CHISMES
Es conocida la opinión acerca de que el chisme es, a su manera, parte del género literario. Bastaría el ejemplo excelso de "A la búsqueda del tiempo perdido", de Marcel Proust, para dar por buena esa afirmación. Dos libros recientes hacen del chisme su materia central.
Uno es "Museo del chisme", de Edgardo Cozarinsky, libro de ensayos y microrrelatos. Imaginación y realidad suelen acoplarse, en un permanente juego de espejos. Los seres humanos desean vivir una vida que roce la ficción. Mentir sobre uno o espiar a los otros, parece el más universal de los rasgos.
Además, el chisme se caracteriza por tener vocación de leyenda: nunca se sabe bien cuál es su fuente y, dado que es, sobre todo, un género oral, nunca se repite de manera idéntica. Otra de sus marcas distintivas es que, para ser bien sabroso, tiene que ser políticamente incorrecto: tiene que hacer quedar mal a su protagonista o a un tercero. Por eso es que los chismes referidos a los “monstruos sagrados” tienen tanto púbico: permiten asomarse al “lado oscuro” del quien siempre muestra su lado claro.
Fragmento de entrevista a Cozarinsky
P- Usted reflexionó en "Museo del chisme" sobre esa práctica cultural como forma de ficcionalización. Allí también hay un modo de apropiación de la vida de los demás: de vivir el glamour, los amoríos, la fama de ciertos personajes...
R- Sí. Ningún escritor lo admitiría, pero el chisme está en la base de toda novela, ¿no? Después la novela es un hecho literario, pero en el origen te está contando algo que le pasó a alguien y el chisme también. Y el hecho de que nunca se trasmita de la misma manera, porque cada uno elige las palabras con que lo cuenta y cambia la historia, lo hace todavía más atractivo. En cada transmisión, la narración se lee distinta. Hay pues una idea de estilo personal, que no es literario pero que existe y es muy fuerte. Y sobre todo, lo que me interesó es que al principio la novela estaba mal considerada y era despreciada como lectura de mujeres. En el siglo XVII, por ejemplo, Bossuet opone el gusto por las novelas a quienes leen historia. El chisme, en el prejuicio, también es cosa de mujeres. De allí venía esa censura hacia la ficción. Los hombres leían ensayos, cosas serias. Esa relación de la ficción con el chisme, como producto de una imaginación supuestamente ociosa, me interesó como asimilación ideológica.
P- En el libro define el chisme como "una forma plebeya e incipiente de la literatura". Así como uno puede establecer rasgos de las literaturas nacionales, ¿llegó a percibir alguna característica distintiva de la chismografía local?
R- Creo que hay, en los últimos veinte o treinta años, un gran resurgimiento del interés por las biografías en todo el mundo como una manera de "espiar" la vida privada de grandes personajes y eso se roza con el chisme. La gente quiere enterarse de cómo vivieron: sus amores y desventuras, sus pasiones e incluso aquello que las historias oficiales silencian. En Swift, de la británica Victoria Glendinning, extraordinaria biografía del autor de Los viajes de Gulliver, encontré una anécdota que usé. Una de las amantes de Swift -que era un hombre de gran malicia, por cierto- fue lady Mary Wortley Motagu. Ella se hizo pintar en la bacinilla que usaba para hacer sus necesidades la cara del escritor para devolverle una serie de atenciones, noche a noche. La historia me pareció extraordinaria y la incluí como prueba del empecinamiento en el rencor.
Existen géneros literarios considerados menores, marginales. Tal es el caso de las recetas de cocina, los horóscopos, la amplia gama de predicciones que van desde el milenario tarot a los mensajes cifrados del chicle Bazooka. Muchos de ellos, sin embargo, han sido reivindicados por grandes escritores como Günter Grass que, en “El rodaballo”, ha rescatado la receta de cocina de su desprestigiada existencia hogareña, para hacerla refulgir en un maravillosa historia basada en la enumeración de ingredientes y procedimientos culinarios. Ítalo Calvino, por su parte, elevó al tarot a la categoría de máquina generadora de historias en “El castillo de los destinos cruzados” y “La taberna de los destinos cruzados”.
Al chisme, en cambio, parece ser la televisión quien mejor lo ha explotado.
“De cuando Mario Vargas Llosa noqueó a Gabo”, de Luis Fernández Zaurín, cuenta casi 300 chismes relacionados con escritores y “Borges”, de Adolfo Bioy Casares, puede ser leído como un compendio monumental –tiene más de 1.600 páginas– sobre su relación con Borges en la que no faltan los chismes sobre él y sobre otros personajes de la cultura, muchos de los cuales resultan destruidos por el comentario mordaz, por esa ironía hiriente que se reserva sólo para la intimidad.
La anécdota que le da título al libro de Zaurín, según parece, tuvo lugar hace más de treinta años y tiene como protagonistas absolutos a dos de los máximos exponentes del boom “latinoamericano”. En 1976, Vargas Llosa y García Márquez confluyeron en México en una sala en la que se proyectaba “La odisea de los Antes”. Al terminar la proyección, “Gabo” se acercó al autor peruano para saludarlo y recibió a modo de respuesta una trompada en el mentón que lo dejó tendido sobre la alfombra poniendo de manifiesto una inesperada agresividad de su colega.
Antes de asestarle el golpe que lo derribó dejándole el ojo morado, el escritor peruano habría dicho: “¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona?" Patricia era su esposa. “Algunos cronistas explican que Vargas Llosa –dice Zaurín– había abandonado a su familia para perseguir a una modelo norteamericana (…) y Gabo, tratando de consolar a su mujer, Patricia, le aconsejó pedir el divorcio y tomar acciones legales por abandono del hogar”.
Cuando en el 2000 Vargas Losa presentó su libro “La fiesta del chivo”, le preguntaron sobre ese lejano encontronazo con Gabo, respondió que era mejor dejar el tema a los historiadores. Es posible que si no los hubiera separado aquel suceso, igual habrían terminado separándolos sus diametralmente opuestas posiciones políticas.
El mexicano Juan Rulfo y el uruguayo Juan Carlos Onetti tenían varias cosas en común, lo que explicaría la amistad que mantuvieron y la alegría que les daba encontrarse en los congresos de escritores. No sólo se convirtieron en dos autores insoslayables de la literatura latinoamericana, sino que a ninguno de los dos les bastó la literatura y la fama que obtuvieron con ella para aplacar la angustia de existir.
Ambos, además, necesitaron del alcohol. Zaurín dice que Rulfo, con frecuencia, protagonizaba “desnudos involuntarios”. Bebía de una forma tan desmedida que a menudo lo encontraban dormido en las veredas de Ciudad de México; “Su estado de inconsciencia era tan profundo que la cantidad de alcohol que corría por sus venas le imposibilitaba darse cuenta de que le robaban la ropa”.
Cuando se encontraba con Onetti en algún congreso, su forma de comunicación más habitual era el silencio. Ambos se sentaban frente a frente, botella de whisky de por medio, y se miraban a los ojos sin decirse nada, porque el alcohol hacía innecesarias las palabras.
A Pablo Neruda no sólo le gustaban los mascarones de proa y los caracoles, sino también los perros. María Rita Figueira da cuenta de su pasión perruna en “Los ladridos de la Historia”, más precisamente en el capítulo “Es tan corto el 'guau' y tan largo el olvido”.
A fines de la década del '20, el poeta chileno partió a Asía. Allí fue cónsul en Birmania, Ceilán y en Yakarta, que en ese momento pertenecía a las Indias holandesas, hoy Indonesia. Allí tuvo un perro que se llamó Cutaca. Un mucamo fiel y exageradamente amable se ocupaba de la alimentación del perro y continuamente interrogaba al poeta sin que este entendiera lo que quería decir. La lengua era una barrera infranqueable.
Luego de varios días de distracciones, compromisos y viajes, el cónsul poeta se enteró de que Cutaca había muerto. El inentendible interrogatorio del mucamo al que Neruda no le dio importancia estaba referido a la dieta del animal y como las preguntas quedaron sin respuesta, el perro murió de hambre. Lo sucedido sólo puede entenderse dentro de los parámetros de una cultura en la que la obediencia a los superiores es un mandato tan fuerte que prima sobre el sentido común. De la anécdota es posible extraer por lo menos dos moralejas. Hay situaciones en que resulta imprescindible tomar decisiones por cuenta propia. Además, es sumamente útil saber idiomas.
En la casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges conoció a Estela Canto, una escritora y traductora de la que se enamoró. Ella fue la inspiradora del famoso cuento “El Aleph” y la poseedora del manuscrito original que Borges le llevó para que lo pasara a máquina. Bioy cuenta en “Borges”: “Estela quería que Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente: 'Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte'. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: 'Cómo, ¿entonces no me tenés asco?' y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: 'A Constitución', y agregó, para Estela: 'Vamos a comer a Constitución. We must celebrate'”.
Borges, según parece, era muy enamoradizo, pero la mayoría de las veces no era correspondido. Bioy cuenta su amor sin esperanza por otra escritora: “Borges estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. Un día ésta le preguntó: '¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?´. Borges: 'Fui caminando a casa, pero pasé frente a la tuya: tenía que pasar frente a tu casa esa noche'. Silvina: 'A esa hora yo estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante'”.
A Bioy y a Borges no sólo lo unía una amistad hecha de amores literarios comunes, sino también de odios compartidos. Ambos detestaban a Ernesto Sabato. Dice Bioy en el libro citado: “Sabato también desaparecerá (antes se había referido a Mallea), sin dejar rastro, después de su muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”. Borges agrega: “Nunca le tuve afecto”.
Otras perlitas de Bioy referidas a las actitudes políticas de Sabato: “Ya verás, va a quedar como el hombre que protestó por las torturas. Va a quedar en la Historia como un negro Falucho” y “Borges me asegura que le ha tomado tanto odio a Sabato, que ya no imagina su cara tal como es, sino en caricatura”.
Como se ve, los chismes les restituyen a los escritores famosos el costado humano que les quita la celebridad.
Joyce y Proust en el hotel Majestic
La primera persona a la que oí hablar del único y mitológico encuentro entre Marcel Proust y James Joyce fue Nélida Gardell, mi profesora de francés en la Escuela de Letras de la Universidad de Tucumán. Nélida describía el diálogo entre los dos mayores novelistas del siglo XX como un torneo de torpezas y desdenes, el vuelo de aves majestuosas condenadas a no entenderse.
De acuerdo con su versión, ambos habían sido convocados a una comida en el hotel Ritz de la Place Vendôme, en París, por el barón Edmond de Rothschild, deseoso de pagar una fortuna para oír cómo dos genios desplegaban ante él sus lujos verbales.
“¿Se sabe lo que dijeron?”, preguntó toda la clase. La profesora Gardell respondió, enigmática: “Proust quiso averiguar si a Joyce le gustaban las trufas que se estaban sirviendo. Joyce respondió secamente que no”.
Esa escena patética de la literatura universal me persiguió durante años como un fantasma tenaz y, por mucho que la busqué en las excelentes y numerosas biografías de los dos escritores, los relatos me parecieron siempre insatisfactorios.
Jean-Yves Tadié, que publicó en 1996 una monumental vida de Proust –quizá la mejor de todas–, despacha el episodio en menos de una página, enfatizando que los dos genios no simpatizaron, al punto de que cuando Proust se ofreció a llevar a Joyce en su taxi la respuesta fue un par de gestos groseros. Joyce se puso a fumar desenfrenadamente y abrió de par en par las ventanas, a sabiendas de que su colega asmático no toleraba el humo y sufría con las corrientes de aire.
Richard Ellman, el gran biógrafo de Joyce, es más minucioso. Registra al menos cuatro versiones de lo que se dijo, incluyendo la de las trufas, y cuenta que Joyce sintió después melancolía por la oportunidad perdida: “Me habría gustado encontrar a Proust en otro lugar, más a solas, para hablar con él a gusto, aunque no sé de qué”.
Me resigné a no saber ya más de aquel encuentro hasta que, hace pocas semanas, leí un libro magistral de 360 páginas que cuenta al fin la historia con pelos y señales. Se llama Proust at the Majestic (Proust en el hotel Majestic), y su autor es el inglés Richard Davenport-Hines, también autor de una bien documentada historia de los narcóticos y de una biografía del poeta W. H. Auden.
Desde hace medio siglo el hotel Majestic de París no es lo que era. Cuando Proust y Joyce se conocieron, poco después de la medianoche del 18 de mayo de 1922, se había puesto de moda. A sus salones suntuosos acudían, de rigurosa etiqueta, todas las personas notables que vivían en la ciudad o estaban de paso. Cada una de sus 450 habitaciones daba a la avenida Kléber, muy cerca del Arco de Triunfo. Todas disponían de un cuarto de baño, lo que era una excentricidad lujosa para aquellos tiempos, sobre todo en París.
Contra lo que suponía la profesora Gardell, el anfitrión no fue el barón de Rothschild, sino el matrimonio de Violet y Sydney Schiff. Ella era una casamentera; él, un novelista justamente olvidado, con una insuperable capacidad para el chisme. Ambos merecían ser personajes de Proust.
Dieron la cena para celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París por los Ballets Russes de Serge Diaghilev.
De modo que no sólo Stravinsky y Diaghilev participaron de la célebre comida del Majestic. También estaban allí Ernest Ansermet, que había dirigido la orquesta de Renard, y Pablo Picasso, que llevaba una faja roja alrededor de la cabeza. Sólo faltaba Victoria Ocampo para completar el cuadro. Pero el principal –y luego proclamado– propósito de los Schiff era reunir en la misma jaula de oro a Proust y Joyce, y observar lo que pasaba entre ellos, para contarlo luego a los cuatro vientos.
Lo que pasó fue tan poco que ni siquiera sirvió como tema de conversación en los salones de la semana. Eso explica que la historia haya circulado como un mito hasta que Davenport-Hines la devolvió a la realidad. No han quedado noticias de lo que comieron, que debió de ser lo usual en las veladas del Majestic: una entrada de caviar, faisán con espárragos y helados de frutas tropicales. Se sabe, sí, que Diaghilev, Stravinsky y Ansermet estaban muy cansados de las tensiones del largo día y se retiraron poco después de la medianoche.
Picasso se quedó bebiendo hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa. También Joyce, en silencio, bebía champagne y eructaba con ganas. Al llegar, se había disculpado por no estar vestido de etiqueta. “No tengo dinero para esas inutilidades”, declaró. El único tema de conversación que le interesaba era su novela Ulysses, que se había publicado tres meses antes y que estaba ya en todas las bocas, sobre todo en las de quienes la leían sin entenderla.
Los restos de la comida fueron retirados de las mesas a la una de la madrugada. Joyce –ha contado el crítico Clive Bell, quien oyó la historia de boca de Sydney Schiff– siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra ocupada con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho y de a ratos soltaba bufidos sonoros.
Quince, acaso veinte minutos después, los Schiff vieron entrar a un hombre pequeño y sigiloso, enfundado en un abrigo de pieles, que se movía –según Clive Bell– como una rata. De lejos parecía pringoso y húmedo. Era el autor de En busca del tiempo perdido. Ya había terminado de escribir su gran novela y todavía la estaba corrigiendo y añadiendo frases. Era entonces mucho más célebre que Joyce, y sus largas frases perfectas, encadenadas unas a otras por una música inimitable, se repetían en los salones con devoción sacramental.
Aunque Joyce no vio a su colega como un hombre enfermo (diría, por lo contrario: “Se queja, pero está más sano que yo”), las drogas que Proust se inyectaba o bebía con frecuencia asesina estaban acabándolo. Seis exactos meses después de la reunión en el Majestic, una septicemia veloz acabaría con él. Dijera Joyce lo que dijera, era un agonizante en lucha contra la muerte.
Cuenta Davenport-Hines que se ubicaron en sillas contiguas. Registra seis versiones de lo que hablaron –una de ella es la de las trufas–, y en todas persiste la incomprensión. Joyce contó años más tarde que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: «No». Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulysses. Respondió: «No». La situación era insoportable.”
Otras veces, en sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con sarcasmos envenenados. Uno de los apuntes de su diario es revelador: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y luego, en una carta a su editora Sylvia Beach, que era también la dueña de la célebre librería Shakespeare & Co, cuenta, con un juego de palabras difícil de traducir: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos grandes hombres no volvieron a verse. Eran aves de plumaje tan distinto que sólo se habrían lastimado.
Proust, como bien apuntó la profesora Gardell, nunca tuvo tiempo de leer Ulysses. Las interminables correcciones a su novela lo absorbían por completo. La muerte, además, estaba mordiéndole los talones. El 22 de noviembre de aquel 1922, Joyce asistió al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot, incómodo entre tantos príncipes, barones, embajadores y cabezas engominadas. Cuando el organista tocó, en vez de la habitual música litúrgica, la Pavana para una infanta difunta, de Ravel, se retiró rezongando.
Como sucede con todas las leyendas, imaginar esa noche de mayo en el Majestic deja sensaciones más intensas que la realidad, que suele ser plana y decepcionante. (T. E. Martínez)
ANÉCDOTAS Y BROMAS
En relación con los aficionados a las bromas y a dejar a los demás en ridículo, casi siempre públicamente, van aquí varias anécdotas:
En cierta ocasión el rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francico de Quevedo (1580-1645)que le improvisara una cuarteta.
-Dadme pie, señor -le dijo Quevedo.
El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó una pierna; pero el escritor que tenía fama de respuestas rápidas e ingeniosas, en vez de darse por ofendido, improvisó la cuarteta que el monarca le había pedido de la siguiente forma:
En semejante postura,
dais a comprender, señor
que yo soy el herrador
y vos, la cabalgadura.
El rey de Prusia, Federico II el Grande (1712-1786) admiraba al escritor francés Voltaire (1694-1778) y por ello, le hacía blanco de sus bromas hirientes. En cierta ocasión en que el rey había invitado al filósofo a cenar, dejó sobre su plato un tarjeta que decía:"Voltaire es el primero de los asnos. Federico II".
Voltaire, al encontrar la nota, respondió a la broma con otra, simplemente leyéndola de forma ingeniosa y punzante: "Voltaire es el primero de los asnos. Federico, el segundo".
Cierto día se encontraron en la calle el poeta inglés, Lord Byron (1788-1824) y la condesa de Devonshire, también escritora. Ella saludó al poeta, de forma un tanto inconveniente, al preguntarle, sabiendo que era cojo:
-¿Cómo andais hoy, milord?
-Señora, ando como véis vos, muy mal -respondió con sorna el escritor a la aristócrata que era bizca, a su vez.
Tras la muerte de Antón Chéjov, los empleados del tren que habrían de repatriar su cadáver confundieron el ataúd con una carga normal, por lo que colgaron un letrero en la caja donde se podía leer: 'Ostras frescas'.
Cuenta José Luis Sampedro que, cuando no se le ocurre ningún argumento para sus novelas, se planta en un bar y coloca un audífono de tal modo que pueda captar la conversación de la mesa de al lado, charla a partir de la cual inventa nuevas historias.
No teniendo siquiera dinero para enviar el manuscrito de 'Cien años de soledad' a un editor, Gabriel García Márquez dividió el libro en dos montones, mandando primero uno y después el otro. Pero un error hizo que enviara antes la segunda parte que la primera.
Alfred Hitchcock telefoneó en cierta ocasión a George Simenon y, cuando le respondieron que el señor Simenon no podía ponerse porque acababa de empezar una nueva novela, el cineasta respondió: 'Bueno, espero…'.
El impresor Manuel Altolaguirre introdujo involuntariamente una errata en la tirada del poemario de un cubano, cambiando el verso 'Yo siento un fuego atroz que me devora' por 'Yo siento un fuego atrás que me devora'. Cuando repararon en el equívoco, el bardo y el impresor cogieron una barcaza y tiraron todos los ejemplares a las profundidades de la Bahía de Cuba.
Tras la muerte de Philip K. Dick, sus seguidores construyeron un androide con su aspecto que funcionaba a control remoto. Sin embargo, una compañía aérea lo extravió durante su traslado a otro país, no sabiéndose nunca más que fue de aquel robot.
Estaba Truman Capote cenando una noche en un restaurante de Nueva York cuando se le acercó un gran grupo de mujeres que lo habían reconocido, pidiéndole un autógrafo. El marido de una de ellas, molesto ante tanta admiración, afirmó que era absurdo dedicarle tanta atención femenina a un hombre homosexual, y se acercó él mismo a la mesa del autor, se desabrochó los pantalones, se sacó el miembro y le sugirió al escritor que se lo firmara. Capote lo examinó con educación y le respondió: “No sé si podría firmárselo, a lo mejor podría simplemente ponerle mis iniciales”.
En una ocasión, Mark Twain asistió a una gala que tenía como objeto recaudar dinero para alguna causa benéfica. Uno de los conferenciantes empezó a hablar sobre la necesidad de contribuir a esta causa y Twain decidió que donaría cien dólares. Sin embargo, como el conferenciante seguía hablando y hablando y comenzaba a aburrir a los asistentes, Twain decidió reducir su donación a la mitad. Y la conferencia se alargaba más y más, por lo que Twain se desesperaba y decidió reducir la donación a 10 dólares. Finalmente, cuando pasaron la cesta de recaudación y ésta llegó hasta él, Twain cogió un dólar de la cesta antes de pasársela al asistente más cercano.
Una revista británica creó un concurso que premiaría a la mejor parodia que recibiera de la obra de Graham Greene. Cuando el jurado falló su decisión y se hizo público el nombre del ganador, la revista recibió una carta del propio Greene, quien expresaba su satisfacción al saber que había ganado el señor John Smith, y su decepción de que otros dos participantes, John Doakes y William Jones, no hubieran recibido ni siquiera una mención de honor. Los tres nombres eran pseudónimos del propio Greene, que había enviado como concursantes extractos de obras suyas que no habían llegado a ser publicadas.
Mazo de la Roche, escritora canadiense famosa por sus novelas de la saga Jalna, envió una vez un relato a la revista literaria Tamarack Review. Cuando rechazaron su manuscrito con cordiales excusas, la autora les respondió de la siguiente forma: “No me sorprende que no os gustara el relato. A Carolina (la compañera de la autora) no le gusta, y a mí tampoco me agrada mucho, pero como nunca me han gustado las obras que publica vuestra revista pensé que tendría bastante éxito”.
En 1926, Ernest Hemingway abandonó a su primera mujer, Hadley Richardson, con la que tenía un niño pequeño, por una escritora rica llamada Pauline Pfeiffer. Cuando, poco tiempo después, le preguntaron al autor por qué lo había hecho, respondió: “Porque soy un bastardo”.
El escritor danés Hans Christian Andersen fue huésped durante un tiempo de la familia Dickens, que acabó francamente harta de éste y que no sabía cómo hacer que se marchara. Dickens escribió una nota que pegó sobre el cabecero de la cama de la habitación de invitados. La nota decía: “Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, que a la familia Dickens le parecieron SIGLOS”.
El libro "El espantapájaros (al alcance de todos)", sin duda alguna fue la consagración definitiva para Oliverio Girondo.
El libro ve la luz en 1932 y Oliverio Girondo, extasiado, decide afrontar todo un recibimiento para difundir su obra.
Contrata un coche coronario (el coche que va detrás de la carroza fúnebre llevando las coronas) y dispone que en ese coche funebre tirado por seis caballos, conducido por un cochero, y acompañado por un lacayo, ambos vestidos a la moda del Directorio, se eleve un gran monigote representando un espantapájaros, con chistera, monóculo y pipa.
Alrededor de este gran Espantapájaros diseñado por Oliverio vuelan unos cuervos, y con semejante carroza publicitaria pasea durante algunas semanas por las calles de Buenos Aires, recitando de tanto en tanto sus poesías, y según se cuenta, al cabo de unas cuantas semanas agotó la primera edición de esta manera.
En verdad, si algo le faltaba al libro el Espantapájaros, o al amplísimo abanico de contradicciones, extravagancias y sobre todo, de interés compulsivo-lúdico por la vida, que es, fue y será, Oliverio Girondo, eso es esta anécdota, que lo pinta de cuerpo entero.
fontana di trevi
http://www.capitanw.com/posts/libros/284/escritores-anecdota-sobre-espantapajaros-girondo/
http://edant.clarin.com/suplementos/zona/2007/07/29/z-03815.htm
http://www.buenosaires.gob.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/cozarinsky_bio2_es.php
http://www.revista-noticias.com.ar/comun/nota.php?art=2492&ed=1726
http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?t=30529
Tomás Eloy Martínez, LA NACION
http://www.the-scientist.com/news/home/52922/
http://marcianitosverdes.haaan.com/2007/03/los-fraudes-periodsticos-del-siglo-diecinueve/
http://ana-alejandre-avuelapluma.blogspot.com/2006/10/anecdotario-bromas-y-bromistas.html
http://www.hojaenblanco.com/index.php/blog/show/index.php?blog/show/Curiosidades-sobre-escritores-y-escritura.html
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/articulos-de-interes/1042-algunas-anecdotas-sobre-escritores
http://www.lecturalia.com/blog/2010/10/10/anecdotas-de-escritores-vii/
Es conocida la opinión acerca de que el chisme es, a su manera, parte del género literario. Bastaría el ejemplo excelso de "A la búsqueda del tiempo perdido", de Marcel Proust, para dar por buena esa afirmación. Dos libros recientes hacen del chisme su materia central.
Uno es "Museo del chisme", de Edgardo Cozarinsky, libro de ensayos y microrrelatos. Imaginación y realidad suelen acoplarse, en un permanente juego de espejos. Los seres humanos desean vivir una vida que roce la ficción. Mentir sobre uno o espiar a los otros, parece el más universal de los rasgos.
Además, el chisme se caracteriza por tener vocación de leyenda: nunca se sabe bien cuál es su fuente y, dado que es, sobre todo, un género oral, nunca se repite de manera idéntica. Otra de sus marcas distintivas es que, para ser bien sabroso, tiene que ser políticamente incorrecto: tiene que hacer quedar mal a su protagonista o a un tercero. Por eso es que los chismes referidos a los “monstruos sagrados” tienen tanto púbico: permiten asomarse al “lado oscuro” del quien siempre muestra su lado claro.
Fragmento de entrevista a Cozarinsky
P- Usted reflexionó en "Museo del chisme" sobre esa práctica cultural como forma de ficcionalización. Allí también hay un modo de apropiación de la vida de los demás: de vivir el glamour, los amoríos, la fama de ciertos personajes...
R- Sí. Ningún escritor lo admitiría, pero el chisme está en la base de toda novela, ¿no? Después la novela es un hecho literario, pero en el origen te está contando algo que le pasó a alguien y el chisme también. Y el hecho de que nunca se trasmita de la misma manera, porque cada uno elige las palabras con que lo cuenta y cambia la historia, lo hace todavía más atractivo. En cada transmisión, la narración se lee distinta. Hay pues una idea de estilo personal, que no es literario pero que existe y es muy fuerte. Y sobre todo, lo que me interesó es que al principio la novela estaba mal considerada y era despreciada como lectura de mujeres. En el siglo XVII, por ejemplo, Bossuet opone el gusto por las novelas a quienes leen historia. El chisme, en el prejuicio, también es cosa de mujeres. De allí venía esa censura hacia la ficción. Los hombres leían ensayos, cosas serias. Esa relación de la ficción con el chisme, como producto de una imaginación supuestamente ociosa, me interesó como asimilación ideológica.
P- En el libro define el chisme como "una forma plebeya e incipiente de la literatura". Así como uno puede establecer rasgos de las literaturas nacionales, ¿llegó a percibir alguna característica distintiva de la chismografía local?
R- Creo que hay, en los últimos veinte o treinta años, un gran resurgimiento del interés por las biografías en todo el mundo como una manera de "espiar" la vida privada de grandes personajes y eso se roza con el chisme. La gente quiere enterarse de cómo vivieron: sus amores y desventuras, sus pasiones e incluso aquello que las historias oficiales silencian. En Swift, de la británica Victoria Glendinning, extraordinaria biografía del autor de Los viajes de Gulliver, encontré una anécdota que usé. Una de las amantes de Swift -que era un hombre de gran malicia, por cierto- fue lady Mary Wortley Motagu. Ella se hizo pintar en la bacinilla que usaba para hacer sus necesidades la cara del escritor para devolverle una serie de atenciones, noche a noche. La historia me pareció extraordinaria y la incluí como prueba del empecinamiento en el rencor.
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Existen géneros literarios considerados menores, marginales. Tal es el caso de las recetas de cocina, los horóscopos, la amplia gama de predicciones que van desde el milenario tarot a los mensajes cifrados del chicle Bazooka. Muchos de ellos, sin embargo, han sido reivindicados por grandes escritores como Günter Grass que, en “El rodaballo”, ha rescatado la receta de cocina de su desprestigiada existencia hogareña, para hacerla refulgir en un maravillosa historia basada en la enumeración de ingredientes y procedimientos culinarios. Ítalo Calvino, por su parte, elevó al tarot a la categoría de máquina generadora de historias en “El castillo de los destinos cruzados” y “La taberna de los destinos cruzados”.
Al chisme, en cambio, parece ser la televisión quien mejor lo ha explotado.
“De cuando Mario Vargas Llosa noqueó a Gabo”, de Luis Fernández Zaurín, cuenta casi 300 chismes relacionados con escritores y “Borges”, de Adolfo Bioy Casares, puede ser leído como un compendio monumental –tiene más de 1.600 páginas– sobre su relación con Borges en la que no faltan los chismes sobre él y sobre otros personajes de la cultura, muchos de los cuales resultan destruidos por el comentario mordaz, por esa ironía hiriente que se reserva sólo para la intimidad.
La anécdota que le da título al libro de Zaurín, según parece, tuvo lugar hace más de treinta años y tiene como protagonistas absolutos a dos de los máximos exponentes del boom “latinoamericano”. En 1976, Vargas Llosa y García Márquez confluyeron en México en una sala en la que se proyectaba “La odisea de los Antes”. Al terminar la proyección, “Gabo” se acercó al autor peruano para saludarlo y recibió a modo de respuesta una trompada en el mentón que lo dejó tendido sobre la alfombra poniendo de manifiesto una inesperada agresividad de su colega.
Antes de asestarle el golpe que lo derribó dejándole el ojo morado, el escritor peruano habría dicho: “¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona?" Patricia era su esposa. “Algunos cronistas explican que Vargas Llosa –dice Zaurín– había abandonado a su familia para perseguir a una modelo norteamericana (…) y Gabo, tratando de consolar a su mujer, Patricia, le aconsejó pedir el divorcio y tomar acciones legales por abandono del hogar”.
Cuando en el 2000 Vargas Losa presentó su libro “La fiesta del chivo”, le preguntaron sobre ese lejano encontronazo con Gabo, respondió que era mejor dejar el tema a los historiadores. Es posible que si no los hubiera separado aquel suceso, igual habrían terminado separándolos sus diametralmente opuestas posiciones políticas.
El mexicano Juan Rulfo y el uruguayo Juan Carlos Onetti tenían varias cosas en común, lo que explicaría la amistad que mantuvieron y la alegría que les daba encontrarse en los congresos de escritores. No sólo se convirtieron en dos autores insoslayables de la literatura latinoamericana, sino que a ninguno de los dos les bastó la literatura y la fama que obtuvieron con ella para aplacar la angustia de existir.
Ambos, además, necesitaron del alcohol. Zaurín dice que Rulfo, con frecuencia, protagonizaba “desnudos involuntarios”. Bebía de una forma tan desmedida que a menudo lo encontraban dormido en las veredas de Ciudad de México; “Su estado de inconsciencia era tan profundo que la cantidad de alcohol que corría por sus venas le imposibilitaba darse cuenta de que le robaban la ropa”.
Cuando se encontraba con Onetti en algún congreso, su forma de comunicación más habitual era el silencio. Ambos se sentaban frente a frente, botella de whisky de por medio, y se miraban a los ojos sin decirse nada, porque el alcohol hacía innecesarias las palabras.
A Pablo Neruda no sólo le gustaban los mascarones de proa y los caracoles, sino también los perros. María Rita Figueira da cuenta de su pasión perruna en “Los ladridos de la Historia”, más precisamente en el capítulo “Es tan corto el 'guau' y tan largo el olvido”.
A fines de la década del '20, el poeta chileno partió a Asía. Allí fue cónsul en Birmania, Ceilán y en Yakarta, que en ese momento pertenecía a las Indias holandesas, hoy Indonesia. Allí tuvo un perro que se llamó Cutaca. Un mucamo fiel y exageradamente amable se ocupaba de la alimentación del perro y continuamente interrogaba al poeta sin que este entendiera lo que quería decir. La lengua era una barrera infranqueable.
Luego de varios días de distracciones, compromisos y viajes, el cónsul poeta se enteró de que Cutaca había muerto. El inentendible interrogatorio del mucamo al que Neruda no le dio importancia estaba referido a la dieta del animal y como las preguntas quedaron sin respuesta, el perro murió de hambre. Lo sucedido sólo puede entenderse dentro de los parámetros de una cultura en la que la obediencia a los superiores es un mandato tan fuerte que prima sobre el sentido común. De la anécdota es posible extraer por lo menos dos moralejas. Hay situaciones en que resulta imprescindible tomar decisiones por cuenta propia. Además, es sumamente útil saber idiomas.
En la casa de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges conoció a Estela Canto, una escritora y traductora de la que se enamoró. Ella fue la inspiradora del famoso cuento “El Aleph” y la poseedora del manuscrito original que Borges le llevó para que lo pasara a máquina. Bioy cuenta en “Borges”: “Estela quería que Borges se acostara con ella. Una tarde, en la calle, se lo dijo brutalmente: 'Nuestras relaciones no pueden seguir así. O nos acostamos o no vuelvo a verte'. Borges se mostró muy emocionado, exclamó: 'Cómo, ¿entonces no me tenés asco?' y le pidió permiso para abrazarla. Llamó a un taxi. Ordenó al chofer: 'A Constitución', y agregó, para Estela: 'Vamos a comer a Constitución. We must celebrate'”.
Borges, según parece, era muy enamoradizo, pero la mayoría de las veces no era correspondido. Bioy cuenta su amor sin esperanza por otra escritora: “Borges estaba muy enamorado de Silvina Bullrich. Un día ésta le preguntó: '¿Qué hiciste anoche, cuando volviste del Tigre?´. Borges: 'Fui caminando a casa, pero pasé frente a la tuya: tenía que pasar frente a tu casa esa noche'. Silvina: 'A esa hora yo estaba en mi cuarto, en mi cama, con un amante'”.
A Bioy y a Borges no sólo lo unía una amistad hecha de amores literarios comunes, sino también de odios compartidos. Ambos detestaban a Ernesto Sabato. Dice Bioy en el libro citado: “Sabato también desaparecerá (antes se había referido a Mallea), sin dejar rastro, después de su muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”. Borges agrega: “Nunca le tuve afecto”.
Otras perlitas de Bioy referidas a las actitudes políticas de Sabato: “Ya verás, va a quedar como el hombre que protestó por las torturas. Va a quedar en la Historia como un negro Falucho” y “Borges me asegura que le ha tomado tanto odio a Sabato, que ya no imagina su cara tal como es, sino en caricatura”.
Como se ve, los chismes les restituyen a los escritores famosos el costado humano que les quita la celebridad.
Joyce y Proust en el hotel Majestic
La primera persona a la que oí hablar del único y mitológico encuentro entre Marcel Proust y James Joyce fue Nélida Gardell, mi profesora de francés en la Escuela de Letras de la Universidad de Tucumán. Nélida describía el diálogo entre los dos mayores novelistas del siglo XX como un torneo de torpezas y desdenes, el vuelo de aves majestuosas condenadas a no entenderse.
De acuerdo con su versión, ambos habían sido convocados a una comida en el hotel Ritz de la Place Vendôme, en París, por el barón Edmond de Rothschild, deseoso de pagar una fortuna para oír cómo dos genios desplegaban ante él sus lujos verbales.
“¿Se sabe lo que dijeron?”, preguntó toda la clase. La profesora Gardell respondió, enigmática: “Proust quiso averiguar si a Joyce le gustaban las trufas que se estaban sirviendo. Joyce respondió secamente que no”.
Esa escena patética de la literatura universal me persiguió durante años como un fantasma tenaz y, por mucho que la busqué en las excelentes y numerosas biografías de los dos escritores, los relatos me parecieron siempre insatisfactorios.
Jean-Yves Tadié, que publicó en 1996 una monumental vida de Proust –quizá la mejor de todas–, despacha el episodio en menos de una página, enfatizando que los dos genios no simpatizaron, al punto de que cuando Proust se ofreció a llevar a Joyce en su taxi la respuesta fue un par de gestos groseros. Joyce se puso a fumar desenfrenadamente y abrió de par en par las ventanas, a sabiendas de que su colega asmático no toleraba el humo y sufría con las corrientes de aire.
Richard Ellman, el gran biógrafo de Joyce, es más minucioso. Registra al menos cuatro versiones de lo que se dijo, incluyendo la de las trufas, y cuenta que Joyce sintió después melancolía por la oportunidad perdida: “Me habría gustado encontrar a Proust en otro lugar, más a solas, para hablar con él a gusto, aunque no sé de qué”.
Me resigné a no saber ya más de aquel encuentro hasta que, hace pocas semanas, leí un libro magistral de 360 páginas que cuenta al fin la historia con pelos y señales. Se llama Proust at the Majestic (Proust en el hotel Majestic), y su autor es el inglés Richard Davenport-Hines, también autor de una bien documentada historia de los narcóticos y de una biografía del poeta W. H. Auden.
Desde hace medio siglo el hotel Majestic de París no es lo que era. Cuando Proust y Joyce se conocieron, poco después de la medianoche del 18 de mayo de 1922, se había puesto de moda. A sus salones suntuosos acudían, de rigurosa etiqueta, todas las personas notables que vivían en la ciudad o estaban de paso. Cada una de sus 450 habitaciones daba a la avenida Kléber, muy cerca del Arco de Triunfo. Todas disponían de un cuarto de baño, lo que era una excentricidad lujosa para aquellos tiempos, sobre todo en París.
Contra lo que suponía la profesora Gardell, el anfitrión no fue el barón de Rothschild, sino el matrimonio de Violet y Sydney Schiff. Ella era una casamentera; él, un novelista justamente olvidado, con una insuperable capacidad para el chisme. Ambos merecían ser personajes de Proust.
Dieron la cena para celebrar el estreno de Renard, el ballet cómico de Igor Stravinsky que esa misma noche había sido presentado en la Opera de París por los Ballets Russes de Serge Diaghilev.
De modo que no sólo Stravinsky y Diaghilev participaron de la célebre comida del Majestic. También estaban allí Ernest Ansermet, que había dirigido la orquesta de Renard, y Pablo Picasso, que llevaba una faja roja alrededor de la cabeza. Sólo faltaba Victoria Ocampo para completar el cuadro. Pero el principal –y luego proclamado– propósito de los Schiff era reunir en la misma jaula de oro a Proust y Joyce, y observar lo que pasaba entre ellos, para contarlo luego a los cuatro vientos.
Lo que pasó fue tan poco que ni siquiera sirvió como tema de conversación en los salones de la semana. Eso explica que la historia haya circulado como un mito hasta que Davenport-Hines la devolvió a la realidad. No han quedado noticias de lo que comieron, que debió de ser lo usual en las veladas del Majestic: una entrada de caviar, faisán con espárragos y helados de frutas tropicales. Se sabe, sí, que Diaghilev, Stravinsky y Ansermet estaban muy cansados de las tensiones del largo día y se retiraron poco después de la medianoche.
Picasso se quedó bebiendo hasta que la cabeza se le cayó sobre la mesa. También Joyce, en silencio, bebía champagne y eructaba con ganas. Al llegar, se había disculpado por no estar vestido de etiqueta. “No tengo dinero para esas inutilidades”, declaró. El único tema de conversación que le interesaba era su novela Ulysses, que se había publicado tres meses antes y que estaba ya en todas las bocas, sobre todo en las de quienes la leían sin entenderla.
Los restos de la comida fueron retirados de las mesas a la una de la madrugada. Joyce –ha contado el crítico Clive Bell, quien oyó la historia de boca de Sydney Schiff– siguió sentado, sin hablar, con una mano en el mentón y la otra ocupada con una copa de champagne. A las dos de la mañana estaba completamente borracho y de a ratos soltaba bufidos sonoros.
Quince, acaso veinte minutos después, los Schiff vieron entrar a un hombre pequeño y sigiloso, enfundado en un abrigo de pieles, que se movía –según Clive Bell– como una rata. De lejos parecía pringoso y húmedo. Era el autor de En busca del tiempo perdido. Ya había terminado de escribir su gran novela y todavía la estaba corrigiendo y añadiendo frases. Era entonces mucho más célebre que Joyce, y sus largas frases perfectas, encadenadas unas a otras por una música inimitable, se repetían en los salones con devoción sacramental.
Aunque Joyce no vio a su colega como un hombre enfermo (diría, por lo contrario: “Se queja, pero está más sano que yo”), las drogas que Proust se inyectaba o bebía con frecuencia asesina estaban acabándolo. Seis exactos meses después de la reunión en el Majestic, una septicemia veloz acabaría con él. Dijera Joyce lo que dijera, era un agonizante en lucha contra la muerte.
Cuenta Davenport-Hines que se ubicaron en sillas contiguas. Registra seis versiones de lo que hablaron –una de ella es la de las trufas–, y en todas persiste la incomprensión. Joyce contó años más tarde que la única palabra memorable de aquel encuentro fue un monosílabo, “no”. “Proust me preguntó si yo conocía al duque tal o cual. Le dije: «No». Madame Schiff quiso saber si Proust había leído éste o aquel capítulo de Ulysses. Respondió: «No». La situación era insoportable.”
Otras veces, en sus años de gloria, Joyce pagó la indiferencia de Proust hacia su obra maestra con sarcasmos envenenados. Uno de los apuntes de su diario es revelador: “Los lectores llegan al final de las frases de Proust antes de que él termine de escribirlas”. Y luego, en una carta a su editora Sylvia Beach, que era también la dueña de la célebre librería Shakespeare & Co, cuenta, con un juego de palabras difícil de traducir: “Acabo de leer En busca de las Sombrillas Perdidas por varias Muchachas en Flor en el Camino de Swann con Gomorrea et Cie., escrito por Marcella Proyst y James Joust.” Los dos grandes hombres no volvieron a verse. Eran aves de plumaje tan distinto que sólo se habrían lastimado.
Proust, como bien apuntó la profesora Gardell, nunca tuvo tiempo de leer Ulysses. Las interminables correcciones a su novela lo absorbían por completo. La muerte, además, estaba mordiéndole los talones. El 22 de noviembre de aquel 1922, Joyce asistió al funeral de su colega en la capilla Saint-Pierre-de-Chaillot, incómodo entre tantos príncipes, barones, embajadores y cabezas engominadas. Cuando el organista tocó, en vez de la habitual música litúrgica, la Pavana para una infanta difunta, de Ravel, se retiró rezongando.
Como sucede con todas las leyendas, imaginar esa noche de mayo en el Majestic deja sensaciones más intensas que la realidad, que suele ser plana y decepcionante. (T. E. Martínez)
ANÉCDOTAS Y BROMAS
En relación con los aficionados a las bromas y a dejar a los demás en ridículo, casi siempre públicamente, van aquí varias anécdotas:
En cierta ocasión el rey español Felipe IV (1605-1665) le pidió al escritor Francico de Quevedo (1580-1645)que le improvisara una cuarteta.
-Dadme pie, señor -le dijo Quevedo.
El rey, creyendo hacer una gracia, le alargó una pierna; pero el escritor que tenía fama de respuestas rápidas e ingeniosas, en vez de darse por ofendido, improvisó la cuarteta que el monarca le había pedido de la siguiente forma:
En semejante postura,
dais a comprender, señor
que yo soy el herrador
y vos, la cabalgadura.
El rey de Prusia, Federico II el Grande (1712-1786) admiraba al escritor francés Voltaire (1694-1778) y por ello, le hacía blanco de sus bromas hirientes. En cierta ocasión en que el rey había invitado al filósofo a cenar, dejó sobre su plato un tarjeta que decía:"Voltaire es el primero de los asnos. Federico II".
Voltaire, al encontrar la nota, respondió a la broma con otra, simplemente leyéndola de forma ingeniosa y punzante: "Voltaire es el primero de los asnos. Federico, el segundo".
Cierto día se encontraron en la calle el poeta inglés, Lord Byron (1788-1824) y la condesa de Devonshire, también escritora. Ella saludó al poeta, de forma un tanto inconveniente, al preguntarle, sabiendo que era cojo:
-¿Cómo andais hoy, milord?
-Señora, ando como véis vos, muy mal -respondió con sorna el escritor a la aristócrata que era bizca, a su vez.
Tras la muerte de Antón Chéjov, los empleados del tren que habrían de repatriar su cadáver confundieron el ataúd con una carga normal, por lo que colgaron un letrero en la caja donde se podía leer: 'Ostras frescas'.
Cuenta José Luis Sampedro que, cuando no se le ocurre ningún argumento para sus novelas, se planta en un bar y coloca un audífono de tal modo que pueda captar la conversación de la mesa de al lado, charla a partir de la cual inventa nuevas historias.
No teniendo siquiera dinero para enviar el manuscrito de 'Cien años de soledad' a un editor, Gabriel García Márquez dividió el libro en dos montones, mandando primero uno y después el otro. Pero un error hizo que enviara antes la segunda parte que la primera.
Alfred Hitchcock telefoneó en cierta ocasión a George Simenon y, cuando le respondieron que el señor Simenon no podía ponerse porque acababa de empezar una nueva novela, el cineasta respondió: 'Bueno, espero…'.
El impresor Manuel Altolaguirre introdujo involuntariamente una errata en la tirada del poemario de un cubano, cambiando el verso 'Yo siento un fuego atroz que me devora' por 'Yo siento un fuego atrás que me devora'. Cuando repararon en el equívoco, el bardo y el impresor cogieron una barcaza y tiraron todos los ejemplares a las profundidades de la Bahía de Cuba.
Tras la muerte de Philip K. Dick, sus seguidores construyeron un androide con su aspecto que funcionaba a control remoto. Sin embargo, una compañía aérea lo extravió durante su traslado a otro país, no sabiéndose nunca más que fue de aquel robot.
Estaba Truman Capote cenando una noche en un restaurante de Nueva York cuando se le acercó un gran grupo de mujeres que lo habían reconocido, pidiéndole un autógrafo. El marido de una de ellas, molesto ante tanta admiración, afirmó que era absurdo dedicarle tanta atención femenina a un hombre homosexual, y se acercó él mismo a la mesa del autor, se desabrochó los pantalones, se sacó el miembro y le sugirió al escritor que se lo firmara. Capote lo examinó con educación y le respondió: “No sé si podría firmárselo, a lo mejor podría simplemente ponerle mis iniciales”.
En una ocasión, Mark Twain asistió a una gala que tenía como objeto recaudar dinero para alguna causa benéfica. Uno de los conferenciantes empezó a hablar sobre la necesidad de contribuir a esta causa y Twain decidió que donaría cien dólares. Sin embargo, como el conferenciante seguía hablando y hablando y comenzaba a aburrir a los asistentes, Twain decidió reducir su donación a la mitad. Y la conferencia se alargaba más y más, por lo que Twain se desesperaba y decidió reducir la donación a 10 dólares. Finalmente, cuando pasaron la cesta de recaudación y ésta llegó hasta él, Twain cogió un dólar de la cesta antes de pasársela al asistente más cercano.
Una revista británica creó un concurso que premiaría a la mejor parodia que recibiera de la obra de Graham Greene. Cuando el jurado falló su decisión y se hizo público el nombre del ganador, la revista recibió una carta del propio Greene, quien expresaba su satisfacción al saber que había ganado el señor John Smith, y su decepción de que otros dos participantes, John Doakes y William Jones, no hubieran recibido ni siquiera una mención de honor. Los tres nombres eran pseudónimos del propio Greene, que había enviado como concursantes extractos de obras suyas que no habían llegado a ser publicadas.
Mazo de la Roche, escritora canadiense famosa por sus novelas de la saga Jalna, envió una vez un relato a la revista literaria Tamarack Review. Cuando rechazaron su manuscrito con cordiales excusas, la autora les respondió de la siguiente forma: “No me sorprende que no os gustara el relato. A Carolina (la compañera de la autora) no le gusta, y a mí tampoco me agrada mucho, pero como nunca me han gustado las obras que publica vuestra revista pensé que tendría bastante éxito”.
En 1926, Ernest Hemingway abandonó a su primera mujer, Hadley Richardson, con la que tenía un niño pequeño, por una escritora rica llamada Pauline Pfeiffer. Cuando, poco tiempo después, le preguntaron al autor por qué lo había hecho, respondió: “Porque soy un bastardo”.
El escritor danés Hans Christian Andersen fue huésped durante un tiempo de la familia Dickens, que acabó francamente harta de éste y que no sabía cómo hacer que se marchara. Dickens escribió una nota que pegó sobre el cabecero de la cama de la habitación de invitados. La nota decía: “Hans Andersen durmió en esta habitación durante cinco semanas, que a la familia Dickens le parecieron SIGLOS”.
El libro "El espantapájaros (al alcance de todos)", sin duda alguna fue la consagración definitiva para Oliverio Girondo.
El libro ve la luz en 1932 y Oliverio Girondo, extasiado, decide afrontar todo un recibimiento para difundir su obra.
Contrata un coche coronario (el coche que va detrás de la carroza fúnebre llevando las coronas) y dispone que en ese coche funebre tirado por seis caballos, conducido por un cochero, y acompañado por un lacayo, ambos vestidos a la moda del Directorio, se eleve un gran monigote representando un espantapájaros, con chistera, monóculo y pipa.
Alrededor de este gran Espantapájaros diseñado por Oliverio vuelan unos cuervos, y con semejante carroza publicitaria pasea durante algunas semanas por las calles de Buenos Aires, recitando de tanto en tanto sus poesías, y según se cuenta, al cabo de unas cuantas semanas agotó la primera edición de esta manera.
En verdad, si algo le faltaba al libro el Espantapájaros, o al amplísimo abanico de contradicciones, extravagancias y sobre todo, de interés compulsivo-lúdico por la vida, que es, fue y será, Oliverio Girondo, eso es esta anécdota, que lo pinta de cuerpo entero.
fontana di trevi
http://www.capitanw.com/posts/libros/284/escritores-anecdota-sobre-espantapajaros-girondo/
http://edant.clarin.com/suplementos/zona/2007/07/29/z-03815.htm
http://www.buenosaires.gob.ar/areas/com_social/audiovideoteca/literatura/cozarinsky_bio2_es.php
http://www.revista-noticias.com.ar/comun/nota.php?art=2492&ed=1726
http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?t=30529
Tomás Eloy Martínez, LA NACION
http://www.the-scientist.com/news/home/52922/
http://marcianitosverdes.haaan.com/2007/03/los-fraudes-periodsticos-del-siglo-diecinueve/
http://ana-alejandre-avuelapluma.blogspot.com/2006/10/anecdotario-bromas-y-bromistas.html
http://www.hojaenblanco.com/index.php/blog/show/index.php?blog/show/Curiosidades-sobre-escritores-y-escritura.html
http://www.escritores.org/index.php/recursos-para-escritores/articulos-de-interes/1042-algunas-anecdotas-sobre-escritores
http://www.lecturalia.com/blog/2010/10/10/anecdotas-de-escritores-vii/