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10 grandes compositores en la historia de la música
10 grandes compositores en la historia de la música
ArteporAnónimo1/5/2017

La historia nos ha brindado tal cantidad de grandes compositores de música clásica que resulta casi imposible para un aficionado estudiarlos a todos, y muchísimo menos evaluarlos y compararlos con sus semejantes. Por ello, aquí te traigo solo algunos, quizás los más reconocidos, compositores de música. Cierto es que tan solo hablaremos sobre algunos grandes compositores ya desaparecidos. En las épocas modernas aún conservamos a genios como Elton John o el viejo Paul Mccartney, pero eso, ya es tema de otro post. Ígor Stravinski (1882-1971) El ruso Ígor Stravinski es uno de los compositores más importantes del siglo XX. Durante su larga vida compuso magníficas obras clásicas mezclando en ellas diferentes estilos como el primitivismo, el neoclasicismo y el serialismo. También fueron notables sus innovaciones compositivas. Entre sus obras destacan: L'oiseau de feu (El Pájaro de Fuego), Petruschka y Geschichten vom Soldaten (la Historia del Soldado). Claudio Monteverdi (1567-1643) Fue un compositor italiano protagonista en la transición entre la música del Renacimiento al Barroco. A los quince años compuso su primera obra. Sus óperas más famosas llegarían años después, tales como: La fábula de Orfeo, L'Arianna, La coronación de Popea y El regreso de Ulises a la patria. Franz Schubert (1797-1828) Este gran compositor austríaco es considerado el introductor del Romanticismo. Fue famoso por componer lieder (breves composiciones para voz y piano), música de cámara, piano y orquestal. Entre sus composiciones destacan: Sinfonías Nº 5, Nº 8 (Inconclusa) y Nº 9 (La Grande), los tres ciclos de canciones (El viaje de invierno, La bella molinera, y El canto del cisne) y las Sonatas para piano D.958, D.959 y D.960. Georg Friedrich Händel (1685-1759) El alemán Georg Friedrich Händel es considerado uno de los compositores más influyentes de la música universal. Händel sintetiza en sus obras los principales estilos nacionales de su época de forma sencilla. Hay numerosas obras destacadas en su enorme producción, por ejemplo: Aggripina, Rodelinda, Esther, Salomón, El Mesías, Judas Macabeo o Jephtha. Richard Wagner (1813-1883) Compositor del Romanticismo, el alemán Wagner destaca además por sus otras muchas actividades: director de orquestas, poeta, ensayista, dramaturgo y teórico musical. Wagner no solo compone sus óperas, sino que asume el libreto y la escenografía. Sus óperas principales son: La valquiria ,Tannhäuser , El holandés errante, El anillo del nibelungo , Tristán e Isolda y Parsifal. Frédéric Chopin (1810-1849) Chopin, el virtuosísimo pianista polaco, fue además uno de los compositores más influyentes del Romanticismo. Su técnica, su estilo y armonía han sido comparados innumerables veces con las de grandes maestros de la historia musical como son Beethoven o Mozart. Sus principales obras: Sonata para piano Nº 1 en do menor, Concierto Nº2 para piano, Concierto Nº1 Para piano, Tres Nocturnos, Sonata Nº2 para piano en si bemol menor, sonata Nº3 para piano en si menor... Antonio Vivaldi (1678-1741) Fue un músico y compositor italiano del Barroco considerado por muchos como el creador del concierto. Compuso alrededor de 770 obras entre conciertos y óperas pero es especialmente conocido por ser el autor de Las cuatro estaciones, una serie de conciertos para violín y orquesta. Además de la obra destacada, caben mencionar: Gloria, Bajazet, Motezuma, Credo, Orlando Furioso... Johann Sebastian Bach (1685-1750) El alemán Johann Sebastian Bach es considerado el gran maestro del contrapunto. Su obra es considerada como la cumbre de la música barroca, y sus composiciones más importantes están entre las más destacadas de la historia de la música. Entre ellas se encuentran: Conciertos de Brandeburgo, El clave bien temperado, El arte de la fuga, La Pasión según San Mateo, Ofrenda Musical... Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) Este compositor y pianista austriaco, maestro del Clasicismo, es considerado uno de los músicos más influyentes de la historia. Sus obras (unas 600 creaciones) abarcan todos los géneros musicales y son la mayoría reconocidas como obras maestras. Fue un niño prodigio y murió joven, con apenas 35, las extrañas circunstancias de su muerte la han elevado a la categoría de mito. Entre sus obras destacaremos: Réquiem, Don Giovanni, Sonata para piano nº 11, Lacrimosa, Concierto para clarinete, El rapto en el serrallo... Ludwig van Beethoven (1770-1827) Nacido en Bonn, Alemania. Beethoven es uno de los más grandes y reconocidos compositores de la historia de la música y también es considerado el último gran representante del clasicismo vienés. Al igual que Mozart, expresa su arte en numerosos géneros, pero quizás el más destacado sea el de las sinfonías. De entre sus numerosísimas producciones musicales, destacan: Para Elisa, Himno a la Alegría, Sinfonia nº 9, Sonata para piano nº 14, Fidelio, Sinfonía nº 3, Sinfonía nº 5... Como comentábamos al principio, estos son solo algunos de los grandes compositores de la historia. Sin embargo, para un verdadero amante de la música existe una gran cantidad de nombres y obras que no deben pasar inadvertidas, entre ellos podemos citar a Johannes Brahms y su Canción de Cuna, Franz Joseph Haydn y El Himno del emperador, Franz Liszt y su Rapsodia Hungara Nº 2, Robert Schumann y Carnaval o Strauss y el Danubio Azul.

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Adolfo Hitler, el artista
Adolfo Hitler, el artista
ArteporAnónimo1/8/2017

Adolfo Hitler es recordado por haber sido el líder del partido Nazi y quien llevara a Alemania a detonar la Segunda Guerra Mundial bajo un régimen totalitario a finales de la década de los 30, hasta mediados de los años 40. Generalmente retratado como una persona estricta y fría, es difícil imaginar a Hitler interesado en algo más allá de la política, la milicia y la superioridad de la raza aria, de no ser porque, aún siendo joven, antes de la Primera Guerra Mundial, Adolfo Hitler considerara a la pintura como posible carrera y sustento. Entre 1908 y 1913, Hitler vivió en Vienna, donde desarrolló un amplio interés por el arte y produjo una serie de trabajos entre pinturas, acuarelas y dibujos para ganar dinero. Sin embargo, su obra no obtuvo el reconocimiento suficiente y fue hasta finales de la Segunda Guerra Mundial cuando sus pinturas, así como artículos personales, fueron recaudados e incluso subastados. Las ambiciones artísticas de Hitler se vieron disminuidas al fallar dos veces el examen de admisión a la Academia de Bellas Artes de Vienna, en 1907 y 1908. Algunos miembros de la institución reconocieron su talento y le invitaron a aplicar al programa de la Escuela de Arquitectura, pero él lo rechazó. Tras esta decisión siguió frecuentando los cafés de Münich, donde se reunían artistas ya establecidos, con la esperanza de encontrar apoyo de parte de alguno de ellos y lograr, así, convertirse en pintor. Mientras tanto, comenzó a vender pequeñas postales en las que reflejaba escenas de la vida cotidiana y paisajes. Durante su estadía en Vienna, Hitler se puso en contacto con Samuel Morgnestern, un hombre de negocios quien actuó como un primer promotor y vendedor de su obra; irónicamente, los primeros compradores fueron de origen Judío. Con 21 años, Hitler pintó su primer autorretrato, éste fue descubierto hasta 1945 en Essen, Alemania. A los 25 años, en 1914, Hitler sirvió en la Primera Guerra Mundial, en ésta continuó con el desarrollo de sus pinturas, mostrando un cambio de estética en sus obras. Si bien sus primeras piezas se basaban en paisajes muy detallados, exaltando la belleza arquitectónica y la armonía del espacio, las obras que realizó durante este periodo se volvieron más caóticas, simples, que podrían considerarse caricaturas y otras casi bocetos, al tiempo que comenzó a darle mayor importancia a una persona u objeto en lugar de plasmar en su trabajo una panorámica general. A través de su obra se puede apreciar su fascinación por los pequeños detalles, la naturaleza y los animales, pues también realizó diversas pinturas retomando a la naturaleza muerta, flores y perros. Su temática era simple: algunos críticos piensan que Hitler no tenía talento para la pintura, basando sus argumentos en la falta de personas dentro de sus paisajes, en los que la importancia recae en las estructuras arquitectónicas, casas de campo y, durante la guerra, en paisajes desolados, en ruinas, así como tanques y material militar. Con el fin de la guerra y el dominio del partido Nazi: documentos, archivos personales y las pinturas de Hitler fueron recolectados por militares estadounidenses y, hasta la fecha, se encuentran guardados en sus archivos históricos y políticos, muchos de ellos fuera del acceso público. Sin embargo, algunas pinturas que fueron adquiridas por coleccionistas privados, así como varias obras, han sido subastadas por miles de dólares; justo, en 2012, una de éstas llegó a los 42 mil 300 dólares en una subasta realizada en Eslovaquia. No sabemos si compraríamos una obra del Führer, lo que sí se sabe que existen muchos coleccionistas de artículos y memorabilia Nazi o de la II Guerra Mundial. Mientras tanto, aquí presentamos algunas de sus pinturas para que juzguen si Hitler alguna vez pudo ser “artista”.

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Las obras de música clásica más interpretadas
Las obras de música clásica más interpretadas
ArteporAnónimo1/9/2017

Los clásicos nunca mueren y las grandes composiciones musicales de todos los tiempos no dejan de interpretarse en las salas de conciertos de todo el mundo, lo que permite elaborar un ranking de las piezas que más suenan en los principales auditorios, a pesar de que en muchos casos sus autores las compusieron hace más de uno o dos siglos, e incluso tres. La consultora Bachtrack acaba de publicar la lista de las obras de música clásica más representadas durante el 2015, basada en más de 28.000 conciertos programados en escenarios de todo el planeta. Beethoven es, sin duda, el compositor estrella con tres de sus sinfonías situadas en el top 10. Y, en contra de lo que pudiera parecer, solo una obra de Mozart está en la lista, y en novena posición. En cambio, el músico de Salzburgo ha sido el más interpretado a lo largo de 2015, seguido por Beethoven, lo que ha representado un cambio de liderazgo respecto al año anterior, que estuvo encabezado por el compositor alemán. El resto de autores cuyas partituras más se han interpretado son, por orden: Bach, Brahms, Tchaikovsky, Schubert, Haydn, Ravel, Sibelius y Shumann. El caso que más llama la atención es el de Sibelius, que ha saltado del puesto 27 al 9 debido, especialmente, a la celebración de su 150 aniversario, lo que llevó a programar su música en muchos auditorios en forma de homenaje. Respecto a las óperas, Verdi encabeza la lista con su Traviata, una posición que ha arrebatado a Puccini con su Bohème (que ocupa ahora la sexta posición). La segunda ópera más representada a nivel mundial ha sido Le nozze de Figaro de Mozart, seguida de Carmen de Bizet, La Flauta mágica de Mozart y Madama Butterfly de Puccini. Así pues, el top 10 sinfónico queda repartido de la siguiente manera: 1. Sinfonía número 5 de Beethoven El mismo compositor estrenó su opus 67 en el Theater an der Wien de Viena el 22 de diciembre de 1808. Considerada una de las obras más importantes de todos los tiempos, sus primeras notas (ta-ta-ta-chan), conocidas como el motivo del destino, resultan inconfundibles y han formado parte de infinidad de temas de géneros modernos, como el rock. 2. Mesías de Haendel Haendel compuso su famoso oratorio en solo tres semanas, en 1741, estando en Londres, y se estrenó oficialmente en Dublín un año después. Narra la vida de Jesús y se suele representar en Navidad porque el primero de los tres actos está dedicado al adviento y al nacimiento de Cristo. 3. Concierto para violín de Sibelius El músico finlandés compuso su opus 47, el único que dedicó a un solo instrumento, en 1903, pensando en el virtuoso violinista Willy Burmester. La obra, de gran complejidad técnica para el violín solista, se estrenó bajo la batuta del propio Sibelius, pero Burmester no pudo acudir y fue substituido por un violinista que no estuvo a la altura de la dificultad ejecutora que requería su partitura. El compositor descartó esta versión y la definitiva fue estrenada por el también compositor Richard Strauss con la Berliner Philharmoniker, otra vez sin Burmester y también con la ausencia de Sibelius. 4. Sinfonía número 5 de Tchaikovsky Tchaikovsky fue el encargado de dirigir el estreno de su sinfonía opus 36 en San Petersburgo en noviembre de 1888. El compositor nunca se sintió a gusto con esta obra, a la que consideraba inferior a la Cuarta Sinfonía. Ambas tienen en común un leitmotiv dedicado a la fuerza del destino. 5. Concierto para violín de Mendelssohn La fama que cosechó el segundo concierto que Mendelssohn escribía para violín, provocó que su opus 64 eclipsara por completo su primera obra dedicada a este instrumento. El compositor alemán pensó en el concertista Ferdinand David, quien le ayudó en los pasajes más técnicos. Mendelssohn no pudo dirigir el estreno de la obra, que sí contó con la participación de David en la Gewandhaus de Leipzig el 13 de marzo de 1845. 6. Sinfonía número 7 de Beethoven Beethoven aprovechó un retiro de salud para componer la que él mismo consideró una de sus mejores obras. El músico alemán dirigió el estreno en diciembre de 1813 en Viena con una orquesta repleta de músicos de primera y a pesar de que ya le costaba oír los pianos, según explican músicos contemporáneos al artista. Es especialmente conocido el Allegretto, el segundo de los cuatro movimientos, que la orquesta tuvo que repetir como propina al finalizar la primera audición. 7. Sinfonía número 1 de Brahms El compositor romántico alemán tardó catorce años en concluir su primera sinfonía, que se estrenó en noviembre de 1876 bajo la batuta de su amigo Felix Otto Dessoff. Presionado por los que lo consideraban el heredero de Beethoven y su famosa autocrítica e inseguridades contribuyeron al retraso de la composición. Hay quien consideró que esta sinfonía podría haber sido la Décima de Beethoven, un elogio envenenado que Brahms nunca encajó bien. 8. Sinfonía número 6 de Beethoven La famosa pastoral de Beethoven se estrenó el 22 de diciembre de 1808 en el mismo concierto en que se interpretó también por primera vez la Quinta Sinfonía. Con esta composición Beethoven pretende describir sinfónicamente la naturaleza y rompe con la estructura clásica, al incorporar cinco movimientos, uno más del habitual. 9. Eine Kleine Nachtmusik de Mozart Todavía se desconoce por qué Mozart compuso La Pequeña Serenata Nocturna, la n.º 13 para cuerdas en sol mayor, una de sus obras más conocidas y estrenada en agosto de 1787. Contaba con cinco movimientos, pero se ha perdido la partitura de uno de ellos. Se podría considerar una compasión mágica, una obra maestra en la que el músico de Salzburg solo utilizó nueve simples notas repetidas de mil formas. 10. Concierto para Violín de Brahms Brahms creó una obra de una gran dificultad técnica para el instrumento solista pensando en su amigo y virtuoso Joseph Joachim, que la estrenó bajo la batuta del compositor en enero de 1879.

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Obras conocidas de literatura que pocos logran terminar
ArteporAnónimo2/3/2017

Ciento treinta millones. Es más o menos el número de obras literarias publicadas a lo largo de nuestra historia. Un dato descorazonador para quien tuviera entre sus planes leérselo todo en vida: harían falta 250 años. Y eso, siempre que uno tuviera la capacidad sobrehumana de devorar cada libro en un minuto. Tal vez por eso a algunos escritores consultados para este artículo no le duelen prendas en reconocer que acumulan un montón de ejemplares dejados a medias en sus estanterías. Incluso lo recomiendan: "La vida es corta y hay demasiadas cosas interesantes que leer", opina Andrés Barba, uno de los jóvenes escritores más importantes en habla hispana, según la prestigiosa revista británica Granta. Barba reconoce que la única vez que ha logrado acabarse Moby Dick fue cuando le encargaron traducir su última edición en castellano. El filósofo Henry David Thoreau ya lo había dicho un par de siglos antes: "Lee los buenos libros primero; lo más seguro es que no alcances a leerlos todos". Visto el panorama, conviene no perder el tiempo con lecturas infructuosas. Manuel Astur, poeta, ensayista y cofundador del movimiento artístico Nuevo Drama, aconseja huir de lo farragoso: "Creo que un buen libro es el que logra contar algo complejo con un lenguaje sencillo y ahorrador", y cita: "La broma infinita, de Foster Wallace, es un claro ejemplo de postureo: pocos han conseguido terminarse sus más de mil páginas. Y quienes lo han hecho, jamás reconocerán que no les ha gustado y han perdido el tiempo". Un libro no debe afrontarse, añade Barba, como un reto. El lector se coloca en una posición deudora con el autor, y es incapaz de dejarle con la palabra en la boca. Y olvidamos que, en ocasiones, es precisamente el escritor quien nos la está dando con queso. El propio Charles Bukowski reconocía sobre sus libros: “Trabajo bien durante botella y media de vino. Después, soy como cualquier viejo borracho de bar: repetitivo y pesado”. Curiosamente, cuando le diagnosticaron leucemia, se dio cuenta de que era capaz de escribir genialmente sin alcohol ni tabaco. Solo tuvo un año para comprobarlo, antes de morir en 1994. Pero eso ya es otra historia. Hay una cantidad ingente de obras malditas que muchos no tienen las tragaderas para leer hasta el final, ni el arrojo de reconocerlo. Ya dimos 10 ejemplos, y ahora vamos con un segundo listado. Antes de afrontarlo, un consejo kafkiano para optimizar el tiempo y no desazonarse ante los millones de ejemplares que jamás llegaremos a hojear y, mucho menos, culminar: "No se deberían leer más que los libros que nos pican y nos muerden. Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo en el cráneo, ¿para qué seguir?". Lo dijo un autor, Kafka, prolífico en obras que muchos han dejado a medias. 'Ada o el ardor', de Vladímir Nabókov El típico caso de una obra de arte aplaudida por la crítica e incomprendida por el público. El genial autor de San Petersburgo escribía tan bien que facturó su novela más célebre, Lolita, en inglés, y ni siquiera era su lengua vernácula (aunque la dominara desde pequeño, por el empeño de su aristocrática familia y sus maestros de escuela). El germen de Ada o el ardor se le ocurrió tras volverse mundialmente famoso con la historia del profesor viudo obsesionado con una adolescente: justo después de Lolita, se propuso crear su obra maestra (aún no era consciente de que ya lo había hecho), y Ada o el ardor (1969) nació de dos proyectos distintos, dos crónicas vitales que acabaron trenzándose de tal manera que decidió que merecían convertirse en una sola novela. Tal vez por eso le llevó escribirlo más de nueve años. Nabókov siempre declaró que deseaba ser recordado por esta obra, aunque su enrevesamiento narrativo, plagado de acrobacias semánticas, alusiones y dobles sentidos imperceptibles para un lector de inteligencia media, no encontró el acomodo universal que esperaba. El poeta Manuel Astur vive una contradicción con este libro: "Nabókov es uno de mis maestros, mi gran inspiración para mis libros. Pero esta es una novela que se me resiste, por más que lo intento". 'Rayuela', de Julio Cortázar El escritor argentino definió su obra maestra Rayuela (1963) como "contranovela". A través de la historia de su protagonista, Horacio Oliveira, traza, a lo largo de 156 capítulos, una vida completa, pero con estructuras que huyen de convencionalismos para adentrarse en lo surrealista. Y no solo en lo que cuenta, sino especialmente en cómo lo hace. Invita al lector a compartir su caos y le da varias opciones para leer la novela: está la "normal", de principio a fin. También la "tradicional", solo hasta el capítulo 56 y prescindiendo del resto. También la "anárquica", esto es: el orden que se le antoje al lector. Y, por último, el que propone Cortázar a modo de juego, con una secuencia establecida en el "tablero de dirección" mostrado en la primera página, como una suerte de Excel primigenio. Es una cuadrícula en la que el lector comienza en el capítulo 73, y de ahí va rebotando de uno a otro sin orden aparente, hasta finalizar en el 131. Muchos son quienes aseguran no haber pasado de la página tal o de la página cual. Pero a esa confesión debe seguir la inevitable pregunta: ¿en qué orden te lo leíste? Y es que Rayuela es el único libro que, si se deja por la mitad, puede significar que prácticamente te lo has acabado. 'En busca del tiempo perdido', de Marcel Proust La filóloga Josefina Lazcaray da un consejo a los intrépidos que se aventuren a terminarse los siete tomos que escribió Proust a lo largo de 14 años: "Llegar hasta la página 80 del primero, y superar la famosa escena en la que Proust rememora su infancia mientras moja una magdalena en té". El escritor parisino levantó esta obra de más de 3.000 páginas entre 1908 y 1922, justo el año que falleció, posiblemente exhausto por semejante odisea. Muchos recomiendan leer antes la biografía de Proust, porque En busca del tiempo perdido se compone, en definitiva, de reflexiones sobre su vida hechas en vida. Pero volvamos a la página 80: "Es una novela muy complicada por la sintaxis tan propia y compleja de Proust, la ausencia de puntos en pasajes larguísimos en los que va hilando ideas dispares y es fácil perderse. Pero cuando pasas el episodio de la magdalena, el cerebro se acostumbra a su forma de escribir, y ya está preparado para el resto que, si le coges el punto, lo devoras", dice Lazcaray. El suyo no es un caso normal. Pocos pueden decir que se han zampado los siete tomos ("es una mis espinas clavadas", reconoce Manuel Astur), y mucho menos dos veces, como la filóloga: "La primera por placer, recién empezada la universidad; la segunda, porque fue mi proyecto de fin de carrera. Y descubrí muchos detalles nuevos. Lo recomiendo". Quien esté dispuesto a secundarla, que se coja un par de meses de excedencia. O mejor un año. '2666', de Roberto Bolaño Muchos de los consultados achacan, a la dificultad para acabarse esta novela, su longitud. No en vano, el genialmente oscuro autor chileno la planteó como cinco libros independientes que se publicarían tras su muerte en 2003, como legado económico para su descendencia. Sus hijos, en cambio, dejaron de lado la intención crematística y prefirieron convertirlos en una única gran novela. El resultado son más de mil páginas con la pluma ágil y turbia de Bolaño recorriendo lo acontecido en la ciudad imaginaria de Santa Teresa, espejo de la violenta Ciudad Juárez de México. Hay otro factor, sin embargo, que hace que uno encalle más o menos a la mitad del libro. Nos lo cuenta la filóloga Josefina Lazcaray, una voz autorizada por la devoción que siente por el autor: "Me dio bajón. Bolaño tiene una escritura espectacular, pero en esa parte describe uno tras otro asesinatos de mujeres, durante páginas y páginas que pasan de lo tedioso a lo angustiante sin interrupción. Es como llegar a un terreno enfangado de horrores, que me impide seguir con lo que viene después". 'Corrección', de Thomas Bernhard Aparte de su trama indescifrable, el desprecio absoluto del autor austriaco por los puntos y seguido (por no hablar ya de los puntos y aparte) y su obsesión con las frases subordinadas hasta el infinito, llevan al lector a la claudicación ya desde la tercera página de Corrección (1975). Los hay que defienden a ultranza su estilo laberíntico, como Andrés Barba: "Hay que interpretar sus textos como obras sinfónicas, con sus ritmos y sus cadencias. Dejarse llevar como lo haces con una melodía". También el joven escritor y crítico literario Jesús Artacho, que sobre Corrección, afirma: "Lo sé, lo tiene todo para no gustar: un argumento poco atractivo y una sintaxis asfixiante en sus más de 300 páginas. Pero hay que leerlo, y después odiarlo o admirarlo sin reservas, pero hay que leerlo". 'Los cantos', de Ezra Pound Es un poema largo, larguísimo, más aún por el tiempo que llevó escribirlo que por su extensión. Casi medio siglo, desde 1915 a 1962, se tomó el poeta estadounidense Ezra Pound para culminar sus 116 cantos. Están considerados por la crítica una de las obras más significativas de la poesía modernista del siglo XX, y al mismo tiempo una de las más complejas. Por sus casi mil páginas circulan multitud de ideas atropelladas que saltan de una a otra abruptamente, en las que afloran su admiración hacia Confucio, su antisemitismo, su afinidad con el régimen de Mussolini, referencias geográficas que recorren Europa, Asia, Estados Unidos y África, volteretas temporales y varios idiomas, incluidos caracteres chinos. El poeta y traductor cubano José Kozer da unas pautas para no cejar: "Leerlo en inglés. El inglés de los poemas de Ezra Pound es fácil de leer. Lo difícil en sus poemas es el griego, latín, chino, japonés, italiano del Renacimiento, imitaciones del habla popular inglesa o de la pronunciación del inglés en boca, por ejemplo, de un hablante alemán. Menos difícil de leer es su francés, italiano y alemán modernos, o su deficiente español, tan defectuoso como el de Hemingway". Y reconoce: "Leer a Pound es adentrarse en una interminable retacería muchas veces inabordable. Una poesía que nos entraña en la dificultad a veces ígnea, a veces tediosa del mundo que heredamos y al que damos en gran medida la espalda por desidia". 'Flash boys', de Michael Lewis Si hay algún índice mínimamente científico que pueda medir qué libros se dejan a medias, es el Hawking Index del Wall Street Journal. Se basa en los datos ofrecidos por Kindle, la plataforma digital, concretamente de su función Highlights: el usuario puede resaltar un párrafo, que luego recogerá Amazon en un listado de los pasajes más exitosos. En función de en qué página se encuentre el promedio de textos destacados, se desprende un porcentaje de lectores que se acabaron cada libro. Este índice de concreción discutible (se deja fuera a los lectores de las ediciones en papel y a los de Kindle que, sencillamente, no usen la susodicha función) tuvo, sin embargo, bastante repercusión cuando se publicó en 2014. Allí figuraba Flash Boys (2014), que cuenta cómo se amañan los sistemas informáticos de las bolsas para que, al final, siempre gane la banca. Un libro interesante del que solo se leyó, de media, un 24,7% de su contenido. Y es que a pesar de desvelar escandalosos hallazgos, muchos critican su excesivo tecnicismo a la hora de contarlos. Michael Lewis, broker, escritor y periodista financiero, parece exigir tácitamente un máster en macroeconomía para entenderle. 'La casa de hojas', de Mark Z. Danielewski Cuando uno pregunta por el género de La casa de hojas (2000), las respuestas de quienes han pasado por sus páginas son dispares: muchos la consideran una novela de terror, otros romántica, algunos creen que hay mensajes existenciales soterrados y los hay quienes, sencillamente, opinan que es un tostón ilegible. La crítica sí ha coincidido en calificarlo de literatura ergódica, neologismo que parte de dos palabras griegas: ἔργον (trabajo) y ὁδός (recorrido), y que define, según el estudioso Espen J. Aarsethse, a las obras que requieren un esfuerzo relevante por parte del lector para atravesar el texto. El lector no se limitará a leer: para llegar a su última página habrá cambiado el libro de posición unas cuantas veces, leído caracteres inversos a través de un espejo, descifrado código morse, interpretado partituras y hasta alfabeto braille. "Cuando cayó este libro en mis manos, pensé que iba a ser un desastre comercial", cuenta un editor que prefiere no dar su nombre. "Al final se vendió muy bien, pero dudo que muchos lo hayan terminado", añade. 'Cristo versus Arizona', de Camilo José Cela El Premio Nobel Camilo José Cela fue otro de los alérgicos a los puntos, al menos en este western experimental salmodiado en primera persona: solo tiene uno, el punto final. Se introduce en el salvaje Oeste para tocar, de soslayo, el famoso duelo que enfrentó a los Earp con los Clanton y los Frank, en octubre de 1881, en el O. K. Corral. Todo es una excusa para concatenar pequeños relatos sin rumbo definido. Los pocos que logran llegar a la página 238 donde espera el añorado punto, eso sí, se ganan una radiografía certera de una sociedad que estuvo marcada por la violencia y el sexo, descrita con esa pátina de humor y desprejuicio que, irrebatiblemente, es Cela en estado puro. 'Finnegans wake', de James Joyce De James Joyce podíamos haber elegido Ulises, pero nos pareció demasiado obvio. Cuando el lector se queje del esfuerzo que exige leer Finnegans wake (1939), que tenga en mente lo que le costó al autor levantar esta novela, que le llevó casi dos décadas escribir. Lo desconcertante es que la empezó poco después de terminar su monumental Ulises (1922), obra que, en sus propias palabras, lo había dejado "exhausto". Está claro que el escritor irlandés sacó fuerzas de algún lado, porque Finnegans wake tiene 628 páginas, para las cuales tuvo que descartar casi 15.000. Tiró de un leguaje inventado, a base de mezclar unidades léxicas inglesas con neologismos, y lo trufó de calambures que vuelven su compresión realmente difícil. La estructura ayuda poco: no es lineal sino, como él la calificó, "esférica", donde todo lo que se cuenta sobre la familia Earwicker y su entorno es al mismo tiempo principio y fin del relato. Los pocos que han logrado culminarla (y entenderla), como el escritor Anthony Burgess, afirman que se han "partido de risa en cada página". Felicidades, señor Burgess.

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Cómo aprender de arte con Cantinflas
ArteporAnónimo5/25/2016

Es bien sabido que el grueso de los programas de televisión es hueco y dista de aportar algo al espectador embelesado y sin un criterio que le permita distinguir entre un contenido de calidad de lo meramente vacuo, es presa fácil del entretenimiento más banal que puede ofrecer un medio de comunicación. Igualmente difundida entre los que consideran al aparato televisor como un arma de destrucción masiva, está el fabuloso mito en oposición a la pantalla de que no existe nada mejor para cultivar la mente que leer. Tomar una revista o un libro y recorrerlo con la vista letra por letra, palabra por palabra es, según ellos, la actividad cultural por excelencia. Entonces leer lo que sea, leer por leer, sin importar el contenido, aumenta la cultura y desarrolla habilidades cognitivas muy por encima de mirar televisión. Incluso se recomienda por receta, como actividad física, con un tiempo determinado: “Leer veinte minutos al día mejorará tu imaginación”. Lo anterior es igual o más peligroso que mirar sin reservas la televisión, pues —siguiendo la misma lógica— todo lo que aparezca en un formato impreso, legible y cuya comprensión involucre al proceso humano en el que se interpreta la escritura asignando un significado a cada palabra, es tomado como verdad y digno de ser leído, pues de lo contrario su formato no sería un libro, sino un programa de televisión. El contenido basura no diferencia entre formatos: leer un libro puede ser una experiencia tan pobre como ver un programa de televisión de revista matutina. De la misma forma, existen excepciones en la pantalla chica que resultan mucho más gratificantes que un aburrido libro de texto o bien, el best seller de librería de restaurante o tienda departamental. Una de esas honrosas excepciones televisivas, es Cantinflas Show. El programa ideado por el genio creativo de Mario Moreno partía con la simple pero difícilmente irrealizable premisa de educar entreteniendo. El cómico mexicano planteó una miniserie de dibujos animados de 6 minutos de duración para explicar el mundo en que vivimos a la audiencia más pequeña. A través de viajes en el tiempo, Cantinflas animado conoce las distintas épocas y a sus protagonistas: lo mismo el Antiguo Egipto o la caída de Roma que la vida en Japón o los monumentos más importantes de París, sin embargo, la serie dedicada a la producción de grandes obras artísticas es la que más resalta por su originalidad y contenido. ¿Cuál fue el Periodo Azul de Picasso y su concepción del arte? El malagueño muestra a Cantinflas qué es el Cubismo, de la misma forma que Rembrandt toma vida en uno de sus autorretratos y lleva al cómico a explorar la técnica del claroscuro y la historia detrás de una de sus principales obras, ‘La Ronda Nocturna’. La serie de tauromaquia por Francisco de Goya y la pintura de cámara de Velázquez, el genio creativo de Da Vinci y Miguel Ángel durante el Renacimiento, todos son temas que aborda Cantinflas con su particular humor y un estilo simple pero ameno. En la literatura, el dibujo animado conoce a Dante, Shakespeare, Goethe, Julio Verne y Miguel de Cervantes. Un claro ejemplo de que la célebre dicotomía televisión-libros está basada en una interpretación errónea de cada uno de los formatos, obviando el contenido, la verdadera esencia de cualquier expresión humana. Ni todos los libros son buenos, ni todos los programas de televisión son basura.

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¿Quién compuso el Greensleves?
ArteporAnónimo2/12/2017

De todos es sabido que el Greensleves es una canción y melodía tradicional del folklore inglés, básicamente sobre un motivo que sigue la forma denominada romanesca. Aunque existe una leyenda, muy extendida, que asegura que fue compuesta por el Rey Enrique VIII de Inglaterra (1491-1547) para su amante y futura reina consorte Ana Bolena. Ana, que era la hija más joven de Tomás Bolena, primer conde de Wiltshire, rechazaba los intentos de Enrique de seducirla. A este rechazo aparentemente se alude en la canción, cuando el autor escribe «cast me off discourteously» («me repudias descortésmente»). No se sabe si la leyenda es cierta, pero la canción todavía se asocia comúnmente a dicha dama en la opinión pública. Probablemente circuló en forma de manuscrito, como mucha música de uso social, mucho antes de que fuera impresa. Una canción con este nombre se registró en la London Stationer’s Company (Compañía de Impresores de Londres) en 1580, como A New Northern Dittye of the Lady Greene Sleeves. No se conoce ninguna copia de esa impresión. En la obra conservada A Handful of Pleasant Delights (1584) aparece como «A New Courtly Sonnet of the Lady Green Sleeves. To the new tune of Green sleeves». Es discutible si esto sugiere que había en circulación una vieja canción de «Greensleeves» o cuál de ellas es la melodía que nos es familiar. Sea quien sea el autor, hablamos de una de las piezas más conocidas del Renacimiento. Aquí dejo una versión del maestro Savall. Una delicia, diría yo. En cuanto a la letra, hay muchas versiones, como un lamento convencional de amante, a menudo variando simplemente en la densidad silábica. Esta es la primera versión impresa: Alas my love, ye do me wrong, to cast me off discourteously: And I have loved you so long Delighting in your companie. Muchas versiones usan una gramática puesta al día, o bien una mezcla. He aquí la misma estrofa en una versión más ligera: Alas, my love, you do me wrong To cast me out discourteously, For I have loved you for so long, Delighting in your company. Letra renacentista: Alas my loue, ye do me wrong, to cast me off discurteously: And I haue loued you so long Delighting in your companie. Enrique VIII Enrique fue coronado Rey de Inglaterra en 1509, casándose con la viuda de su hermano, Catalina de Aragón, la primera de las seis mujeres que le acompañarían durante su vida. Desde el momento de ascenso al trono la música pasa a ocupar un lugar prominente en la corte. Tratándose de un rey joven (apenas tenía 17 años) y con gusto por la diversión y el ambiente cortesano, la música aparece en todo tipo de ceremonias: reuniones con jefes de estado y embajadores, procesiones, banquetes, justas… El incremento de músicos en la corte es otro factor que habla por sí mismo de la creciente importancia de la música: si apenas 60 años antes, en época de Eduardo IV, eran 5 los músicos permanentes en la corte, con Enrique VIII el número asciende a 58, entre los que hallamos documentados ocho violas, siete sacabuches, siete flautas, dos laúdes, un virginal y un rabel, entre otros. Impresiona también la gran colección de instrumentos de que disponía, inventariada en 1547, tras su muerte. Como cuentan las fuentes, gustaba de oír a los demás, pero también se recoge que él mismo fue intérprete al laúd, al órgano y también al virginal, incluso de cornetto y otros instrumentos como el gitteron-pipe y el flute-pipe, todos ellos de viento. Y sobre todo, estas mismas fuentes inciden en cómo el monarca escribía sus propias canciones para después interpretarlas. Hemos llegado al Enrique VIII compositor. Al laúd y también a la pluma Al Enrique VIII compositor se le ha tratado de las maneras más contrapuestas: desde poco más que un farsante, por copiar completamente obras continentales y sólo añadirles su firma, a la visión del genio que revolucionó la música de su tiempo en Inglaterra, acuñando la intemporal “Greensleeves”. Como suele ocurrir en estas ocasiones, el término medio suele llevarnos a la opción más cercana a la realidad: es cierto que sus obras se inspiraron en música continental europea y que algunas de ellas se construyeron sobre piezas prexistentes –una costumbre muy común– pero no sería correcto afirmar que la mayoría de su obra es pura copia. El único caso demostrable de plagio es “Gentil prince de renom”, una chanson donde las tres voces principales se recogen en un manuscrito veneciano publicado en 1501 (Enrique tenía apenas 10 años de edad). Su contribución a estas fue una cuarta voz, sin letra (quizás con vistas a una posible interpretación puramente instrumental), que los teóricos definen como extremadamente débil. Ah, y por supuesto, su firma. Tanto esta chanson como el resto de piezas atribuidas al monarca se conservan en el conocido como “Manuscrito de Enrique VIII”, compilado en 1518 y que incluye también obras de otros compositores contemporáneos, como Cornysh, Cowper o Fairfax, o continentales, como Barbireau o Compère. Además de las piezas recogidas en este manuscrito, se sabe que Enrique escribió dos misas en cinco partes, que hoy se encuentran perdidas, y un motete religioso, “Quam pulcra es”. Que sepamos esta fue toda su aportación a la música sacra. El nivel de estas composiciones ha sido muy discutido. En algunos casos, parece ser que las piezas han llegado hasta nosotros más por el renombre de su autor que por su calidad musical, pero sobre todo es innegable que las piezas en lengua inglesa tienen interés por sí mismas, que enganchan. No hay más que ver el caso de “Pastime with good company” (de donde proviene el título de este artículo), una obra donde se refleja la juventud del rey y su gusto por la diversión, tal como reza el título, en buena compañía. Ciertamente, Enrique VIII no fue un compositor revolucionario, ni su producción musical marcó un antes y un después.3 Pero su legado en este campo fue más allá: su interés por la música le proporcionó a músicos y compositores un lugar destacado en su corte y en las que le sucedieron, creando un espacio que, marcado por la Reforma religiosa del rey, sería caldo de cultivo para los grandes nombres en la música de la era Tudor, como Christopher Tye, Thomas Tallis o William Byrd. Y cierto es, no hemos vuelto a hablar de “Greensleeves”. Probablemente fuese de origen isabelino y basado en un estilo de composición italiano que no llegó a Inglaterra hasta mucho después de la muerte de Enrique.

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Las pinturas más oscuras para los humanos más inadaptados
ArteporAnónimo8/9/2016

La soledad no se padece; se vive, respira, disfruta y encuentra hasta en los detalles más simples. Incluso, por muy contradictorio que se escuche, ésta se comparte, se emana y se reparte ante los que están cercanamente distantes. Ese aislamiento que resulta tan exquisito, tan propio, se puede convertir con rapidez en oscuridad; una sombra que todo lo cubre y que atrapa cualquier intento o persona fuera de esa sincronía melancólica. Para quienes amamos la sensación del retiro, quizá no haya mejor evento a nuestro alrededor que ver cómo un día nublado ejerce su poder sobre los demás, cómo la noche da la bienvenida a las rarezas ajenas y cuáles son los instintos salvajes que desata un pálido rostro desencajado en medio de una reunión. Adorar la separación es ser, con seguridad, un poco inadaptado. Es abrazar e inclusive dramatizar en lo “otro”, moverse en las rutas de lo distinto, ya sea como una auténtica pulsión o una creación histriónica, para no estar en compañía de los demás innecesariamente. Andar por una vía tenebrosa –en el estricto sentido de la palabra, como lo propio de las tinieblas– es el aceptar de la alienación, es consumarse deliciosamente en la quietud y la incomunicación. No es extraño que esa pasión por el autoabandono nostálgico se halle, entonces, en la obra de Edward Hopper; el reflejo de todo eso que sentimos y también privamos en nuestro entorno se posibilita muchas veces en el arte, pero nada como lo expuesto en los cuadros del norteamericano que nos demostró la tranquilidad nocturna de las personas que son justo como nosotros. Probablemente él no lo haya procurado conscientemente de tal manera; de hecho, en repetidas ocasiones Hopper se pronunció en contra de ser catalogado o estigmatizado con un tema tan revisitado como la soledad. Sin embargo, con el paso de los años y el desarrollo de su trabajo, las pinturas que produjo fueron fácilmente ubicadas en ese eje. Situación un tanto equivocada, pues sus intereses estaban enfocados en otro tipo de retrato, mas no pudieron escapar del ojo que encuentra la nostalgia en toda forma y en cualquier carácter. Los cuadros de Hopper se han mantenido en nuestra historia contemporánea, sobre todo por el afán depresivo de algunos. Y no está mal; no hay error en ello del todo. La pintura de ciudad que generó el artista americano conlleva un poco de este espíritu; su búsqueda visual y su registro plástico perseguían la situación de lo humano frente a lo material, de lo frío ante lo espiritualmente cálido, de la vulnerabilidad al ser visto en concordancia con brutalidad de observar. La escena urbana a cargo de este creador fluyó por las sendas tapiadas de la comunidad para demostrar la insoportable exposición que implica la edificación moderna o contemporánea en las fragilidades del hombre. Obviamente, Nueva York fue uno de sus escenarios primordiales para evidenciar dicha situación. La mirada de Hopper procuró siempre un placentero y gentil, pero no por ello menos áspero aislamiento en el alma y los trazos de su producción. No olvidemos tampoco que esto facilita una perspectiva más estilizada del voyeur, ya sea en la composición de la pintura o en la experiencia del espectador. Retomemos, por ejemplo, algunas de sus producciones más famosas y que pueden dar fe de lo anteriormente descrito. “Summer Interior” (1909) ¿Dónde está situado el protagonista de este cuadro? ¿Acaso somos nosotros, aunque también existe la posibilidad de ser un hombre o una mujer en la ventana? ¿Ese sujeto voyerista observa un qué o admira a un quién? No lo sabemos. ¿Será un silencio postcoito, una escena de violencia o una intromisión del transeúnte? ¿Será una chica devastada por la pérdida? “Morning Sun” (1952) No hace falta la oscuridad natural para sentirse solo; la luz solar se puede convertir en un fenómeno sombrío de reflexión, como vemos en este trabajo, y generar un juego de sombras o cegamientos imperceptibles para los demás. “Cape Cod Morning” (1950) Esperar es un acto constante en el alma nostálgica. Qué y cómo, no se sabe, pero esa insatisfacción de las no-llegadas se puede convertir en una adicción difícil de solucionar en la personalidad de quienes vivimos en la exquisitez de la soledad. Vivimos para continuar aguardando y cuidar la propia desilusión. “Hotel Room” (1931) Al borde de una cama suspira el cansancio. La escala en que fue realizada esta pintura, ambiciosa en todo sentido, también da cuenta de la simplicidad geométrica con que el sentimiento humano puede alcanzarse en la pintura. ¿Qué lee esta mujer? Al parecer nada. Posiblemente es aun más devastador el vacío de una carta que debe escribir. “Night Windows” (1928) Ya entrados en el plano citadino que caracterizó a Hopper, podemos encontrar estas tres ventanas que causan tanto asombro como escalofrío e intriga. El sujeto que observa, que una vez más puede ser cualquiera de nosotros, se halla ¿flotando en el cielo?, ¿en el edificio contiguo, en el tren elevado? Cual sea el caso, la no conexión de la mujer en su intimidad con el ser externo da muestra de la soledad que el silencio moderno propicia. “Automat” (1927) La ciudad, tan llena de luces y velocidades sin parar, nos guía a ese estado de desconexión en que el aislamiento, la renuncia a todos, sólo exige sobrevivir. Dejar que el tiempo corra mientras se platica con uno mismo en el fondo de una taza con café. “Room in New York” (1930) La tipicidad de una escena, mas no su vacuidad o burda repetición, hizo de Hopper un maestro para el retrato de lo cotidianamente conmovedor. En la soledad y ajetreo de la ciudad, en una habitación de hotel o un hogar cualquiera, la incomunicación invade incluso el espacio familiar. Rompe con cualquier vínculo necesario. “Nighthawks” (1942) Por supuesto, no podíamos dejar fuera a la que es, seguramente, la obra más famosa de Hopper. Inspirado en una cafetería de Avenida Greenwich, el artista estructuró un lugar común como si fuera un sitio de exhibición, un espacio sin salidas ni conexiones con el exterior, sólo un cristal que posibilita su publicación. La separación entre ellos y con el espectador mismo son retrato fiel del respeto o la indiferencia que suscita la urbe. La cristalización de la soledad y la materialidad efímera de la ciudad son dos elementos centrales en la oscuridad de Edward Hopper; tiniebla que a veces gozaba de luminosidad, en ocasiones disfrutaba de las marquesinas y la niebla nocturna de una urbe. Todo esto, estructura básica para los mecanismos necesarios de la inadaptabilidad, de la exclusión autónoma que se requiere para ser angustiosamente feliz.

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Momentos clave en la historia del arte
ArteporAnónimo3/3/2017

En los siglos XVI y XVII, época de los grandes descubrimientos producto de las expediciones a diversas partes del mundo, comenzaron a proliferar en Europa los llamados “gabinetes de curiosidades”. En estos espacios se exhibían artículos y tesoros calificados como extraños o curiosos que representaban los reinos animal, vegetal y mineral. Además, estos lugares también daban a conocer inventos o creaciones humanas. Tal es el caso de la colección del archiduque Leopoldo Guillermo, quien ostentaba una nutrida colección de obras que ponía al alcance de los espectadores para su conocimiento. Cuando el hombre tomó la decisión de reunir estos objetos en un mismo espacio, catalogarlos, resguardarlos y darlos a conocer al público, estaba llevando a cabo uno de los hechos históricos más importantes en el arte: la creación de los museos. Aparte de éste, existen otros acontecimientos de alta relevancia que han marcado tendencias y momentos clave en el arte. El día del descubrimiento de la cueva de Altamira A este sitio, ubicado al norte de España, le corresponde el honor de poseer las primeras manifestaciones artísticas del hombre. Henri Moore la llamó “La Real Academia del Arte Rupestre”. A lo largo de más de 270 metros, los muros de esta cueva están decorados con figuras de animales, manos y símbolos de estupenda técnica pictórica en una muestra de que el arte es una manifestación y una necesidad natural del ser humano. Han sido gran fuente de inspiración para artistas de la talla de Joan Miró. Se calcula que esta cueva estuvo habitada hace aproximadamente 13 mil o 35 mil años antes de la época actual. Cuando Leonardo Da Vinci pintó “La Mona Lisa” Leonardo es uno de los hombres más extraordinarios que el mundo haya visto en su larga historia. Considerado ejemplo del homo universalis por excelencia, fue un estudioso de diversas áreas de conocimiento: anatomía, hidráulica, botánica, arquitectura; sin embargo, es más recordado y reconocido por su obra artística. En especial por su pintura ícono del arte universal: “La Mona Lisa” (1503), la cual ha ejercido una intensa fascinación por parte de historiadores, críticos y público de todas las épocas debido a su historia oculta y su misteriosa sonrisa. El día en que Caravaggio usó la cámara oscura Para pintar a sus modelos y conseguir el efecto deseado, el artista del barroco utilizó instrumentos ópticos revolucionarios. 200 años antes de que la cámara fotográfica se inventara, Caravaggio se encerraba en una habitación oscura junto con sus modelos, hacía un agujero en el techo para iluminarlos y con la ayuda de un espejo y una lente, proyectaba la imagen sobre su lienzo. Roberta Lapucci, profesora del Studio Art Centers International de Florencia, afirma que esta técnica le fue revelada a Caravaggio por su amigo Giovanni Battista Della Porta, un físico. El artista lograba fijar las imágenes en el lienzo exponiéndolas durante media hora y con la ayuda de sustancias químicas sensibles a la luz, como carbonato de plomo y diversos minerales que eran visibles en la oscuridad. Así, él podía dibujar un boceto preliminar a grandes rasgos. El día en que Joseph Nicéphore Niépce tomó la primera fotografía y Louis Daguerre perfeccionó su técnica Ambos hombres cambiaron el destino del arte al ser los primeros en obtener imágenes fijas y permanentes. Desde la ventana de su granero en la comunidad de Saint Loup de Varennes, Francia, el ingeniero Nicéphore Niépce tomó en 1826 la primera fotografía que se conserva hasta nuestros días. “Point de vue du Gras”, es el título que recibe la imagen que en la actualidad se conserva en la colección Gernsheim, de la Universidad de Texas, en Austin. En 1839, Louis Daguerre anuncia y difunde su “daguerrotipo”, un método para captar imágenes por medio de una cámara oscura sobre una plancha metálica. Este dispositivo sólo permitía obtener una copia original sin opción a realizar duplicados. El año en que Duchamp presentó “La fuente” En 1917, Marcel Duchamp presentó su obra “La fuente” ante la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York. Se trataba de un simple inodoro que llevaba la firma de R. Mutt, y comenzó toda una revolución artística conocida como vanguardismo. Esta pieza fue denominada como “ready made” u objeto encontrado. Duchamp creía que todo objeto cotidiano podía volverse una obra de arte si se sacaba de su contexto original y lo trasladaba a un museo o galería, con lo cual adquiría una reinterpretación de su significado. La pieza fue rechazada al momento en que Duchamp la entregó para su exhibición. El único registro que existe de esta obra es la fotografía tomada por Alfred Stieglitz. “La fuente” es considerada como el inicio de un nuevo arte en el siglo XX. El día en que William Turner comenzó su obra paisajística El aliento se corta cuando la mirada descubre los paisajes de William Turner, pintor británico que enfocó su atención en la belleza de la naturaleza para dejar de centrar el arte en los seres humanos, los cuales forman una pieza más dentro de la sublime inmensidad de sus pinturas. Los intensos colores, el salvajismo de los elementos naturales y la invitación a perderse en la libertad que el mundo otorga son las principales características de una obra que rompió esquemas y abrió los límites del quehacer pictórico. El día en que Picasso pintó “Las señoritas de Avignon” y dio paso a las vanguardias Con esta obra, Picasso daba paso al movimiento cubista, una de las llamadas vanguardias, en el que las leyes de la perspectiva se veían alteradas y las figuras se presentaban bajo formas geométricas planas y de apariencia dispersa. Era su carta de presentación a lo que el arte debía convertirse en el siglo XX: expresiones innovadoras que rompieran con los moldes clásicos. El cubismo bebe del arte primitivo africano como se aprecia en el rostro de una de las señoritas, que parece portar una máscara. En su momento, esta obra no gozó de la aceptación general ni de artistas ni críticos, sin embargo, el tiempo le ha dado el lugar que merece como una de las obras que iniciaron la transformación del arte hacia nuevos caminos. Actualmente forma parte de la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York, en donde tiene un sitio privilegiado entre los asistentes a dicho lugar. El renacimiento de San Francisco Este periodo se caracterizó por una fuerte explosión de actividad poética y contracultural en la ciudad de San Francisco, California, en los años 50. Escritores y artistas visuales se vieron fuertemente influenciados por las filosofías orientales y modelos de vida basados en nuevas sensibilidades sociales. También se experimentó un notable renacimiento de la poesía vanguardista americana. Uno de los mejores ejemplos es el de Kenneth Rexroth (también considerado el padre del renacimiento de San Francisco): su actividad poética profundizó en el arte japonés del haiku y tuvo fuertes influencia del jazz. Diversas lecturas de poesía en cafés y galerías, en las que participaban jóvenes creadores, caracterizaron este movimiento en el que se enmarca el nacimiento de la Generación Beat. En la novela de Jack Kerouac, “Los vagabundos del Dharma” se describe una de las lecturas más célebres de aquel periodo: la llevada a cabo en la Six Gallery, el 7 de Octubre de 1955, organizada por Kenneth Rexroth. Kerouac describe el momento en que el poeta Allen Ginsberg realiza la lectura de su célebre obra “Aullido”. El día en que Andy Warhol transformó lo popular en arte La aportación de Warhol fue determinante para la historia del arte: abrió las puertas de lo popular y lo comercial para que fuera visto como manifestación creativa. Sus famosas pinturas de sopas Campbell o los retratos de famosos como Marilyn Monroe y Elvis Presley fueron la declaración absoluta sobre la cultura del consumismo que embargaba a los Estados Unidos en la década de los 60 y 70, así como la fascinación de una nación entera por estrellas a las que consideraba nuevos dioses. La superficialidad y lo material fueron retratados en su obra pictórica y cinematográfica como algo que podía lograr tener una relevancia. En los inicios de su carrera fue criticado y ridiculizado; hoy se le considera genio artístico y una de las figuras más relevantes del siglo pasado. ¿Qué decía Warhol sobre su condición de artista? “Un artista es alguien que produce cosas que la gente no necesita tener”.

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El artista que tenía sinestesia y bebía pintura
El artista que tenía sinestesia y bebía pintura
ArteporAnónimo7/19/2016

El término sinestesia se refiere a una condición médica en la que una o varias de las modalidades sensoriales se combinan entre sí. En literatura, es la representación de una conexión fuerte entre los diferentes sentidos, en pocas palabras, la sinestesia es la fusión de los sentidos. Se especula que Van Gogh bebía pintura amarilla porque tenía la idea de que esto mantendría su espíritu alegre, como el color. Pero existe otra teoría, basada en una habilidad que pocos tienen. Al probar la pintura, puede que haya visto algo que los demás no, que escuchara sonidos que para el resto del mundo eran inexistentes. Tal vez Van Gogh, con solo escuchar la palabra “amarillo” era capaz de sentir una explosión de sabores dentro de su boca, sentir el hielo derretirse en la lengua, oler el mar… No lo sabemos, se trata de una suposición. En 2014, se presentó un dato que dice que, aproximadamente, de entre el 2 y 4% de la población mundial posee la capacidad de entrelazar sus sentidos con el entorno que lo rodea. Pensemos, primero fue la pintura, luego los sentidos alocados, el sentir colores, ver sabores lo que despertó en el cuerpo y la mente del pintor Holandés. Era muy posible que cuando bebía pintura acrílica los pigmentos taparan sus arterías, las plastificaran, incluso, haciendo el trabajo del colesterol parecer un juego. Pero si se trató de óleo, es otra historia, ¿óleo amarillo? Descubrir qué tipo de pintura bebía suena a un acertijo que no tiene respuesta. Eso era Van Gogh, un acertijo o alguien difícil de entender. Se podrían imaginar diferentes escenas que han sido relatadas en un sin fin de biografías, películas y artículos. Pero el mito que más nos genera interés es pensar en por qué se cortó la oreja. ¿Qué debió escuchar como para apagar ese sentimiento? Ahora imaginemos cinco razones sin sentido por la que alguien se cortaría una parte del cuerpo: Oler flores pero probar ceniza. Tocar música pero verla estática. Sentir una mano pero ver a otra persona. Tocar la lluvia y sentir que quema. Ver los ojos del otro y escuchar mentiras. “Me he disparado, espero que no haya fallado”. Según tres artículos leídos tres horas después de media noche y acompañado del olor de la última tasa de café ya frío, eso fue lo que dijo Vincent en su lecho de muerte, catalogado como suicidio. La bala en el pecho tardó poco más de día y medio para hacerlo perder el aliento. ¿Y si es que estaba bajo los efectos de la influencia de la pintura, en el momento que su camisa se manchó de rojo? ¿Qué sería lo que probaron sus labios? ¿Su primer beso a la tierra bajo la que estaría en menos de cuarenta y ocho horas, o su última copa de vino? ¿Qué pasó por los tambores de su único oído? ¿Todos los gritos que no habían sido por dolor, su nombre en boca de un ser amado, el graznido de los cuervos que ya estaban esperándole? Aquí lo poético, ventanas del alma, ya medio empañadas: ¿qué pasó por sus pupilas? Quizá nada, ese sentido ya estaba ocupado y lo guiaba a los síntomas del estado de shock. ¿Y que olió? ¿Qué se llevaría a la vida eterna como perfume? No fue el plomo, eso sí, debieron ser todos los girasoles, la frescura de la geosmina, incluso el aroma del mismo óleo que le permitió encontrarse con sus sentidos por última vez. Era todo, era nada, el plomo rompió todo lazo entre sus sentidos, la bala cerca del diafragma, el amarillo ya sólo corría en su torrente sanguíneo, como una sustancia más, como parte de su espíritu del cual ya se había despedido. ¿Qué podemos definir? La respuesta es simple: Van Gogh tenía sinestesia. (O tal vez solo estaba completamente loco o el autor de lo que estás leyendo, se encuentra en el mismo dilema).

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El alcance de la obra de Oskar Fischinger
El alcance de la obra de Oskar Fischinger
ArteporAnónimo6/25/2017

Pintor, animador o realizador, pero por encima de todo, un artista revolucionario. Hablamos de la figura de Oskar Fishinger, el hombre cuyas obras fueron tan irreverentes y abstractas que el mismísimo Hitler las tildó de “arte degenerado”. Este es un paseo por algunos de sus trabajos más icónicos. Nacido cerca de Fráncfort el 22 de junio de 1900, Fischinger se formó como violinista y dibujante de arquitectura antes de quedar fascinado por el cine. Más o menos al mismo tiempo que estaba realizando su corto experimental de animación, Spirals, el artista se embarcó en la rareza Spiritual Constructions. La película es una pesadilla claustrofóbica. Lo que vemos: dos siluetas tomando unas cervezas en una barra. De repente, lo que parece una conversación degenera en violencia. Los cuerpos se distorsionan, los hombres se vuelven locos y las formas se pierden. Lo que antes eran cuerpos, ahora son perros y serpientes en un bucle que nunca deja de transformarse. El trabajo es un ejemplo del vanguardismo de Fischinger, un tipo cuya obra hoy sigue resultando igual de estimulante, aunque su importancia radica principalmente en la constante innovación, sobre todo en sus primeros trabajos de los años 20 y 30. ¿Cómo podía llevar a cabo semejante magia sin ordenadores de por medio? Motion Painting N.1. Mubi En el mundo del diseño, Fischinger es una figura imponente, especialmente en las áreas de la animación gráfica. Un artista conocido por su capacidad para combinar imágenes abstractas sincronizadas de manera impecable con el acompañamiento musical, donde cada encuadre está cuidadosamente dibujado o fotografiado a mano. Un maestro del movimiento y el color que llegó a pasar meses (a veces incluso años) en la planificación y la artesanía de sus animaciones. Precursor de los vídeos musicales para muchos, su trabajo le dio acceso a tecnologías de filmación avanzada, lo que sumado a sus propias innovaciones técnicas, lo llevaron al interés de los estudios de Hollywood. En Alemania llegó a trabajar en los efectos especiales de Woman in the Moon, de Fritz Lang, pero poco después tuvo que exiliarse cuando los nazis tildaron su obra de “degenerada” (como la mayoría del arte moderno). Untiitled (1946). MotionDesign En 1936 se trasladó a Los Ángeles, incluso llegó a realizar una escena para la mítica película de Disney, Fantasia, que finalmente fue eliminada del montaje. Frustradas sus intenciones como animador (a pesar de que hizo más de 50 cortos), Fischinger se centró en la pintura creando numerosas obras que capturan el movimiento dramático y el sentimiento de sus películas dentro de un solo frame. En la búsqueda de nuevas técnicas, el hombre también inventó el Lumigraph, un instrumento para producir pantallas cromáticas con movimientos de las manos, una especie de pintura óptica en movimiento precursora de los juegos multi-touch de hoy en día. Por todo ello, a continuación les dejamos con una pequeña selección de sus obras. Que las disfruten. Wax Experiments (1921-1926) Spirals (1926) Walking from Munich to Berlin (1927) Studie nr 8 (1931) Muratti Privat (1935) Composition in Blue (1935) Kreise (1936) An Optical Poem (1938) Early Abstractions Pt.1 (1946-57) Early Abstractions Pt.2 (1946-57) Lumigraph Film (1969)

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