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armus57

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Primer post: 6 ene 2009Último post: 4 ene 2010
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¿ El tiempo es sólo una ilusión?
¿ El tiempo es sólo una ilusión?
InfoporAnónimo1/4/2010

Si ya estas cansado de escuchar quién va a ser el candidato del PJ en el 2011, o si hubo otra afano a la vuelta de tu casa...leete este articulo (admito un poco largo) para que si se te pudre el bocho, sea por algo un poco más interesante...si queres comentate algo...Saludos. UN NUEVO MODELO FISICO PROPONE QUE EL TIEMPO ES SOLO UNA ILUSION Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención Son conceptos tan básicos que se resisten a ser definidos, y, sin embargo, sobre ellos se basa toda nuestra ciencia. ¿Qué son el espacio y el tiempo? Su interpretación ha variado a lo largo de la Historia y aún hoy es posible que una nueva manera de comprenderlos provoque la próxima revolución científica. Ya tenemos ejemplos como Julian Barbour, que propone un modelo serio de física alternativa en la que el tiempo no existe más que como una ilusión en nuestras mentes. Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención. Por Sara Lumbreras Sancho. Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención Son conceptos tan básicos que se resisten a ser definidos, y, sin embargo, sobre ellos se basa toda nuestra ciencia. ¿Qué son el espacio y el tiempo? Su interpretación ha variado a lo largo de la Historia y aún hoy es posible que una nueva manera de comprenderlos provoque la próxima revolución científica. Ya tenemos ejemplos como Julian Barbour, que propone un modelo serio de física alternativa en la que el tiempo no existe más que como una ilusión en nuestras mentes. Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención. Por Sara Lumbreras Sancho. El espacio y el tiempo son conceptos tan fundamentales que se resisten a ser definidos (como en la conocida cita de San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si me lo preguntan, no lo sé”. Su naturaleza última está fuera del alcance de la ciencia y, sin embargo, toda la física se basa en ellos. Han evolucionado con la ciencia: el espacio y tiempo absolutos fueron esenciales para el desarrollo de la mecánica Newtoniana; un espacio-tiempo que depende del observador y que se ve deformado por la materia es el núcleo de la revolución traída por la Relatividad General. Precisamente la Relatividad General, junto con la Teoría Cuántica de Campos (QFT) plantea un espinoso enigma a la ciencia actual, al no haberse encontrado ninguna teoría que las unifique. Pese a décadas de esfuerzo en varias líneas de investigación prometedoras (como las Supercuerdas), el proceso de unificación iniciado con las leyes de Maxwell no ha podido aún incluir con éxito a la Gravedad junto con las otras fuerzas. Es posible que la próxima revolución científica llegue con un cambio de paradigma que reconcilie las dos teorías enfrentadas con una nueva manera de comprender el espacio y el tiempo. Como lo expresó Majid en su libro Espacio-tiempo cuántico y realidad física: “Está iniciándose un nuevo Renacimiento centrado en nuestra comprensión del espacio y el tiempo’’. Parece claro que la Ciencia necesita ayuda de la Filosofía, y que es indispensable en este punto identificar y analizar los supuestos que subyacen a las teorías dominantes actuales. Las viejas preguntas deben ser revisitadas con ojos nuevos: ¿Cuál es la naturaleza del espacio y el tiempo? ¿Son continuos o discretos? (y esta pregunta no tiene por qué tener la misma respuesta para ambos). ¿Son independientes de la consciencia? ¿Tienen sentido el espacio vacío o el tiempo sin cambio? ¿Cómo interactúan con la materia? La Filosofía ha reflexionado sobre estos problemas durante siglos. Revisar sus conclusiones nos puede proporcionar un buen punto de partida. Breve historia de la filosofía del espacio y el tiempo: No es sorprendente que encontremos en Grecia los dos primeros ejemplos bien conocidos de filósofos del tiempo. Heráclito defendía que todo a nuestro alrededor se encontraba en un estado de constante fluir, que el cambio era lo único que permanecía. En la posición contraria, para Parménides, el cambio era una ilusión, ya que para él era lógicamente imposible. Zenón, discípulo de Parménides, formuló las paradojas que le hicieron célebre. En ellas trataba de demostrar que el movimiento era imposible porque se componía de la suma de infinitas partes (por ejemplo, Aquiles no podrá nunca alcanzar a la tortuga a la que dio ventaja en una carrera, porque cuando llega al punto en el que se encontraba el reptil un instante atrás éste siempre ha avanzado algo más). Aunque hoy en día estas paradojas nos resultan muy ingenuas, podemos sacar en claro que Parménides y Zenón asumían que el espacio y el tiempo eran continuos. Es más, éste es el caso de todos los filósofos naturales griegos bien conocidos, incluido Demócrito (para él sólo la materia estaba cuantizada, no el espacio infinito que la contenía). Tres existencias: Platón propuso tres tipos diferentes de existencia: lo que es (material), en lo que se es (espacio), y por lo que se es (el modelo, la forma). Así que para él el espacio existía pero no de la misma manera que la materia. Aristóteles afirmó que la existencia del espacio “la hace obvia el hecho de que las cosas puedan remplazarse”. Incluso propuso una definición: “El espacio ocupado por un objeto es la frontera estática más pequeña que lo contiene”. Sin embargo, el tiempo no tiene existencia real, ya que el pasado ya no existe y el futuro no existe todavía. Pese a ello, le dio una definición: “El tiempo es el número del cambio con respecto al antes y al después”. Esto implica que sólo existe en la mente, ya que “el tiempo es un tipo de número, y sólo el alma puede contar”. Los teólogos medievales sostenían que Dios no existe en el tiempo sino en la eternidad, entendida como la existencia sin tiempo más que como tiempo sin principio ni final. Como lo expresó Boecio: “La eternidad es la posesión completa y perfecta de vida ilimitada en un único instante”. Es interesante notar que para los maestros medievales como San Agustín o Boecio, este ojo divino que lo ve todo en un mismo instante no suponía ninguna amenaza para la libertad. El conocimiento que Dios tiene del futuro no es equivalente al conocimiento humano de lo que está por venir, puesto que para Él, todos los momentos de la historia son equivalentes. Es útil mantener estas consideraciones en mente cuando reflexionemos sobre cosmologías sin tiempo como la de Barbour. Kant interpretaba el espacio y el tiempo como nociones a priori que no son abstraídas por la experiencia, sino que son el marco que hace que ésta sea posible. Newton creó definiciones precisas de los conceptos de movimiento, espacio y tiempo. De acuerdo con ellas, el tiempo fluye perfectamente uniforme, imperturbable. El espacio es absoluto, casi como un contenedor transparente que se extiende hasta el infinito. Concedió que sólo podían observarse movimientos relativos, pero afirmó que los movimientos absolutos podían deducirse a partir de ellos. Vuelta al absoluto Leibniz se oponía a este punto de vista, defendiendo una visión relativa del espacio donde sólo las distancias y velocidades relativas tenían significado físico real. Su correspondencia con el portavoz de Newton, Clarke, se siguió con interés. El argumento final de las discusiones fue un experimento donde un cubo de agua se hace girar. La curvatura que aparece en la superficie del líquido no responde al movimiento relativo entre el agua y las paredes del cubo sino claramente a la rotación absoluta. La discusión se considero cerrada a favor de la interpretación de Newton. Hasta el siglo XIX no se volvió a sospechar de la noción invisible de espacio absoluto. Mach, científico brillante y empirista convencido, argumentó que el momento linear o angular de un objeto existe como consecuencia de su movimiento relativo con respecto al resto de objetos en el universo. Esto es lo que Einstein llamó el Principio de Mach. La inercia es entonces un concepto que se refiere no a cuerpos aislados, sino al universo en su totalidad. Einstein se sintió inspirado por las leyes de Maxwell -que determinan la velocidad de la luz sin especificar con respecto a qué referencia- a postular que era la misma para todas. De hecho, todos los experimentos que habían intentado medir diferencias en la velocidad de la luz debidas a movimientos relativos con respecto al éter (como el experimento de Michelson-Morley) habían fracasado. Desde este punto de partida derivó un nuevo paradigma en el que todas las leyes de la Física son idénticas e independientes del observador. El espacio y el tiempo están completamente entrelazados en el espacio-tiempo, y ya no son inmutables, sino que se ven deformados por la materia que contienen. Es su geometría, la que define la inercia ahora, ya que los marcos de referencia inerciales son los que siguen las geodésicas (caminos de mínima distancia) de este nuevo paisaje. La Teoría de la Relatividad ha sido probablemente la transformación más profunda en nuestra comprensión del espacio y el tiempo, haciendo avanzar nuestro conocimiento de la Física. Ahora, la pregunta es si otro cambio en nuestra interpretación de estos conceptos puede traernos la próxima revolución. Quizá sus inicios están ya presentes en alguno de los modelos evocadores que presentamos en la siguiente sección. El universo sin tiempo y otras perspectivas sugerentes: En esta sección presentamos algunas perspectivas interesantes que difieren de la interpretación convencional y que podrían desencadenar la próxima revolución científica. Exponemos la idea de universo eterno de Julian Barbour, junto con otras especulaciones provocativas de un grupo de respetados físicos contemporáneos. Julian Barbour admitió que le fascinó leer en una de las obras de Mach: “Está totalmente fuera de nuestras capacidades medir cómo cambian las cosas en el tiempo. Más bien al contrario, el tiempo es una abstracción a la que llegamos a través de los cambios en las cosas”. Continúa sus reflexiones con la idea de que cuando medimos tiempo estamos en realidad midiendo distancia. Utilizamos el ángulo cubierto por la manecilla del reloj para inferir el tiempo transcurrido. El tiempo solar es la distancia recorrida por el sol en el cielo. El tiempo sideral, lo que se han desplazado las estrellas. El tiempo atómico, las oscilaciones de un átomo de cesio. De hecho, es posible construir el reloj más sencillo analizando las trayectorias de tres cuerpos moviéndose inercialmente. Este reloj inercial fue presentado por primera vez por Neumann, y después lo desarrolló Tait. Con tres partículas, asumimos que una de ellas se encuentra en reposo. Podemos utilizar la segunda como la manecilla del reloj, dividiendo en intervalos la distancia que cubre. Si suponemos que se mueve con velocidad unidad, es inmediato deducir la velocidad de la tercera partícula. De hecho, basta con tres instantáneas de un sistema inercial para definirlo completamente en estos términos y ser capaz de calcular todas las posiciones relativas de sus componentes, pasadas y futuras. Es importante caer en la cuenta de que estas instantáneas llegan sin ninguna información adicional que proporcione el momento en el que fueron tomadas. Sistema sin tiempo La posibilidad de describir un sistema (aunque fuera muy simple) sin tiempo es lo que inspiró a Barbour en su búsqueda de un modelo de universo eterno. Propone que el verdadero escenario del universo es el espacio de todas sus configuraciones posibles. Como estas configuraciones son eternas, da a este espacio el nombre de Platonia. Todas las Platonias tienen un estado de mínimo tamaño y complejidad al que llama Alpha. Sin embargo, no hay Omega, ya que no existe ningún límite para el tamaño o la complejidad de lo que puede existir. Si trazamos una curva en Platonia, tendremos una posible historia del universo. De nuevo, no necesitamos del tiempo: como en la construcción de Tait, tener las posiciones relativas de los elementos es suficiente para definir una historia (y nada nos impide echar un vistazo a la posición relativa de las manecillas de nuestro reloj en cada punto de la curva). Podemos definir distancias en Platonia como nos plazca, y, utilizándolas, trazar curvas de longitud mínima o geodésicas a través de su paisaje. Algunas definiciones de distancia son especialmente interesantes, ya que Barbour consigue derivar de ellas historias que son coherentes con las leyes de Newton o, con una definición más sofisticada, incluso con la Relatividad. Así, parece posible reformular la Mecánica por completo sin necesidad del tiempo. Sin embargo, nuestra experiencia nos indica que el tiempo sí existe. Barbour intenta explicar el origen de esta persistente ilusión. En Platonia todas las posibles configuraciones del universo existen eternamente. Sin embargo, estas configuraciones aparecen con distinta intensidad. Describe una bruma que se concentra en las mejores soluciones de la ecuación del universo, de una manera que recuerda a las probabilidades de la Mecánica Cuántica. Las soluciones que resuenan mejor son las que tienen más coherencia interna. Esta coherencia interna se manifiesta en la creación de lo que él define como cápsulas del tiempo. Una cápsula del tiempo es un patrón estático que crea o codifica la apariencia de movimiento, cambio o historia. Por lo tanto, nuestra impresión de tiempo y movimiento sólo se debe a las huellas que deja, que son en realidad eternas, y a los recuerdos en nuestra consciencia que son también patrones eternos. Bradbury imagina que el universo tiene probablemente una tendencia a encontrar más apropiadas las soluciones con más estructura. Esto hace que los universos que contienen consciencias sean los preferidos (ya que nada hay más complejo que la consciencia). Esto podría explicar el hecho de que la realidad que observamos es altamente compleja y estructurada, que es un estado altamente improbable estadísticamente. Geometría no conmutativa, espacio-tiempo espuma, fractales y hologramas La de Barbour no es la única cosmología de la eternidad. En las Redes Causales, como en los trabajos de Penrose y Sorkin, el espacio-tiempo se describe mediante una serie de eventos discretos en la que únicamente se especifica qué elementos preceden causalmente a otros. Penrose reflexiona también sobre los valores que se le dan al momento angular en la Mecánica Cuántica. “¿Por qué decimos que un electrón tiene espín arriba o abajo, en vez de derecha o izquierda?”. Sólo sabemos que el espín de un electrón puede tomar dos valores distintos: ½ o -½. Asimilarlos a una dirección en el espacio carece de sentido. Cuando construimos una estructura a partir de partículas elementales, podemos calcular su momento angular total. Si trasladamos un electrón de una estructura a otra, podemos calcular la probabilidad de que la segunda estructura incremente o disminuya su momento angular en el ½ aportado por el nuevo electrón. Penrose interpreta esta probabilidad como el coseno del ángulo que forman las dos estructuras. Si un electrón que está contribuyendo con momento angular positivo en su estructura origen tiene 100% de probabilidad de aportar momento positivo una vez transferido, entonces las dos estructuras son exactamente paralelas. Si siempre contribuye en sentido opuesto entonces son antiparalelas. Valores intermedios de probabilidad nos darían ángulos intermedios. Estas probabilidades son discretas, pero cuando las estructuras aumentan en complejidad el número de valores que puede tomar, la probabilidad aumenta. En el límite, da origen a un continuo de direcciones. Las Redes de Espín no consideran el tiempo, pero Penrose las generalizó a un espacio-tiempo de cuatro dimensiones en su Teoría de Twistores. En esta teoría, las unidades básicas son los rayos de luz, ya que un fotón existe simultáneamente en todos los puntos atravesados en su trayectoria debido a la deformación relativista del tiempo. En todos los modelos presentados hasta ahora se asume que la distancia de A a B es necesariamente la misma que de B a A. La geometría no conmutativa prueba a relajar esta condición y a aplicar la geometría no conmutativa al espacio. Alain Connes, un matemático francés, trabaja en explorar las posibilidades de esta concepción del espacio. Recordando a Demócrito y sus átomos (en la que los distintos elementos se distinguían por sus formas diferentes) propone que quizá la materia sea una manifestación de la estructura profunda del espacio-tiempo. El tiempo como espuma: Ya hemos mencionado que la suposición de continuidad para el espacio-tiempo puede ser la causa de que no hayamos encontrado aún la Gravedad Cuántica. Sabemos de la Mecánica Cuántica que las distancias menores que la longitud de Plank carecen de sentido físico. El espacio-tiempo podría estar basado en una especie de espuma (como lo expresó John Wheeler), y su escala fundamental podría ser borrosa. Shahn Majid estudia las consecuencias que tendría esta descripción de la realidad. En particular, la teoría de Majid predice que la velocidad de la luz debería variar ligeramente con la frecuencia. Ya se están realizando experimentos para detectar estas desviaciones mínimas en la luz emitida por supernovas distantes utilizando el telescopio LISA. Tim Palmer propuso una nueva interpretación de la Mecánica Cuántica en la que las probabilidades aparecen como consecuencia de la complejidad intrínseca de la estructura del espacio. Para él la realidad profunda debería ser descrita como un fractal. Su idea principal puede explicarse con la analogía de recibir las coordenadas de un punto en una costa de perfil intrincado. No seríamos capaces de saber con seguridad si el punto pertenece a la tierra o al mar, sino una probabilidad. Palmer sostiene que las probabilidades que encontramos en la Mecánica Cuántica se derivan de un fenómeno similar. También se ha propuesto que toda la información contenida en el universo está codificada en su frontera. Este holograma cósmico encerraría en una superficie bidimensional la realidad tridimensional completa. Si el espacio es discreto, significaría que para que la superficie pudiera contener toda la información, el interior debería ser mucho más borroso. Craig Hogan cree que esta falta de definición puede estar detrás del ruido, por ahora inexplicado, que está perturbando el experimento GEO600 en Hannover, diseñado para detectar ondas gravitacionales. Una intrigante posibilidad: De acuerdo con Barbour, podemos describir nuestra realidad sin referirnos al tiempo. Él toma este hecho como evidencia de que la naturaleza del tiempo es ilusoria. Sin embargo, incluso si su descripción es completamente consistente con las observaciones, esto no prueba que el tiempo no existe. Sólo prueba que es matemáticamente posible hacer Física sin tiempo, lo cual es una conclusión completamente diferente. Como ya tenemos una Física basada en el tiempo, esto querría decir que tenemos dos modelos distintos que funcionan igualmente bien. En la Teoría de Campos Cuánticos nos encontramos también con dos modelos, formulados sobre espacio-tiempos diferentes, que dan resultados equivalentes. ¿Es posible que descripciones distintas del espacio y el tiempo nos proporcionen predicciones igualmente correctas? Poincaré señaló el hecho de que nuestros sentidos no pueden percibir directamente la geometría del espacio. El espacio geométrico, el verdadero marco de nuestras experiencias, es distinto del espacio de representación que inferimos de nuestros sentidos. Para empezar, la experiencia de la visión es un fenómeno puramente bidimensional. Sin embargo, tomamos la información de nuestras retinas y del resto de nuestras percepciones y cómo estas varían con el movimiento y los combinamos para formar el espacio de representación tridimensional. Como resultado, ‘’Es también imposible representarnos los objetos externos en el espacio geométrico, así como imposible es para un pintor dibujar en una superficie plana los objetos con sus tres dimensiones. El espacio de representación es sólo una imagen del espacio geométrico, una imagen deformada por cierta perspectiva, y sólo podemos representarnos los objetos haciéndolos obedecer las leyes de esta perspectiva”. El tiempo como convención Poincaré propone un experimento mental en el que consideramos un mundo contenido en una esfera en el que todos los cuerpos tienen el mismo coeficiente de dilatación, así que la longitud de cualquier objeto es proporcional a su temperatura absoluta. La temperatura de este mundo disminuye con la distancia al centro según la fórmula R2 – r2, así que en su frontera la temperatura es el cero absoluto. Incluso aunque este universo es finito, para sus habitantes es de hecho infinito ya que se vuelven más y más pequeños al aproximarse a la frontera. Estos seres imaginarios estudiarían la física de su mundo, completamente inconscientes de las dilataciones térmicas. Cuando se mueven, experimentan una contracción en sus miembros en la dirección de la frontera. Sin embargo, esta deformación se consideraría una serie de perspectiva, con lo que sus sentidos se ajustarían para corregirla. Poincaré señala que “sería un error concluir que la geometría es, ni tan siquiera en parte, una ciencia experimental. Si fuera experimental, sólo sería aproximada y provisional. ¡Y qué burda aproximación sería! La geometría consistiría únicamente en el estudio de los movimientos de los cuerpos sólidos, pero en realidad no le atañen los sólidos naturales: su objeto son los sólidos ideales’’. Finalmente argumenta que la experimentación puede guiarnos, pero no impone ninguna elección de geometría ni puede revelarnos cuál es la más apropiada, la verdadera. Es imposible medir una distancia sin una regla, o sin la posibilidad de desplazar la regla, ya que sólo podemos comparar objetos yuxtapuestos. Asumimos que la regla se mantiene constante durante el proceso. Éstos son los supuestos que dan forma a la geometría que encontramos. Podríamos encontrar una solución distinta si tomásemos otras hipótesis. Por ejemplo, si en vez de asumir que las reglas no se distorsionan, asumimos que la velocidad de la luz es constante, encontramos la geometría relativista. Es posible que el espacio y el tiempo no tengan otra naturaleza que la que les asignemos por convención. Parece que podemos encontrar teorías igualmente válidas basadas en supuestos muy diferentes. Esto puede indicar que su realidad fundamental no existe independientemente de la experiencia que los asume, en una interdependencia inevitable. También podría ser que su naturaleza más básica no pudiera expresarse matemáticamente y sólo pudiéramos encontrar aproximaciones. O, finalmente, podría significar que la naturaleza puede describirse de varias maneras distintas. Los diferentes modelos que funcionen con éxito deberían ser entendidos como descripciones de la misma realidad, pese a sus diferentes expresiones. Sara Lumbreras Sancho, de JP Morgan en Londres, es ingeniero del ICAI y colaboradora de la Cátedra CTR NOTA ORIGINAL: http://www.tendencias21.net/Un-nuevo-modelo-fisico-propone-que-el-tiempo-es-solo-una-ilusion_a3879.html

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Murio Corín Tellado
InfoporAnónimo4/11/2009

Con 81 años, falleció hoy la escritora española Corín Tellado Estaba internada en el Hospital de Cabueñes, en la ciudad de Gijón. Era la autora más leída después de Miguel de Cervantes. Durante su vida publicó más de 4.000 novelas románticas, de las que vendió 400 millones de ejemplares. La escritora Corín Tellado murió hoy en la ciudad española de Gijón a los 81 años, informó el Hospital de Cabueñes, donde se hallaba internada. María del Socorro Tellado López, tal es su nombre completo, era la autora en español más leída después de Miguel de Cervantes. Nació en Viavélez, Asturias, el 25 de abril de 1926. Durante su vida publicó más de 4000 novelas románticas, de las que vendió 400 millones de ejemplares. El funeral se celebrará el lunes, a las 17, en la parroquia gijonesa de La Inmaculada, según informaron fuentes del tanatorio de Cabueñes que citan los medios españoles. La capilla ardiente de la novelista asturiana ya está instalada allí. Corín Tellado era hija de una ama de casa y un maquinista de la marina mercante. Fue la única mujer de cinco hermanos y comenzó a interesarse por la literatura en edad escolar. Tras la muerte de su padre en 1945 comenzaron las dificultades económicas para su familia, por lo que empezó a publicar las que se transformarían en famosas novelas románticas, con Atrevida apuesta , editada por Bruguera. Un año más tarde, la editorial la incluyó en su nómina de escritores y le encargaba una novela corta por semana. En 1948 regresó de Cádiz, donde vivía en ese entonces, a Viavélez, con su madre, y en 1951 se trasladó a Gijón, donde viviría hasta su fallecimiento. En 1959 se casó con Domingo Egusquizaga, con quien tuvo dos hijos, Begoña y Domingo. Sin embargo, tres años después del matrimonio se divorció. En 1966 comenzó a publicar Corín Ilustrada , una colección de fotonovelas cuya primera edición logró vender 750.000 ejemplares en una semana. Algunas de sus novelas han sido también llevadas a la gran pantalla, como Tengo que abandonarte (1970), película inspirada en una novela suya y dirigida por Antonio del Amo. En 1973 se vio obligada a volver a Bruguera, editorial que había abandonado pese a haber firmado un contrato de exclusividad, tras un largo proceso judicial. Trabajó allí hasta que la empresa desapareció en 1986, cuando recuperó su independencia. En 1991 publicó su primera novela larga y su favorita, Lucha oculta . Un Homenaje a todas las Románticas del Mundo Fuente: Clarín on Line

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Diego Maradona...opinan Calamaro y Sietecase...muy bueno
InfoporAnónimo10/17/2009

ESTAS DOS PERSONAS REPRESENTAN LO QUE SIENTO CON RESPECTO AL "CASO MARADONA"...LO COMPARTO CON USTEDES SIN ANIMO DE ARMAR QUILOMBO SOLO PARA EXPRESAR MI PENSAMIENTO A TRAVES DE ESTOS ARTICULOS...SALUDOS. REYNALDO SIETECASE Dijo... No lo puedo creer. De pronto todos le pegan a Diego Maradona. Los mismos que lo alabaron tantas veces, los mismos chupamedias que le hacían entrevistas laudatorias, los que le celebraban hasta sus contradicciones y gansadas, los que lo elevaron a la categoría de Dios, ahora lo destrozan. Triste destino el de los ídolos argentinos que deciden seguir vivos. A diferencia de Gardel, Evita o el Che, Diego no supo retirarse a tiempo. Si su indómito corazón hubiese estallado en el momento debido, en este momento los mismos que lo critican estarían invocando su nombre en vano. Por eso ahora que todos lo critican siento la necesidad espiritual de bancarlo. Primero una aclaración: no tengo ninguna relación personal con Maradona. Sólo el agradecimiento que le profesamos todos los argentinos, como hinchas de fútbol, al tipo que nos hizo felices tantas veces. Nada más y nada menos. En general no me gusta escucharlo. Es soberbio, prepotente y místico. Osado e irresponsable. Comparado con Marcelo Bielsa, el técnico de moda, Diego es la síntesis del pensamiento mágico. La intuición y la picardía frente a la táctica y la racionalidad del técnico de Chile. Pero ahora más que nunca me quedo con Diego. A todo esto: ¿alguien puede imaginar a Maradona dirigiendo al seleccionado de un país extranjero? En lo profesional nunca lo entrevisté. Apenas escribí sobre él cuando intentó volver al fútbol. Si bien Diego no lo aceptaba ya era un ex jugador. Ése es uno de sus problemas más severos: ninguno de sus queridos lo advierte a tiempo sobre la cercanía del abismo. En lo personal, como hincha de Rosario Central, viví aquella tarde como una pesadilla: el rey en su intento por regresar se ponía la camiseta de Ñuls. Le debo a Jorge Lanata la ingrata misión de cubrir ese regreso para Página/ 12. Otra paradoja de estos tiempos: hasta la llamada “iglesia maradoniana”, el colectivo creado para celebrar su grandeza deportiva, se permitió cuestionarlo. Para seguir con los términos religiosos, Diego está en el altar de la consideración popular pero no puede evitar las puteadas. Sin la necesidad de probarse las alitas está ubicado en la constelación de los mitos nacionales pero, en la primera de cambio, lo bajamos al barro. Sin embargo alcanza con cerrar los ojos para que algún momento de su historia deportiva nos abra una sonrisa. Ahora ese gesto puede devenir en mueca. Con todo, nos cuesta aceptar que Maradona nos representa en sus momentos de gloria con la misma fidelidad con la que nos refleja en cada una de sus miserias. Diego hizo casi todo lo que quiso. Estuvo en la cima y cayó al fondo del pozo; tiene fama y colecciona desprecios; tiene hijas e hijos, reconocidos y no; cuenta con la amistad de los famosos y los favores del poder; es protagonista de libros y canciones, de películas y anécdotas irreproducibles; pasó de Menem a Fidel; tuvo amigos que se esfumaron, mujeres y placer en todos sus formatos. Desbarrancó, estuvo casi muerto, renació de sus cenizas. Finalmente, como si se tratase de un mandato divino, llegó a la selección nacional. La decisión fue de Don Julio. Il capo di tutti capi volvió a realizar una apuesta al todo o nada. Esas apuestas donde él nunca arriesga. Don Julio también nos representa cabalmente. Por su decisión, Diego volvió como si fuese un talismán contra todas nuestras desventuras. Hasta ahora, como si nos hubiesen lanzado una macumba, todo lo que tenía que salir mal, salió mal. Goleada ante Bolivia, derrota humillante con Brasil, derrape en Paraguay y riesgo de quedar afuera del Mundial. Dicen que no sabe nada, que no tiene experiencia, que no controla al grupo, que no sabe de estrategia, que confunde a los jugadores con sus cambios, que no les da confianza, que ni siquiera logra motivarlos. Eso dicen los periodistas que le regalaban un plasma o una computadora para que se dejara entrevistar. Con esos argumentos lo castigan los medios que hicieron infinitos negocios a su costa. No sé bien por qué, pero no me gusta la eficacia de esa trituradora. Los jugadores, estrellas en Europa, parecen trebejos sin ninguna responsabilidad en la debacle del equipo. Un grupo de fantasmas vestidos con la celeste y blanca pero nadie les imputa nada. Carlos Salvador Bilardo la mira de costado, es un general contrariado por los caprichos de un emperador al que defiende en público pero desprecia en privado. Y Grondona ofrece las poses de un familiar consternado y sorprendido por el destino. No me gusta lo que pasa con Diego. Abomino de esos tipos que palmean la espalda antes de clavar sus puñales. Tal vez por eso a la hora de elegir, prefiero creer que el Gordo volverá frotar la lámpara. ...YANDRES CALAMARO DIJO... Gracias Diego ! 15 de octubre Tu pueblo, al que tanto diste, te queria enterrar ... Cuesta creer que muchos esperaban que Argentina se quede afuera del mundial africano para darse el gusto de enterrar al idolo mas grande que nos dio el football ; no se a que mecanismos responde una reaccion tan miserable , no entiendo porque el pais no esta celebrando, porque no se escuchan bocinas y petardos ; que esperaban los que esperaban un fracaso del querido Diego Maradona ; que nos dio mas alegrias que Walt Disney ... Que psicologia podrida "tenemos" que estabamos (yo no !!) esperando un fracaso de aquel que nos dio las glorias mundiales (?) ; el engranaje criticón facilongo ; the ultimate miserable human being : el sorete nacional que prefiere perder para enterrarse (de miercoles) en el odio ... Nunca mas usemos la primera persona cuando "ganemos" nada (algo ... todo). Estamos enfermos, seguro que el destino nos ajusta las tuercas y el equipo nacional juega barbaro en sudafrica, que Messi brilla, que vuelve Riquelme. Diegote querido, no te merecemos ... Nos clasificaste y la gente se esta comiendo las ganas que tenian de descuartizarte , Piazzola diria que a el le paso lo mismo, San Martin tambien ... Padres de una patria huerfana de gratitud. FUENTE: http://www.reynaldosietecase.com.ar/2009/10/08/diego/ http://www.calamaro.com/ac/ac.asp

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Ludovica Squirru - "Hay que explorarse por dentro&qu
InfoporAnónimo1/18/2009

Ludovica Squirru “Hay que explorarse por dentro” 14-01-2009 / La astróloga se define como una “brújula espiritual”. Ludovica Squirru se pone nerviosa si se la toma en broma. A ella o a sus libros. No le gusta que uno confunda la astrología sirio-caldea con la oriental, su especialidad, y está harta de que le propongan notas para transitar “el lado frívolo” de sus predicciones. Tiene 52 años y lleva escritos 27 “Horóscopo Chino”. Vende, sólo en el país y en Uruguay, 140.000 ejemplares por año, una auténtica bestseller. “Y una brújula espiritual”, dice, que intenta guiar a quien transite un camino introspectivo. Antes de perderse entre las sierras de Córdoba donde vive la mayor parte del año, recibió a Newsweek en su flamante casa de Recoleta y habló de creer. O reventar. - ¿Cómo se elige en qué creer? - Es una cuestión selectiva que depende de muchas cuestiones. Quizás lo heredas, o la influencia viene por algún amor, pareja... No hay una fórmula. La gente está ansiosa de que le digan qué hacer, cómo mejorar. Y la respuesta es un aprendizaje individual. No hay forma de que otro lo haga por vos. - ¿Por qué piensa que la gente le cree? - Porque lo que yo hago es, justamente, que la gente no dependa solamente de mis predicciones. La astrología oriental es más preventiva que predictiva. Te propone seguir un camino y en ese recorrido yo soy una luz, una brújula. Hay que meditar, ejercitar la conexión interior. No es fácil porque no estamos acostumbrados aquí, en Occidente. Pero la espiritualidad es inherente a todos los humanos y vivimos un momento de espiritualidad que va a durar. - ¿Cómo se inició? - Mi padre fue mi maestro, vivió en China. Recibí toda esta información desde muy chica. Pero no a todos les sucede igual. De cualquier modo, podemos revelarnos. - ¿Por qué lo dice? - La gente que se destacó lo hizo a pesar de la época, del país, del gobierno, del papá, la mamá y el marido. Si vos sos una sannyasin, una buscadora, una persona curiosa que quiere explorar su vida —por qué viniste a este mundo, cuál es tu misión— lo hacés, aun sabiendo que no hay fórmulas. - ¿Cómo se llega a ser “maestro”? - Hay que ser tántrico: aceptar lo bueno y lo malo. No decir “Pobre de mí”. Por otro lado, los maestros son seres humanos. Hay que preguntarle a sus hijos, a la esposa, cómo es el maestro en la vida real… ¡Lo digo porque yo fui pareja de maestros! Ser maestro implica vivir como cualquier hombre común y en ese trabajo, iluminar. - ¿En qué cosas mejoró a partir de vivir con esta filosofía? - Todas las cosas que tienen que ver con el misterio de la vida me ayudan a evolucionar como persona. Y si vos venís a este mundo, tenés que mejorar. Lo digo casi como un deber: hay que encontrar el propio camino, estar en el tao, que es lo más difícil de todo. No todo el mundo escucha su voz interior. Hay que creer. - O reventar… - ¡Ya estamos reventando! Estamos viviendo un fin de ciclo como especie humana, como Planeta Tierra. Un cambio en la estructura de conciencia. Nos toca ser bisagra del tiempo pasado: gobiernos que caen, estructuras que colapsan, sistemas que vencen. La aventura está en explorarse por dentro. - ¿Qué busca la persona que lee el horóscopo? - Un interlocutor con quien identificarse. - ¿Qué aportan mensajes como “privilegie el encuentro con sus ideales”? - Son guías, pero depende quién lea ese horóscopo… Cada paciente tiene el psicoanalista que se merece. Esto es igual: cada lector busca en el libro aquello que le interesa. Hay personas que compran mis libros solo por la poesía, por ejemplo. Es más, mi libro se llama “Horóscopo Chino” por la editorial, porque es lo que vende, pero lo que pongo ahí es mucho más que predicciones. A mí no me ofrecen escribir libros de otras cosas, por eso soy subversiva: ¡en 27 años, metí de todo en cada libro! Los viajes, las revelaciones, las experiencias, mis predicciones; incorporo gente de otras culturas… Entonces, ¿se llama “Horóscopo Chino”? Gracias, “Horóscopo Chino”. http://www.elargentino.com/nota-24386-Hay-que-explorarse-por-dentro.html

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Belen y los Reyes Magos
Belen y los Reyes Magos
InfoporAnónimo1/6/2009

Registrate y eliminá la publicidad! EL SIMBOLISMO DEL BELEN Abbe Hénri Stéphane El misterio de la Natividad comporta un doble aspecto: el nacimiento del Verbo en el mundo (punto de vista macrocósmico) y el nacimiento del Verbo en el alma (punto de vista microcósmico). Quizás es difícil representar estos dos puntos de vista a la vez, y algunas figuraciones se referirán más bien a un aspecto que al otro. Pero en los dos aspectos, el Niño Jesús debe ocupar una situación central; debe ser lo más pequeño posible para figurar «el Reino de los Cielos semejante a un grano de mostaza» (Mat, XIII, 3l-32). La Virgen debe ocupar igualmente una situación central, pero en un plano de fondo; ella no debe ocupar en ningún caso una posición simétrica a la de San José, que no es el verdadero padre del Niño Jesús; contrariamente a la mayoría de las figuraciones vulgares, ella no debe tener una actitud de plegaria o de adoración semejante a la de los otros personajes. Debe estar en la función de Virgo genitrix, lo que supone que está situada, como ya lo hemos dicho, detrás de Cristo, pero en la misma situación «axial», lo que significa que es a la vez «Madre de Dios» y «Esposa del Espíritu Santo». Su actitud debe ser jerárquica, perfectamente impasible, lo cual simboliza su virginidad, su inmaculada concepción, su perfecta sumisión o «pasividad» con respecto al Espíritu Santo. Todo lo que precede se aplica igualmente al punto de vista «microcósmico», es decir, al nacimiento del Verbo en el alma. La Virgen representa entonces al alma en estado de gracia. Desde un punto de vista pasivo, el alma debe identificarse a la Virgen realizando las perfecciones mariales, para que el Verbo pueda encarnarse como en el seno virginal de María, esposa del Espíritu Santo; desde un punto de vista activo, el alma se identifica a la Virgen Madre. El primer aspecto se refiere a la Comunión del alma recibiendo al Cristo, el segundo a la Invocación del Nombre de Jesús: el alma profiere el Verbo como la Virgen da a luz a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, generador supremo. Es aquí donde interviene San José, así como el asno y el buey. San José simboliza la presencia invisible del Maestro espiritual en la invocación, siendo éste el Espíritu Santo; el buey representa al «guardián del santuario», es decir, el espíritu de sumisión, de fidelidad, de perseverancia y el esfuerzo de concentración; el asno, animal «profano», es el testigo «satánico» en la invocación, representando el espíritu de insumisión y de disipación. Pero esto es también susceptible de una aplicación en el orden «macrocósmico», en el que el buey y el asno representan respectivamente el mundo celestial y el mundo infernal. Puede uno entonces preguntarse por qué este último es admitido en el nacimiento del Verbo, tanto en el mundo como en el alma; la explicación se encuentra claramente indicada en la Epístola a los Filipenses (II,10) donde San Pablo declara: «... a fin de que en el Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra, en los infiernos...», texto que se refiere tanto al nacimiento de Cristo en el mundo como a la invocación del Nombre de Jesús. Por todos estos motivos, San José debe figurar al lado de la Virgen, pero no en el eje indicado precedentemente, y, puesto que es el símbolo del Maestro Invisible, debe estar en una actitud puramente pasiva de manera que no obstaculice la acción del Espíritu. El buey y el asno deben colocarse a la derecha y a la izquierda (lado siniestro) del Niño Jesús. Nos queda hablar de los Reyes magos y de los pastores. Los Tres Reyes magos representan el poder sacerdotal y real. El primer rey representa el poder real; él ofrece a Cristo oro y le saluda como «Rey»; el segundo rey representa el poder sacerdotal; le ofrece incienso y saluda a Cristo como «Sacerdote»; por último, el tercero representa la síntesis de los dos poderes en el estado indiferenciado; le ofrece mirra (el bálsamo de incorruptibilidad) y saluda a Cristo como «Profeta» o Maestro espiritual por excelencia. La función de los Reyes magos tiene por tanto un carácter aristocrático que los distingue de la «plebe», representada por los pastores. Se deben colocar frente al Niño Jesús, mientras que los pastores pueden ser dispuestos en semicírculo alrededor de los Reyes magos. Finalmente, el nacimiento del Verbo o el «renacimiento espiritual» del alma debe realizarse durante la «noche»; es por eso que tiene lugar en la «gruta» a medianoche y en el solsticio de invierno, fecha de la Navidad. La gruta no es de ningún modo una pobre chabola con un techo de paja. Su simbolismo se refiere al de la Caverna o al del Domo (situado, en nuestras iglesias, encima del santuario donde se cumple el misterio eucarístico). La Caverna debe tener una forma hemisférica (propiamente un cuarto de esfera); el interior debe ser sombrío, iluminado solamente por la Estrella, símbolo de la Luz divina, pudiéndose colocar ésta encima de la Caverna. Por último, el pesebre donde reposa el Niño Jesús puede tener una forma hemisférica, complementaria a la de la Caverna, simbolizando las dos mitades del «Huevo del Mundo».* (*) Sobre los diversos símbolos evocados aquí, ver los capítulos de R. Guénon recogidos en Simbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, en particular: capítulo XXX, El Corazón de la Caverna; capítulo XXXII, El Corazón y el Huevo del Mundo; capítulo XXXIII, La Caverna y el Huevo del Mundo; capítulo. XXXIX, El Simbolismo del domo. Fuente: http://www.terra.es/personal/javierou/contemplatio.htm * * * * * * * * * * * *

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El Hombre, Dios, y La Naturaleza
El Hombre, Dios, y La Naturaleza
Apuntes Y MonografiasporAnónimo1/17/2009

Este es un texto para que reflexionemos sobre nosotros, Dios y la naturaleza...Espero les guste, como es un poco largo recomiendo imprimirlo si realmente les interesa y también visitar el sitio Geosofia de lycos...Bueno si les gusto comenten...Buena vida para todos Es falsa la idea de quienes afirman que es indiferente la idea que se tenga de la creación con tal de tener una opinión justa sobre Dios, pues un error respecto a la creación engendra un conocimiento erróneo de Dios. (Santo Tomás de Aquino) ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO Manifiesto Geosófico Axis Mundi Y allí estaba yo, de pie, en la cumbre de la más alta de las montañas y abajo, a mi alrededor, se encontraba el círculo del mundo. y mientras allí estaba contemplé más de lo que puedo describir y comprendí mucho más de lo comprendido hasta entonces; pues veía de un modo sagrado la forma de todas las cosas en el Espíritu y la Forma de todas las formas, como si todo estuviera unido, cual si fuera un único Ser. Y contemplé cómo el círculo sagrado de mi pueblo era uno de los muchos que componen el Gran Circulo, amplio como la luz del día y como el fulgor de las estrellas en la noche; y en su centro crecía un árbol majestuoso y florecido, para cobijar a todos los hijos de una misma Madre y de un mismo Padre, y vi que todo aquello era sagrado. ( Alce Negro ) 1.- FINES Y PREMISAS DEL PRESENTE MANIFIESTO Este Manifiesto obedece a un propósito: sugerir un camino de reflexión sobre la relación Hombre-Naturaleza que, transcendiendo los criterios sociológico-científicos de los planteamientos ecológicos, recupere la dimensión espiritual que le es intrínseca y que el moderno pensamiento religioso ignora. Su destinatario potencial es todo aquél que se sienta «Amante de la Naturaleza», expresión que, rescatada a un convencionalismo familiar, evocador acaso de meriendas campestres y excursiones dominicales, apela a la radicalidad del Amor como fundamento de la relación entre Hombre y Naturaleza. Amor y Conocimiento se implican y potencian recíprocamente; y si no es así, el primero degenerará en sentimentalismo y el segundo en información. El Conocimiento de que aquí se habla nada tiene que ver con el saber científico. Conocer la Naturaleza no es estar al tanto de sus procesos externos o saber designar los elementos parciales que la integran, sino captar la esencia que se oculta tras el fenómeno, atisbar su misterio, percibir su realidad sutil. Esa percepción, posible sólo desde el silencio contemplativo, es transfiguración, afloramiento real de una nueva dimensión de sobre-realidad. Y esa transfiguración es, en sí, un acto de amor. Pero si los conceptos Conocimiento y Amor deben ser mínimamente precisados , no menos deberá serlo el concepto Naturaleza. La Naturaleza de que aquí va a tratarse no es sólo la que estudian los naturalistas; se hablará, sin duda, de la Naturaleza fenoménica, pero entendida desde su potencialidad para asumir esa transfiguración a que acaba de aludirse y, por tanto, como realidad susceptible de actualizarse a los ojos del hombre como lo que, en sí misma, nunca ha dejado de ser: epifanía divina, lugar de Revelación. A partir de estos presupuestos, la consumación de la relación Hombre-Naturaleza no puede consistir sino en la unión de Amante y Amada en ese nivel superior de realidad que su propia relación unitiva genera; expresado en otros términos, la comunión espiritual del Hombre con el Cosmos. No obstante, queda al margen de las posibilidades de este texto cualquier análisis de las estructuras y procesos particulares que resultan de la articulación del plano físico de la Naturaleza con los planos suprafísicos de la realidad cósmica y de la forma en que en ese entramado se integra el ser humano –lo que constituiría propiamente el objeto de estudio de la geosofía–. El propósito que aquí se persigue es tan sólo plantear unas consideraciones previas sobre la situación que actualmente está dificultando o impidiendo esa comunión. Este Manifiesto no se pretende expresión de ninguna «nueva filosofía» ni quiere justificarse como renovador mensaje espiritual. Muy al contrario, sólo aspira a servir de cauce, en la medida de sus posibilidades, a una conciencia ancestral de la que la mentalidad moderna –creyente o atea, conservadora o progresista– reniega. Contribuir a recordar, aplicándolas a la situación actual, unas verdades hoy desdeñadas, asfixiadas y hasta ridiculizadas es el espíritu que anima este escrito. Se argüirá, quizá, que en actitudes aquí criticadas hay elementos parciales de positividad. Es posible; pero no pueden desdeñarse los criterios de oportunidad y, en las actuales circunstancias, un optimismo voluntarista parece entrañar riesgos muy superiores a los de una crítica sin matices; en todo caso, no se trata de valorar actitudes individuales, sino de plantear situaciones y expresar ideas. 2.- DIMENSION ESPIRITUAL DE LA CRISIS ECOLOGICA. La llamada crisis ecológica no es sino una manifestación exterior de la crisis espiritual –y por tanto integral– que viven el hombre y la sociedad occidental. Situar sus causas en el ámbito de la economía o de cualquier otro dominio del plano físico es interrumpir la escala causal dejándola apoyada por su extremo superior en el vacío; tales causas demandan también una explicación y exigen, a su vez, otras nuevas. Lo que en el mejor de los casos podría ser encontrado ahí serían las causas intermedias, las más superficiales e inmediatas. El mundo está regido por unas leyes cósmicas que el moderno hombre de ciencia desconoce, pues transcienden el ámbito físico, el único al que él dirige sus preocupaciones. Las causas finales, sin embargo, son de orden estrictamente meta-físico. Si quiere comprenderlo que sucede en la Tierra, el hombre deberá volver su mirada hacia el Cielo. Comprender es remitir cada fenómeno a su arquetipo celestial, percibir la dimensión universal que se transparenta en cada evento singular. Es éste un proceso que nada tiene que ver con el saber de la ciencia moderna, que es mera acumulación de información sobre el aspecto accidental de los fenómenos, reducible, por tanto, a datos estrictamente cuantificables. Mientras ,el hombre no comprenda la Naturaleza –en aquél su auténtico sentido– seguirá ignorando su realidad esencial y, por más datos que sobre ella pueda acumular, proseguirá su acción destructora, pues la inocencia animal nos está vedada y la destrucción acompaña fatalmente a la ignorancia. No tiene ningún sentido pretender vivir en armonía con la Gran Teofanía que es la Naturaleza, mientras se mantiene una actitud de hostilidad o indiferencia respecto a la fuente de esa teofanía. Dicho de otra forma, la crisis ecológica es inevitable en un mundo en el que Dios ha sido olvidado. Si la contaminación generalizada del planeta, la destrucción masiva de los bosques, la desaparición irreparable de especies animales y todas las formas semejantes de barbarie con que habitualmente convivimos son fenómenos de una extremada gravedad, lo son, antes de nada, por constituir una salvaje violación del Templo de Dios. Su más verdadera y radical importancia estriba en la profanación del Misterio teofánico; todo lo demás no son sino sus inevitables consecuencias. Por eso, mientras el hombre no vea la necesidad de restablecer la paz con el Cielo, tampoco podrá restablecerla con la Tierra. La crisis ecológica sólo se irá resolviendo en la medida en que los seres humanos se hagan capaces de percibir la unidad de todas las cosas en el Espíritu y el reflejo de éste en cada una de ellas; en la medida en que puedan intuir en los fenómenos naturales su transfondo metafísico, captando la causalidad vertical que asocia cada fenómeno a su esencia, al tiempo que la causalidad horizontal que vincula a aquéllos entre sí, trama y urdimbre del tejido cósmico. 3.- SENTIDO DE LA HISTORIA Y EXPERIENCIA DE LA NATURALEZA Fiel a la egolatría cultivada durante varios siglos, el hombre contemporáneo se considera a sí mismo el punto culminante de la historia y contempla el devenir humano como un proceso ascendente en cuya cumbre –y sin la menor muestra de pudor– coloca orgullosamente esa grotesca caricatura del Hombre Universal en que él mismo ha llegado a convertirse. Ha inventado así el dogma profano del evolucionismo, que, como todos los dogmas de la modernidad, debe ser leído rigurosamente al revés: lo que sus defensores nos proponen como antepasado del hombre, esa especie de larva humana que, torva y encorvada, entre el terror supersticioso y la violencia apenas contenida, se debate en las tinieblas de la semiconsciencia animal, somos, en realidad, nosotros. Ésa es la imagen más exacta que pueda darse del estado espiritual del hombre contemporáneo. La idea de evolución cultural, tan gratuita como la de evolución. biológica, si no más, se basa exclusivamente en la identificación de la inteligencia con el afán por el desarrollo tecnológico, lo que es a la vez una muestra de la ignorancia propia y una afrenta a la inteligencia ajena. El desarrollo patológico e hipertrofiado de la mente razonadora y analítica parece más bien la compensación al progresivo oscurecimiento de una facultad intelectual, más elevada que la razón, que hacía posible al Hombre Primordial un conocimiento superior. En tal sentido, las sucesivas conquistas técnicas de la historia humana no representan un progreso, sino el efecto progresivo de compensación ante la pérdida creciente y continuada de las prerrogativas espirituales que antaño poseía el hombre y del poder que éstas le conferían –de uno u otro modo– sobre la materia. Es una ley cósmica fundamental que todo descenso en el orden de lo cualitativo se ve acompañado de una expansión en el orden cuantitativo. La esencia disminuye para que la substancia crezca. Lo que algunos llaman el «sentido de la historia» no es más que la aplicación de dicha ley a ese ámbito concreto, lo que, a su vez, no es sino la expresión, en el plano cósmico, de la Inmolación primigenia de la Divinidad. La experiencia de una Naturaleza radicalmente desacralizada es un hecho relativamente reciente. Para el Hombre Primordial y, en general, para las culturas tradicionales (que son prácticamente todas a excepción de la que impera en Occidente desde el Renacimiento hasta la actualidad y del ensayo general que supuso el clasicismo grecolatino), la Naturaleza nunca fue algo exclusivamente físico, pues siempre estuvo investida de un valor religioso. Puesto que el Cosmos era una creación, emanación o manifestación divina, el mundo todo estaba impregnado de sacralidad y siempre conservó, a los ojos del hombre tradicional, una incuestionable transparencia metafísica; la propia estructura del mundo y de los fenómenos cósmicos revelaban las distintas modalidades de lo sagrado. El Cielo revelaba directamente la Transcendencia; la Eternidad, lo Absoluto; la Tierra ponía de manifiesto la infinita Multiplicidad, la fecundidad sin límites de la Madre universal; los ritmos cósmicos expresaban el orden y la armonía del Espíritu. El Cosmos hablaba al hombre y todos sus fenómenos estaban llenos de significado. La actividad humana, por su parte, era un sacrificio continuado (en el sentido etimológico: de sacer facere, hacer sagrado), una celebración permanente. El rito no era un acto piadoso, entre el temor y la rutina, sino una vía de comunicación con un nivel superior de realidad; en cierta medida, una quiebra objetiva en la estructura misma del mundo. El ritual –del que todo acto, en uno u otro grado, participaba– rompía la horizontalidad de la sucesión temporal y se abría en lo vertical como afloramiento de la Eternidad en el tiempo. La liturgia ritmaba sacralmente unos trabajos que encontraban su arquetipo en la actividad creadora del Infinito. En sus cosmologías, el hombre antiguo jamás persiguió la exactitud científica, sino lo que para él era mucho más importante: la verdad espiritual que se expresaba a través de los símbolos. Si los esquemas cosmológicos de la antigüedad colocaban a la Tierra –y por ende al Hombre– en el centro del Universo, era en tanto que imágenes teomórficas, no como descripciones de una realidad física que sólo tenía un valor secundario para el hombre tradicional. Fue realmente la traición del Renacimiento la que situó al hombre –al hombre «exclusivamente humano»- en el centro del Universo, sustituyendo todas las medidas divinas por medidas humanas. Así, la desacralización y la profanización abrían el camino a la posterior profanación. En los siglos XVII y XVIII prosigue y se acentúa la secularización del Cosmos a manos de filósofos y científicos hasta que, finalmente, con la revolución industrial, la Naturaleza pasa a ser simplemente el conjunto de recursos naturales disponibles para la satisfacción de las necesidades y deseos del ser humano. Lo que antaño fuera sede de todas las teofanías, lugar de celebración de una liturgia cósmica, pasó a ser la reserva de materias primas destinadas a ser transformadas por la industria. El Templo se convirtió en almacén: sacrílega metamorfosis que sintetiza con singular precisión el significado de la modernidad respecto al mundo de la Tradición. En definitiva, a medida que el hombre fue manipulando y controlando las fuerzas físicas, se le fueron sustrayendo en igual medida las fuerzas sutiles y espirituales que aquéllas sustentaban. El hombre se apropiaba la superficie de un mundo en la misma medida en que renunciaba a sus alturas, conquistaba la materia a expensas del Espíritu, la tierra a costa del Cielo. La llamada –no sin una ridícula petulancia– «conquista del espacio» coincide de forma sólo aparentemente paradójica con su desarraigo total y definitivo del Cosmos. 4.- CIENCIA MODERNA Y PERCEPCION DE LA NATURALEZA Para comprender la situación en que actualmente se encuentra el hombre en relación al Cosmos habría que profundizar en el significado de ambos términos. Ahora bien, qué sea el hombre es algo que no puede averiguarse con microscopios, como tampoco puede averiguarse con telescopios qué es realmente el Cosmos. La ciencia moderna, que sólo toma en cuenta los datos percibidos por los sentidos o recogidos por medio de su instrumental tecnológico, ignora por ello mismo todo cuanto transciende el orden físico, lo que equivale a decir que ignora lo fundamental, pues el hecho fenoménico no es más que la superficie externa de un proceso que se desarrolla en profundidad, a través de una pluralidad de niveles suprafísicos, y que escapa, por tanto, a los órganos sensoriales lo mismo .que a los instrumentos técnicos. La ciencia moderna se constituye así en un conocimiento literal y estrictamente superficial; sus descripciones del mundo fenoménico podrán ser todo lo detalladas y prolijas que se quiera, pero en ningún caso penetran un ápice tras la corteza exterior; proporcionan, de este modo, un conocimiento detallado de las formas, pero a expensas de una total ignorancia de las esencias. Por eso la ciencia moderna es un saber ignorante: jamás explica la razón de ser de los procesos; sus pretendidas explicaciones no son sino meras descripciones de los cambios que se suceden en la superficie: crónicas de sucesos, murallas levantadas en torno al misterio del Ser. Y en la medida en que tiende hacia la cantidad pura, la ciencia progresa en in-significancia y en in-sensatez, pues significado y sentido son prerrogativas de la cualidad, ajenas al ámbito de la cantidad. Tras haberse limitado a sí misma la visión, la ciencia moderna erige su miopía en método, decretando la inexistencia de todo lo que es incapaz de percibir y negando el sentido a todo aquello que es incapaz de comprender. El fervor científico ha sustituido al religioso en la mentalidad popular y los dogmas de la ciencia ocupan el lugar que en tiempos ocuparon los de la Iglesia; el hombre medio presta de inmediato su absoluta aquiescencia a todo cuanto venga avalado por la etiqueta de «científico», sinónimo ya de «axiomáticamente verdadero», al tiempo que se exime de toda responsabilidad tanto a la ciencia como a quien la cultiva, Parece como si las armas químicas y nucleares, las substancias de toda índole que envenenan la tierra, el aire y el agua, en suma, las innumerables formas de destrucción que voluntaria e involuntariamente ha desarrollado la humanidad y con las que se devasta el planeta y se exterminan los seres humanos, no tuviera nada que ver con la ciencia. Mejor haría el pensamiento científico en volver su mirada sobre sí y recapacitar en por qué su cultivo y aplicación ha colocado al mundo al borde mismo de su total destrucción. Hay dos verdades fundamentales sobre el conocimiento de los fenómenos: primera, el hombre está hecho para lo Absoluto y todo conocimiento fragmentario, desgajado de sus raíces en el Infinito, acaba resultando fatídico. Segunda, el hombre no tiene derecho a conocer todo cuanto quiera o pueda en el dominio de las ciencias de la Naturaleza. El conocimiento de lo relativo debe estar en función de su madurez mental y espiritual y de su recta voluntad para hacer un uso adecuado de él. El hombre moderno se cree adulto, cuando –colectivamente hablando– es incapaz de cualquier autocontrol y se encuentra a merced de sus apetencias primarias e inmediatas. Que tal aprendiz de brujo disponga de los medios de que dispone, lleva consigo los peligros que la historia de este siglo registra y los que amenaza con registrar. Hay un conocimiento superior y unos saberes inferiores. Los saberes inferiores, las ciencias analíticas, son legitimas sólo cuando se desarrollan paralelamente al Conocimiento de las verdades fundamentales y están vinculadas a éste. Si los científicos renacentistas tenían razón frente a los del Medioevo, era sólo en cuanto a la exactitud de los fenómenos, pero no en cuanto a la verdad de la esencia ni a la legitimidad del conocimiento. A diferencia de la ciencia moderna, las ciencias tradicionales no buscaban la exactitud cuantitativa sino la Verdad cualitativa. Poniendo de relieve la multiplicidad de los planos del Ser y la vinculación de las realidades del mundo físico con sus arquetipos metacósmicos, las cosmologías antiguas, por ingenuas o inexactas que pudieran resultar en sus detalles, estaban mucho más próximas a la verdad que la ciencia moderna con todo su aparato tecnológico y su maníaca obsesión de exactitud. La más infausta consecuencia de la ciencia moderna es haber originado una incapacidad generalizada para percibir la profundidad inconmensurable que late en todo lo real. El hombre tradicional vivía en un universo de valores simbólicos y, por tanto, potencialmente abierto por todas partes al Infinito. El hombre de mentalidad científica ha renunciado a la multidimensionalidad del símbolo por la unidimensionalidad de la cifra, ha sustituido el universo polivalente de las imágenes divinas por un mundo de discursos al que atribuye mayor grado de realidad, y se ha encerrado así en la reducida y lúgubre caverna en la que una razón analítica mutilada, en tanto que desgajada de sus raíces luminosas, confunde las esencias con las formas, los seres con sus sombras: la mentalidad científica –es decir, la mentalidad hoy en día común– vive rodeada de fantasmas, su mundo es un mundo de espectros. 5.- TECNICA Y MAQUINISMO El hombre moderno vive tan familiarizado con la creencia en la necesidad de un progreso técnico indefinido, que está incapacitado para contemplar esa idea como lo que realmente es: una superstición, jamás compartida por ninguna otra cultura, fraguada en su incapacidad para diferenciar entre medios y fines, y alimentada por su permanente estado de ansiedad. La pérdida de contacto inmediato con la Naturaleza que toda técnica implica, puede florecer –si los medios se mantienen dentro de sus legítimos límites y son santa y sabiamente utilizados– como creatividad al servicio de su vida mental y espiritual. Tales límites fueron definitivamente traspasados con la revolución industrial del siglo XIX, que supuso la entrada en escena de la máquina de forma generalizada. Por supuesto, existían máquinas con anterioridad, pero su difusión era escasa, no determinaban el orden social y conservaban, en general, unas dimensiones y un carácter todavía humanos; un telar manual, por complejo que fuese, permitía al hombre una actividad serena, consciente y creadora, cargada además de contenidos simbólicos que le vinculaban a una realidad transcendente; no forzaba el apresuramiento, no devoraba materias tenebrosas y no obligaba al expolio de la Naturaleza para alimentarlo. En definitiva, no era obstáculo ni a la actitud devocional, ni al acto ritual. Pero quien dice técnica, dice poder; y el poder seduce. Uno de los efectos más significativos del maquinismo es la fascinación que ejerce sobre la estructura mental del hombre actual, que puede quedar cautivado y cautivo de cualquier siniestro amasijo de hierros y engranajes. Reactualización del pecado original que clarifica el sentido de la historia; entre ceder a la tentación de ser como dioses ya la de poder desplazarse a una velocidad absurda, que atenta contra la vida, impone un ritmo infernal a la existencia e impide toda delectación en los encantos de la Naturaleza, media una diferencia: la mediocridad conquistada a pulso por el hombre occidental tras varios siglos de esfuerzo. La aparición de nuevos avances técnicos y la creciente necesidad de los mismos constituye un solo y único proceso, mecanismo doble cuyas partes se alimentan recíprocamente. Hace al menos siglo y medio que el hombre moderno vive el mito de Perseo en su lucha con la Medusa: de cada necesidad que satisface surgen diez necesidades nuevas que le acosan. La máquina impone un ambiente inhumano, manipulaciones tan grotescas como monótonas, gestos uniformes, ininteligibles e inconscientes, sin belleza y sin alma. El maquinismo carece de todo sentido de la proporción, moviliza energías colosales para lograr objetivos cualitativamente minúsculos o despreciables, y sustituye la fecunda complejidad de los ritmos cósmicos que manifiestan la Vida en el Universo por la uniformidad plana y lineal de la muerte. Si proporción y ritmo son los elementos característicos de la creación artística, cabe afirmar sin exageración ninguna que, con el maquinismo, estamos ante la inversión satánica del arte. El maquinismo es a la vez efecto y causa de un mundo en el que la astucia ha sustituido a la inteligencia y la utilidad ha usurpado el lugar de la verdad. La coexistencia de hombre y máquina obliga –al menos desde la lógica de la demencia que rige el sistema social y habida cuenta de que no es posible humanizar al maquinismo– a «maquinizar» al hombre. En consecuencia, se hace necesario reducir nuestras capacidades a lo que la máquina exige y nuestras aspiraciones a lo que la máquina ofrece. El que ahora se hable de «máquinas inteligentes» sólo demuestra una cosa: que se ha perdido toda noción mínimamente clara de lo que es la inteligencia. La utilización de la máquina a nivel individual, dada la estructura social en que vivimos, es probablemente inevitable, pero ello no sólo no legitima el maquinismo, sino que pone de manifiesto el carácter totalitario de la estructura social que determina. Por lo demás, la imposición totalitaria jamás justificará la tecnolatría a que gustosa y voluntariamente se entrega hoy en día el hombre. común sin que nada le obligue directamente a ello. Una cosa es la aceptación vigilante de las imposiciones que la presión social hace más o menos insalvables, y otra muy distinta el abandono gratuito, frívolo y complacido, la rendición sin condiciones a las fuerzas del Caos. La revolución tecnológica de los últimos años ha venido a sustituir el carácter de pesantez y aplastamiento de las máquinas de hace unas décadas por la ligereza, la manejabilidad y la asepsia de las nuevas tecnologías. El resultado es un incremento de su capacidad hipnótica y de la falsa idea de autonomía del hombre frente a la técnica. Si la locomotora de vapor se imponía por la evidencia brutal y mastodóntica de su presencia, lo hacía, empero, marcando un hiato, dejando un espacio entre hombre y máquina en el que el exorcismo o la rebelión eran todavía posibles. Por el contrario, los últimos ingenios de la electrónica seducen al hombre desde su interior, con la atenazadora levedad de un delirio onírico que cerrándose sobre sí aniquila la capacidad de despertar. Es necedad y quimera pretender un sabio uso de las máquinas. Sólo una colectividad de hombres nobles, capaces de guardar la distancia y diestros en el difícil arte de la renuncia, podría mantener su integridad ante la máquina. Pero tales hombres para nada precisarian de ella. De toda máquina, emana un irresistible reclamo a su utilización y su mera presencia anula parcialmente la ya mermada libertad del hombre medio. Está en la naturaleza misma de la técnica –y no en sus modalidades de uso– el seducir y el vampirizar, el cultivar la ansiedad que alimenta la necesidad febril, de inventar, de crear incesantemente nuevos e inverosímiles artilugios que sólo unas mentes sumidas en la ofuscación y el desvarío, ajenas al más elemental sentido de la vida, pueden sancionar como útiles o convenientes. Necesidad que amenaza con visos de fatalidad. El hombre moderno podrá quizá dominar las fuerzas de la Naturaleza física, pero parece incapaz de controlar su mente y, víctima del" espejismo de la cantidad, avanza a velocidad vertiginosa a estrellarse de bruces con la Nada. 6.- DESARROLLO ECONOMICO Y NATURALEZA Es Ley de Dios que todo ser humano tiene derecho a disponer de los medios naturales que le posibiliten su desarrollo físico, mental y espiritual. Ahora bien, esos medios tienen un límite en cuanto a su legitimidad, que no es otro –desde el punto de vista técnico- que el que señalan las artes y oficios de las sociedades tradicionales. Pero no sólo el modo de su actividad, sino también sus resultados, deben mantenerse dentro de unos, límites, difíciles de precisar, quizá, en términos cuantitativos, pero relativamente claros, al menos, para aquéllos que conserven el sentido de las proporciones y cuya mente no se encuentre obnubilada por los criterios en vigencia. Pasada esa cota, la insistencia en un mayor desarrollo se torna ilegítima y nefasta. En efecto, a partir de un determinado punto, el crecimiento material sólo puede promover se a expensas del crecimiento mental y espiritual.; es ésta una ley empíricamente constatable, por más que su justificación teórica pueda ser compleja. Hablando en términos generales, la riqueza no genera más que imbéciles y perversos y no sólo eso, sino que la austeridad es una condición ineludible de toda felicidad terrenal que merezca tal nombre y de todo progreso espiritual. No es ésta una actitud penitencial (por más que este aspecto, del que eventualmente pueda revestirse, no sea desdeñable) sino sapiencial e intrínsecamente liberadora; la austeridad o pobreza que aquí se propone no es miseria y nada tiene que ver con la mortificación; sería más bien la utilización correcta de toda la energía humana, física, vital, mental; el despliegue en cada momento y en cada situación de la estrictamente necesaria, y la orientación de la restante hacia más altos fines mediante su transmutación alquímica interna en energía espiritual. La austeridad así entendida, que incluye y transciende los límites de lo material, aliviaría al hombre actual de la asfixiante carga de objetos, ansiedades, necesidades y miedos que cotidiana y llevaderamente le asesinan. Tanto loor y tanto cántico a la libertad (a esa parodia de libertad que es lo único que la mentalidad democrática parece capaz de concebir) revela por vía de inversión que el hombre contemporáneo, de algún modo, se intuye obscuramente encadenado a la materia y menos libre de lo que nunca lo fue. Desconoce, sin embargo, algo transcendental: que, en lo que a lo material atañe, el ser humano no se mide por lo que consigue poseer, sino por aquello de lo que es capaz de prescindir, por las necesidades que logra suprimir, por todas aquellas cosas superfluas triviales de que sabe apartar impávidamente la mirada; por su capacidad, en suma, para ceñirse a lo esencial. Por otra parte, toda riqueza material procede, en última instancia, de la Naturaleza. Afirmar alegremente que se puede aumentar el nivel de consumo de una población continuamente creciente sin que la fuente única de toda riqueza se vea por ello alterada es, como mínimo, de una inconsciencia sospechosa. y reemplazar el concepto «nivel de consumo» por el de «calidad de vida» es un eufemismo mixtificador que sólo engaña a quienes ya están predispuestos a engañarse a sí mismos. Dada la situación actual, con un perentorio problema de superpoblación y con millones de personas viviendo y muriendo en la miseria, sólo una cultura de la pobreza, una sociedad que hiciese de la austeridad y la solidaridad sus principios rectores, donde cualquier lujo o despilfarro –y casi todo es lujo o despilfarro en Occidente– quedase radicalmente proscrito, podría garantizar una vida digna para toda la familia humana sin necesidad de perpetuar el pillaje y saqueo de la Naturaleza. No es un tópico, sino una verdad sangrante, que el «desarrollo» de una parte del mundo se ha construido sobre la devastación del planeta y, a la vez, sobre la explotación, el sufrimiento, la indigencia y la muerte de millones de seres humanos. Seguir esgrimiendo el planteamiento desarrollista (sin preocupaciones ecológicas o con ellas y sea cual sea el calificativo con el que se matice) y fomentando la obsesión del reivindicacionismo económico como vía de solución a los problemas sociales, es colaborar con la destrucción de la Naturaleza y con la anulación física, mental y espiritual del individuo y de la colectividad. La cuestión que, en esta parte del mundo, es urgente plantearse, no es la de hacer compatible el equilibrio natural con el desarrollo y la riqueza, sino con la austeridad y la santa pobreza, lo que, dicho sea de paso, es –al menos desde un punto de vista técnico– bastante más sencillo. 7.- CRISTIANISMO, MODERNIDAD Y NATURALEZA Un cúmulo de circunstancias –entre ellas la necesidad de luchar contra los paganismos mediterráneos, la. «concentración» de la divinidad en su encarnación que toda religión avatárica implica, el propio carácter de Occidente– indujeron al Cristianismo primitivo a enfatizar la distinción entre lo natural y lo sobrenatural, lo que supuso que ya tempranamente comenzara el Cristianismo a despojar a la Naturaleza del espíritu interior que late en todas las cosas. No obstante, aún se le atribuía en los primeros siglos un cierto significado teológico y espiritual, que propició en el Medioevo el florecimiento de diversas ciencias tradicionales y que se ha mantenido más o menos vivo en ciertos místicos y en la Iglesia de Oriente. En cualquier caso, la innata desconfianza histórica del Cristianismo respecto a la perspectiva cosmológica se revela en la intransigencia hacia las desviaciones inmanentistas –fllagia, politeísmo, panteísmo– frente a una mayor o menor tolerancia ante actitudes transcendentalistas. No hacía falta, pues, que la mentalidad racionafista e ilustrada se esforzase demasiado para que esa dimensión de la espiritualidad cristiana quedase recluida dentro del edificio litúrgico, donde iría languideciendo al tiempo que lo hacía el marco en que se la encerraba. A mediados de este siglo, la Iglesia era una estructura fosilizada que, habiendo cedido a la tentación del poder temporal, se aliaba a los poderosos y carecía de toda autoridad espiritual. Las virtudes y valores profundos del Evangelio se veían en gran medida desplazados por una moral farisaica sin apenas más horizonte que la observancia temerosa de ciertos preceptos eclesiales. El mito –providencial herencia del Judaísmo– había degenerado en «historia sagrada» (que no hierohistoria), conjunto de relatos convencionalmente ejemplarizantes para mentes adormecidas. El culto no era ya sino la repetición mecánica de fórmulas y gestos cuyo significado profundo casi todos ignoraban; el ritual, degradado en ceremonia, trataba de compensar con fastos más o menos suntuosos la ausencia de sentido interior. El símbolo, tan opaco a los ojos de los fieles como de los ministros, se había convertido en elemento decorativo o convencional seña de reconocimiento. Frente a este estado de cosas iba a reaccionar la mentalidad «conciliar» siguiendo un camino insospechado: acabar con la enfermedad rematando al enfermo; poseída por el más estrecho racionalismo, la iglesia conciliar lleva a cabo la destrucción sistemática de los soportes tradicionales de la espiritualidad cristiana, mostrando especial saña, consciente o inconsciente, por todo lo que evocara resonancias cosmológicas. Se oculta el mito, de forma avergonzada y vergonzante, pues perdida la capacidad para comprender su más hondo sentido, se lo considera conocimiento fallido ante los supuestos descubrimientos de la ciencia. El rito que antaño polarizaba la liturgia cristiana, re-presentación e integración en el sacrifico del Calvario –que lo era, a su vez, del sacrificio cosmogónico– se convierte ahora en reunión de objetivos difícilmente precisables, como no sea la satisfacción de una obsesiva manía conmemorativa –en el sentido más superficial del término– que trasluce una tenaz ofuscación por el hecho histórico. Se arrincona el símbolo y, en la escasa medida en que se recurre a él, es para degradarlo en racional alegoría, añadiendo así la confusión al olvido. El arte sagrado y la liturgia, que median y garantizan la presencia de la Naturaleza, son «actualizados», o, lo que es igual, se desprecia un legado intemporal que representa la culminación de la civilización de Occidente, por una infracultura de desechos plásticos y sonoros que nada oculta porque nada contiene. Así por ejemplo, unas cancioncillas ñoñas, literariamente banales y musicalmente deleznables, sustituyen a los celestiales acordes polifónicos o a la austera y solemne gravedad del gregoriano, y una arquitectura de hormigón –material innoble, falsificación vil de la piedra– confunde el templo con la cárcel y la fábrica. Por doquier, la mentalidad conciliar, con un complejo mal asumido de culpa histórica, se empeña con ahínco en emular la mediocridad generalizada del mundo contemporáneo. ¿En nombre de qué, podrá la vulgaridad o la fealdad servir de instrumento al Espíritu y fomentar la virtud y el amor entre los seres humanos? ¿Qué acrobacia mental se atreverá a justificar tanta blasfema trivialidad y tanto convencionalismo contestatario por el anquilosamiento institucional o la bestialidad homicida de la dinámica capitalista? Resulta patética esa obsesión del cristianismo modernizante por andar corriendo tras revoluciones que para nada le atañen... con veinte años de retraso. Así, ese cristianismo «democrático» se ve reducido a una ética social vacía de contenido espiritual; en el fondo, como casi olvidada reliquia, la imagen de una transcendencia difusa y raquítica (que, de acuerdo a los cánones humanistas, difícilmente va más allá de la Persona y tiene, por tanto, más de acósmico que de transcendental), a punto de morir por inanición ya la que sólo la inercia y la falta de valor y de rigor intelectual mantienen todavía en su arruinado pedestal. Aquí no son dos décadas, sino varios siglos los que separan a la actualidad dé este cristianismo modernizante, a mitad de camino entre el humanismo renacentista y el dualismo cartesiano más feroz. Para el cristiano moderno, la experiencia religiosa es algo estrictamente personal; atañe a él ya su Dios; al mundo ya no se lo siente como obra del Espíritu; la Naturaleza queda al margen del drama cristológico y cualquier eventual preocupación por un entorno desacralizado se inscribe en el marco de una actividad social ajena por completo a toda consideración religiosa. Absorto por las responsabilidades sociales, morales o históricas –las únicas que en su ceguera conoce nuestra civilización– es incapaz siquiera de imaginar lo que pueda significar y suponer una responsabilidad en el plano cósmico. Por eso no puede comprender la experiencia del hombre al que llama «primitivo» que, inteligible sólo desde su contexto cósmico, se le antoja inauténtica o infantil. El cristiano moderno ya no vive su religión como una respuesta íntegra, unitaria y totalizadora al interrogante de la Existencia. Más bien parece sentirla como algo acomplejadoramente inútil –si no embarazoso– para moverse en lo que considera «el mundo». De ahí que continuamente se sienta obligado a recurrir a la sociología o a la psicología, al marxismo o al ecologismo, en suma, a la última moda mental impuesta por el mercado ideológico, para responder a las presiones del medio. Huyendo de la idolatría y el panteísmo, tan incapaz como el resto de sus contemporáneos de ver en las cosas algo más que las cosas mismas, profesa un teísmo materialista: esquizofrenia espiritual que exhibe complacido como supuesta muestra de libertad. En el contexto de una existencia desacralizada, las actuales diferencias entre conservadores y progresistas en el seno de la Iglesia constituye un asunto casi irrelevante. El espíritu de la modernidad, al que todos prestan acatamiento y sumisión, convierte sus desacuerdos en discrepancias tácticas, no mayores de las que diferencian a unas fuerzas políticas de otras: cuestiones de matiz. El integrismo, por su parte, se limita a repetir de memoria una lección que no comprende. En todo caso, frente a este cristianismo socio-psicológico, encerrado en los límites de la historia y del acontecer, y cuyas fuentés de inspiración parecen ser más la estadística y las noticias de prensa que la Escritura y el Espíritu Santo, ahí sigue, esperando a quien quiera o pueda recogerla, la antigua idea tradicional de un Cristo cósmico que, sintetizando y consumando la relación Hombre/Cosmos/Dios, puede abrir el camino hacia una recuperación de la teología de la Naturaleza y de su experiencia espiritual. 8.- NEOESPIRITUALISMO Si el cristianismo racionalista no se eleva un centímetro por encima del suelo, el neoespiritualismo que ahora se difunde por Occidente nos ofrece un mundo que parece lindar con un cielo de cartón-piedra por arriba y con el Infierno puro y simple por abajo. Incluso dejando a un lado a ocultistas, nigromantes, aprendices de hechicero, diversas variedades de psicólogos y demás moradores de las cavernas de la infraconciencia –y abstracción hecha de algún insólito afloramiento genuino de la espiritualidad oriental–, el neoespiritualismo universaliza los dominios de la confusión. Cualquiera de las grandes tradiciones espirituales de Oriente es un hecho integral, unitario, del que no es posible separación de un elemento parcial sin pérdida fatal de su sentido. Pero la fragmentada y fragmentadora mente del racionalista occidental no es capaz de concebir una realidad que no sea susceptible de ser desmontada en piezas, como si de un mecanismo se tratase. Así, tomando elementos dispersos de aquí y de allá, se fabrica un Yoga que ignora el Hinduismo, un Zen que no tiene nada que ver con el Budismo o un Sufismo escindido radicalmente del Islam. En suma, unas doctrinas empobrecidas y tergiversadas, privadas de raíces y de savia, cuya anemia teórica no es disimulada, sino subrayada, por la inacabable proliferación de todo tipo de técnicas con las que se va construyendo una Babel confortable y profiláctica que rehuye de antemano elevarse demasiado para evitar cualquier vértigo. Desgajado de toda raíz tradicional, manipulando el éxtasis para ocultar la necesidad imperiosa de virtud y la exigencia ineludible de la transformación individual y colectiva, este espiritualismo de laboratorio reproduce a su manera el abrazo mortífero de Maya. Abrazo fláccido, se diría, pues todo tiene, en el mejor de los casos, un aire melifluo e insubstancial; es como una mezcla de angelismo insulso y hedonismo gelatinoso que huye como de la peste de todo esfuerzo intelectual sostenido, de toda renuncia ascética, de cualquier sufrimiento solidario. Innecesario consignar que la Naturaleza, substancia que nutre en gran medida la espiritualidad de Oriente, no juega aquí sino un papel ora ornamental, ora instrumental: bucólico fondo de trances inciertos o teatro de operaciones para aficionados a la alquimia recreativa. 9.- ECOLOGISMO Se deducirá sin dificultad que el medio ambiente y su conservación, punto en torno al cual gira la ecología como ciencia y el ecologismo como movimiento social, queda bastante lejos de lo que aquí se propone. El movimiento ecologista, antaño abierto –siquiera fuese de forma incipiente y confusa, y aun teñido siempre por los prejuicios progresistas– a más altas miras y más radicales anhelos, ha sido engullido por la capacidad asimiladora del sistema social y se ve encerrado ya en los estrechos márgenes de la praxis sociopolítica convencional. Con un discurso acomodaticio y equívoco, carente de todo planteamiento global totalizador, constreñido por la urgencia de lo inmediato, enredado en la trampa burocrática de las estructuras administrativas, el ecologismo se agota en un reformismo intranscendente. Su perspectiva teórica parece incapaz de superar las coordenadas econórnico-científicas, y se limita a concebir la Naturaleza, bien como el conjunto de recursos naturales disponibles para satisfacer las necesidades del hombre, bien como hábitat biológico en el que desarrolla sus procesos vitales. Según el primer criterio, propondrá como objetivo la explotación racional de los recursos naturales; de acuerdo con el segundo, la integración funcional, zoológica, en el entramado biológico. Como si la diosa Razón, tras haber creado Occidente, pudiese disponer todavía de algún margen de crédito, como si no hubiera sido precisamente el racionalismo lo que nos ha traído hasta aquí, como si la racionalidad, por sí sola, no fuera el más vago, engañoso, manipulable e inaprehensible de todos los criterios, y como si alguien, hasta la fecha, hubiera invocado a la Irracionalidad para colocar al planeta en la situación en que se encuentra. Por lo demás, fundamentar la relación con la Naturaleza en cualquier forma de explotación sólo puede ser propio de suicidas o mercenarios. En cuanto al segundo criterio –la mera integración funcional–, cabe señalar que ignorar la diferencia entre la razón de ser, la vocación y el destino de un ser humano y de un animal sólo es posible desde la reducción de la conciencia al nivel de las reacciones químicas, lo que viene a ser algo así como convertir una catedral gótica en un problema de mineralogía. Culmina por la doble vía de la explotación racional y la integración funcional el proceso de instrumentalización, socialización y «acosmización» de la Naturaleza, con el beneplácito de todas las fuerzas sociales y con los ecologistas orgullosamente al frente. La impugnación radical del sistema, la demanda de unos nuevos valores, la vuelta a la tierra, la búsqueda de la liberación total del individuo, la proyección hacia nuevos modos de vida, han desembocado finalmente en un cívico reformismo higiénico-sanitario, cuando no en fructífera comercialización del naturismo o en paranoica obsesión por el cuerpo y la salud. El «hombre nuevo» parece haber fenecido, ahogado quizá en los botes de pintura con que los ecologistas pretenden teñir de verde el turismo, la moda, el desarrollo, la empresa, el progreso y, en suma, el capitalismo y la modernidad. Triste destino el de un movimiento que nació pregonando su voluntad de construir un mundo nuevo y acaba reparando a toda prisa las grietas para tratar de impedir que se hunda el viejo. Si el ecologismo aspira a sobrevivir ya participar en la formación de un núcleo de conciencia que pueda ser germen de una relación distinta con la Naturaleza, deberá redefinir íntegramente sus planteamientos y reelaborar desde una nueva perspectiva sus presupuestos teóricos, la naturaleza de su actividad y sus propósitos. En definitiva, deberá contemplar la relación Hombre-Naturaleza desde el ahondamiento en la más profunda realidad de ambos, orientándose hacia la búsqueda de una cosmovisión digna de tal nombre. Eso implica, de entrada, colocarse ante la Naturaleza en una actitud receptiva, más de meditarla que de escudriñarla, más de amarla que de ordenarla, más de abismarse en ella que de analizarla. y deberá tener en cuenta que toda pretensión de defender la Naturaleza que no cuestione, con rigor incendiario si es preciso, el progreso, la industrialización, el desarrollo, la tecnología –en suma, las bases mismas sobre las que se asienta la sociedad occidental contemporánea y que ninguna fuerza política se atreve a cuestionar–, tal pretensión, sea cual sea la apariencia de que se revista, no puede ser ya más que fariseísmo o banalidad. 10.- ORIGEN Y CENTRO En la consumación de la ruptura definitiva entre Hombre y Naturaleza se encuentra un hecho de transcendental importancia: la pérdida de la conciencia de autoctonía, la desaparición de la solidaridad mística con la tierra natal (lo que nada tiene que ver con el nacionalismo ni sentimientos afines), que situaba al hombre en el espacio y le otorgaba un lugar en el Cosmos. Ese vínculo con la Tierra-Madre, que es algo más que una metáfora poética, hacía del hombre un ser centrado, es decir, situado en el Centro –en el Centro del Mundo de las antiguas cosmologías, que algunos confunden con el centro físico del Universo–. Su centro cósmico sostenía y alimentaba su centro interior. Sólo a partir de ese punto es posible la orientación, es decir, saber en que dirección está el Oriente. Por eso, situado en el Centro del Mundo, el hombre podía discernir el Oriente del Alma, la región por donde se levanta el Sol del Espíritu. Perdido el Centro, que cohesiona e integra, el ser humano, des-orientado, se fragmenta en una multiplicidad de opiniones y actitudes, residuos de un proceso de dispersión centrífuga qué ningún recogimiento viene a equilibrar. Fijando al ser humano en el espacio, en su lugar, la conciencia de autoctonía le incorporaba a una realidad perdurable que le precedía y le sobrevivía, que lo prolongaba en las dos direcciones del tiempo cuantitativo y le permitía vivir su decurso como posibilidad salvífica. Mediante la integración en esa realidad perdurable, es decir, en la Tradición (término que pierde todo su sentido en el contexto profano), el hombre quedaba vinculado al Origen, a la vez que proyectado hacia su reactualización escatológica al Final del Tiempo; abarcaba así la totalidad temporal, con la posibilidad potencial de transcenderla y abrirse al eterno presente, al Tiempo Magno de los orígenes. A milenios de distancia, el hombre actual consuma la caída edénica: expulsado entonces del recinto sagrado, y desterrado ahora, pues ninguna tierra, ni sagrada ni profana, puede sentir ya como suya. ¿Qué ser humano podría identificarse con un paisaje rasgado y entenebrecido por el asfalto, el hormigón y el hierro? Arrojado entonces a la muerte y entregado a la turbadora ambigüedad, del tiempo, hasta de ese tiempo se encuentra ahora privado. Sin pasado –del que reniega y con el que ha roto–, sin futuro –contemplado por él como aleatoriedad absoluta y, por tanto, Nada–, el hombre se debate convulsivamente en la tarea imposible de confiscar el instante. Nada hay en el tiempo que le pertenezca. El hombre moderno ya no tiene tiempo. Sin tiempo y sin lugar, carente de Origen y de Centro, desarraigado de la Tierra y olvidado del Cielo, su mundo –su mundo interior y, en la medida en que alcanza a modificarlo, también su mundo exterior– no es ya un Cosmos sino un Caos. 11.- MUERTE Y RESURRECCION Só1o la inercia –fuerza que transciende con mucho el ámbito físico– sostiene a Occidente en la existencia. Espiritualmente hablando, Occidente murió tras el Romanticismo; físicamente subsiste, sin duda, pero no como civilización, sino como innovadora y refinada forma de barbarie. Su desaparición física es ya una mera cuestión de trámites con la historia. Los signos de los tiempos revelan a quien sepa leerlos que, desde un punto de vista cualitativo –el único que, en última instancia, importa– estamos viviendo ya el final de un mundo, que la agonía se prolongue durante más o menos tiempo no pasa de ser un asunto secundario. Los problemas a que Occidente se enfrenta en la actualidad no son difíciles, sino absurdos. Sus datos, distorsiones que los siglos convirtieron en pautas, sólo suscitan, a modo de soluciones, diversas modalidades de hundimiento. Ahí, todo posibilismo es matemática de la destrucción, y cualquier utopía que ignore el Espíritu, ensoñación vana, susceptible de coagularse en cualquier momento en pesadilla. Con todo lo que tengan de lúgubre amenaza, no son los problemas medioambientales o la guerra nuclear –síntomas, a fin de cuentas– los que determinan las postrimerías de Occidente. El cataclismo ecológico o nuclear puede acaecer, por supuesto, pero Occidente moriría igual si así no fuese; y moriría, sobre todo, por falta de entidad, por carencia de ser, engullido por su vaciedad interior. Lo que comúnmente se llama «realidad» no es sino un colosal entramado de ficciones, mantenido en pie por el terrorismo de la publicidad y los medios de información, y alimentado por el «ciudadano medio», entregado a la superstición de la noticia y el culto a la exterioridad. Transcendiendo el orden de la individualidad, nada hay en el siglo XX digno de perdurar. Somos, sencillamente, superfluos. Una sociedad que hace de la gastronomía, la moda y el deporte sus divinidades domésticas, no supera los mínimos necesarios que confieren derecho a la existencia. Como ya hacía presagiar la caída del Imperio romano, Occidente será la primera civilización que muera de frivolidad. Pero el trance no será leve, pues Occidente perecerá como ha vivido la historia de su decadencia: sin dignidad, sin la callada entereza de quien en soledad asume su destino, sino entre aspavientos y clamores, presa de convulsiones de posesión y tratando de arrastrar cuanto pueda en su caída. Con todo, no ha lugar al pesimismo. Que el mundo moderno se desmorone no puede ser sino motivo de gratulación, aun con el terrible dolor que la conmoción implique, para quienes mantienen viva su esperanza en la humanidad. y si era preciso consumar la Caída y llegar al punto más bajo en el descenso, habrá que convenir en que también la anomalía se integra de algún modo en el ordenamiento cósmico; cabe esperar, pues , que hasta las substancias más sórdidas que el progreso rezuma se transmuten, cual materia prima de la Obra alquímica, en las piedras preciosas que cimentarán los muros de la Jerusalén celestial. A menos que lo. remedie la intervención divina, deberán pasar siglos, tal vez milenios, para que el planeta que habitamos se recupere de las heridas infligidas por el salvajismo moderno. No cabe sino asumir la responsabilidad en nombre de la humanidad, comprender el sentido profundo de la devastación y aceptar nuestra actual realidad de seres desarraigados y enajenados de la Tierra. Después, conjurando la arrogancia de los tecnólatras y la ignara sapiencia de los científicos, pedir perdón al Señor del Cosmos y, en silencio y con humildad, dirigir a la Naturaleza una mirada de amor en la que pueda reflejarse de nuevo, como en un espejo, el brillo empañado pero todavía mágico de su intrínseco Misterio. En definitiva, habría que recuperar el antiguo espíritu geosófico. No es preciso inventar nada: la geosofía es una ciencia tan antigua como el hombre, ciencia soteriológica –que contemplaba la Naturaleza en su triple dimensión, física, sutil y espiritual– arrojada al olvido por la rebelión prometeica de la modernidad y su cientifismo vacuo. Tampoco se trata de desenterrar cadáveres. La trama oculta del mundo ya no es la misma que la de hace apenas unos siglos. La estructura del psiquismo cósmico se ha visto substancialmente alterada y el mundo físico es cada vez más impermeable a las energías superiores. Las leyes geosóficas de la antigüedad, así como sus aplicaciones, deberán ser actualizadas y reelaboradas en mayor o menor medida, pero el fin que la geosofía persiguió siempre no debe ni puede ser modificado: alcanzar la comunión espiritual con el Cosmos, recuperar el sentido de lo sagrado, aprehender la dimensión de eternidad que devuelva al ser humano ya la Naturaleza su pureza paradisíaca. 12.- EPILOGO Aspirantes crónicos al Apocalipsis , tan sólo la catástrofe rutinaria parece a nuestro alcance. Y así seguimos, quitando el polvo a los muebles mientras esperamos la llegada anunciada del huracán que no dejará piedra sobre piedra. De la actitud interior depende que ésa sea una manifestación de cándida necedad, o el acto cabal del adorador que, con la seguridad de quien conoce la clave para restituir el hacer al ámbito del ser, lleva a cabo, con rigor implacable, la acción sacrificial que encierra en sí misma su razón de existir, única posibilidad de transcendencia sobre la compulsión pragmática y el imperativo ético. Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte la cosecha del olivo, y los labrados no den mantenimiento, aunque se acaben las ovejas del aprisco y en los corrales no haya vacas, con todo, yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación. Jehová el Señor es mi fortaleza, Él hace mis pies como de ciervas y en mis alturas me hace andar. (Habacuc) Octubre de 1992. Axis Mundi y «Cuadernos de la Naturaleza». Apartado nº. 25, 05400 Arenas de San Pedro, Ávila, (España). Fuente: http://***/geosofia/manifiesto.htm

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