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Primer post: 30 nov 2013Último post: 6 jul 2015
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La Celac, contra la Carta Democrática
La Celac, contra la Carta Democrática
InfoporAnónimo1/29/2014

El general Raúl Castro es el presidente pro tempore de la Celac y todos han ido a La Habana, como los ratones tras la flauta de Hamelin, a celebrar una segunda cumbre. ¿A qué juegan los gobiernos de América Latina? Aparentemente, el primer objetivo del organismo, según declararan en su documento fundacional, es: reafirmar que la preservación de la democracia y de los valores democráticos, la vigencia de las instituciones y el Estado de Derecho, el compromiso con el respeto y la plena vigencia de todos los derechos humanos para todos, son objetivos esenciales de nuestros países. ¿Qué entiende esta gente por democracia? Cuba, como corresponde a los países desovados por la extinta URSS, es una vieja dictadura unipartidista de más de medio siglo, en la que no existen libertades individuales ni se respetan los derechos humanos. Mientras se celebra la Celac, la policía política acosa y aporrea a las Damas de Blanco y a los demócratas de la oposición que se atreven a protestar. ¿Alguien lo ignora? Raúl y su tropa estalinista no lo ocultan. Son brutal y orgullosamente francos. Tienen coartadas legales para fusilar o encarcelar. Defienden paladinamente ese modo de estabular a la sociedad y afirman que se trata del sistema más abierto, democrático y solidario de la historia. Ni siquiera niegan que torturan a los disidentes. Los opositores no son personas: son gusanos, escoria extirpable a culatazos por oponerse a la felicidad del pueblo y querer entregar el país al imperialismo yanqui. No hay una violación flagrante de las reglas. Las reglas lo permiten. No hay que hacer desaparecer a los enemigos. Se les machaca públicamente. La Constitución, calcada del modelo soviético, concede al Partido Comunista la facultad en exclusiva de organizar la sociedad a su antojo. Ese bodrio legal ha sido refrendado por la inmensa mayoría. Los cubanos, como los norcoreanos o cualquier ciudadano aterrorizado, votan lo que les pongan delante mientras sueñan con una balsa. Todo y todos se subordinan a los fines del marxismo-leninismo, y se prohíbe cualquier conducta que contradiga estos principios. El pasado, el presente y el futuro están atados y bien atados. Como era evidente que los comunistas habían construido un modelo político distinto (el del totalitarismo marxista-leninista), y los democratas reclamaban el derecho a una denominación de origen diferente, los defensores de la democracia definieron el sistema político que ellos proponían en un documento vinculante llamado Carta Democrática Interamericana, firmado en Lima el 11 de septiembre de 2001. Ahí están todos los elementos de fondo para el ejercicio real de la democracia republicana: elecciones libres y plurales, separación de poderes, libertades individuales, incluidas la de prensa y asociación, transparencia, neutralidad del Estado de Derecho, respeto, tolerancia. Era exactamente la antítesis del modelo impuesto por los Castro en Cuba. Lo contrario a lo que hoy condona e ignora la Celac. Pero a los políticos latinoamericanos les importa un bledo decir una cosa en la Carta Democrática Interamericana y hacer otra muy distinta en los aquelarres organizados por la Celac. Como en el famoso poema de Walt Whitman, repiten el "Me contradigo, y qué". Ahí estará en La Habana, incluso, el secretario general de la OEA, el señor José Miguel Insulza, quien debería ser el guardián de la Carta Democrática Interamericana, prueba viviente de que la esquizofrenia ideológica existe y es incurable. Nada de esto, me temo, es nuevo. Uno de los rasgos más desagradables de muchos políticos latinoamericanos es la hipocresía. Tienen varios discursos. Varias caras. Dicen que son pragmáticos. No es verdad. Son cínicos. Durante décadas, los vecinos convivían en silencio con polvorientas dictaduras como las de Stroessner, Somoza o Trujillo. Ahora les importa muy poco lo que sucede en Cuba o Venezuela. Es el imperio de la inmundicia moral.

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Rehen de tus ideas
InfoporAnónimo2/14/2014

La persona a la que más temes contradecir es a ti mismo. Nassim N. Taleb El 23 de agosto de 1973, tras un intento de robo frustrado, Jan Erik Olsson y Clark Olofsson se hicieron fuertes en una sucursal del Banco de Crédito de Estocolmo tomando a cuatro empleados como rehenes. El caso fue motivo de estudio porque durante los seis días en los que duró el secuestro, los rehenes desarrollaron un especial vínculo emocional y afectivo hacia sus captores. Defendieron a los secuestradores cuando la policía intentó rescatarlos y se negaron a testificar cuando por fin éstos se entregaron. El psiquiatra Nils Bejerot, tras analizar el caso, bautizó esta reacción psicológica como "Síndrome de Estocolmo". Según el FBI, alrededor del 27% de las víctimas de secuestros desarrollan este especial afecto hacia sus secuestradores. Pero esto no es algo exclusivo de los secuestros. Algo similar ocurre, aunque pueda parecernos extraño, cuando nos encariñamos de nuestras propias ideas. En general nuestras ideas suelen ser correctas. Casi nadie piensa que hay que beber ácido sulfúrico en lugar de agua. Si alguien insistiera en pensar eso probablemente no duraría vivo mucho tiempo. Al igual que esa persona duraría poco, la mayoría de las ideas y hábitos que nos provocan un daño directo o que no nos son útiles tienden a extinguirse rápido. Aunque en un principio creamos que el ácido se bebe, lo más seguro es que tras el primer sorbo terminemos descartando la idea. Sin embargo muchas veces tenemos la sensación de que la gente se equivoca de manera sistemática. Nos parece que se dicen demasiadas tonterías, que la mayoría opina cosas absurdas y que persisten en el error. ¿Cómo es posible? Empecemos por darnos cuenta de que esto no sucede en general, sino sólo en algunos ámbitos en concreto. Cuando nuestras ideas nos dan una información que nos afecta de manera directa y visible, que nos beneficia si es correcta y nos perjudica si es errónea, es improbable que haya grandes debates al respecto. Las discrepancias llegan cuando el hecho de que la idea sea falsa no nos perjudica directamente. Por ejemplo, si estuviéramos convencidos de que la tierra es plana o de que Zeus existe nuestra vida seguiría siendo la misma, siempre y cuando lo mantuviésemos en secreto para evitar el escarnio público. La verdad deja de ser importante cuando no nos beneficiamos de que algo sea cierto o falso. Por ello el campo está abonado para el error persistente, el disparate, la discrepancia y los debates interminables en ámbitos como la política, la filosofía, la religión, la moralidad o la ciencia economía. La teoría de los memes de Dawkins nos dice que algunas de las ideas más persistentes son aquellas que crean sus propios mecanismos de defensa. El más claro es que establecemos vínculos emocionales con ciertas ideas. Muchas nos importan y no vamos a renunciar a ellas. Es algo así como el Síndrome de Estocolmo aplicado a unidades de información que se nos meten en la cabeza. Estas ideas nos toman como rehenes y nos causan sesgos sistemáticos. Rechazamos evidencias que van en contra de nuestros modelos mentales para no tener que replantearlos, aceptamos con facilidad lo que nos conviene y leemos aquello con lo que ya sabemos que estamos de acuerdo para reforzar nuestras convicciones. Es relativamente sencillo convencer a casi cualquier persona de que el resto de la gente está equivocada. Pero, obviamente, no es eso lo que quiero decir. A lo que me refiero es que a usted que lee este artículo y a mi que lo escribo nos pasa lo mismo que a los demás. También tenemos atrincherados memes falsos. Michael Huemer nos da algunas pistas para ayudarnos a identificar si estamos siendo irracionales sobre algún asunto. ¿Alguna vez está debatiendo con alguien sobre algún tema controvertido, sea política, economía o religión, y a medida que el otro va desarrollando su argumento usted empieza a sentirse irritado? ¿Le molesta lo que el otro piensa? ¿Procura leer o escuchar ideas con las que ya está de acuerdo y prefiere no replanteárselas a menos que sea imprescindible? ¿Sus ideas cambian poco? ¿Llega a una conclusión después de pensar bien los argumentos y obtener los datos, o llega primero a la conclusión y después lo va encajando todo para que cuadre? ¿Le daría pena si descubriera que algunas de sus ideas están equivocadas? ¿Piensa que quienes creen algo distinto son peores personas o tienen mala idea? Si a veces nos suceden cosas de estas puede que el problema sea que estamos equivocados. Dice Nassim Taleb que el conocimiento se alcanza básicamente eliminando basura de la cabeza de la gente. Lo que pasa es que el primero que tiene sesgos, supersticiones y otras ideas equivocadas suele ser uno mismo. Somos rehenes de algunas ideas que se resisten a desaparecer y desarrollamos lazos afectivos con ellas. Para combatirlas, Huemer sugiere entender el problema, identificar los ámbitos en lo que podamos tener sesgos, procurar ser escépticos y rigurosos, señalar los errores de los demás y discutir de una manera constructiva y honesta. Si nos acostumbramos a reconocer errores seguramente acabemos cometiendo menos que los demás. Pero aun así lo más probable es que no logremos librarnos de los memes de los que somos rehenes. Nos importan demasiado. En fin caballeros piensen libremente.

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Venezuela y la sangrienta octava estrella
Venezuela y la sangrienta octava estrella
InfoporAnónimo2/18/2014

Lo que ocurre los últimos días en Venezuela tiene un sentido mucho más profundo que el de unas meras manifestaciones convocadas por la oposición frente a un Gobierno. Lo que estamos viendo es a miles de ciudadanos que salen a la calle en un intento de frenar el proceso de castro-cubanización absoluta de un país al que Hugo Chávez dotó de una ideología socialista de Estado al convertirlo en "República Bolivariana". El objetivo último de Chávez, y ahora de Maduro, es convertir a Venezuela en la nueva Cuba castrista. Puede resultar absurdo querer emular un modelo fracasado, pero en este caso tiene su lógica. Desde el punto de vista del socialismo del Siglo XXI, el comunismo cubano dista de ser un fracaso. Para los sistemas socialistas el éxito o el fracaso no se mide en términos de bienestar real de la población. Un sistema de este tipo no es más o menos exitoso en función de que los ciudadanos estén bien alimentados, dispongan de papel higiénico o puedan permitirse disfrutar de las vacaciones en un lugar agradable. Ni tan siquiera, propaganda a un lado, por la calidad de la sanidad y la educación. Si se tiene en cuenta todo eso, el régimen de Fidel y Raúl Castro es un absoluto desastre. Un sistema socialista es exitoso cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos tiene unas condiciones de vida similares, aunque estas sean míseras, y no pueden oír voces contrarias a quienes detentan el poder. Y, en todo eso, el castrismo ha sido un gran éxito. Casi toda la población cubana vive en una igualitaria pobreza extrema y, aunque hay decenas o cientos de valientes opositores, la actitud más frecuente en la isla es callar ante el Partido Comunista, sus fuerzas represivas y la ommipresente propaganda gubernamental. ¿Cuántos se creen esta última? Realmente es difícil de saber. Décadas de aislamiento y ausencia de información y opinión libres pueden mantener engañados a miles o millones de personas, pero la hipocresía necesaria para poder sobrevivir en un régimen totalitario (decir lo que uno piensa de verdad puede llegar a costar la cárcel o algo peor) impide que se sepa el grado real de aceptación o rechazo del sistema socialista. En cualquier caso, el castrismo en este aspecto ha triunfado con creces. No puede decir lo mismo el chavismo. En Venezuela quedan restos de periodismo no oficial, aunque se hayan cerrado bastantes medios de comunicación privados, se hayan sometido al poder político a otros, y unos cuantos más sean reprimidos con creciente dureza. Existe un internet todavía aceptablemente libre (aunque en esto también se está retrocediendo bajo el régimen chavista). Por estos y otros factores, quedan miles de venezolanos que todavía no han sucumbido a la sumisión por convicción o a la práctica del fingimiento al régimen socialista para sobrevivir. Son los que han salido a calle y están siendo reprimidos con dureza por las fuerzas de seguridad y los grupos armados castro-chavistas. Lo que no se ha conseguido con la propaganda, el chavismo lo está intendo imponer con la fuerza bruta. Maduro ha advertido con dar un "carácter armado" –como si no lo hubiera tenido hasta ahora– a la "revolución" si hay un intento de golpe de Estado. Según demuestra la experiencia comunista, los regímenes socialistas consideran como golpe de Estado toda protesta de los ciudadanos contra ellos, con lo que es de esperar que la represión vaya a crecer. En las calles de Venezuela se muestran estos días dos variantes de la bandera del país. Muchos opositores lucen la tradicional, con siete estrellas. El chavismo muestra la oficial, con una estrella más, añadida por Chávez en 1999. Esa octava estrella es necesariamente sangrienta, pues sangriento es el socialismo. El chavismo ya ha segado la vida de personas que reclamaban libertad, y el riesgo de que la represión vaya a más es muy real. No parece que Maduro vaya a poner freno por voluntad propia ni por presiones internas. Por eso es tan importante que desde el resto del mundo los medios de comunicación informen de lo que ocurre, y que los ciudadanos estén atentos y denuncien en la medida de sus posibilidades por cualquier vía. También resultaría muy valioso que los Gobiernos democráticos denunciaran la represión y amenazaran a Maduro y sus aliados con convertirles en apestados en la arena internacional. Pero, nos tememos, eso es mucho pedir. Al menos con Ejecutivos como el de Mariano Rajoy y otros gobernantes europeos.

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Crimes contra el Honor en Palestina
InfoporAnónimo1/16/2014

El pasado 20 de septiembre medio centenar de miembros de la familia Zeidan firmaron en Tulkarem un documento público condenatorio de la conducta de una mujer del clan, Zamar, de 33 años, por cometer actos deshonrosos. Días antes un hombre borracho procedente de una localidad cercana se había introducido en su casa. Los vecinos lo sacaron de la vivienda y lo apalearon, obligándolo a huir, pero la mancha del deshonor ya había caído sobre la víctima del asalto. Los miembros masculinos del clan familiar acusaron a Zamar de violar repetidamente "la ley de Dios, las costumbres y la moralidad" que se exige a toda mujer musulmana. El padre quedó también formalmente repudiado, por "haber fracasado en reformar a su familia". El texto fue imprimido y repartido por la localidad, incluso colocado en la entrada de la mezquita local. La suerte de Zamar ya estaba echada: al día siguiente, su padre la estranguló con un cable de acero mientras dormía. Lo que ha otorgado una relevancia especial a este crimen es el hecho de que entre los firmantes del documento aparecía Abdel Rahmán, diputado de Hamás en la asamblea legislativa en un territorio controlado por Fatah. Rahman explicó que accedió a firmar porque "la otra opción era expulsar al padre y a toda la familia de la Margen Occidental". A continuación añadió que, según su particular criterio, su apoyo expreso a una sentencia popular que condenaba a una mujer inocente por supuestos delitos de honor no fue una incitación a su asesinato. La misma semana del asesinato de Zamar una mujer de Yata, en Hebrón, mató a su hija discapacitada de 21 años después de que ésta fuera violada por unos desconocidos. La Policía palestina confirmó los hechos tras llevar el cuerpo de la víctima a la sala de urgencias de un hospital local, donde se declaró su fallecimiento. Con estos dos últimos se elevan a 27 los crímenes de honor cometidos en tierras palestinas en lo que va de año, más del doble que en 2012, según los datos recopilados por las organizaciones de derechos humanos presentes en la zona. Este tipo de crímenes, frecuentes en los países islámicos, se inspiran en determinadas interpretaciones teológicas, a pesar de que en la mayoría de los casos ni siquiera se cumplen los requisitos que el islam establece, como la existencia de, al menos, cuatro testigos presenciales de un adulterio, la principal de las acusaciones formulada contra las mujeres a las que sus parientes arrancan la vida para preservar el honor familiar. En el caso de Palestina, a esta laxitud en la interpretación de los preceptos coránicos se suma la levedad de las condenas que se imponen a quienes perpetran estos crímenes. Según la legislación vigente, los asesinatos de Tulkarem y Hebrón se saldarán con una condena de tan sólo seis meses de cárcel, si es que los autores son encontrados culpables. Las organizaciones defensoras de los derechos de la mujer llevan tiempo enfocando sus esfuerzos en la reforma de este aspecto concreto de la legislación penal. En Ramala se han dirigido al presidente de la Autoridad Palestina para que ponga en marcha una modificación legal que eleve el castigo a los culpables de crímenes de honor y acabe con la práctica impunidad de que disfrutan. Sin embargo, las propias asociaciones pro derechos humanos reconocen que una simple reforma legal no acabará con esta lacra. La última prueba de que estos delitos están interiorizados en amplias capas de la población musulmana la encontramos en una investigación de la Universidad de Cambridge elaborada entre jóvenes de la vecina Jordania. En el mencionado estudio, un tercio de los jóvenes entrevistados se mostró de acuerdo con esta práctica, actitud que los investigadores atribuyen a los bajos niveles de educación y a la existencia de una visión patriarcal tradicional que pone el énfasis en preservar "la virtud de la mujer". En Jordania se cometen entre 15 y 20 asesinatos por delitos de honor cada año. Como hemos visto antes, las cifras, lejos de disminuir con el paso de los años, no hacen sino aumentar. Nada extraño en un lugar donde un diputado electo puede animar públicamente a la comisión de estos delitos en su propia familia sin recibir la menor sanción oficial ni reproche social alguno.

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Sin tiempo para la paciencia
InfoporAnónimo12/4/2013

Por la vida pulula un número de personajes infames muy superior al de los decentes. “Soy un extranjero que aún quiere creer en los cuentos de hadas que hablan de la victoria del bien sobre el mal”… Y yo. Yo también soy ambas cosas: un expatriado y un creyente en la capacidad de los élitros de los elementales para ahuyentar a las mesnadas de la envidia, la impiedad y la traición. Pero, tras esta frase, seguimos leyendo y en el horizonte aparecen: una niña musulmana introducida viva en una mezcladora de cemento por quere ir a al escuela y luego activada a mano por sus captores; el gitano Ibro y su familia, decapitados por los chetniks a los que recibieron con café y licor; Milijana, señalando con el dedo desde la torreta de un tanque las casas de amigos y vecinos que había que destruir; el prisionero al que se descubre, durante su registro, un gancho triple usado para sacar ojos… Episodios como estos conforman el poso y la energía inspiradora de los relatos incluidos por Velibor Colic en Los bosnios, narraciones con la precisión, brevedad y rotundidad de los de un Carlos Lencero o un Juan Maya que hubiesen querido fotografiar la fría impavidez del cultor de la crueldad. Colic –cuyo libro ha publicado Periférica– sirvió como soldado bosnio antes de ser confinado por su propia gente por desertor, después de ver cómo las muñecas de los cautivos eran atadas con alambre de espino y decidir que ésa no era su guerra. Y es que, con historias muy similares, podría perfectamente haberse escrito Los serbios, o Los croatas, o Los kosovares, o Los rusos, o… Por desgracia, los escritores ejercemos demasiado a menudo como albaceas de la atrocidad. La materia prima de nuestro arte es la vida misma, y por ella pulula un número de personajes infames muy superior al de los decentes. Pasamos por tiempos de cicatería ética, incertidumbre y colapso sentimental. De hecho, en circunstancias normales, la actual constituiría una época idónea para la proliferación de vocaciones peregrinas. Con tanta gente desocupada y despojada de estabilidad amorosa, en el Camino de Santiago debiera haber atasco. Pero falta la motivación espiritual. Falta el clima, refractario a cuanto incumba a la purificación del alma. En su avance y ascensión, el peregrino del Medioevo o el Barroco se veían sostenidos, en gran medida, por la caridad y compasión de quienes hallaba en su camino. ¿Quién da ahora un pitillo, o invita al caminante desconocido a entrar en su cocina y sentarse a recobrar fuerzas con una sopa y unos macarrones? Y, ¿quién, como Kerouac, va a reconocer bodhisattvas en los compañeros polizones? Las circunstancias son propicias para un resurgir espiritual, pero la atmósfera dominante, lejos de favorecerlo, pone todas sus fuerzas en contribución para anegarlo. De todos modos, cuando nos tambaleamos, agobiados por el peso que nos atemoriza y estrangula de la precariedad laboral, de la debacle económica, de la epidemia de infertilidad artística, del derrumbe familiar o de los galimatías financieros en los que quien nos mandó enredarnos, debiéramos quizá –ya que no nos echamos al camino– asomarnos a estas páginas de Los bosnios, o a las de Sin tiempo para la paciencia, de Zev Birger, uno de los cinco títulos editados por Plataforma para conmemorar el Día del Holocausto desencadenado por el III Reich contra los judíos europeos y llegado a nuestras manos coincidiendo con la muerte de Ceija Stojka, una de las más corajudas activistas en la lucha contra el olvido de otro Holocausto no tan famoso, pero no menos merecedor de la hache mayúscula: el padecido en la misma época y circunstancias por el pueblo gitano. Deberíamos, sí, asomarnos a ellas, y no sólo por su valor artístico, que también, sino para revivir, mediante la lectura del testimonio personal de Birger, la desesperación de los cónyuges separados para siempre a los dos meses de su enlace, la redada de –exclusivamente– niños organizada en marzo de 1944 en el gueto de Kaunas (Lituania), la proeza de seguir respirando y viviendo sin alimentos básicos, trabajando bajo látigo y como mulas, bajo una total ausencia de condiciones higiénicas, a merced de la disentería que en pocos días convertía al individuo en esqueleto andante… y aterrado por la eventualidad de, al día siguiente, poder resultar elegido al azar para tomar un tren con destino al reino de los muertos. Quizá, sí, la lectura de tales vicisitudes –narradas, como las de Velibor Colic, sin odio ni concesiones al morbo– nos invite a admitir que no somos tan especiales, ni tan terribles nuestras penurias. “Para poder seguir”, escribe Birger, “tenías que repetirte cien veces al día: Sobreviviré. Saldré de esta”. Y es que, como reza el antiquísimo proverbio chino: “En vez de despotricar contra las tinieblas, más vale encender una pequeña linterna”. Siempre que le quede a uno una cerilla, claro.

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Católico y liberal, a pesar de Bergoglio
InfoporAnónimo1/26/2014

Desde que el cardenal Bergoglio tomó posesión de la silla de Pedro, ser liberal y católico es una putada. Nunca ha sido fácil, claro, pero con el papa Francisco va a ser una tarea cada vez más complicada, porque mientras los curas marxistas hacen proselitismo de sus ideas en plena comunión con la Santa Sede, los que creemos en la libertad del individuo como motor esencial del progreso de la sociedad y rechazamos el despotismo estatista por sus efectos dramáticos en lo económico, lo político y lo social estamos probablemente rozando la excomunión. El papa Francisco ya había ofrecido algunas pistas acerca de sus líneas maestras de pensamiento cuando ostentaba el Arzobispado de Buenos Aires, pero su primera exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, permite despejar cualquier duda sobre lo que opina de las ideas centrales que integran la filosofía liberal. El Papa denuncia a heresiarcas que "todavía defienden las teorías del derrame, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo", una aseveración que, según Francisco, "jamás ha sido confirmada por los hechos". Sin embargo, si algo demuestra la Historia es que son precisamente los sistemas basados en el respeto a la libertad individual y a la libre interacción social de los agentes económicos los que han sacado a la humanidad de la barbarie, la han hecho progresar y han permitido un salto gigantesco en el bienestar de todos los ciudadanos, católicos o no. Ahí tiene Su Santidad los resultados sociales que producen el capitalismo y el socialismo en los países en que uno y otro sistema han sido aplicados, sin necesidad de recurrir a la fe, sino a la mera constatación de los hechos. Se argumentará que la crítica de Francisco se circunscribe a "los excesos del sistema capitalista", basados en la explotación, el robo y las ventajas obtenidas a través del favor del los poderosos, pero eso es precisamente lo que promueve el socialismo, no la libertad de mercado objeto de su crítica, si por los libérales fuera todos esos bancos españoles rescatados se habrian ido a pique y sus dueños a prision por malversacion de caudales pero aparecio el estado para intervenir y evitarlo, gran cada de su socialdemocrataculo. Las injerencias abrumadoras de los poderes políticos, tan encumbrados por el Papa como solución de los males económicos del planeta, están en el origen de esta crisis sistémica que ahora padecemos, con la alteración arbitraria del precio del dinero como causa principal de la catástrofe. Francisco pretende que los gobiernos ejerzan un control (todavía) más férreo de las finanzas para repartir la riqueza de los más industriosos a través de mandatos coactivos, no gracias a la generosidad individual, como siempre había enseñado la Iglesia (algo que ha llenado de alegría a sus enemigos más encarnizados), pero él sabrá, que para eso es el Papa. Nunca he tenido el menor conflicto en confesarme liberal y católico y así va a seguir siendo. Cuando los Papas hablan de cuestiones de Fe sigo a pies juntillas sus mandatos, pero si se dedican a despotricar contra las ideas que profeso en materia política o económica les presto la misma atención que a cualquier otro progresista. Cero patatero. En todo caso, tener un Papa socialista no es una desgracia. Al contrario, los católicos liberales damos gracias al Altísimo porque pontífices así nos hacen crecer en la fe cristiana a través de la mortificación. Con Bergoglio estamos más cerca de alcanzar la santidad.

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El arribismo del Partido Popular
InfoporAnónimo3/28/2014

Es urgente dejar de endiosar la coacción estatal como el deus ex machina capaz de resolver todos los problemas sociales para volver a considerarla el origen de muchos de esos problemas. Resulta casi de Perogrullo señalar que el PP, como el resto de formaciones políticas, es una máquina de poder sin demasiados escrúpulos. Apenas atendiendo a sus decisiones y actuaciones políticas, uno puede constatar de inmediato su absoluta ausencia de cortapisas morales a la hora de mentir compulsivamente con el propósito de saquear al ciudadano y de acaparar todavía más poder para los suyos. No son pocos quienes creen que la política debería ser otra cosa, algo más noble y dignificante; pero si uno ha interiorizado las lecciones básicas de Buchanan y Tullock, ya debería ser consciente de que, en los Estados modernos, la política es lo que es y no lo que románticamente querríamos que fuese: a saber, el arte de parasitar al ciudadano en beneficio de los grupos de presión organizados, llámense partidos políticos, sindicatos, patronales o grandes empresas afines al poder. Precisamente por ello, resulta tan crucial que los súbditos de ese mastodóntico poder político sean conscientes de la necesidad de limitarlo y de mantenerlo a raya: una vez se acepta que no es ético utilizar la violencia contra terceros en beneficio propio y que, a la larga, los recortes de las libertades ajenas terminan repercutiendo negativamente sobre uno mismo, el poder político deja de ser observado como un oscuro objeto de deseo y pasa a ser considerado un peligroso monstruo que debe ser reducido a su mínima expresión posible. Como decía acertadamente Washington, el Estado “es un sirviente peligroso y un amo temible”. Por desgracia, en la actualidad muchos ciudadanos han terminado aceptando la legitimidad de la violencia siempre que sea refrendada por una amplia mayoría social o siempre que tenga propósitos aparentemente nobles. La imperiosa necesidad de limitar el poder político ha pasado a un segundo plano y ha sido reemplazada por la ambición oportunista de formar coaliciones electorales mayoritarias para instrumentar ese poder político en beneficio propio. La sociedad deja de ser un ámbito de relaciones humanas pacíficas, voluntarias y mutuamente beneficiosas para convertirse en un campo de batalla donde los distintos grupos organizados perpetran una guerra civil fría con tal de acaparar porciones del poder político. Es aquí donde el mensaje regenerador del liberalismo resulta tan apremiante: es urgente dejar de endiosar la coacción estatal como el deus ex machina capaz de resolver todos los problemas sociales para volver a considerarla el origen de muchos de esos problemas; dicho de otra forma, es urgente retirarle el cheque en blanco que muchos ciudadanos le han otorgado al Estado y a los políticos para recuperar la sociedad civil en toda su esencia. Eso es justamente lo que defiendo y promuevo en mi nuevo libro, Una revolución liberal para España: el Estado no es en absoluto necesario para la inmensa mayoría de funciones que tendemos a atribuirle (servicios municipales, protección del medio ambiente, construcción de infraestructuras, monopolio de la moneda, apoyo a la I+D, provisión de la educación, la sanidad, las pensiones o la asistencia social…) y, por tanto, no deberíamos aceptar ser sus siervos. Las “utopías liberales” Los partidos políticos, evidentemente, sienten una profunda y arraigada alergia hacia todo mensaje liberal que le recuerde a la ciudadanía cuál es el sano y recto propósito de su implicación en la vida pública: no el sometimiento a las élites partidistas, sino la eterna vigilancia para garantizar en todo momento la máxima limitación posible del poder político. En ocasiones, algunos políticos —especialmente dentro del PP— han intentado asimilar el mensaje liberal, portando propagandísticamente su estandarte para así desactivar cualquier incipiente movilización liberal dentro de la sociedad civil. Por fortuna, esa impostura popular parece que se halla en irreversible retirada: su reciente comportamiento gubernamental ha sido lo suficientemente elocuente como para que nadie que no se halle cegado por el sectarismo ideológico les siga identificando con el liberalismo. Superada, pues, la fase de intento de asimilación, anulación y desactivación desde dentro, parece que desde el PP han pasado a un segundo nivel: aceptando su antiliberalismo rampante, proceden a cargar contra el liberalismo. Sólo hay un problema: su vaciedad ideológica es tal que las críticas que hasta ahora han alcanzado a articular sólo sirven para reforzar las tesis liberales. Así, este pasado miércoles, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, cargó en el Círculo de Empresarios contra “las utopías liberales” porque, a su juicio, “no sirven para ganar elecciones”. Sintomático arribismo, el de Montoro, que sólo visualiza lo que muchos veníamos denunciando: el PP es un partido populista y sin convicciones, cuya finalidad no es la de defender las libertades de los ciudadanos, sino mantenerse en el poder a cualquier precio. Cual maquiavélico príncipe del antiliberalismo, Montoro rechaza el liberalismo por utópico, azuzando además el miedo a que, si los ciudadanos no se contentan con una opción centrista y pragmática como la del PP, correrán el riesgo de caer en manos de otros partidos (supuestamente) más ultramontanos. Pero el liberalismo no tiene nada de utópico: como demuestro en Una revolución liberal para España, se trata de una alternativa absolutamente realista y pragmática en todos los ámbitos sociales. Lo que dificulta su despliegue no es su irrealidad, sino la mayoritaria mentalidad liberticida de unos ciudadanos capaces de encumbrar al poder a voraces arribistas como Montoro. Por ello, cuando el ministro de Hacienda nos pide que nos olvidemos del liberalismo, lo que está haciendo es pidiéndonos que le consistamos seguir reprimiendo nuestras libertades. Lo que nos reclama es que aceptemos ser sus rehenes y que asumamos que él es nuestro mejor carcelero posible de entre las nefastas opciones existentes. Lo utópico, a su juicio, es salir de la jaula; lo distópico, a mi juicio, es quedarse en ella bajo la batuta de personas obsesionadas con conservar su poder y sus prebendas parasitando a los ciudadanos. A la postre, produce auténtico pavor pensar cómo deben ejercer tales políticos ese poder cuasi absoluto que hoy detentan cuando ya desde un comienzo reconocen, sin tabú moral alguno, que su mayor propósito es, simple y llanamente, llegar al poder. Poder por poder, en beneficio propio a costa de los demás. Mensajes antiliberales como el de Montoro no deberían desalentar a los liberales. Al contrario, deben servir como estímulo y constatación de la importancia del liberalismo. Ser idealista no es malo, en tanto en cuanto el idealismo nos marca el horizonte último hacia el que debemos tratar de tender: un mundo sin crímenes es un objetivo idealista, pero no por ello debemos ser complacientes con el crimen y asumirlo como un pragmático e inexorable resultado. Asimismo, y aplicado al caso de Montoro, lo único verdaderamente distópico es creer que políticos amorales como él —y como todos los restantes que pueblan el arco parlamentario— son quienes mejor procurarán por nuestras libertades y por nuestro bienestar: no, justamente su existencia y su mensaje prueban que el liberalismo es más necesario que nunca para proteger nuestras libertades.

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El Papa Francisco no es un antipapa.
InfoporAnónimo1/16/2014

Que no, que Villanasa se equivoca. Villasana, imprudentemente, piensa que el puzzle de revelaciones y profecías le permite proclamar que sí es antipapa. Pero su puzzle está mal montado. Afirma que Francisco es un antipapa “lo que no necesariamente quiere decir que sea una persona mala o mal intencionada”, pero sí que “no es el Vicario de Cristo” y por lo tanto no tiene “el carisma de la inerrancia”. Hay que aclararle que el supuesto “carisma de la inerrancia” es inexistente: Los mejores Papas pueden equivocarse en temas secundarios, opiniones o entrevistas y, de hecho, se han equivocado en varias ocasiones. Pero cuando definen oficialmente (ex cáthedra) cuestiones de dogma, moral o costumbres, gozan de infalibilidad. La infalibilidad no es lo mismo que la inerrancia, especialmente porque se utiliza de manera más restringida. Villasana identifica en su carta al obispo vestido de blanco, de la conocida visión perteneciente al secreto de Fátima, con Benedicto XVI quien, según eso, deberá huir de Roma en algún momento, para ser muerto en otro lugar. Tal identificación es sumamente aventurada, como en general su interpretación de los mensajes de la Virgen en Portugal. La personalidad del personaje de la visión posiblemente no se sepa hasta que la profecía se cumpla, y no sería extraño que fuese el propio Francisco. El mexicano, en la misma línea del padre Paul Kramer, tampoco contempla el efecto de la consagración de Rusia efectuada por Juan Pablo II el 25 de marzo de 1984 (que probablemente no reconoce como tal) y desconoce por ello los efectos del desmoronamiento del comunismo en aquella nación (1989-1991) así como la transformación de la política rusa, que – a pesar de la nefasta herencia soviética - hoy es ejemplar en temas de moral social e internacional. No atiende al período de precaria paz efectivamente conseguido durante el último cuarto de siglo (1989-2014) y profetizado en Fátima. Un período de paz logrado gracias al celo mariano de Juan Pablo II y del que Rusia aparece ahora más como garante que como perturbadora. Por ello le sigue atribuyendo a esa nación un rol anacrónico, mientras que los católicos de Europa occidental, abrumados por la tiranía abortista, esclavizadora y satánica del N.O.M., acogeríamos hoy la intervención rusa como un mal menor. En consecuencia, su visión de la situación actual de la Iglesia resulta incapaz de enfocar los auténticos problemas y desenfocada respecto al Papa Francisco: La identificación de éste como protagonista de las profecías relativas a la usurpación de la Silla de Pedro es un ejercicio de pin, pan, pun, realizado de espaldas a realidad eclesiástica. Villasana parece desconocer la presencia en la cúpula romana del verdadero sectarismo, mucho más peligroso para la Esposa de Cristo que cualquier veleidad progresista, o exagerada “amistad” judeo-cristiana. Contempla por ello supuestas infracciones doctrinales de Francisco que difícilmente pueden deducirse del concilio de Florencia. Las aprensiones que provocan determinadas ambigüedades pueden y deben quedarse, por ahora, en aprensiones. No es necesario ser entusiasta de la orientación ni del estilo del Papa reinante para huir de las críticas que se le hacen desde sectores falsamente tradicionales. Críticas ayunas de rigor, que pueden desviar a conciencias poco formadas. La salvaguardia de la vida cristiana requiere evitar reacciones imprudentes, que conducen por vías paralelas a esos falsos tradicionalismos. El acoso a la verdad se está produciendo hoy no sólo desde la adaptación obsequiosa a la “cultura” dominante, sino desde los cantos de sirena de los enemigos del último concilio, que tratan de monopolizar las reacciones que aquella provoca. La negación de la correcta hermenéutica del Vaticano II, de continuidad tradicional, demostrada en la práctica por Juan Pablo II y Benedicto XVI, la practican ahora tanto los que atribuyen y aplauden a Francisco una ruptura revolucionaria – que, de hecho, no se ha producido – como los que rechazan la enseñanza preclara de esos últimos Papas y al concilio mismo. Pero nuestra seguridad en la fe se sustenta en la nítida doctrina de todos los Papas, no en ejercicios de soberbia. El Catecismo de La Iglesia Católica, inmensa garantía legada por Juan Pablo II, servirá a los fieles, sean cuales fueren los problemas que se susciten, para despejar cualquier duda doctrinal. Alberto Villasana no pertenece a las corrientes cismáticas, pero su carta, alimentando una confusión creciente, empujará a los incautos en tal dirección. El pueblo católico se inquieta por algunas declaraciones del Papa Francisco, ambiguas de cara a varios problemas, o por la imprudencia implícita en sus frases más publicitadas. Esa publicidad no la hace él, pero, obviamente, la permite y posiblemente la busca. Es perfectamente legítimo encontrar motivos de preocupación en todo ello. Como es igualmente correcto representarse los riesgos que la Iglesia corre con formas incautas de incursión en el mundo… Pero la respuesta de los fieles es de oración desde el cariño filial, de serena templanza y, todo lo más, de puntualización o alarma respetuosas. Proclamar la verdad sin plegarse a la corriente aduladora, que no alerta de los tentáculos del poder dominante - ni del peligro físico que para el Papa representan - rechazando al mismo tiempo, de plano, las falsas ortodoxias, es mucho más difícil que esgrimir registros mal encajados. La verdad sufre ahora el doble acoso, en tenaza, de la “corrección eclesiástica”, tan ciega como oportunista, y de la revancha del integrismo que no entendió los comos ni los porqués del diálogo con el mundo moderno tal como lo orientó el verdadero concilio y lo practicaron los últimos Papas. Un diálogo que no hacía concesiones en ningún orden esencial. Y ese acoso es muy difícil de sobrellevar sin una plena, profunda y humilde comunión de vida con aquella Mujer que es Madre de la Iglesia y también- por voluntad suya - oficina postal permanente para el recordatorio de los tiempos y los riesgos. Al verdadero enemigo no le estorban las contestaciones desaforadas o cismáticas, sino los avisos respetuosos y filiales, en tanto que estos últimos no amenazan la unidad del rebaño. Los síntomas son sólo síntomas. Incluso los más alarmantes no pueden tratarse sino como productos de nuestra propia flaqueza en la oración, que no respalda todo lo que debería respaldar. ¡Claro que hay horizontes de tormenta! Los esperados desde hace siglos y que deben afrontarse con plena confianza en la inminencia del Reino.

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Muere Nelson Mandela
Muere Nelson Mandela
InfoporAnónimo12/6/2013

Lo mejor de Mandela son sus discursos anticomunistas y haber acabado con el Apartheid; un logro algo paradójico. Su padre le llamó Rolihlahla Dalibhunga. Literalmente es 'el que agita las ramas', pero en un sentido más coloquial quiere decir 'problemático'. En su clan le llamaban Madiba, sobre cuyo significado hay más de una versión. Para unos es 'reconciliador'. Para otros, 'cavador de zanjas'. Pero le conocemos como Nelson porque le llamó así un profesor suyo en recuerdo del héroe británico. Mandela tiene tantas facetas como nombres, y todos ellos han resultado ser proféticos. Proviene de una baja nobleza sudafricana. Es hijo de la tercera esposa de su padre, lo que le relegaba a una posición modesta en el clan. Heredó de su madre la fe metodista, que se reforzó en el colegio. Su padre perdió su empleo, por lo que se vieron obligados a trasladarse a una villa aún más pequeña, la de Qunu, sin más caminos que los que hacían el ganado y los vecinos al andar. Su madre cocinaba en frente de casa maíz, calabaza, judías o sorghum, que eran sus alimentos habituales. Cuando cumplió 16 años, junto con otros 25 jóvenes de su edad, Nelson se sometió a la circuncisión, un rito que marca la entrada en la edad adulta y el derecho de contraer matrimonio. Durante la ceremonia, el jefe Meligqili, que la celebraba, dijo que aquéllos jóvenes se incorporaban a la vida plena como esclavos. La tierra pertenecía a los blancos y, por tanto, ellos nunca serían capaces de gobernarse por sí mismos. Mandela dijo luego que él no entendió el significado de esas palabras hasta más tarde. En la Universidad de Fort Hare, la primera que hubo para negros, conoció a su amigo y aliado Oliver Tambo. En sus aulas se imbuyó del comunismo y del panafricanismo, que nunca ha abandonado del todo. Los dos fueron expulsados por su activismo político, y Nelson completó su formación de abogado por correspondencia. A continuación siguió estudiando en la Universidad de Witwatersbrand, donde coincidió con Seretse Khama, primer presidente de la Botswana independiente. En 1944 se casó con Evelyn Mase, prima del líder del Congreso Nacional Africano (CNA), Walter Sisulu. De su mano entró en la política, con una carrera fulminante: Se convirtió en presidente de las juventudes del partido en 1951, y presidente del partido en Transvaal al año siguiente, pero fue destituido, al entrar en vigor la Ley de Supresión del Comunismo. En aquéllos años 50' se destaca, junto con su socio Tambo, por su lucha contra el creciente Apartheid. En 1955, el Congreso del Pueblo acogió a las fuerzas contrarias a la discriminación institucionalizada, y se cerró con una Carta de Libertad que fue el programa del Congreso Nacional Africano a partir de entonces. Como respuesta, el gobierno, en manos del blanco Partido Nacional, arrestó a 156 dirigentes negros, entre los que se encontraba el propio Mandela. Tras cuatro años de juicio, fueron liberados pues el juez desestimó las acusaciones de traición. Mandela, que se había divorciado de Evelyn por desavenencias políticas, conoció durante el juicio a Winnie, con quien se casó. La lucha no se arredró. Todo lo contrario. Se avivó la revuelta contra la Ley de pases, que decía a los negros dónde podían trabajar, y dónde no. Los negros tenían que tener un documento que limitaba su acceso a las zonas de blancos. Estar en lugar prohibido o no llevar el pase era un delito. El 21 de marzo de 1960, una manifestación de tres centenares de activistas anti apartheid en la ciudad de Shartpeville fue brutalmente reprimida por la Policía, que mató a 69 manifestantes, e hirió a otros 180. El Congreso Nacional Africano se radicalizó en aquéllos años, a medida que la realidad en las calles era más dura y que los dirigentes del partido eran sustituidos por una generación más joven e ideologizada. Mandela promovió la creación de un grupo terrorista, el Umkhonto we Sizwe, o Lanza de la nación, del que fue su primer jefe. La reacción del gobierno fue aprobar una Ley de Organizaciones Desleales, en 1961, que prohibió los partidos CNA y Congreso Panafricano (CPA). Escapó del país en 1962 e inició una gira africana que le llevó, a una reunión de líderes panafricanistas en Adís Abeba. Luego recibió entrenamiento terrorista en Argelia, y antes de volver a su país reclutó a su socio Oliver Tambo, y a otros, que vivían en Londres. A su vuelta fue condenado a cinco años por abandonar ilegalmente el país e incitación a la rebelión. Poco después, el 11 de julio de 1963, el gobierno del Partido Nacional hizo una redada en la sede del grupo terrorista, y llevó a sus dirigentes ante los tribunales, que procesaron más de 200 cargos de “sabotaje, organización de una guerra de guerrillas en Sudáfrica y organización de una invasión armada” del país. Mandela fue condenado a cadena perpetua. Al escuchar la sentencia, en su alegato, Nelson Mandela pronunció estas palabras: “A lo largo de mi vida, me he dedicado a la lucha por el pueblo africano. He luchado contra la dominación blanca. He luchado contra la dominación negra. He buscado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas, en armonía, y con iguales oportunidades. Es un ideal que espero vivir y alcanzar. Y, si fuera necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a dar la vida”. Son las palabras de una persona con auténtica vocación política, consciente de que en algún momento serían esculpidas en bronce. Eran, también, las palabras de un terrorista. Según Amnistía Internacional, "Nelson Mandela participó en la planificación de actos de sabotaje y de incitación a la violencia, de modo que no cumple con los criterios para calificarle como un prisionero político”. No es el delito de su opinión lo que le llevó a la cárcel, sino, como el auto en su contra, “la preparación, manufactura y uso de explosivos, lo que incluye 210.000 granadas de mano, 48.000 minas antipersonales, 1.500 temporizadores, 144 toneladas de nitrato de amonio, 21,6 toneladas de pólvora de aluminio, y una tonelada de pólvora negra. 193 actos de terrorismo cometidos” por su organización “entre 1961 y 1963”. Mandela contó, para su actividad terrorista, con el respaldo de una ideología que había justificado, amparado y fomentado la acción violenta en todo el mundo: el comunismo. En este sentido, Mandela era una gota en el océano del terrorismo de inspiración comunista que recorría todo el orbe. Él escribió, incluso, un pequeño opúsculo, lo más parecido a una obra intelectual que haya salido de su mano, titulado “Cómo ser un buen comunista” (1961). En él dijo que “la del comunismo es la mayor causa en la historia de la humanidad”. Gracias al “genio” de Marx, Lenin y Stalin, “un mundo comunista está a nuestro alcance”, en el que “no habrá explotadores y explotados, opresores y oprimidos, ricos y pobres”. Mandela no se engañaba respecto de la naturaleza de la oposición entre el futuro comunista y el presente de 1961: “El movimiento comunista todavía se enfrenta a poderosos enemigos, que han de ser aplastados y eliminados de la faz de la tierra, antes de que podamos lograr un mundo comunista. Sin una lucha dura, amarga y larga contra el capitalismo y la explotación”, sentencia, “no puede haber un mundo comunista”. Una lucha para la que él estaba, ya lo hemos visto, perfectamente preparado. En 1984 recibió el Premo Playa Girón, otorgado por el régimen cubano. Orgulloso de haber recibido tal galardón, Mandela dijo que “hay un lugar en el que Fidel Castro se yergue una cabeza por encima de los demás, y es en su defensa de los derechos humanos y de la libertad”. No es el único premio que se ha preciado en recibir. Tres meses después de ser liberado de la cárcel, recogió el Premio Internacional Gadafi de los Derechos Humanos. Alguien ha dicho que es como recibir el Premio Heinrich Himmler a la Tolerancia Religiosa. Cuando Mandela volvió a Libia como presidente de Sudáfrica, en 1997, se refirió a su homólogo como “mi querido hermano”, y le premió con la Orden de Buena Esperanza, la mayor condecoración de Sudáfrica. Mandela se refirió a Yasser Arafat, otro terrorista líder político, como “compadre en las armas”, y en 1999, ante la tumba del Ayatolá Jomeini, pronunció una elegía en la que dijo: “Estamos endeudados con la revolución islámica”. Cuando, al año siguiente, el régimen de Irán acusó a 13 judíos de espiar para el “Estado Sionista, Mandela juzgó que su condena a muerte era “equitativa y justa”. Pero esos años de reconocimientos mutuos con tiranos de medio mundo todavía se harían esperar. El apartheid, contra el que luchaba, no desapareció con su encarcelamiento y no lo hizo, por tanto, la lucha contra el mismo. Mandela se convirtió, desde el principio, en un preso político de renombre, y eso lo supo aprovechar su socio de toda la vida, Oliver Tambo, que hizo una campaña internacional centrada en su liberación. A la sombra de Mandela se creó un movimiento de liberación que permitió que la lucha contra el apartheid viviese todos sus años de cautiverio, y permitió también que durante todo ese tiempo unos cuantos llevasen una vida de lujo y excesos, entre el robo, el saqueo de fondos, el secuestro, y otros crímenes. Es el caso de la mujer de Nelson, Winnie Mandela, que ha compaginado su carrera de bon vivant con la de la política y el crimen. Fue fue condenada a 15 años de prisión por saqueo. Ya había sido condenada, en 1980, por secuestro. Se libró, no por mucho, de que a esa condena se sumase la de asesinato. La “madre de la nación” vivía una vida de lujo con la que se financiaba, por ejemplo, el Club de Fútbol Mandela, uno de los motivos por los que Nelson se divorció de ella por sus infidelidades. Alan Boesak, otro dirigente de la CNA, también fue condenado por robar los fondos destinados formalmente a la lucha contra el apartheid. Pero la popularidad de la criminal Winnie Mandela lo puede todo, y ha llevado una carrera política exitosa. Es especialmente querida entre lo que se denominó “la generación perdida”. Aquéllos jóvenes que siguieron a rajatabla la llamada del movimiento anti apartheid bajo el reclamo: “Ninguna educación sin liberación”. Riadas de jóvenes irresponsablemente apartados de la educación y que han sido uno de los graves problemas del país, por sus dificultades para integrarse en el mercado laboral. Muchos de los que no pudieron o supieros llevar una vida ordenada buscaron una salida en el crimen, que en Sudáfrica alcanzó niveles de epidemia. En 1976, el ministro de Interior Jimmy Kruger se acercó a la cárcel a ofrecerle a Mandela la libertad, a cambio de dejar de lado la lucha contra la regla de la minoría. Él rehusó y siguió en prisión. En 1982 arreció la presión sobre el gobierno desde fuera y en las calles. En 1985 el Gobierno se vio obligado a decretar el estado de emergencia por la protesta en las calles. Mandela, después de ser tratado en un hospital de un problema con la próstata, fue confinado a una celda incomunicada. En 1986, el ministro de Justicia, Kobie Coetzee, le ofreció la libertad a cambio de que “renunciase a la violencia”. Mandela se negó de nuevo, pero el gobierno mejoró sus condiciones, y le permitió recibir la visita de sus familiares. Todo cambió en 1989. El presidente Botha se retiró de la política tras sufrir un infarto cerebral, y dio paso a Frederick William de Klerk. En diciembre se entrevistó con el líder del CNA, y el 2 de febrero de 1990 anunció ante el Parlamento la legalización del partido y la liberación de todos los presos que no hubieran cometido crímenes. El 11 del mismo mes, el gobierno de De Klerk liberó definitivamente a Nelson Mandela. A partir de ahí comenzó una negociación para la redacción de una nueva Constitución del país, un proceso conducido por Mandela y De Klerk que les valió, a ambos, el premio Nobel de la Paz. El país celebró sus primeras elecciones sin discriminación de voto en abril de 1994, y en ellas el CNA obtuvo una amplia victoria, con el 64 por ciento de los votos. En su discurso de inauguración, Mandela dijo: “Hemos conseguido, al fin, nuestra emancipación política. Nos comprometemos a liberar a todo nuestro pueblo de la constante servidumbre las discriminaciones por pobreza, depravación, sufrimiento, género, y otras formas. Nunca, nunca, nunca jamás volverá a pasar esta bella tierra por la experiencia de la opresión de unos por otros. Que reine la libertad, y que Dios bendiga África”. Su experiencia de gobierno no fue tan brillante como su discurso. Con el respaldo de esta amplia mayoría, más un amplio apoyo de otros grupos, se reformó la Constitución, que desde entonces prevé un gobierno con amplios poderes, sin más limitación que la de la mayoría de los votos, y la prohibición de que las leyes actúen en contra de una minoría racial, incluidos los blancos. Formó un gobierno de coalición, con la presencia de blancos del Partido Nacional. E introdujo un conjunto de normas encaminadas a favorecer el desarrollo económico de la mayoría negra. Con todo, su discurso choca violentamente con uno de los episodios más negros de la historia del país en las últimas décadas. Mandela llegó al premio Nobel de la paz por uno de los caminos más seguros para alcanzarlo, como es el terrorismo. Pero ese galardón no le ha frenado en su invasión de Leshoto, uno de los países de África cuyas fronteras responden a su propia historia, y no tanto a los avatares de la colonización y descolonización. En 1998, el gobierno sudafricano ordenó su invasión “para restaurar la democracia y el imperio de la ley. Hay una responsabilidad de intervenir cuando la democracia está en peligro”. Es Mandela en 1998, no George W. Bush en 2003 justificando la intervención en Irak, contra lo que pueda parecer. El verdadero motivo es más prosaico. Según Fink Haysom, que fue asesor del presidente Mandela, el casus belli era, en realidad, la protección de ciertos intereses sudafrcanos detrás de la construcción de la presa Katse. Uno de sus principales defensores fue el viceministro de Defensa, Ronnie Karslis. Consideraba la invasión de Leshoto como “un honorable bautismo de fuego”. Karslis, un judío antisemita, uno más de una larga tradición, era además un comunista convencido, seguidor de otro de los suyos: Noam Chomsky. Cuando la operación económica y militar se completó, había que nombrar un Ministro del Agua que fuera resposable de la gestión de la presa de Katse. Ese hombre fue el honorable Ronnie Kasrlis. Lo mejor del legado de Mandela son sus discursos no comunistas y haber acabado con el Apartheid. Un logro que no deja de ser algo paradójico, pues el Apartheid era un ataque a la economía de mercado con una base racista, y con su eliminación lo que triunfó, en un principio, no fue el comunismo, sino la libre contratación. El 18 de julio cumplió 95 años.

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HumorporAnónimo11/30/2013

13 Puntos para ganar una diccusion en Twitter: 1. En la duda, la norma es muy sencilla: si los otros lo han hecho o lo defienden, es siempre lo peor. 2. Nunca digas: “No estoy de acuerdo con esto” o “esto no me parece correcto”. Grita: “¡¡Es un golpe de Estado!!” o “¡Nos están matando!”. La hipérbole es de rigor, o nadie pensará que crees de verdad en lo que dices. 3. Lo que hacen los otros no es erróneo: es siempre malvado y, probablemente, delictivo. 4. La sencillez es siempre lo más eficaz: “¡Puto facha!” se entiende mucho mejor que un argumento racional. 5. Plantéalo todo como si fuera cuestión de vida o muerte, hasta lo más trivial. Y todas las polémicas deben tener una respuesta evidente, hasta las más oscuras. 6. Cuando seas consciente de que tu argumento es endeble, empieza con un “Nadie pone ya en duda que” o “Hay que ser muy idiota para no reconocer..”. También funciona muy bien la apelación a la actualidad, algo como: “Nadie en pleno siglo XXI...”. Porque nadie pone en duda que las verdades cambian con el calendario y el tiempo en el que yo vivo es el culmen del saber. 7. Esto es Twitter: el que argumenta, pierde. 8. Entre un argumento y UNAS MAYÚSCULAS, no lo dudes. 9. Recuerda que esto es Twitter: la realidad es opcional. En el tiempo que tu contrincante va a comprobar un dato la conversación ha muerto y tú has ganado. 10. Ejemplo de gambito ganador: “Entonces, ¿me estás diciendo que... (aquí una grotesca caricatura del argumento de contrario)?” 11. “Claro, igual que hizo Hitler” es una respuesta tan buena como cualquier otra para cerrar una discusión tuitera. 12. Si vas perdiendo, retuitea a tu enemigo. Equivale al tradicional “¡A mí la legión!” para llamar en tu ayuda a lo más borroka de tu grupo de seguidores. Eso tiene la ventaja adicional de que el contrario recibirá los oportunos insultos y/o amenazas de muerte sin que tengas que ensuciar tu historial. Siempre habrá quien haga por ti el trabajo sucio. 13. Si no lo consigues de ninguna otra manera, vence por agotamiento. Responde siempre, aunque sea con un “y tú más”. Cuando se aburra y lo deje, tuitea: “Te he dejado sin argumentos...”. Tener una vida –un trabajo, familia, amigos en el mundo real o aficiones que no requieran enchufar nada– es una desventaja en Twitter.

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