kmk1729
Usuario (Argentina)

La Liga Patriótica Argentina fue un grupo de ultraderecha creado a partir de las huelgas de fines de 1918 y principio de 1919. La Liga Incluía tanto organizaciones paramilitares, como círculos sociales formales; actuando como grupos de choque, hostigando mediante el "matonaje" y acciones criminales, a residentes extranjeros, organizaciones sindicales y grupos de trabajadores en huelga. Semana Trágica El 7 de enero de 1919 los empleados de los Talleres Metalúrgicos Vasena de la ciudad de Buenos Aires entraron en huelga pidiendo mejores condiciones laborales. La huelga llevó a que la empresa contratara obreros rompehuelgas para intentar seguir funcionando. El disturbio entre los obreros en huelga y los rompehuelgas terminó con la intervención de la policía, que disparó con armas largas contra la multitud. La Liga no tardó en unirse a la policía apenas comenzados los enfrentamientos. Sus comienzos Hechos ocurridos durante la Semana Trágica. El primer nombre que tuvo la organización fue el de Comisión pro defensores del orden. Las primeras reuniones de la asociación se llevaron a cabo en la Confitería Paris, y días más tarde se trasladaron al edificio del Centro Naval, en la intersección de las calles Florida y Córdoba, en la ciudad de Buenos Aires. En el Centro Naval, el 10 de enero, los por entonces contraalmirantes Manuel Domecq García y Eduardo O'Connor repartieron armas automáticas al grupo de jóvenes. Pero fue recién el 19 de enero, una vez concluida la huelga que dejó un saldo de 700 muertos y 4.000 heridos, que la Liga Patriótica Argentina se constituyó oficialmente, bajo el lema "Patria y Orden". Domecq García ocupó la presidencia en forma provisional hasta el 18 de abril de 1919, cuando fue electo Manuel Carlés como presidente y Pedro Cristophensen como vice. Los fines de la Liga eran; "Estimular, sobre todo, el sentimiento de argentinidad tendiendo a vigorizar la libre personalidad de la Nación, cooperando con las autoridades en el mantenimiento del orden público y en la defensa de los habitantes, garantizando la tranquilidad de los hogares, únicamente cuando movimientos de carácter anárquico perturben la paz de la República. Inspirar en el pueblo el amor por el ejército y la marina. Los miembros de la Liga se comprometen, bajo su fe y honor de argentinos, a cooperar por todos los medios a su alcance, e impedir: 1° La exposición pública de teorías subversivas contrarias al respeto debido a nuestra patria, a nuestra bandera y a nuestras instituciones. 2° Las conferencias publicas y en locales cerrados no permitidos sobre temas anarquistas y marxistas que entrañen un peligro para nuestra nacionalidad. Se obligan igualmente a usar de todos los medios lícitos para evitar que se usen en las manifestaciones públicas la bandera roja y todo símbolo que constituya un emblema hostil a nuestra fe, tradición y dignidad de argentinos".4 Además buscaba luchar "Contra los indiferentes, los anormales, los envidiosos y haraganes; contra los inmorales, los agitadores sin oficio y los energúmenos sin ideas. Contra toda esa runfla sin Dios, Patria, ni Ley, la Liga Patriótica Argentina levanta su lábaro de Patria y Orden... No pertenecen a la Liga los cobardes y los tristes". Integrantes Manuel Domecq García, presidente provisional de la Liga en 1919. Entre los integrantes más ilustres de la Liga se encuentran nombres como los de: Joaquín S. Anchorena, Dardo Rocha, el general Luis Dellepiane, Estanislao Zeballos, Luis Agote, Francisco P. Moreno, Federico Leloir, monseñor Miguel D´Andrea, Ángel Gallardo, Jorge Mitre, Carlos Tornquist, Miguel Martínez de Hoz, Julio A. Roca (hijo), Leopoldo Melo, Manuel María de Iriondo, el general Eduardo Munilla, Carlos M. Noel, Vicente Gallo, Ezequiel Pedro Paz, José A. Cortejarena, Celedonio Pereda, Saturnino Unzué, Antonio Lanusse y Pastor S. Obligado. Estos afirmaban que "la civilización nacional engendró la Liga Patriótica Argentina, que nació para reunir a todos los hombres sanos y enérgicos con el fin de colaborar con la autoridad para mantener el orden y vigorizar los sentimientos esenciales del alma nacional, que por lo eterno funda la patria". Actividad pos Semana Trágica El fin de la semana trágica no terminó con el accionar de la Liga que continuó reuniéndose asiduamente. Apenas 15 días después de la formación oficial de la Liga, ésta ya contaba con 9.800 miembros, 4.500 reclutados por los delegados vecinales —parroquias de San Juan Evangelista, Santa Lucía, Villa Devoto, San Carlos Sur y Villa Urquiza— y 5.300 adheridos directamente en la Secretaría General. La Patagonia Rebelde Héctor Benigno Varela, homenajeado por la Liga una vez finalizada la huelga. Cuando en noviembre de 1920 se desató la huelga general de peones rurales en la provincia de Santa Cruz, hecho popularmente conocido como la Patagonia Rebelde, la Liga se alistó para frenar el paro. El 22 de febrero de 1921 se firma un acuerdo entre peones y la patronal que da fin a la primera de las huelgas. Las tropas dirigidas por Héctor Benigno Varela retornan a Buenos Aires en mayo de ese año, pero lejos de cumplirse el convenio, la patronal comienza una serie de represalias contra los participantes de las huelgas con refuerzos parapoliciales integrados por miembros de la Liga. De acuerdo con ese propósito, el 10 de julio de 1921, se reunieron en el Hotel Argentino de Río Gallegos un grupo considerable de personalidades de la ciudad, con el objeto de llevar a la práctica la represión. Luego de un corto debate, se resolvió constituir una brigada local de la Liga. La Liga tuvo una actuación destacada en el conflicto que finalizó en enero de 1922, con un saldo de 1.500 trabajadores muertos. El 7 de enero arribó el vapor "Asturiano" a Río Gallegos, con Manuel Carlés a bordo para rendir homenaje y condecorar a Varela y sus hombres. Golpe de estados de 1930 En julio de 1923, la Liga patrocinó, en el teatro Coliseo de la ciudad de Buenos Aires, junto al Círculo Tradición Argentina, las cuatro conferencias donde Leopoldo Lugones expuso las nueve bases: "Italia acaba de enseñarnos, bajo la heroica reacción fascista encabezada por el admirable Mussolini, cuál debe ser el camino a seguir..." En diciembre de 1924, el mismo Lugones, estando en Lima, en la conmemoración del centenario de la batalla de Ayacucho, manifestó: "Yo quiero arriesgar algo que cuesta mucho decir en estos tiempos de paradoja libertaria y de fracasada, bien que audaz, ideología: ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada". La crisis económica mundial de 1929 tuvo graves consecuencias en la Argentina. El desempleo y otros problemas provocaron gran malestar social y político que desembocó, en septiembre de 1930, en el primer golpe de estado de la historia argentina. El golpe que derrocó a Hipólito Yrigoyen fue ejecutado por militares pero contó con la adhesión de políticos opositores -como conservadores y radicales antipersonalistas-, de algunos sectores del pueblo, de la Liga Patriótica Argentina, etc. En la mañana del 6 de septiembre, José Félix Uriburu partió del Colegio Militar al frente de un grupo de cadetes y de un batallón de artillería, intimando la entrega del gobierno. El presidente Yrigoyen renunció ante las autoridades militares de la ciudad de La Plata y luego fue detenido y enviado a la isla Martín García. Según testimonios de la época; La Liga Republicana convocaba a la oposición frontal, el llamado Klan Radical trató de neutralizar a los opositores con la violencia, y ésta llamó al combate callejero a la Liga Patriótica Argentina. La violencia ganó la calle, los incidentes menudearon y el ambiente de crisis económica, política y social se tornó, para muchos, insoportable. Los radicales llegaron, incluso, a hacer fraude electoral, utilizaron al ejército para las intervenciones federales y aparecieron contradiciendo ideales y banderas que habían difundido o agitado para fundar en esos signos una nueva legitimidad. Esa legitimidad nunca había superado cierta innata precariedad. El propio yrigoyenismo contribuyó a herirla de muerte. Oficialismo y oposición fueron cómplices, a su manera, de la agonía de la Argentina de los partidos. Patagonia rebelde. Patagonia rebelde La Patagonia rebelde o la Patagonia trágica es un evento protagonizado por los trabajadores anarcosindicalistas en rebelión de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia Argentina y que fueron reprimidos por el Ejército Argentino en el año 1921 por orden de Hipólito Yrigoyen. Alrededor de 1.500 obreros fueron fusilados por el Ejército en el transcurso de estas rebeliones. Los acontecimientos La Federación Obrera Regional Argentina había organizado en Río Gallegos, Provincia de Santa Cruz, la Sociedad Obrera de Río Gallegos1 dirigida por el anarquista español, Antonio Soto, conocido como "el gallego" Soto. Santa Cruz era un centro de producción de lana con destino a la exportación, con grandes latifundios y frigoríficos ingleses. La baja demanda de los stocks de lana que estaban acumulados al finalizar la Primera Guerra Mundial, y la caida del precio de $9,74 a $3,08 regresando así al nivel normal de cotización en tiempos de paz, darán lugar a una crisis regional. Esta afectó a los estancieros y comerciantes, pero repercutió aún más sobre los trabajadores laneros y los peones rurales, que vivían en condiciones miserables.2 La jornada normal de los obreros de ese entonces era de 12 horas, la de los esquiladores y los arrieros rondaba las 16 horas; los salarios eran ínfimos, y frecuentemente eran pagados en bonos o en moneda extranjera que al cambiarla en los comercios era tomada por un valor menor. El único día de descanso era domingo. Frente del local de la Sociedad Obrera de Río Gallegos (1920) Una huelga de protesta en septiembre de 1920 contra las arbitrariedades de la autoridad policial,3 el boicot a tres comerciantes ligados a la Sociedad Rural y la detención de los dirigentes de la Sociedad Obrera, profundizó el enfrentamiento. Acudieron delegados de toda la provincia, que discutieron las medidas a exigir a la Sociedad Rural. En esta situación, los obreros congregados en la Sociedad Obrera de Río Gallegos presentaron a la patronal un pliego de reivindicaciones exigiendo un mejoramiento de las condiciones laborales. Entre otras demandas, los obreros exigían que en recintos de 16 m² no durmieran más de tres hombres, que se entregase un paquete de velas a cada obrero mensualmente,4 que no se trabajase los sábados, un mejoramiento de las raciones de alimentos, un sueldo mínimo mensual de 100 pesos y el reconocimiento de la Sociedad Obrera como el único representante legítimo de los trabajadores, aceptando el nombramiento de un delegado como intermediario entre las partes en conflicto. Este pliego fue rechazado por la organización que nucleaba a los estancieros, la Sociedad Rural. La respuesta de los trabajadores fue declarar la huelga general en toda Santa Cruz. Primera huelga El 1 de noviembre de 1920 se declara la huelga general. El 3 de noviembre intentan asesinar al dirigente Antonio Soto, pero logra escaparse. El 18 de noviembre en una asamblea en la Sociedad Obrera se hace una nueva propuesta en un 2° pliego a la Sociedad Rural, que será aceptada por un reducido grupo de estancieros el 2 de diciembre. En Puerto Deseado y en San Julián también se declara la huelga general, liderada por anarquistas, plegándose los ferroviarios y los empleados de La Anónima. El 17 de diciembre la policía asesina al huelguista Domingo F. Olmedo. Gobernador Edelmiro Correa Falcón La Sociedad Obrera en una asamblea en que se discutían los pasos a seguir, radicaliza su posición al prevalecer la tendencia de la FORA del V Congreso (anarquista), por sobre la de la FORA del IX Congreso (sindicalista). Antonio Soto viaja clandestinamente a Buenos Aires, a buscar apoyo y solidaridad en el Congreso de la FORA que se realizaba en esos días. Los huelguistas continuaron tomando como rehenes a policías, estancieros y al personal administrativo de los establecimientos rurales, incautando las armas y los alimentos para el sustento de las columnas movilizadas. Hasta ese momento no habían ocurrido hechos de violencia graves, con excepción de los protagonizados por una banda anarquista liderada por Alfredo Fonte alias "El Toscano", que asaltaba estancias. El 2 de enero de 1921 "El Toscano" y su socio el "68" asaltaron la estancia "El Campamento". En la región de Lago Argentino, los obreros se organizaron en columnas y marcharon por las estancias levantando a la peonada, movilizándose de un lugar a otro, para evitar las represalias policiales y dirigirse hacia Río Gallegos. El 4 de enero, al llegar al paraje denominado El Cerrito, la policía los atacó con armas de fuego. Como resultado del combate, hubo varios policías y obreros muertos y heridos. Este hecho fue manipulado por los periódicos que respondían a la Sociedad Rural, al gobernador Edelmiro Correa Falcón5 y a Liga Patriótica Argentina, para pintar un cuadro de situación en el que la provincia entera había caído en manos del bandolerismo anarquista. Lo que se procura desde este sector era involucrar al gobierno nacional que presidía Hipólito Yrigoyen, en la represión del movimiento obrero. H.B.Varela en 1907 El 21 de enero los obreros toman la estancia La Anita, tomando de rehenes a sus dueños y al comisario Micheri; luego toman la estancia La Primavera. El 29 de enero llega el nuevo gobernador en reemplazo de Correa Falcón, el capitán Angel Ignacio Yza, de extracción yrigoyenista. Su política será de tipo conciliadora, buscando arreglos pacíficos entre las partes. Mientras tanto, las tropas del Ejército comandadas por el teniente coronel Héctor Benigno Varela llegan a Puerto Santa Cruz el 2 de febrero y se trasladan de inmediato a Río Gallegos. El gobernador Yza acuerda con Varela no recurrir a la represión, y se entrevistan con los huelguistas en la estancia El Tero el 15 de febrero. Las condiciones eran deponer las armas y la liberación de los rehenes. A cambio se reconocían gran parte de las demandas de los trabajadores, aceptándose un convenio que los patrones habían propuesto a los obreros con fecha 30 de enero.6 Al día siguiente se levanta la huelga, mientras se vivía un clima de triunfo en la Sociedad Obrera ("El Toscano" y su banda no aceptaron la mediación y se ocultaron en el interior de la provincia, llevándose consigo gran parte de las armas, para impedir que las requisaran). El conflicto llega a un principio de solución a través de un laudo del gobernador Yza, que es aceptado por las partes y homologado por el Departamento de Trabajo de la Nación (22 de febrero de 1921). Luego del acuerdo con el gobernador Yza, las tropas de Varela retornan a Buenos Aires en mayo de 1921.7 Lejos de cumplirse el acuerdo, la patronal comienza una serie de represalias contra los participantes de las huelgas en las estancias y en los puertos de Santa Cruz. Comenzaron a actuar las fuerzas policiales con refuerzos parapoliciales integrados por miembros de la Liga Patriótica del nacionalista Manuel Carlés. Intermedio: profundización del conflicto El grupo de estancieros, comerciantes y capitalistas patagónicos nucleados en la Sociedad Rural (y apoyados por la Liga Patriótica y algunos funcionarios policiales) abrió la ofensiva contra los otros grupos de intereses que se le enfrentaban: los obreros de la Sociedad Obrera y los radicales yrigoyenistas liderados por José María Borrero y el juez Ismael Viñas, formalmente nucleados alrededor de la figura del gobernador Yza. Este último grupo respondió a las acciones de los estancieros por medio de su periódico La Verdad, dirigido por Borrero, denunciando los contratos leoninos que el frigorífico norteamericano Swift hacía firmar a los obreros del gremio de la carne.8 El conflicto finalizó con el triunfo del frigorífico, ayudado indirectamente por Santiago Lázaro y Rogelio Lorenzo, los sindicalistas de la FORA del IX Congreso enviados desde Buenos Aires que, enfrentados con Antonio Soto por su estilo anarquista afín a la FORA del V Congreso. Desde su vocero La Organización Obrera la FORA sindicalista atacaba a la Sociedad Obrera de Río Gallegos de carácter anarcosindicalista, logrando que varios gremios se separaran (el primero fueron los trabajadores gráficos, y a continuación los choferes y mecánicos). Así, el sector obrero quedó dividido, acercándose el grupo de la FORA del IX al grupo yrigoyenista de Borrero y de Iza. Se inició una serie de ataques a la Sociedad Obrera, con la publicación de volantes por parte los dirigentes de la FORA sindicalista. En mayo de 1921 los telegrafistas del correo de Río Gallegos en huelga, cambian la comisión y rompen con la Sociedad Obrera. El 10 de mayo en una asamblea realizada en el cine "Select" de Río Gallegos, el dirigente de la FORA sindicalista Rogelio Lorenzo y su "Sindicato autónomo de chaufeurs" ocuparon la sede de la Sociedad Obrera. Un grupo de gremialistas encabezados por Soto los expulsó violentamente del local. Entierro del obrero Zacarías Gracián, mayo de 1921. Si bien los dirigentes enviados desde Buenos Aires fueron estrepitosamente derrotados en asamblea, demostrando una nula capacidad de movilización, la Sociedad Obrera comenzó a dar algunas muestras de debilidad. A pesar de haber logrado unos triunfos parciales en boicots contra algunos comerciantes acaudalados, el gobernador Yza dejó de tenerlos como interlocutores válidos, reconociendo solamente a los de la FORA sindicalista. La Sociedad Rural comenzó a mover sus influencias en Buenos Aires, y propició una campaña en los periódicos La Prensa, La Razón y La Nación para denunciar el peligro anarquista, el bandolerismo y la posibilidad de que el gobierno chileno, intentase apoderarse de la región de Santa Cruz. Paralelamente, propiciaron la inmigración de trabajadores "libres", es decir, rompehuelgas traídos desde otras regiones, que serán objeto de graves agresiones por parte de los obreros locales.9 Debido a los ataques contra su persona desde la Sociedad Rural, el periodismo, el gobierno, el sindicalismo de la FORA del IX y las fuerzas policiales, Antonio Soto renuncia como secretario de la Sociedad Obrera, y asume Antonio Paris, prestigioso dirigente obrero, cocinero de profesión.10 Rogelio Lorenzo, de la FORA sindicalista, intenta conformar un gremio autónomo de trabajadores rurales en el interior de la provincia, en especial en la zona de Lago Argentino, inundando con volantes la región. Por esa razón Soto viaja por toda la provincia de Santa Cruz, esclareciendo a los trabajadores rurales, arrieros, esquiladores, etc. sobre la naturaleza del conflicto y el incumplimiento del acuerdo con Yza por parte de la patronal, haciendo fracasar la maniobra de Lorenzo. La asamblea organizada por la FORA sindicalista el 2 de octubre, será un completo fiasco. Durante el mes de octubre la situación llega a un punto de no retorno. Uno de los puntos conflictivos fue la actuación del grupo El Consejo Rojo, capitaneado por Alfredo Fonte alias "El Toscano", que comenzó a perpetrar asaltos, saqueos y toma de rehenes en las estancias de la provincia.11 A principios de octubre se entrevistó con Antonio Soto para exponerle su plan: huelga general, asaltar las estancias y tomar rehenes, de forma sorpresiva y violenta. Soto se opuso, y sostuvo que había que hacer huelga o boicot solamente a aquellos estancieros que no hubieran cumplido con el pliego de condiciones y argumentó que era darle argumentos a la Sociedad Rural. Ambos rompieron relaciones por completo. "El Toscano" fue capturado el 8 de octubre, por el comisario Vera, paradójicamente, denunciado por los obreros. Soto partió en campaña y recorrió los parajes de Barranca Blanca, El Tero, Mac Cormack, Tapi Aike, Fuentes del Coyle, Cancha Carrera, Primavera, San José, Laurita, Rospentek, Punta Alta, Glen Cross, Rincón de los Morros, Douglas, Balla Vista, Buitreras, Paso del Medio, Clark, etc. Si bien logró una adhesión aplastante entre los obreros rurales, la Sociedad Obrera había quedado sin apoyos externos: el juez Viñas afrontaba juicio político en Buenos Aires, José María Borrero estaba recluido y silencioso, los abogados Corminas, Cabral y Beherán tampoco aparecían a dar su apoyo, y el gobernador radical prefería a la FORA sindicalista como interlocutor.12 Además la Sociedad Obrera había perdido fuerza en los puertos, que respondían a la FORA sindicalista. En Puerto Deseado los ferroviarios, y en Puerto San Julián y Puerto Santa Cruz los obreros estibadores y de playa, no apoyaron la huelga. El único apoyo era el de algunos anaquistas como Ramón Outerello, con excepción de San Julián, donde el dirigente era Albino Argüelles, socialista. El único apoyo en la costa provenía de Río Gallegos. Segunda huelga Obreros detenidos aguardan ser identificados El 24 de octubre se allanaron y clausuraron los locales de la Federación Obrera de Río Gallegos, Puerto Deseado, San Julián, Puerto Santa Cruz y se arrestaron a los dirigentes obreros. Antonio Paris, secretario general de la Federación Obrera es detenido y torturado por la policía; luego será deportado junto con otros dirigentes obreros. Se declara la huelga general en Santa Cruz.13 Antonio Soto, que estaba en la estancia Bella Vista, enarboló una bandera roja y negra del anaquismo, y comenzó a impulsar la huelga y toma de estancias. A comienzos de noviembre, Soto había levantado a los trabajadores de las estancias Buitreras, Alquinta, Rincón de los Morros, Glencross, La Esperanza y Bella Vista. La policía inicia una apresurada ofensiva y detiene a los dirigentes que Soto envía a Río Gallegos: Mogilnitzky, Sambucetti y Severino Fernández son torturados y deportados en el vapor Vicente Fidel López, mientras que son detenidos y apaleados José Graña, Domingo Oyola, Restituto Álvarez y el dueño del bar donde se encontraban reunidos, Martín Tadich. La ola de detenciones de dirigentes en las ciudades costeras aisló al movimiento huelguístico, que siguió creciendo. Ramón Outerello logró evadirse de las autoridades en Puerto Santa Cruz, iniciando un accionar más agresivo que Antonio Soto, que no quería enfrentarse con el Ejército y el gobierno. Outerello comienza a organizar grandes columnas de obreros, y a tomar estancias, dirigiéndose a los puertos, para romper el aislamiento. En la estancia alemana Bremen, en Laguna Cifre, los huelguistas son atacados por los estancieros, con el resultado de dos obreros muertos y varios heridos. Llegada de Varela El presidente argentino Hipólito Yrigoyen decidió el envío de tropas del Regimiento 10° de Caballería, dividiéndola en 2 cuerpos. El principal era comandado por el jefe de la expedición, el teniente coronel Varela, y el segundo cuerpo era comandado por el capitán Elbio C. Anaya. Partieron el 4 de noviembre de 1921 en el transporte en el Guardia Nacional. El 10 de noviembre Varela arribó a Río Gallegos. Allí fue informado por los miembros de la Sociedad Rural, las autoridades policiales y el gobierno local de que "...todo el orden se halla subvertido, que no existía la garantía indvidual, del domicilio, de la vida y de las haciendas que nuestra Constitución garante; que hombres levantados en armas contra la Patria amenazaban la estabilidad de las autoridades y abiertamente contra el Gobierno Nacional, destruyendo, incendiando, requisando caballos, víveres y toda clase de elementos... Informe del tte. cnel. Varela14 Varela contaba con una tropa de 200 hombres bien pertrechados, mientras que los huelguistas rondaban los dos millares, pobremente armados. Si bien se discuten las razones que lo llevaron a hacerlo, por órdenes del Gobierno Nacional o guiado por su propio criterio, lo cierto es que Varela impuso la "pena de fusilamiento" contra los peones y obreros en huelga.15 Contra lo que posteriormente argumentarán los autores de los fusilamientos para justificar su accionar, el gobierno chileno colaboró con las fuerzas argentinas cerrando la frontera para impedir el paso de los huelguistas y permitiendo a las tropas argentinas incursionar en territorio chileno para continuar su persecución. Huelguistas apresados por las tropas de Varela. El 11 de noviembre Varela con el tte.1° Schweizer y 12 soldados, partieron en dirección a El Cifre, Paso Ibáñez. Allí Varela ordenó el primer fusilamiento (cuando aún no había publicado su bando decretando la pena de muerte): el prisionero chileno Triviño Cárcamo. Luego retornó a Río Gallegos. El 12 de noviembre el capitán Viñas Ibarra con el subtte. Frugoni Miranda y 50 soldados de tropa partieron en dirección a Pari-Aike, Fuentes del Coyle, Primavera, Punta Alta, Cancha Carrera y Cordillera de los Baguales. El 14 de noviembre, en las cercanías de Punta Alta atacaron a un centenar de huelguistas con escasas armas de fuego, casi todos armados con cuchillos, matando a 5 huelguistas y tomando prisioneros unos 80, de los que habría fusilado a la mitad aproximadamente.16 Outerello y su columna de 400 huelguistas se dirigieron a Paso Ibáñez, que en esa época contaba con unos 800 habitantes, y ocupan el poblado. Llevaban consigo a numerosos policías, estancieros y administradores de estancia como rehenes, a los que alojaron en el cine local. Luego de resistir a las tropas de la marina con éxito, Outerello solicitó parlamentar con Varela, que arribó el 23 de noviembre. Los huelguistas demandaron la libertad de los compañeros presos y de los deportados, y el cumplimiento del pliego de condiciones que la patronal había firmado. Varela les respondió que debían rendirse incondicionalmente. Mientras los obreros deliberaban (Outerello era partidario de no rendirse y huyó a Cañadón León, Estancia Bella Vista), Varela los atacó en Río Chico rindiendo a una columna dirigida por Avendaño, a quien fusiló junto a decenas de huelguistas. Luego tendieron una emboscada al grupo de Outerello el 1 de diciembre, que resultó muerto junto a una decena de obreros; las tropas de Varela no sufrieron bajas.17 Las tropas dirigidas por el capitán Viñas Ibarra fueron en persecución de las columnas lideradas por Antonio Soto. El [{2 de diciembre]] cruzaron el río Santa Cruz en bote con 20 hombres y más adelante, sorprendieron a un grupo de huelguistas, sometiéndolos en el paraje de "El Perro" donde son exterminados unos 20 obreros. En Cerro Negro las tropas de Viñas Ibarra recorrieron la región "limpiándola" de activistas, y fusilándolos en el lugar donde se los encontraba. Luego, avanzaron hacia la región de Lago Argentino por el camino de Cordillera de los Baguales. El 6 de diciembre en La Leona se entregaron voluntariamente unos 100 huelguistas, mientras que unos 80 siguieron a Soto a la estancia La Anita. Viñas Ibarra luego de alcanzarlos les exigió una rendición incondicional. Durante la noche discutieron en una asamblea, mientras las tropas se preparaban para el asalto: la asamblea votó por la rendición, contra la posición de los anarquistas, que no confiaban en el ejército. Los huelguistas envían dos delegados a pedir condiciones para la rendición, pero Viñas Ibarra los fusila en el acto. Finalmente llega la rendición incondicional. Según diversos testimonios la cifra de fusilados oscilaría entre 100 y 200. Antonio Soto, que era contrario a la rendición, huyó a caballo rumbo a Chile con 12 compañeros. El 9 de diciembre, el grupo de Soto cruza la frontera por la zona del cerro Centinela. Nunca será atrapado.18 Entre el 12 y el 20 de diciembre Viñas Ibarra recorrió la región capturando y fusilando a los últimos huelguistas dispersos en la región. Última fotografía de José Font, conocido como "Facón Grande" La represión continuó desde la región de San Julián hasta Cañadón León. Las tropas de Anaya el 17 de diciembre desde estancia San José marcharon hacia el norte. Cerca del mediodía, luego de un tiroteo en Tapera de Casterán se tomaron numerosos prisioneros. Si bien los militares declararon que murió tan solo el dirigente Albino Argüelles y dos huelguistas, se fusilaron un centenar de prisioneros19 Final La última columna de huelguistas que quedaba activa era la dirigida por José Font, más conocido como Facón Grande, en la zona de Puerto Deseado. Este dividió sus fuerzas en dos columnas, una de 300 hombres hacia el sur de Puerto Deseado, en Bahía Laura, y la otra liderada por "Facón Grande" hacia Pico Truncado. Ocuparon el poblado de Las Heras y dejaron a cargo al delegado Antonio Echevarría. El 18 de diciembre Varela envía un tren de exploración desde Puerto Deseado, que llega a Las Heras a cargo del subteniente Jonas. Retoma Las Heras sin resistencia y fusila a Echevarría y a otros dirigentes huelguistas. El 20 de diciembre Varela arribó a la estación Tehuelches informado sobre un campamento de huelguistas. Al llegar, se produce el único acto de resistencia al ejército en toda la campaña: en un tiroteo es herido el soldado Salvi y muerto el soldado Fischer. Entre los huelguistas hubo al menos tres muertos y varios heridos. Varela y su grupo tuvieron que retroceder hasta Jaramillo. Desde allí envía al gerente de La Anónima, Mario Mesa, a parlamentar con "Facón Grande", y les promete respetar la vida de todos y acceder a sus demandas si se rinden. Luego de una asamblea, los obreros deciden entregarse en la estación Tehuelches el 22 de diciembre. Contrariamente a los prometido, Varela fusila a Facón Grande, a Leiva y al menos a medio centenar de obreros. Al exterminar al último grupo de huelguistas, las tropas del ejército se dedicaron a rastrillar toda la provincia de Santa Cruz en busca de los huelguistas dispersos. El ejército perseguirá a los huelguistas, los irá atrapando y fusilando sumariamente. La campaña finalizó el 10 de enero de 1922. En total, alrededor de 1500 obreros y huelguistas resultaron muertos.20 Repercusiones de los fusilamientos El domingo 1 de enero de 1922 la Sociedad Rural festejó el Año Nuevo con un apoteótico homenaje al teniente coronel Varela en el Hotel Argentino. El 7 de enero arriba el vapor "Asturiano" a Río Gallegos, con Manuel Carlés a bordo, presidente de la Liga Patriótica, para rendir homenaje y condecorar a Varela y sus hombres. El día 11 de enero el diario La Unión publica una declaración de la Sociedad Rural anunciando la rebaja de todos los salarios en un tercio, es decir, un valor nominal inferior al de los salarios vigentes durante la primera huelga.21 El único acto de repudio a las tropas represivas fue llevado a cabo por las 5 meretrices del prostíbulo La Catalana, que se negaron a atender a los estupefactos soldados, gritándoles "asesinos".22 Los periódicos anarquistas, principalmente La Antorcha y La Protesta, denunciaron la masacre de obreros prisiones y los fusilamientos sumarios en el mismo momento en que estaban ocurriendo. Llamaron a la solidaridad y a la huelga, pero las otras organizaciones obreras (la UGT y la FORA del IX) solo protestaron formalmente para no enfrentarse con el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Solamente cuando se empezaron a conocer las proporciones de la matanza, se unieron a la prédica. Con excepción de los anarquistas, que publicarán testimonios, denuncias y listas de asesinados, los reclamos de los otros grupos políticos fueron entre tibios y formales.23 Desde el gobierno no se hicieron honores a los vencedores, no se avaló oficialmente el accionar de las tropas y se tendió un manto de olvido sobre el asunto, por temor a las consecuencias políticas. Hubo algunos debates y denuncias en la Cámara de Diputados de la Nación desde el 1 de febrero de 1922, en que el diputado socialista Antonio De Tomaso aborda el tema en una sesión. Las denuncias y escándalos de los diputados socialistas son sistemáticamente desoídos y pocos meses después el asunto cae en el olvido. Serie de venganzas El 27 de enero de 1923 un obrero alemán de nombre Kurt Wilckens ultimó a Héctor Benigno Varela. Había intentado asesinar a Varela en otras oportunidades, pero Varela siempre aparecía acompañado por otras personas o por sus hijas, lo cual lo disuadía de realizar el atentado. Ese día Varela salió de su residencia sin compañías. Wilckens lo esperó a pocos metros de la entrada de su domicilio en la calle Fitz Roy n° 2461 del barrio de Palermo, y al verlo salir le arrojó una bomba de percusión a los pies que hirió al militar. Luego le disparó las 6 balas de su revolver Colt. Wilckens intentó huir, pero una esquirla de la bomba le había roto el peroné, impidiéndole la fuga. Al ser detenido por la policía dijo: "He vengado a mis hermanos". Kurt Wilckens era un anarquista pacifista, abstemio y vegetariano que estaba profundamente indignado por el accionar de Varela, y que no poseía experiencia en atentados ni en el manejo de explosivos. Declaró que su acto fue un hecho completamente individual, aunque indudablemente recibió ayuda de otros anarquistas.[cita requerida] Wilckens es saludado por todo el anarquismo de la Argentina, y las repercusiones de su atentado llegan hasta Alemania y Estados Unidos, país en el que había residido. Titular de La Protesta A los funerales de Varela asistieron el ministro de Guerra general Agustín P. Justo, el doctor Manuel Carlés, el presidente Marcelo T. de Alvear y el ex-presidente Hipólito Yrigoyen. Allí, un joven de la Liga Patriótica Argentina y ex policía de Santa Cruz, llamado Ernesto Pérez Millán Témperley profirió insultos y amenazas al periodismo. Los fiscales pidieron 17 años de prisión para Wilckens. Estando en prisión se recuperó saludablemente y por su caracter dócil llegó a ser estimado por los internos y respetado por los funcionarios, recibiendo visitas y material de lectura con frecuencia. Fue entrevistado por periodistas, escribendo algunos artículos para periódicos anarquistas. "No fue venganza; yo no vi en Varela al insignificante oficial. No, él era todo en la Patagonia: gobierno, juez, verdugo y sepulturero. Intenté herir en él al ídolo desnudo de un sistema criminal. ¡ pero la venganza es indigna de un anarquista! El mañana, nuestro mañana, no afirma rencillas, ni crímenes, ni mentiras; afirma vida, amor, ciencias; trabajemos para apresurar ese día." Kurt Wilckens, carta del 21 de mayo de 1923). El 15 de junio, Wilckens fue asesinado por Pérez Millán Témperley en su celda mientras dormía, de un balazo que le atravesó el pulmón izquierdo. Wilckens falleció al día siguiente. Su asesino al ser detenido declaró: "Yo he sido subalterno y pariente del comandante Varela. Acabo de vengar su muerte". El titular del diario Crítica vendió más de medio millón de ejemplares, y el hecho despertó la indignación de los anarquistas y las organizaciones obreras. La FORA convocó a un paro general de protesta y una manifestación en Plaza Once dejó un saldo de 2 muertos, 17 heridos y 163 detenidos por parte de los manifestantes y un oficial muerto y tres policías heridos. La Unión Sindical Argentina, ex-FORA del IX, apoyó la huelga pero pronto levantó la medida. Pérez Millán fue declarado demente gracias a sus influencias, e internado en el Hospicio Vieytes, donde llevó una vida tranquila, pero albergando resentimiento por sentirse abandonado por sus camaradas de la Liga Patriótica. En la mañana del 9 de noviembre de 1925 Pérez Millán es asesinado de un tiro por Esteban Lucich, un interno con antecedentes homicidas.24 Debido a que Lucich no tendría una motivación manifiesta para cometer el hecho, los investigadores apuntan al profesor Germán Boris Wladimirovich, un anarquista de origen ruso, autor en 1919 del primer asalto con fines políticos en la Argentina. Sometido a un duro interrogatorio y golpiza, no admitirá su participación, para no comprometer a sus apoyos en el exterior. Debido a los malos tratos extremos a que es sometido Wladimirovich, morirá unos meses después. Filmografía Fotograma del film La Patagonia Rebelde, de Héctor Olivera (Argentina, 1974) La película del director Héctor Olivera con guión de Osvaldo Bayer titulada La Patagonia rebelde de 1974 recrea aquella masacre. Primeramente fue censurada por el entonces presidente, Juan Domingo Perón, hasta que finalmente fue aprobada el 12 de junio de ese año por decisión del mismo.25 Después de la muerte de Perón, fue censurada nuevamente el 12 de octubre por el gobierno de Isabel Perón.26 Sólo pudo ser exhibida recién con el regreso de la democracia formal en 1984.27 28 El film ganó el Oso de Plata en la Berlinale de 1974. En 2006, Eduardo Anguita (director del documental La vuelta de Osvaldo Bayer) recrea - mediante la guía de Bayer - algunos pasajes de los hechos que aún hoy permanecen en la huella del paisaje y la memoria colectiva de la población patagónica, con algunos monumentos semidestruidos, murales de conmemoración, etc. Literatura En el cuento De cómo murió el chilote Otey Francisco Coloane relata un episodio ambientado en los días finales de la huelga. Mientras unos 850 obreros huyen hacia la cordillera del Paine y la frontera con Chile, otros 40 y entre ellos los chilotes Otey y Rivera, deciden morir por sus compañeros y quedarse atrincherados en un galpón de esquila para hacer que los hombres de Varela pierdan tiempo en combate. Durante la narración los personajes presentan versiones de las causas y los sucesos de la huelga y también reflexionan acerca de la discriminación que sufren los chilotes en la Patagonia. También el libro de David Viñas Los dueños de la tierra relata los sucesos de la Patagonia rebelde a través de la historia del mediador enviado por el gobierno radical para solucionar el conflicto de forma pacífica, antes de la intervención del ejército. link: http://www.youtube.com/watch?v=gmQNpUGqOfk http://www.simpsonizados.com/151-7x23-Y-donde-esta-el-inmigrante.html Fuente: wikipedia
Un ensayo muy interesante sobre cómo internet altera nuestros patrones de lectura, y por consecuencia, de nuestros pensamientos. Básicamente, hace que leamos las cosas de manera rápida y superficial y desalienta la lectura profunda. También que tendemos a preferir los artículos cortos a los largos, y que vengan con resúmenes. Yo, igual que Bob Patiño cuando quería destruir la televisión, voy a remarcar en negrita algunas partes del texto. Porque sé donde lo estoy publicando, y sé que tal vez con una ojeada los haga interesar lo suficiente como para que lean el resto. "Is google making us stupid?" Por Nicholas Carr “Dave, para. Para, por favor. Para, Dave. ¿Vas a parar, Dave?” Así suplica la supercomputadora HAL al implacable astronauta Dave Bowman en una famosa y fantásticamente conmovedora escena casi al final de 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Bowman, tras haber sido enviado a la muerte en el espacio interplanetario por la máquina descompuesta, está tranquila y fríamente desconectando los circuitos de memoria que controlan su “cerebro” artificial. “Dave, estoy perdiendo la mente” —dice HAL, con tristeza— “Me estoy dando cuenta. Lo estoy sintiendo.” Yo también me estoy dando cuenta, lo estoy sintiendo. En los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado jugueteando con mi cerebro, cambiando el esquema de su circuito neural, reprogramando la memoria. No es que esté perdiendo la mente —hasta donde puedo decir—, pero me está cambiando. No estoy pensando del modo que antes lo hacía. Me doy cuenta sobre todo cuando leo. Antes me era fácil sumergirme en un libro o en un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en la narración o en los giros de los argumentos y pasaba horas paseando por largos tramos de prosa. Ahora casi nunca es así. Ahora mi concentración casi siempre comienza a disiparse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda que me venía de modo natural se ha convertido en una lucha. Yo dijo:A mí también me pasa lo mismo estos últimos meses. Creo que sé qué está pasando. Desde hace ya más de una década, he estado pasando mucho tiempo en línea, buscando y navegando y a veces añadiendo a la gran base de datos de Internet. La red ha sido una bendición para mí como escritor. Puedo hacer en minutos la investigación que en un tiempo requería días en salas de la biblioteca o de las publicaciones periódicas. Unas pocas búsquedas en Google, algunos “clics” rápidos en hiperlinks y obtengo el dato revelador o la cita sucinta que andaba buscando. Incluso sin estar trabajando, es muy probable que esté hurgando en la espesura de la información de la Red: leyendo y escribiendo correos, escaneando titulares y blogs, viendo videos y escuchando podcasts o sencillamente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas al pie, a las que muchas veces se asimilan, los hiperlinks no sólo señalan obras que guardan relación con el tema, sino que lo lanzan a uno a ellas.) Para mí, como para otros, la Red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto de casi toda la información que fluye a mis ojos y oídos y entra en mi mente. Las ventajas de tener acceso inmediato a un almacén tan increíblemente rico de información son muchas y éstas han sido ampliamente descritas y debidamente aplaudidas. Clive Thomson escribió en Wired: “La retención perfecta de la memoria de silicio puede ser una enorme ayuda al pensamiento.” Pero la ayuda tiene un precio. Como señaló el teórico de los medios de difusión Marshall McLuhan en los años sesenta, éstos no son sólo canales pasivos de información. Suministran la materia para el pensamiento, pero también conforman el proceso del pensamiento. Y lo que la Red parece estar haciendo es socavar mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente espera ahora captar la información del modo en que la Red la distribuye: en una corriente de partículas en rápido movimiento. En un tiempo fui un submarinista en el mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo en una moto acuática. No soy el único. Cuando les menciono mis problemas con la lectura a amigos y conocidos —la mayoría de ellos hombres de letras— muchos dicen estar experimentando algo similar. Mientras más usan la Red, más tienen que luchar para concentrarse en escritos largos. Algunos de los bloggers que sigo también han comenzado a mencionar el fenómeno. Scout Karp, quien escribe un blog sobre los medios de difusión en línea, confesó hace poco que ha dejado por completo de leer libros. “Hice el master en literatura en la universidad y era un voraz lector de libros —escribió—. ¿Qué ha pasado?” Y especula la respuesta: “¿Y si todo lo que leo es en la red, no se debe a que la forma en que leo haya cambiado, o sea, que esté sólo en busca de comodidad, sino porque mi forma de PENSAR ha cambiado?” Bruce Friedman, quien escribe regularmente blogs sobre el uso de las computadoras en la medicina, también ha descrito la forma en que Internet ha cambiado sus hábitos mentales. “He perdido casi por entero la capacidad de leer y absorber un artículo largo en la red o impreso”, escribió a principios de año. Friedman, patólogo miembro de larga data de la facultad de la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, amplió su comentario en una conversación telefónica conmigo. Su forma de pensar, dijo, ha tomado una calidad de “staccato”, que refleja la forma en que escanea con rapidez pasajes cortos de texto de muchas fuentes en línea. “Ya no puedo volver a leer La guerra y la paz —admitió—. He perdido la capacidad de hacerlo. Me resulta difícil absorber incluso un blog de más de tres o cuatro párrafos. Lo leo por encima.” Las anécdotas por sí solas no demuestran mucho. Y todavía estamos en espera de experimentos neurológicos y psicológicos a largo plazo que brinden una imagen definitiva de la forma en que el uso de Internet afecta la cognición. Pero un estudio recién publicado de los hábitos de investigación en línea, realizado por académicos del University College de Londres, indican que muy bien podemos estar en medio de un cambio radical en la forma en que leemos y pensamos. Como parte de un programa de investigación de cinco años, los estudiosos examinaron registros de computación que documentan el comportamiento de visitantes de dos populares sitios de investigación, uno operado por la Biblioteca Británica y el otro por un consorcio educacional del Reino Unido, que brindan acceso a artículos de revistas, libros electrónicos y otras fuentes de información escrita. Encontraron que las personas que usan los sitios exhibían “una forma de actividad como de quien está echando una ojeada”, en que saltaban de una fuente a otra y pocas veces regresaban a una que ya hubieran visitado. Típicamente leían sólo una o dos páginas de un artículo o libro antes de “saltar” a otro sitio. A veces salvaban un artículo largo, pero no hay pruebas de que regresaran a él y lo leyeran de verdad. Los autores del estudio informan: Es evidente que los usuarios no leen en línea en el sentido tradicional; de hecho hay indicios de que están surgiendo nuevas formas de “leer” según los usuarios navegan horizontalmente por los títulos, los índices y los resúmenes buscando ganar rapidez. Casi parece que van en línea para evitar leer en el sentido tradicional. Gracias a la ubicuidad del texto en Internet, por no mencionar la popularidad de los mensajes de texto en los teléfonos celulares, pudiéramos estar leyendo más hoy que en los años setenta u ochenta, cuando la televisión era nuestro medio preferido. Pero es un tipo distinto de lectura y detrás de él hay un tipo distinto de pensamiento… tal vez incluso un nuevo sentido del ser. “No sólo somos lo que leemos —dice Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo de la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain1 —. Somos como leemos.” A Woolf le preocupa que el estilo de lectura que promueve la Red, un estilo que coloca la “eficiencia” y la “inmediatez” por encima de todo lo demás, esté debilitando tal vez nuestra capacidad para el tipo de lectura profunda que emergió cuando una tecnología anterior, la prensa impresa, hizo comunes y corrientes las largas y complejas obras de prosa. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros descodificadores de información”. Nuestra capacidad de interpretar textos, de hacer las ricas conexiones mentales que se forman cuando leemos con profundidad y sin distracción, sigue en gran medida desconectada. Leer, explica Wolf, no es una habilidad instintiva de los seres humanos. No está grabada en nuestros genes del modo que lo está el discurso. Tenemos que enseñar a nuestras mentes a traducir los caracteres simbólicos que vemos al lenguaje que comprendemos. Y los demás medios u otras tecnologías que usamos al aprender y practicar el arte de la lectura desempeñan un papel importante en la conformación de los circuitos neurales que se encuentran en el interior de nuestros cerebros. Los experimentos demuestran que los lectores de ideogramas, como los chinos, desarrollan un sistema de circuitos mentales para la lectura muy diferente del sistema que se encuentra en quienes, como nosotros, cuya lengua escrita emplea el alfabeto. Las variaciones se extienden a lo largo de muchas regiones del cerebro, incluidas las que rigen funciones cognitivas tan esenciales como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Podemos también prever que los circuitos tejidos por nuestro uso de la Red sean distintos a los tejidos por nuestra lectura de libros y otras obras impresas. En algún momento de 1882, Friedrich Nietzsche compró una máquina de escribir: una Malling-Hansen Writing Bal, para mayor precisión. Le fallaba la vista y mantener los ojos enfocados en la página se le había hecho agotador y doloroso y muchas veces le provocaba fuertes dolores de cabeza. Se había visto obligado a reducir su escritura y temía que pronto le sería necesario abandonarla. La máquina de escribir lo rescató, al menos de momento. Una vez dominada la mecanografía al tacto, podía escribir con los ojos cerrados, usando sólo las yemas de los dedos. Las palabras podían fluir de nuevo de su mente a la página. Pero la máquina tuvo un efecto más sutil sobre su obra. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, observó un cambio en su estilo de escribir. Su prosa, ya de por sí tersa, se había hecho más comprimida, más telegráfica. “Puede que con este instrumento incluso te adaptes a nuevos giros idiomáticos —le escribió el amigo en una carta observando que, en su propia obra, sus “«ideas» en música y lenguaje solían depender de la calidad de la pluma y el papel”. —Tienes razón —repuso Nietzsche—, nuestro equipo de escribir participa en la formación de nuestros pensamientos. Bajo el influjo de la máquina, escribe el académico alemán de los medios de difusión Friedrich A. Kittler, la prosa de Nietzsche “cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, del estilo retórico al telegráfico.” El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente pensaba que nuestro engranaje mental —las densas conexiones que se forman entre los 100 billones de neuronas que se encuentran dentro de nuestros cráneos— estaba en gran medida fijado para el momento en que alcanzábamos la edad adulta. Pero los investigadores del cerebro han descubierto que no es así. James Olds, profesor de neurociencia que dirige el Instituto Krasnow de Estudios Avanzados en la Universidad George Mason, afirma que incluso la mente adulta “es muy plástica”. Las neuronas normalmente rompen conexiones viejas y forman nuevas. Según Olds, “el cerebro tiene la capacidad de reprogramarse a la carrera, cambiando la forma en que funciona.” Según usamos lo que el sociólogo Daniel Bell ha llamado nuestras “tecnologías individuales” —los instrumentos que amplían nuestras capacidades mentales más bien que físicas— inevitablemente comenzamos a adoptar las cualidades de esas tecnologías. El reloj mecánico, que comenzó a usarse corrientemente en el siglo XIV, brinda un ejemplo convincente. En Technics and Civilization (Técnicas y civilización), el historiador y crítico cultural Lewis Mumford describió la forma en que el reloj desasoció el tiempo de los sucesos humanos y contribuyó a crear la idea de un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables. El “marco abstracto de tiempo dividido” se convirtió en “el punto de referencia de la acción y el pensamiento”. El tictac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente científica y del científico, pero también se llevó algo. Como observó el difunto científico de computación del MIT Joseph Weizenbaum en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation (El poder de la computadora y la razón humana: del juicio al cálculo), la concepción del mundo que surgió del empleo extendido de los instrumentos de llevar el tiempo “sigue siendo una versión empobrecida del antiguo, porque descansa en un rechazo de las experiencias directas que formaban la base de la antigua realidad y, de hecho, la constituían.” Al decidir cuándo comer, trabajar, dormir, levantarse, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y comenzamos a obedecer el reloj. El proceso de adaptación a nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas que usamos para explicarnos a nosotros mismos. Cuando llegó el reloj mecánico, las personas comenzaron a pensar que sus cerebros operaban “como mecanismos de relojería”. Hoy, en la era del software, hemos llegado a pensar que operan “como computadoras“. Pero los cambios, nos dicen la neurociencia, son mucho más profundos que la metáfora. Gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación se produce también en el nivel biológico. Internet promete tener efectos de especial alcance en la cognición. En un trabajo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing demostró que era posible programar una computadora digital, que en aquella época existía sólo como máquina teórica, para que realizara la función de cualquier otro dispositivo de procesamiento de información. Eso es lo que estamos presenciando hoy. Internet, un sistema de computación inconmensurablemente poderoso, está subsumiendo la mayoría de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra imprenta y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestro radio y nuestra televisión. Cuando la Red absorbe un medio, ese medio se recrea a la imagen de la Red. Inyecta el contenido del medio con hiperlinks, anuncios de parpadeo y otras baratijas digitales y rodea el contenido con el contenido de todos los demás medios que ha absorbido. Un mensaje nuevo de correos, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras estamos revisando los últimos titulares de un sitio de prensa. El resultado es dispersar nuestra atención y difundir nuestra concentración. Tampoco termina la influencia de la Red en los márgenes de la pantalla de la computadora. Al irse sintonizando las mentes de las personas al enloquecido conjunto de medios de Internet, los medios tradicionales deben adaptarse a las nuevas expectativas del público. Los programas de televisión añaden textos que se deslizan por la pantalla y anuncios que surgen de repente; revistas y diarios acortan sus artículos, introducen resúmenes en cápsulas y rellenan sus páginas con fragmentos de información fáciles de rastrear. Cuando en marzo de este año The New York Times decidió dedicar la segunda y tercera páginas de cada edición a resúmenes de artículos, su director de diseño Tom Bodkin explicó que los “atajos” darían a los lectores atribulados un “tanteo” rápido de las noticias del día ahorrándoles el método “menos eficiente” de volver las páginas y leer los artículos. Los medios antiguos tienen poca opción más que jugar con las reglas de los medios nuevos. Nunca ha desempeñado un sistema de comunicación tantos papeles en nuestras vidas —o ejercido una influencia tan amplia sobre nuestros pensamientos— como hace hoy Internet. Pero, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha pensado poco en cómo exactamente nos está reprogramando. La ética intelectual de la Red sigue siendo oscura. Aproximadamente por el tiempo en que Nietzsche comenzó a usar su máquina de escribir, un joven serio llamado Frederick Winslow Taylor fue con un cronómetro a la planta Midvale Steel de Filadelfia y comenzó una histórica serie de experimentos destinada a mejorar la eficiencia de sus maquinistas. Con aprobación de los propietarios de Midvale, tomó a un grupo de obreros, los puso a trabajar en varias máquinas de elaborado de metales y registró y midió el tiempo de cada uno de sus movimientos así como las operaciones de las máquinas. Dividiendo cada tarea en una secuencia de pequeños pasos discretos y luego ensayando formas distintas de realizar cada una, Taylor creó un conjunto de instrucciones precisas —un “algoritmo” pudiéramos decir hoy— de cómo debía trabajar cada obrero. Los empleados de Midvale rezongaron sobre el estricto régimen nuevo, diciendo que los convertía en poco más que autómatas, pero la productividad de la fábrica se disparó. Más de cien años después de la invención del motor de vapor, la Revolución Industrial al fin había encontrado sus bases filosóficas y su filósofo. La apretada coreografía industrial de Taylor —su “sistema”, como le agradaba llamarlo— fue aceptada por fabricantes de todo el país y, con el tiempo, de todo el mundo. Procurando la mayor rapidez, eficiencia y producción, los dueños de fábricas utilizaban los estudios de tiempo y movimiento para organizar el trabajo y configurar las tareas de sus trabajadores. El objetivo, como definió Taylor en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management (Los principios de la gestión moderna), era identificar y adoptar, para cada tarea, “un mejor método” de trabajo y con ello efectuar “la sustitución gradual de la ciencia por la regla empírica en todas las artes mecánicas“. Una vez que se aplicara este sistema en todos los actos de trabajo manual, aseguró Taylor a sus seguidores, brindaría una reestructuración no sólo de la industria, sino de la sociedad, creando la utopía de la eficiencia perfecta. “En el pasado el hombre había sido lo primero —declaró—, en el futuro lo será el sistema.” El sistema de Taylor sigue en gran medida con nosotros: sigue siendo la ética de la manufactura industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que los ingenieros en computación y codificadores de software ejercen sobre nuestras vidas intelectuales, la ética de Taylor comienza a regir también la esfera de la mente. Internet es una máquina diseñada para la recolección, transmisión y manipulación automatizada de información y sus legiones de programadores están concentrados en encontrar el “mejor método único” —el algoritmo perfecto— para llevar a cabo cada movimiento mental de lo que hemos llegado a describir como “trabajo de conocimiento”. La sede de Google, en Moutain View, California —el Googleplex— es el santuario supremo de Internet y la religión que se practica dentro de sus paredes es el taylorismo. Google, al decir de su ejecutivo principal, Eric Schmidt, es “una compañía fundada en torno a la ciencia de la medición” y se esfuerza en “sistematizar todo” lo que hace. Según el Harvard Business Review, haciendo uso de los terabytes de datos de conducta que recoge mediante su motor de búsqueda y otros sitios, realiza miles de experimentos diarios y utiliza los resultados para refinar los algoritmos que controlan cada vez más la forma en que las personas encuentran información y extraen significado de ella. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo mental. La compañía ha declarado que su misión es “organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil”. Procura desarrollar “el motor de búsqueda perfecto” al que define como algo que “entiende exactamente lo que uno quiere decir y le devuelve exactamente lo que desea”. Al entender de Google, la información es un tipo de producto, un recurso utilitario que puede extraerse y procesarse con eficiencia industrial. Mientras más sean las piezas de información a las que uno pueda “acceder” y mientras con mayor rapidez podamos extraer lo esencial de ellas, más productivos nos hacemos como pensadores. ¿Dónde termina esto? Sergey Brin y Larry Page, los dotados jóvenes que fundaron Google cuando hacían su doctorado en ciencias de computación en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su motor de búsqueda en una inteligencia artificial, una máquina al estilo de HAL que sea posible conectar directamente a nuestros cerebros. “El motor de búsqueda supremo es tan inteligente como las personas… o más —afirmó Page hace unos años en un discurso—. Para nosotros, trabajar en búsqueda es una forma de trabajar en inteligencia artificial.” En una entrevista concedida a Newsweek en 2004, Brin comentó: “No hay dudas de que si uno tuviera toda la información del mundo unida directamente al cerebro, o un cerebro artificial que fuera más listo que el propio, estaría uno mejor.” El año pasado Page dijo en una convención de científicos que Google “en realidad trata de construir una inteligencia artificial y de hacerlo en gran escala”. Una ambición de este tipo es natural, incluso admirable, para un par de genios matemáticos con vastas cantidades de dinero a su disposición y un pequeño ejército de científicos de computación en su empleo. Google, una empresa fundamentalmente científica, está motivada por un deseo de usar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para solucionar problemas que nunca antes se han solucionado” y la inteligencia artificial es el problema más difícil que hay. ¿Por qué no habrían de ser Brin y Page quienes lo resolvieran? De todos modos, su suposición fácil de que estaríamos “mucho mejor” si una inteligencia artificial complementara, o incluso sustituyera, nuestros cerebros resulta inquietante. Ésta indica una creencia en que la inteligencia es producto de un proceso mecánico, una serie de pasos discretos que es posible aislar, medir, optimizar. En el mundo de Google, el mundo en que entramos al entrar en línea, hay poco espacio para la falta de claridad de la contemplación. La ambigüedad no es una apertura para la visión, sino una falla que debe arreglarse. El cerebro humano es sólo una computadora anticuada que necesita un procesador más rápido y un disco duro mayor. La idea de que nuestras mentes deben operar como máquinas de procesamiento de datos de alta velocidad no sólo está incorporada al funcionamiento de Internet, sino que es también el modelo comercial reinante de la red. Mientras con mayor rapidez naveguemos por la Red —mientras más enlaces podamos cliquear y más páginas veamos— más oportunidades ganan Google y otras empresas de recopilar información sobre nosotros y alimentarnos anuncios. La mayoría de los propietarios de Internet comercial tienen interés financiero en recopilar los mendrugos de datos que dejamos atrás cuando revoloteamos de enlace en enlace… mientras más mendrugos, mejor. Lo último que desean estas empresas es fomentar la lectura pausada o el pensamiento concentrado, lento. Es interés económico suyo llevarnos a la distracción. Puede que yo sea sólo una persona que se preocupa más de lo debido. Del mismo modo que existe una tendencia a glorificar el avance tecnológico, existe una tendencia opuesta a esperar lo peor de todo instrumento o máquina nueva. En el Fedro de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, según las personas comenzaran a confiar en la palabra escrita como sustituto del conocimiento que antes llevaban dentro de las cabezas, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejaran de ejercitar su memoria y se hicieran olvidadizas”. Y como podrían “recibir una cantidad de información sin instrucción adecuada”, se les “considerara muy conocedores cuando la mayoría es bien ignorante”. Estarían “llenas de la presunción de sabiduría en lugar de verdadera sabiduría”. Sócrates no se equivocaba —la nueva tecnología muchas veces tuvo los efectos que temió—, pero fue miope. No podía prever las muchas formas en que la escritura y la lectura servirían para extender la información, estimular ideas nuevas y expandir el conocimiento (cuando no la sabiduría) humana. La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV provocó otra ronda de rechinamiento de dientes. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que a disponibilidad fácil de los libros condujera a pereza intelectual, haciendo a los hombres “menos estudiosos” y debilitando sus mentes. Otros aducían que los libros y publicaciones impresas baratas socavarían la autoridad religiosa, degradarían el trabajo de eruditos y escribas y extenderían la sedición y el libertinaje. Como observa el profesor de la Universidad de Nueva York Clay Shirky: “La mayoría de los argumentos que se opusieron a la imprenta fueron correctos, incluso proféticos.” Pero, de nuevo, los agoreros no fueron capaces de imaginar la miríada de bendiciones que brindaría la palabra impresa. De modo que sí, deben mostrarse escépticos hacia mi escepticismo. Puede que aquellos que descarten a quienes critican Internet por considerarlos luditas o nostalgistas tengan la razón y de nuestras mentes hiperactivas, alimentadas de datos, surja una era dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. Pero, de nuevo, la Red no es el alfabeto y aunque pueda sustituir a la imprenta produce algo por completo diferente. El tipo de lectura profunda que promueve una secuencia de páginas impresas es valiosa no sólo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor, sino por las vibraciones intelectuales que esas palabras desencadenan en nuestras propias mentes. En los espacios de calma abiertos por la lectura sostenida, sin distracción, de un libro o, si a eso vamos, por cualquier otro acto de contemplación, realizamos nuestras asociaciones, trazamos nuestras propias inferencias y analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como afirma Maryanne Wolf, es indistinguible del pensamiento profundo. Si perdemos esos espacios de quietud o los llenamos de “contenido”, sacrificaremos algo importante no sólo de nuestro propio ser, sino de nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman describió con elocuencia lo que está en juego: “Procedo de una tradición de cultura occidental en que el ideal (mi ideal) era la estructura compleja, densa, como una catedral de la personalidad de alta educación y expresión, el hombre o mujer que llevaba dentro de sí una versión individualmente construida y singular del patrimonio completo de Occidente. [Pero ahora] veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de la compleja densidad interna por un nuevo tipo de ser que evoluciona bajo la presión de la sobrecarga de información y la tecnología de lo “instantáneamente disponible”. Según se nos drena de nuestro “repertorio interno de denso patrimonio cultural”, concluyó Foreman, nos arriesgamos a convertirnos en “gente tan extendida y fina como una crepa según nos conectamos con la vasta red de información a la que se accede tan sólo tocando un botón.” Me persigue esa escena de 2001. Lo que la hace tan conmovedora, y tan extraña, es la respuesta emocional de la computadora al desmonte de su mente: su desesperación cuando se va oscureciendo un circuito tras otro, su súplica infantil al astronauta —“Lo estoy sintiendo. Lo estoy sintiendo. Tengo miedo”— y su reversión final a lo que sólo puede recibir el nombre de estado de inocencia. La emanación de sentimientos de HAL contrasta con la impasibilidad que caracteriza a las figuras humanas del film, que hacen lo que tienen que hacer con eficiencia casi robótica. Sus pensamientos y acciones parecen preparados de antemano, como si siguieran los pasos de un algoritmo. En el mundo de 2001, las personas se han hecho tan similares a máquinas que el carácter más humano resulta ser la máquina. Esa es la esencia de la oscura profecía de Kubrick: según confiemos en las computadoras para mediar nuestra comprensión del mundo es nuestra propia inteligencia la que se aplana hasta convertirse en inteligencia artificial. Yo dijo:Yo no estoy de acuerdo con este último párrafo, y en cierta medida se contradice al escribir sobre la "plasticidad del cerebro". Siempre podemos recuperar la lectura profunda, y nuestro cerebro se va a "reacomodar" FUENTE Una lectura sobre como podría evolucionar la Inteligencia Artificial y complementarse con la inteligencia humana. Extracto del libro "Las amenazas de nuestro mundo" de Isaac Asimov. A medida que los ordenadores y su «inteligencia artificial» asu¬man una mayor parte de las tareas rutinarias mentales del mundo, y después, quizá también, de las tareas mentales no tan rutinarias ¿podrán las mentes de los seres humanos deteriorarse por falta de uso? ¿Pasa¬remos a depender de las máquinas, y así, cuando no tengamos la inteligencia que permita utilizarlas adecuadamente, se hundirá nuestra especie degenerada y con ella la civilización? Con este mismo problema e iguales temores, debió de enfrentarse la Humanidad en épocas pasadas de su historia. Por ejemplo, es fácil imaginar el desprecio de los constructores primitivos cuando empezó a usarse el equivalente de la yarda de medir. ¿Degeneraría para siempre la ojeada hábil y el juicio práctico del arquitecto experimentado cuando cualquier necio podía decidir qué longitud de madera o de piedra encajaría en algún lugar, simplemente con la lectura de unos números en una vara? Y seguramente los antiguos vates debieron horrorizarse ante la invención de la escritura, un código de marcas que eliminaba el recurrir necesariamente a la memoria. Un muchacho de diez años que hubiese aprendido a leer podía recitar La Ilíada, aunque nunca la hubiese oído mencionar, simplemente traduciendo esas marcas. ¡Qué degeneración para la mente! Sin embargo, ni el criterio ni la memoria quedaron destruidas por la ayuda inanimada que recibían. Es verdad que hoy día no es fácil encontrar a nadie que posea una memoria tan buena como para recitar largos poemas épicos. Pero, ¿quién lo necesita? Si nuestros talentos han dejado de dar muestras de proezas que ya nadie necesita demos¬trar, ¿no superan las ganancias ventajosamente a las pérdidas? ¿Podrían el Taj Mahal o el Golden Gate Bridge haberse construido a ojo? ¿Cuántas personas conocerían las obras de Shakespeare o las novelas de Tolstoi si hubieran tenido que depender de alguien que las conociera de memoria y estuviese dispuesto a recitarlas, suponiendo, además, que hubiesen podido ser creadas sin la ayuda de la escritura? Cuando la Revolución industrial aportó la fuerza del vapor y más tarde la electricidad, grandes colaboradores de las tareas físicas de la Humanidad, ¿se hicieron fláccidos los músculos humanos como resul¬tado de esa ayuda? Las proezas en los campos de deporte y en los gimnasios demuestran que no es así. Hasta la persona que trabaja en una oficina de la ciudad puede mantenerse en forma corriendo, jugando al tenis, haciendo gimnasia, compensando voluntariamente el ejercicio que ya no le era imprescindible realizar por necesidades apremiantes del trabajo. Con los ordenadores podría ocurrir lo mismo. Ellos se encargarían de los trabajos rutinarios, cálculos aburridos, archivo, localización, ficheros, etc., dejando libres nuestras mentes para tareas más creati¬vas, podríamos construir Taj Mahales en lugar de chozas de barro. Naturalmente, con esto se afirma que la función de los ordena¬dores será siempre rutinaria y repetitiva. Pero, ¿y si los ordenadores continuaran desarrollándose infinitamente y nos siguieran hasta el último baluarte de nuestras mentes? ¿Qué sucedería si también los ordenadores pudieran construir Taj Mahales, escribir sinfonías, y con¬cebir nuevas y grandes generalizaciones científicas? ¿Qué ocurriría si aprendieran a imitar todas las habilidades mentales de los seres humanos? De hecho, ¿qué sucedería si los ordenadores pudieran ser utilizados para actuar como cerebros de robots, la analogía artificial de los seres humanos, haciendo todo lo que los hombres pueden hacer, pero construidos con materiales más fuertes y duraderos, más capaces de soportar los embates del medio ambiente? ¿No quedaría anticuada la Humanidad? ¿No podrían «imponerse» los ordenadores? ¿No podría producirse una catástrofe de cuarta clase (no simplemente de quinta) que elimina a los seres humanos dejando detrás de ellos a los herederos que ellos mismos han creado? Si consideramos esta posibilidad, cabe también hacer una pregunta cínica: ¿por qué no? La historia de la evolución de la vida es la historia de la lenta alteración de las especies, o de la sustitución corporal de una especie por otra, enteramente distinta, cuando ese cambio o sustitución encaja mejor en un determinado ambiente. Esa historia lar¬ga y cambiante, finalmente alcanzó al Homo sapiens, hace unos pocos centenares de años, pero, ¿por qué había de ser ése el paso final? Ahora que nosotros estamos aquí, ¿por qué hemos de creer que la obra ha terminado? De hecho, si estuviera en nuestra mano retroceder y contemplar el camino complicado de la evolución, un mundo detrás de otro, nos podría parecer que muy lentamente, por medio de pruebas y errores, aciertos y fracasos, la vida fue evolucionando hasta que finalmente surgió una especie con suficiente inteligencia para hacerse cargo y dirigir el proceso de la evolución. Podríamos pensar que únicamente entonces, cuando la evolución empezó a progresar en realidad como una inteligencia artificial, mucho mejor que lo que se había conocido hasta aquel momento, empezó verdaderamente a ser. En ese caso la sustitución de la Humanidad por ordenadores avanzados, sería un fenómeno natural que objetivamente tendría que aplaudirse, como nosotros aplaudimos la sustitución de los reptiles por los mamíferos, y sólo podríamos oponernos por motivaciones de amor propio, y por razonamientos esencialmente frívolos e inadecuados. De hecho, si todavía quisiéramos ser más cínicos, ¿no podríamos afirmar que la sustitución de la Humanidad no sólo no es algo malo, sino que sería positivamente una cosa buena? En los últimos capítulos he supuesto que la Humanidad adoptará medidas sanas para desterrar la guerra, limitar la población y estable¬cer un orden social humano, pero, ¿lo hará? A uno le gustaría pensar que sí, pero la historia de la Humanidad no es exactamente animadora al respecto. ¿Que sucederá si los seres humanos no dejan de sospechar eternamente, y no detienen la violencia de unos contra otros? ¿Qué sucederá si no ponen límite al crecimiento demográfico? ¿Qué sucederá si no se encuentra un medio para que la sociedad esté regida por el sentido común? En ese caso, ¿cómo podremos evitar la destrucción de la civilización y hasta de la propia Humanidad? Quizá la única salvación está precisamente en la sustitución de una especie que está casi al borde del abismo, por otra que quizá lo haga mejor. Desde ese punto de vista, nuestro temor no habría de ser que la Humanidad fuese remplazada por los ordenadores, sino más bien que la Humanidad no pueda progresar suficientemente y con la rapidez necesaria, en cuanto a ordenadores, para poder preparar a unos herederos dispuestos a tomar posesión cuando llegue el momento de la destrucción inevitable de la especie humana. Sin embargo, quizá los seres humanos resolverán los problemas actuales y durante el próximo siglo crearán otra sociedad más sensata, basada en la paz, la colaboración y en un avance tecnológico más cuerdo. Avance que podría hacerse con la ayuda de los ordenadores. A pesar del éxito humano, ¿podría ser suplantada la Humanidad por las cosas que ella misma ha creado? ¿No representaría esto una autén¬tica catástrofe? Cabe aquí preguntarse qué es lo que queremos decir al referirnos a una inteligencia superior. Es demasiado simplista comparar cualidades como si estuviéramos midiendo con una regla. Estamos acostumbrados a comparaciones unidimensionales y comprendemos perfectamente lo que queremos decir al explicar que una longitud es superior a otra, una masa mayor que otra, o una duración más larga que otra. Y nos acostumbramos a suponer que todas las cosas pueden ser comparadas con tan poca sutileza. Por ejemplo, una cebra puede llegar a un punto distante con mayor rapidez que una abeja, si ambas salen del mismo lugar a la misma hora. Desde ese punto de vista, parece justificarse que la cebra es mucho más rápida que la abeja. Sin embargo, una abeja es mucho más pequeña que una cebra, y, a diferencia de la cebra, es capaz de volar. Ambas diferencias son importantes al referirse a esa «mayor rapidez». Una abeja puede salir volando de una zanja de la que la cebra no puede salir; puede pasar a través de los barrotes de una jaula que tiene prisionera a la cebra. ¿Cuál de ellas es ahora más veloz? Si A sobre¬pasa B en una cualidad, B puede sobrepasar a A en otra. A medida que las condiciones cambian, una cualidad o la otra asumen la mayor importancia. Un ser humano dentro de un avión vuela más rápidamente que un pájaro, pero no puede volar tan lentamente como un pájaro, y algunas veces la lentitud puede ser necesaria para sobrevivir. Un ser humano en un helicóptero puede volar con tanta lentitud como un pájaro, pero no tan silenciosamente como éste, y algunas veces el silencio es necesario para sobrevivir. En resumen, la supervivencia requiere un com¬plejo de características y ninguna especie queda sustituida por otra solamente por una característica, aunque se trate de la inteligencia. A menudo lo comprobamos en los asuntos humanos. En el momento de una crisis, no es necesariamente la persona con el más alto coefi¬ciente de inteligencia la ganadora. Puede ser la persona que posee mayor decisión, o mayor fuerza, o mayor capacidad de resistencia, o mayor riqueza, o mayor influencia. La inteligencia es importante, sin duda alguna, pero no lo es todo. Además, la inteligencia no es una cualidad que se defina sencillamente; se presenta en diversas variedades. El profesor con una gran experiencia y súper erudito, que parece un niño en todas las otras cues¬tiones que no entran en su especialidad, es una figura estereotipada del folklore moderno. No nos sorprendería en lo más mínimo el espectáculo de un astuto hombre de negocios, con suficiente inteligencia para dirigir una organización de varios miles de millones de dólares con mano firme y segura, y, sin embargo, incapaz de aprender a hablar correcta¬mente. ¿Cómo podemos, por tanto, comparar la inteligencia humana y la inteligencia del ordenador, y qué queremos decir cuando nos referi¬mos a inteligencia «superior»? En este momento, el ordenador podría llevar a cabo trucos mentales que serían imposibles de realizar para un ser humano; sin embargo, eso no nos impulsa a decir que un ordenador es más inteli¬gente que nosotros. De hecho, no estamos dispuestos a admitir que un ordenador posea inteligencia alguna. Recordemos también, que el desarrollo de la inteligencia de los seres humanos, y de los ordenadores, recorre diferentes caminos: es conducida, y así ha sido siempre, por mecanismos distintos. El cerebro humano evolucionó a través de aciertos y fracasos, mutaciones casuales, utilizando cambios químicos sutiles, y con un impulso movido por la selección natural y por la necesidad de sobrevivir en un mundo determinado con sus cualidades y peligros. El cerebro del ordenador evoluciona por medio de un diseño deliberado fruto de una cuidadosa reflexión humana, utilizando cambios eléctricos sutiles y con un impulso movido por el avance tecnológico y la necesidad de servir determinados requerimientos humanos. Sería muy extraño, después de haber tomado dos caminos tan diferentes, que los cerebros y los ordenadores acabaran siendo tan similares que uno de ellos pudiera ser calificado de inequívocamente superior en inteligencia al otro. Es mucho más probable que, aunque los dos son igualmente inteligentes, considerados en conjunto, las propiedades de su inteligencia fuesen tan distintas en ambos que no hubiese comparación posible. Los ordenadores serían más adecuados para ciertas actividades, y lo mismo ocurriría con el cerebro humano. Lo que sería especialmente cierto si se utilizara deliberadamente la manipulación de la ciencia genética para mejorar el cerebro humano, precisamente en aquellos aspectos en los que el ordenador es débil. Sería conveniente mantener a ambos, ordenadores y cerebro humano, especializados en diferentes direcciones, puesto que una duplicación de sus facultades sería superflua y los convertiría a ambos en innecesarios. En consecuencia, no hay por qué hablar de sustitución; lo que sí podríamos contemplar sería una simbiosis o complementación; el cerebro y el ordenador trabajando juntos, cada uno de ellos suminis¬trando al otro lo que le falta, formando una pareja-inteligencia muy superior a la inteligencia de cada uno de ellos por separado; una colaboración que abriría nuevos horizontes y haría posible alcanzar nuevas alturas. De hecho, la unión de cerebros, el humano y el creado por el ser humano, podría servir como puerta abierta por la que el ser humano podría emerger de su infancia aislada entrando en su madurez combinada. Las 5 advertencias del cambio tecnológico. por Neil Postman. Neil Postman era un señor inteligente pero elitista y algo aristócrata. Llegó a ser condescendiente hacia Pink Floyd cuando estos dedicaron un disco a su obra "Amusing ourselves to death". Además no estoy de acuerdo en varias de las cosas que dice, porque el no era científico. Pero así como se equivoca en muchas cosas, señala cuales son los equivocaciones u omisiones de los científicos. http://www40.brinkster.com/celtiberia/neilpostman.html

No es repost. Ya lo había posteado, pero ahora lo puse más lindo... Hace un tiempo leí un ensayo de Isaac Asimov que me pareció muy interesante, que envejeció perfectamente y se aplica a otros aspectos de la vida, extrapolando un poco la idea. El ensayo se llama "La relatividad del error", y se encuentra en el libro homónimo. Un resumen rápido del artículo sería que hay distintos grados de error cuando estamos o algo está equivocado. Que el error y la corrección no son conceptos absolutos y definidos, sino que son más borrosos. Un ejemplo -que se da en el ensayo- sería el de la Tierra. Pensabamos que la Tierra era plana, y estábamos equivocados. Luego pensamos que era esférica y nos volvimos a equivocar. Pero decir que estamos igual de equivocados que antes es un error mayor a esos dos errores juntos. Esto se debe en parte a como nos educan en la primaria -también se habla de eso en el ensayo- enseñandonos que las cosas están bien o mal, sin grises entre ellos. Al reflexionar sobre el ensayo, nos damos cuenta de que esa misma idea, la de los dos extremos sin nada entre ellos, la aplicamos en muchas cosas. Por ejemplo las opiniones. Voy a ir escribiendo conclusiones parciales en el medio del ensayo, quoteadas. Y al final va a haber una conclusión personal, una especie de intento de ensayo. PD: Quisiera que esto les sirva para tener un pensamiento un poco más crítico, y ver entre grises. Espero que les guste, pero advierto que quizá no sea precisamente divertido, así que agarrenlo con tiempo, cuando estén al pedo y con ganas de usar un poco el cerebro. PD2: recibo críticas, pero por favor díganlas con respeto. No estoy tratando de imponer nada, sólo aconsejando. Tómenlo o déjenlo. El ensayo: El otro día recibí una carta de un lector. Estaba escrita con una caligrafía retorcida y resultaba difícil de leer. Sin embargo, intenté descifrarla por si contenía algo importante. El remitente empezaba contándome que se estaba especializando en literatura inglesa, pero que sentía la necesidad de enseñarme ciencia. (Yo suspiré un poco, porque conozco muy pocos especialistas en literatura inglesa que estén preparados para enseñarme ciencia, aunque soy muy consciente de la vastitud de mi ignorancia y estoy dispuesto a aprender todo lo que pueda de cualquier persona, por baja que esté en la escala social. O sea, que continué leyendo). Parece ser que en uno de mis innumerables ensayos, aquí o en otro lugar, había expresado una cierta alegría por vivir en un siglo en el cual habíamos comprendido finalmente la base del universo. Yo dijo:No hay que tomar al Doc tan a la tremenda aquí. Puede sonar condescendiente, pero está diciendo que conoce la vastitud (o vastedad, como se dice?) de su ignorancia. Estar dispuesto a reconocer que por mucho que sepamos, es más lo que no sabemos implica un pedacito de sabiduría valioso. Y que acepta recibir conocimiento de cualquier persona, sin importar su escala social. Y que es difícil eliminar los prejuicios, pero si no los podemos eliminar, debemos dominarlos. No entré mucho en materia, pero mi intención era explicar que ahora conocíamos las reglas básicas que gobiernan el universo y las relaciones mutuas gravitatorias entre sus componentes grandes, según la teoría de la relatividad elaborada entre 1905 y 1916. También conocemos las reglas básicas que rigen las partículas subatómicas y sus relaciones mutuas, puesto que todas ellas están descritas muy sucintamente por la teoría cuántica elaborada entre 1900 y 1916. Además, hemos descubierto que las galaxias y los cúmulos galácticos son las unidades básicas del universo físico, tal como se descubrió entre 1920 y 1930. Yo dijo:Para los que les interese, esa es la nebulosa Carina. Como ven, todos estos descubrimientos se han realizado en el siglo XX. El joven especialista en literatura inglesa, después de citarme, me sermoneaba con severidad señalando que en cualquier siglo la gente ha pensado que comprendía finalmente el universo, a pesar de que en cualquier siglo ha resultado que esta gente estaba equivocada. Se deduce de ello que lo único que podemos decir sobre nuestro «conocimiento» moderno es que está equivocado. Yo dijo:Este es un ejemplo de razonamiento apresurado. No está exento de razón, pero este caballero no piensa con detenimiento antes de escribir sus opiniones. En resumen, alto FAIL El joven citaba luego con aprobación el comentario de Sócrates al saber que el oráculo de Delfos había proclamado que era el hombre más sabio de Grecia. «Si soy el hombre más sabio –dijo Sócrates– es porque soy el único que sabe que no sabe nada». En consecuencia yo era muy tonto porque tenía la sensación de que sabía muchas cosas. Por desgracia, nada de eso era nuevo para mí. (Hay pocas cosas que sean nuevas para mí: me gustaría que quienes me escriben se dieran cuenta de ello). Me aplicó esta tesis concreta hace un cuarto de siglo John Campbell, quien se había especializado en irritarme. Campbell agregó también que a su debido tiempo todas las teorías han resultado falsas. La respuesta que le di fue: «John, cuando las personas creían que la Tierra era plana, estaban equivocadas. Cuando creían que la Tierra era esférica, estaban equivocadas. Pero si tú crees que considerar la tierra esférica es tan equivocado como creer que la Tierra es plana, entonces tus ideas están más equivocadas que las dos ideas anteriores juntas». Como ven, el problema principal es que la gente cree que «correcto» y «equivocado» son absolutos, que todo lo que no es correcto de modo perfecto y completo está equivocado de modo total e igual. Yo no opino esto. Creo que correcto y equivocado son conceptos borrosos, y voy a dedicar este ensayo a explicar por qué opino así. En primer lugar acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto y cansado de este invento de que no saber nada es un signo de sabiduría. No hay nadie que no sepa nada. En sólo cuestión de días los bebés aprenden a reconocer a sus madres. Sócrates, como es lógico, estaría de acuerdo en esto y explicaría que él no se refería al conocimiento de cosas triviales. Se refería a que en las grandes abstracciones sobre las que discuten los seres humanos uno debe comenzar sin nociones preconcebidas y no examinadas, y que él era el único que sabía esto. (¡Qué pretensión tan enormemente arrogante!) Sócrates, en sus explicaciones sobre temas como «¿Qué es la justicia?» o «¿Qué es la virtud?», adoptaba la actitud de decir que él no sabía nada y que los demás tenían que instruirle. (Esto se llama «ironía socrática», porque Sócrates sabía perfectamente que conocía muchas más cosas que los pobres hombres que escogía como interlocutores). Al pretender ignorancia, Sócrates tentaba a los demás para que expusieran sus opiniones sobre estas abstracciones. Después planteaba una serie de preguntas aparentemente ignorantes y obligaba a los demás a caer en una mezcla tal de contradicciones que al final se desanimaban y admitían que no sabían de qué hablaban. Es una demostración de la maravillosa tolerancia de los atenienses el hecho de que durante decenios aguantaran esto y que no se cansaran hasta que Sócrates cumplió setenta años y le obligaron a beber la cicuta. Yo dijo:Un poco de humor... . Y muestra una interpretación más correcta de esa frase tan famosa de Sócrates. Pero es muy difícil. Tiene que ver con los prejuicios. Hacemos los prejuicios en base a lo que ya conocemos, para rechazar lo que no conocemos. Hasta hay un dicho para eso: mejor loco conocido que sabio por conocer. Un dicho que personalmente no me gusta en demasía. Lo ideal sería abordar a las abstracciones sobre las que discutimos (con esto nos referimos a la justicia, la moral, los valores, que es correcto, el bien, el mal, etc) sin que lo que ya sabemos introduzca un sesgo importante en nuestra opinión. Es algo muy difícil, y nunca se logra del todo. Y ya que estamos hablando de Sócrates, he aquí otra frase: "Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros." Jaja, ya desde esos días los más viejos decían que la juventud está perdida... y éstos se creen originales al tener esos pensamientos, y que cuando ellos eran jóvenes, los más viejos no pensaban eso de ellos. Ahora bien, ¿de dónde sacamos la idea de que lo «correcto» y lo «equivocado» son absolutos? Creo que esta idea tiene su origen en la primera enseñanza, cuando los niños saben muy poco y les enseñan maestros que sólo saben un poco más. Los niños aprenden a deletrear y la aritmética, por ejemplo, y aquí tropezamos con aparentes absolutos. ¿Cómo deletreamos azúcar? Respuesta: a-z-ú-c-a-r. Esto es lo correcto. Cualquier otra respuesta está equivocada. ¿Cuánto son 2 + 2? La respuesta es 4. Esto es lo correcto. Cualquier otra respuesta está equivocada. Tener respuestas exactas, y tener cosas absolutamente correctas y equivocadas reduce la necesidad de pensar, y esto gusta tanto a los alumnos como a los profesores. Por esto motivo, tanto alumnos como profesores prefieren exámenes con respuestas breves a exámenes de redacción; exámenes de alternativas múltiples a exámenes con respuestas breves en blanco; y exámenes cierto-falso a exámenes donde hay que escoger entre varias alternativas. Pero en mi opinión los exámenes con respuestas breves no sirven para medir la comprensión que un alumno tiene de un tema. Son exámenes que demuestran simplemente la memoria que tienen para recordar cosas. Ustedes podrán entender a qué me refiero cuando admitan que las nociones de correcto y equivocado son relativas. Yo dijo:Yo quisiera agregar que la religión también juega un papel aquí. Con el concepto de lo que está bien y de lo que está mal. Y también ha tenido muchísima influencia en instaurar esa forma de pensar. Además el Doc le da con un palo al sistema educativo, a los maestros y a los alumnos. Para mí tiene razón. Ahora, unos ejemplos: ¿Cómo deletreamos «azúcar»? Supongamos que Alice responde p-q-z-z-f y que Genevieve responde s-ú-c-a-r. Ambas respuestas están equivocadas, pero no hay duda de que la respuesta de Alice está más equivocada que la de Genevieve. O supongamos que deletreamos «azúcar» de esta manera: s-u-c-r-o-s-a, o bien C12H22O11. Estrictamente hablando nos hemos equivocado en los dos casos, pero estamos exhibiendo un cierto conocimiento del tema que va más allá de una ortografía convencional. Supongamos que la pregunta del examen fuera: ¿de cuántas maneras diferentes puede deletrearse «azúcar»? Justificar cada una de ellas. Es evidente que el alumno tendrá que pensar mucho y que al final deberá demostrar lo mucho o lo poco que sabe. El profesor deberá pensar también mucho para intentar evaluar lo mucho o lo poco que sabe el alumno. Supongo que ambos se sentirán indignados. Preguntemos de nuevo cuánto es 2 + 2. Supongamos que Joseph dice: 2 + 2 = púrpura, y que Maxwell dice: 2 + 2 = 17. Ambos están equivocados, pero sería justo decir que Joseph se ha equivocado más que Maxwell. Supongamos que decimos: 2 + 2 = un entero. La respuesta sería correcta, ¿no? O supongamos que respondemos: 2 + 2 = un entero par. Sería todavía más correcta. O supongamos que decimos: 2 + 2 = 3,999. ¿No estaríamos casi en lo cierto? Si el maestro quiere que le den 4 de respuesta y no quiere distinguir entre las diversas respuestas equivocadas, ¿no supone esto fijar un límite innecesario a la comprensión? Supongamos que la pregunta es cuánto suman 9 + 5 y que el alumno responde 2. ¿No será criticado y ridiculizado, y no se le comunicará que la respuesta es 9 + 5 = 14? Si luego le dicen que han pasado 9 horas desde medianoche, y que por lo tanto son las 9, y le preguntan qué hora será dentro de 5 horas, y el alumno responde las 14 basándose en que 9 + 5 = 14, ¿no será criticado de nuevo diciéndole que serían las 2? Al parecer en este caso la respuesta válida sí es 9 + 5 = 2. O supongamos de nuevo que Richard dice: 2 + 2 = 11, y que antes de que el maestro le envíe a casa con una nota para su madre, añade: —En base 3, claro. Richard tendría ahora razón. He aquí otro ejemplo. El maestro pregunta: —¿Quién es el cuadragésimo presidente de Estados Unidos? Y Barbara responde: —No hay ninguno, señor maestro. —¡Falso! —dice el maestro—. Ronald Reagan es el cuadragésimo presidente de Estados Unidos. —De ningún modo —dice Barbara—. Tengo aquí una lista de todas las personas que han desempeñado el cargo de presidente de Estados Unidos según la Constitución, desde George Washington a Ronald Reagan, y sólo son treinta y nueve, por lo tanto el presidente cuarenta no existe. —Ah —dice el maestro—, pero Grover Cleveland desempeñó dos mandatos no consecutivos, el primero de 1885 a 1889 y el segundo de 1893 a 1897. Cuenta como el presidente vigésimo segundo y el presidente vigésimo cuarto. Por esto Ronald Reagan es la persona número treinta y nueve que ha desempeñado el cargo de presidente de Estados Unidos y al mismo tiempo es el presidente cuadragésimo de Estados Unidos. ¿No es ridículo? ¿Por qué cuentan dos veces a una persona si sus mandatos no son consecutivos y sólo una vez cuando los mandatos son consecutivos? ¡Simple convención! Sin embargo, Barbara recibe una mala nota, tan mala como si hubiera dicho que el cuadragésimo presidente de Estados Unidos es Fidel Castro. Yo dijo:Fin de los ejemplos escolares. Creo que son bastantes descriptivos. Esa enseñanza, implícita en la forma en la que nos corrigen los maestros, de que lo correcto y lo erróneo es absoluto. Después, en el secundario, y en la universidad más aún, esto cambia. Por ejemplo, te ponen la mitad de la puntuación de la respuesta. Ahora sigue la explicación de la Tierra plana, esférica, etc. Por lo tanto, cuando mi amigo, el experto en literatura inglesa, me dice que cada siglo los científicos creen que han descubierto el funcionamiento del universo y que siempre se equivocan, lo que me interesa saber es hasta qué punto se equivocaron. ¿Sufrieron el mismo grado de error? Pongamos un ejemplo. Yo dijo:En la última imágen podemos ver aproximadamente que conocían los griegos. Tenían enclaves en Francia (Massalia/Marsella) y España (Emporiom/Ampurias)). Aunque creo que conocían a las islas británicas sólo por historias de los fenicios. De ahí venía el estaño. Y Europa del este la conocían seguramente a través de mitos, debido a que fueron unos pocos griegos aventureros que llegaron hasta allí, o escucharon historias de otros pueblos. En los primeros días de la civilización, la idea general era que la Tierra era plana. Esto no se debía a que la gente fuera tonta, o a que les gustara creer estupideces. Pensaban que era plana basándose en pruebas sólidas. No era sólo una cuestión de responder «éste es el aspecto que tiene», porque la Tierra no parece plana. Su aspecto es accidentado y caótico, con colinas, valles, barrancos, precipicios, etc. Desde luego, también hay llanuras en las que, sobre zonas limitadas, la superficie de la Tierra parece bastante plana. Una de estas llanuras es la zona del Tigris y el Éufrates donde se desarrolló la primera civilización histórica (una civilización con escritura), la de los sumerios. Quizá fue el aspecto de la llanura lo que llevó a los inteligentes sumerios a aceptar la generalización de que la Tierra era plana, pensando que si pudieran igualarse todas las elevaciones y depresiones, el resultado sería plano. Puede haber contribuido a esta idea el hecho de que las superficies de agua (estanques y lagos) parecen bastante planas en días tranquilos. Otra manera de considerar el tema es preguntarnos qué es la «curvatura» de la superficie de la Tierra. ¿Hasta qué punto se desvía (en promedio) esta superficie, a lo largo de una distancia considerable, de una superficie perfectamente plana? La teoría de la Tierra plana nos dirá que la superficie real no se desvía nada de la superficie plana, que su curvatura es de 0 por kilómetro. Hoy en día, como es evidente, se nos enseña que la teoría de la Tierra plana está equivocada; que está equivocada, terriblemente equivocada, absolutamente equivocada. Pero esto no es cierto. La curvatura de la Tierra es de casi 0 por kilómetro, por lo que, si bien la teoría de la Tierra plana está equivocada, resulta ser casi correcta. Esto explica que la teoría durara tanto. Como es lógico, hay motivos que explican el carácter poco satisfactorio de la teoría de la Tierra plana, y hacia el 350 a. J.C. el filósofo griego Aristóteles los resumió. En primer lugar, algunas estrellas desaparecen detrás del hemisferio sur cuando uno viaja hacia el Norte, y detrás del hemisferio norte cuando uno viaja hacia el Sur. Por ejemplo, si estás al norte, viajando hacia el sur, vas a ver aparecer la cruz del sur. En segundo lugar, la sombra de la Tierra sobre la Luna durante un eclipse lunar es siempre un arco de círculo. En tercer lugar, aquí en la misma Tierra, los buques desaparecen detrás del horizonte primero por el casco, en cualquier dirección en que estén navegando. Estas tres observaciones podrían explicarse de modo razonable si la superficie de la Tierra fuera plana, pero también podrían explicarse suponiendo que la Tierra es una esfera. Aristóteles, además, creía que toda la materia sólida tendía a desplazarse hacia un centro común, y si la materia sólida hiciera esto acabaría formando una esfera. Un volumen dado de materia está en promedio más cerca de un centro común si es una esfera que si tiene cualquier otra forma. Yo dijo:Aristóteles era un genio. Matemáticas puras y duras. Un siglo aproximadamente después de Aristóteles, el filósofo griego Eratóstenes observó que el Sol proyectaba sombras de longitudes diferentes en latitudes diferentes (todas las sombras tendrían la misma longitud si la superficie de la Tierra fuera plana). A partir de la diferencia de longitud de las sombras calculó el tamaño de la esfera terrestre, que resultó tener una circunferencia de cuarenta mil kilómetros. Yo dijo:Eratóstenes, otro grosso. Eratóstenes y Arquímedes, dos grossos. La curvatura de esta esfera es aproximadamente de 0,0000786 por kilómetro, una cantidad muy próxima a 0 por kilómetro, como puede observarse, y que no podía medirse fácilmente con las técnicas de que disponían los antiguos. La pequeña diferencia entre 0 y 0,0000786 explica que tuviera que transcurrir tanto tiempo para poder pasar de una Tierra plana a una Tierra esférica. Fijémonos en que una diferencia muy pequeña, como la existente entre 0 y 0,0000786, puede ser muy importante. Esta diferencia se suma. La Tierra no puede cartografiarse sobre grandes superficies con cierta precisión si no se tiene en cuenta esta diferencia y si la Tierra no se considera una esfera en lugar de una superficie plana. No pueden emprenderse largos viajes oceánicos con la seguridad de poder localizar de modo razonable la posición en el océano si la Tierra no se considera esférica en lugar de plana. Además, la Tierra plana hace pensar que la Tierra es infinita, o que su superficie tiene un «final». En cambio, la teoría de la Tierra esférica postula una Tierra que es al mismo tiempo finita y limitada, y este último postulado concuerda con todos los descubrimientos posteriores. Por lo tanto, aunque la teoría de la Tierra plana sólo esté ligeramente equivocada y diga mucho en favor de sus inventores, es lo suficientemente equivocada para que deba rechazarse en favor de la teoría de la Tierra esférica. Y, sin embargo, ¿es la Tierra una esfera? No, no es una esfera, no lo es en el sentido matemático estricto. Una esfera tiene algunas propiedades matemáticas: por ejemplo, todos los diámetros (es decir, todas las líneas rectas que pasan por un punto de su superficie, por el centro y por otro punto de su superficie) tienen la misma longitud. Sin embargo, esto no se cumple en la Tierra. Distintos diámetros de la Tierra tienen distinta longitud. ¿Qué convenció a la gente de que la Tierra no era una esfera auténtica? En primer lugar, el Sol y la Luna tienen perfiles que son círculos perfectos dentro de los límites de la medición en la primera época del telescopio. Esto concuerda con la idea de que el Sol y la Luna tienen una forma perfectamente esférica. Sin embargo, cuando los primeros observadores telescópicos observaron Júpiter y Saturno vieron claramente que los perfiles de estos planetas no son círculos, sino elipses bien marcadas. Esto significa que Júpiter y Saturno no son auténticas esferas. Isaac Newton, hacia fines del siglo XVII, demostró que un cuerpo de gran masa formará una esfera bajo la atracción de las fuerzas gravitatorias (exactamente como Aristóteles había argumentado), pero solamente si no gira. Si el cuerpo gira, se producirá un efecto centrífugo que empujará la materia del cuerpo contra la gravedad, y este efecto será mayor cuanto más nos acerquemos al ecuador. El efecto será también mayor cuanto más rápidamente gire un objeto esférico, y desde luego Júpiter y Saturno giran muy rápidamente. La Tierra gira mucho más lentamente que Júpiter o Saturno, por lo tanto el efecto deberá ser menor, pero continuará notándose. En el siglo XVII se hicieron mediciones reales de la curvatura de la Tierra que confirmaron la teoría de Newton. Dicho con otras palabras, la Tierra tiene una protuberancia ecuatorial. La Tierra está achatada por los polos. Es un «esferoide achatado por los polos» y no una esfera. Esto significa que los distintos diámetros de la Tierra tienen longitudes diferentes. Los diámetros más largos son los que van de un punto cualquiera del ecuador al punto opuesto en el mismo ecuador. Este «diámetro ecuatorial» es de 12.755 kilómetros. El diámetro más corto es el que va del Polo Norte al Polo Sur; este «diámetro polar» es de 12.711 kilómetros. La diferencia entre los diámetros más largo y más corto es de 44 kilómetros, y esto significa que el achatamiento de la Tierra (la diferencia con respecto a una esfericidad exacta) es de 44/12.755, o sea 0,0034. Esto equivale a 1/3 de un 1%. Dicho de otro modo, sobre una superficie plana, la curvatura es de 0 por kilómetro en todas partes. Sobre la superficie esférica de la Tierra, la curvatura es 12,5 centímetros por kilómetro en todas partes. Sobre la superficie esferoidal achatada, la curvatura varía de 12,657 centímetros por kilómetro hasta 12,742 centímetros por kilómetro. La corrección necesaria para pasar de la esfera al esferoide achatado es mucho menor que para pasar de un plano a una esfera. Por lo tanto, aunque en sentido estricto sea equivocada la idea de que la Tierra es una esfera, no es tan equivocada como la idea de que la Tierra es plana. Incluso la idea de que la Tierra es un esferoide achatado no es estrictamente correcta. En 1958, cuando se puso en órbita alrededor de la Tierra el satélite Vanguard 1, pudo medirse la atracción gravitatoria local de la Tierra, y por lo tanto su forma, con una precisión sin precedentes. Resultó que la protuberancia ecuatorial al sur del ecuador era algo más pronunciada que la protuberancia al norte del ecuador, y que el nivel del mar en el Polo Sur estaba algo más próximo al centro de la Tierra que el nivel del mar en el Polo Norte. Pareció inevitable explicar el hecho diciendo que la Tierra tenía forma de pera, e inmediatamente la gente decidió que la Tierra no era una esfera sino que tenía la forma de una pera suspendida en el espacio. En realidad, la desviación de esta pera en relación con un esferoide achatado perfecto es de metros en lugar de kilómetros, y el ajuste de la curvatura es de millonésimas de centímetro por kilómetro. En definitiva, mi querido amigo de literatura inglesa que vive en un mundo mental de corrección e incorrección absolutas, puede pensar que la Tierra actualmente quizá sea esférica, pero que en el próximo siglo, puesto que todas las teorías están equivocadas, se considerará cúbica, en el siguiente un icosaedro hueco y en el siguiente un «donut». Lo que sucede en realidad es que los científicos cuando consiguen elaborar un concepto bueno lo refinan y lo amplían gradualmente con sutilidad creciente a medida que mejoran sus instrumentos de medición. Las teorías, más que equivocadas, son incompletas. "Las teorías, más que equivocadas, son incompletas". Esto puede aplicarse a muchos otros casos, aparte del de la forma de la Tierra. Incluso cuando una nueva teoría representa una revolución, su origen suelen ser pequeños refinamientos. Si se necesitara algo más que un pequeño refinamiento, la antigua teoría no habría durado nada. Copérnico pasó de un sistema planetario centrado en la Tierra a un sistema centrado en el Sol. Al hacerlo, pasó de algo que era evidente a algo que al parecer era ridículo. Sin embargo, se trataba de encontrar procedimientos mejores para calcular el movimiento de los planetas en el cielo, y al final la teoría geocéntrica quedó arrinconada. La antigua teoría se mantuvo durante tanto tiempo precisamente porque proporcionaba resultados que concordaban bastante bien con las normas de medición de su época. Del mismo modo, al principio pareció razonable suponer que la Tierra no experimentaba cambios y que ella y la vida existieron siempre como ahora, debido precisamente a que las formaciones geológicas terrestres cambian muy lentamente. Si ello era cierto, no tenía ninguna importancia que la Tierra y la vida tuvieran miles de millones de años de edad o que sólo tuvieran miles de años, pero la idea de que tuvieran miles de años era más fácil de entender. Cuando observaciones cuidadosas demostraron que la Tierra y la vida cambian con una velocidad pequeñísima, pero no nula, se comprendió que la Tierra y la vida tenían que ser muy antiguas. Nació la moderna geología y con ella el concepto de la evolución biológica. Si la velocidad de los cambios fuera más rápida, la geología y la evolución habrían alcanzado su estado moderno en la edad antigua. Los creacionistas pueden continuar haciendo propaganda de su locura únicamente porque la diferencia entre la velocidad de cambio en un universo estático y la velocidad de cambio en un universo evolutivo se sitúa entre cero y casi cero. Yo dijo:El Doc también estaba en contra de los creacionistas, y por supuesto en contra de la pseudociencia. ¿Qué podemos decir también sobre las dos grandes teorías del siglo XX, la relatividad y la mecánica cuántica? Las teorías de Newton sobre el movimiento y la gravitación se aproximaban mucho a la verdad, y habrían sido absolutamente correctas si la velocidad de la luz hubiese sido infinita. Sin embargo, la velocidad de la luz es finita, y esto tuvo que tenerse en cuenta en las ecuaciones relativistas de Einstein, que son una ampliación y un refinamiento de las ecuaciones de Newton. Uno podría replicar que la diferencia entre infinito y finito es también infinita, por lo tanto ¿por qué no quedaron invalidadas inmediatamente las ecuaciones de Newton? Expresemos esto de otro modo, y preguntemos cuánto tarda la luz en recorrer la distancia de un metro. Si la luz se desplazara a una velocidad infinita, la luz tardaría 0 segundos en recorrer un metro. Sin embargo, a la velocidad con que se transmite la luz necesita 0,0000000033 segundos. La corrección que introdujo Einstein es esta diferencia entre 0 y 0,0000000033. Desde el punto de vista conceptual, la corrección era tan importante como la corrección de la curvatura de la Tierra de 0 a 12,7 centímetros por kilómetro. Las partículas subatómicas a gran velocidad no se comportarían como lo hacen sin esta corrección, ni los aceleradores de partículas funcionarían como lo hacen, ni las bombas atómicas explotarían, ni las estrellas brillarían. Sin embargo, fue una corrección pequeñísima, y no es de extrañar que, en su época, Newton no pudiera tenerla en cuenta, puesto que sus observaciones estaban limitadas a velocidades y distancias en las que la corrección era insignificante. También el concepto precuántico de la física fallaba porque no tenía en cuenta el carácter «granular» del universo. Se había pensado que todas las formas de energía eran continuas y que podían dividirse indefinidamente en cantidades cada vez menores. Esto resultó incorrecto. La energía existe en cuantos, cuyo tamaño depende de algo llamado constante de Planck. Si la constante de Planck fuera igual a 0 ergios-segundo, la energía sería continua, y no habría granulosidad en el universo. Sin embargo, la constante de Planck es igual a 0,0000000000000000000000000066 ergios-segundo. Se trata realmente de una desviación pequeñísima en relación con cero, tan pequeñísima que no es preciso tenerla en cuenta para las cuestiones corrientes de la energía en la vida cotidiana. Sin embargo, si uno trabaja con partículas subatómicas, la granulosidad es relativamente tan grande que es imposible ocuparse de ellas sin introducir consideraciones de índole cuántica. Puesto que los refinamientos de la teoría son cada vez más pequeños, incluso teorías antiguas tuvieron que ser bastante correctas para permitir posteriores avances; avances que no fueron anulados por refinamientos consiguientes. Finalizando.... Los griegos introdujeron la noción de latitud y de longitud, por ejemplo, y confeccionaron mapas bastante buenos de la cuenca del Mediterráneo, sin tener siquiera en cuenta la esfericidad, y nosotros todavía utilizamos hoy en día la latitud y la longitud. Los sumerios fueron probablemente los primeros en sentar el principio de que los movimientos planetarios en el cielo ofrecen una regularidad y pueden predecirse, y luego elaboraron métodos para hacerlo, aunque suponían que la Tierra era el centro del universo. Sus mediciones se han refinado enormemente, pero el principio sigue siendo el mismo. La teoría de la gravitación de Newton, si bien es incompleta cuando se aplica a grandes distancias y a velocidades enormes, es perfectamente adecuada para el sistema solar. El cometa Halley aparece puntualmente según predicen la teoría de la gravitación y las leyes del movimiento de Newton. Toda la ciencia de los misiles se basa en Newton y el Voyager 2 llegó a Urano a un segundo del tiempo previsto. Ninguna de estas cosas quedaron anuladas por la relatividad. En el siglo XIX, antes de que pudiera soñarse en la teoría cuántica, se sentaron las leyes de la termodinámica a saber, la conservación de la energía como primera ley y el inevitable aumento de entropía como segunda ley. Se fijaron también otras leyes de conservación, como la conservación del momento, del momento angular y de la carga eléctrica. Lo mismo se hizo con las leyes del electromagnetismo de Maxwell. Todo quedó firmemente asentado, incluso después de la llegada de la teoría cuántica. Es evidente que las teorías que tenemos actualmente podrían considerarse equivocadas en el sentido simplista de mi corresponsal de literatura inglesa, pero en un sentido mucho más cierto y sutil sólo necesitan considerarse incompletas. Por ejemplo, la teoría cuántica ha producido algo llamado «extrañeza cuántica» que pone en entredicho la misma naturaleza de la realidad y que crea enigmas filosóficos sobre los cuales los físicos parece que no pueden ponerse de acuerdo. Quizá hemos alcanzado un punto en que el cerebro humano ya no puede comprender las cosas, o quizá la teoría cuántica es incompleta y cuando se amplíe toda su «extrañeza» desaparecerá. También la teoría cuántica y la relatividad parecen ser independientes una de otra, de modo que si bien la teoría cuántica permite, al parecer, combinar en un único sistema matemático tres de las cuatro interacciones conocidas, la gravitación –el reino de la relatividad– parece que continúa mostrándose intransigente. Si la teoría cuántica y la gravedad pudieran combinarse quizá sería posible una auténtica «teoría unificada de Campo». Sin embargo, si todo esto se consigue, continuará siendo un refinamiento más que afectará las fronteras de lo conocido: la naturaleza de la gran explosión primordial y la creación del universo, las propiedades en el centro de los agujeros negros, algunos puntos sutiles sobre la evolución de las galaxias y de las supernovas, etc. En cambio, casi todo lo que sabemos hoy continuará inalterado, y cuando digo que estoy contento de vivir en un siglo que ha comprendido el universo de modo esencial, creo que estoy justificado para hacerlo. Yo dijo:Excelente conclusión. Además quiero agregar que a la gente no le gusta las cosas que cambian, y la ciencia es cambiante. A la gente no le gusta eso. Por ejemplo: Plutón ya no es considerado un planeta, pero la gente lo sigue considerando un planeta. Es un ejemplo tonto, y no es un planeta porque se redefinió el significado de planeta, pero es ilustrativo
Un artículo largo pero interesantísimo que me pasó un usuario ( @razordh ) por mp ante una pregunta mía. FUENTE: http://lapizarradeyuri.blogspot.com/2010/05/asi-funciona-un-arma-nuclear.html dijo:¿Qué hay en unas pelotas de metal pulido y una bolsa de polvo blancuzco para que sean capaces de aniquilar una gran ciudad? La gente suele tener dos reacciones cuando observa por primera vez las tripas de un arma termonuclear, no necesariamente excluyentes entre sí. La primera es el sobrecogimiento: hasta el más zoquete intuye que no se halla ante una cosa corriente, sino ante un poder inquietante, asombroso y letal. La segunda es la decepción, porque aquello tiene las pintas de una poca chatarrería como la que podrías encontrar en cualquier garaje. Cuencos, tubos y aros de metal pulido. Moldes de una especie de gel amarillento, que recuerdan vagamente a las formas de un balón de fútbol. Otros, de poliestireno (sí, poliestireno común). Y los consabidos cables y circuititos electrónicos. Todo lo cual cabe perfectamente encima de una mesa cualquiera. Entonces, el cachondo de tu guía podría decirte: "no, no, lo que explota es eso de ahí". Y tú mirarías, claro. Ahí, dentro de unos contenedores similares a neveras de camping, verías tres tipos de objetos. El primero, unas esferas metálicas pulidas muy parecidas a bolas de petanca. El segundo, una bolsa de polvo blanco. El tercero, una especie de termo de café pequeño. –¿Eso es todo? –preguntarías, quizás. –Eso es todo –te contestarían. –¿Con eso puedo matar a cinco millones de personas? –Como si jamás hubieran existido. Si eres del tipo valiente o al menos curioso, a lo mejor te daba por acercarte al primero de los objetos. Descubrirías que es sólo lo que parece: pelotas de metal muy pesado, tibio al tacto. Y a lo mejor preguntabas con algún escalofrío en la voz: –¿Esto es...? –Sí. Eso es plutonio. Aunque envuelto en berilio. –¿Y por qué está caliente? –Porque es radioactivo. Pero no te preocupes: ahora está en fase alfa, no pasa nada. A menos que seas del tipo especialmente valiente, lo más normal es que apartes la mano en ese mismo instante, claro. Entonces, puede que el graciosillo que te hace de guía te lance a los brazos la bolsa de polvo blanco. Igual te asustas y esperas un golpe, pero cuando te cae en las manos descubres que no pesa nada. Es sólo un polvo tenue, muy fino, muy blanco, inocente. Ni frío, ni caliente, ni fresco, ni tibio. Neutro. Seco. Tu acompañante levanta en su mano el pequeño termo de café y lo pone ante tus ojos. –¿Y esto qué es? –te atreves a preguntar, aunque con un temblor indefinible desde la coronilla hasta la horcajadura. –Esto es la materia de la que están hechas las estrellas –te contestan. –No j*das. –Lo que oyes. Eso que tienes en las manos es deuteruro de litio. Lo llamamos liddy. Y lo que hay aquí dentro es tritio: un gas. Todo son isótopos del hidrógeno y del litio. Con esto puedes encender una estrella sobre una ciudad. –Ah. Es posible que sientas la tentación de dejarlo todo en su sitio y salir corriendo de allí dando educadamente las gracias pero tan deprisa como te permitan tus piernas. O igual te puede la curiosidad –o el morbo, vamos– y te quedas un poquito más. Sólo un poquito más, ¿eh? Por interés cultural. Científico. ¡Nadie lo duda! Tu guía, que seguramente llevará un uniforme militar o una bata blanca, sonríe. Ya eres de los nuestros, piensa. Pero sólo dice: –¿Te gustaría saber cómo funciona? Fisión. El corazón de un arma nuclear moderna es tan solo una esfera hueca de plutonio-239 supergrade al 99% o más, normalmente envuelta en otra concéntrica de berilio. Si es un arma muy avanzada, contendrá menos de tres kilos de plutonio; con lo denso que es, eso te cabe en el puño aunque seas de manos pequeñas. Hueca y todo, no es más grande que una bola de petanca. Si fuera de mediana tecnología, serán unos cuatro o cinco kilos y un poco mayor, como una pelota de voleibol. La bomba de Nagasaki usó 6,2 kg. Todas estas cifras son inferiores a la masa crítica del plutonio-239 a temperatura y densidad corrientes, que es de aproximadamente diez kilos. Recuerda esto de la temperatura y densidad, porque va a ser importante. ¿Y qué es esto de la masa crítica? La masa crítica es la cantidad de material fisible –normalmente uranio-235 o plutonio-239– necesaria para que éste inicie una reacción en cadena espontánea. Vamos a ver qué es esto de la reacción en cadena. Todas las sustancias radioactivas son inestables. Esto quiere decir que sus átomos tienden a emitir energía –la radioactividad propiamente dicha– en forma de ondas y partículas (¿recuerdas los fundamentos de mecánica cuántica?). Algunas sustancias, además de radioactivas, son fisionables. Es decir, que los núcleos de sus átomos son tan grandes e inestables que pueden partirse con facilidad y de hecho lo hacen; por ejemplo, el uranio-238 o el plutonio-240. Cuando el núcleo de un átomo se parte, se convierte en núcleos más pequeños y libera energía como estas ondas y partículas. ¿Qué es lo que hace que un núcleo fisione, es decir, se rompa? No gran cosa. Ocurre constantemente en la naturaleza, por simple probabilidad cuántica o cualquier estímulo exterior. Los núcleos grandes e inestables tienden a romperse y, según una determinada probabilidad, lo hacen a todas horas. Por ejemplo, la mayor parte del uranio existente en la naturaleza ha fisionado ya a lo largo de los últimos miles de millones de años, y por eso es tan raro en la actualidad. Esto se llama fisión espontánea, y va ocurriendo a su ritmo. En la imagen de la derecha, un núcleo de uranio-235 absorbe un neutrón, se convierte en uranio-236 altamente inestable y fisiona en dos elementos nuevos, kriptón-92 y bario-141 (sí, como en la transmutación de los alquimistas). Al hacerlo, libera varios neutrones más y una cantidad importante de energía en forma de radiación. Algunas sustancias en particular, además de radioactivas y fisionables, son fisibles. Fisible significa que fisionan intensamente y además de una manera especial. Lo hacen fragmentándose en núcleos mucho más pequeños y emitiendo neutrones rápidos, muy energéticos (como el núcleo de U-235 de la imagen). Tan energéticos, que desestabilizan rápidamente los demás átomos que haya alrededor. Entonces, estos resultan estimulados para fisionar también, y así una y otra vez, en una reacción en cadena que se va amplificando cada vez más. Los dos elementos más fisibles del universo conocido son el uranio-235 y el plutonio-239. Por eso son los que se usan como combustible en las centrales nucleares. Y como explosivo en las armas atómicas. Sin embargo, la reacción en cadena se interrumpe rápidamente si no hay bastante material alrededor. Esto se debe al sencillo hecho de que los átomos de la materia están enormemente separados entre sí –la inmensa mayoría de lo que ven tus ojos y tocan tus manos es espacio vacío, aunque no lo parezca–. Por ello, la mayor parte de los neutrones que surgen en estas fisiones espontáneas no llegan a alcanzar otros núcleos fisibles y se pierden hacia el exterior en forma de radiación neutrónica. Es preciso acumular una cierta cantidad de material para que haya muchos núcleos fisibles por todas partes, la probabilidad de que los neutrones alcancen alguno de ellos aumente y la reacción se mantenga a sí misma. Esto es la masa crítica: la cantidad de material fisible que necesitas acumular para que se produzca una reacción en cadena sostenida. Cuando usas uranio-235, esta cantidad es de 52 kilos. Usando plutonio-239, es de sólo diez kilos. Por eso, las bombas de plutonio son mucho más pequeñas y ligeras que las de uranio, lo que facilita su uso militar práctico. A la izquierda, vemos una masa subcrítica (arriba) donde la mayor parte de los neutrones escapan; una masa crítica (al medio) donde hay reacción en cadena sostenida; y una masa también crítica (abajo) que, a pesar de ser tan pequeña como la primera, está envuelta en un reflector neutrónico (como el berilio) y eso le permite alcanzar criticidad. Porque, ¡un momento! Hemos dicho que una bomba de plutonio usa 6,2 kg en sus versiones más primitivas y menos de tres en las modernas. Entonces, ¿cómo puede producir una de estas reacciones en cadena? ¡No hay material suficiente! Aquí radica, precisamente, la genialidad de un arma de fisión. Sí, es genialidad, qué demonio. Por no contener suficiente material para producir una reacción en cadena sostenida, la bomba es segura por completo en condiciones ambientales normales. Puedes usar la pelota de plutonio como bala de cañón y no pasará gran cosa; sólo causarás un poco de contaminación por los alrededores, más tóxica que radioactiva (el plutonio es muy venenoso). El plutonio es mejor que el uranio por otra razón. Aunque su procesado metalúrgico resulta mucho más difícil que el del uranio –lo que requiere el uso de tecnologías industriales más avanzadas–, su emisión de neutrones por fisión espontánea es baja. Esto significa que tarda más en iniciar la reacción en cadena, pero cuando lo hace, lo hace más de golpe. Más explosivamente, como si dijéramos. La pequeña explosión, la gran explosión. En primer lugar, tomamos la esfera hueca de plutonio-239 y la envolvemos en otra concéntrica de berilio. El berilio no es fisionable, ni fisible, ni siquiera radioactivo. Está ahí porque constituye un reflector neutrónico de primera. Es decir: cuando recibe los neutrones rápidos del plutonio que hay dentro, tiende a devolvérselos e incluso añadir unos cuantos más. Esto ayuda a sostener la reacción en cadena, pues los neutrones que escapan de la misma al exterior resultan rebotados de vuelta al interior. Entonces, tomamos esta esfera hueca de plutonio-berilio y la rodeamos a su vez con un explosivo convencional en una disposición muy similar a las costuras de un balón de fútbol. Hoy por hoy, este explosivo es habitualmente TATB, por tres razones: resulta extremadamente estable –lo que reduce el riesgo de detonación accidental–, la onda de choque que produce es muy simétrica (va a avanzar como una esfera perfecta hacia fuera y hacia adentro; recuerda esto de hacia adentro), y su velocidad de detonación es alta, para completar el proceso muy deprisa. Por lo demás, es un explosivo corriente de la familia de los nitrobencenos / nitrotoluenos (como el TNT). Antiguamente, pondríamos en el centro de la esfera hueca una bolita de polonio-berilio o algo así, como fuente neutrónica; hoy en día, se usa gas de deuterio/tritio, dos isótopos del hidrógeno. Lo que estamos intentando es, en esencia, ultracomprimir bruscamente la esfera hueca de plutonio de tal modo que quede atrapada entre una fuente neutrónica –la bolita de polonio o el gas– y un reflector de neutrones –la funda de berilio–; de tal modo que aumente enormemente su densidad, su temperatura y su flujo neutrónico. Porque entonces la masa crítica efectiva se reduce de golpe y cae de los diez kilos en condiciones normales a mucho menos de tres kilos, con lo que se volverá supercrítica instantáneamente. ¡Ojo, que esta es la clave! Vamos a explicarlo un poquito mejor: Dijimos que la masa crítica del plutonio es de unos diez kilos en condiciones normales de densidad y temperatura. Pero resulta que la masa crítica es inversamente proporcional a la densidad, la temperatura y la cantidad de neutrones rápidos que haya circulando por dentro. Cuanto mayor es la densidad, la temperatura y el flujo neutrónico, menor es la masa crítica. Si conseguimos comprimir muy deprisa la esfera hueca de plutonio en forma de una esfera compacta a alta temperatura, presión y flujo neutrónico, el plutonio saltará rápidamente de ser muy subcrítico a ser muy supercrítico, lo que iniciará una reacción en cadena sostenida e instantánea de alta energía hasta que el material se agote o disperse por la propia explosión resultante. Como además –dijimos más arriba– al plutonio le cuesta un poquito empezar a emitir neutrones, cuando empiece a suceder sucederá de golpe, en avalancha, formando un pico de energía más breve pero más intenso que el del uranio. (En la imagen de la izquierda, 5,3 kg de plutonio-239 militar supergrade al 99,96%, antes de su procesado metalúrgico; suficiente para volar una ciudad). Evidentemente, la manera más práctica de comprimir deprisa un material es rodeándolo con un explosivo de detonación rápida y haciéndolo estallar. Estos eran los moldes de material amarillento que vimos encima de la mesa al principio. Dispuestos alrededor de la esfera de plutonio-berilio y detonados con mucha precisión –para eso eran los cables y circuitos electrónicos– van a provocar una onda de choque esférica y muy rápida que avanzará hacia el exterior –como en cualquier otra explosión– pero también hacia el interior, en lo que denominamos una implosión. De hecho, a toda esta clase de armas se las llama de detonación por implosión. ¿Estamos listos para volar algo serio? Pues vamos allá. Atención, porque va a ocurrir todo en pocos microsegundos: 1. Nosotros nos limitamos a activar los detonadores exteriores del explosivo convencional, y ya no tenemos que hacer nada más. De lo único que tenemos que asegurarnos es de que la detonación sea muy precisa, pues de lo contrario la onda de choque será asimétrica y el material no implosionará perfectamente hacia el centro. 2. El explosivo convencional que envuelve la esfera de plutonio-berilio estalla. La parte de la onda de choque que viaja hacia el interior comprime violentamente la esfera hueca hacia su centro geométrico, aumentando su densidad y temperatura a alta velocidad. 3. El hueco interior desaparece. La esfera es ahora sólida y se está ultracomprimiendo contra la fuente neutrónica interior. 4. Si la bomba está bien diseñada y ejecutada, ocurren cinco fenómenos simultáneamente en menos de un microsegundo: El plutonio se vuelve supercrítico, con lo que ya puede iniciar la reacción en cadena. La fuente neutrónica del centro se activa por temperatura/presión e inunda instantáneamente el plutonio con neutrones rápidos que lanzan la reacción en cadena por todas partes a la vez. La reacción en cadena del plutonio se inicia en avalancha. Comienza a producirse energía. La esfera exterior de berilio rebota los neutrones que intentan escapar de nuevo hacia el interior. Todo esto coincide con el pico máximo de presión ocasionado por la onda de choque del explosivo convencional, con lo que la reacción, en vez de disgregarse, se concentra cada vez más. 5. Se produce una reacción en cadena instantánea de alta energía durante un cuarto de microsegundo. El centro geométrico del arma salta de golpe a estado plasmático, con una temperatura equivalente a cientos de miles de grados centígrados, con lo que la reacción se embala aún más. 6. Estas reacciones producen una violenta oleada de radiación fotónica electromagnética –luz visible, radiofrecuencia, infrarrojos, gamma, rayos X– que escapan al aire circundante a la velocidad de la luz. Se inicia el destello más brillante que un sol. Conforme la funda de berilio termina de desintegrarse durante otro cuarto de microsegundo, se le unen los neutrones rápidos que escapan de las reacciones en cadena en forma de radiación neutrónica. 7. La energía así generada comienza a disgregar el material y supera por muchos órdenes de magnitud la "energía implosiva" producida por el explosivo convencional, que se torna irrelevante en comparación. El plutonio que no ha fisionado todavía se vuelve de nuevo subcrítico y la reacción en cadena se interrumpe. En menos de cinco microsegundos, el fenómeno ha finalizado y tenemos un cogollo de alta energía ultraconcentrada que se irradia velozmente en todas direcciones; la mayor parte, a la velocidad de la luz. Cuando esto ocurre dentro de la atmósfera, lo que hay en todas direcciones es, fundamentalmente, aire. Este aire absorbe parte de la radiación ultravioleta, parte de la gamma y casi todos los rayos X. Como consecuencia, el aire se calienta en forma de una burbuja que se expande a varias decenas de millones de grados centígrados; esto se conoce como esfera isotérmica y brilla como cientos de millones de soles, desintegrando súbitamente todo lo que esté a su alcance. Cualquier persona que mire en su dirección quedará ciega al instante. Unos cien microsegundos después, su temperatura ha descendido a 300.000 ºC y ya sólo brilla como diez millones de soles; entonces, comienza a formarse una onda de choque en su superficie. Esto es la separación hidrodinámica. Esta onda de choque, que echa a correr a cien veces la velocidad del sonido (sí, Mach 100), no sólo transporta una brutal energía cinética sino que calienta por compresión las capas de aire de alrededor hasta unos 30.000 ºC: cinco veces la que hay en la superficie del sol. Todo lo que quede dentro de esta región (unos 220 metros para una bomba de 20 kilotones, menos que Nagasaki) resulta reventado y vaporizado sin importar de qué material estuviera hecho. No existe materia bariónica en el universo conocido capaz de resistir estas temperaturas ni muy remotamente. Estamos en la llamada área de aniquilación. En este punto, la temperatura va cayendo a unos 3.000 ºC. Esta primera bola de fuego deja de brillar y se vuelve transparente, fenómeno conocido como la ruptura (breakaway). Pero entonces la esfera isotérmica aparece de nuevo por detrás, aún a 8.000 ºC; impacta contra la onda de choque que ha ido perdiendo velocidad y la realimenta violentamente, provocando así una tormenta ígnea en todas direcciones a miles de grados de temperatura y velocidades supersónicas. Es la onda de choque termocinética o segundo pulso, causante de la destrucción extensa típica de las armas nucleares, que en las más potentes puede llegar a decenas de kilómetros. Las personas mueren abrasadas, reventadas y por efecto del colapso de los edificios y el impacto de los proyectiles que vuelan a gran velocidad hacia todas partes (notoriamente, los cristales). Conforme aumenta la distancia, poco a poco, la onda de choque se va disipando (las colinas y otras irregularidades del terreno pueden proteger a lo que haya inmediatamente al otro lado). La cosa no acaba aquí; qué va. Volvamos al principio. Teníamos un cogollo de alta energía irradiando a su alrededor. Hemos visto lo que ocurre con la parte de esta energía que interactúa con el aire, pero resulta que el aire es transparente al resto. El resto de la energía, pues, viaja libremente a su través hasta chocar con otras cosas sin que nada la pare por el camino, decreciendo sólo con el cuadrado de la distancia (por teoría de campos). Hay una parte de los rayos gamma, por ejemplo, que atraviesa el aire sin más e irradia lo que haya alrededor, incluyendo por supuesto a los seres vivos. A los seres vivos, la radiación gamma masiva les sienta fatal, pero fatal de veras: la tierra se vuelve estéril y la gente y los animales mueren al momento o más tarde, de síndrome radioactivo agudo. Esta es la irradiación directa de un arma nuclear. ¿Te acuerdas de todos esos neutrones que escaparon cuando finalizaba la reacción en cadena? Bueno, pues esos también llegan detrás, y la radiación neutrónica es extremadamente penetrante. La más penetrante de todas, capaz de atravesar metros de hormigón armado. Bien es cierto que estos interactúan un poco más con el aire... para producir más radiación gamma. Pero los neutrones hacen algo que no hacen las otras formas de radiación: cuando alcanzan los átomos circundantes, los desestabilizan y los vuelven radioactivos también. Y a continuación viene la onda de choque, para pulverizarlos y esparcirlos por todas partes: es la primera fase de la contaminación radiológica, a la que pronto se sumarán los restos de la bomba y los isótopos radioactivos formados al paso de la esfera isotérmica. Cuando la onda de choque cese, la nube en hongo y los vientos terminarán de esparcirlos por todas partes. ¡Volvamos otra vez al principio! Una vez más, sólo una vez más: te lo prometo. La bomba ha emitido también grandes cantidades de energía fotónica/electromagnética en forma de radiofrecuencia, a las que hay que sumar las emisiones de los átomos excitados de la esfera isotérmica. Esto produce varios fenómenos curiosos, que eran en su mayor parte secretos hasta hace poco tiempo. Para empezar, por ejemplo, tenemos los pulsos electromagnéticos; no obstante, cuando la explosión se produce dentro de la atmósfera estos pulsos no llegan muy lejos y sus efectos sobre los equipos eléctricos y electrónicos resultan indistinguibles de la misma destrucción ocasionada por el arma. Sin embargo, también se producen otros más extraños como el oscurecimiento (blackout), que bloquea las ondas hertzianas (y con ellas las transmisiones de radio o televisión, el rádar y demás). Este oscurecimiento radioeléctrico es todavía muy poco conocido a nivel público, pero se sabe que se origina al menos de tres maneras diferentes y puede durar horas o días (hasta que se disipa el aire altamente ionizado). Así funciona una bomba de fisión como la de Nagasaki y en general las primeras que hicieron los EEUU, la URSS o cualquier otro país. Su principal problema es que existe un límite práctico a la potencia que pueden liberar, directamente dependiente de la cantidad de plutonio que cargue y tu pericia científico-técnica a la hora de extraerle una eficiencia máxima. En el mundo real, resulta impráctico hacer armas de fisión pura con más de quinientos kilotones; y sale antieconómico superar los ochenta o cien (cuatro veces Nagasaki). Además, son muy poco flexibles. link: http://www.youtube.com/watch?v=cuFS91LrQ44 Grapple-Orange Herald (31 de mayo de 1957). Desarrollada por el Reino Unido, fue el dispositivo de fisión más potente detonado jamás: cerca del límite teórico máximo, con 720 kilotones efectivos (cincuenta veces Hiroshima). Las armas de fisión de este calibre son muy costosas e imprácticas. –¿Y entonces? –le preguntas a tu guía, el simpático. –Entonces, aprendimos a hacer estrellas –contesta él. –Creí que me habías dicho que esto ya era como un sol. –Ah, sí, pero no es un sol de verdad. Los soles de verdad no funcionan así. Son mucho más poderosos. Así que hicimos estrellas de verdad. –No me lo puedo creer. –¿Y para qué te crees que es ese polvo blanco que tienes ahí y este termo que tengo yo aquí? –¿La materia de la que están hechas las estrellas? –Sí. Y las pesadillas.
Excelente libro de patrones de diseño, es más didáctico que el libro de Gamma. Pueden usarlo cuando no entienden bien algo, para tener ejemplos más amenos o para reforzar lo que leyeron en el libro de gamma. Libros que van a releer toda su vida mientras programen OO. Libros que les enseña a ser buenos programadores. Recomiendo personalmente este libro para los recién están aprendiendo, iluminarlos y alejarlos de las malas prácticas que inducen los profes y la bosta de Visual Basic que todavía la dan en algunos lados. El libro está en inglés. http://www.ziddu.com/download/9179225/0596007124-HeadFirstDesignPatterns.zip.html

Robert Silverberg Para ver al hombre invisible Como ya dije una vez hablando en "Para ver al hombre invisible", una manera de encontrar ideas es recoger las que los otros escritores tiran. Así fue como hallé esta; en el primer párrafo de "La lotería de Babilonia" de Jorge Luis Borges dice: "Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; ... Durante un año de la luna he sido declarado invisible; gritaba y no me respondían; robaba el pan y no me decapitaban" Borges insinúa el tema de la invisibilidad establecido por ley en ese punto; no es más que un elemento ornamental de un cuento que trata de algo enteramente diferente. Tomé la idea y la desarrollé, para explorar sus consecuencias prácticas, haciendo el trabajo que Borges había dejado sin hacer. Entonces me juzgaron culpable, me declararon invisible por espacio de un año, a partir del 11 de mayo del año de gracia de 2104, y me llevaron a una habitación oscura situada bajo el tribunal para imprimirme la marca en la frente antes de dejarme libre. Dos rufianes pagados por el municipio se encargaron del trabajo. Uno de ellos me arrojó sobre la silla, mientras el otro alzaba el hierro de marcar. —No te dolerá nada —dijo aquel mono babeante al ponerme la marca en la frente. Y en efecto, noté cierto frescor y eso fue todo. —Y ahora, ¿qué ocurre? —pregunté. Pero no hubo respuesta y ambos se alejaron de mí, saliendo de la habitación sin decir una palabra. La puerta quedó abierta. Estaba libre para marcharme o para quedarme y pudrirme allí si lo deseaba. Nadie me hablaría ni me miraría más de una vez, sólo lo suficiente para ver la señal en mi frente. Yo era invisible. Debe entenderse que mi invisibilidad era estrictamente metafórica. Seguía conservando mi solidez corporal. La gente podía verme, pero se negaría a verme. ¿Un castigo absurdo? Tal vez. Pero, claro, también el crimen era absurdo. Un crimen de frialdad. Me había negado a compartir la carga de mi prójimo. Había transgredido la ley en cuatro ocasiones. El castigo de ese crimen era la invisibilidad durante un año. Se había presentado la denuncia y celebrado el juicio, y ahora se me había aplicado la señal. Yo era invisible. Salí al mundo del calor. Ya había caído la lluvia de la tarde. Las calles de la ciudad se secaban y hasta mí llegaba el olor de la vegetación en crecimiento desde los jardines colgantes. Hombres y mujeres se dedicaban a sus tareas. Yo caminaba entre ellos, pero no me hacían ningún caso. El castigo por hablar con un hombre invisible es la invisibilidad, un mes, un año o más, según la gravedad de la ofensa. De esto depende todo el concepto. Me pregunté con qué rigidez se cumpliría la regla. Pronto lo descubrí. Me metí en un ascensor y dejé que me subieran hasta el Jardín Colgante más próximo. Era el Once, el jardín de los cactus. Aquellas formas curiosas y retorcidas se adecuaban a mi estado de ánimo. Salí al descansillo y avancé hacia el mostrador de recepción para sacar mi entrada. Una mujer de rostro blanco y ojos vacíos estaba tras el mostrador. Coloqué sobre él una moneda. Una sombra de terror, que se desvaneció rápidamente, pasó por sus ojos. —Una entrada —dije. No hubo respuesta. La gente hacía cola tras de mí. Repetí la petición. La mujer alzó la vista impotente y luego miró sobre mi hombro izquierdo. Una mano se extendió y otra moneda fue depositada en la mesa. Ella la tomó y entregó al hombre su entrada. Éste la introdujo en la ranura y pasó. —Yo también quiero una —insistí con voz tensa. Otros me fueron apartando a un lado. Sin una palabra de disculpa. Empecé a comprender el significado de mi invisibilidad. Me trataban literalmente como si no me vieran. Hay ciertas ventajas que compensan. Pasé detrás del mostrador y yo mismo me serví una ficha sin pagarla. Puesto que era invisible, nadie podía detenerme. Metí la ficha en la ranura y entré en el jardín. Pero los cactus me aburrían. Un inexplicable malestar me abrumó y ya no sentí deseos de quedarme. Al salir apreté el dedo contra una espina. Brotó la sangre. Al menos los cactus seguían reconociendo mi existencia. Aunque sólo fuera para sacarme sangre. Volví a mi apartamento. Los libros me esperaban, pero no sentía interés por ellos. Me tendí en la estrecha cama y puse en actividad el energizador para combatir la extraña lasitud que me afligía. Pensé en mi invisibilidad. No seria tan duro, me dije. Jamás había dependido totalmente de otros seres humanos. En realidad, ¿no había sido sentenciado en primer lugar por frialdad hacia mis congéneres? Entonces, ¿qué necesidad tenía de ellos ahora? ¡Que me ignoraran! Seria un descanso. Después de todo, tenia un año de respiro en cuanto al trabajo. Los hombres invisibles no trabajaban. ¿Cómo iban a hacerlo? ¿Quién acudiría a consultar a un doctor invisible, o contrataría a un abogado invisible para que le representara, o entregaría un documento para archivar a un empleado invisible? Por tanto, nada de trabajo. Ni ingresos tampoco, naturalmente. Pero los propietarios no cobraban alquiler a los hombres invisibles. Estos iban a donde querían y no pagaban nada. Acababa de comprobarlo en los Jardines Colgantes. La invisibilidad podía resultar divertida en sociedad, pensé. Me habían sentenciado tan sólo a una cura de descanso de un año. Estaba seguro de que la disfrutaría. No obstante, había algunos inconvenientes prácticos. La primera noche de mi invisibilidad fui al mejor restaurante de la ciudad. Pensaba pedir los platos más caros, una comida de cien unidades, y luego me desvanecería convenientemente antes de la presentación de la cuenta. Estaba confundido. Ni siquiera llegué a sentarme. Esperé en la puerta media hora, mientras pasaba junto a mí una y otra vez un maitre d'hotel que, indudablemente, se había enfrentado muchas veces a la misma situación. Comprendí que ocupar una mesa no me serviría de nada. Ningún camarero me atendería. Claro que podía entrar en la cocina y servirme lo que quisiera. Podía perturbar la rutina de trabajo del restaurante. Pero me decidí en contra. La sociedad tiene sus modos de protegerse contra los invisibles. No mediante un castigo directo, por supuesto, ni con una defensa intencional. ¿Pero quién impugnaría la afirmación de un chef de que no había visto a nadie ante él cuando se le cayó el puchero de agua hirviendo contra la pared? La invisibilidad era la invisibilidad, como una espada de dos filos. Salí del restaurante. Comí en el automático más cercano. Luego cogí una autotaxi hasta casa. Las máquinas, como los cactus, no discriminaban a los de mi clase. Sin embargo, me dije, serian una compañía muy aburrida durante todo un año. Aquella noche dormí muy mal. La segunda jornada de mi invisibilidad fue un día de tanteos y descubrimientos . Me fui a dar un largo paseo, cuidando de mantenerme en los senderos de peatones. Había oído historias sobre los tipos que disfrutaban atropellando a los que llevan la marca de la invisibilidad en la frente. Porque no hay recurso contra ellos, ni castigo. Mi situación tiene sus peligros, peligros intencionados. Caminé por las calles, viendo cómo se abría la multitud para dejarme paso. Yo pasaba entre ellos como un microtomo entre las células. Estaban bien entrenados. A mediodía, vi a mi primer compañero invisible. Era un hombre alto, de mediana edad, grueso y digno, que llevaba la marca de la vergüenza en su frente abombada. Su mirada se cruzó con la mía por un instante. Luego, pasó de largo. Un hombre invisible, por supuesto, no puede ver a otro como él. Me sentí divertido, nada más. Aún saboreaba la novedad de este estilo de vida. Nada podía herirme. Todavía no. A última hora del día, llegué a una de esas casas de baños donde las muchachas trabajadoras pueden bañarse por un par de monedas. Sonreí maliciosamente y subí las escaleras. El empleado de la puerta me lanzó apenas una mirada de asombro—aquello fue un pequeño triunfo para mí—, pero no se atrevió a detenerme. Entré. Me asaltó un fuerte olor a jabón y sudor. Seguí adelante. Pasé por los vestuarios, donde colgaban largas filas de monos grises, y se me ocurrió que podía sacar de esos bolsillos todas las unidades que contuvieran. No lo hice. El robo pierde interés cuando resulta demasiado fácil. Ya lo sabían los que imaginaron la invisibilidad. Seguí adelante y entré en los baños propiamente dichos. Había allí cientos de mujeres. Muchachas núbiles, mujeres viejas o maduras. Algunas enrojecieron. Otras sonrieron. Muchas me dieron la espalda. Pero todas tuvieron cuidado de no demostrar una auténtica reacción ante mi presencia. Había matronas supervisoras montando la guardia. ¿Y quién sabe si informarían de que alguien se había dado indebida cuenta de la existencia de un invisible? Así que las observé mientras se bañaban. Observé quinientos pares de senos en movimiento, cuerpos desnudos que brillaban bajo la ducha, una enorme masa de carne femenina al descubierto. Mi reacción era confusa: por un lado, la sensación de haber hecho algo malo al penetrar en aquel Sanctasanctórum sin que me detuvieran, pero también, surgiendo lentamente en mi interior, una sensación de.. ¿Pena? ¿Aburrimiento? ¿Repulsión? No era capaz de analizarlo. Parecía como si una mano húmeda oprimiese mi cuello. Salí rápidamente. El olor del agua jabonosa perduró en mi nariz durante muchas horas, y la visión de la carne rosada persiguió mis sueños aquella noche. Comí solo en uno de los automáticos. Empezaba a ver que la novedad del castigo se desvanecía muy pronto. A la tercera semana, caí enfermo. Todo empezó con fiebre muy alta, dolor de estómago, vómitos y otros síntomas de cariz muy feo. A medianoche, estaba seguro de que iba a morir. Tenía unos retortijones intolerables y, cuando me arrastre hasta el cuarto de baño, observé en el espejo que tenía el rostro contraído, verdoso y cubierto de gotas de sudor. La marca de la invisibilidad destacaba como la luz de un faro en mi frente pálida. Me eché durante algún tiempo sobre el suelo de baldosas, disfrutando de su frescura. De pronto pensé: ¿Y si es el apéndice? ¿Y si se trata de ese resto prehistórico, ridículo y anticuado? ¿Y si está inflamado y a punto de reventar? Necesitaba un médico. El teléfono estaba cubierto de polvo. No se habían molestado en desconectarlo, pero yo no había llamado a nadie desde mi arresto, ni nadie se había atrevido a llamarme. El castigo por telefonear a un invisible es la invisibilidad. Mis amigos, aunque lo fueran, se mantenían aislados de todo contacto conmigo. Cogí el teléfono y pulsé los botones. Se encendió el panel, y el robot a su cargo preguntó: —¿Con quién quiere hablar, señor? —¡Un médico! —gemí. —Por supuesto, señor. Palabras mecánicas, suaves y corteses. No hay modo de declarar invisible a un robot; por lo tanto, él si podía hablar conmigo. La pantalla se iluminó. Una voz habló en tono profesional: —Vamos a ver, ¿cuál es el problema? —Dolor de estómago. Tal vez apendicitis. —Enviaré a un hombre... Se detuvo. En mi angustia, yo había cometido el error de alzar el rostro. Sus ojos vinieron a caer sobre la marca de la frente. La pantalla se ennegreció con la misma rapidez que si yo fuera un leproso y extendiera mi mano para que él la besara. —¡Doctor! —supliqué . Había desaparecido. Enterré el rostro entre las manos. Esto era llevar las cosas demasiado lejos, pensé. ¿Acaso el juramento hipocrático permitía tal conducta? ¿ Es que un doctor tenia derecho a rechazar la súplica de ayuda de un enfermo? Hipócrates no sabia nada de los invisibles. Nadie le pediría a un médico que atendiera a un hombre invisible. Sencillamente, para la sociedad en general yo no existía. Y el médico no puede diagnostica enfermedades en individuos inexistentes. Quedaba, pues, entregado a mis sufrimientos. Era éste uno de los rasgos menos atractivos de la invisibilidad. Uno podía entrar en la casa de baños sin que nadie se lo impidiera, pero tampoco te impedían que gimieras en el lecho del dolor. Una cosa compensa la otra. Y si por casualidad se te perfora el apéndice, ¡vaya, qué lastima! Será un escarmiento para aquellos que quieran seguir tu ejemplo! No se me perforó el apéndice. Sobreviví, aunque pasé mucho miedo. Un hombre es capaz de sobrevivir sin conversación humana durante un año. Viaja en coches automáticos y come en restaurantes automáticos. Pero no hay médicos automáticos. Por primera vez, me sentí realmente un leproso ante la sociedad. Al convicto que está en prisión se le concede el auxilio médico cuando se encuentra enfermo. Mi crimen no había sido lo bastante grave para merecer la prisión, por eso no me trataría ningún médico aunque enfermara. Era injusto. Maldije a los diablos que habían inventado tal castigo. Tenía que enfrentarme a solas con cada amanecer, tan solo como Robinson Crusoe en su isla, aquí, en medio de una ciudad de doce millones de almas. ¿Cómo describir mis altibajos de ánimo y los cambios constantes de mi espíritu conforme iban transcurriendo los meses? Había ocasiones en que la invisibilidad suponía un gozo, una delicia, un tesoro. En esos momentos de locura, me gloriaba el verme exento de las reglas que oprimen a los hombres corrientes. Robaba. Entraba en las tiendas pequeñas y me apoderaba de las mercancías, mientras los comerciantes, acobardados, temían impedírmelo por si se les acusaba de faltar a las reglas de mi invisibilidad. Si hubiera sabido que el Estado les reembolsaba de tales pérdidas, tal vez hubiera sentido menos placer. Pero robaría igual. Y entraba donde quería. La casa de baños jamás me tentó de nuevo, pero sí otros santuarios. Entraba en los hoteles y recorría los pasillos, abriendo las puertas al azar. La mayoría de las habitaciones estaban vacías. Otras no. Y como un dios, yo lo observaba todo. Me iba endureciendo. Mi desdén por la sociedad —el crimen principal que me condenó a la invisibilidad— seguía en aumento. Me quedaba de pie en las calles vacías durante los períodos de lluvia y gritaba a los brillantes edificios que se alzaban a cada lado: —¿Quién os necesita? ¡Yo no! ¿Quién os necesita para nada? Me burlaba de ellos, me reía y les insultaba. Era una especie de locura, producida, supongo, por la soledad. Entraba en los teatros —donde los felices comedores de loto permanecían sentados en sus sillas, encantados ante las imágenes tridimensionales— y me ponía a hacer cabriolas por los pasillos. Nadie se atrevía a protestar contra mi. El brillo de la marca en mi frente les aconsejaba que acallaran sus protestas, y eso hacían. Había malos momentos, buenos momentos, momentos en que me sentía un gigante y caminaba rebosante de desprecio entre los imbéciles visibles. Y momentos de locura..., he de admitirlo. El que ha pasado por la condición de invisibilidad involuntaria a lo largo de varios meses es probable que quede algo desequilibrado. ¿Los he llamado momentos de paranoia? Maniaco-depresivos sería más adecuado. El péndulo seguía su ritmo. Los días en que únicamente sentía desprecio por los idiotas visibles que me rodeaban se equilibraban con los días en que el aislamiento me abrumaba. Entonces recorría las calles interminablemente, hasta más allá de las arcadas resplandecientes, y miraba las aceras, con sus luces de colores brillantes. Ni un mendigo se me acercaba. ¿Sabían ustedes que todavía hay mendigos en nuestro fabuloso siglo? Hasta que me declararon invisible, tampoco yo lo supe. Fue entonces cuando mis largos paseos me llevaron a los barrios pobres, donde todo no era tan brillante y donde los viejos de rostro barbudo y desaseado piden limosna. Pero nadie me pidió una moneda. Sólo una vez se me acercó un ciego. —¡Por el amor de Dios' —gimió—. Ayúdeme a comprarme unos ojo nuevos en el banco de ojos. Eran las primeras palabras que me dirigía un ser humano el muchos meses. Empecé a buscar dinero en los bolsillos, con el propósito de darle todas las unidades que llevara como muestra de gratitud. ¿Por qué no? Podía conseguir muchas más sin otro esfuerzo que el de cogerlas. Antes de que llegara a sacar el dinero, un figura de pesadilla introdujo entre los dos sus muletas. Oí que susurraba una sola palabra: " Invisible". Y ambos se largaron como dos ratones asustados. Quedé allí en pie, ofreciendo estúpidamente mi dinero. Ni siquiera los mendigos. ¡Malditos los que inventasteis este tormento! De nuevo fui serenándome. Toda mi arrogancia se desvaneció. Ahora estaba solo. ¿Quién podría acusarme de frialdad? Me había convertido en un hombre blando, patéticamente ansioso de un palabra, una sonrisa, una mano amistosa. Ya llevaba seis meses de invisibilidad. ¡Cómo la odiaba para entonces! Sus placeres eran vacíos, su tormento insoportable. Me preguntaba si lograría sobrevivir los seis meses restantes. Créanme, en aquellas horas negras, la idea del suicidio no me era extraña. Finalmente, cometí una gran estupidez. En uno de mis interminables paseos, me encontré con otro invisible, quizás el tercero o el cuarto, no más, que había visto en seis meses. Como en los encuentros anteriores, nuestras miradas se cruzaron con temor, sólo un instante. Luego, él bajó la suya hasta el suelo, me cedió el paso y siguió caminando. Era un hombre que no tendría más de cuarenta años, con el pelo oscuro y rizado y un rostro flaco y alargado. Tenía aspecto de erudito, y me pregunté qué habría hecho para merecer tal castigo. Casi me venció el deseo de correr tras él y preguntárselo, saber su nombre, hablar con él y abrazarle. Cosas todas prohibidas a la humanidad. Nadie tendrá el menor contacto con un invisible, ni siquiera otro invisible. Especialmente otro invisible. La sociedad no siente el menor deseo de fomentar una unión secreta, la camaradería entre sus parias. Yo lo sabía muy bien. Sin embargo, me volví y le seguí. A lo largo de tres manzanas le seguí lentamente, manteniéndome a unos veinte o cincuenta pasos detrás de él. Los robots de seguridad parecían encontrarse en todas partes, con sus antenas listas para detectar cualquier infracción, y yo no me atrevía a hacer nada. Por fin, se metió por una calle lateral, gris y polvorienta, que al menos tenia cinco siglos, y empezó a caminar con el paso típico del invisible, propio del que no va a ninguna parte. Me acerqué a él. —Por favor —dije en voz muy baja—, nadie nos verá aquí. Podemos hablar. Me llamo... Giró en redondo, con ojos aterrados. El rostro muy pálido. Me miró atónito por un instante. En seguida, saltó hacia adelante, como para huir, escurriéndose a un lado Le bloqueé el paso. —Espere —dije—. No tenga miedo, por favor. Intentó pasar, sin embargo. Le puse la mano en el hombro Luchó por liberarse. —Sólo una palabra —le rogué. Ni una. Ni siquiera un "Déjeme en paz" pronunciado con voz ronca. Consiguió esquivarme y corrió calle abajo. Sus pisadas se fueron haciendo cada vez menos sonoras, hasta que llegó a la esquina y dio la vuelta a la misma. Yo seguía mirando hacia allí, vencido por la soledad. Y el temor, además. Él no había faltado a las reglas de la invisibilidad, pero yo sí. Le había visto. Tal vez eso me supusiera un castigo, la prolongación de mi sentencia de invisibilidad. Miré en torno ansiosamente. No había robots de seguridad a la vista. Ni uno. Estaba solo. Volví sobre mis pasos, tratando de tranquilizarme, y seguí por la calle. Gradualmente recuperé el control. Comprendí que había cometido una imperdonable tontería. La estupidez de mi acción me molestó, pero todavía más su aspecto sentimental. Extender la mano con aquel pánico a otro invisible; admitir abiertamente mi soledad, mi necesidad... ¡No! Eso significaba que la sociedad estaba ganando. Y yo no podía soportarlo. Me hallé de nuevo cerca del jardín de los cactus. Tomé el ascensor, le cogí una ficha al empleado y entré en él. Busqué por unos momentos y encontré al fin un cactus espectacular, muy retorcido, de unos dos metros y medio de altura. Un monstruo espinoso. Lo saqué de su maceta, rompí aquellos miembros angulosos en fragmentos, llenándome las manos de espinas. La gente simulaba no verme. Me saqué las espinas de las palmas y, con las manos ensangrentadas, bajé de nuevo en el ascensor, otra vez aislado, de un modo sublime, en mi invisibilidad. Pasó el octavo mes, el noveno y el décimo. La ronda de estaciones había efectuado casi su giro completo. La primavera había dado paso a un verano suave, éste a un crudo otoño, y el otoño al invierno con sus nevadas quincenales, todavía permitidas por razones estéticas. El invierno había terminado ya. En los parques, los árboles se llenaban de botones de verdor. Los del control del tiempo programaron las lluvias hasta tres veces diarias. Mi sentencia se acercaba a su fin. En los meses finales de invisibilidad, me había hundido en una especie de torpor. A mi mente, entregada a sus propios recursos, ya no le interesaba pensar en las implicaciones de mi situación, de modo que yo vivía día tras día en una niebla confusa. Leía ansiosamente, sin seleccionar. Aristóteles una noche; la Biblia al dia siguiente; un folleto de mecánica al otro. No retenía nada. Al volver una página, la anterior se me borraba de la memoria. Ya no me esforzaba por disfrutar de las pocas ventajas de la invisibilidad, la emoción del voyeur, la impresión fugaz de poder que surge del hecho de cometer cualquier acción con un limitado temor al castigo. Y digo limitado, porque la aprobación del Acta de Invisibilidad no había sido acompañada de un acta contra la naturaleza humana. Pocos hombres dejarían de correr el riesgo de la invisibilidad por proteger a sus esposas o hijos de las molestias de un invisible. Nadie permitiría fríamente que un invisible le sacara los ojos. Nadie toleraría la invasión de su hogar por parte de un invisible. Había modos de evitar tales infracciones sin demostrar reconocer la existencia del invisible, como ya he mencionado. Sin embargo, muchas cosas estaban a mi alcance. Me negué a probarlas. Dostoievski escribió no sé dónde: " Si Dios no existe, todo está permitido". Yo enmendaría sus palabras: Para el hombre invisible, todo está permitido... pero carece de interés. Pasaron los meses, agotadores. No contaba los minutos que faltaban para mi liberación. Si he de ser sincero, la verdad es que se me olvidó por completo el día en que terminaba mi condena. Estaba leyendo en mi habitación, pasando las páginas aburrido, cuando sonó el timbre. No había sonado en todo un ano. Casi se me había olvidado el significado de aquel sonido. Sin embargo, abrí la puerta. Allí estaban los representantes de la ley. Sin pronunciar palabra, rompieron el sello que unía la marca a mi frente. El emblema cayó, haciéndose pedazos. —Hola, ciudadano—me dijeron entonces. Asentí con gravedad. —Hola . —Es el 11 de mayo de 2105. Su condena ha terminado. Queda incorporado de nuevo a la sociedad. Ya ha pagado su deuda. —Gracias. —Venga a tomar una copa con nosotros. —Preferiría no hacerlo. —Es la tradición. Venga. Salí con ellos. Sentía ahora la frente extrañamente desnuda y, al mirarme al espejo, vi que había un punto pálido allí donde estuvo el emblema. Me llevaron a un bar próximo y me invitaron a whisky sintético, puro y fuerte. El camarero me sonrió. Alguien en el taburete inmediato me dio un golpecito en el hombro y me preguntó cuál era mi favorito para las carreras de aviones a reacción del día siguiente. No tenía la menor idea y así se lo dije. —¿De verdad? Yo apuesto por Kelso. Pagan cuatro a uno, pero tiene una arrancada insuperable. —Lo siento —dije. —Lleva ausente algún tiempo—le comentó en voz baja uno de los del gobierno. El eufemismo era inconfundible. Mi vecino me miró la frente y asintió al ver el punto pálido. Entonces me invitó también a una copa. Acepté, aunque ya sentía los efectos de la primera. Era un ser humano otra vez. Volvía a ser visible. No me atreví a desairarle. Podrían haberme acusado de nuevo del crimen de frialdad. La quinta ofensa habría significado cinco años de invisibilidad. Había aprendido a ser humilde. Regresar a la visibilidad supuso una transición difícil, naturalmente. Viejos amigos con los que reunirse, conversaciones que quedaron interrumpidas, relaciones que renovar. Había sido un exiliado en mi propia ciudad durante un año, y volver nunca es fácil. Por supuesto, nadie aludía a mi periodo de invisibilidad. Lo consideraban como una enfermedad que no es correcto mencionar. Hipocresía, pensaba yo. No obstante, la aceptaba. Indudablemente todos trataban de no herir mis sentimientos. ¿Acaso se le dice a un hombre a quien acaban de reemplazarle un estómago canceroso: "Me han dicho que por poco te mueres"? ¿Acaso se le dice al hombre cuyo anciano padre ha sido llevado al servicio de eutanasia: "De todas formas, ya estaba muy viejo e inútil"? No, claro que no. De modo que había un espacio en blanco en nuestra experiencia compartida, un vacío, una negrura. Lo que me dejaba muy poco de qué hablar con mis amigos sobre todo porque había perdido por completo el arte de la conversación. El período de reajuste supuso para mi toda una prueba. Aun así perseveré, pues ya no era la misma persona, altiva y fría, de antes de mi condena. Había aprendido la humildad en la más dura de todas las escuelas. Por supuesto, de vez en cuando vislumbraba un invisible en las calles. Era imposible evitarlos. Pero, con el adiestramiento tan duro que había tenido, apartaba la vista de ellos, como si la mirada hubiera ido a caer momentáneamente en algo sucio y asqueroso procedente de otro mundo. Fue al cuarto mes de mi retorno a la visibilidad cuando aprendí la lección definitiva de mi sentencia. Andaba por los alrededores de la Torre de la Ciudad, ya que había recuperado mi antiguo empleo en la sección de documentos del gobierno municipal. Había terminado la jornada de trabajo y caminaba hacia el metro cuando una mano surgió de entre la multitud y me cogió por el brazo. —Por favor —dijo una voz suave—, espere un minuto. No tenga miedo . Alcé la vista, asustado. En nuestra ciudad, los desconocidos no acostumbran a abordarle. Vi el emblema brillante de la invisibilidad en la frente del hombre. Y entonces le reconocí. Era el hombre delgado al que me había dirigido, hacía más de medio año, en aquella calle desierta. Había envejecido. Tenía una mirada salvaje, el pelo salpicado de gris. Entonces quizá estuviera en el principio de su condena. Tal vez ahora estuviera cerca del fin. Me retenía por el brazo. Yo temblaba. Esto no era una calle desierta. Era la plaza más abarrotada de gente de la ciudad. Me solté de su mano y empecé a dar la vuelta. —¡No! ¡No se vaya' —gritó—. ¿No tiene piedad de mí? Usted también ha pasado por esto. Di un paso vacilante. De pronto, recordé que también yo le había gritado, que le había rogado que no me rechazara. Recordé mi abrumadora soledad. Di otro paso, alejándome de él. —¡Cobarde! —chilló a mis espaldas—. ¡Hábleme! ¡Le desafío! ¡Hábleme, cobarde! Era demasiado. Me sentí conmovido. Lágrimas repentinas inundaron mis ojos, me volví a él y le tendí la mano. Le cogí por la muñeca. El contacto pareció electrizarle. Un momento después, le tenía en mis brazos, tratando de aliviar con mi actitud parte de su tristeza. Los robots de seguridad nos cercaron. A él lo echaron a un lado, a mí me apresaron. Me juzgarán de nuevo, y esta vez no será por un crimen de frialdad, sino por el crimen del afecto. Tal vez me encuentren circunstancias atenuantes y me dejen en libertad, tal vez no. No me importa. Si me condenan, esta vez llevaré mi invisibilidad como un glorioso escudo de armas.

Cuento bastante tierno acerca de la discriminación. (Sí, es tierno el cuento) Cuando oyeron las noticias salieron de los restaurantes y los cafés y los hoteles y observaron el cielo. Las manos oscuras protegieron los ojos en blanco. Las bocas se abrieron. A lo largo de miles de kilómetros, bajo la luz del mediodía, se extendían unos pueblitos donde unas gentes oscuras, de pie sobre sus sombras, alzaban los ojos. Hattie Johnson tapó la olla donde hervía la sopa, se secó los dedos con un trapo, y fue lentamente hacia el fondo de la casa. -¡Ven, Ma! -¡Eh, Ma, ven! -¡Te lo vas a perder! -¡Eh, Ma! Los tres negritos bailaban chillando en el patio polvoriento. De cuando en cuando miraban ansiosamente hacia la casa. -Ya voy -dijo Hattie, y abrió la puerta de tela de alambre-. ¿Dónde oísteis la noticia? -En casa de Jones, Ma. Dicen que viene un cohete. Por primera vez después de veinte años. -¡Y con un hombre blanco dentro! -¿Cómo es un hombre blanco, Ma? Nunca vi ninguno. -Ya sabrás cómo es -dijo Hattie-. Sí, ya lo sabrás, de veras. -Dinos cómo es, Ma. Cuéntanos, por favor. Hattie frunció el ceño. -Bueno, han pasado muchos años. Yo era sólo una niñita, ¿sabéis? Fue en 1965. -¡Cuéntanos del hombre blanco, Ma! Hattie salió al patio, y miró el cielo marciano, claro y azul, con las tenues nubes blancas marcianas, y más allá, a lo lejos, las colinas marcianas que se tostaban al sol. Y dijo al fin: -Bueno, ante todo tienen manos blancas. -¡Manos blancas! Los chicos se rieron lanzándose manotones. -Y tienen brazos blancos. -¡Brazos blancos! -Y caras blancas. -¡Caras blancas! ¿De veras? -¿Blanca como ésta, Ma? -El más pequeño de los negritos se arrojó un puñado de polvo a la cara y lanzó un estornudo-. ¿Así de blanca? -Más blanca aún -dijo la negra gravemente, y se volvió otra vez hacia el cielo. Tenía como una sombra de inquietud en los ojos, como si esperara una tormenta y no pudiese verla-. Será mejor que entréis, chicos. -¡Oh, Ma! -Los negritos la miraron asombrados-. Tenemos que verlo, Ma. No va a pasar nada, ¿no? -No sé. Tengo un mal presentimiento. -Sólo queremos ver el cohete, e ir al aeródromo, y ver al hombre blanco. ¿Cómo es el hombre blanco, Ma? -No lo sé. No lo sé de veras -murmuró la mujer, sacudiendo la cabeza. -¡Cuéntanos algo más! -Bueno, los blancos viven en la Tierra, el lugar de donde vinimos todos nosotros hace veinte años. Salimos de allí y nos vinimos a Marte y construimos las ciudades, y aquí estamos. Ahora somos marcianos y no terrestres. Y ningún hombre blanco vino a Marte en todo este tiempo. Eso es todo. -¿Por qué no vinieron, Ma? -Bueno, porque... Apenas llegamos, estalló en la Tierra una guerra atómica. Pelearon entre ellos, de un modo terrible. Se olvidaron de nosotros. Cuando terminaron de pelear, no tenían más cohetes. Sólo hace poco pudieron construir algunos. Y ahora vienen a visitarnos después de tanto tiempo. -La mujer miró distraídamente a sus hijos, y se alejó unos metros-. Esperad aquí. Voy a ver a Elizabeth Brown. -Bueno, Ma. La mujer se alejó calle abajo. Llegó a la casa de los Brown en el momento en que todos se subían al coche. -Eh, Hattie, ¡ven con nosotros! -¿A dónde van? -dijo la mujer, sin aliento, corriendo hacia ellos. -¡A ver al hombre blanco! -Eso es -dijo el señor Brown, muy serio-. Mis chicos nunca vieron uno, y yo casi no me acuerdo. -¿Qué van a hacer con el hombre blanco? -les preguntó Hattie. -¿A hacer? Vamos a verlo, nada más. -¿Seguro? -¿Y qué podíamos hacer? -No sé -dijo Hattie vagamente, algo avergonzada-. ¿No van a lincharlo? -¿A lincharlo? -Todos se rieron. El señor Brown se palmeó una rodilla-. ¡Dios te bendiga, criatura! Vamos a estrecharle la mano. ¿No es cierto? Todos nosotros. -¡Claro, claro! Otro coche se acercó corriendo. Hattie lanzó un grito: -¡Willie! -¿A dónde piensan ir? ¿Dónde están los chicos? -les gritó agriamente el marido de Hattie, mirándolos con furia-. Se van como idiotas a ver a ese blanco... -Exactamente -asintió el señor Brown, sonriendo. -Bueno, llévense sus armas -dijo Willie-. Yo voy a buscar la mía ahora mismo. -¡Willie! -¡Entra en este coche, Hattie. -El negro abrió la puerta, y así la sostuvo, hasta que la mujer obedeció. Sin volver a hablar con los otros, se lanzó por el camino polvoriento. -¡Willie, no tan rápido! -No tan rápido, ¿eh? Ya lo veremos. -Willie miró el camino que se precipitaba bajo el coche-. ¿Con qué derecho vienen aquí después de tantos años? ¿Por qué no nos dejan tranquilos? ¿Por qué no se habrán matado unos a otros en ese viejo mundo, permitiéndonos vivir en paz? -Willie, no hablas como un cristiano. -No me siento como un cristiano -dijo Willie furiosamente, asiendo con fuerza el volante-. Me siento malvado. Después de hacernos, durante tantos años, todo lo que nos hicieron... A mis padres y a los tuyos... ¿Recuerdas? ¿Recuerdas cómo colgaron a mi padre en Knockwood Hill, y cómo mataron a mamá? ¿Recuerdas? ¿O tienes tan poca memoria como los otros? -Recuerdo -dijo la mujer. -¿Recuerdas al doctor Phillips, y al señor Burton, y sus casas enormes, y la cabaña de mi madre, y a mi viejo padre que seguía trabajando a pesar de sus años? El doctor Phillips y el señor Burton le dieron las gracias poniéndole una soga al cuello. Bueno -dijo Willie-, todo ha cambiado. El zapato aprieta ahora en el otro pie. Veremos quién dicta leyes contra quién, quién lincha, quién viaja en el fondo de los coches, quién sirve de espectáculo en las ferias. Vamos a verlo. -Oh, Willie, no hables así. Nos traerá mala suerte. -Todo el mundo habla así. Todo el mundo ha pensado en este día, creyendo que nunca iba a llegar. Todos pensábamos: «¿Qué pasará el día que un hombre blanco venga a Marte?» Pues bien, el día ha llegado, y ya no podemos retroceder. -¿No vamos a dejar que los blancos vivan aquí en Marte? -Sí, seguro. -Willie sonrió, pero con una ancha sonrisa de maldad. Había furia en sus ojos-. Pueden venir y trabajar aquí. ¿Por qué no? Pero para merecerlo tendrán que vivir en los barrios bajos, y lustrarnos los zapatos, y barrernos los pisos, y sentarse en la última fila de butacas. Sólo eso les pedimos. Y una vez por semana colgaremos a uno o dos. Nada más. -No hablas como un ser humano, y no me gusta. -Tendrás que acostumbrarte -dijo Willie. Se detuvo frente a la casa y saltó fuera del coche-. Voy a buscar mis armas y un trozo de cuerda. Respetaremos el reglamento. -¡Oh, Willie! -gimió la mujer, y allí se quedó, sentada en el coche, mientras su marido subía de prisa las escaleras y entraba en la casa dando un portazo. Al fin Hattie siguió a su marido. No quería seguirlo, pero allá estaba Willie, agitándose en la buhardilla, maldiciendo como un loco, buscando las cuatro armas. Hattie veía el salvaje metal de los caños que brillaba en la oscura bohardilla, pero no podía ver a Willie. ¡Era tan negro! Sólo oía sus juramentos. Al fin las piernas de Willie aparecieron en la escalera, envueltas en una nube de polvo. Willie amontonó los cartuchos de cápsulas amarillas, y sopló en los cargadores, y metió en ellos las balas, con un rostro serio y grave, como ocultando una amargura interior. -Déjennos solos -murmuraba, abriendo mecánicamente los brazos-. Déjennos solos. ¿Por qué no nos dejan? -Willie, Willie. -Tú también... tú también. Y Willie miró a su mujer con la misma mirada, y Hattie se sintió tocada por todo ese odio. A través de la ventana se veía a los niños que hablaban entre ellos. -Blanco como la leche, dijo Ma. Blanco como la leche. -Blanco como esta flor vieja, ¿ves? -Blanco como una piedra como la tiza del colegio. Willie salió de la casa. -Chicos, adentro. Os encerraré. No habrá hombre blanco para vosotros. No hablaréis de él. Nada. -Pero, papá El hombre los empujó al interior de la casa, y fue a buscar una lata de pintura y un pincel, y sacó del garaje una cuerda peluda y gruesa, en la que hizo un nudo corredizo, con manos torpes, mientras examinaba cuidadosamente el cielo. Y luego se metieron en el coche, y se alejaron sembrando a lo largo de la carretera unas apretadas nubes de polvo. -Despacio, Willie. -No es tiempo de ir despacio -dijo Willie-. Es tiempo de ir de prisa, y yo tengo prisa. Las gentes miraban el cielo desde los bordes del camino, o subidas a los coches, o llevadas por los coches, y las armas asomaban como telescopios orientados hacia los males de un mundo en agonía. Hattie miró las armas. -Has estado hablando -dijo acusando a su marido. -Sí, eso he hecho -gruñó Willie, y observó orgullosamente el camino-. Me detuve en todas las casas, y les dije que debían hacer: sacar las armas, buscar la pintura, traer las cuerdas, y estar preparados. Y aquí estamos ahora: el comité de bienvenida, para entregarles las llaves de la ciudad. ¡Sí, señor! La mujer juntó las manos delgadas y oscuras, como para rechazar el terror que estaba invadiéndola. El coche saltaba y se sacudía entre los otros coches. Hattie oía las voces que gritaban: -¡Eh, Willie! ¡Mira! -y veía pasar rápidamente las manos que alzaban las cuerdas y las armas, y las bocas que sonreían. -Hemos llegado -dijo Willie, y detuvo el automóvil en el polvo y el silencio. Abrió la puerta de un puntapié, salió cargado con sus armas, y se metió en los campos del aeródromo. -¿Lo has pensado, Willie? -No he hecho otra cosa en veinte años. Tenía dieciséis años cuando dejé la Tierra. Y muy contento. No había nada allí para mí, ni para ti, ni para ninguno de nosotros. Jamás me he arrepentido. Aquí vivimos en paz. Por primera vez respiramos a gusto. Vamos, adelante. Willie se abrió paso entre la oscura multitud que venía a su encuentro. -Willie, Willie, ¿qué vamos a hacer? -decían los hombres. -Aquí tienen un fusil -les dijo Willie-. Aquí otro fusil. Y otro. -Les entregaba las armas con bruscos movimientos-. Aquí tienen. Una pistola. Un rifle. La gente estaba tan apretada que semejaba un solo cuerpo oscuro, con mil brazos extendidos hacia las armas. -Willie, Willie. Hattie, erguida y silenciosa, apretaba los labios, con los grandes ojos trágicos y húmedos. -Trae la pintura -le dijo Willie. Y la mujer cruzó el campo con una lata de pintura, hasta el lugar donde en ese momento se detenía un ómnibus con un letrero recién pintado en el frente: A LA PISTA DE ATERRIZAJE DEL HOMBRE BLANCO. El ómnibus traía un grupo de gente armada que salió de un salto y corrió trastabillando por el aeródromo, con los ojos fijos en el cielo. Mujeres con canastas de comida; hombres con sombreros de paja, en mangas de camisa. El ómnibus se quedó allí, vacío, zumbando. Willie se meció en el coche, instaló las latas, las abrió, revolvió la pintura, probó un pincel, y se subió a un asiento. -¡Eh, oiga! -El conductor se acercó por detrás, con su tintineante cambiador de monedas-. ¿Qué hace? ¡Fuera de aquí! -Vas a ver lo que hago. Espera un poco. Y Willie mojó el pincel en la pintura amarilla. Pintó una B y una L y una A y una N y una C y una O y una S con una minuciosa y terrible aplicación. Y cuando Willie terminó su trabajo, el conductor arrugó los párpados y leyó: BLANCOS: ASIENTOS DE ATRÁS. Leyó otra vez: BLANCOS. Guiñó un ojo. ASIENTOS DE ATRÁS. El conductor miró a Willie y sonrió. -¿Te gusta? -le preguntó Willie descendiendo. Y el conductor respondió: -Mucho, señor. Me gusta mucho. Hattie miraba el letrero desde afuera, con las manos apretadas contra el pecho. Willie volvió a reunirse con la multitud. Esta aumentaba con cada coche que se detenía gruñendo, y con cada ómnibus que llegaba tambaleándose desde el pueblo cercano. Willie se subió a un cajón. -Nombremos a unos delegados para que pinten todos los ómnibus en la hora próxima. ¿Hay voluntarios? Las manos se alzaron. -¡Adelante! Los hombres se fueron a pintar. -Nombremos a unos delegados para separar con cuerdas los asientos de los cines. Las dos últimas filas para los blancos. Más manos. -¡Adelante! Los hombres corrieron. Willie miró a su alrededor, transpirado, fatigado por el esfuerzo, orgulloso de su energía, con la mano en el hombro de su mujer. Hattie miraba el suelo con los ojos bajos. -Veamos -anunció Willie-. Ah, sí. Tenemos que votar una ley esta misma tarde. ¡Se prohíben los matrimonios entre razas de distinto color! -Eso es -dijeron algunos. -Todos los lustrabotas dejan hoy su empleo. -¡Ahora mismo! Algunos de los hombres arrojaron al suelo unos trapos que habían traído del pueblo, aturdidos por la excitación. -Votaremos una ley sobre salarios mínimos, ¿no es cierto? -¡Seguro! -Se les pagará, por lo menos, diez centavos por hora. -¡Eso es! El alcalde de la ciudad se acercó corriendo. -Oye, Willie Johnson. ¡Bájate de ese cajón! -Alcalde, nada podrá sacarme de aquí. -Estás provocando un tumulto, Willie Johnson. -Justo. -Cuando eras chico, odiabas todo esto. No eres mejor que esos blancos que ahora atacas. -Las cosas han cambiado, alcalde -dijo Willie, desviando la vista y mirando los rostros que se extendían ante él: algunos sonrientes, otros titubeantes, otros asombrados, y otros que se alejaban disgustados y temerosos. -Te arrepentirás, Willie -dijo el alcalde. -Haremos una elección y tendremos otro alcalde -dijo Willie, y volvió los ojos hacia el pueblo, donde, calles abajo y calles arriba, se colgaban unos letreros recién pintados: EL ESTABLECIMIENTO SE RESERVA EL DERECHO DE NO ACEPTAR A ALGÚN CLIENTE. Willie mostró los dientes y golpeó las manos. ¡Señor! Y se detuvo a los ómnibus y se pintaron de blanco los últimos asientos, como para sugerir quiénes serían los futuros ocupantes. Y unos hombres alegres invadieron los teatros y tendieron unas cuerdas, mientras sus mujeres los miraban desde las aceras, sin saber qué hacer. Y algunos encerraron a sus niños en las casas, para apartarlos de esas horas terribles. -¿Todos listos? -preguntó Willie Johnson, alzando una soga bien anudada. -¡Listos! -gritó media multitud. La otra mitad murmuró y se movió como figuras de una pesadilla de la que deseaban huir. -¡Ahí viene! -dijo un niño. Como cabezas de títeres, movidas por una sola cuerda, las cabezas de la multitud se volvieron hacia arriba. En lo más alto del cielo, un hermoso cohete lanzaba un ardiente penacho anaranjado. El cohete describió un círculo amplio y descendió, y todos lo miraron con la boca abierta. El campo ardió, aquí y allá, y luego el fuego se fue apagando. El cohete inmóvil descansó unos instantes. Y al fin, mientras la multitud esperaba en silencio, en un costado de la nave se abrió una puerta y dejó escapar una bocanada de oxígeno. Un hombre viejo apareció en el umbral. -Un blanco, un blanco, un blanco... Las palabras corrieron por la expectante multitud. Los niños se hablaron al oído, empujándose suavemente; las palabras retrocedieron en ondas hasta los últimos hombres y hasta los ómnibus bañados por la luz y golpeados por el viento. De las abiertas ventanillas salía un olor a pintura fresca. El murmullo se alejó lentamente, y al fin dejó de oírse. Nadie se movió. El hombre blanco era alto y esbelto, pero llevaba en el rostro las huellas de un profundo cansancio. No se había afeitado ese día, y sus ojos eran tan viejos como pueden serlo los ojos de un hombre todavía vivo. Eran ojos incoloros, casi blancos. Las cosas que había visto en su vida habían destruido la mirada. El hombre era delgado como un arbusto en invierno. Le temblaban las manos, y mientras miraba a la multitud buscó apoyo en los quicios de la puerta. El hombre blanco sonrió débilmente, y extendió una mano, y la dejó caer. Nadie se movió. El hombre observó atentamente los rostros, y quizá vio, sin verlos, los fusiles y las cuerdas, y quizá olió la pintura. Nadie llegó a preguntárselo. El hombre blanco comenzó a hablar. Comenzó lentamente, dulcemente, como si no esperase ninguna interrupción. Nadie lo interrumpió Su voz era una voz fatigada, vieja y uniforme. -No importa quién soy -les dijo-. De todos modos, no sería más que un nombre para vosotros. Yo tampoco sé vuestros nombres. Eso vendrá más tarde. -Se detuvo, cerró los ojos un momento, y luego continuó-: Hace veinte años dejasteis la Tierra. Han sido años tan largos, tan largos... Pasaron tantas cosas... Son más de veinte siglos. Cuando os fuisteis estalló la guerra. -El hombre asintió con un lento movimiento de cabeza-. Sí, la gran guerra, la tercera. Duró mucho. Hasta el año pasado. Bombardeamos todas las ciudades. Destruimos Nueva York y Londres, y Moscú, y París, y Shanghai, y Bombay, y Alejandría. Lo arruinamos todo. Y cuando terminamos con las grandes ciudades, nos volvimos hacia las más pequeñas, y lanzamos sobre ellas nuestras bombas atómicas... Y el hombre nombró ciudades y lugares y calles. Y mientras los nombraba un murmullo se elevó de la multitud. -Destruimos Natchez... Un murmullo. -Y Columbus, Georgia... Otro murmullo. -Quemamos Nueva Orleans... Un suspiro. -Y Atlanta... Un nuevo suspiro. -Y no quedó nada de Greenwater, Alabama. Willie Johnson alzó la cabeza y abrió la boca. Hattie vio el gesto de Willie y los recuerdos que le venían a los ojos. -No quedó nada -dijo el viejo, hablando lentamente-. Ardieron los algodonales. -¡Oh! -dijeron todos. -Los molinos de algodón cayeron bajo las bombas... -¡Oh! -Y las fábricas, radiactivas; todo radiactivo. Los caminos y las granjas y los alimentos, radiactivos. Todo. El hombre nombró otras ciudades y pueblos. -Tampa. -Mi pueblo -dijo alguien. -Fulton. -El mío -murmuró otro. -Memphis. Una voz indignada: -¿Memphis? ¿Quemaron Memphis? -Memphis saltó en pedazos. -¿La calle Cuatro de Memphis? -Toda la ciudad -dijo el viejo. La multitud comenzó a agitarse. Una ola los llevaba al pasado. Veinte años. Los pueblos y las plazas, los árboles y los edificios de ladrillo, los carteles y las iglesias y las tiendas familiares. Todo volvía a la superficie entre las gentes del aeródromo. Cada nombre despertaba un recuerdo, y todos pensaban en algún otro día. Todos eran, excepto los niños, suficientemente viejos. -Laredo. -Recuerdo Laredo. -Nueva York. -Yo tenía una tienda en Harlem. -Harlem, bombardeado. Las palabras siniestras. Los lugares familiares. El esfuerzo de imaginar todo en ruinas. Willie Johnson murmuró: -Greenwater. Alabama. El pueblo donde nací. Lo veo aún. -Destruido. Todo. Destruido. Todo. Así decía el hombre. Y el hombre continuó: -Destruimos todo y arruinamos todo, como estúpidos que éramos y somos todavía. Matamos a millones. No creo que los sobrevivientes pasen de quinientos mil. Y de todo ese desastre salvamos un poco de metal, construimos este único cohete, y vinimos a Marte, a pediros ayuda. El hombre se detuvo y miró hacia abajo, y escrutó los rostros como para ver qué podía esperar. Pero no estaba seguro. Hattie Johnson sintió que el brazo de su marido se endurecía y vio que sus dedos apretaban la cuerda. -Hemos sido unos insensatos -dijo el hombre serenamente-. Destruimos la Tierra y su civilización. No vale ya la pena reconstruir las ciudades. La radiactividad durará todo un siglo. La Tierra ha muerto. Su vida ha terminado. Vosotros tenéis cohetes. Cohetes que no habéis intentado usar, pues no queríais volver a la Tierra. Yo ahora os pido que los uséis. Que vayáis a la Tierra a recoger a los sobrevivientes y traerlos a Marte. Os pido vuestra ayuda. Hemos sido unos estúpidos. Confesamos ante Dios nuestra estupidez y nuestra maldad. Chinos, hindúes, y rusos, e ingleses y americanos. Os pedimos que nos dejéis venir. El suelo marciano se mantiene casi virgen desde hace innumerables siglos. Hay sitio para todos. Es un buen suelo... Lo he visto desde el aire. Vendremos y trabajaremos la tierra para vosotros. Sí, hasta haremos eso. Merecemos cualquier castigo; pero no nos cerréis las puertas. No podemos obligaros ahora. Si queréis subiré a mi nave y volveré a la Tierra. Pero si no, vendremos y haremos todo lo que vosotros hacíais... Limpiaremos las casas, cocinaremos, os lustraremos los zapatos, y nos humillaremos ante Dios por lo que hemos hecho durante siglos contra nosotros mismos, contra otras gentes, contra vosotros. El hombre calló. Había terminado. Se oyó un silencio hecho de silencios. Un silencio que uno podía tomar con la mano, un silencio que cayó sobre la multitud como la sensación de una tormenta distante. Los largos brazos de los negros colgaban como péndulos oscuros a la luz del sol, y sus ojos se clavaban en el viejo. El viejo no se movía. Esperaba. Willie Johnson sostenía aún la cuerda entre las manos. Los hombres a su alrededor lo observaban atentamente. Su mujer Hattie esperaba, tomada de su brazo. Hattie Johnson hubiese querido entrar en el interior de aquel odio, y examinarlo hasta descubrir una grieta, una falla. Entonces podría sacar un guijarro o una piedra, o un ladrillo, y luego parte de una pared, y pronto todo el edificio se vendría abajo. Ahora mismo ya estaba tambaleándose. ¿Pero dónde estaba la piedra angular? ¿Cómo llegar a ella? ¿Cómo sacarla y convertir ese odio en un montón de ruinas? Hattie miró a su marido, hundido en el silencio. No entendía qué pasaba, pero conocía a su marido, conocía su vida, y de pronto comprendió que él, Willie, era la piedra angular. Comprendió que sin él todo caería en pedazos. -Señor... -Hattie dio un paso adelante. No sabía cómo empezar. La multitud le clavó los ojos en la espalda. Sintió esas miradas-. Señor... El hombre se volvió hacia Hattie con una débil sonrisa. -Señor -dijo Hattie-, ¿conoce usted Knockwood Hill en Greenwater, Alabama? El viejo le habló por encima del hombro a alguien que estaba dentro de la nave. Un momento después le alcanzaban un mapa fotográfico. El hombre esperó. -¿Conoce el viejo roble en la cima de la colina, señor? El viejo roble. El sitio donde habían baleado al padre de Willie, donde lo habían colgado. El sitio donde lo habían descubierto, balanceado por el viento del alba. -Sí. -¿Todavía está? -preguntó Hattie. -No -dijo el viejo-. Saltó en pedazos. Toda la colina ha desaparecido, y el árbol también. ¿Ve? -Señaló el lugar en el mapa. -Déjeme ver -dijo Willie adelantándose y mirando la fotografía. Hattie parpadeó ante el hombre blanco. El corazón se le salía del pecho. -Hábleme de Greenwater -dijo rápidamente. -¿Qué quiere saber? -El doctor Phillips, ¿vive todavía? Pasó un momento. Encontraron la información en una máquina tintineante, en el interior del cohete... -Muerto en la guerra. -¿Y su hijo? -Muerto. -¿Qué pasó con la casa? -Se incendió. Como todas las casas. -¿Y qué pasó con aquel otro viejo árbol de Knockwood Hill? -Todos los árboles murieron. -¿Aquel árbol también? ¿Está usted seguro? -preguntó Willie. -Sí. El cuerpo de Willie pareció aflojarse. -¿Y qué pasó con la casa del señor Burton, y el señor Burton? -No quedó en pie ninguna casa. Murieron todos los hombres. -¿Y la cabaña de la señora Johnson, mi madre? El sitio donde la habían matado. -Desapareció también. Todo desapareció. Aquí están las fotografías. Usted mismo puede verlo. Allí estaban las fotografías. Podía tenerlas en la mano, mirarlas, pensar en ellas. El cohete estaba lleno de fotografías y respuestas. Cualquier pueblo, cualquier edificio, cualquier sitio. Willie se quedó, allí, inmóvil, con la cuerda en las manos. Estaba recordando la Tierra, la Tierra verde y el pueblo verde donde había nacido y crecido. Y pensaba en ese pueblo, hecho pedazos, destruido, arruinado, y en todos sus lugares, en todos aquellos lugares relacionados con algún mal, y en todos sus hombres muertos, y en los establos, y las herrerías, y las tiendas de antigüedades, los cafés, las tabernas, los puentes, los árboles con sus ahorcados, las colinas sembradas de balas, los senderos, las vacas, las mimosas, y su propia casa, y las casas de columnas a orillas del río, esas tumbas blancas en donde mujeres delicadas como polillas revoloteaban a la luz del otoño, distantes, lejanas. Esas casas en donde los hombres fríos se balanceaban en sus mecedoras, con los vasos de alcohol en la mano, y los fusiles apoyados en las balaustradas del porche, mientras aspiraban el aire del otoño y meditaban en la muerte. Ya no estaban allí, ya nunca volverían. Sólo quedaba, de toda aquella civilización, un poco de papel picado esparcido por el suelo. Nada, nada que él, Willie, pudiese odiar... ni la cápsula vacía de una bala, ni una cuerda de cáñamo, ni un árbol, ni siquiera una colina. Nada sino unos desconocidos en un cohete, unos desconocidos que podían lustrarle los zapatos y viajar en los últimos asientos de los ómnibus o sentarse en las últimas filas de los cines oscuros. -No tienen por qué hacer eso -murmuró Willie Johnson. Su mujer le miró las manos. Los dedos de Willie estaban abriéndose. La cuerda cayó al suelo y se dobló sobre sí misma. Los hombres corrieron por las calles del pueblo y arrancaron los letreros tan rápidamente dibujados y borraron la pintura amarilla de los ómnibus, y cortaron los cordones que dividían los teatros, y descargaron los fusiles, y guardaron las cuerdas. -Un nuevo principio para todos -dijo Hattie, en el coche, al regresar. -Sí -dijo Willie al cabo de un rato-. El Señor ha salvado a algunos: unos pocos aquí y unos pocos allá. Y el futuro está ahora en nuestras manos. El tiempo de la tortura ha concluido. Seremos cualquier cosa, pero no tontos. Lo comprendí en seguida al oír a ese hombre. Comprendí que los blancos están ahora tan solos como lo estuvimos nosotros. No tienen casa y nosotros tampoco la teníamos. Somos iguales. Podemos empezar otra vez. Somos iguales. Willie detuvo el coche y se quedó sentado, inmóvil, mientras Hattie hacía salir a los chicos. Los chicos corrieron hacia el padre. -¿Has visto al hombre blanco? ¿Lo has visto? -gritaron. -Sí, señor -dijo Willie, sentado al volante, pasándose lentamente la mano por la cara-. Me parece que hoy he visto por primera vez al hombre blanco... Lo he visto de veras, claramente.

Cuento re-flashero, el escepticismo llevado al extremo. El hombre había fumado un paquete de cigarrillos en dos horas. -¿En qué punto del espacio nos encontramos en este momento? -A un billón de kilómetros. -¿A un billón de kilómetros de dónde? -dijo Hitchcock. -Depende -dijo Clemens, que no fumaba. -Dilo, entonces. -Nuestra casa. La Tierra. Nueva York, Chicago. El lugar de donde venimos. Cualquiera que sea. -No me acuerdo -dijo Hitchcock-. Ni siquiera se si la Tierra existe. ¿Y tú? -Sí. Soñé con ella esta mañana. -No hay mañanas en el espacio. -Esta noche entonces. -Siempre es de noche -dijo Hitchcock suavemente- ¿De qué noche hablas? -Cállate -dijo Clemens irritado-. Déjame en paz. Hitchcock encendió otro cigarrillo. No le temblaban las manos, pero parecía como si se estremeciese bajo la piel tostada por el sol. Un leve estremecimiento en las manos, y un invisible estremecimiento a lo largo del cuerpo. Los dos hombres, sentados en el piso de la galería de observación, contemplaban las estrellas. Los ojos de Clemens brillaban intensamente, pero los ojos de Hitchcock, ausentes y apagados, no se fijaban en nada. -Me desperté a las 05.00 -dijo Hitchcock- como si le hablase a su mano derecha-. Y me oí gritar: «¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy?» Y la respuesta fue: «En ninguna parte.» Y dije entonces: «¿Dónde he estado?» Y respondí: «En la Tierra.» «¿Qué es la Tierra?» me pregunté. «El lugar donde nací» me dije. Pero las palabras no tenían sentido, y peor aún. No creo en nada que no pueda ver o tocar. No puedo ver la Tierra, ¿por qué voy a creer que existe? Es mejor así, es mejor no creer. -Allá está la Tierra -apuntó Clemens, sonriendo-. Aquel punto luminoso. -Eso no es la Tierra. Es nuestro sol. Desde aquí no se ve la Tierra. -Yo puedo verla. Tengo buena memoria. -No seas tonto. No es lo mismo -dijo Hitchcock bruscamente, algo enojado-. Quiero decir verla de veras. Siempre he sido igual. Cuando estoy en Boston, no existe Nueva York. Cuando estoy en Nueva York, no existe Boston. Cuando no veo a alguien durante todo un día, ese hombre no existe. Cuando lo encuentro en la calle, Dios mío, es como una resurrección. Casi me pongo a bailar. Me alegra tanto verlo... Me acostumbro, sin embargo. Dejo de bailar. Miro solamente. Y cuando el hombre se va, deja de existir, otra vez. Clemens se rió. -Porque tu mente es demasiado primitiva. No puedes asir las cosas. No tienes imaginación, mi viejo Hitchcock. Tienes que aprender a recordar. -¿Para qué recordar lo que no me sirve? -dijo Hitchcock, con los ojos muy abiertos, perdidos en el espacio-. Soy un hombre práctico. Si la Tierra no está ahí, para que yo pueda pasearme, ¿quieres que me pasee por un recuerdo? Hace daño. Los recuerdos, como decía mi padre, son como puercoespines. Al diablo con ellos. No te acerques. Te lastiman. Te arruinan el trabajo. Te hacen llorar. -Ahora mismo me estoy paseando por la Tierra -dijo Clemens, con los ojos cerrados. -Manejas puercoespines -dijo Hitchcock con una voz inexpresiva-. Más tarde no podrás almorzar, y te preguntarás por qué. Te habrás tragado un puñado de púas. ¡Al diablo con todo eso! Cuando encuentro algo que no puedo beber, o tocar, o golpear, o sentir, déjalo, me digo. Yo no existo para la Tierra. La Tierra no existe para mí. Nadie llora por mí en Nueva York, esta noche. Olvidemos Nueva York. Aquí no hay estaciones. Ni invierno ni verano. Ni primavera ni otoño. No hay mañanas, ni noches. Sólo espacio y espacio. Y sólo existimos tú y yo, y este cohete. Y sólo creo realmente en mi. Eso es todo. -Voy a poner una moneda en el teléfono, ahora mismo -dijo Clemens, sonriendo y moviendo los dedos en el aire-. Hablar‚ con una amiga de Evanston. -¡Hola, Bárbara! El cohete siguió atravesando el espacio. La campana del almuerzo sonó a las 13.05. Los hombres corrieron silenciosamente con sus zapatos de goma y se sentaron a la mesa almohadillada. Clemens no tenía hambre. -¿Has visto? ¿No te lo he advertido? -exclamó Hitchcock-. Tú y tus condenados puercoespines. Déjalos, ya te lo he dicho. Fíjate en mí, cómo devoro la comida. - Hitchcock hablaba lentamente, con una voz mecánica y sin humor-. Mírame.-Se llevó a la boca el pastel que quedaba en el plato como si examinase su estructura. Lo movió con el tenedor. Apretó entre los dedos el mango del tenedor. Aplastó el relleno de limón y observó cómo la pasta se alzaba entre los dientes del cubierto. Luego acarició minuciosamente la botella de leche y se sirvió un vaso escuchando el gorgoteo del líquido. Miró la leche como si quisiese hacerla todavía más blanca. La bebió, con tanta rapidez, que no alcanzó a sentirle el gusto. Se había comido todo el almuerzo en unos pocos minutos, febrilmente. Paseó los ojos por su alrededor buscando un poco más de comida. Pero todos los platos estaban vacíos Lanzó una mirada inexpresiva a través de la ventanilla del cohete-. Ésas no existen tampoco -dijo. -¿Qué? -preguntó Clemens. -Las estrellas. ¿Quién tocó alguna? Puedo verlas, es cierto, pero ¿de qué sirve ver lo que está a un millón o a un billón de kilómetros? No vale la pena ocuparse de cosas tan lejanas. -¿Por qué te embarcaste en el cohete? -preguntó Clemens de pronto. Hitchcock observó su vaso asombrosamente vacío. Lo apretó con fuerza, cerrando los dedos, y lo soltó y volvió a apretarlo. -No sé -dijo, y pasó la lengua por el borde del vaso-. Tenía que embarcarme, y nada más. ¿Sabe uno por qué hace esto o aquello? -¿Te gustan los viajes por el espacio? ¿Ver otros lugares? -No sé. Sí. No. No ver otros lugares. Estar entre ellos.-Hitchcock trató por primera vez de fijar la vista en algún punto, arrugando los ojos y adelantando la cara; pero era algo tan borroso y distante que no pudo enfocarlo-. Se trataba ante todo del espacio, tanto espacio. Me atraía la idea de esa nada arriba y esa nada abajo, y esa nada entre ellas, y yo en medio de la nada. -Nunca me lo explicaron de ese modo. -Yo lo explico así. Hitchcock sacó un cigarrillo, lo encendió, y comenzó a aspirar y a echar humo, una y otra vez. -¿Qué clase de infancia tuviste, Hitchcock? -dijo Clemens. -Nunca fui joven. Lo que fui o pude ser, está muerto. Volvemos a tus puercoespines, Clemens. Gracias, no quiero que me atraviesen de parte a parte. Siempre pensé que uno muere todos los días, y que los días son como cajones, ¿comprendes?, con su marbete y todo. Y no hay que volver atrás, ni levantar la tapa, pues uno muere un par de miles de veces, y deja un montón de cadáveres, todos con una muerte distinta, y con una expresión cada vez peor. En cada uno de esos días hay un yo diferente, alguien a quien no conoces, o no comprendes, o no quieres comprender. -Te apartas de ti mismo, de ese modo. -¿Qué tengo que ver con ese Hitchcock más joven? Era un tonto. Todos se lo llevaban por delante, abusaban y se aprovechaban de él. Su padre no servía para nada, y lo mismo su madre. Cuando ella murió, el joven Hitchcock se sintió contento. ¿Tengo que retroceder y mirar embobado la cara de aquel tonto? -Todos somos tontos -dijo Clemens-. Siempre. Aunque todos los días de un modo distinto. Pensamos: ya no soy un tonto. He aprendido la lección. Fui un tonto ayer, pero no esta mañana. Y al día siguiente descubrimos, sí, que también ayer éramos unos tontos. Sólo podemos progresar y desarrollarnos si admitimos que no somos perfectos y vivimos de acuerdo con esta verdad. -No quiero recordar cosas imperfectas -dijo Hitchcock-. No puedo estrecharle la mano a ese joven Hitchcock, ¿no es cierto? ¿Dónde está? ¿Puedes traérmelo? Ya no existe. Que se vaya al diablo. No voy a dirigir mis actos futuros pensando en las porquerías que hice ayer. -Volverás a equivocarte. -Deja que me equivoque entonces. Hitchcock calló y clavó los ojos en la ventanilla. Los otros hombres lo miraban de reojo. -¿Existen los meteoros? -preguntó Hitchcock. -Sabes muy bien que sí. -En nuestras pantallas de radar... sí, como trazos luminosos. No, no creo en nada que no exista y actúe en mi presencia. A veces... -Hitchcock señaló con la cabeza a los hombres que estaban terminando de comer-... a veces no creo en nadie ni en nada. Sólo en mí.-Se incorporó-. ¿Hay un piso superior en esta nave? -Sí. -Tengo que verlo. -No te excites. -Espérame aquí. Vuelvo en seguida. Hitchcock se alejó. Los otros hombres siguieron masticando, lentamente. Pasaron los minutos. Un hombre alzó la cabeza. -¿Cuándo empezó? Me refiero a Hitchcock. -Hoy. -El otro día estuvo también bastante raro. -Sí, pero hoy fue peor. -¿Le avisaron al psiquiatra? -Creíamos que ya estaba bien. Al principio el espacio nos enferma a todos, un poco. A mí me pasó lo mismo. Te pones a filosofar, aturdido, y luego te asustas. Sudas, te olvidas de la familia, no crees en la Tierra, te emborrachas, te despiertas mareado y eso es todo. -Pero Hitchcock no se emborrachó -dijo alguien. -Ojalá lo hubiera hecho. -¿Cómo pasó el examen? -¿Cómo lo pasamos todos? Necesitaban hombres. El espacio asusta a cualquiera. Así que admiten a muchos fronterizos. -Hitchcock no es un fronterizo -dijo alguien-. Ha caído en un pozo sin fondo. Esperaron otros cinco minutos. Hitchcock no volvía. Al fin Clemens se levantó, salió de la cámara, y empezó a subir por la escalera de caracol que llevaba al entrepuente. Hitchcock estaba allí, acariciando los mamparos. -Está aquí -dijo. -Claro que está. -Temí que no estuviera.-Hitchcock miró fijamente a Clemens-. Y tú estás vivo. -Desde hace mucho tiempo. -No -dijo Hitchcock-. No, sólo ahora, en este instante, mientras puedo verte. Hace un momento no eras nada. -Sí para mí. -Eso no importa. No estabas conmigo -dijo Hitchcock-. Sólo eso importa de veras. ¿Está abajo la tripulación? -Sí. -¿Puedes probarlo? -Oye, Hitchcock, ser mejor que veas al doctor Edwards. Creo que necesitas un poco de atención. -No. Estoy bien. Y además, ¿quién es el doctor? ¿Puedes demostrarme que hay un doctor en el cohete? -Bueno. Basta con que lo llame. -No. Quiero decir desde aquí, en este instante. No puedes probarlo, ¿no es cierto? -No, no sin moverme. -Ya lo ves. No tienes ninguna evidencia mental. Eso busco, una evidencia mental que yo pueda sentir. La evidencia física, las pruebas exteriores no me interesan. Quiero algo que se pueda llevar en la mente, y tocar, y oler, y sentir. Pero no es posible. Para creer en algo tienes que llevarlo contigo. Y la Tierra y los hombres no te caben en los bolsillos de tu traje. Yo quisiera hacer eso, llevarme todas las cosas conmigo. Así podría creer que existen. Qué pesado y difícil tener que salir en busca de algo, algo terriblemente físico, para poder probar su existencia. Odio los objetos físicos. Los dejas atrás y ya no puedes creer en ellos. -Ésas son las reglas del juego. -Quiero cambiarlas. ¿No sería magnífico poder demostrar la existencia de las cosas sólo con la mente, y saber así, con toda certeza, que están siempre en su sitio? Me gustaría saber cómo es algún sitio cuando yo no estoy allí. Me gustaría saberlo de veras. -Eso no es posible. -¿Sabes? -dijo Hitchcock-, tuve la idea de salir al espacio hace ya cinco años. Cuando perdí mi empleo. ¿No sabías que quise ser escritor? Oh, sí, uno de esos hombres que hablan siempre de escribir, pero que casi nunca escriben. Y con un temperamento excesivo. Perdí mi empleo. Dejé el negocio de los libros y no pude conseguir otro trabajo, y comencé a rodar. Luego murió mi mujer. Ya ves, nada se queda en su sitio, no se puede confiar en las cosas. Tuve que dejar a mi hijo al cuidado de una tía. Y las cosas empeoraron todavía más. Al fin un día me publicaron un cuento, con mi nombre debajo, pero no era yo. -No entiendo. El rostro de Hitchcock había perdido el color. Sudaba. -Sólo sé que yo miraba la página, y mi nombre bajo el titulo. Por Joseph Hitchcock. Pero se trataba de otra persona. No podía saber en ese momento y de veras si esa persona era yo. El cuento me era familiar... Sabía que yo lo había escrito, pero ese nombre sobre el papel no era yo. Era un símbolo, un nombre. Algo extraño. Y entonces comprendí que aunque triunfase como escritor, mi triunfo no tendría sentido. Yo no era ese nombre. Mi nombre sería siempre una mancha de hollín, unas cenizas. Así que dejé de escribir. Nunca estuve seguro, además, de que mis cuentos, esos cuentos que yo había tenido en mi escritorio hasta hacía unas horas, fueran realmente míos. Recordaba haberlos pasado a máquina, pero ahí estaba siempre ese abismo, esa prueba ausente. El abismo que separa el quehacer de las cosas hechas. Lo que está hecho está hecho. Ya no es una prueba, ya no es un acto. Sólo los actos importan. Y las hojas de papel eran vestigios de actos realizados e invisibles. Sólo los actos prueban algo, y ya no existían. Sólo me quedaba el recuerdo, y yo no podía confiar en la memoria. ¿Puedo probar ahora que escribí esos cuentos? No. ¿Puede hacerlo acaso algún escritor? No. No, realmente. No a menos que alguien esté a tu lado mientras escribes, y aun entonces podrías escribir de memoria. Y cuando terminas de escribir, desaparecen las pruebas, sólo quedan los recuerdos. Comencé a encontrar abismos por todas partes. Comencé a pensar que quizá no estaba casado, que quizá no tenía un hijo, o que nunca había tenido un empleo. Quizá no había nacido en Illinois, y mi padre no había sido un borracho, y mi madre no había sido una puerca. No podía probar nada. Oh, sí, la gente puede decirte: «Tú eres esto, y aquello, y lo de más allá», pero eso nada significa. -No debías pensar esas cosas -dijo Clemens. -No puedo. Tantos abismos, tantos espacios... Así que empecé a pensar en las estrellas. Pensé que me gustaría estar a bordo de un cohete, en el espacio, en la nada, internándome en la nada (con sólo algo muy delgado, una delgada cáscara metálica para sostenerme), y alejándome de todas las cosas, los abismos que impiden demostrar la realidad de las cosas. Supe entonces que la única felicidad posible, para mí, era el espacio. Cuando lleguemos a Aldebarán II firmaré un contrato por otros cinco años -el viaje de vuelta a la Tierra- y luego me embarcaré otra vez, y así seguiré por el resto de mis días, yendo y viniendo, como el volante de una máquina. -¿Hablaste de esto con el psiquiatra? -¿Para que trate de tapar todos los abismos y llenar las grietas con ruidos y agua caliente y palabras y caricias y todo eso? No, gracias. -Hitchcock se detuvo-. Estoy empeorando, ¿no es cierto? Me parece que sí. Esta mañana, al despertarme, pensé: «¿Estoy empeorando? ¿O estoy mejorándome?» -Calló otra vez y miró de frente a Clemens-. ¿Estás ahí? ¿Estás realmente ahí? Vamos, pruébalo. Clemens le golpeó un brazo, con fuerza. -Sí -dijo Hitchcock, frotándose el brazo, mirándoselo con atención y asombro-. Estabas ahí. Estuviste ahí durante una breve fracción de segundo, pero quisiera saber si estás... ahora. -Te veré luego -dijo Clemens. Y se alejó en busca del doctor. Sonó una campana. Sonaron dos campanas, tres campanas. El cohete se balanceó como empujado por una mano. Hubo un sonido de succión, el sonido de una aspiradora. Clemens oyó unos gritos y sintió que el aire se enrarecía. El aire huía, silbándole en los oídos. De pronto no hubo nada. Nada en su nariz. Nada en sus pulmones. Se tambaleó, y el silbido se detuvo. Oyó que alguien gritaba: -¡Un meteoro! -¡Ya está tapado! -dijo otro. Así era. La soldadora de emergencia había tapado, desde el exterior, el agujero del casco. Alguien que hablaba y hablaba, se echó a llorar. Clemens corrió por el corredor. El aire era ahora fresco y denso. Clemens llegó a una puerta. Vio el agujero recién cerrado en el casco de metal; vio los fragmentos del meteoro desparramados por el cuarto como los trozos de un juguete; vio al capitán y los tripulantes, y un hombre que yacía en el suelo. Era Hitchcock. Tenía los ojos cerrados, y lloraba. -Trató de matarme -decía, una y otra vez-. Trató de matarme. -Lo pusieron de pie-. Estas cosas no pasan, ¿no es cierto? Vino hacia mí. ¿Por qué? -Bueno, bueno, Hitchcock -dijo el capitán de la nave. El doctor estaba vendando una herida que Hitchcock tenía en el brazo. Hitchcock abrió los ojos y vio a Clemens que lo miraba fijamente. -Trató de matarme -dijo. -Sí, ya sé -dijo Clemens. Pasaron diecisiete horas. La nave seguía moviéndose por el espacio. Clemens cruzó la puerta y se detuvo al ver al psiquiatra y al capitán. Hitchcock estaba sentado en el piso, con las rodillas recogidas y abrazado a sus piernas. -Hitchcock -dijo el capitán. Silencio. -Hitchcock, escúcheme -dijo el psiquiatra. Se volvieron hacia Clemens. -¿Es amigo suyo? -Sí. -¿Quiere ayudarnos? -Si es posible... -Ese condenado meteoro -dijo el capitán-. No hubiese ocurrido si no fuera por eso. -Hubiese ocurrido, tarde o temprano -dijo el doctor, y añadió dirigiéndose a Clemens-: Puede hablarle. Clemens se acercó, lentamente. Se agachó junto a Hitchcock y lo sacudió con suavidad, tomándolo de un brazo. -Eh, Hitchcock, óyeme -dijo en voz baja. Hitchcock no respondió. -Eh, soy yo, Clemens. Mírame. Estoy aquí. Clemens golpeó el brazo de Hitchcock. Le frotó el cuello y la nuca suavemente. Luego miró al psiquiatra. El médico suspiró. El capitán se encogió de hombros. -¿Tratamiento de shock, doctor? El psiquiatra asintió con un movimiento de cabeza. -Comenzaremos en seguida. Sí, pensó Clemens, tratamiento de shock. Tóquenle una docena de discos de jazz, pásenle un frasco de clorofila por las narices, pónganle hierba bajo los pies, bañen el aire con perfume de Chanel, córtenle el pelo, arréglenle las uñas, tráiganle una mujer, grítenle, golpeen y hagan ruido; fríanlo con una corriente eléctrica, llenen los abismos y las hendiduras, ¿dónde está la prueba? Es imposible pasarse la vida inventando pruebas. Es imposible entretener a un bebé con sonajeros y silbatos durante toda la noche, y todas las noches durante treinta años. Alguna vez tendrán que detenerse. Y entonces volverán a perderlo. Y eso si alguna vez les presta atención. -¡Hitchcock! -gritó con todas sus fuerzas, frenéticamente, como si él mismo estuviese cayendo en un abismo-. ¡Soy yo! ¡Soy tu amigo Clemens! ¡Óyeme! Clemens se volvió y salió del cuarto silencioso. Doce horas más tarde se oyó otra campana de alarma. Cuando los hombres dejaron de correr, el capitán explicó: -Hitchcock se quedó solo unos minutos. Se metió en una escafandra. Abrió una compuerta y se lanzó al espacio... solo. Clemens echó una mirada a través de los vidrios. Vio una mancha de estrellas y una distante oscuridad. -¿Está afuera ahora? -Sí. Detrás de nosotros. A un millón de kilómetros. Jamás lo encontraremos. Supe que estaba afuera cuando oí su radio en nuestro cuarto de control. Se hablaba a sí mismo. -¿Qué decía? -Algo así como: «Ya no existe el cohete. Nunca existió. Ni la gente. No hay nadie en todo el universo. Nunca hubo nadie. Ni planetas. Ni estrellas.» Eso decía. Y luego algo acerca de sus pies y sus piernas y sus manos: «No más manos», decía. «Ya no tengo manos. Nunca las tuve. Ni cuerpo. Nunca lo tuve. Ni boca. Ni cara. Ni cabeza. Nada. Solamente espacio. Solamente el abismo.» Los hombres se volvieron en silencio y observaron las remotas y frías estrellas. Espacio, pensó Clemens. El espacio que tanto le gustaba a Hitchcock. Espacio, con nada arriba, nada abajo, mucha nada en el centro, y Hitchcock que cae en medio de esa nada, hacia una noche cualquiera, hacia una mañana cualquiera.
Hace ya mucho tiempo que ha dejado de ser un secreto que en el mundo occidental altamente industrializado, o incluso ya «postindustrial», soplan cada vez más vientos del llamado Tercer Mundo. No es que los países de la periferia capitalista se hayan acercado al nivel social de las democracias occidentales del bienestar, sino que, por el contrario, se extiende como un virus la depravación social en los antiguos centros capitalistas. Sin embargo, ya no es sólo que se estén desmontando los sistemas de protección social ni tampoco que aumente el paro estructural masivo, sino que, más bien, está creciendo un sector difuso entre el trabajo regular y el paro, sector que es un viejo conocido en los países del Tercer Mundo y que vegeta por debajo de la sociedad oficial A escala más pequeña, estos fenómenos forman parte de las escenas callejeras diarias de Occidente y, de forma más patente, de los países anglosajones con su «clásico» liberalismo económico radical. Pero también se están desarrollando nuevas formas mixtas entre el trabajo regular y las relaciones de trabajo precario. Es necesario coger trabajos irregulares porque, desde hace veinte años (de forma especialmente drástica en los EEUU), los ingresos de los sueldos oficiales ya no son suficientes para financiar una forma de vida «normal» con piso, coche y seguro médico. Dos o tres puestos de trabajo por persona son normales. El obrero de una fábrica al acabar su jornada se va un momento a comer a casa para comenzar luego su servicio como vigilante nocturno en otro sitio. Sólo quedan unas pocas horas para dormir. El fin de semana trabaja, además, en un restaurante, no por un sueldo, sino sólo por las propinas. Cada vez cuesta más mantener la fachada de normalidad, aunque sea a costa de arruinarse la salud. Otra forma nueva de biografías laborales inseguras consiste en que cada vez más personas tienen que trabajar por debajo de su cualificación. Están «sobrecualificados» para el trabajo que en realidad desempeñan: los mercados ya no necesitan de sus conocimientos. Desde principios de los ochenta, con el comienzo de la revolución microelectrónica y la crisis creciente de las finanzas del Estado, la formación académica dejó de ser garantía de una actividad laboral correspondiente. Se han recortado muchos puestos cualificados en el sector estatal por falta de posibilidades de financiación. Por otro lado, en el mercado libre la preparación profesional envejece cada vez más deprisa y, tras una breve «combustión continua», pierde su valor. El ciclo acelerado de las coyunturas, las innovaciones, los productos y las modas no abarca sólo los sectores técnicos, sino también la cultura, las ciencias sociales y el sector servicios de alto standing. Durante este proceso social, se ha degradado a un sector creciente de la inteligencia académica. Han dejado de ser raros el «estudiante eterno», los que dejaban los estudios y cogían un curro en el sector servicios, ni la filóloga de treinta años en paro con un título de doctora que no le sirve de nada. En todo el mundo occidental, el taxista licenciado en Filosofía se convirtió en símbolo de una carrera social negativa. Se desarrolló un nuevo submundo que hace tiempo que se extiende más allá de la vieja bohemia. Historiadores licenciados trabajando en fábricas de galletas, profesoras de instituto lo intentan como niñeras, abogados sobrantes que comercializan objetos de arte indios. Mucha gente con formación intelectual se sigue moviendo pasados los treinta o cuarenta años en condiciones de vida casi estudiantiles o fluctúan en sus actividades entre trabajillos de repartidores, periodismo circunstancial e intentos artísticos no remunerados. La pregunta por la posición social y la profesión resulta cada vez más incómoda. Ya en 1985, dos autores jóvenes, Georg Heinzen y Uwe Koch, publicaron en Alemania De la inutilidad de convertirse en adulto. Su héroe refleja ese nuevo sentimiento vital de precariedad: «No soy padre, ni marido, ni miembro de un club automovilístico. No tengo cargos directivos ni autoridad, no dispongo de crédito en el banco. Me he formado en aquellos asuntos intelectuales que cada vez tienen menos aplicación. He sido excluido del ciclo de las ofertas...» Si esa manera insegura de vivir podía parecer, quizás, algo exótico hace diez o quince años, ahora se ha convertido en un fenómeno de masas. El sociólogo alemán Ulrich Beck ha demostrado que «el sistema de empleo estandarizado ha empezado a deshacerse». El límite entre el trabajo y el paro se difumina. Las palabras clave del nuevo sistema de empleo, fraccionado e intrincado, son «flexibilización» y «subempleo plural». Ya hace tiempo que no es sólo la inteligencia académica venida a menos, sin cualificación y sobrante, la que se puede encontrar en esos medios equívocos de la flexibilidad. Antiguos cerrajeros, cocineros, delineantes, peluqueros, modistas o enfermeros se han convertido en subempleados multifunción sin oficio. Todos hacen algo diferente a lo que en su día aprendieron o estudiaron. Calificaciones, profesiones, carreras, trayectorias vitales y estatus sociales delimitados y claros son parte del pasado. El subempleo es más que el mero paso constante de un trabajo asalariado al paro, situación normal entretanto para millones de personas en el mundo occidental. También es el cambio permanente entre cualificaciones, actividades y funciones casi arbitrarias; una suerte de viaje en montaña rusa a través de la división social del trabajo, que se transforma bajo la presión de los mercados a una velocidad cada vez mayor. En los años ochenta todavía había esperanzas de poder dar un giro emancipador a la tendencia a la flexibilización de las relaciones, al no seguir la gente ya estandarizaciones rígidas, sino que Tales ideas recuerdan a los primeros escritos de Karl Marx que preveían, para el futuro comunista, el final de la división del trabajo alienante con una famosa formulación ilustrativa: «La división del trabajo nos da el ejemplo de que, mientras exista la separación entre el interés particular y el general, la propia actividad del hombre se convierte para él en un poder extraño y enfrentado que lo subyuga. Una vez que se empieza a distribuir el trabajo, cada uno tiene un círculo determinado exclusivo de actividad, del que no puede a salir; mientras que en el comunismo la sociedad regula la producción general y me posibilita hacer una cosa un día y otra el siguiente, cazar por las mañanas, pescar por la tarde, ordeñar el ganado por la noche, ponerme a criticar después de comer, sin convertirme nunca en cazador, pescador, pastor o crítico...». Justo 150 años después, la imagen romántica del joven Marx no tiene nada que ver con nuestra realidad flexible. No vivimos precisamente en una sociedad con aspiraciones comunistas, que se haya abierto a nuevos horizontes de emancipación social más allá del sucumbido capitalismo de Estado burocrático. Optimistas sociales de la flexibilización como Ulrich Beck o el filósofo social francés Andrè Gorz habían hecho unas cuentas muy rápidas, al querer desarrollar los potenciales de una nueva «soberanía del tiempo» individual en coexistencia pacífica con las formas de producción capitalista. Después de abandonar toda crítica fundamental al orden dominante, no quedaba ya ninguna posibilidad de ocupar emancipadoramente la tendencia social inmanente. Por eso, la lucha por la interpretación social de la flexibilización estaba sentenciada antes de empezar. Las ideas esperanzadoras de una supuesta organización autónoma del tiempo de vida en los resquicios sociales se referían, de todas maneras, sólo a formas específicas de trabajo a media jornada que, según la teoría de Gorz, tendrían que ser subvencionadas por el Estado social para garantizar una «renta básica» segura en forma de dinero y, a la vez, posibilitar actividades voluntarias. Esta teoría bienintencionada, pero sin fundamento, ha sido desde el principio un insulto a la realidad de la gente que, bajo la presión del dumping social creciente, se ve obligada a coger dos o tres trabajos prácticamente de sol a sol. Dado que existe la «separación», constatada tanto por Marx como por otros, «entre el interés particular y el general» Los horarios de trabajo estandarizados se vuelven inciertos, pero no en beneficio de los trabajadores. Se extiende el «trabajo por encargo», según la demanda y con horarios irregulares. También se exige a los trabajadores una alta movilidad espacial, en contra de sus propios intereses vitales. Hace ya mucho que cientos de millones de personas se ven obligadas a la inmigración laboral entre países y continentes. Los latinos van en busca de trabajo a los EEUU; los asiáticos, a los emiratos del Golfo; gente del este y del sur de Europa, a Centroeuropa. En China y Brasil hay una enorme migración interior a las ciudades. Bajo el dictado de la globalización, se ha reforzado esa tendencia a la movilidad espacial de la mano de obra y ha llegado, entretanto, a los centros europeos. Las oficinas del paro alemanas, por ejemplo, pueden obligar a los parados a desplazarse cientos de kilómetros de su lugar de residencia y a «visitar» a sus familias sólo los fines de semana. También los directivos de las empresas tienen que cambiar cada vez más a menudo, en beneficio de sus carreras, la ciudad, país o continente de su actividad profesional. Las personas se convierten en vagabundas socialmente desarraigadas de los mercados. La flexibilización supone también el cambio constante entre trabajo dependiente y «autónomo». Los límites entre trabajadores asalariados y empresarios se difuminan, pero también esto en detrimento de los afectados. En el curso de este outsourcing surgen cada vez más autónomos aparentes, es decir, pseudoempresarios sin organización empresarial propia, sin capital financiero propio, sin empleados y sin la famosa «libertad de empresa», porque dependen de un único contratante: la empresa para la que trabajaban antes, la mayoría de las veces, que de esa manera se ahorra la seguridad social y, en vez de por el horario del convenio, sólo paga trabajos concretos en cada caso, con «honorarios» muy por debajo del sueldo anterior. Flexibilización significa, por lo general, desviación del riesgo sobre los empleados dependientes y delegación de la responsabilidad hacia abajo: más rendimiento y mas estrés por menos dinero. El vínculo empresarial se relaja y los llamados «colaboradores» se dividen en una plantilla central cada vez más reducida, a la que también se recortan o eliminan las prestaciones sociales de la empresa, y una plantilla satélite, precaria, creciente de «reserva», que se llaman, por ejemplo, «trabajadores freelance» o «trabajadores con cartera». Dentro de la plantilla central, los departamentos se dividen en «centros de ganancias» en competencia. La cultura empresarial de integración ha caducado. Con el ejemplo del consorcio multinacional IBM, el historiador social norteamericano Richard Sennet mostraba en 1998, en su libro El hombre flexible, esta lógica de la deslealtad: «Durante los años de los recortes y la reestructuración, IBM no transmitía ya ninguna confianza a los empleados que le quedaban. Se les comunicó que a partir de ese momento todo dependía de ellos mismos, que ya no eran los hijos de la gran empresa». Los individuos flexibilizados capitalistamente no son personas conscientes ni universales, sino sólo gente universalmente explotada, insolidaria y solitaria. La nueva responsabilidad del riesgo no divierte, más bien da miedo, puesto que lo que está en juego permanentemente es la propia existencia. La desconfianza general gana terreno. En un clima de manía persecutoria y de acoso, surge una cultura empresarial paranoica. Las personas constantemente inseguras y sobrepresionadas pierden la motivación y se ponen enfermas. Y cada vez se las convierte en más superficiales, desconcentradas e incompetentes; porque una preparación verdadera necesita de un tiempo que el mercado ya no tiene. Cuanto más rápido cambian los requisitos, la competencia se vuelve más irreal y el aprendizaje se convierte en un mero consumo de saber que no deja tras de sí más que basura de datos. La calidad se queda por el camino. Si sé que todo lo que aprendo y por lo que me esfuerzo va a ser inservible al cabo de un rato, entonces la atención disminuye. Trabajadores azuzados y desocializados, que lo único que pueden hacer es engañar a sus directivos, a sus clientes y a sí mismos, se convierten en contraproductivos también empresarialmente hablando. Con la flexibilización total el capitalismo no resuelve su crisis, sino que se conduce ciertamente a sí mismo ad absurdum y demuestra que ya sólo es capaz de desatar energías autodestructivas.
"El círculo de la vida""El milagro de la vida"la civilización nunca comprendió esas dos verdades que sabían los primitivos.Mientras más avanza la ciencia más se vuelve a recuperar esas dos profundas verdades.El mito vegatariano. Les recomiendo este libro. Uno de los mejores libros que he leido. Lástima que está en inglés.Habla de muchas más cosas a parte del mito vegetariano.Resumen rápido: la agricultura fue un error. nuestra salud decayó al dejar de comer animales en cantidad. la agricultura no es sustentable. el vegetarianismo no es sustentable, sino todo lo contrario. las plantas sí sienten. las grasas son buenas (excepto grasas trans) (el cerebro es 60% grasa, el corazón prefiere la grasa como combustible). consumir muchos carbohidratos es malo. una dieta con animales sí es sustentable y la única sustentable. las grasas saturadas no son malas (varias tribus lo prueban). los alimentos animales no son malos, todo lo contrario. el humano tiene un apetito natural por las grasas, en cambio una adicción por el azúcar. nuestro sistema digestivo es parecido al del perro, y muy eficiente en procesar alimentos animales y usar grasa como combustible. La única excepción es cuando se hace ejercicio intensivo y muy prolongado, como una maratón. los aceites vegetales, los granos y sus subproctuos, las azúcares son malas, y posiblemente responsables de los problemas de obesidad, diabetes y ataque al corazón, en vez del colesterol y grasas saturadas como dice la sabiduría "convencional" (del gobierno de EEUU). el ganado alimentado con granos produce carne de baja calidad, sin omega-3. nadie está de acuerdo con la atrocidad de la cría intensiva. en este caso no sólo por la crueldad. sino por la carne de más baja calidad. Al menos en argentina no es tan así (por ahora). la cría intensiva es bastante moderna, y es posible gracias al cultivo masivo de granos. se entiende eso? la cría intensive existe gracias a esos cultivos que tanto alaban. porque el dicho que dice que usemos granos para alimentar al mundo está equivocado, desde sus bases y de varias formas distintas. estamos en una situación en la que vamos a pagar un alto precio, tal vez en este siglo, tal vez en el que sigue.Choca de frente con muchas cosas, y con mucho conocimiento establecido y mantenido por el establishment gubernamental y científico. Lean el post al menos antes de comentar. Se explica lo que puse en el resumen. No está del todo bien redactado, pero es explicativo y creo que merece ser leído a pesar de que por momentos seguro va a parecer algo inconexo. Excepto los extractos, claro. Y el libro si pueden, quieren y saben inglés. BTW, si tuviera que cazar mi propio alimento, lo haría. No usen ese argumento. Tengo cierto conocimiento de como funciona un ecosistema, de las relaciones entre la especie, y nosotros somos una parte más de la naturaleza, no dioses que están por encima de ella. Necesitamos más humildad con la naturaleza. Que un ecosistema es un sistema increíblemente complejo, inconcebible para nuestras mentes. Por eso no tengo problemas con la idea de que un animal tenga que morir para que yo viva. Eventualmente yo moriré y seré comido. Hablando de eso, creo que la cremación es un insulto a la madre naturaleza. Nuestros cuerpos tienen que pudrirse, para dar vida a su vez.OK... this is gonna be fun.preguntita: uds mastican su comida, la rejurgitan y la vuelven a masticar, así varias veces?uds comen su comida, la defecan y comen la heces para poder obtener la nutrición completa?Eso hacen los hervíboros obligados.De hecho, no hay humanos hervíboros obligados. Pero sí hay carnívoros obligados.Más allá de eso...Si sos vegetariano y te sentís bien, y no te tragas nada de lo de acá, seguí con tu plan.Pero cualquiera que siga esa dieta y tenga problemas de salud, debería considerar comer carne seriamente. Aunque sea temporariamente, hasta informarse mejor como hacer una dieta veg*ana equilibrada. Y si por más que tengas una dieta veg*ana equilibrada tienes problemas de salud, deberías considerar comer carne. Yo recomendaría cuidado con la soja. Considera pescado. Considera huevos, sobre todo los que son criados naturalmente y que tienen la yema naranja. Son de aves que comen pasto, algunos cereales, insectos y alimañas. Esos son los huevos más nutritivos. También consideren comer aunque sea un 30% de sus calorías en forma de grasa. Aceite de coco, coco, palta, grasa de cacao. Disminuir el consumo de granos de cualquier clase lo más posible, prefiriendo siempre el arroz. Comer alcauciles/alcachofas. No consumir demasiada fruta, y nunca tomarlas en licuados. Aumentar siempre el consumo de verduras. Planear bien todo el tema de las proteínas, es la parte más difícil del veganismo. Usar aceite de oliva para usos en recetas, cortar 100% el aceite de girasol y cualquier aceite con demasiado contenido de omega-6.--------------Habla de porque la agricultura es una de las peores cosas que hemos hecho al planeta, por ejemplo. La agricultura es una guerra contra la vida. Una guerra en la que los únicos beneficiados son el trigo, el arroz, el maíz, la soja y demás. Esos alimentos nos han hecho más débiles. Nuestros huesos son menos densos y fuertes que los de los homo sapiens antes de la agricultura. Nuestro cerebro es en promedio de 1350cc cuando al parecer antes de la agricultura era de 1500cc. Los huesos de antes de la agricultura muestan que en general los humanos no tenían muchas enfermedades, estaban en buen estado físico. Nuestro potencial de longevidad es de más de 100 años, pero podríamos decir que en promedio 80 años. Las cosas que arruinaban esa esperanza de vida eran la mortalidad infantil y los peligros de la vida nómada (y sin medicina moderna para curar los golpes, concusiones, quebraduras, etc, que son relativamente simples ahora). Recién en este último siglo hemos superado la espectativa de vida del hombre prehistórico. Todavía no alcanzamos la estatura promedio de esos tiempos prehistóricos. Tampoco la densidad de los huesos. Y nuestro cerebro ha sufrido una reducción también... probablemente irrecuperable. De 1500cc a 1350cc. Los especialistas rápidamente agregan que eso no quiere decir que seamos menos inteligentes... pero es así? Podemos confiar en la objetividad cuando los cerebros de nuestra propia generación, nosotros mismos, estamos siendo comparados desfavorablemente? Tal vez es posible que el cerebro se haya hecho más eficiente, y se hizo más chico para reducir el costo metabólico del cerebro. O puede ser que el cambio de vida trajo malnutrición crónica porque dejamos en gran medida de comer animales, verduras, raíces, nueces y demás para comer trigo, arroz, maíz y papa. Esta segunda posibilidad se descarta muy rápido, aunque lentamente va adquiriendo concenso.Tampoco hay que olvidar que todo este progreso tiene un gran subsidio. Toda la civilización moderna unida a una cadena que termina en la energía. Tenemos energía subsidiada en forma de combustibles fósiles. Todo lo bueno de la civilización, al final de la cadena, es gracias a ese subsidio... finito. Y que se está empezando a agotar. Ese subsidio incluso está fertilizando nuestros suelos agotados.El libro también tiene una descripción bastante ingeniosa y curiosa, que muestra la agricultura desde la perspectiva de esos cultivos que mencioné. Resulta que ellos son los grandes ganadores. Nosotros domesticamos? o ellos nos han domesticado?Es una mútua dependencia, pero ciertamente hemos perdido mucho y es muy pernicioso para nosotros. así que claramente han ganado esos cultivos.Otro asunto que habla el libro: Depredador y presa. Si la presa se deshace del predador es bueno para la presa? obviamente no. Pero hay gente con tan poco sentido común que no ven esto. Los nativos americanos no entendían porque los ingleses mataban lobos y pumas. Pensaban que estaban locos. Y ciertamente lo estaban. Los predadores son una pieza fundamental del ecosistema. En realidad todo. Es el círculo de la vida. Nacemos, quitamos vida para alimentarnos, y morimos, dando vida a otros. A bacterias. A carnívoros. A gusanos. Al suelo con el calcio de nuestros huesos. Con el famoso NPK (gogleen) que fertilizan el suelo. Y que vienen de la muerte de los animales y de bacterias que fijan el nitrógeno en el suelo. O por decirlo de otra manera, toman el nitrógeno de la atmósfera y lo incorporan al ecosistema.Hablando del suelo... también habla un poco de eso. De la enorme cantidad de vida que hay en el humus. Millones y millones de organismos en una cucharadita de tierra. De como es un sistema tan pero tan complejo que casi conduce a un concepto de que el suelo está vivo. Y la agricultura como la prácticamos va en contra de ese proceso, en contra del círculo de la vida. Por eso Irak ahora es un desierto. La agricultura está "pelando" la biosfera. La vida pelea. Cualquier descampado, cualquier terreno baldío en medio de la ciudad lo prueba. Cualquier descuido en el proceso tiene a la vida recuperando terreno. Por eso la agricultura es una guerra contra la vida. Una guerra total. Una guerra que nunca acaba, una guerra inacabable. Y en muchos lugares la vida ha perdido y tardará mucho en reganar terreno (Irak sería el ejemplo más paradigmático). De hecho irak es una pequeña muestra del futuro, de donde termina la agricultura. Los viejos soldados republicanos romanos estuvieron en guerra toda su vida. De la espada al arado. Del arado a la espada. Toda una vida de guerra. Y ciertamente la parte del arado ha sido la más dañina. Espadas para tomar, arado para destruir. Tampoco hay que olvidar que también tiene un muy delicado equilibrio, y cuando es alterado hay sequía y hambre. La agricultura creo la guerra a gran escala. La esclavitud a gran escala. La jerarquía, la opresión y los gobiernos a gran escala. La agricultura deja ecosistemas devastados que tardan en recuperarse. La agricultura destruye la biodiversidad.Y hay mucho mucho más. Esa es la parte de como salvar la tierra. O más bien de como estamos destruyendo la tierra, porque si el problema es la propia fundación de la civilización, no hay salida ni solución elegante. No tenemos que desaparecer como algunos estúpidos dicen. Tenemos que abrazar de nuevo el modo antiguo. Y llevarnos lo mejor de la civilización, que es básicamente algunas cosas de los dos últimos siglos. Relegar los granos como comida de emergencia. Practicar permacultura. Cazar el propio alimento. Son algunas de las opciones. Opciones que la civilización impide o desalienta.Una plantación de trigo: ahora hay máquinas, pero antes era un trabajo pesado que destruía la espina y esclavizaba a las personas de sol a sol. Se requiere irrigación que en muchos casos era desviada de ríos. Se requiere quemar el terreno, para dejarlo libre porque es la única manera en que el trigo puede crecer sin perder frente a otras hierbas y árboles. Se requiere constante supervición contra las malas hierbas. Se requiere matar animales que vienen a alimentarse. Se requiere pesticidas. Se requiere fertilizantes y máquinas, lo cual viene del petróleo. Luego se recoge. Se acaba el año de este ciclo y comienza de nuevo. No olvidarse de los magnates, que tienen un gran poder que hasta han convencido a la población que sus granos son buenos para la salud. Lobbys muy poderosos. Mucho más poderosos que los de la industria cárnica.Conque el vegetarianismo es la salvación de la tierra? El verdadero ecologista debería ser en buena medida carnívoro. 60% de alimentos animales, por lo menos. Una dieta vegetariana destruiría la tierra, causaría mal nutrición masiva a largo plazo y nuestra extinción. Una dieta omnívora, por otro lado, es sustentable. No lo que estamos haciendo ahora. Pero ciertamente ninguna forma de dieta vegetariana es sostenible para el planeta. Los derechos de los animales se basan en negar la animalidad de los animales y nosotros. De negar la naturaleza. No somos dioses. Somos parte de la naturaleza. Y la vida es un círculo. Vida-muerte-vida-muerte-....Conque las plantas no "sienten"? Que no se puedan mover o gritar no quiere decir que no sientan. Eso es una subestimación enorme, enomemente enorme, del reino vegetal. No responden de la misma manera que los animales. Pero responden. Tienen complejísisimos sistemas que mantienen la red de la vida. Sólo un chicato, alguien que vive en auto-negación, puede ignorar algo tan evidente como una enredadera. Lo que sucede en el reino vegetales no son fenómenos, son comportamientos. Con intención.Sorpresa sorpresa, resulta que somos omnívoros. Y omnívoros que están más del lado carnívoro que herbívoro. Por eso la dieta norteamericana americana falla. Carne de baja calidad alimentada con granos - poco omega3, animales enfermos por un alimento anti natural que le dan muchas enfermedades como acidosis. También la civilización ha creado las cepas patógenas de e coli -. Montones de azúcar -sucrosa, glucosa y fructuosa-. Contaminación. Granos y todos sus productos derivados, que fácilmente son más de la mitad de las cosas que hay en un supermercado-más azúcar- arroz-más azucar-, pocas frutas y verduras -pocos antioxidantes y nutrientes- . Otro lindo detalle que le va a encantar a los vegatarianos: muchos hervíboros mastican muchas veces la misma comida... tragan muchas veces el mismo trozo de materia vegetal. Las bacterias de sus rumenes se alimentan... y el hervíboro se come las bacterias. Otros animales, como los conejos, tienen que comer su... caca para poder nutrirse adecuadamente. Es bello a su modo. No puedes hacer fotosíntesis? come a alguien que pueda. No puedes digerir la celulosa? come a alguien que pueda. En fin... excelente lectura. Si saben inglés, leanlo. Esta es la explicación real de todos los problemas que estamos teniendo como especie. Uno de los mejores libros que leí que tratan de explicar el daño que le estamos haciendo al mundo. Si estás interesado en el medio ambiente, definitivamente es una lectura obligada. Seguramente va a tener puntos con los que no vas a estar de acuerdo, siendo el espectro de cosas que habla el libro tan grande. Tal vez es algo pesimista. Tal vez va muy en contra de lo establecido como verdades en nutrición y no te tragues esa parte. Por años y años nos vienen diciendo que las grasas son malas... del gobierno y agencias poderosas. Yo al menos lo sospecharía. Hay tribus (Masai, Samburu y Fulani) que tienen un consumo muy alto de grasas saturadas y son sanos, casi sin ataque de corazón ni diabetes. Todas las tribus que abandonaron sus dietas por la dieta occidental empezaron a tener las enfermedades de la civilización. Tal vez no sea la grasa. Tal vez sea el azúcar. Tal vez también sean los aceites vegetales fritos. No le quita el valor al resto que sí te convenció. Ciertamente se pone bastante sombría por momentos... y creo que con razón. La hemos cagado feo y es posible que no tengamos éxito en crear una sociedad post-industrial con algunas de las ideas de este siglo, como derechos humanos, derechos de la mujer e igualdad. Si lo logramos, y logramos vivir en armonía con el planeta, de forma sustentable, podremos decir que al fin somos mejores que todos nuestros antepasados. Pero requiere combatir el fascismo, defender la igualdad, defender los derechos humanos. Con uñas y con dientes. Enseñárselos a nuestros hijos. Fijárles esos conceptos. Y así cuando se presente la crisis habrá gente en contra del fascismo, a favor de la igualdad y de la igualdad de la mujer. Y ese es el punto en el que superaremos a nuestros antepasados, que sabían de vivir sustentablemente, pero sabían menos de derechos o igualdad de la mujer (y de todos, para el caso). No al nivel Hobessiano de "homo humini lupus", pero las sociedades primitivas no eran edenes ni los humanos los nobles salvajes de Rosseau. Cuando volvamos al estado pre-agricultura, convendría llevar estas ideas, para crear una sociedad que va a estar más cerca de la utopía que cualquier época humana.Extractos del libro. Con suerte despertaran el interes para que leas el libro entero:[...]La escala de lo que le ha pasado a este continente (en este planeta) es difícil de absorver, especialmente cuando el conocimiento sólo trae dolor y lástima para cualquiera que aún esté respirando. E ir aún más lejos, cuestionar la naturaleza de la agricultura en sí, es casi imposible. Vivimos en una sociedad agricultora. Se siente como cuestionar el aire, o dios, o el progreso, o la supervivencia humana, individual y colectiva. Ni siquiera sabemos como cuestionarla.[...]No sabemos quien está muriendo para alimentarnos.[...]La agricultura es carnívora. Se alimenta de ecosistemas, y se los traga enteros.[...]Así que aquí está la agricultura sin animales, la dieta basada en plantas -vegana- que supuestamente es tan pro-vida y éticamente correcta: Primero, tomar un pedazo de tierra de otro, porque la historia de la agricultura es la historia del imperialismo. Luego, arrasa o quema toda la vida de él: los árboles, los pastos, los humedales. Esto incluye a todas las criaturas grandes y pequeñas. Un pequeño puñado de especies se las arreglará: ratones, langostas. Pero los otros animales tendrán que irse. Ahora plantar tus monocultivos anuales. Tus granos y 'beans' (esto incluye, entre otras cosas, la soja) andarán bien al principio, viviendo de la materia orgánica creado por el ahora muerto bosque o pradera. Pero como cualquier bestia hambrienta, el suelo comerá sus reservas hasta que no haya nada. No materia orgánica, no actividad biológica. Como tus rendimientos - tú comida - empieza a escasear, tienes dos opciones: tomar otro pedazo de tierra y empezar de nuevo. O aplicar fertilizantes. Como los libros, etc, dicen que los productos de animales son inherentemente opresivos e insostenibles, no puedes usar estiércol, ni harina de hueso, ni harina de hueso, ni harina de sangre. Así que suplementas nitrógeno de combustibles fósiles. Necesito agregar que no puedes producirlo tu mismo, que su producción es una pesadilla económica y que un día se va a acabar?.jpg]esto era un bosque:izq: suelo de agricultura.der: suelo de permacultura (con animales...)[...]Si sos un vegano comiendo arroz marrón (arroz que incluye la envoltura o salvado), estás comiendo peces y pájaros muertos de un río moribundo.[...]Las últimas personas que saben vivir sustentablemente están siendo empujadas por agricultures, a lugares hostiles para la vida, en donde mueren como el resto de los animales.quizás la tribu más antigua todavía existente.[...]Cuando tomas la vida de algo, o la usas para poder sobrevivir, te conviertes en responsable de la supervivencia y dignidad de la comunidad del otro. Si como salmón, o mejor dicho, cuando como salmón, hago una plegaria pidiendo que esta migración de salmones continúe, y que este río particular al cual el salmon pertenece, prosiga. Si corto un arbol, hago la misma plegaria hacia la enorme comunidad a la cual pertenece. Cuando como carne, o estando en esto zanahorias, hago una plegaria para que se erradique la cría intensiva.[...]En "el lenguaje perdido de las plantas", Stephen Harrod Buhner presenta página tras página detallando que hacen las plantas. Se defienden. Se protegen entre sí. Se comunican. Llaman a otras especies de plantas, pidiendo que se unan para formar una comunidad resistente. A veces se sacrifican para el bien de todos. Responden. Habla. Tienen un significado y hacen un significado. Son capaces de mediar, de tener coraje, de tener conciencia de sí mismas. Hacen la vida posible. Cualquier humano que respira oxígeno y come comida debería leer este libro. En donde nosotros usamos locomoción y pulgares opuestos (al resto de los dedos), las plantas usan químicos. Esa es la diferencia entre nosotros. Las plantas producen miles, quizá millones de compuestos secundarios complejos... agregando complejidad, todos estos compuestos pueden ser hechos usando diferentes caminos metabólicos, diferentes formas de construcción, y cada familia de metabolismos secundarios pueden contener un increíble número de sustancias. Simplemente alterando la relación entre 4 moléculas de azúcar, por ejemplo, pueden creaer más de 35 000 compuestos diferentes. Más de 10 000 alcaloides, 20 000 terpenos y 8 000 polifenoles son conocidos... A través de complejos sistemas retroalimentados, las plantas constantemente sienten que está pasando en el mundo alrededor de ellas y, en respuesta, varían el número, combinación y cantidad de los que fitoquímicos hacen. Estos químicos son usadas para obvias razones como pelear insectos, hongos y bacterias. Susan Allport titula a los fitoquímicos los servicios armados de las plantas. Las plantas no pueden huir de depredadores hambrientos, claro, así que se convirtieron en expertos en guerra química en su lugar.[...]Las plantas y las comunidades de plantas poseen tremendos poderes de movimientos. Su movimiento muestra intención. Pueden cruzar miles de km. cuando están motivadas... y los patrones de movimiento no son aleatorios sino determinados por ciclos de retroalimentación enormes que existen hace millones de años. En una pequeña, localizada escala: plantas trepadoras que necesitan soporte van a crecer hacia un enrejado, y si es doblado, la planta va a cambiar su dirección. En grandes escalas esto puede ser más pronunciado, aunque es más difícil de ver. Las plantas circulan a través de ecosistemas, entre ecosistemas, entre y através de continentes; la dispersión de semillas más grande conocida (sin intervención humana) es de 30 000 kilómetros. Las plantas, de hecho, se mueven a través de masas de tierra a distancias que la dinámica de dispersión de semillas y matemáticas no pueden explicar. Los lugares a donde se mueven y la forma en que se acomodan a sí mismas en un ecosistema no son accidentales ni aleatorias.[...]Entendiendonos como los descendientes, los hijos, de las plantas naturalmente engendra un lazo familiar. Cambia el foco de nuestra relación de uno que dice que las plantas son nuestros recursos hacia uno que dice que ellas son las mayores, los miembros cuidadores de nuestra misma familia. Aún más que eso, el poder yace en las plantas, no en nosotros. Somos sus hijos, ellas no son nuestra propiedad.[...]Investigadores de Cornell han mostrado que la E coli 0157:H7 puede ser detenida con una muy simple acción: alimentar a las vacas con heno por los últimos cinco días de sus vidas. Pero la locura económica creada por el ganado alimentado con granos no puede ver razón. Sólo ve montañas de granos, más baratos de comprar que de crecer, subsidiado con miles de años de capital natural: suelo fértil de praderas, combustibles fósiles, acuíferos e impuestos.[...]De acuerdo al grupo británico "Vegfam", una granja de 10 acres puede soportar 60 personas cultivando soja, 24 personas cultivando trigo, 10 personas cultivando maíz y sólo dos personas produciendo ganado. Motavilli continúa... y se lo cree? Dejando de lado que una dieta de soja, trigo o maíz va a resultar en malnutrición masiva junto a muchas enfermedades divertidas que pueden llegar hasta la ceguera y muerte. La idea de dos con ganado puede ser cierta si se asume que se alimenta con granos, aunque no puedo hacer funcionar las matemáticas.En contraste, una granja de policultura perenne en un clima del centro atlantico puede producir:3,000 huevos1,000 pollos de engorde80 gallinas de guisado900 kilogramos de carne vacuna1 100 kilogramos de carne de cerdo100 pavos50 conejos.Y eso sin mencionar unos cuantos centímetros de suelo fértil. Comiendo sólo lo mencionado arriba se puede mantener al menos a 9 personas en excelentísima salud al proveer grasas, proteínas y micronutrientes.Lo que producen los monocultivos:[...]Con la posible excepción de la domesticación del trigo, la revolución verde (gogleen esas dos palabrillas juntas) es lo peor que le ha sucedido a la humanidad.[...]Desde que se acabaron las tierras fértiles, la comida es petróleo.[...]Los vegetarianos, como cualquier otro en una cultura urbana industrial, no tienen el concepto de que las plantas necesitan comer, que el suelo está vivo y hambriento. Parecen shockeados cuando les pregunto que va a alimentar su comida. Las plantas comen? dicen sus expresiones. No es que simplemente... crecen? Hubo un tiempo en que tampoco lo sabía, así que soy paciente.[...]De nuevo, dejando de lado las consideraciones de clima y terreno, fertilizantes y suelos fértiles. Dejando de lado también que una vez que los combustibles fósiles se acaben, el grano también. Entiende esto: los excedentes de granos y la hambruna en los países pobres no son inversas, sino proporcionales. Industrial farming—fossil fuels, genetics—created industrial yields. El tamaño de estas cosechas crearon la cría intensiva, con excedentes que repartir. Estos excedentes continúan creciendo a causa del monopolio de fijación de precios de 3 a 6 corporaciones, que fijan los precios por debajo de los costos de producción, forzando a los granjeros a producir aún más excedentes para mantener sus tierras y estilos de vida. Luego, estos excedentes son vendidos en los países pobres, destruyendo sus economías de subsistencia locales, sacando a los granjeros de sus tierras hacia la miseria urbana. Puede parecer contra intuitivo, pero el último lugar en donde poner comida barata es cerca de personas crónicamente hambrienta.Así lo explica Lyle Vandyke, antiguo ministro de agricultura de canada:"Considera un granjero en Ghana que podía vivir cultivando arroz. Hace varios años, Ghana podía alimentarse así misma y exportar sus excedentes. Ahora, importa arroz. De donde? Países desarrollados. Porque? Porque es más barato. Incluso si al productor de arroz del país desarrolado le cuesta mucho más producir arroz, no tiene que obtener ningún lucro de su cosecha. El gobierno le paga para que lo cultive, así puede venderlo más barato a Ghana que cualquier granjero Ghanés puede. Y aquel granjero en Ghana? No puede alimentar más a su familia. Los países occidentales apoyan a los productores de comida gigantes con subsidios totalizando un total de $360 mil millones. El efecto "es una disminución abrumadora de los precios mundiales". De acuerdo a Oxfam, "los exportadores pueden ofrecer excedentes de USA a la venta a precios cerca de la mitad de los costs de producción, destruyendo al agricultura local y creando mercado cautivo en el proceso". En respuesta, los gobiernos de países pobres tratan de imponer barreras comerciales y tarifas. Pero esas medidas protectoras están siendo sacadas en nombre del libre comercio. Por ejemplo, WTO impuso que el gobierno filipino baje las barreras de comercio a la mitad de sus niveles actuales a lo largo de los siguientes seis años. Esto inmediatamente inundará el mercado filipino con comida barata, commodities de USA y europa. Oxfam predice que las ganancias de la granja promedio caerán un 30% cuando los precios bajen. El maíz puede terminar siendo vendido a la mitad de su precio actual. Hay 1.2 millones de granjeros de maizales: cerca de la mitad están en peligro inmediato. Este ciclo de control corporativo, excedentes y dumping lleva a la destrucción de las economías de subsistencia locales. Destruye el modo de vida del 70% de la gente más pobre del planeta. Esta difícilmente sea una solución al hambre.[...]Los granos de USA están causando la hambruna, no aliviandola. Hay una esquizofrenia severa en la izquierda. Cualquiera desde liberal a radical tiene cierto entendmiento sobre las relaciones de poder y que no pueden crear justicia. Y la justicia es nuestro Norte, nuestro más profundo deseo. Un arreglo colonial donde el poder central toma materias primas y fuerza de trabajo barata de las colonias, destruyendo sus economías de subsistencia locales, sus bases terrestres locales es lo que se llama imperialismo. Ahora lo llamamos globalización. Nadie lo llama justicia. Excepto cuando viene el asunto de la comida. De repente, apuntamos exactamente al orden citado arriba. Pero preguntate: porque la gente de Cambodia debería depender de USA para su sustento básico? Los condena a participar en una economía de mercado en donde tendrán que dedicar su trabajo y recursos locales a producir materia prima, como manera o minerales de metales, o bienes consumibles baratos, como zapatillas y chips de computadora, para las naciones rica. Con los centavos que obtienen a cambio tienen que comprar comida a esas mismas naciones ricas o su progenie, los carteles de granos. Este es un arreglo destructivo, inhumano y opresivo. Tengo que creer que los vegetarianos políticos no han pensado esto. Así que si eres un ambientalista que quiere parar el hambre mundial, esto es lo que tienes que hacer: Intenta todo en tu poder para parar a los "grain cartles" (lobbys de granos ? ) incluyendo la revocación de sus estatutos corporativos. Luego entiende como las políticas agrícolas federales están llevando a las economías locales a la ruina y a granjeros en suicidar al mundo entero. Lo sé, es bizantino y aburrido, pero participa en campañas locales, estatales y nacionales para cambiar esas políticas. También están los derechos humanos, feminismo y movimientos pro-democracia en países pobres que pueden hacer buen uso de tu ayuda. Finalmente, los subconjuntos superpuestos de globalización, capitalismo, industrialización y patriarcado necesitan ser confrontados y desmantelados. Nada menor a eso creará un mundo sustentable y justo. Abstenerse de productos animales de la cría intensiva es un acto virtuoso, pero no alimentará a ninguna persona hambrienta. Los hambrientos no tienen dinero para comprar el grano norteamericano; obtener el dinero significa más dependencia con los maestros de la globalización; y commodities baratas de lugares lejanos destruirá aún más la producción local de comida, el único seguro real para alimentos que existe. Por esto no hay agencias de ayuda internacionales que sugieran que el vegetarianismo es una solución viable como solución del hambre mundial: no lo es. Entiendo como los desesperados anhelos por un mundo justo y alimentado pueden llevarnos a buscar respuestas simples, especialmente respuestas que son fáciles de instituir en nuestras vidas personales. Pero comprar hamburguesas de soja es un parche emocional que no hace frente a las tenaces y terribles raíces del poder y la desigualdad. Chequea la etiqueta, es posible que estes dando tu dinero a esas mismas corporaciones que están creando el problema.[....]Los primates que habitaban los árboles desarrollaron pulgares oponibles para agarrarse de las ramas. Bajaron al suelo y mantuvieron sus pulgares, y tenían cerebros lo suficientemente grandes como para usar la herramienta prototípica: la roca. Algunas investigadores creen que nos volvimos humanos usando cerebros, los nuestros y aquellos obtenidos tanto de la carroña como de la caza. Otros animales no pueden obtener el alimento dentro del casco del cráneo -el cerebro de la presa. El simple acto de levantar y aplastar con una roca abrió los cráneos y los nutritivamente densos cerebros de adentro. En USA no comemos cerebros, casi solamente los que no han sido asimilidados culturalmente por la civilización aún comen órganos internos. Pero los órganos contienen la mayor nutrición, y los cerebros son particularmente ricos en ácidos grasos. La habilidad de usar las manos permitió a los primeros ancestros humanos y pre-humanos obtener grasas esenciales que se encontraban en grandes concentraciones en los cerebros de otros animales, un área prácticamente fuera de límites para otros carnívoros a causa del grosor del cráneo. Nótese que el cerebro humano es al rededor de 60% de grasa. Usamos nuestros cerebros para crear más de lo mismo, lo que a su vez nos permitió desplazar otras especies a lo largo del mundo. Nuestra habilidad de hacer fuego, refugios, ropa, nos permitió dejar los trópicos, nuestro hogar ancestral, y un gran número de nuestros depredadores en esas faunas.[....]En vez de sostenernos a nosotros mismos a través de una red compleja de interrelaciones, destruimos esas relaciones, tomando la tierra y el sol para nosotros mismos. Hay otras especies que cambian sus ecosistemas de forma dramática. Los castores, por ejemplo, comerán su camino a través de acres y acres de bosques ribereños y construír represas enteras en ríos. La diferencia es que los castores, con sus habilidades ingenieriles, crean humedales, el habitat más diverso del planeta, mientras que los humanos han creado desiertos, yermos y zonas estériles con nuestras tecnologías.[...]Las herramientas de piedra han yacido junto a huesos de animales extintos hace mucho tiempo, enterrados en el silencio del tiempo, por 2.6 millones de años. Juntos, huesos y herramientas han esperado para contar su historia, la historia de nosotros. Algunos de los huesos muestran marcas de dientes superpuestas con marcas de cortes hechos por herramientas: una caza de un carnívoro seguida de carroñeros humanos. Otros huesos llevan lo opuesto: marcas de cortes, luego marcas de dientes afilados. Venimos de una larga línea de cazadores: 150 000 generaciones. Esto es lo que nuestro línea aprendió y está aprendiendo, nos hicimos humanos. Hicimos las herramientas para tomar los que los pastos proporcionaban: grandes animales cargados con nutrientes, más nutrientes de los que jamás hubiesemos esperado encontrar en frutas y hojas. El resultado es leer estas palabras. Nuestros cerebros son dos veces más grandes de lo que debieran para un primate de nuestro tamaño. Mientras tanto nuestro tracto digestivo son 60% más chicos. Nuestros cuerpos están hechos para alimentos densos nutricionalmente. Los antropologistas L Aiello y P Wheeler nombraron esta idea "la hipótesis del tejido costoso". El cerebro del australopiteco creció a las proporciones del género homo a causa de que la carne permitieron que nuestros sistemas digestivos se achicaran, liberando energía para esos cerebros.[...]Hay dos pequeñas diferencias entre humanos y perros. Una es que nuestros caninos son más cortos. El conceso es que los nuestros eran más grandes de lo que son ahora, pero se achicaron debido al uso de herramientas y fuego. La otra diferencia es que nuestros intestinos son más largos, aunque claramente no tan largo como los de una oveja. Este intestino relativamente largo son los remanentes de nuestro pasado como frutívoros arbóreos. Y es lo que nos da nuestro status de omnívoros. Pero la gráfica de la siguiente página debería dejar claro lo que ataduras políticas y emocionales (y la pirámide alimenticia FDA) han oscurecido. Nuestros cuerpos están construidos para comer carne, por la proteína y grasas que provee. Escriben los doctores Michael y Mary Dan Eades: " En los estudios de los círculos antropológicos, no hay ningún debate acerca de ello. Cualquier autoridad respetada confirma que fuimos cazadores. Nuestra herencia como comedores decarne... es un hecho ineludible. Hay otra versión de la historia también, una escrita por humanos, no huesos y dientes. Esta versión yació esperando 40 000 años en cavernas desde sudáfrica y através de eurasia, y es contada en pinturas. Algunas son esquemáticas, los simples esbozos de lo que importa. Otros son exuberantes en texturas y detalle, los elementos organizados de forma que las curvas de las paredes muestren dimensión y movimiento. Estos bisontes, escribe un observador, parecen saltar desde una esquina de la caverna. O, como pablo picasso dijo al ver el arte de cueva de lascaux: No hemos inventado nada en 12 mil años. No, no lo hemos hecho. E incluso hace 40 000 años no eramos sólo nosotros. Los rebaños salvajes de caballos y uros nos inventaron de sus cuerpos, de sus nutritivamente densos tejidos desarrollando el cerebro humano.[...]La evidencia arquelógica es incontrovertible, como lo es el testamento viviente de las últimas 84 tribus de cazadores-recolectores existentes. Están comiendo la dieta que los humanos evolucionamos para comer: carne, aves, pescado, hojas, raíces y frutas de muchas plantas. Estamos comiendo comidas que no existían hasta hace unos miles de años: anuales domesticados, especialmente granos, e incluso el punto final de su procesamiento industrial: harinas refinadas, azúcares y aceites. Como lo pone Cordain: "Más del 70% de nuestras calorías dietarias vienen de alimentos que nuestros antepasados paleolíticos raramente (quizá nunca) comieron. Nuestros propios cuerpos, con sus enfermedades degenerativas y sobrecrecimietno de células son la evidencia que necesitamos de que la dieta moderna no es natural.[...]El primer mito de los vegetarianos nutricionales, que no estamos hechos para comer carne, es otra historia de hadas llena de manzanas inedibles. Trato de recordar que creía cuando era vegana. Estaba una mítica época dorada, hacemucho, cuando vivíamos en armonía con el mundo.. y... que comíamos? Pinturas prehistóricas de humanos cazando me dejaron confundida y defensiva, pero estaba poco clara la línea de tiempo de todos modos. Tal vez esa caza ocurrió antes de la pacífica cultura vegetariana? O tal vez fue después de la caída de los vegetarianos pacíficos? Comíamos granos, decidí, y un montón de cosas con hojas sin nombre. No importa que los granos no estaban ni siquiera en existencia por la mayoría de nuestro tiempo en la tierra. O que solo habrían estado disponible un slo mes de 12. O que las tecnologías necesitadas para hacerlos comestibles no fueron inventadas hasta el advenimiento de la agricultura. Los granos tienen que ser picado, remojado y sobretodo cocinados para hacerlos comestible. No se pueden comer crudos. Intentalo si no lo crees: agarrarás gastroenteritis. Esto es cierto para granos, legumbres y papas. Contienen toxinas, cortésmente conocidas como anti-nutrientes, para impedir a los animales (nosotros) que los comamos. Sólo porque las plantas no pueden correr ni gritar no significa que la planta quiere ser comida. Y aunque no tengan dientes y garras, eso no quiere decir que no están luchando. El calor es lo que los hace comestibles deshabilitando algunos de los anti-nutrientes. Molienda, remojo, lavado, y el brote también ayudan. Pero entiende el alcance de lo que han hecho las plantas para proteger sus preciosos descendientes, su futuro biológico, y lo que nos hemos hecho a nosotros comiendolos.[...]Realmente no creo que sea tan asombroso. Creo que es casi imposible para la mayoría de las personas dar un paso fuera de su cultura y cuestionar sus prácticas. Especialmente esas prácticas en las que el poder y el tabú prevalecen: sexo, religión, comida. El hecho de entender que los alimentos de la agricultura no son las comidas que estamos diseñados para comer pone a todo el proyecto de la civilización en una nueva luz, una luz desfavorable y difícil, y quién está dispuesto a hacer eso?. Sin embargo, la verdad sobre la agricultura está ahí, esperando en el naufragio de nuestros cuerpo así como en los bosques destruídos y los humedales desangrados. Los paleopatólogos nos dicen que los desordenes autoinmunes no parecen haber plagado a los humanos hasta la adopción del modo de vida de la agricultura. Eso es a causa de los granos que pueden volver al cuerpo contra sí mismo. La agricultura nos ha devorado tanto como ha devorado al mundo. Y así como la agricultura ha desplazado comunidades con alta densidad de especies con sus monocultivos, su dieta ha desplazado comidas nutritivamente densas que los humanos necesitamos, reemplazandolas con los mononutrientes de azúcar y almidón. Este desplazamiento llevó a una inmediata disminución en la altura de los humanos a medida que la agricultura se expandía. La evidencia no puede ser más clara. Los razones también son claras. La carne contiene proteínas, minerales y grasas, grasas que necesitamos para metabolizar esas proteínas y minerales. En contraste, los granos son básicamente carbohidratos, la proteína que contienen es de baja calidad, no tienen aminoácidos esenciales y están envueltos en fibra indigestible. Los granos básicamente son azúcar con suficiente opioides para hacerlos adictivos.[...]Las grasas también son clasificadas por longitud. Los ácidos grasos de cadena corta son sólo tienen de 4 a 6 átomos de carbono. En el otro lado del espectro están los ácidos grasos de cadena larga, que tienen entre 20 y 24 carbonos. Tu cuerpo los usan para hacer prostaglandinas, y algunos son cruciales para la salud del sistema nervioso. Más importante, algunos de nosotros no podemos sintetizar ácidos grasos de cadena muy larga a partir de otros ácidos grasos esenciales (AGE). Estas personas no producen las enzimas para esa tarea. Son llamados "carnívoros obligados", y tienen que obtener sus AGEs de cadena larga de productos animales. Si vienes de una larga línea de personas que vivía en islas o bosques que comían pescado, posiblemente podrías ser uno de ellos.Las grasas también son preferidas por nuestros sistemas nerviosos. Sin grasa, nuestros neurotransmisores literalmente no pueden transmitir. El 25% del coresterol de todo el cuerpo está en el cerebro, y el cerebro está hecho de 60% de grasas saturadas. Las células gliales juegan un papeln fundamental en la función cognoscitiva, proveen una sustancia que permite... que ocurra y funcione la sinapsis. Sin esta substancia, nuestros cerebros serían casi totalmente inútiles. El nombre de esta sustancia maravillosa? Colesterol. Bajo colesterol significa también bajos niveles de serotonina, que significa depresión. El colesterol es esencial para los receptores de serotonina. De hecho, gente con dietas bajas en grasas tienen el doble de posibilidades de tener unamuerte violenta o suicidio. El Dr. Beatrice Golomb hizo un análisis detallado de todos los estudios publicados desde 1965 que examinaron la potencial conexión entre bajo colesterol y violencia. En su opinión, la correlación es causal.Estudios clínicos en ambientes rigurosamente controlados también han encontrado que las dietas bajas en grasas incrementan la ira, depresión y ansiedad. Bajos niveles de colesterol ocurren más a menudo entre criminales, individuos diagnosticados con desórdenes violentos o agresivos, homicidas con historias de violencia e intentos de suicidio relacionados con el alcohol y gente con normas sociales pobremente internalizadas y poco auto-control.Aquí hay un ejemplo de un estudio bien controlado. Investigadores británicos hicieron un experimento en "un grupo psicológicamente robusto que nunca antes sufrieron depresión o ansiedad, y que no estaban pasando ningún momento estresante durante el estudio. Un grupo comió 41% de grasa, el otro 25%. Todas las comidas fueron suministrados a los voluntarios por los investigadores. Con el interés de hacer el estudio doblemente "ciego", las comidas fueron seleccionadas para que sean lo más similar posible. Entonces fueron conmutados, de forma que los que comían dietas bajas en grasa coman la dieta alta en grasa, y viceversa. Cada voluntario atravesó un test psicológico antes y después de cada cambio dietario. Los resultados?: mientras los niveles de hostilidad y violencia disminuyeron levemente con una dieta alta en grasa, incrementaron de forma significante durante el período de dieta baja en grasas y alta en carbohidratos! similarmente, los niveles de depresión declinaron levemente durante el período de mucha grasa, e incrementaron durante los períodos de poca grasa y muchos carbohidratos. Los niveles de ansiedad declinaron con mucha grasa, pero no cambiaron durante el período de 4 semanas de comer dieta con pocas grasas.[...]PUFAs: poly unsatured fatty acids: ácidos grasos polinstarudos.Una alta consumición de PUFAs ha demostrado contribuir a un gran número de afecciones, incluyendo cancer y enfermad del corazón incrementada, disfunción del sistema inmunológico, daño al hígado, órganos reproductivos y pulmones, desórdenes digestivos, capacidad de aprendizaje disminuida, crecimiento afectado y aumento de peso. Un gran problemas con los PUFAs es su tendencia a oxidarse (ponerse rancios) cuando son expuestos al aire, la humedad y el calor, como cuando -por decir- son usados para cocinar!En donde los aceites saturados son estables porque cada carbón está emparentado con un hidrógeno, los PUFAs son exactamente lo contrario. (los SFAs son altamente estables, por eso están en tal cantidad en el cerebro). Tienen radicales libres por todos lados. Hablando técnicamente, tienen atomos solos o grupos con electrones sin emparentar en su órbita externa. El punto es que están buscando pelea. Atacan membranas celulares, células sanguíneas (los glóbulos), destruyendo secuencias de ADN. Eso se deletrea cancer cuando ocurre en órganos. Cuando ocurre en los vasos sanguíneos, causan daños que deben ser reparados ante que produzcan una pérdida, particularmente los vasos bajo gran presión. Y así es como las plaquetas comienzan: con el daño a los vasos que el colesterol intenta curar y parchar. El colesterol no se acumula en los vasos sin razón. Están ahí porque algo está mal. El colesterol, explica Sally Fallon y Mary Enig, es fabricado en grandes cantidades cuando las arterias están irritadas o débiles. Para usar su metáfora más entendible, culpar al colesterol por las enfermedades de coronarias es como culpar a los bomberos por el incendio. (o más bien, culpar a los bomberos por la casa quemada y los muebles destruídos.)[...]Mientras tanto el consumo insuficiente de omega-3 puede causar cancer, depresión, diabetes, artritis, alergias, asmay demencia. Las deficiencias de omega-3 también están implicadas en alta presión sanguínea, ataque al corazón y ACVs. Los omega-3 están casi enteramente ausentes en la dieta norteamericana. De acuerdo a Jo Robinson el 20% de norteamericanos tienen los niveles tan bajo que desafían la detección. Las mejores fuentes deberían ser huevos, peces, carne y lácteos, pero ya no. Porque? Porque la cría intensiva atiborra a los animales con granos, que cambia la composición de su grasa corporal. Sep, granos de nuevo. Los granos son desesperadamente bajos en omega-3 y altos en omega-6. Gallinas pastando y comiendo insectos, pequeños mamíferos y plantas verdes producen huevos con una proporción estelar de omega3:omega6. 1:1 . En triste contraste, los huevos de gallinas confinadas alimentadas con granos tienen una proporción de 1:19. El pasto es una rica fuente de omega-3, tan rica que los productos de una vaca alimentada con pastos tienen un radio desde 1:3 hasta menor a 1:1 . Compara eso con su hermana atiborrada con granos, cuya proporción puede ser tan alta como 1:14. Esto es lo que la agricultura, particularmente la agricultura condensado por las corporaciones de america y los grain cartels, nos han hecho. Actualmente, el 40% de todos nuestros muertos son por coronarias. Sin embargo, al mismo tiempo, la proporción de grasas animales que los amercanos han consumido han disminuído de un 83% a un 62%, la consumición de aceites vegetales explotó con un incremento del 400%. Julia Ross, en su crucial libro The Mood Cure, apunta que los aceites poliinsaturados (PUFAs) han sido incorporado en imporantes comidas que antes no tenían casi nada de omega-6. Peces, carnes y aves de corral ahora son criados con granos con alto omega-6 en vez de algas, pastos e insectos con bajo omega-6. No hay dudas de que los siempre crecientes niveles de depresión, problemas del corazón y cancer han sido los resultados directos. Las comunidades científicas japonesas e israelitas han concluido que luego de varias décadas de consumir estos aceites occidentales y sufrir incrementos epidémicos de enfermedades occidentales como consecuencia, que los aceites vegetales con alto omega-6 han sido un desastre para su pueblo. Un sombrío reporte de los institutos nacionales de salud por los más altos expertos de japón han concluido que los aceites altos en omega6 son inapropiados para consumo humano. Dime a que echar la culpa: las grasas saturadas que siempre hemos comido, por cuatro millones de años, o los aceites industriales que hasta recientemente eran usados en pinturas. No he comido en McDonalds por casi 30 años. Y voy a vivir una vida de dolor por el restos de mis días porque creí y creí y creí en el veganismo. Nadie puede haber sido más dedicado. Seis semanas y empecé a sentirme cansada. El cansancio terminó en agotamiento. El agotamiento terminó en invierno. Siempre invierno, nunca navidad- en mi médula. Aún así seguí por 20 años. Así que aquí está el asunto: Intenta vivir en mi cuerpo por 10 minutos. Luego puedes llamarme cobarde.[....]Forzando a los granjeros lejos de sus granjas también significa sacar los animales. La forma más eficiente de producir comida industrial es con enormes monocultivos, fertilizados con combustibles fósiles; con animales -ahora unidades animales- encerradas en lugares confinados y atiborradas con maíz barato. La pesadilla ambiental del escurrimiento de los fertilizantes (zonas muertas en los océanos, contaminación bacteriana en las napas subterráneas y pérdida del suelo fósul) han sido un resultado. La pesadilla moral de la cría intensiva es muy obvia para cualquier persona con sangre en las venas. A continuación unos extractos que hablan de la soja, en inglés porque me canse de traducir.[...]Scientists have known that phytoestrogens disrupt mammalianreproduction since the 1940s, when sheep got “clover disease” fromgrazing pastures that had high levels of phytoestrogens in the plantmix. These phytoestrogens—formononetin, biochanin A, and genistein—caused “endometrial damage and cervical mucus changes associatedwith an inability to conceive.”212 In fact, phytoestrogens causereproductive problems in “birds, cows, mice, cats and dogs as well asin humans.”213 The cheetahs at the Cincinnati Zoo had “liver diseaseand reproductive failure” because their food contained soy.And in humans? This was information I had to brace myself tohear. Three months into my veganism, my menstruation had groundto a halt. The only thing the doctor could suggest was going on thePill. Me? Hurt my body with pharmaceuticals? Invade my sacredwombmoon cycles with potent, potentially carcinogenic, and definitelymisogynistic chemicals? She had to be joking.Twenty years later, twenty years during which I’d had maybefifty periods, I read that 60 grams of soy protein given for thirty daysproduced “significant biological effects,” effects that lasted for threemonths after stopping the soy.214 The women’s cycles lengthened,mid-cycle levels of luteinizing hormone dropped 33 percent, andtheir follicle stimulating hormone dropped 53 percent. They were ontheir way to soy-induced infertility.[...]Then there’s what soy does to your brain. Dr. Lon R. White is aneuro-epidemiologist in Honolulu who used data from the HonoluluHeart Project to study over four thousand men and five hundred oftheir wives. Dr. White used cognitive testing, MRIs, and some autopsiesto study nutrition and brain function. The data was unequivocal.Those who ate tofu at least twice a week had “accelerated brain aging,diminished cognitive ability, and were more than twice as likely to beclinically diagnosed with Alzheimer’s disease.”224 There were enlargedventricles on their MRIs, while the autopsied brains were atrophied.The researchers looked for every conceivable confounding factor—age, weight, education, diet—and found none. In fact, “the moretofu eaten, the more cognitive impairment and/or brain atrophy.”225According to a vegetarian bumper sticker, “There’s no such thing asMad Tofu Disease.” You might want to rethink that—that’s if you’vegot enough brain left to do the thinking.[...]This is what you’re eating when you eat soy: an industrial wasteproduct. Soy as it grows in the field is not actually a low-fat paragon.It’s about 30 percent fat. Once upon a time it was grown forits oil—not because people ate it, but because it was used for paintand glue. In 1913, the USDA listed soy as an industrial material,not as a food.243 Extracting the oil from soy leaves a defatted massof protein. The question for industrial agriculture has been what todo with it. In 1975, a smart soy marketer said, “The quickest wayto gain product acceptability in the less affluent society ... is to havethe product consumed on its own merit in a more affluent society.”244Thirty years and millions of marketing dollars later, the affluentare happy to oblige. Soybean growers are required to pay 0.5 to1 percent of their profits to the industry council, United Soybean.United Soybean spends $80 million every year in marketing. That’sa lot of Caribbean vacations for the advertising and public-relationsfirms who’ve sold the affluent on the benefits of soy. And the affluentare buying. Soy milk alone went from $600 million in 2001 toover $892 million by 2006245 on the strength of glossy, green adsin Yoga, Self, Mother Jones, and Utne Reader. The toned, the narcissistic,and the liberal have been converted, and their dollars followtheir faith. Nobody thinks of soy as cheap filler for industrial foodanymore. And like most faith-based beliefs, the belief in soy theRedeemer, the Prince of Peace, cannot survive rational scrutiny.[...]Soy milk is made by first soaking beans in an alkaline solutionand then cooking them under pressure. Both the high pH and thepressure damage important nutrients in the beans, like the vitamins,the sulfur-based amino acids and especially the lysine. In the process,a toxin called lysinoalanine can be created. Manufacturers arealso up against lipoxygenase, an enzyme in soy which oxidizes itspolyunsaturated fats. It’s these rancid oils that are largely responsiblefor the unpleasant odor and taste of soy milk. The bigger manufacturersdeodorize the soy milk using “extremely high temperaturesin the presence of a strong vacuum,”246 the same industrial technique that’s used in manufacturing vegetable oils. This process isonly partially successful. To render the results palatable, sweetenersand flavorings have to be added, ranging from one teaspoon to onetablespoon of sugar per eight ounces. Writes Kaayla Davis:Eliminating the aftertaste is a particularly challenging task.The undesirable sour, bitter and astringent characteristicscome from oxidized phospholipids (rancid lecithin), oxidizedfatty acids (rancid soy oil), the antinutrients called saponins,and the soy estrogens known as isoflavones. The last are sobitter and astringent that they produce dry mouth. This hasput the soy industry into a quandary. The only way it canmake its soy milk please consumers is to remove some of thevery toxins that it has assiduously promoted as beneficial forpreventing cancer and lowering cholesterol.247What results from this process has to be fortified, usually byadding calcium and vitamin D2. D2 is a synthetic form of vitamin Dwhich may cause “hyperactivity, coronary heart disease and allergicreactions.”248 The “milk” also has to be emulsified and stabilized, tokeep all these substances hanging together. Titanium oxide—a mineralpigment used in white paint—has been used for this purpose.“Those who did not shake the containers thoroughly enough oftenfound watery soy milk with lumps of white glop at the bottom,”reminds Kaayla Davis.249 I can remember the exact taste and textureof that glop.[...]En el último día, fui a ver un maestro Chi Gong. Él ha curado a los incurables. Ha aprendido Chi Gong de niño en China, emigrando a USA, resistió una vida de carencias. Tenía ojos muy piadosos. Tomó mi pulso, que es la herramienta básica de diagnóstico de la medicina china. Lee el chi, la fuerza vital, lo que anima al cuerpo con diferentes energías vitales. Entonces me miró, medio asombrado, medio horrorizado:"No hay nada aquí" dijo, sin poderlo creer. "No tienes chi""Que, estoy muerta?" bromié, sólo que él no rió."Estás tan cansada" dijo."Tu ciclo menstrual?" preguntó"Infrecuente" Si es que ocurre, podría haber agregado."Y este problema con tu espina" dijo. Puso sus manos sobre mi cuerpo y fue como algo que nunca he sentido. El era un tamiz, y mi cuerpo agua. Desde mi cabeza bajó, bajó lentamente, y de alguna manera se guío a través de mi espina. Tocó el principio del área degenerativa"Oh". dijo. Abajo, y más abajo, a la parte que duele como esquirlas cada minuto que estoy despierta. Trastorno de grado 4 dijeron los de radiología, leyendo las entrañas de mis huesos."Oh" dijo de nuevo. Fue la sílaba más compasiva que jamás he oído. "Deberías haber venido a mí hace mucho tiempo"Y supe que me iría sin curar. No podría curarme. Era muy tarde."Que comes?" preguntó, y mi corazón se puso en alerta."No como... " empezé... pero esas palabras estaban siendo difícil de encontrar. Lo sabía. Sabía que vendría. Sabía que tendría que enfrentarlo. "Nada de productos animales"."Nada de carne? Nada de pollo? Nada de pescado?" repitió.Asentí con la cabeza, no quería llorar."No." dijo, de forma gentil y absolutamente. "Esto no puedes hacer."Empezé a llorar."Tienes algún tipo de creencia religiosa?" preguntó amablemente."I- I-" tartamudeé. Todo se venía abajo. Viví en un universo en que ningún animal murió para mí, donde mi comida era sustentable, donde nadie se moría de hambre a causa de mi increíble crueldad y avaricia. Ninguna de esas cosas es cierta, por supuesto. Pero no lo sabía entonces. Todo lo que sabía era que esas creencias eran miembros estructurales de mi identidad, de mis acciones diarias, de mi agenda política, de mi relación con el cosmos. E iba a tener que abandonar todo, y vivir en un universo que encontraba repelente."No quiero lastimar animales" rezongé como un niño."El pez grande se come al chico" ofreció simpáticamente."Pero no soy un pez" Me lamenté.Se encogió de hombros para decir sí. Lo eres, todos lo somos. Pero no estaba lista para saber eso. Todo lo que estaba antes y después, y estaba en un punto de inflexión en mi vida. Él sabía la verdad sobre mí: era un cadáver que me movía sólo por puramente terca voluntad. La estructura básica de mi cuerpo se estaba derrumbando lentamente. Estaba tan fría que mis manos y pies dolían 9 meses al año. Y no podría haber producido algún bebé ni aunque la vida de la especie entera dependiera de ello.Hizo lo que pudo por 30 minutos y cuando me fui, no fui a casa. Fui a una tienda. La espera no era larga, He sido vegana por la mitad de mi vida. Compré una lata de atún. Me senté en la mesa de mi cocina con un tenedor de plástico. No usé mis cubiertos ni platos. Abrí la lata. Como puedo realmente hacer esto? Lo dividí en pasos ínfimos. Agarrar el tenedor. Poner el tenedor en el atún. Estaba tan desesperada. El dolor era un habitante en mi cuerpo, y yo sólo era la sombra que este proyectaba. Lleva el comedor hacia ti. Tenía que terminar. Abre tu boca. Y estaba tan pero tan cansada.Y comí.No sé como describir lo que sucedió luego. "Sentí como si estuviera volviendo de un coma" me dijo un ex-vegan. Fue como como conectarme a una batería de bajo voltaje, me dijo otro amigo. Pude sentir cada celula de mi cuerpo -literalmente, cada célula- pulsando. Y, finalmente, siendo alimentadas.Oh dios, pensé. Esto es lo que se siente estar vivo.[...]No vivirás más. Recuerdo haber absorvido el "hecho" que los vegetarianos viven más. No vivirás más. 2 años, 5 años, 7 años?