alfluna5
Usuario (Uruguay)
La abuela me miraba, hora tras hora, inmóvil, muda. Me pregunto si al mirarme alcanzaba a ver en mi alma los sedimentos acumulados del odio, de la lástima, de la verguenza. La había sacado al patio para que sintiera en la piel la caricia del lánguido sol de marzo. Ella se dejó mojar por la cascada ambarina y sonrió, con una sonrisa hermosa como una promesa, sin reticencias, vencida por el placer tibio. Yo la miré y no pude verla, no noté la sonrisa, o mejor dicho, no sentí nada al notarla. No era la abuela la que se deleitaba silenciosamente bajo el sol, no era nadie, no era nada. La odié en ese momento. Sentí el odio supurando en el pecho, creciendo más rápido que la mugre bajo mis uñas. Quise verla muerta, quise matarla allí mismo e irme corriendo, con las manos chorreando crimen. -Enzo, Enzo. -¿Qué abuela? No me contestó. Nunca lo hacía. Sólo posó sus profundos ojos en mí, acusándome con su inocencia, redimiéndome sin saberlo, protegiéndome de los golpes de la desesperación. Esa noche lloré, una vez más, agobiado por la culpa y el arrepintimiento. Sentado en mi cama, hundido en la oscuridad y la desolación, dejé drenar las lágrimas una por una, sembrando mi cara de pena, hasta quedar seco por dentro, abrigado apenas por los primeros guiños de la mañana. Me gustan los amaneceres del otoño, no tanto por el frescor que eriza la piel, sino por el abanico de colores que se extiende, perezoso, hasta saturar el aire. Por eso, y porque la abuela duerme hasta tarde, es que me levanto con el amanecer. Preparo el mate y salgo al porche a dejar que esos colores jueguen con mis poros. Hay días en que un cosquilleo me recorre el cuerpo, es la llamada del tiempo y de la vida, que piden ser pintados, que se acercan a mis pies con dóciles movimientos, urgiéndome. Entonces camino hasta el arroyo. A veces saco algunas fotos. El silencio se puebla de presentimientos que flotan como hebras de algodón. Tiro algunas piedras sobre la cinta serpenteante del agua. Aprecio el tintineo concéntrico, tan breve como misterioso. Voy a buscar papel y crayones, necesito traducir de alguna manera esa plenitud matinal que rompe con su espuma contra mi cuerpo. Quiero plasmarla, aunque sea imperfectamente. Hace tiempo que no me interesa el arte, sólo me interesa lo que el arte busca. Me interno en la mañana como un sabueso siguiendo ese rastro. El sol se desliza indolentemente en el tobogán del cielo. A media mañana tengo que parar, lamentándome, e iniciar la marcha hacia el pueblo para hacer las compras. Al volver vi que la abuela estaba acompañada. Marina, enarbolando una sonrisa proporcional a su belleza, me miró acercarme. El sol anidaba en su pelo, los ojos, apenas avejentados desde la última vez que la había visto, no eran menos bellos que la brisa que jugaba entre las hojas de los árboles. Pasé junto a ella acarreando las bolsas, sin saludarla. Me siguió hasta la cocina. -Hola. ¿Podrías saludar por lo menos, no? -¿Que hacés acá? -Vine a ver cómo estás. Y a ver a la abuela. -Estamos bien. Los dos. Saqué una gallina de la heladera y empecé a trozarla. La voz de Marina me llegó entre los golpes de la cuchilla. -¿No te parece que ya pasó bastante tiempo? Es hora de que vuelvas. La miré para contestarle. -Ella me necesita. La cara de Marina se hinchó con una lástima mal disimulada. -Excusas. Ella no tendría que estar acá. La podemos llevar a un lugar donde la cuiden bien. ¿Cuánto tarda una ambulancia en llegar hasta acá si le pasa algo? ¿A cuántos quilómetros está el hospital más cercano? -No la voy a internar. Primero muerto. ¿Entendés? Le apunté con el cuchillo, pero eso no la amedrentó. -Lo que pasó pasó, Enzo, dejá de autoflagelarte. Volvé a la vida, a la vida real. Sentí el impulso de atravesarle el cuello con la cuchilla. En mi mente vi los chorros de sangre coloreando la hoja, haciendo dibujos furiosos en el acero. En lugar de eso escupí una carcajada. -¿La vida? Mi vida está acá, ésta es mi vida. -La estás desperdiciando Enzo, estás desperdiciando tu talento. ¿Ya no pintás? -Si, pinto y llevo a vender a la feria. Con eso y con la jubilación de la abuela nos arreglamos. -¿En la feria? ¡Tus cuadros se vendían a millones! Dejé de mirarla, la conversación había empezado a aburrirme. -Gracias por venir. Andá a pasar un rato con la abuela, debe estar contenta de verte. Pude sentir su tristeza en el silencio, aún sin mirarla. Terminé el guiso y tapé la olla, dejándolo reposar. Fui hasta la alacena y abrí la puerta. La botella de vino me miró, incitándome, como todos los días desde hacía dos años. Tardé unos segundos en recobrar el control de la respiración. Cuando salí vi a Marina hablando por teléfono a lo lejos. La abuela estaba sola, acompañada por el calor atenuado de marzo, por el vuelo de los pájaros, por el crujido imperceptible de la vida que se extendía más allá de la arboleda. En sus ojos sin tiempo se reflejaba mi miseria. Tendió sus manos hacia mi. Las tomé, sintiendo su fragilidad, también su tibieza. Me senté en la mecedora enfrentando a la tarde. Estaba solo, y nada podía ser mejor. Si te gustó y querés leer más pasá por mi blog: http://otupacragilo.blogspot.com/
Este post se lo dedico a @samiraa. Espero que los disfruten. Soneto canino El trote de un cachorro vagabundo con el hocico erguido desafiante no tiene quien lo bañe o quien le cante es rey, bufón y esclavo de su mundo. Hijo del sol, de agosto y de una perra y del viento que sopla en los caminos desahogando furores matutinos con ladridos que son cantos de guerra. Nadie le da ni a nadie pide nada no conoce la fábula del nombre ágil el porte, filosa la mirada. Sigue su propia ley, no la del hombre un callejón oscuro es su morada su libertad salvaje no te asombre. Soneto XXVI Al sur del callejón de mis amores catorce cuadras antes del ocaso como yendo hacia mi último fracaso entre calles de olvidos y de flores. Caminaba una mujer, yo seguía el rastro a su perfume en la cornisa de octubre, tremolante mi camisa proclamaba al deseo como guía. Hablamos mucho sin decirnos nada quemando nuestra piel en la delicia del fuego palpitante en la mirada. Le di un beso, perdido por perdido la noche nos cubrió con su caricia y entonces se olvidó de su marido. Melancolía Se detendrá mi ausencia en tu ventana con un suspiro leve de amapolas como viudas al sol, extrañas, solas que pronuncian un nombre en la mañana. Escucharás mis pasos cual reproche mariposas de nieve enamoradas que perdido su rumbo, descarriadas precipitan sus cuerpos en la noche. Llegarán como un pétalo de olvido como un copo de lluvia que te nombra las naves de mi amor entristecido. Y vendrá mi recuerdo desvalido a besar las orillas de tu sombra y a dormir a tus pies, arrepentido. A la bella que duerme La noche enmudecida se ha quedado bordada de suspiros y caricias mis labios han surcado tus delicias ya muerde la nostalgia mi costado. Mis besos se durmieron en tu boca los dioses de tu piel se han sosegado a ellos mis deseos he ofrendado descansas, y mi amor ya no te toca. Dormida me recuerdas a un milagro de aves, de veranos, de colores al canto de soñados ruiseñores. Herido de las flechas de tu cuerpo me pierdo en tu paisaje y tus jardines peregrino cautivo en tus confines. El minero La sombra recostada de una parra contra un muro que acariciar se deja por los ojos cansados de una vieja el cuchillo del tiempo los desgarra. Bello momento que tan breve ha sido signo escrito por Dios, por él borrado él busca duplicar lo ya creado no puede, el edén ya se ha perdido. Pero eso que el creador ha desechado en su afán de encontrar qué lo refleje que el poeta olvidado no lo deje su misión es dejarlo registrado. Razón de ser que le quedó marcada si eso no escribe que no escriba nada. Eterno retorno No se puede volver, ha sido dicho. Se puede construir en el recuerdo en sueños de nostalgia yo me pierdo mecido por las olas del capricho. Quisiera regresar a aquellos puertos esa tarde lluviosa de verano aquel beso furtivo aquella mano que pueblan la comarca de los muertos. Nací para morir y voy muriendo el tiempo me desangra, me devora soy llama que se va desvaneciendo. El eterno retorno del pasado desembarca en la playa del ahora y viene a devolver lo que ha robado. Rewind De buscar y buscar en el ovillo los hilos primigenios, el origen de las oscuras fuerzas que me rigen de gastarme anhelando el recto trillo. He sabido morir alguna noche ahogado por mi lágrima salobre vacío de perdón, de amores pobre ebrio de soledades en derroche. Sé que no hay vuelta atrás y no me quejo el precio de los días voy pagando es la muda sentencia del espejo. Mi sombra fiel se agota tras mis pasos la miel de la poesía me alimenta y el cielo me sostiene entre sus brazos. La mañana final Aspiro el fresco olor de la mañana que invisible pincel ha dibujado el cuerpo de la noche abandonado bajo el rayo del sol ya se desgrana. Se desdobla el papel glasé del día se mueve el duro hueso erosionado por penas y por gozos acechado sosteniendo la leve carne mía. Me acerco a la ventana y la madeja de mi breve vida veo rodando por cuesta irrevocable ella se aleja. Me siento y prendo un pucho descansando lo que vino se fue, no tengo queja miro otra vez, ella se va acercando. Para el final, un poco de música, sin irnos de tema; el grupo uruguayo La Trampa versionando un soneto de García Lorca.
Avanzamos hacia la negra boca del destino,impulsados ciegamente por el envión de la esperanza. Caemos y nos levantamos,sabemos que debemos levantarnos, aunque se partan las piernas del cansancio, aunque nos muerdan los tobillos las ratas, aunque el olor a mierda nos asfixie. No sé cuántos quedamos, veo la silueta del Ruso chapoteando a unos veinte metros por delante. El Perro viene atrás mío, escucho sus puteadas como golpes, contra las ratas, contra los tiras, contra la mierda, contra la vida. Nos movemos casi a tientas, nuestras linternas apenas nos dan una macabra penumbra intermitente de reflejos y sombras que surgen repentinas, se nos abalanzan y desaparecen. Méndez nos dijo que era posible, que él había trabajado en las cloacas varios años,que podía conseguir un plano, que podía sacarnos con los ojos cerrados, que para cuando se dieran cuenta ya estaríamos afuera. Méndez nos dijo eso, dijo muchas cosas, pero no dijo nada más cuando una bala disparada por un guardia inoportuno al comienzo de la fuga le perforó la frente, dando inicio al desbande. El escalofrío atenaza mi espalda, los estampidos se suceden secos, impiadosos, los gritos me sacuden con sus ráfagas. Me tiro al piso sin dudarlo, sintiendo la fetidez inundándome la cara. Intento quedarme quieto, los temblores de mi cuerpo no me dejan. Las explosiones llegan al clímax, parece que surgieran de cada grieta, de cada piedra, como alimañas enloquecidas. Entonces, el silencio. El silencio explotando por todas partes, adhiriéndose a la oscuridad, penetrando la humedad infinita de los muros, el silencio infectando las pútridas aguas, atravesando mi cabeza con los estiletes de la locura. Permanezco respirando mi propio miedo, hinchándome de él, sintiendo su mandoble en mis huesos. No sé cuánto tiempo pasa, tomo conciencia de que debo volver a moverme, de que la jauría viene por mí, ansiosa de mi carne y de mi sangre.Mi mano intenta levantarme y golpea contra un nido de cucarachas que se desparraman por mi cuerpo, siento el cosquilleo de sus patas nerviosas contra mi piel. Vuelvo a chapotear, caigo sobre mis rodillas y vuelvo a levantarme. No escucho a mis compañeros, sólo escucho los chillidos de las ratas asustadas a mi paso,el chapoteo torpe de mis pies y mis propios jadeos destilando miedo. De pronto algo me inmoviliza el brazo, doy un grito y golpeo torpemente en la oscuridad.-¡Soy yo, soy yo!, grita el Ruso mientras me abraza para detener mis golpes. -¡Vení!, me dice ignorando mis puteadas. me arrastra con él hacia un recoveco por el cual avanzamos agachados un buen trecho. El Ruso se detiene y me mira, señala algo pero no lo escucho, estoy aturdido. Entonces me da vuelta la cara y me muestra. -¡Mirá, mirá, allá! Miro y no veo nada, la misma oscuridad, el mismo amasijo atroz de formas indefinidas, húmedas, amenazantes. Sigo mirando y entonces lo veo, hendiendo la oscuridad como un caballero que se interna en filas enemigas, tímido, escueto. Sigo mirando hasta que se forman en mi mente las palabras que definen lo que veo. Es luz, un rayo de luz que se derrama desde alguna parte rompiendo la monotonía de las tinieblas, un delgado hilo de luz que me golpea entre las costillas desatando la carcajada convulsa que rebota furiosa contra las paredes mugrientas antes de huir entre los túneles. -¡Vamos, vamos! Nos arrastramos hacia el rayo de luz vacilante, casi podemos sentir la libertad acariciándonos el pecho. Llegamos y seguimos su trayectoria con ansiedad. A veinte, quizás treinta metros, en un nuevo angostamiento y giro del caño que venimos transitando vemos una medialuna iluminada que se nos insinúa. ¡Vamos, vamos! nos movemos justo en el momento en que veo el rayo de luz que gira enloquecido resbalando por nuestros cuerpos. Nos movemos y alguien grita -¡Ahí están, quietos, entréguense! Pero no tenemos tiempo para pensarlo, ya estamos disparados hacia adelante, hacia lo que sea que tengamos adelante, tenemos que correr agachados, falta poco, estamos tan cerca. El rugido de las balas vuelve a comenzar, es como una tormenta que se desencadena detrás nuestro, que nos pisa los talones. ¡Estamos tan cerca!. Trastabillo y caigo, al tratar de levantarme siento el dolor, me cuesta respirar. Ahora me arrastro, pero no puedo más, me dejo caer a pocos metros de la salida. En un último esfuerzo levanto la vista y alcanzo a ver los pies del Ruso desapareciendo por el agujero de luz. Sonrío y me desplomo de costado, cierro los ojos sonriendo y veo súbitas flores carmesí explotando en todas partes, escucho voces pero no distingo lo que dicen. Sé que me muero, sé que es el final, pero no siento dolor, sólo algo parecido al alivio, sólo eso y el olor de mi sangre abandonando mi cuerpo y diluyéndose en el agua podrida
"El título de un libro (o de una pieza musical, o de un cuadro) no es algo irrelevante. Con el título, algo todavía salvaje -un ser humano, un territorio, un texto- pasa por la pila bautismal". Eugenio Trías ¿A quién no le ha pasado alguna vez salir a comprar libros y quedarse mirando alguno sólo porque tiene un título llamativo? Un buen título no necesariamente significa un buen libro, ni tampoco la contraria: grandes obras de todos los tiempos tienen títulos que a primera vista no predicen lo que nos vamos a encontrar. Baste recordar que Shakespeare se conformaba con ponerle a muchas de sus obras los nombres de sus personajes: "Macbeth", "Hamlet", "Romeo y Julieta". Evidentemente no se quemaba mucho la cabeza con la elección del título (la excepción sería Sueño de una noche de verano) Tampoco hay que creer que este caso fuera una excepción, antiguamente se solía elegir para titular algo que simplemente nombrara al personaje principal o el tema ("La Odisea", "La Ilíada", "La Eneida", "Don Quijote de La Mancha", "Gargantúa y Pantagruel", etc). Con el tiempo, los escritores fueron dándose cuenta de que encontrar un buen título era un arte en si mismo, y que el hecho de que fuera fácil de recordar por su originalidad y su fuerza le daba un plus a la obra. Algunos de los títulos que más me gustan: En mi experiencia personal, encontrar un buen título es una de las cuestionas más arduas a las que me enfrento a la hora de escribir. Un título que sugiera de qué se trata el texto, que tenga vuelo poético y que sea recordable es un objetivo ante el cual naufrago frecuentemente. Cuando surgió la idea de pubicar un libro propio pasé varias noches de insomnio antes de encontrar un título que me conformara. Algunos títulos que consideré fueron: Resignación, La sombra de la culpa, Los muros del horizonte, El roce de la noche, Anatomía de lo imperfecto, La gravedad y la piedra, La mirada de los perros, Infinito más uno... Finalmente, se me prendió la lámpara: uno de los cuentos se llamaba Algarabía, y me pareció un nombre estupendo para ponerle a un libro: sonoro, concreto, contundente. Sin embargo, mi corrector no compartió mi entusiasmo, me dijo que ponerle el nombre de un cuento al libro haría que la gente prestara especial atención a ese cuento, que él consideraba que no era uno de los más logrados. Se me vino el alma al piso ante la necesidad de buscar otro nombre. Sin embargo encontré una solución: mantener el nombre al libro cambiándoselo al cuento. Finalmente, había dado con mi título. ¿Ustedes qué opinan, cuáles son sus títulos favoritos, qué nombre le pondrían a un libro si llegaran a publicarlo?
Recuerdo el primer día que vi a Shepard, inclinado sobre la pileta, rodeado por montañas de platos y vasos sucios. Un tipo callado, de cincuenta largos, un poco gordo. No hablaba de su pasado, cuando se le preguntaba respondía que había vivido en España muchos años, trabajando de chofer y de mozo. No tenía familia, lo cual hacía sonar extraña la historia del retorno. Preguntado al respecto, se encogía de hombros. -Me cansé de ser un extranjero. Estar acá o allá es lo mismo, excepto por eso, que te miren distinto por no ser de ahí. Quizás un alcohólico en rehabilitación. Es lo que pensé al ver a un tipo de esa edad trabajando de lavaplatos en un restaurante clase B. Eso, o ex preso, aunque no cuadraba con el estereotipo: sin tatuajes, bien hablado, de apariencia normal. Era una época de mucho trabajo y se había ido, casi simultáneamente, parte del personal, así que no le hicieron muchas preguntas ni le pidieron referencias antes de contratarlo. Después de todo, era para lavar los platos. No nos dijo el nombre de pila. Le gustaba que lo llamaran Shepard, a secas. Claro, no es lo mismo llamarse Shepard que González. La cuestión es que Shepard fue objeto de interés por unos días; después, al influjo de su silencio que no invitaba a ser cuestionado, nos olvidamos de su presencia. El estaba en su rincón, limpiando sin descanso lo que otros ensuciaban, como un engranaje perfectamente aceitado y encastrado en un mecanismo infinito, cumpliendo con su tarea sin preguntas ni quejas. Casi se hubiera podido creer que le gustaba lo que hacía, si no hubiera sido absurdo suponer tal cosa. Shepard no opinaba sobre fútbol ni sobre política, no salía con los demás a tomar unas copas después del trabajo, no elogiaba con desmesura el busto de las clientas. En fin, un bicho raro y antipático. Su existencia sólo se volvió memorable cuando entro el Negro Vázquez a trabajar al restaurante. Casualmente, yo estaba en la bacha, al lado de Shepard, fajinando platos, cuando entró el maitre con un veterano, flaco, de cara pícara. -Muchachos, él es Vázquez, empieza hoy en el salón. Me saludó con una sonrisa jovial cruzándole la cara. Pero al encarar a Shepard, la sonrisa se convirtió en un gesto de sorpresa. Shepard quedó blanco como un papel. Vázquez, haciendo un visible esfuerzo por dominar la sorpresa, le preguntó cómo estaba. Shepard no contestó, ni siquiera levantó la mano para estrechársela. Gruesas gotas de sudor le perlaban la frente. Shepard pasó el resto de la noche con cara descompuesta, sin decir una palabra. Al irse, parecía enfermo. Fue la última vez que lo vi. No volvió a pisar el restaurante, ni siquiera fue a cobrar lo que le debían. Vázquez no dijo nada al principio, pero ese viernes, después del trabajo, su renuencia fue desbordada por el whisky. Acodados en nuestra expectativa, el Ruso González y yo escuchábamos el relato cariacontecido de Vázquez. -Hace algo así como veinte años, gracias a un contacto, entré a trabajar en un restaurante top de Montevideo. La comanda, no sé si se acuerdan. Yo era demasiado joven para acordarme, pero no así el Ruso. -Me acuerdo, era furor. Y después cerró de un día para el otro. -Sí. Shepard era el dueño, y el chef. Nos miramos con el Ruso. El relato se estaba poniendo jugoso. -Quién lo hubiera dicho. ¿Y cómo es que terminó de lavandín? -Él había estudiado y trabajado en Europa. Al volver a Uruguay, puso el restaurante, a todo trapo. Era un tipo muy creído, tenían que verlo, entrando a la cocina con la cabeza levantada, sin mirar a nadie, como si fuera un rey. Pero la verdad es que sabía muchísimo. Los ayudantes lo idolatraban en lo profesional, aunque su trato era difícil. Más o menos una vez por semana echaba a alguien, por cualquier boludez. Si no le gustaba como habías cortado el perejil, te rajaba, así nomás. -En resumen, un hijo de puta.- me atreví a acotar. Vázquez no me escuchó, su mirada estaba lejos, ensimismada en sus recuerdos. Pedimos otra ronda. El boliche estaba quieto, salpicado aquí y allá por algún borracho dedicado a conjurar a sus demonios en un vaso. -El restaurante fue un golazo. Trabajábamos a salón lleno todas las noches. Si ibas sin haber reservado tenías que esperar a que se desocupara una mesa, si no no tenías chance. Shepard inflaba el pecho como un sapo. Era el amo del universo. -¿Y qué pasó?- El Ruso y yo, más impulsados por la impaciencia que por el escabio, inclinamos el cuerpo hacia Vázquez, ansiosos por escuchar el desenlace del misterio. -Resulta que un domingo a mediodía yo estaba esperando un plato y entra un comisse corriendo a la cocina y dice, casi que gritando: “Shepard, Shepard, ¡Está el Presidente con la señora, no tenemos mesa! ¿Qué hacemos?” Shepard, Poniendo cara de desprecio ante una pregunta tan estúpida, contestó que le armaran una mesa inmediatamente. Entonces me mira y me dice: “Vázquez, atiéndalos usted.” Me sorprendió que me dijera eso, había mozos con más antigüedad que yo. Pero bueno, allá fui. Vázquez interrumpió el relato para tomar un trago. Yo, en vilo ante el desenlace inminente del relato, aferraba el mío. -Les tomé el pedido. Ella pidió un entrecotte con papas a la crema. Èl me dijo que había oído que ahí se hacía la mejor tortilla española del Uruguay. Shepard salió a saludarlos. En la cara se le veían los humos, mientras cruzaba el salón hacia su mesa parecía un emperador entrando a Roma. Finalmente, salieron los platos. Los serví, llené sus copas y me quedé cerca. Miré las otras mesas de mi plaza, todo el mundo estaba servido, comiendo, así que me enfoqué en ellos. Vázquez hizo una pausa. Movió la cabeza como diciéndole no a un interlocutor imaginario. El Ruso y yo, al unísono, lo instamos a terminar. -¿Y qué pasó? -El Presidente cortó la primera tajada de tortilla y se la puso en la boca, poniendo cara de deleite. Les digo la verdad, la fama de la tortilla de Shepard estaba bien ganada, era una delicia. Entonces, cuando fue a cortar otro pedazo, me di cuenta de que algo estaba mal. Quedó pálido, petrificado. Me acerqué a preguntarle si todo estaba en orden. La mujer le preguntó qué le pasaba. Él se levanto, haciendo arcadas, y salió corriendo para el baño. Yo no entendía nada, hasta que miré el plato. Asomando en el triángulo faltante vi media cucaracha, gorda, asquerosa. La gente de las otras mesas empezó a levantarse. Antes de que pudiera hacer algo vi una tromba blanca entrando al salón. Shepard, que había visto todo, levantó el plato y lo acercó a su cara. Cuando vio la cucaracha pensé que iba a darle un ataque. En ese momento volvió el Presidente, blanco como un fantasma. Mirando a Shepard con indignación, hizo que su mujer se levantara. Shepard le pedía disculpas casi llorando. Se fueron y lo dejaron hablando solo. Miré a la gente de las otras mesas. Estaban todos con la boca abierta, mirando hacia el plato del Presidente. Shepard se calló, su cara pasó del blanco al rojo, y volvió corriendo a la cocina. Tapé la prueba del crimen con una servilleta y me la llevé, aunque todo el mundo ya se había dado cuenta de lo que pasaba. Desde la cocina llegaron gritos y ruidos de sartenes y ollas golpeando el piso y las paredes. Shepard se había abalanzado sobre los ayudantes, hecho una fiera. No le dieron el gusto de que se desahogara con ellos, entre los tres lo molieron a trompadas. Los clientes, mientras tanto, indignados o fingiendo indignación, se fueron sin pagar. A los demás, Shepard nos echó a gritos. Al otro día, cuando llegué, encontré el restaurante cerrado, con un cartel de clausura en la puerta. Vázquez calló, tomando aire, haciendo fondo blanco. -Nos dejó adentro con la guita a todos. No pudimos ubicarlo para cobrarle. Parecía como si se lo hubiera tragado la tierra. Algunos decían que se había ido del país, otros que se había matado. Nunca quedó claro cómo llegó el bicho al plato. Nadie dijo nada, pero estoy seguro de que fue uno de los ayudantes, en venganza por los maltratos y la pedantería de Shepard. Nunca volví a saber nada de él, hasta que lo vi el otro día. Nos quedamos en silencio, rumiando el final del cuento. Había cosas que no me cerraban. -¿Y por qué no le reclamaste lo de la plata? Vázquez le hizo señas al mozo para que nos sirviera otra ronda. Me miró como un maestro a un alumno que no aprendió las tablas de multiplicar. -Hace veinte años de eso. Esa plata no me hubiera cambiado la vida. Pasó, ya está. El tipo era un hijo de puta, pero le hicieron pagar un precio muy caro. Cuando lo vi el otro día se me vino a la cabeza su cara de esa tarde, enfrentada a aquél plato que fue su condena. Era la cara de un hombre desahuciado, de un tipo que vivía en una nube y que de repente se dio cuenta de que estaba en el aire, cayendo sin que nada ni nadie pudiera salvarlo. Nunca sentí tanta lástima por alguien. Pensé en Shepard y su vida en estos veinte años, abandonado a la derrota, renegando de su talento para no recordar la mayor vergüenza de su vida, buscando en sus horas de sueño reencontrarse con sus días de gloria, con su reputación perdida para siempre, con la vida de triunfo que le habían arrebatado. Yo también sentí lástima. Estábamos solos en el bar. Habían prendido las luces, y el mozo levantaba las sillas, lanzándonos miradas de reojo. La voz del Ruso abrió un tajo en el silencio. -Es tarde. ¿Vamos?

Poetas malditos se llamó a un grupo de escritores simbolistas que incorporaron el mal como esencia del hombre mismo y lo reflejaron en sus poesías. La expresión “Poetas malditos” tiene sus orígenes en un libro de Paul Verlaine llamado “Les poetes maudits”, publicado en 1888. Principales características de los poetas malditos: Incomprensión social: rechazaban los honores y los valores de la sociedad. Textos oscuros: sus textos tiene un alto nivel de codificación. Liberales: tendencia a la provocación, la transgresión y el abuso en el consumo de alcohol y drogas. Muerte prematura: fallecieron en forma abrupta y temprana. Paul Verlaine “El calificativo de ‘Poeta maldito’ se hizo rápidamente famoso, por lo general, se refiere a un talentoso poeta que entiende de su juventud, rechaza los valores de la sociedad, encabeza provocaciones peligrosas, es antisocial o libre; por lo general muere antes de que su genio sea reconocido por su valor razonable.” Lord Byron (Vivió varias décadas antes que Verlaine y compañía, pero su vida y obra lo hacen encajar en la definición) (George Gordon; Londres, Gran Bretaña, 1788-Missolonghi, actual Grecia, 1824) Poeta británico. Perteneciente a una familia de la aristocracia de su país, perdió a su padre a los tres años. En 1798, al morir su tío abuelo William, quinto barón Byron, heredó el título y las propiedades. Educado en el Trinity College de Cambridge, etapa en la que curiosamente se distinguió como deportista, a pesar de tener un pie deforme de nacimiento, Lord Byron vivió una juventud amargada por su cojera y por la tutela de una madre de temperamento irritable. A los dieciocho años publicó su primer libro de poemas, Horas de ocio, y una crítica adversa aparecida en el Edimburgh Review provocó su violenta sátira titulada Bardos ingleses y críticos escoceses, con la que alcanzo cierta notoriedad. En 1809, al ser declarado mayor de edad, Lord Byron emprendió una serie de viajes en los que recorrió España, Portugal, Grecia y Turquía. A su regreso publicó, como memoria poética de su viaje, los dos primeros cánticos de La peregrinación de Childe Harold, que le valieron rápidamente la fama. El héroe del poema, Childe Harold, parece basado en elementos autobiográficos, aunque sin duda recreados y aumentados para configurar lo que sería el típico héroe byroniano –al que él mismo trató de emular en su vida–, caracterizado por la rebeldía frente a la moral y las convenciones establecidas y marcado por una vaga nostalgia y exaltación de sentimientos, en especial el sufrimiento por un indeterminado pecado original. En 1815 se casó con Anna Isabella Mibanke, con quien tuvo una hija, Augusta Dada, aunque se separaron al cabo de un año. El personaje libertino y amoral que Lord Byron encarnaba frente a la sociedad terminó por volverse contra él, sobre todo a partir de los rumores sobre sus relaciones incestuosas con su hermanastra Augusta, por lo que terminó por abandonar el Reino Unido en 1816, para no regresar jamás y convertirse en poeta errante por Europa. En Suiza, de donde había llegado procedente de Bélgica, Lord Byron convivió con el poeta Shelley y sostuvo relaciones amorosas con Claire Clairmont. Tras una estancia en Génova, se trasladó a Venecia, donde inició, en 1819, una nueva y turbulenta relación amorosa con la condesa Guiccioli y llevó una vida fastuosa y salpicada de escándalos; más tarde fue a Ravena. En esta época terminó el cuarto canto de Childe Harold y su Manfredo (1817), que le permitió sostener correspondencia con Goethe, quien diría de él que se trataba del «primer talento de su siglo». En 1819 inició su famoso Don Juan, considerada por muchos como su mejor obra, en la que recrea al mítico personaje en un tono que oscila entre la gravedad y la ironía. En 1822, y junto a los poetas Shelley y Leigh Hunt, fundó en Pisa la revista The Liberal, cuya publicación se interrumpió enseguida debido a la muerte del primero y a la disputa de Byron con Hunt. Orientado cada vez más hacia la causa liberal, en 1823, a raíz de la rebelión de los griegos contra los turcos, Lord Byron reclutó un regimiento para la causa de la independencia griega, aportó sumas económicas importantes y se reunió con los insurgentes en julio de 1823 en Missolonghi. Murió de unas fiebres en esta misma ciudad poco después, a los treinta y seis años de edad. La fama de que gozó en su época se ha visto reducida en gran medida con el paso de los años y el aumento de la perspectiva histórica. Se ha discutido el valor literario y sobre todo el carácter innovador de sus composiciones líricas, mientras que su facilidad versificadora y su expresión ágil e incisiva mantienen el interés de sus sátiras y composiciones narrativas. Byron encarnó para sus coetáneos el ideal del héroe romántico, tanto en su obra como en su vida, y como tal fue considerado y admirado por no pocos escritores, José de Espronceda y Gustavo Adolfo Bécquer entre ellos. Al cumplir mis 36 años ¡Calma, corazón, ten calma! ¿A qué lates, si no abates ya ni alegras a otra alma? ¿A qué lates? Mi vida, verde parral, dio ya su fruto y su flor, amarillea, otoñal, sin amor. Más no pongamos mal ceño! ¡No pensemos, no pensemos! Démonos al alto empeño que tenemos. Mira: Armas, banderas, campo de batalla, y la victoria, y Grecia. ¿No vale un lampo de esta gloria? ¡Despierta! A Hélade no toques, Ya Hélade despierta está. Invócate a ti. No invoques más allá Viejo volcán enfriado es mi llama; al firmamento alza su ardor apagado. ¡Ah momento! Temor y esperanza mueren. Dolor y placer huyeron. Ni me curan ni me hieren. No son. Fueron. ¿A qué vivir, correr suerte, si la juventud tu sien ya no adorna? He aquí tu muerte. Y está bien. Tras tanta palabra dicha, el silencio. Es lo mejor. En el silencio ¿no hay dicha? y hay valor. Lo que tantos han hallado buscar ahora para ti: una tumba de soldado. Y hela aquí. Todo cansa todo pasa. Una mirada hacia atrás, y marchémonos a casa. Allí hay paz. Charles Baudelaire Charles Pierre Baudelaire (9 de abril de 1821 - 31 de agosto de 1867) fue un poeta, crítico de arte y traductor francés. Fue llamado poeta maldito, debido a su vida de bohemia y excesos, y a la visión del mal que impregna su obra. Barbey d'Aurevilly, periodista y escritor francés, dijo de él que fue el Dante de una época decadente. Fue el poeta de mayor impacto en el simbolismo francés. Las influencias más importantes sobre él fueron Théophile Gautier, Joseph de Maistre (de quien dijo que le había enseñado a pensar) y, en particular, Edgar Allan Poe, a quien tradujo extensamente. El creador de la "poesía maldita", poeta francés, considerado el primer poeta de la modernidad. Nació en París, procedente de una familia acomodada. Una vez finalizados sus estudios de Derecho, su padrastro lo embarcó con destino a Calcuta en 1841, viaje que marcó hondamente al poeta. A su regreso llevó a cabo una vida bohemia y se dedicó a frecuentar los círculos literarios y artísticos de la época, donde se relacionó con Flaubert , Gautier y Sainte-Beuve, entre otros. Precursor del simbolismo y las vanguardias del siglo XX, su poesía se caracteriza por la perfección de sus metáforas y la precisión de su estilo. Su crítica literaria se centró en figuras de su época. Impresionado por Edgar Allan Poe, decidió traducir sus obras completas, introduciendo así la obra de este escritor norteamericano en el continente europeo. Su primera obra publicada fue Los salones (1845), pequeño libro en el que da a conocer sus cualidades como crítico, que quedaron reafirmadas en Los salones (1846). Su libro más representativo, las flores del mal (1857), Io llevó ante los tribunales por haberse considerado una amenaza pública. Fue autor de La Fanfarlo (1847), único cuento que escribió, y de los paraísos artificiales (1861). Póstumamente, en 1968, se publicaran sus Pequeños poemas en prosa. Bendición Cuando por el mandato de un supremo poder, Aparece el poeta en este mundo hastiado, Aterrada y lanzando mil blasfemias, su madre Alza su puño a Dios, el cual de ella se apiada: —"¡Ah! que no haya parido un nido de reptiles, Antes de alimentar esta cosa irrisoria! ¡Maldita sea la noche de placeres efímeros En que mi propio vientre concibió este castigo! Puesto que me elegiste entre todas las hembras Para ser la desdichada de mi triste marido, Y no podría ahora arrojar a las llamas, Como carta de amor, a este pequeño monstruo, Haré yo que caiga el odio que me abruma Sobre el útil maldito de tu perversidad, Y tan bien torceré este árbol miserable ¡Que no brotaran de él sus apestadas yemas!" Aplaca de este modo la espuma de su rabia Y sin imaginar los eternos designios, Ella misma prepara al fondo de la Gehena Las llamas consagradas a los maternos crímenes. Entretanto, cuidado por un Ángel oculto, El niño abandonado se emborracha de sol Y en todo lo que bebe y en todo lo que come Vuelve a encontrar el néctar bermejo y la ambrosía. Y juega con el viento y con las nubes habla Y se embriaga cantando camino de la cruz; Y en su peregrinaje, el Espíritu amigo Llora al verle contento como un ave del bosque. Los que él quisiera amar, se muestran recelosos O bien, exasperado con su tranquilidad, Buscan a alguien que quiera causarle algún dolor Y hacen en él ensayos de su temple feroz. En el pan y el viento que ha de probar su boca Mezclan, con la ceniza, impuro salivazos; Farisaicamente, rechazan cuanto él toca Y le acusan de haberse interpuesto en su vía. Su mujer va gritando a través de las plazas: "Pues tan bella me encuentra que me quiere adorar, Adoptaré el oficio de los antiguos ídolos Y de nuevo, como ellos, me haré cubrir de oro; Y me emborracharé de nardo, incienso y mirra Y de viandas y vinos y de genuflexiones, Para ver si consigo de un corazón ferviente Usurpar, entre burlas, divinos homenajes. Cuando, al cabo, me aburran esas farsas impías, Sobre él extenderé mi mano firme y frágil Y mis uñas, parejas a las de las arpías, Hasta su corazón sabrán encontrar brechas. Como pájaro joven que tiembla y que palpita Arrancaré de su pecho su rojo corazón Y para que se nutra mi bestia favorita Al suelo, desdeñosa, yo se lo arrojaré." Al Cielo, en que sus ojos ven un sitial espléndido, Sereno alza el Poeta sus brazos compasivos Y los vivos relámpagos de su lúcido espíritu Le ocultan el aspecto de los pueblos furiosos: —"¡Bendito seáis, Señor, que dais el sufrimiento Como divino bálsamo de nuestras impurezas Y como la mejor y la más pura esencia Que dispone a los fuertes a las delicias sacras! Yo sé que reserváis un sitio a los Poetas En las gozosas filas de las legiones santas Y que les invitáis a las eternas fiestas De tronos, de Virtudes y de Dominaciones. Sé bien que le sufrimiento es la única nobleza Donde no morderán la tierra y los infiernos, Y que para trenzar mi mística corona Los tiempos y los mundos contribuirán de grado. Mas las joyas perdidas de la antigua Palmira, Los metales ignotos, las perlas del mar No serán suficientes, aun por vos engarzadas, A esa bella diadema clara y deslumbradora; Pues no estará engastada sino de pura luz, Surgida del hogar de los rayos primeros, De la que los mortales ojos en su esplendor No son sino dolientes espejos empañados. Correspondencias La Natura es un templo donde vividos pilares Dejan, a veces, brotar confusas palabras; El hombre pasa a través de bosques de símbolos que lo observan con miradas familiares. Como prolongados ecos que de lejos se confunden En una tenebrosa y profunda unidad, Vasta como la noche y como la claridad, Los perfumes, los colores y los sonidos se responden. Hay perfumes frescos como carnes de niños, Suaves cual los oboes, verdes como las praderas, Y otros, corrompidos, ricos y triunfantes, Que tienen la expansión de cosas infinitas, Como el ámbar, el almizcle, el benjuí y el incienso, Que cantan los transportes del espíritu y de los sentidos. Arthur Rimbaud Poeta francés de la escuela simbolista. Nació y estudió en Charleville, en el departamento de Ardennes. Dió muestras de una gran precocidad intelectual y comenzó a escribir versos a los 10 años. A los 17 escribió un poema sorprendentemente original, El barco borracho (1871), y se lo llevó al poeta Paul Verlaine. Su obra está profundamente influida por Baudelaire, por sus lecturas sobre ocultismo y por su preocupación religiosa. Su exploración sobre el subconsciente individual y su experimentación con el ritmo y las palabras, que emplea únicamente por su valor evocativo, marcaron el tono del movimiento simbolista (decadente) e impresionaron tanto a Verlaine que animó al joven poeta a trasladarse a París. Se inició entre ellos una amistad que se transformó en una tormentosa e inestable relación que duró de 1872 a 1873. Viajaron juntos por Inglaterra y Bélgica. En este último país, Verlaine, intentó en dos ocasiones matar al joven poeta por sus infidelidades, y éste resultó gravemente herido en el segundo intento: Rimbaud acabó en el hospital y Verlaine en la cárcel. Rimbaud ofrece un relato alegórico sobre este asunto en Una temporada en el infierno (1873). A la salida del hospital viajó por Europa, se dedicó al comercio en el Norte de Africa y residió en Harar y Shoa, en la Abisinia central. Verlaine, convencido de que Rimbaud había muerto, recopiló sus poemas en Iluminaciones (1886). Esta obra contiene el famoso Soneto de las vocales, en el que a cada una de las cinco vocales se le asigna un color. En 1891 Rimbaud regresó a Francia para ser tratado de un tumor en la rodilla, a consecuencia del cual murió en el hospital de Marsella en noviembre de ese mismo año. La fuerza de sus poemas escritos entre los 10 y los 20 años le hace figurar entre los más originales poetas franceses de todos los tiempos y ha ejercido una profunda influencia en toda la poesía posterior a él. El barco ebrio Según iba bajando por Ríos impasibles, me sentí abandonado por los hombres que sirgan: Pieles Rojas gritones les habían flechado, tras clavarlos desnudos a postes de colores. Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje, con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés. Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto: los Ríos me han llevado, libre, adonde quería. En el vaivén ruidoso de la marea airada, el invierno pasado, sordo, como los niños, corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras, no conocieron nunca zafarrancho mayor. La galerna bendijo mi despertar marino, más ligero que un corcho por las olas bailé ––olas que, eternas, rolan los cuerpos de sus víctimas–– ¬diez noches, olvidando el faro y su ojo estúpido. Agua verde más dulce que las manzanas ácidas en la boca de un niño mi casco ha penetrado, y rodales azules de vino y vomitonas me lavó, trastocando el ancla y el timón. Desde entonces me baño inmerso en el Poema del Mar, infusión de astros y vía lactescente, sorbiendo el cielo verde, por donde flota a veces, pecio arrobado y pálido, un muerto pensativo. Y donde, de repente, al teñir los azules, ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor del día, más fuertes que el alcohol, más amplios que las liras, fermentan los rubores amargos del amor. Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas, resacas y corrientes; sé de noches... del Alba exaltada como una bandada de palomas. ¡Y, a veces, yo sí he visto lo que alguien creyó ver! He visto el sol poniente, tinto de horrores místicos, alumbrando con lentos cuajarones violetas, que recuerdan a actores de dramas muy antiguos, las olas, que a lo lejos, despliegan sus latidos. Soñé la noche verde de nieves deslumbradas, beso que asciende, lento, a los ojos del mar, el circular de savias inauditas, y azul y glauco, el despertar de fósforos canoros. Seguí durante meses, semejante al rebaño histérico, la ola que asalta el farallón, sin pensar que la luz del pie de las Marías pueda embridar el morro de asmáticos Océanos. ¡He chocado, creedme, con Floridas de fábula, donde ojos de pantera con piel de hombre desposan las flores! ¡Y arcos iris, tendidos como riendas para glaucos rebaños, bajo el confín marino! ¡He visto fermentar marjales imponentes, nasas donde se pudre, en juncos, Leviatán! ¡Derrubios de las olas, en medio de bonanzas, horizontes que se hunden, como las cataratas. ¡Hielos, soles de plata, aguas de nácar, cielos de brasa! Hórridos pecios engolfados en simas, donde enormes serpientes comidas por las chinches caen, desde los árboles corvos de negro aroma! Quisiera haber mostrado a los niños doradas de agua azul, esos peces de oro, peces que cantan. ––Espumas como flores mecieron mis derivas y vientos inefables me alaron , al pasar. A veces, mártir laso de polos y de zonas, el mar, cuyo sollozo suavizaba el vaivén, me ofrecía sus flores de umbría, gualdas bocas, y yacía, de hinojos, igual que una mujer. Isla que balancea en sus orillas gritos y cagadas de pájaros chillones de ojos rubios bogaba, mientras por mis frágiles amarras bajaban, regolfando, ahogados a dormir. Y yo, barco perdido bajo cabellos de abras, lanzado por la tromba en el éter sin pájaros, yo, a quien los guardacostas o las naves del Hansa no le hubieran salvado el casco ebrio de agua, libre, humeante, herido por brumas violetas, yo, que horadaba el cielo rojizo, como un muro del que brotan ––jalea exquisita que gusta al gran poeta–– líquenes de sol, mocos de azur, que corría estampado de lúnulas eléctricas, tabla loca escoltada por hipocampos negros, cuando julio derrumba en ardientes embudos, a grandes latigazos, cielos ultramarinos, que temblaba, al oír, gimiendo en lejanía, bramar los Behemots y, los densos Malstrones, eterno tejedor de quietudes azules, yo, añoraba la Europa de las viejas murallas ¡He visto archipiélagos siderales, con islas cuyo cielo en delirio se abre para el que boga: ––i.Son las noches sin fondo, donde exiliado duermes, millón de aves de oro, ¡oh futuro Vigor!? . ¡En fin, mucho he llorado! El Alba es lastimosa. Toda luna es atroz y todo sol amargo: áspero, el amor me hinchó de calmas ebrias. ¡Que mi quilla reviente! ¡Que me pierda en el mar! Si deseo alguna agua de Europa, está en la charca negra y fría, en la que en tardes perfumadas, un niño, acurrucado en sus tristezas, suelta un barco leve cual mariposa de mayo. Ya no puedo, ¡oleada!, inmerso en tus molicies, usurparle su estela al barco algodonero, ni traspasar la gloria de banderas y flámulas ni nadar, ante el ojo horrible del pontón. Vocales A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales algún día diré vuestro nacer latente: negro corsé velludo de moscas deslumbrantes, A, al zumbar en tomo a atroces pestilencias, calas de umbría; E, candor de pabellones y naves, hielo altivo, reyes blancos, ombelas que tiemblan. I, escupida sangre, risa de ira en labio bello, en labio ebrio de penitencia; U, ciclos, vibraciones divinas, verdes mares, paz de pastos sembrados de animales, de surcos que la alquimia ha grabado en las frentes que estudian. O, Clarín sobrehumano preñado de estridencias extrañas y silencios que cruzan Mundos y Ángeles: O, Omega, fulgor violeta de Sus Ojos. Isidore Ducasse, Conde de Lautreamont (Isidore-Lucien Ducasse, Conde de Lautréamont; Montevideo, 1846-París, 1870) Poeta francés. Pasó su infancia en Uruguay, donde su padre era canciller en el consulado francés. Enviado a estudiar a Francia, fue alumno interno del Liceo de Tarbes, y en 1867 se trasladó a París con la intención de ingresar en la École Polytechnique, pero desde ese momento su vida ha quedado casi en la oscuridad, lo cual ha generado toda una leyenda que lo presenta como un personaje enigmático y extravagante. En 1869 publicó, ya bajo el seudónimo de Conde de Lautréamont, Los cantos de Maldoror, que no se llegaron a distribuir a causa del miedo del editor a posibles represalias. El contenido de la obra, un canto a la violencia y la destrucción como encarnación del mal, presentado a través de imágenes apocalípticas, la relegó al olvido hasta 1920, cuando los surrealistas la reivindicaron como un antecedente suyo. También publicó, con su verdadero apellido, un volumen de Poesías (1870). Cantos de Maldoror (fragmentos) Como los perros, siento necesidad de infinito… ¡Y no puedo, no puedo satisfacer esta necesidad! Soy hijo del hombre y de la mujer, según me han dicho. Me sorprende… ¡creía ser más! Por lo demás, ¿qué importa de dónde vengo? Si hubiera dependido de mi voluntad, habría preferido ser el hijo de la hembra del tiburón, cuyo apetito es amigo de las tempestades, y del tigre de reconocida crueldad: no seré tan malvado. Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura. Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que alegra la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los pequeños ojos del hombre, similares por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves nocturnas por la perfección circular de su contorno. Sin embargo, el hombre se ha creído hermoso en todos los siglos. Pero yo supongo, más bien, que el hombre sólo cree en su belleza por amor propio, pues en realidad no es bello y él lo sospecha; si no, ¿por qué mira el rostro de su semejante con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo. Nunca cambias de una manera esencial, y, si tus olas están en alguna parte furiosas, más lejos, en alguna otra zona, se hallan en la más completa calma. No eres como el hombre, que se detiene en la calle para ver cómo se atenazan por el cuello dos dogos y no se detiene cuando pasa un entierro, que por la mañana es asequible y por la tarde está de mal humor, que ríe hoy y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano! Viejo océano, no sería nada imposible que escondieras en tu seno futuras utilidades para el hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secretos de tu íntima organización: eres modesto. El hombre se vanagloria de continuo, y por minucias. ¡Te saludo, viejo océano! Bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección. Antonin Araud (Marsella, 1896 - Ivry-sur-Seine, 1948) Poeta, ensayista, actor y director de teatro francés, fundador del teatro de la crueldad. En 1910 publicó sus primeros versos bajo el seudónimo de Louis des Attides. Terminó sus estudios en 1914 y al año siguiente ingresó en una clínica mental en la Rouguière, cerca de Marsella, por padecer fuertes dolores de cabeza crónicos originados a partir de una grave meningitis que sufrió a la edad de cinco años. En 1920 sus padres lo llevaron a París y conoció al psiquiatra Edouard Toulouse, fundador de la revista científico-literaria Demain, para la cual escribió y trabajó como secretario de redacción. Posteriormente estudió actuación en el Thé"tre de l'Oeuvre bajo la dirección de Lugné-Poe, y luego se vinculó con Charles Dullin, que acababa de fundar el Thé"tre de l´Atelier, en el que participó como actor y realizador. En 1923 entró en contacto con R. Desnos y A. Breton, y se adhirió de inmediato a los principios del grupo surrealista, convirtiéndose en uno de sus principales miembros. Dirigió la "Central de Investigaciones surrealistas" y participó activamente en la revista La Révolution Surréaliste hasta su ruptura con Breton en 1926, época en que fue expulsado del movimiento junto a P. Soupault, acusados de "desviacionismo literario". Con Roger Vitrac y Robert Aron, fundó el Teatro Alfred Jarry, que entre 1926 y 1930 realizó producciones experimentales como su obra Vientre quemado o la madre loca (1927); y participó, como actor cinematográfico, en las películas Napoleón (1927), de Abel Gance, y La pasión de Juana de Arco (1928), de Carl T. Dreyer. En 1932 escribió Teatro de la crueldad, manifiesto publicado por la Nouvelle Revue Française en su número 229, donde afirmó las bases de lo que posteriormente será El teatro y su doble (1938), su principal obra crítica, y que junto a Ubu rey, de Jarry, representa la síntesis del drama vanguardista del siglo XX. En su teoría, le asigna al teatro la función de destruir los valores culturales artificiales, impuestos por siglos de dogmatismo racionalista, y propone volver al ritual primitivo para reflejar la verdadera realidad del alma humana y las condiciones en que vive: "el drama de crueldad". Correspondencia de la momia Esa carne que ya no se tocará en la vida, esa lengua que ya no logrará abandonar su corteza, esa voz que ya no pasará por las rutas del sonido, esa mano que ha olvidado hasta el ademán de tomar, que ya no logra determinar el espacio en el que ha de realizar su aprehensión, ese cerebro en fin cuya capacidad de concebir ya no se determina por sus surcos, todo eso que constituye mi momia de carne fresca da a dios una idea del vacío en que la compulsión de haber nacido me ha colocado. Ni mi vida es completa ni mi muerte ha fracasad0 completamente. Físicamente no existo, por mi carne destrozada, incompleta, que ya no alcanza a nutrir mi pensamiento. Espiritualmente me destruyo a mí mismo, ya no me acepto como vivo. Mi sensibilidad está a ras del suelo, y poco falta para que salgan gusanos, la gusanera de las construcciones abandonadas. Pero esa muerte es mucho más refinada, esa muerte multiplicada de mí mismo reside en una especie de rarefacción de mi carne. La inteligencia ya no tiene sangre. El calamar de las pesadillas da toda su tinta, la que obstruye las salidas del espíritu; es una sangre que ha perdido hasta sus venas, una carne que ignora el filo del cuchillo. Pero de arriba a abajo de esta carne agrietada, de esta carne no compacta, circula siempre el fuego virtual. Una lucidez enciende de hora en hora sus ascuas que retornan a la vida y sus flores. Todo lo que tiene un nombre bajo la bóveda compacta del cielo, todo lo que tiene un frente, lo que es el nudo de un soplo y la cuerda de un estremecimiento, todo eso pasa en las rotaciones de ese fuego en el que se asemejan las olas de la carne misma, de esa carne dura y blanda que un día crece como un diluvio de sangre. La habéis visto a la momia fijada en la intersección de los fenómenos, esa ignorante, esa momia viviente que lo ignora todo de las fronteras de su vacío, que se espanta de las pulsaciones de su muerte. La momia voluntaria se halla levantada, y a su alrededor se agita toda realidad. La conciencia como una tea de discordia, recorre el campo entero de su virtualidad obligada. Hay en esa momia una pérdida de carne, hay en el sombrío lenguaje de su carne intelectual toda una impotencia para conjurar esa carne. Ese sentido que recorre las venas de esa carne mística, en la que cada sobresalto es un modo de mundo y otra especie de engendrar, se pierde y se devora a sí misma en la quemadura de una nada errónea. ¡Ah! ser el padre nutricio de esa sospecha, el multiplicador de ese engendrar y de ese mundo en su devenir, en sus consecuencias de flor. Pero toda esa carne es sólo comienzos y ausencias y ausencias y ausencia... Ausencias. Noche Los mostradores del cinc pasan por las cloacas, la lluvia vuelve a ascender hasta la luna; en la avenida una ventana nos revela una mujer desnuda. En los odres de las sábanas hinchadas en los que respira la noche entera el poeta siente que sus cabellos crecen y se multiplican. El rostro obtuso de los techos contempla los cuerpos extendidos. Entre el suelo y los pavimentos la vida es una pitanza profunda. Poeta, lo que te preocupa nada tiene que ver con la luna; la lluvia es fresca, el vientre está bien. Mira como se llenan los vasos en los mostradores de la tierra la vida está vacía, la cabeza está lejos. En alguna parte un poeta piensa. No tenemos necesidad de la luna, la cabeza es grande, el mundo está atestado. En cada aposento el mundo tiembla, la vida engendra algo que asciende hacia los techos. Un mazo de cartas flota en el aire alrededor de los vasos; humo de vinos, humo de vasos y de las pipas de la tarde. En el ángulo oblicuo de los techos de todos los aposentos que tiemblan se acumulan los humos marinos de los sueños mal construidos. Porque aquí se cuestiona la Vida y el vientre del pensamiento; las botellas chocan los cráneos de la asamblea aérea. El Verbo brota del sueño como una flor o como un vaso lleno de formas y de humos. El vaso y el vientre chocan: la vida es clara en los cráneos vitrificados. El areópago ardiente de los poetas se congrega alrededor del tapete verde, el vacío gira. La vida pasa por el pensamiento del poeta melenudo.
Hoy quiero cumplir mi sueño de titular un post con un "y te lo muestro" La historia comienza hace unos meses. Me llegó la noticia de que el Hotel Esplendor de Montevideo organizaba un concurso de cuentos. El hotel quería homenajear a Cortázar en el centésimo aniversario de su nacimiento, dado que en una de sus habitaciones había escrito el cuento "La puerta condenada". Un premio interesante, 700 dólares, además de la publicación. Me dije: ¿por qué no?, y decidí presentarme. El hecho de que entre los jurados estuviera Cristina Peri Rossi, una uruguaya que vive en España hace muchos años, gran amiga de Cortázar, y con un gran prestigio como escritora, daba la pauta de que el concurso era serio. Cortázar y Cristina Peri Rossi ¿Qué cuento presentar? Para tener chance de algo debía ser algo bueno, no podía presentar cualquier cosa. Finalmente, me decidí por un cuento titulado "Títeres", que ya tiene unos años de escrito, y que todos quienes lo habían leído alguna vez lo habían alabado. Incluso lo publiqué en Taringa en su momento: http://www.taringa.net/posts/arte/7339031/Cuento-propio-Titeres.html Además, ese cuento lo había presentado en el taller de escritura al que iba en ese momento, y los profes y compañeros me ayudaron a pulirlo con sus opiniones. El fallo estaba previsto para el 28 de noviembre. Se acercaba la fecha y fui perdiendo las esperanzas. Usualmente se le avisa a los finalistas de un concurso unos días antes, para que puedan concurrir a la premiación. Sin embargo, el mismo día, al abrir mis mails, me encontré con una sorpresa: ¡Estaba entre los finalistas! No lo podía creer, casi cuatrocientos participantes y había quedado entre los seis mejores. Y la chance de ganar los 700 dólares intacta. Llamé a mi familia y allá fuimos. A esa altura, si bien estaba contento de haber llegado hasta ahí, quería ganar. Así que cuando el jurado leyó el Acta y resultó que no había ganado tuve una leve desilusión. Pero en fin, no estuvo nada mal. Además fueron muy reconfortantes las palabras de Campodónico, que me dijo que le había gustado mucho mi cuento y que siempre había estado en carrera. "Barboza", el gerente del hotel, entregándome el diploma Mi vieja contemplando el logro del nene Se presentaron casi 400 cuentos Por último, comparto una vez más con mis amigos taringueros el cuento premiado Títeres He vivido con mi padre desde que tengo memoria. Por otra parte, jamás conocí a mi madre. Mi padre nunca habló de ella, a menos que yo le preguntara, y aún así sus recuerdos eran parcos y evasivos, como desdibujados por la erosión del tiempo o las ganas de olvido. Jamás fui a la escuela. No recuerdo haber salido de mi casa alguna vez sin haber sido acompañado por mi padre. Él me enseñó a leer, y todo lo que sé del mundo lo aprendí leyendo los cientos de libros que pernoctan desde tiempos inmemoriales en nuestra casa. La mayor parte del año lo pasábamos recorriendo pueblos, villas, barrios y parajes a lo ancho y largo del país. Llegábamos, dábamos algunas funciones y nos íbamos en busca de una nueva audiencia. No hay camino, por apartado o siniestro que sea, que no nos haya visto pasar con nuestra vieja camioneta, de ida y de vuelta, con sol y con lluvia, de noche y de día. Debo decir que nuestras presentaciones eran exitosas, la gente se veía envuelta, sus emociones afloraban hasta tomar el control de sus reacciones. Recuerdo un año en que representamos “La dama de las camelias”. Al terminar la obra la gente no podía parar de llorar. Se abrazaban para darse consuelo mutuo, conmovidos hasta la médula por la suerte de la pobre Margarita. En otra ocasión debimos suspender las funciones de una obra sobre la Revolución Francesa, porque el público, contagiado del fervor revolucionario que llegaba desde el escenario, se transformaba en turba enfurecida que salía a incendiar comisarías, iglesias y edificios gubernamentales al grito de “¡Libertad, igualdad, fraternidad!” La risa, el llanto, la ira, el asco, la lujuria, el miedo, en fin, todos los estados del alma humana han sido deliberadamente provocados por nuestras presentaciones. En ellas he visto gente desmayarse, orinarse encima, gritar de angustia, golpearse, copular con frenesí, empezar a creer y a descreer. Cuando llegaba el invierno nos refugiábamos en nuestra casa. Allí, en medio del campo, alejados de las distracciones de la vida urbana, preparábamos los nuevos espectáculos y fabricábamos los títeres a quienes acompañaríamos en la siguiente gira. Mi padre pasaba días enteros en la tarea. Yo permanecía a su lado, ayudándolo y mirándolo trabajar. La fabricación de marionetas no es algo tan sencillo como podría suponerse. Cada detalle cuenta para obtener el resultado deseado. El material, la dedicación, las herramientas, pero por sobre todo la técnica. Todavía suena en mi cabeza el mantra de la voz de mi padre exponiendo su doctrina al respecto: -Nosotros no fabricamos sillas ni platos, no hay lugar para la negligencia en nuestro arte, porque cualquier inexactitud lo condena al fracaso. La obra teatral no puede plasmarse exitosamente sobre el escenario sin los intérpretes adecuados. Mi padre decía que el títere es mejor que el actor de carne y hueso, porque éste, por bueno que sea, jamás va a encajar plenamente en su papel, jamás podría el actor aniquilar completamente su personalidad, despojarse por completo de sus rasgos, sus gestos, sus movimientos, sus pensamientos, en fin, de todo aquello que no corresponde al carácter del personaje que está interpretando. En cambio el títere es la encarnación material del personaje que previamente sólo existe como idea. Cuando está bien hecho, el títere no interpreta un personaje, es el personaje. Mi padre creía que la marioneta guía al titiritero y no al revés. El titiritero es irrelevante, simplemente un mecanismo al servicio de la obra. Por eso se tomaba muy en serio la fabricación de los títeres. Los iba construyendo sin descuidar el mínimo detalle, desde los materiales, las herramientas, el mismo proceso de elaboración, hasta los factores ambientales que lo predisponían: clima, música, hora del día. -Cualquier distracción, cualquier elemento que sea dejado al azar puede significar una alteración indeseada en el alma del títere en proceso de nacer. Recuerdo la primera vez que me permitió trabajar en la fabricación de un títere. Tenía que hacer un payaso, un personaje retorcido que detrás de su apariencia de alegría gratuita escondía un alma torturada y amarga. Después de tres horas de trabajo, bañado en sudor, exhausto por la tensión que me provocaba la mirada silenciosa de mi maestro mientras trabajaba, terminé. Me pareció que había hecho un buen trabajo. Ciertamente frente a nuestros ojos había un payaso. Miré ansioso a mi padre esperando su veredicto. Tomó el muñeco y lo miró con frialdad. -Esto es un pedazo de trapo pintado- dijo, y lo tiró al piso. Sin mirarme, como si yo no estuviera ahí, empezó a fabricar él mismo el títere. Trabajaba con la concentración de un cirujano, y con la misma precisión. Por momentos sus manos parecían cobrar vida propia mientras cortaban, torcían, pegaban, pintaban, cosían. En otros, mi padre quedaba paralizado varios minutos sin hacer otra cosa que mirar y respirar, ajeno a todo, con la mirada clavada sobre la obra en curso. Finalmente, cuando ya las tinieblas cabalgaban en lo profundo del cielo, me puso el resultado de su trabajo frente a mi cara. -Miralo- me dijo. Lo miré, y al principio no vi demasiadas diferencias con el que yo había construido. Era un muñeco de trapo con cara de payaso, nada más que eso. Pero entonces vi algo más. En el fondo de sus pintadas pupilas brillaba un aire de burla. Sentí como si se estuviera riendo de mí. Me miraba fijamente hasta casi hipnotizarme. Su boca parecía a punto de explotar en una carcajada. Retrocedí instintivamente. La mirada del muñeco me siguió. Su rostro completo parecía haber adquirido una expresión maligna de tal magnitud que sentí una presión angustiosa en el pecho. -Está bien- dijo mi padre, rompiendo el hechizo-Ya viste la diferencia. Jamás nos deshacíamos de un títere. Cuando terminaba la temporada los guardábamos en un lugar especial de la casa llamado el mausoleo. Yo era el encargado de mantenerlo. Debía cuidar que los títeres no acumularan polvo, y que la humedad y la temperatura fueran las ideales para su conservación. El espectáculo al entrar al mausoleo era impresionante. Después de maniobrar con una puerta de hierro tan maciza y densa como la aprensión que provocaba contemplarla, uno parecía encontrarse ante las fauces de un animal inmenso. Las tímidas luces desgajadas en diversos tramos del lugar apenas servían para mitigar esa sensación horrible. Perpendiculares a la puerta, y paralelas entre sí, se elevaban vetustas estanterías de madera, quedando entre ellas angostos pasillos que apenas permitían el paso de un hombre. Allí, prolijamente alineados, silenciosos hasta lo opresivo, descansaban los viejos títeres. Al caminar ahí dentro se podía sentir que algo inminente e inevitable estaba por suceder. La sensación de claustrofobia era intensa, los muñecos parecían observar al intruso, amenazándolo con la mirada, como si estuvieran esperando el momento de abalanzarse al unísono sobre el usurpador de su descanso. No podía evitar caminar en puntas de pies cuando entraba allí, hasta que pasados unos minutos me convencía de que nada iba a pasar, de que los títeres no tenían intención de quebrar su inmovilidad, y de que eran mis amigos. Algunas noches atrás mi padre enfermó. Postrado en su cama me llamó y me dijo que yo estaba pronto para seguir adelante con la tradición, que había aprendido todo lo que él era capaz de enseñarme y que desde ese momento en adelante debería continuar mi aprendizaje solo. También me dijo que era necesario que tuviera un heredero al cual debería transmitirle mis conocimientos como él lo había hecho conmigo, su padre con él y así sucesivamente desde el comienzo del tiempo. Entonces me dio la llave que llevaba colgada en el cuello y me ordenó que abriera el baúl que yacía bajo su cama, ya que él no tenía fuerzas para hacerlo. Lo hice, y al abrirlo vi un libro dentro. Era el más grande que yo hubiera visto jamás, de tapas inconcebiblemente gruesas, sin inscripciones en la cubierta. Daba una impresión de objeto tenebroso e inhumano. -Es hora de que aprendas los secretos de nuestro arte. Hasta ahora has aprendido mucho, pero eso es nada comparado con lo que te va a enseñar ese libro. Me queda algo más para decirte, mi obligación como padre me obliga a finalmente contarte tu historia. Un hombre no está completo si no es consciente de su identidad. Yo lo escuchaba silencioso en la aturdida noche, y silencioso me recibió el amanecer. Finalmente, mi padre calló. Sus párpados desfallecieron, su cabeza giró a un costado, como si una mano invisible hubiera cortado los hilos que la sostenían, y dejó de respirar. Quedé mirando los despojos del único ser que había amado, ese ser hecho de magia y energía, ahora desvencijado e inmóvil, ni siquiera una burla de sí mismo. No sólo él había muerto, yo mismo era otro, las palabras de mi padre habían horadado mi alma profundamente, resquebrajando la sustancia de lo que yo había creído ser hasta el momento. Con el paso de los días la sensación de desamparo y estupefacción se fue atenuando. Finalmente, una mañana, me decidí. Levanté con esfuerzo el pesado tomo y lo puse sobre una mesa. Abrí con un temor atenazante la adusta tapa y me sumergí en la lectura. Todo estaba ahí, los arcanos mayores y los menores sobre el arte del titiritero. Yo era ahora el guardián de esos secretos. Una ola de vértigo me abrazó. En ese momento empecé a trabajar. Debía dar vida al títere más importante de mi vida, el que llamaría mi hijo, el que sería mi aprendiz, el que me sucedería en el momento en que sintiera la necesidad de ir a descansar al mausoleo con mi padre, mis antepasados, y el resto de los títeres muertos.
Escribir es un desafío enorme. Enfrentarse a una hoja de papel vacía o a una pantalla en blanco es el comienzo de una odisea que culmina cuando el texto está terminado. Para lograr su objetivo, el escritor recurre a técnicas y recursos que se han perfeccionado durante siglos e incluso milenios. Es un lugar común decir que la mejor forma de convertirse en un buen escitor es leer mucho a los buenos escritores. Este post trata sobre guías o consejos de grandes escritores para escribir bien, comúnmente llamados decálogos. De paso, para despuntar el vicio, dejo un texto de cada uno de los autores. JUAN CARLOS ONETTI I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo. II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo. III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda. IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético. V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar. VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo. VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios. VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5? IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario. X. Mientan siempre. XI. No olviden que Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer." La araucaria El padre Larsen bajó de la mula cuando esta se negó a trepar por la calle empinada del villorrio. Vestía una sotana que había sido negra y ahora se inclinaba decidida a un verde botella, hijo de los años y de la indiferencia. Continuó a pie, deteniéndose cada media cuadra para respirar con la boca entreabierta y diciéndose que debía dejar de fumar. Con la pequeña maleta negra que contenía lo necesario para salvar las almas que estaban a punto de apartarse del cuerpo y huir del sufrimiento y la inmediata podredumbre. No lo precedía un monaguillo con una campanilla, nadie agitaba una vinagrera, nadie rezaba, salvo él durante cada descanso. La pequeña casa pintada de un sucio blanco estaba emparedada por otras dos, casi iguales, y las tres se abrían al camino de tierra dura por puertas hostiles y estrechas. Le abrió un hombre de años indiscernibles, con alpargatas y bombachones blancos. Se persignó y dijo: -Por aquí, padre. Larsen sintió la frescura de la pieza encalada y casi olvidó el sol agresivo de las calles mal hechas. Ahora estaba en una habitación pobre de muebles, en una cama matrimonial una mujer se retorcía y variaba del llanto a la risa desafiante. Después llegaron palabras, frases incomprensibles que atravesaban el silencio, la momentánea quietud del sol, buscando llegar a las sombras que se habían aproximado. Un silencio, un mal olor persistente, y de pronto la mujer agonizante trató de levantar la cabeza; lloraba y reía. Se aquietó y dijo: -Quiero saber si usted es cura. Larsen paseó las manos por la sotana, para mostrarla, para saber él mismo que seguía enfundado en ella, Mostró al aire -porque ella tenía muy abiertos los ojos y solo miraba la pared blanca opuesta a su muerte- mostró estampas de bruscos colores desleídos, medallas pequeñas de plomo, achatadas por los años, serenas algunas, trágicas otras, con desnudos corazones asomando exagerados en pechos abiertos. Y de pronto la mujer gritó el principio de la confesión salvadora. El padre Larsen la recuerda así: -Con mi hermano desde mis trece años, él era mayor, jodíamos toda la tarde de primavera y verano al lado de la acequia debajo de la araucaria y solo Dios sabe quién empezó o si nos vino la inspiración en conjunto. Y jodíamos y jodíamos porque, aunque tenga cara de santo, termina y vuelve y no se cansa nunca, y dígame qué más quería yo. El hermano se apartó de la pared, dijo no con la cabeza y adelantó una mano hacia la boca de su hermana, pero el cura lo detuvo y susurró: -Déjala mentir, deja que se alivie. Dios escucha y juzga. Aquellas palabras habían agregado muy poco a su colección. Tenía ya varios incestos, inevitables en el poblacho despojado de hombres que se llevó la guerra o la miseria; pero tal vez ninguno tan tenaz y reiterado, casi matrimonial. Quería saber más y murmuró convincente: "es la vida, el mundo, la carne, hija mía". Ahora ella volvía a dilatar los ojos perdiéndose en la pausa protectora de la pared encalada. Volvió a reír y a llorar sin lágrimas como si llanto y risa fueran sonidos de palabras y graves confidencias. Larsen supo que no estaba moribunda ni se burlaba. Estaba loca y el hermano, si era el hermano, vigilaba su locura con una rígida cara de madera. Equivocándose, ordenó padrenuestros y avemarías y, como en el pasado, vaciló con el viejo asco mientras se inclinaba para bendecir la cabeza de pelo húmedo y entreverado; no pudo ni quiso besarle la frente. Oyó mientras salía guiado por el impasible hermano: -Cuando otra vez me vaya a morir, lo llamo y le cuento lo del caballo y la sillita de ordeñar. Él me ayudó, pero nada. En la calle, bajo la blancura empecinada del sol, la mula restregaba el hocico en las piedras buscando, en vano, mordisquear. Al regreso, de retorno al corral, la bestia trotó dócil y apresurada mientras el padre Larsen, sin abrir el quitasol rojo, hacía balance de lo obtenido y aguardaba, esperanzado, a que llegara la segunda agonía de la mujer. El padre Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria. HORACIO QUIROGA Decálogo del perfecto cuentista I Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo. II Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo. III Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia. IV Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón. V No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas. VI Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes. VII No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo. VIII Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea. IX No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino. X No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento. La gallina degollada Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. —A usted se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!... ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que...? —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar detenidamente. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente el segundo hijo amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas por encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: —De nuestros hijos, ¿me parece? —Bueno, de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente: —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró. —¿Qué no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla. —¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. —Como quieras; pero si quieres decir... —¡Berta! —¡Como quieras! Éste fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...? —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa: —¡No, no te creo tanto! —Ni yo jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla! —¡Qué! ¿Qué dijiste?... —¡Nada! —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo... —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. —Mamá, ¡ay! Ma. . . —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. —¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: —¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro. AUGUSTO MONTERROSO Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre. Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia. Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito". Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras. Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche. Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy. Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan. Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes. Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor. Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él. Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio. Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado. El autor da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez. La rana que quería ser una rana auténtica Había una vez una rana que quería ser una rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello. Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl. Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una rana auténtica. Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían. Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo. JORGE LUIS BORGES En literatura es preciso evitar: . 1. Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc. 2. Las parejas de personajes groseramente disimiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson. 3. La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens. 4. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares. 5. En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector. 6. Los personajes susceptibles de convertirse en mitos. 7. Las frases, las escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local. 8. La enumeración caótica. 9. Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust. 10. El antropomorfismo. 11. La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero. 12. Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos. 13. Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película. 14. En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis. 15. Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin: 16. Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio. Emma Zunz El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguánuna carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Feino Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto. Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería. En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder. No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera. El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió. Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman. ¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin. Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz. La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así. Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar...”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender. Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté... La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios. ERNEST HEMINGWAY 1. Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés vigoroso. Sé positivo, no negativo. 2. La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve. 3. Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como "espléndido, grande, magnífico, suntuoso". 4. Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas. 5. Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir. 6. Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias... 7. A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos. 8. Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal. Los asesinos La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador. -¿Qué van a pedir? -les preguntó George. -No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al? -Qué sé yo -respondió Al-, no sé. Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba. -Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero. -Todavía no está listo. -¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta? -Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis. George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador. -Son las cinco. -El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre. -Adelanta veinte minutos. -Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer? -Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté. -A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas. -Esa es la cena. -¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena? -Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado... -Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes. -Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador. -¿Hay algo para tomar? -preguntó Al. -Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George. -Dije si tienes algo para tomar. -Sólo lo que nombré. -Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama? -Summit. -¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo. -No -le contestó éste. -¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al. -Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo. -Así es -dijo George. -¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George. -Seguro. -Así que eres un chico vivo, ¿no? -Seguro -respondió George. -Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al? -Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas? -Adams. -Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max? -El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max. George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina. -¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al. -¿No te acuerdas? -Jamón con huevos. -Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba. -¿Qué miras? -dijo Max mirando a George. -Nada. -Cómo que nada. Me estabas mirando a mí. -En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al. George se rió. -Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes? -Está bien -dijo George. -Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena. -Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo. -¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max. -Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador. -¿Por? -preguntó Nick. -Porque sí. -Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador. -¿Qué se proponen? -preguntó George. -Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina? -El negro. -¿El negro? ¿Cómo el negro? -El negro que cocina. -Dile que venga. -¿Qué se proponen? -Dile que venga. -¿Dónde se creen que están? -Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso? -Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá. -¿Qué le van a hacer? -Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro? George abrió la portezuela de la cocina y llamó: -Sam, ven un minutito. El negro abrió la puerta de la cocina y salió. -¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador. -Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí. El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete. -Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo. El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna. -Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo? -¿De qué se trata todo esto? -Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto. -¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina. -¿De qué crees que se trata? -No sé. -¿Qué piensas? Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo. -No lo diría. -Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa. -Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal. -Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar? George no respondió. -Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson? -Sí. -Viene a comer todas las noches, ¿no? -A veces. -A las seis en punto, ¿no? -Si viene. -Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine? -De vez en cuando. -Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine. -¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo? -Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio. -Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina. -¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George. -Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo. -Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado. -Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo? -Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento. -¿Tengo que suponer que estuviste en un convento? -Uno nunca sabe. -En un convento judío. Ahí estuviste tú. George miró el reloj. -Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo? -Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después? -Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento. George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías. -Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena? -Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media. -Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte. -Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero. -Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina. -No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo. A las siete menos cinco George habló: -Ya no viene. Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió. -El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo. -¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir. -Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max. Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco. -Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene. -Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina. En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo. -¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó. -Vamos, Al -insistió Max. -¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro? -No va a haber problemas con ellos. -¿Estás seguro? -Sí, ya no tenemos nada que hacer acá. -No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado. -Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no? -Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas. -Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte. -Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo. Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero. -No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme. Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca. -¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad. -Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer. -¿A Ole Andreson? -Sí, a él. El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares. -¿Ya se fueron? -preguntó. -Sí -respondió George-, ya se fueron. -No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada. -Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson. -Está bien. -Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte. -Si no quieres no vayas -dijo George. -No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen. -Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive? El cocinero se alejó. -Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo. -Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick. -Voy para allá. Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada. -¿Está Ole Andreson? -¿Quieres verlo? -Sí, si está. Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta. -¿Quién es? -Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer. -Soy Nick Adams. -Pasa. Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick. -¿Qué pasa? -preguntó. -Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo. Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada. -Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra. -George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase. -No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente. -Le voy a decir cómo eran. -No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme. -No es nada. Nick miró al grandote que yacía en la cama. -¿No quiere que vaya a la policía? -No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea. -¿No hay nada que yo pueda hacer? -No. No hay nada que hacer. -Tal vez no lo dijeron en serio. -No. Lo decían en serio. Ole Andreson volteó hacia la pared. -Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá. -¿No podría escapar de la ciudad? -No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar. Seguía mirando a la pared. -Ya no hay nada que hacer. -¿No tiene ninguna manera de solucionarlo? -No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir. -Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick. -Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir. Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared. -Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas. -No quiere salir. -Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías? -Sí, ya sabía. -Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable. -Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick. -Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell. -Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick. -Buenas noches -dijo la mujer. Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador. -¿Viste a Ole? -Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir. El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina. -No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina. -¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George. -Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata. -¿Qué va a hacer? -Nada. -Lo van a matar. -Supongo que sí. -Debe haberse metido en algún lío en Chicago. -Supongo -dijo Nick. -Es terrible. -Horrible -dijo Nick. Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador. -Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick. -Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan. -Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick. -Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer. -No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible. -Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso. Ahora ya estás pronto, mi amigo, para ponerte a escribir, ¿qué estás esperando?
Día 1 Medio muslo de pollo al horno, sin piel. Un trozo de brócoli hervido. Miro el plato semivacío. Me lleva menos tiempo terminar la comida que lo que me llevará después expulsarla. La balanza me observa con gesto escéptico, anticipando, burlona, mi fracaso. Día 2 Un trozo de queso magro, una manzana verde mediana. Dos galletas magras. Tuve que dejar de ver televisión, los comerciales de chocolate me estaban haciendo mal. Día 3 Una costilla fina, al horno. Un tomate al natural. De postre una pera. Hoy me pasó algo curioso. Estaba haciendo las compras en el supermercado y escuché que me llamaban. Me di vuelta pero no había nadie, así que seguí mi camino. Volví a escuchar una voz llamándome. Me di vuelta y me quedé mirando. Nada. Enfrente de mí un exhibidor lleno de alfajores se me insinuaba con descaro. Salí, casi corriendo, hacia las cajas. Día 4 Dos fetas de jamón magro. Tres cucharadas de arroz. Dos galletas magras. Una manzana . El espejo se ha convertido en un arma de tortura. Intento evitarlo, pasar frente a él sin mirarlo. Me gustaría destruirlo a golpes. Finalmente cedo y caigo en su red. "Estás gorda", me dice. Me habla con la voz de Jorge. Me voy para que el espejo no me vea llorar. Día 5 Un filet de pescado al horno. Ensalada de apio y queso cremoso, light. Dos grisines integrales. El día estuvo pesado y lento. Tuve una discusión con una clienta en la peluquería. Andrea le dio la razón a ella y la insulté. Me mandó para casa. Se me dio por mirar fotos viejas. Las fotos siempre son viejas, excepto en el primer vistazo. Día 6 Vinieron a almorzar Juan, Jimena y sus familias. Hicieron un asado, yo no me resistí a picotear un chorizo, después se me cerró el estómago por la culpa. Obligada, me comí un pedazo de pulpón. De repente empezaron a hablar de Jorge y su pareja. Me sentí mal y me fui de la mesa. Jimena vino atrás mío y estuvimos conversando. A duras penas pude contenerme, no quería que me viera llorando, no quería darle la satisfacción a Jorge de que los chicos le dijeran "mamá está mal". Dia7 -Tenés que mandarlo a la mierda. El tenedor, cargado de berro, se detuvo a pocos centímetros de mi boca. -No puedo hacer eso, están los chiquilines. -¿Chiquilines? ¡Por favor, tus hijos son adultos! Tenés que hacerlo, no sabés lo bien que se siente, yo hice eso con Héctor.- insistió Laura. -¿Tu primer marido? -El segundo. -Pero Jorge y yo nos separamos en buenos términos, nos llevamos bien. -Te dejó por una pendeja de veinte años. No necesitás más razón que esa. El mozo nos interrumpió para retirar los platos. Laura lo siguió con la mirada mientras cruzaba el salón. -Yo dejaría la dieta para comerme ese bombón. -Jaja ¡Qué idiota! -¿Te diste cuenta cómo te mira? Hay onda ahí. -No jodas, quién me va a mirar a mí. -Yo sé lo que te digo, ese huevo quiere sal. ¿Te dije que me opero la nariz? -¡No! ¿Cuándo? -El mes que viene. Se lo pedí a Ruben como regalo de aniversario. ¡Me va a quedar igual a la de Scarlett Johansson! -Ahhh, qué bueno. -A la de Scarlett Johansson, ¿entendés? Día 8 Ensalada de apio y queso cremoso. Media pechuga de pollo. Un pomelo. Hizo mucho calor, el aire acondicionado de la peluquería se rompió y aquello se convirtió en un horno. Estaba peinando a una clienta cuando todo empezó a girar a mi alrededor y me desmayé. Llamaron a una ambulancia, pasé una vergüenza terrible. El médico me dijo que me había bajado la presión. Me llevaron a casa, corrí las cortinas y me acosté. Cuando desperté, la oscuridad me asustó. Me levanté, comí un flan cero por ciento que había en la heladera, y me volví a dormir. Día 9 Un churrasco al horno. Medio tomate con orégano. Una manzana . No fui a trabajar, no me sentía con fuerzas. Me quedé en la cama hasta el mediodía, mirando tv, sin mirar nada en realidad, haciendo zapping constantemente. Estaba en eso cuando me llamó Laura, para preguntarme qué me había pasado. Empezó a decirme que estaba haciendo mal las cosas, que tenía que cambiar, me sacó de quicio y terminamos peleándonos. Volví a acostarme, apagué el celular, el teléfono sonó pero no lo atendí. Me levanté ya entrada la noche, comí unas galletas de salvado con queso magro y té y me volví a acostar. Pasé la noche dando vueltas en la cama, sin poder dormir. Día 10 Salí de la cama a media mañana, para prepararme un té. La superficie líquida y humeante se obstinaba en devolver mi imagen, pese a mis esfuerzos por quebrarla girando ferozmente la cuchara. Prendí el teléfono, lo dejé sobre la mesa, al lado del platillo del queso magro. Me quedé mirándolo. Me llevé la taza a la boca pero el té estaba frío. Levanté el celular y cerré la mano sobre él, tomándole el peso. Marqué y lo dejé sonar. Una voz habló más allá de la línea. -Hola. Corté y dejé el aparato sobre la mesa, reluciente por la transpiración de mi mano. Inmediatamente empezó a sonar. Atendí, y la voz de Jorge volvió a meterse en mi oído. -Hola ¿Vos me llamaste? -Si. -¿Que pasó? -Quería decirte que sos un hijo de puta. -¿Cómo? ¿Te volviste loca? -Sos el hijo de puta más grande que conocí en mi vida. Sos el rey de los hijos de puta. Sos una mierda. No hubo contestación, excepto por el ruido del tono, indicando que Jorge había cortado. Fui al baño y me paré frente al espejo, empezando a maquillarme. Después fui hasta el placar, buscando entre la ropa, sacándola, revolviendo hasta decidirme por una pollera blanca, corta, con flores rojas estampadas, que no usaba desde hacía mucho tiempo. Bajé con la balanza bajo el brazo, y al pasar por un contenedor de basura la tiré. Caminé sintiéndome liviana, cortando la brisa que bajaba desde el centro. Al entrar al bar, vi al mozo del otro día parado junto al mostrador. Me senté junto a una ventana y esperé. Enseguida vino hacia mi mesa y después de saludarme, me dio la carta. Ni siquiera la abrí. -Tráigame un chivito canadiense al plato, con fritas. Y una cerveza, para celebrar, hoy estoy de festejo. Me miró, con una sonrisa llenándole la cara. -Siempre hay algún motivo para celebrar. Lo miré a los ojos, negros y brillantes, y le devolví la sonrisa, liberándola como a un ave de su jaula, dejándola volar, libre por fin en la mañana.
link: https://www.youtube.com/watch?v=_btPjJ6sD-I