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Usuario (Argentina)
El heavy metal y la música académica Se señalan razones antropológicas, sociológicas y tecnológicas (institucionales) de por qué el heavy metal no puede ser considerado más de lo que es respecto a la música académica, de la que dice en parte beber. El sociólogo español Julio Monleón dijo una vez que el heavy metal sufre un «complejo de inferioridad» respecto a la música clásica (respecto a, en particular, la música culta, académica), pues, siendo como es música popular (degenerada, dirán algunos, entre ellos el filósofo materialista Gustavo Bueno), es junto con el jazz, el rock sinfónico y ciertos tipos de música progresiva (también de música electrónica como el ambient y, en menor medida, el new age), una de las pocas que trata de desbordar sus propios límites institucionales. Estos límites están dados por la propia composición de la música popular nacida tras la Segunda Guerra Mundial, el pop y el rock, que beben del blues, el swing y otros estilos populares nacidos en barrios de clase obrera, principalmente formada por negros, en ciudades del sur de los Estados Unidos de Norteamérica. Según Monleón, el complejo de inferioridad se debe a que el heavy metal trata por todos los medios de acercarse, de tocar, la música culta. Al menos algúnos de sus subestilos más pretenciosos, como el metal progresivo (el cruce entre rock progresivo de los sesenta con heavy metal, cuyos mayores rizadores del rizo son los estadounidenses Dream Theater), el metal neoclásico (donde más se nota la influencia de la música barroca –Bach, Vivaldi, Paganini– en el metal, siendo sus principales impulsores los guitarristas Ritchie Blackmore –Deep Purple, Rainbow–, y Yngwie Malmsteen), el metal sinfónico (tanto en su vertiente más tradicional -Stratovarius-, más cercana a las bandas sonoras –Rhapsody Of Fire–, al rock gótico –After Forever– o al black metal –Emperor–), &c. Pero ese acercamiento, a pesar de estos ejemplos, nunca se consuma porque es imposible que el heavy metal, ni siquiera en estos ejemplos que pongo, sea música culta. Y ciertamente, el heavy metal es tratado desde hace años en el ámbito académico, no ya solo musicológico (dejando aparte que muchos de sus instrumentistas son consumados músicos académicos), sino también sociológico, histórico e incluso politológico. Y muchos grupos de metal han conseguido realizar conciertos y grabar discos con orquestas sinfónicas (Yngwie Malmsteen, Blackmore's Night –el grupo de rock-folk de Ritchie Blackmore y su mujer, aunque no es exactamente heavy metal–, Rage, Deep Purple, Scorpions, Metallica, X-Japan, Manowar, Rhapsody Of Fire, &c.), unos con mayor éxito a nivel de ventas y de engarce musical, otros con (mucho) menos de ambos o de cada factor. El caso es que el progressus del metal al mundo de la música culta produce un regressus interesante de variedad y originalidad que, sin embargo, no se da al revés. Como música popular degenerada, mundana, que es el heavy metal, se acerca a la música académica porque puede, y porque no le queda más remedio para diferenciarse de otros estilos de música degenerada menos pretenciosos o con otras filosofías distintas (pop, rap, reggaeton, punk, etc.). Pero la música académica nunca se acerca a estilos mundanos, nunca realiza un progressus hacia ellos porque, al darse un regressus, sencillamente lo resultados no pueden ser considerados música académica, clásica, sino una degeneración. Así como el jazz, a pesar de ser también música degenerada, ha alcanzado un estatus de prestigio más que merecido, debido en buena parte a la complejidad de muchas de sus composiciones e interpretaciones, y también debido a que el jazz es una música que, en pureza, está estancada (las fusiones con otros estilos son de recibo para muchos oídos, pero no así por los más puristas del jazz), el heavy metal es un género de música degenerada que durante sus más de treinta años de existencia ha dado lugar a una variedad bárbara de subgéneros de todo tipo (hard rock melódico, thrash, death, black, doom, power, nu-metal, drone... todos términos anglosajones, ya que esta música nació en Birmingham, Inglaterra, cuando grupos de jóvenes de clase obrera de la ciudad trataban de emular el rock y el blues de los sesenta con instrumentos eléctricos cada vez más sofisticados tecnológicamente hablando), se trata ya, a día de hoy –año 2011– de un género que ha dado muchos dividendos económicos en las democracias de mercado pletórico, pero estancado como el jazz. Quizás el futuro del heavy metal sea similar, con matices, al del jazz. Un estilo más o menos complejo de música popular con bastantes seguidores y un mercado propio definido con consumidores fieles y selectivos en buena medida. Ningún estilo musical es eterno («Metal is forever», canción del grupo alemán Primal Fear, no es más que pura pretenciosidad inocente), ni siquiera la música académica. Sin embargo, estilos de música académica como el dodecafonismo o la música serial se desarrollan en campos institucionales más complejos y exquisitos, en los que las operaciones de los sujetos, músicos, que los ejecutan, llegan a un punto en que resultan secundarios, no ya para el oyente (cuya subjetividad para con estas músicas académicas es secundaria a nivel tecnológico, no a otros niveles psicológico o sociológico), sino en coherencia con la propia estructura institucional de este tipo de músicas. Esto es imposible en el heavy metal. Ni el más virtuoso shredder (término anglosajón para referirse a los más rápidos y limpios guitarristas) puede conseguir cerrar su ejecución más allá de sus propias operaciones como virtuoso, no digamos de las propias ceremonias características de eventos públicos de heavy metal. El heavy metal se baila (mal que bien), no se escucha. Me explico. Ni siquiera en la intimidad individualista-calvinista de un sujeto que escucha metal con sus cascos de mp3 se puede uno evadir de emociones y sensaciones que llevan, en algunos momentos, a mover el pie, cabecear o hacer que se toca la guitarra (el air guitar, otro término anglosajón). El heavy metal se baila porque es música rítmica, y el ritmo es la antiacademia en música. Por otra parte, un concierto de heavy metal, ya sea en un pequeño local, ya sea en un macroconcierto o festival, resulta ser una ceremonia que tiene su paralelismo con cualquier evento religioso. «El público se excita ante el altar en el que oficia Michael Jackson», decía Gustavo Bueno. Una vez muerto Jackson, el culto a su personalidad muere con él, aunque queden nostálgicos folclóricos como con Elvis. Y es que en el pop, el culto a sus «héroes» es más personalista que en el heavy metal. Aún habiendo bandas que mueven auténticas masas (Led Zeppelin, AC/DC, Iron Maiden, Metallica), y venden millones de copias de sus discos (a pesar de internet, o en buena medida gracias a internet), el culto, la ceremonia en el heavy metal es más al propio heavy metal en general que a grupos en particular. Claro está que el heavy metal es un produco propio de las sociedades del bienestar, y los heavys (o headbangers, otro término anglosajón), no son más que consumidores satisfechos en sentido estricto. Pero pocas tribus urbanas (otro producto de las sociedades del bienestar, nadie verá muchos heavys en sociedades económicamente más cerradas como Corea del Norte o Arabia Saudí) como los heavys están más cohesionadas y tienen tanta fuerza respecto a otras. Como dato curioso pero relacionado con este afan del heavy metal de celebrarse a sí mismo, el cantante de Saxon, Biff Byford, apoyó hace unos años una campaña para el reconocimiento del heavy metal como religión por parte del Estado británico. El ingenuo Byford calificó esto como «revolucionario». Una muestra más de la degeneración de la palabra revolución en las sociedades democráticas homologadas. Sin embargo, en el heavy metal confluyen, como en todo grupo social cuya única unidad se basa en factores estético-ceremoniales e institucionales ajenos por sí mismos al poder del Estado, ideologías de todo tipo (comunistas, anarquistas, ecologistas, nacionalsocialistas, fascistas, socialdemócratas, liberales, protestantes, católicos, musulmanes, nacionalistas españoles, nacionalistas catalanes o vascos, pacifistas a ultranza, etc.). En buena medida porque estas ideologías tienen un recorrido, incluso de siglos, mayor y de más peso que el de una tribu urbana nacida en pleno Estado de bienestar. Incluso el jazz es más elitista en este sentido que el metal, ya que aquel nunca ha renegado de sus orígenes negros esclavistas, y la estética (o falta de estética) en el jazz no es el factor determinante. Sin embargo, y a pesar de esta ambigüedad, el heavy metal sí ha chocado con grupos ideológicos de todo tipo, tanto los más «progresistas» como el feminismo (en el heavy metal, la mujer tiene un papel secundario o inexistente a nivel musical; la mayoría son cantantes, y fuera de las operaciones de los sujetos músicos, su papel se reduce a florero u objeto sexual –groupie, otro término anglosajón–) o el marxismo-leninismo (los filósofos soviéticos fueron declarados enemigos del rock por considerarlo un producto degenerado burgués), como «conservadores» (la PMRC yanki, de ideología protestante WASP –existe un grupo de heavy metal llamado también así, en plan burla–, consiguió sentar en los banquillos a figuras prominentes del heavy metal ochentero, como los cantantes Dee Snider de Twisted Sister o Rob Halford de Judas Priest; el heavy metal es visto hoy día como música satánica por muchos grupos religiosos, y de manera más acusada en países islámicos). Luego el límite a donde llega la transgresión social del heavy metal es siempre el límite de poder de aquellos grupos ideológicos que, de una u otra manera, chocan no ya solo con el sistema económico capitalista (del cual es producto el heavy metal), sino con cualquier tipo de desarrollismo tecnológico (sin electricidad no habría «metal»). Luego puede decirse que el heavy metal es democrático en el sentido homologado de la palabra (producto de las democracias de mercado pletórico, las realmente existentes y homologadas para sus defensores, tal y como denunció Gustavo Bueno en Panfleto contra la democracia realmente existente, La Esfera de los Libros, Madrid 2004), y su marcha es paralela al desarrollo de este tipo de sistema político. Por lo que su futuro está ligado, en buena parte, como en otros tipos de músicas degeneradas, al futuro de las democracias homologadas. Que como tal, o transformado en otra cosa (que ya no sería metal), o como pieza de museo, pueda tener recurrencia en hipotéticas sociedades alternativas a las democracias capitalistas, es un asunto que no compete analizar en este artículo pues se trataría casi de ciencia ficción. Solo se quiere aquí remarcar que el heavy metal, como movimiento social, como entretejimiento de instituciones y ceremonias propias de sociedades ricas y desarrolladas en democracias partitocráticas, no podrá jamás ser música académica por mucho que tenga esa pretensión, aún teniendo más éxito popular que esas músicas académicas. En cierto sentido, el heavy metal no representaría nada nuevo, en tanto que se trataría de una vía más por la que estratos de las clases sociales populares han tratado sin éxito de alcanzar la excelencia propia de los sectores aristocráticos de esas mismas sociedades políticas, en este caso como expresión cultural musical. Pero repito, el fracaso en este campo no niega el éxito del heavy metal en otros. Éxito «gramsciano» si se quiere, por su influencia en capas culturales ajenas en principio a él, influencia ganada a pulso por la pujanza colectiva de sus seguidores a niveles no académico musicales. Terminaré comentando que la popularidad de masas del heavy metal terminó a comienzos de la década de 1990, cuando políticamente ya no era necesario. En 1991, en agosto, tuvo lugar un macroconcierto en el aeropuerto de Tushino, Moscú, con más de 700.000 personas presentes, donde se celebraba la caída del Imperio Soviético. Hubo disturbios y algunos muertos en aquel festival, donde tocaron AC/DC, Metallica, The Black Crows y Pantera, entre otros grupos locales. El heavy metal durante la década de los setenta, y sobre todo de los ochenta, alcanzó una popularidad masiva en el campo de la OTAN. Y con Ronald Reagan en el poder en el Imperio Estadounidense, e impulsado desde el Reino Unido en plena década neoliberal con Margareth Thatcher al frente, el heavy metal supuso un caso insólito de propaganda antisoviética clara. Coincide además que los primeros grupos metálicos soviéticos adquirieran popularidad mundial con la Perestroika y la Glasnost de Gorbachov (el caso más llamativo, Gorky Park). Y es que el heavy metal de los ochenta ofrece un espectáculo ceremonial rebelde pero no revolucionario, juvenil más que maduro, que cuajó en la mente de millones de individuos flotantes, incluídos del campo soviético, los cuales preferían lucir largas melenas y una estética sadomasoquista antes que una disciplinada estética sovietizante que preparaba a los comunistas ante cualquier contrariedad para defender sus logros políticos. No quiero decir con esto que el heavy metal matara al comunismo, ni mucho menos. Pero sí decir que fue un factor de propaganda más anticomunista en un momento determinante para ello, los inolvidables para muchos años ochenta (junto con el cine y la televisión, los ochenta fueron los años de la grandiosa propaganda yanki). Pues bien, tras esos años de euforia, y tras ese final «apoteósico» en Tushin, Moscú, llegaron los sombríos años noventa, en los que el grunge y Nirvana, con una filosofía totalmente opuesta a la del pomposo heavy metal (más pesimista, más simple musicalmente, más propia de ideologías izquierdistas indefinidas nacidas tras la orfandad de referentes políticos en que el fracaso soviético dejó a la generación X), dominaron la escena rockera y la necesidad de firmar contratos por parte de las disqueras. El heavy metal ya no era necesario, ya cumplió su función ochentera: ofrecer rebeldía, poder y cierto ensoberbecimiento respecto a otros grupos sociales considerados «pretenciosos» (qué ironía) por parte de los fieles al credo metálico. Y que no se confunda esto con teorías conspirativas acerca del nacimiento del heavy metal. Solo señalo circunstancias históricas en lo que al desarrollo del metal se refiere respecto a acontecimientos políticos de calado universal, que influyen a los heavys como influye a un hormiguero cercano a un río que el río se desborde y ahogue a unas cuantas hormigas. Monsters of Rock 1991 (Tushino, Rusia) link: https://www.youtube.com/watch?v=cf-GLpLj5kY Los '80 Los '90 A pesar de todo, y no con los niveles de popularidad de antaño, que jamás recuperará, el heavy metal sobrevivió con mejor salud que el grunge, aunque este último, si bien tuvo un efímero protagonismo, ha marcado el paso en veinte años a toda la música popular degenerada con mayor efectividad que el heavy metal, y sin aspavientos, incluso a niveles extramusicales (los citados movimientos izquierdistas indefinidos). Pero a pesar de esa estabilidad actual en cuanto a popularidad se refiere, el heavy metal ya nunca será lo que era. Sus viejas glorias van dejando este mundo poco a poco (Gary Moore, Ronnie James Dio, Scott Columbus –ex batería de Manowar–, &c.), algo que denota estancamiento fatal y poca o nula capacidad de renocación hoy día. Hoy día, las masas democráticas homologadas, y no homologadas, prefieren figuras como Shakira, Beyoncé, Ricky Martin o Lady Gaga (herederos todos del legado personalista de Michael Jackson o Madonna), o bien estilos como el reggaeton, el rap o el punk; y salvo las viejas glorias superventas, la pretenciosidad metálica no tiene ya capacidad de sorprender a los consumidores, que buscan placeres más efímeros y menos complejos musicalmente hablando. Aquí también se nota la superioridad de la música, académica, sobre las demás. Las modas mundanas no la afectan, e incluso se puede permitir el lujo de, muy de vez en cuando, tener algún superventas en formato CD. Es por esto que el heavy metal, como degeneración de la música de Bach que es, y a pesar de la exquisitez sonora y técnica de ciertas piezas del mismo, nunca alcanzará el nivel de la música académica. Y quizás incluso le cueste llegar al estatus cultural que otras músicas mundanas tienen, como pueda ser el jazz o incluso el flamenco, pues su desarrollo ligado a las democracias capitalistas le hagan (como a otros estilos mundanos, como el pop o el rap, etc.) ser más vulnerable a los vaivenes políticos, económicos y sociales cada vez más complejos que nos afectan. En cualquier caso, y para evitar el proselitismo metálico pretencioso de los medios de comunicación propios del género, no debemos olvidar las palabras de Andrés Álvarez: «el rock nació para ser comercial, nada que hacer». (Equipo de fútbol americano comprado por Kiss)
Al cruzar la frontera etíope de Wajale, se entra oficialmente en un país que no existe. Porque Somalilandia tiene su propia bandera, su presidente, su moneda, sus Fuerzas Armadas, su parlamento y hasta su constitución, pero, sin embargo, no aparece en los mapas. Ningún estado del planeta reconoce a la pequeña nación de 3,5 millones de habitantes, enclavada en el cuerno de África, que se autodeclaró independiente en 1991 y desde entonces ejerce como puede su soberanía: para todo el mundo diplomático, esta tierra desértica, de nómades y camellos, sigue siendo parte de Somalía. Y por eso, la vida somalilandesa se desarrolla inserta en un triste y complejo meollo burocrático: la certeza de ser y, a la vez, el dolor de que nadie se los crea… Para entrar en esta nación, hay que tramitar una visa en la Oficina de Asuntos Consulares Somalilandesa en Addis Abeba, la capital de Etiopía -al no ser un país reconocido, no posee Embajada. Ésta se consigue en una hora, después de pagar 40 dólares y llenar un simple formulario. Se puede llegar en avión, hasta Hargeisa, la capital, o por tierra. En este último caso, la opción es tomar un micro hasta Harar y desde allí, otro a Jijiga, la última ciudad etíope. Cuando se arriba al paso fronterizo, la demarcación entre los dos países, uno existente y el otro no, está constituida por un árbol. Una enorme acacia delimita hasta dónde es territorio abisinio, y en qué lugar empieza la tierra de los somalíes. Allí, donde todo es arena, polvo y matas, llueve bastante poco, pero lo cierto es que una fuerte tormenta, de esas que derriban troncos, podría causar algún día un incidente fronterizo. Y de esos, Somalilandia ya tiene bastantes. Hasta 1960, el territorio que no aparece en ningún mapa formó parte de la Somalilandia británica, administrada por los ingleses. A la vez, Italia mandaba en lo que hoy es Somalía. El cuerno de África estaba dividido entre las potencias europeas: Francia ejercía su potestad en Yibuti, mientras que Etiopía era el único país que aguantaba independiente, sin someterse al yugo de la colonia. Ese año, sin embargo, tanto italianos como ingleses abandonaron sus posesiones y entonces, los dos territorios somalíes se unieron para formar la República de Somalía, un país en el que el 100% de la población, la mayoría pastores, era musulmana sunnita y que, a la vez, pertenecía a un solo grupo étnico, el que da nombre al país. Parecía, en un principio, que, por esos dos factores de cohesión, las posibilidades de guerra civil intestina, ésas que tanto han desangrado a África a lo largo de su historia, eran aquí menores que en otros estados. Sin embargo, había otro aspecto a tener en cuenta: los clanes. En Hargeisa, hoy día, cuando la gente ve a una persona extraña, recién llegada, alguien a quien no habían visto antes en la ciudad, no le preguntan “¿De dónde sos?”. Le preguntan “¿De cuál sos?”. En la cultura somalí, los clanes tienen una importancia capital y son seis en total. En Somalilandia, el estado de facto sin reconocimiento internacional, predomina uno: el clan Isaq. Por eso, en parte, se logra mantener la paz. El caso de Somalía es diferente: allí, en la nación reconocida pero fallida, la disputa interclanes es feroz. En Mogadiscio, la capital somalí, el gobierno central sólo manda en algunos barrios: en los otros, quienes dictan las reglas son los señores de la guerra y las milicias. Allí es común ver pasar camionetas llenas de soldados, todos armados con sus metralletas AK47, imponiendo la ley -su ley- en los distintos vecindarios. La declaración de independencia de Somalilandia desencadenó una serie de secesiones en el territorio somalí, dando lugar a la creación de estados autónomos autoproclamados, que si bien nunca buscaron la independencia de la unidad de Somalia, se han mantenido como estados autónomos autoproclamados, siendo los más notables Puntlandia y Jubalandia. Somalilandia posee a día de hoy moneda y constitución propias, así como un gobierno elegido mediante elecciones democráticas multipartidistas que tuvieron lugar en el año 2005 y a las cuales asistieron observadores de siete países (Canadá, Finlandia, Kenia, Sudáfrica, Reino Unido, Estados Unidos y Zimbabwe) que declararon que las elecciones fueron libres y justas. Pese a esto, Somalilandia sigue siendo un país independiente que no ha sido reconocido por ningún otro país como tal. El 1 de julio de 2010 se volvieron a realizar elecciones presidenciales, donde resultó ganador Ahmed Mohamed Mahamoud Silanyo, con el 49% de los sufragios, y es actualmente el presidente de éste estado de facto. La economía del país, pese a estar aún en fase de desarrollo, es mayor y más estable que la del resto de Somalia. El hecho de ser un país no reconocido le impide que su moneda oficial, el chelín somalilandés (regulado por el Bank of Somaliland) tenga una tasa de cambio reconocida para favorecer el comercio. Sus fuentes principales de ingresos son la exportación de ganado (dicho sea de paso, es el país con mayor cantidad de dromedarios de todo el mundo, con unos seis millones, de los cuales aprovechan su carne y su leche, la cual se consume y además exporta) y cereales a Oriente Medio y Etiopía. En cuanto a la minería, por ahora solo existe la explotación de canteras, pero se prevé un gran desarrollo para el futuro. Recientes investigaciones en Somalilandia muestran grandes yacimientos de petróleo y gas natural. A lo largo de los últimos años se han excavado varios pozos, pero debido a la falta de reconocimiento internacional de la independencia de Somalilandia, las compañías extranjeras no han podido instalarse en el país para ayudar en la explotación de esos pozos. El país ocupa cinco de las regiones en que se divide Somalia, aunque la división administrativa de Somalilandia es de trece regiones. Sin embargo, Sanaang y Sool, que son regiones de Somalia y Somalilandia a la vez (aunque sin ocupar exactamente el mismo territorio en cada caso) también son pretendidas por Putlandia, otro estado autoproclamado autónomo de Somalia que se encuentra al este de Somalilandia y posee el control del sector oriental de dichas regiones, y sin la anexión completa de éstas, el futuro de Somalilandia como país es económicamente poco viable. Por otro lado, al extremo occidente del territorio somalilandés, los líderes de la región de Awdal (región que también es de Somalia y Somalilandia a la vez) se autoproclamaron autónomos de ambos estados en 2009, creando un nuevo foco de conflicto por la disputa de la región (estado de Awdalandia para los autonomistas). Awdalandia Las lengua oficial es el somalí, que lo habla toda la población, aunque también se utiliza mucho el árabe, que es enseñado obligatoriamente en las escuelas y se usa principalmente con motivos religiosos. El inglés también posee cierto uso debido al pasado colonial del país, y se enseña en las escuelas. En cuanto a la religión, prácticamente la totalidad de la población profesa el islam en su rama sunní. La moneda oficial es el chelín somalilandés, pero no es reconocida por ningún otro gobierno, por lo cual no tiene tasa de cambio oficial con ninguna otra moneda. La capital y ciudad mas poblada del país es Hargeisa, de la cual no existen datos precisos sobre su población (debido a que no ha habido un censo desde hace mas de 30 años) y las estimaciones oscilan entre 750.000 y 1.300.000 habitantes. La misma posee un aeropuerto internacional con vuelos a Somalia, Yibuti, Emiratos Árabes Unidos y otros destinos dentro de Somalilandia. Su principal medio de transporte urbano son los colectivos, y también existen los taxis. Además existen buses de larga distancia que comunican a Hargeisa con otras ciudades del país. Las otras ciudades somalilandesas que superan los cien mil habitantes son Berbera (ciudad que posee un aeropuerto internacional y el principal puerto del país) y Burao, con aproximadamente 232.500 y 120.400 habitantes respectivamente. Berbera Burao El deporte favorito es el fútbol, pero al no haber una liga local oficial, los somalilandeses tienen a la Premier League inglesa como preferida, y la siguen por televisión. Además es usual que haya simpatizantes de los clubes grandes de ese país (Arsenal, Liverpool y Manchester United). Cabe destacar la costumbre de mascar hojas de kat, así como la coca en el noroeste argentino, norte de Chile, Bolivia y Perú; y con efectos similares a la de ésta. Al mediodía es costumbre de toda la población adulta hacerlo, casi como si de un almuerzo se tratara. La misma costumbre se repite en distintas zonas bañadas por el mar Rojo. Las fuerzas armadas de Somalilandia representan la fuerza militar del pequeño país, y posee un personal activo de entre 28.000 y 35.000 personas, los cuales se dividen entre la armada, la fuerza aérea y la marina. En 2006, el gobierno le dedicaba el 25% de los ingresos, siendo el sector de mas presupuesto. Además, para la seguridad interna, existe la fuerza policial, que está subordinada a las fuerzas militares. Según el periodista y activista por los derechos humanos Stefan Simanowitz, la principal razón para que ningún país reconozca la independencia de Somalilandia es que se requiere la aprobación de la Organización para la Unidad Africana. Uno de los principios de esta organización es que las fronteras coloniales de África no deben ser redibujadas, dado que el reconocimiento de un estado separatista como independiente podría suponer una reacción en cadena con decena de regiones autoproclamándose independientes. En cualquier caso, la Organización para la Unidad Africana ya ha roto ese principio en dos ocasiones a lo largo de las últimas décadas, reconociendo la independencia de la República Árabe Saharaui Democrática en 1984 y la independencia de Eritrea en 1993. Paisajes de Somalilandia