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El Papa Francisco no es un antipapa.

Info1/16/2014
Que no, que Villanasa se equivoca.



Villasana, imprudentemente, piensa que el puzzle de revelaciones y profecías le permite proclamar que sí es antipapa. Pero su puzzle está mal montado. Afirma que Francisco es un antipapa “lo que no necesariamente quiere decir que sea una persona mala o mal intencionada”, pero sí que “no es el Vicario de Cristo” y por lo tanto no tiene “el carisma de la inerrancia”. Hay que aclararle que el supuesto “carisma de la inerrancia” es inexistente: Los mejores Papas pueden equivocarse en temas secundarios, opiniones o entrevistas y, de hecho, se han equivocado en varias ocasiones. Pero cuando definen oficialmente (ex cáthedra) cuestiones de dogma, moral o costumbres, gozan de infalibilidad. La infalibilidad no es lo mismo que la inerrancia, especialmente porque se utiliza de manera más restringida.

Villasana identifica en su carta al obispo vestido de blanco, de la conocida visión perteneciente al secreto de Fátima, con Benedicto XVI quien, según eso, deberá huir de Roma en algún momento, para ser muerto en otro lugar. Tal identificación es sumamente aventurada, como en general su interpretación de los mensajes de la Virgen en Portugal. La personalidad del personaje de la visión posiblemente no se sepa hasta que la profecía se cumpla, y no sería extraño que fuese el propio Francisco.

El mexicano, en la misma línea del padre Paul Kramer, tampoco contempla el efecto de la consagración de Rusia efectuada por Juan Pablo II el 25 de marzo de 1984 (que probablemente no reconoce como tal) y desconoce por ello los efectos del desmoronamiento del comunismo en aquella nación (1989-1991) así como la transformación de la política rusa, que – a pesar de la nefasta herencia soviética - hoy es ejemplar en temas de moral social e internacional. No atiende al período de precaria paz efectivamente conseguido durante el último cuarto de siglo (1989-2014) y profetizado en Fátima. Un período de paz logrado gracias al celo mariano de Juan Pablo II y del que Rusia aparece ahora más como garante que como perturbadora. Por ello le sigue atribuyendo a esa nación un rol anacrónico, mientras que los católicos de Europa occidental, abrumados por la tiranía abortista, esclavizadora y satánica del N.O.M., acogeríamos hoy la intervención rusa como un mal menor.

En consecuencia, su visión de la situación actual de la Iglesia resulta incapaz de enfocar los auténticos problemas y desenfocada respecto al Papa Francisco: La identificación de éste como protagonista de las profecías relativas a la usurpación de la Silla de Pedro es un ejercicio de pin, pan, pun, realizado de espaldas a realidad eclesiástica. Villasana parece desconocer la presencia en la cúpula romana del verdadero sectarismo, mucho más peligroso para la Esposa de Cristo que cualquier veleidad progresista, o exagerada “amistad” judeo-cristiana. Contempla por ello supuestas infracciones doctrinales de Francisco que difícilmente pueden deducirse del concilio de Florencia. Las aprensiones que provocan determinadas ambigüedades pueden y deben quedarse, por ahora, en aprensiones. No es necesario ser entusiasta de la orientación ni del estilo del Papa reinante para huir de las críticas que se le hacen desde sectores falsamente tradicionales. Críticas ayunas de rigor, que pueden desviar a conciencias poco formadas. La salvaguardia de la vida cristiana requiere evitar reacciones imprudentes, que conducen por vías paralelas a esos falsos tradicionalismos. El acoso a la verdad se está produciendo hoy no sólo desde la adaptación obsequiosa a la “cultura” dominante, sino desde los cantos de sirena de los enemigos del último concilio, que tratan de monopolizar las reacciones que aquella provoca. La negación de la correcta hermenéutica del Vaticano II, de continuidad tradicional, demostrada en la práctica por Juan Pablo II y Benedicto XVI, la practican ahora tanto los que atribuyen y aplauden a Francisco una ruptura revolucionaria – que, de hecho, no se ha producido – como los que rechazan la enseñanza preclara de esos últimos Papas y al concilio mismo. Pero nuestra seguridad en la fe se sustenta en la nítida doctrina de todos los Papas, no en ejercicios de soberbia. El Catecismo de La Iglesia Católica, inmensa garantía legada por Juan Pablo II, servirá a los fieles, sean cuales fueren los problemas que se susciten, para despejar cualquier duda doctrinal. Alberto Villasana no pertenece a las corrientes cismáticas, pero su carta, alimentando una confusión creciente, empujará a los incautos en tal dirección.

El pueblo católico se inquieta por algunas declaraciones del Papa Francisco, ambiguas de cara a varios problemas, o por la imprudencia implícita en sus frases más publicitadas. Esa publicidad no la hace él, pero, obviamente, la permite y posiblemente la busca. Es perfectamente legítimo encontrar motivos de preocupación en todo ello. Como es igualmente correcto representarse los riesgos que la Iglesia corre con formas incautas de incursión en el mundo… Pero la respuesta de los fieles es de oración desde el cariño filial, de serena templanza y, todo lo más, de puntualización o alarma respetuosas.

Proclamar la verdad sin plegarse a la corriente aduladora, que no alerta de los tentáculos del poder dominante - ni del peligro físico que para el Papa representan - rechazando al mismo tiempo, de plano, las falsas ortodoxias, es mucho más difícil que esgrimir registros mal encajados. La verdad sufre ahora el doble acoso, en tenaza, de la “corrección eclesiástica”, tan ciega como oportunista, y de la revancha del integrismo que no entendió los comos ni los porqués del diálogo con el mundo moderno tal como lo orientó el verdadero concilio y lo practicaron los últimos Papas. Un diálogo que no hacía concesiones en ningún orden esencial. Y ese acoso es muy difícil de sobrellevar sin una plena, profunda y humilde comunión de vida con aquella Mujer que es Madre de la Iglesia y también- por voluntad suya - oficina postal permanente para el recordatorio de los tiempos y los riesgos.

Al verdadero enemigo no le estorban las contestaciones desaforadas o cismáticas, sino los avisos respetuosos y filiales, en tanto que estos últimos no amenazan la unidad del rebaño. Los síntomas son sólo síntomas. Incluso los más alarmantes no pueden tratarse sino como productos de nuestra propia flaqueza en la oración, que no respalda todo lo que debería respaldar. ¡Claro que hay horizontes de tormenta! Los esperados desde hace siglos y que deben afrontarse con plena confianza en la inminencia del Reino.
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