Próceres y sarcófagos
La situación económica de Montevideo es angustiosa. Ya hace tiempo hipotecó hasta las rentas de su Aduana. París la subsidia con 500.000 pesos, gravando en garantía sus entradas portuarias a partir de 1851.
A mediados de junio, Francia levanta el bloqueo a la Confederación -no así a las costas orientales en poder de Oribe- jugando a dos puntas; aflojar tensiones y permitir el intercambio comercial entre Buenos Aires y Montevideo, dando a esta plaza un desahogo económico.
Gira la política en París. Una revolución socialista voltea en febrero la monarquía de Luis Felipe, desgastada por venalidades internas y el costo excesivo de su expansión imperialista. En algo pesan también los fracasos habidos ante la Confederación Argentina. Cuando el embajador de Buenos Aires, don Manuel de Sarratea, presenta sus saludos al nuevo gobierno francés, es acompañado hasta el carruaje entre doble fila de guardia militar, al grito de "¡Vive l´Argentine!.
El poeta Alfonso de Lamartine miembro de la flamante República, denuncia "la violación más escandalosa al derecho de gentes" cometido por Francia en el Río de la Plata, "haciendo la guerra por medio de letras de cambio giradas sobre el Tesoro por los empresarios de la guerra civil en Montevideo". A más de las armas y los muertos.
El canciller lord Palmerston dice que "el bloqueo fue piratería". En Chile, don Juan Bautista Alberdi publica un libro donde pregunta: "¿Qué orador, qué escritor célebre del siglo XIX no ha nombrado a Rosas, no ha hablado de él muchas veces? Si se perdieran los títulos de Rosas a la nacionalidad argentina, yo contribuiría con el más grande sacrificio al logro de su rescate... porque el primer partido de América que haya repelido a los Estados de Europa es Rosas", agregando que su nombre es conocido de un punto a otro de América y más famoso que el de Washington.
Desde las páginas del "Comercio del Plata", Valentín Alsina muestra la mentalidad unitaria, sosteniendo que "la intervención anglo-francesa, lejos de ser obra de conquista, es tarea civilizadora". He aquí otra vez la palabrita.
En el verano europeo de 1846, Sarmiento visitó en Gran Bourg al general San Martín. Y en carta del 4 de septiembre le escriba a Antonio Aberastain: "San Martín era hombre viejo -dice- con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la vejez", porque al nombrar a Rosas y su sistema, "aquella inteligencia tan clara en otro tiempo, declina ahora; aquellos ojos tan penetrantes que de una mirada forjaban una página de la historia, estaban turbios, y allá en la lejana tierra veían los fantasmas de extranjeros, y todas sus ideas se confundían, los españoles y las potencias europeas, la Patria, aquella Patria antigua y Rosas, la independencia y la restauración de la colonia; y así fascinado, la estatua de piedra del antiguo héroe de la independencia parecía enderezarse sobre su sarcófago para defender la América amenazada".
San Martín, un pobre viejo enfermo de cuerpo y espíritu, chocheando fantasmas de agresiones gringas, confundiendo a Rosas con la defensa nacional; un cadáver balbuceando supuestas independencias amenazadas. Así ve Sarmiento la indignación del Héroe por su patria ofendida.
Jorge Perrone
Este post es una transcripción de los libros "Historia Argentina" de Jorge Perrone