a

alientina

Usuario (Argentina)

Primer post: 2 jul 2013
119
Posts
23713
Puntos totales
1256
Comentarios
L
La administración de Rosas, presupuestos y finanzas
InfoporAnónimo8/15/2013

La administración de Rosas, sus presupuestos y sus finanzas: La administración de Rosas es lo más perfecto que entre nosotros haya podido hacerse. Durante su primer gobierno, tuvo cinco ministerios. Ahora sólo tiene dos: Relaciones Exteriores y Hacienda. Al Ministerio de Gobierno lo atiende un oficial mayor. Pocas oficinas y escasos empleados. Muchos expedientes. Todo ha de hacerse por escrito, de acuerdo a la minuciosidad del gobernador. Lo relativo al ejército va directamente a él: licencias, ascensos, sumarios. Él escribe al margen su resolución. Redactar los borradores de todas las circulares. También está en sus manos el movimiento del Ministerio de Gobierno y dirige las Relaciones Exteriores. Los presupuestos de Rosas son de una precisión científica. Los gastos y los recursos se equilibran a la perfección, y si hay déficit es debido a los gobiernos anteriores, al bloqueo francés y a las guerras. Se economiza de una manera asombrosa. La Contaduría anota entradas como ésta: “Sobrante de rancho, en enero, de la milicia al servicio del Primer batallón de voluntarios rebajados, cinco pesos”. A don Pedro de Ángelis, redactor de La Gaceta, y después del Archivo Americano, Rosas le exige emplear el más pequeño cuerpo de letra y dejar un margen insignificante. De este modo llega a ocurrir –hecho muy raro en cualquier parte- que se gaste menos de lo votado por la legislatura: nueve millones en 1844. La Tesorería General publica una cuenta diaria, y el primer día de cada mes, el haber hasta la fecha. También se publica ese día la cifra del monto de las Letras de Tesorería, el número y la cantidad de los billetes en circulación, la cuenta de la Receptoría, y las entradas y salidas de la Contaduría. Esta posibilidad de controlar día a día la administración, constituye un caso único en el mundo entero. Rosas nada oculta. Los sueldos que se pagan a los indios; las cantidades para ciertos delatores, como los que descubrieron la conjuración de Maza; las sumas otorgadas en premio a los que impidieron embarcarse a Lynch, Oliden y Mason, y mataron a tres de ellos; los dineros que corresponden a los que entregaron la cabeza puesta a precio de tal cual unitario; la recompensa al que mató a Lavalle, todo figura en la lista de gastos. Los impuestos no son muchos ni excesivos. En 1844 crea impuestos nuevos, como uno a los perros, que subleva a los unitarios. Las entradas de la administración proceden, además de los impuestos, de las rentas de Aduana y las suscripciones voluntarias. Las entradas aduaneras, casi nulas durante los años 1838, 1839 y 1840, por causa del bloqueo francés, aumentan considerablemente en los años que siguen, hasta el año 1845, que comienza otra vez el país a padecer por culpa del imperialismo europeo. Cada día entra buen número de barcos. El 7 de enero 1843, día que he tomado al acaso, hay en el puerto ciento veinte, pertenecientes a diecisiete naciones. Figuran en primer término los ingleses, con veintisiete; los sardos, con veinticuatro; los americanos, con trece; los brasileros, con once; y los franceses, con diez. Las suscripciones son colectivas, y tiene por objeto ayudar al gobierno en tal o cual guerra. Cada año hay una o dos de estas suscripciones gigantescas, en que contribuye toda la provincia, pueblo por pueblo, parroquia por parroquia, regimiento por regimiento, y que, si bien sólo comprende a los federales, equivalen a impuestos extraordinarios. Las finanzas de don Juan Manuel son muy sencillas. No hace empréstitos en el extranjero, pero sí empréstitos internos. En 1844 se ha extinguido más de la mitad de la deuda pública, y la amortización continúa. Su gran recurso financiero es la impresión de billetes. No procede sin autorización legislativa. La Sala ha demostrado al principio cierta independencia al no autorizarle a emitir papel moneda sino por las cantidades estrictamente necesarias para cubrir los déficit. Luego, le da carta blanca. Es claro que con estas emisiones el papel moneda se desvaloriza. Pero Rosas obliga a aceptar los nuevos billetes por el valor escrito, y nadie tiene el coraje de rechazarlos. De este modo original, Rosas ha salvado al país de la catástrofe económica. El país sigue viviendo y, sin excesivas inquietudes, en medio de sus dificultades, engrandeciéndose y enriqueciéndose. Manuel Gálvez

20
4
Bandidos Rurales
Bandidos Rurales
InfoporAnónimo8/8/2013

Bandidos rurales A mediados de la segunda mitad del siglo XIX, el código rural de la provincia de Buenos Aires transcribe textualmente disposiciones de sometimiento casi feudales para la población nativa. Se condenaba lo que denominaban "vagancia" y se obligaba a los pobladores sin recursos a solicitar autorización a las autoridades, hasta para transitar por la campaña. Aquel paisano que no portara su "libreta de conchabo" era considerado malentretenido y perseguido tenazmente por la partida. Estas disposiciones adquieren mayor y mejor control sobre los "vagos" al intensificarse la producción agropecuaria en las dilatadas llanuras recién conquistadas al indio. Testimonios de esa época, aluden a la existencia de cientos de gauchos que son desplazados "por el progreso" a sitios marginales. Obviamente, esos sitios se corresponden, en gran medida, a los recientemente creados territorios nacionales. Estas "zonas de frontera" por excelencia, a juzgar por las características de su incipiente poblamiento, la carencia casi total de alambrados aún y una tibia presencia policial, unida, a aquella famosa ley de permiso de portación de armas, permitieron, seguramente, la libre expresión del gaucho en su original estado. El territorio de La Pampa, con semejantes condiciones de libertad, ciertamente ejerció poderosa atracción a todo tipo de aventureros, al bandidaje en general, a personajes de leyenda y tumultuoso pasado de "gaucho malo", como el caso de Bairoletto, entre otros. Juan Bautista Bairoletto (1894 - 1941) ..."Juan se suicidó. No lo mataron, el se suicidó. Yo me levanté de la cama tras de él, protegiendo a las chicas. Veo que se pega el tiro y empieza a caer para atrás, se apoya en la pared y cae al piso. Luego, entró la policía y le tiraron ya muerto en el piso..." (relato de Telma Ceballos). Forma parte de la mitologia de los humildes, que lo consideran "protector". Hijo de una pareja de inmigrantes italianos, Juan Bautista Bairoletto fue el segundo de seis hijos. Nació en Santa Fe el 11 de noviembre de 1894. Su familia se radicó en la provincia de La Pampa, en una zona triguera que abarcaba Castex y Monte Nievas. Cuando era chico, su familia se radicó en Colonia Castex, un pueblo de La Pampa.Parte de su juventud la pasó en los burdeles, donde conoció a los primeros anarquistas. Allí se enamoró de una mujer, que también era pretendida por un gendarme llamado Elías Farache. Farache y Bairoletto tuvieron una pelea feroz: Farache terminó con un balazo en el cuello. Fue acusado de homicidio y encarcelado hasta 1921. Se movía por ambientes peligrosos como casas de juego y prostíbulos. Fue asaltante de caminos, sosteniendo tiroteos con la policía de Castex y otras localidades de La Pampa y provincias vecinas. Era considerado el vengador de los sufrimientos de sus amigos y su figura de justiciero fuera de la ley hace que se vuelva popular, convirtiéndose en un mito. La gente lo ayudaba a huir, y cuando se refugiaba en un lugar le hacían llegar mensajes para prevenirlo, le proporcionaban alimentos, abrigo y cuidados. Como corresponde a la leyenda robaba a los ricos y ayudaba a los pobres, repartiendo lo obtenido entre sus amigos, protectores y gente necesitada. En la década de 1930, se lo hacía responsable de cualquier asalto o muerte ocurrida, pero parecía un fantasma que la policía perseguía sin resultados. A principios de los años cuarenta se organiza una persecución dispuesta a terminar con él. Lo sorprendieron y le dieron muerte en la madrugada del 14 de septiembre de 1941, en General Alvear, Mendoza. Lo velaron en el Comité Demócrata de dicha localidad. A su funeral asistieron miles de personas llegadas desde La Pampa. Sus restos descansan en el cementerio de la localidad dónde murió, en un pequeño mausoleo levantado con las contribuciones de sus fieles. Concurren hombres y mujeres que ofrendan flores, crucifijos, placas y objetos diversos para pedirle que proteja sus familias, trabajo, salud, amor, etc. Algunos devotos recorren de rodillas la distancia entre la entrada del cementerio y su tumba. Aún hoy, algunos pampeanos se ufanan de que sus abuelos hubieran "protegido" a Bairoletto y recuerdan anécdotas vinculadas a este gaucho. Bairoletto fue el último "gaucho alzado" que marca el fin de una época. Muere en los albores de una nueva Argentina con industrias, con sindicatos y vida predominantemente urbana en la que durante largo tiempo no volvió a repetirse el fenómeno. "Mate cosido"(Segundo David Peralta) Segundo David Peralta tenía una pequeña cicatriz en la cabeza que le dio su alias. Había nacido en Tucumán pero la parte más intensa de su vida ocurrió en el Chaco. Trabajó en una imprenta, era culto y planificaba sus golpes al detalle. Se dedicó a robar a firmas como Bunge & Born, Dreyfus y La Forestal, empresas que aportaban grandes sumas de dinero a la Gendarmería para dar fin a sus correrías. Mate Cosido, el bandido de los pobres, escribió algunas notas en la revista Ahora en las cuales justificaba sus robos, explicando que los verdaderos ladrones eran los que explotaban al trabajador y al suelo argentino. Su fama de ladrón con conciencia iba creciendo en Buenos Aires. Igual que Vairoletto, sus problemas con la policía se acentuaron por culpa de una mujer: Mate Cosido tuvo una novia que también coquetaba con un agente y eso profundizó la inquina policial. Igual que a Vairoletto, un compinche lo vendió. Fue cuando ocurrió el famoso episodio de la estación Berthet, en 1939. Era el fin de su carrera: salió muy herido de la emboscada, pero logró escapar y se dejó envolver por el misterio. Su cadáver nunca apareció. Según algunos memoralistas, Vairoletto y Mate Cosido se conocieron en la Capital: fue en un prostíbulo de Barracas o en un templo masónico de San Telmo. Dos escenarios apropiados para el marco de una época que, no casualmente, tuvo en Arlt a uno de sus más agudos cronistas. ! Isidro y Claudio Velázquez (Los vengadores) El 1° de diciembre de 1967 fueron abatidos en un amplio operativo desplegado por la Policía Federal, dos peligrosos delincuentes: Isidro Velázquez y Vicente Gauna. Sucedió en Machagai, Chaco, en el nordeste argentino, a la vera de la ruta 16, en una zona de obrajes madereros y algodonales, junto al Impenetrable. Pudo haber sido otro compás de la eterna contradanza de policías y ladrones, pero algo lo diferenciaba: a Velázquez se le atribuían cualidades sobrehumanas que infinidad de testigos jurarían haber constatado. En sus correrías solía tener el apoyo de la población más humilde, y sus víctimas eran personajes odiados por su condición social y económica. Velázquez recompensaba monetariamente esa solidaridad, y eso fue interpretado por algunos como una suerte de redistribución violenta de la riqueza, la de un Robin Hood del siglo XX. Su captura se había convertido en una obsesión para Guillermo Borda, entonces ministro de Interior, y para la Sociedad Rural del Chaco, que puso precio a su cabeza: dos millones de pesos para acabar con los secuestros de ganaderos y consignatarios, los robos a mano armada y los asaltos a bancos y acopiadores de cereales. Sin embargo, no se sabe de que haya existido alguna delación, o dato confidencial, tendientes a cobrar la recompensa. Velázquez parecía conocer todos los secretos, aparecía tan sorpresivamente como se esfumaba y había adquirido cierto dominio sobre las mentes de los milicos de la policía provincial. El objetivo del gobierno es político: terminar con el apoyo y la protección que recibía de la gente del lugar, cuando la doctrina de la seguridad nacional señalaba el peligro de que hubiera grupos armados disimulados entre la población. Comenta el diario La Razón del 3 de diciembre de 1967: “el halo de leyenda que rodeaba a estos salteadores de la selva, como a los bandoleros de todos los países y de todas las épocas, los hacía acreedores del afecto y la simpatía de las poblaciones campesinas, que en no pocas oportunidades recibieron los beneficios de sus manos, sobre todo entre la gente más pobre. La gente de campo los ampara en su vida errante, de eternos prófugos de la justicia, los ayuda en la procura de abastecimientos y en oportunidades los oculta o les facilita los medios para ocultarse”. Ángel Persoglia, uno de los productores rurales raptado a principios de ese año, declaró que le había sorprendido “la corrección del bandolero”, agregando: “se despidió de mí diciendo que ya era tarde para cambiar de vida”. “Vivo o Muerto”, señalaban los carteles pegados en todo el territorio chaqueño por el gobierno, y que solían amanecer arrancados o enchastrados con leyendas tales como: “Isidro Velázquez no se entregará”. Felipe Pascual Pacheco, "El tigre de Quequén" Realidad y fantasía se confunden en la vida del personaje de Gutiérrez. Hubo quien creyó que fue tan sólo una invención del folletinero porteño, luego plasmada -y popularizada- en un libro cuya portada muestra el grabado de un gaucho huyendo de la partida. Pero lo cierto es que existió. Así lo demuestran los ex- pendientes judiciales consultados de diversos partidos bonaerenses y, últimamente, en el archivo histórico de la ciudad de La Plata. Aunque, tal vez, una gran parte de su leyenda corresponda exclusivamente a la frondosa imaginación de Gutiérrez. El comienzo de la vida errante y desordenada de Felipe Pacheco tiene características en común a la de tantos gauchos de la época: un pleito lo llevó a defender su hombría a punta de facón. Este fue el detonante de una serie de desencuentros con la justicia, donde, obviamente, la brutalidad de las autoridades cumplieron importante rol. En el año 1866 se le inicia a Pacheco una causa criminal por una muerte hecha en el partido de la Lobería. Dice el escrito "que el criminal ha desaparecido y abandonado sus bienes y familia" (tenía 6 hijos). Fue detenido tiempo más tarde en Tres Arroyos y llevando a la cárcel de Dolores donde es condenado a 10 años de prisión. Al ser conducido a Buenos Aires, logra escapar del piquete que lo conducía. Pacheco se reúne nuevamente con su familia y se establece en la estancia de un fuerte hacendado, A. Zubiarre (cerca de la actual ciudad de Necochea). Allí cuida su rodeo y algunas tropillas de su propiedad. Es conchabado como resero y recorre con este oficio varios partidos del centro sur de la provincia de Buenos Aires. A menudo; en pulperías o campamentos de troperos, debe responder-a rebencazos, como era de rigor- a las bravuconadas de paisanos provocadores o de simples pleiteros en busca de gloria. Cada "hazaña' de Pacheco -verificada o no- ;acrecentaba su fama de matrero. Fue tildado de ladino, pendenciero y malentretenido. Perseguido durante años y por el odio que le inspiraron los hombres, estableció su real en una cueva de las barrancas del río Quequén. Por su fiereza y habilidad, para salir airoso de cuanta celada le era preparada, fue apodado "el Tigre del Quequén". En diciembre de 1875, el comisario Luis Aldaz, rudo personaje de la campaña, en un descuido del "Tigre", consigue atraparlo en su propia guarida. Así terminaba su carrera de gaucho alzado. Fue acusado, en la oportunidad, por el propio Aldaz, como "uno de esos criminales que solamente con su presencia aterroriza... autor de 14 asesinatos alevosos y de tener familia con sus propias hijas". En realidad, sólo se le pudo imputar un asesinato y una fuga. Al mayúsculo cargo de incesto, el juez lo desechó de plano. También expresaba el Dr. Aguirre, que "de los demás crímenes atribuidos a Pacheco, no había ningún elemento para imputárselos". Sobreseía a éste y que "debía cumplir la sentencia en la Penitenciaría de Buenos Aires por el hecho de 1866". Lugar donde ingresó Felipe Pacheco en diciembre de 1876. Antonio "el gauchito" Gil Nos cuenta Félix Coluccio que el gaucho Antonio Mamerto Gil Núñez, o Antonio Gil, o Curuzú Gil (Cruz en guaraní)tenía a mediados del siglo pasado, una banda que "despojaba de dinero a los ricos para dárselo a los pobres". La denominación "curuzú" significa cruz. Se cree que nació en el departamento correntino de Mercedes (antes denominado Pay Ubre), en cuyo cementerio se encuentra su cuerpo; murió un 8 de enero de 1878. Su mayor trascendencia transcurrió entre 1840 y 1860, época de caudillos y montoneras. Su vida está envuelta en mil enredos, se dice que fue peón explotado que se volvió matrero, también que actuó en la Guerra del Paraguay bajo las órdenes del General Madariaga, y que fue ejecutado por desertor. Según contaba doña Anabel Miraflores, su madre Estrella Díaz de Miraflores, una rica estanciera, tuvo amoríos con Gil, y a la vez era pretendida por el comisario del pago. Esta situación, más el odio que le tenían los hermanos de la estanciera, hizo que el Curuzú huyera de Pay Ubre y se fuera a alistarse en la Guerra del Paraguay. Los federales litoraleños, después de la caída de Rosas, se dividieron en Rojos (tradicionales de la divisa punzó o autonomistas) y Celestes (liberales), según cuentan las historias, Gil fue reclutado por los celestes del coronel Juan de la Cruz Salazar, y como el gauchito era netamente colorado, aprovechó un descuido y se dio a la fuga con el mestizo Ramiro Pardo y el criollo Francisco Gonçalvez; compañeros a los que el derrotero convirtió en cuatreros famosos. Sus compinches fueron muertos a tiros de trabuco y el gaucho fue detenido y llevado a Goya. A pesar de la intercesión del Coronel Velázquez, en el camino, fue colgado cabeza abajo desde un algarrobo (en camino a Goya, a unos 8 kilómetros de Mercedes) y degollado. Aparentemente fue colgado de esa forma para evitar los supuestos poderes hipnóticos que tenía y para que no influyera el payé de San la Muerte que tenía colgado al cuello. Su primer acto milagroso sucedió momentos antes de su muerte. El dijo a su futuro verdugo que una vez que le diera muerte, iba a ir a su casa y encontraría a su hijo muy enfermo, pero que si lo invocaba, sanaría. Una vez decapitado, el comandante llevó la cabeza en sus alforjas a Goya, y el verdugo no dejó el cuerpo a las alimañas, dándole sepultura. Este mismo sargento-verdugo al llegar a su casa vió que sucedía lo que dijo el gauchito, entonces, volvió al lugar de la ejecución y puso una cruz de espinillo (algunos dicen que de ñandubay); al poco tiempo la gente comenzó a visitar el algarrobo y la tumba, dejando ex-votos y velas encendidas. Los dueños del campo, de apellido Speroni, al ver el peligro que significaban las velas encendidas en el campo, hicieron trasladar la tumba al cementerio de Mercedes... pero al poco tiempo cayó gravemente enfermo con un mal que degeneró en locura, los médicos lo desahuciaron y él, en un momento de lucidez, prometió que si el gauchito lo sacaba de la cruel y desconocida enfermedad, le haría un monumento fúnebre... al momento curó y edificó un pequeño santuario de piedra que aún hoy se puede observar... de allí en más fueron varios lo milagros del gaucho y su culto se expandió por gran parte del territorio argentino. Actualmente compite cabeza a cabeza con otra creencia popular de magnitud: la Difunta Correa. Olegario Alvarez "El gaucho Lega" El gaucho Olegario Alvarez, conocido como "Gaucho Lega", nació en Saladas en 1871. Preso y condenado por asesinato, logra evadirse de la Penitenciaria de la capital correntina en 1904. A partir de allí, integró una gavilla de matreros famosos en la región , junto al mentado Aparico Altamirano (otro "santo". Convertido en gaucho matrero desde su temprana juventud, Olegario álvarez cosechó amores y odios. La escritora Silvia Miguens narra la vida de este hombre que transitó un camino de rebeldía, signado por la violencia, y se hizo leyenda al amparo de la mitología correntina. Cuando Nicolás Toledo y Paulina Álvarez engendraron a su hijo, el aire andaba enrarecido por el polvo que alzaban las tropas de Argentina, de Brasil y de Uruguay, que cabalgaban por los alrededores de Saladas, a 100 kilómetros de Mburucuyá, para embestir a las de Paraguay, durante la Guerra de la Triple Alianza. Nueve meses más tarde, corriendo ya el año 1871, el primer encantamiento de Olegario fueron los ojos de su madre. Tal vez por aquella primaria visión del mundo siempre se dio a conocer con el apellido materno, o puede que Nicolás Toledo no fuera más que uno de esos hombres de a caballo que van de paso. Para cuando Olegario nació, el aire no estaba enrarecido por las tropelías de las milicias. Inspiró profundo una oleada de heroísmo de esa tierra de héroes, y no sólo de los héroes que deambulaban por la zona, pues también en Saladas había nacido el sargento Cabral, que en el combate de San Lorenzo salvó de la muerte al general San Martín, otro correntino de ley. Muchos niños, igual que Olegario, fueron forjados por las narraciones de sus mayores, susurradas en torno al fogón de las mateadas nocturnas. Acunado por mitos y leyendas, a la vera de los espíritus errantes y de los entreveros con las tropas de Rosas, nació y creció Olegario Álvarez, quien muy pronto, en su juventud, se convirtió en el Gaucho Lega, o Leguita. Imposible permanecer ajeno a ese caudillismo que convertía al entorno en un corral de riñas. Inquinas y resquemores eran parte del paisaje. La traición, la crueldad, los muertos devenidos en semidioses, mártires o delincuentes, según la corriente o la necesidad política. Muy de cerca le tocó ver un alzamiento en que la represión y el castigo fueron utilizados como escarmiento, la Matanza de Saladas, en octubre de 1891, que culminó poco después cuando, con el fin de conciliar la paz, se decretó una amnistía. Por esos días Lega tenía 18 años, y supo de inmediato de qué manera el grupo político vencido pasaba de la amnistía al degüello. Y del degüello al mito. Al año de la matanza era sargento de policía, y pertenecía al Partido Colorado. Olegario fue parte de esa clase social marginada y pueblerina, de activos militantes políticos que se ganaban continuas persecuciones que terminaban llevándolos al pillaje, para sobrevivir. Tal vez porque se rebeló contra el vasallaje de los señores feudales de la zona, esa actitud desafiante y libertaria hizo que fuera considerado de un valor sin límite. Y, como sucedió con el Gauchito Gil y con Altamirano, todos piragües, es decir colorados, los estandartes, claveles, cintas y elementos de culto con que le rinden homenaje y se adornan los santuarios, son rojos. Por su filiación autonomista. Claro que también existen "santos celestes", del Partido Liberal, como Francisco José López en la zona de Esquina. Pero en el caso de Lega, era colorado y fue en uno de esos confusos episodios de comité cuando mató a un hombre. Poco después, en un duelo criollo, dio muerte a otro gaucho, a quien llamaban Poncho Café. Fue apresado en Curuzú Laurel, entre San Miguel y Loreto, enviado a los Tribunales de Corrientes y sentenciado a cadena perpetua. En la cárcel se relacionó con Aparicio Altamirano y con Adolfo Silva. Los tres se volvieron inseparables hasta que, un martes de carnaval de 1904, huyeron aprovechando una fuga masiva de presos. Al poco tiempo se les atribuía, entre otros delitos, el de asaltar una estancia, asesinar al propietario, su esposa e hijos, y colgar sus cabezas del alambrado. Y así continuaron sus días, en estado de rebeldía. Fueron épocas de corridas y dicen que de transmutaciones, a la sombra y al reparo de los quebrachales y de los pastos que bordean los esteros. Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní. Puede que no hayan sido pocas las veces en que se lo vio, convertido en un yaguareté que va olisqueando los alrededores en busca de la presa y con sed de venganza, mientras atraviesa el bosque húmedo y las palmeras de Yatay, en las cercanías de Saladas, Concepción, San Roque y Mburucyá, propiciando igual que siempre lo que está a su alcance para ayudar a la gente. En cuanto al amor, Lega tampoco se quedó corto con la leyenda y el romanticismo. Un atardecer, amparado por las sombras y el canto de los primeros pájaros nocturnos, dejó su caballo detrás de la casa de un tal Lafuente, oficial primero de policía, y como un yaguareté que ha tomado las mañas de su perseguidor, un cazador de aguada, esperó que el oficial vaciara la botella de ginebra y, sólo cuando notó que la autoridad se había dormido, Olegario sigilosamente fue al rescate de su novia, Ángela Alegre. La muchacha permanecía recluida desde que Lega escapó de la cárcel. La sola sonrisa y el beso de Ángela justificaron la imprudencia de acercarse de nuevo a Saladas, donde era buscado y fácilmente reconocible. Dicen que Ángela se quedó junto a él hasta el mismito momento, el 2 mayo de 1906, en que una partida policial terminó con la vida de Olegario Álvarez, y también con la de Adolfo Silva, en el paraje denominado Juru'i, en Rincón de Luna. Aparicio Altamirano pudo escapar y fue muerto en 1932. Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní. Leguita, con apenas 35 años fue acribillado a balazos por la Policía, que dio cuenta de su muerte con gran alarde. Como contrapartida, de inmediato Lega renació como mártir legendario y gaucho milagroso. La imaginación pueblerina fue dando fe de sus milagros. Los motivos para su devoción empiezan justamente ese día, porque cuando la Policía bajó el cadáver, atado al caballo, el cuerpo emitió unos quejidos, tal vez por el aire aún en los pulmones y expulsado, o tal vez porque así estaba escrito. Se dijo que aún estaba vivo. En el patio de la comisaría, sólo después del largo traslado de su cuerpo a lomo de caballo, le quitaron el Kurundu, un amuleto con forma de campana confeccionado por el abá payé (hechicero). Según cuenta la leyenda guaraní, gracias al payé y pese a haber sufrido heridas de gravedad en muchas ocasiones, Lega no moriría hasta que se lo quitaran. Él mismo, dicen, pidió a sus captores que se lo sacaran para poder morir en paz. Lo que no les dijo era en qué momento lanzaría su último aliento. Juan Moreira Fue un gaucho argentino, y un personaje histórico que ha sobrevivido en el folclore popular, adquiriendo su vida ribetes casi legendarios. Nació en el partido bonaerense de San José de Flores (hoy barrio porteño de Flores) y vivió desde niño en el de La Matanza. Su fecha de nacimiento es desconocida. Su vida estuvo llena de injusticias y se la ha considerado como representativa de las sufridas por el gaucho argentino, injusticias que lo llevarían a trabarse en combate numerosas veces y ser perseguido por la policía hasta hallar la muerte en abril de 1874 en Lobos. Juan Moreira murió el 30 de abril de 1874. Fue en Lobos, en el patio del burdel La Estrella. La partida policial estaba mandada por el capitán Pedro Berton y se lo sindica al sargento Andrés Chirino como el matador de Moreira. Chirino, cuando murió tenía 93 años (otra versión dice que falleció a los 101 años), era sanjuanino y después de jubilarse como policía federal tuvo que trabajar como portero del edificio de la Avenida de Mayo 733, de Buenos Aires. Lo que sigue es un reportaje que se le hizo poco antes de su muerte, en donde cuenta su versión de la muerte del mítico gaucho argentino: “Yo no lo ví, sino el día 30 de abril de 1874, como a la una y media de la tarde, que fue la hora en que lo matamos, pero lo tengo presente. Era un hombre de talla regular, pero muy fornido y bien plantado. De nariz fina, blanco, casi rosado, picado de viruela; de pelo castaño y usaba una larga pera, que ya tenía algunas canas. Ha de haber tenido unos 40 a 42 años, mas era ágil y de una fuerza muscular extraordinaria. Yo, que pertenecía a la policía de la Capital, andaba en comisión con una partida de doce hombres, a las órdenes del capitán don Pedro Berton. Hacía tres meses que recorríamos infructuosamente la campaña en busca de Moreira. Nos hallábamos en la estación de Lobos, cuando llegó apresuradamente el señor Francisco Bosch, entonces comandante militar y después general de la Nación, e informó al capitán Berton que Moreira y algunos de su banda se encontraban en el peringundín La Estrella, en la esquina de la plaza y que el juez de Paz, señor Casimiro Villamayor, había salido al campo a perseguir a los malevos. El capitán me dijo, que tomara seis de los mejores hombres y que lo siguiera. Pasamos por la casa del Juzgado y se nos incorporaron seis hombres más, al mando del teniente don Eulogio Varela. Nos encaminamos a la casa que, fue rodeada. Penetramos en ella, el comandante Bosch, el capitán Berton, el teniente Varela y yo, con dos vigilantes. Dos de los compañeros de Moreira que estaban levantados huyeron, los dejamos ir para no malograr el golpe. En la pieza que cuadra al patio, cuya puerta estaba entreabierta, yo vi a un hombre que dormía, teniendo sobre una silla al alcance de la mano, un cojinillo con dos trabucos, un puñal y una pistola. Me apoderé de las armas, lo desperté y lo entregué a los soldados sin que hiciera resistencia. Cuando lo saqué dijo el comandante Bosch: Ese no es Moreira, sino Julián Andrade. ¡Otro pájaro de cuenta! Era un mozo alto, delgado, bien vestido con ropas de gaucho lujoso y que se decía uno de los mejores peleadores del pago. Los soldados lo sacaron a la calle. El comandante Bosch, que lo estaba observando, viendo que miraba la puerta de enfrente, que estaba cerrada, exclamó golpeándola con el taco de su bota: -¡Aquí está el que buscamos! No tuvimos tiempo sino para hacernos a un lado, colocándonos en fila a lo largo del patio, viniendo a quedar yo detrás del brocal del pozo; el comandante Bosch en el recodo que formaba la pieza; los señores Berton y el Zapatero más hacia el zaguán. En eso, apareció Moreira con un trabuco en cada mano: -¡Aquí estoy…maulas…! ¿Qué quieren? -¡Ríndase Moreira a la policía de Buenos Aires…! A lo que respondió: ¡Aquí no hay más policía que yo…! Y antes que yo pudiera hacer fuego con mi fusil y el capitán Berton, armado con el de Zamudio, que había salido afuera atraído por un barullo promovido por Andrade que intentaba escapar, descargó sus trabucos y corrió hacia la tapia del fondo. Detrás de la cual habían quedado los caballos. El capitán Berton recibió un balazo que le quebró la muñeca derecha y el brazo izquierdo a la altura del hombro. Yo corrí en momentos en que se prendía a la tapia para saltarla y metiéndole la bayoneta medio de costado, lo clavé contra la pared. Era un hombre tremendo. Al sentirse herido sacó una pistola del cinto y por encima del hombro hizo fuego, entrándome la bala por el pómulo y dañándome el ojo. Entonces Moreira tomó con la derecha la daga que llevaba denuda entre los dientes, y me tiró un “hachazo” que me alcanzó en la cabeza y me cortó los cuatro dedos de la mano izquierda con que yo sostenía el fusil. Tuve que largarlo y cayó agonizante. Yo le pegué como pude… porque no hacía nada más que cumplir con mi deber. Zamudio, que era un paraguayito valiente, me dijo después que la agonía de Moreira no duró ni dos minutos y que el cuerpo tenía un pistoletazo en el costado dado por el comandante Bosch. A mí me votaron entonces una recompensa que recibí solo unos meses. El premio acordado para quien lo aprehendiera al matrero, que era de cuarenta mil pesos… ¡ni lo olí…!”

85
0
"
"¿Cómo ha creído Brasil que el general Urquiza ...?&
InfoporAnónimo8/8/2013

¿Cómo ha creído, pues, el Brasil que el general Urquiza será traidor? La respuesta sería fulminante. Agraviado como argentino y como jefe militar responde Urquiza el 20 de abril de 1849. Después de "hacer votos por la feliz terminación de la negociación, Lepredour", para lo cual estaría dispuesto a "dar uno de sus brazos"... "... si las miras del gobierno francés fueron ambiciosas y de conquista, ¡que prepare y vaya preparando sus francos y sus hombres, persuadido que la lucha será terrible!..." ... entra al objetivo de la carta. Lo indigna con estruendo la sola suposición del enemigo: "Crea Vd. que me ha sorprendido sobremanera que el gobierno brasilero, como lo asevera, haya dado orden a su encargado de Negocios en esa ciudad para averiguar si podía contar con mi neutralidad... Yo gobernador y capitán general de la Provincia de Entre Ríos, parte integrante de la Confederación Argentina, General en Jefe de su Ejército de Operaciones, que viese empeñada a ésta o a su aliada República Oriental en una guerra, en que por este medio se ventilasen cuestiones para ella de vida o muerte vitales a su existencia y soberanía, y que por consecuencia atañasen tan inmediatamente a la sección que mando. ¿Cómo cree pues, el Brasil, como lo ha imaginado por un momento, que permanecería frío e impasible espectador de esa contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra nacionalidad, o de sus más sagradas prerrogativas, sin traicionar a mi patria, sin romper los indisolubles compromisos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa mancha mis antecedentes?" "El gabinete imperial al expresarse así me ha inferido una grave ofensa suponiéndome capaz de faltar a mis santos y obligatorios deberes, olvidando que siempre los he llevado del modo que mejor posible me ha sido, y que así lo verificaré; y si se ha ofendido el mismo al juzgar tan desfavorablemente las acciones de otro gobierno, es -y puede deducirse probablemente- porque las de él no son buenas y que germinen en su corazón sentimientos bajos, innobles, aborrecibles, y que por ello ha inferido de los míos vilezas en que no he incurrido, ni jamás cometeré. De ello, pues, debe el Brasil estar cierto: estarlo también que el general Urquiza con 14 o 16 mil valiente entrerrianos y correntinos que tiene a sus órdenes sabrá, en el caso que ha indicado, lidiar en sus campos de batalla por los derechos de su Patria, y sacrificar, si necesario fuera, su persona, sus intereses, famas y cuanto posee". Cuando un poder extranjero nos provoque, se verá inmortal Urquiza al lado de Rosas (junio) El 20 de abril. Urquiza escribe la vibrante carta; en la misma fecha -18 y 20- su secretario Cabral se dirige a Cuyás haciéndole saber que, por orden del gobernador, debe mostrarla al "ministro brasilero". El 19 de mayo ha dispuesto la movilización del Ejército de Operaciones. Cuyas acusa recibo el 6 de mayo: "Hacen tres días que recibí la apreciable de V.E. del 20 del cote. (sic) y juntamente con ella las del Sr. Cabral del 18 y 20 del mismo de que me he impuesto literalmente..." "De la de V.E. no haré ahora el uso que el Sr. Cabral me indica, por temor de que comprometiera mi seguridad personal, derramando la sospecha de ser agente político de V.E., mas estaré a las miras de un momento oportuno para hacerla saber del Sr. encargado de Negocios del Brasil y demás personas influyentes en ésta, y entre tanto procuraré que se traduzcan y generalicen sus pensamientos y miras políticas, tan abundantemente patriótico". Si en 1850 le parecían a Cuyás patrióticos los pensamientos de la carta de Urquiza del 20 de abril, en 1888 (fecha de sus apuntes) decía que las risueñas "esperanzas se desvanecieron sin quedar más que desengaños y aumentos de desconfianza". Es comprensible que Cuyás no quisiera mostrar la carta de Urquiza a Pontes, para no dejar en evidencia la magnitud de la indiscreción de Herrera al usar el nombre del Imperio; no tienen explicación los motivos de "seguridad personal" aducidos, pues en Montevideo todos lo sabían agente de Urquiza y eso no lo le había traído molestias. Tal vez temía que el espionaje de Rosas en Río de Janeiro conociera sus gestiones si mostraba la carta a Pontes. Pero Urquiza quiere a toda costa que Pontes lea la carta. Para el encargado de Negocios y no para su agente se había gastado en adjetivos. La publica en el Federal Entre-Riano, de Paraná, el 6 de junio, callando el nombre del destinatario para no comprometer a Cuyás. La acompaña un editorial elocuente encargado tal vez a la pluma del Dr. Severo González, director del periódico: "Sepa el mundo todo, que cuando un poder extranjero nos provoque, esa será la circunstancia indefectible en que se verá al inmortal general Urquiza, al lado de su honorable compañero el Gran Rosas, ser el primero que con su noble espada vengue a la América... El general Urquiza ningún motivo tiene para desligarse de la amistad que lo une al inmortal Rosas". Deixemos-le é esperemos (julio) Valentín Alsina se había estusiasmado mucho con una posible conversión de Urquiza a la causa de la libertad. Después de su informee a Lamas de 18-11-49 sobre la necesidad para Brasil de "tantear a Urquiza", ha supuesto que se estaba en ello, pues solamente con el pronunciamiento del jefe del Ejército de Operaciones el Imperio podría arriesgarse a una actitud complaciente con las californias y con las correrías de los paraguayos. Pero ni Lamas, ni Herrera, saben nada; y Pontes está impenetrable. De allí que un informe del corresponsal recibido a mediados de mayo lo hubiera sorprendido con agrado: Brasil está en contacto con Urquiza, aunque Rosas lo conoce por su servicio de espionaje en Río de Janeiro. La información era falsa, pero al recibirla se creyó la obligación de escribir a Lamas (21 de mayo): "Con igual reserva (y esto también lo digo al Sr. H.) digo a Vd. que debe advertir al Sr. Paulino que se precava por Dios. Juzgue Vd. por este pasaje (del corresponsal) que me ha sorprendido, pues contiene la indirecta y revelación de un secreto que ignorábamos". "Casi puedo asegurar a Vd., aunque no con completa certeza, que muy adentro del gabinete brasilero tiene este hombre (Rosas) espías que le comunican todo. Todos los manejos que aquel gobierno tiene con Urquiza los sabe este hombre. Sus espías se entienden directamente con él, pues Guido no tiene ingerencia en esto." "Esto es serio. Cuando al secreto que aparece revelado sobre negociaciones con U., puede Vd. dar al Sr. Paulino la seguridad de la completa reserva de nuestra parte. Añádale que tengo un amigo, y de Urquiza, cercano a éste y de mi confianza. Voy a escribirle que avise a U. que Rosas sabe esto, pues puede importar que él lo sepa, pero sin decirle que lo sabe por tales espías." No había tales contactos; eran exclusivas suposiciones "no con completa certeza" del corresponsal. Si éste era un agente de Rosas -como lo supongo con verosimilitud-, su objeto era el de averiguar si Brasil andaba en contactos con el general del Ejército de Operaciones en momento de disponerse la movilización de su ejército contra el Paraguay. Una precaución elemental con quien ya había andado en malos pasos. No había nada, y Madero pudo asegurárselo tiempo después al corresponsal; "Urquiza no quiere saber nada con brasileros". A Alsina, antes de la respuesta de Lamas, le llegó el Federal Entre-Riano del 6 de junio con la "patriótica" carta de Urquiza. El iracundo unitario se desahogó con Cuyás, como cuenta este en sus apuntes: "Urquiza era el mismo de siempre que hacía alimentar ilusiones y después daba marcha atrás; con un hombre así no se podía saber a qué atenerse". "No quedaron más que desengaños y aumentos de desconfianzas", escribe el catalán en su libro. Mayor desagrado fue el de Pontes. La indiscreción del "agente de Urquiza" o del imaginativo Herrera dejaba a su país -y a él- en incómoda situación. Redacta un formal desmentido. Lo eleva en consulta a Paulino con una carta explicativa de su conducta; de Urquiza había hablado tan sólo con dos personas: Pedro Ferreyra, "homem do mais sagrado que na realidade é", y Herrera, cuya "frondosa imaginación" pudo "intender que a minha opiniao individual se poderia traduzir por opiniao do Governo Imperial". Supone, con acierto, a este último el vehículo de la pregunta al agente de Urquiza; el nombre de Cuyás aparece por primera vez en la correspondencia diplomática brasileña: "Aquí ha um conhecido agente de Urquiza. E´um Hespanhol de asome F. Cuyás que certamente nao e um Cujaccio. Costuma ver com frecuencia a D.M. Herrera. E´ a este Cuyás parece ter sido escrita a carta de Urquiza". Paulino le dará una magnífica lección de habilidad diplomática. Debería Pontes pasar por alto la carta de Urquiza, no obstante sus injurias al gobierno imperial: "Nao me parece político occuparmo-nos de Urquiza, nem para dizer de elle bem, ne mal. Si diseermos bem, por-lo-hemos na necessidade de praticar actos de dedicaçao a Rosas que com elles ganha. Si dissermos mal, irritaremos um homem do qual, em tempo competente, haveremos de precisar, e que em tempo competente, pode aludarnos, Deixemos-lo e esperemos..." Con eso Paulino acababa de ganar la guerra. De Urquiza he recibido una visita muy expresiva (septiembre) Después de la desilusión de abril, las menciones al general argentino desaparecen de la correspondencia de Herrera; tampoco se las encuentra en la de Pontes. Hasta la inminencia de la ruptura. El 14 de septiembre, Herrera escribe a Lamas: "De Urquiza he recibido una visita muy expresiva (sub. orig.). No tengo perdidas mis antiguas esperanzas". La visita no es Cuyás, sino el oriental Manuel N. Núñez, emplado de Urquiza en el corretaje de carnes. Lo que llevó y trajo en septiembre no se sabe; pero sí dos meses después. Vuelve Muñoz a Montevideo el 18 de noviembre y redacta a Herrera un informe escrito con fecha 21 de noviembre: "S.E. (Urquiza) no oculta el odio que tiene a Rosas, cuya conducta desaprueba en muchas cosas... pero al mismo tiempo declara altamente que en caso de una invasión extranjera, especialmente brasilera, combinará sus fuerzas con las de las demás provincias de la República para repeler cualquier agresión". No era esto, no, lo que se esperaba en Montevideo y en Río de Janeiro de Urquiza. Fuente: "La caída de Rosas", de Jose María Rosa

22
0
A
Asesinato del Gral. Lavalle, cuando huía a Bolivia
InfoporAnónimo8/9/2013

Muerte del Gral. Lavalle Agosto y septiembre: grandes triunfos de los ejércitos de Rosas. El general Mariano Acha es derrotado en San Juan por el gobernador de esta provincia y fusilado. Acha, el que traicionó y entregó a Dorrego, merece la muerte. El 19 de septiembre es vencido Lavalle por Oribe, en Famaillá. El 24, Ángel Pacheco aniquila al ejército de Lamadrid en el Rodeo del Medio, en Mendoza. En los mismos días en que Acha es fusilado, Lamadrid cruza los Andes, y Lavalle, con un grupito de fieles, huye hacia el norte. Mariano Acha En Tucumán un oficial de Lavalle se pasa al enemigo y le entrega a Oribe presos a tres generales de Ejército Libertador, después de haber muerto a otros tres. También cae el gobernador de Tucumán, Marco Avellaneda, instigador de la Coalición del Norte. Oribe lo manda a fusilar y poner su cabeza en una pica, en la plaza de Tucumán. No quedan vivos sino Lavalle y el ex gobernador de Catamarca, José Cubas. Lavalle se encuentra en Jujuy, resuelto a refugiarse en Bolivia. Está holgándose con una muchacha salteña cuando golpean a la puerta. Levántase del lecho y acude a los llamados. La partida que lo persigue hace fuego por el ojo de la cerradura y Juan Lavalle cae mortalmente herido. José Cubas A Cubas lo toma preso Mariano Maza en un lugar de la montaña. Lo hace ejecutar, junto con sus ministros, y colgar su cabeza en un palo, en la plaza de Catamarca. ¡Tremendo el escarmiento que hace Maza! Ya había anunciado que en Catamarca habría “violín y violón”, es decir, degüellos. El 4 de noviembre informa: “Veinte entre jefes y oficiales salvajes han sido ejecutados”. La fuerza de Cubas, “de este salvaje unitario tenaz pasaba de seiscientos hombres, y todos han concluido, pues así prometí pasarlos a cuchillo”. Explicación de las violencias Estas cabezas clavadas en las plazas, como la de Castelli en Dolores, infunde hoy horror. Pero son cosas de los tiempos. Veintidós años más tarde, los generales sirven al ejército nacional, en plena época “civilizada”, y dirigidos por Sarmiento, fusilan al general Peñaloza, el Chacho, y cuelgan su cabeza en Olta, su pueblo. Y Sarmiento aplaude: “sin cortarle la cabeza a aquél inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían convencido, en meses, de su muerte”. Tampoco debe asombrar las ejecuciones de prisioneros en las provincias. Ni hay cárceles ni es posible recorrer centenares de leguas con prisioneros a cuestas, teniendo que alimentarlos y exponiéndose a que se subleven. Recordemos lo de Bonaparte en San Juan de Acre. Y ni siquiera es Rosas el autor de esas violencias. Son sus generales, a quienes él no puede reprochar lo que todo el Partido Federal aprueba. Tampoco hizo Maza degollar a los seiscientos de Cubas. Se ha combatido en Catamarca durante dos horas y la mayoría de esas víctimas han caído combatiendo. El exagerar la ferocidad es entonces un recurso político. Por otra parte, esos fusilamientos son represalias. Fusílase a Acha porque entregó a Dorrego; a Avellaneda, porque se le cree culpable del asesinato de Heredia; a Cubas, por ser uno de los que han originado esta guerra civil, esta tremenda mortandad, y por haber traicionado a la Federación y a la causa de la independencia americana. Todos son culpables, federales y unitarios. Avellaneda, el mejor de los unitarios, había escrito a Augier, gobernador de Catamarca: “echa contribuciones, y, si no las pagan, haz rodar cabezas”. Y los coroneles Boedo y Pereda fueron víctimas suyas. La muerte de Lavalle provoca regocijo en Buenos Aires. Iluminaciones, músicas, cohetes y gritos. Créese que va a terminar la guerra. Rosas dirige a los jefes de los acantonamientos “sus más íntimas congratulaciones por la muerte que Dios Nuestro Señor ha dado al salvaje unitario Juan Lavalle, en justo castigo de sus enormes delitos”. Rosas recibe felicitaciones de todos los gobernadores, de los funcionarios, de los jefes, del obispo de San Juan. Adeodato de Gondra, hombre culto, ministro de Santiago del Estero, le manda a Rosas “el más dulce abrazo”. Y la Sala, en un nuevo gesto de servilismo, quiere declarar fiesta cívica su cumpleaños, lo que él no acepta. Entre las felicitaciones recibidas por Rosas, ninguna más reveladora de su poder así como del servilismo de los otros, que la del obispo de San Juan. El prelado, que acaba de ser designado gobernador provisorio de San Juan, se dirige a don Juan Manuel en ese carácter con palabras violentísimas contra los unitarios. Rosas le contesta, no se sabe si irónicamente o convencido de ser verdad lo que dice, que sus sentimientos son dignos de un prelado evangélico. Agrega: “Descargando V.S.I. un anatema justo contra los salvajes unitarios, impíos enemigos de Dios y de los hombres, ofrece un lucido ejemplo eminente. Resalta la verdadera caridad cristiana que, enérgica y sublime por el bien de los pueblos, desea el exterminio de un banco sacrílego, feroz, bárbaro…” Manuel Gálvez

5
0
C
Carmen Funes, "La Pasto Verde" (José Larralde)
InfoporAnónimo8/7/2013

Carmen Funes, "La Pasto Verde" Cantinera de las fuerzas nacionales que llevaron a cabo la conquista del desierto y poblaron los confines del país. Acompañó a su marido en la guerra del Paraguay y después se sumó a las columnas que arrojaron a los indios de sus posesiones. Participó en las fundaciones de Carhué, Puán y Trenque Lauquen, fortines que darían origen a nuevas poblaciones. Se estableció en Neuquén, adonde la llevara la campaña del general Julio A.Roca, y allí murió en 1917. Sus cenizas reposan en Plaza Huincul. Las mujeres como ella fueron retratadas por escritores que reconstruyeron la epopeya del desierto, en reconocimiento por su labor abnegada, pero "La Pasto Verde", apodo con que era conocida, fue objeto de un especial homenaje, que puntualiza cuánto de sacrificadas tuvieron esas vidas; a fines de 1965 las autoridades, instituciones y pueblo de Neuquén se congregaron junto a un monolito y descubrieron una placa recordatoria de la humilde mujer que representa a todas las cantineras, fortineras y también soldados femeninos de la conquista del desierto".El monolito se encuentra a la vera de la Ruta 22, donde también existe ahora su museo. Allí élla atendía una pulpería en el medio de una de las rutas de entonces, y allí fue conocida por mucha gente, por su hermosura, por su alegría y por su atención, y también por sus ansias de ayudar a quien lo necesitara. El apodo de "La Pasto Verde" en realidad, es un halagador cumplido, y bastante excepcional. Las mujeres en la milicia que acompañaban a las tropas recibían apodos, siempre ingeniosos pero generalmente despectivos. La Pasto Verde, posee una connotación fuertemente placentera. A los ojos de un paisano de aquellos tiempos y lugares, es todo un homenaje admirado, desde la mentalidad de un criollo que siempre tiene conciencia de la escasez de comida fresca y agua para sí y los animales. Era una mujer vigorosa, ágil, servicial y alegre, decidora cordial y afable , la "fortinera" era un paso obligado a quien tanto la historia como los pobladores recuerdan con cariño y respeto con el nombre de "La Pasto Verde" por su belleza juvenil y así calificada por los parroquianos de la época. Falleció en Plaza Huincul en 1917. link: http://www.youtube.com/watch?v=riubr1Im524 "La Pasto Verde", José Larralde Aguada, de los recuerdos lejanos tapera de un dulce ayer, tiempo de la pasto verde zamba del coraje hecho mujer, Brava gaucha en los fortines sureños bella flor del jarillal, mil soldados te quisieron pero la tierra te quiso más, sobre la reja, entre las piedras donde duerme tu voz mi guitarra lloró sola este zambita por las noches quiere darte luz, porque le duele que digas que el criollo neuquino te olvidó. Quién te llamó pasto verde fresquita tal vez tu aroma sintió, poema de los desiertos versos de un coplero que pasó, Tal vez hablen de tus años de moza la guada, el grillo, el zampa, años de danza y romance sangre que secó el viento al pasar.

10
3
R
Renuncia de Juárez Celman, asume Pellegrini (7/8/1890)
InfoporAnónimo8/7/2013

La Revolución del 90 En la Argentina de los Bancos oficiales al borde de la quiebra, la moneda depreciada, huelgas crecientes, sus trabajadores con salarios miserables y en la perspectiva de suspender los pagos de la deuda externa, Mitre es reincorporado al generalato que perdiera en su alzamiento de 1874, por el presidente Juárez Celman. Don Bartolomé agradece la medida y se marcha a Europa. El ministro Quirno Costa apunta: "Ahora creo en la revolución". Miguel Ángel Juárez Celman Esta se produce en la madrugada del 26 de julio, con la sublevación de 6 regimientos, el Colegio Militar, la Escuela de Cabos y Sargentos, y la casi totalidad de la Escuadra. Alem es su jefe político. El general Manuel Campos su comandante militar. En esos nombres estará el fracaso del movimiento. Leandro Nicéforo Alem Ni el idealismo de don Leandro ni la condición mitrista del general Campos, entrevistado días antes al estallido por Roca en conferencia privada, permitirán el éxito de una revolución que sólo se da en los hechos por inevitable. Los principales combates se sudecen en torno al Parque de Artillería rodeado por tropas del nuevo ministro de Guerra, general Nicolás Levalle, mientras refuerzos gubernamentales vienen desde el interior organizados por Juárez Celman que está en Rosario. El general Roca se instala en la Casa de gobierno manteniendo contacto telegráfico con unidades leales. Hay cantones sueltos de cívicos con boinas blancas tiroteándose en algunos puntos de la ciudad. La escuadra bombardea tibiamente hacia el Retiro y la Plaza de Mayo, en el amanecer del 27. Se establece una tregua para enterrar muertos y atender heridos. Será el comienzo de la derrota revolucionaria. El general Campos anuncia estar falto de municiones para seguir operando, pese a que el coronel Espina y el mayor Day sostengan que sobran proyectiles en los 120 cañones Krupp y 40 ametralladoras Nordenfeld y Gatling con que cuentan. Hipólito Yrigoyen propone continuar la lucha retirándose hacia el interior de la provincia, en espera de la actitud que asuma el país y actuar en consecuencia, municionándose en Montevideo de ser necesario. Miles de muertos y heridos quedan jugados en un armisticio que se firma al cabo en la mañana del 29. Difícil desmontar la maquinaria de un régimen que cuenta con tantos favorecidos, ubicados en distintas posiciones, algunas circunstancialmente antagónicas por razones estratégicas y ambición, de no contar con objetivos claros y dirigentes plenamente identificados con ellos. Parque de Artillería En la revolución del 90 -"Un huracán para purificar la atmósfera que nos asfixiaba", al decir de Alem - todos vinieron enancados. De ahí su fracaso. Sin embargo el régimen está tocado. La fallida revolución de los cívicos abre el camino para otros hombres y del proceso que en veinte años más permitirá por primera vez el acceso popular al gobierno. Abandonado por todos, Juárez Celman renuncia en agosto. El 7 lo reemplaza Pellegrini, entre fervorosas manifestaciones que hasta invaden la Casa Rosada. "Ya se fue, ya se fue, el burrito cordobés", canta en la calle el estribillo ensañado con la víctima ocasional. Carta de Alem al producirse el fracaso de la revolución: Comunicación al Comité de Mendoza Buenos Aires, agosto 12 de 1890 Al señor presidente del Club Unión Cívica de Mendoza, doctor Agustín Álvarez Estimado compatriota: (…) Nuestro país pasa en estos momentos por una prueba difícil, de la cual puede salir triunfante aplastando para siempre la opresión brutal y practicando desde luego el gobierno propio y descentralizado, que nuestra carta fundamental establece, o si los desfallecimientos anteriores continuasen, seguir vegetando bajo el yugo afrentoso del poder personal que imponía el gobierno caído, ejercitado por cualquier otra personalidad. El momento de expectativa y esperanza ha llegado, después de una sacudida terrible de nuestra capital, organizada por la Unión Cívica, que cansada de sufrir mentiras, claudicaciones y rapacidades, estalló airada el 26 de julio, en consorcio con gran parte del Ejército y la Armada, poniendo a un dedo del abismo el gobierno impopular que existía. La fuerza de la revolución fue tan poderosa, que después de una capitulación, cuyas causas son conocidas y que sólo debía ser una breve tregua, el ensordecido jefe del unicato cayó estrepitosamente del mando en medio del regocijo general. Aún cuando se haya derribado un presidente, la máquina opresiva y corruptora del oficialismo ha quedado armada en las provincias, y es la energía del pueblo la que debe desmontarla ahora pieza por pieza. El pueblo de las provincias debe apresurarse a reconquistar sus derechos políticos y su libertad civil también desconocida, convencido que no tiene más salvaguardia que sus propios esfuerzos. No tengo la menor duda de que el comité que presido prestará eficaz ayuda a todos en esta obra de redención, que exige la destrucción del inmoral mecanismo, que nos ha hecho retroceder moral y políticamente un cuarto de siglo. La renuncia del doctor Juárez ha traído al poder al vicepresidente, que ha prometido honradez administrativa, libertad de sufragio e imperio de la Constitución, compartiendo las tareas del gobierno entre sostenedores del régimen caído y representantes de la opinión pública. Recién se ha inaugurado la nueva presidencia y hasta ahora sólo tenemos promesas de reparación, que necesitan ser confirmadas por los hechos. Pero cualquiera que sea la marcha del nuevo gobierno, el pueblo debe entender que su destino depende de sus propios esfuerzos, y que su salvación sólo podrá alcanzarla organizándose rápida y vigorosamente para aconsejar y alentar a los buenos gobernantes, o para obligar a los malos a que respeten la ley y se sometan a los fallos de la opinión pública. El pueblo tiene hoy la conciencia de su poder y de su dignidad, y se apresta con viril energía a impedir que se repitan las vergüenzas del pasado. Ocupa el foro y de allí no será desalojado, ni por la fuerza, porque es dueño de sus derechos, ni por la corrupción bizantina, porque la bandera de la Unión Cívica es la ley y la virtud, la justicia y la moralidad. Esto que ha conseguido el pueblo de la capital en pocos meses de trabajos políticos, deben también realizarlo las provincias, y ya varios estados comienzan a organizar comités de la Unión Cívica en todos los centros poblados. La república sabe que el nuevo partido ha inscripto en su bandera de principios la honradez administrativa, la libertad de sufragio, el régimen municipal, la autonomía de las provincias y el castigo del fraude electoral y de las malversaciones del tesoro público. Este programa amplísimo, progresista e impregnado de un espíritu esencialmente nacional, lejos de lesionar los derechos e intereses de ninguna provincia, hará la felicidad de todas, puesto que se propone realizar las más adelantadas conquistas del derecho político. En breve la Junta Ejecutiva de la Unión Cívica sancionará su estatuto imitando el que rige los grandes partidos de Norteamérica. Allí se reglamentará la mejor forma de reorganización cívica, para garantizar la genuina y honrada representación del pueblo en las funciones gubernativas. Mientras tanto urge que los ciudadanos independientes de todas las provincias, organicen centros políticos que secunden la acción de este comité con la bandera impersonal y regeneradora del nuevo partido que se propone extirpar todos los vicios y los escándalos, haciendo imperar en su lugar la Constitución, la probidad y la justicia. Es necesario que todos se convenzan de esta verdad: que el pueblo es el único artífice de su destino. La libertad necesita ser conquistada y conservada por la conducta digna y perseverante del mismo pueblo, y si éste en vez de merecer o exigir con entereza gobiernos libres y honrados, se presta dócilmente a la explotación de círculos menguados o de sus gestiones personales, siempre peligrosas, tendrán el gobierno creado por su inepcia y por su cobardía; es decir, tendrán el gobierno que merezca su propia indignidad. La aurora de un nuevo día nos alumbra, se ha dicho con entusiasmo en presencia de la nueva situación creada por los últimos acontecimientos; pero también es cierto que la aurora no es más que un momento: el despertar del día, correspondiendo al pueblo argentino más que a sus gobernantes, velar porque esa luz de esperanzas continúe iluminando con nítidas claridades el cielo de nuestra patria, e impidiendo enérgicamente que nuevos nubarrones la obscurezcan. La Unión Cívica entra decidida y activamente a la organización del pueblo bajo su bandera regeneradora en toda la república y espera que sus esfuerzos no serán estériles porque ha llegado la hora de la reacción suprema, y se trata del bien de todas las provincias, de la nación entera. (…) Leandro N. Alem Carlos Pellegrini: economía de emergencia Carlos Pellegrini tiene 43 años, es abogado, fue combatiente del Paraguay, fundador del Jockey Club; alto, elegante, grandes fortunas, buen predicante entre las damas, fina inteligencia. Es hijo del ingeniero Carlos Enrique, traído al país por Rivadavia en 1827, donde pintó paisajes y hombres argentinos en más de 800 obras. Carlos Pellegrini Surge un gabinete de coalición nacional: Roca (Interior), Eduardo Costa (Cancillería), Jose María Gutiérrez (Justicia), Vicente López (Hacienda) y General Levalle (Guerra y Marina). Para enfrentar la crisis económica de la República, el nuevo Presidente elabora un plan junto a su ministro de Hacienda y ex revolucionario del Parque, Vicente López: - Reducción al 60% de las emisiones dispuestas por Juárez Celman, con cuyos fondos se para la quiebra de los Bancos Hipotecario y Nacional. - Créase la Caja de Conversión, a fin de liquidar la deuda pública. - La importación suntuaria es gravada en un 60%, rebajándose o suspendiendo aforos sobre materiales críticos para el país. - Se obliga a los Bancos garantidos a convertir sus emisiones, que desde 1885 son de curso forzoso o inconvertible. - Quedan anuladas todas las concesiones de obras públicas cuyos adjudicadores estén en falta, según contrato. Medidas de emergencia, sin tiempo para otras de fondo que la nación reclama. Con objeto de cumplir obligaciones exteriores, la panacea ritual: un nuevo empréstito. Para gestionarlo es enviado a Londres el doctor Victorino de la Plaza. Veinte millones oro. Cuando el emisario llega a la capital del imperio se encuentra con la quiera de la Banca Baring, arrastrada por el crac argentino. Un acuerdo entre la Corona, el Banco de Inglaterra y el gobierno nacional salva a los accionistas de Baring, en otro fiado que suscribe la República por ley del 23 de enero de 1891. Banco de Inglaterra, Londres En concepto de deudas exteriores, fondos públicos, inversiones extranjeras, etc., la Argentina debe pagar casi 20 millones de pesos al año. Entre 1870 y 1890, el déficit de la Balanza de Pagos suma 68.951.000 libras que ha venido cubriendo el trabajo nacional con amortizaciones de reiterados préstamos extranjeros. Viejos errores La situación se agrava en marzo ante la escasez de oro, enviado a Londres por el reciente acuerdo, que se cotiza en Buenos Aires a 344 pesos, empobreciendo cada vez más nuestra moneda. La falta de circulante, el derrumbe de la Bolsa, los bajos salarios y las huelgas, la desocupación y las quiebras, entenebrecen el panorama. La deuda pública que era de 62 pesos por habitante en 1870, está ahora en 250, con una población duplicada. Pellegrini convoca a las fuerzas vivas del país para hallar salida. Se resuelve lanzar un empréstito interno. Aristóbulo del Valle pone nombre a las cosas: "Esta no es una mera cuestión monetaria, señor Presidente; es una cuestión política, social y económica. Es necesario cambiar el sistema, todo lo que se relaciona con este gobierno que anda por distintos lugares que el pueblo... Hay desconfianza porque hay pueblos oprimidos y robados!". Aristóbulo del Valle Pellegrini está de acuerdo, pero aclara que "lo que hoy sucede es el producto de los errores cometidos hace treinta años", atribuyendo responsabilidades a todos los hombres que desde entonces manejaron al país. -Jorge Perrone, "Historia Argentina", Tomo II - José M. Mendía- Luis O. Naón, "Revolución del 90" - Manuel Gálvez, "Vida de don Hipólito Yrigoyen", segunda edición

13
6
L
La Mazorca. Rosas nombrado gobernador, renuncias
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/9/2013

Fundación de la Sociedad Popular Restauradora Por esos meses de mediados de 1834 se ha producido un acontecimiento al parecer poco importante, pero que tendrá después la más grande trascendencia en la historia de Rosas; ha sido creada la Sociedad Popular Restauradora, la famosa Mazorca, a la que los unitarios considerarán como una asociación de malhechores. Ni una palabra dicen los diarios, que en esa época raramente dan noticias. Sólo en el aniversario del movimiento de octubre, “La Gaceta” la mencionará como una “columna firme del orden y de la libertad”, fundada en “celebridad” de ese movimiento. La Sociedad Popular Restauradora es, en sus comienzos, una reunión de más o menos cuarenta federales, todos fieles de Rosas y en su mayoría jóvenes. Pertenecen principalmente a la clase media. Más tarde ingresarán en ella ciudadanos de la más elevada posición, ex ministros, abogados, estancieros, que figurarán como elemento decorativo. La Sociedad no es sólo práctica, pues ayuda a sus miembros necesitados. Un médico, al ser repuesto en la policía agradece a la Sociedad Popular Restauradora por la generosidad con que lo atendiera mientras estuvo sin ejercer su empleo. Su fin principal es mantener la unión y el fervor entre los federales. Más tarde, cuando gobierne Rosas, ayudarán a las autoridades policiales contra la anarquía y el desorden. ¿Por qué la llaman la Mazorca? Este nombre, símbolo de apretada unión, lo hace circular Tiburcio Ochoteco, un joven que ha conocido en Cádiz, en 1822, una sociedad análoga y así llamada. Algunos miembros de la sociedad molestan a ciertos unitarios y cismáticos, en aquellas vísperas del nuevo advenimiento de Rosas, introduciéndoles en los pantalones, por la parte trasera, una mazorca de maíz; y mientras la víctima, en ridículo, corre a quitársela, los “mazorqueros” estallan en risotadas. La Mazorca tiene algo en común con los actuales “guardias de asalto”, que, en diversos países de Europa –en la España republicana como en la Alemania de Hitler- han perseguido o persiguen a sus enemigos; y el marlo en el trasero es un precursor del manganello y el aceite de castor de los fascistas italianos. Por ahora, que sólo utiliza el marlo, y durante los cuatros años que siguen, la Mazorca se conduce o se conducirá moderadamente. Rosas, ya en su estancia El Pino, es nombrado gobernador y renuncia Rosas llega a San Martín, en su estancia El Pino, distante tres leguas de Buenos Aires, seis días después de la renuncia de Viamonte. Allí se reúne con su mujer y sus hijos, después de un año y tres meses de separación. Y se encuentra con Quiroga que, desde su arribo, seis meses atrás, está ansioso por entrevistarse con él, pues quiere pedirle ayuda militar para el gobierno de San Luis. Acaso, también, Quiroga ha deseado explicarse por cierta revolución realizada contra el gobierno de Córdoba de José Vicente Reynafé, por el jefe y algunas tropas del Ejército del Centro, que han estado bajo sus órdenes directas. Esa revuelta ha sido la causa de que la División del centro no continuara sus operaciones comenzadas con el mayor éxito, contra los indios ranqueles. Juan Manuel ha experimentado una muy grande alegría por estar de nuevo junto a Encarnación. Escríbele a Pacheco: “Estoy en el retiro, al lado de mi compañera, pero sin poder aún disfrutar de la libertad y salud que tanto busco”. Sus cartas le han mostrado cómo ella, después de veintiún años de matrimonio, lo sigue amando. Ha de recordar algunas palabras: “Juan Manuel mío…” Y ha de recordar, sobre todo, cuanto ella ha hecho, con tanta inteligencia y habilidad, en favor de su renombre y de su política. Sólo Encarnación lo ha adivinado y sólo ella, la Heroína de la Federación, como la llaman, ha sabido poner en práctica los medios convenientes para triunfar. ¡Si habrán hablado de los sucesos transcurridos! Encarnación le habrá precisado la situación de cada cual, le habrá referido mil detalles del movimiento de octubre. Y le habrá hablado del general Quiroga que ha comprado una buena casa para traer a su familia y que está dedicado al juego y, según dicen, a las mujeres. Y no menos contento habrá tenido Juan Manuel al ver a sus hijos, principalmente a Manuelita, que tiene ya diecisiete años. No ha crecido en belleza la niña, pero si en gracias. Sus modos son más suaves, más llenos de encanto que nunca. Sólo que está un poco triste, allá en la soledad de la estancia. Una amiga la ha acompañado un tiempo. Pero desde que su amiga se ha marchado, desde esa “cruel separación”, como se lo dice en una carta, no tiene “gusto para nada”. Allí, en San Martín, Rosas tiene noticias de que se lo va a designar gobernador. Lo anuncian los diarios. Sus fieles –si alguno ha logrado verlo- tienen que habérselo referido. El, que asegura estar resuelto a retirarse de la política, nada hace, que sepamos, para evitarlo. Acaso cree que sería inútil oponerse. Sus partidarios no quieren ser gobernados sino por él, porque lo creen el único capaz de mandar esos momentos y el único que puede dominar a los unitarios. Y así ocurre: la Sala, invocando “su grandeza de alma tan probada”, lo elige gobernador el 29 de ese mes de junio. Rosas está en San Pedro. Acaso ha ido allí por evitar encontrarse con sus amigos, por eludir compromisos. En la elección unánime –su hermano, su cuñado y su socio dieron, por delicadeza, sus votos a Anchorena- él ha sentido cómo es de sólido su poder. Nacido para mandar, convencido de que sólo él puede mandar en estos días de inquietudes, lo ha de haber asaltado la tentación del sí. Pero no. En las terribles circunstancias actuales, con la amenaza europea y la amenaza unitaria, después de la honda crisis pasada, él jamás aceptará el gobierno débil que le ofrecen. Acaso también teme desprestigiarse en el mando y perder el enorme poder moral que hoy tiene, y que es necesario para salvar al país cuando el momento llegue. Y lo rechaza el 4 de julio, desde San Pedro, con los pretextos de la inmoralidad de los enemigos; de la espantosa brecha abierta en la causa nacional de la Federación; del estado de espíritu de los buenos argentinos, que ahora se dejan engañar; y de que necesita descanso. Renuncias sucesivas Consternación. En la Sala se pronuncian discursos patéticos. Se rechaza la renuncia y se nombra una comisión para que lo entreviste. “Todos los obstáculos –afirma La Gaceta- cederán ante el inmenso poder moral de ese ciudadano extraordinario”. El Imparcial, conciliador y enemigo de las facultades extraordinarias, dice: “Si él nos llegara a faltar, ¿cuál sería la suerte de Buenos Aires? ¡La anarquía más espantosa o la más terrible esclavitud!” Y agrega en su ingenuo liberalismo: “Aprovechemos, pues, los precisos instantes de la vida de don Juan Manuel de Rosas para adquirir lo que no tenemos: que él nos dé la libertad, que él nos dé la garantía de nuestros derechos en una constitución republicana: que él nos enseñe a amar a nuestros hermanos, dando la señal del perpetuo olvido de lo pasado”. La comisión lo encuentra en San José de Flores, en la quinta de sus compadre y socio Juan Nepomuceno Terrero, en donde, por no querer venir a la ciudad, pasarán una temporada. Todo inútil. Él insiste y entrega su segunda renuncia. La Sala no la admite, por unanimidad. Se redacta una comunicación a Rosas. Uno de sus fieles declara, acaso imprudentemente, que Rosas dijo a la comisión que si en otra época habían sido saludables y necesarias las facultades extraordinarias, hoy serían altamente funestas. Rosas reitera su excusación. No teme los sacrificios, sino el “inutilizarse para la defensa, orden y seguridad de su Patria”. Ofrece sus servicios para el caso en que los enemigos perturben el orden. La Sala le envía una nueva nota con su decisión irrevocable, en la que le advierte su responsabilidad si insiste “en contrariar el voto universal de sus conciudadanos”. Ya estamos a 24 de julio y no se ha avanzado un solo paso. La Sala se reúne nuevamente. Se lee unos apuntes unos apuntes de las declaraciones hechas por Rosas a la comisión. Ha dicho que la Sala no robusteció al Ejecutivo y que las facultades extraordinarias, consideradas como odiosas, han llegado a ser inútiles; que para soldar a los federales y vencer las empresas de los unitarios él no tiene esperanzas de éxito ni salud suficiente; que acaso no encontraría hombres que quisieran acompañarlo, y, de encontrarlos, no podría garantizarles que, al final de su administración, no serían perseguidos con el mismo furor que antes; que carecería de medios para reprimir la anarquía, pues los ordinarios son insuficientes y los extraordinarios están inutilizados; y que él no será un obstáculo a quien acepte el gobierno, para lo cual ofrece abandonar la provincia, aunque eso sí, sólo se irá en el caso de que se lo ordene la Sala. Este pormenor, y las razones que da para no aceptar el gobierno, hacen pensar que Rosas se está burlando de sus amigos, que se está vengando de anteriores actitudes erradas o indecisas y que se complace en asustarlos con la enumeración de los enormes peligros –que son reales, sin duda- y la imposibilidad de evitarlos. En otra sesión se lee la cuarta renuncia del 28 de julio; no se le puede obligar a tomar sobre sí responsabilidad tan enorme, “sin embargo de estar persuadido de que se hallan inutilizado todos los medios necesarios para obrar con rapidez y energía que demandan la gravedad e inminencia de los males a que por momentos está expuesto el país”. En unos días de julio, después de su tercera renuncia, Rosas le escribe a Corvalán una carta de gran valor psicológico y que creo inédita. Parece que los federales arden contra unos pocos íntimos de Rosas –los Anchorena, Maza, Arana, Terrero y algún otro-, que en la Sala han acabado de opinar, acaso de acuerdo con él, que no conviene su ascenso al poder en estos momentos. Rosas le dice a su edecán lo que debe aconsejar confidencialmente a los federales. Quiere que la barra no falte el respeto a la Sala ni a la libertad de opinión de los representantes ni al “crédito y honor del Partido Federal”; que, por lo mismo que lo aman, se conduzcan con decencia, “de lo que tantos ejemplos les doy constantemente”; que no anden oyendo cuentos que perjudiquen a aquellos amigos; que si ellos opinan, como él, que él no debe aceptar el gobierno, es porque ven en su renuncia el único medio de salvarse de la red tendida por los unitarios; que lean sus renuncias, que están “llenas de sentido”, con atención; y que deben abrir los ojos, pues “es tiempo de salir de las tinieblas y, conociendo el error, buscar el remedio que se presenta para salvar de esta funesta estratagema”. Recuerda las maniobras de sus enemigos, como aquella lista encabezada con su nombre. Ahora debe divulgarse que no tiene sobrada razón para renunciar. Su partido debe creer que él “no hace cosa que no sea justa y conforme a los grandes intereses del Estado”, y que lo que él dispone debe respetarse y no ser contrariado por ninguna causa. Del excelente historiador Manuel Gálvez Este post es una transcripción del libro "Vida de don Juan Manuel de Rosas" de Manuel Gálvez. Editorial Claridad

23
9
U
Una noche inolvidable: Fontanarrosa
Apuntes Y MonografiasporAnónimo9/25/2013

Una noche inolvidable(Roberto Fontanarrosa) El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: “Esta noche nos vamos al Tabarí”, no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa. Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas. - Canta un coso que no te podes perder – me confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables. Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona. La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de “Lopecito”, el portero, y nos mandamos para adentro. “Lopecito” no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito, en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya. Esa noche de sábado, el “Tabarí” estaba de bote en bote y corría la bebida entre la algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutismo de aquel público de habitual mordaz y bullanguero!¡Qué dominio sobre la audiencia poseía aquel cantor de fino bigotito y voz cristalina que a cada momento amenazaba quebrarse! El artista finalizó sus canciones y no pudo abandonar el proscenio, ante los hurras y reclamos de la gente que pedía, a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo, intrigado por ese magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le toco el codo al Narigón y le preguntó: - Che, ¿quién es? - ¿Cómo? ¿No lo conocés? – se adelanta, entonces, una de las pibas. - Es Agustín Magaldi – dice la otra. Yo, recuerdo, hice un gesto de asentimiento sorprendido pero, en verdad, no conocía mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de sus condiciones, sí, pero sólo un par de veces, como de paso. - El gran Agustín Magaldi – sentenció el Narigón, que había vuelto a sentarse, tras la euforia del agasajo. En el escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida expectativa de la multitud, su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe su soliloquio: - ¡Tenga mano, compañero! Giramos todos nuestras miradas hacia la puerta y vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los vidrios de la entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado comenzó a avanzar hacia el escenario a paso firme. Llevaba una daga impresionante en la mano. De más está decir que la gente se abrió, presurosa, en el camino de aquel malevo. Cuando trepó al tablado pude verlo mejor, un morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles a pesar de su ferocidad, con el hombro derecho cubierto por un poncho y el toque elegante de unos gemelos de oro en el puño que sobresalía bajo la manga que cubría el brazo sostenedor de la flaca amenazante. Se enfrentó a Magaldi y, ante el horror de todos, gritó: - ¡No me gustan los cantores de voz finita! – y le tiró una puñalada. Pero quiso Dios Todopoderoso que un segundo antes una mano femenina le propinara un empujón a Magaldi quitándolo del rumbo homicida del puñal. El fierro prosiguió su vuelo y se ensartó en el instrumento del primer bandoneonista. Recuerdo que el fuelle, herido, exhaló un quejido profundo, como un lamento. El matón, defraudado, retiró el arma, miró con desprecio a Magaldi que había caído sobre el piano y se retiró a paso vivo, dejándonos con la boca abierta. No voy a contar, por extensos, los comentarios que entonces se sucedieron, el parloteo alarmado de las mujeres y el murmullo de asombro de los varones. Pero Magaldi era un hombre de decisiones rápidas, pidió silencio golpeando sus palmas, y exclamó: “Aquí no ha pasado nada” y dijo que el espectáculo iba a continuar. Todos se animaron nuevamente hasta el momento en que cayeron en la cuenta de que el bandoneón agonizaba sobre las rodillas de su desconsolado dueño por la puñalada recibida. No había poder humano que le arrancase un sonido. El Narigón, con esa facilidad suya para apoderarse de las situaciones, saltó sobre la tarima y gritó: - “¡La fiesta recién comienza! ¡No vamos a permitir que una cosa así nos amargue la noche! Y acto seguido, ante la mirada atribulada del gordito bandoneonista, tomó el herido instrumento diciendo: - Vengan conmigo. Acá cerca hay una gomería. Y ahí salimos todos en manifestación, ante la mirada atenta de los presentes que aprobaban, entusiastas, la decidida acción de mi amigo. Habremos sido unos catorce los que nos movilizamos hacia la estación de servicio. Hacía frío, recuerdo, y el Narigón tuvo que explicarle a un policía qué era eso de andar a altas horas de la noche llevando un bandoneón en brazos como quien lleva un pibe accidentado. Debo confesar que, dentro del absurdo, la cosa tenía algo de trágica, de litúrgica procesión pagana tras la figura de un dios caído. El agente del orden comprendió - era una porteño, después de todo -, y nos dejó seguir nuestro camino. Cuando llegamos a la estación de servicio, la gomería estaba cerrada: eran como las tres de la mañana. Había un pibe, sin embargo, sentado en una pequeña caseta vidriada, haciendo la tediosa guardia nocturna, tomando mate. - Queremos ponerle un parche a este fuelle - le dijo el Narigón. El pebete lo miró con ojos vivaces y contestó: - Me parece difícil. La gomería está cerrada y don Hipólito está durmiendo. En efecto, el pequeño galponcito que hacía las veces de gomería, tenía sus puertas de chapa cerradas. - ¿Y ahora qué hacemos? - pregunté yo. - Esperen - nos dijo el pibe, comedido. Si don Hipólito se despierta, tal vez les hace el laburo. Ante nuestra ansiedad natural, el muchacho se encaminó hasta el galpón y golpeó la puerta. Debo confesar que nosotros esperábamos por toda respuesta el insulto o el silencio más frío, pero de inmediato desde adentro se escuchó una voz áspera y somnolienta. - ¿Qué pasa? En breves palabras el pibe que nos había atendido le contó al tal don Hipólito nuestro problema. Al rato se dio vuelta y nos hizo una seña con la mano, que esperáramos. Enseguida se abrió la puerta, se encendió la luz de adentro y vimos la silueta de un hombrón grandote poniéndose una bufanda. - Pasen - dijo. Al gordito dueño del bandoneón se le iluminó la cara. Nos metimos todos dentro de aquel tinglado y durante casi una hora presenciamos, en un silencio respetuoso, cómo el viejo y el muchacho emparchaban la herida del fuelle, con un cuidado, un amor y una dedicación dignas del equipo más refinado de cirugía. Cuando hubieron terminado le pasaron el instrumento al gordito, que temblaba como un padre ante el retorno de su hijo accidentado. - ¿Puedo tocarlo? - preguntó. - Por supuesto - dijo don Hipólito. Y allí mismo, en ese galpón de chapa, ante nuestro grupo amontonado por la falta de espacio y emocionado hasta las lágrimas, el músico se mandó "Desde el alma" de Rosita Melo. Puedo jurar que lloramos todos y hubo abrazos y aplausos. link: http://www.youtube.com/watch?v=arF3HK7n3ic Como si eso fuera poco, ni el pibe, ni el viejo de la gomería a quien habíamos despertado de su sueño de laburante, nos quisieron cobrar un peso. Pero no estaba terminada esa noche memorable para mí. Cuando volvimos al Tabarí, entre la algaraza de la gente que nos recibió como quien recibe a los soldados volviendo del frente, la cosa se prolongó hasta que empezó a amanecer. Después nos fuimos un grupito, el más aguantador, a desayunar esas medialunas maravillosas al "Viejo Roma", el cafetín de Parador y Reconquista. Me parecía mentira estar en compañía de aquella gente de la noche, entre figuras legendarias, entre nombres que había sentido nombrar una y mil veces en boca de los mayores. Fue allí cuando Natalio Perinetti, el que fuera celebérrimo insider de la Academia, me pasó una mano sobre el hombro y me dijo: - Pibe... de buena se salvó esta noche Agustín - haciendo referencia al suceso de la puñalada. Yo asentí con la cabeza. - Ese malevo es muy peligroso - me dijo. Muy peligroso. - ¿Quién era? - pregunté. ¿Usted lo conoce? - Cómo no voy a conocerlo, muchacho - dijo Natalio. -¡Ese hombre era ni más ni menos que Juan Moreira! De más está decir que el recuerdo de aquella noche ha quedado impreso en mi memoria con caracteres indelebles, máxime cuando con los años me volví a encontrar con uno de sus protagonistas. Una noche, presenciando un espectáculo tanguero en el "Café de Miguel", reconocí a aquel gordito cuyo bandoneón había recibido el puntazo destinado al pecho canoro de Agustín Magaldi. El muchacho estaba un poco más rollizo aún, mantenía su expresión adormilada, pero su nombre ya era un crédito rutilante en las marquesinas de los bailongos porteños: Aníbal Troilo. Pero sin dudas los detalles de esta anécdota memorable estaban destinados a no agotarse tan fácilmente. El año pasado, en ocasión de mi viaje a Estocolmo, con motivo de ir a retirar el premio Nobel con que me galardonaron, tuvo lugar una recepción de festejos en la Embajada Argentina. No eran muchos los invitados, pero había un ambiente de jolgorio ante la distinción que se me había concedido, a mi juicio, inmerecidamente. De pronto se me acerca un hombre no muy alto, semicalvo, con barba entrecana. - Usted no se acuerda de mí - me dice. - Para serle sincero.., - me disculpo. - Yo soy Astor Piazzolla - me dice. Es de imaginarse mi emoción ante la presencia de tamaña figura de nuestra música y su cordialidad en el saludo. - Por supuesto que lo conozco - recuerdo que le dije. Pero no creo que hayamos tenido la oportunidad de vernos personalmente. - Se equivoca - me dijo el gran maestro, que se hallaba casualmente en la capital sueca brindando una serie de recitales. ¿Se acuerda de una noche en que usted y unos amigos llevaron un bandoneón a una gomería para emparcharlo? link: http://www.youtube.com/watch?v=wqSxwWgpE6A Mi asombro entonces no tuvo límites. Me quedé mirando a Astor con la boca abierta, sin atinar a soltar su diestra que aún estrechaba. - Yo era el pibe de la gomería - me dijo. ¡Después dicen que el destino no suele manifestarse en formas evidentes! - Y le digo más - me dice Piazzolla sin darme respiro -. El viejo, el viejo a quien desperté para que les arreglara el bandoneón, don Hipólito, era ni más ni menos que don Hipólito Yrigoyen. El mismo que con el tiempo se convirtió en caudillo del movimiento radical. Aquello fue demasiado para mí. Estreché a Piazzolla en un abrazo y ambos lloramos como niños. La semana pasada, nomás, leo en un reportaje que la valiente mujer que apartó el cuerpo de Agustín Magaldi del curso mortal de la hoja del puñal agresor, supo también dejarnos, años más tarde, piezas que se enraizaron en lo más granado de nuestra verba: esa mujer no era otra que doña Juana de Ibarbourou. link: http://www.youtube.com/watch?v=jVOrOSYRMU0 FIN

25
6
"
"Próceres y sarcófagos":Sarmiento visita a San M
Apuntes Y MonografiasporAnónimo8/14/2013

Próceres y sarcófagos La situación económica de Montevideo es angustiosa. Ya hace tiempo hipotecó hasta las rentas de su Aduana. París la subsidia con 500.000 pesos, gravando en garantía sus entradas portuarias a partir de 1851. A mediados de junio, Francia levanta el bloqueo a la Confederación -no así a las costas orientales en poder de Oribe- jugando a dos puntas; aflojar tensiones y permitir el intercambio comercial entre Buenos Aires y Montevideo, dando a esta plaza un desahogo económico. Gira la política en París. Una revolución socialista voltea en febrero la monarquía de Luis Felipe, desgastada por venalidades internas y el costo excesivo de su expansión imperialista. En algo pesan también los fracasos habidos ante la Confederación Argentina. Cuando el embajador de Buenos Aires, don Manuel de Sarratea, presenta sus saludos al nuevo gobierno francés, es acompañado hasta el carruaje entre doble fila de guardia militar, al grito de "¡Vive l´Argentine!. El poeta Alfonso de Lamartine miembro de la flamante República, denuncia "la violación más escandalosa al derecho de gentes" cometido por Francia en el Río de la Plata, "haciendo la guerra por medio de letras de cambio giradas sobre el Tesoro por los empresarios de la guerra civil en Montevideo". A más de las armas y los muertos. El canciller lord Palmerston dice que "el bloqueo fue piratería". En Chile, don Juan Bautista Alberdi publica un libro donde pregunta: "¿Qué orador, qué escritor célebre del siglo XIX no ha nombrado a Rosas, no ha hablado de él muchas veces? Si se perdieran los títulos de Rosas a la nacionalidad argentina, yo contribuiría con el más grande sacrificio al logro de su rescate... porque el primer partido de América que haya repelido a los Estados de Europa es Rosas", agregando que su nombre es conocido de un punto a otro de América y más famoso que el de Washington. Desde las páginas del "Comercio del Plata", Valentín Alsina muestra la mentalidad unitaria, sosteniendo que "la intervención anglo-francesa, lejos de ser obra de conquista, es tarea civilizadora". He aquí otra vez la palabrita. En el verano europeo de 1846, Sarmiento visitó en Gran Bourg al general San Martín. Y en carta del 4 de septiembre le escriba a Antonio Aberastain: "San Martín era hombre viejo -dice- con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la vejez", porque al nombrar a Rosas y su sistema, "aquella inteligencia tan clara en otro tiempo, declina ahora; aquellos ojos tan penetrantes que de una mirada forjaban una página de la historia, estaban turbios, y allá en la lejana tierra veían los fantasmas de extranjeros, y todas sus ideas se confundían, los españoles y las potencias europeas, la Patria, aquella Patria antigua y Rosas, la independencia y la restauración de la colonia; y así fascinado, la estatua de piedra del antiguo héroe de la independencia parecía enderezarse sobre su sarcófago para defender la América amenazada". San Martín, un pobre viejo enfermo de cuerpo y espíritu, chocheando fantasmas de agresiones gringas, confundiendo a Rosas con la defensa nacional; un cadáver balbuceando supuestas independencias amenazadas. Así ve Sarmiento la indignación del Héroe por su patria ofendida. Jorge Perrone Este post es una transcripción de los libros "Historia Argentina" de Jorge Perrone

11
11
B
Batalla de Mbororé - Misiones (1641)
Apuntes Y MonografiasporAnónimo10/19/2013

Primera batalla naval de América del Sur (Por Fernando Javier Liebanes) No se concibe hablar de los orígenes de la moderna República Argentina sin mencionar a los Jesuitas. Instalados en Córdoba desde 1599 y el Noreste de la Gobernación del río de la Plata y del Paraguay, con sus Universidades y Reducciones constituyeron hasta su expulsión, un poderoso tapón hacia las pretenciones de la corte portuguesa de apoderarse del resto de Sudamérica en el siglo XVI y XVII. Sin la presencia de los jesuitas posiblemente las fronteras de Brasil se hubieran extendido hacia litoral Argentino, Paraguay, Uruguay y el Río de la Plata. Hacia 1629 los portugueses andaban escasos de mano de obra esclava para sus gigantescas plantaciones de Brasil de modo que no se les ocurrió mejor idea que empezar a esclavizar indios que habitaban hacia el interior de las costas. Para esta infame tarea contaron con la ayuda de las tribus indias renegadas de los tupíes. A esta situación llegaron debido a la presencia de los Holandeses en el norte de Brasil. En el siglo XVII, luego de una feroz guerra independentista y religiosa contra España, las Provincias Unidas como se llamaba entonces Holanda, tuvo un importante auge comercial y su flota comenzó a singlar los mares en todas direcciones. Mediante la piratería llegó a controlar el Atlántico Sur complicando las operaciones comerciales no solo de Portugal sino también de Inglaterra y sobre todo España. Llegaron a afectar tanto el comercio de esclavos, que las haciendas portuguesas en Brasil, por ejemplo, se quedaron sin trabajadores. Pronto los portugueses se dieron cuenta que los guaraníes tutelados por los jesuitas, se habían transformado en trabajadores agropecuarios bien adiestrados de modo que su valor se duplicó. Un esclavo negro era bueno trabajando por su resistencia física pero demandaba tiempo adaptarlo a las técnicas de laboreo en las haciendas. Por el contrario, los guaraníes gracias a los jesuitas, eran mano de obra capacitada y además, excelentes artesanos y por tanto un lucrativo negocio esclavizarlos. El jesuita Ruiz de Montoya fue recibido por el rey Felipe IV y de inmediato lo informó de la gravedad de los ataques que estaban siendo objeto las Misiones por parte de las Bandeiras Paulistas. El 21 de mayo de 1640 el monarca firmó una Real Cédula por la que transfería al Virrey del Perú el poder para armar a los guaraníes condenando el tráfico de seres humanos. Si bien la ordenanza real llegaría cinco años más tarde a Lima, los jesuitas no esperaron todo ese tiempo sino que tomaron la iniciativa. En 1639 habían conseguido de Buenos Aires y de la Real Audiencia de Charcas las autorizaciones para que los aborígenes portaran armas de fuego. El gobernador de Buenos Aires, Pedro de Rojas y Acevedo envió varios instructores y armas y el papa Urbano VIII dispuso que los bandeirantes católicos fueran excomulgados. Como era de esperarse, los portugueses reaccionaron con más furia que nunca y casi matan a los monjes jesuitas que se encontraban en San Pablo tramitando un alto al fuego. Finalmente en septiembre de 1640 partió la nueva bandeira. Se sumaron a esta expedición -que no solo venía ya a saquear y esclavizar sino a cobrar venganza y apropiarse de territorios- varios nobles portugueses e hijos de acaudalados entre quienes se encontraban Antonio de Cunha Gago, Juan Leite y Pedro Nunes Dias. Unos 400 naturales de Portugal ingresaron a las filas bien equipados y armados con espadas, petos o armaduras parciales y armas de fuego. Como siempre, se sumaron los renegados Tupíes(3) y mestizos ademas de negros esclavos. Todo este ejército de unos 3500 efectivos comenzó a singlar por el río Uruguay en unas 700 canoas. Notificados los jesuitas del avance del enemigo, el Superior de la Orden el padre Claudio Ruger ordenó concentrar el ejército guaraní de unos 4200 efectivos. El armamento tradicional indígena consistente en arcos y flechas, puñales, macanas y hondas fue reforzado con 300 arcabuces y piezas de artillería algunas de las cuales fueron enviadas desde Buenos Aires. De inmediato comenzaron la construcción de balsas con unas novedades. Se las "fortificó" con troncos para resistir las piedras y flechas que arrojaban los tupíes y además, proporcionar algún tipo de "blindaje" contra los disparos de arcabuces. Un arma un tanto extraña que utilizaron en esta batalla los guaraníes fue el tambetá que era una quijada afilada y la cual se usaba en la batalla cuerpo a cuerpo como una segadora. Para mantener a los indios disciplinados, los padres Antonio Cárdenas, Antonio Bernal y Domingo Torres, ex militares, comenzaron a ejercitar a los guaraníes en marchas y maniobras militares ademas de técnicas de combate. Simultáneamente, los padres Pedro Mola, Cristóbal de Altamirano, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo de Salazar, Antonio de Alarcón, Pedro Sardoni y Domingo Suárez se dedicaron al apoyo logístico, la costrucción de balsas, etc. Las tropas indias fueron colocadas bajo el mando de los caciques Ignacio Abiarú (4) y Nicolás Nhienguirú siendo su estado mayor los caciques Francisco Mbayroba y Azaray. El padre Claudio Ruger se declaró enfermo delegando el mando a los padres Diego de Boroa y Pedro Romero. La base de operaciones fue situada en la misión Asunción de Acaraguá cerca del arroyo Mbororé. Dos guaraníes que habían escapado informaron en detalle la cantidad de tropas y calidad del armamento que traían los paulistas. El 25 de febrero el padre Altamirano envió río arriba 8 canoas en misión de exploración. Pero en un recodo de un río, se toparon con mas de 300 embarcaciones bandeirantes. Los guaraníes tuvieron una escaramuza con la fuerza invasora y escaparon perseguido por canoas tupíes. Sin embargo los perseguidores cayeron en una trampa cuando se aproximaron demasiado a la línea defensiva guaraní quienes salieron en auxilio de los suyos. En la refriega que siguió los tupíes hubieran sido exterminados a no ser porque comenzó una furiosa tormenta con truenos y relámpagos que obligó a detener las operaciones. Con la llegada de la noche, acelerada por el mal tiempo, los paulistas intentaron atacar de sorpresa la posición jesuita de Acaraguá. En la oscuridad, 250 guaraníes en 30 canoas sostuvieron con valor el ataque a la luz de los relámpagos, contra una fuerza superior compuesta por mas de 100 embarcaciones. Altamirano juzgo prudente retirarse ante la magnitud de las fuerzas invasoras o arriesgaba a perder todos sus efectivos. Antes, ordenó destruir todos los cultivos y víveres para no dejar nada a los atacantes. Esta desición fue acertada ya que el hambre condujo a los atacantes hacia el terreno que los jesuitas y caciques generales habían elegido para presentar combate. Cuando llegaron a Mbororé se encontraron con las fuerzas guaraníes en línea de batalla y con la novedad que habían fortificado las orillas. Hasta las mujeres colaboraban acarreando todo lo que se necesitaba para mantener a los hombres en buenas condiciones. Durante dos días los invasores tantearon la situación mientras decidían que hacer. Los jesuitas entre tanto, acumularon más refuerzos y confesaron a todos los que iban a pelear. El 11 de marzo de 1641 la bandeira abandonó Acaraguá y avanzó río abajo con unas 300 embarcaciones. A las dos de la tarde, 60 canoas al mando del cacique general Ignacio Abiarú tomaron la iniciativa pasando al ataque enarbolando el estandarte de Francisco Javier. Luego de una breve arenga, Abiarú condujo a los suyos directo al medio de la formación enemiga comenzando la batalla que duraría casi una semana. Al frente de la singular flotilla fluvial, guiaba la acción una balsa donde iba montado un pequeño cañón que, al hacer fuego, comenzó a hacer estragos en las filas tupíes. La noche alivió el combate que hasta el momento, resultaba desfavorable a la bandeira. Catorce canoas y algunas balsas fueron capturadas y muchos prisioneros. Al día siguiente, 12 de marzo, los jesuitas pensaron llevar el combate a tierra firme pero los paulistas no aceptaron batallar lejos del río y por fuera de sus fortificaciones. En eso que parlamentaban jesuitas y caciques los pasos a seguir, llega un mensajero tratando de negociar la paz pero no le fue aceptada la oferta. De inmediato sitiaron el campamento bandeirante por tierra y desde el río sospechando que fuerza invasora estaba maltrecha y buscaban artimañas para reorganizarse. Desde el 12 hasta el 16 de marzo, el campamento enemigo fue bombardeado sin cesar. Comprendieron los bandeirantes que ya la suerte en la batalla les sería adversa y decidieron parlamentar. Tenían muchos heridos y además, nada de víveres. Pidieron un nuevo tiempo para negociar la paz pero era tanto el daño que habían hecho, que los indios no querían saber nada con rendición. Los querían exterminar para siempre y alejarlos definitivamente de las tierras labradas. El 16 salen de la fortificacion y procuran forzar el bloqueo navegando río arriba. Pero de inmediato son acosados por los guaraníes con tanta determinación que comenzó una masacre. Sin embargo, valiéndose de los portugueses y sus armas, los invasores alcanzaron a llegar a la desembocadura del río Tabay solo para encontrarse que los estaban esperando 2000 guaraníes formados en línea listos para la pelea. Solicitaron clemencia otra vez pero los caciques guaraníes se negaron a proporcionarla y los jesuitas no hicieron mucho para interceder. Ellos también estaban contagiados por el ardor de la guerra. Finalmente arremetieron los bandeirantes contra la banda oriental del río Uruguay buscando la salvación pero fue un esfuerzo inútil. Los estaban aguardando y sufrieron constantes ataques que los diezmaron. Perdido el orden marcial, la bandeira se fue disgregando en pequeños grupos que fueron cazados sin piedad. La persecución aborigen fue mortal. Los tupíes eran muertos sin miramiento alguno y los portugueses asesinados así se rindieran. Durante meses, luego de la batalla, partidas de guaraníes peinaron prolijamente la zona hasta no dejar a ningún bandeirante en actitud de pelea. La batalla había sido terrible. De los 3000 paulistas que iniciaron el ataque, solo un puñado de tupíes regreso a San Pablo junto a 120 portugueses y mamelucos. Hubo un intento posterior por socorrer a los derrotadoS pero el padre Altamirano junto con las tropas guaraníes de Abiarú los interceptaron y derrotan a finales de 1641. Con esto, cesaron por muchísimo tiempo, las temibles bandeiras. En los territorios portugueses de Brasil, ahora sabían que los jesuitas no solo eran capaces de cultivar tierras sino trabar tan fuerte amistad mediante el vínculo religioso, que los guaraníes se habían constituído en un ejército regular que había que respetar. Mborore fue también la primera Batalla Naval de Sudamérica. Fuentes: - Fernando Javier Liebanes - Gentileza de Jorge Cardoso

55
9
...
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.