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Patricia Highsmith, el viento que gime
ArteporAnónimo10/6/2010

“Los tristes creen que los vientos gimen; los alegres, que cantan”. Escritora estadounidense. Nació el 19 de enero de 1921 en Forth Worth, Texas, trasladándose luego al Greenwich Village de Nueva York, donde pasó su juventud. Sus padres se habían divorciado nueve días antes de su nacimiento y pasó los primeros años de su vida con su abuela. A su padre no lo conoció hasta que tenía 12 años. A pesar de sus aptitudes para la pintura y la escultura, durante su época en el instituto ya supo que quería ser escritora y escribió que los asuntos que más le interesaban eran la culpa, la mentira y el crimen. Poe, Conrad y Dostoievski encabezaban la lista de sus autores preferidos en esa época. A los nueve años leía a Dickens y releía Crimen y castigo de Dostoievski. Siendo muy joven leyó The human mind de Karl Menninger, libro que incluye estudios científicos sobre conductas anormales. "Me di cuenta de que el hombre o la mujer de la casa de al lado podía tener una extraña psicosis sin que yo pudiera apreciarlo", escribió años más tarde en uno de sus diarios. Empezó a escribir gruesos volúmenes de apuntes a los 16 años y continuó hasta su muerte. Apuntaba minuciosamente sus ideas sobre relatos y novelas, a las que llamaba "gérmenes", borradores y esquemas, observaciones y reflexiones. También escribió durante muchos años diarios. Son 8.000 folios que, tras su muerte, quedaron depositados en los Archivos Literarios Suizos, en Berna. Cursó estudios de periodismo en la Universidad de Columbia. Era guapa, inteligente, perseverante y muy seria y tímida. No se entendía bien con sus padres y tenía sentimientos de culpabilidad por sus tendencias homosexuales. Publicó su primer cuento a los 24 años en la revista Harper´s Bazaar y cinco años más tarde saltó a la fama de la mano de Alfred Hitchcock, quien adaptó su primera novela, Extraños en un tren (1951). Tanto el libro como el film son considerados clásicos del suspense. Graham Greene la apodó "la poetisa del miedo" y escribió que "había creado un mundo propio, un mundo claustrofóbico e irracional, en el cual entramos cada vez con un sentimiento de peligro personal, con la cabeza inclinada para mirar por encima del hombro, incluso con cierta renuencia, pues vamos a experimentar placeres crueles, hasta que, en algún punto, allá por el capítulo tercero, se cierra la frontera detrás de nosotros, y ya no podemos retirarnos." The New Yorker consideró el libro de Highsmith "incomparablemente perturbador." Desde muy joven escribía relatos con personajes sobre los que pendía la amenaza, personajes que no podían conciliar el sueño, como ella, que odiaba la noche porque sentía que no podía respirar. En 1953, debido a una prohibición de su editora, decidió lanzar el libro The price of salt bajo el seudónimo Claire Morgan. La novela que trataba de un amor homosexual llegó al millón de copias y fue reeditada en 1991 bajo el título de Carol. Pero fue la creación del personaje de Tom Ripley, ex convicto y asesino bisexual, la que más satisfacciones le dió en su carrera. Su primera aparición fue en 1955 en El talento de Mr. Ripley, y en 1960 se rodó la primera película basada en esta popular novela, con el título A pleno sol, dirigida por el francés René Clément y protagonizada por Alain Delon. A partir de allí se sucederían las secuelas: La máscara de Ripley (1970), El juego de Ripley (El amigo americano) (1974), El muchacho que siguió a Ripley (1980), entre otras. El asesino Ripley, un poco patoso pero adorable, también inspiró a Win Wenders para dirigir El amigo americano en 1977. Recientemente, Anthony Minghella ha dirigido una nueva versión del ya clásico texto de El talento de Mr. Ripley (1999). Fué una exploradora del sentimiento de culpabilidad y de los efectos psicológicos del crimen sobre los personajes asesinos de sus obras. Siempre se interesó por las minorías y, de hecho, su última novela Small G: un idilio de verano (1995), mostraba un bar en Zurich, en la que sus personajes homosexuales, bisexuales y heterosexuales se enamoran de la gente incorrecta. Era una trabajadora infatigable, que no publicaba nada hasta que no lo había revisado numerosas veces. No se plegó a las modas del mercado, aunque durante algunos años tuvo que publicar "falsas" historias, como ella decía, comerciales, para poder sobrevivir. Sintió el rechazo por sus historias pesimistas y despiadadas, su conducta personal y por sus ideas políticas contrarias al ideal del ‘sueño americano’ (se había vincluado en las juventudes comunistas en la universidad, aunque las dejó porque le robaban tiempo para la literatura). Dejó Estados Unidos y se trasladó permanentemente a Europa en 1963 donde residió en East Anglia (Reino Unido) y en Francia. Sus últimos años los pasó en una casa aislada en Locarno (Suiza), cerca de la frontera con Italia. Allí falleció el 4 de Febrero de 1995. A pesar de la popularidad de sus novelas, Highsmith prefirió pasar la mayor parte de su vida en solitario. Los únicos seres queridos que dejó en este mundo fue su gata Charlotte y sus caracoles, a los que criaba, dibujaba, fueron protagonistas de algunas de sus historias y llevaba consigo cada vez que se mudaba de casa. Tenía un semblante agrio, lo que no le impedía expresarse en público con singular cortesía. Se dedicó íntegramente a la literatura los 74 años que le tocó vivir. Su extensa obra así lo atestigua: más de 30 libros entre novelas, colecciones de cuentos, ensayos y otros textos. A los 17 años publicó su primera novela, El Grito del Amor, y en forma póstuma la última, Carol y Small G: Un Idilio de Verano. Para los amantes de la novela negra Highsmith es tan importante como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, James Cain, James Ellroy, Chester Himes o Elmore Leonard. Sus libros narran las historias de hombres y mujeres en situaciones comunes que se tornan peligrosas y los obligan a defenderse con una moral egoísta, tramposa. Su nombre también es referencia de algunas películas de Michel Deville y Claude Autant-Lara, la citada Extraños en un tren de Hitchchcok, A pleno sol de René Clement, El amigo americano de Wim Wenders, El cuchillo de Claude Chabrol y otras basadas en sus novelas. Ripley es su personaje más perverso, cruel, amoral, peligroso, cínico y dañino, un don nadie capaz de mentir, engañar y destruir para conseguir la buena vida a través de lo más tortuoso que alguien puede perpetrar: matar a otro y suplantarlo. Aparenta ser una persona culta que lee Shakespeare, toca Bach al piano, sabe comportarse en la mesa, resiste al vino y las comidas pesadas, intentando provocar la aprobación entre los demás, especialmente los hombres apuestos y ricos, hacia quienes se dirige como un tiburón. Este joven solitario fue creado por Highsmith en 1955 como un reflejo de sus propias aprensiones y dudas, sin ser inmoral, ni psicótico, ni siquiera un enfermo mental porque sus acciones son racionales: “Lo considero un hombre tan civilizado que mata cuando tiene necesariamente que hacerlo. No tienen que admirarlo pero tampoco hay que censurarlo. Vive su vida, a su manera, no es un criminal, es un arribista obligado a matar”. Una de las últimas obras publicadas en español es Pájaros a punto de volar (2002), en la que se reúnen 14 relatos cuyos temas fundamentales son la soledad y el odio como variante del amor. Se trata de escritos de juventud de una narradora ya madura. En Tom Ripley, a modo de último homenaje a la autora, figuran las cinco novelas de Patricia Highsmith dedicadas a su más inquietante personaje. «Las cinco novelas de Ripley son divertidas, admirables comedias negras... Nos seducen para que nos identifiquemos con un asesino encantador y nos veamos así obligados a reconocer que nuestro universo moral es muy frágil, que quizá nosotros también podríamos matar. Sobre todo si, como Ripley, pudiéramos salir siempre tan bien librados» (John Williams, The Financial Times). ¿Quién es el ambiguo, inquietante, escurridizo Tom Ripley, que desde hace años viene seduciendo a amantes y a víctimas, a lectores, críticos y directores de cine? Apareció por primera vez hace cuarenta años en A pleno sol. Veinte años después, Patricia Highsmith hizo reaparecer a su ya célebre antihéroe en El amigo americano y posteriormente, Tom Ripley regresará en otras tres novelas: La máscara de Ripley, Tras los pasos de Ripley, y Ripley en peligro, el brillante cierre de este quinteto de novelas magistrales. La tortuga [Cuento. Texto completo] Víctor oyó la puerta del ascensor, los rápidos pasos de su madre en el pasillo y cerró el libro de un golpe. Lo escondió debajo del almohadón del sofá y maldijo por lo bajo cuando oyó que el libro se resbalaba entre el sofá y la pared y caía al piso con un ruido sordo. La llave ya giraba en la cerradura. -¡Vííííctor! -gritó su madre, agitando un brazo en el aire. Con el otro sostenía una bolsa grande de papel madera y de su mano colgaban una o dos bolsitas-. Fui adonde mi editor y al mercado y a la pescadería -le dijo-. ¿Por qué no estás jugando? ¡Es un día lindísimo! -Salí -dijo él- un ratito. Me dio frío. -¡Uf! -la madre descargó la bolsa del almacén en la pequeña cocina detrás del vestíbulo-. Debes de estar enfermito. ¡Tener frío en el mes de octubre! He visto a todos los niños jugando en la vereda. Hasta ese nene que te gusta, creo, ¿cómo se llama? -No lo sé -dijo Víctor. De todos modos, su madre no estaba prestándole verdadera atención. Metió las manos en el bolsillo de sus pantalones cortos, que ya le ajustaban, y empezó a caminar sin rumbo por la sala, mirándose los zapatones gastados. Su madre podría haberle comprado zapatos que le quedaran bien por lo menos. A ella le gustaban ésos porque tenían las suelas más gruesas que jamás hubiera visto y la punta cuadrada, un poquito levantada, como botas de alpinista. Víctor se detuvo frente a la ventana y miró el edificio de enfrente, de color tostado. Vivía con su madre en el piso dieciocho, cerca de la azotea. El edificio al otro lado de la calle era aún más alto que el de ellos. A Víctor le gustaba más el departamento donde habían vivido en Riverside Drive. También le gustaba más la escuela de ahí. En la nueva se reían de la ropa que usaba. En la otra se había cansado de reírse de él. -¿No quieres salir? -preguntó su madre, entrando en la sala mientras se secaba las manos con energía con una bolsa de papel. Se olió las manos-. ¡Puaj! ¡Qué olor horrible! -No, mamá -dijo Víctor con paciencia. -Hoy es sábado. -Ya lo sé. -¿Ya sabes los días de la semana? -Por supuesto. -¿A ver? -No quiero decirlos. Los sé -los ojos se le pusieron vidriosos-. Hace años que los sé. Hasta nenes de cinco años saben los días de la semana. Pero su madre no estaba escuchando. Estaba inclinada sobre el tablero de dibujo en un rincón de la habitación. Había estado trabajando hasta tarde la noche anterior. Víctor estuvo en su sofá cama en el rincón opuesto de la habitación sin poder dormirse hasta las 2, cuando ella fue a acostarse en el sofá cama. -Ven acá, Víííctor. ¿Ves esto? Víctor se acercó arrastrando los pies, con las manos aún en los bolsillos. No, ni siquiera había echado un vistazo al tablero esa mañana; no había querido. -Este es Pedro, el burrito. Lo inventé anoche. ¿Qué te parece? Y éste es Miguel, el nene mexicano que lo monta. Andan y andan por todo México y Miguel piensa que están perdidos, pero Pedro sabe cómo volver a casa todo el tiempo y... Víctor no escuchaba. Deliberadamente pensaba en otra cosa, acto que había aprendido al cabo de muchos años de práctica. Pero el aburrimiento y la frustración -sabía lo que quería decir la palabra frustración; había leído todo al respecto- le pesaban como una piedra sobre los hombros, sentía el odio y las lágrimas amontonadas en sus ojos, como un volcán a punto de estallar en su interior. Había tenido la esperanza de que su madre captara la alusión cuando le dijo que tenía frío en sus estúpidos pantaloncitos cortos. Había tenido la esperanza de que su madre recordara lo que le había contado días antes, que el chico que había querido jugar, que parecía tener su misma edad, once años, se había reído de sus pantalones cortos el lunes por la tarde. "¿Te hacen usar los pantalones de tu hermano o algo así?" Víctor se había alejado lleno de mortificación. ¿Qué habría pasado si el otro se hubiese enterado de que ni siquiera tenía un par de knickers y menos aún un par de pantalones largos, aunque fueran vaqueros? Su madre, por alguna razón disparatada, quería que pareciera como un francés y le hacía usar pantaloncitos cortos y medias tres cuartos y camisas tontas con cuellos redondos. Su madre quería que él siguiera teniendo seis años toda su vida. Le gustaba mostrarle sus dibujos a él. "Víctor es mi tabla de armonía -les decía a veces a sus amigos-. Le muestro mis dibujos y sé de inmediato si a los niños les gustarán o no." A veces Víctor simulaba que le gustaba algunos cuentos que en realidad no le gustaban o dibujos que sentía que le resultaban indiferentes, porque sentía lástima por su madre y porque ella se ponía de mejor humor si él le decía esas cosas. Ya estaba cansado de las ilustraciones de cuentos infantiles, si es que alguna vez le habían gustado -en realidad no podía acordarse- y ahora tenía dos preferidos: las ilustraciones de Howard Pyle en algunos de los libros de Robert Louis Stevenson y las de Cruikshan en los de Dickens. Víctor pensaba que era una desgracia para él que fuera la última persona a la que su madre pedía opinión, pues simplemente odiaba las ilustraciones infantiles. Y era un milagro que su madre no se diera cuenta de ello, porque hacía años y años que no había podido vender ninguna ilustración para libros; nada desde Wimple-Dimple. Un ejemplar de ese libro cuya sobrecubierta lucía agrietada y amarilla estaba ubicado en el estante central de la biblioteca en un espacio libre, para que todos pudieran verlo. Víctor tenía siete años cuando se publicó ese libro. Su madre siempre le contaba a la gente que él le había dicho lo que quería que ella dibujase, la había observado hacer cada dibujo, le había dado su opinión y, en fin, la había guiado totalmente. Víctor tenía sus serias dudas acerca de esto, primero porque el cuento era de otra persona y había sido escrito antes de que su madre hiciera los dibujos y, naturalmente, los dibujos debieron adaptarse a la historia. Desde entonces, su madre sólo había publicado unas pocas ilustraciones para revistas infantiles y preparado calabazas y gatos negros de papel para Halloween, la fiesta de las brujas, aunque siempre llevaba su carpeta de dibujos de editor en editor. Su padre les mandaba dinero. Era un rico hombre de negocios que vivía en Francia, un exportador de perfumes. Su madre decía que era muy rico y muy apuesto. Pero él se había vuelto a casar, nunca escribía y Víctor no tenía interés en él, ni siquiera le interesaba ver una foto de su padre. Su padre era un francés con algo de polaco y su madre era húngara francesa. La palabra húngara le hacía pensar a Víctor en gitanos, pero cuando una vez le preguntó a su madre, ella replicó enfáticamente que no tenía nada de sangre gitana. Se había mostrado muy molesta con Víctor por esa pregunta. -¡Escucha! ¿Cuál te gusta más? "En todo México no había un burro más inteligente que Miguel, el burrito de Pedro." O si no: "Miguel, el burrito de Pedro, era el más inteligente de todo México." -Creo... que prefiero la primera. -¿Cómo era? -preguntó su madre, cubriendo con la palma de la mano la ilustración. Víctor trató de recordar las palabras, pero se dio cuenta de que sólo estaba mirando las marcas de lápiz en el borde del tablero de dibujo. El dibujo colorido del centro no le interesaba en absoluto. No estaba pensando. Esa era una sensación frecuente y familiar en él; había algo emocionante e importante en el no pensar. Víctor sentía que algún día iba a encontrar algo que hablara sobre eso -quizá con otro nombre- en la biblioteca pública o en los libros de psicología que había en su casa y que él hojeaba cuando su madre no estaba. -¡Víííctor! ¿Qué estás haciendo? -Nada, mamá. -Eso justamente. ¡Nada! ¿No puedes pensar siquiera? Una ola caliente de vergüenza lo envolvió. Era como si su madre pudiera leerle los pensamientos, acerca del no pensar. -¡Pero estoy pensando! -protestó-. Estoy pensando acerca del no pensar -su tono era desafiante. ¿Qué podía hacer ella en cuanto a eso, después de todo? -¿Qué? -su madre inclinó la cabeza negra y enrulada y lo enfrentó con los ojos maquillados entrecerrados. -El no pensar. Su madre apoyó las manos llenas de anillos en las caderas. -¿Sabes, Víííctor, que tienes unas ideas medio raras? Estás enfermo. Enfermo mentalmente. Y eres un retardado. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Que tienes la mentalidad de un nenito de cinco años -dijo con lentitud, acentuando las palabras-. Es mejor que pases las tardes de los sábados encerrado. Quién sabe, a lo mejor, si sales, puede pisarte un auto. Pero es por eso que te quiero, mi pequeñito Víííctor. -Le pasó el brazo sobre los hombros y lo atrajo hacia ella. Por un instante, la nariz de Víctor permaneció apretada contra su pecho grande y suave. Ella llevaba su vestido color piel, el que se transparentaba un poco a la altura del busto. Víctor alejó la cabeza con brusquedad, confundido por las emociones. No sabía si deseaba reír o llorar. Su madre reía alegremente, con la cabeza echada hacia atrás. -¡Estás enfermo! ¡Mírate! Mi neniiito, con pantalonciiitos. ¡Ja, ja! Entonces las lágrimas asomaron en los ojos de él, ¡y su madre se comportaba como si estuviera disfrutándolo! Víctor giró la cabeza para que ella no pudiera verle los ojos. Luego la miró repentinamente. -¿Te crees que me gustan estos pantalones? A ti te gustan, no a mí, entonces, ¿por qué tienes que burlarte? -Un neniiito que llora -continuó ella, riendo. Víctor salió corriendo hacia el cuarto de baño, pero se desvió en el camino y se arrojó de cabeza en el sofá, con la cara contra los almohadones. Cerró los ojos con fuerza y abrió la boca, llorando pero sin llorar, de una manera que había aprendido con la práctica también. Con la boca abierta, la garganta cerrada, sin respirar por casi un minuto, podía en cierto modo sentir la satisfacción de llorar, hasta de gritar, sin que nadie se diera cuenta. Hundió la nariz, la boca abierta, los dientes en el almohadón rojo del sofá y, si bien siguió oyendo la voz de su madre, el tono burlón y la risa, imaginaba que esos sonidos se iban apagando y alejándose. Se imaginaba que estaba muriendo. Pero la muerte no era un escape; sólo un hecho concentrado y doloroso, el clímax de su no llorar. Luego, volvió a respirar y a oír la voz de su madre. -¿Me oíste? ¿Me oíste? La señora Badzerkian vendrá a tomar el té. Quiero que te laves la cara y que te pongas una camisa limpia. Y también que le recites algún versito. ¿Qué verso vas a recitarle? -Cuando me voy a la cama en el invierno -dijo Víctor. Ella le había hecho memorizar cada poema de El jardín de versos infantiles. Víctor dijo el primero que se le cruzó por la cabeza, pero eso le causó problemas porque ya lo había recitado en la última visita. -¡Dije ése porque no podía pensar otro en el momento! -gritó Víctor. -¡No me grites! -exclamó su madre, lanzándose hacia él. Víctor recibió una bofetada antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Quedó apoyado en un brazo del sofá, de espaldas, con las delgadas piernas de rodillas huesudas extendidas. "Está bien -pensó-, si así son las cosas, así son las cosas." La miró con odio. No iba a hacerle ver que la bofetada le había dolido, que aún le dolía. "Basta de lágrimas por hoy -juró-, basta de no llorar." Terminaría el día, soportaría el té como una piedra, como un soldado, sin pestañear siquiera. Su madre caminaba por el cuarto, toqueteándose los anillos sin cesar, mirándolo de vez en cuando, desviando la mirada rápidamente. La mirada de Víctor estaba fija en ella. Él no tenía miedo. Ella podía golpearlo otra vez, pero a él no iba a importarle. Por fin ella anunció que se iría a lavar la cabeza y se escurrió al baño. Víctor se levantó del sofá y vagó por el cuarto. Hubiera querido tener un cuarto propio para poder estar solo. El departamento de Riverside Drive tenía tres ambientes: la sala, su cuarto y el de su madre. Cuando ella estaba en la sala, él podía estar en su dormitorio o viceversa, pero luego decidieron derrumbar el viejo edificio de Riverside Drive. No era algo en lo que le gustaba pensar. De pronto recordó dónde había caído el libro, empujó el sofá y lo alcanzó. Era La mente humana, por Menninger, un libro lleno de historias clínicas fascinantes. Víctor no lo devolvió al estante donde estaba, entre un libro de astrología y otro de cómo dibujar. A su madre no le gustaba que leyera libros de psicología, pero a Víctor le encantaban; sobre todo los que tenían historias clínicas. Los pacientes hacían lo que querían. Se comportaban con naturalidad. Nadie les daba órdenes. Víctor pasaba horas en la biblioteca del barrio, hojeando los libros de psicología. Estaban en la sección para adultos, pero al bibliotecario no le molestaba que se sentara allí porque se comportaba decentemente. Víctor fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Mientras estaba de pie bebiendo, oyó un crujido en una de las bolsas de papel de su madre. Un ratón, pensó, pero cuando movió las bolsas no vio ningún ratón. El sonido provenía del interior de una de las bolsas. La abrió con cuidado y esperó que algo saltara. Miró el interior y vio una cajita de cartón blanco. La sacó con lentitud. El fondo estaba húmedo. Se abría como una caja de masitas. Al hacerlo, Víctor dio un salto de sorpresa. Se encontró con una tortuga, viva y volcada sobre su caparazón. Las patas se agitaban en el aire, el animal intentaba darse vuelta. Víctor se humedeció los labios y, frunciendo el ceño con concentración, tomó la tortuga por los borde del caparazón con las dos manos, le dio vuelta y la volvió a colocar con suavidad en la caja. La tortuga encogió las patas, estiró la cabeza un poco y lo miró con fijeza. Víctor sonrió. ¿Por qué su madre no le había dicho que tenía un regalo para él? Los ojos de Víctor brillaron, mientras pensaba en sacar la tortuga a pasear, quizá con una correa alrededor del cuello, para mostrársela al que se había reído de sus pantalones cortos. Quizá cambiara de parecer acerca de ser su amigo si descubría que él tenía una tortuga. -¡Eh, mamá, mamá! -gritó Víctor, apoyado contra la puerta del baño-. ¿Me trajiste una tortuga? -¿Una qué? -había cesado el ruido de la ducha. -¡Una tortuga! ¡En la cocina! -Víctor saltaba mientras pronunció estas palabras. De pronto se detuvo. Su madre había dudado, también. La ducha volvió a oírse. Su madre gritó con voz chillona. -C'est une terrapène! Pour un ragoût!* Víctor comprendió y sintió un pequeño escalofrío. Cuando su madre le hablaba en francés era porque estaba dándole una orden que debía obedecer sin réplicas. De modo que la tortuga iría a parar a un guiso. Víctor regresó a la cocina, con perpleja resignación. Para un guiso. Bueno, ya que a la tortuga no le quedaba mucha vida, ¿qué le gustaría comer? ¿Lechuga? ¿Panceta cruda? ¿Papa hervida? Víctor abrió la heladera. Sostuvo un pedazo de lechuga cerca de la boca callosa de la tortuga. Ésta no abrió la boca, sólo miró. Víctor sostenía la lechuga cerca de los dos agujeritos nasales pero, aunque la tortuga la olió, no mostró ningún interés. Víctor miró debajo de la pileta y sacó un fuentón grande. Lo llenó con dos dedos de agua y con suavidad puso a la tortuga adentro. La tortuga braceó por unos segundos; luego, descubriendo que el vientre se apoyaba en el fondo, se detuvo y encogió las patas. Víctor se puso de rodillas y estudió la cara del animal. El labio superior se encimaba al inferior, dándole una expresión algo testaruda y de pocos amigos, pero los ojos eran brillantes y vivaces. Víctor sonrió cuando los miró con fijeza. -Está bien, monsieur terrapène -dijo-, dime qué te gustaría comer y te lo conseguiremos. ¿Quizá quieras un poco de atún? El día anterior habían cenado arroz con atún y había quedado un poco. Víctor tomó un pedacito con los dedos y se lo mostró a la tortuga. La tortuga no estaba interesada. Víctor miró a su alrededor, pensativo; luego, levantó el fuentón, lo llevó a la sala y lo colocó en el suelo de modo que el sol diera en el caparazón de la tortuga. "A todas las tortugas les gusta el sol", pensó Víctor. Se extendió en el piso a su lado, apoyado en un codo. La tortuga lo miró un momento, luego con mucha lentitud y con un aire de prudencia y cautela, estiró las patas y avanzó, se topó con el borde del fuentón y dobló a la derecha, con la mitad del cuerpo fuera del agua poco profunda. Quería salir. Víctor la tomó por el caparazón y dijo: -Puedes salir y dar un paseíto. Sonrió, mientras la tortuga comenzaba a andar rumbo al sofá. La agarró con facilidad, pues se movía lentamente. Cuando lo volvió a colocar en la alfombra, el animal permaneció inmóvil, como si se hubiera detenido un poco a pensar lo que iba a hacer después, adónde ir. Era de color verde amarronado. Víctor pensó en el fondo del río, y en los océanos. ¿De dónde venían las tortugas? Se puso de pie de un salto y fue a buscar un diccionario a la biblioteca. El diccionario tenía un dibujo de una tortuga, pero era apagado, en blanco y negro, no se parecía en nada al ejemplar vivo. No aprendió nada nuevo, salvo que el nombre era de origen algonquino, que la tortuga de agua vivía en agua dulce o salobre, y que era comestible. Pero él no pensaba comer ninguna terrapène esa noche. Ese ragoût sería todo para su madre, y aunque ella lo golpeara y le hiciera aprender dos o tres poemas más, él no comería tortuga esa noche. Su madre salió del baño. -¿Qué estás haciendo ahí? Víctor guardó el diccionario en su lugar. Su madre había visto el fuentón. -Estoy mirando la tortuga -dijo, y enseguida se dio cuenta de que la tortuga había desaparecido. Se puso en cuatro patas y miró debajo del sofá. -No la pongas encima de los muebles. Deja marcas -dijo su madre. Estaba de pie en el vestíbulo, secándose el pelo enérgicamente con una toalla. Víctor encontró la tortuga entre el cesto de basura y la pared. La volvió a colocar en el fuentón. -¿Te cambiaste la camisa? -preguntó su madre. Víctor se cambió la camisa y luego, siguiendo las órdenes de su madre, se sentó en el sofá con el libro El jardín de versos infantiles a aprender otro poema para la señora Badzerkian. Leía en voz apenas alta, para sí; luego las repetía, dos, cuatro y seis líneas juntas hasta que sabía toda la poesía. Se la recitó a la tortuga. Después preguntó a su madre si podía jugar con la tortuga en la bañera. -¡No! ¿Para que te salpiques la camisa? -Puedo ponerme la otra camisa. -¡No! Ya son casi las 4. ¡Saca ese fuentón de la sala! Víctor llevó el fuentón de regreso a la cocina. Su madre sacó la tortuga del fuentón sin temor y la volvió a poner en la caja de cartón blanco. Cerró la tapa y puso la caja en la heladera. Víctor se estremeció un poco cuando ella cerró la puerta de un golpe. Seguramente sería mucho frío para una tortuga ahí adentro. Pero pensó que el agua del río estaba fría de vez en cuando, también. -Víííctor, corta el limón -dijo su madre. Estaba preparando una bandeja grande con tazas y platillos. El agua estaba hirviendo en la olla. La señora Badzerkian fue puntual como siempre. Su madre sirvió el té tan pronto como se desembarazó del tapado y el libro de bolsillo de la visitante en la silla del vestíbulo. La señora Badzerkian olía a ajo. Tenía una boca recta y chica, y un fino bigote en el labio superior que causaba fascinación a Víctor, pues nunca antes había visto una mujer con bigote, nunca de tan cerca. Jamás había mencionado el bigote de la señora Badzerkian a su madre, sabiendo que ella lo consideraría una cosa fea, pero curiosamente era el bigote lo que más le gustaba de ella. El resto era aburrido, sin interés e inamistoso. Siempre pretendía escuchar con atención mientras él recitaba, pero él sentía que se movía inquieta, que pensaba en otras cosas mientras él hablaba y que se sentía aliviada cuando terminaba. Ese día, Víctor recitó muy bien y sin titubear, de pie en el medio de la sala y frente a las dos mujeres, que estaban tomando la segunda taza de té. -Très bien -dijo su madre-. Ahora puedes comer una masita. Víctor eligió una masita pequeña con un poco de dulce de naranja en el medio. Mantuvo las rodillas juntas cuando se sentó. Siempre tenía la sensación de que la señora Badzerkian le miraba las rodillas con disgusto. Muchas veces deseó que le hiciera algún comentario a su madre acerca de que él ya era lo suficientemente grande como para usar pantalones largos, pero nunca había dicho nada, o al menos él no lo había oído. Víctor se enteró por la conversación entre su madre y la señora Badzerkian de que los Lorentz irían a cenar al día siguiente. Probablemente el guiso era para ellos. Víctor se alegró de tener la tortuga un día más para poder jugar. A la mañana siguiente le preguntaría a su madre si podría llevar la tortuga a la vereda un ratito, con correa o dentro de la caja de cartón, si su madre insistía. -...como un niiiño -decía su madre, riendo, echándole una mirada. La señora Badzerkian sonreía con astucia y la boquita apretada. Víctor recibió permiso para retirarse y fue a sentarse en el sofá en el otro extremo del cuarto, con un libro. Su madre le estaba contando a la señora Badzerkian que él había estado jugando con la tortuga. Víctor frunció las cejas y miró el libro, simulando que no oía. A su madre no le gustaba que él les hablara a los invitados una vez que le había dado permiso para retirarse. Pero lo que estaba oyendo lo hizo enrojecer de furia. Se incorporó, marcando la hoja que estaba leyendo con el dedo. -¡No veo qué tiene de infantil mirar a una tortuga! -dijo tartamudeando-. Son animales muy interesantes, son... Su madre lo interrumpió con una carcajada, pero una vez que la carcajada se desvaneció, dijo con severidad: -Víííctor, creí que te había dado permiso para retirarte. ¿Correcto? Él dudó, viendo fugazmente la escena que tendría lugar cuando se fuera la señora Badzerkian. -Sí, mamá. Perdóname -dijo. Luego se sentó y se concentró en su libro otra vez. Veinte minutos más tarde, la señora Badzerkian se despidió. Su madre lo regañó, pero no fue un regaño de cinco o diez minutos como se había imaginado. Como ella se había olvidado de la crema le pidió a Víctor que bajara a comprarla. Víctor se puso el saco de lana gris y salió. Ese saco lo avergonzaba por llamar la atención, pues le llegaba un poco más abajo que los pantalones cortos y parecía que no tenía nada debajo del saco. Echó una mirada a su alrededor para ver si encontraba a Frank en la vereda, pero no lo vio. Cruzó la Tercera Avenida y entró en la rosticería del edificio grande que se veía desde la ventana de la sala. A su regreso, vio a Frank caminando por la vereda, haciendo rebotar una pelota. Víctor se dirigió directamente hacia él. -¡Eh! -dijo Víctor-. Tengo una tortuga de agua en mi casa. -¿Una qué? -Frank tomó la pelota y se detuvo. -Una tortuga de agua. Te la mostraré mañana por la mañana, si estás por aquí. Es bastante grande. -¿Sí? ¿Por qué no la traes ahora? -Porque debo ir a cenar ahora -dijo Víctor. Entró en su edificio. Sintió que había logrado algo. Frank se había mostrado muy interesado. A Víctor le hubiera gustado poder bajar la tortuga en ese momento, pero su madre no quería que saliera de noche y ya estaba casi oscuro. Cuando Víctor entró, su madre estaba en la cocina. Vio una cacerola con huevos y una gran olla con agua en la hornalla de atrás. -¡La sacaste otra vez! -chilló Víctor, viendo la caja de la tortuga sobre la mesada. -Sí, voy a preparar el guiso esta noche -dijo su madre-. Por eso es que necesitaba la crema. Queda muy rico así. Víctor la miró. -¿Vas... vas a matarla esta noche? -Sí, querido. Esta noche. -Su madre movió la cacerola con los huevos. -Mamá, ¿puedo llevarla abajo un minuto para mostrársela a Frank? -preguntó Víctor con rapidez-. Sólo un minuto, mamá. Frank está abajo ahora. -¿Quién es Frank? -Es el chico que me preguntaste hoy. El rubio que siempre vemos. Por favor, mamá. Las cejas negras de su madre se fruncieron. -¿Llevar la terrapène abajo? De ningún modo. No seas absurdo, mi bebé. ¡La terrapène no es un juguete! Víctor trató de pensar en otra forma de persuadirla. Aún no se había sacado el abrigo. -Tú querías que me hiciera amigo de Frank. -Sí, ¿pero qué tiene eso que ver con la tortuga? El agua en la olla grande comenzó a hervir. -Verás, le prometí que... -Víctor observó que su madre sacaba la tortuga de la caja y, cuando la echó en el agua hirviendo, abrió la boca espantado-. ¡Mamá! -¿Qué pasa? ¿Qué es ese alborto? Boquiabierto, Víctor miró a la tortuga, cuyas patas se batían con desesperación contra las paredes de la olla. La tortuga abrió la boca y, por un instante, fijó la mirada en Víctor, arqueó la cabeza hacia atrás con infinito dolor, hundió la boca abierta en el agua hirviendo... y fue el fin. Víctor pestañeó. Estaba muerta. Se acercó más, vio cuatro patas y una cola y la cabeza extendida en el agua. Miró a su madre. Ella se estaba secando las manos con una toalla. Lo miró y exclamó: -Diablos. -Se olió las manos y colgó la toalla en su lugar. -¿Tenías que matarla de ese modo? -¿De qué otro? Así es como se mata a las tortugas y las langostas. ¿No lo sabes? No sienten nada. Él la miró con fijeza. Cuando se acercó para acariciarlo, Víctor retrocedió. Pensó en la boca abierta de la tortuga y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas. La tortuga lo había mirado y no había podido oírla por el ruido de las burbujas. La tortuga lo había mirado, le había pedido que la sacara de allí, pero él no se movió para ayudarla. Su madre lo había engañado, lo había hecho tan rápido que no pudo salvarla. Retrocedió nuevamente. -¡No! ¡No me toques! Su madre le dio una bofetada, con fuerza y rapidez. Víctor se cubrió la mandíbula con la mano. Después dio media vuelta, se dirigió al ropero, se sacó el abrigo y lo colgó. Fue a la sala y se arrojó en el sofá. No estaba llorando, pero tenía la boca abierta contra el almohadón del sofá. Entonces recordó la boca de la tortuga y cerró los labios. La tortuga había sufrido. De no haberlo hecho, no hubiera movido las patas a tanta velocidad. Víctor empezó a llorar silenciosamente, como la tortuga, con la boca abierta. Se cubrió el rostro con las dos manos para no mojar el sofá. Después de un largo rato, se puso de pie. Su madre tarareaba en la cocina, y de cuando en cuando él oía sus pasos rápidos y decididos mientras trabajaba. Víctor apretó los dientes otra vez. Caminó con lentitud hasta la puerta de la cocina. La tortuga estaba sobre la tabla de picar y su madre, luego de echarle un vistazo al niño, aún canturreando, tomó un cuchillo, apretó la hoja hacia abajo y le cortó las uñitas a la tortuga. Víctor entrecerró los ojos, pero siguió mirando con fijeza. Su madre separó las uñas de las patas del animal muerto y las dejó caer en la bolsa de residuos. Después hizo girar el cuerpo exánime y, con el mismo cuchillo puntiagudo y filoso, empezó a quitar el pálido caparazón que le cubría el estómago. El pescuezo de la tortuga estaba inclinado hacia un lado. Víctor quería apartar la mirada, pero no pudo. Enseguida aparecieron las vísceras de la tortuga, rojas, blancas y verdosas. Víctor no prestó atención a lo que decía su madre acerca de que había cocinado tortugas en Europa antes de que él naciera. Su voz era suave y tranquilizadora, y de ningún modo se relacionaba con lo que estaba haciendo. -¡Bueno, no me mires así! -le gritó repentinamente, golpeando el piso con el pie-. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? Sí, creo que estás loco. Estás enfermo, ¿sabías eso? Víctor no pudo probar bocado de la cena, aunque el guiso de tortuga se serviría a la noche siguiente, y su madre no pudo obligarlo a comer, aunque lo sacudió por los hombros y lo amenazó con darle otra bofetada. No dijo una palabra. Se sentía muy distante de su madre, incluso cuando ella le gritaba en las narices. Se sentía muy raro, como esas veces cuando tenía ganas de vomitar, pero en ese momento no tenía ganas de vomitar. Cuando llegó la hora de acostarse, tuvo miedo de la oscuridad. Veía la cara de la tortuga en todas partes, con la boca abierta y los ojos desorbitados en una mirada de dolor. Víctor hubiera querido salir por la ventana y flotar, irse adonde quisiera, desaparecer y al mismo tiempo estar en todas partes. Imaginó las manos de su madre atenaceando sus hombros, si lo veía intentando salir por la ventana. Odiaba a su madre. Se levantó y fue en silencio a la cocina. La casa estaba completamente a oscuras, pero Víctor dirigió su mano con precisión a la hilera de cuchillas y tomó con suavidad la que buscaba. Pensó en la tortuga, convertida en pedacitos, mezclada en la salsa de crema y huevo y jerez en la cacerola dentro de la heladera. El grito de su madre pareció desgarrarle los oídos. La segunda puñalada penetró en su cuerpo y le perforó la garganta otra vez. Sólo el cansancio lo hizo detenerse y, para entonces, oyó gente afuera que trataba de abrir la puerta. Víctor se dirigió a la puerta, corrió la cadena del pasador y abrió. Lo llevaron a un edificio enorme, lleno de enfermeras y médicos. Víctor era muy callado y hacía todo lo que le pedían y contestaba las preguntas que le hacían, pero sólo eso. Como nadie preguntó nada de la tortuga, no mencionó el tema. FIN * ¡Es una tortuga de agua! ¡Para un guiso! fuentes http://www.booksfactory.com/writers/highsmith_es.htm http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1827 http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/highsmit/ph.htm

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Buñuel, misterio y pasión en cine
ArteporAnónimo9/3/2010

][/url] Buñuel "En 1927 o 1928 (cuenta Luis Buñuel en sus memorias) yo estaba muy interesado en el cine. En Madrid presenté una sesión de películas de vanguardia francesa. Estaban en el programa Rien que les heures de Cavalcanti, Entracte de René Clair y no recuerdo qué otras películas. Tuvieron un enorme éxito. Al día siguiente me llamó Ortega y Gasset y me dijo: Si yo fuera joven, me dedicaría al cine. Luego, pasando la Navidad con Salvador Dalí en Figueras, le dije que quería hacer una película con él. Teníamos que buscar el argumento. Dalí me dijo: Yo anoche soñé con hormigas que pululaban en mis manos. Y yo: Hombre, pues yo he soñado que le seccionaba el ojo a alguien. Ahí está la película, vamos a hacerla. En seis días escribimos el guión. Estábamos tan identificados que no había discusión. Escribíamos acogiendo las primeras imágenes que nos venían al pensamiento y, en cambio, rechazando todo lo que viniera de la cultura o de la educación. Por ejemplo: la mujer agarra una raqueta para defenderse del hombre que quiere atacarla. Entonces, éste, mira a su alrededor buscando algo para contraatacar y (ahora estoy hablando con Dalí) ¿Qué ve? Un sapo que vuela. ¡Malo! Una botella de coñac. ¡Malo! Pues ve dos cuerdas. Bien, pero qué viene detrás de las cuerdas. El tipo tira de ellas y cae, porque arrastra algo muy pesado. Ah, está bien que se caiga. En las cuerdas vienen dos grandes calabazas secas. ¿Qué más? Dos hermanos maristas. Eso es, dos hermanos maristas. ¿Y después? Un cañón. Malo. Que venga un sillón de lujo. No, un piano de cola. Muy bueno, y encima del piano de cola un burro... no, dos burros podridos. ¡Magnífico! O sea, que hacíamos surgir representaciones irracionales sin ninguna explicación." * "El misterio es el elemento clave en toda obra de arte". * "La ciencia no me interesa. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción, cosas que me son preciosas". ] * "Fue un gran creador, por su físico parecía un hombre duro; pero era la persona más tierna que he conocido, era fiel a la amistad, a sus amigos, era muy puntual y con un gran sentido del humor, infantil y muy severo con sus hijos, parecía chapado a la antigua; desde el primer día que nos conocimos fuimos muy buenos amigos y nos llamamos tío y sobrino hasta su muerte". Francisco Rabal ] "Me queda el recuerdo de su trato personal y de una amistad que duró hasta su muerte. Siempre llevaba al cuello una Leica y preparaba sus películas al detalle. En Viridiana llega al extremo de especificar la situación de cada mendigo en la escena de la última cena. Le gustaba moralizar a su aire, estaba muy influido por Gracián. Fue un hombre extremadamente amable y de una educación exquisita. Era firme en sus convicciones, solitario, aunque de vez en cuando necesitaba la compañía de amigos. Era un gran conversador, misógino: no le gustaban las mujeres para conversar. Las respetaba, pero se sentía incómodo, era muy tímido con ellas. Su sentido del humor era excepcional tenía ese ingenio cazurro de los aragoneses. Era un sentido del humor muy chungo. Una cultura vastísima pero a la vez metía chistes baturros, muy elementales. No gustaba de participar en recogida s de premios. Aunque en el fondo le halagaba, porque era un hombre contradictorio. Un tipo muy racial de tipo celtíbero tirando a muy íbero," Carlos Saura ] (Calanda, 1900 - Ciudad de México, 1983) Director de cine español, una de las grandes figuras de la historia del cine. ] Entre los primeros recuerdos de Luis Buñuel está la escena, verdaderamente feudal, de grupos de pordioseros que acudían a la puerta de su hogar a mendigar un panecillo y una moneda de diez céntimos. Los que lo conocieron en su infancia cuentan de él numerosas travesuras, como una escapada con otros muchachos que duró más de veinticuatro horas y cuyo itinerario pasaba por los nichos del cementerio y concluía en una sórdida y oscura cueva. Allá estallaron los lamentos y las lágrimas, de modo que para tranquilizar a sus compañeros Luis se ofreció en sacrificio para ser comido. Felizmente ello no fue necesario y pudo regresar sin mayores contratiempos a su casa, donde no obstante seguiría practicando juegos peregrinos, tales como decir solemnes misas ante la arrobada concurrencia de pequeños feligreses. Buñuel estudió el bachillerato con los jesuitas de Zaragoza y luego su padre lo envió a Madrid para que se hiciera ingeniero agrónomo. Providencialmente fue a parar a la Residencia de Estudiantes, lugar donde confluyeron algunos de los poetas y artistas más relevantes de la época, como Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca o Salvador Dalí, con los que trabó fecunda amistad. De este modo descubrió pronto que su auténtica vocación no era la ingeniería, y ni siquiera la entomología, a la que se aficionó extraordinariamente, sino el arte. Bullía en su interior un ansia de novedades, una fiebre de vida que no podía desahogarse en el mezquino ambiente académico; prefería las tertulias a las aulas, y en ellas brillaba tanto su desbordante imaginación como su poderosa envergadura física, derrotando a todos sus compañeros cuando entablaban un pulso sobre las mesas de mármol de los cafés. Además, practicaba con notoria pericia el boxeo, e incluso a punto estuvo de proclamarse campeón amateur de este deporte. ] Por último se decidió por la carrera de Filosofía y Letras, que pudo terminar en 1923, el mismo año en que falleció su padre, y dos años después se trasladó a París. En 1926 le impresionó vivamente una película de Fritz Lang, Der müde Tod (Las tres luces), y decidió dedicarse al cine, para lo cual se ofreció como ayudante de Jean Epstein, con quien colaboró en el rodaje de Les aventures de Robert Macaire, Mauprant y La Chute de la Maison Usher, aunque en este último filme no llegó al final. Hollywood se interesó inmediatamente por el prometedor y provocador director cinematográfico, pero aunque llegó a viajar a Estados Unidos en calidad de observador, Buñuel no se plegó a las tiránicas reglas de los productores y pronto abandonó La Meca del cine. Tampoco duró mucho su alineación en las huestes surrealistas, ni fue demasiado feliz su colaboración como documentalista al servicio de la República española durante la guerra civil, de la que muchos años después incluso se negaba a hablar. ] ] En 1936 se traslada a México, que sería su segunda patria, para rodar un filme con Jorge Negrete, Gran Casino, que constituyó un estrepitoso fracaso. No obstante, pactó con la productora que realizaría dos películas económicamente rentables para que le dejasen llevar a cabo un proyecto personal. Éste fue Los olvidados (1950), que acaparó premios a la mejor dirección, argumento y guión en los festivales de Cannes y México. Pese a las precarias condiciones en las que se desenvolvía allí su trabajo, siguió coleccionando galardones y asombrando al mundo con Subida al cielo (1951), Las aventuras de Robinson Crusoe (1952), Nazarín (1958) y otras, pero por razones económicas también se vio obligado a dirigir algunas películas de mucha menos monta. ]] Regresó a España para dirigir Viridiana (1961), con un argumento basado en una novela de Pérez Galdós, igual que su otro film español, Tristana (1970). La etapa final de su carrera es francesa, y en ella analizó a la burguesía presentando una imagen completa de la destrucción, el engaño y la falsa apariencia. La fascinación por todo un amplio repertorio de símbolos se concreta en las tres películas que produjo Serge Silberman (El discreto encanto de la burguesía, 1972 -Oscar de Hollywood-; El fantasma de la libertad, 1974; Ese oscuro objeto del deseo, 1977). Aunque en las últimas décadas de su vida pudo trabajar con mayor libertad y mayores medios en Francia, su obra completa se caracterizó precisamente por una formidable coherencia pese a todas las circunstancias adversas. Hasta el último día de su vida fue leal a la fiera y ambiciosa estética de su juventud: "Yo quería cualquier cosa, menos agradar". Pero también a un escrupuloso sentido moral, esa gran lección que Luis Buñuel quiso legar al mundo, porque, como él mismo decía, "la imaginación humana es libre, el hombre no". ] * "Me gusta acostarme y levantarme temprano, en eso soy antiespañol". * "No me gustan mucho los ciegos, como a la mayoría de los sordos". * "Soy ateo gracias a Dios". ] * "Un paranoico, como un poeta, nace, no se hace". * "Salvador Dalí sedujo a muchas mujeres, en especial a mujeres norteamericanas; pero estas seducciones acostumbraban habitualmente a consistir en hacerlas acudir a su apartamento, desnudarlas, freír un par de huevos, colocarlos en los hombros de la mujer y ponerla de patitas en la calle sin haber articulado ni una sola palabra." De puño y letra * "Por razones que se me escapan, he encontrado siempre en el acto sexual una cierta similitud con la muerte, una relación secreta pero constante. Incluso he intentado traducir este sentimiento inexplicable a imágenes, en Un perro andaluz, cuando el hombre acaricia los senos desnudos de la mujer y, de pronto, se le pone cara de muerto. ¿Será porque durante mi infancia y mi juventud fui víctima de la opresión sexual más feroz que haya conocido la Historia?" * "Descubrí a Spencer, a Rousseau e incluso a Marx. La lectura de El origen de las especies, de Darwin, me hizo acabar de perder la fe. Mi virginidad acababa de irse a pique en un pequeño burdel de Zaragoza. Al mismo tiempo, desde que había empezado la Primera Guerra, todo cambiaba, todo se cuarteaba y dividía alrededor nuestro. Durante aquella guerra, España se escindió en dos tendencias irreductibles que, veinte años después, se matarían entre sí. Toda la derecha, todos los elementos conservadores del país, se declaraban germanófilos convencidos. Toda la izquierda, los que se decían liberales y modernos, abogaban por Francia y los aliados. Se acabó la calma provinciana, el ritmo lento y monótono, la jerarquía social indiscutible. Acababa de terminar el siglo XIX. Yo tenía diecisiete años." El Dry Martini del Maestro] "En un bar, para inducir y mantener el ensueño, hay que tomar gin inglés. Mi bebida preferida es el Dry Martini. Dado el papel primordial que ha desempeñado el Dry Martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas (...) Básicamente se compone de gin y unas gotas de vermouth, preferentemente 'Noilly-Prat' (N. de la R.: digamos, 'Martini Seco'). Permítaseme dar mi fórmula personal, fruto de larga experiencia, con la que siempre obtengo un éxito bastante halagüeño. Pongo en la heladera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la víspera del día en que espero invitados. Tengo un termómetro que me permite comprobar que el hielo está a unos veinte grados bajo cero. Al día siguiente, cuando llegan los amigos saco todo lo que necesito. Primeramente, sobre el hielo bien duro echo unas gotas de vermouth y media cucharadita de Angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierto el gin puro, agito y sirvo. Esto es todo, y resulta insuperable." (N. de G.R.: ¡doy fe!) * "El Museo de Historia Natural se levantaba a unas decenas de metros de la Residencia de Estudiantes. Trabajé allí durante un año con gran interés, a las órdenes del eminente Ignacio Bolívar, el más célebre ortopterólogo del mundo por aquella época. Aún hoy puedo reconocer a primera vista muchos insectos y dar su nombre en latín." * "Lo único que puedo decir es que el Guernica no me gusta nada, a pesar de que ayudé a colgarlo. De él me desagrada todo, tanto la factura grandilocuente de la obra como la politización a toda costa de la pintura." ] * "De las películas que más me impresionaron, imposible olvidar El acorazado Potemkin. A la salida, incluso queríamos poner barricadas y tuvo que intervenir la Policía. Durante mucho tiempo sostuve que aquella película era para mí la mejor de toda la historia del cine. Ahora ya no sé." * "Una mañana, a eso de las ocho, recibo una carta por correo neumático en la que (el poeta) Louis Aragon me pide que vaya a verlo cuanto antes. Media hora después, llego a su casa de la Rue Campagne-Première. En pocas palabras, me dice que Elsa Triolet le ha dejado para siempre, que los surrealistas han publicado un folleto injurioso contra él y que el Partido Comunista al que estaba afiliado ha decidido expulsarlo. Por una increíble acumulación de circunstancias, toda su vida se desmorona y en un momento ha perdido todo lo que le importa. Sin embargo, en su desgracia, pasea por el estudio como un león, ofreciendo una de las más admirables estampas de valor que yo recuerde." * "Para llegar a toda belleza, tres condiciones me parecen siempre necesarias: esperanza, lucha y conquista." * "Me gusta el ruido de la lluvia. Lo recuerdo como uno de los ruidos más bellos del mundo. Ahora lo escucho con un aparato, pero no es el mismo ruido. La lluvia hace a las grandes naciones." * "Detesto el pedantismo y la jerga. A veces, he llorado de risa al leer ciertos artículos de los Cahiers Du Cinéma. En México, soy invitado un día a visitar las instalaciones del Centro de Capacitación Cinematográfica, del que había sido nombrado presidente honorario. Me presentan a cuatro o cinco profesores. Entre ellos, un joven correctamente vestido y que enrojece de timidez. Le pregunto qué enseña. Me responde: 'La semiología de la imagen clónica'. Lo hubiera asesinado." ] * "El disfraz es una experiencia apasionante que recomiendo vivamente, pues permite ver otra vida. Cuando va uno de obrero, por ejemplo, se le ofrecen automáticamente las cerillas más baratas. Todo el mundo pasa delante de uno. Las chicas no te miran nunca. Este mundo no está hecho para uno." * "La primera vez que vio Viridiana, Gustavo Alatriste (N. de la R.: su productor) quedó un poco desconcertado y no hizo ningún comentario. La volvió a ver en París, luego dos veces en Cannes y, finalmente, en México. Al término de esta última proyección, la quinta o sexta, se lanzó hacia mí, lleno de alegría, y me dijo: ¡Ya está, Luis, es formidable, lo he entendido todo!" * "En París, cerca de mi hotel, vi un día el cartel de una de mis películas con el siguiente slogan: 'El director cinematográfico más cruel del mundo'. Estupidez que me entristeció mucho." A los catorce años empezaron sus dudas sobre la religión, principalmente acerca de la resurrección de la carne, el juicio final, el infierno y el diablo. Según él mismo dijo, era "ateo, gracias a Dios". Amante del tabaco, del alcohol (para él, un bar era un lugar de meditación y recogimiento) y de los burdeles (aunque decía que una vez casado jamás fue infiel), quiso librarse de las normas y principios de la sociedad que en herencia le había dejado todo un sistema de prohibiciones y represiones. Le gustaba la puntualidad, el buen vestir, irse pronto a la cama y madrugar y llegó a tener una gran colección de armas. Su primera pistola la tuvo a escondidas a los catorce años, aunque bastante antes ya jugaba con la de su padre. Durante toda su vida, Buñuel fue un rebelde, hasta el último momento estuvo luchando contra sí mismo. Su interior le dictaba unas normas sobre la muerte, la fe, el sexo... que su conciencia no podía aceptar. Esta dualidad le marcó desde su más tierna infancia. Buñuel rompió barreras luchando a favor de la libertad. Le gustaba reflejar la visión pesimista y cruel de la vida. Así lo hizo en Las Hurdes, tierra sin pan, en Los olvidados... Sin embargo, él era pacífico y siempre estuvo obsesionado con su propia muerte. Su hermana Conchita solía recordar que de pequeña había acompañado a su hermano Luis a visitar cementerios y éste se tendía en las mesas de las autopsias. A Luis le gustaba asistir a los entierros de su pueblo, así el entierro que tiene lugar en Abismos de pasión era un reflejo de los recuerdos de su juventud, según confesó él mismo. La visión de Buñuel chocaba con la realidad. Tenía muy presente la posibilidad de la destrucción de la tierra, pensaba en las guerras, la bomba atómica. Afirmaba que ni la libertad ni la justicia existían. El fantasma de la libertad refleja su pensamiento. Era tierno, piadoso, de vida ordenada. Tuvo una vida desahogada y una infancia feliz, pero su conciencia le llevaba a pensar en lo que él llamaba la Edad Media (los principios del siglo XX y sus miserias), es decir, las injusticias, que reflejó en Abismos de pasión, Nazarín, Él, La muerte en el jardín, La joven... Era, en cierto modo, un anarquista, pero en su casa se respiraba disciplina, no permitía a las mujeres asistir a las reuniones de hombres. El libro de memorias de Jeanne Rucar se llama Memorias de una mujer sin piano porque Buñuel, sin preguntar a nadie, regaló el piano de su mujer a un amigo que le trajo tres botellas de vino. No fue nacionalista, pero añoraba España y la tierra de su infancia; se nacionalizó mexicano por pragmatismo, ya había estado a punto de nacionalizarse estadounidense unos años antes. No le gustaba viajar, pero disfrutaba al visitar los sitios que le traían buenos recuerdos. No deseaba ir por Hispanoamérica y se quedó a vivir en México. Una señora mexicana que fue vecina suya en la Colonia del Valle de la ciudad de México comentó que Buñuel nunca olvidó sus raíces: en Semana Santa lo veía solo por el jardín de su casa haciendo redobles con un tambor y dando vueltas y vueltas. Si siempre le había obsesionado la muerte, en los últimos cinco años de su vida, sordo, con poca vista, con alguna operación que otra, dejó de ver cine, televisión y apenas cogía un libro, con excepción de La vejez de Simone de Beauvoir, que leía y releía. Pensaba en su muerte y en el fin del mundo, bromeaba con los demás acerca de su vejez. Con ayuda de su amigo Jean-Claude Carrière, que durante más de 18 años recopiló material de entrevistas y conversaciones en los descansos de las filmaciones, escribió Mon dernier soupir ('Mi último suspiro'). Ya el título refleja la obsesión que tenía en los últimos momentos de su vida; no quería darles importancia, pero pensaba en ellos. Como era ateo, pensaba en reunir el día de su muerte a todos sus amigos ateos y confesarse. Para él, ser bromista era una forma de demostrar que estaba en contra del orden. Este libro de memorias inspiraría la película documental dirigida por Javier Espada y Gaizka Urresti y titulada El último guión que protagonizan Jean-Claude Carrière y Juan Luis Buñuel, recorriendo los lugares en los que transcurrió la vida de Buñuel: Calanda, Zaragoza, Madrid, Toledo, París, New York, Los Angeles y México. ] * "Ahora sí que muero" (sus últimas palabras) [/url][/url][/url][/url][/url][/url][/url][/url][/url][/url][/url][/color][/url][/url][/url][/u][/url] http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Bu%C3%B1uel http://www.cineismo.com/temas/luis-bunuel.htm http://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/bunuel.htm http://seronoser.***/bunuel/

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Elvis, the pelvis
ArteporAnónimo12/5/2010

link: http://www.youtube.com/watch?v=tpzV_0l5ILI link: http://www.youtube.com/watch?v=MLGxdCwVVULXdUPaug2O1P8LOhfNKS9ljC link: http://www.youtube.com/watch?v=FJsQSb9RFo0&feature=related link: http://www.youtube.com/watch?v=DyLgkuqX1_k&NR=1 Este es un temazo. El rock de la cárcel ha sido versionado en todas las épocas, por infinidad de músicos. Es uno de los temas clásicos de Elvis que lo hizo famoso con su película del mismo título de 1957. Según dicen, en ella demostró que era algo más que un rockero. Esta es la letra de la versión que hizo Miguel Ríos: Un día hubo una fiesta aquí en la prisión, la orquesta de los presos empezó a tocar, tocaron rock and roll y todo se animó y en cuanto se paró y empezó a bailar el rock. Todo el mundo a bailar, todo el mundo en la prisión corrieron a bailar el rock. El 47 dijo al 23: «ven aquí, mi cuate, vamos a bailar, ven aquí, volando a rocanrolear, el rock de la cárcel es para bailar el rock». Todo el mundo a bailar, todo el mundo en la prisión corrieron a bailar el rock. Un amargado no quiso bailar, se fue a un rincón y se puso a llorar, llegó el carcelero y le dijo así: «el rock de la cárcel es para bailar el rock». Todo el mundo a bailar, todo el mundo en la prisión corrieron a bailar el rock. Esta es la carátula de la primera canción que hizo famoso a Elvis Presley. A partir de aquí ocupó el primer puesto de las ventas de discos en 20 ocasiones, protagonizó más de 30 películas y se mantuvo durante 15 años como el actor más taquillero de Hollywood, además batió todas las plusmarcas de ventas de discos. Fue el Rey hasta 1962 donde la música cambió su centro de EEUU a Europa. Corría 1956, hacía un año que Rock Around The Clock había llegado al número uno de la lista de ventas y Elvis Presley, un muchacho de Memphis, graba “El hotel de los corazones rotos” y se desata una fiebre por el rock. Hizo accesible atodos los públicos la nueva música que, oficialmente, había nacido un año antes. Heartbreak Hotel hace valer que el rock es una música de mestizaje: un poco de blues y otro de country. No solamente eso, es la unión de la música negra y la música blanca. Elvis representó de una manera excepcional los esquemas del sueño americano. Letra de Heartbreak Hotel Well, since my baby left me, I found a new place to dwell. It’s down at the end of lonely street At heartbreak hotel. You make me so lonely baby, I get so lonely, I get so lonely i could die. And although it’s always crowded, You still can find some room. Where broken hearted lovers Do cry away their gloom. You make me so lonely baby, I get so lonely, I get so lonely i could die. Well, the bell hop’s tears keep flowin’, And the desk clerk’s dressed in black. Well they been so long on lonely street They ain’t ever gonna look back. You make me so lonely baby, I get so lonely, I get so lonely i could die. Hey now, if your baby leaves you, And you got a tale to tell. Just take a walk down lonely street To heartbreak hotel. Las inspiraciones musicales de Elvis Presley, considerado “El Rey” fueron muchas, pues desde niño manifestó su gusto por diversos géneros musicales como el góspel, el blues, el fox-trots, la música country, se dice que su cantante favorito era el tenor Mario Lanza. Según los musicólogos, Elvis Presley cautivó no sólo por su voz sino su mayor éxito lo debe a forma de bailar, que aprendió desde que era niño practicando pasos extraños en su casa, dando como resultado movimientos de cadera tan singulares que dejaron huella en varias generaciones. En la actualidad el género que tiene mayor similitud con lo que hizo Elvis es el llamado “rockabilly", que aunque surgió desde la década de los 50´s, muchos artistas contemporáneos se han dado a la tarea de mantenerlo vivo. La pasión que Elvis despierta en sus fans es absoluta. Como curiosidad transcribo las 10 RAZONES PARA AFIRMAR QUE ELVIS NO HA MUERTO, que figura en su Club de fans de España. Son patéticas y enternecedoras. En la película "Hombres de Negro" (Men In Black) el incrédulo y sorprendido Will Smith pregunta al veterano matamarcianos interpretado por Tommy Lee Jones: "¿Y sabes si Elvis está muerto?", éste le contesta: "No. No lo está, simplemente volvió a casa". Llena de ironía, esta película (y su secuela) recoge ese sentir popular que transmiten las leyendas urbanas. Y entre ellas, las que tienen por protagonista a Elvis Aaron Presley. Hoy en día, existen una serie de leyendas que explicarían que Elvis no ha muerto: 1. En su lápida, su segundo nombre está mal escrito: es Aaron y no Aron. 2. Su tumba en Memphis está entre la de su padre y su abuela, y no junto a la de su madre, como siempre fue su deseo. 3. Aunque en el momento de su supuesta muerte pesaba 115 kilos, en su certificado de defunción figura con "sólo" con 76 kilos. El certificado original desapareció. 4. Testigos de su funeral han dicho que su ataúd estaba excesivamente frío, lo cual llevó a levantar la teoría de que lo que había dentro no era más que un cuerpo de cera que era preciso mantener con aire acondicionado. 5. Dos horas después de anunciarse su muerte un hombre muy parecido a Elvis compró un pasaje de avión a Buenos Aires . Pagó en efectivo y dijo llamarse John Burrows. El mismo alias usado por el cantante en varios momentos de su vida. 6. El día después de su muerte una de sus exnovias recibió una rosa por correo de parte de "Lancelot". El apodo que usaba Presley durante su relación y que sólo ellos dos conocían. 7. Fue un gran seguidor de la numerología y si se suman los números de su fecha de muerte (16-08-1977) se obtiene la cifra 2001, justo el título de la película favorita del cantante. 8. Poco antes de su muerte, Presley había perdido 10 millones de dólares en un negocio inmobiliario con una compañía vinculada a la mafia. Se cree que Presley habría ayudado al gobierno de EEUU a desmantelar al grupo a cambio de una nueva identidad. 9. Poco después de su muerte un cantante enmascarado de apodo Orion empezó a dar conciertos de gran similitud con los de Presley. Cuando en 1981 el programa televisivo "20/20" realizó un extenso reportaje respecto a la muerte del cantante, Orion desapareció para siempre de la escena en vivo. 10. Hasta hoy, nadie ha cobrado su seguro de vida. Elvis Aaron Presley (Tupelo, Mississippi, born January 8, 1935, died August 16, 1977) http://isidrovidal.blogsome.com/category/musicos/elvis-presley/ data="http://www.telefonica.net/web2/isidrovidal/dewplayer.swf?son=http://mediamax.streamload.com/uraga/Hosted/2006-03-07/01%20Jailhouse%20Rock%20Elvis%20Presley.mp3?" width="200" height="20"> Algunos enlaces sobre Elvis Presley: # Todo sobre Elvis # Página personal de Luis Mª Segurado fan de Elvis Presley # Página del club de fans Elvis-Spain

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Camarón, el alma del flamenco
ArteporAnónimo3/23/2011

Sufro por los ojos negros...de una gitana morena, solo con verlos me alegro...y se me quita la pena...que en este mundo yo tengo link: http://www.youtube.com/watch?v=RMqJeKkcNV0 Camarón de la Isla es un nombre imprescindible para comprender el cante jondo de la segunda mitad del siglo XX. Se le considera uno de los mejores cantaores de flamenco de todos los tiempos y, en opinión de muchos, un revolucionario del cante que contribuyó, junto a Enrique Morente, al renacer de un género que atravesaba una grave crisis, transformándolo desde dentro, aunque respetando sus esencias más genuinas. Su figura, que ha traspasado las fronteras del flamenco, así como su temprana muerte y las muestras de su arte que han quedado grabadas han propiciado la creación de una leyenda alrededor de su persona que se ha extendido por todo el mundo. En 1968 inició una ampliación y renovación de su lenguaje musical y a partir de 1979 intensificó sus esfuerzos por hacer del arte flamenco un género más asequible para el público en general. Pese a las críticas de los más puristas, Camarón opinaba que no tenía sentido cantar algo que ya habían hecho otros "como un disco" si no le podía dar algo de sí mismo, que es lo que él hacía. Su disco La leyenda del tiempo es, de entre sus diecinueve magníficos LP's, el más destacable por la gran innovación que supuso su aparición en el cante jondo. link: http://www.youtube.com/watch?v=Vt3gL42CIuA Nacido en San Fernando, provincia de Cádiz, en 1952, José Monje Cruz fue el séptimo de los ocho hijos de un herrero gitano, Luis Monje, que murió siendo él un niño, y de una canastera, Juana. Su apodo, "Camarón", le vino dado de la mano de un tío suyo, quien pensaba que su cabello rubio y su piel clara no encajaba con el estereotipo de un muchacho calé. Sintió desde niño la afición por el mundo de los toros, e incluso intentó iniciarse en el Arte de Cúchares, pero vio que no era lo suyo y se inclinó por el cante, algo habitual en su familia (su padre entonaba bien), donde se veneraban figuras como La Perla de Cádiz o El Chaqueta. De hecho, se le consideró un niño prodigio, ya que su cante causaba la admiración de todo aquel que le escuchara. Con siete años cantaba en los trenes y autocares que iban de la isla de San Fernando a Chiclana o Jerez, junto a su compañero Rancapino, y sus dotes flamencas se afianzaron en las innumerables fiestas flamencas que su familia solía preparar. Su paso por las escuelas fue muy breve, pues muy pronto comenzó a trabajar en la herrería de su padre, a la vez que cantaba para ganar algún dinero con el que contribuir a la exigua economía familiar. link: http://www.youtube.com/watch?v=7ax5MKB5IZk Uno de los locales que más frecuentó fue la Venta Vargas, donde Manolo Caracol, reputado genio del cante, reconoció su talento, e incluso le animó para que se presentara, en 1962, al concurso de cante flamenco del Festival de Montilla, el cual ganó, con lo que se inició su vida como cantante profesional, dejando definitivamente atrás su infancia. De hecho, su madre falsificó un papel, mintiendo en su edad, para que pudiera desplazarse a la Feria de Sevilla de 1963 cuando tenía tan sólo doce años; allí fue escuchado y alabado por el mismísimo Mairena. Su fama, a pesar de la edad, era ya incuestionable. Trabajó por toda Andalucía, sobre todo en Cádiz y en la Taberna Gitana de Málaga, y participó en uno de los eventos más importantes del universo flamenco, el Festival de Mairena. Cuando contaba sólo con dieciséis años, la compañía de Miguel de los Reyes le llevó a Madrid, donde durante mucho tiempo estuvo contratado en un tablao llamado Torres Bermejas. Muchas noches, de madrugada, Camarón continuaba cantando en El Palomar, una antigua venta en las afueras de Madrid, dedicado, pues, en cuerpo y alma a su profesión. Su fama se acrecentó, por lo que de los tablaos pasó a los festivales, donde su arte pudo ser mejor apreciado por sus seguidores, que ya comenzaban a formar legión. link: http://www.youtube.com/watch?v=yvqSeBQCxj4 Sería en Madrid donde conociera al algecireño Paco de Lucía, con quien compartiera una buena parte de su carrera artística, grabando un total de ocho discos de larga duración entre 1968 y 1977. Con él grabaría su primer elepé, Al verte las flores lloran, en 1968, un trabajo que marca la tónica de sus primeras grabaciones, en las que Camarón pone su máximo empeño en seguir la tradición del cante clásico más ortodoxo, muy respetuoso con la tradición. No obstante, su espíritu inquieto y su amistad con los jóvenes valores gitanos de la época hicieron que buscara otros horizontes para su arte. Precisamente, sería en 1979 cuando realizara la primera grabación sin Paco de Lucía, La leyenda del tiempo, obra clave para entender el particular universo creativo de Camarón. El disco, el primero que grabara con su amigo Tomatito a la guitarra, fue una auténtica revolución en el mundo del cante, y la primera toma de contacto con el particular calvario que Camarón hubo de sufrir durante el resto de su carrera por las voces críticas que le censuraban que había "traicionado" la ortodoxia y la tradición que tan ponderada había sido antaño por parte de sus mentores. Se cuenta que hubo seguidores que, tras escuchar el disco, acudían a las tiendas para devolverlo porque "ése no era Camarón". link: http://www.youtube.com/watch?v=Odf26L9Vpe8 La grabación, producida por Ricardo Pachón, quien ya apostara por artistas tan transgresores como los hermanos Amador (Pata Negra) o Kiko Veneno, se alejaba, bien es cierto, de la ortodoxia de guitarra, palmas y coros para introducir elementos lejanos a los palos clásicos del cante, con concesiones al rock, el jazz y las tradiciones orientales, aunque no dejara de ser un producto netamente flamenco. El disco incluyó instrumentos hasta ese momento desconocidos en un disco de cantaores: bajo, batería, percusión, piano Fender, teclados, guitarra eléctrica, cítara... (andando el tiempo se atrevió incluso con toda una orquesta de cuerda, la Royal Philarmonic Orchestra, en su elepé Soy gitano, de 1989), aunque Camarón canta en él con el mismo sentimiento que en sus trabajos anteriores. El de San Fernando tenía la idea de acercar el cante a un público poco acostumbrado al flamenco convencional, introduciendo instrumentaciones e innovaciones estilísticas que sonaran "mejor" para el público joven, con la intención de que fuera un arte más creativo. link: http://www.youtube.com/watch?v=ukolCF_LBfY Son famosas, en este sentido, las ideas que expresara en una entrevista: "El flamenco está hecho, pero sobre lo hecho se puede seguir creando sin engañar, sin mistificar. ¿Por qué tenemos que hacer todos la soleá exactamente igual, como si fuéramos un disco? Si yo puedo añadirle algo propio, enriquecerla, sin desvirtuar lo que es el cante por soleá, ¿por qué no voy a hacerlo?". El cambio experimentado fue tan profundo que incluso cambió su imagen; abandonó, así, el soniquete "De la Isla" en su nombre, presentó su disco con una portada diferente a las anteriores, más "moderna", y lució una barba que ya le acompañó para siempre. A pesar del significado y la enorme influencia que tuvo este disco, el esmero con que fue grabado y las expectativas que despertó entre sus creadores, fue un fracaso total de ventas (apenas se llegaron a las seis mil copias). Aún así, el disco supuso un cambio radical en la escena flamenca; sin saberlo, Camarón abrió una puerta que revolucionó el arte desde dentro y que dio pie al movimiento de "los jóvenes flamencos" (a él le gustaba llamarlo "flamenco rock gitano", que tantos frutos ha dado y que tantas opciones ha concedido al mestizaje musical entre diversas culturas y modos de entender la música gitana. No fue extraño que Camarón iniciara otras colaboraciones con artistas alejados del flamenco, como los interpretes de jazz Jorge Pardo o Charles Benevent, e incluso existen algunas grabaciones en las que hace incursiones en el rock, como en algunas del grupo Alameda o incluso en solitario. link: http://www.youtube.com/watch?v=Wq8M8ULt_yw A partir de ese momento Camarón presentó dos caras: una más comercial, la que ofrecía en sus grabaciones, que poco a poco iban siendo conocidas en gran parte del mundo; y otra más gitana y sobria, la de sus actuaciones en directo. Así, mientras sus discos eran consumidos por un público más abierto y heterodoxo, sus apariciones en los festivales se convertían en auténticas fiestas en las que el público, en su mayoría gitano, asistía con auténtica devoción y fervor casi místico. El fenómeno fue en aumento, y en aquellos festivales donde aparecía, como en el prestigioso Cante de las Minas de la Unión de 1983, sus seguidores, que eran ya multitud, asistían embobados al espectáculo de un Camarón entregado hasta la extenuación en su cante, aunque una vez acabada su actuación (generalmente terminada con un delirio de aplausos y vítores, y un cantaor abandonando el escenario en plena catarsis), los espectadores se iban ruidosamente de la sala, sin respetar al siguiente artista. Nunca en la historia del cante se habían dado tales manifestaciones masivas, y ése era un argumento incontestable para los que criticaban su arte (la mayoría del público era gitano, cuyo instinto musical es, a la postre, el juez final y supremo del flamenco); fue, en definitiva, un fenómeno social que, no obstante, no enturbió la enorme calidad artística de su carrera. link: http://www.youtube.com/watch?v=PcXVzm_EHpQ Fue también la época en la que Camarón comenzó a notar los efectos del consumo de drogas. El cantaor, de hecho, soportó su adicción hasta que tuvo que someterse, a finales de la década de los ochenta, a una cura de desintoxicación por el consumo habitual de cocaína y heroína (aunque nunca lo hizo por vía intravenosa). A este hecho se sumó el grave accidente de tráfico que sufriera el 17 de octubre de 1986 (resultó gravemente herido al chocar su vehículo frontalmente con otros dos turismos, cuyos conductores murieron en el acto), por el que fue condenado a un año de prisión menor por un delito de imprudencia temeraria (aunque no fue encarcelado, ya que no tenía antecedentes) y su detención, el 27 de agosto de 1988 en San Fernando, por insultar e intentar agredir a un agente municipal que le recriminó el mal estacionamiento de su vehículo (fue encarcelado por espacio de dos días). Todo ello contribuyó a crear una "leyenda negra" alrededor de su persona, lo que ocasionó que surgieran rumores y comentarios malintencionados que llegaron incluso a propagar la falacia de que el cantaor había contraído el SIDA. En 1989, entre marzo y septiembre, grabó en Sevilla y en Londres el disco Soy gitano, en el que colaboraron la Royal Philarmonic Orchestra y Ana Belén (cantando a dúo una canción compuesta por Juan Luis Guerra, "Amor de conuco". Cuando grababa un nuevo disco con Paco de Lucía, en septiembre de 1991, su representante durante 20 años y que sólo contrataba sus recitales, Jesús Antonio Pulpón, anunció que Camarón actuaría en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero meses después, en febrero de 1992, la organización lo excluyó de dicha ceremonia, si bien incluyó dos actuaciones suyas ese verano dentro del Festival de las Artes de la Olimpiada Cultural (las cuales nunca llegaron a producirse). Su última actuación pública tuvo lugar el 26 de enero de 1992, en el colegio mayor San Juan Evangelista de Madrid. A finales de marzo de ese mismo año viajó hasta Barcelona para grabar un vídeo de promoción del Pabellón Español en la Expo 92 de Sevilla, y aprovechó este viaje para someterse a unas pruebas por una afección pulmonar, por lo que permaneció ingresado cinco días en la clínica Quirón. Pese a mantenerse en un principio en secreto el resultado de las pruebas médicas, el 8 de abril fue trasladado a la clínica Mayo de Rochester (Minnesota), para someterse a mayores pruebas ante un posible diagnóstico de cáncer de pulmón. A principios de mayo de 1992 regresó a España para continuar con un tratamiento de reposo, que duró tres meses. El 12 de mayo de 1992 anunció la publicación del que sería su último disco, Potro de rabia y miel, en colaboración con Paco de Lucía, que además de tocar dirigió y realizó la producción del disco, y de Miquel Barceló, que realizó el dibujo que sirvió de portada. Para la VII Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, que se iba a celebrar en el mes de septiembre de 1992, estaba previsto que el espectáculo inaugural fuera una mezcla de cante y toreo, que iba a correr a cargo de Camarón y Curro Romero en La Maestranza. Sin embargo, la muerte sorprendió al cantaor cuando, tras acudir al Hospital Germans Trias i Pujol de Badalona, la grave afección pulmonar que padecía pudo con él. Camarón fue un fumador empedernido, y aunque había abandonado la cocaína y la heroína hacía cuatro años, no pudo contener su impulso de fumar hasta sesenta cigarrillos diarios, lo que fue, sin lugar a dudas, el principal causante de su temprana muerte. Su sepelio fue multitudinario; se calcula que cincuenta mil personas se dieron cita en el cementerio de su ciudad natal, donde sus restos fueron enterrados en un mausoleo. El artista estaba casado con quien fuera su compañera de toda la vida, Dolores Montoya, conocida con el cariñoso apelativo de "Chispa", con quien tuvo cuatro hijos, Luis, Gema, Rocío y José "Joseíyo". Quiero quitarme esta pena que me hiere cuando estalla, porque no tengo el alma hecha a la pena y mi cuerpo no se halla con respeto y amor, va por ti, Camarón fuente=http://www.biografiasyvidas.com/reportaje/camaron/

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Bromas, chismes y anécdotas literari@s
ArteporAnónimo10/11/2010

CHISMES Es conocida la opinión acerca de que el chisme es, a su manera, parte del género literario. Bastaría el ejemplo excelso de "A la búsqueda del tiempo perdido", de Marcel Proust, para dar por buena esa afirmación. Dos libros recientes hacen del chisme su materia central. Uno es "Museo del chisme", de Edgardo Cozarinsky, libro de ensayos y microrrelatos. Imaginación y realidad suelen acoplarse, en un permanente juego de espejos. Los seres humanos desean vivir una vida que roce la ficción. Mentir sobre uno o espiar a los otros, parece el más universal de los rasgos. Además, el chisme se caracteriza por tener vocación de leyenda: nunca se sabe bien cuál es su fuente y, dado que es, sobre todo, un género oral, nunca se repite de manera idéntica. Otra de sus marcas distintivas es que, para ser bien sabroso, tiene que ser políticamente incorrecto: tiene que hacer quedar mal a su protagonista o a un tercero. Por eso es que los chismes referidos a los “monstruos sagrados” tienen tanto púbico: permiten asomarse al “lado oscuro” del quien siempre muestra su lado claro. Fragmento de entrevista a Cozarinsky P- Usted reflexionó en "Museo del chisme" sobre esa práctica cultural como forma de ficcionalización. Allí también hay un modo de apropiación de la vida de los demás: de vivir el glamour, los amoríos, la fama de ciertos personajes... R- Sí. Ningún escritor lo admitiría, pero el chisme está en la base de toda novela, ¿no? Después la novela es un hecho literario, pero en el origen te está contando algo que le pasó a alguien y el chisme también. Y el hecho de que nunca se trasmita de la misma manera, porque cada uno elige las palabras con que lo cuenta y cambia la historia, lo hace todavía más atractivo. En cada transmisión, la narración se lee distinta. Hay pues una idea de estilo personal, que no es literario pero que existe y es muy fuerte. Y sobre todo, lo que me interesó es que al principio la novela estaba mal considerada y era despreciada como lectura de mujeres. En el siglo XVII, por ejemplo, Bossuet opone el gusto por las novelas a quienes leen historia. El chisme, en el prejuicio, también es cosa de mujeres. De allí venía esa censura hacia la ficción. Los hombres leían ensayos, cosas serias. Esa relación de la ficción con el chisme, como producto de una imaginación supuestamente ociosa, me interesó como asimilación ideológica. P- En el libro define el chisme como "una forma plebeya e incipiente de la literatura". Así como uno puede establecer rasgos de las literaturas nacionales, ¿llegó a percibir alguna característica distintiva de la chismografía local? R- Creo que hay, en los últimos veinte o treinta años, un gran resurgimiento del interés por las biografías en todo el mundo como una manera de "espiar" la vida privada de grandes personajes y eso se roza con el chisme. La gente quiere enterarse de cómo vivieron: sus amores y desventuras, sus pasiones e incluso aquello que las historias oficiales silencian. En Swift, de la británica Victoria Glendinning, extraordinaria biografía del autor de Los viajes de Gulliver, encontré una anécdota que usé. Una de las amantes de Swift -que era un hombre de gran malicia, por cierto- fue lady Mary Wortley Motagu. Ella se hizo pintar en la bacinilla que usaba para hacer sus necesidades la cara del escritor para devolverle una serie de atenciones, noche a noche. La historia me pareció extraordinaria y la incluí como prueba del empecinamiento en el rencor. **************** Existen géneros literarios considerados menores, marginales. Tal es el caso de las recetas de cocina, los horóscopos, la amplia gama de predicciones que van desde el milenario tarot a los mensajes cifrados del chicle Bazooka. Muchos de ellos, sin embargo, han sido reivindicados por grandes escritores como Günter Grass que, en “El rodaballo”, ha rescatado la receta de cocina de su desprestigiada existencia hogareña, para hacerla refulgir en un maravillosa historia basada en la enumeración de ingredientes y procedimientos culinarios. Ítalo Calvino, por su parte, elevó al tarot a la categoría de máquina generadora de historias en “El castillo de los destinos cruzados” y “La taberna de los destinos cruzados”. Al chisme, en cambio, parece ser la televisión quien mejor lo ha explotado. “De cuando Mario Vargas Llosa noqueó a Gabo”, de Luis Fernández Zaurín, cuenta casi 300 chismes relacionados con escritores y “Borges”, de Adolfo Bioy Casares, puede ser leído como un compendio monumental –tiene más de 1.600 páginas– sobre su relación con Borges en la que no faltan los chismes sobre él y sobre otros personajes de la cultura, muchos de los cuales resultan destruidos por el comentario mordaz, por esa ironía hiriente que se reserva sólo para la intimidad. La anécdota que le da título al libro de Zaurín, según parece, tuvo lugar hace más de treinta años y tiene como protagonistas absolutos a dos de los máximos exponentes del boom “latinoamericano”. En 1976, Vargas Llosa y García Márquez confluyeron en México en una sala en la que se proyectaba “La odisea de los Antes”. Al terminar la proyección, “Gabo” se acercó al autor peruano para saludarlo y recibió a modo de respuesta una trompada en el mentón que lo dejó tendido sobre la alfombra poniendo de manifiesto una inesperada agresividad de su colega. Antes de asestarle el golpe que lo derribó dejándole el ojo morado, el escritor peruano habría dicho: “¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona?" Patricia era su esposa. “Algunos cronistas explican que Vargas Llosa –dice Zaurín– había abandonado a su familia para perseguir a una modelo norteamericana (…) y Gabo, tratando de consolar a su mujer, Patricia, le aconsejó pedir el divorcio y tomar acciones legales por abandono del hogar”. Cuando en el 2000 Vargas Losa presentó su libro “La fiesta del chivo”, le preguntaron sobre ese lejano encontronazo con Gabo, respondió que era mejor dejar el tema a los historiadores. Es posible que si no los hubiera separado aquel suceso, igual habrían terminado separándolos sus diametralmente opuestas posiciones políticas. El mexicano Juan Rulfo y el uruguayo Juan Carlos Onetti tenían varias cosas en común, lo que explicaría la amistad que mantuvieron y la alegría que les daba encontrarse en los congresos de escritores. No sólo se convirtieron en dos autores insoslayables de la literatura latinoamericana, sino que a ninguno de los dos les bastó la literatura y la fama que obtuvieron con ella para aplacar la angustia de existir. Ambos, además, necesitaron del alcohol. Zaurín dice que Rulfo, con frecuencia, protagonizaba “desnudos involuntarios”. Bebía de una forma tan desmedida que a menudo lo encontraban dormido en las veredas de Ciudad de México; “Su estado de inconsciencia era tan profundo que la cantidad de alcohol que corría por sus venas le imposibilitaba darse cuenta de que le robaban la ropa”. Cuando se encontraba con Onetti en algún congreso, su forma de comunicación más habitual era el silencio. Ambos se sentaban frente a frente, botella de whisky de por medio, y se miraban a los ojos sin decirse nada, porque el alcohol hacía innecesarias las palabras. A Pablo Neruda no sólo le gustaban los mascarones de proa y los caracoles, sino también los perros. María Rita Figueira da cuenta de su pasión perruna en “Los ladridos de la Historia”, más precisamente en el capítulo “Es tan corto el 'guau' y tan largo el olvido”. A fines de la década del '20, el poeta chileno partió a Asía. Allí fue cónsul en Birmania, Ceilán y en Yakarta, que en ese momento pertenecía a las Indias holandesas, hoy Indonesia. Allí tuvo un perro que se llamó Cutaca. Un mucamo fiel y exageradamente amable se ocupaba de la alimentación del perro y continuamente interrogaba al poeta sin que este entendiera lo que quería decir. La lengua era una barrera infranqueable. Luego de varios días de distracciones, compromisos y viajes, el cónsul poeta se enteró de que Cutaca había muerto. El inentendible interrogatorio del mucamo al que Neruda no le dio importancia estaba referido a la dieta del animal y como las preguntas quedaron sin respuesta, el perro murió de hambre. Lo sucedido sólo puede entenderse dentro de los parámetros de una cultura en la que la obediencia a los superiores es un mandato tan fuerte que prima sobre el sentido común. De la anécdota es posible extraer por lo menos dos moralejas. Hay situaciones en que resulta imprescindible tomar decisiones por cuenta propia. Además, es sumamente útil saber idiomas. En la casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges conoció a Estela Canto, una escritora y traductora de la que se enamoró. Ella fue la inspiradora del famoso cuento “El Aleph” y la poseedora del manuscrito original que Borges le llevó para que lo pasara a máquina. Bioy cuenta en “Borges”: “Estela quería que Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente: 'Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte'. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: 'Cómo, ¿entonces no me tenés asco?' y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: 'A Constitución', y agregó, para Estela: 'Vamos a comer a Constitución. We must celebrate'”. Borges, según parece, era muy enamoradizo, pero la mayoría de las veces no era correspondido. Bioy cuenta su amor sin esperanza por otra escritora: “Borges estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. Un día ésta le preguntó: '¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?´. Borges: 'Fui caminando a casa, pero pasé frente a la tuya: tenía que pasar frente a tu casa esa noche'. Silvina: 'A esa hora yo estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante'”. A Bioy y a Borges no sólo lo unía una amistad hecha de amores literarios comunes, sino también de odios compartidos. Ambos detestaban a Ernesto Sabato. Dice Bioy en el libro citado: “Sabato también desaparecerá (antes se había referido a Mallea), sin dejar rastro, después de su muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”. Borges agrega: “Nunca le tuve afecto”. Otras perlitas de Bioy referidas a las actitudes políticas de Sabato: “Ya verás, va a quedar como el hombre que protestó por las torturas. Va a quedar en la Historia como un negro Falucho” y “Borges me asegura que le ha tomado tanto odio a Sabato, que ya no imagina su cara tal como es, sino en caricatura”. Como se ve, los chismes les restituyen a los escritores famosos el costado humano que les quita la celebridad. Joyce y Proust en el hotel Majestic La primera persona a la que oí hablar del único y mitológico encuentro entre Marcel Proust y James Joyce fue Nélida Gardell, mi profesora de francés en la Escuela de Letras de la Universidad de Tucumán. Nélida describía el diálogo entre los dos mayores novelistas del siglo XX como un torneo de torpezas y desdenes, el vuelo de aves majestuosas condenadas a no entenderse. De acuerdo con su versión, ambos habían sido convocados a una comida en el hotel Ritz de la Place Vendôme, en París, por el barón Edmond de Rothschild, deseoso de pagar una fortuna para oír cómo dos genios desplegaban ante él sus lujos verbales. “¿Se sabe lo que dijeron?”, preguntó toda la clase. La profesora Gardell respondió, enigmática: “Proust quiso averiguar si a Joyce le gustaban las trufas que se estaban sirviendo. Joyce respondió secamente que no”. Esa escena patética de la literatura universal me persiguió durante años como un fantasma tenaz y, por mucho que la busqué en las excelentes y numerosas biografías de los dos escritores, los relatos me parecieron siempre insatisfactorios. Jean-Yves Tadié, que publicó en 1996 una monumental vida de Proust –quizá la mejor de todas–, despacha el episodio en menos de una página, enfatizando que los dos genios no simpatizaron, al punto de que cuando Proust se ofreció a llevar a Joyce en su taxi la respuesta fue un par de gestos groseros. Joyce se puso a fumar desenfrenadamente y abrió de par en par las ventanas, a sabiendas de que su colega asmático no toleraba el humo y sufría con las corrientes de aire. Richard Ellman, el gran biógrafo de Joyce, es más minucioso. Registra al menos cuatro versiones de lo que se dijo, incluyendo la de las trufas, y cuenta que Joyce sintió después melancolía por la oportunidad perdida: “Me habría gustado encontrar a Proust en otro lugar, más a solas, para hablar con él a gusto, aunque no sé de qué”. Me resigné a no saber ya más de aquel encuentro hasta que, hace pocas semanas, leí un libro magistral de 360 páginas que cuenta al fin la historia con pelos y señales. Se llama Proust at the Majestic (Proust en el hotel Majestic), y su autor es el inglés Richard Davenport-Hines, también autor de una bien documentada historia de los narcóticos y de una biografía del poeta W. H. Auden. Desde hace medio siglo el hotel Majestic de París no es lo que era. Cuando Proust y Joyce se conocieron, poco después de la medianoche del 18 de mayo de 1922, se había puesto de moda. A sus salones suntuosos acudían, de rigurosa etiqueta, todas las personas notables que vivían en la ciudad o estaban de paso. Cada una de sus 450 habitaciones daba a la avenida Kléber, muy cerca del Arco de Triunfo. Todas disponían de un cuarto de baño, lo que era una excentricidad lujosa para aquellos tiempos, sobre todo en París. Contra lo que suponía la profesora Gardell, el anfitrión no fue el barón de Rothschild, sino el matrimonio de Violet y Sydney Schiff. Ella era una casamentera; él, un novelista justamente olvidado, con una insuperable capacidad para el chisme. Ambos merecían ser personajes de Proust. Dieron la cena para celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París por los Ballets Russes de Serge Diaghilev. De modo que no sólo Stravinsky y Diaghilev participaron de la célebre comida del Majestic. También estaban allí Ernest Ansermet, que había dirigido la orquesta de Renard, y Pablo Picasso, que llevaba una faja roja alrededor de la cabeza. Sólo faltaba Victoria Ocampo para completar el cuadro. Pero el principal –y luego proclamado– propósito de los Schiff era reunir en la misma jaula de oro a Proust y Joyce, y observar lo que pasaba entre ellos, para contarlo luego a los cuatro vientos. Lo que pasó fue tan poco que ni siquiera sirvió como tema de conversación en los salones de la semana. Eso explica que la historia haya circulado como un mito hasta que Davenport-Hines la devolvió a la realidad. No han quedado noticias de lo que comieron, que debió de ser lo usual en las veladas del Majestic: una entrada de caviar, faisán con espárragos y helados de frutas tropicales. Se sabe, sí, que Diaghilev, Stravinsky y Ansermet estaban muy cansados de las tensiones del largo día y se retiraron poco después de la medianoche. Picasso se quedó bebiendo hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa. También Joyce, en silencio, bebía champagne y eructaba con ganas. Al llegar, se había disculpado por no estar vestido de etiqueta. “No tengo dinero para esas inutilidades”, declaró. El único tema de conversación que le interesaba era su novela Ulysses, que se había publicado tres meses antes y que estaba ya en todas las bocas, sobre todo en las de quienes la leían sin entenderla. Los restos de la comida fueron retirados de las mesas a la una de la madrugada. Joyce –ha contado el crítico Clive Bell, quien oyó la historia de boca de Sydney Schiff– siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra ocupada con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho y de a ratos soltaba bufidos sonoros. Quince, acaso veinte minutos después, los Schiff vieron entrar a un hombre pequeño y sigiloso, enfundado en un abrigo de pieles, que se movía –según Clive Bell– como una rata. De lejos parecía pringoso y húmedo. Era el autor de En busca del tiempo perdido. Ya había terminado de escribir su gran novela y todavía la estaba corrigiendo y añadiendo frases. Era entonces mucho más célebre que Joyce, y sus largas frases perfectas, encadenadas unas a otras por una música inimitable, se repetían en los salones con devoción sacramental. Aunque Joyce no vio a su colega como un hombre enfermo (diría, por lo contrario: “Se queja, pero está más sano que yo”), las drogas que Proust se inyectaba o bebía con frecuencia asesina estaban acabándolo. Seis exactos meses después de la reunión en el Majestic, una septicemia veloz acabaría con él. Dijera Joyce lo que dijera, era un agonizante en lucha contra la muerte. Cuenta Davenport-Hines que se ubicaron en sillas contiguas. Registra seis versiones de lo que hablaron –una de ella es la de las trufas–, y en todas persiste la incomprensión. Joyce contó años más tarde que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: «No». Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulysses. Respondió: «No». La situación era insoportable.” Otras veces, en sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con sarcasmos envenenados. Uno de los apuntes de su diario es revelador: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y luego, en una carta a su editora Sylvia Beach, que era también la dueña de la célebre librería Shakespeare & Co, cuenta, con un juego de palabras difícil de traducir: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos grandes hombres no volvieron a verse. Eran aves de plumaje tan distinto que sólo se habrían lastimado. Proust, como bien apuntó la profesora Gardell, nunca tuvo tiempo de leer Ulysses. Las interminables correcciones a su novela lo absorbían por completo. La muerte, además, estaba mordiéndole los talones. El 22 de noviembre de aquel 1922, Joyce asistió al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot, incómodo entre tantos príncipes, barones, embajadores y cabezas engominadas. Cuando el organista tocó, en vez de la habitual música litúrgica, la Pavana para una infanta difunta, de Ravel, se retiró rezongando. Como sucede con todas las leyendas, imaginar esa noche de mayo en el Majestic deja sensaciones más intensas que la realidad, que suele ser plana y decepcionante. (T. E. Martínez) ANÉCDOTAS Y BROMAS En relación con los aficionados a las bromas y a dejar a los demás en ridículo, casi siempre públicamente, van aquí varias anécdotas: En cierta ocasión el rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francico de Quevedo (1580-1645)que le improvisara una cuarteta. -Dadme pie, señor -le dijo Quevedo. El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó una pierna; pero el escritor que tenía fama de respuestas rápidas e ingeniosas, en vez de darse por ofendido, improvisó la cuarteta que el monarca le había pedido de la siguiente forma: En semejante postura, dais a comprender, señor que yo soy el herrador y vos, la cabalgadura. El rey de Prusia, Federico II el Grande (1712-1786) admiraba al escritor francés Voltaire (1694-1778) y por ello, le hacía blanco de sus bromas hirientes. En cierta ocasión en que el rey había invitado al filósofo a cenar, dejó sobre su plato un tarjeta que decía:"Voltaire es el primero de los asnos. Federico II". Voltaire, al encontrar la nota, respondió a la broma con otra, simplemente leyéndola de forma ingeniosa y punzante: "Voltaire es el primero de los asnos. Federico, el segundo". Cierto día se encontraron en la calle el poeta inglés, Lord Byron (1788-1824) y la condesa de Devonshire, también escritora. Ella saludó al poeta, de forma un tanto inconveniente, al preguntarle, sabiendo que era cojo: -¿Cómo andais hoy, milord? -Señora, ando como véis vos, muy mal -respondió con sorna el escritor a la aristócrata que era bizca, a su vez. Tras la muerte de Antón Chéjov, los empleados del tren que habrían de repatriar su cadáver confundieron el ataúd con una carga normal, por lo que colgaron un letrero en la caja donde se podía leer: 'Ostras frescas'. Cuenta José Luis Sampedro que, cuando no se le ocurre ningún argumento para sus novelas, se planta en un bar y coloca un audífono de tal modo que pueda captar la conversación de la mesa de al lado, charla a partir de la cual inventa nuevas historias. No teniendo siquiera dinero para enviar el manuscrito de 'Cien años de soledad' a un editor, Gabriel García Márquez dividió el libro en dos montones, mandando primero uno y después el otro. Pero un error hizo que enviara antes la segunda parte que la primera. Alfred Hitchcock telefoneó en cierta ocasión a George Simenon y, cuando le respondieron que el señor Simenon no podía ponerse porque acababa de empezar una nueva novela, el cineasta respondió: 'Bueno, espero…'. El impresor Manuel Altolaguirre introdujo involuntariamente una errata en la tirada del poemario de un cubano, cambiando el verso 'Yo siento un fuego atroz que me devora' por 'Yo siento un fuego atrás que me devora'. Cuando repararon en el equívoco, el bardo y el impresor cogieron una barcaza y tiraron todos los ejemplares a las profundidades de la Bahía de Cuba. Tras la muerte de Philip K. Dick, sus seguidores construyeron un androide con su aspecto que funcionaba a control remoto. Sin embargo, una compañía aérea lo extravió durante su traslado a otro país, no sabiéndose nunca más que fue de aquel robot. Estaba Truman Capote cenando una noche en un restaurante de Nueva York cuando se le acercó un gran grupo de mujeres que lo habían reconocido, pidiéndole un autógrafo. El marido de una de ellas, molesto ante tanta admiración, afirmó que era absurdo dedicarle tanta atención femenina a un hombre homosexual, y se acercó él mismo a la mesa del autor, se desabrochó los pantalones, se sacó el miembro y le sugirió al escritor que se lo firmara. Capote lo examinó con educación y le respondió: “No sé si podría firmárselo, a lo mejor podría simplemente ponerle mis iniciales”. En una ocasión, Mark Twain asistió a una gala que tenía como objeto recaudar dinero para alguna causa benéfica. Uno de los conferenciantes empezó a hablar sobre la necesidad de contribuir a esta causa y Twain decidió que donaría cien dólares. Sin embargo, como el conferenciante seguía hablando y hablando y comenzaba a aburrir a los asistentes, Twain decidió reducir su donación a la mitad. Y la conferencia se alargaba más y más, por lo que Twain se desesperaba y decidió reducir la donación a 10 dólares. Finalmente, cuando pasaron la cesta de recaudación y ésta llegó hasta él, Twain cogió un dólar de la cesta antes de pasársela al asistente más cercano. Una revista británica creó un concurso que premiaría a la mejor parodia que recibiera de la obra de Graham Greene. Cuando el jurado falló su decisión y se hizo público el nombre del ganador, la revista recibió una carta del propio Greene, quien expresaba su satisfacción al saber que había ganado el señor John Smith, y su decepción de que otros dos participantes, John Doakes y William Jones, no hubieran recibido ni siquiera una mención de honor. Los tres nombres eran pseudónimos del propio Greene, que había enviado como concursantes extractos de obras suyas que no habían llegado a ser publicadas. Mazo de la Roche, escritora canadiense famosa por sus novelas de la saga Jalna, envió una vez un relato a la revista literaria Tamarack Review. Cuando rechazaron su manuscrito con cordiales excusas, la autora les respondió de la siguiente forma: “No me sorprende que no os gustara el relato. A Carolina (la compañera de la autora) no le gusta, y a mí tampoco me agrada mucho, pero como nunca me han gustado las obras que publica vuestra revista pensé que tendría bastante éxito”. En 1926, Ernest Hemingway abandonó a su primera mujer, Hadley Richardson, con la que tenía un niño pequeño, por una escritora rica llamada Pauline Pfeiffer. Cuando, poco tiempo después, le preguntaron al autor por qué lo había hecho, respondió: “Porque soy un bastardo”. El escritor danés Hans Christian Andersen fue huésped durante un tiempo de la familia Dickens, que acabó francamente harta de éste y que no sabía cómo hacer que se marchara. Dickens escribió una nota que pegó sobre el cabecero de la cama de la habitación de invitados. La nota decía: “Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, que a la familia Dickens le parecieron SIGLOS”. El libro "El espantapájaros (al alcance de todos)", sin duda alguna fue la consagración definitiva para Oliverio Girondo. El libro ve la luz en 1932 y Oliverio Girondo, extasiado, decide afrontar todo un recibimiento para difundir su obra. Contrata un coche coronario (el coche que va detrás de la carroza fúnebre llevando las coronas) y dispone que en ese coche funebre tirado por seis caballos, conducido por un cochero, y acompañado por un lacayo, ambos vestidos a la moda del Directorio, se eleve un gran monigote representando un espantapájaros, con chistera, monóculo y pipa. Alrededor de este gran Espantapájaros diseñado por Oliverio vuelan unos cuervos, y con semejante carroza publicitaria pasea durante algunas semanas por las calles de Buenos Aires, recitando de tanto en tanto sus poesías, y según se cuenta, al cabo de unas cuantas semanas agotó la primera edición de esta manera. En verdad, si algo le faltaba al libro el Espantapájaros, o al amplísimo abanico de contradicciones, extravagancias y sobre todo, de interés compulsivo-lúdico por la vida, que es, fue y será, Oliverio Girondo, eso es esta anécdota, que lo pinta de cuerpo entero. fontana di trevi http://www.capitanw.com/posts/libros/284/escritores-anecdota-sobre-espantapajaros-girondo/ http://edant.clarin.com/suplementos/zona/2007/07/29/z-03815.htm http://www.buenosaires.gob.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/cozarinsky_bio2_es.php http://www.revista-noticias.com.ar/comun/nota.php?art=2492&ed=1726 http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?t=30529 Tomás Eloy Martínez, LA NACION http://www.the-scientist.com/news/home/52922/ http://marcianitosverdes.haaan.com/2007/03/los-fraudes-periodsticos-del-siglo-diecinueve/ http://ana-alejandre-avuelapluma.blogspot.com/2006/10/anecdotario-bromas-y-bromistas.html http://www.hojaenblanco.com/index.php/blog/show/index.php?blog/show/Curiosidades-sobre-escritores-y-escritura.html http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/articulos-de-interes/1042-algunas-anecdotas-sobre-escritores http://www.lecturalia.com/blog/2010/10/10/anecdotas-de-escritores-vii/

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Dylan Thomas, el poeta bebedor
ArteporAnónimo12/1/2010

El 9 de Noviembre de 1953, moría el escritor galés Dylan Thomas. Dylan Thomas: uno de los mejores poetas en lengua británica de la primera mitad del siglo XX. ] Dylan Marlais Thomas nació en Swansea, Gales, en 1914. Su precocidad se nota ya desde su infancia, a los 4 años es capaz de recitar de memoria Ricardo II, de Shakespeare, configurando no solamente su singularidad sino también sus dotes histriónicas. Desde pequeño aprendió únicamente inglés, aunque sus padres hablaban galés. Se crió en un ambiente rural que le sirvió de inspiración para los relatos que escribió más tarde. Su padre, D. J. Thomas, un escritor frustrado, profesor de una escuela elemental (la Swansea Grammar School, donde estudió Dylan) vio en su hijo el enorme talento que estaba germinando, de hecho soñaba con darle la mejor educación posible, mandándolo a Oxford, lo que no sería posible. Tras terminar su educación secundaria, Thomas emigró a Londres con el deseo ferviente de publicar sus poemas. Ya antes había dejado la escuela para convertirse, a instancias de su padre, en periodista del South Wales Evening Post. Es en esta publicación donde ya se desatan las dotes de escritor de Thomas. Redacta obituarios poéticamente, y críticas de cine y teatro donde no dejaba títere con cabeza, despedazando a lo más granado de las tablas galesas de por aquel entonces (y dando muestras de su propensión al escándalo). Después de una ardua jornada de trabajo solía apagar su sed insaciable en el bar The Anthelope, donde escuchaba las historias de los marineros ingleses, mientras se embriagaba hasta la médula. Pero el camino no estaba en el periodismo. Tras un año y medio de labor de prensa, la poesía —su “oficio u hosco arte”— lo arrastraría definitivamente hacia sus dominios. Durante la Segunda Guerra Mundial no sirvió en el frente, pues le consideraban demasiado débil, así que se dedicó a escribir propaganda para su país. participó como guionista y también como locutor en la BBC. Ya entonces se había transformado en un alcóholico Thomas comenzó pronto a hacerse un sitio en el mundo de la poesía inglesa y colaboró en prestigiosas revistas con su poesía oscura, en ocasiones mitológica, cargada de cierta característica febril. Además de la belleza e intensidad de su poesía, que resulta imborrable recitada por su voz intensa, Dylan Thomas es conocido por su aura bohemia y de autor maldito, famoso por sus primeras obras, como Dieciocho poemas (1934) o, ya en su plenitud, Muertes y entradas (1946). Conoció a su mujer, Caitlin MacNamara, en un pub. Estando borracho le pidió matrimonio y así empezó su idilio. Sin embargo la relación se enturbió con los numerosos rumores de aventuras por ambas partes. Thomas era un alcohólico empedernido, y esto le llevó a la tumba. En una visita a Nueva York, donde cumplía con una gira de recitales poéticos, estaba desatado y debían contenerlo para que no se abalanzase sobre las estudiantes que asistian a sus presentaciones. Sedujo a la esposa del escritor De Vries, que había organizado la gira. Por eso él le retó a un concurso para ver quién bebía más. De Vries era mucho más grande, Thomas perdió. Murió el 9 de Noviembre, tras sufrir una hemorragia cerebral después de pasar 4 días en coma por el alcohol. Dejó un legado de relatos, obras de teatro y sobre todo poemas difícilmente comparables. Poseía una gran voz con la que cautivaba a la audiencia en recitales o en la radio, la gente lo seguía, lo amaba como sucede con los poetas que tocan el alma popular. Aquí transcribo uno de sus más conocidos poemas, en la versión original, y su traducción (en versión de Waldo Rojas). And death shall have no dominion. And death shall have no dominion And death shall have no dominion. Dead men naked they shall be one With the man in the wind and the west moon; When their bones are picked clean and the clean bones gone, They shall have stars at elbow and foot; Though they go mad they shall be sane, Though they sink through the sea they shall rise again; Though lovers be lost love shall not; And death shall have no dominion. And death shall have no dominion. Under the windings of the sea They lying long shall not die windily; Twisting on racks when sinews give way, Strapped to a wheel, yet they shall not break; Faith in their hands shall snap in two, And the unicorn evils run them through; Split all ends up they shan’t crack; And death shall have no dominion. And death shall have no dominion. No more may gulls cry at their ears Or waves break loud on the seashores; Where blew a flower may a flower no more Lift its head to the blows of the rain; Though they be mad and dead as nails, Heads of the characters hammer through daisies; Break in the sun till the sun breaks down, And death shall have no dominion. Y la muerte perderá su dominio Y la muerte perderá su dominio. Los muertos desnudos serán un solo muerto. Con el hombre en el viento y la Luna de occidente; cuando se descarnen los huesos y desaparezcan los huesos. Donde hubo codos y pies aparecerán estrellas. Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir. Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor. Y la muerte perderá su dominio. Y la muerte perderá su dominio. Bajo los remolinos del mar aquellos que yazgan largamente no morirán en la tempestad retorciéndose en el tormento, cuando cedan los tendones atados a una rueda no podrán destrozarse; entre sus manos la fe se romperá en dos y el Unicornio del mal los atravesará. Y hendidos por todas partes no se desmembrarán. Y la muerte perderá su dominio. Y la muerte perderá su dominio. Nunca más las gaviotas gritarán en sus oídos o se romperán las olas tumultuosamente en la ribera; allí donde se abrió una flor nunca más otra flor ofrecerá su cabeza a los golpes de la lluvia. Y aún locas o muertas como clavos atravesarán la margaritas con sus cabezas de señoras; irrumpiendo sobre el Sol hasta que el Sol se desprenda. Y la muerte perderá su dominio. Fue conocido como "el maudit", "el gran maldito" o "el último maldito" (lugar común o apodo que reciben automáticamente todos los poetas borrachos, noctámbulos, disipados o indiscutidamente geniales). Poeta precoz y repentinamente fallecido, el caos y el exceso fueron su camino a la genialidad. Famoso por ser un bohemio y un borracho redomado, famoso también por su vozarrón cautivante, que atraía, cual cantante juvenil, a cientos de personas a sus recitales poéticos, o a pegarse al receptor cuando hablaba en la BBC. Bibliografía: * Dieciocho poemas, 1934 * Veinticinco poemas, 1936 * El mapa del amor, 1939 * Muertes y entradas, 1946 * Retrato del artista cachorro, 1940. Autobiográfico * En el sueño campestre, 1951 * Aventuras en el tráfico de pieles, 1954. Póstumo * Bajo el bosque lácteo. Obra radiofónica En mi oficio o mi arte sombrío... En mi oficio o mi arte sombrío ejercido en la noche silenciosa cuando sólo la luna se enfurece y los amantes yacen en el lecho con todas sus tristezas en los brazos, junto a la luz que canta yo trabajo no por ambición ni por el pan ni por ostentación ni por el tráfico de encantos en escenarios de marfil, sino por ese mínimo salario de sus más escondidos corazones. No para el hombre altivo que se aparta de la luna colérica escribo yo estas páginas de efímeras espumas, ni para los muertos encumbrados entre sus salmos y ruiseñores, sino para los amantes, para sus brazos que rodean las penas de los siglos, que no pagan con salarios ni elogios y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte. Como chismes/curiosidades está el hecho de que Bob Dylan (nacido Bob Zimmerman) se cambio el nombre por la gran admiración que sentía por el poeta galés, y otra es que también este poema tiene importancia en la pelicula Solaris (2002) de Steven Soderbergh. http://biografiasde.com/biografia/dylan-thomas/ En esta página se puede escuchar a D.Tomas recitando dos poemas: http://www.google.com.ar/imgres?imgurl=http://agaudi.files.wordpress.com/2008/04/dylan_thomas.jpg&imgrefurl=http://agaudi.wordpress.com/2008/04/18/dylan-thomas-y-la-muerte-perdera-su-dominio/&h=465&w=400&sz=100&tbnid=pOqGySamPxw6mM:&tbnh=128&tbnw=110&prev=/images%3Fq%3Ddylan%2Bthomas&zoom=1&q=dylan+thomas&hl=es&usg=__cihXv7V6WXebR0urQXI0Vqd8Z3A=&sa=X&ei=Tkf1TNfaGsH78Aau3_DUBg&ved=0CDwQ9QEwAw http://www.celebritydeath.net/?p=98

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Flora Tristán, la tormenta revolucionaria
ArteporAnónimo8/19/2010

La infancia de Flora Tristán tiene mucho de mito. Anne Laisney, hija de un empleado de la Casa Real de Francia, huye de la Revolución Francesa por ser católica y monárquica, y en Bilbao conoce a Mariano Tristán y Moscoso, coronel de la Armada Española nacido en Perú de una familia tradicional y rica. Se enamoran y unen sus vidas en una ceremonia religiosa que no tendrá valor legal ni en Francia ni en España. Por separado, están en infracción en ambos países, los jóvenes regresan a Francia y un año después nace en Paris Flore Celestine Therese Tristán y Moscoso Laisney, el 7 de abril de 1803, en plena época napoleónica; quien pasará a la historia como Flora Tristán. De este matrimonio inexistente y, por tanto, de su situación de hija bastarda, se enterará Flora Tristán a los 14 años. De niña vive en una especie de paraíso junto a su padre y madre, en contacto con la naturaleza, en una bella casa en un pueblo rural a las afueras de la capital, siendo querida y atendida, expresando libremente su carácter vivaz y explosivo, mimada por visitantes como el joven Simón Bolívar. La buena situación económica de los Tristán proviene de la renta que el militar percibe de su familia peruana, administrada por su tío: el arzobispo de Granada, y de su pensión de coronel. Todo va a cambiar a la muerte de Mariano Tristán y Moscoso, cuando Flora tiene 4 años. Su madre se presentaba como la señora Tristán pero su status real era el de compañera del militar, por tanto no tiene derecho a nada, ni tampoco su hija. Los pedidos a su “cuñado” Pío Tristán, último virrey del Perú, no tienen respuesta. Queda sin sostén, nuevamente embarazada, las relaciones y conocidos que pudieran ayudarlas ausentes. Con un carácter apacible que intuimos romántico y una capacidad de adaptación que enerva a su hija. Anne Laisnay evita los pleitos y habladurías que se suceden a la muerte de su esposo. Durante años es el hermano de Anne quien les envía dinero para que sobrevivan, en la seguidilla de desgracias que pueblan su vida tras la muerte de Mariano Tristán, fue eficaz para administrar los pocos bienes que tenía y encajó estoicamente cada nuevo golpe, incluso el peor de todos: la muerte de su hijo Mariano a los 9 años de edad. De esta muerte y de su hermano, Flora Tristán no hablará jamás, con el tiempo matiza la opinión de víctima que entonces endilga a su madre. Anne consigue una vivienda en el barrio más sórdido de Paris, allí Flora toma contacto con la pobreza y la injusticia, siente odio por la miseria y, a la vez, irritación por esas gentes que aceptan un destino mísero sin luchar. Se considera una aristócrata y se siente superior a quienes la rodean en ese tugurio, la joven de 14 años se mantiene aparte de las maledicencias porque la ofenden y prefiere ser una observadora, una extranjera. Su madre le ve talento artístico y, al ser una práctica aceptable para señoritas, le paga clases de dibujo. Es su madre quien le ha impartido la educación básica que tiene: suma, resta, lee, escribe. También su madre fomenta en la joven la figura heroica del padre y alimenta el sueño de recuperar la herencia que le corresponde, Flora se imagina viajando al Perú para poner fin a una injusticia: ella es parte de una familia que desciende de Moctezuma, el último emperador azteca. Es una muchacha bella, llama la atención por su mirada y sus andares enérgicos, menuda, su ascendencia española se ve en la negra cabellera rizada y en la piel aceitunada. Desde su niñez y hasta su juventud Flora asiste a sucesivos derrumbes del mundo en el que vivía antes de la muerte de su padre: cambios de viviendas, siempre a menos; la guerra entre Francia y España, que supone incautar todos los bienes de los españoles residentes en Francia; el ascenso de Napoleón; su derrota y la entrada de ejércitos de ocupación en toda Europa. Las guerras civiles europeas dejan medio millón de muertos y el hambre: bandas de mendigos que asaltan las ciudades para comer, en el campo se alimentan de hierbas, los más débiles mueren. Un tercio de la generación de Flora no llegará a los 20 años. En este contexto y apremiada por la pobreza en su casa, Flora comienza a trabajar como obrera en un taller de litografía a los 17 años. El propietario, André Chazal, pintor y grabador, de 23 años, queda flechado por Flora: “Despertó en mí una pasión violenta”, declarará. El trabajo de Flora consiste en iluminar etiquetas, intiman lo suficiente como para que ella lo invite a su casa, Chazal se gana la confianza de Anne, que conoce el poco interés que el candidato despierta en su hija pero valora la seguridad y la legitimación que significa un matrimonio burgués. Flora mantiene a distancia al pretendiente, su ideal de hombre es Simón Bolívar o El Quijote, Chazal no tiene nada de heroico. Aunque la seduce ver la pasión que provoca en el hombre, la cautiva el despertar de sus propios sentidos. Es una muchacha como todas, devora novelas de amor, es idealista y sueña con el Gran Amor: “En 1833, el amor era para mí una religión, desde la edad de catorce años mi alma ardiente lo había deificado. Consideraba el amor como el aliento de Dios, su pensamiento vivificante, aquel que produce lo grande y lo bello", confiesa en Peregrinaciones de una paria. En 1821, con 18 años, Flora se casa en un ayuntamiento de Paris: “Mi madre me obligó a casarme con un hombre al que yo no podía amar ni apreciar. A esa unión debo todos mis males; pero como después mi madre no dejó de manifestarme su más vivo pesar, la perdoné.”, escribirá en el mismo libro. Se conservan las cartas que Flore envía a Chazal, habla en ellas de sus ilusiones, de su voluntad de progreso, del afecto que siente por su novio, recuerda en ellas la sensualidad de sus encuentros, también le pide que perdone su carácter autoritario, a veces temible. En el inicio de la relación Chazal es tierno y sigue enamorado de su mujer, procura hacer próspero el taller de litografía, vuelve tarde del trabajo y encuentra a Flora inmersa en su pasión, que es leer: la recién casada lleva con orgullo su condición de autodidacta y en los libros se sumerge para aprender y para evadirse de una realidad que le disgusta cada vez más. Como otra Madame Bovary, Flora compara a su marido con los protagonistas de las novelas románticas que lee y Chazal sale perdiendo, evita su afecto y sus caricias, le habla con desgana. No le interesa ser ama de casa: ve claro que son ataduras y exigencias que van a coartarle la vida que quiere para sí, que no tiene la menor idea de cuál es pero fijo que no es esa, por eso no aprende a cocinar, tampoco le gusta formar al personal doméstico o laboral a su cargo. Queda embarazada, da a luz un niño enfermizo que no le genera el impulso maternal que esperaba sino una profunda tristeza. Quebrantada su salud después del parto, el alejamiento con su marido se vuelve irreparable, es un matrimonio condenado desde el principio y los próximos dos embarazos _Ernest, cuando Flora tiene 21 años, y Aline, cuando tiene 23 , que será la abuela del pintor Gauguin_ harán que Flora se sienta entrampada. Comienzan las discusiones: Flora desprecia los progresos del marido, él le reprocha sus aires de princesa y su ingratitud, su madre se hace cargo del cuidado del bebé. Flora ya no trabaja pero tampoco tiene ganas de salir, come poco, finalmente cae enferma, el médico receta un tratamiento para la anemia pero los meses pasan y la enferma no reacciona; hoy hablaríamos de una depresión. De a poco va recuperándose, vuelve a leer con pasión pero ahora sus lecturas son otras: Rousseau, Lamartine, Madame de Staël, etc. Comienza a entender que las cosas no le pasan sólo a ella, que la sociedad se rige por una ley que coloca a la mujer en inferioridad de condiciones respecto del hombre, avalando así conductas de abuso. El código napoleónico bajo el que vive, hace de la mujer una menor de edad, con incapacidad jurídica, su firma carece de valor, no puede ser testigo en ningún acto civil, al casarse pierde su apellido y adopta el del marido, debe obediencia al marido, la autoridad de él es absoluta, aún separada no puede cambiar de nacionalidad ni defenderse en el juzgado sin autorización del cónyuge, el adulterio es un delito casi únicamente castigado en mujeres, dentro del matrimonio no existe la violación, el divorcio se ha suprimido. La convivencia entre los esposos se deteriora, el negocio va cada vez peor, Flora se desinteresa por completo de los asuntos de Chazal, él le reprocha no apoyarlo, frecuenta bares y vuelve a casa borracho y violento, se va haciendo común que se descargue en su mujer, le pegue, la insulte, Flora se inflama ante cada ataque y siente una furia homicida hacia él, cuando todo termina cae en una depresión aún mayor. A cuatro años de haberse casado el matrimonio está en quiebra económica, les embargan los muebles y dejan apenas las camas y la vajilla. Flora asegura que, para salir de la situación, Chazal la induce a prostituirse con los deudores que lo persiguen, siente horror y desprecio por el padre de sus hijos, piensa en suicidarse pero la detiene el pensamiento de su hija y sus hijos, frágiles y enfermizos. Vive como una afrenta el poder absoluto que su marido tiene sobre ella, sólo quiere escapar de él. Reniega de cualquier atracción que haya sentido hacia su persona, “no hay dicha sin aprecio mutuo”, escribirá, la violencia cotidiana debe terminar. La única salida es huir. Es 1825, con 22 años y embarazada de su hija, encuentra el modo de irse. Para evitar que su marido la persiga, como legalmente tenía derecho, consigue que firme una autorización para llevar al hijo mayor al campo pues está enfermo. El hijo pequeño vive allí con un ama de cría que, ni bien verla, le informa que no seguirá criando al pequeño porque no le pagan. Coge a los niños y va a casa de su madre, la convivencia de las dos mujeres es difícil, ambas tienen reproches que hacerse, son pobres, Flora tiene arrebatos de furia y desesperación, a su madre la inmoviliza la culpa. Son años difíciles en los que debe hacerse cargo de ella y de sus hijos y también son los años en los que avanza en su toma de conciencia, en los que se le hace carne la necesidad de la dignidad del ser humano. Reflexionando encuentra en la figura de la paria el símbolo de la mujer marginada y errante, intocable, se identifica con ella y a través de ella encuentra su identidad social y su camino. En la introducción de "Peregrinaciones de una paria", en "Mi vida", su autobiografía, se reconoce como una doble paria: la hija sin reconocimiento legal del padre, desheredada, y la casada por necesidad y conveniencia. Hablando de su experiencia en primera persona, Flora se confiesa víctima de esa doble opresión que la llevó a luchar contra el matrimonio como medio de opresión contra las mujeres. Al no existir una Ley de Divorcio, inicia una lucha legal por la custodia de los hijos que durará 12 años plagados de interrogatorios, argucias y demandas cruzadas. Las persecuciones de su marido continúan hasta que, luego de acechar su paso durante días, la ataca en la calle y le dispara, dejándola mal herida. Se muda con sus tres hijos al mísero barrio de antes, Chazal ya no vive allí. Su hija recién nacida despierta en ella una ternura que no conoce, siente que esa niña necesita de todos sus cuidados, la ve sólo parecida a ella, la niña siempre va a contar con el cariño de Flora. Vuelve a iluminar estampas, trabaja en una confitería, como empleada doméstica, en cada trabajo debe luchar con su carácter indócil y su anhelo de autonomía. Así es que, cuando le ofrecen la posibilidad de viajar, no lo duda: parte como criada o dama de compañía de una familia inglesa a Inglaterra, es 1825 y durante cinco años su paradero y ocupación serán un misterio. Los 3 hijos están instalados en casa de su madre, no desperdicia la posibilidad de formarse que le dan los viajes, conoce gente, culturas, costumbres nuevas. También se siente una mujer sin raíces, alejada de sus hijos a los que nunca ve, distanciada de su madre, persevera en el empeño de abrirse camino, a veces su niña la acompañará en alguno de sus continuos viajes. Pero Flora es auténticamente una solitaria, ama a sus criaturas pero casi no ha vivido junto a ellas, sus ausencias se deben a ser una mujer que trabaja para sostener a su familia pero carece de sentido familiar, ha empezado a conocer el ancho mundo y no está dispuesta a renunciar a él. En sus escritos apenas toca el tema de la mujer y la familia, le será más fácil dirigirse como hermana a gente que conoce del ámbito político, discípulas y discípulos, considerándoles su auténtica familia, que usar esa cercanía con los suyos. Su hijo mayor muere cuando Flora está en Inglaterra, casi no convive con su hijo menor Ernest, mejor suerte ha tenido Aline, la preferida. Pese a que Flora intenta borrar la existencia de Chazal en su vida, este reaparece seis años después de separarse para recuperar la custodia de los hijos y sus derechos de esposo. Amparado por el código civil, exige que le diga dónde está la hija y llevarse al hijo mayor, Flora accede con la condición de que le firme un papel en el que reconoce que la ha maltratado y echado de su casa. Chazal se niega, Flora enfurece, se suceden los golpes y los insultos, el secretario del fiscal levanta acta del hecho. Finalmente Chazal acepta la separación de cuerpos y promete iniciar el divorcio, Flora le alcanza el documento que ha redactado y él lo firma, a su vez ella firma otro, que también ha redactado con la mejor buena voluntad toda vez que ha conseguido la promesa de ser libre. El tono involuntariamente farsesco de estas declaraciones se ve superado por la realidad, todo salió mal. El alcalde entrega el hijo a su padre y ambos deben partir dos horas antes que Flora, en cambio Chazal alcanza a campo traviesa el coche en el que viaja su esposa, se esconde, y la obliga a acompañarlo al puesto de policía, el comisario se niega a intervenir porque en esos momentos Paris casi arde en llamas. El niño va con su padre, Flora se siente furiosa y estafada, ese hombre le ha mentido y con la ley de su parte y el hijo como rehén va a perseguirla sin cesar. Sabe que si no puede tenerla, destrozará su vida. Usa un nombre falso para huir llevándose a la niña y peregrina por Francia durante 6 meses, se instala en Burdeos donde no llegan las pesquisas de Chazal. Escribe a su tío, hermano de su padre, al Perú, explicándole los lazos que los unen y su situación de hija ilegítima. Al tiempo llega la respuesta: Pío Tristán la reconocía como sobrina, le enviaba dinero, su afecto y la promesa de un legado, pero le negaba derecho sobre la herencia de su padre: a Flora sólo le correspondía la parte de los hijos naturales, un quinto de la herencia. Decepcionada porque el reconocimiento como hija está ligado al conocimiento de su identidad, se alegra por la ayuda que significará el dinero prometido. Desde ese momento planea cómo ir al Perú para conocer a su familia y ejercer sus derechos. Tres años después embarca desde Burdeos rumbo al Perú, ha dejado a su hija de 8 años al cuidado de una amiga. Angustiada por separarse de la niña de 8 años y excitada hasta la descompostura por el paso que iba a dar Flora pasa sola sus últimas horas en tierra. El cóctel está servido: enemistada con la familia, huyendo de un marido que la busca, abandonando a sus hijos, dejando su país, persiguiendo una herencia mítica, oliendo el rastro paterno, la temperamental Flora de 30 años va en el barco hacia sí misma. La historia de ese viaje se llamará Peregrinaciones de una paria y la publicará en 1838, ha asumido el personaje. Con habilidad literaria Flora Tristán saca punta a la autobiografía y a la novela romántica, alterna entre la heroína y la víctima, las descripciones son vívidas, notable su capacidad de observación, su figura de paria es auténtica y genera identificación, aunque esta sorprendente mujer es demasiado diferente a las demás. Vemos a Flora en acción, trabajando, cooperando con los marineros, reflexionando, interesándose por todo y aprendiendo, seduciendo, curioseando, hablando de sí. En la larga travesía de seis meses tiene algunas historias amorosas, sin ninguna trascendencia pues para ella el amor es un don divino, capaz de transformar al mundo, que exige una entrega y pasión. Le gusta seducir y que la seduzcan, sobre todo le gusta ver el deseo que suscita. Con naturalidad relata cómo alimenta la pasión del capitán del barco con una fingida ingenuidad, juega, coquetea, se mete en problemas y de ellos emerge con la conciencia de haber mentido pero también de haberse salvado de una nueva prisión. Al llegar al Perú, donde es recibida con respeto pues es la sobrina del virrey Don Pío Tristán, desoye consejos y guiada por su voluntad parte en un viaje insensato hacia Arequipa, ciudad de la familia. Casi muere en ese trayecto de 40 horas, su familia la recibe con afecto, Flora viste las lujosas ropas típicas y se instala conmovida en la que fue casa natal de su padre. Sabe que su llegada produce expectación: es la extranjera que viene a reivindicar su parte en la herencia del padre. América del Sur acaba de liberarse del poder español gracias al ejército independentista de Bolívar. La sociedad peruana, dividida en criollos, indios, más de la mitad de la población, esclavos negros y mestizos, ha acentuado sus diferencias y el resultado es una tensión constante entre grupos con distintas costumbres, vestimentas, comidas, religiones. Flora asiste encantada pero extranjera a ese festival de sabores, olores y hablas. Acostumbrada a estar entre los más pobres está ahora en el bando de los ricos, halagada y escandaliza por el nivel de vida de los Tristán debe entender cómo posicionarse en esa oligarquía que le escamotea su derecho, debe medir sus palabras, dominar su impaciencia. Su aire independiente y su franqueza seducen pero también inquietan a los habitantes de esa ciudad provinciana, nada dice sobre su matrimonio, sus hijos ni su huida. Aprende español con una prima, lo suficiente como para ver que el matrimonio hace a las peruanas tan infelices como a las francesas, considera que las peruanas están aplastadas por la resignación y falta de voluntad atávicas de su raza, su prima, que la cree soltera, la contradice. La trampa del matrimonio y sus largos tentáculos legales va a ser tema infaltable en el discurso político de esta luchadora. Este intercambio de opiniones no es solamente literatura, Tristán puede ser fantasiosa pero siempre es auténtica. Esto nos permite acercarnos a esta mujer dotada de una poderosa voluntad, inasequible al desaliento, optimista, creativa, prejuiciosa, idealista, iracunda. ¿Qué lema merece esta mujer de grandes ojos, frente despejada, aspecto vibrante, que emprende de modo temerario casi cualquier cosa que se proponga? Probablemente “querer es poder” o “la libertad no se otorga, se conquista”, emblemas que la vuelven poco menos que imbatible y también la vuelven inflexible. Desde esa libertad conquistada cada día, no cede a la demagogia ni cuando es conocida, hoy diríamos que políticamente incorrecta. Decide que debe decirle al pueblo peruano lo que piensa, al margen del cariño que le tiene, y el denuncia el embrutecimiento del pueblo, la corrupción de las elites y de la Iglesia, propone la construcción de una sociedad más justa, sin opresión. Lo escribió en el manifiesto a los peruanos que insertó en la edición de Peregrinaciones de una paria y que firmó como “vuestra compatriota y amiga”. Flora ha escrito sin ninguna diplomacia, habilidad que tal vez despreciara, el análisis de una francesa liberal y progre sobre la sociedad peruana. Este análisis tiene la marca de la premura existencial de la autora, de ahí que no se detenga en datos y comprobaciones para afirmar que el Perú padece las consecuencias del subdesarrollo, siente que eso es así y punto. Tiene una mirada certeza para ubicar los problemas: descubre que la religión mantiene la miseria, la ignorancia y la sumisión del pueblo, mucho tiempo antes que Marx Flora Tristán a decir que la religión es el opio del pueblo. Generaliza y muchas veces es injusta. La reacción del público fue totalmente negativa, el libro es quemado en plazas públicas y su autora desacreditada. El feminismo de Flora Tristán es de raíz ilustrada, o sea que las reivindicaciones y proyectos que ella plantea los genera desde la idea de que todos los seres humanos nacen libres, iguales y con los mismos derechos. Toma esta postura, tiempo después de la Revolución Francesa, una época de derrota para las asociaciones de mujeres y sus conquistas, casi desaparecido el protagonismo político y social de las mujeres. Dando muestras del carácter pragmático y luchador que la caracteriza, Tristán crea una nueva realidad en ese panorama decepcionado: suscribiendo el pensamiento de autoras clásicas como Mary Wollstonecraft pero imprimiendo a ese feminismo inicial un giro de clase, que en el futuro daría lugar al feminismo marxista; difícil alianza desde siempre. Insiste en la necesidad de que trabajadoras y trabajadores se unan en una Unión Obrera, adhiere a movimientos críticos de izquierda como el socialismo utópico pero reclamando la constitución de un partido obrero. Flora Tristán es considerada tanto la precursora del feminismo como la creadora del concepto clase obrera. Esta lucha está tan lejana en el tiempo hoy que nos suena arcaica, sin embargo las ideas de Tristán no sólo son necesarias para entender qué pasó en la lucha de la mujer obrera, también son válidas para transformar el estado de cosas en el que nos movemos. El encuentro con su tío, que la abraza afectuosamente y reconoce el parecido con su hermano, la hace feliz, se siente hechizada por ese anciano que la ha conquistado y que sólo tiene un defecto: es tan rico como avaro. En una de las deliciosas veladas que tío y sobrina comparte, él aclara. Flora se sabe vencida, no va a contar con la voluntad de su tío, acaba por pedirle una renta anual exorbitante. El anciano se niega y a Flora la embarga tal furor que coge al viejo por el brazo y lo aprieta mientras lo amenaza. Consulta con abogados y le informan que es un pleito difícil ya que la misma flora le informó a su tío que era hija ilegítima, lucha entre la dignidad que le aconseja pleitear y la prudencia que le aconseja mantener el fondo que han establecido para ella y, en ella, para su hija y su hijo. Finalmente acepta su derrota y se lo hace saber a su tío por carta, un documento que habla mucho de la relación de Flora con los hombres, desconfía de ellos, los usa y los aparta de su vida. Reanuda la afectuosa relación con su tío, quien valora su talento para el análisis social, estalla una revolución y Flora es consultada por aquellos ricos que temen perder algo de sus inmensos bienes. Se divierte pero se siente sola, mintiendo y sin poder amar, obligada a reprimir su sensualidad por los problemas que siempre le trae: “No vivía; vivir es amar, y yo no tenía conciencia de mi existencia sino por esa necesidad de mi corazón que no podía satisfacer.” El recuerdo de su hija se vuelve una obsesión culposa, se entristece, enferma, se debate durante una semana con los demonios del suicidio, triunfa sobre ellos y emerge como una nueva mujer decidida a no volver a apoyarse en la niña abandonada, en la víctima, en la abusada." Decide ser cínica, astuta y despiadada como los más fuertes, quiere actuar en política, acceder al poder para dedicarse al bien público. Para ello necesita un hombre, “Inspirarle amor, avivar su ambición y utilizarla para ir a por todas”, la seducción y la omnipotencia, ninguna le produce remordimiento, las dos le dan resultado, confía en que pronto aparecerá el indicado. Observa y aprende la cultura peruana, para protegerse de una nueva revolución pasa una temporada en un convento de monjas y la vida trágica de esas mujeres encerradas contra su voluntad la fascina y subleva pero atesora la posibilidad de haber entrado en un sitio prohibido, le da placer transgredir, termina haciendo amistad con algunas carmelitas. Se implica en la batalla que se libra en Arequipa, hace gala de su valor, de heroísmo, es la más patriota, ya no existe en ella la paria. En este marco bélico conoce al coronel Escudero y cree encontrar al hombre que necesita para lanzarla a la política, culto, divertido y emprendedor, al fin el héroe que buscaba. Se entienden, se gustan, desea el cuerpo de este hombre y a él le pasa lo mismo, por primera vez Flora se enamora. Y sorprendentemente siente temor: de llegar al poder y volverse cruel y vengativa, y de no poder resistirse a la tentación que encarna ese hombre. ¿Por qué renuncia Flora Tristán al hombre de su vida? Siempre entraba en pánico cuando querían casarse con ella pues eso sacaría a la luz que era casada y tenía hijos, pero podamos imaginar otras razones; miedo a contar con un hombre, miedo a ser otra vez abandonada, miedo a perder la felicidad así que mejor no ser feliz, no querer sufrir más a cuenta de su naturaleza sensual y desmesurada. Tiene derecho a no sufrir más si el amor termina en dolor, no sabe controlarse así que hace lo de siempre: huye. Va camino de convertirse en una nueva mujer completamente despreocupada, todavía es una mujer que huye de un hombre, sin plan ni dinero ni oficio: “como un globo en el espacio, que va donde el viento lo lleva”. En Lima se la recibe como una celebridad, disfruta de su vida aventurera y de su condición de escritora. Con espíritu de reportera participa de todo evento limeño, visita monumentos, arquitecturas, asiste a una corrida de toros, la asquea y se va, escribe mucho sobre las mujeres, las observa y sobre ellas reflexiona. Esta afirmación de libertad tiene que ver con la moral y con la ropa: las limeñas usan un vestido llamado saya que las cubre totalmente de manera sensual y garantizando su anonimato. Ningún marido reconocería a su mujer por la calle, allí se lanza ellas y hacen política, hacen el amor, salen solas, se van lejos, Flora festeja: “Bajo la saya, la limeña es libre.” En esas mujeres con más libertades que las europeas, Flora Tristán se mira, busca sus respuestas propias, reflexiona y se esperanza. A la vez que denuncia el comercio esclavista, los criminales métodos de pesca. Pero ya la empuja la impaciencia y parte para volver a Francia después de 20 meses de ausencia. En 1834 sube al barco e inicia el regreso a Europa, el viaje es un espanto. La mujer que regresa tiene hondura, el contacto con su familia peruana le ha servido para sentir sus raíces y entrar en su identidad, vuelve a su patria investida como investigadora, vuelve con el don de la escritura y dispuesta a publicar la experiencia. La Flora que vuelve es una mujer en marcha, decidida, la escritura va a brindarle un espacio para comprenderse y madurar, para proteger su emotividad. El Paris de 1935 al que Flora regresa es el emporio burgués, la consigna es enriquecerse y estallan revueltas en todos los barrios. Ella, sin ser indiferente, ocupada en ocultarse para que Chazal no la encuentre, va encapsulada hacia su nuevo destino: el de las ideas. Está preparada para entrar en ese mundo porque lee todo lo necesario y tiene ideas propias. Consigue entrevistarse con Charles Fourier, cuya invención de comunidades cooperativas agrícolas y artesanales llamados falansterios admira, quiere aprender con él. Es tan diferente a las mujeres que la rodean que ya no repara en ello, en cambio la mujer es un tema sobre el que reflexiona permanentemente, siente que su experiencia y los muchos viajes realizados pueden aportar una visión cercana y a la vez distante. Publica un librillo llamado Necesidad de hacer un buen acuerdo con las mujeres extranjeras. Flora sabe bien lo que es viajar sola, siendo extranjera o sea peligrosa, siendo pobre, siendo una fuera de la ley, de ellas habla. Se siente inmigrante, es exilada, acentúa sus diversos orígenes y le gusta decir que es española o parisina u oriental. En el texto aparece una idea internacionalista: “En lo sucesivo, nuestra patria debe ser el universo.”, dice. Plantea las ventajas del viaje para una mujer con suficiente mano izquierda como para volverlo un modo de fomentar el turismo, ensaya un nuevo discurso para hablar con los poderosos. Es pragmática en sus propuestas, reformismo social aplicado a la franja más desdichada de la población. Funda una asociación de ayuda mutua y redacta los estatutos, es la Sociedad a favor de las Mujeres Extranjeras. Hombres y mujeres pagan una cuota con la cual se acoge a las extranjeras y se las ayuda consiguiéndoles trabajos, escuchándolas, la Sociedad tiene convenios con hoteleros que se comprometen a alojarlas y tratarlas bien. En este momento de despegue, en el que además ha vuelto a vivir con su hija, Chazal reaparece en escena. No ha dejado de buscar a Flora y acude a Anne, su suegra, nada sabe la madre sobre el paradero de la hija con quien está disgustada desde hace años. Va a ser una carta anónima la que lo informe sobre el domicilio de Flora Tristán, una carta malvada e inteligente que pone a Chazal fuera de sí. Una vez que se entera legalmente que su hija es propiedad suya, rapta a la niña que vuelve de la escuela, Flora la busca hasta encontrarla por la noche en la casa de su tío materno en Versalles, discuten y se marcha con Aline. Mientras busca un coche para volver a Paris en medio de un diluvio, Chazal las encuentra y comienza a gritar que la detengan porque es una ladrona. La llevan por la fuerza a la comisaría y Chazal consigue que quede detenida hasta que él traiga el certificado de matrimonio, Flora está enferma y pasa esa noche en el hospital junto a su hija. Al día siguiente el comisario y los cocheros se alían para ayudar a escapar a Flora. Es tan sólo una tregua y, además, ya le ha dado un golpe al conseguir que Aline viva en un internado. Mientras más éxitos alcanza Flora más se envenena Chazal, en lo público obtiene el reconocimiento a su labor y en lo privado la falta de respeto y el odio son la norma. Aprovechando un viaje de Flora, Chazal retira a su hija del internado y la lleva a otro, cerca de su casa. Ordena que se prohíban a la niña todas las salidas y espera el contraataque de su esposa, a los 2 meses de ingresar Aline se escapa del internado y va a casa de su madre, con ella se queda pese a los edictos. Chazal es cada vez más un personaje patético, a veces estos son los más peligrosos. Interpone otra demanda y el comisario arranca a Aline de casa de su madre, la niña entra en crisis nerviosa y aun así la llevan a casa de su padre en Montmartre, Flora no está en Paris y tarda tres meses en verla. Chazal vive con su hija y su hijo en la pobreza, no trabaja, el 1 de abril de 1837 Flora recibe una carta de Aline pidiéndole ayuda porque su padre ha abusado de ella. Flora inmediatamente presenta una demanda, la niña va a casa de su madre y está irreconocible d de sucia y delgada, efectivamente su padre la tocaba, la hacía dormir con él. Detiene a Chazal, se celebra el juicio donde el acusado niega el incesto, culpa a su mujer de ese complot, reconoce la promiscuidad en la que dormía con su hija pero debido al frío, no obstante Ernest, su hijo, corobora la versión de su hermana. Además del espanto en el juicio aparece la mala fe con la que se mira a la escritora. El abogado de Chazal denigra a Flora usando pasajes de su libro Peregrinaciones de una paria, considera que “esa joven ( ) en el apogeo de una belleza seductora, dotada de una mente ingeniosa, de una conciencia fácil” no puede sino ser inmoral y peligrosa. “Su endemoniado orgullo, su amor desmesurado por el placer, su mala conducta” hacen que sea un peligro para sus hijos, en particular para su hija “ardiente, impetuosa y bella como su madre.” Una pieza de oratoria de mala leche que consiguió su objetivo porque el veredicto quita a la hija del lado de la madre y la hace ingresar como aprendiza en un establecimiento comercial, Chazal se quedaba con el niño. Finalmente la custodia es concedida a la abuela, los niños van a vivir a su casa, la relación entre Flore y su madre parece mejorar, el vencido Chazal se dedica a planear venganzas. Flora Tristán sigue transformándose, se hace pintar un retrato como una mujer de letras, su fama de viajera la precede y da instrucciones al pintor. No se trata de coquetería, es nuevamente una cuestión e identidad, Flora corregirá y reinventará su imagen no sólo pictórica sino textual. Pese a su franqueza, es más que prudente en lo que dice sobre su vida íntima, han quedado pocos y malos cuadros suyos, lo que queda de su correspondencia se refiere a sus ideas políticas y sociales. Probablemente oculta información personal que su marido pueda usar en su contra, probablemente se cuida de la opinión social porque es guapa y atrae a los hombres. Vive sola desde los 21 años, ama su independencia más que al amor por el que clama a veces, comienza a considerar a la amistad amorosa como un sustituto óptimo que no amenaza su libertad. Da vueltas al tema (20), piensa si no encontraría en las mujeres lo que en los hombres busca, con su amiga Olympe asiste a los sitios más decadentes y de moda en Paris, siente por la lavandera lionesa Èlèonore Blanc un afecto hondo. Dividida entre su atracción hacia los hombres fuertes y su rechazo del sometimiento, exhibe una voluntad femenina casi viril que a más de uno vuelve eunuco, prefiere eso a una nueva decepción del deseo amoroso. Nada sabemos, en realidad, lo concreto es que la soledad es cada vez más valiosa para Flora y que quiere “Estar sola para vivir la vida de todos.” A raíz de un viaje a Londres Flora entra en contacto con los obreros que malviven en una sociedad que les da la espalda. Decide dedicar sus esfuerzos en un futuro a la clase obrera, antes de empezar a gestarse las ideas de Marx y Engels viaja por toda Francia dando apoyo a los trabajadores de su país. En tanto se publica Peregrinaciones de una paria, las críticas son buenas mientras en Perú se arma una buena, su tío Pío se ofende y le retira para siempre la pensión que le pagaba desde 1830. Se cartea con Bolívar, ha conseguido ser conocida, su círculo de amistades es cada vez más amplio y diverso, pero como ser de acción que es deplora sentir que pierde energía, que no hace nada. Como su vida es un absoluto fracaso, Chazal decide que la responsable es su mujer y que tiene que matarla. Con la perversidad del que odia dibuja la lápida y escribe injurias sobre “la paria”, compra pistolas, balas y pólvora, comenta su propósito a un amigo y durante días adquiere protagonismo entre los amigos preocupados, su hijo observa cómo el padre hace prácticas de tiro los domingos. Cita a Flora para que hablen pero ella no contesta, días después se lo encuentra merodeando la casa con una expresión demente que la alarma. Chazal está frenético, dirige cartas inconexas a los jueces reprochándoles cómo actuaron contra él, encomienda a su hermano la custodia de su hijo, se despide de la asistenta, pone sus asuntos en orden con la obsesión del fanático. El hijo desconfía de su padre y corre a avisar a su madre del peligro que corre, le pide que se cuide. Chazal está apostado en una taberna desde donde espía las entradas y salidas de Flora, que casi no sale de su casa ahora que sabe que va a matarla. Un día se encuentran en la calle, Chazal avanza hacia ella que podría haber escapado. Sucede que está harta de esta persecución sin fin, va a hacerle frente, a mirarlo cuando actúe. Como en cámara lenta la rodea y se le acerca por detrás, en la espalda dispara a quemarropa, tira la pistola al suelo y huye. Auxilian a Flora que ha caído de rodillas y se arrastra hacia la taberna, la herida es grave. Chazal es apresado, se lamenta al enterarse que ha fallado y se lo llevan la cárcel: Flora Tristán, con alto precio, ha conseguido liberarse de él trece años después de haberlo abandonado. Flora se recupera lentamente, su casa es un desfile de gente que le desea mejoría, los periódicos informan de su evolución. Al levantarse ha escrito una novela y un artículo sobre arte, dirige a los diputados la abolición de la pena de muerte. Se presenta en el juicio Chazal e hipnotiza a la sala, contesta con astucia sin faltar a la verdad, no acusa a su marido, deja que los hechos hablen. La defenestración del individuo no la alegra, fue una unión destinada a la desdicha desde el vamos. En 1839 Flora vive 4 meses en Londres, en el barrio irlandés más pobre de la ciudad ve niños harapientos que no tienen lugar donde dormir a pasos de las lujosas casas de la aristocracia, la flema inglesa no le gusta, no le gusta el amor inglés por la incomodidad, encuentra deplorable la comida. Son bromas: nuevamente viaja tomando notas, observando, averiguando, visitando fábricas, asilos, escuelas, al final de la estadía publicará un nuevo libro: Paseos de Londres, donde denunciará las terribles condiciones de vida de los obreros ingleses, dirá: "la esclavitud no es a mis ojos el más grande de los infortunios humanos desde que conozco el proletariado inglés". Exhibe la felicidad que le produce transgredir: entrar a un pub, conocer a gente marginal, caminar por el borde, orillar el misterio. Esto tiene que ver con ella, es Flora la que desde niña quiere ver, verificar, saber. También es una manera de presionar a una sociedad que protege su privacidad a riesgo de ser hipócrita, así es cómo lleva a cabo la ocurrencia de entrar a la cámara de los Lores vestida de varón. Investiga sobre la prostitución, otro tema que la fascina. El tono de la introducción del libro, dedicado “A las clasese obreras”, es la nueva voz de Flora: vibrante, apasionada y con un no se qué mesiánico. Su lucha incesante por conseguir una sociedad más justa e igualitaria ha quedado plasmada en cada obra. En Unión obrera describe cómo "el mejoramiento de la situación de miseria e ignorancia de los trabajadores" es fundamental, porque "todas las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescriptibles del ser mujer". Para Flora la situación de las mujeres se deriva de la aceptación del falso principio que afirma la inferioridad de la naturaleza de la mujer respecto a la del varón. Este discurso ideológico, hecho desde la ley, la ciencia y la iglesia margina a la mujer de la educación racional y la destina a ser la esclava de su amo. Hasta aquí el discurso de Flora es similar al del sufragismo, pero el giro de clase se da cuando señala cómo al negar la educación a las mujeres está en relación con su explotación económica: no se envía a las niñas a la escuela "porque se le saca mejor partido en las tareas de la casa, ya sea para acunar a los niños, hacer recados, cuidar la comida, etc.", "A los doce años se la coloca de aprendiza: allí continúa siendo explotada por la patrona y a menudo también maltratada como cuando estaba en casa de sus padres.” Flora dirige su análisis a las mujeres más desposeídas, las obreras, y su juicio es contundente: el trato injusto y vejatorio que sufren estas mujeres desde que nacen, unido a su nula educación y la obligada servidumbre al varón, genera en ellas un carácter brutal e incluso malvado. Para Flora, esta degradación moral reviste la mayor importancia, ya que las mujeres, en sus múltiples funciones de madres, amantes, esposas, hijas, etc. "lo son todo en la vida del obrero", influyen a lo largo de toda su vida. Esta situación "central" de la mujer no tiene su equivalente en la clase alta, donde el dinero puede proporcionar educadores y sirvientes profesionales y otro tipo de distracciones. En consecuencia, educar bien a la mujer supone el principio de la mejora intelectual, moral y material de la clase obrera. Como buena "socialista utópica", confía enormemente en el poder de la educación, y como feminista reclama la educación de las mujeres; además. Sostiene que de la educación racional de las mujeres depende la emancipación de los varones, apela al sentido de justicia universal de la humanidad en general y de los varones, depositarios del poder y la razón, para que accedan a cambiar una situación que acaba volviéndose también contra ellos. "La ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción, os oprime también a vosotros, hombres proletarios. (...) En nombre de vuestro propio interés, hombres; en nombre de vuestra mejora, la vuestra, hombres; en fin, en nombre del bienestar universal de todos y de todas os comprometo a reclamar los derechos para la mujer.”, escribe en Unión Obrera. Adelanta el concepto de Engels y Marx en el Manifiesto Comunista, cuando postula la unión de los trabajadores y las mujeres, los oprimidos del mundo, en una Internacional que mediante una revolución pacífica traerá la prosperidad y la justicia. Tras la publicación de Unión Obrera, Flora comienza una breve etapa de apostolado . Estando de gira muere en Burdeos en 1844 y los obreros de la ciudad promueven un mausoleo, que se inaugurara en 1848 con una manifestación de 10.000 obreros. En el cementerio de la Cartuja de Burdeos Flora Tristán comparte tierra con nuestro Francisco de Goya (exiliado de la monarquía dictatorial de Fernado VII). Desde entonces todos los 14 de Noviembre los obreros franceses depositan rosas rojas y blancas en la columna que rodea su tumba. Fuente: Liliana Costa Staksrud (inédito)

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El Harem, placer y esclavitud
El Harem, placer y esclavitud
ArteporAnónimo9/24/2010

Harem El término harén designa al mismo tiempo el conjunto de mujeres (concubinas o, simplemente, mujeres hermosas) que rodeaban a un personaje importante, así como el lugar en el que éstas residían. En algunas lenguas occidentales, el término se ha utilizado en un sentido más estricto, asociado a la mujer confinada. El sentido dado por los orientales es el de "prohibido a los hombres". El término harem deriva de la palabra har"m que sirve para designar todo aquello que es tabú, prohibido por la religión. Numerosas civilizaciones antiguas tuvieron harenes. En la cultura griega se los conocía como gineceos. Los últimos harenes, los que en realidad designan a este término, son los de los sultanes y pachás del Imperio otomano. El harén es básicamente un lugar destinado al placer, en el que residían las concubinas oficiales del señor, así como las mujeres que éste tenía a su servicio. La función de las concubinas era la de darle hijos al señor, mientras que las mujeres a su servicio estaban para divertirle, ofreciéndole música, danza o sexo. Los harenes estaban custodiados por los eunucos. Existieron harems o serrallos en el Antiguo Egipto, la Grecia clásica, el Imperio otomano, en la India musulmana, llamados zenanas, y en el reino del al-Ándalus, al sur de España. link: http://www.youtube.com/watch?v=VinPutLvbE4 Es un hecho que la mayoría de los varones occidentales sonríen al oír mencionar el harén. Esta sonrisa sólo se entiende por la fascinación que ha ejercido el harén en el imaginario occidental a partir del siglo XVIII. El orientalismo ha sido una temática sugestiva para muchos artistas occidentales, que han pintado una visión idílica del harén y sus mujeres. La palabra "harem" (que designa la institución familiar en la sociedad islámica) se aplica a un espacio privado en que las mujeres viven enclaustradas y alejadas de la vida pública. Las fantasías de los hombres del Oriente se centraban en mujeres con nombre, como Scherezade, que luchaba por su libertad con los cuentos como arma; o Schirín, la heroína persa que atravesaba continentes a caballo. El polo opuesto a la odalisca de los occidentales, pasiva y anónima. Como contrapunto, las nuevas Scherezades, artistas contemporáneas del entorno islámico, mujeres que luchan por la libertad en todos los sentidos, que arriesgan y exponen sus pensamientos íntimos y rebeldes, reivindicados a través de sus obras, en las cuales recurren a un personal lenguaje visual. Mientras Oriente encerró a sus mujeres y las imaginó liberadas, Occidente las mantuvo en libertad y las imaginó encerradas. La palabra harén proviene de haram, lo ilícito, lo que la ley religiosa prohíbe, en contraposición a halal, lo permitido. Como institución familiar, el harén representa un espacio privado estrictamente codificado, cuyas normas deben ser acatadas y en cuyo centro la mujer queda encerrada para poder ser controlada, puesto que vulnera y altera las emociones y los razonamientos masculinos.Su confinamiento la convierte en enemiga, ya que sólo se encierra lo que constituye un peligro. Por el contrario, desde el punto de vista occidental, el harén es la proyección de una fantasía, de un deseo, en definitiva, del imaginario. Un espacio en blanco en el que se proyectan los sueños. Sin restricciones ni prohibiciones, la mujer que lo habita se convierte en un objeto de placer sexual, aparece feliz en su confinamiento y parece gozar de él. Muchas de las concubinas y odaliscas del harén imperial otomano tenían la reputación de ser las más hermosas mujeres del Imperio Otomano. Muchachas jóvenes de belleza extraordinaria eran enviadas a la corte del sultán. En su mayoría las mujeres del harén eran circasianas, georgianas, y abjazas… Todas las jóvenes que ingresaron en el harén desde su instauración hasta entrado el S.XX (hasta 1909 concretamente) se las llamaba odaliscas (del turco odalık, «mujeres de camara»), es decir criadas del harén, las cuales—contrario a la creencia—no mantenían relación sexual alguna con el sultan ya que no eran más que sirvientas. El termino odalisca estuvo pues, mitificado por el Orientalismo y los pintores europeos que las reflejaban en sus obras, hasta tal punto que aún hoy en día la Real Academia de la Lengua Española tiene esta entrada—muy sui generis y algo anticuada— para odalisca: odalisca.(Del fr. odalisque, y este del turco odalik, concubina). 1. f. Esclava dedicada al servicio del harén del gran turco. 2. f. Concubina turca. Las odaliscas, por lo general, no eran presentadas ante el Sultán, pero a aquellas que eran de extraordinaria belleza y talento se las consideraba como concubinas en potencia, y se las adiestró en consecuencia. Aprendieron a bailar, recitar poesía, tocar instrumentos musicales, y demás conocimientos dirigidos a deleitar al Sultán. Sólo las odaliscas más dotadas fueron presentadas al Sultán como su personal gedikli (criadas en espera), en número reducido. Generalmente, las odaliscas serían adjudicadas como criadas a la oda (o Habitación/cámara de palacio) de una mujer de categoría superior que habitaba en dichas dependencias. Era posible para estas odaliscas escalar posiciones en la jerarquía de harén y disfrutar de la seguridad por su poder y posición No es ese lugar privilegiado para doncellas del que hablan los cuentos. Un harén es una ciclópea ciudad-prisión donde conviven mudos eunucos, mujeres, concubinas, esposas y niños. Todos pertenecen a un señor o varios. El dueño de sus vidas y destinos para quienes se adiestran en esta vida. Sus horas se determinan según las leyes que el amo impone y la única fórmula de subsistencia es ser grato a los ojos del hombre-dueño. Los harenes son historia reciente del pueblo musulmán. Unas costumbres extendidas por Turquía, Persia y Mongolia, pero también los hubo en el Oriente Próximo. En la actualidad siguen existiendo algunos, pero tan sólo se mantienen en casas de notables y pudientes señores. Ellos ya no tienen nada que ver con lo que fueron los antiguos y misteriosos harenes narrados en las mil y una noches. Perdieron su esplendor al entrar en contacto con el mundo Occidental. Y es que el mundo europeo nunca entendió del todo esta práctica hermética de poder y dominio de un despótico sultán sobre cientos de almas de mujeres, niños y servidumbre. Mitificó demasiado en las narraciones literarias los hechos que se sucedían detrás de las paredes que protegían estos recintos y no comprendió que allí además de ausencia de libertad se desvelaba la costumbre poligámica, el clasismo y el mercado de almas para elevar el ego de los poderosos. No muy lejanos de creerse dioses e imponer una absoluta clausura a su familia y vasallos. Lo que en ellos sucedía era secreto. Algunas confidencias de viajeros, que tuvieron la oportunidad de verlos desde el interior mostraron al mundo un terrible, aunque fastuoso, mundo protegido por triples murallas sin ventanas al exterior. Los ilustrados del siglo XVII Jean-Jacques Rousseau, Charles-Louis de Secondat, Baron de Montesquieu y François-Marie Arouet “Voltaire” fueron de los primeros en interesarse por ellos. No tardaron en describirlos y en darlos a conocer como ejemplos de despotismo oriental. Los artistas plásticos también se interesaron por ellos en más de una ocasión, siendo Eugène Delacroix uno de los que intentó plasmarlos en sus creaciones artísticas. Pero no debemos achacar la existencia de los harenes a los musulmanes solamente. Otras culturas ya los contenían entre sus leyes sociales. Los bizantinos disfrutaron de ellos, los egipcios y los propios romanos. Aunque estos últimos por diferencia no coartaban la libertad de lo habitantes de estos lugares y las mujeres allí eran trabajadoras cortesanas. Las leyes del resto del mundo o de su propia religión allí dentro no tienen importancia. Las Normas las dicta el cabeza monacal o Amo. El único que tiene acceso a todo el emplazamiento. Incluido los lugares prohibidos que son un tercio de las amuralladas edificaciones. Por general, todo el que lo deseara podía cruzar la primera muralla llamada refugio de afligidos, es la puerta única. Los que tuvieran un privilegio del sultán o príncipe del harén podría disfrutar de una segunda fase de las murallas, al atravesar las puertas de la justicia, un umbral llamado martirio o de la obediencia, y allí podían gozar de unos salones llamados Diván. Algo así como una sala de recepción, rodeada de cojines y cómodos lugares para comensales y visitantes. En ocasiones éstos eran deleitados con ricos manjares y excelentes vinos, así como con la lujosa presencia de enjoyadas danzarinas. Un tercer cerco o espacio interno del harén, el más desconocido y cuya entrada estaba prohibida bajo cualquier circunstancia, pudiéndose aplicar la pena de muerte, se dejaba ver después de atravesar el umbral de la felicidad. Hasta allí sólo entraban los cuerpos del sultán y los eunucos elegidos. En esa parte interna y protegida estaban las habitaciones de las mujeres, el autentico harén al que se llama serrallo. Un templo edificado para la obediencia al sultán, donde gobierna la madre del primer hijo varón del príncipe del harén. Y si por motivos excepcionales alguien es invitado a ver ese lugar interior debe callar sus secretos, pues describirlo o hablar de él puede ser causa suficiente para obtener la pena capital. El serrallo es el lugar más majestuoso, un oasis de mármol y agua brotando de magníficas fuentes en los jardines donde pasean las mujeres y niños. Rodeada por recintos herméticos decorados con sublime lujo y ornamentación, como si de un micro-paraíso se tratase. Un pequeño cielo visual donde todo resulta agradable y relajante para el espíritu del que mira. Enormes piscinas de mosaicos colorido, casi con predominio de los turquesas y cielos. Una vegetación esplendorosa y entradas de sol por los ojos del techo. Columnas que inspiran confianza y estructura al lugar, dando sensación de seguridad, a la vez que de recogimiento. Allí abundan las alfombras, las pinturas de desnudo femeninos, los recintos de espejos, los sillones, lo arcos y paseos, las ornamentaciones, la orfebrería decorativa. Pero igual que todo está estructurado para aplicar un orden al servicio del gran señor del lugar, los habitantes, desde que nacen, están destinados a satisfacer todas sus necesidades y a deberle eterna adoración. Adiestrados según su condición dentro del harén los niños aprenden el modo de vida que les impone la cuna de su nacimiento o su dote física, para en el futuro ocuparse de sus funciones y roles dentro del Serranillo. Una disciplina absolutista piramidal a modo de la medieval europea se vislumbra en los harenes. Mudos, mutilados, eunucos, concubinas, mujeres, esposas, niños, jenízaros y adiestradores persiguen conseguir la felicidad del amo, que es el único motivo de la existencia de ese lugar. Un único señor al que no se puede ver la cara, ni mirar sosteniéndole la mirada. Las mujeres del harén son adquiridas como ganado en el mercado de esclavos. Éstas por norma nunca terminan siendo esposas, sino concubinas. Los tratos comerciales con otros ricos son los que proporcionan al sultán o príncipe esposas con las que engendrar hijos reconocidos. Uno de los más famosos harenes de este siglo pasado era el de la Meca y sobre todo algunos en Marruecos. Niñas de once a trece años eran mercadería de compra y venta en un especulativo mercado oriental. Entre los 40 y 50 por una niña de quince años se ofrecía una caja de municiones o 1500 dólares. Los niños de los harenes, los grandes perjudicados Nacen hijos de fastuosas prisiones y algunos jamás conocen la libertad. Dentro de las murallas es muy difícil que una esclava o concubina tenga un hijo, pues recurren a miles de trucos para no engendrar o provocarse abortos, en espera de que sus descendientes no sean carne de mercado en los harenes. Normalmente los niños de las esposas oficiales, o concubinas preferidas si nacen, ya que ellos reciben un trato especial y es extraño que un sultán venda o comercie con esa descendencia. A veces eran los propios amos ayudados por sus mutilados mudos los que provocaban las masacres de los niños hijos de esclavas o servicio. Dándose también las ocasiones en las que el dictador, ha mandado matar, mutilar o martirizar a sus propios sucesores, por celos o miedo a ser derrocados. Y todo esto siendo niños. Incluso se han dado veces en que han sido vendidos a otros harenes después de la circuncisión para ser juguetes de perversión de las esposas y luego de los eunucos. Si tiene suerte de superar este miedo a la continuidad y sucesión de sus progenitores serán desde la infancia dirigidos a la decisión de futuro que haya tomado su padre (como sucedía antiguamente en el pueblo faraónico): Oficiales del ejército, militares de alto rango, ministro de un monarca musulmán o heredero. Los niños no reconocidos o de servicio terminan siendo de todos, pero responsabilidad de ninguno. Serán adiestrados según su fortaleza física en azamoglans: marineros, carpinteros, orfebres. Y los segundos se ven dignos de ellos serán icoglans, miembros del servicio pudiendo llegar a desempeñar cargos importantes como siervos predilectos del Amo y Señor del harén. El primer grupo, azamoglans, resultará analfabeto. Se le potenciarán sus fuerzas físicas y se les adiestrarán en la obediencia y las leyes. Los icoglans pasarán épocas de martirio, ayunos, pero tendrán la oportunidad de no ser analfabetos pues se les enseñara a leer y a estudiar religión. También se les adiestrará físicamente pero para potenciar la lucha y la agilidad, mientras se les instruye en los idiomas: turco, árabe y persa fundamentalmente. Los cuatro últimos años serán enseñanzas explícitas según el cargo que deban desempeñar en el futuro. El día de su fin de carrera se trasladan a la habitación de los cuarenta pajes, la Hozada, allí esperarán a que su señor les de el cargo que deben desempeñar. Doce de ellos serán elegidos para desempeñar papeles importantes dentro del harén, y si son fuera, les eligen y aleccionan a representar a su amo. Comida, armarios, despensa, compra, caballerías, así doce jefes saldrán de esa habitación. Las escuelas son salones llamados Odas. Los maestros son eunucos blancos. Los alumnos no pueden tener vida social con sus compañeros. Deben vigilar su silencio y no provocar habla o la comunicación entre sus compañeros. Los niños duermen en largas salas donde nunca se apagan las luces y donde son controlados por eunucos en grupos de cinco o seis. Sin embargo, lo más sorprendente de los harenes son sus mutilados y deformes habitantes: eunucos, mudos, sordos y ciegos, así como enanos, son miembros de rango del servicio del único (señor del harén). Ellos son las personas de más confianza y los que tienen a su cargo la custodia del resto de los miembros de habitantes de esos paraísos amurallados. Respetados por las mujeres y niños, entre quienes provocan miedo y autoridad. Controlan cada movimiento y dan cuenta al sultán de los intentos de subversión o los comportamientos fuera de ley. Los eunucos son castrados desde infantes para ocupar este puesto de vigías. Con esta mutilación física sus amos eliminan su posible rebelión o las ideas adversas que pudieran provocarles sus deseos sexuales o sentimentales. También reducen sus hormonas estas castraciones lo que les hace personas pacíficas. Después de muchas disputas los estudiosos de las costumbres islámicas y de los harenes pensaron que los eunucos se dividían en cuatro bloques. Los que nacían mutilados, los que eran esterilizados, los castrados y los que no eran fértiles. Y según fuera el color de su piel eran distribuidos en sus cargos. Los blancos se hacían parte del servicio alto, a ellos se le daba la custodia y la vigilancia de los miembros importantes. Ellos eran los maestros y los instructores de los niños. Y son la escolta del propio príncipe. El jefe de los eunucos blancos era el brazo derecho de los sultanes, mostrando a veces más poder dentro del gobierno que el gran visir del lugar. Ellos decidían quienes franqueaban las murallas y hasta donde podían hacerlo. Los eunucos negros eran los custodios del harén femenino, protectores de las puertas interiores. Sombras diurnas y nocturnas de las esposas, cuanto más feos son más valor ostentan en el mercado. Controlan desde la comida hasta las ropas de las esposas y concubinas. La idea de su fealdad da valor a la belleza de su señor, por el único por el que las mujeres del amo deben suspirar. Los enanos ejercen de bufones y charlatanes, produciendo las risas de las horas de ocio de su señor. Y los mudos o los sordo-mudos tienen las misiones más tenebrosas, pues son los brazos ejecutores de las iras de su señor. Los mudos se encargan de las ejecuciones de las mujeres promiscuas, de los parricidios y de otras salvajes ideas de esa ley interna de los harenes. Estrangulan con cordones de seda. Y siempre van en grupo alrededor de su amo cuando éste visita el harén. Como deben respetar a su amo y nunca franquear el silencio las personas del palacio a través de los siglos han desarrollado lenguajes muy originales de señales. Simbología escrita aunque poca, pues la mayoría de los habitantes son analfabetos y simbología o códigos secretos escritos entre los gestos de sus facciones físicas. Desde el rostro hasta los andares pueden ser utilizados para herramientas de comunicación dentro de un harén. Los que más han terminado dominando estas artes son los séquitos de mudos que han desarrollado códigos herméticos que se basan en tocarse partes del cuerpo propio o del interlocutor, por lo que pueden desarrollar este lenguaje a la luz del día pero también en la más absoluta oscuridad. Los cuarenta sordomudos de los harenes perfeccionan estas curiosas formas de expresión en la sala de los pajes. En concreto en su mezquita. Lo ideal en un harén desde Soliman II es nacer feo, mudo y ser castrado del todo pues así se convierte en el ser perfecto ante el sultán. En la antigüedad creaban incluso sectas dentro de las ciudades harén y se hacían con la política del lugar. Incluso derrocaron a algunos príncipes. Hoy en día la practica de los harenes está prohibida y la de la castración desde 1922 abolida en Turquía por Kemal Taturk, personaje que también abolió en su momento el uso de velo en la mujer, pero las investigaciones demuestran que son prácticas que todavía perduran entre los pueblos musulmanes. Prueba de ello es el uso de las leyes islámicas en Afganistán por parte de los integristas. Sigue también viva, aunque penada por las leyes humanitarias mundiales está la práctica de la esclavitud. Las ideas integristas de algunos países de religión islámica como ha sucedido en Afganistán, ha hecho retroceder en el tiempo a los habitantes de estos países, dónde no sólo han resurgido los harenes y los velos en los rostros de las mujeres, sino las leyes de ejecución a los que no las cumplan. La mujer la gran dañada De joven se la exhiben virgen en los mercados. Allí la examinan como carne, controlan sus rasgos físicos, pelo, uñas, dentadura, etc. Una vez la virgen es comprada por un harén se le lleva al serrallo. Allí pasara sus primeros meses aprendiendo a conocer las leyes internas que debe cumplir, los gustos de su señor que debe acatar y a mejorar lo que se espera de ella. La mayoría será carnaza sexual. Se adoctrinará en las artes de la seducción y el placer al hombre. Aprenderá sobre el vestir. Conocerá la magia de los perfumes y aromas. Los secretos de las ablaciones a su señor. Las ablaciones rituales. Dos meses después será probada por el amo. Si es satisfactoria su velada y resulta del agrado del príncipe será tatuada en azul y se convertirá en odalisca (concubina), el paso previo a ser esposa o preferida. Si las mujeres no son del gusto el amo no serán devueltas, sino que formaran parte del servicio del harén aprendiendo los quehaceres de la limpieza o cocina, los lavaderos, ropas o el cuidado de los jardines. Las concubinas se llaman Ikbal y su número puede ser ilimitado, su traducción significa “felicidad”, reciben trato privilegiado por parte del servicio. Las mujeres del amo son cuatro oficiales como establece el Corán y nunca más. Aunque pueden ser repudiadas o sustituidas. Las Kalfas o camareras y las danzarinas o cantantes son las otras féminas de la ciudad prisión. Son objetos que dan prestigio a su señor, cuantas más tiene un príncipe más alto erige su poder y más hijos le engendrarán, lo que también le hacen más admirado. Pero en la antigüedad también se daba el caso contrario, de que las concubinas inteligentes y las madres de los sultanes se hacían con el poder real del lugar. Mujeres que portaban el título de sultanas y que llevan como símbolo un fetiche viril, una daga en la cintura. El príncipe, sultán o amo de harén está obligado a rendir culto diario a su madre. Debe ir a visitarla cada día y no puede retirarse de su presencia sin su beneplácito (validé). Que debe ser concedido tres veces antes de que se arrodille delante de la mujer para rendirle servicio. Un ridículo carácter machista que prohíbe la libertad de estás fortalezas dictatoriales y con ella a sus ocupante para terminan postrándose de rodillas ante una mujer que le ha dado la vida. Resulta una visión deformada de las cosas, contradictoria que en muchos lugares de nuestro planeta sigue dándose a diario. http://www.limitesdelarealidad.com/reportaje69.htm http://www.escritorasypensadoras.com/fichatecnica.php/164 http://www.lacasadelosmalfenti.com/anumero17/harem.htm

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Sylvia Plath y sus Diarios
Sylvia Plath y sus Diarios
ArteporAnónimo10/20/2010

] Intensidad es una palabra clave para aproximarse al misterio vital de Sylvia Plath. Boston, 27 de Octubre de 1932 - Londres, 11 de Febrero de 1963 Un misterio que comienza en su infancia, acunada por el juego y el aprendizaje, los cuidados de sus austeros y responsables padre y madre, y por su carácter fantasioso, explosivo y de risa fácil. Ya de niña, Plath ama su libertad tanto como detesta la imposición de modelos que no le interesan. Siendo púber dará rienda suelta a su humor excéntrico y punzante, transformándose en la favorita de sus compañeros y compañeras de escuela. Ya adolescente, obsesionada por cosas nimias que exacerban su temprano perfeccionismo, enfrentará las exigencias del Smith College blindándose en la simulación y en un sentido del humor lapidario. En cada etapa de su vida manifiesta la voraz capacidad para gozar de la vida que la caracterizó. Luce un estilo informal y también viste impecable la moda de los 50 para entrevistar a la escritora Elizabeth Bowen para la revista Mademoiselle, donde es redactora, o para recibir un premio literario de manos de la poeta Marianne Moore. Con férrea voluntad cumplirá los planes que elabora sobre su vocación: conseguir becas para estudiar y viajar por Europa, escribir libros de poesía (desde los 8 años envía poemas a revistas especializadas), ser profesora de literatura o directora de alguna revista. Luego añadirá ser poeta y madre a la vez. Fue una morbosa amante de la perfección y una infatigable buscadora de la concentración poética. Acumuló becas, reconocimientos académicos y literarios, su nombre como poeta adquiere cierta trascendencia y en los círculos literarios que frecuenta es valorada como una creadora inteligente y original. Ya desde el bachillerato se revuelve feroz ante los comentarios o personas que amenazen el escenario en el que se promete brillar sin competencia; tarde o temprano los impertinentes caen bajo la trituradora de sus versos y, allí, son diseccionados con fruición. Escribe en su Diario: Agosto de 1950, a los 18 años: “Es difícil escribir sobre algunas cosas. Al contar lo que te ha sucedido lo dramatizas en exceso o le quitas importancia, exageras lo insignificante u omites lo principal. El resultado es que nunca escribes como querías hacerlo. Tengo que anotar lo que me ha pasado esta tarde. A mi madre no se lo puedo contar; no en este momento, al menos. La he encontrado en mi cuarto cuando he vuelto a casa, ocupada con mi ropa, y ni siquiera ha intuido que me había pasado algo. Se ha limitado a reñirme una vez más y a seguir hablando por los codos. Y no he podido callarla para contárselo. De manera que, salga como salga, tengo que escribirlo.” Típica incomodidad adolescente con una salvedad: la confianza en que la escritura crea la realidad. En su existencia adulta, de alguna manera el suicidio estuvo siempre: como un flirteo letal, como un vago refugio ante la incertidumbre, como especulación poética, como el frío opuesto de su fogoso carácter. Diario, Noviembre de 1952, 20 años, próxima a egresar del Smith College, un año antes de su depresión nerviosa, intento de suicidio y posterior internación: “Cielos, si alguna vez he estado cerca de querer suicidarme, es ahora, con la débil sangre insomne arrastrándoseme por las venas, y el aire espeso y gris de lluvia y los malditos hombrecillos al otro lado de la calle golpeando el techo con picos y hachas y escoplos, y el acre hedor demoníaco del alquitrán. He vuelto a caer otra vez en la cama esta mañana, suplicando que me llegara el sueño, refugiándome en la huida oscura, cálida y maloliente que me aleja de la acción, de la responsabilidad. No me ha servido de nada. [ ] Mi mundo se deshace, se desmorona, “el centro no sostiene”. No hay una fuerza que integre, tan sólo el miedo esencial, el puro instinto de conservación.[ ]”. Y siempre en la vida de Sylvia, niña, estudiante, poeta, trabajadora, madre o esposa, estuvo la exigencia: “[ ] Tengo miedo. No soy maciza, sino que estoy hueca. Detrás de los ojos siento una caverna entumecida, paralizada, un pozo infernal, una nada que es pura imitación. No he pensado nunca, ni he escrito, ni he sufrido. Quiero matarme, escapar a toda responsabilidad, volver, arrastrándome abyectamente, al claustro materno. No sé quién soy no a dónde voy, y soy yo quien tiene que contestar a esas horribles preguntas. [ ]” (1952). Todos los textos de Sylvia Plath son leídos hoy bajo el cristal de su dramático suicidio. “Límite”, escrito en la víspera del suicidio, es un poema imposible de ser leído sin relacionarlo con sus últimas horas. La mujer alcanzó la perfección. Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización, la apariencia de una necesidad griega fluye por los pergaminos de su toga, sus pies desnudos parecen decir, hasta aquí hemos llegado, se acabó. Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes, uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía. Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo; así los pétalos de una rosa cerrada, cuando el jardín se envara y los olores sangran de las dulces gargantas profundas de la flor de la noche. La luna no tiene por qué entristecerse, mirando con fijeza desde su capucha de hueso. Está acostumbrada a este tipo de cosas. Sus negros crepitan y se arrastran. El suicidio real sucede a sus 30 años, en 1963, en un modesto piso de alquiler en Londres mientras sus hijos, Nicholas, de un año, y Frieda, de dos, duermen. Plath dejó pan y leche para la niña y el niño y selló la habitación para que el gas no llegara a las criaturas, que resultaron ilesas. La tragedia estaba anunciada. Y preanunciada, en una entrada del Diario en 1957: “El no ser perfecta, me hiere”, escribió. Ted Hughes, poeta laureado, representante del bardo británico desde su juventud, marido, devino tutor literario de la obra de su esposa suicidada. Corrigió y editó dicho material e hizo desaparecer el último volumen del diario íntimo de Sylvia, en el que la poeta hablaba sobre su etapa final. De los Diarios de Plath faltan dos cuadernos: uno fue eliminado por Hughes, que justificó la acción diciendo que "el olvido es una condición de la sobrevivencia", del otro sólo informó que había desaparecido. Mantuvo absoluto silencio sobre la vida de ambos mientras era señalado como responsable directo de la muerte de la poeta. En 1950, un momento de su vida en el que aparece la tensión entre la fascinación y el miedo que le produce lo sexual, empieza a llevar sistemáticamente un diario, escribe sobre el significado de ser escritora, las dudas y entusiasmos que el oficio le suscita, muchas son las justificaciones en las que se deshace por tomar de la vida real a personas y hechos que deforma literariamente, la culpabilidad impregna muchas de las reflexiones de Sylvia. En el Diario habla un Sylvia insegura, muy lejana de la imagen de joven que tiene todo bajo control que ofrece hacia afuera. Se muestra totalmente sincera, y observa con ironía y lucidez el panorama emocional de sus 18 años: [las citas] “este juego de la búsqueda de pareja, de prueba y tanteo”; “el fuerte olor a virilidad que crea el medio ideal para que yo viva en él”; “Me han imbuido demasiada conciencia y no podría quebrantar las normas sin consecuencias desastrosas; sólo puedo apoyarme con envidia en la barrera y odiar, odiar, odiar, a los chicos que dan rienda suelta a su deseo sexual… y siguen siendo íntegros, mientras que yo me arrastro de cita en cita, desbordando deseo, siempre insatisfecha. Todo esto me pone mala.” Signada por el universo Dorys Day, retrata cabalmente las reglas del juego: “La virgen americana, vestida para seducir… Salimos con chicos, pasamos el rato y, si somos buenas chicas, en determinado momento, ponemos reparos”. La mítica figura poética de Sylvia Plath, el transcurso vital de Sylvia, el crecimiento de Sivvy, han contribuido grandemente a repensar la identidad de las mujeres al advertir sobre la lucha secreta, anónima, que emprende una mujer por liberarse de clichés sobre lo femenino, y decir su palabra propia. En sus Diarios la encontramos sin doble discurso, sincera hasta la incomodidad: la escritora que dice con fuerza y honestidad su condición de mujer silenciada. Es inquietante y doloroso leer su palabra tensa soportando la incerteza de su vida, las páginas de su diario son una biografía sin edulcorantes. Diario, jueves noche, 5 de noviembre de 1957: "Tengo una lucha interior que no quiere ser derrotada por un lema o la resolución de una noche. Mi demonio de la negación quiere tentarme día a día, y tengo que luchar con él, como algo distinto a mi yo esencial, que lucho por salvar: cada día debo tener algo que recomendarle: el honesto deleite de mirar el rápido y peludo cuerpo de una ardilla o sentir profundamente, el clima y el color, o leer y pensar en algo a una luz distinta: una buena explicación o 5 minutos en clase para redimir 45 malos. Minuto tras minuto luchando hacia arriba. Fuera de la sombra de esa nube negra que quiere aniquilar mi ser entero con su demanda de perfección y medida, no de lo que yo soy, sino de lo que no soy. Yo soy como soy y escribo, vivo y viajo: He tenido el valor que he ganado, pero debo trabajar para tener más valor. No quiero hacerme más ilusiones." Pocos meses antes, el 17 de julio de 1957, escribe en su diario otra frase absoluta: "Escribiré hasta que empiece a escribir sobre mi yo verdadero". Esta declaración la muestra sincera, valiente, lúcida ante su sufrimiento existencial, mirando de frente, sin maquillaje, su realidad.[ fuente: Liliana Costa Staksrud

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Rudolph Nureyev, el vuelo del cuerpo
ArteporAnónimo1/9/2011

Rudolf Xämät ulı Nuriev, conocido como Rudolf Nureyev (17 de marzo de 1938 - 6de enero de 1993) fue un bailarín de ballet ruso, declarado el mejor bailarín del siglo XX por una buena parte de la crítica especializada. Nació en un viaje de tren, cerca de Irkutsk y creció en una familia humilde en un pueblo cerca de Ufá, en la República de Bashkortostán. En su niñez bailaba danzas folklóricas bashkirias, destacándose desde muy pequeño en la danza. De acuerdo con sus apuntes biográficos, su llegada a la danza data de finales de 1945, en la víspera de Año Nuevo, cuando pisó por primera vez un teatro. "Fue amor a primera vista", declaró el propio artista. Se interpretaba esa noche el ballet "Canción de las grullas", una historia sobre el Bien y el Mal. Rudolf, de siete años, permaneció inmóvil durante toda la función. "Desde el momento en que entré en ese lugar mágico", confesó en su autobiografía, "sentí que de verdad había dejado el mundo, llevado muy lejos de todo lo que conocía, por un sueño escenificado para mí solo. Quedé sin habla". Considerado como "un alma solitaria", Nureyev, de quien se decía que "rompía el aire cuando bailaba", no sólo destacó en el ballet clásico, sino también como actor, director de cine y de orquesta. Inicios Al principio Rudolf estudió danzas folclóricas, hasta que en 1955 ingresó en la Escuela de Ballet Vaganova, de Leningrado. En esta época de estudiante de ballet surgió en él una predilección por "El Cascanueces" de Tchaikovsky; más tarde en el Ballet Kirov fue solista. Al llegar a París, luego de una exitosa gira por Europa, junto a una compañía rusa, en 1961 Nureyev pidió asilo político. En su primera conferencia de prensa en Occidente, la pregunta acerca de su temor a las represalias en contra de su familia a manos del gobierno soviético fue inevitable. Nureyev respondió que "más me preocupa mi profesor de danza en Leningrado; viví en su casa estos últimos años, es mi mejor amigo y temo que le adjudiquen responsabilidad en esta determinación". Y tuvo razón, pues durante los meses siguientes Alexander Ivanovich Pushkin, el profesor de más reputación de la Escuela Vaganova del Ballet Kirov, fue interrogado por la KGB (policía política soviética) porque se le hacía responsable de la deserción de su alumno favorito. Fue Pushkin quien cobijó a aquel tardío aprendiz con escasa formación técnica, lo estimuló para encontrar la libertad de pensamiento y comprendió cada una de sus demandas afectivas y emocionales. Según sus amigos, en Occidente Nureyev era un "alma solitaria". Bailaba en la compañía del Marqués de Cuevas cuando viajó a Dinamarca y allí se encontró con el bailarín Erik Bruhn, cuya figura le resultó irresistible. Era la primera vez que Nureyev se sentía enamorado. Ambos vivieron una relación muy especial y tormentosa durante varios años. En 1962 Nureyev debutó junto a Margot Fonteyn, una de las más reconocidas bailarinas del Royal Ballet de Londres. "Giselle" fue la primera obra que bailaron juntos, hito irrevocable de una dupla que, tanto en la vida real como el mundo del arte, estuvo marcada por la pasión y un amor entrañable. Al final de cada función que ofrecía Nureyev, los asistentes no se conformaban con tener un autógrafo de él, sino que querían tocarlo, besarlo. Su afán perfeccionista, su memoria incomparable para captar los movimientos, su talento como dibujante y su extraordinaria sensibilidad en ocasiones se empañaban con la violencia de su carácter. “Me hubiera gustado tener la pureza de Nureyev, que ahora no se ve tanto. En general, en el mundo de los bailarines que hacen mucho giro, mucho salto, no tienen esa colocación perfecta, esa limpieza en los cierres, esa línea que es la que yo persigo y en lo que Nureyev era ejemplar. Esto, más que tanto salto, es lo que me importa y lo importante y difícil es mantenerlo.” El máximo exponente vivo de la danza argentina, Julio Bocca, expresó así la impronta que dejó en el ballet contemporáneo el gran bailarín ruso Rudolf Nureyev, quien comenzó a estudiar esta disciplina a los 17 años de la mano del célebre Pushkin, director de la escuela de danza del teatro Kirov, en Leningrado y en tan sólo tres años se hizo acreedor del premio del Concurso Nacional de Jóvenes bailarines de Moscú. Dueño de una tenacidad de hierro, completamente opuesta a la flexibilidad de sus ligamentos, y de una autoexigencia extrema, Nureyev realizó minuciosas investigaciones en el campo de la coreografía que le permitieron realzar un aspecto desconocido de los clásicos del siglo XIX y así atraer a nuevos públicos hacia esta disciplina. No le bastó con “Cascanueces”, “Raymonda”, “La Bella Durmiente”, “El lago de los Cisnes” y “Romeo y Julieta”; se atrevió también a llevar a escena, en 1970, su propia versión de “El Quijote”, de Cervantes. Claro que todos estos logros no se hubieran concretado de permanecer encerrado entre las fronteras del régimen de la entonces Unión Soviética. Sin duda, Nureyev supo proyectar las consecuencias futuras de esta limitación y por ello solicitó asilo en Francia y, desde el exilio, consiguió ingresar en los más destacados escenarios occidentales. Su última actuación en el suelo natal se produjo en 1961 junto con el Ballet del Marqués de Cuevas, de Francia. Esta es sólo una de las más de 30 compañías de prestigio en las que Nureyev participaba. Así, a partir de febrero del ’62, mes en el que el bailarín representa a “Giselle” para la compañía Royal Ballet, el nombre del artista comienza a circular por la prensa y sus apariciones en televisión despiertan la atención de productores y especialistas. Parece un cuento de hadas, el joven de origen familiar humilde se había convertido, en apenas 4 años, en el primer bailarín de la escuela de Kirov que, tras egresar de la institución, comenzó inmediatamente una carrera como solista ingresando en la piel de preciados protagónicos como el de Don Juan de Marco y el temible Lucifer, por citar sólo alguno de los popularmente conocidos. También, dejó relucir un cierto machismo al subordinar todos los papeles femeninos a los masculinos y al darles a éstos una mayor exhibición a través de algunas modificaciones en la vestimenta. Se lo vio por Buenos Aires en tres oportunidades, cuando representó “Giselle”, “El Corsario” y “Margarita y Raimonda”. El 6 de enero de 1993, a horas de subir a los escenarios de Nápoles para bailar “El lago de los cisnes”, Nureyev falleció por una enfermedad que le había quitado a decenas de amigos y colegas: el Sida. En agradecimiento al país que lo alojó y le dio espacio suficiente para los saltos y giros de la fama, fue sepultado en el cementerio ruso de París, vestido como Valentino, uno de los personajes que representó en sus diversas incursiones por el séptimo arte. En los años 70, se dedicó a viajar por Estados Unidos con una reposición del musical de Broadway, “El rey y yo”. En 1983 fue nombrado director del Ballet de la Ópera de París, donde además continuó bailando. Hacia el final de su vida, produjo algunas de las coreografías más revolucionarias de la época. La mentalidad abierta del bailarín lo impulsó a abarcar un amplio espectro de personajes; fue un gran cultor del célebre Balanchine, y su interpretación de “Apollon Musagète” fue antológica. Nureyev fue alternando con el tiempo papeles del repertorio tradicional con otros que fueron especialmente preparados para él por coreógrafos contemporáneos. A medida que sus posibilidades técnicas se fueron reduciendo por el paso de los años, el bailarín comenzó a incursionar en otras vertientes artísticas. Además del cine (actuó a las órdenes de Ken Rusell en “Valentino” y junto con Nastassja Kinsky en “Exposed”) realizó un gran número de trabajos como coreógrafo y también se desempeñó como director del Ballet de la Opera de París, entre 1983 y 1989. No fueron pocas las polémicas que despertó porque el directorio del que dependía objetó los seis meses al año que se tomaba para salir de gira con su propia compañía, además de las quejas de los bailarines de la Opera, cansados de los continuos desplantes y los caprichos del director. Cuando algo lo disgustaba, la furia de Nureyev era incontrolable; a lo largo de su carrera dejó plantada a más de un platea colmada porque algún detalle no era de su agrado. No soportaba la falta de profesionalismo y de disciplina, y detestaba la negligencia. Pero siempre, su amor inclaudicable por la danza y su férrea concepción del compromiso del bailarín atenuaban todos los aspectos irritantes de su compleja personalidad. Los estudiosos de la danza clásica coinciden en señalar a Nureyev como el responsable de haber logrado una transformación histórica en el arte del ballet; desde el ocaso de Nijinsky, ningún bailarín había logrado el impacto que alcanzó Nureyev gracias a su descomunal talento, a su técnica perfecta y a su capacidad de subyugar al público con su expresividad. Su presencia en el escenario ayudó a desterrar la idea de que el bailarín era sólo un partenaire de la mujer y lo elevó al mismo grado de importancia. http://www.lagaceta.com.ar/nota/252253/Espect%C3%A1culos/vida_Rudolf_Nureyev_estuvo_signada_movimiento.html http://www.swingalia.com/danza/biografia-de-rudolf-nureyev.php http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=464052 http://www.yucatan.com.mx/20110106/nota-7/58150

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