diversos materiales. –Por ejemplo, muchas figuras que aparecen mencionadas alguna vez en las historias del movimiento obrero argentino, al cruzarlas con el diccionario de Maitron, me revelan que son figuras que tuvieron significación en Francia y aquí. Descubrí a un León Massenet que aparecía al mismo tiempo en una historia de la ópera en la Argentina, hermano menor de Jules Massenet, el músico francés. Un comunard que había sido teniente coronel del Batallón 215 de la Guardia Nacional durante el sitio de París, jefe militar durante La Comuna que se tiene que exiliar aquí. ¿Y de qué vive? De organizar eventos musicales. Entonces, con información de un diccionario del movimiento obrero francés, de una historia del movimiento obrero argentino y una historia de la música, de tres pinceladas, armó un primer perfil. Daniel Hopen y Arturo Orfila Reynal El sociólogo del PRT Daniel Hopen. El editor socialista Arturo Orfila Reynal. Tampoco incluiste a contemporáneos que fueron muy conocidos en su momento dentro de la cultura de izquierda, como un Mario Jorge de Lellis, Armando Tejada Gómez, Gerardo Pisarello o Nira Etchenique. –Tomé tipos de mayor proyección político-intelectual como Alvaro Yunque o Leónidas Barletta. Me parece que los otros giraron en torno de su órbita. Algunos fueron compañeros de ruta como Pedro Orgambide, Gerardo Pisarello o Mario Jorge de Lellis. En cambio, un tipo como Alfredo Varela no ofrece ninguna duda porque fue un comunista orgánico. Ganó el premio Lenin, viajó varias veces a la Unión Soviética. Es una figura más representativa del intelectual integrado en un partido que un Juan L. Ortiz, por ejemplo. Porque, ¿quién no tuvo alguna vinculación o publicó alguna cosa en Cuadernos de Cultura u Hoy en la Cultura? ¿Y Néstor Pelongher? –Perlongher se hace más conocido después del ’76. Si extendiera el diccionario al año 2000, lo incluiría. Su militancia trotskista fue anterior. –Pero se constituye después del ’76. Pero hay figuras que rescatás sin tener en cuenta la relevancia. Ahí está, me parece, el límite de tu gusto. –Seguramente el diccionario va a ser juzgado desde ahí. ¿Cuáles personajes considerás como hallazgos de tu investigación? –Hay un personaje que aparece en la fundación de la Primera Internacional en la Argentina que se llama Stanislas Xavier Pourille, editor del periódico Le Revolutionnaire, adonde pone avisos ofreciendo todo tipo de servicios. Por ejemplo, ofrece lecciones de francés, inglés, ruso, alemán, latín y griego, y agrega: “Dirigirse de ocho a nueve de la noche al Sr Stanislao, Calle Corrientes 227, en el patio, altos”. Y debajo, otro aviso que dice: “Estanislao de París, discípulo del famoso doctor sifilógrafo Ricord. Curación sin mercurio de las enfermedades de las vías urinarias: sífilis, accidentes secundarios, llagas, incordios, acortamientos, etcétera”. También vende preservativos en frascos a 50 pesos la botella. Este personaje extraordinario de la época, mezcla de racionalismo con misticismo, autodidacta, tipógrafo, es en Buenos Aires uno de los mentores de la segunda Section Française de la Association Internationale de Travailleurs au Buenos Aires. Descubriste algunos ascendientes, también militantes, de personajes de la izquierda actual en la Argentina. –Los parientes, en muchos aspectos, saben menos. Entonces yo les cuento la historia pública y ellos me cuentan la privada. Intercambié información con Ricardo Janin, el marido de Maristella Svampa, que es bisnieto de Francisco Janin, estibador anarquista francés, militante destacado de la Federación de Estibadores de la Argentina, luego deportado por la Ley de Residencia. Alicia Dujovne Ortiz, para escribir El camarada Carlos, su padre, se instaló varios días en el Cedinci. La hermana de Daniel Hopen, dirigente estudiantil y organizador del frente cultural del PRT-ERP, sólo tenía de él una foto de documento. Pero yo tenía una de Joe Baxter en Cuba, adonde estaba con alguien que, tuve el pálpito, era Hopen. Y así fue; entonces, se la pasé a la hermana. En un momento me interesé por un Rinessi, estudiante de Derecho rosarino que formaba parte de la extrema izquierda militante por la reforma universitaria. Era antiparlamentarista, pro-revolución rusa, un anarco-comunista. Lo llamé a Eduardo Rinessi. El me dijo: “Una tía abuela dijo que sí, es el abuelo, pero no lo vayan a poner dentro de un libro de izquierda”. Porque había terminado siendo un juez liberal conservador en Rosario. Me encontré con Luis Grüner, abuelo de Eduardo, conseguí una serie de documentos y de cartas. Luego no incluí ni a Grüner ni a Rinessi porque no conseguí suficientes datos. ¿Preferidos? –Hay personajes extraordinarios en los que para mí fue un placer bucear, como Virginia Bolten, una obrera del calzado feminista y anarquista. La imagino en el 1º de mayo de 1890 hablando en la Plaza López de Rosario y con esa bandera roja y negra que decía “1º de mayo Fraternidad Universal”. O Félix Weil, el hijo de un exportador de granos alemán que se convierte en el financista y fundador de la Escuela de Frankfurt, como decía él, “un comunista de salón”. O Silvio Gesell, el padre del fundador de Villa Gesell, una especie de economista anarco-liberal que termina siendo ministro de la República de los Consejos de Baviera y que es presentado como un economista por encima de Marx. O Raymond Wilmart, un enviado de Marx a la Argentina que se queda a vivir acá con una dama de la oligarquía cordobesa, estudia Derecho y se convierte en un abogado de la elite, socio de Aristóbulo del Valle, totalmente modernizador, prodivorcista, defensor de la autonomía del Poder Judicial frente al Ejecutivo. Ninguno de sus cinco hijos hereda las ideas del padre. Las cartas de Marx que él tenía, las de Paul Lafargue, yerno de Marx, fueron quemadas por una de sus hijas. Que alguien que había sido tan importante en el foro porteño hubiera sido un izquierdista resultaba incómodo. El cura Jerónimo Podestá es descendiente de Wilmart. ¿Cómo llega a la Argentina? –Desde el momento en que se decide mandar a un hijo rebelde de la nobleza al culo del mundo es porque Marx le dice que en Buenos Aires surgió una sección de la Internacional y es posible que los anarquistas la monopolicen. Entonces tiene que llegar como marxista a dar un informe sobre el último Congreso y controlar el peso de los anarquistas. Pero se da cuenta de que acá no hay marxistas ni anarquistas. Los internacionalistas acá son socialistas internacionalistas en un criterio muy genérico, premarxistas y prebakuninistas, no entienden por qué la Internacional se divide en el último Congreso. Hay, sí, exiliados franceses que tuvieron que salir corriendo luego de la Comuna, pero son cuadros medios que no han leído los textos fundacionales. Para Wilmart es un gran desconcierto, se decepciona del grupo que integra y que enseguida se disuelve. Entonces le explica a Marx –podés verlo en la carta– algo así como: “Acá es muy fácil llegar como inmigrante trabajador y convertirse enseguida en pequeño patrón. No hay condiciones para la emergencia de un proletariado moderno y por lo tanto –te lo resumo– no hay posibilidades de leer El Capital. Yo repartí los fascículos de El Capital en francés, quedé para una reunión la semana que viene y no vino nadie. Todavía existen levantamientos de la barbarie en las provincias”. Lo dice por el de López Jordán. ¿Y qué hace este joven belga deseoso de aventuras revolucionarias? Se alista en las tropas para ir a sofocar la rebelión de López Jordán y termina siendo ayudante de Lucio V. Mansilla. Conmueve ver en el diccionario la biografía política de muchos desaparecidos integrada a un vasto cuerpo común de militantes revolucionarios de diversos períodos, una necesaria inscripción simbólica más allá del campo específico de los derechos humanos. Wilmart, el belga reconvertido en argentino, todavía puede seguir su vida aventurera después de muerto y volver, como en su juventud, a correr peligros: convertirse en personaje de novela histórica. Marx en la Argentina “En Marx en la Argentina yo intento retomar el proyecto de José Aricó de estudiar la recepción de Marx en nuestro país. El la dejó establecida en sus trazos más generales, pero la muerte le impidió ir más allá. A mí me dejó muchas preguntas... ¿Por qué se recepciona a Marx tan tempranamente? ¿Es un mito que la Argentina recepciona las ideas europeas casi en simultaneidad? Las primeras referencias a Marx aparecen en el diario La Nación en 1871. Con la Comuna de París, su nombre empieza a figurar regularmente. A principios de 1872 aparece la primera biografía de Marx, también en La Nación y, a su muerte, en 1883, una reseña elogiosa escrita por el cubano José Martí. Y simultáneamente empiezan a aparecer los primeros grupos socialistas que se dicen marxistas, los folletos de La Internacional y los primeros fascículos de El Capital. Mi idea fue rastrear cómo llegó Marx a la Argentina, a través de qué vías, qué traducciones, qué debates, qué políticas de adaptación, recreación, reelaboración y no solamente por parte de los marxistas sino de todo el espectro de los posibles receptores. Tomé un período: desde 1871, que es la primera vez en que veo mencionado el nombre de Marx en un medio gráfico, hasta 1910.” Scaneo del libro de Tarcus, nota "La Nación 1872" Fuente 1 Fuente 2
Espiar un e-mail ya es delito Sancionan una ley que penaliza la pornografía infantil y el hackeo Los diputados aprobaron la ley que instaura los delitos informáticos. Todas las comunicaciones en la web tendrán la misma protección que en el resto de los soportes. También castiga a quienes hackeen. Por 186 votos, y en forma unánime, la Cámara de Diputados aprobó como ley la incorporación al Código Penal de las figuras de los delitos informáticos, que incluyen pornografía infantil e invasión del correo electrónico privado. El proyecto se había iniciado en Diputados en octubre de 2006, sufrió modificaciones menores en el Senado y regresó a Diputados, que ayer lo aprobó por unanimidad sin producir modificaciones en ningún artículo. Las penas agregadas al CP cubren baches legales que permitían la invasión de los mails o la difusión de imágenes de prostitución infantil a través de la red. Durante la sesión, la diputada radical Silvana Giudici propuso la derogación de la ley 25.873, que ordenaba a las empresas telefónicas y de informática guardar los datos de sus clientes durante una década y que fue suspendida durante el gobierno de Néstor Kirchner, pero sigue vigente. Ya en 2002 había existido una serie de proyectos que sólo alcanzaron la media sanción. En 2006, al amparo de una denuncia de periodistas, funcionarios y jueces que sostuvieron que mediante hackeo habían invadido sus mails privados para luego difundir la información, se presentó una docena de proyectos que, finalmente, el 10 de octubre de ese año fueron consensuados en las comisiones de Legislación Penal y de Comunicaciones e Informática. Del plenario de ambas comisiones surgió un dictamen único que proponía incorporar al CP los llamados delitos informáticos. El consenso abarcó iniciativas surgidas en un espectro tan amplio como el de los renovadores salteños, el ARI, el PRO y la bancada oficialista. Al día siguiente, con el voto de los 150 diputados presentes se dio media sanción al proyecto y pasó al Senado, que produjo modificaciones menores. Ayer, Diputados volvió a votar por unanimidad, esta vez con 186 legisladores presentes, y sancionó la ley que deberá ahora ser promulgada o vetada en general o en parte por el Poder Ejecutivo. Se supone que no habrá interrupciones, ya que el oficialismo mostró interés por la aprobación. La ley incorpora como delito la utilización de la red para difundir la pornografía infantil y para violar la intimidad de las comunicaciones privadas (correos electrónicos). La ley establece la modificación del artículo 128 del CP que trata sobre delitos contra la integridad sexual y que especificaba penas de entre 6 meses y 4 años para el que produjere o publicare imágenes pornográficas de jóvenes menores de 18 años. El nuevo artículo mantiene la misma pena, pero castiga también al que financia, ofrece y distribuye, y agrega “por cualquier medio”, con lo que los legisladores creen que quedará subsanado el bache que supone la publicación en Internet de imágenes de pornografía infantil. También se incorpora una nueva figura dentro de los delitos contra la privacidad. Al capítulo sobre “Violación de secretos” se agregó “y de la privacidad”; en el artículo 78 bis se equiparó a la “comunicación electrónica” con la correspondencia epistolar y de telecomunicaciones. Y en el artículo 153, que castigaba con 15 días a 6 meses a quien viole cartas, pliegos, despachos telegráficos o telefónicos, se agregaron dos palabritas de la nueva era: “comunicación electrónica”. O sea, castigo a quienes hackeen y abran mails para el motivo que fuere. En el 153 bis (nuevo) se incorporó la pena de entre 15 días y 6 meses a quien ilegítimamente accediera sin autorización a un sistema o dato informático de acceso restringido. Si se tratara de una base de datos de organismo público, la pena aumentará a entre un mes y un año de prisión. Si se cediera la información a terceros, la condena pasará a entre un mes y dos años de prisión. La diputada radical Silvana Giudici dijo a PáginaI12 que “estuvimos todos de acuerdo en aprobar la ley, porque es un paso adelante, pero planteé la derogación de la Ley Espía, la 25.873, promulgada en 2004 y suspendida por el Ejecutivo meses después, porque propone que las empresas de comunicaciones guarden la información de sus clientes durante diez años. No se puede aprobar una ley para proteger la privacidad y el Estado ser el principal violador de esa intimidad. La ley está suspendida, pero no fue derogada. También pedí que se condenara no sólo al que usa Internet para difundir pornografía infantil, sino a aquel que utiliza Internet para captar víctimas menores de edad”. En el recuerdo Carlos Andrés Calvo: EL hacker link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=RbArCOuDevs Los avances de la "serie" link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=lRyR6j9Zsxw Fuente PD del posteador: Eso sí, la SIDE puede seguir con sus "fondos reservados" sin dar explicaciones, seguir batiendo records de líneas pinchadas sin orden judicial alguna (cientos de miles= Sniffear trafico de los principales isp, y vulnerar cuanta cuenta consideren necesario (caso lanata, caso majul). Traigo una famosa frase del celebre Hegel, pero en clave interrogativa ¿Todo lo real es racional lo racional es real y lo real es racional? Acá podes ver todos mis posts
Enrique Symns: Un brindis entre piratas Ayer estaba escuchando, el programa de Gillespi "Falso impostor" (Lunes a viernes 19 a 21 hs) en el que colabora el mítico Enrique Symns (generalmente jueves y viernes). Enrique leyó un texto suyo interesantísimo, lo destacable (los que escucharon saben de que hablo) es que Enrique se quebró y termino este texto desgarrador, llorando. Es parte del nuevo libro "La vida es un bar" pero en realidad es un texto del año 1986. Los viajeros sólo desean llegar y partir de los puertos, nunca permanecer. En los puertos, la vida suele ser bastante aburrida. Hay artistas, payasos y toda clase de juglares que intentan entretener a los marinos. Hay amoríos para acompañar la soledad y juegos de todo tipo para distraer la ansiedad. Al atardecer o quizás en el amanecer de los sueños, el marino siempre vuelve a asomarse a esa mágica sensación de que la vida empieza al borde del abismo que separa los mundos. El mundo de los muertos que parecen vivir y el mundo de los vivos que simulan estar muertos. La aventura el allá, más allá, en el Mar de Nunca Jamás en donde Alguien siempre sabe que es Nadie. Al marino no le interesan las noticias que circulan en la Tierra de Siempre. En esa tierra la realidad es solamente la moneda que anota el tesorero en el “haber” de la ausencia. En esos términos parece que o nos vamos para siempre de esta comarca o para siempre le encontramos un buen atajo a nuestra locura. Todos los días nos vemos obligados a escoger entre ser el guerrero-pirata-loco-extraterrestre o el lamemocos cotidiano que solo quiere casarse-tener hijos-jubilarse de la angustia-escribir el libro-alquilar el dpto-comprar marihuana para llenar de escombros su vacío. Sí, por supuesto que es más cómodo viajar en silla de ruedas sobre la autopista de las emociones controladas. Es más cómodo que andar rengueando por caminos desconocidos. Nos proponen el asilo de la ortopedia a cambio de nuestro miedo a la oscuridad. Este 31 de diciembre, uno de los días en donde el color gris alcanza su mayor brillantez, quizá sea bueno asomarse nuevamente a esa peligrosa escollera que se oculta más allá de nosotros mismos. Y voy a brindar con ustedes, mis amigos, para que esa noche nos encontremos en el espacio imaginario de los deseos. Brindo por todos aquellos que insisten en desconocer el misterio de la existencia. Porque a las doce de la noche cierren los ojos y que cuando los vuelvan a abrir el escenario sea distinto y la obra maravillosa. Brindo por los intrépidos que hoy están tristes, por los vagabundos que se creen perdidos, por los rebeldes que a veces creen resignarse, por todos los tímidos poseedores del secreto. Que se les cumplan los peores propósitos, que cometan las peores fechorías, que gocen en el peor momento, que sigan siendo polizones y que nunca saquen pasaje, que nunca los agarren, que siempre lleguen a tiempo, que si llegan tarde sea lo más, que si no parten es porque ya llegaron. Brindo por mis invisibles amigos, los que creyendo saber saben que no creen, los que pudiendo querer no quieren poder, los que deseando vivir viven simplemente deseando. Que funden su reino, que encuentren su magia, que hagan la fiesta, que amen su amor, que alguien los encuentre. Y de no ser así, que el mundo se pudra en la pesadilla que nos sugieren. Fuente Acá podes ver todos mis posts
He posteado, ebooks, ensayos, algún texto mio, sobre este intelectual por el que siento una profunda admiración. Este texto, muy logrado, de Germán Uribe indaga acerca de como fueron los ultimos dias de este pensador de excepción. Los últimos días de Sartre: El infierno son los otros por Germán Uribe Pocos días después de la Semana Santa de 1979, los parroquianos del barrio Montparnasse en París pudieron observar en el interior de La Coupole o en la terraza del café Dôme, a un hombrecito ciego, tembleque, mal afeitado y casi decrépito blandiendo con dificultad su vendada mano izquierda. Era evidente que quienes lo podían reconocer quedaban asombrados. Se trataba de Jean Paul Sartre, la más alta expresión de la inteligencia y el pensamiento del siglo XX, el gran activista de la libertad en nuestro tiempo, que venía de ser el protagonista de un caso típico de baranda policial. Un poeta loco, Gerard de Cléves, de origen belga, a quien Sartre acostumbraba ayudar de vez en cuando con algunos francos, en una de las salidas que se le permitieron de la clínica siquiátrica resolvió acosar a su benefactor presionándolo a diario. Sartre le dio dinero durante varios días consecutivos hasta que, harto, le advirtió que no le recibiría de nuevo. Pero ocurrió que un día el hombre volvió furibundo, y mientras discutían por encima de la cadena de seguridad de la puerta - que Sartre no había querido quitar para que aquel no se entrara - el poeta enajenado sacó un cuchillo con el que le cortó su mano izquierda. Luego comenzó a golpear con violencia el portón que entre Sartre y su hija adoptiva, Arlette, lograron cerrar desesperadamente. El forcejeo fue tal, que pese a que la puerta estaba blindada, estuvo a punto de derrumbarse. Arlette llamó a la policía. Los gendarmes, sin embargo, se vieron a gatas para detener al hombre por entre los pasillos del edificio. La mano de Sartre comenzó a sangrar profusamente hasta que le fue curada y vendada. Esto ocurría un año antes de su muerte. El asedio de las miradas turbias Los últimos doce meses en la vida del filósofo de la libertad no debieron ser, además, muy consoladores para él en lo que se refiere a la comprensión de sus amigos más íntimos. Es que hay que pensar en lo que debió haber sufrido ese viejo ciego y tierno, libre y terco y por añadidura terriblemente orgulloso, pese a la capacidad crítica que tenía de auto-cuestionarse, de reconocerse en sus propios errores y de corregirlos con sabia resignación. Porque el orgullo —no soberbia — que lo acompañó siempre, fue un orgullo inteligente y racional. Pero este anciano tembloroso y tímido comenzó a sentirse asediado por las miradas turbias de sus más próximos (cuánta razón tuvo al desarrollar sus observaciones sobre la mirada de los otros y al afirmar que son precisamente ellas, las miradas, el infierno del otro), a verse regañado, incluso a sufrir de sus más queridos, viejos y leales compinches como Pouillon, Simone de Beauvoir, Bost, Lanzmann y otros, el rigor de la censura a su pensamiento y la asechanza final a la publicación de sus ideas, como ocurrió con el último reportaje que concediera a Pierre Victor para el semanario Nouvel Observateur unas semanas antes de su muerte. Y ejemplo de esa incomprensión desmesurada y cruel, es esta declaración de Jean Pouillon, su grande amigo a Annie Cohen-Solal: Para mí era angustioso, cuando comíamos juntos, ver como se le caía la comida de su tenedor sobre las piernas, lo que exasperaba al castor (Simone de Beauvoir) y enseguida, darme cuenta de la dificultad con que él seguía una conversación normal; se demoraba un cuarto de hora para respondernos alguna cosa pertinente. Bost, Lanzmann o yo mismo hubiésemos podido prestarle la ayuda que le prestaba Victor (su secretario durante los últimos siete años) pero nosotros no teníamos tiempo". Con razón Françoise Sagan en su último libro, Con mi mejor recuerdo, explicando su emotivo homenaje Carta de amor a Jean-Paul Sartre —carta ésta escrita precisamente el día en que Sartre celebraba su último cumpleaños, el 21 de junio de 1979—, expresa indignada: Debo confesar que contrariamente a lo que relatan sus allegados, a los recuerdos que tienen de sus últimos meses, nunca me sentí horrorizada ni molesta por su manera de comer. Por supuesto que todo zigzagueaba un poco en su tenedor, pero era a raíz de su ceguera, no por chochez. Me da mucha rabia los que se han quejado en artículos o libros, afligidos y despectivamente, de esas comidas. Hubieran debido cerrar los ojos, si eran tan delicados, y escucharlo. Escuchar esa voz alegre, valiente y viril, oír la libertad con que hablaba. Pero el afán por observar con respeto y fidelidad histórica los pormenores más sobresalientes que vivió y padeció durante sus últimos doce meses es lo que nos lleva a tratar de irnos de la mano de la cronología hacia ese memorable 15 de abril de 1980 que lo vio expirar, no sin dejar antes de estremecernos nosotros mismos ante la crapulosa rapacidad de las ambiciones y la ceguera brutal de las incomprensiones en que se vio envuelto al final de sus días. Las mujeres son menos comicas que los hombres El 4 de febrero de 1980, dos meses antes de su muerte, Sartre se hace un chequeo médico en el hospital Broussais de París. Se le encontró aparentemente normal. Los médicos no sabían, ni pudieron intuirlo, que habiendo dejado el cigarrillo, continuaba bebiendo en abundancia y amando más que nunca a aquellos sus amores contingentes. Siempre, hasta el final de su vida, estuvo rodeado de mujeres. Fue un mujeriego irredento. Muchas de esas mujeres, todas inteligentes por supuesto, ya han dado y seguirán dando sin duda sus testimonios más encendidos. Por una de ellas precisamente es que nos enteramos que un domingo por la mañana, comenzando el mes de marzo de 1980, es decir, a escasos treinta días de su muerte, Arlette lo encontró tirado sobre la alfombra de su habitación, con una terrible resaca. Supimos —dice Simone de Beauvoir— que se hacía traer botellas de whisky y de vodka por sus amigas, ignorantes del peligro. Las ocultaba en un cofre o detrás de los libros. Aquel sábado por la noche —la única noche que pasaba solo, cuando Wanda se marchaba— se había emborrachado. Arlette y yo vaciamos los escondrijos; llamé a las amigas pidiéndoles que no trajeran más alcóhol e hice a Sartre vivos reproches. Alrededor de anécdotas como éstas se ha desatado dentro de la familia sartriana universal, luego de su muerte, una encendida polémica. Los unos no perdonan la divulgación de ciertas escenas que aunque fueran verídicas, por lo íntimas y privadas debieron haber sido extrañas al conocimiento público. Para los otros, el mismo Sartre, totalizador él, no hubiese aceptado como válido el hecho de que se arropasen con velo de gasa las tripas de su vida mundana. Durante sus últimos años las personas más cercanas a él fueron todas mujeres, aparte de su secretario Pierre Victor, y casi todas ellas sus amores contingentes. Cuántas mujeres no se cruzarían por la vida del escritor que se confesaba serenamente polígamo. De ellas decía que le gustaban ante todo lindas y que las prefería a los hombres porque le parecían menos cómicas (ya Lacan había sentenciado que el hombre era particularmente cómico); que tenían una sensibilidad más desarrollada y que sus conversaciones, fluidas y naturales, se oponían a la pesadez del hombre siempre preocupado por las ideas. Para complicarse la vida un solo pensador basta y se sobra, debió haber concluido cuando decidió que prefería la compañía de las mujeres. Buscaba en ellas una atmósfera sentimental e intelectual bien equilibrada para que los encuentros sexuales no fueran degradantes a ninguno de los dos, y veía enriquecidas sus ideas cuando estaban contagiadas por el manto de la sensibilidad femenina. Pero nunca claudicó de su escogencia radical por las mujeres bellas. Cuando le preguntaron si alguna vez se había sentido atraído por una mujer fea, respondió tajantemente: si era real y completamente fea, no, nunca. Veía en la belleza femenina una manera natural para desarrollar su propia sensibilidad, y consideraba a la sensibilidad y a la inteligencia paralelas en el ascendente desarrollo integral del ser humano. Con los hombres, una vez que se ha hablado de política o de algo parecido —dijo en cierta ocasión—, gustosamente me callaría. Me parece que la presencia de un hombre durante dos horas en un día, aunque no vuelva a verle al día siguiente, es más que suficiente. Mientras que con una mujer esto puede durar todo el día y además continuar al día siguiente. Pero con todo, hay que reconocer, por encima de lo que diga Simone de Beauvoir, que fueron Victor y Arlette las personas más cercanas a él durante sus últimos años y particularmente durante sus últimos meses. La sagrada y nueva familia En el otoño de 1973 Sartre se enfrentó a la ceguera definitiva. Pierden entonces interés para él, por aquella época, las agitaciones callejeras, los alborotos periodísticos, el Flaubert, que de hecho abandona, la escritura, la lectura y hasta su propio aspecto personal. Poco se inmiscuye en el arreglo de su último apartamento en el 29 del Boulevard Edgar-Quinet y naturalmente se desentiende de archivos, manuscritos y variados papeles preciosos. Creí ver a un muerto, le dice Raymond Aron a Claude Mauriac el 20 de junio de 1979, con ocasión de una conferencia de prensa en el hotel Lutecia relacionado con el Comité Un barco para el Vietnam. A los cuatro años de edad había perdido su ojo derecho y a los sesenta y siete viene a perder el izquierdo. Aparte de la hipertensión y de la trombosis de una vena temporal, el diagnóstico fue preciso: excesos diversos, entre otros el alcóhol, el tabaco las drogas (coridrina, mezcalina, etc.). Comenzaban pues los años de la oscuridad física que vendrían a abatirlo, a debilitarlo, a hacerle decir: Mi oficio de escritor está completamente destruido. Y con ella, con la ceguera que no perdona, se acumularían los males del cuerpo, las pérdidas de equilibrio, la mala circulación de la sangre, los dolores atroces en las piernas. Se necesita ser demasiado inteligente para padecer lúcidamente todo ello. Y es entonces cuando su carácter independiente y orgulloso se derrumba y cede. Comienzan a aflorarle las muletas, todas ellas a cual más absorbentes y posesivas. La dependencia física de Sartre es deplorable aunque se haya propuesto racionalizarla, dosificarla y soportarla estoicamente. Y aparecen pues en su vida los dos personajes que a punta de amor y lealtad, de constancia y sacrificio, de inteligencia y visión futurista habrían de competirle a Simone de Beauvoir su privilegiado sitial histórico: Pierre Victor y Arlette Elkaïm. Victor, su último interlocutor intelectual y políticamente válido, el sucedáneo que escogiera él libremente y con el cual pensaba no solamente revitalizarse sino remitir sus sueños de futuro, preservar su proyecto, prolongarse en su propio pensamiento, joven filósofo judío nacido en El Cairo, militante maoísta que respondía al verdadero nombre de Benni-Lévi y Arlette Elkaïm-Sartre, nativa de Constantina, ciudad del nordeste de Argelia, también judía, a la que Sartre conoció en julio de 1956 cuando la joven estudiante preparaba en Versalles el concurso de ingreso a la Escuela Normal Superior de Sévres. Ella le había escrito hablándole de algunos trabajos escolares suyos sobre la filosofía sartriana y detallándole la reprimenda que por ello había recibido de parte de su profesor de filosofía. Esta audacia, sumada a las dotes intelectuales que él le viera y a su simpatía y personalidad, llevaron a Arlette a convertirse, el 18 de marzo de 1956, en la hija adoptiva de uno de los hombres más importantes del siglo XX. Quizás, Arlette para lograrlo, supo hacer suya la sentencia de Sartre de que la existencia no es un regalo y que cada cual está obligado a legitimarla con sus actos. Ella y Victor conocían muy bien la filosofía sartriana del proyecto y lo hicieron a él a Sartre, el suyo propio, legitimando con la compenetración que alcanzaron con el filósofo, el derecho a ser reconocidos no sólo como sartrianos puros sino también como los dos últimos compañeros de ruta del sabio anciano ciego. La una como su hija, y el otro como su amigo y sucedáneo intelectual. Pero nada en esta vida nace o muere impunemente, nada alcanza gratuitamente el verdadero color rosa que añoramos de las cosas. En el entorno de Sartre, el aleteo de los celos y las incomprensiones, de la discordia y la competencia, afloran al tiempo que ellos dos se acercan con su afecto. La antigua familia sartriana reclama sus derechos pontificales y se atrinchera en el Templo; crea el Alto Tribunal Sartriano que está representado en lo intelectual por Bost, Lanzmann y Pouillon y en lo sentimental por Simone de Beauvoir. Sin embargo, la nueva familia no se detiene y responde: Usted traicionó a Sartre, dice Arlette a Simone de Beauvoir: ...y sería una cobardía de mi parte continuar callada. Yo hice lo posible por convertirme en sus ojos mientras usted no hizo nada para sentarse a su lado y, leyéndole punto por punto, le hiciera conocer aquello con lo que usted no estaba de acuerdo con él. Créame que él se sorprendió de que usted no hiciera nada...", etcétera. La ejecutora testamentaria de Sartre, su hija adoptiva, Arlette Elkaïm, no sólo estaba desplazando en los afectos a quien fuera su compañera de vida durante 50 años, sino que repentinamente y en forma acusatoria, venía a erigirse como la detentadora de la verdad, al menos de la última verdad sartriana. ¿A cuál de las dos creerle? Creemos que ni siquiera Sartre hubiera podido dirimir con justicia esa querella. Pero también Víctor, cuyos siete años de secretario y amigo íntimo le habían dado ciertos derechos —no todos gratuitos por cuanto se dice que llegó a conocer más a fondo la filosofía sartriana que el mismo Sartre, e incluso que le condujo las últimas lecturas al filósofo—, acosado por insultos como el que le hiciera Goldmann de ser un talmudista extraviado en el maoísmo, o el hombre de ninguna parte, que dijera Maurice Clavel, o la prótesis de naturaleza dudosa de Pouillon y que a sus 28 años tenía la desfachatez nunca vista de tutear a Sartre, debió responder que era lamentable que Simone de Beauvoir no hubiese comprendido que su relación con Sartre llevaba implícita la sobrevivencia intelectual de éste. Cuando Sartre conoció a Víctor, éste último se encontraba atravesando una difícil situación política. Era un apátrida sin documentos legalizados en ningún país del mundo. Sartre, a petición suya, resolvió engancharlo como su secretario y asignarle un sueldo que le permitiera aparecer ante las autoridades francesas como alguien a quien podía dársele una carta de estadía temporal. Pero con el tiempo fueron tales las simpatías que desató en él, que Sartre se dirigió al entonces Presidente de la República, Valéry Giscard d'Estaing, en una muy conmovida y antisartriana nota rogándole su intervención personal para que se le otorgara la naturalización francesa a su protegido. Entre otras cosas le decía: ...mi vista reducida hará que la lectura y la escritura me sean en adelante imposibles. Tengo por la tanto necesidad de este muchacho para terminar mi obra. El me ayudará a rematar mi Flaubert... ¡ Y todo este humilde y quejumbroso ruego dirigido nada menos que a un hombre de Estado, ex-ministro de De Gaulle y presidente de Francia! Giscard, pese a conocer de la dificultad de la diligencia por tratarse de un reconocido militante extremista, se apresuró a complacer al invidente filósofo. Ya De Gaulle había dicho en su hora que no se encarcelaba a Voltaire cuando Sartre tuvo dificultades con la policía durante su gobierno, y ahora Giscard advertía que no había favores imposibles si se trataba de Sartre, un francés que con su pensamiento supo fecundar como ningún otro nuestro siglo. Ahora bien, en 1978 habría de comenzar el estallido de la crisis última de la gran familia sartriana. De pronto, Sartre no parece interesarse más en sus antiguos discípulos, toma sus distancias frente a Simone de Beauvoir a quien ve demasiado posesiva y dominante, no quiere saber nada de Les Temps Modernes y públicamente se le ve feliz, productivo y sereno junto a sus dos nuevos discípulos. Sobrevive intelectualmente gracias a ellos, ve por sus ojos, le leen y le informan, sus mentes le agitan su mente; Arlette le describe las imágenes de las películas en TV, lo lleva a pasear a la casa que ella tiene en el midi; Víctor le discute fieramente para que no se duerma, lo conmina a que se repase y corrija, le alimenta sus sueños de seguir escribiendo. Los dos le hacen ver que ellos prolongarán su propio proyecto. Él entonces comienza a hablar entusiasmado de su próximo libro que, desde luego, se hará a dos manos con Víctor: Poder y Libertad. Es para mi un libro sobre la política y la moral que quisiera ver terminado al final de mi vida, declara. Está radiante. No quiere que los celos de sus envejecidos primogénitos enturbien su dicha. Intenta aislarse un poco de aquellas tensiones pero no lo logra. Está allí entre la jauría, impotente, casi dócil. Y es entonces cuando uno imagina sus gestos confusos y su aire perplejo recubriéndole el rostro de su inteligente resignación y de su sabia paciencia. Cuando uno imagina, además, su inexorable desconsuelo, lo profundo de su tristeza y quizá también, por qué no, su alegría de no poder ver la codiciosa mirada de los otros posada sobre su endeble humanidad, devorándole como buitres su propia razón y sus principios en una lucha feroz por perpetuarlo como una momia histórica, intocable, inmutable, y pétrea, que nada tiene que ver con él y que él mismo rechazara en el 64 cuando la Academia sueca creyó recuperarlo con el Nobel de Literatura desde Las palabras, suponiendo que con ellas el autor se despedía definitivamente de su desafiante vida intelectual, arrepintiéndose. Y tiene que imaginarlo uno por último envidiando desde su corazón generoso Una muerte muy dulce, él, que tendría una muerte tan amarga. Allí nos parece verlo en el café Dôme, sombrío y ensimismado en medio del alboroto. Un almuerto sin palabras con Simone De Beauvoir Y es precisamente a raíz de una serie de reportajes que toda aquella antigua unión fervorosa de su familia se verá quebrantada. Luego de una gira de cuatro días por Israel en compañía de Arlette y Víctor, éste lo interroga y prepara un texto con tres reportajes que envía a Nouvel Observateur en donde no sólo tutea a Sartre, sino que firma: Sartre-Víctor. Además, según los antiguos, con conceptos débiles, ambiguos, contradictorios. Una nueva filosofía vaga y blanda que Víctor le atribuye, dicen. Lo arrastró a renegarse de sí mismo, afirma Simone de Beauvoir, Arlette y Víctor lo están manipulando, agrega. Ese giro sorpresivo del pensamiento de Sartre no sería permitido. Se pone en acción una formidable fuerza de presión para impedir que se publicara. Es lamentable, le reclama airada Simone de Beauvoir a Sartre. Déjalo, yo no le doy ninguna importancia, afirma ella que le respondió él. Y sin embargo, la lucha continúa por impedir la catástrofe, su publicación. Todos a una arrecian en su empeño. Y es entonces, según parece, en ese mismo instante en que ella le dice que es lamentable y él le contesta que lo deje, cuando se produce la ruptura total y definitiva de los dos viejos amantes del moderno siglo XX, dos meses antes de que el filósofo de la libertad, de la existencia y de la vida, muriera. En medio de toda la barahúnda, dice Jean Daniel, el responsable de Le Nouvel Observateur, "estaba a punto de llamar a Sartre en presencia de Horst y sin darme tiempo de que lo hiciera, el mismo Sartre me llamó. Su voz tenía una nitidez perfecta y hablaba con extrema autoridad: Creo saber que usted esta atormentado, me dice, yo sé que mis amigos han hecho su agosto. Soy yo, Sartre, quien le pide publicar ese texto y publicarlo integralmente. Si usted por ningún motivo quisiera hacerlo, yo lo publicaré en otra parte, aunque le quedaría agradecido si es usted quien lo hace. Sé que mis amigos lo han prevenido pero ellos se engañan. Lo que ocurre es que el itinerario de mi pensamiento se les escapa a todos, incluida el Castor Muy raras veces, continúa Jean Daniel, Sartre había sido tan nítido, tan preciso, tan dueño de su pensamiento y de sus palabras. De otra parte, cuando le dije que había un pequeño error en el texto y que yo estaba preocupado porque quería que fuera corregido por él, le pregunté: ¿Tiene usted a mano el texto? Me respondió: Lo tengo en la cabeza. Y, en efecto, se lo sabía de memoria. Cuento con usted, me dijo para terminar". Pero no son Simone de Beauvoir y Victor quienes chocan directamente en esta ocasión, como debió ser, teniendo en cuenta que ella le atribuía a éste una abierta manipulación del pensamiento y la voluntad sartriana y sabiendo que ya habían tenido un fuerte altercado con anterioridad. Son, quién lo creyera, aquella propia pareja mítica, los viejos amigos, los ancianos e inseparables amantes; él le mostró, en su apartamento del Boulevard Edgar-Quinet, los originales de la entrevista provocando en ella un desconcierto total, la consternación encarnada. Sobre los detalles de lo que nosotros nos atrevemos a llamar la primera y última ruptura de los dos grandes escritores, cuenta Arlette Elkaïm Sartre, la más confiable y cercana de las fuentes: Sartre no se encolerizaba nunca, era un hombre sólido que no se contrariaba por nada. Después de esta escena, y por primera vez, demostró una inmensa contrariedad. Anteriormente él jamás me habló de haber tenido contrariedades con el Castor; después de esta crisis, por primera vez, me dijo que no la comprendía; que luego de la lectura de las entrevistas, ella se había puesto furiosa; que había llorado y que había tirado, regándolos por toda la pieza, los textos de la entrevista. Que él quiso explicarle: "Pero hablemos de ello, Castor", le dijo, pero que ella no había querido, no había podido hablar. Sartre quedó, según la versión de Annie Cohen Solal, profundamente turbado por esta ineluctable alteración de sus relaciones con Simone de Beauvoir. Y se pregunta enseguida: De otra parte, en el curso de los dos meses que separaban esta escena del fin de su vida, ¿sus profundos lazos pudieron restablecerse verdaderamente? A lo que responde Sartre, según versión de Arlette: Yo todavía he almorzado con esas dos musas austeras (se refiere a Castor y a su amiga Sylvie) y ni siquiera me dirigieron la palabra. Simone de Beauvoir en La Ceremonia del Adiós hace alusión completa de este asunto, pero se cuida de tocar a fondo el altercado remitiéndose a atacar duramente a Víctor y a Arlette: Víctor era apoyado por Arlette, que desconocía por completo la obra filosófica de Sartre y simpatizaba con las nuevas tendencias de Víctor; aprendían juntos el hebreo. Ante este acuerdo, a Sartre le faltó esa perspectiva que sólo habría podido conseguir con una lectura reflexiva y solitaria: así pues, se doblegaba... Cómo no pensar entonces en la soledad amarga del anciano y ciego filósofo, de un hombre que no conoció la gratitud en esta vida y que, sin embargo, le dio luces a su siglo y ayudó a aclararlo, si lo que lo rodeaba en el ocaso de su existencia no era otra cosa que el conjunto de barrotes acerados de sus celosos discípulos cercándolo, el ruido y los entrecejos, los cortantes rictus del odio y de la envidia! Gris y triste debió verse el rostro del talentoso y obcecado pensador cuando su propio pensamiento, al final de su vida, se veía contradicho y enjuiciado por sus herederos espirituales. Del obcecado pensador, decimos, porque las palabras fieles de Jean Daniel confirman su terquedad y también su lucidez, su talento y su honestidad. Su formidable humor de hombre grande debió encerrarse huraño y extrañado entre los pliegues de su corazón desconcertado. Pero su obcecación la interpreta Simone de Beauvoir, después de su muerte, así, miserablemente: Sartre se entercó porque estábamos contra él; redobló su entercamiento por debilidad... pensaba que yo no lo comprendía, creía que yo lo manipulaba, siendo que él era manipulado por Víctor y Arlette, hacia la que se había inclinado hábilmente después de la crisis del 78. Estaba desgarrado por todo eso y no tenía deseos de darse cuenta de la verdad... Sartre no delegaba en nadie la pretensión de ser el futuro de Sartre, pero él ya no contaba con sus ojos, no tenía futuro y sabía muy bien que estaba condenado próxima e irremediablemente a la muerte..." Me trataban como a un muerto que tiene el inconveniente de manifestarse Pero no podemos dar por terminado este episodio sin traer a colación dos testimonios más. El primero, de Robert Gallimard, su editor de siempre, quien afirma que Sartre le dijo por esos días: Vamos, Robert, usted no vaya a ser como todos los demás, no vaya a joderme también. Dése cuenta, condenarme a nombre de los sartrianos, es como para morirse de la risa. Y el último con relación al asunto, de Arlette: A él no le molestó tanto la crítica como la apropiación por el grupo de Los Tiempos Modernos de la verdad sartriana. Me dijo: Me tratan como a un muerto que tiene el inconveniente de manifestarse... él acababa de poner en tela de juicio el libro de Simone de Beauvoir Final de cuentas, en donde ella hacía un balance de sus vidas... El inmenso Sartre, como dijo alguien, aquel hombre que ocupara su siglo como Voltaire y Hugo ocuparon el suyo, llegaría también a su final. Había dicho que quería que su muerte no entrara en su vida, que no la definiera, por cuanto él quería ser siempre un llamado a vivir, pero no había previsto la anarquía y la soledad que le rondarían durante sus últimos días. El jueves 20 de marzo de 1980, mientras aparecían en Nouvel Observateur los famosos reportajes que le irían a amargar la víspera de su definitivo descanso, bajo el título de La Esperanza Ahora, firmados por Benni Lévy, el verdadero nombre de Víctor, Sartre es internado en el hospital Broussais. Aquella mañana a las nueve, Simone de Beauvoir fue a su apartamento del Boulevard Edgar-Quinet a despertarlo. Lo encontró sentado en el borde de la cama semiparalizado, en medio de una atroz crisis que se le repetía y a la que él había denominado en ocasión anterior aerofagia. Llamaron de urgencia a los médicos y a punta de oxígeno se lo llevaron en una ambulancia en estado de extrema gravedad. Eran aproximadamente las 11:00 a.m. Simone de Beauvoir confiesa que regresó al apartamento de Sartre, se arregló allí por última vez y se fue a cumplir un compromiso de almuerzo que tenía con Jean Pouillon. Sartre grave, metido dentro de una ambulancia, atravesaba las calles de París bajo el ensordecedor ruido de las sirenas y ella no había indagado siquiera por el sitio donde sería recluido. Cuando terminó de comer, enterada ya del nombre del hospital, se dirigió allí en compañía de Pouillon. Se encontraba en la sala de reanimación, cuenta después, no estuve mucho tiempo allí... no quería hacer esperar a Pouillon... El viernes 21 por la tarde, los médicos le comunicaron que tenía un edema pulmonar y sufría de fiebres altas que lo llevaban a delirar. Que, además, la falta de irrigación en los pulmones, lo tenía en ese estado de gravedad. Entonces Sartre y Simone de Beauvoir discutieron. Ella le dijo que todas esas cosas que decía en medio de su delirio eran puros sueños y nada más. Me dijo que no, con aspecto enojado, cuenta ella misma que le respondió él. A los pocos días volvió a recaer y fue llevado de nuevo a la sala de reanimación. Como su vejiga le funcionaba mal, le hicieron una desviación y podía vérsele llevar, cuando se paraba a caminar, una bolsa de plástico llena de orina que colgaba de su entrepierna. Fue cuando por primera vez se habló de uremia. El doctor Housset le hizo una reflexión científica que interpretada por Simone de Beauvoir y vista hoy en perspectiva, no deja de ser polémica e históricamente controvertible. Los médicos me explicaron después —dice ella— que los riñones ya no estaban irrigados, y por consiguiente ya no funcionaban. Sartre orinaba, pero no eliminaba la urea. Para salvar un riñón hubiera sido necesario una operación que no podía soportar; y entonces sería el cerebro, por donde la sangre no circularía correctamente, lo que provocaría la chochera. No había más solución que dejarlo morir en paz. La falta de circulación sanguínea hizo que la gangrena le invadiera el cuerpo y que las escaras o costras lo cubriera todo y le dieran un aspecto repugnante, que al mismo tiempo lo hacía sufrir a causa de las constantes curaciones a que era sometido. Entre tanto las visitas se fueron sucediendo bajo el control riguroso de su hija adoptiva, Arlette. Víctor fue llamado de urgencia a El Cairo en donde se encontraba por esos días preparando un reportaje para el Corriere de la Sera y cuenta que cuando entró en su pieza, Sartre se despertó y le dijo: Ah, Víctor, vamos a mejorarnos pronto, tú sabes. Pero la única especulación que realmente nos interesa por ahora es la que se refiere a sus últimas palabras. Georges Michel asegura que sus últimas palabras fueron las que le dirigió a Pouillon cuando éste le alcanzara un vaso con agua: La próxima vez que bebamos juntos —habría dicho Sartre— será en mi casa y con whisky. Annie Cohen-Solal ratifica la anécdota pero como ocurrida un día... y Simone de Beauvoir, admitiendo la exactitud de las palabras de Sartre a Pouillon, niega que éstas hubiesen sido las últimas. Dice que un día Sartre le habló preocupado sobre los costos del entierro: ¿Cómo vamos a hacer para pagar los gastos del entierro?, le habría dicho él ansioso y contenido a la vez, mientras ella se ponía a explicarle lo de la Seguridad Social y a desviarlo de esa torturante preocupación. Ya al otro día, asegura, Sartre, con los ojos cerrados, la agarró de la muñeca y le dijo a ella sus últimas palabras: "Je vous aime beaucoup, mon petite Castor". Pero que sea el contradictorio encanto de una amor eterno y total, esencial y no contingente, un amor ambiguo y absorbente, dominante, un amor que, lo admitimos también, habría que salvar para la historia, quien nos guíe hacia el itinerario de una muerte que nos hizo pensar que el siglo XX no tendría una segunda oportunidad de lucidez y se había encaminado irremediablemente hacia la estupidez y la locura. Que sea ese amor con todos los derechos adquiridos quien nos cuente el final de Sartre a todos aquéllos que amaron a Sartre, que lo aman o que lo amarán, pero respetando en todos ellos, en todos nosotros, que quisiéramos ocupar los tres tiempos, el derecho que también tenemos a amar la verdad. Y hay que decirlo ya, de una vez por todas: a lo largo de esta historia hemos visto la versatilidad de Simone de Beauvoir para narrar su historia, su afán por llegar de primera a una versión. Y todo eso nos parece no sólo sospechoso, sino muy difícil de equilibrar. Pero, en fin, ningún relato, ningún relato histórico es refractario a ciertas mentirillas. Es un sitio muy tranquilo y no esta lejos de Baudelaire Y por eso habría que descubrir muy bien, entre líneas, los matices de su humor, de ese humor con que le dejara impregnada Sartre cuando debió haberle dicho que no más, que estaba harto de depender de su poderosa benevolencia, que él no estaba loco ni chocho, que tenía su mente lúcida y tenía derecho a dejar que su pensamiento evolucionara, así fuera por la sola razón de sus interminables diálogos con el joven maoísta Víctor, o por su postrera militancia callejera; o cuando ella, según él mismo lo refiere, lanzó su pensamiento al suelo de la sala desparramando hojas y lágrimas de soberbia. Y queda además por saber qué hubiese pasado si Víctor y Arlette también hubieran tenido la oportunidad de su intimidad durante los cincuenta años siguientes. Ni siquiera el amor pudo vencer el desarrollo de su inteligencia. El amor así, absorbente, caprichoso y dominante es una trampa. Fue quizás ese amor amargo el que le hizo contar los últimos diez años de Sartre como los contó y el que le hizo tejer así, con espíritu casi infecto, el relato de su muerte. Veámoslo: El 14 de abril, cuando volví, dormía; se despertó y me dijo unas palabras sin abrir los ojos: después me ofreció la boca. Le besé en la boca, en la mejilla. Se durmió. Estas palabras, estos gestos, insólitos en él, se situaban evidentemente en la perspectiva de la muerte. Housset me afirmó también que las contrariedades que había padecido no habían influido para nada en su estado; una crisis emocional violenta le habría ocasionado, quizá, en un momento dado, algunos efectos funestos pero, diluidos en el tiempo, las preocupaciones, los disgustos, no alteraron en absoluto la causa de la enfermedad... . El martes 15 de abril por la mañana cuando pregunté, como de costumbre, si Sartre había dormido bien, la enfermera me respondió: 'Si, pero...'; fui enseguida al hospital. Dormía, respirando con bastante dificultad; visiblemente estaba en coma desde la noche anterior. Durante unas horas, me quedé allí mirándolo. Hacia las seis dejé el sitio a Arlette, diciéndole que me llamara si ocurría cualquier cosa. A las nueve sonó el teléfono. 'Se terminó'. Fui con Sylvie. Se parecía a sí mismo, pero ya no respiraba. Sylvie avisó a Lanzmann, a Bost, a Pouillon, a Horst, que vinieran enseguida. Se nos autorizó a permanecer en la habitación hasta las cinco de la mañana. Rogué a Sylvie que fuera a buscar whisky y estuvimos bebiendo y charlando.... En un momento dado, rogué que me dejaran sola con Sartre y quise tenderme a su lado, bajo las sábanas. Una enfermera me detuvo: 'No, cuidado... la gangrena'. Entonces comprendí la verdadera naturaleza de sus escaras. Me acosté sobre la sábana y dormí un poco. A las cinco entraron unos enfermeros. Cubrieron el cuerpo de Sartre con una sábana y una especie de funda y se lo llevaron. Fui a casa de Lanzmann a terminar la noche y también pasé allí la del miércoles. Los días siguientes me alojé en casa de Sylvie... Lanzmann, Bost y Sylvie se ocupaban de todas las formalidades... El viernes comí con Bost y quise volver a ver a Sartre antes del entierro. Trajeron a Sartre en un ataúd vestido con el traje que Sylvie le había comprado para ir a la Opera; era el único traje que tenía en mi casa y ella no había querido subir a la casa de Sartre para buscar otro. Estaba sereno, como todos los muertos, y como la mayoría de ellos, inexpresivo. El sábado por la mañana nos reunimos en el anfiteatro... unos hombres cubrieron con la sábana el rostro de Sartre, cerraron el ataúd y se lo llevaron... Un inmenso gentío nos seguía: cerca de cincuenta mil personas... Cuando me bajé del coche, el ataúd estaba ya en el fondo de la fosa. Pedí una silla y permanecí sentada al borde de la fosa... Me encontré en casa de Lanzmann con algunos amigos... Fuimos todos a cenar a Zeyer, en un salón particular... No me acuerdo de nada. Dicen que bebí mucho, que fue necesario ayudarme a bajar las escaleras... El miércoles por la mañana tuvo lugar la incineración en el cementerio de Pére-La chaise, pero me encontraba demasiado agotada para ir... Las cenizas de Sartre fueron trasladadas al cementerio de Montparnasse... Hay una cuestión que en realidad no me he planteado y el lector quizás lo haga: ¿No debería haber prevenido a Sartre de la inminencia de su muerte...? Hasta aquí la historia de Simone de Beauvoir. Lanzmann, Bost y Pouillon, incómodos en estos días por el remezón familiar dado por Víctor y Arlette, van pues a encargarse de los pequeños detalles del entierro. En el cementerio de Montparnasse los atiende su director. Ya Sartre había dicho que quería ser incinerado y que sobre todo, sobre todo, quería escapar al lugar que le habían reservado en el cementerio de Le Pé re-La chaise al lado de su madre y su padrastro. El director del cementerio les ofrece una tumba entrando a la izquierda, provisional, con la promesa de que después será trasladado definitivamente al primer corredor de la derecha. Ustedes verán, les dice, es un sitio muy tranquilo y no está muy lejos de Baudelaire. De otra parte, si no recuerdo mal, Sartre había escrito un libro sobre Baudelaire, ¿no es cierto? Todo un señor, el señor director. E inclinándose un poco hacia el oído de Pouillon, con un gesto circunspecto, le susurra: Yo sabía muy bien que él vendría a donde nosotros. El presidente de Francia, Giscard d'Estaing, al enterarse del rechazo por parte de sus amigos para unos funerales oficiales, reclama de su familia el privilegio de una visita suya al hospital para rendir un homenaje personal al filósofo, no sin antes advertir: Jean Paul Sartre rechazaba todos los honores. No conviene por lo tanto que el homenaje del presidente de la República parezca contradictorio a su escogencia íntima. El 6 de mayo de 1985, Valéry Giscard d'Estaing narra sus impresiones: Yo llegué al hospital. El director me esperaba para saludarme; después di vuelta a la izquierda y debajo de un cobertizo me encontré el féretro de Sartre junto a otro ataúd. Me quedé allí durante una hora. Nadie más vino. En la parte de afuera había mucha agitación de parte de la prensa. Y yo estaba ahí, solo, recogido delante del féretro de Sartre, debajo de un cobertizo banal y anónimo. Al salir, pensé que Sartre hubiera amado este homenaje sin parada del primer personaje del Estado. Aquél sábado 19 de abril de 1980 a las dos de la tarde, el cortejo fúnebre comienza su largo y lento recorrido de tres kilómetros bajo un cielo grisáceo. La tumultuosa y cálida muchedumbre, de la que se dijera que había sido la última manifestación del 68, atraviesa las perplejas y mudas alamedas parisienses. Desde la terraza del sartriano café La Coupole, en Montparnasse, próximo al cementerio y a su apartamento, los garçons inclinan reverentes sus cabezas ante los despojos mortales del hombrecito ciego, torpe y generoso que durante los últimos años se les prodigó en propinas y visitas. Pero como si la parábola sartriana hubiese sido superior a la inteligencia y al amor de sus amigos, nadie lo despidió a él con la palabra, a él que había despedido a tantos, que erguido sobre sus tumbas había despedido a Camus, Merleau-Ponty, Nizan, Gide, Togliatti, Fanon... Una tarde brumosa del otoño de 1974, en París, Jean Paul Sartre, velados sus ojos por la ceguera pero con aquel mismo espíritu crítico y lúcido y libre que lo convirtiera en la más alta conciencia de nuestro siglo, le dijo a Simone de Beauvoir: ... la muerte, sin embargo, no me causa miedo y me parece natural. Natural en oposición al conjunto de mi vida que ha sido cultural. En última instancia, es la vuelta a la naturaleza y la afirmación de que yo era naturaleza... escribí. Eso fue lo esencial en mi vida. Fuente Acá podes ver todos mis posts
Palabras Previas de quién postea: Se hicieron muy amigos, son dos iconos Pop. Ella, hermosa, ingenua, con un pasado que quiso esconder, las pastillas, el alcohol, los Kennedy. El rostro de Marilyn se convirtió en verdadero icono pop cuando Andy Warhol, poco después de su muerte, recuperó una fotografía suya (de la película Niagara) para pintar sucesivas Marilyns, símbolo del pop Art. Ya a mediados de los 80, Madonna fue la primera de una larga lista de estrellas musicales, que se inspiraron en la imagen de Marilyn para retomar una estética seductora, de vampiresa e ingenua al mismo tiempo. Él, un notable periodista, escritor. Su éxito literario fue acompañado de un gran éxito social, lo que le permitió tratar con intimidad a buena parte de la aristocracia neoyorquina de su época. Sus relaciones con la alta sociedad se rompieron definitivamente cuando publicó algunos capítulos de su novela inconclusa Plegarias atendidas, en la que aireaba vivencias íntimas de algunos sus amigos más famosos apenas disfrazados de personajes de ficción. Ambos conocieron la fama, fortuna y el común denominador era una personalidad volátil. Dolorosamente frágiles. Lo hice en dos partes, la primera son las impresiones que plasmo magistralmente Truman sobre Marilyn. La segunda es el materia en extenso de la conversación que tuvieron en un funeral. Marilyn Monroe X Truman Capote Por Truman Capote Escena: La capilla de la funeraria Universal en la Avenida Lexington y la calle Cincuenta y dos, Nueva York. Un interesante grupo representativo se apretuja en los asientos: celebridades, en su mayoría, del ambiente teatral, cinematográfico y literario internacional presentes todos en homenaje a Constance Collier, la actriz nacida en Inglaterra, que murió el día anterior, a los setenta y cinco años. Nacida en 1880, Miss Collier comenzó su carrera como corista de teatro de variedades, pasando de allí a convertirse en una de las principales actrices shakesperianas de Inglaterra (y novia, de por vida, de Sir Max Beerbhom, con quien nunca se casó, siendo tal vez por esa razón la inspiración de la traviesa e inconseguible heroína de la novela de Sir Max, Zuleika Dobson). Después de un tiempo emigró a los Estados Unidos, donde se convirtió en una importante figura en el teatro de Nueva York y en el cine de Hollywood. Durante las últimas décadas de su vida vivió en Nueva York; allí daba clases de teatro de alto nivel: sólo aceptaba profesionales como estudiantes, y por lo general profesionales que ya eran “estrellas”. Katharine Hepburn fue su alumna permanente. Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente una de las protegidas de la Collier, igual que Vivian Leigh y, unos meses antes de su muerte, una neófita a quien Miss Collier llamaba “mi problema especial”: Marilyn Monroe. Marilyn Monroe, a quien conocí por intermedio de John Huston cuando dirigía La jungla de asfalto, la primera película en que Marilyn habló, pasó a ser protegida de Miss Collier por sugerencia mía. Conocía a Miss Collier desde hacía unos seis años, y la admiraba como mujer de mucho valor en el aspecto físico, emocional y creativo, y por ser, a pesar de sus modales altaneros y de su voz de gran catedral, una persona adorable, levemente malvada pero excesivamente cálida, digna pero gemütlich. Me encantaba ir a los pequeños almuerzos que ofrecía con frecuencia en su oscuro estudio victoriano en el centro de Manhattan; tenía una infinidad de historias acerca de sus aventuras como primera figura con Sir Beerbhom y el gran actor francés Coquelin, su relación con Oscar Wilde, Chaplin de joven y la Garbo en los primeros años de la sueca, en las películas mudas. En realidad, era una delicia, igual que su fiel secretaria y compañera, Phyllis Wilbourn, una solterona brillante pero callada que, después de su muerte pasó a ser, y sigue siendo, acompañante de Katharine Hepburn. Miss Collier me presentó a muchas personas de quienes me hice amigo: los Lunt, los Olivier y especialmente Aldoux Huxley. Pero fui yo el que le presentó a Marilyn Monroe, y al principio no le interesó conocerla, no veía muy bien, no había visto las películas de Marilyn, y en realidad no sabía nada de ella, excepto que era una especie de bomba sexual de pelo platinado, de fama mundial. En fin, no parecía arcilla adecuada para la severa y clásica formación de Miss Collier. Pero yo pensé que podían hacer una combinación estimulante Fuente Truman Capote entrevista a Marilyn Monroe En su libro 'Retratos', publicado en España por Anagrama, el autor de 'A sangre fría' dibuja esta deliciosa imagen de Marilyn Monroe. Por Truman Capote Fecha: 28 de abril de 1955. Escenario: La capilla de la Universal Funeral Home, en la avenida Lexington esquina con la calle 52, en la ciudad de Nueva York. Una interesante multitud se aglomera en los bancos: celebridades procedentes, en su mayor parte, del teatro internacional, del cine, de la literatura, presentes todos para rendir homenaje a Constance Collier, la actriz de origen inglés que había muerto el día anterior a los 75 años[...] Durante los últimos decenios de su vida vivió en Nueva York, donde enseñó arte dramático con un talento sin igual; en sus clases sólo admitía a profesionales, por lo general, actrices consagradas que ya eran «estrellas»: Katharine Hepburn fue una de sus discípulas permanentes; otra Hepburn, Audrey, también era protegée de Collier, lo mismo que Vivien Leigh, y, durante unos meses antes de su muerte, una neófita a la que la señora Collier se refería como «mi problema especial», Marilyn Monroe. Marilyn Monroe, a quien conocí por medio de John Huston cuando éste la dirigía en su primer papel con diálogo, en La jungla del asfalto, entró bajo la protección de la señora Collier por sugerencia mía[...] Fui yo quien le presenté a Marilyn Monroe, y al principio no estuvo muy inclinada a tener tratos con ella: era corta de vista, no había visto ninguna película de Marilyn y no sabía absolutamente nada de ella, salvo que era una especie de estallido sexual de color platino que había adquirido fama universal; en resumen, parecía una arcilla difícilmente apropiada para la estricta formación clásica de la señora Collier. Pero pensé que la combinación resultaría estimulante. Y así fue. «¡Claro que sí!», me aseguró la señora Collier, «tiene algo. Es una adorable criatura. No lo digo en el sentido evidente, en el aspecto quizá demasiado evidente. No creo que sea actriz en absoluto, al menos en la acepción tradicional. Lo que ella posee, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, se perdería en un escenario. Es tan frágil y delicada que sólo puede captarlo una cámara. Es como el vuelo de un colibrí: sólo una cámara puede expresar su poesía. Pero el que crea que esta chica es simplemente otra Harlow o una ramera, o algo por el estilo, está loco[...]» Pero ahora la señora Collier había muerto. Y ahí estaba yo, paseando por el vestíbulo de la Universal Chapel mientras esperaba a Marilyn; habíamos hablado por teléfono la noche anterior, quedando de acuerdo para sentarnos juntos durante la ceremonia, cuyo inicio estaba previsto para mediodía. Llegó media hora tarde; siempre llegaba tarde, pero yo pensaba: «¡Por el amor de Dios, maldita sea, sólo por una vez!» Y entonces apareció de pronto y no la reconocí, hasta que dijo... MARILYN: ¡Vaya, cuánto lo siento, chico! Cuando ya estaba maquillada, pensé que quizá fuese mejor no llevar pestañas postizas, ni maquillaje, ni nada, así que me lo quité todo, y además no se me ocurría qué ponerme... O(Lo que se le ocurrió ponerse habría sido apropiado para la abadesa de un convento en audiencia privada con el Papa. Llevaba el pelo enteramente oculto por un pañuelo de gasa negra; un vestido negro, suelto y largo, que en cierto modo parecía prestado; medias negras de seda apagaban el brillo dorado de sus esbeltas piernas.Con toda seguridad, una abadesa no se habría calzado unos zapatos negros de tacón alto tan vagamente eróticos como los que ella había escogido, ni las gafas oscuras que le daban aspecto de búho y resaltaban la palidez de su piel de vainilla y leche fresca). TC: Estás muy bien. MARILYN (mordisqueándose una uña roída ya hasta el final): ¿Estás seguro? Es que estoy tan nerviosa. ¿Dónde está el lavabo? Si pudiera ir un momentito... TC: ¿Y tomarte una pastilla? ¡No! ¡Chitón! Esa es la voz de Cyril Ritchard: ha empezado el elogio fúnebre. O([...]A lo largo del servicio Marilyn no dejó de quitarse las gafas para enjugar las lágrimas que se desbordaban de sus ojos azulgrises. En ocasiones la había visto sin maquillaje, pero aquel día ofrecía una nueva experiencia visual, un rostro que yo no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué podría ser. ¡Ah! Se debía al sombrío pañuelo de la cabeza.Con los bucles invisibles y el cutis limpio de cosméticos, parecía tener 12 años; una virgen pubescente que acaba de entrar en un orfanato y está llorando su desgracia. La ceremonia terminó al fin, y los asistentes comenzaron a dispersarse). MARILYN: Quedémonos aquí sentados, por favor. Esperemos a que salga todo el mundo. TC: ¿Por qué? MARILYN: No quiero hablar con nadie. Nunca sé qué decir. TC: Entonces, quédate ahí sentada y yo esperaré fuera. Tengo que fumar un pitillo. MARILYN: ¡No puedes dejarme sola! ¡Dios mío! Fuma aquí. TC: ¿Aquí? ¿En la capilla? MARILYN: ¿Por qué no? ¿Qué te quieres fumar? ¿Un porro? TC: Muy graciosa. Venga, vámonos. MARILYN: Por favor. Hay un montón de fotógrafos ahí fuera. Y, desde luego, no quiero que me hagan fotografías con esta facha. TC: No te lo reprocho. MARILYN: Has dicho que estaba muy bien. TC: Y es cierto. Estás perfecta..., para interpretar La novia de Drácula. MARILYN: Ya te estás riendo de mí. TC: ¿Tengo yo pinta de reírme? MARILYN: Te estás riendo por dentro. Y ésa es la peor risa. (Frunciendo el ceño; mordisqueándose la uña del pulgar.) En realidad, podría haberme maquillado. Toda esa gente llevaba maquillaje. TC: Yo también. A paletadas. MARILYN: Lo digo en serio. Es el pelo. Necesito un tinte. Y no he tenido tiempo de dármelo. Ha sido tan inesperado... La muerte de la señora Collier y todo lo demás. ¿Ves? (Levantó un poco el pañuelo, mostrando una franja oscura en la raya del pelo.) TC: ¡Pobre inocente de mí! ¡Todo este tiempo pensando que eras rubia natural! MARILYN: Lo soy. Pero nadie es así de natural. Y, de paso, que te follen. TC: Muy bien, ya ha salido todo el mundo. Así que vamos, arriba. MARILYN: Esos fotógrafos siguen ahí fuera. Lo sé. TC: Si no te han reconocido al entrar, tampoco te conocerán al salir. MARILYN: Uno de ellos me reconoció. Pero me escabullí por la puerta antes de que empezara a chillar. TC: Estoy seguro de que hay una entrada trasera. Podemos salir por allí. MARILYN: No quiero ver cadáveres. TC: ¿Por qué habríamos de verlos? MARILYN: Esto es una funeraria. Deben de tenerlos en alguna parte.Lo único que me faltaría hoy sería meterme en una habitación llena de cadáveres. Ten paciencia. Iremos a algún sitio y te invitaré a una botella de champán. O(Así que seguimos sentados, hablando, y Marilyn dijo: «Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Pero no quiero ceremonias, tan sólo mis cenizas arrojadas al agua por uno de mis hijos, si llego a tener alguno. No habría venido hoy a no ser porque la señora Collier se preocupaba de mí, de mi bienestar, y era como una abuela, como una abuela vieja y dura, pero me enseñó mucho. Me enseñó a respirar. Me ha servido de mucho, además, y no sólo para actuar. A veces, respirar es un verdadero problema»[...] Comentamos cuánto nos gustaba vivir en Nueva York y cómo detestábamos Los Angeles [«A pesar de que nací allí, sigue sin ocurrírseme nada bueno de esa ciudad. Si cierro los ojos y me imagino Los Angeles, lo único que veo es una enorme vena varicosa»]; hablamos de actores y de actuación [«Todo el mundo dice que no sé actuar.Lo mismo dijeron de Elizabeth Taylor, y se equivocaron. Estuvo extraordinaria en Un lugar en el sol. Nunca conseguiré el papel adecuado, nada que me guste verdaderamente. Mi físico está contra mí»]; hablamos algo más de Elizabeth Taylor, quería saber si la conocía, le dije que sí y ella me preguntó cómo era, cómo era en realidad, y yo contesté: pues se parece un poco a ti, es enteramente sincera y tiene una conversación ingeniosa, y Marilyn dijo que te follen, y añadió: bueno, si alguien te preguntara cómo es Marily, cómo es en realidad, ¿qué le dirías?, y yo contesté que tendría que pensarlo). TC: ¿Crees que ya podemos largarnos de aquí? Me prometiste champán, ¿recuerdas? MARILYN: Lo recuerdo. Pero no tengo dinero. TC: Siempre llegas tarde y nunca llevas dinero. ¿Es que por casualidad te figuras que eres la reina Isabel? MARILYN: ¿Quién? TC: La reina Isabel. La reina de Inglaterra. MARILYN (frunciendo el ceño): ¿Qué tiene que ver con esto esa gilipollas? TC: La reina Isabel tampoco lleva dinero nunca. No se lo permiten.El vil metal no debe manchar la real palma de su mano. Es una ley o algo parecido. MARILYN: Ojalá aprobaran una ley como ésa para mí. TC: Sigue así y quizá lo hagan. MARILYN: Pero entonces, ¿cómo paga las cosas? Cuando va de compras, por ejemplo. TC: Su dama de compañía la sigue con un bolso lleno de calderilla. MARILYN: ¿Sabes una cosa? Apuesto a que todo se lo dan gratis.A cambio de concesiones. TC: Es muy posible. No me sorprendería nada. Proveedor de la Real Casa. Perros galeses. Todas esas golosinas de Fortnum & Mason. Hierba. Condones. MARILYN: ¿Para qué querría ella condones? TC: Para ella no, boba. Para ese tipo que la sigue a dos pasos.El príncipe Felipe. MARILYN: Ah, sí. Ese. Es un encanto. Tiene aspecto de tener un buen aparato. ¿Te conté alguna vez lo de aquella ocasión en que vi a Errol Flynn sacársela de repente y empezar a tocar el piano con ella? ¡Oh, vaya! Ya hace cien años de eso, yo acababa de empezar como modelo, fui a una estúpida fiesta y ahí estaba Errol Flynn, tan orgulloso de sí mismo, se sacó el cipote y tocó el piano con él. Aporreó las teclas. Tocó You are my sunshine. ¡Imagínate! Todo el mundo dice que Milton Berle tiene el chisme más grande de Hollywood. Pero ¿a quién le importa? Oye, ¿no tienes nada de dinero? TC: Unos 50 dólares, quizá. MARILYN: Bueno, eso nos llegará para un poco de champán. O(Al salir, en la avenida Lexington sólo había inofensivos peatones.Eran cerca de las dos, una tarde de abril tan espléndida como se podría desear: un tiempo ideal para dar un paseo. De modo que deambulamos hacia la Tercera Avenida. Algunos transeúntes volvían la cabeza, no porque reconociesen a Marilyn, sino por sus galas de luto; se rió entre dientes con su risita particular, un sonido tan tentador como el cascabeleo de las campanillas en el tren de la risa, y dijo: «Quizá debiera vestirme siempre de esta manera. El perfecto anonimato». Al acercarnos al local de P.J. Clarke, sugerí que sería un buen sitio para refrescarnos, pero ella se opuso: «Está lleno de esos gacetilleros repugnantes. Y esa zorra de Dorothy Kilgallen siempre está ahí, entrompándose. ¿Qué les pasa a esos irlandeses? ¡Qué manera de beber; son peores que los indios!»)[...] MARILYN: ¡Eh! ¡En la acera de enfrente! TC: ¿Qué? MARILYN: ¿Ves el cartel con la palma de la mano? Debe de ser el consultorio de una adivinadora. O ([...]Marilyn hizo acción de entrar, pero cambió de parecer) MARILYN: A veces quiero saber lo que va a pasar. Luego pienso que sería mejor no saberlo. Pero hay dos cosas que me gustaría saber. Una es si voy a adelgazar. TC: ¿Y la otra? MARILYN: Es un secreto. TC: Vamos, vamos. Hoy no podemos tener secretos. Hoy es un día de dolor, y los afligidos comparten sus pensamientos más íntimos. MARILYN: Bueno, se trata de un hombre. Hay algo que me gustaría saber. Pero eso es todo lo que voy a decirte. Es un secreto, de verdad. O(Y yo pensé: eso es lo que tú crees; yo te lo sacaré) TC: Estoy preparado para invitarte a champán. O(Terminamos en un restaurante chino de la Segunda Avenida, desierto y con muchos adornos. Pero tenía un bar bien provisto y pedimos una botella de Mumm's; nos lo sirvieron sin enfriar y sin cubo, así que lo bebimos en vasos largos con hielo) MARILYN: Es divertido esto. Como rodar exteriores, si es que a uno le gustan los exteriores. Cosa que desde luego a mí no me gusta nada. Niágara. ¡Qué asco! ¡Uf! TC: Así que cuéntame lo de ese amante secreto. MARILYN: (Silencio.) TC: (Silencio.) MARILYN: (Risitas.) TC: (Silencio.) MARILYN: Tú conoces a muchas mujeres. ¿Cuál es la más atractiva que conoces? TC: Barbara Paley, sin duda. Indiscutiblemente. MARILYN (frunciendo el ceño): ¿Es ésa a la que llaman Babe? Desde luego, a mí no me parece ninguna niña. La he visto en Vogue y demás. Es tan elegante... Encantadora. Sólo con mirar fotografías de ella me siento como una fregona. TC: A ella le divertiría oír eso. Está muy celosa de ti. MARILYN: ¿Celosa de mí? Ya estás otra vez tomándome el pelo. TC: Nada de eso. Está celosa. MARILYN: Pero ¿por qué? [...] TC: ¡Vamos, vamos! ¡Sé sincera conmigo! Ese amante secreto tuyo...es William S. Paley, n'est-ce-pas? MARILYN: ¡No! Es un escritor. Un escritor. TC: Eso está mejor. Ya vamos a alguna parte. Así que tu amante es un escritor. Debe de ser un auténtico ganapán, si no, no te daría vergüenza decirme cómo se llama. MARILYN: (furiosa, frenética): ¿Qué quiere decir la ese? TC: ¿La ese? ¿Qué ese? MARILYN: La ese de William S. Paley. TC: ¡Ah, esa ese! No creo que signifique nada. La ha debido de poner para darse tono. MARILYN: ¿Es sólo una inicial que no representa ningún nombre? ¡Dios mío! El señor Paley debe de sentirse algo inseguro. TC: Tiene muchos tics. Pero volvamos a nuestro misterioso escriba. MARILYN: ¡Cállate! No lo entiendes. Tengo mucho que perder. TC: Camarero, otra botella de Mumm's, por favor. MARILYN: ¿Estás tratando de tirarme de la lengua? TC: Sí. Te propongo una cosa. Haremos un trato. Yo te contaré una historia y, si la encuentras interesante, quizá podamos hablar luego de tu amigo escritor. MARILYN (tentada pero reacia): ¿De qué trata tu historia? TC: De Errol Flynn. MARILYN: (Silencio.) TC: (Silencio.) MARILYN (odiándose a sí misma): Vale, empieza. TC: ¿Recuerdas lo que has dicho de Errol? ¿Lo orgulloso que estaba de su cipote? Puedo garantizarlo. Una vez pasamos una agradable noche juntos. ¿Me comprendes? MARILYN: Te lo estás inventando. Me quieres engañar. TC: Palabra de honor. Estoy jugando limpio. (Silencio; pero veo que ha picado, así que tras encender un pitillo...) Pues eso ocurrió cuando yo tenía dieciocho años. Diecinueve. Fue durante la guerra. En el invierno de 1943. Aquella noche, Carol Marcus, o quizá se había convertido ya en Carol Saroyan, dio una fiesta para su mejor amiga, Gloria Vanderbilt. La celebró en el piso de su madre, en Park Avenue. Una gran fiesta. Unas cincuenta personas. A eso de medianoche se presentó Errol Flynn con su amigo inseparable, un mujeriego fanfarrón llamado Freddie McEvoy.Los dos estaban bastante borrachos. A pesar de eso, Errol empezó a charlar conmigo y estuvo divertido, nos hicimos reír el uno al otro; de pronto dijo que quería ir a El Morocco, y que yo les acompañase a él y a su amigo McEvoy. Le dije que muy bien, pero McEvoy dijo entonces que él no quería dejar la fiesta con todas aquellas muchachas que acababan de ponerse de largo, así que Errol y yo terminamos yéndonos solos. Pero no fuimos a El Morocco. Tomamos un taxi hasta Gramercy Park, donde yo tenía un pisito de una habitación. Se quedó hasta el mediodía siguiente. MARILYN: ¿Y qué puntuación le darías? En una escala de uno a diez. TC: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, no creo que lo hubiese recordado. MARILYN: No es una historia maravillosa. No vale lo que la mía; ni por asomo. TC: Camarero, ¿dónde está nuestro champán? Estamos sedientos. MARILYN: Y no me has contado nada nuevo. Siempre he sabido que Errol lo hacía a pelo y a pluma. Mi masajista, que prácticamente es como una hermana, atendía a Tyrone Power, y me ha contado el asunto que se traían Errol y Ty Power. No, tendrá que ser algo mejor que eso. TC: Me lo pones difícil. MARILYN: Te escucho. Así que oigamos tu mejor experiencia. En ese aspecto. TC: ¿La mejor? ¿La más memorable? Suponte que contestas tú primero a esa pregunta. MARILYN: ¡Y soy yo quien lo pone difícil! ¡Ja! (Bebiendo champán.) Joe no está mal. Marca buenos tantos. Si sólo se tratara de eso, aún seguiríamos casados. Sin embargo, todavía le quiero. Es auténtico. TC: Los maridos no cuentan. En este juego, no. MARILYN (mordiéndose las uñas; pensando): Bueno, conocí a un hombre que está emparentado de alguna manera con Gary Cooper.Un corredor de bolsa, nada atractivo; tiene sesenta y cinco años y lleva unas gafas de cristales muy gruesos. Es gelatinoso como una medusa. No sé qué pasó, pero... TC: No te esfuerces. Otras chicas me han hablado de él con todo detalle. Ese viejo verde tiene mucha cuerda. Se llama Paul Shields.Es padrastro de Rocky Cooper. Dicen que es sensacional. MARILYN: Lo es. Muy bien, listillo. Te toca a ti. TC: Olvídalo. No tengo que contarte absolutamente nada. Porque sé cuál es la maravilla que ocultas: Arthur Miller. (Bajó sus gafas oscuras: ¡cielos!, si las miradas mataran, ¡uf!) Lo adiviné en cuanto dijiste que era escritor. MARILYN (balbuceando): Pero ¿cómo? Quiero decir, nadie..., quiero decir, casi nadie... TC: Hace tres años, por lo menos, o cuatro, Irving Drutman... MARILYN: ¿Irving qué? TC: Drutman. Es un redactor del Herald Tribune. Me contó que andabas tonteando con Arthur Miller. Que estabas colada por él.Soy demasiado caballero para haberlo mencionado. MARILYN: ¡Caballero! ¡Un cabrón! (Balbuceando de nuevo, pero con las gafas oscuras en su sitio.) No lo entiendes. Eso fue hace tiempo. Aquello terminó. Pero esto es nuevo. Ahora todo es distinto, y... TC: Que no se te olvide invitarme a la boda. MARILYN: Si hablas de esto, te mato. Haré que te liquiden. Conozco a un par de tipos que me harían gustosos ese favor. TC: No lo pongo en duda ni por un momento. (Por fin volvió el camarero con la segunda botella) MARILYN: Dile que se la vuelva a llevar. No quiero más. Quiero largarme de aquí. TC: Si te he molestado, lo siento. MARILYN: No estoy enfadada. O (Pero lo estaba. Mientras yo pagaba la cuenta se fue al tocador.y deseé tener un libro para leer: sus visitas al lavabo de señoras a veces duraban tanto como el embarazo de una elefanta. Mientras pasaba el tiempo, me pregunté tontamente si estaría tomando estimulantes o tranquilizantes. Tranquilizantes, sin duda. Había un periódico encima de la barra y lo cogí; estaba en chino. Cuando pasaron veinte minutos, decidí investigar. Quizá se había tomado una dosis mortal, o a lo mejor se había cortado las venas. Encontré el lavabo de señoras y llamé a la puerta. Ella dijo: «Pase.» Dentro, se estaba observando en un espejo mal iluminado. Le pregunté: «¿Qué estás haciendo?» Contestó: «Miro a Marilyn.» En efecto, se estaba pintando los labios con un lápiz de color rubí. Además, se había quitado el sombrío pañuelo de la cabeza y había peinado su lustrosa cabellera, fina como algodón de azúcar) MARILYN: Espero que te quede suficiente dinero. TC: Eso depende. No lo bastante como para comprar perlas, si ésa es tu idea del desagravio. MARILYN (con risitas, otra vez de buen humor. Decidí no volver a mencionar a Arthur Miller): No. Sólo lo bastante para un largo paseo en taxi. TC: ¿Adónde vamos? ¿A Hollywood? MARILYN: ¡No, hombre! A un sitio que me gusta. Lo sabrás cuando lleguemos. O(No tuve que esperar tanto, porque nada más parar un taxi dio órdenes al conductor para que se dirigiese al muelle de South Street, y pensé: ¿No es ahí donde se toma el transbordador para Staten Island? Y mi siguiente conjetura fue: ha tomado pastillas después del champán y está completamente ida) TC: Supongo que no vamos a dar un paseo en barco. No llevo mi Dramamina. MARILYN (contenta, riéndose): Sólo por el muelle. TC: ¿Puedo preguntar por qué? MARILYN: Me gusta estar allí. Huele a países remotos y doy de comer a las gaviotas. TC: ¿Con qué? No tienes nada para darles. MARILYN: Sí. Tengo el bolso lleno de pastelitos de la suerte.Los he robado en el restaurante. TC (tomándole el pelo): ¡Ah, sí! Cuando estabas en el lavabo abrí uno. El papelito de dentro llevaba un chiste verde. MARILYN: ¡Vaya! ¿Pastelitos de la suerte verdes? TC: Estoy seguro de que a las gaviotas no les importará. O(En el trayecto pasamos por el Bowery. Diminutas casas de empeño, puestos de donar sangre, pensiones de cincuenta centavos el catre, pequeños hoteles sombríos de un dólar la cama y bares para blancos, bares para negros, en todas partes mendigos, pedigüeños jóvenes, nada jóvenes, ancianos, vagabundos en cuclillas al borde de la acera, agachados entre vidrios rotos y vomiteras, pordioseros reclinados en portales y apelotonados como pingüinos en las esquinas.Una vez, al detenernos ante un semáforo en rojo, un espantapájaros de purpúrea nariz se acercó a nosotros dando traspiés y empezó a restregar al parabrisas del taxi con un trapo húmedo, sujeto con mano temblorosa. Nuestro conductor, furioso, gritó obscenidades en italiano) MARILYN: ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? TC: Quiere una propina por limpiar el cristal. MARILYN: (tapándose la cara con el bolso): ¡Qué horror! No lo puedo soportar. Dale algo. Deprisa. ¡Por favor! O(Pero el taxi arrancó a toda prisa, casi derribando al viejo borrachín. Marilyn se echó a llorar) MARILYN: Me he puesto mala. TC: ¿Quieres irte a casa? MARILYN: Todo se ha estropeado. TC: Te llevaré a casa MARILYN: Espera un minuto. Me pondré bien. O(Así llegamos a South Street, y efectivamente la visión de un transbordador anclado allí, con la silueta de Brooklyn al otro lado del agua y las blancas gaviotas que describían piruetas contra un horizonte marino salpicado de leves y algodonosas nubes como encajes delicados, ese cuadro, tranquilizó pronto su espíritu. Al bajarnos del taxi vimos a un hombre que llevaba a un chow-chow de la correa, un posible pasajero en dirección al transbordador y, cuando nos cruzamos con ellos, mi acompañante se agachó para acariciar la cabeza del perro) EL HOMBRE: (con tono firme, pero no hostil): No debería tocar a perros que no conozca. Especialmente a los chow. Podrían morderla. MARILYN: Los perros no me muerden. Sólo los seres humanos. ¿Cómo se llama? EL HOMBRE: Fu Manchú. MARILYN (riendo): ¡Oh! Como en la película. Tiene gracia. EL HOMBRE: ¿Cuál es el suyo? MARILYN: ¿Mi nombre? Marilyn. EL HOMBRE: Lo que me figuraba. Mi mujer nunca me creerá. ¿Podría darme un autógrafo? O(Sacó una tarjeta y una pluma; utilizando el bolso como apoyo, escribió: «Dios le bendiga, Marilyn Monroe») MARILYN: Gracias EL HOMBRE: Gracias a usted. Ya verá cuando lo enseñe en la oficina. O (Llegamos a la orilla del muelle y escuchamos el chapoteo del agua) MARILYN: Yo solía pedir autógrafos. A veces lo hago todavía.El año pasado, Glark Gable estaba sentado junto a mí en Chasen's y le pedí que me firmara la servilleta. O (Apoyada en un poste de amarre, me daba el perfil: Galatea contemplando lejanías inexploradas. La brisa le acariciaba el pelo, y su cabeza se volvió hacia mí con etérea a suavidad, como movida por el aire) TC: Pero ¿cuándo damos de comer a los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde y no hemos almorzado. MARILYN: Recuerdas que te dije que si alguien te preguntaba cómo era verdaderamente Marilyn Monroe..., bueno, ¿qué le contestarías? (Su tono era inoportuno, burlón, pero también grave: quería una respuesta sincera) Apuesto a que dirías que soy una estúpida.Una sentimental. O (La luz se iba. Marilyn parecía esfumarse con ella, mezclarse con el cielo y las nubes, disolverse a lo lejos. Quería elevar mi voz sobre los chillidos de las gaviotas y llamarla para que volviese: ¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que acabar así, Marilyn? ¿Por qué todo tuvo que acabar así Marilyn? ¿Por qué la vida tiene que ser tan terrible?) TC: Diría... MARILYN: No te oigo TC: Diría que eres una adorable criatura. Fuente Saludos!
Palabra escuchada hasta el hartazgo, es parte del vocablo popular , político,ideológico de los últimos 50 años, se escuchaba en los últimos reflejos del segundo gobierno de Perón, y en todas las décadas subsiguientes. Es tal su vigencia, que sigue en los cánticos, entrevistas, pintadas, panfletos de hoy día. La pregunta que amerita es ¿cuál es el origen de este termino? Humor y Política: Origen del termino "Gorila" El año 1951 dio inicio a "La Revista Dislocada", el suceso más grande de aquellos años. El elenco contó con Nelly Beltrán, Eduardo Almirón, Lalo Cipriano, Jorge Gen, Héctor Ferreyra y otros.Se sabe que inventó el término "gorila" como sinónimo de lo antipopular, Entrevista con Delfor Dicásolo (2005) (Extracto) Por Cristian Vitale En el verano de 1955, medio año antes del derrocamiento del gobierno peronista, un grupo de servicios opositor al entonces presidente Juan Perón debía identificarse con otro a través de mensajes cifrados, con el objeto de evitar que se descubriera el fin golpista. Y no tuvieron mejor idea que recurrir a la palabra gorila, sin tener la menor idea del estigma que iba a recaer sobre ellos luego del golpe militar. La historia fue más o menos así: uno de los cuadros antiperonistas estaba escuchando La Revista Dislocada por Radio Splendid y sugirió el apodo como táctica identificatoria. Délfor Dicásolo la usaba mucho en sus tiras radiales diarias, por la popularidad que la palabra había adquirido en Marabunta, uno de los espectáculos más taquilleros de la época, que el mismo cómico había presentado en un teatro de la calle Corrientes. En uno de los sketches más graciosos de la obra, un científico alcoholizado lideraba una expedición en busca de un cementerio de gorilas. Y en el camino, cada vez que escuchaba un ruido, el investigador, con varias copas de más, repetía "deben ser los gorilas, deben ser". La frase se transformó por entonces en un dicho enormemente popular: no sólo provocó la aparición de una canción (Deben ser los gorilas) que vendió 60 mil copias en una semana, sino que dejó grabada una de las palabras con más peso simbólico de la historia política argentina. "Nunca fui peronista –sorprende Délfor, a casi cincuenta años de su ‘invención’–. Sí conocí mucho a Evita... ella tenía una personalidad enorme. –¿Por qué lo prohibió Lanusse? –Este es otro misterio. Un día llego al estudio y me dicen "no hay más espacio para usted, se vendió". Insólito. Hacía 24 años que estaba en la radio y nunca me había pasado algo así. No me dieron ninguna explicación, pero supongo que fue por el tema de la palabra "gorila", que tanto revuelo había causado en el país como icono de la resistencia peronista. Ni siquiera me podía ir del país, porque me negaban el pasaporte. Recién me lo dieron en 1978. Y me fui a Perú. Fuente En Pagina 12 refiere a esta cuestión el Director de la carrera de Sociología, Lucas Rubinich –¿Cuándo aparece el término “gorila”? –“Gorila” aparece hacia fines del primer peronismo. Creo que está muy relacionado con el programa de radio La Revista Dislocada, de Délfor (Dicásolo), en donde había un sketch en que se decía “Deben ser los gorilas, deben ser”. Y yo creo que es la respuesta a este estigma de cabecita negra. “Gorila”, hacia fines del primer peronismo, tiene una productividad muy importante. Es un término que reafirma un lugar y descalifica al descalificador. El descalificador queda al descubierto como alguien que tiene una mirada no igualitaria, que no reconoce derechos, que tiene una mirada discriminatoria. Va a ser un término tan ambiguo que van a entrar diez mil cosas en el tiempo. Durante la década del ’60, gorila va a querer decir mil cosas. Fuente Por su parte, no podemos dejar afuera lo que la Wiki nos dice: Gorilas es una expresión popular de la política argentina, extendida a toda América Latina. Gorila era la denominación que los seguidores del peronismo le dieron a los militares y civiles rabiosamente antiperonistas, que gobernaron el país durante la llamada Revolución Libertadora. Estos sectores, encabezados por el presidente y el vicepresidente de facto, el general Pedro Eugenio Aramburu y el Contralmirante Isaac Francisco Rojas, fueron responsables, en junio de 1956, de los fusilamientos de militantes peronistas en José León Suárez y del general Juan José Valle por participar en un alzamiento cívico militar destinado a restaurar la vigencia de la Constitución Nacional, atropellada por el golpe de Estado del 16 de septiembre de 1955. Recibieron este nombre a partir de un programa cómico radial, muy popular por entonces, que había hecho conocer una canción cuyo estribillo decía: "Deben ser los gorilas, deben ser, que andarán por ahí". El autor de la misma y director de dicho programa era el humorista Delfor Amaranto. Por extensión, en toda América Latina se llamó gorilas a los generales conservadores que establecieron dictaduras sostenidas por los Estados Unidos, y que ejercieron una dura represión de las mayorías populares. Fuente
Hace un tiempo, leí este ensayo que construye puentes interesantes entre filosofía y el film Matrix. Tiene varios tópicos bien trabajados, de facil lectura, de lo que seria en parte, el pensamiento del sociólogo-filosofo Jean Baudrillard (el mismo de "Presesión de los simulacros" "cultura y simulacro" quien dijo las famosas frases: "El crimen perfecto se ha cometido, se asesino la realidad" "la guerra no ha tenido lugar" Para graficar que La realidad de la guerra, en la que la gente se enfrenta una a otra hasta la muerte, había sido reemplazada por una copia de la guerra donde no existió ninguna lucha, ya que ésta solo llegó al resto del planeta a través de la televisión. Baudrillard vs. Matrix Las Ilusiones Simuladas Un ensayo en torno a la viabilidad de los actores en un mundo isotrópico Antonio Dopazo Gallego (España) Hace ya algún tiempo que la trilogía Matrix produjo uno de esos extraños episodios en los que una temática fuertemente arraigada (o, en el peor de los casos, inspirada) en la filosofía se hermana con la cultura de masas para crear un tremendo éxito comercial. En plena explosión de la saga, cualquier ensayo o libro que tuviera ligeramente que ver con ella era convertido en fetiche y devorado por los adeptos. No es de extrañar, por tanto, que el filósofo francés Jean Baudrillard se viera inmiscuido en esta vorágine. Después de todo, el Neo de la película era un ferviente lector suyo, como lo atestigua la presencia del libro Simulacra and simulation (1) en la cabecera de su cama (aunque en este punto se suele pasar por alto que el protagonista lo utilizaba, una vez vaciado su interior, para ocultar software pirata). Baudrillard es también el único filósofo al que se menciona abiertamente en la película, en concreto en una célebre frase de Morfeo a Neo justo antes de introducirse en la “madriguera de conejo de Alicia” (2). Aunque en la segunda y tercera partes no vuelve a hacerse mención alguna, todo el mundo interpretó lo anterior como un claro guiño al que a todas luces era el padre intelectual y filosófico de Matrix. Sin comerlo ni beberlo, el viejo Baudrillard, que llevaba décadas escribiendo para un selecto público, se vio hermanado con la producción norteamericana más rentable del año, y aunque no tenemos cifras exactas, es de suponer que su índice de ventas lo agradeció en no poca medida. Después de todo, había una fiebre mundial por ser como “el Elegido”, y eso empezaba por compartir libros de cabecera con Él. No sabemos si alguien dentro del masivo grupo de fanáticos de la película se molestó realmente en comprobar si la conexión era cierta (sospechamos que no), pero Baudrillard se apresuró a lavarse las manos respecto a su supuesta influencia en el film. En una entrevista concedida a Le Nouvel Observateur (3), el francés reconoció entre risas que los padres de la criatura le habían llamado para buscar asesoramiento, algo a lo que él se había negado en rotundo. Más aún, señalaba la ingenuidad de Matrix y afirmaba que “la parte más embarazosa de la película es que el nuevo problema planteado por la simulación es confundido con su tratamiento clásico, platónico”, lo cual constituiría “un serio error”. La supuesta conexión cine-Academia había muerto. La cultura de elite rechazaba a la cultura de masas. Baudrillard volvía a ser un lector de culto, y Matrix volvía a ser otra superproducción alienante salida de la factoría USA. Con la repentina devaluación de Neo desde paladín hacker de la filosofía hipetélica a vulgar “superhombre de masas” (a pesar de su muerte en el film), todo volvía a estar en “orden”. NEO: INGENUO RASTREADOR DE DIOS Lo que tenemos en Matrix es, básicamente, un joven cuya extraordinaria capacidad le permite sospechar que el mundo en el que vive no es real. Le permite, por tanto, apercibirse de su mundo como ficción o como ilusión. Y esto le convierte en extraordinario porque, al principio, no tiene otra cosa con la que compararlo. Sencillamente lo sabe. Al pasar a través de la “madriguera de conejo”, Neo hace un viaje bastante distinto al de Alicia: da el salto de la ficción a la realidad. Y ésta es la piedra de toque: una vez en el mundo de Zion (extra-Matrix), Neo ya no dudará de la realidad de dicho mundo; sencillamente la dará por sentada, y a partir de ese momento toda la película se moverá en la dialéctica entre esos dos lugares. Es cierto que los superpoderes del Elegido desaparecen fuera del (pseudo) hipermundo digital de la matriz, pero asumimos que su capacidad reflexiva se mantiene. A partir de aquí, por tanto, la primera pregunta que no ya Baudrillard, sino cualquier espectador incisivo podría formular sería algo así como: ¿si Neo ha rechazado ya como ficticio un mundo, qué le impide rechazarlos todos? ¿Por qué Neo no mantiene su sentido de la perspicacia y duda de la realidad de lo que ve fuera de Matrix? ¿Qué le impide pensar que todo está impregnado, contaminado por la ilusión? A fin de cuentas, el mundo de Zion resulta bastante menos creíble que el de Matrix: no se puede culpar a Neo por su descreimiento respecto a la sociedad occidental de fin de milenio, pero un mundo cavernoso, devastado y controlado por máquinas insectoides no es, a primera vista, mucho más verosímil. En realidad, la cuestión le será bastante familiar a cualquier lector de Nietzsche con sólo cambiar “mundo” o “realidad” por “Dios”. El filósofo alemán lo expresa de forma inmejorable cuando afirma que los dioses han muerto de risa al oir decir a uno que era el Único. Este Dios déspota ocupa entonces el “lugar del Rey” hasta que el propio Hombre se lo arrebata, pero esa es otra historia. Respecto a Matrix, serían las realidades virtuales las que habrían muerto, aunque no sabemos si de risa o de llanto, para dejar su lugar privilegiado a la Realidad de Zion. Nada habría cambiado mientras esa “casilla” siguiese estando ocupada y secuestrada por algo que se autoproclamase “lo real”. Y Neo, inicialmente tan agudo, no se habría enterado de nada. (4) Así pues, lo que prometía ser un interesante relato acerca de la desaparición de lo real acaba convirtiéndose en una aparatosa bagatela sobre realidad y ficción donde ambos términos terminan por aparecer tan clara y distintamente como buenos y malos en cualquier producción hollywoodiense. Incluso en La vida es sueño, escrita muchos siglos antes y sin tecnología digital ni libros de Baudrillard con los que conciliar el sueño, Calderón de la Barca volvía mucho más difusa la frontera entre realidad e ilusión. En Matrix, esa frontera rige con mano de hierro. A este respecto, y haciendo justicia a la película, muchos seguidores han intentado librarse de la crítica anteriormente expuesta apelando al giro argumental que se produce en la tercera parte, en la que vemos cómo dos personajes (Neo y su némesis Smith) adquieren la capacidad de actuar dentro y fuera. Para algunos esto supone la prueba de que no hay frontera ni distinción, mientras que para otros lo que demuestra es justamente que la hay, y porque la hay puede ser ligeramente transgredida. Lo cierto es que, si dicho giro pretende demostrar la primera hipótesis, lo hace de forma insuficiente e insuficientemente justificada. O, como suelen decir los anglosajones al respecto: too little, too late. SIMULACRO E ILUSIÓN Pasemos ahora a la crítica de Baudrillard, empezando por el término que nos interesa: “confusión”. ¿Qué han confundido exactamente los creadores de Matrix? No hay tiempo ni espacio aquí para repasar profusamente la obra del francés. Lo que sí podemos es intentar ofrecer algunas pinceladas que ilustren el asunto. El principal equívoco señalado por el filósofo francés gira en torno a la confusión entre ilusión y simulacro. Éste último es uno de los pilares conceptuales de la obra de Baudrillard, y como él mismo no se cansa de repetir, “lo que se opone a la simulación no es lo real, que no es más que un caso particular, sino la ilusión” (5). La ilusión, por su parte, sí se opone tradicionalmente a la realidad, tal y como vemos en la trama argumental de la película. Básicamente, en Matrix no hay ni rastro de un simulacro, sino de algo bastante más antiguo y nada novedoso, que puede ser rastreado en todas las culturas humanas y que podría ser denominado como el primer problema metafísico del hombre: el mundo como ilusión. Un mundo que se esconde tras las apariencias es justamente el problema de Platón en el símil de la caverna y de buena parte, si no de toda, la filosofía griega. (6) Siglos más tarde, Descartes, Leibniz y otros autores racionalistas aportaron formas más sofisticadas de resolver el problema del mundo como ilusión, y que igualmente son abordadas en artículos de gran interés en la página. Dicho todo esto, ¿qué es un simulacro? ¿Qué le separa y le hace oponerse a una mera ilusión? Básicamente, el concepto de oposición. Una ilusión siempre es el producto de una sospecha, sospecha nacida a partir de la captación de huellas que delatan un ocultamiento: el de lo real. Ilusión y realidad son conceptos complementarios, que se revelan simultáneamente; si se quiere, dos caras de una misma moneda. Sueño y vigilia, realidad y ficción, arte y vida, mantienen esta relación. Frente a ella tenemos el puro simulacro: un circuito cerrado, autoreferencial, en donde ya no es posible oponer algo a algo de modo que exista entre ambos una diferencia cualitativa. Si lo pensamos, el mundo en su origen (o para los primeros “hombres” que lo habitaran) es un simulacro de este tipo: un lugar cerrado, único, en donde todo tiene lugar. El mundo, sin embargo, está lleno de imperfecciones, de huellas que hacen pensar en que algo se ha escapado de él. Todas las culturas humanas han detectado y tratado de explicar este problema mediante mitos que remiten a seres ausentes pero más reales. En cierto modo, éste es también el problema de Neo: el mundo no le cuadra y necesita algo más, un afuera; de este modo, el mundo se le presenta como ilusión, y como toda ilusión, huérfana de lo real. El concepto de simulacro en Baudrillard se diferencia radicalmente de esta visión del mundo como simulacro original en que no tiene fallos, o al menos no tan evidentes como los del mundo. El mundo que habitamos es un simulacro fallido porque está lleno de invitaciones a hacer metafísica, lleno de incitaciones a creer que es una ilusión. Es por eso que la primera parte de Matrix resulta tan atractiva: porque cualquiera de nosotros puede identificarse con Neo, aunque no en mayor medida que con el anónimo habitante de la caverna platónica que rompe sus cadenas para ascender al mundo real. Frente a esto, el simulacro “hiperreal” y la realidad virtual tratan de crear un auténtico circuito cerrado de la referencia en donde, al no haber huellas, no hay necesidad de nada más. Baudrillard llama a esto “el crimen perfecto”: un mundo en donde realidad e ilusión han caído simultáneamente, prueba de que siempre se han necesitado la una a la otra. En un simulacro perfecto, ambos conceptos son absurdos, y se sustituyen por la hiperrealidad, cuyo espacio es la copresencia y su tiempo el real-time. No hay problema de las apariencias, ni problema de Platón, ni problema de Neo, pues sus condiciones de posibilidad han sido básicamente eliminadas al eliminar el “diferido”: la distancia ilusoria entre sujeto y objeto, que es ahora suplantada por una coexistencia similar a la de la materia en el huevo cósmico en el momento previo al big-bang. De algún modo, aquél fue el único momento en donde el mundo fue un genuíno simulacro. Por desgracia, al parecer no hubo allí nadie para atestiguarlo, y ahora queda reducido al estatuto de hipótesis científica. ISOTROPÍA En filosofía y física, el atomismo postula un espacio vacío en el que la materia se mueve únicamente por contacto y choque, y nunca por tendencias intrínsecas o motores internos. Un espacio de ese tipo, naturalmente, carece en absoluto de lugares privilegiados o diferenciados entre sí, y por tanto la dirección que tome un cuerpo en un momento dado es absolutamente indiferente a efectos de sus propiedades físicas. A este tipo de espacio, la física lo llama isotrópico. En un espacio vacío isotrópico no hay lugares, y la única forma de hablar de un punto A frente a un punto B es cubrirlo con una cuadrícula que atribuya valores numéricos de forma convencional. Sin embargo, ningún átomo notará cambio alguno por desplazarse del punto A al punto B de la cuadrícula. De hecho, para el átomo no habrá diferencia alguna entre esos dos lugares, y es posible que, si no sufre una aceleración repentina o algún tipo de turbulencia, ni siquiera perciba su movimiento. En un espacio isotrópico, de algún modo, lo difícil es darse cuenta de que hay espacio, de que hay movimiento, y no más bien una indiferencia absoluta o una parsimoniosa nada. El Neo de Matrix habita un espacio absolutamente contrario al anterior: su paso a través de la “madriguera de conejo” le hace profundamente consciente de que ha hecho un viaje de tremendas consecuencias. El mundo de Matrix y el mundo de Zion son absolutamente heterogéneos; el desplazamiento de uno a otro está precedido por un ritual ad hoc, sea en forma de llamada telefónica o de dolorosa inyección medular. El esquema de los dos mundos es el esqueleto ingenuo de la película, lo que la mantiene en pie y la vertebra, y si llega a cuestionarse es, como veíamos más arriba, de manera tibia y titubeante. Este esquema es igualmente aplicable al de un profesional de la interpretación: para un actor nunca será indiferente estar sobre o bajo el escenario. De algún modo, además, el lenguaje cotidiano parece resistirse profundamente a la isotropía, y al usarlo distinguimos constantemente entre lugares y espacios heterogéneos con expresiones como “adentro-afuera”, “interior-exterior”, “por un lado-por el otro”, “desde cierto punto de vista”, etc. En defensa de Matrix, por tanto, diremos que su ingenuidad es también la del lenguaje y, más profundamente, la de cualquier relato (pues qué clase de relato sería aquel en el que no hay lugares diferenciados o en el que el protagonista no emprende una suerte de viaje). No es nada fácil, por tanto, imaginarse un Neo baudrillardiano, pues para empezar tendría que dejar de ver el tránsito de un mundo a otro como paso hacia algo diferente. De lo cual resultaría más bien un no-tránsito, pues no habría nada entre lo que transitar. No habría “mundos”; Zion y Matrix no serían dos “lugares”, sino el mismo con dos nombres colocados artificialmente. Una vez la realidad ha caído, no hay razón para colocarla en un más allá, lo cual nos inmiscuiría en un proceso al infinito. Muerta la realidad, moriría también la ficción, pues la ficción lo es siempre acerca de una realidad. Eliminada una cara de la moneda, la otra nunca sobrevive. El Neo “adulto” debería haberse dado cuenta de que no era más que un átomo flotando en un espacio vacío e indiferente; su cruzada debería haber sido contra la superstición de la heterogeneidad, y su primera reacción “madura” una tremenda carcajada (quizá una carcajada mortal) a la propuesta de Morfeo de hacer un viaje hacia algún otro sitio. La desconfianza hacia Matrix habría sido la desconfianza hacia todo lugar. El desvanecimiento de la ilusión habría sido también la disipación del sueño de lo real. El Neo de la película es, por supuesto, la imagen especular de todo lo anterior: paradigma de creyente, auténtico judeocristiano que lucha contra los falsos ídolos que tapan la visión del Dios verdadero, aunque aquí no se trate de dioses, sino de realidades. El peligro del descreimiento, del ateísmo, nunca llega a tentar al protagonista. De hecho, el único personaje que coquetea con dicho descreimiento es Cifra, desempeñando el triste papel del traidor, más desagradable si cabe que el del malvado. ACTORES Y LÍMITES Si uno se para a pensar, la ingenuidad de Matrix a los ojos de Baudrillard tiene mucho que ver con la condición misma de actor o, para el caso, de profesional de la ficción. Un actor existe, después de todo, porque hay diferencia entre ficción y realidad. Su trabajo no tendría sentido sin esa frontera: sin ella no habría “buenos” ni “malos” actores, y el hecho de que en ocasiones tomemos como real lo que está pasando sobre un escenario no quiere decir que dicha barrera no exista; quiere decir que el actor en cuestión es un maestro en su arte; que puede disimular o hacernos olvidar por un momento que hay barrera, pero precisamente porque la hay. En todo caso, al final las luces se encenderán y habrá aplausos o abucheos: el telón siempre cae; los actores entran en sus camerinos y los espectadores salen a la calle. Baudrillard cita a Henri Michaux para definir al artista como “aquel que se resiste con todas sus fuerzas a la pulsión fundamental de no dejar huellas” (7). Sin huellas, por supuesto, no habría diferencia, y nos aproximaríamos a la peligrosa posibilidad de un acting-out del que el hombre, a lo largo de toda su historia, se ha protegido introduciéndolo en el dominio de la locura. En estas condiciones, uno puede preguntarse si es posible una versión no-ingenua de Matrix; si un grupo de profesionales cuya esencia está tan profundamente arraigada en esa diferencia está en condiciones de suprimirla, y de hacerlo precisamente en una ficción, en una película; esto es, desde la diferencia misma. Dicha supresión sería necesariamente una ilusión, pues al final seguiría habiendo títulos de crédito con los nombres de actores y directores, éstos ya sí perteneciendo a lo “real” (y por tanto señalando lo anterior como “ficticio”). Una supresión ilusoria, decíamos, y como cualquier ilusión, remitiendo necesariamente a lo que no lo es. No es que Baudrillard exhorte a Neo a dudar también de la realidad del mundo de Zion y a seguir buscando (aunque esta perspectiva habría creado ya una película más rica, si bien igual de ingenua); lo que un Neo “mayor de edad” habría hecho es, en este caso, darse cuenta de que, como Baudrillard afirma en El crimen perfecto, el asesinato de la realidad es también el exterminio de la ilusión vital, de la ilusión radical del mundo (8). Recurriendo de nuevo al símil, podríamos decir que seguir creyendo en la realidad cuando se ha perdido la ilusión, o viceversa, es como creer en la existencia de monedas de una sola cara. Una entidad que, suponemos, reposará en el limbo de lo ente junto al círculo cuadrado, el actual rey de Francia o el tigre infinito de Borges. ¿REALIDADES DESIERTAS O DESIERTOS REALES? “Bienvenido al desierto de lo real” sirve, a modo de conclusión, como la frase que delata el tremendo equívoco de la película. Morfeo la pronuncia justo antes de enseñar a Neo, vía televisor, el páramo en el que se ha convertido el mundo. La frase está tomada, pues, en su cruda literalidad. Por desgracia para los Wachowsky, no es ésta la idea de desierto que Baudrillard tenía en mente al inventar la expresión. El “desierto” del francés es la ausencia, la desaparición, la disipación o el exorcismo, y no una vulgar llanura oscura agujereada por túneles en donde no hay rastro de civilización occidental. Matrix es una historia acerca de la importancia de la diferencia. Neo es el Elegido porque reivindica la Diferencia auténtica, o, si se quiere, el gobierno absoluto de la relación significante-referente, mientras el resto de mentes cultivadas son incapaces siquiera de atisbarla. Desde este punto de vista, la película es la antítesis de la realización de la visión baudrillardiana. Ni siquiera tienen en común el punto de partida, pues la puesta en duda de Neo de que lo que vemos sea “real” responde más a la noción clásica de ilusión que a la de simulacro. Ya desde el principio, sus caminos circularán en direcciones totalmente opuestas. Lo curioso del caso es que, siguiendo la argumentación expuesta más arriba, Neo sería algo así como el alegato anti-simulacro del gremio de los intérpretes; una reivindicación de las condiciones de posibilidad mismas de la profesión, la principal de las cuales es la profunda creencia en la distinción realidad-ficción. Puede que esto sea algo decepcionante para los iniciados baudrillardianos que convirtieron Matrix en el primer icono cinematográfico de su particular parnaso, pero hemos de pensar que, a fin de cuentas, no es más que una película, y lo excepcional habría sido asistir al multimillonario harakiri de una industria que aventurase su propio final con un tremendo y esforzado despliegue de toda su capacidad técnica. Parafraseando a Baudrillard, “Matrix es con toda certeza la clase de película sobre Matrix que Matrix misma habría sido capaz de producir” (9), y puede considerársela como una parte del empeño del simulacro por llevar a cabo su solución final: “un universo virtual del cual han sido exorcizados todo lo negativo y nocivo” (10). ¿Es posible ilustrar ese esfuerzo sustitutivo en una película? La respuesta, quizá, debería ser rastreada en otro sitio: en autores como Lynch o Cronenberg. O esa, al menos, es la huella que Baudrillard no se resiste a dejar en su entrevista. Apéndice: Is Zion just another Matrix? En la enorme y multicolor cibercomunidad de seguidores de Matrix hay intensos debates a propósito de todas aquellas cuestiones que no quedan del todo resueltas en la película (que son unas cuantas). Una de las más jugosas es la que da título a este apéndice, y cuya extensa discusión se puede encontrar en http://www.matrix-explained.com/matrix_within_a_matrix.htm. Al contrario de lo que pudiera parecer, sin embargo, la cuestión de si Zion es en realidad parte de Matrix (y por tanto otra “ilusión” sustitutoria de lo real) no es relevante a efectos de la crítica de Baudrillard o de las cuestiones que trata este artículo. Lo importante para nosotros es que Neo emprende la búsqueda de la verdadera realidad, y dicha búsqueda es la que da sentido a toda la película y constituye el “esqueleto ingenuo” al que nos hemos referido antes. Que Zion sea la periferia de Matrix (como se insinúa al final de la segunda parte) tan sólo contribuiría a enrevesar un poco más el argumento, pero no a corregir en modo alguno la malinterpretación que aquí exponemos. Matrix: Filosofía y Cine La trilogía Matrix tiene una fuerte base filosófica y cultural. En esta sección te mostramos qué ideas y qué filósofos están vinculados con ella. Proponemos el estudio de dos problemas filosóficos clásicos: EL PROBLEMA DE LO REAL (The Matrix): Platón, Descartes y Hilary Putnam. (Aunque también se puede estudiar a Robert Nozick, Jean Baudrillard, etc.). EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD (Reloaded y Revolutions): El existencialismo de J. P. Sartre y Simone de Beauvoir. 1. PLATÓN Y EL MITO DE LA CAVERNA El mito de la caverna de Platón es uno de los puntos importantes a la hora de desentrañar Matrix. En él se narra cómo unos esclavos viven en una cueva creyendo que lo que ven (unas sombras proyectadas en una pared) es la realidad cuando lo cierto es que viven engañados. Pero uno de ellos escapará y verá la luz del sol, entonces volverá para rescatar a los otros, pese a que corra el riesgo de que lo maten por no creerle. Y eso le ocurre a la humanidad. Esa es la verdad, como dice Morfeo: Eres un esclavo, Neo. Igual que los demás, naciste en cautiverio. Naciste en una prisión que no puedes ni oler ni saborear ni tocar. Una prisión para tu mente. Pero Neo es el esclavo que saldrá de la caverna y rescatará a sus compañeros. De todos modos, Morfeo le advierte del peligro: Son las mentes de los mismos que intentamos salvar. Pero hasta que no lo hagamos, siguen formando parte de ese sistema y eso hace que sean nuestros enemigos. Tienes que entender que la mayoría ellos no están preparados para ser desenchufados. Y muchos están tan habituados, dependen tan absolutamente del sistema, que lucharían para protegerlo. 2. DESCARTES Y EL PROBLEMA DE LO REAL Como hemos dicho más arriba, el tema filosófico por excelencia en la película The Matrix es el problema de lo real. Así lo expresa Morfeo: ¿Qué es real? ¿De qué modo definirías real? Si te refieres a lo que puedes sentir, a lo que puedes oler, a lo que puedes saborear y ver, lo real podría ser señales eléctricas interpretadas por tu cerebro. Hay muchos filósofos que se han planteado este asunto, pero sin duda es René Descartes el que más puntos de unión guarda con la película. La pregunta clave es: ¿cómo distingo la realidad de los sueños? Descartes vivió atormentado con esta cuestión: ¡Cuántas veces me ha sucedido soñar de noche que estaba en este mismo sitio, vestido, sentado junto al fuego, estando en realidad desnudo y metido en la cama! De ahí derivó su duda métodica y así llegó su ya famoso Cogito, ergo sum (Pienso, luego existo). En su Discurso del método, intentó resolver el problema poniendo en duda todo cuanto conocía: Considerando que todos los pensamientos que nos vienen estando despiertos pueden también ocurrírsenos durante el sueño, sin que ninguno entonces sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. En efecto, Matrix se plantea también esa duda entre la realidad y la ficción. El papel de Descartes lo interpreta Neo, a quien le atormenta la misma sensación. Así se lo expone a su colega Choi en una de las primeras secuencias del film: ¿Alguna vez has tenido la sensación de no saber con seguridad si sueñas o estás despierto? Morfeo también pone el dedo en la llaga y le pregunta a Neo acerca de ese tema: ¿Alguna vez has tenido un sueño, Neo, que pareciese muy real? ¿Qué ocurriría si no pudieras despertar de ese sueño?, ¿cómo distinguirías el mundo de los sueños de la realidad? Pensó este filósofo que, una vez planteada la hipótesis de que había sido engañado, no podía haber sido Dios quien hubiese perpetrado el engaño, sino el genio maligno: Supondré, pues, no que Dios, que es la fuente suprema de la verdad, me engaña, sino que cierto genio o espíritu maligno, no menos astuto y burlador que poderoso, ha puesto su industria toda en engañarme (...) Por lo cual, con gran cuidado procuraré no dar crédito a ninguna falsedad , y prepararé mi ingenio tan bien contra las astucias de ese gran burlador, que, por muy poderoso que sea, nunca podrá imponerme nada. 2. 1. EL GENIOMALIGNO Matrix es una mentira, y esa mentira ha sido creada por las máquinas, ellas son el genio maligno, las que han puesto toda su industria en engañar a la humanidad. ¿Qué hacer? Dice Descartes que no dar crédito a ninguna falsedad y preparar el ingenio para ello. En efecto, en Matrix, cualquiera que sea desconcetado, incluido Neo, ha de pasar por una serie de entrenamientos iniciáticos que tienen lugar gracias a programas informáticos creados para tal efecto. El objetivo de esos programas es hacer que el recién llegado se acostumbre a pensar que lo que ve no es real y que, si es consciente de ello, podrá subvertir las leyes físicas y realizar verdaderos milagros. Sin embargo, comenta Descartes que: Este designio es penoso y laborioso, y cierta dejadez me arrastra insensiblemente al curso de mi vida ordinaria; y como un esclavo que sueña que está gozando de una libertad imaginaria, al empezar a sospechar que su libertad es un sueño, teme el despertar y conspira con esas gratas ilusiones para seguir siendo más tiempo engañado. Sí, es difícil vivir cuando ya se sabe la cruel verdad. Eso le pasa a un personaje vital en la trama de Matrix, Cifra, el traidor, el que conspira con esas gratas ilusiones (los agentes) para seguir siendo más tiempo engañado. 2.2. DUALISMO CARTESIANO Descartes suele oponer a cuerpo la palabra "me (alma) o la palabra esprit (alma o mente). Es, por tanto, una mente con tientes religiosos la que Descartes intenta relacionar con el cuerpo. Sobre el tema, dice: No estoy metido en mi cuerpo como un piloto en su navío, sino tan estrechamente unido y confundido y mezclado con él, que formo como un sólo todo con mi cuerpo. Así, mente y cuerpo dependen el uno del otro. De este modo lo ve Morfeo, quien asegura en la película: El cuerpo no puede vivir sin la mente. En otra ocasión, Morfeo, en un intento de que Neo avance en su aprendizaje, le dice: Libera tu mente. 2.3. ARGUMENTO ONTOLÓGICO Sobre el argumento ontológico y la idea de Dios, diremos que Descartes establece que Dios existe y recuerda que, según el argumento ontológico, si Dios es perfecto, debe existir porque la idea de existencia está incluida en su esencia. Así, nosotros, seres imperfectos, hemos sido creados por un ser perfecto: Dios. pero en la película, el agente Smith (personaje muy importante, cuyo monólogo al capturar a Morfeo es soberbio) invierte el argumento ontológico y se pregunta cómo unos seres tan imperfectos como los humanos hemos podido crear a las máquinas. 2.4. LIBRE ALBEDRÍO En otro orden de cosas, el tema del libre albedrío también inquietaba a Descartes. Esto es, partiendo de que creemos que dios existe y que Él sabe todo lo que va a pasar, ¿cómo podemos ser libres los humanos si nuestro destino ya está escrito? Descartes aseguraba que los humanos no tenemos capacidad para entender esto. Pero eso no impide que a Neo le traiga loco este dilema, ya que en varias ocasiones se le dice que él es el elegido. Sin embargo Neo se resiste a creerlo. Morfeo le inquiere: ¿Crees en el destino, Neo? Y él responde que no. Sin embargo, poco a poco irá perdiendo seguridad en esta respuesta. Neo se llama en realidad Thomas Anderson. Una parte de él es Thomas (el gemelo de Jesús), que no cree ser el elegido, la otra es Anderson (hijo del hombre, Jesucristo) que sí cree serlo. Habrá un momento en la película en que Thomas morirá y surgirá Neo, el salvador. 2.5. CONOCIMIENTO DEL OTRO Una última cuestión que ocupó a Descartes y que también trabajamos, fue el conocimiento del otro. Él se preguntaba cómo podíamos saber que el resto de los humanos no eran máquinas: ¿Qué es lo que veo desde la ventana? Sombreros y capas, que muy bien podrían ocultar unas máquinas artificiales, movidas por resortes. En Matrix es muy importante ser consciente de que cualquier humano puede albergar dentro de sí a una máquina, para ello está diseñado el programa de la mujer de rojo, donde Morfeo dice: cualquiera, que no desenchufemos puede ser un agente. Dentro de Matrix pueden serlo todos… o ninguno. 3. HILARY PUTNAM: LOS CEREBROS EN CUBETAS Finalmente, de Hilary Putnam se pueden comentar dos cuestiones. Primero, su idea de que los humanos podríamos ser cerebros en cubetas conectados a unas máquinas por un diabólico científico (idea principal de Matrix) y después su experimento mental de la Tierra Gemela, en el que se plantea qué ocurriría si las cosas que tomamos por reales, como por ejemplo el agua, no lo fueran (en vez de agua sería agua gemela). Esto pasa en la película con el Trigo rico. ¿Y si el Trigo rico no era Trigo rico?, ¿y si el pollo no era pollo? Un tema que, desde luego, da para pensar un rato. EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD La cuestión que se plantea Neo es la siguiente: ¿soy libre de hacer lo que quiera o hay un destino que se cierne sobre mí? Para analizar el tema de la libertad interna se recomienda el existencialismo de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir. En efecto, todo el pensamiento de Sartre gira en torno a la libertad humana y a la no creencia en el destino: El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente (…) nada existe previamente a este proyecto; nada hay en el cielo inteligible. (…) Pero si verdaderamente la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es, sobre él recae la responsabilidad total de su existencia. La elección es el concepto fundamental de la filosofía sartreana: En el fondo, lo que asusta de la doctrina que voy a exponer, ¿no es el hecho de que deja una posibilidad de elección al hombre? Lo cierto es que todo el sistema de Matrix gira en torno a una regla, que es la que hace que el programa funcione: la elección. Quien nos lo desvela es El Arquitecto: Descubrí una solución según la cual el 99% de los individuos aceptaba el programa mientras pudieran elegir, aunque únicamente lo percibieran en un nivel casi insconsciente. La trayectoria de Neo está sembrada de elecciones: ¿pastilla roja o azul?, ¿asaltar un edificio para salvar a Morfeo o matarlo?, ¿la puerta de Trinity (el pathos) o la de la fuente (el logos)?, ¿ir a la ciudad de las máquinas o quedarse en la nave?, ¿seguir luchando contra Smith en la batalla final o rendirse? El tema de la libertad interna no es sólo una cuestión de metafísica sino también de ética. La vida auténtica es la de Neo, la inauténtica la de Cifra (mala fe). Sartre defendía que los humanos están condenados a ser libres, que siempre tienen que elegir: Si no elijo, también elijo. En definitiva, el existencialismo es una filosofía de la acción. Beauvoir decía que los seres humanos, a pesar de las miserias del mundo, siempre siguen soñando: Plutarco cuenta que un día Pirro hacía proyectos de conquista: "Primero vamos a Grecia", decía. "¿Y después?", le pregunta Cineas. "Pasaremos al Asia, conquistaremos Asia Menor, Arabia". "¿Y después?" "Iremos hasta las Indias". "¿Y después de las Indias?" "¡Ah!", dice Pirro, "descansaré". "¿Por qué no descansar entonces, inmediatamente?", le dice Cineas. Cineas parece sabio. ¿Para qué partir si es para volver? ¿A qué comenzar si hay que detenerse? (…) (Pero) en tanto que permanezca viva, es en vano que Cineas me hostigue diciéndome: "¿Y después? ¿Para qué?" A pesar de todo, el corazón late, la mano se tiende, nuevos proyectos nacen y me impulsan adelante. Los sabios han querido ver en ese empecinamiento el signo de la irremediable locura de los hombres: pero una perversión tan esencial, ¿puede ser aun llamada perversión? ¿Dónde encontraremos la verdad del hombre, si no es en él mismo? La reflexión no puede detener el impulso de nuestra espontaneidad. Esa es la sugerencia: seguir soñando, seguir luchando, reafirmar nuestras anteriores decisiones. El paralelismo con Beauvoir está situado en la tormentosa pelea final entre Neo y el agente Smith, quien encarna el papel de Cineas: ¿Por qué, Sr. Anderson?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué lo hace?, ¿por qué?, ¿por qué se levanta?, ¿por qué sigue luchando? ¿De verdad cree que lucha por algo además que por su propia supervivencia?, ¿querría decirme qué es, si es que acaso lo sabe? ¿Es por la libertad?, ¿por la verdad?, ¿tal vez por la paz?, ¿quizá por el amor? (crítica a las esencias) Ilusiones, Sr. Anderson, desvaríos de la percepción. Concepciones temporales de un frágil intelecto humano que trata con desesperación de justificar una existencia sin sentido ni objetivo. Ante las insidiosas preguntas, Neo responde: Porque lo he elegido. REGRESO A LA FUENTE: FILOSOFÍA Y MATRIX En el pack The Ultimate Matrix Collection, a la venta desde el 14 de diciembre de 2004, hay un DVD llamado Las fuentes de Matrix que incluye un documental titulado REGRESO A LA FUENTE: LA FILOSOFÍA EN MATRIX. En dicho documental, diversos profesores y profesoras de filosofía comentan los autores que se pueden estudiar para comprender mejor la trilogía. Esos autores son los siguientes: A. EL PROBLEMA DE LO REAL 1. Sócrates. Sólo sé que no sé nada. Platón: el mito de la caverna. Metafísica: ¿qué es real? 2. Descartes. El genio maligno. 3. Berkeley. Ser es ser percibido. Lo aparente es real. 4. Kant. ¿Cómo podemos saber qué cosas lo son por sí mismas? Fenómenos. El mundo reside en nuestras estructuras mentales. 5. Nietzsche. El superhombre. Rechaza lo impuesto por la autoridad. 6. Baudrillard. El desierto de lo real. 7. Nozik. La máquina de la experiencia. B. EL PROBLEMA DE LA LIBERTAD 8. Laplace. Determinismo físico: todo lo que ocurre en la naturaleza es debido a la interacción de los átomos. (La física cuántica ya no admite esto). 9. Hume. Crítica al concepto de causa. 10. Schopenhauer. La voluntad humana. C. ASPECTOS RELIGIOSOS - Cristianismo gnóstico: el problema del hombre es el conocimiento y la solución es la iluminación. - Cristianismo tradicional. Nuevo testamento. Libre albedrío en Reloaded. Sacrificio de Neo en Revolutions. - Budismo: samsara. Problema de la ignorancia. La solución es el despertar. - Hinduismo. Upanishads. Creador de llaves: todo debe hacerse como una sola cosa. Sati fue la primera esposa de Shiva. - Taoísmo. Pendientes del Oráculo en forma de yin-yang. Opuestos: Oráculo / Arquitecto y Neo / Smith. Fuente
Para mi uno de los mas grandes del siglo, el mas citado y el menos leído, el mas criticado, si de literatura se habla es imposible olvidarlo... Polémico, irónico, distante, amado, odiado, vilipendiado. Nunca ignorado. Entrevista: J. L. Borges (1982) "Sueño de sueños" “Yo preferiría pensar que, a pesar de tanto horror, hay un fin ético en el universo, que el universo propende al bien, y en ese argumento pongo mis esperanzas”. Pregunta -Usted dijo alguna vez que sus cuentos preferidos eran "La intrusa", "El Aleph", "El Sur". ¿Sigue creyendo esto? J.L.B-No, ahora mi cuento preferido es "Ulrica". Ulrica es una muchacha noruega que está en un lugar muy culto, en York, lugar del todo distinto; en cambio, "La intrusa" transcurre en los arrabales de Buenos Aires, en Adrogué, en Turdera, y todo ocurre hacia 1890 y tantos; son incomparables ambos cuentos, yo creo que es mejor "Ulrica". Pero hay gente que dice que el mejor cuento mío, o quizás el único, es "Funes, el memorioso", que es un lindo relato que nació de una larga experiencia del insomnio. Yo vivía en el hotel de Adrogué, que ha sido demolido, trataba de dormir y me imaginaba ese vasto hotel, sus muchos patios, las muchas ventanas, los distintos pisos, y no podía dormir. Entonces surgió el cuento: un hombre abrumado por una memoria infinita. Ese hombre no puede olvidar nada y cada día le deja literalmente miles de imágenes; él no puede librarse de ellas y muere muy joven abrumado por su memoria infinita. Es el mismo argumento de otros cuentos míos; yo presento cosas que parecen regalos, que parecen dones, y luego se descubre que son terribles. Por ejemplo, un objeto inolvidable en "El Zahir"; la enciclopedia de un mundo fantástico en "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"; en "El Aleph" hay un punto donde se concentran todos los puntos del espacio cósmico. Esas cosas resultan terribles. Y he escrito un cuento, "La memoria de Shakespeare", que me fue dado por un sueño. Estaba en Europa, nos contábamos sueños María Kodama y yo. Ella me preguntó qué había soñado. Yo le dije: un sueño muy confuso del cual recuerdo una frase. La frase era en inglés: I sell you Shakespeare's memory. Después sentí que lo de vender estaba mal, ese trabajo comercial me desagradó, entonces pensé en una persona que le da a otra la memoria de Shakespeare o la que él tuvo unos días antes de morir. Ese cuento está hecho para ser un cuento terrible, un hombre que está abrumado por la memoria de Shakespeare, que casi enloquece y no puede comunicárselo a nadie porque Shakespeare lo ha comunicado mejor en su obra escrita, en las tragedias, en los dramas históricos, en las comedias y en los sonetos. -¿Entonces “Ulrica” es para usted su mejor cuento? J.L.B-Según algunos amigos es el único cuento que yo escribí, los otros se pueden considerar borradores de ese cuento, pero creo que es una exageración, vamos a admitir uno o dos más -¿"El Golem" y "Límites" son sus poemas preferidos? J.L.B-Bioy Casares me dijo que "El Golem" era el mejor poema mío, porque hay humor y en otros no. "Límites" corresponde con una experiencia que todo el mundo ha tenido y que quizás algunos poetas no la hayan expresado: el hecho de que cuando uno llega a cierta edad ejecuta muchos actos por última vez. Yo llegué a sentir eso. Ya era un hombre viejo y mirando la biblioteca pensé: cuántos libros hay aquí que he leído y no volveré a leer; y también la idea de que cuando uno se encuentra con una persona equivale a una despedida posible, ya que uno puede no verla más. Es decir, que estamos diciéndole adiós a las personas y a las cosas continuamente, y esto no lo sabemos. -¿Y a sí mismo también? El final de "Límites" es muy elocuente en este sentido. J.L.B-Dice: "...espacio y tiempo y Borges ya me dejan", creo, ¿no? A mí se me ocurrió ese argumento hace como cuarenta años, entonces lo atribuí a un poeta imaginario montevideano que se llamaba Julio Gatero Haedo; en un principio el poema era de seis líneas, luego me di cuenta de que tenía mayores posibilidades y surgió "Límites", que contiene la misma idea: "Para siempre cerraste alguna puerta/y hay un espejo que te aguarda en vano;/la encrucijada te parece abierta/y la vigilia, cuadriforme Jano". -¿Los escritores desarrollan las mismas ideas a lo largo de su obra y las que toman de otros autores? J.L.B-Yo tengo muy pocas ideas, de modo que estoy siempre escribiendo el mismo poema con ligeras variaciones y con la esperanza de enmendarlo, de mejorarlo. Por otra parte, lo que uno lee es algo muy importante. Esto se nota mucho en la obra de Leopoldo Lugones; detrás de cada libro de Lugones hay un autor que es una especie de ángel tutelar. Detrás de Lunario sentimental está Julio Laforgue, detrás de toda su obra está Hugo, que para Lugones era uno de los grandes cuatro poetas. Lugones los enumera, cronológicamente vendrían a ser: Homero, Dante, Hugo y Whitman. Pero se abstiene de Whitman cuando publica Lunario sentimental, porque creía que la rima es esencial y como Whitman es uno de los padres del verso libre, ya no era un poeta ejemplar para él. -Antes, usted pensaba que Whitman era toda la poesía. J.L.B-Sí, pero es un error suponer que alguien sea toda la poesía, siempre queda mal. -¿Qué me puede referir sobre el suicidio de Lugones? J.L.B-Se cuenta que para darse valor pidió un vaso de whisky, que él no había bebido nunca. Después, tomó cianuro que había traído de Buenos Aires, porque se mató en una isla del Tigre. Parece que si uno toma cianuro el dolor es terrible, pero si se toma con alcohol es peor todavía. Sin embargo, su muerte fue rápida. Me dijeron que no tuvo tiempo de reponer el vaso de agua en la mesa. -Lugones fue muy famoso en su tiempo, ¿tanto como usted? J.L.B-¡Mucho más! -¿Recuerda ese poema suyo, “La fama”? J.L.B-Tiene una serie de circunstancias que son insignificantes y cuya suma no creo que diga que yo soy famoso. -Acaba de mencionar a los ángeles tutelares de Lugones. ¿Cuáles son los suyos? J.L.B-Yo querría ser digno de Stevenson o de Chesterton, pero no sé si lo soy. En todo caso, los he leído con mucho placer, aunque mi escritura sea torpe. No sé si soy un buen escritor, pero un buen lector sí, lo cual es más importante. Soy un lector agradecido y ecléctico, un lector católico, digamos. He estudiado algunos idiomas tratando de conocer toda la literatura, lo cual es imposible. En fin, yo siento gratitud por tantos idiomas, por tantos autores, por tantos países. América ha sido muy generosa con el mundo, sobre todo New England. En New England está Poe, Melville, Thoreau; está Emily Dickinson, Henry James... -En su cuento "La busca de Averroes" usted crea una atmósfera donde todo parece inalcanzable, inútil. Usted mismo dice que es el proceso de una derrota. J.L.B-Ése es un tema bastante complejo. El tema de "La busca de Averroes" es éste: si yo elijo a Averroes como protagonista de un cuento, ese Averroes no es realmente Averroes, soy yo. Por ejemplo, escribo un poema a Heráclito y digo: Heráclito no sabe griego. ¡Claro!, porque Heráclito no es realmente el Heráclito histórico, sino yo jugando a ser Heráclito. Por eso, voy evocando a Averroes y al final, al final del relato, comprendo que ese Averroes es simplemente una proyección mía; entonces hago que se mire en el espejo, se mira en el espejo y él no ve a nadie, porque yo no sé qué cara tenía Averroes, y así el cuento se diluye. Todo esto salió de la lectura de un libro de Renan sobre Averroes. -En "El milagro secreto" hay un relato dentro del relato. J.L.B-Es el juego que encontramos en Las mil y una noches continuamente y que también empleó Cervantes. En la primera parte de El Quijote está la novela de "El curioso impertinente", por ejemplo; y el escenario en el escenario, en la tragedia Hamlet. -En "El jardín de los senderos que se bifurcan" hay laberintos en el espacio y en el tiempo. ¿De dónde proviene su idea del laberinto? J.L.B-Proviene de un grabado que había en un libro francés en el que se encontraban las siete maravillas del mundo y, entre ellas, estaba el laberinto, que era como una gran plaza de toros, pero muy alta. Se veía que era muy alta, porque había un pino que no llegaba a la altura del techo y había hendijas. Pensé, siendo chico, que si yo miraba bien podía ver al minotauro que estaba adentro. En realidad, jugué con esa idea y me gusta pensar ahora que juego con ella. La palabra es tan linda, laberinto. -En sus textos la realidad se borra con la idea del infinito, pero a la vez usted crea una irrealidad, a mi parecer, que produce angustia. J.L.B-Bueno, ojalá, usted está siendo muy generosa conmigo. -Esto aparece de manera muy claro en "La muerte y la brújula". J.L.B-Sí, pero voy a tener que reescribir ese cuento, porque lo escribí de un modo muy torpe. Creo que debería señalar de forma más enfática que el detective sabe que van a matarlo, porque si no parece un tonto, mejor que sea un suicida. Además, como los dos personajes se parecen mucho, el criminal se llama Red Scharlach y el detective se llama Lönrot, rot es rojo en alemán, y razonan del mismo modo, sería mejor modificarle un poco el final, quitarle el elemento de sorpresa que puede haber. Claro, cuando yo escribí ese cuento lo escribí como un cuento policial, pero ahora creo que ese cuento puede tener algo distinto, puede ser una especie de metáfora del suicidio, es decir, que puede enriquecerse mediante cuatro o cinco líneas más. Para eso tendría que hacerme leer el cuento en voz alta, tendría que fijarme en los pasajes, pero soy tan haragán. -Bien puede tomarse como una metáfora del suicidio, porque el personaje va a buscar su muerte. J.L.B-Pero creo que en el texto no se entiende bien eso o yo mismo no lo entendí. Aunque algo debí de haber entendido, ya que uno se llama Red Scharlach, scharlach es escarlata en alemán y red es rojo; y el otro es Erik, que hace pensar en Federico el Rojo, que descubrió América; luego Lönrot, rot es rojo, es decir yo los he visto como si fueran el mismo personaje. Sí, sería mejor que ese cuento fuera leído como un cuento fantástico o como una metáfora del suicidio, digamos. -¿Usted acostumbra a reescribir sus cuentos? J.L.B-No lo he hecho hasta ahora; sólo con los poemas. El gran poeta William Butler Yeats hacía lo mismo. Por eso sus amigos le dijeron que no tenía derecho a modificar sus "older poems", y él les respondió: "It is myself that I remake", es decir, al modificarlos yo mismo me estoy rehaciendo. Cuando escribo un cuento es porque he recibido una suerte de revelación, digamos, y lo digo con toda humildad. Es decir, he entrevisto algo, generalmente el principio y el fin de la fábula y, luego, tengo que suplir lo que falta, lo que está entre el principio y el final. De modo que pienso reescribir "La muerte y la brújula" para quitarle todo elemento de sorpresa y para que el lector sienta que el detective es un voluntario suicida. -En cierta oportunidad usted dijo que la literatura está hecha de artificios y conviene que el lector no los note. J.L.B-Desde luego, si el lector nota un artificio se perjudica el texto. -¿Cuáles son sus artificios, sus claves, sus secretos para escribir? J.L.B-Yo no tengo ninguno. Creo que cada cuento impone su técnica. A mí se me ocurre algo de un modo vago y después voy averiguando si eso debo escribirlo en prosa o en verso, si conviene el verso libre o la forma del soneto. Todo me es revelado o yo lo busco, y no siempre lo encuentro. Creo que hay dos elementos en la creación literaria: uno, de carácter psicológico o mágico, puede ser la musa, el espíritu, podría ser lo que los psicólogos llaman la subconsciencia; y el otro es donde ya trabaja la inteligencia. Conviene usar de los dos. Poe creía que la poesía era una obra puramente intelectual, yo pienso que no. Se necesita, ante todo, emoción. Yo no concibo una sola página escrita sin emoción, sería un mero juego de palabras en el sentido más triste. -En el poema "La noche cíclica" usted parece descreer de toda filosofía. J.L.B-Si, pero tiendo a ser idealista. Se supone que todo es un sueño, tiendo a suponer eso, a imaginar eso. Es decir, yo puedo descreer del mundo material, pero no del mundo de la mente. Puedo descreer del espacio, pero no del tiempo. -En otro de sus cuentos, "Los teólogos", se plantea el tema de la identidad personal, ¿lo recuerda? J.L.B-Tiene razón, ese cuento es la historia de dos enemigos; al final se encuentran, creo, en el cielo y descubren que para Dios son la misma persona, las diferencias que los separaban eran mínimas y uno hace quemar al otro. Qué raro, usted es la primera persona del mundo que me habla de ese cuento. -Han hablado muchas otras personas. J.L.B-Pero a mí no me han dicho nada. Yo he encontrado dos referencias en la poesía que tienen que ver con la identidad. Una, en Walt Whitman y está al principio de Leaves of Grass, dice: "I know little or nothing concerning myself". Otra, en Hugo, que dice con una hermosa metáfora: "Je suis voilé pour moi même. Je ne sais pas mon vrai nom". Estoy velado para mí mismo, no sé mi verdadero nombre. Esa imagen del hombre velado para sí mismo es muy linda. Los dos sintieron lo mismo, los dos grandes poetas, Whitman y Hugo, sintieron que no sabían quiénes eran. -¿La visión del mundo como un caos en "La biblioteca de Babel" representa su mirada personal? J.L.B-Por desgracia, es lo que siento. Pero quizá sea secretamente un cosmos, tal vez haya un orden que no podemos percibir. En todo caso, debemos pensar eso para seguir viviendo. Yo preferiría pensar que, a pesar de tanto horror, hay un fin ético en el universo, que el universo propende al bien, y en ese argumento pongo mis esperanzas. -¿Pero para usted el universo es absurdo? J.L.B-Creo que tendemos a sentirlo así. No es una cuestión de inteligencia, sino de sentimientos. No sé, yo tengo la impresión de que uno vive entre gente insensata. Bernard Shaw decía que en Occidente no había adultos, la prueba de ello está en un hombre de noventa años que muere con un palo de golf entre las mano. En otras palabras, hay personas a quienes los años no le traen sabiduría, sino golf. Yo tengo un poco esa impresión también, pero no sé si soy siempre adulto, en todo caso trato de serlo, de no dejarme llevar por pasiones, por prejuicios; es muy difícil, ya que, de algún modo, todos somos víctimas y quizá cómplices, dada la sociedad actual que es indefendible. -En otro de sus cuentos, que aparece en El libro de arena, y que se titula "El Congreso"... J.L.B-Ah, sí, ese cuento es el más ambicioso mío. -¿Es autobiográfico? J.L.B-No, ese cuento empieza siendo un cuento de Kafka y concluye siendo un cuento de Chesterton. Es una vasta empresa, esa empresa va confundiéndose con el universo, pero cuando los personajes descubren eso no se sienten defraudados, sino muy felices. Hay una especie de apoteosis al final, creo recordar. Bueno, he pensado que convendría reescribirlo y arreglarlo, habría que acentuar más los caracteres, porque como yo lo he escrito son simplemente nombres, habría que soñar bien a esos personajes, habría que inventar episodios que no figuran allí y podría ser una pequeña novela, breve, ya que yo soy incapaz de trabajos largos. -En una de las primeras páginas de este cuento se dice: "Me he afiliado al partido conservador y a un club de ajedrez". ¿Usted es conservador, Borges? J.L.B-Yo no sé si todavía queda algo que conservar. -¿Tal vez el club de ajedrez? J.L.B-Sí, salvo que soy pésimo ajedrecista. Mi padre me enseñó el ajedrez y me derrotaba siempre; él jugaba bien y yo nunca aprendí. El ajedrez es una hermosa invención árabe o de la India, no se sabe. En Las mil y una noches se habla del ajedrez. Hay un cuento de un príncipe que había sido convertido en mono y para demostrar que es un hombre juega al ajedrez. Las mil y una noches, ese libro espléndido en el cual hay también sueños dentro de sueños y sueños dentro de esos otros sueños. -El gaucho Martín Fierro, la obra emblemática de la literatura argentina, ¿es para usted un mal sueño? ¿Qué opinión le merece? J.L.B-Creo que es estéticamente admirable, pero éticamente horrible. La obra, desde luego, es espléndida. Uno cree en el personaje del todo, además resulta imposible que no haya existido, pero no es un personaje, digamos, ejemplar. Además, quería pasarse al enemigo, que entonces eran los indios. Yo no creo que la historia del Martín Fierro pueda ser, como se ha supuesto, la historia del típico general de los gauchos, ya que si todos hubieran desertado no se hubiera conquistado el desierto. Tenía un tipo distinto. Martín Fierro corresponde, digamos, al gaucho malo de Sarmiento, al tipo del matrero que no fue muy común. Una prueba de ello es que aún recordamos a Hormiga Negra, a Juan Moreira; en Entre Ríos a Calandria, es decir, ese tipo fue excepcional, los gauchos, en general, no eran matreros. Yo profeso la mayor admiración por el Martín Fierro, podría recitarle a usted páginas y páginas de memoria, pero no creo que el personaje sea ejemplar ni que José Hernández lo haya pensado como ejemplar. Eso lo inventó Lugones cuando escribió El Payador en el año 1916. Él propone el Martín Fierro como una epopeya argentina y al personaje como un personaje ejemplar, como un héroe, como un paladín, lo cual es evidentemente falso. -¿Recuerda algún payador? J.L.B-Sí, yo fui muy amigo de Luis García, que era un señor, no un compadrito. Un hombre con unos modales muy suaves, hablaba como un señor. -¿En qué radica la diferencia entre un señor y un compadrito? J.L.B-Por lo pronto, en una indumentaria distinta. El señor llevaba cuello y corbata; el compadrito, pañuelo al cuello y zapatos de taco alto, saco cruzado. Sobretodo, nunca. -¿Los compadritos vestían de negro? J.L.B-Todo el mundo en esa época vestía de negro. Y todavía hoy, en muchos lugares. En los pueblos de España, las mujeres visten de negro. -¿Los criollos tenían un lenguaje austero comparado con el que emplean los españoles, verdad? J.L.B-Ah, sí. -¿Usted fue amigo de Arturo Capdevila, él hablaba de una forma muy castiza, no? J.L.B-Capdevila, no sé por qué, había tomado como modelo a los personajes del teatro español del siglo XIX. Decía cosas que nadie decía. Una vez fui a su casa, estaban por servir el té. Capdevila dijo: “Viva Dios, pronta está (o lista está) la merienda”. Recuerdo una frase muy linda de él. Un día, yo estaba solo en la confitería “St. James” tomando un vaso de leche. Pasó Capdevila y, al verme, me dijo: “Mi querido Borges (no tenía acento cordobés, tenía tonada española), usted está bebiendo su lepra”. Qué linda frase, ¿no?: Borges, usted está bebiendo su lepra. Parece una frase bíblica. Según su teoría, la leche y el pescado podían producir lepra. Porque, en algún momento, desde San Pedro hasta Punta Lara, el bajo Saavedra, el bajo de San Isidro, parece que abundaba la lepra. -¿Y usted comía pescado? J.L.B-En ocasiones. Pero antes, en la Argentina, se comía carne tres veces al día. Todas las mañanas había caldo, después puchero (el puchero era muy copioso); había arroz, tocino, choclo, zapallo, batata, tomate y carne. Y después de eso, solía servirse un bife. De noche, sobre todo si venían visitas, la comida era terrible. Se servía primero sopa, después cuatro platos; podía haber milanesas y después churrasco. Luego, el postre, que era muy rico: dulce de batata, dulce de zapallo, dulce de tomate, dulce de leche, también fruta. Y no se servía una tacita, un pocillo de café, como ahora, sino un tazón de café con leche. En Estado Unidos hacen unas mezclas increíbles con las comidas. Por ejemplo, sirven puré (muy mal hecho) y lechuga y, a veces, pasta. ¿A quién se le ocurre una combinación así?, no tiene nada que ver. Y si uno quiere que en un restaurante le sirvan otra cosa es muy difícil, son de menú fijo. En cambio, en Buenos Aires, uno puede pedir lo que quiera. Yo pido tortilla a la española y la preparan especialmente y en el momento. En fin, no hay por qué consultar la carta, le preparan lo que uno pide. Qué raro, uno piensa que Estados Unidos es un país organizado, pero los restaurantes no. Cuando yo le cuento a los norteamericanos que en Buenos Aires o en Montevideo no es necesario ir a un restaurante italiano para comer pastas, se asombran. ¿Se fijó que ahora Buenos Aires está lleno de restaurantes chinos? Son muy buenos. Hay uno enfrente de mi casa, en la calle Maipú, entre Charcas y Paraguay. “Cantina china”, se llama. Japoneses, existen varios. Hay uno excelente en la calle Independencia. Pero en Buenos Aires prefieren la comida china. En los chinos sirven diez, quince platos distintos, un poquito de cada cosa. Son una antología de sabores. -A propósito, ¿cuál es su plato preferido? J.L.B-Hoy diría que el pastel de carne. -Volviendo a Capdevila, él decía que el idioma se estaba deformando en la Argentina, ¿no le gustaba el uso del “vos”? J.L.B-Es posible que el uso del “vos” desaparezca. En la República Oriental yo tengo muchos parientes, más que en Buenos Aires, que ya casi no tengo ninguno, a excepción de una hermana. En Montevideo tengo a los Lafinur, a los Haedo y a otros. En Montevideo, como le decía, se usan formas del verbo que corresponden al vos, pero se dice tú. De modo que la gente, dice: mirá tú, vení tú. Usar el “vos” es hablar en malevo. Ellos no dicen lunfardo, dicen hablar en malevo. -¿El lunfardo es una jerigonza carcelaria? J.L.B-Se supone que sí. ¿Yo le conté sobre Roberto Arlt? Roberto Arlt, Nicolás Olivari, González Tuñón, gente del centro, digamos, conocían bien el lunfardo. Aunque Roberto Arlt, que era fácilmente iracundo, dijo: “Bueno, yo me he criado en Ciudadela, entre gente pobre, entre malevos y no he tenido tiempo de estudiar esas cosas”, dando a entender que el lunfardo era una invención exclusivamente porteña. -Evaristo Carriego sí que apreciaba el lunfardo,¿ verdad? J.L.B-Escribió algunas composiciones en lunfardo publicadas en una revista policial que se llamaba “L.C.”, lo cual quiere decir ladrón conocido. Carriego era un muchacho de familia distinguida entrerriana, que se volvió pobre. La casita de él era muy modesta, la casita donde escribió El alma del suburbio estaba en Honduras y Coronel Díaz. Esos fueron los barrios de Muraña, de Jorge Chileno, de Paredes y de otro tipo de gente como Alfredo Palacios y mi primo Lafinur. -¿Conoció a Alfredo Palacios? J.L.B-Sí, venía todos los domingos a comer a mi casa. -¿Güiraldes también iba a su casa? J.L.B-Bueno, eso fue mucho después. Lo que le digo de Alfredo Palacios corresponde a 1910, a Güiraldes lo conocí en 1925, 15 años después. -¿Le gusta el tango? J.L.B-Prefiero la milonga antigua y algunos tangos viejos como “El choclo”, “El entrerriano”, “Don Juan”, “La Unión Cívica”. Carlos Gardel era conservador. La mayoría de los cuchilleros que yo conocí eran conservadores. Por lo general, habían sido guardaespaldas de los caudillos conservadores. -¿Ricardo Güiraldes era buen guitarrista? J.L.B-Sí. -¿Y Macedonio Fernández? J.L.B-Macedonio creía saber tocar la guitarra; tenía el hábito de la guitarra, como tenía el hábito del mate y del cigarrillo. Pero yo nunca lo oí tocar nada. Se hizo retratar con una guitarra. -Macedonio tenía una tertulia. ¿Usted la frecuentaba? J.L.B-La tertulia era los sábados en la esquina de Jujuy y Rivadavia. -Plaza Miserere, Barrio Once. Yo viví un tiempo en esa zona de Buenos Aires. Ahora la calle Jujuy es una avenida. J.L.B-Es ancha, sí, claro... Cuando mi madre era chica, la edificación concluía en Jujuy o en Pueyrredón. Después había quintas, hornos de ladrillo, la laguna Guadalupe, donde ahora está la Iglesia de Guadalupe. Pero cuando yo era chico la edificación concluía en lo que hoy es la Juan B. Justo, y lo que antes era el famoso Arroyo Maldonado. ¿De qué estábamos hablando? -De Macedonio. J.L.B-Ah, sí... en la tertulia de Macedonio nos reuníamos Santiago Dabove, César Dabove, Carlos Pérez Ruiz, un amigo mío que se llamaba Guillermo Juan, Manuel Peyrou, Enrique Fernández Latour... -Dicen que Macedonio tenía un gran sentido del humor. J.L.B-Cierto. Decía, por ejemplo: “Los gauchos son una diversión que tienen las estancias para los caballos”. Además, le gustaba hacer bromas. Una vez le preguntaron qué pensaba de Góngora, contestó: “Yo no duermo de ese lado, Quevedo y Marck Twain me mantiene despierto. Mejor, más redondo hubiera quedado: “¿Qué le parece Góngora? No duermo de ese lado”. Y punto, para qué agregar otros nombres. -¿Y usted, Borges, de qué lado duerme con respecto a la literatura española? J.L.B-Diría que del lado de Cervantes y Quevedo. Le cuento algo: conocí a Gerardo Diego en 1920. Él hablaba de Góngora y yo de Quevedo. Lo volví a ver muchos años después y seguía hablando de Góngora. Bueno, no teníamos por qué cambiar de tema, así que retomamos la misma conversación. Me acuerdo que coincidimos en una reunión y él me mandó de obsequio un verso de Quevedo sobre el Duque de Osuna. Me lo envío como si fuese un dulce, un bombón. El último verso es éste: “Murió en prisión, muerto estuvo preso”. Pensándolo bien, imposible que sea un verso más chato, ¿no? Porque una persona que muere está libre de todo. La idea de que el muerto está preso es una idea rarísima. Se supone que si está muerto... -¿Macedonio Fernández le temía a la muerte? J.L.B-Sí, pero al mismo tiempo decía que era insignificante. -¿Fue a raíz de la revista Proa que usted conoció a Güiraldes? J.L.B-Esa revista la fundó Alfredo Brandán Caraffa que, para fundarla, se valió de un truco. El truco era éste: yo había vuelto de Europa, ya había escrito algo; Brandán me dijo: “Quiero fundar una revista que represente a la nueva generación literaria. Ya nos hemos reunido con Güiraldes, Pablo Rojas Paz y pensamos que la revista sería imperfecta si usted no fuera uno de los directores”. Entonces, yo me sentí muy halagado. Qué bien, me dije, han pensado en mí y yo no soy nadie. Luego, Brandán Caraffa y yo nos encontramos con Güiraldes en un hotel de la calle San Martín y Córdoba. Ahí, Güiraldes, mientras esperábamos a Rojas Paz, comentó: “Ustedes son más jóvenes y yo un hombre mayor, me sentí muy halagado cuando Caraffa me dijo que pensaron en mí para fundar la revista, porque una revista de jóvenes no podía prescindir de mí”. Llegó Rojas Paz, y yo le dije: “Brandán le habrá contado que nos reunimos Güiraldes, él y yo y resolvimos que una revista de jóvenes no podía prescindir de usted”. Lo miré a Brandán y se rió. Cada uno de nosotros puso cincuenta pesos, a mí me los dio mi padre. Reunimos doscientos pesos y con ese dinero sacamos el primer número de Proa, de trescientos ejemplares. La revista tenía ciento veinte páginas en papel pluma. Doscientos pesos, aún entonces tenía que haber costado más de esa cantidad. ¿Qué hace ahora con doscientos pesos en Buenos Aires? -¿Usted también escribió en el periódico literario Martín Fierro? J.L.B-Sí, pero muy poco. Habré colaborado un par de veces. Yo no pertenecía a ese grupo. Era una revista de Evar Méndez, Oliverio Girondo, Jacobo Fijman... -¿También estuvo vinculado a la revista mural Prisma? J.L.B-A ésa, sí. La concebimos mural por razones económicas, no teníamos dinero. Yo me fijé en los avisos que había en las paredes de las calles y pensé: ¿cuánto puede costar una hoja impresa de este modo? Fuimos a una imprenta en la calle Balcarce, cerca de Plaza de Mayo, y nos dijeron que quinientas páginas salían unos noventa pesos. Así que reunimos el dinero necesario y la sacamos. -Duró poco, salieron nada más que dos números. J.L.B-Porque Alfredo Bianchi, director de la revista Nosotros, leyó Prisma, le gustó y nos invitó a colaborar en su publicación. De modo que ya no precisamos una revista propia para escribir. -Leopoldo Marechal también colaboraba en Martín Fierro y en la revista Proa. ¿Usted conoció a Marechal? J.L.B-No, pero sé que tenía el orgullo de ser de Villa Crespo, donde la gente era singularmente valiente. Marechal debe ser un apellido francés, él no sabía francés, tiene que ser de la Martinica, porque era mulato. -¿Alguna vez recorrió el barrio porteño de Villa Crespo? J.L.B-Naturalmente, si yo me crié en Palermo, que está al lado. Es muy extraño lo que pasó con Villa Crespo. Primero fue un barrio criollo, después italiano, luego judío y, actualmente, creo que es árabe. Pasó por curiosas etapas. Pero cuando yo lo conocí era un barrio judío. Fui muy amigo del librero y editor, Gleizer, que vivía en la esquina de Triunvirato y Caning (antes Corrientes se llamaba Triunvirato). -¿La polémica Boedo-Florida fue una broma tramada por Roberto Mariani, creo que usted dijo una vez? J.L.B-Fue una ficción, sí, una broma tramada por Mariani y por Ernesto Palacios. Ellos pensaron que en París había cenáculos, polémicas literarias y que todo eso faltaba en Buenos Aires. Por lo tanto, crearon esos dos grupos, de Boedo y de Florida e inventaron polémicas. Fue un truco publicitario, digamos, porque no existieron nunca esas escuelas. Por ejemplo, ahí tiene el caso de Arlt, a él se lo relaciona con los de Boedo. Sin embargo, era secretario de Güiraldes, a quien se lo vincula con los de Florida. Yo hubiera querido ser de Boedo y me dijeron que no, que ya estaba hecha la repartición y a mí me había tocado ser de Florida. Aquello fue una broma tomada en serio por los historiadores de la literatura que son bastante ingenuos. -Y de la revista Sur, ¿qué me puede decir? J.L.B-Bueno, como usted sabe, la fundó Victoria Ocampo. Yo le hice una broma a Victoria, le dije por qué le había puesto Sur, si ella vivía en San Isidro, que no tenía derecho a emplear esa palabra. En cambio, yo sí, porque me había criado en Adrogué. -Se cuenta que fue el poeta norteamericano Waldo Frank quien sugirió el nombre de Sur. J.L.B-Puede ser, porque él estuvo en Buenos Aires. Aunque algunos dicen que fue Eugenio d’Ors, otros Ortega y Gasset. Pero creo que se atribuye el nombre a Waldo Frank. Es un lindo nombre, Sur, ¿eh? -Sí, además, ubica, sitúa. J.L.B-Pierre Drieu La Rochelle mandó una desaprobación diciendo que Sud Africa no estaba representada y Australia tampoco en la revista. Pero, en fin, no se había pensado en eso. Tampoco habíamos recibido colaboraciones de Sud Africa o de Australia. -¿Qué recuerda de Victoria Ocampo? J.L.B-Que me ayudó mucho. Me protegió en un momento en el que yo era un desconocido y ella muy conocida. Ahora es una persona famosa, más famosa por sus actos que por su obra escrita. -¿Es cierto que usted le regaló un ejemplar de Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes al cuchillero, al caudillo de Palermo, Nicolás Paredes? J.L.B-Sí, se sintió muy defraudado. Me dijo: ¿este criollo a qué hora pelea? Le voy a contar algo de Don Segundo, porque voy a escribir sobre esto alguna vez, pero si usted quiere adelantarlo, mejor. Bueno, la vejez de Don Segundo Sombra fue muy rara. Él era el capataz de la estancia La porteña de Güiraldes en San Antonio de Areco, que está al norte de la provincia de Buenos Aires. Güiraldes lo tomó como modelo para el libro. Don Segundo era santafecino, es decir, un poco extranjero para la provincia de Buenos Aires. Se llamaba Segundo Ramírez Sombra. Güiraldes, con buen sentido literario, omitió el Ramírez que no dice nada y así quedó Don Segundo Sombra. Que está muy bien, porque Segundo presupone un primero y Sombra presupone una forma que la proyecta. Don Segundo se hizo famoso. Güiraldes llevó a su estancia a personas como Ortega y Gasset, Waldo Frank, Victoria Ocampo, La Rochelle para que lo conocieran. En el pueblo, en San Antonio, vivían cuchilleros que habían sido guardaespaldas del padre de Güiraldes, que fue Intendente de San Antonio. Estos cuchilleros estaban furiosos. Decían por qué el niño Ricardo había escrito un libro sobre este viejo infeliz que no sabía cómo se agarraba un cuchillo, entonces lo provocaban. De modo que la vida del viejo Don Segundo, que era un hombre tranquilo, pasó a ser una vida muy cambiante. Pasó de ser un personaje legendario a ser un viejo santafecino a quien provocaban los otros. Los nombres de quienes lo desafiaban muestran que eran gente brava, debían muchas muertes. Había uno que se llamaba el Toro Negro y al hijo de él le decían el Torito. Y estaba Soto, que era muy famoso. Cuando Don Segundo estaba en el almacén y veía entrar por la puerta a uno de estos malevos, huía inmediatamente. Soto era un hombre bastante bravo. Figúrese, cierto día llegó un circo al pueblo. En el circo había un domador de leones que había despertado el asombro de la gente, pero tenía la desgracia de llamarse Soto. A Soto, el cuchillero, no le gustó nada que la gente hablara con admiración del otro Soto. De modo que, una tarde, en el despacho de bebidas, el cuchillero se le acercó al domador y le dijo: “Quiero saber su gracia”, su nombre. Y el otro le respondió: “Soto, para servirlo”. Entonces el cuchillero le dijo: “Aquí el único Soto soy yo, de modo que no se apure, elija el arma, que yo lo espero afuera”. Nunca se peleaba bajo techo, porque era ofender la casa, aunque la casa fuese un prostíbulo. El domador no sabía qué hacer, pero alguien le alcanzó un puñal. Salió a la calle, pero como no sabía manejar el puñal, el cuchillero lo mató. Luego, los testigos, creo que entre ellos también había un vigilante, dijeron que el domador había provocado a Soto y, como éste era el héroe local y el otro un forastero, todo quedó como si nada hubiera pasado. Así que si uno tiene como enemigos a gente como Soto, el Toro Negro o el Torito, es mejor cuidarse ¿no? Efectivamente, Don Segundo Sombra se cuidó. Murió de muerte natural no sé en qué fecha. Mis amigos y yo le hicimos una broma a Güiraldes publicando una nota en el diario desmintiendo el rumor de que el cadáver de Don Segundo iba a ser repatriado a un lugar de Italia, tratándolo como si fuese un gringo. -En algunos países, a la Argentina se la sigue asociando con los gauchos, con el mate... J.L.B-Ahí tiene, el tipo del gaucho es un tipo que ha desaparecido. Yo vi gauchos por primera vez en Montevideo, eran troperos que traían hacienda. Actualmente, creo que este tipo se da al sur del Brasil, al norte del Uruguay, en la provincia argentina de Corrientes también. En la provincia de Buenos Aires ya no se da. -En algunos de sus cuentos los personajes toman mate. ¿Qué simboliza el mate para el argentino? J.L.B-Supongo, más bien, que un hábito, un modo de poblar el tiempo o de perderlo. Yo no soy matero. -Usted representa el espíritu cosmopolita, habla desde una cultura universal... J.L.B-Tanto como universal no sé, hago lo que puedo. -¿De dónde proviene su cultura, sus primeras lecturas, su formación? J.L.B-Le debo mucho a la literatura inglesa, incluyendo a la americana, desde luego. En casa casi todos los libros eran en inglés; la Biblia era la King James' Bible; Las mil y una noches, la de Lane o la de Burton. Mi padre me dio los libros ingleses de su biblioteca. En casa hablábamos indistintamente inglés y castellano. Hablaba español con mi abuela materna que se llamaba Leonor Suárez de Acevedo y en inglés con mi abuela paterna, Frances Ann Haslam de Borges, que se casó con ese coronel Borges que se hizo matar. -A pesar de su cultura universal, en sus cuentos aparecen compadritos y cuchilleros. ¿Cómo eran los compadritos de antes? J.L.B-Bueno, no sé cómo eran realmente, porque los que yo alcancé ya eran malevos jubilados ¿no? -¿Siempre estaban debiendo una muerte? J.L.B-Sí, en todo caso se suponía eso y, a veces, más de una muerte. Recuerdo a un amigo, el cuchillero Paredes de Palermo, que decía: “¡quién no debía una muerte en mi tiempo, hasta el más infeliz!”. Paredes había sido uno de los guardaespaldas de Juan Muraña. -¿Eran hombres de mucho coraje? J.L.B-Sí, coraje individual, ya que no tenían ideales de ninguna especie. -¿Usted es un cultor del coraje? J.L.B-Bueno, digamos que sí. Quizá porque soy físicamente muy cobarde admiro lo que me falta. Coraje cívico tengo, pero físico ninguno, mi dentista lo sabe muy bien. -¿Su abuelo y también su padre se dejaron morir? J.L.B-Mi abuelo se dejó matar, mi padre se dejó morir. Lo de mi padre fue un acto de mayor valentía. En cambio, lo de mi abuelo, el coronel Borges, es caso aparte, ya que morir en una batalla debe ser bastante fácil. Pero renunciar, como mi padre, a todo medicamento, rehusar inyecciones, no comer durante sesenta días, tomar sólo un vaso de agua cuando lo quemaba la sed, no permitir que lo atendieran es muy difícil. Me parece una muerte más heroica. Tenía una enfermedad incurable y estaba postrado. Por eso, ayunaba, rechazaba todo remedio. Un día, me dijo: “No te voy a pedir que me pegues un tiro, porque sé que no lo vas a hacer; pero no te aflijas, yo me las voy a arreglar”. Al cabo de dos o tres semanas no quiso ya ni beber agua y se murió. Fue como un suicidio. -¿Cómo era el Buenos Aires de antes, el que usted conoció, cómo es ahora? J.L.B-No sé cómo es ahora, yo ya no lo conozco. El que yo alcancé era un Buenos Aires pequeño en el espacio, pero creciente, lleno de esperanza y ahora somos una ciudad muy grande y bastante triste, bastante descorazonada por hechos que son de dominio público. Creo que ésa es la diferencia, algo pequeño, creciente y algo grande, que se desmorona. -¿Sólo Buenos Aires o es el país entero el que está en crisis, en decadencia? J.L.B-Creo que sí, pero, bueno, tal vez los jóvenes, de ellos depende el porvenir, no piensen como yo. Sinceramente, yo me siento incapaz de una esperanza lógica, pero quién sabe si las cosas son realmente lógicas, por qué no creer en milagros. -Recuerdo una nota, que desató una gran polémica en 1971, titulada "Leyenda y realidad", en la que usted manifestaba su posición en contra del peronismo. J.L.B-Claro, por razones éticas, nada más. Yo no soy político ni estoy afiliado a ningún partido. -¿Usted fue perseguido durante la primera etapa del peronismo? J.L.B-Más o menos. Me amenazaron de muerte, pero después se olvidaron. Mi madre, en cambio, estuvo un mes presa; mi hermana y un sobrino mío también. Conmigo se limitaron a amenazas telefónicas. Por eso, me di cuenta de que estaba perfectamente seguro, si alguien va a matar a otro no se lo va a comunicar por teléfono antes ¿no?, por tonto que sea. -Recuerdo otro de sus textos, "El simulacro", donde usted presenta a Perón como el dictador y a Eva Duarte como una muñeca rubia, y dice que crearon una crasa mitología. J.L.B-El hecho que yo refiero ahí, que no recuerdo muy bien ahora, era ése, el hecho de pasear una muñeca que simulaba ser el cadáver de Eva y un señor que simulaba ser Perón. Y ganaron bastante dinero haciendo eso. Esta historia me la habían contado dos personas que no se conocían entre sí, de modo que ocurrió en El Chaco, yo no la inventé, además no es una hermosa invención tampoco, es bastante torpe, bastante desagradable ver a alguien que se pasea con un ataúd, con una figura de cera, que está jugando a ser un cadáver; es una idea terrible y que se pague para ver eso y que la gente rece. Sí, crasa mitología viene a ser lo justo. Me había olvidado totalmente de esa página, pero tiene razón, yo la escribí y la escribí porque me había llamado tanto la atención. -Usted descree de la democracia. ¿Cuál sería el gobierno ideal para Borges? J.L.B-Diría que las palabras gobierno e ideal se contradicen. Yo preferiría que fuéramos dignos de un mundo sin gobiernos, pero tendremos que esperar unos siglos. Habría que llegar a un estado universal, se ahorrarían los países, eso sería una ventaja y luego no habría necesidad de un Estado si todos los ciudadanos fuesen justos, las riquezas fueran bien repartidas, no como ahora que hay gente que dispone de muchos bienes espirituales y materiales y gente que no dispone de nada. Todo eso tiene que corregirse, pero quizá tengamos que esperar unos siglos para que se modifiquen las cosas. -¿Macedonio Fernández era anarquista? J.L.B-Yo le debo tanto a Macedonio... Sí, en ese sentido era spencereano. Creo que hablaba de un máximo de individuo y un mínimo de Estado. -¿Usted piensa lo mismo? J.L.B-Sí, claro. Ahora estamos over-ridden, estamos haunted por el Estado, el Estado se mete en todo. Cuando fuimos a Europa en el año 14 viajamos de Buenos Aires hasta Bremen sin pasaportes, no había pasaportes; éstos vinieron después de la Primera Guerra Mundial, la época de la desconfianza. Antes se recorría el mundo como una gran casa con muchas habitaciones. Ahora usted no puede dar un paso sin demostrar quién es. El Estado está constantemente abrumándonos. -Usted ha recibido muchos premios y ha sido postulado para el Premio Nobel varias veces... J.L.B-Sí, pero los suecos son muy sensatos, yo no merezco ese premio. -¿Cuál sería el premio que usted desearía recibir? J.L.B-El Premio Nobel, desde luego, pero sé que no lo recibiré, lo cual lo hace aún más codiciable. Fuente
El fl"neur del que hablaran Baudelaire y Walter Benjamin es aquel sujeto que deambula por la ciudad sin rumbo fijo, el que pasea sin saber a donde va curioseando aquí y allá sin hacer nada de provecho perpetrando un callejeo ocioso. ¿Sos un Flaneur? Por Juan Bedoian En su excelente libro El relato de viaje, el escritor Jorge Monteleone cita a otro escritor, Walter Benjamin, quien define la figura del flaneur: el viajero contemplador y reflexivo que disfruta a su manera del paisaje, el sujeto que erra lentamente por las calles, que se entrega ociosa, imaginativamente, sin un plan prefijado, a lo que le ofrece el destino. Tengo para mí que es una buena forma de viajar: lanzarse azarosamente a la promesa de ese destino sin las tiranías de los horarios, los mapas, las rutinas, abandonarse a la posibilidad de una revelación —espiritual, sensorial, educativa— que quizás aparezca o quizás no, pero siempre con la consigna de dejarse llevar por lo que los sueños le han dicho a ese viajero. Existe otra forma de viajar que tiene lo suyo y no es desdeñable: son los turistas que aborrecen la imprevisión, la falta de un orden, el viaje caótico; algunos de ellos se convierten en esos aficionados a los mapas cuya alegría consiste, muchas veces, en dedicar más atención a las coloreadas páginas de las guías que a las coloridas tierras por donde pasan. Entre esos dos modelos extremos se viaja. Para unos —el flaneur—, la curiosidad aparece como una de esas amantes a la que hay que satisfacer a cómo dé lugar y siempre tienen la ilusión de un principio. Son los buscadores de lugares secretos, los que persiguen cosas que están más en su cerebro que en el sitio que pisan. Para otros, esa caminata azarosa sin ningún plan es casi un pecado que no lleva a ningún lado o, en el peor de lo casos, a sitios riesgosos de los cuales no es tan fácil salir. Alguna racionalidad hay ahí: no son pocos los caminantes que se perdieron en un rincón no recomendable a una hora mucho menos recomendable. O sea, están los aventureros lanzados a un paseo impredecible, al placer de la incertidumbre, la posibilidad de no verlo todo y, por lo tanto, poder volar con la imaginación hasta aquello que no se ve; el flaneur sabe que ese andar puede convertir al viaje en algo diferente. Y existen los que exigen saber dónde están en cada momento como si hubiera una suerte de seguridad en ello, aquellos que eligen una rutina a la que volverían una y mil veces, como se vuelve a los lugares de la infancia. Estimados taringueros, ¿a qué clase de viajeros pertenecen ustedes? Fuente